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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

miércoles, 18 de septiembre de 2019

 Blog de Jorge Volpi

¿Alguien nos representa?

Aquí y allá, las mismas miradas, el mismo estilo, la misma energía. Nacidos entre 1985 y 1995, estos jóvenes no son nativos digitales, pero Internet se ha convertido en su patria y las redes sociales en su zona de encuentro. Como sus predecesores de 1848 o 1968, su enfrentamiento con el establishment es sobre todo emocional, pero la palabra "revolución" ha desaparecido de su vocabulario. Son rebeldes tranquilos, más preocupados por sacudir conciencias que por transformar a la sociedad por medios violentos.

Sus críticos dicen que nada los acerca, fuera de su pasión tecnológica; mientras unos se congregaron para protestar contra regímenes dictatoriales (de Túnez a El Cairo), otros lo hicieron para oponerse a los recortes al estado de bienestar (de Madrid a Bruselas), y otros más para revelarse contra los poderes financieros globales (de Tel Aviv a Nueva York). Aun así, comparten el mismo espíritu: un brutal desencanto frente al sistema implantado en el mundo tras el derrumbe de la Unión Soviética en 1991.  

Cuando el espacio comunista hizo implosión, los vencedores trataron de convencernos de que la Historia había terminado. Pero, derrotado el enemigo, a las democracias liberales ya no les pareció tan urgente demostrar sus conquistas sociales. Si el libre mercado había probado su eficacia, había que volverlo aún más libre, relajando al máximo la regulación de las instituciones financieras. La solidaridad dejó de ser un valor encomiable y el individualismo pasó a ser la postura ética dominante. Tras el 11-S, la Historia se reanudó, pero sólo para combatir a un nuevo enemigo, el terrorismo islamista. Y, mientras Occidente se empantanaba en una costosísima guerra en Medio Oriente, sus basamentos morales, políticos y económicos se volvían irreconocibles.

Los gobiernos democráticos habían prosperado por su capacidad para representar a los sectores sociales más diversos, pero esta virtud empezó a deslavarse. En todas partes, dos o tres grandes partidos se repartieron el poder, indiferentes a los deseos ciudadanos. Una vez elegidos, los políticos no dudaban en volverle la cara a sus electores: la oposición y el gobierno se volvieron casi intercambiables, toscamente imbricados entre sí, hasta conformar una clase política que recuerda a la antigua nomenklatura comunista.  

Durante una década, este modelo sobrevivió gracias a las tácticas del miedo expandidas por Bush y a la burbuja económica que permitió recompensar incluso a los sectores más críticos. Pero un buen día, el capitalismo no toleró más sus contradicciones -el imperio de la avaricia, la cultura del riesgo y la falta de representación-, y comenzó su propia implosión, análoga a la sufrida por la URSS. En 2008, reventó la burbuja inmobiliaria, cayó Lehman Brothers, y Estados Unidos y otras naciones decidieron rescatar a sus bancos (y a sus banqueros).  

Las élites surgidas durante los años de prosperidad han demostrado su torpeza a la hora de enfrentar la crisis. Por un lado, contamos con una inamovible burocracia económica que solo se preocupa por el déficit, descuidando las políticas de recuperación y de empleo -el "pleno empleo" soñado por Keynes- y, por el otro, con una clase política carente de representatividad, dominada por los partidos y sus intereses.  

Lo raro es que los movimientos de protesta hayan tardado tanto en reaparecer. Aquí y allá la queja es idéntica: contra políticos (demócratas o republicanos; socialistas o populares; priistas, panistas o perredistas) que no escuchan a sus ciudadanos; contra gobiernos impopulares (Obama y su tibieza frente al poder financiero; Zapatero y sus recortes; Calderón y su guerra contra el narco) y contra una oposición que genera la misma desconfianza (la teocracia del Tea Party, el conservadurismo de Rajoy, la corrupción del PRI).

  Gracias a las redes sociales, el descontento ha viajado de un extremo a otro del planeta. La primavera árabe se transformó en el 15-M español, que a su vez fue copiado por los indignados de Israel y Occupy Wall Street. Grupos pequeños pero bien organizados. ¿Cuál será la consecuencia de su aparición? Probablemente, no alterarán los resultados de las elecciones que se llevarán a cabo en varios países (España, Francia, México, Estados Unidos) pero, si se mantienen y proliferan, podrían contribuir a algo más importante: la derrota definitiva de la ideología neoliberal vigente en el mundo desde 1991. Es decir: podrían reimplantar el virus de la autocrítica en nuestras alicaídas democracias liberales para obligarlas a recuperar el espíritu social y representativo que las distinguió en otro tiempo.

Pese a la catástrofe que vive, México apenas ha sido contagiado por las protestas. El movimiento encabezado por Javier Sicilia fue, acaso, una primera llama. Pero las perspectivas electorales del año próximo son un excelente caldo de cultivo. Su eclosión tal vez podría modificar nuestro anquilosado panorama político, dividido entre los panistas que se empeñan en defender la guerra de Calderón y los priistas que aspiran a recuperar el poder sólo ante el desgaste del PAN, con una izquierda incapaz de servir como fiel de la balanza. La gran pregunta es: ¿en verdad serán estos partidos quienes habrán de representarnos? Esperemos que el espíritu de estos jóvenes permanezca en nuestras calles y logre asentar una idea tan simple como ésta: ya no podemos tolerar a los políticos que sólo se preocupan por sí mismos.

 

twitter: @jvolpi

 

[Publicado el 24/10/2011 a las 14:59]

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Réquiem por el papel

 

Se reconocen como orgullosos herederos de una tradición legendaria: cada uno lleva a cabo su labor con paciencia y esmero, consciente de que en sus manos se cifra una sabiduría ancestral. Un pequeño grupo dirige los trabajos -elige los títulos, las tintas, el abecedario- mientras los dibujantes trazan figuras cada vez más sutiles y los artesanos se acomodan en silencio frente a sus mesas de trabajo, empuñando estiletes y pinceles, convencidos de que su industria constituye uno de los mayores logros de la humanidad.

¿Cómo alguien podría siquiera sugerir que su labor se ha vuelto obsoleta? ¿Que, más pronto que tarde, su noble profesión se volverá una rareza antes de desaparecer? ¿Que en pocos años su arte se despeñará en el olvido? Los monjes no pueden estar equivocados: han copiado manuscritos durante siglos. Imposible imaginar que estos vayan a desaparecer de la noche a la mañana por culpa de un diabólico artefacto. ¡No! En el peor de los casos, los manuscritos y los nuevos libros en papel habrán de convivir todavía por decenios. No hay motivos para la inquietud, la desesperación o la prisa. ¿Quién en su sano juicio querría ver desmontada una empresa cultural tan sofisticada como esta y a sus artífices en el desempleo?

Los argumentos de estos simpáticos copistas de las postrimerías del siglo XV apenas se diferencian de los esgrimidos por decenas de profesionales de la industria del libro en español en nuestros días. Frente a la nueva amenaza tecnológica, mantienen la tozudez de sus antepasados, incapaces de asumir que la aparición del libro electrónico no representa un mero cambio de soporte, sino una transformación radical de todas las prácticas asociadas con la lectura y la transmisión del conocimiento. Si atendemos a la historia, una cosa es segura: quienes se nieguen a reconocer esta revolución, terminarán extinguiéndose como aquellos dulces monjes.

Según los nostálgicos de los libros-de-papel, estos poseen ventajas que sus espurios imitadores, los libros-electrónicos, jamás alcanzarán (y por ello, creen que unos y otros convivirán por décadas). Veamos.

1. Los libros-de-papel son populares, los lectores de libros-electrónicos son elitistas. Falso: los libros-electrónicos son cada vez más asequibles: el lector más barato cuesta lo mismo que tres ejemplares en papel (60 dólares, unos 44 euros), y los precios seguirán bajando. Cuando los Gobiernos comprendan su importancia y los incorporen gratuitamente a escuelas y bibliotecas, se habrá dado el mayor impulso a la democratización de la cultura de los tiempos modernos.

2. Los libros-de-papel no necesitan conectarse y no se les acaba la pila. En efecto, pero en cambio se mojan, se arrugan y son devorados por termitas. Poco a poco, los libros electrónicos tendrán cada vez más autonomía. Actualmente, un Kindle y un iPad se mantienen activos por más de diez horas: nadie es capaz de leer de corrido por más tiempo.

3. Los libros-de-papel son objetos preciosos, que uno desea conservar; los libros-electrónicos son volátiles, etéreos, inaprehensibles. En efecto, los libros en papel pesan, pero cualquiera que tenga una biblioteca, así sea pequeña, sabe que esto es un inconveniente. Sin duda quedarán unos cuantos nostálgicos que continuarán acumulando libros-de-papel -al lado de sus añosos VHS y LP-, como seguramente algunos coleccionistas en el siglo XVII seguían atesorando pergaminos. Pero la mayoría se decantará por lo más simple y transportable: la biblioteca virtual.

4. A los libros-electrónicos les brilla la pantalla. Sí, con excepciones: el Kindle original es casi tan opaco como el papel. Con suerte, los constructores de tabletas encontrarán la solución. Pero, frente a este inconveniente, las ventajas se multiplican: piénsese en la herramienta de búsqueda -la posibilidad de encontrar de inmediato una palabra, personaje o anécdota- o la función educativa del diccionario. Y vienen más. Por no hablar de la inminente aparición de textos enriquecidos ya no sólo con imágenes, sino con audio y vídeo.

5. La piratería de libros-electrónicos acabará con la edición. Sin duda, la piratería se extenderá, como ocurrió con la música. Debido a ella, perecerán algunas grandes compañías. Pero, si se llegan a adecuar precios competitivos, con materiales adicionales y garantías de calidad, la venta online terminará por definir su lugar entre los consumidores (como la música).

6. En español casi no se consiguen textos electrónicos. Así es, pero si entre nuestros profesionales prevalece el sentido común en vez de la nostalgia, esto se modificará en muy poco tiempo.

En mi opinión, queda por limar el brillo de la pantalla y que desciendan aún más los precios de los dispositivos para que, en menos de un lustro, no quede ya ninguna razón, fuera de la pura morriña, para que las sociedades avanzadas se decanten por el libro-electrónico en vez del libro-de-papel.

Así las cosas, la industria editorial experimentará una brusca sacudida. Observemos el ejemplo de la música: a la quiebra de Tower Records le ha seguido la de Borders; vendrán luego, poco a poco, las de todos los grandes almacenes de contenidos. E incluso así, hay editores, agentes, distribuidores y libreros que no han puesto sus barbas a remojar. La regla básica de la evolución darwiniana se aplicará sin contemplaciones: quien no se adapte al nuevo ambiente digital, perecerá sin remedio. Veamos.

1. Editores y agentes tenderán a convertirse en una misma figura: un editor-agente-jefe de relaciones públicas cuya misión será tratar con los autores, revisar y editar sus textos, publicarlos online y promoverlos en el competido mercado de la Red. Poco a poco, los autores se darán cuenta de la pérdida económica que implica pagar comisiones dobles a editores y agentes. Solo una minoría de autores de best sellers podrá aspirar, en cambio, a la autoedición.

2. Los distribuidores desaparecerán. No hay un solo motivo económico para seguir pagando un porcentaje altísimo a quienes transportan libros-de-papel de un lado a otro del mundo, por cierto de manera bastante errática, cuando el lector podrá encontrar cualquier libro-electrónico en la distancia de un clic. (De allí la crónica de un fracaso anunciado: Libranda).

3. Las librerías físicas desaparecerán. Este es el punto que más escandaliza a los nostálgicos. ¿Cómo imaginar un mundo sin esos maravillosos espacios donde nació la modernidad? Es, sin duda, una lástima. Una enorme pérdida cultural. Como la desaparición de los copistas. Tanto para el lector común como para el especializado, el libro-electrónico ofrece el mejor de los mundos posibles: el acceso inmediato al texto que se busca a través de una tienda online. (Por otro lado, lo cierto es que, salvo contadas excepciones, las librerías ya desaparecieron. Quedan, aquí y allá, escaparates de novedades, pero las auténticas librerías de fondo son reliquias).

4. Unas pocas grandes bibliotecas almacenarán todavía títulos en papel. Las demás se transformarán (ya sucede) en distribuidores de contenidos digitales temporales para sus suscriptores.

¿Por qué cuesta tanto esfuerzo aceptar que lo menos importante de los libros -de esos textos que seguiremos llamando libros- es el envoltorio? ¿Y que lo verdaderamente disfrutable no es presumir una caja de cartón, por más linda que sea, sino adentrarse en sus misterios sin importar si las letras están impresas con tinta o trazadas con píxeles? El predominio del libro-electrónico podría convertirse en la mayor expansión democrática que ha experimentado de la cultura desde... la invención de la imprenta. Para lograrlo, hay que remontar las reticencias de editores y agentes e impedir que se segmenten los mercados (es decir, que un libro-electrónico solo pueda conseguirse en ciertos territorios).

La posibilidad de que cualquier persona pueda leer cualquier libro en cualquier momento resulta tan vertiginosa que aún no aquilatamos su verdadero significado cultural. El cambio es drástico, inmediato e irreversible. Pero tendremos que superar nuestra nostalgia -la misma que algunos debieron sentir en el siglo XVI al ver el manuscrito deLas muy ricas horas del duque de Berry- para lograr que esta revolución se expanda a todo el orbe.

 

[Publicado el 15/10/2011 a las 20:18]

[Etiquetas: libro; libro electrónico]

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La última apuesta de Abbas

Mahmud Abbas, a quienes sus partidarios llaman Abu-Mazen ("el padre de Mazen", por uno de sus hijos que falleció de un ataque cardíaco), posee la apariencia de un profesor jubilado -el cabello cano, los lentes gruesos, el porte alicaído- pese a la energía que se desprende de su mirada y el leve sarcasmo de su sonrisa. Con sus trajes perfectamente cortados y su estilo impasible ofrece un contraste absoluto con Yasser Arafat, su legendario compañero de batallas, a quien sucedió como presidente de la Autoridad Palestina en 2005.

Pese a su pasado radical -su tesis de grado en el Instituto de Estudios Orientales de la Academia Soviética de Ciencias se tituló El otro lado: la relación secreta entre el nazismo y el sionismo 1933-1945-, su nombramiento recibió el beneplácito de Estados Unidos e incluso de Israel: entonces se le veía como un líder endeble y moderado al cual era posible apaciguar. En efecto, Abbas no dudó en condenar la violencia y llamó al fin de la Segunda Intifada. Su disposición al diálogo provocó el rechazo de grupos radicales, en especial de Hamás, quienes no han dudado en boicotear todas de sus iniciativas.

            Pese a ello, Abbas jamás ha dejado de sentarse en la mesa de negociación y, pese al acoso que sufre su gobierno, nunca ha dejado de condenar los ataques lanzados contra Israel desde suelo palestino. Aun así, los acuerdos no han avanzado un ápice, debido entre otras cosas a la repentina muerte cerebral de Ariel Sharon y a la incorporación de la extrema derecha al gobierno de Benjamin Netanyahu. Pese a las advertencias de Barack Obama y otros líderes, éste no ha querido detener la construcción de nuevas colonias judías en Cisjordania, uno de los pasos indispensables para avanzar en el proceso de paz.

            Acorralado entre Israel y Hamás, y a punto de dejar el poder a los 76 años -es presidente en funciones-, Abbas estaba a punto de convertirse en un cadáver político. De pronto, las revueltas en el norte de África trastocaron drásticamente la percepción de los pueblos árabes en el resto del mundo: en vez de dóciles rehenes de sus tiranos o carne de cañón de los islamistas, los jóvenes de Túnez, Egipto o Libia demostraron una envidiable vitalidad democrática. Y, si bien aún no es posible aquilatar el resultado final de la primavera árabe -que en realidad incluye ya al verano-, ya no resulta tan fácil invocar el peligro terrorista o el fanatismo musulmán para excusar a Israel por la represión que ejerce en los territorios ocupados.

            Hasta hace poco, Israel lucía como la única democracia en Medio Oriente -una democracia peculiar, reservada en plenitud sólo a los ciudadanos judíos-, pero ahora se halla rodeada por estados que, al menos hasta el momento, buscan implantar regímenes más libres e incluyentes. Abbas ha sabido leer este cambio de ambiente y, decidido a escapar del fracaso y la ignominia, se lanzó a buscar el reconocimiento de Palestina como un estado de pleno derecho en Naciones Unidas sin tomar en cuenta la oposición israelí.

            Su gesto, que ha recibido la simpatía de unas más de un centenar de países, ha sido bruscamente desestimado por Estados Unidos, que ya ha hecho público su eventual veto en el Consejo de Seguridad. Consciente de ello, Abbas no ha querido abortar su iniciativa en una muestra de tozudez que acaso sea la prueba de que a veces sólo las iniciativas arriesgadas (como la decisión de Sharon de evacuar Gaza) pueden remover la parálisis política de la zona.

Israel no quiere que Palestina se convierta en estado de pleno derecho, y ni siquiera en estado observador ante la ONU, pues ello lo obligaría a cumplir las leyes internacionales de guerra, y sus soldados -y políticos- podrían verse acusados ante el Tribunal de La Haya. La posición de Obama es más compleja: su veto lo llevaría a alienarse de los pueblos árabes que ha apoyado durante las revueltas, pero, a unos meses de su posible reelección, no puede perder el apoyo de la comunidad judía. De allí el galimatías que lo ha llevado a afirmar, en su triste discurso ante la ONU, que la elección de Palestina como estado no es un buen paso para lograr que Palestina se convierta en un estado. 

            Abbas ha sabido mover sus fichas: aunque a la larga sólo se reconozca a Palestina como estado observador, gracias al apoyo mayoritario con que cuenta en la Asamblea General de Naciones Unidas, ha conseguido que la opinión pública global esté de su lado. Su apuesta por la vía pacífica y multilateral, ha puesto a Estados Unidos contra las cuerdas y ha exhibido la división que impera en la política exterior de la Unión Europea. En este contexto, sería una vergüenza que México, cada vez más dócil ante las imposiciones estadounidenses, terminase por abstenerse en la votación. 

Israel tendrá que acostumbrarse a este cambio de paradigma: a partir de ahora tendrá que negociar con un estado que, al menos en el ámbito de la legalidad internacional -pues en términos económicos y militares aún mantiene el control sobre sus adversarios- se encuentra en condiciones de igualdad. Pese a la agresividad retórica de Netanyahu, a la larga no le quedará más remedio que barajar las concesiones que tendrá que realizar para que sus tropas -o él mismo- no terminen indiciados en La Haya. Más allá del resultado final de su apuesta, por una ocasión -acaso la última-, el profesor Abbas ha ganado la partida.

 

twitter: @jvolpi

 

 

[Publicado el 25/9/2011 a las 11:16]

[Etiquetas: Palestina; Israel; Abbas; Netanyahu; Obama]

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Los enamoramientos de Javier Marías: un diálogo platónico

 

¿Podríamos considerar los diálogos platónicos como uno de los orígenes de la novela moderna? No faltarían razones: personajes que, en más de una ocasión, no son simples pretextos para exponer un argumento; voces cruzadas; destinos que se trastocan a partir del intercambio de ideas. Si ello fuera así, podríamos considerar que Los enamoramientos, la pieza narrativa más reciente de Javier Marías, es el último eslabón de una cadena que se inicia con El banquete. En efecto, el libro del español es una dilatada y fascinante inmersión en el enamoramiento -que no en el amor mismo-, como si buscara adentrarse en los resquicios de una conversación que no concluyó, dos mil quinientos años atrás, su predecesor griego.

            Javier Marías ha escrito un emocionante diálogo entre dos personajes que se llaman, justamente, Javier y María. La coincidencia onomástica no puede ser casual, por más que a ningún crítico le haya parecido relevante. El autor intenta desdoblarse en dos voces paralelas: una femenina, encargada de contar e interpretar los hechos -y que no esconde su parentesco con otros narradores de Marías-, y otra, masculina, que sólo apreciamos a través del prisma de la primera. María está fatalmente enamorada de Javier, quien a su vez, como en cualquier triángulo sentimental clásico, se halla fascinado por una tercera que, como mero objeto de deseo, luce apenas como un espectro.

            Con voluntad de novelista, Platón fabula que en tiempos ancestrales los humanos éramos hermafroditas hasta que la ira de un dios perverso nos dividió en mitades complementarias u antagónicas, odiosamente condenadas a perseguirse desde entonces. En esta novela, Marías se arriesga a lo imposible: al cederle su voz a una mujer, aspira a recuperar esa condición dual sólo para constatar que la ansiada reconciliación entre sus dos mitades -entre Javier y María- es, en efecto, inalcanzable.

            No pretendo decir que la novela se contente con narrar el enamoramiento no correspondido entre una y otra mitad de Javier Marías, pero si somos capaces de leer Fin de partida de Beckett como el coloquio esquizofrénico entre las distintas porciones de un mismo individuo, ¿por qué no habríamos de tolerar que un autor juegue a desdoblarse y a rastrear, así, las razones de sus inclinaciones o de sus desafectos?

            La naturaleza del enamoramiento, su calidad de pasión o de tortura, los dolores y anhelos de quien lo sufre o lo padece, y los crímenes o los sacrificios que se cometen en su nombre, constituyen el verdadero sustrato del relato. La voz de María (de Marías), como la de Platón, engloba a todas las otras, y a continuación las analiza, las desmenuza, las observa a través de las inagotables digresiones a que nos tiene acostumbrados.

No quiero decir con ello que la trama sea irrelevante -aunque, como en Platón, a veces parezca casi un pretexto-, ni que a los personajes les falte densidad psicológica o una identidad lingüística clara -aunque, en efecto, todos hablen como María (como Marías)-, pues su autor conoce perfectamente la tradición de la novela moderna como para limitarse a escenificar un mero drama filosófico. Pero, incluso en sus momentos más novelísticos -la chispeante intrusión del profesor Rico o el momento en que, tras bambalinas, María descubre la cara oculta de su enamorado, una suerte de escena del pañuelo de Otelo vuelta de revés-, Los enamoramientos apunta más bien hacia conflictos íntimos: tan íntimos, acaso, como los que sólo ocurren en el interior de una mente obsesionada consigo misma.

            María observa a diario, en una cafetería madrileña, un enamoramiento ideal (en el sentido platónico): el que liga a una pareja de desconocidos que se citan a diario para el desayuno y a quienes sólo más tarde identificará con los nombres de Miguel Desvern o Deverne y su esposa, Luisa. Como si fuera una celosa estudiante de la Academia, María Dolz (es decir, Dolҫ, "dulce" en la tradición del amor cortés) no sólo los observa embelesada, sino que los estudia y analiza como si el vínculo que los une sólo pudiese ocurrir fuera de este mundo y su propia vida de correctora en una editorial madrileña no fuese, en cambio, más que una burda apariencia.

            María (Marías) alcanza a entrever ese enamoramiento y no puede sino envidiarlo. Que quede claro: no codicia el amor que Deverne o Desvern demuestra hacia su mujer, y ni siquiera parece desear nunca a aquel hombre devoto e intachable, sino el estado beatífico y sobre todo permanente que existe en esa pareja, cuando el enamoramiento -todos los sabemos- suele estar condenado al ardor breve y al pronto agotamiento. Y, en efecto, como si la mirada intrusa de María fuera la responsable de desatar la tragedia, aquella perfección se quiebra de pronto a causa de la fatalidad (o, no tardaremos en saberlo, de otra envidia equivalente): Desvern es asesinado a cuchilladas por un "gorrilla" -un milusos enloquecido que lo culpa de la prostitución de sus hijas- y el mundo ideal, al menos para María, se quiebra en pedazos.

            Pasado el tiempo, ella no pierde la ocasión de expresarle sus condolencias a la viuda cuando vuelve a encontrarla en la cafetería: ésta, conmovida, la cita en su casa, como si necesitara darle más pruebas del enamoramiento que la ató a su marido hasta el último día de su vida. Entonces hace su aparición un amigo de la familia, Javier Díaz-Velez, acompañado del excéntrico profesor Rico. No se necesita más: como si se tratase de un conjuro, o más bien del torpe reflejo en el mundo sublunar de la armonía de las esferas, María se enamora del recién llegado. Resulta irrelevante decir que no tiene razones para ello: el corazón, lo sabemos, no las necesita.

            Lo terrible -e inevitable en esta escritura heredera del mundo griego- es que Javier no puede corresponderle porque él no es, tampoco, un hombre libre. Aun siendo el mejor amigo de Desvern, o quizás por ello mismo, él se halla a su vez irremediablemente enamorado de Luisa. Javier no puede ser, pues, el complemento de María, sino su reverso especular: otro enamorado incomprendido como ella misma. Ello no impide que ambos se vean arrastrados en una relación que jamás será recíproca -él sólo la desea, ella está enamorada-, ni que a la larga la narración se desvíe en la ambigüedad entre un posible crimen o un acto de lealtad inconfesable. A la larga, María callará sus dudas y no se decantará por una justicia tan brutal como expedita -la que Athos, en Los tres mosqueteros, aplica a su esposa-, sino que preferirá convertirse en cómplice de un acto cuya verdadera naturaleza se le escapa.  

            Desaparecido el Ideal, los demás son burdas copias. Javier, un criminal o casi un santo, hará hasta lo imposible para apoderarse de la voluntad de Luisa -el enamoramiento no es otra cosa-, mientras que María deberá conformarse con una pasión tan poderosa como inútil. En El banquete, Platón le hace decir a Diótima que el amor que anima a los hombres no tiene otra fuente más que la "sed de inmortalidad". En esta novela, Javier Marías parece concluir que el enamoramiento es, en cambio, una carga o una condena pasajeras. Fuera del mundo de las ideas, lo es tanto para quien lo sufre y no es correspondido (María) como para quien al fin consigue lo que busca (Javier).

En la brillante escena final de la novela -no leer lo que sigue si se prefiere la sorpresa-, María, que parece haber perdido ya la fe en el enamoramiento y tiene un marido como tantos (Jacobo, otro de los nombres con los cuales Marías se reviste), de pronto se topa en un restaurante con Javier y Luisa, por fin reunidos. El círculo parece cerrarse: ella ha vuelto a ser la Joven Prudente -como la llamaba Luisa al principio- contemplando un enamoramiento tan conmovedor como el primero. Pero se trata, por supuesto, de un engaño: todas las páginas de la novela, meticulosamente narradas por ella, no han tenido otro objetivo más que poner en duda la perfección de ese reencuentro. Porque Los enamoramientos también es, a fin de cuentas, un tratado sobre el reverso del enamoramiento: el despecho.  

 

twitter: @jvolpi 

[Publicado el 19/9/2011 a las 20:05]

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El casino y sus metáforas

En menos de tres minutos, los sujetos descienden de sus vehículos, se introducen en el local, amedrentan a empleados y parroquianos, rocían las paredes con gasolina y les prenden fuego. En medio del humo y las llamas, 52 personas pierden la vida. El incendio del Casino Royale de Monterrey se convierte así en la metáfora perfecta -el ovillo de metáforas- de todo lo que no funciona en el México del 2011.

            La Ley de Juegos y Sorteos de 1947 prohibía explícitamente las casas de apuestas, pero a partir de los años noventa comenzó a discutirse la posibilidad de introducir de nuevo en nuestro país la institución que mejor representa la naturaleza salvaje del neoliberalismo: el casino. Y, así como el México de ese momento entronizó a la Bolsa como su topos, esa misma vena especuladora se trasladó a la clase media. Igual que los empresarios favoritos del régimen, ahora cualquiera podía hacerse millonario en una sola jugada -amas de casa y jubilados- o, con mayores probabilidades, precipitarse en la quiebra.

            A nadie le preocupó entonces el aumento de la ludopatía -frente al horror actual hacia la farmacodependencia-, ni que los casinos fuesen intermediarios perfectos para el lavado de dinero. Los gobiernos panistas subsecuentes continuaron otorgando lucrativas concesiones -Santiago Creel le entregó varias a Televisa antes de su fallida precandidatura presidencial-, y a la fecha nadie parece capaz de desentrañar la maraña jurídica y administrativa en que se halla este atractivo mercado.

            Pero el uso de la tragedia del Casino Royale no concluye con sus irregulariadades administrativas. Aún no se había establecido el número de víctimas, cuando políticos y comentaristas se apresuraban a pronunciarse sobre ella: en primera instancia, el presidente de la República. Obsesionado con defender hasta el último minuto la "guerra contra el narco" -que ya no enuncia así-, apenas tardó en calificar el acto de "terrorismo". Muchos comentaristas han señalado que, frente a la desgracia, poco importa la terminología. Se equivocan: el discurso bélico ha marcado la tónica del sexenio y sus consecuencias están a la vista.

            ¿Por qué adjetivar el crimen de este modo? La "guerra contra el narco" nació como eco a la "guerra contra el terror" de George W. Bush. El empleo de esta palabra por nuestra más alta autoridad no puede ser inocuo. Al hacerlo, coloca al país en un nuevo estadio: no ya una nación infestada por delincuentes, sino por una conciencia maligna que persigue nuestra aniquilación. Como quería Bush Jr., frente al terrorismo no cabe otra razón más que la unidad y la fuerza: justo lo que ahora más requiere el ejecutivo.

            A partir de allí, el presidente mantuvo la retórica del duelo y la venganza y usó la tragedia para insistir en los méritos de su estrategia contra el crimen -sin la menor autocrítica. Peor aún: se lanzó a culpar a Estados Unidos por su política de venta de armas y su demanda de drogas. Nadie duda de la responsabilidad de esta nación en el tema, pero poco tenía que ver con lo ocurrido en Monterrey. En el Casino Royale, el narcotráfico aparece sólo como actor secundario: el incendio fue la represalia de un grupo mafioso y, para colmo, se cometió con gasolina y cerillos, no con las AK-47 que el presidente denostó en su intervención televisiva.

            Las tragedias nacionales son doblemente terribles: por sus víctimas y por la forma como los políticos las aprovechan. Para Calderón, el Casino Royale es la prueba extrema de la perversidad de los narcos y su obligación de aniquilarlos; para sus críticos, del fracaso de su gestión. Unos y otros nos engañan: el incendio se produce en un ambiente propicio para el crimen -en cierta medida sucitado por la estrategia del gobierno- pero, más allá de su brutalidad, no señala ni el fracaso ni el éxito de la "guerra".

            Apenas unos días después de la captura de algunos de sus perpetradores, la retórica se desliza hacia la tragicomedia. Mientras las voces más histéricas llaman a ejercer mano dura contra los criminales o a pactar con ellos -como el expresidente Fox-, se descubre que el hermano del alcalde panista de Monterrey, quien horas antes denunció vehementemente las irregularidades de los casinos, recibe grandes fajos de dinero en distintos centros de juego de la ciudad. Y, en respuesta a las acusaciones, replica que el dinero es producto de la venta de quesos de Oaxaca.

La torpeza de la justificación -y los vanos intentos del alcalde por deslindarse de su hermano- quebrantan el tono solemne de Calderón. En vez de terroristas, nos enfrentamos a los pícaros de siempre: los políticos y sus hermanos incómodos. Y, a partir de aquí, el incidente pasa a ser sólo un episodio más en la batalla retórica entre el PRI y el PAN por el 2012. 

            Casino, pues, en el sentido italiano: un gigantesco enredo, un desmadre que, más que contaminar al sistema, lo retrata. Un sitio donde quienes pretenden ganar unos cuantos pesos -los ciudadanos- son meros peones al servicio de quienes en verdad se enriquecen: quienes otorgan las concesiones, los dueños de éstas (con frecuencia otros políticos) y el crimen organizado que lava su dinero o cobra "derecho de piso".

            En el incendio del Casino Royale, no sólo se les pasó la mano a sus miserables operadores, sino a todos los actores públicos. En su banal atrocidad, la tragedia simboliza, a la vez, el fracaso del neoliberalismo de los noventa, la falta de auténticas políticas sociales, la desvergüenza de quienes deben vigilar los centros de juego, la hipocresía en la política sobre las adicciones, la impunidad de las mafias y la irresponsabilidad de una clase política que, ni siquiera frente al deterioro socioeconómico, político, y moral que representa este hecho, deja de lado sus intereses para concentrarse, por una vez, en el interés común.

 

twitter: @jvolpi

[Publicado el 11/9/2011 a las 20:58]

[Etiquetas: casino; Monterrey; mafias;]

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Breve guía de la narrativa hispánica de América a principios del siglo XXI (en más de 100 aforismos, casi tuits)


I. El océano

 

1. Al principio, una provocación. Hoy, casi una declaración de principios: América Latinaya no existe. O sólo existe en la medida en que se organizan congresos literarios, sociales, políticos y artísticos -nunca científicos- sobre América Latina.

2. Una elíptica confirmación de lo anterior: la mayor parte de los congresos sobreAmérica Latina se organizan fuera de América Latina.

3. Quizás la mayor prueba de la desaparición de América Latina es la nostalgia por ese territorio perdido.

4. Tan fácil sentirse latinoamericano como difícil explicar el contenido de esta expresión.

5. En el período que va de 1959 a 1989 -los límites son arbitrarios- resultaba sencillo definir a América Latina: una región dominada por dictadores, guerrilleros, músicalatinoamericana (de Gardel a Silvio Rodríguez), futbolistas y la retórica del realismo mágico.

6. América Latina, esa América Latina, sólo existió durante ese "breve espacio": cuando todos, dictadores, guerrilleros, escritores y músicos, e incluso los ciudadanos de a pie, creían que su trabajo los volvía auténticamente latinoamericanos.

7. Durante más de treinta años, América Latina se convirtió en una de las marcas mejor posicionadas en el orbe. Todos querían algo típicamente latinoamericano: un novelón épico, una imagen del Che, un disco de salsa con una mujer semidesnuda en la portada, un anhelo, una idea.

8. Los dictadores, auspiciados y pagados por Estados Unidos, aspiraban, ellos sí, a un continente homogéneo. La Operación Cóndor fue una idea auténticamentelatinoamericana.

9. Los guerrilleros, auspiciados y pagados por Cuba, y esta a su vez por la Unión Soviética, aspiraban a liberar a la región con la fuerza revolucionaria. Otra idealatinoamericana.

10. Mientras tanto los escritores del Boom inventaban una América Latina tan deslumbrante que se volvió real.

11. Dos acontecimientos erosionaron en los 60 la nueva homogeneidad de América Latina: el caso Padilla y el inesperado éxito del realismo mágico.

12. El caso Padilla dividió para siempre a los intelectuales latinoamericanos. Los simpatizantes de Cuba -con García Márquez y Cortázar a la cabeza- y los detractores de Cuba -con Paz y Vargas Llosa como epítomes- se convirtieron en facciones irreconciliables.

13. Aún hoy los herederos de los antiguos procastristas, reconvertidos en partidarios de una izquierda más o menos democrática, no toleran a los herederos de los viejos anticastristas, reconvertidos en fanáticos del libre mercado. Y viceversa.

14. El daño provocado por la entronización del realismo mágico como paradigma único fue enorme (la culpa no es de García Márquez). 1º, porque se convirtió en el instrumento único para interpretar la realidad latinoamericana. 2º, porque ensombreció la inmensa variedad imaginativa del Boom y de la literatura latinoamericana en general.

15. Transformado en herramienta sociológica por la crítica europea y estadounidense, el realismo mágico convirtió a América Latina en un parque temático del absurdo. Un lugar donde ocurrían las cosas más insólitas o terribles sin que nadie se inmutara. El reino del conformismo.

16. No fue García Márquez, sino sus apologetas e imitadores, quienes hicieron deAmérica Latina el receptáculo del exotismo que siempre ha necesitado, como contraste a sus propias pulsiones, la sociedad occidental.

17. Si al realismo mágico se le añade cierto componente social, como hizo la izaquierda académica, el coctel se torna adictivo. América Latina ya no sólo comoresort, sino como depósito de las frustraciones de la burguesía internacional.

18. América Latina alcanza su apogeo en 1982, con el Premio Nobel a García Márquez, y justo entonces se inicia su declive.

19. En los 80, las dictaduras comienzan a resquebrajarse (salvo en Cuba). Las guerrillas son aniquiladas o disueltas (salvo en Colombia). Y la incesante repetición de los clichés del realismo mágico comienza a empalagar a los latinoamericanos(todavía no al resto del mundo).

20. En los últimos años del siglo xx, América Latina sólo se conserva en las guías turísticas (y la nostalgia occidental). Sus distintos países apenas se conocen entre sí y sus sociedades se han vuelto cada vez más abiertas y plurales, más reacias al encasillamiento.

21. Con la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte en 1994, México se escinde de América Latina. Toda su dinámica social, económica y política -y, en buena medida, cultural- se dirige hacia el Norte.

22. Centroamérica, en los 90, abandona las guerras civiles. Y se precipita, casi de inmediato, en la violencia de las pandillas y del narcotráfico y, salvo excepciones, en la obscena corrupción gubernamental.

23. América del Sur entretanto explora vías propias: una camada de líderes de izquierda, más o menos democráticos, inunda la región. Chávez se convierte en su mala cara y Lula en la buena.

24. Chávez encarna la peor nostalgia latinoamericana. Escucharlo glosar a Bolívar es como reproducir un mal bolero en un viejo acetato: clama, ruega o chantajea a sus colegas en aras de una unidad que sabe imposible.

25. Imposible desdeñar, eso sí, los incipientes mecanismos de integración de América del Sur. Pero si con los años se consolida allí una unión trasnacional, heredera del Mercosur o el Unasur, será para construir una América Latina distinta: con Brasil y sin México.

26. Todavía hoy, cuando se habla de América Latina, se piensa en una región azotada por la desigualdad, la corrupción y la violencia (aunque ya casi no haya dictadores ni guerrilleros), en la música latina (ya no latinoamericana, del Buena Vista Social Club a Shakira), en sus futbolistas y en una literatura que, a falta del realismo mágico, comienza a centrarse en esa nueva vertiente del exotismo encarnada por el narcotráfico.

27. Es enternecedor -y políticamente correcto- decirse latinoamericano. Pero pocos de quienes lo afirman viven, en realidad, la experiencia de América Latina. Los habitantes de un país apenas viajan a otro. Nada saben sobre su cultura contemporánea. Y no disponen de ningún medio -fuera de CNN en español o del mainstream del entretenimiento global- para conocer a sus vecinos.

28. La idea de América Latina, a principios del siglo xxi, es cosmética. Una copia pirata que intenta resucitar una marca en desuso.

 29. América Latina fue una hermosa invención. Y, como toda utopía, el pretexto para justificar numerosas atrocidades. Si de verdad creemos en un proyecto supranacional, deberíamos pensar en otra cosa. Y elegir otro nombre.

30. Si América Latina ya no existe, estas reflexiones deberían concluir aquí. Porque entonces tampoco existe la literatura latinoamericana.

 

II. El continente

 

31. De Nobel a Nobel. El gran arco de la literatura latinoamericana se tiende entre el muy temprano Premio a García Márquez, en 1982, y el muy tardío a Vargas Llosa, en 2010.

32. El Nobel a García Márquez consagra el esplendor de la literatura latinoamericana -y de América Latina- en el mundo. Y convierte al realismo mágico en su única expresión. Tres décadas después, el Nobel a Vargas Llosa desmiente el malentendido. El Boomnunca se redujo al realismo mágico. Y América Latina nunca fue sólo Macondo.

33. El Nobel a García Márquez sonó como una fanfarria para América Latina. El Nobel a Vargas Llosa, como su réquiem.

34. El Nobel a Vargas Llosa se siente irremediablemente anticlimático. No porque él no lo merezca, por supuesto. Sino porque se anunció cuando Vargas Llosa es, con Carlos Fuentes, el último representante de una especie que se extingue.

35. Vargas Llosa y Fuentes son los últimos intelectuales típicamente latinoamericanos. Los últimos voceros autorizados de la región. Nuestros últimos interlocutores conOccidente.

36. Para los autores del Boom, hubo siempre un tema imprescindible: el poder. En una u otra medida, García Márquez, Vargas Llosa o Fuentes no tuvieron más remedio que lidiar con él. En sus libros. Y, con igual intensidad, en sus vidas.

37. Pocas generaciones tan próximas al poder como el Boom. Sin duda, Fuentes, García Márquez y Vargas Llosa han sido sus críticos más severos. Pero también han sido permanentemente tentados por él.

38. Los autores del Boom comprueban la aporía de Foucault: el saber produce poder, y viceversa. Si tantos políticos y empresarios los halagan es porque saben que sus palabras crean realidad.

39. Los escritores de las generaciones posteriores ya no quieren o ya no pueden ocupar la posición del Boom. Cuando Vargas Llosa y Fuentes hablan, habla América Latina. Cuando lo hace cualquier otro autor, s habla un peruano, un mexicano, un argentino. Y, con los más jóvenes, ni eso: un simple escritor.

40.  Cuando los regímenes autoritarios campeaban en América Latina, los escritores disfrutaban de una libertad de expresión mayor a la del ciudadano común. El arte los protegía de las represalias (no siempre). Y los convertía en conciencias de la sociedad. La llegada de la democracia les arrebató esa condición.

41. En las nuevas democracias, no son ya los escritores de ficción o los poetas quienes critican al poder, sino esa nueva clase de comentaristas que se ha adueñado del espectro público.

42. Los politólogos sustituyeron a los escritores. Con ello, los ciudadanos ganamos en destreza académica (ni siquiera estoy muy seguro), pero perdimos en estilo.

43. Pese a contar con indudables momentos de brillantez, el discurso político delBoom saturó a las nuevas generaciones. En las últimas décadas nada resulta tan antipático, tan demodé, como un escritor comprometido.

44. La democracia había sido tan anhelada en América Latina que, cuando al fin apareció, no tardó en decepcionarnos. La democracia no era la panacea, sino una fuente de nuevos conflictos. Despojados de su condición de conciencia social, los escritores posteriores al Boom se escoraron por completo de la vida pública.

45. A diferencia de lo que ocurrió con el Boom, donde Vargas Llosa incluso pudo ser candidato a la presidencia sin comprometer su prestigio, hoy se cree que el mero roce de la política contamina a los escritores.

46. La devaluación del realismo mágico, sumada a la instauración de sociedades más plurales, permitió redescubrir a escritores olvidados o menospreciados. De pronto, la literatura latinoamericana pareció más rica -y más difícil de clasificar- de lo que nadie había supuesto.

47. Más que el post-Boom, a partir de los 90 se hizo visible una generación completa que había sido su contemporánea. El grupo de la revista Medio Siglo, en México, o autores como Saer o Antonio di Benedetto en Argentina, de pronto pudieron ser leídos como novedades.  

48. Los autores nacidos entre 1950 y 1965 -fechas otra vez arbitrarias- son demasiado jóvenes para haber sufrido el eclipse del Boom, pero suficientemente maduros para sufrir la opresión de los regímenes autoritarios: Piglia, Eltit, Villoro, Abad Faciolince, Boullosa, Castellanos Moya, Sada, Bellatin, Aira, Pauls, Fontaine y, por supuesto, Bolaño.

49. Bolaño sólo tiene un precedente: García Márquez.

50. ¿Por qué Bolaño? Quizás porque llevó a sus límites mejor que nadie la estética del Boom. Y porque negó con la misma fiereza su idea de lo que debe ser un escritor latinoamericano.

51. Por su arquitectura y su ambición narrativa, Los detectives salvajes 2666 son herederas directas de Cien años de soledad, La casa verde, Terra Nostra Rayuela.Ideológicamente, son su reverso.

52. Bolaño admiraba tanto el riesgo estético original del Boom como detestaba su autocomplacencia, su fe latinoamericanista y su discurso hegemónico.

53. Para Bolaño y sus coetáneos, a partir de los ochenta el Boom se había convertido en una institución monolítica, una marca comercial, en un paradigma tan poderoso como el que sus miembros habían desmantelado décadas atrás. Para sobreponerse a ellos, no bastaba con insultarlos: había que subvertir su discurso.

54. Cada libro de Bolaño es un pulso con el Boom. Y un homenaje implícito. Textos llenos de parodias y burlas, de juegos estilísticos, de socarronería y mala leche y,sottovoce, de honda admiración.

55. Los detectives salvajes es una Rayuela sin romanticismo ni artificios experimentales, ubicada en el desierto mexicano en vez de París, salpicada de dardos envenenados contra la historia literaria oficial. Pero, como Rayuela, también es un canto épico al magma vital de la literatura.

56. 2666 es la mayor respuesta posible a Cien años de soledad. Sin magia, sin genealogías explícitas, sin la cegadora belleza del estilo. Pero con la misma ambición: la voluntad de transgredir todos los códigos e inventar otra América Latina.

57. Si los textos de Bolaño están plagados de oscuras referencias literarias es porque necesitaba desmantelar el canon del Boom. Porque necesitaba crear su propio sistema de signos, su propio contexto, su propia recepción.

58. Como los autores del Boom, Bolaño fue un autor ferozmente político. Sólo que su discurso no intentaba ser una respuesta ideológica al autoritarismo, sino un elusivo retrato de la microfísica del poder.

59. Vargas Llosa, Fuentes o García Márquez narraron el poder desde dentro: O Conselheiro, Artemio Cruz o Aureliano Buendía. O lo experimentaron en carne propia. Bolaño prefirió exhibir sus aristas, sus márgenes, sus corrientes subterráneas. Y, en la práctica -gracias tal vez a su muerte prematura- siempre se escabulló de él.

60. En contra de la imagen construida en el ámbito anglosajón, Bolaño no era unoutsider ni un rebelde sin causa, sino un infiltrado que conocía a la perfección el sistema y que se empeñó en desestabilizarlo desde dentro.

61. ¿Cómo el resto del mundo ha endiosado a un autor que no cesa de hacer guiños privados, chistes y burlas a una tradición -la latinoamericana- que a la mayoría se les escapa? Porque Bolaño le arrebató esa tradición a los latinoamericanos, la pervirtió y la transformó en un instrumento a su servicio.

62. Bolaño se convirtió, primero, en el gurú de los menores de cuarenta. Luego, en un ídolo de culto en Europa. Y, por fin, en una superestrella gracias a su entronización en Estados Unidos. ¿Un malentendido? Quizás todas las grandes obras literarias lo sean.

63. Bolaño ha comenzado a sufrir la suerte del Boom: el paso de las orillas al centro lo ha vuelto, de pronto, hegemónico. En Estados Unidos, Bolaño no es el último, sino el único escritor latinoamericano. Y de nuevo la intensa variedad de la región ha quedado sepultada bajo su marca.

64. Bolaño vivió obsesionado por América Latina, pero a su muerte incluso él ha dejado de ser latinoamericano. Su nacionalidad apenas importa a sus lectores. Más que un escritor global, un escritor apátrida.

 

III. Los archipiélagos

 

65. Pertenezco a una generación cuyo mayor mérito consistió en tratar de normalizar a América Latina. Aunque otros lo pensaron antes, McOndo y el Crack pusieron sobre la mesa la quiebra del realismo mágico.

66. En 1996, dos iniciativas, una chilena y otra mexicana, sin conocerse mutuamente, alzaron su voz contra esa América Latina que se resquebrajaba. Eran los síntomas de un profundo malestar en la región.

67. Los antologadores de McOndo querían señalar, con este título sarcástico, queAmérica Latina ya no existía. O, más bien, que existía otra América Latina, dominada por las contradicciones de la modernidad y no por la magia o el exotismo.

68. El Crack, por su parte, buscaba reencontrar los orígenes del Boom: el momento anterior a la eclosión global del realismo mágico, cuando sus autores dinamitaban el discurso dominante en vez de representarlo.

69. Más allá de sus flaquezas juveniles, McOndo y el Crack contribuyeron a jubilar esa construcción de tres décadas llamada América Latina.

70. Durante la época de esplendor del Boom, la edición en español se dividía con bastante equidad entre España, México y Argentina. A partir de los 80, el desequilibrio que favorece a las editoriales peninsulares se vuelve apabullante.

71. De pronto, los grandes grupos españoles controlan la edición en América Latina. Y España se convierte en una Meca para los nuevos escritores latinoamericanos.  

72. Mientras a los autores del Boom les gustaba pasar temporadas en España, para los escritores nacidos en los 60 y 70 publicar en España se torna una obsesión.

73. Si los intercambios editoriales entre los países latinoamericanos habían comenzado a disminuir desde los setenta, en los ochenta se vuelven rquíticos. Los únicos libros que circulan de un país a otro son españoles.

74. A inicios de los 90, los escritores latinoamericanos publicados en España (con la obvia excepción del Boom) se cuentan con los dedos de una mano.

75. Los esfuerzos para hacer circular las novedades literarias de un país a otro fracasan sin remedio. Carentes de referencias comunes, a los lectores de un lugar no les interesan los libros de sus vecinos.

76. A diferencia de los autores del Boom, los nuevos escritores no cuentan con editores dispuestos a apostar por ellos más allá de sus fronteras nacionales.

77. Si se atiende sólo al mercado editorial español, entre 1982 y 1998 la literaturalatinoamericana es un fantasma. Imitadores del realismo mágico, obras postreras delBoom, y poco más.

78. El desierto comienza a repoblarse a partir de 1998, con la publicación de Los detectives salvajes. 

79. A partir de 1999, los escritores latinoamericanos vuelven a ganar premios importantes en España. Primero, la resurrección del Biblioteca Breve para JV. Luego, en 2000, el Primavera para Ignacio Padilla. Y, en 2003, el Alfaguara para Xavier Velasco.

80. A partir del 2000, las editoriales españolas vuelven a perseguir su autorlatinoamericano de moda. La estrategia no funciona. Porque ya ninguno de esos escritores parece latinoamericano.

81. Al inciarse la segunda década del siglo xxi, la literatura latinoamericana no sólo ya no existe, sino que, fuera de a unos cuantos académicos, a nadie le importa su desaparición. Para bien o para mal, ser latinoamericano ha dejado de ser chic.

82. A partir de fines de los 90, resulta inútil decir "narradores latinoamericanos" o "narrativa de América Latina". Lo más preciso sería "narrativa hispánica de América" (nha), en donde "hispánica" no se refiere a la lengua del escritor (que a veces es el inglés), sino a su filiación imaginaria.

83. A principios del siglo xxi, la nha ya no responde conscientemente a la tradición de la literatura latinoamericana canonizada durante el Boom, sino que responde a otras tradiciones, aunque con especial énfasis en la literatura anglosajona (o, más bien, en los dictados del mercado literario internacional).

84. El siglo xxi señala el fin de la vieja y amarga polémica entre literatura nacional y universal que azotó a América Latina durante dos siglos. Pero con la globalización no ganaron los cosmopolitas, sino el mercado internacional.

85. A principios del siglo xxi, la nha carece de movimienos o grupos explícitos. Las generaciones se mezclan y recomponen, para fastidio de los académicos. La literatura identitaria se halla en vías de extinción. Quedan unos cuantos escritores, y sus obras. La taxonomía, pasión crítica por antonomasia, se vuelve impracticable.  

86. Muerto Bolaño, dos argentinos ocupan su vacío, sin llenarlo. Ricardo Piglia, creador de brillantes piezas que enlazan ficción y metaficción (Borges + Artl). Y César Aira, autor de libros que son casi instalaciones (enésimo derivado de Duchamp).

87. Los escritores nacidos en los cincuenta se hallan de pronto descolocados frente a la sombra de Bolaño. Unos lo alaban, otros lo envidian, alguno lo contradice, nadie lo imita.

88. Imposible ofrecer un retrato de familia de estos escritores. Siendo estrictos, no valen criterios temáticos, ideológicos o estructurales para agruparlos. Si algo los une, es ser sobrevivientes.

89. Migrantes digitales, los escritores nacidos en los cincuenta han tardado en adaptarse a la nueva realidad líquida del mundo digital.

90. Salvo excepciones -Aira, Bellatin, Rivera Garza-, la narrativa tradicional mantiene su predominio (como en todas partes). Pocas artes tan conservadoras, a principios del siglo xxi, como la novela.

91. La literatura experimental vive con los mismos (pocos) fanáticos y los mismos (numerosos) detractores del arte conceptual. El arco se tiende entre Diamela Eltit, y sus juegos posmodernos de género (nuestra Jellinek), y Mario Bellatin, y sus juegos ultramodernos sin género (nuestro Beckett).

92. Un hecho clave para los nacidos en los 60 y 70 fue el congreso organizado en Madrid en 1999. Por primera vez en mucho tiempo, los escritores latinomericanosvolvieron a tener la ocasión de encontrarse. En España.

93. El breve arco de la nha reciente se tiende entre los congresos de Madrid, 1999, y Bogotá, 2008. El primero marca el último intento de resucitar a la literaturalatinoamericana. El segundo es la comprobación última de su imposibilidad.

94. En 1999, los escritores celebran conocerse. En 2008, el desarrollo del correo electrónico, los blogs y las redes sociales muestra el carácter redundante de los congresos literarios. Los intercambios de ideas ya no se llevan a cabo en vivo.

95. En medio de estos dos congresos, una cita especial (por emotiva): Sevilla, 2004. Conviven, por primera y última vez, un miembro del Boom (Cabrera Infante), Bolaño, y once escritores nacidos en los sesenta y setenta.

96. Burdo epílogo, la selección de Granta del 2010. Para entonces, ya ninguno de sus autores es latinoamericano y ni siquiera se busca ser más o menos equitativo con el número de representantes por país.

97. Un nuevo estereotipo: la narcoliteratura. Poco importa que sólo se haya reflejado en la ficción de Colombia, México y, en menor medida, Centroamérica. Para los nostálgicos, significa la resurección de América Latina.

98. Decenas de libros rodean ya al narcotráfico, de la explotación comercial al registro lingüístico. E incluso cuenta con una obra maestra: Trabajos del reino, de Yuri Herrera. El problema es que un tema urgente se convierta, a causa otra vez de la necesidad de exotismo de occidente, en obligación.

99. Se dice que en América Latina proliferan los géneros: la novela histórica y policíaca, en particular. O la narrativa femenina. O la gay. Tanto como en cualquier parte.

100. Si los escritores nacidos en los 70 son esencialmente antipolíticos, los de los 70 y 80 son apolíticos. Sólo les interesa el poder en la medida en que interfiere con sus vidas privadas. Es pronto para hablar de los nacidos en los 90.

101. Entre los escritores nacidos en los 70 y 80 no hay grupos explícitos (al menos de momento). La individualidad como único imperativo.

102. Otro fenómeno de los últimos veinte años: la extinción de la crítica periodística. Suplementos literarios agonizantes. Revistas literarias que se vuelven políticas.

103. En vez de manifiestos o revistas, blogs (algunos tan influyentes como el de Iván Thays). Para el chismorreo literario, Facebook. Y, para participar activamente en la vida intelectual (de un solo país), ese nuevo telégrafo que es Twitter.

104. Último fenómeno para dinamitar del todo la vieja idea de literaturalatinoamericana: a Bogotá 39 fueron invitados como escritores latinoamericanos Daniel Alarcón y Junot Díaz. Ambos escriben en inglés.

105. El fin de las fronteras y las aduanas. De la distinción entre lo local y lo global. De la literatura como prueba de identidad (nacional, étnica, lingüística, sexual). El fin de los departamentos universitarios de "literatura latinoamericana", de "literatura española" y de "lenguas romances". ¿Y el inicio de qué?

 


 

 

 

 

[Publicado el 04/9/2011 a las 12:40]

[Etiquetas: Literatura latinoamericana; literatura hispánica de América; Boom; Bolaño; América Latina]

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Memorial de la crisis

 

Con un dejo de sarcasmo, el viejo zorro se anuncia a los periodistas que pronto observarán un movimiento peculiar en los mercados. Quien pronuncia la frase es Jean-Claude Trichet, presidente del Banco Central Europeo, quien intenta frenar así el ataque de los inversores a la deuda soberana de España e Italia, cuya prima de riesgo ha alcanzado cotas inéditas. La ambigüedad de Trichet cuesta cara: a la mañana siguiente, las bolsas se desploman.

            Del otro lado del Atlántico, la situación no es mejor. Casi en los mismos días, Standard & Poor's rebaja la clasificación de la deuda de Estados Unidos  (la paradoja radica en que S&P siempre concedió las más altas calificaciones a bancos insolventes). Semanas atrás, demócratas y republicanos apenas consiguieron pactar in extremis un acuerdo para salvar a su gobierno del impago: la presión de los extremistas del Tea Party torpedeó las negociaciones hasta el último momento. El día posterior al anuncio, las bolsas vuelven a hundirse.

            A cuatro años del inicio de la mayor crisis económica desde 1929, sus coletazos aún azotan al mundo desarrollado (por primera vez, las naciones emergentes han salido mejor libradas). Para desasosiego de sus gobernantes, la debacle no parece llegar a su fin y demuestra que acaso no se trate sólo de una grave perturbación del modelo capitalista, ocasionada por la avaricia y los excesos, sino a un cuestionamiento integral de sus principios.

            Esta situación es la consecuencia extrema de la ideología neoliberal de fines del siglo xx. Al tiempo que Ronald Reagan emprendía una feroz guerra económica contra la Unión Soviética, él y sus aliados iniciaron un brutal asedio al estado de bienestar implantado en el mundo libre al  término de la segunda guerra mundial. De pronto, la caída del Muro de Berlín y la implosión de la URSS parecieron demostrar la superioridad de sus ideas.

Como ha señalado el novelista John Lanchester en su muy atinado Huy! (Anagrama, 2010), el mundo occidental había creado las sociedades más libres y equitativas de la historia gracias al contraste con el bloque comunista y, durante cuatro décadas, Europa y Estados Unidos implantaron sistemas sanitarios o educativos mejores que los de sus rivales. Vencido -o más bien aniquilado- el enemigo, los adalides del neoliberalismo se lanzaron sin trabas a reducir el estado, a privatizar los servicios públicos y a desregular el mundo financiero.

Vinieron años de "exuberancia irracional" -como los llamó Alan Greenspan-, seguidos de una avaricia incontenible. Se crearon toda suerte de instrumentos financieros de diseño, capaces de eludir la supervisión de unos estados que dependían cada vez más del poder de los banqueros. Políticos irresponsables y empresarios sin escrúpulos propiciaron así la crisis o, como le dijo un taxista islandés a Lanchester: treinta o cuarenta personas ocasionaron la pobreza de millones.

Lo que ocurrió después fue una tormenta perfecta. Los bancos crearon instrumentos financieros que buscaban reducir el riesgo de sus operaciones y que en realidad lo diseminaron entre toda la sociedad -la especulación con hipotecas subprime-, sin que nadie se atreviese a controlarlos. Los bancos prestaron a diestra y siniestra y los ciudadanos invirtieron en la bolsa y en la industria de la construcción en una espiral enloquecida que no se diferenciaba demasiado de un esquema Ponzi global.

Como era previsible, un buen día todo estalló. En un primer momento, los gobiernos permitieron que instituciones insolventes como Lehman Brothers quebrasen sin miramientos. Luego constataron que ello acarrearía la quiebra de todo el sistema (eran DGPQ, demasiado grandes para quebrar) y no tuvieron más remedio que rescatarlas con dinero público. Miles de millones de dólares fueron a dar a las empresas responsables de la debacle sin que sus directivos se hiciesen responsables y continuasen cobrando bonos escandalosos.

            En los términos más simples, los estados vaciaron sus arcas para rescatar a estas instituciones privadas (sin "nacionalizarlas", un término prohibido en el neoliberalismo), provocando un gigantesco déficit público, que a su vez sólo puede ser reducido con más recortes sociales. Y así estamos: con deudas públicas gigantescas y más perspectivas de recortes del estado de bienestar. Hoy mismo, el Tea Party en Estados Unidos y la derecha europea están empeñados en aprobar modificaciones constitucionales para prohibir los déficits públicos, lo que implica un nuevo asalto a las prestaciones sociales.

En el lapso de 20 años, las sociedades más libres y equitativas de la historia corren el riesgo de dejar de serlo. No debería sorprendernos que, aquí y allá, en modalidades pacíficas o violentas -de Madrid a Londres, pasando por los países árabes, Israel o Chile-, miles de jóvenes se manifiesten para repudiar un sistema no sólo caduco, sino pervertido.

Nos hallamos en un momento crucial. Es imprescindible articular un nuevo lenguaje que no sólo remiende y justifique las roturas del modelo neoliberal, sino que reniegue abiertamente de su herencia. En vez de justificar más recortes al estado de bienestar, como hace la mayor parte de los políticos (incluso en la izquierda), tendríamos que imaginar cómo volver a expandirlo. El gran reto para las nuevas generaciones consiste en recuperar el idealismo que en el pasado permitió imaginar -y construir- sociedades cada vez más justas.

 

twitter: @jvolpi

[Publicado el 29/8/2011 a las 20:15]

[Etiquetas: crisis; deuda; hipotecas; neoliberalismo]

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La ley y el orden

Chihuahua, diciembre de 2010. Como en todas las capitales del país, en la Plaza Hidalgo conviven el poder espiritual y terrenal: la catedral y el palacio de gobierno. Aunque no es extraño ver a grupos de manifestantes, hoy es una mujer solitaria quien permanece aquí desde hace días. Tiene 52 años y su rostro muestra los estragos de la fatiga: se llama Marisela Escobedo y su hija Rubí Marisol fue asesinada dos años antes en Ciudad Juárez, ese abismo donde se oculta el misterio del mundo, en palabras de Roberto Bolaño. Pese a las apabullantes pruebas en contra de Sergio Rafael Barraza, los jueces lo liberaron aduciendo un tecnicismo. Convertida en agente policíaco, la señora Escobedo dejó su vida atrás, persiguió al homicida, reunió nuevos indicios y logró que un tribunal al fin lo condenase. Para entonces, Barraza había huido. Desesperada, la señora Escobedo se planta ante la oficina del gobernador. De pronto, tres jóvenes se acercan a ella y la intimidan; uno extrae un arma y le dispara a quemarropa: la señora Ecobedo cae muerta. Barraza, en cambio, continúa prófugo pese a que la Procuraduría General de la República (PGR, suerte de Fiscalía) ha ofecido por él una recompensa de 5 millones de pesos.

            Tijuana, Baja California, junio de 2011. El operativo ha sido planeado milimétricamente: los miembros de la AFI (Agencia Federal de Inteligencia) , con sus uniformes negros y sus rostros con pasamontañas, apenas se distinguen de los héroes de teleseries como swat o C.S.I. Ufanos, custodian rumbo a sus instalaciones ni más ni menos que a Carlos Hank Rohn, excéntrico empresario y político del PRI, célebre por su afición a las pieles o por su zoológico doméstico, quien acaba de ser detenido por acumular un arsenal de armas de fuego: un centenar de metralletas y rifles de asalto es exhibido ante las cámaras. En más de una ocasión, a Hank se le ha relacionado con el narcotráfico y otros crímenes, entre ellos el homicidio de una mujer en 2009. Días después, una juez ordena la liberación del antiguo alcalde de Tijuana por falta de pruebas.

            Rancho Las Chinitas, diciembre de 2005. El reportero anuncia, en el noticiario matutino de mayor audiencia, que la AFI realizará la detención de un grupo de secuestradores y que, en cuanto terminen los deportes, el asalto será presentado casi en directo. En efecto, poco después es posible atestiguar cómo los guardianes del orden entran en el rancho, liberan a tres personas -entre ellas un menor- y detienen a los cabecillas de la Banda del Zodiaco: Israel Vallarta Cisneros, con muestras visibles de tortura, y su novia, una francesa de 26 años llamada Florence Cassez. Horas después, desde su celda, la joven logra comunicarse a otro programa de TV y revela que su detención fue un montaje llevado a cabo un día después de su captura en una carretera a 50 kilómetros de la ciudad de México. Genaro García Luna, director de la AFI -y hoy Secretario (ministro) de Seguridad Pública-, confirma el engaño, pero se justifica aduciendo que fue hecho a petición expresa de los medios. La condena de Cassez a 60 años de carcel se convierte en un ácido incidente diplomático entre Francia y México. Pero, como ha revelado Héctor de Mauleón en un artículo en la revista Nexos, tras revisar el expediente resulta imposible saber si Cassez es culpable o inocente debido al cúmulo de irregularidades en el proceso.

            Michoacán, mayo de 2009. En un operativo sin precedentes, la AFI detiene a una treintena de funcionarios públicos, entre ellos 10 alcaldes de todos los partidos políticos, por sus vínculos con La Familia Michoacana, uno de los cárteles del narcotráfico más peligrosos del país. Michoacán, la tierra natal del presidente, debe convertirse en ejemplo para el resto de la clase política, cuyos vínculos con el crimen organizado todos conocen. Tras un extenuante proceso, todos los imputados son exonerados por falta de pruebas. Mención aparte merece el diputado electo Julio César Godoy Toscano, medio hermano del gobernador, el cual, pese a la acusación de vínculos con el narcotráfico -en esos días se difunde una conversación suya con La Tuta, líder de La Familia-, se atreve a jurar su cargo, aunque lo pierda a causa del escándalo. A la larga, Godoy Toscano evade la justicia y recibe un amparo (especie de habeas corpus) debido a las irregularidades en la orden de aprehensión librada en su contra.

            Ciudad de México, diciembre de 2010. El sujeto baja la vista y, con voz entrecortada, confiesa: "Sí lo hice, señora". En 2005, Jacobo Tagle Dovín y su cómplice César Freyre Morales secuestraron y asesinaron al joven empresario Hugo Wallace. Ante la ineficacia de la policía, la señora Isabel Miranda de Wallace, decide dedicar toda su energía a localizar a los responsables de la muerte de su hijo. Con mejor suerte que Marisela Escobedo, tras ubicarlo consigue que la policía lo detenga y que un juez lo envíe a la cárcel. A continuación, la señora Miranda de Wallace crea la asociación Alto al Secuestro.

            Todos estos casos -así como decenas que no salen a la luz pública-podrían componer un serial televisivo inverso a La ley y el orden, centrado en mostrar cómo en México la mayor parte de los culpables no llega nunca a juicio, los que llegan son exonerados y, en cambio, una porción importante de las condenas recae sobre inocentes que no cuentan con recursos para defenderse, como demostró el documental Presunto culpable (Roberto Hernández y Geoffrey Smith, 2010). No se trata de una coincidencia: la acumulación de pifias, corrupción y falta de profesionalismo constituye la regla en el sistema de justicia mexicano.

            Tan urgente como la reforma educativa, la renovación del sistema de justicia constituye el mayor reto que enfrenta México. Durante setenta años, el PRI modeló un país escindido en universos paralelos: en un plano ideal, un avanzado cuerpo de leyes; y en la práctica, un sistema donde el poder y el dinero determinaban el éxito en cualquier proceso. Aunque al PAN siempre lo distinguió su vena legalista, tampoco ha sido capaz de alterar esta inercia, en buena medida por la oposición del PRI. Ni siquiera frente a la "guerra contra el narco", cuando más se necesita un aparato de justicia eficaz, se han logrado avances sustanciales en la materia fuera de una tímida reforma para impulsar los juicios orales. El resultado: un conflicto con cerca de 40 mil víctimas pero donde los verdugos apenas pisan las cárceles.

            En Colombia, que ha sido invocada mil veces como ejemplo en el combate a la violencia, los jueces enfrentaron a narcotraficantes, guerrilleros, paramilitares y políticos -a veces con el costo de sus vidas- hasta tejer un sistema judicial verdaderamente autónomo y eficaz. No sólo para hacer frente a los cárteles, sino para dotar de la mínima seguridad jurídica a su población, México está obligado a seguir la misma ruta. Se impone una reforma radical que elimine la burocracia, las duplicidades de funciones y las instituciones anacrónicas, que permita la creación de juzgados de instrucción con la capacidad investigadora -ahora monopolio del ejecutivo-, que permita la profesionalización y armonización de los cuerpos de seguridad federales y locales, que establezca la presunción de inocencia y la reparación del daño, que garantice el carácter público e inmediato de los procesos, que impida que las confesiones se lleven a cabo sin la presencia de una autoridad judicial y, en fin, que considere el derecho a la justicia como un derecho humano, como ha señalado Emilio Álvarez Icaza, antiguo ombudsman de la capital. Si las distintas fuerzas políticas no toman esta reforma como prioridad, independientemente de quien resulte ganador en las elecciones de 2012, México continuará condenado a la injusticia y al caos. 

 

Publicado en El País con el título "Injusticia y caos", 11.08.11

twitter: @jvolpi

[Publicado el 11/8/2011 a las 10:08]

[Etiquetas: México; justicia; Marisela Escobedo; Carlos Hank Rohn; Florence Cassez]

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ANDERS BREIVIK COMO SÍNTOMA


 

Ted Kaczynski abandona la sala y, tras una arcada, vomita en la acera. Acaba de cumplir 17 años y se ha inscrito como voluntario en un experimento convocado por el departamento de psicología de Harvard, donde estudia matemáticas. La mayor parte de sus compañeros lo consideran brillante e inadaptado: permanece siempre solo, apenas levanta la vista y sus notas rozan la perfección. Este día, Ted se muestra más agrio que de costumbre: los organizadores le han explicado que pretenden estudiar su conversación con otro alumno para entrever sus patrones de personalidad pero, en cada una de las sesiones, su interlocutor no ha hecho sino apabullarlo, arrastrándolo a dudar de todas sus convicciones.

En realidad, el joven ha sido víctima de una trampa. Henry Murray, el autor del experimento, es el fundador de la Clínica Psicológica de Harvard aunque también trabaja para la CIA, y su proyecto consiste en anticipar la resistencia mental de los espías soviéticos. Resulta difícil saber hasta dónde esta experiencia desequilibró a Kaczynski, pero con los años abandonaría las matemáticas en favor del terrorismo y, tras causar la muerte de tres personas y herir a una docena con paquetes explosivos, pasaría a la historia con el apodo de Unabomber

            Quince años después de su captura en una choza de Montana en 1996, otro joven medroso y violento se sentiría inspirado por el manifiesto que Kaczynski publicó antes de su arresto -y habría de citarlo varias veces en las 1500 páginas de su delirante 2083: Una declaración de independencia europea-: Anders Behring Breivik, el noruego que, en su lucha contra el marxismo, el multiculturalismo y los inmigrantes musulmanes, causó más de setenta muertes en dos atentados.

            Frente a criminales como éstos, la pregunta reaparece: ¿se trata de locos solitarios, y por tanto debemos considerar sus actos una suerte de accidente, o deben ser vistos como síntomas de un mal social, y por tanto estamos obligados a corregir las circunstancias que los animaron? Más allá de que Breivik haya contado con el apoyo de otras células -el terrorismo copia el léxico de la biología-, quienes se sienten llamados a cumplir una misión para salvar a sus sociedades necesitan de una comunidad real o imaginaria que celebre -y comprenda- su sacrificio: de un público para su drama.  

            No es un sinsentido, pues, que el feroz enemigo del Islam admire a Al Qaeda: los extremos se funden y el vikingo lampiño se refleja en el espejo del talibán barbudo. En cambio, achacar su actuación a la demencia, con el objetivo de minimizarla o conjurarla, resulta improductivo: estar loco, o al menos loco como Breivik o Kaczynski, no significa carecer de razón o inteligencia -ni dejar de ser humano-, sino habitar un universo paralelo, tan sólido como el nuestro, pero dotado con una moralidad perversa.

            Porque la locura del neotemplario o el Unabomber -o en el caso paradigmático, Hitler- no fue provocada por repentinos cortocircuitos en el neocórtex o la ausencia de cierto neurotransmisor. El cerebro humano es una máquina híbrida: está formado tanto por las neuronas como por las ideas producidas en ellas. Sólo que a veces éstas se comportan como virus: si nos exponemos a sus variedades más peligrosas, es probable que terminemos contagiados. Durante años, Breivik fue inoculado con las ideas racistas y supremacistas que flotaban en su medio: los círculos neonazis escandinavos -tan bien retratados por Stieg Larsson-, las páginas web y los blogs contra la inmigración o el Islam y, por supuesto, los partidos de ultraderecha que no dudaron en acogerlo. Su enfermedad no es psiquiátrica, sino ideológica. ¿Son responsables estas organizaciones de sus crímenes? Por supuesto que no, pero sí de propiciar que un loco ponga en práctica sus teorías.

            ¿Habría que censurar a quienes propagan la discriminación, el odio racial y la xenofobia? Sólo en los casos extremos, cuando sus llamados al odio y la violencia resulten incontrovertibles. Aunque en las democracias haya que defender a ultranza la libertad de expresión, ésta no puede ser absoluta: se puede criticar toda clase de conceptos generales -incluidas las religiones-, pero no deben admitirse los atentados contra la base mínima que nos sostiene como civilización. Todos tenemos los mismos derechos, entre ellos el derecho a vivir en cualquier parte.

            Más importante es combatir las ideas con ideas. Demostrar claramente que la ultraderecha -y en especial la derecha democrática en su ansia de acercarse al electorado radical- se equivoca al animar el discurso de la diferencia y el rencor. Ese multiculturalismo que tanto odiaba Breivik tendría que ser implementado con mayor imaginación y energía en las escuelas, en los medios y en las redes sociales. No podemos permitir que otra crisis económica -como la de 1929- vulnere de nuevo nuestra mayor invención: la idea de humanidad.

 

twitter: @jvolpi         

[Publicado el 31/7/2011 a las 12:07]

[Etiquetas: Breivik; terrorismo; derecha; ultraderecha; Unabomber]

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El misterio de la habitación 2806

El alto funcionario entrega su pase de abordar y se dirige a su asiento de primera clase. La inquietud por haber olvidado su celular en el hotel se ha desvanecido, pues la recepcionista le prometió hacérselo llegar hasta el avión. Podemos suponer que, más relajado, acepta la flûte de champagne que le ofrece la azafata -y que él le guiña un ojo- antes de estudiar la lista de grands crus. De pronto, unos hombres irrumpen en la aeronave y, en vez de devolverle su teléfono, lo arrastran a la puerta y se disponen a esposarlo.

            El resto de es conocido: Dominique Strauss-Kahn, director gerente del Fondo Monetario Internacional y puntero en las encuestas a la presidencia de Francia, abandona su vida en el jet-set financiero -y a la larga la posibilidad de ser candidato- para enfrentar las acusaciones de violación de Nafissatou Diallo, una camarera guineana de 32 años, empleada del Sofitel, donde éste se alojaba. La historia, propia de Hollywood, ha sido interpretada -y utilizada ideológicamente- de maneras contradictorias.

            Muchos quisieron advertir en este episodio una metáfora del mundo contemporáneo: el potentado que se cree superior a la ley y -del mismo modo que el FMI aplica por la fuerza sus técnicas de shock a los países en desarrollo- no duda en abusar de una joven de escasos recursos y origen africano. Esta lectura se reveló imprecisa: Strauss-Kahn posee fama de arrogante y mujeriego, pero las filtraciones de la fiscalía también muestran un perfil de Diallo poco enternecedor: al parecer, comentó con un amigo la idea de obtener dinero del político, mintió sobre su condición migratoria y no es capaz de aclarar el origen de ciertas sumas de dinero depositadas en su cuenta.

Por otro lado, la periodista Tristane Banon, francesa de pura cepa, también ha denunciado a Strauss-Kahn, y Piroska Nagy, de origen húngaro, sugirió que su entonces jefe la obligó a mantener relaciones sexuales (aunque el escándalo se solventó con una disculpa pública). Todo indica que Strauss-Kahn es fanático u obseso del sexo -antes de Diallo, las cámaras del Sofitel grabaron a otra mujer, acaso una escort, entrando en su habitación-, pero su apetito no parece discriminar entre mujeres de naciones ricas o pobres.

            Otros prefirieron interpretar el affaire como un incidente más en la lista de desencuentros entre Francia y Estados Unidos. La prensa gala no ha dejado de quejarse por la humillación sufrida por Strauss-Kahn -y por la France- con las imágenes del exquisito hombre de estado detenido como un criminal común. En efecto, la moral pública es distinta en cada sitio: mientras los puritanos Estados Unidos no toleran a los políticos disipados (baste recordar a Clinton o a Spitzer), la libertina Francia casi los festeja (como la doble vida de Mitterrand). Pero, otra vez, aquí no están en juego costumbres antagónicas, sino un delito -la violación- que se castiga con fuerza en ambos lados.

El caso es fascinante, pero la tentación de convertirlo en una metáfora lo simplifica en exceso. ¿Se trató de una relación sexual consentida, como afirma el acusado? ¿Entonces por qué Diallo se apresuró a reportarla? ¿Pudo imaginar que Strauss-Kahn le pagaría y, al no hacerlo, decidió vengarse? ¿Y por qué el izquierdista millonario no lo hizo, ahorrándose este lío? La posibilidad de que ella lo hubiese planeado para luego denunciarlo es, por lo pronto, la menos verosímil.

Nos enfrentamos con personajes de novela: ninguno resulta del todo creíble y sus pasados están sembrados de grisura. Strauss-Kahn no sólo es famoso por su carácter donjuanesco -más bien priápico-, sino que ha sido acusado en otras dos ocasiones de aprovecharse de su físico o de su estatus para someter a las mujeres. Diallo, por su parte, ha mentido anteriormente y mantiene vínculos con figuras turbulentas.

¿Qué pasó realmente en la habitación 2806? Tal vez nunca lo sepamos. Ante la ausencia de cámaras y testigos -o de marcas corporales explícitas, como ahora asegura la defensa-, sólo contamos con el testimonio de los involucrados: de ahí la exitosa táctica de la defensa de minar la credibilidad de la denunciante. Tendremos, a lo más, la verdad judicial (propia del sistema anglosajón): ante cualquier duda razonable, se decretará la inocencia del inculpado.

Fuera de eso -y dejando atrás las teorías conspiratorias-, queda la intuición del novelista. Acostumbrado a encandilar, seducir o pagar a decenas de mujeres, el director del FMI se negó a ver en Diallo a otra persona y su falta de empatía lo cegó ante un acto marcado por su posición de fuerza. ¿O alguien puede imaginar que la camarera se acostó intempestivamente con el huésped, sin dinero de por medio, porque lo consideró chic o irresistible? Que luego haya buscado aprovecharse de él no la convierte en farsante. Pero ésta es, por supuesto, sólo una especulación más frente al misterio de la habitación 2806.

 

twitter: @jvolpi

[Publicado el 17/7/2011 a las 17:18]

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Biografía

(México, 1968). Es autor de las novelas La paz de los sepulcros, El temperamento melancólico y En busca de Klingsor (premios Biblioteca Breve y Deux Océans-Grinzane Cavour). Con ella inició una "Trilogía del siglo XX", cuya segunda parte es El fin de la locura y la tercera No será la Tierra. También ha escrito las novelas cortas reunidas en el volumen Días de ira, así como Sanar tu piel amarga, El jardín devastado y Oscuro bosque oscuro. Es autor de los ensayos La imaginación y el poder, La guerra y las palabras, Mentiras contagiosas (Premio Mazatán al mejor libro del año 2008), El insomnio de Bolívar (Premio Debate-Casa de América 2009) y Leer la mente. En 2009 obtuvo el Premio José Donoso de Chile por el conjunto de su obra. Ha sido profesor en las universidades de Emory, Cornell, Las Américas de  Puebla, Pau, Católica de Chile, Nacional Autónoma de México y Princeton. Ha sido becario de la Fundación Guggenheim y miembro del Sistema Nacional de Creadores de México. Ha sido condecorado como Caballero de la Orden de Artes y Letras de Francia y con la Orden de Isabel la Católica de España. Fue director de Canal 22 entre 2007 y 2011. Es colaborador de los periódicos Reforma y El País. Sus libros han sido traducidos a veinticinco idiomas. En 2012 recibió el premio Planeta-Casa de América por su novela La tejedora de sombras. En 2014, publica su novela Memorial del engaño en América Latina y España y, para el año 2015, estará publicada en Brasil, Portugal, Italia y Francia. Actualmente es director general del Festival Internacional Cervantino. 
 

Bibliografía

Memorial del engaño (2014). Ediciones Alfaguara, España

Leer la mente (2011). Ediciones Alfaguara, España

No será la tierra (2006). Ediciones Alfaguara, España

Dos novelistas poco edificantes (2004). Volpi, Jorge; Urroz, Eloy. Algaida Editores, España

Geometric intimacies. Sebastián Sculptor (2004). Ediciones Turner, España

Geometría emocional. Sebastián escultor (2004). Ediciones Turner, España

La guerra y las palabras (2004). Editorial Seix Barral, España

El fin de la locura (2003). Editorial Seix Barral, España

Desafíos de la ficción (2002). Volpi, Jorge, [et. al.] Universidad de Alicante. Servicio de Publicaciones, España

En busca de Klingsor (2000). Círculo de Lectores, España

El juego del apocalipsis: un viaje a Patmos (2000). Nuevas Ediciones de Bolsillo. España

Tres bosquejos del mal (2000). Urroz, Eloy; Padilla, Ignacio; Volpi, Jorge. El Aleph Editores, España

 

 

 

 

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