El blog literario latinoamericano
Editado por La Oficina del Autor
lunes, 12 de mayo de 2008
Las religiones del Libro también veneran las erratas.
[Publicado el 10/3/2008 a las 20:45]
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Tras el incidente no me aparté de Ana ni un minuto. Acaricié sus manos, admiré su lánguida belleza, combatí su tedio con chistes sobre la infidelidad o los vicios de mis amigos. La obligué a enfrentar los noticieros y a bullir con los desatinos de los candidatos. Ahuyenté sus remordimientos. Le devolví la risa. Y, sin que se diese cuenta, fui ocupando su casa poco a poco.
[Publicado el 06/3/2008 a las 18:01]
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Revisaba el correo electrónico en mi cubículo de Emory, ese limbo a salvo de las horas, cuando recibí la agitada llamada de un colega. Corroboré su información en la pantalla -las primeras letras vacilantes- y corrí al salón de profesores.
Admiré allí el grácil trayecto del segundo avión y el inverosímil desplome del vidrio y el concreto. No experimenté alegría ni tristeza. Tampoco la rabia de los otros. Acaso un vago sobresalto y la necesidad de contárselo a alguien en mi patria.
[Publicado el 05/3/2008 a las 17:06]
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Occidente amenazado. Nuestra civilización y nuestros valores en peligro.
Auge de comerciantes y profetas.
[Publicado el 04/3/2008 a las 11:11]
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Una década atrás mi padre era el símbolo de la voluntad y del coraje. De niño me servía de coraza: no dudo que hubiese matado con sus manos con tal de protegernos. Atesoraba la fuerza y la voluntad, o acaso las dos cosas sean la misma.
Recuerdo cuando se batió con unos asaltantes en la colonia de los Doctores (tenía sesenta años). En el último momento -el ladrón ya había cortado cartucho- lo salvó la policía. El temor no cabía en su conducta, justo lo contrario de mi madre.
Un día se quebró. Llegó a la edad de jubilarse y dejó de creerse útil. Siguió combatiendo con mi hermano. Las piernas comenzaron a fallarle. Todo eso y también un vacío sin causa: esa perdición que recibe el nombre de carácter.
La felicidad siempre le representó una conquista y ya ha dejado de buscarla. Abandonó la música, los libros, sus pasiones. Ha huido incluso de la gente y de las calles. No hay modo de aliviarlo. El temperamento que antes lo impulsaba hoy lo pertrecha: imposible luchar contra su férrea convicción de no hacer nada.
Mi madre fue bendecida por otros dioses: le es tan simple ser feliz sin cuestionarse. Ahora ella lo cuida y escucha cada una de sus quejas. Siempre que los visito me derrumbo ante la injusticia que los contrasta.
[Publicado el 03/3/2008 a las 16:50]
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Desde que volví de mi patria de hienas y fantasmas la idea no ha dejado de vejarme. Miento: me hiere desde hace quince años. ¿Y si buscase a Ana? La memoria de sus ojos me sepulta entre las sábanas.
[Publicado el 28/2/2008 a las 16:20]
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Juzga a los extraños casi inofensivos: trasiegan cosas de aquí para allá -cajas de aluminio, radios, mochilas- bajo la luz del desierto, ajenos al pasmo de los mirones. Carecen de ojos: escudados tras sus viseras de plástico amarillo, a Laila le recuerdan a los androides de las series japonesas.
¿Vengadores, misioneros? Boy scouts que cumplen de mala gana sus faenas.
Aunque los camiones de asalto obstruyen la carretera, ella insta al djinn a seguir adelante. Éste se hace del tamaño de una lenteja y se introduce en su alforja. Laila se abre paso hasta el puesto de control pero un tórax gigantesco la detiene.
Antes de que el djinn pueda defenderla, el invasor la toma por los hombros y, con la delicadeza que permiten sus enormes brazos -sacrilegio-, la arroja al suelo. La muchedumbre se agita: el perro infiel ha mancillado el cuerpo de una viuda.
El batallón alista sus armas.
Déjame pasar, pide Laila en inglés (el sargento o lo que sea no oculta su sorpresa). Mis hermanos están en Bagdad, debo encontrarlos.
¡Hacia atrás! En el grito del extraño no hay ira, apenas aspereza.
Me quedaré aquí hasta que pueda continuar, le suelta ella. Se acomoda sobre unas piedras, extrae su flauta de la alforja y entona una tensa melodía.
[Publicado el 27/2/2008 a las 16:48]
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La encontré tendida en la cama como si durmiera. Plácida, tranquila. Sin el dramatismo de las telenovelas: nada de frascos vacíos en la alfombra o de navajas en el lavabo.
Las lágrimas habían dejado una estela luminosa en sus mejillas. Recogí su cabeza y la acuné en mis brazos durante horas. Quizás de todos modos no se hubiese atrevido a intentarlo. Para ella -y para la posteridad- fui yo quien le impidió hacerse daño.
Ése fue el auténtico inicio de nuestra historia. Nuestro vertiginoso camino hacia el adiós.
[Publicado el 26/2/2008 a las 11:51]
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Un hombre encapuchado decapita a otro en vivo y en directo.
Lo miramos y lo miramos.
Y no dejamos de mirarlo.
[Publicado el 25/2/2008 a las 14:13]
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En tu patria la gente nunca dice la verdad. Para Hélène, francesa y aguda como un sable -profesora de letras modernas en Cornell-, ésta es la condición que nos define. Mienten todo el tiempo, sin darse cuenta, por deporte.
Como siempre, Hélène acertaba: somos elusivos, hiperbólicos -fantoches-, protegidos por nuestras máscaras de látex (Paz lo dijo). Edulcoramos nuestras idas: la cortesía como variedad extrema del recelo.
La opinión de Hélène me define. Cínico y feroz en silencio, morigerado y tibio a viva voz.
[Publicado el 21/2/2008 a las 17:30]
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Jorge Volpi (México, 1968) Es licenciado en Derecho y maestro en Letras Mexicanas por la unam y doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Salamanca.
Es autor de las novelas A pesar del oscuro silencio (Joaquín Mortiz, 1992; Planeta, 2000), Días de ira, en el volumen Tres bosquejos del mal (Siglo XXI, 1994; Muchnik Editores, 2000), La paz de los sepulcros (Aldus, 1995; Seix Barral, 2007), El temperamento melancólico (Nueva Imagen, 1996; Seix Barral, 2004) Sanar tu piel amarga (Nueva Imagen, 1997; Algaida, 2004) y El juego del Apocalipsis (DeBolsillo, 2000) y de los ensayos La imaginación y el poder. Una historia intelectual de 1968 (Editorial Era, 1998) y La guerra y las palabras. Una historia del alzamiento zapatista (Editorial Era en México y Seix Barral en España, 2004).
En 1999 obtuvo el Premio Biblioteca Breve por su novela En busca de Klingsor (Seix Barral, 1999), con la cual inició una "Trilogía del siglo xx", y de la cual se han publicado ediciones en veintisiete idiomas y más de treinta países. En 2004 publicó la segunda parte de la trilogía, El fin de la locura (Seix Barral) y en 2006 la última parte, No será la Tierra (Alfaguara).
Ha sido profesor en las Universidades de Emory, Cornell y Las Américas de Puebla y ha dado conferencias numerosas instituciones educativas en México, Europa, América Latina y Asia. Fue miembro del Sistema Nacional de Creadores de México y becario de la Fundación John S. Guggenheim. Actualmente es director del Canal 22, televisión cultural del Estado mexicano.
No será la tierra (2006). Ediciones Alfaguara, España
Dos novelistas poco edificantes (2004). Volpi, Jorge; Urroz, Eloy. Algaida Editores, España
Geometric intimacies. Sebastián Sculptor (2004). Ediciones Turner, España
Geometría emocional. Sebastián escultor (2004). Ediciones Turner, España
La guerra y las palabras (2004). Editorial Seix Barral, España
El fin de la locura (2003). Editorial Seix Barral, España
Desafíos de la ficción (2002). Volpi, Jorge, [et. al.] Universidad de Alicante. Servicio de Publicaciones, España
En busca de Klingsor (2000). Círculo de Lectores, España
El juego del apocalipsis: un viaje a Patmos (2000). Nuevas Ediciones de Bolsillo. España
Tres bosquejos del mal (2000). Urroz, Eloy; Padilla, Ignacio; Volpi, Jorge. El Aleph Editores, España
09/5/2008 03:11
Publicado por: Julio
08/5/2008 00:55
Publicado por: Noa
07/5/2008 22:26
Publicado por: Makol tao
07/5/2008 03:02
En algun jardin del pasado me...
Publicado por: confused Lilith
07/5/2008 00:43
Publicado por: usuario
06/5/2008 08:11
Publicado por: M Belén Peláez Pezzi
03/5/2008 23:18
Publicado por: rolando gabrielli
03/5/2008 21:15
Han pasado mas de 15 anos ,...
Publicado por: Lilith
03/5/2008 20:16
Collado para ti. Caverna para...
Publicado por: Lilith
03/5/2008 18:00
Despacio, despacio, la serpiente...
Publicado por: rolando gabrielli
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