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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

miércoles, 18 de septiembre de 2019

 Blog de Jorge Volpi

Las falsas vidas del obispo Romney

En busca de fe, el joven Joseph Smith le exige a Dios que lo ilumine. Conmovido, recibe una primera visión. “Vi un pilar de luz justo sobre mi cabeza”, escribe más tarde, “y, más arriba, la brillantez del sol que descendió gradualmente hacia mí”. En el resplandor, Smith distingue la figura de Jesucristo, quien le ordena restaurar su Iglesia. Tres años después, el ángel Moroni le ordena desenterrar tres discos de oro repletos de caracteres de vaga apariencia egipcia. A lo largo de los siguientes meses, el joven descifra aquel lenguaje arcano y traduce el Libro de Mormón, donde se narra la delirante historia bíblica del continente americano. Un año más tarde, San Juan Bautista le concede la autoridad del sacerdocio aarónico. Con este don, funda la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días en 1830.

 

Los evangélicos miran con suspicacia a la nueva congregación, cuyo primer templo es edificado en Kirkland, Ohio, en 1836. Expulsados de allí, los mormones se trasladan a Illinois para fundar la ciudad santa de Nauvoo. El gobernador del estado considera a Smith un criminal —entre otras cosas porque Dios le ha ordenado practicar la poligamia—, y lo encarcela. El 27 de junio de 1844, una turba enardecida irrumpe en la prisión y lo asesina.

Brigham Young se convierte en el segundo presidente de la Iglesia y, como Moisés con los judíos, emprende una peregrinación por el desierto que llevará a los mormones a Utah, una región desolada que Estados Unidos acaba de arrebatarle a México. Junto al enorme Lago Salado —trasunto del Mar Muerto—, fundan una comunidad casi independiente. Young se casa con 27 mujeres, aunque al final sólo una de ellas, Ann Eliza, lo abandona y emprende una campaña nacional para denunciar la poligamia, como cuenta el novelista David Ebershoff en la muy entretenida La esposa 19.

Sólo cuando el gobierno federal le ofrece a los mormones convertir a Utah en estado, el tercer presidente de la Iglesia renuncia a la poligamia, provocando que un grupo de disidentes la abandone. Hasta hoy, muchos de ellos permanecen más o menos ocultos en la zona —como los protagonistas de Big Love, la serie de HBO que muestra que una familia polígama puede ser tan adorable y complicada como cualquier otra—, mientras otros encuentran refugio en el norte de México, como la familia de Mitt Romney.

Romney no es polígamo —lleva 43 años casado con la misma mujer—, pero sí ha fungido como obispo mormón, lo que podría convertirlo no sólo en el primer descendiente de mexicanos en llegar a la Casa Blanca —su padre, el exgobernador de Michigan, George Romney, nació en Chihuahua—, sino en el primer clérigo en conseguirlo.

Actualmente, el Partido Republicano se encuentra dominado por una amplia comunidad evangélica encabezada por los ultras del Tea Party; desde el linchamiento de Smith, los líderes protestantes nunca han dejado de ver con suspicacia esta nueva religión que se obstina en presentarse, sobre todo a últimas fechas, como una variante más del cristianismo.

De hecho, Romney parece el más interesado en difundir esta versión, como si la Iglesia de los Santos de los Últimos Días no fuese sino una senda paralela al protestantismo histórico. Semejante maniobra, a tono con su estrategia general de fingir lo que no es —un cristiano ultraconservador—, olvida que ninguno de los reformistas se presentó jamás como un profeta o que los dictados del Libro de Mormón, de una fantasía desbordada, son considerados por su Iglesia idénticos a los evangelios.

En esta simulación constante se advierte claramente quién es Romney: un político dispuesto a cualquier cosa —incluso al travestismo religioso— con tal de obtener el poder. Toda su biografía, desde sus años como empresario hasta su periodo como gobernador de Massachussets, se encuentra sujeta a un feroz proceso de manipulación que aspira a transformarla en otra cosa: lo que los auténticos cristianos ultraconservadores quieren escuchar.

Así, el Romney empresario se empeña en mostrarse como un supremo defensor del libre mercado, un escéptico del estado y un arriesgado creador de oportunidades de trabajo, cuando Bain Capital liquidó miles de empleos y benefició especialmente a sus accionistas —él mismo en primer término—, del mismo modo que el Romney político busca ser percibido como un conservador de pura cepa cuando, entre otras cosas, impulsó una cobertura sanitaria idéntica a la del odiado Obama.

Romney es, en este sentido, el mejor discípulo de Joseph Smith. Siguiendo su estela, no le preocupa alterar documentos, reescribir la historia, insertarse en una tradición que no le pertenece, falsear su pasado o presentarse como un devoto redentor. Que para lograr su objetivo esté dispuesto a asimilarse con quienes persiguieron y asesinaron al fundador de su Iglesia es la mejor prueba de que se trata de un digno sucesor del profeta. 

 

twitter: @jvolpi

[Publicado el 23/1/2012 a las 08:57]

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La jaula de la lealtad

En la abúlica disputa que mantienen los precandidatos del PAN a la presidencia —apenas removida por las toscas gracejadas de Ernesto Cordero—, sólo existe una cuestión clara y urgente, aunque ninguno de los contendientes se atreva a esbozarla: al día de hoy, resulta inimaginable que un partido que dejará como legado más de 50 mil muertes (60 mil, según la cuenta del semanario Zeta) derivadas de su política de combate al narcotráfico pueda repetir su triunfo sin un drástico cambio de timón.

 

Esta certeza, menospreciada por unos y silenciada por otros, se filtra en el discurso panista como un mancha grotesca, una monstruosa elipsis que contamina todos sus argumentos y propuestas, convirtiendo la precampaña en una farsa donde lo único que importa no sólo no puede decirse, sino ni siquiera pensarse. Este dilema, por ahora irresoluble, es la consecuencia extrema de una forma de entender el poder —un “estilo personal de gobernar”, escribía Cosío Villegas en otro tiempo— asociado a la presencia cada vez más incómoda (aunque, otra vez, ningún panista quiera expresarlo) de Felipe Calderón.

Si el gobierno de Vicente Fox se caracterizó por el carácter variopinto y con frecuencia inmanejable de sus atrabiliarios integrantes —Jorge Castañeda, Adolfo Aguilar Zínser o el propio Santiago Creel—, desde el principio quedó claro que Calderón privilegiaría la lealtad por encima de cualquier otra virtud. Acosado por los gritos de fraude entonados por la izquierda y luego puesto contra las cuerdas por su propia decisión de declarar una “guerra contra el narco” (que ya no llama así), el segundo presidente panista ha hecho lo imposible por vacunarse contra una posible traición de sus subordinados.

Si se revisan con cautela, todos los movimientos en su gabinete han estado sellados por esta maníaca obsesión por la lealtad. Como un Otelo de la política, esta inseguridad extrema ha terminado por paralizar las mejores acciones de su gobierno y por encadenar a sus colaboradores en un temor reverencial hacia su figura. En su entorno, la autocrítica se ha vuelto cada vez más escasa y la posibilidad de dar marcha atrás, una vez constatados sus fiascos, poco menos que imposible.

Los panistas se hallan, así, frente a una disyuntiva catastrófica: muchos de ellos perciben que la única forma de ganar las elecciones es reconociendo los yerros en la obcecada estrategia de su presidente, pero saben que ese mismo presidente todavía es un enemigo formidable para cualquiera que tenga el valor de cuestionarlo, ya no digamos de traicionarlo.

La elevación y la pervivencia de Ernesto Cordero como precandidato no obedece a otra razón. Si el círculo presidencial lo ha amparado y protegido, y continúa inyectándole recursos pese a las mínimas posibilidades que tendría frente a Peña Nieto y López Obrador, es porque sólo él garantiza una lealtad a toda prueba a Calderón. No sólo porque sea su amigo cercano, sino porque todo el capital político de Cordero descansa en el presidente. En este sentido, más que un precandidato, Cordero se comporta como un rehén de la presidencia.

Si bien se trata de una figura fascinante —los mejores personajes de novela son quienes abundan en contradicciones—, Santiago Creel no representa en la contienda sino una suerte de reivindicación de quien hace seis años ocupaba la posición que hoy detenta Cordero: la de heredero in pectore del presidente en turno. De precandidato oficialista a precandidato independiente, Creel sabe que tiene poco que perder y por ello es quien aporta más ideas frescas y más talante crítico a la disputa panista.

Llegamos así a la figura más inquietante de la precampaña: Josefina Vázquez Mota. Cualquier panista lúcido sabe que, debido a las redes tejidas durante sus doce años en el primer círculo de poder, su astucia política y su condición femenina —inevitable decirlo—, es la única que podría hacerle mella a Peña y a López Obrador. Sólo que, para el círculo calderonista, tiene un inconveniente insalvable: también es la única que podría, legítimamente, distanciarse de su antiguo jefe. Por ahora, ella ha preferido mostrarse prudente —acaso en exceso—, pero nada impide que, una vez convertida en candidata, termine por renovar la ominosa tradición que hasta hace poco cumplían los candidatos del PRI: asesinar (a veces no sólo simbólicamente) a su predecesor.

De hecho, aunque ni ella ni nadie en el PAN tenga el valor de susurrarlo, ésta es la única manera como Vázquez Mota podría arrebatarle la ventaja de más de veinte puntos a su rival del PRI. En el momento en que no sólo exhiba su enemistad con Elba Esther Gordillo y todo lo que representa la líder sindical —la única panista que puede jactarse de enfrentarla—, sino que se decida a reconocer el fracaso total de la estrategia de Calderón frente al narco, estará mucho más cerca de convertirse en la primera presidenta de México.

 

twitter: @jvolpi

 

[Publicado el 15/1/2012 a las 15:31]

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López Obrador, iluminado; Peña, espuma

Empieza 2012 y el año electoral mexicano. Aquí, mis perfiles de los candidatos oficiales a la presidencia por el PRI y el PRD.  La semana próxima, sobre los precandidatos del PAN.

 

 

LA SENDA BÍBLICA DE LÓPEZ OBRADOR

 

Todo empieza con el Éxodo. Tras largos días peregrinaje, guiados por un líder tan severo e iracundo como Moisés, los manifestantes por fin llegan a la tierra prometida: el Zócalo de la ciudad de México. En torno al profeta, unos cuantos discípulos  desentrañan sus murmullos. Su cabello aún no ha adquirido el tono plata que habrá de distinguirlo, pero están ya ahí el tono imperioso, el habla pausada y la beatífica convicción del mártir. Estamos en 1994, y el joven político ha convencido a sus seguidores de marchar desde Villahermosa hasta el DF para denunciar el fraude que le ha arrebatado la gubernatura.

En germen, podemos detectar en este primer acto los rasgos que definirán la imaginación política del tabasqueño. Los mandamientos de su agenda pública: su amor por esa entidad abstracta que reverencia como el pueblo, su apuesta por la justicia aun en contra de la legalidad, su talante de padre generoso o atrabiliario y su carácter de víctima propiciatoria en toda suerte de conspiraciones.

No deja de llamar la atención que el líder más relevante de la izquierda mexicana sea nuestro político más hondamente religioso. He aquí uno de los grandes malentendidos recientes: López Obrador no es, en realidad, un hombre de izquierdas -baste observar su conservadora agenda moral, tan cercana a los principios de la Iglesia-, sino un político de inspiración cristiana, mucho más cercano a Rafael Correa que a Hugo Chávez.

Su carrera se despliega, así, bajo los lentes del sermón y el sacrificio. No sorprende que la tozudez defina su carácter. Todo su relato político gira en torno a la reparación de la injusticia: una injusticia ancestral, sufrida por el pueblo mexicano en su conjunto, qué él se ve obligado a expiar con su sacrificio. Por ello, en los momentos de mayor tribulación, sus palabras adquieren el tono enfebrecido del Antiguo Testamento.

            Tras el Éxodo, el libro de los Reyes. Elevado al poder como jefe de Gobierno de la ciudad de México, López Obrador se convierte en un monarca sereno y generoso. No es que se haya moderado, como afirman algunos: la eficacia de su mandato, reflejada en sus pactos con los poderosos -fariseos y zelotes- emula la unidad conseguida por David o Salomón. Pero, en cuanto se renuevan las insidias en su contra, López Obrador regresa a su papel de chivo expiatorio.

La narrativa funciona: el burdo intento de Fox de apartarlo de la carrera presidencial mediante el desafuero lo transforma en la obvia víctima de una conjura orquestada por los impíos. Porque, en su visión del mundo como una feroz lucha del bien contra el mal, López Obrador sólo puede verse a sí mismo como un justo -a veces, el único justo-, elegido para combatir a los malvados.  

            Y son precisamente éstos -la mafia- quienes lo retratan como un enemigo para México y quienes propician el nuevo fraude electoral. Sólo que esta vez López Obrador no se conforma con otra peregrinación, sino que se empeña en obtener lo que es suyo mediante la escenenificación político-religiosa más abigarrada de los últimos tiempos: el plantón en Reforma y luego la investidura, en el Zócalo, de su presidencia legítima. La ceremonia con la cual inicia su Nuevo Testamento.

            Muchos piensan que López Obrador enloqueció en esa encrucijada. Se equivocan: alguien que ha trazado su vida como una senda bíblica necesita desesperadamente de los símbolos. Tenía que recibir la banda presidencial a cualquier costo: sólo así podía convertirse en el ungido, incluso si la mitad del país -fariseos y zelotes- habrían de desconocerlo. Nosotros sospechamos que, si en vez de inventarse un México donde él es presidente -Sancho Panza en Barataria-, hubiese acabado por aceptar el triunfo de Calderón, hoy tal vez encabezaría las encuestas. Él en cambio no se arrepiente de sus ataques contra las instituciones: la tarea primordial de un profeta es denunciar a los perversos.

            A lo largo de estos cinco años, López Obrador ha deambulado solo en el desierto. Ha visitado cada villorrio y cada provincia, convencido de su misión evangelizadora. Y, gracias a su fe en sí mismo, ha alcanzado su objetivo: convertirse otra vez en candidato. Para conmemorarlo, pronunció su particular Sermón de la Montaña. Errará quien busque el contenido de su República amorosa: no se trata un programa político, sino de la señal de que Moisés ha dado paso a Cristo. En un país desgajado por la violencia y el odio, él se presentará ahora como la sola fuente de paz y reconciliación.

Pero será difícil que logre convertirse en presidente: al dejarse imponer esa banda presidencial en el Zócalo, López Obrador no sólo le hizo un daño irreparable a la izquierda que ahora vuelve a ampararlo, sino que provocó que los priistas capitalizaran todo el descontento hacia el Gobierno. A veces un profeta es, sin saberlo, un falso profeta. Y quien le susurra al oído no es dios, sino el diablo. Al ofuscarse en su papel, el mismo López Obrador terminó por entregarles las llaves del Reino a los demonios.

 

 

PEÑA, ESPUMA

 

Jorge Volpi

 

Los miembros del Estado Mayor se retiran discretamente, comprobando el rumor que circula de mesa en mesa: el presidente Felipe Calderón no llegará al banquete de Los 100 -la reunión anual convocada por la revista Líderes mexicanos-, con lo cual el gobernador del Estado de México se convertirá en el único orador de la tarde. Enrique Peña Nieto no quiere desaprovechar la oportunidad y, en vez de leer el breve discurso que tiene preparado, improvisa uno que se prolongará durante cerca de una hora.

La expectativa es enorme: el aspirante del PRI a la presidencia podrá detallar sus propuestas frente a un auditorio inmejorable. Conforme los meseros traen y llevan los platillos, los rostros de los invitados pasan de la curiosidad al aburrimiento y de la decepción a la ira. A lo largo de esos inagotables minutos, Peña no hace sino exhibir la vetusta retórica priista, ese newspeak perfeccionado a lo largo de 72 años que consiste en enhebrar vaguedades, eufemismos y anacolutos.

Frente a algunas de las figuras más relevantes de México, Peña no articula una sola idea original, un solo planteamiento brillante, un solo destello de lucidez que escape al lugar común. Al final de la comida, las mismas preguntas flotan entre los comensales. ¿Éste es el joven líder que se presenta como el renovador del PRI? ¿Éste es el político que encabeza las encuestas?

Por supuesto, cualquiera puede tener un mal día. Parecería justo concederle el beneficio de la duda y contrastar ese discurso con sus intervenciones posteriores. La tónica se mantiene: una retahíla de oraciones subordinadas carentes de sustancia. Sin duda, Peña recibió lecciones de oratoria -esa disciplina que floreció en el priismo a través de concursos municipales y estatales-, y es capaz de memorizar largas parrafadas, conservando un tono arrebatado y vehemente, pero las ideas originales brillan por su ausencia.

Si no en sus apariciones públicas, quizás éstas podrían encontrarse entonces en su libro México, la gran esperanza. Un Estado Eficaz para una democracia de resultados, justo el que presentó en la FIL cuando no pudo mencionar los tres libros más importantes de su vida. Aquí la retórica priista ha sido maquillada con un lenguaje pretendidamente moderno, barnizado por algún experto en políticas públicas. Pero, si uno lo revisa con cuidado, la espuma es aún más escandalosa: un regreso al anquilosado presidencialismo priista, enmascarado bajo un alud de encuestas y tecnicismos.

 Según Peña, México posee un "estado ineficaz" por culpa de 12 años de panismo, sin recordar que ese estado fue creado por el PRI y que las reformas estructurales que éste ha necesitado desde el 2000 han sido bloqueadas por el PRI. Un ejemplo: su visión de la seguridad pública (a la cual dedica 15 páginas de 212): Peña culpa -correctamente- a Calderón por el incremento de la violencia, pero olvida decir que la gran mayoría de los estados donde ésta se recrudece se encuentran gobernados por priistas. Y concluye: "La meta es reducir la violencia, recuperar la seguridad ciudadana, construir un país más justo, hacer de imperio de la ley una contante para garantizar las libertades, el orden y la tranquilidad de nuestras familias". Otra vez, espuma.

Sólo se me ocurre un descargo a su favor: sin darse cuenta, Peña representa la quintaesencia del PRI contemporáneo: ese partido que, una vez derrotado en el 2000, jamás supo hacer autocrítica, jamás pidió perdón por sus abusos, jamás se renovó, jamás supo encontrar el papel que le corresponde en el 2012. Hoy resulta imposible discernir cuál es la ideología de la organización política que podría ganar las elecciones de julio. Ni derecha ni izquierda. Un pragmatismo reconcentrado que aspira a vencer por una sola razón: el desgaste del PAN y la fallida estrategia de Calderón frente al narcotráfico, aunque sin proponer ninguna alternativa.

De ahí la estrategia que Peña y el PRI han seguido hasta ahora: no decir nada, mantenerse en el vago reino de la oratoria y, sobre todo, tratar de no cometer errores. Dejar que sean los hechos -los horribles hechos que nos hostigan a diario- quienes derroten al PAN. Si somos sinceros, este silencio intencional es la única razón por la cual Peña acumula tal ventaja. Porque su pose de galán hollywoodense o el estar casado con una estrella de Televisa no son más que burbujas que serán reventadas en cualquier confrontación medianamente seria con sus adversarios.

Sin embargo, la indefinición y la cautela que Peña ha escenificado hasta ahora han comenzado a hacer agua. Sus deslices no son simples errores o lapsus: son las fugas que demuestran que el zepelín retórico del PRI está pochado de antemano. Si Peña no emprende una sólida crítica del pasado priista, si no apuesta por ideas y apuestas claras y si no escapa de la posición de niño bonito que lo ha llevado a adelantarse en las encuestas, la espuma que lo rodea terminará por asfixiarlo. Y el camino del PRI hacia Los Pinos, que hoy parece tan claro, terminará por convertirse en otra de sus frases sin sentido.  

 

twitter: @jvolpi

[Publicado el 08/1/2012 a las 17:10]

[Etiquetas: Mexico 2012, elecciones, López Obrador, Peña Nieto]

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Una modesta propuesta educativa

Durante varios días los usuarios de redes sociales no han cesado de burlarse del traspié: tras presentar su libro México, la gran esperanza en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, Enrique Peña Nieto fue incapaz de responder cuáles eran los tres libros que habían marcado su vida. No sólo trastabilló como un alumno que no ha hecho la tarea, sino que confundió a Carlos Fuentes con —of all people— Enrique Krauze. De inmediato una avalancha de críticas se precipitó sobre él y LibreríaPeñaNieto se convirtió en tema central de Twitter. A continuación, en un episodio de vodevil, Ernesto Cordero quiso prolongar la mofa y él mismo convirtió a Laura Restrepo en Isabel Restrepo al mencionar los tres libros que —dijo con orgullo— ha leído este año.

No es la primera vez que un político incurre en un desliz semejante: Vicente Fox se vanagloriaba de su incultura e incluso Josefina Vázquez Mota, entonces secretaria de Educación Pública, también confundió a Carlos Fuentes… con Octavio Paz. No se trata, tampoco, de un fenómeno mexicano: en España se regocijan con la anécdota según la cual Esperanza Aguirre, cuando era ministra de Cultura, se congratuló por el Premio Nobel concedido a la gran escritora portuguesa Sara Mago.  

Sin duda, cualquiera puede tener un olvido, pero una cosa es no recordar un autor o un título y otra ser incapaz de mencionar los tres libros que le han cambiado la vida a uno. Quizás porque a ninguno de estos políticos los libros les han cambiado la vida. Lo he dicho en otro momento: leer no nos hace por fuerza mejores. Stalin era un lector empedernido, lo cual no le impidió asesinar a millones de personas (y a numerosos escritores). Pero un gobernante necesita conocer de cerca el universo de sus gobernados y para ello la lectura —incluida la lectura de ficción— resulta una herramienta indispensable.

Este penoso espectáculo demuestra más bien otra cosa: el espacio mínimo que la lectura ocupa en nuestro tiempo. Si nuestros políticos no leen, o leen mal, es porque no sienten que ensayos, poemas o novelas sean relevantes para su desempeño. Porque consideran que los libros —y en general la cultura— son formas de entretenimiento tan inútiles como elitistas. Porque no se dan cuenta de que la lectura, y en especial la literatura, podrían ayudarlos a convertirse en mejores políticos.

En otro sentido, Peña, Cordero o Fox son productos típicos de nuestro sistema educativo, tanto público como privado (y no sólo el mexicano, aunque éste sea el peor de la OCDE). De un sistema que, en vez de incitar la lectura, nos enseña a odiarla. Todos hemos visto cómo los niños aman los cuentos infantiles y cómo, una vez en la primaria, pierden todo interés en los libros. La razón es simple: mientras los relatos de magos y dragones son un placer, en la escuela la lectura se torna una obligación.

Como escribió el novelista Daniel Pennac: el verbo leer, como el verbo amar, jamás debería conjugarse en imperativo. En otras palabras: la lectura, en la primaria, nunca debería ser obligatoria. A lo más, padres y profesores deberían compartir con los niños su gusto por la lectura y demostrarles que, detrás de esas letras hostiles, se encuentran miles de historias y personajes con los que pueden identificarse. Otro error: considerar que la lectura es superior a otras formas narrativas, como la TV, el cine o los videojuegos, y condenarla a un estatuto tan alto como indeseable.

Mi modesta propuesta es muy simple: cambiar, de una vez por todas, un modelo educativo propio del siglo xix, que no ha tomado en cuenta la aparición del mundo audiovisual. Dejemos de enseñar literatura y pasemos a impartir una materia que propongo denominar Clase de Ficción.

Estoy convencido de que la ficción es la mejor puerta a la lectura. La ficción que está en los cuentos infantiles y en las pantallas que hoy rodean a los niños. Lo que éstos necesitan es un guía que los ayude a circular de las miniseries y las películas de animación a los videojuegos y de allí, con naturalidad, a las novelas y relatos. Entonces los maestros podrían enseñarles algunos parámetros que les permitan distinguir la buena de la mala ficción: unas caricaturas profunda de una superficial, una telenovela ambiciosa de una inverosímil, un videojuego estimulante de uno predecible, una gran obra literaria de un best-seller inane.

Todo ello representa trastocar radicalmente nuestra anacrónica idea de cultura. Formar maestros que posean conocimientos de todas las formas de la ficción. Proveer a las escuelas con los instrumentos tecnológicos necesarios para cada disciplina. ¿Es mucho pedir? Quizás. Pero no hacerlo representa permanecer en el pasado. Hoy, miles de ficciones rodean a nuestros niños y nosotros no les enseñamos cómo enfrentarse a ellas. Los tenemos abandonados. Y, al hacerlo, los impulsamos a renegar de la lectura. Sí: es mucho pedir, pero sólo así conseguiremos que en el futuro nuestros políticos —y nuestros niños— no se sientan intimidados por los libros.

 

twitter: @jvolpi

[Publicado el 11/12/2011 a las 18:35]

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Novelas de terror y resistencia

-las balas que vuelan no tienen convicciones.

carmen boullosa, La patria insomne

 

Durante la última semana no hice sino presentar libros en la Feria de Guadalajara. Todo transcurría con normalidad, o al menos con la ominosa normalidad de nuestro país, cuando me vi atrapado en un juego de espejos. Rosa Beltrán me invitó a presentar Efectos secundarios, un breve y sobrecogedor relato sobre un individuo que se dedica a eso: a presentar libros.

El vértigo pronto se acentuó. Porque, mientras el narrador de Beltrán se embarca en un sutil elogio de la lectura -y una acerada denuncia de la frivolidad literaria-, no deja de escuchar, en sordina, los ecos de la guerra que azotan a su ciudad. La situación se volvió lacerante: allí estábamos, en la presentación de un libro sobre presentaciones de libros, a solo unos metros del lugar donde días atrás fueron encontrados 26 cuerpos sin cabezas. A mis ojos, Efectos secundarios se convirtió en la mejor metáfora de esta feria: una ácida diatriba contra la frivolidad de la violencia.

Fue entonces cuando me pregunté qué clase de ficción estábamos viviendo. Y concluí que el México de hoy es una novela de terror. Tal vez en otro tiempo fue una novela-río, una novela político-policíaca (mientras reinó el PRI) o una novela negra. Pero hoy es una historia de miedo. Y ni siquiera una que remita a Lovecraft o a Poe, ni tampoco a Frankenstein -por más que el gobierno demuestre la arrogancia del doctor-, sino a las delirantes novelas de zombis que apasionan a los jóvenes.

            Una novela de zombis que, para colmo, no se ahorra la imaginería gore: cuerpos destazados, cabezas guillotinadas, vísceras esparcidas por el suelo, sangre a borbotones. Es obvio que al autor de la masacre ocurrida bajo los Arcos de Guadalajara no le importan las reglas de la verosimilitud. Y también es claro que no buscaba amedrentar a lectores y escritores -por la redacción de la narcomanta, deducimos que nunca leyó un libro-, sino emplear un siniestro sistema de márketing para asegurarse la difusión de su texto.

            En este escenario apocalíptico fue inaugurada la 25 edición de la FIL: no sólo la segunda feria del libro más importante del mundo, sino la actividad cultural -y social- más relevante en nuestro país de zombis y vampiros. El contraste no podía ser mayor: allá, bajo los arcos, una enfermedad que corroe a toda la nación; y acá, adentro de la Expo, miles de ciudadanos que, a través de la lectura -desafiando al miedo-, intentaban regresar a la vida. A la vida normal. A la vida cotidiana. A la vida sin zombis.

            Y es que la FIL refleja lo mejor de México: una pequeña feria universitaria que, gracias a la ambición y al coraje, pudo transformarse en una referencia global. Una empresa que, 25 años después, encarna un género literario indispensable: las novelas de la resistencia. Esos libros casi extintos que narraban las aventuras de los maquis durante la segunda guerra mundial. O que circulaban clandestinamente en la Unión Soviética, en samizdat, para desafiar al estalinismo. La FIL convertida, pues, en un centro de resistencia contra la apatía.

El que la Feria haya entregado su premio a Fernando Vallejo acentúa las coincidencias. El colombiano no sólo es uno de nuestros mejores prosistas, sino uno de los pocos escritores que todavía usan el lenguaje como arma de combate. Así, mientras los narcos descabezan a 26 personas a unas cuadras, el autor de La virgen de los sicarios -una obra maestra que, muy a su pesar, inaugura la llamada "literatura del narco"- empleó las palabras para sacudir conciencias, ridiculizar a los poderes establecidos, acentuar la polémica y denunciar la hipocresía.

Vallejo es, sí, un artista del insulto, y qué refrescante oírlo arremeter contra panistas, priistas y perredistas por igual, exhibiendo su falsa moral y sus contradicciones (y qué patético ver a los priistas abandonando el auditorio o a los panistas atacándolo en redes sociales). No se trata de coincidir con las opiniones del novelista, por supuesto, pero su presencia en la Feria no podía resultar más saludable en nuestro país de zombis: alguien que no se conforma con recibir un Premio y permanecer en el "remanso de la cultura", sino que grita y vocifera. Y nos llama a no olvidar que el suelo que pisamos está entintado con sangre.

Candidatos y precandidatos también se pasearon por Guadalajara, muy orondos, llenos de palabras huecas, de simulacros de palabras. Ellos también escriben libros, también los presentan. Usan a la Feria como otro templete. Otro acto de campaña. Eso sí, sordos o indignados ante las imprecaciones de Vallejo. Ninguno de ellos parece haber comprendido que frente al horror sólo cabe la resistencia. Y que ésta sólo puede articularse con iniciativas que acentúen el cambio social, como la FIL. Inundar el país con proyectos culturales -y otros alicientes contra la inequidad y el miedo-, en vez de los soldados que esta vez no cesaron de patrullar en las inmediaciones de la Feria.  

 

twitter: @jvolpi        

[Publicado el 06/12/2011 a las 10:56]

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Inventario antes de liquidación

Hoy no es 1º de diciembre de 2011. Hoy es 1º de diciembre de 2012 y Felipe Calderón se prepara para hacer entrega de la banda presidencial. Son las seis de la mañana y él despierta tras pasar su última noche en la residencia oficial de Los Pinos. Una vez concluida la ceremonia, volverá a su casa, reconvertido en ciudadano común. Tras seis años de calamidades y fatigas, por fin dejará de ser el blanco de todos los reclamos y todas las insidias. Para él, al menos, la pesadilla está a punto de concluir.

            No así, en cambio, para el resto del país. México, cuya historia acumula un sinfín de turbulencias, no había experimentado un período más negro desde 1968. Y, si sólo nos concentramos en las muertes violentas -más de 50 mil-, esta etapa ha sido la más infausta desde la Revolución. Seis años marcados por la destrucción y la venganza, las disputas y la sangre. Seis años que han provocado una fractura social sin precedentes. 

Cuando Calderón consiguió participar in extremis en su investidura debido al acoso de las huestes de López Obrador -un energúmeno que en nada se parece al amoroso líder de hoy-, México era un país azotado por una feroz crisis de legitimidad, pero cuyo ánimo aún no se precipitaba en un pesimismo exacerbado. El futuro ya no lucía tan esperanzador como en el 2000, pero aún se conservaba cierto aliento de renovación y progreso. A fines del 2012, nada queda de aquel entusiasmo democrático. En apenas seis años, México se derrumbó en un caos sin precedentes.

El antecedente es claro: durante más de 70 años, el PRI construyó en el país un estado de derecho imaginario. Leyes e instituciones que en el papel resultaban modélicas, pero que en la práctica eran instrumentos supeditados a su control. Todos los organismos del estado funcionaban así, pero el sistema de justicia era el epítome de esta lógica piramidal. La corrupción de policías y jueces no era una desviación, sino un elemento indispensable del modelo.

La tragedia de Calderón es que, al emprender la "guerra contra el narco", no hizo sino exacerbar los vicios heredados del priismo que en teoría buscaba combatir. Ésta es la mayor debilidad de su estrategia: los narcos no eran el problema, sino un síntoma. Al empeñarse en combatirlos frontalmente, con herramientas torcidas, atomizó el campo de batalla, pulverizó el tejido social, acentuó las lacras del sistema -en especial la violación de derechos humanos, como demuestra el reciente informe de Human Rights Watch- y expuso al ejército a una desgradación irreparable. 

Para justificarse, el Presidente no se ha cansado de afirmar que no podía hacer otra cosa. Que necesitaba combatir a los criminales sin detenerse a limpiar previamente el aparato judicial. Que él no iba a transigir con los delincuentes como el PRI. Por desgracia, el gobierno es el arte de lo posible, y ofrecer soluciones imposibles a problemas mal enfocados porque es moralmente correcto -más bien: ideológicamente conveniente- no sólo constituye un acto de temeridad, sino el mayor yerro que puede cometer un político.

Pero, una vez que haya retornado a la vida civil, no debemos convertir a Calderón en nuestro chivo expiatorio. Todos los actores políticos comparten su culpa: el PRI, por incubar décadas de desigualdad y crimen, y por frenar cualquier intento de reforma; la izquierda, por concentrarse en su rencor y resquebrajar nuestra precaria vida institucional; y el PAN por avalar una estrategia que precipitó al país en esta sobrecogedora exposición a la violencia.

El saldo de estos seis años no puede ser más desalentador, mas negativo. Sin duda hay aspectos rescatables -la solidez macroeconómica, el seguro popular, la infraestructura carretera-, pero esta época no será recordada por estos avances, sino por una suma de cadáveres que alcanza las proporciones de una guerra civil.

Y es justo al hacer este inventario antes de liquidar al gobierno de Calderón cuando debemos darnos cuenta de la paradoja del momento. El PRI que se apresta a beneficiarse del descrédito del PAN es el mismo que construyó y avaló un sistema de justicia basado en el tráfico de influencias, las amenazas y los chantajes a los jueces y el contubernio de los policías con los criminales; el PRI que jamás emprendió un proceso de autocrítica y jamás se arrepintió de sus crímenes y sus mentiras; el PRI que, en estos seis años, bloqueó cualquier deseo de transformación.

Todos estos elementos deberían pesar a la hora de evaluar a los candidatos que se disputan la presidencia. Hoy por hoy, resulta intolerable escucharlos defender la fallida política de seguridad de Calderón, la supuesta tranquilidad previa al 2000 o la presidencia legítima del 2006. Si aspiran a tener una mínima credibilidad, tendrían que distanciarse de una vez por todas de su pasado y confesar que ellos, sí, ellos, son corresponsables de este ciclo de desorden y muerte.

 

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[Publicado el 27/11/2011 a las 19:05]

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Apología del cinismo

 

 

 

Ellos piensan: el dinero todo lo compra. Un puesto público, alianzas y fidelidades, impunidad. Compra silencio. Y el dinero, además, llama al dinero. O piensan: el poder todo lo puede. Destruir a los enemigos, acallar a los críticos, doblegar a la prensa. Quizás todos los políticos del mundo -en todas las épocas- han pensado algo semejante. Sólo que éstos, además de pensarlo, lo dicen en público. Sin ruborizarse, sin dar a entender que se trata de una broma, sin preocuparse por ofender a sus interlocutores (o a los votantes). Y, si lo dicen, es porque han comprobado que es cierto.

            No son lerdos, como afirman algunos, ni se hacen los graciosos: sus salidas de tono -recogidas en todos los medios, que sin falta entran en su juego- no son producto de un desliz etílico o la simple erborrea: son un arma de combate. Más aún: sus peroratas, sus insultos, sus descalificaciones y sus gracejadas los definen. Una vez que han probado las mieles del escándalo, sus impertinencias se transforman en su mejor escudo, la coraza que los protege frente al escrutinio. Al hablar así, diciendo lo que nadie diría -lo que cualquier persona sensata no se atrevería a imaginar-, se vuelven inexpugnables, invencibles. O eso creen.

            La estrategia ha sido cuidadosamente planeada: si alguien exhibe mis negocios turbios, me burlo de él en una entrevista o me presento como víctima de una conspiración (de los masones, de la mafia, de la Iglesia, de los comunistas, de la derecha). Si alguien cuestiona mi ética, respondo que la moral es un árbol que da moras (o, ya otros han reparado en el calambur, Moreiras). Si alguien demuestra que me he enriquecido en mi cargo público, respondo que mis acusadores son resentidos o envidiosos que no toleran mi éxito.

            La maniobra parece burda, incluso suicida, pero funciona. Quien se atreve a practicarla, es cierto, ya no se puede echar atrás: nada peor que un graciocillo cuando se pone serio. Volver a la gravedad o a la contención, incluso en momentos trágicos, resulta inapropiado, imperdonable. El bufón no puede dejar de serlo. Pero, mientras se mantenga como tal, mientras el respetable continúe celebrando (o deplorando) sus ocurrencias, él habrá asegurado un año, un mes o una semana más en su cargo.

            Porque su objetivo es ése: ganar tiempo. Son como Bernie Madoff, el estafador neoyorquino, sólo que en el ámbito político. Su fama funciona como un esquema Ponzi: le quito a Juan para darle a Pedro. Sé que el esquema terminará por derrumbarse (la simulación nunca puede ser eterna), pero mientras haya música, seguiré bailando. Es decir: mientras logre seguir escurriéndome de la policía o de los jueces gracias a mis pullas y a mis gritos, habré ganado mi apuesta.

            Los malhadados filósofos griegos que acuñaron este nombre en el siglo IV a.C. no podían imaginar que resultaría pervertido a tal extremo. Los Cínicos originales pensaban que el propósito de la vida era llegar a la virtud en consonancia con la naturaleza. Para conseguirlo, rechazaban la religión, los modales y las costumbres. El cristianismo, empeñado en desacreditar a sus rivales, los tachó de pervertidos. Y el cinismo pasó a ser una burda mezcla de de acrimonia, desconfianza y soberbia.

            Nuestros políticos, en cambio, han conducido el cinismo a un nuevo límite. En una época que descree de los sistemas -o que, tras la implosión del campo socialista, ha impuesto un individualismo a ultranza-, lo han convertido en su única ideología. Lo único que les importa, claramente, son ellos mismos: conservar su poder y su dinero. Pero exhiben su poder y su dinero como la medida de su éxito, de erigirse como triunfadores en una sociedad de loosers. Y, con un cinismo a toda prueba, convencen a los electores de que, si ellos han llegado hasta allí, cualquiera puede hacerlo. No importa sortear la legalidad o, mejor aún, crear leyes que sólo los benefician a ellos. Cualquier trampa -y cualquier discurso- están permitidos. 

            Hoy, los políticos cínicos del mundo deberían mostrarse melancólicos o inquietos ante la caída de quien mejor los ha representado -de quien los ha inspirado- a lo largo de dos décadas: Silvio Berlusconi. Pero, como son cínicos, se apresurarán a desplegar la lista de sus crímenes. Casi podría escuchar a Humberto Moreira, Fernando Larrazábal o Jorge Emilio González, tácitos discípulos, renegando del maestro.

            Por desgracia, aunque ahora veamos a Berlusconi como un personaje patético, al fin defenestrado, sigue siendo un modelo para los cínicos del mundo. Durante veinte años disfrutó de una impunidad y un poder ilimitados, se vanaglorió de sus delitos y sus faltas, se burló de jueces y fiscales. Y lo peor de todo: no fueron sus rivales democráticos quienes lograron destronarlo, sino -paradoja tragicómica- otros cínicos: los inversores que apuestan contra la deuda italiana. Como sea, Berlusconi aún goza de fuero y pagará a los mejores abogados para ganar, al menos, más tiempo.

 

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[Publicado el 21/11/2011 a las 16:21]

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Teoría y práctica del debate

Al encender el televisor, uno podría imaginar que los dos hombres que discuten frente a nosotros participan en uno de los programas del corazón que infestan las pantallas españolas. Basta un poco de paciencia para constatar que algo no encaja: no aparecen los gritos e insultos que predominan en estos talk shows, donde la acumulación de groserías -aquí les llaman tacos, y nadie se priva de ellos- impide cualquier argumento inteligible. Quizás se trate, más bien, de otro género favorito de las audiencias: un concurso.

            Miremos a los contrincantes, fingiendo que el animador, con su pelo y su bigote oxigenados, no distrae nuestra atención. La verdad, se parecen bastante. Los dos pertenecen a la misma generación (la diferencia de edad es de cuatro años, aunque la calvicie del primero lo traicione). Los dos llevan barba -algo inédito desde el siglo xviii-, eso sí muy cortadita, como para ofrecer cierta impresión de modernidad. Y ambos, en fin, pretenden hacernos creer que, en el "diálogo" que mantienen frente a millones de espectadores, se juega algo importante. Al final de la competencia -de este Juego de la Oca democrático-, sólo uno se llevará el premio mayor: el futuro de la nación.

Más rasgos comunes: ninguno es joven, ambos visten trajes oscuros y llevan corbatas del mismo tono: un azul pálido, idéntico al del cartel que anuncia la naturaleza del encuentro: Debate, 2011. ¿Por qué esta preeminencia de un color asociado con sólo uno de los partidos en liza -y el manto de la Virgen-, justo aquel que, según las encuestas, parece destinado a aplastar a su contrincante? ¿Es que en el PSOE no hay un asesor de imagen capaz de reparar en este mínimo -pero significativo- detalle?

Los debates políticos pertenecen a un subgénero híbrido en el mundo del espectáculo: parte teatro, parte programa de concursos, parte certamen de belleza. Si en sus orígenes eran capaces de afectar el resultado de una elección -el Nixon vs. Kennedy de 1960-, desde que una pléyade de asesores modela a los candidatos, su importancia ha menguado: si acaso, logran decantar a un pequeño porcentaje de indecisos.

El objetivo de los participantes no es, pues, demostrar la superioridad de una propuesta, ni exhibir su habilidad retórica, sino evitar los errores de bulto, resistir los embates con serenidad y con cordura, superar esta prueba sin heridas. Ésta es la razón de que los debates se hayan vuelto tan aburridos. De pronto, nada resulta espontáneo ni atrevido: una mera sucesión de monólogos -en este caso, el favorito ni siquiera evitó leer sus respuestas-, acompañados por unos cuantos instantes de duda o de ingenio: el estrecho margen de libertad de los comediantes.

Acaso lo más notable del debate entre Alfredo Pérez Rubalcaba, el candidato del PSOE, y Mariano Rajoy, del PP, del pasado 7 de noviembre, fue lo que no se dijo. Uno y otro hicieron hasta lo imposible por no hablar de lo que les incomodaba, de bordear sigilosamente el abismo, de esquivar aquello que estaban decididos a no-decir. Todo el duelo consistió en esta danza ante el vacío. Tres horas de hablar con un único fin: guardar los propios secretos (que son, obviamente, secretos a voces).

Rubalcaba, viejo lobo socialista, ex ministro de Felipe González y, peor aún, de José Luis Rodríguez Zapatero -el doble lapsus de Rajoy al llamarlo así quizás fuese intencional-, tenía una sola misión: no hablar de su gestión en el gobierno, responsable del mayor recorte al estado de bienestar en la historia de la democracia española. Rajoy, ex ministro de José María Aznar, tenía una meta equivalente: no hablar de los recortes que seguramente implementará una vez en el poder.

Al llegar al debate, Rubalcaba sabía que le sería imposible remontar los 17 puntos de ventaja de su oponente. Su estrategia consistió, entonces, en querer demostrar que Rajoy realizará aún más recortes que los suyos. Para lograrlo, incluso reconoció la irremediable victoria de su rival con la idea de conseguir una derrota menos aplastante. Ver a Rubalcaba allí, más pequeño y delgado que Rajoy, esforzándose por acorralarlo, ofrecía una imagen casi enternecedora. Me hizo pensar en el chiste de la hormiga que trepa al cuello del elefante mientras sus amigas le gritan: "¡ahórcalo!"

Rajoy lo tenía, por supuesto, más fácil. 17 puntos de ventaja otorgan un aplomo difícil de perder. Y se ciñó a su táctica con disciplina militar: no dejó de repetir que Rubalcaba era culpable de los 5 millones de parados (destruyendo su silencio) y no contestó a una sola de las incómodas preguntas de su adversario.

Al apagar el televisor, la conclusión es simple: Rajoy ganó el debate. Fue más listo. O más terco. Pero el silencio, ese maldito silencio que tanto daño le hace a la democracia, se mantuvo allí, aún más imperturbable. Ese silencio -no asumir la propia responsabilidad, de un lado; no atreverse a decir cómo se va a gobernar, del otro- fue el verdadero triunfador de la noche. El único triunfador.

 

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[Publicado el 13/11/2011 a las 12:09]

[Etiquetas: Rubalcaba; Rajoy; debate]

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El rapto de Europa

La doncella pasea por la dehesa hasta que descubre un toro blanco; se aproxima a él y lo acaricia. El animal responde con un suave bufido. Confiada, ella trepa en su lomo. El toro emprende una feroz carrera hasta la costa y continúa a toda velocidad sobre las aguas. Al llegar a Creta, la bestia revela su verdadera identidad y no duda en violar a la joven. Que el Viejo Continente y la muchacha seducida por Zeus compartan el mismo nombre resulta ideal para tejer una maliciosa comparación entre los dos, sobre todo si recordamos que la escena ocurre en Grecia.

Abducida y mancillada, la Europa de 2011 trastabilla y sangra por todas partes. Durante años, sus líderes lograron dar vida a esta quimera, en cuyo seno han convivido algunas de las sociedades más justas y libres de la historia, pero sin impulsar una unión política completa. Como nueva deidad impenitente, la actual crisis -otra palabra griega- ha terminado por exhibir sus emplastos y remiendos.

Los llamados países periféricos -aquellos que más se enriquecieron con el boom de los noventa- han sido las primeras víctimas de la recesión: Irlanda y Portugal, que ya han tenido que ser rescatados, y a continuación Italia y España, cuyas economías apenas se sostienen. Pero el verdadero talón de Aquiles de Europa -nunca mejor dicho- es Grecia.

Este pequeño país, de apenas 11 millones de habitantes, donde nacieron la idea de Europa y la democracia, no sólo se encuentra al borde de la quiebra, sino que amenaza con precipitar en su caída a toda la eurozona, y acaso a la Unión Europea en su conjunto. Funcionarios poco escrupulosos, tanto en Bruselas como Atenas, fueron incapaces de darse cuenta de que sus cuentas públicas no cuadraban hasta que su déficit se volvió inmanejable y su deuda se disparó a grados nunca vistos.

Frente a esta catástrofe, los líderes de la UE han reaccionado tarde y mal. La falta de cohesión fiscal y política se sufre más que nunca. Por un lado, resulta imposible tomar las medidas económicas habituales -la devaluación de la moneda-, pues Grecia pertenece a la eurozona y Alemania jamás lo permitiría; por el otro, los 27 no han sido capaces de atajar un problema que no es ya coyuntural, sino que obedece a la falta de una mayor unión entre ellos. 

Hace justo un año, Alemania y Francia anunciaron un "ambicioso" plan de rescate para la hija descarriada, que contemplaba la aplicación de brutales medidas de ajuste, enormes recortes sociales, el despido de 150 mil funcionarios y la rebaja de los sueldos. El remiendo resultó insuficiente. El pasado 27 de octubre, Merkel y Sarkozy aprobaron un segundo plan de rescate para Grecia: a cambio de la quita del 50 % de su deuda, los griegos deben someterse a nuevas dosis de ajustes y recortes.

Su primer ministro, el socialista Yorgos Papandreu, sorprendió a propios y extraños al anunciar que sometería este rescate a un referéndum. Antes, los dioses solían reunirse en el Olimpo; hoy, reunidos en Niza, los dirigentes del G-20 no dudaron en llamar a cuentas al rebelde. Entretanto, los mercados -nuevo Hado- respondieron a su apuesta con idéntica furia.

Grecia es la cuna de la democracia directa. La idea de un referéndum no era mala por sí misma, como se apresuraron a tronar Merkel y Sarkozy: a fin de cuentas, serían los ciudadanos griegos quienes decidirían si querían permanecer en el euro -como dicta la ortodoxia de Bruselas- o si preferían enfrentarse al default, como hicieron en su momento Argentina o Islandia y como aconsejan, desde el otro lado del Atlántico, figuras como Paul Krugman o Nouriel Roubini.

En esta ocasión, Papandreu se valió de este instrumento sólo para aumentar su margen de maniobra, sin pensar en sus electores. Amenazado por los Olímpicos, quienes no dudaron en prometer una era de caos para los griegos que votasen por el no, y acosado por las pugnas internas de su propio partido, Papandreu terminó por dar marcha atrás en una actuación que, de no ser tan irresponsable, pasaría ya del terreno de la comedia.

Pero el episodio griego no es sino un síntoma más del estado de la UE. En política exterior, sus 27 miembros no logran ponerse de acuerdo ni siquiera en temas sensibles, como Libia o Palestina. La ausencia de una fiscalidad y una política económica comunes paralizan a la eurozona, dependiente de los oráculos de Berlín. Y los países endeudados se ven sometidos a feroces medidas de ajuste dictadas por líderes de otros países.

La UE ha sido uno de las mayores aventuras de nuestro tiempo. Por desgracia, hoy se muestra atenazada por dirigentes cada vez más populistas -más cercanos a Pisístrato que a Solón- y por una ortodoxia económica que condena a la mayor parte de sus economías a una larga parálisis. Si sus ciudadanos no quieren que la UE fracase o se desgaje, deben exigir a su clase política la única solución que se ha revelado satisfactoria para sus sociedades en más de dos milenios de historia: más Europa. Es decir, reactivar lo que ahora parece imposible: una auténtica unión política y económica de la UE. 

[Publicado el 08/11/2011 a las 08:28]

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Lecciones de ETA


La ciudad se abre a una de las bahías más hermosas de Europa. En un extremo de La Concha -más sugerente en la soledad invernal que con las multitudes del verano-, se alza El Peine del Viento, de Chillida. Más allá, uno puede internarse en las callejuelas del casco viejo o avanzar hasta la Kursaal, frente a la playa de Zurriola. Y, por si el escenario no bastara, aquí se encuentra la mejor comida de España: los pintxos convertidos en alta cocina en miniatura.
En 2006, viví por un año en San Sebastián (Donosti, en eusquera). Y tuve ocasión de recorrer el País Vasco, de Bilbao a las ciudades costeras del lado francés -Saint-Jean-de-Luz, Biarritz o Bayona-, y de los caseríos de Guipúzcoa, donde se concentra el apoyo a la causa abertzale, a la sobriedad de Vitoria, cuya población no quiere desgajarse de España.
Para un mexicano que aterrizaba en Euskadi, resultaba insólito observar cómo una de las sociedades más prósperas de Europa, dotada de un amplio autogobierno, podía albergar a una banda terrorista que, durante cinco décadas, había asesinado a más de ochocientas personas y mantenido a su sociedad amedrentada.
Y eso que, justo ese año, tomaba una copa en una tasca del centro, donde suelen reunirse los radicales, cuando los encapuchados anunciaron por televisión el inicio de una "tregua unilateral". Tregua que no tardaron en romper cuando colocaron una bomba en la Terminal 4 del aeropuerto de Barajas y provocaron la muerte de dos inmigrantes ecuatorianos.
A partir de ese momento, el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, que había intentado negociar con ETA -como antes lo hizo Aznar-, se decantó por una estrategia de duro acoso policial hacia la banda, cuyo resultado ha sido el reciente video en el que los encapuchados han proclamado, esta vez, "el cese definitivo de su actividad armada" (aunque no su disolución).
A sólo unos días de las elecciones generales, la discusión en torno al "fin de ETA" ha ocupado un espacio tan relevante en los medios españoles como la crisis económica. La sensación general es agridulce: fueron esos encapuchados quienes decidieron matar durante medio siglo y son ellos mismos quienes hoy declaran el fin de su "lucha". Sin lamentar jamás la suerte de sus víctimas.
Para colmo, la banda ha querido enmascarar su derrota como un acto de gracia. Poco antes de su anuncio, un grupo de "mediadores internacionales", con la evidente connivencia abertzale, se reunió precisamente en San Sebastián para exigir a ETA el fin de la violencia. De un día para otro, dócilmente, ésta aceptó la recomendación.
Recuerdo en cambio que, en 1997, los etarras no quisieron escuchar el clamor de miles de personas reunidas en todas las plazas de España para implorarles por la vida de Miguel Ángel Blanco, concejal del PP en Ermua, a quien habían secuestrado. Indiferentes al reclamo, los pistoleros de ETA le dispararon dos veces y Blanco murió horas después en un hospital.
Tal vez su guerra armada haya acabado, pero empieza otra: la guerra por la Historia. Como en todo conflicto que concluye, se impone un punto medio entre la reconciliación y la justicia -entre el perdón que puede ofrecer una sociedad democrática y el castigo para los criminales exigido por los familiares de las víctimas-, pero sin permitir que se equiparen las culpas del Estado con las de los terroristas, como pretenden ciertos abertzales.
Y es que, en algún sentido, éstos llevan la delantera. Acaso uno de los rasgos más preocupantes que uno puede detectar en el País Vasco -y en otras regiones de la Península- es el triunfo del nacionalismo excluyente: creer que importan más las pequeñas diferencias, como la lengua, en vez de los rasgos comunes. A pesar de todo, hay motivos para la satisfacción: al menos los ciudadanos podrán salir de sus casas -o escribir en los diarios- sin temor a ser acribillados.
Amigos españoles me preguntan si es posible equiparar a ETA con los cárteles del narcotráfico. Las diferencias son mayores que los parecidos, les respondo. Por supuesto, unos y otros son delincuentes que merecen ser enjuiciados, pero la legitimidad que en cierto momento tuvo ETA por su lucha contra Franco no existe en nuestro caso. Resulta absurdo afirmar, como Fox, que deba negociarse con los narcos o que sea el Estado quien proclame una tregua.
Si bien la estrategia para combatir a los cárteles se ha revelado equivocada -así lo indican los 50 mil muertos en 5 años-, ello no significa que debamos pactar con los asesinos. Algo podemos aprender, sí, del ejemplo vasco. Por más conservadoras que puedan parecernos, las asociaciones de familiares de las víctimas de ETA han preservado las historias de los muertos. Nos vendría bien imitarlas. Tenemos que saber quiénes son esas 50 mil personas. Conocer sus vidas y las causas de sus muertes. Y, una vez concluida esta fallida guerra contra el narco, estamos obligados a no olvidarlas.

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[Publicado el 31/10/2011 a las 20:45]

[Etiquetas: ETA; narco; San Sebastián; México]

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Biografía

(México, 1968). Es autor de las novelas La paz de los sepulcros, El temperamento melancólico y En busca de Klingsor (premios Biblioteca Breve y Deux Océans-Grinzane Cavour). Con ella inició una "Trilogía del siglo XX", cuya segunda parte es El fin de la locura y la tercera No será la Tierra. También ha escrito las novelas cortas reunidas en el volumen Días de ira, así como Sanar tu piel amarga, El jardín devastado y Oscuro bosque oscuro. Es autor de los ensayos La imaginación y el poder, La guerra y las palabras, Mentiras contagiosas (Premio Mazatán al mejor libro del año 2008), El insomnio de Bolívar (Premio Debate-Casa de América 2009) y Leer la mente. En 2009 obtuvo el Premio José Donoso de Chile por el conjunto de su obra. Ha sido profesor en las universidades de Emory, Cornell, Las Américas de  Puebla, Pau, Católica de Chile, Nacional Autónoma de México y Princeton. Ha sido becario de la Fundación Guggenheim y miembro del Sistema Nacional de Creadores de México. Ha sido condecorado como Caballero de la Orden de Artes y Letras de Francia y con la Orden de Isabel la Católica de España. Fue director de Canal 22 entre 2007 y 2011. Es colaborador de los periódicos Reforma y El País. Sus libros han sido traducidos a veinticinco idiomas. En 2012 recibió el premio Planeta-Casa de América por su novela La tejedora de sombras. En 2014, publica su novela Memorial del engaño en América Latina y España y, para el año 2015, estará publicada en Brasil, Portugal, Italia y Francia. Actualmente es director general del Festival Internacional Cervantino. 
 

Bibliografía

Memorial del engaño (2014). Ediciones Alfaguara, España

Leer la mente (2011). Ediciones Alfaguara, España

No será la tierra (2006). Ediciones Alfaguara, España

Dos novelistas poco edificantes (2004). Volpi, Jorge; Urroz, Eloy. Algaida Editores, España

Geometric intimacies. Sebastián Sculptor (2004). Ediciones Turner, España

Geometría emocional. Sebastián escultor (2004). Ediciones Turner, España

La guerra y las palabras (2004). Editorial Seix Barral, España

El fin de la locura (2003). Editorial Seix Barral, España

Desafíos de la ficción (2002). Volpi, Jorge, [et. al.] Universidad de Alicante. Servicio de Publicaciones, España

En busca de Klingsor (2000). Círculo de Lectores, España

El juego del apocalipsis: un viaje a Patmos (2000). Nuevas Ediciones de Bolsillo. España

Tres bosquejos del mal (2000). Urroz, Eloy; Padilla, Ignacio; Volpi, Jorge. El Aleph Editores, España

 

 

 

 

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