Minisite sobre Kapuscinski

El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

Editado por La Oficina del Autor

lunes, 12 de mayo de 2008

Blog de Jorge Volpi

El jardín 50. Basta

Una noche, de buenas a primeras, Ana me dijo -o más bien se dijo- basta. Un impulso irrefrenable. Después de tanta angustia, después de años de empecinado sufrimiento. Quizás exagero, presa de atroz romanticismo, pero nunca me pareció más hermosa.

Barría el piso, antes había vaciado los cajones y se disponía a regalar su colección de pipas y todas sus reservas. No la movían la culpa ni mi batería de chantajes. Lo hacía por sí misma. Ayer fui a uno de esos grupos de ayuda, me explicó, aunque no me atreví a abrir la boca.

Así comenzó su cura. Me hirió que fuese su victoria y no la mía. 

[Publicado el 04/2/2008 a las 10:45]

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El jardín 49. Cuerpos

El djinn le hace a Laila una mueca imperiosa: cúbrete la nariz y aparta la mirada. Ella obedece a lo primero pero no ataja su curiosidad, ancestral virtud de las mujeres. Sus pupilas tardan en enfocar lo que no debe contemplarse.

Cuerpos. Una hilera de cuerpos al lado de la carretera. Uno tras otro, como los durmientes de una vía abandonada. Cubiertos con jirones parduscos, tierra y sangre reseca. Uno tras otro, allí, a la intemperie. Dos docenas. Mutilados, exhibidos. Sin sepultura.

Una imagen que Laila sólo ha visto en las películas. Ideal para un premio de fotoperiodismo. Aunque esta vez no hay quien ajuste el obturador: apenas ella y el djinn pasan a su lado.

Éste la toma de la mano: debemos irnos. Laila no se mueve. ¿Qué te ocurre, mujer? La muchacha se aproxima a uno de los cuerpos, admira su rostro -le faltan dos dientes-, le cierra los párpados y se impregna con su hedor de días. A continuación hace lo mismo con los demás. El djinn no oculta su disgusto.

Al terminar -ya anochece- Laila eleva una plegaria: Señor de los Mundos, que su dolor quede inscrito en mi dolor. 

[Publicado el 01/2/2008 a las 07:30]

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El jardín 48. Centro

Sólo aspiro a carecer de centro. 

[Publicado el 31/1/2008 a las 11:00]

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El jardín 47. Ideología

Ana era más radical -valdría decir: estaba más enojada con el mundo- que yo. No había leído a Bakunin o a Kropotkin ni, para el caso, al Toni Negri que yo le descubría en esa época: su anarquismo era autobiográfico. Por definición los políticos le parecían hienas siempre hambrientas (fue ella quien lo dijo) y no dejaba de satirizar su mediocridad o su perfidia.

No soporto que finjan preocuparse por los otros, subrayaba. Habría que ponerlos en fila y caparlos uno a uno.

Hace quince años yo era un tipo sensato y anhelaba la utopía democrática (el imperio de los mediocres, según ella). Odiaba al Partido, por supuesto, pero confiaba en el cambio paulatino. Ana juzgaba mis argumentos infantiles: las bestias que nos gobiernan nunca serán redimidas, los define la avidez y la falta de memoria.

Nuestras disputas ideológicas terminaban en dramas de alcoba. Yo defendía cierta mesura, la necesidad del compromiso, mientras ella insistía en mantenerse lejos del poder y sus insectos. El fraude le dio la razón:

Te lo dije, no soltarán el dinero, antes muertos.

Pero entonces Ana y yo librábamos nuestras últimas batallas.

Desde que abandoné mi patria, desde que la abandoné a ella, he tratado de corregir aquel error. Apropiarme de su ira.

[Publicado el 30/1/2008 a las 12:06]

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El jardín 46. Noticias

Sepultado bajo la nieve de Ithaca, a treinta grados bajo cero -lejos de todo-, me enteré de la muerte de mi anciana tía Graciela. Cada viernes nos llevaba chocolates a mi hermano y a mí. Cada viernes. Recibí la noticia con la tristeza que luego habría de causarme el derrumbe de las torres.  

[Publicado el 29/1/2008 a las 11:41]

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El jardín 45. Burbuja

Crecí en el interior de una burbuja, como el niño de la película. Sólo que la mía era cuadrada, semejante a una traslúcida tienda de campaña. El asma me reservó allí horas incombustibles, extraterrestre en una nave espacial a la deriva.

      En la adolescencia el mal remitió. Poco a poco me integré a la normalidad de este planeta -los juegos a la intemperie, el sexo, la ambición- y llegué a hacerme cargo de mí mismo. La burbuja, en cambio, permanece. 

[Publicado el 28/1/2008 a las 10:59]

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El jardín 44. Engaño

Ana no dudaba: yo la había engañado en decenas de ocasiones, borrando las huellas con mi astucia. Jamás me reclamó. Los celos le parecían, más que inútiles, vulgares. Dominaba la pobre naturaleza de los machos -hacía decenas de chistes sobre nosotros- y no iba a perder el tiempo en refrenarlos.

Le dolía, si acaso, su perspicacia escarnecida y se vengaba con desplantes o caprichos con los cuales yo debía resarcirla.

Lo peor es que se equivocaba.

Mientras estuve con ella nunca me acosté con nadie más. No estoy seguro del motivo -descarto el miedo, el enamoramiento o la virtud- pero así fue. Entonces vivía una vida única. Al dejar a Ana, ésta se quebró como un espejo y cada fragmento reclamó una porción de mi deseo. Mi cuerpo ya no sabría subsistir sin otros cuerpos.

[Publicado el 25/1/2008 a las 09:00]

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El jardín 43. Zozobra

Laila no conoce otra cosa que el combate. El día de su alumbramiento el Abominable ordenó bañar con fuego siete poblados enemigos (y los persas respondieron con ruda simetría). Un tío materno, siete primos y varios amigos de Karim, entonces enrolado como médico en la 6ª División Armada, jamás regresaron a sus hogares. La calma que siguió al armisticio -a la victoria según las radios oficiales- duró un parpadeo.

El primer día que fue a clase, Laila debió alabar al Rey del Universo.

-Enaltecido sea- por la gloriosa recuperación de las tierras de Kuwait. Fue entonces cuando advirtió estelas en el cielo y empezó a sufrir con su rugido. Otros siete miembros de su tribu fueron enlistados y no se supo más de ellos. Aunque las últimas escaramuzas cesaron mientras Laila aún jugaba con muñecas, los secuestros en su ciudad nunca cesaron.

Mosul quedó en la zona de exclusión aérea trazada por los vencedores, pero ello no la protegió de las bárbaras represalias de las 5ª División Armada. Tres pilares de su tribu fueron arrestados y acusados de traidores. Los oficios de su padre, bien conectado en el Partido, no impidieron sus fusilamientos. Cuatro de sus compañeros, todos kurdos, jamás volvieron a las aulas.

Laila creció en la zozobra -incluso su familia racionaba la carne y la leche-, con la certeza de que la paz pronto habría de resquebrajarse. Y así fue. En el otro extremo del mundo las torres fueron abatidas y empezó la cuenta atrás. Su padre y su marido rezaban frente a la pantalla.

[Publicado el 24/1/2008 a las 09:00]

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El jardín 42. Cielo

Laila levanta la mirada y es como si hubiese lazos tendidos en el cielo. Diez, veinte tramas rectilíneas. Admira su rápida belleza. Pero no entiende cómo alguien puede sobrevivir a esos graznidos.

[Publicado el 23/1/2008 a las 12:46]

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El jardín 41. Televisión

imagen descriptiva

Plató de Televisión.

Me invitan a un programa sobre Oriente. La conductora, estrella del periodismo audiovisual -una vedette de pelo corto y modales imperiosos-, me convence al insinuar su pasión por mis diatribas. Desde que volví a mi patria de hienas y fantasmas me cuesta mostrarme huraño. De pronto me intimida decir "no".

Ella es joven y brillante, más brillante -sin duda- que nosotros, sus invitados. Lo más desagradable es que todos coincidimos: la invasión será un fracaso. Me irrita la irritación de mis contertulios, tres académicos vestidos de Zegna y un gordo escritor de novelas policíacas que rivalizan conmigo en amargura.

Me reconozco, dolido, en su sintaxis. Casi me gustaría defender a mis antiguos vecinos -la anciana del segundo con dos nietos en la marina, la patriota del quinto y su amante cubana, el jefe del departamento de letras clásicas que glosaba el bombardeo- para turbar su complacencia.

Todos vituperamos al cowboy y sus mercenarios. Ninguno sabe, en cambio, lo que sucede en esas tierras. Laila y los suyos son abstracciones, nombres impronunciables. Ráfagas de indignación. Señuelos que nos permiten exhibir nuestra ira sacrosanta en un show televisivo.

[Publicado el 22/1/2008 a las 10:52]

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Foto autor

Biografía

Jorge Volpi (México, 1968) Es licenciado en Derecho y maestro en Letras Mexicanas por la unam y doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Salamanca.

 

Es autor de las novelas A pesar del oscuro silencio (Joaquín Mortiz, 1992; Planeta, 2000), Días de ira, en el volumen Tres bosquejos del mal (Siglo XXI, 1994; Muchnik Editores, 2000), La paz de los sepulcros (Aldus, 1995; Seix Barral, 2007), El temperamento melancólico (Nueva Imagen, 1996; Seix Barral, 2004) Sanar tu piel amarga (Nueva Imagen, 1997; Algaida, 2004) y El juego del Apocalipsis (DeBolsillo, 2000) y de los ensayos La imaginación y el poder. Una historia intelectual de 1968 (Editorial Era, 1998) y La guerra y las palabras. Una historia del alzamiento zapatista (Editorial Era en México y Seix Barral en España, 2004).

 

En 1999 obtuvo el Premio Biblioteca Breve por su novela En busca de Klingsor (Seix Barral, 1999), con la cual inició una "Trilogía del siglo xx", y de la cual se han publicado ediciones en veintisiete idiomas y más de treinta países. En 2004 publicó la segunda parte de la trilogía, El fin de la locura (Seix Barral) y en 2006 la última parte, No será la Tierra (Alfaguara).

 

Ha sido profesor en las Universidades de Emory, Cornell y Las Américas de Puebla y ha dado conferencias numerosas instituciones educativas en México, Europa, América Latina y Asia. Fue miembro del Sistema Nacional de Creadores de México y becario de la Fundación John S. Guggenheim. Actualmente es director del Canal 22, televisión cultural del Estado mexicano.

Bibliografía

No será la tierra (2006). Ediciones Alfaguara, España

Dos novelistas poco edificantes (2004). Volpi, Jorge; Urroz, Eloy. Algaida Editores, España

Geometric intimacies. Sebastián Sculptor (2004). Ediciones Turner, España

Geometría emocional. Sebastián escultor (2004). Ediciones Turner, España

La guerra y las palabras (2004). Editorial Seix Barral, España

El fin de la locura (2003). Editorial Seix Barral, España

Desafíos de la ficción (2002). Volpi, Jorge, [et. al.] Universidad de Alicante. Servicio de Publicaciones, España

En busca de Klingsor (2000). Círculo de Lectores, España

El juego del apocalipsis: un viaje a Patmos (2000). Nuevas Ediciones de Bolsillo. España

Tres bosquejos del mal (2000). Urroz, Eloy; Padilla, Ignacio; Volpi, Jorge. El Aleph Editores, España

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