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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

sábado, 21 de septiembre de 2019

 Blog de Jorge Volpi

...Y una izquierda

El luto le sienta bien a Cristina Kirchner desde que empezó a utilizarlo tras la muerte de su esposo, el 27 de octubre de 2010, para que a nadie se le escape su doble condición de presidenta y viuda. Desde entonces, sus gestos se han vuelto más enfáticos y severos, dotados con una justa pátina de melancolía, como si cada ademán suyo dijese: debo continuar con nuestro proyecto conjunto, pero en el fondo me siento sola y devastada. Si la política exige ciertas dosis de histrionismo, en Argentina la teatralidad se exacerba; desde Perón —con Evita e Isabel como primeras actrices—, y sin dejar atrás a los milicos, toda su vida política parece sometida a estos desplantes melodramáticos, más propios de una telenovela que de un tango. Así también la agonía de Néstor Kirchner: sus funerales —que culminaron con la inauguración de un mausoleo—, estuvieron jalonados por el llanto, los desgarros histéricos, la solemnidad artificial y el mustio ensalzamiento del héroe que se repiten a lo largo de su historia.

 

Cristina Kirchner no es, sin embargo, sólo una buena actriz, aunque lo sea; a diferencia de sus predecesoras, su carrera se sustenta en años de actuar y sobrevivir en los entresijos del peronismo —ese jubón indefinible en el que todo cabe, un poco como el PRI de antaño—, y su ascenso no puede explicarse sólo a partir del impulso de su esposo, sino por sus propios méritos de estratega y resistente. Astuta, rápida e intensa, la presidenta ha sabido aprovechar al máximo su posición de Electra para concentrar el mayor poder posible en torno a su figura. Y lo ha logrado: hoy nadie le hace sombra.

Gracias a Cristina, el proyecto K se revela como uno de los más exitosos de la región: tres mandatos consecutivos, el del marido, la esposa y la viuda, que lograron rescatar al país de la debacle, animaron a la izquierda latinoamericana y salvaron la memoria de los represaliados, al tiempo que se acomodaban al ciclo de corrupción, culto a la personalidad y caudillismo que proclamaban combatir. Una izquierda vigorosa, sí, capaz de corregir la deriva neoliberal del menemismo, de acentuar los derechos sociales o ampliar la cobertura sanitaria, pero que no ha dudado en aliarse con los más oscuros intereses económicos, que ha dividido a la sociedad entre sus acérrimos partidarios y sus no menos ácidos detractores y que, pese a sus reformas, no ha superado los rasgos más escleróticos del peronismo.

Justo en estos días, en una más de las tenebrosas intrigas de palacio que rodean a los K, el vicepresidente Amado Boudou ha sido vinculado con una oscura trama de corrupción. Hasta ahora, la única consecuencia de este episodio que ha involucrado al juez Daniel Refacas y al procurador Esteban Righi —obligado a renunciar—, es que Boudou ha quedado descartado como posible delfín de la presidenta cuando muchos se preguntan ya por la suerte del kirchnerismo al término del último período de ésta en la Casa Rosada.

Cristina K, en fin, como el mejor ejemplo de una izquierda zigzagueante que combina un discurso profundamente ideológico con un talante práctico, y la voluntad de implementar auténticas políticas progresistas —redistribución y equidad—, con un manejo faccioso del poder, dispuesto siempre a doblegar a sus enemigos, sean éstos los dueños del grupo Clarín o los atribulados españoles de Repsol.

Más que Dilma Rouseff, siempre rotunda y eficiente; más que Evo Morales o Rafael Correa, empantanados en sus conflictos internos; e incluso más que Hugo Chávez, dominado por sus excesos y ahora por la enfermedad, quizás sea Cristina el paradigma de la izquierda latinoamericana en nuestros días. Una izquierda capaz de mejorar la vida de sus ciudadanos pero que, en su voluntad de protegerse de quienes la acosan, no duda en soslayar la corrupción y pactar con los sectores más espurios. Una izquierda que, ay, no parece estar muy lejos de la que apoya a Andres Manuel López Obrador.

            Igual que Cristina, éste ha demostrado su capacidad para ser un gobernante comprometido y pragmático —no es casual que, pese a las campañas en su contra, en la ciudad de México siga encabezando las encuestas—, pero también para escudar a los individuos y grupos más oscuros que medran en los sótanos de la izquierda mexicana (con Bejarano como estandarte). Éste es, quizás, uno de los puntos más débiles de su campaña, por lo demás la mejor de todos los candidatos: está muy bien que con su república amorosa se distancie del extremismo que abrazó en la protesta poselectoral del 2006, pero —para usar el lenguaje cristiano que hoy ostenta—, frente a la probada deshonestidad de muchos de sus aliados no basta con poner la otra mejilla. Si en verdad quiere limpiar del todo su figura, debería retomar la vertiente implacable de Jesús ante los comerciantes del templo y distanciarse drásticamente de esos sectores corporativos que no han hecho otra cosa sino medrar y enriquecerse a su vera, ocultos bajo el manto de amor y paz que hoy nos ofrece su líder.

 

twitter: @jvolpi

[Publicado el 16/4/2012 a las 17:17]

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Dos derechas

El primero fue un candidato astuto y malicioso: durante meses fustigó a sus adversarios, acusándolos de haber permanecido demasiado tiempo en el gobierno. Una cuidada puesta en escena lo mostró como paladín de una derecha abierta y tolerante; frente a los achacosos sostenedores de la dictadura, Sebastián Piñera se presentaba como un exitoso empresario —antiguo dueño de bancos, medios de comunicación y de la aerolínea LAN; cuarto hombre más rico del país—, capaz de oxigenar el espectro político chileno, jactándose de haber votado contra Pinochet en el plebiscito de 1988.

 

Pese a que Michelle Bachelet poseía unos de los más altos índices de aprobación en el continente, las más de dos décadas de administraciones de la Concertación pesaban demasiado y su candidato, el expresidente Eduardo Frei, seco y anodino, no despertaba el menor entusiasmo. Majadero y bullicioso, Piñera aprovechó los titubeos de su contrincante —así como la aparición del disidente socialista Marco Enríquez Ominami— y, por primera vez desde el restablecimiento de la democracia, condujo a la derecha a la Moneda. Su triunfo lucía como un mal necesario: a fin de cuentas, había ganado la alternancia.

            Los primeros días de su gobierno dejaron entrever ya su auténtico carácter: una inteligencia sibilina, propia de un típico hombre de negocios, que resultaba fría y soberbia a la hora de gobernar. Muy pronto, las virtudes que Piñera demostró en campaña se revelaron como graves defectos; su discurso impertinente y deslenguado, que contrastaba con el pasmo de Frei, apenas tardó en volverse torpe y antipático. (El semanario The Clinic acaba de publicar un tomito titulado Piñericosas, convertido en un inmediato best-seller).

            En su afán por renovarse y exhibir figuras alejadas de la política, la derecha no ha vacilado en presentar insignes empresarios como candidatos. Sea con Berlusconi, con Fox o con Piñera, la lógica es la misma: quien administra exitosamente una empresa —y se hace rico en el proceso— no tendrá problemas para administrar una nación. Craso error: el bien privado y el público pertenecen a universos contrarios, y creer que quien se ha beneficiado del primero gestionará adecuadamente el segundo ha sido un yerro garrafal de los partidos de derecha, y sus votantes.

            Bastó que la economía mundial se desacelerase, que el modelo capitalista —del que Chile se presentaba como alumno aventajado— entrase en crisis y que los servicios públicos acentuasen su descomposición para que Piñera se hundiese en las encuestas. Las movilizaciones estudiantiles del año pasado, en las cuales surgieron líderes tan carismáticos como Camila Vallejo, reforzaron la idea de que los empresarios permanecerán siempre alejados del interés ciudadano. Incluso en una sociedad tan conservadora como la chilena —uno de cuyos síntomas ha sido el brutal asesinato del joven Daniel Zamudio a manos de jóvenes neonazis—, la derecha pura y dura se atasca. Y, cuando el modelo neoliberal hace aguas, la peor opción consiste en confiar el Estado a uno de sus adalides: parafraseando a Shakespeare, es como dejar que un alemán custodie nuestra cerveza.

Mario Vargas Llosa, que además de escribir portentosas novelas ahora se dedica a promover candidatos de derechas —no siempre liberales—, apoyó sin dudar a Piñera. Hay que decir a su favor que también pidió el voto para nuestro segundo ejemplo. Un hombre que, al contrario de su colega chileno, no fue un candidato deslumbrante. Si Juan Manuel Santos ganó las elecciones en Colombia, se debió a los brutales errores de Antanas Mockus, su excéntrico rival. El reacio delfín de Álvaro Uribe, acaso el mayor caudillo de derechas del continente de los últimos años, no tuvo más que aguardar a que el candidato del Partido Verde se desbarrancase para obtener una cómoda victoria.

No obstante, una vez en el poder Santos ha representado una gran sorpresa tanto para sus seguidores como para sus enemigos. Con los modales suaves y un tanto hipócritas que caracterizan a los cachacos —tan parecidos a los defeños—, Santos no dudó en distanciarse de su atrabiliario, bravucón y maniqueo predecesor paisa. En un santiamén, limó asperezas con Chávez, atacó la corrupción y el autoritarismo uribista y se ganó las simpatías de sus detractores. Sin ceder un ápice con la guerrilla, cuyos líderes se encargó de diezmar desde que era ministro de Defensa, ha forzado la reciente liberación de los rehenes más antiguos de las FARC.

El contraste con Piñera no puede ser mayor: frente al 24% de aprobación de éste, Santos supera el 60%. ¿Las razones? Aun siendo ambos de derechas, el colombiano es esencialmente un político; más que eso: un hombre pragmático, con vocación de estadista, que ha logrado eludir los excesos ideológicos de Uribe y ha sabido imponerse como el más sagaz —y maquiavélico— de los gobernantes de América Latina. Enrique Peña Nieto y Josefina Vázquez Mota, nuestros candidatos de derechas, tendrían en Santos el mejor ejemplo a seguir.

 

twitter: @jvolpi

[Publicado el 11/4/2012 a las 14:52]

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La abulia en campaña

Durante el último cuarto de siglo, la disyuntiva parecía siempre clara: elegir entre visiones del mundo contrapuestas, entre la razón y la barbarie, entre el pasado y el futuro, entre el bien y el mal. Así de simple y así de drástico: optar por un candidato no sólo representaba aborrecer a otros -o lo que representaban esos otros-, sino asentar un modelo de vida, una apuesta, una posición moral. Hoy, por primera vez en un cuarto de siglo, no es así.

 

            Regresemos a 1988. El PRI domina por completo la escena política: el partido hegemónico y el país se confunden. Sus cuadros copan todos los espacios de poder mientras que la oposición de derecha, la única real en esos tiempos, no ha ganado siquiera un gobierno estatal. Entonces, al calor de los movimientos reformistas que se suceden en medio mundo, el PRI se desgaja. La Corriente Democrática, asimilada luego con la izquierda institucional, postula a Cuauhtémoc Cárdenas como su candidato. Y la elección se convierte, por primera vez, en un juego real. Una feroz batalla entre la continuidad y la ruptura -para usar los términos del poeta-, entre el pasado y el futuro (con Clouthier como tercero en discordia). Frente al autoritarismo y la corrupción del PRI, Cárdenas encarna la posibilidad de transformar al sistema. Su derrota, a causa del fraude, no le arrebata el triunfo moral.

Seis años despúes, Salinas de Gortari ha conquistado cierta legitimidad gracias a un sinfín de maniobras, desde reformas estructurales hasta el uso extensivo de programas públicos. Sus ambiciones transexenales se apuntalan con la entrada del país en el NAFTA y con un hombre carismático y dócil como candidato del PRI a sucederlo. El 1º de enero de 1994, el escenario se trastoca: los zapatistas irrumpen en Chiapas y, a las pocas semanas, Luis Donaldo Colosio cae abatido en Tijuana. La elección adquiere un sesgo ominoso. Otra vez hay que elegir entre la continuidad de Zedillo y la ruptura del atrabiliario Fernández de Cevallos (con Cárdenas como tercero). Tras un brillante inicio de campaña, el candidato del PAN se desvanece y la alternativa se resuelve entre la pax priista y la incertidumbre. Prevalece la primera.

Arrinconados los temores frente a la violencia, el 2000 vuelve a enfrentar la continuidad y la ruptura. Con una diferencia sustancial: el desgaste del aparato priista y un presidente dispuesto a respetar los resultados. La elección moral resulta, esta vez, más o menos sencilla: Vicente Fox se presenta como un candidato bronco y desafiante -aunque luego se revele como un gobernante mediocre-, y los votantes se decantan por él frente a la añeja retórica de Labastida (con Cárdenas, otra vez, como tercero).

            En 2006, la batalla entre dos universos irreconciliables se recrudece: de un lado, la continuidad de Calderón frente a la ruptura -nunca más ácida- de López Obrador (con Madrazo en tercer sitio). Nunca la división fue tan tajante: para la mitad del país, López Obrador representa la barbarie; para la otra mitad, Calderón. La lucha se decide por décimas de punto, que muchos achacarán a un fraude. México se desgaja. Para colmo, López Obrador desafía a las instituciones y Calderón desata la "guerra contra el narco", sumiendo al país en la mayor ola de violencia desde el conflicto cristero.

            Llegamos, así, al 2012. Y, por primera vez en un cuarto de siglo, el carácter moral en la elección se desdibuja debido a la mediocridad o el cinismo de los candidatos. Tras doce años de gobiernos panistas, Peña promete una peligrosa nostalgia hacia la época en que el PRI resolvía todos los conflictos con maniobras al margen de la ley. Aún sin ser la favorita del Presidente, Vázquez Mota encarna la continuidad de la política de seguridad pública más perniciosa que ha experimentado el país. Y, tras sus exabruptos del 2006, el discurso de López Obrador se ha vuelto el más conservador: un regreso a los valores de familia y sociedad propios de la década de los cincuenta.

Sólo una sorpresa podría salvarnos de este abulia. Para lograrlo, Peña debería reconocer la corrupción de los gobiernos pasados y presentes del PRI y emprender una drástica depuración de su partido. Vázquez Mota tendría que repudiar, en los términos más enfáticos, la política de seguridad de Calderón. Y López Obrador tendría que asumir que su vena amorosa no basta: su repudio a las instituciones le hizo un gran daño al país -y a la izquierda- que no puede repararse con simples llamados a la reconciliación. Ahora que se han iniciado las campañas, y que seremos bombardeados con millones de spots, hay pocas esperanzas de que su discurso se transforme. Si ninguno asume sus errores -y los de su partido- y se decide a abandonar los lugares comunes (la renovación del país, la reconciliación, la paz, bla, bla, bla) y a detallar, en primera instancia, las medidas concretas que adoptará en torno a la violencia y el narcotráfico, estaremos obligados a elegir, a regañadientes, sólo entre tres formas distintas de simulación.

 

twitter: @jvolpi

[Publicado el 04/4/2012 a las 01:35]

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La estrategia de Leviatán

Al dibujar al Estado como una perversa bestia de los mares, feroz e implacable, Hobbes no exageraba. Si nuestra especie ha debido valerse de su cruento poder, ha sido por una necesidad extrema: limitar los excesos que nosotros mismos, lobos humanos, cometemos unos contra otros. Pero ese monstruo necesita, a su vez, de ataduras que moderen sus tentaciones asesinas y lo tornen predecible: las leyes. Al Estado tendríamos que verlo, pues, como a una ballena hambrienta y sanguinaria que, bien encausada por medio de estas redes y arpones, nos protege de nuestros lados más oscuros.

 

            Los gobernantes democráticos, por ello, han de ser particularmente cuidadosos a la hora de montar al monstruo y conducir su andadura: si, en vez de domarlo, el jinete libera sus instintos, éste puede regresar a su estado salvaje y destruir todo lo que halla a su paso. No se equivoca Giorgio Agamben al señalar que el "estado de excepción" es el mayor atentando a la legalidad que puede concebirse en nuestro tiempo. Al suspender o reducir los derechos individuales -al consentir que el Leviatán se desboque-, aduciendo excusas siempre a la mano, los ciudadanos quedan desprotegidos o, peor aún, amenazados por ese terrible guardián que en teoría debía cuidar de ellos. 

            Lo peor es que este "estado de excepción" no necesita ser declarado públicamente: basta con que el gobernante aduzca una condición de emergencia -una amenaza inminente por parte de terroristas o narcotraficantes, por ejemplo-, para que los distintos órganos del Estado, y en especial sus fuerzas de seguridad, encuentren una justificación ideal a sus abusos. Así ha ocurrido en los Estados Unidos de Bush y, tristemente, también en los de Obama: para el primero, la amenaza islamista hizo válida la guerra preventiva y, para el segundo, los asesinatos extrajudiciales de supuestos terroristas, incluidos los ciudadanos de aquel país.

            Una de las consecuencias más perversas de la "guerra contra el narco" (aunque ahora el gobierno procure ya no emplear este nombre) es que de manera subterránea, nunca explícita, ha terminado por alentar la violación de la ley por parte de los cuerpos de seguridad en aras de proteger un engañoso bien superior: la integridad de la República, la seguridad de los ciudadanos, los derechos de las víctimas. Al convertir al país en campo de batalla y al dividir a los ciudadanos en buenos y malos -el ejército y la policía, de un lado; los narcos, del otro-, se generó un escenario propicio para la violación sistemática de derechos humanos, incubada de por sí desde hace años en nuestro imperfecto estado de Derecho.

            El caso de Florence Cassez aparece, en este escenario, no como una excepción sino como un síntoma. La creación de un ambiente de zozobra y miedo, sumado a unas fuerzas de seguridad que buscan a toda costa demostrar su aciertos, fue el caldo de cultivo que impulsó a las autoridades -repito: a las autoridades- a violar las más elementales garantías de defensa con el objetivo de mostrarse como eficaces instrumentos de esa ley que en el fondo tanto desprecian.

Lo peor es que no parece tratarse de un hecho aislado, sino de un ejercicio sistemático por parte de los encargados de la administración de justicia en nuestro país. Más allá de la culpabilidad o inocencia de los detenidos, lo intolerble aquí es el arrogante ejercicio del poder que permite suplantar la realidad de un arresto con un simulacro para el consumo exclusivo de los medios. Esta estrategia -la estrategia de Leviatán- resulta tan monstruosa que llama la atención la desfachatez con que el gobierno ha querido minimizarla.

Aun si Florence Cassez fuese culpable -aunque, como señaló Héctor de Mauleón tras revisar el expediente, el propio montaje impide discernirlo con certeza-, no sólo resulta engañoso, sino vil, apelar a los derechos de las víctimas para justificar esta brutal operación del Estado. Una operación que, insisto, parece formar parte de una estrategia general de combate a la delincuencia organizada. Por eso irrita tanto que inflamados voceros de las víctimas aplaudan la condena a la francesa: no se dan cuenta de que, al hacerlo, en realidad celebran el virtual estado de excepción que prevalece por culpa de la "guerra".

Lo mismo puede decirse a partir del informe presentado por el capítulo mexicano de Article 19 hace unos días: el que la mayor parte de los ataques sufridos por los periodistas en nuestro país sean cometidos por distintas autoridades es una prueba más de que las fauces del Monstruo permanecen abiertas. Bastante malo es que haya corrupción, tortura y malas prácticas en nuestro sistema de justicia, pero que éstas se justifiquen a media voz, como males necesarios en la lucha contra el crimen, supone uno de los mayores actos de degradación moral que una sociedad puede permitirse. 

[Publicado el 25/3/2012 a las 23:24]

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Los candidatos y el mayor Colvin

Hoy callan, obligados por las leyes. Tras semanas de intervenir en decenas de actos de precampaña, al fin callan. El problema es que, en medio del griterío, también callaban, y todo indica que lo seguirán haciendo hasta la elección. Su silencio sobre el problema central del país es lo más significativo de su conducta. Si uno se limitase a reproducir sus dichos, parecería que no han dejado de hablar, pero allí está lo terrible: palabras huecas que enmascaran su silencio. Porque, hasta ahora, ninguno se ha atrevido a tocar el fondo del conflicto: la legalización de las drogas. Temerosos ante la ira de las élites o la ojeriza de los gringos, los candidatos se atrincheran mientras miles de personas -inocentes o no- mueren ante sus ojos. Se rasgan las vestiduras afirmando que combatirán al crimen, que serán duros e implacables. Eso resulta fácil. Pero sus lances belicosos sólo ocultan la espinosa complejidad del un problema que ellos, torvos o pusilánimes, prefieren rehuir.

 

Ahora que callan, quizás valdría la pena que los candidatos se sentasen frente al televisor (recomendarles leer es mucho pedir). Tienen suerte: como ha señalado Robert McKee, hoy la mejor escritura se ha trasladado del cine a la televisión. Podrían comenzar, por ejemplo, con Boardwalk Empire, la serie auspiciada por Martin Scorsese en donde un soberbio Steve Buscemi encarna a Nucky Thompson, un político corrupto de Atlantic City durante los años de la Prohibición (1919-1933). Así observarían, en directo, las consecuencias de la decisión que criminalizó la venta y distribución de alcohol en Estados Unidos el 17 de enero de 1920. Las mismas razones esgrimidas hoy contra las drogas aparecen allí, en voz de la Liga de Mujeres Cristianas por la Sobriedad.

Sobre todo, los candidatos se darían cuenta de cómo la prohibición no hizo desaparecer el alcohol -en una escena memorable, Nucky celebra una fiesta etílica la noche previa a la entrada en vigor de la Ley Volstead-, sino que lo convirtió en un mercado más rentable. Hoy ocurre lo mismo: pese a la guerra contra el narco, bastan tres llamadas, sea en Atlantic City o en México City, para conseguir cualquier droga. Cuando en 1933 al fin se eliminó la Prohibición, uno de sus defensores, el senador John D. Rockefeller, Jr., admitió su fracaso: con la prohibición, "el consumo se incrementó [...], el respeto a la ley decreció y el crimen se incrementó hasta niveles nunca vistos"

            Provistos ya con esta perspectiva histórica, los candidatos podrían sumergirse en The Wire, escrita por David Simons y Ed Burns, acaso la mejor serie de televisión jamás realizada (con Los Soprano). Este ambicioso retrato de la vida en Baltimore quizás sea la más profunda puesta en escena de los problemas que el narcotráfico y el crimen suponen para nuestra sociedad contemporánea. Si los candidatos no tienen la paciencia o el coraje de ver la serie completa, les recomiendo la tercera temporada.

            Ante la cercanía de las elecciones, los políticos de la ciudad -Baltimore, no México- exigen a sus fuerzas policíacas una disminución en el número de asesinatos. Cuando la presión se vuelve intolerable, un viejo policía, el mayor Bunny Colvin, pone en marcha un experimento de tácita legalización de las drogas. En su distrito limpia los puestos de venta clandestina y reubica a los traficantes en una zona de tolerancia, a la que denomina Hamsterdam. Los resultados son pasmosos: por un lado, una disminución radical del número de homicidios y otros crímenes; por el otro, una zona donde los narcos negocian libremente, y adictos y prostitutas deambulan en condiciones lamentables.

Por fortuna, los escritores de The Wire no ofrecen soluciones moralistas, sino que indagan en el dilema humano representado por esta medida. ¿Qué es mejor, una ciudad donde la droga ilegalizada genera cientos de homicidios o una en la cual es legal, con la consecuente disminución de la violencia, pero a cambio de las condiciones infrahumanas de los adictos? Cuando el experimento de Colvin sale a la luz, sus jefes no tardan en desmantelarlo, sin que los políticos atisben su verdadero sentido.

En cierto momento, Colvin lanza un sólido alegato contra la militarización del combate al narcotráfico: "Si uno dice que hay una guerra, muy pronto [los policías] empiezan a actuar como guerreros. Piensan que están en una cruzada y se imponen a fuerza de esposar gente y contar muertos. Pero en una guerra se necesita un maldito enemigo. Y de pronto casi todos en cada esquina son el maldito enemigo. Y después el barrio que uno debe vigilar se convierte en territorio ocupado. [...] Todo eso no sirve para proteger un barrio. Lo peor de esta guerra contra las drogas es, en mi opinión, que arruinó este trabajo."

            Candidatos: en vez de contonearse por los estudios de televisión -y de apoyar a sus magnates-, sería mejor que pasasen unas horas frente a la mejor televisión. La Atlantic City de Boardwalk Empire o la Baltimore de The Wire no están tan lejos.

 

twitter: @jvolpi

[Publicado el 14/3/2012 a las 08:13]

[Etiquetas: México; elecciones; narcotráfico; series de televisión]

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El patriarca en Miraflores

Cuando por fin abre los ojos, la brusca luz de halógeno lo golpea; se incorpora un poco y se descubre encadenado a un tubo de plástico y una bolsa de suero. Por fortuna, nadie lo acompaña: no tardarán en llegar los médicos para realizarle más exámenes, revisar las suturas y acaso mentirle sobre su pronóstico. Y luego vendrá el alud de visitantes y recaderos. Prefiere aprovechar esta pausa para concentrarse, para meditar unos segundos: desde que se detectó el tumor, no le han dado tregua. Era ya bastante con gobernar un país de locos con mano de hierro, y combatir a imperialistas y traidores, como para ahora dedicar tanto tiempo a sí mismo, a esta maldita enfermedad que acaso triunfe donde fallaron los golpistas y la CIA.

 

            El comandante Chávez estira las piernas -una punzada en el vientre- y se lleva la mano a las mejillas mal afeitadas. Tiene sed. Y náuseas. Todo a su alrededor es blanco y pulcro, un limbo en medio del Caribe. Aislado en ese cuarto, a cientos de kilómetros de su patria y, peor, a cientos de kilómetros de sus subordinados, se siente prisionero. Más solo que en la cárcel, hace ya tantos años. Desde luego, no había mejor opción, al menos mientras persistiese un hálito de esperanza. Tratarse en Estados Unidos, con sus enemigos, hubiese sido una humillación intolerable. En Brasil o en Europa no habría logrado tejer el cordón sanitario -nunca mejor dicho- que transforma su salud en un secreto militar. Y en Venezuela, aún menos: allí no se puede confiar ni en la discreción de los cirujanos.

No había, pues, otro remedio: a fin de cuentas la medicina es, junto con el deporte, el último logro que puede presumir el régimen cubano (no por nada cientos de sus doctores peregrinan en las selvas y montañas de su patria); en todos los demás terrenos sus anfitriones se hallan en desventaja, pero en el Centro de Investigaciones Médico Quirúrgicas uno se siente como en el primer mundo. Aquí nadie filtrará los resultados de las pruebas, nadie hablará de más, nadie querrá indisponerse con Raúl y su familia. Si algo admira de Cuba, es el control absoluto sobre lo que puede decirse en voz alta.

Venezuela es lo contrario: allí todos están ya alborotados con su previsible... desaparición... y nadie se calla la boca. Porque, si se ha empeñado en ocultar los detalles de su padecimiento, no es tanto para engañar a la oposición, sino a sus leales. Con los otros ha podido una y otra vez en el pasado; cuando lo encarcelaron, salió convertido en un líder más popular que todos esos políticos corruptos; cuando quisieron deponerlo, regresó legitimado; y, cuando pretendieron vencerlo en las urnas, él los derrotó sin cortapisas. Por el momento, las elecciones de octubre no constituyen su mayor dolor de cabeza: más inquietante le resultan sus generales y ministros.

¿Cómo es posible que se reúnan sin su consentimiento? ¿Que elaboren planes de emergencia? Ninguno posee su estatura -él mismo congeló a cualquiera que osase opacarlo- y ninguno cuenta con el respaldo unánime de los sectores que lo apoyan, pero no puede descartarse que, aprovechando su ausencia, se hagan ilusiones. Cuando ronda la "tierna brisa de muerto grande y de podrida grandeza" -en palabras del Maestro-, hasta tus mejores amigos se disfrazan de buitres. Por eso ha de extremar las precauciones, dejar todo atado y bien atado, por si acaso...

Vaya paradoja: cuando le anunciaron que Fidel estaba desahuciado, se imaginó sosteniendo su cadáver en una especie de piedad revolucionaria; y ahora es posible que ocurra lo inverso, el padre presidiendo el entierro de su discípulo. "La historia me absolverá": esta frase de su anfitrión ronda obsesivamente su cabeza. ¿Pasará lo mismo con él? ¿Qué se dirá, en diez o cien años, de su República Bolivariana?

Se resiste a creer que su régimen será visto como un episodio pasajero, que los partidos tradicionales recuperarán sus posiciones, que las reformas que emprendió quedarán en la nada. ¿Pero qué puede hacer para evitarlo? ¿Confiar en esos segundones? ¿Entregarle el poder a alguien que, en el mejor de los casos, lo convertirá en una especie de santo, en un patético icono -antes los revolucionario morían acribillados en la selva, no en un cuarto de hospital-, mientras pacta y transige con los norteamericanos? No: si vino a Cuba, no sólo fue para ser tratado por sus médicos, sino para inspirarse en la feliz maniobra que le permitió a Fidel acotar el margen de maniobra de su hermano. Por eso debe regresar lo más pronto posible a Miraflores.  

Cuando tocan a la puerta, el comandante Chávez siente un vago desasosiego. Tal vez, en estas circunstancias, la muerte sea una victoria. La única forma de no ser derrotado ni por los opositores ni por los conjurados que pululan en su propio bando. ¿Quién le iba a decir que, cuando se le ocurrió resucitar aquella vieja proclama revolucionaria, tan bella y -le parecía entonces- tan heroica, en realidad profetizaba su futuro? Patria, socialismo o muerte: tremendo despropósito.

 

twitter: @jvolpi

[Publicado el 05/3/2012 a las 08:18]

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La cifra y la muerte

La madrugada del 13 de marzo de 1964, Kitty concluyó su turno en el bar como de costumbre, tomó su automóvil y lo estacionó a unos metros del conjunto donde vivía, en Low Gardens. En cuanto inició el camino a casa, distinguió una sombra a sus espaldas. Atemorizada, Kitty corrió hacia la calle Austin, seguida de cerca por un hombre. Antes de que pudiera refugiarse en un edificio, el intruso le asestó dos cuchilladas por la espalda. “¡Auxilio!”, gritó la joven. De entre las decenas de departamentos de la zona, sólo uno de los vecinos abrió la ventana y exclamó: “Dejen en paz a esa chica”. Al constatar que las luces se apagaban, el maleante buscó a Kitty, quien se había arrastrado hasta un porche. Al descubrirla, el sujeto, identificado luego como Winston Moseley, volvió a acuchillarla; luego la violó y la abandonó a su suerte.

 

De acuerdo con el New York Times, el asalto se prolongó por más de media hora, hasta que por fin alguien llamó a la policía. Kitty Genovese murió a las 4:15 de la mañana. Al menos 38 personas observaron el incidente sin que ninguna se decidiese a llamar a la policía; de haberlo hecho al inició del ataque, una patrulla habría tardado menos de 10 minutos en llegar.

            Aunque estudios posteriores han puesto en duda la precisión de este relato, en su momento desató una profunda indignación pública y dio lugar a que dos investigadores, John Darley y Bibb Latané, condujesen un célebre experimento psicológico, el cual dio como resultado el llamado “síndrome de responsabilidad difusa” y el “efecto espectador”. Sus paradójicas conclusiones indican que, entre más personas observan una emergencia, el tiempo que una de ellas tarda en intervenir se vuelve más largo. En otras palabras: la tendencia imitativa inscrita en nuestros genes nos frena a la hora de tomar una decisión distinta a la de quienes nos rodean.

 ¿Por qué recordar hoy a Kitty Genovese? Porque es como si todo México sufriera en estos años del “efecto espectador”. Las víctimas comparecen frente a nosotros todos los días, a todas horas, en la televisión y en la radio, en la prensa y en las redes sociales. Ubicuas, inobjetables. Sin embargo, debido a que nuestras neuronas espejo no se involucran emocionalmente con abstracciones, nos hemos acostumbrado a convivir con ellas, como si los muertos fuesen una compañía natural cada mañana y cada noche, semejantes a las predicciones de los meteorólogos o al himno nacional que cierra las transmisiones. 

“Hoy ha habido 12 ejecuciones”, “72 cadáveres han aparecido en una fosa” o “El número de muertes violentas ha llegado a 50,000”, escuchamos sin descanso. A continuación aparecen los expertos —o, peor aún, los voceros oficiales— para indicarnos que no, que los muertos no son 50,000, sino 47,500, o 48,221, o 62,124. A los cuales habría que sumar los 18,000 desaparecidos, según el recuento de diversas ONG. Cifras y más cifras que pasamos por alto, indiferente a lo que significan. Ése es nuestro escudo: habiendo tantas personas involucradas, no seré yo el primero en actuar. 

Pareciera como si los 112,336,538 de mexicanos estuviésemos confinados en ese conjunto de apartamentos en Queens y, frente al asesinato de 47,512 o 50,603 Kitties, ninguno de nosotros se decidiese a actuar. Algunos dirán que las situaciones no son equivalentes, que un país no es un edificio o, de manera aún más miserable, que la mayor parte de los 48,270 o 53,400 muertos —¿pero quién puede saberlo, si las cifras ni siquiera son confiables?— pertenecen a los malvados y por tanto sus muertes no deberían importarnos tanto.

Cada vez que un atildado funcionario comparece en televisión, asegurando que toda la culpa es de cárteles que se ajustician entre sí, se me revuelve el estómago. Es como si un médico dijese a los familiares de un paciente con cáncer: no se preocupe, sólo se multiplican las células malignas. Un buen gobernante no se desgarra las vestiduras frente a la horrible situación presente —los 30,000 o 40,000 narcos que en teoría se matan entre sí—, sino que se pregunta: “¿Por qué lo hacen?” Y, en vez de lavarse las manos, intenta prevenir la enfermedad. ¿Cómo? De la única forma posible: con profilaxis social. Con educación de buen nivel. Con cultura. Con oportunidades de trabajo.

Si admiramos a los héroes y execramos a los villanos, es porque nos resulta terriblemente difícil separarnos de los demás: para bien o para mal, la evolución nos diseñó para copiarnos unos a otros. Pero si no queremos contemplarnos con vergüenza, como los 38 testigos que no auxiliaron a Kitty porque pensaron que alguien más haría la llamada, tenemos que exigir, sin tregua ni respiro, que las autoridades desmenuces esos números. Sólo el candidato que sea capaz de prometer un listado preciso y exhaustivo de esos 48,234 o 65,967 muertos debería tener nuestro voto. Porque sólo si transformamos las cifras en vidas y destinos concretos, nuestros torpes cerebros serán capaces de comprender un poco la tragedia que nos circunda.

 

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[Publicado el 26/2/2012 a las 17:27]

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Breviario de campaña

“Aunque estás dotado de todo lo que los hombres pueden adquirir con el talento, la experiencia o la dedicación, no obstante, por el afecto que nos une, he juzgado conveniente explicarte por escrito lo que, día y noche, acudía a mi mente cuando pensaba en tu candidatura”, le escribía Quinto Tulio Cicerón a su hermano mayor Marco, quien estaba por iniciar su campaña al consulado romano en el 64 a.C. Y añadía: “Por mucha fuerza que tengan por sí mismas las cualidades naturales del hombre, creo que, en un asunto de tan pocos meses, las apariencias pueden superar incluso esas cualidades.”

 

            Han transcurrido más de dos milenios desde que Cicerón se lanzase a una campaña electoral, pero muchos de los consejos de su joven hermano mantienen su vigencia. Por supuesto, uno de los cambios más relevantes es que, desde hace en realidad muy poco, ahora las mujeres también pueden aspirar a un cargo público, pero su argumento central se mantiene: en una campaña no cuentan tanto las virtudes de los contendientes como su imagen.

            En la Roma republicana —tan hipócrita como nuestra reluciente democracia—, Cicerón era considerado, como lo serían hoy Vázquez Mota o López Obrador, un homo novus: alguien que no tiene antepasados nobles y no pertenece a una familia política, como Peña Nieto, cobijado desde joven por el Grupo Atlacomulco. Quito Cicerón le dice a su hermano que ha de compensar esta condición con sus dotes oratorias: algo de lo que, visto lo visto, carecen los candidatos mexicanos. AMLO posee, si acaso, un estilo distintivo, y sus pausas y su acento contrastan favorablemente con la vetusta retórica de EPN. Como se percibió en los debates panistas, éste quizás sea uno de los puntos más endebles de JVM. Quinto insiste: “Tendrás que presentarte tan bien preparado para hablar como si en cada una de las causas se fuera a someter a juicio todo tu talento” (Ojo, EPN).

            Quinto le dice a Marco que, como homo novus, está obligado a hacer ostentación de sus amistades y de la alta condición social de los mismos: desde el inicio de esta campaña, AMLO se ha preocupado por anunciar a los miembros de su gabinete, figuras respetadas que disimulan su extremismo; JVM, por su parte, fue invitada a comer con el Presidente, pero este espaldarazo puede convertirse en un regalo envenenado. Peña, en cambio, debería esconder a sus aliados —como ya hizo con Elba Esther Gordillo—, pues representan la más anquilosada clase en el poder.

            En opinión de Quinto, Marco no debe preocuparse por contender contra rivales de familias ilustres, así podrá exhibir sus defectos, sus crímenes y sus depravaciones. AMLO es quien mejor puede intentarlo: tanto EPN como JVM están demasiado ligados a la corrupción centenaria del priismo o la fracasada estrategia contra el narco de Calderón. JVM, “mujer nueva”, sólo podría probarlo si se decide —en un gesto inevitable si quiere ascender en las encuestas— a distanciarse de las políticas de su reciente anfitrión.

            “Una candidatura a un cargo público debe centrarse en el logro de dos objetivos”, prosigue Quinto, “obtener la adhesión de los amigos y el favor popular”. Amigos que, en nuestros días, llamamos factores reales de poder: hombres de familia; amigos que garanticen la protección de la ley; magistrados; y amigos que consigan votos de las centurias. Hoy diríamos: empresarios, intelectuales y estrellas de TV; opinadores mediáticos; jueces y funcionarios; líderes sociales y promotores en twitter.

            Debido a su radicalismo, tras la elección de 2006 AMLO perdió a más de la mitad de sus votantes (excepto un núcleo duro en torno al 15%). De allí que siga a Quinto, tratando de recuperar el favor de otros sectores. Difícil adivinar si lo logrará con los “hombres nuevos”, esas clases medias que hoy tanto desconfían de él. EPN y JVM cuentan con el apoyo de todos estos grupos —el primero más que la segunda— y luchan cuerpo a cuerpo por el “favor popular”. El consejo de Quinto es pactar con tus enemigos: lo hace AMLO con su República Amorosa. De seguir la recomendación, JVM tendría que dirigirle un guiño a la Maestra para asegurarse su imparcialidad.

            Por último, Quinto señala la importancia de la “opinión pública” que, según él, sólo se obtiene si tus aliados divulgan una buena imagen de ti: los poderosos y los medios, los jóvenes, “la compañía asidua de quienes has defendido”, la multitud urbana y rural. En fin, lo que sabemos. Para lograrlo, Quinto da un consejo que siempre han usado nuestros políticos: prometerlo todo. No importa cuantas de esas promesas se vayan a cumplir.

            En la Roma republicana, como en el México democrático, las campañas fingían estar basadas en argumentos —la vieja arte oratoria—, pero quienes en verdad saben de estrategia electoral, como Quinto Cicerón o Antonio Sola, saben que eso es lo de menos. Importan las alianzas, importan el respaldo de nuevos y viejos amigos —a cambio de defender sus intereses—, importan nada más la apariencias. Buena suerte, candidatos. Alea jacta est!

 

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[Publicado el 14/2/2012 a las 07:58]

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La guerra del azúcar. Una fábula

Había una vez, hace mucho, mucho tiempo, un hermoso reino gobernado por una dinastía de feroces hechiceros. Ni siquiera los viejos eran capaces de recordar una época en la cual esos tiranos no se hubiesen enriquecido a costa de sus habitantes, no hubiesen aplastado a sus rivales y no se hubiesen sucedido unos a otros en un juego de tronos que, según ellos, envidiaban todas las casas reales. Cuando alguien osaba cuestionar las intenciones de los Bienhechores —el nombre que se daban los hipócritas—, recibía una respuesta inobjetable: “Sí, tal vez seamos malvados; sí, tal vez seamos corruptos. Pero dirige tu mirada a los reinos vecinos: ninguno ha gozado de una era de paz tan prolongada como la nuestra”.

 

            Durante eones, los hechiceros basaron su predominio en esta magra sensación de seguridad ofrecida al pueblo a cambio de una impunidad sin restricciones. ¿Cómo preservaban la paz los Bienhechores? Celebrando pactos más o menos silenciosos y ocultos con sus rivales, y en especial con las gavillas que comerciaban golosinas —horrorosos productos azucarados que provocaban caries y diabetes—, prohibidos en aquel mundo primigenio por la adicción que causaban en niños y jóvenes. Dicho de otro modo: los Bienhechores se hacían de la vista gorda y dejaban que aquí y allá se instalasen fábricas clandestinas de caramelos y charamuscas, las cuales debían pagar una contribución para financiar las alicaídas arcas del reino (es decir: sus bolsillos).

            La dinastía de hechiceros parecía destinada a perpetuarse al infinito pero, impulsados por la aburrición y el hartazgo de los vecinos hacia sus dirigentes —y a la debilidad del último de rey de su linaje—, un inesperado día veraniego los seculares enemigos de los Bienhechores se vieron instalados en Palacio, aclamados por multitudes que los consideraban redentores. La algarabía se prolongó por varios meses, hasta que los habitantes del reino constataron que los Puros —el nombre elegido para distanciarse de sus predecesores— gobernaban igual que sus rivales.    

            ¿Qué distinguía a éstos de los Bienhechores? Antes que nada, los Puros presumían su entereza moral: a diferencia de los hechiceros, estaban convencidos de que sus principios eran superiores —lo habían demostrado en los años en que fueron perseguidos— y estaban decididos a poner en evidencia su honestidad a toda prueba. Por desgracia, no tardaron ni unos meses en constatar que el poder corrompe sin remedio: sus recaudadores y mayordomos demostraron un singular talento para las chapuzas.

            Como la corrupción seguía irrefrenable, y el buen gobierno parecía una entelequia, al segundo monarca de los Puros se le ocurrió demostrar su superioridad moral de una manera más escandalosa y contundente: en contraste con sus antecesores, él no desviaría la mirada ante el sórdido tráfico de muéganos que se operaba en el reino, minando la salud de sus consumidores. “La connivencia entre los Bienhechores y los golosinos resulta intolerable”, proclamó el Segundo Puro, “así que he decidido emprender una campaña militar en contra de ellos”.

            Se iniciaron así las que hoy se conocen como Guerras del Azúcar: un largo periodo de inestabilidad y conflictos que se mantuvo por decenios. De un día para otro, el reino se convirtió en un campo de batalla aunque, eso sí, el Segundo Puro insistía en que todas las tropelías eran cometidas por los golosinos y no por sus ejércitos. “Son ellos quienes están al margen de la ley”, insistía, “son ellos los que envenenan a nuestros jóvenes y los que a diario se matan entre sí en nuestras plazas y condados”.

Un día, el heraldo de los Puros anunció el número de víctimas de la Guerra del Azúcar: 50,000 en sólo cinco años. Pero nadie estaba autorizado para rebatir sus afirmaciones: frente a cada ejemplo de un minero, un labrador o un zapatero ajusticiado, sus esbirros respondían que se trataba de una calumnia pagada por los Bienhechores. Luego, cuando alguien señaló que en ese tiempo los Puros sólo habían logrado enjuiciar a una veintena de golosinos, el heraldo se dio media vuelta, refunfuñando: “Otro traidor que defiende a los criminales”. Nadie podía cuestionar la superioridad moral de los Puros: ellos tenían siempre la razón, aunque la realidad se obstinase en desmentirlos. 

            Hoy, a tantos eones de distancia, resulta casi ridículo imaginar la suerte de aquel hermoso reino: 50,000 muertos en los primeros 5 años de reinado de los Puros por culpa de la Guerra del Azúcar. El azúcar que, pese a todas las prohibiciones, se podía encontrar en cualquier vecindad y en cualquier senda. El azúcar que por sí misma jamás se cobró 50,000 muertos en cinco años. El azúcar que en nuestros días a nadie se le ocurriría prohibir pese a que unos cuantos adictos —todos mayores de edad— prefieran atiborrarse de glucosa y arriesgarse a una muerte por diabetes. El azúcar que, cuando volvió a ser legal siglos después, provocó la inmediata extinción de los golosinos.

 

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[Publicado el 07/2/2012 a las 12:15]

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¿Todos de derecha?

El Demonio se ha convertido en un Monstruo Amable. Y ubicuo: gobierna en todas partes. No sólo en un Estado cada vez vas frágil y en un orden financiero cuyo poder excede al de cualquier gobernante, sino —lo que es peor— en la mayor parte de nuestras conductas, nuestras aspiraciones, nuestros gustos. El cambio ha sido tan sigiloso como profundo: aquí y allá el único discurso que se escucha —que se admite— es el del individualismo a ultranza, el bienestar individual, el narcisismo exacerbado. Un modelo de consumo que ha resultado mucho más influyente que el achacoso fantasma de la revolución. 

 

Tras casi un siglo en el cual los valores de la izquierda lograron imponerse —de 1870 a 1968, digamos—, hoy ésta se halla exhausta, sobrepasada en todas las esferas por la derecha en cualquiera de sus versiones, de la más autoritaria a la más liberal. Términos como “lucha de clases” u “hombre nuevo” o propuestas como la de una sociedad igualitaria se han extinguido en nuestro imaginario, sustituidos por conceptos omnipresentes como libertad personal o la preeminencia del interés privado sobre el público. El estrepitoso paso del welfare al wellbeing.

 Al menos estas son las conclusiones de Raffaele Simone en su reciente El monstruo amable. ¿El mundo se vuelve de derechas? (Taurus, 2011), cuyo título en italiano lo dice desde el punto de vista contrario: Por qué Occidente no va hacia la izquierda. Y, si bien algunas de las ideas del lingüista no parecen particularmente originales, parece acertar en su diagnóstico: todas las Grandes Ideas que persiguió la izquierda histórica, sea en sus vertientes comunistas o socialdemócratas, hoy suenan caducas cuando no impertinentes.

El descrédito producido por el derrumbe del imperio soviético arrastró al fango a toda la izquierda, sin que los partidos y dirigentes socialistas hayan sabido cómo remontar la catástrofe. Muchos de sus cuadros terminaron por incorporarse a la “tercera vía” proclamada por Anthony Giddens o al nuevo “centroizquierda”, aun cuando ambos de izquierda no guarden ya casi más que el nombre.

En todo el planeta —con la sola excepción de Corea del Norte, pues incluso Cuba experimenta incipientes señales de transformación— prevalece el mismo modelo económico y, lo que resulta más preocupante, el mismo modelo cultural de derecha: un escenario en el que los ciudadanos, transformados en clientes o en espectadores, no aspiran más que al consumo propio de la burguesía, al entretenimiento y al bienestar individual.

El triunfo de uno de los bandos ha sido tan apabullante que, para paliar el desánimo, muchos afirman que simplemente los postulados de la derecha y de la izquierda se han acercado. Simone no comparte esta visión. Para él, existen cinco puntos claros que diferencian —o al menos diferenciaban— a la izquierda de la derecha: 1. Frente al postulado que defiende la superioridad (“yo soy único, tú no eres nadie”), la izquierda ofrece la igualdad; 2. frente al postulado de propiedad (“esto es mío y nadie lo toca”), la redistribución; 3. frente al postulado de libertad (“yo hago lo que quiero y como quiero”), el interés público; 4. frente al postulado de no injerencia (“no te inmiscuyas en mis asuntos”), el derecho de injerencia por el interés general; y 5. frente a la superioridad de lo privado sobre lo público (“hago lo que me da la gana con las cosas de todos”), la natural primacía de lo segundo.

No deja de llamar la atención que la derechización del planeta sea tan evidente incluso hoy, cuando a partir de la crisis de 2008 tanto se ha hablado de la decadencia del modelo neoliberal y el regreso al Estado. Pero lo cierto es que, en casi todas partes, la izquierda se muestra resignada a gobernar tras el agotamiento de algún régimen de derecha (lo que muy probablemente ocurrirá en Francia este año), pero sin que ello conlleve una verdadera transformación del modelo económico y cultural vigente.

México no es ajeno a este proceso: el Monstruo Amable lleva gobernando al país ininterrumpidamente desde los años ochenta del siglo pasado, sea en su vertiente priista o panista: la distancia entre ambos, muy acusada cuando el PAN en la oposición era un defensor acérrimo de la legalidad y los derechos humanos, se han diluido cada vez más, y hoy día sus programas no se distinguen en absoluto (más que en la enemistad de sus seguidores).

Que en todas las encuestas los candidatos del PRI y el PAN se hallen a la cabeza —con más del 60% de los votos en conjunto—, prueba la vigencia de este análisis, a lo cual habría que añadir que, para colmo, en lo que se refiere a derechos individuales y de las minorías, el candidato “de las izquierdas” apenas se separa de sus adversarios. Malos tiempos, pues, para la izquierda, sobre todo cuando sus auténticos valores —la igualdad, la solidaridad, la redistribución, la primacía de lo público— se requieren más que nunca en un escenario tan caótico, en términos económicos y de seguridad pública, como el que actualmente vivimos.

 

twitter: @jvolpi

[Publicado el 30/1/2012 a las 12:01]

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Biografía

(México, 1968). Es autor de las novelas La paz de los sepulcros, El temperamento melancólico y En busca de Klingsor (premios Biblioteca Breve y Deux Océans-Grinzane Cavour). Con ella inició una "Trilogía del siglo XX", cuya segunda parte es El fin de la locura y la tercera No será la Tierra. También ha escrito las novelas cortas reunidas en el volumen Días de ira, así como Sanar tu piel amarga, El jardín devastado y Oscuro bosque oscuro. Es autor de los ensayos La imaginación y el poder, La guerra y las palabras, Mentiras contagiosas (Premio Mazatán al mejor libro del año 2008), El insomnio de Bolívar (Premio Debate-Casa de América 2009) y Leer la mente. En 2009 obtuvo el Premio José Donoso de Chile por el conjunto de su obra. Ha sido profesor en las universidades de Emory, Cornell, Las Américas de  Puebla, Pau, Católica de Chile, Nacional Autónoma de México y Princeton. Ha sido becario de la Fundación Guggenheim y miembro del Sistema Nacional de Creadores de México. Ha sido condecorado como Caballero de la Orden de Artes y Letras de Francia y con la Orden de Isabel la Católica de España. Fue director de Canal 22 entre 2007 y 2011. Es colaborador de los periódicos Reforma y El País. Sus libros han sido traducidos a veinticinco idiomas. En 2012 recibió el premio Planeta-Casa de América por su novela La tejedora de sombras. En 2014, publica su novela Memorial del engaño en América Latina y España y, para el año 2015, estará publicada en Brasil, Portugal, Italia y Francia. Actualmente es director general del Festival Internacional Cervantino. 
 

Bibliografía

Memorial del engaño (2014). Ediciones Alfaguara, España

Leer la mente (2011). Ediciones Alfaguara, España

No será la tierra (2006). Ediciones Alfaguara, España

Dos novelistas poco edificantes (2004). Volpi, Jorge; Urroz, Eloy. Algaida Editores, España

Geometric intimacies. Sebastián Sculptor (2004). Ediciones Turner, España

Geometría emocional. Sebastián escultor (2004). Ediciones Turner, España

La guerra y las palabras (2004). Editorial Seix Barral, España

El fin de la locura (2003). Editorial Seix Barral, España

Desafíos de la ficción (2002). Volpi, Jorge, [et. al.] Universidad de Alicante. Servicio de Publicaciones, España

En busca de Klingsor (2000). Círculo de Lectores, España

El juego del apocalipsis: un viaje a Patmos (2000). Nuevas Ediciones de Bolsillo. España

Tres bosquejos del mal (2000). Urroz, Eloy; Padilla, Ignacio; Volpi, Jorge. El Aleph Editores, España

 

 

 

 

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