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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

domingo, 16 de junio de 2019

 Blog de Jorge Volpi

Salvo alguna cosa

Con una media sonrisa que apenas palia su incomodidad, Mariano Rajoy le dirige un guiño cómplice o aturdido a Ángela Merkel, quien lo observa de soslayo con su frialdad habitual. En teoría los dos jefes de gobierno comparecen ante la prensa para dar cuenta de los (mínimos) avances que experimenta la economía española, pero todas las preguntas se desvían hacia el último escándalo que ha estallado en la Península luego de que el diario El País publicase una supuesta lista de pagos irregulares a decenas de altos cargos del Partido Popular, entre los que se cuenta el propio Rajoy. Célebre por su carácter impenetrable y su repulsión a las respuestas directas -todo ello derivado, se dice, de su temple gallego-, éste se resiste a pronunciar siquiera el nombre de su antiguo tesorero y se limita a decir: "Lo referido a mí y a mis compañeros no es cierto. Salvo alguna cosa". Prudentemente, no detalla cuál.

 

            Las redes sociales no tardan en convertir ese salvo alguna cosa en el tópico del momento mientras España prosigue su inexorable papel como nuevo -y trágico- bufón de la maltrecha Unión Europea de nuestros días, siguiendo los pasos de Grecia, Portugal e Irlanda. Imposible no sorprenderse ante la rapidez con la que esta nación pasó de ser una dictadura gris y decadente a una potencia de segundo orden -aunque en un instante de patética soberbia, José María Aznar la soñase de primero-, y la velocidad, todavía mayor, con que descendió a paria del continente.

            Pocas sociedades han sufrido con mayor intensidad las turbulencias de esta subibaja social como la española, y su caso se presenta como el mejor ejemplo de lo que puede hacer bien y mal una clase política en momentos cruciales de su devenir. Más allá de las condiciones externas más o menos favorables de los años setenta y ochenta, los Tratados de la Moncloa probaron que sus dirigentes eran capaces de asumir la histórica decisión de dejar atrás su pasado autoritario para enarbolar las reglas de la democracia. Aunque no sin amenazas como el intento de golpe del 23 de febrero de 1981, a continuación el gobierno socialista de Felipe González presumió la visión necesaria para colocar a España en el centro de la Unión Europea, otorgándole la estabilidad -y el ánimo público- para asumirse como una nación próspera.

            Desgastados por su largo acomodo en el poder, los socialistas fueron desalojados por la derecha de Aznar, quien a su vez supo aprovechar todas las ventajas que había heredado, aunque sin considerar siquiera los peligros de un endeudamiento excesivo, una gasto público monstruoso o las excentricidades de los cada vez más desbalagados gobiernos autonómicos. Durante más de una década España dilapidó todos sus recursos -en especial los capitales que llegaban desde Alemania-, al tiempo que sus habitantes adquirían hipotecas a diestra y siniestra, impulsados por una fiebre alimentada por sus dirigentes. Todavía durante su primera legislatura, ganada debido a los intentos del gobierno del PP de manipular los atentados terroristas de Madrid de 2004, José Luis Rodríguez Zapatero continuó gobernando al país como si fuese el cuerno de la abundancia.

            Cualquier observador atento se hubiese dado cuenta de que esos niveles de endeudamiento -y de derroche- no podrían durar para siempre, pero la clase política que había demostrado su responsabilidad en el pasado se había transformado en el ínterin en otra cosa: un grupo sólo preocupado ya por sus propios intereses. Tanto socialistas como populares se empeñaron, pues, en minimizar la catástrofe financiera del 2008. En vano. Para entonces el lugar de privilegio que España había alcanzado en el mundo había quedado atrás. Muy pronto los socialistas fueron desalojados del gobierno, la Unión Europea se hizo cargo de las cuentas nacionales y Rajoy ya no pudo hacer más que aplicar la ciega política de austeridad dictada desde Berlín.

            A partir de allí, una sucesión de desgracias erosionaron por completo no sólo las instituciones, sino el ánimo del país: un desempleo que ya rebasa el 25 por ciento  -más del 50 entre los jóvenes-, una monarquía acechada por los escándalos -entre la cacería de elefantes del rey y los desfalcos de su yerno-, un recesión implacable, el desmantelamiento del estado de bienestar y, ahora, las pruebas de una corrupción endémica. Si los papeles de Luis Bárcenas -el tesorero del PP entre 2008 y 2009- resultan tan lamentables, no sólo es por los sobresueldos en negro entregados a decenas de cargos del PP, sino por el nivel de descomposición alcanzado por su clase política en conjunto: mientras los ciudadanos padecen la peor crisis en medio siglo, los responsables de recomponerla se premian y evaden impuestos sin sonrojarse. La conclusión es más bien la inversa de Rajoy: lo que los papeles de Bárcenas revelan sobre los actuales dirigentes españoles -espejo de muchos de los nuestros- parece la más desoladora verdad. Salvo alguna cosa.  

           

twitter: @jvolpi

 

[Publicado el 10/2/2013 a las 16:25]

[Etiquetas: España; Rajoy; PP]

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La francesa y los generales

En un insólito oficio emitido el 15 de enero de 2013, la Procuraduría General de la República reconoció que carecía de pruebas para confirmar los dichos de dos "testigos protegidos" -narcotraficantes dispuestos a colaborar con la justicia-, según los cuales un grupo de militares de alto rango, encabezados por el general Tomás Ángeles Dauahare, subsecretario de Defensa durante los dos primeros años del sexenio pasado (y descendiente del estratega militar de Pancho Villa, Felipe Ángeles), habían protegido al cártel de los Beltrán Leyva. Si bien la PGR aún no ha determinado qué hará a continuación, no quedan dudas de que el proceso contra los inculpados estuvo plagado de irregularidades.

            Días después, en otro inesperado viraje, una mayoría de tres ministros de la Primera Sala de la Suprema Corte de Justicia determinó la liberación de Florence Cassez, la ciudadana francesa acusada de formar parte de una banda de secuestradores debido a su asociación sentimental con uno de sus líderes, Israel Vallarta. Una vez más, la resolución de la Corte no hacía sino señalar que los vicios ocurridos durante el proceso -en especial el montaje televisivo orquestado por la propia Secretaría de Seguridad Pública para recrear ante las cámaras una detención que había sido llevada a cabo el día previo- habían contaminado el caso de manera irreversible, volviendo imposible determinar la culpabilidad de la acusada.

            Más allá del escepticismo desatado por la probable liberación de los generales, y del encono público generado por la liberación de la francesa, resulta imposible no asumir que ambos hechos, producidos en una misma semana, no constituyen lamentables excepciones en nuestro desbalagado sistema de justicia -y, en especial, en el estilo de justicia que el gobierno de Felipe Calderón se empeñó en imponer en consonancia con su "guerra contra el "narco"-, sino síntomas de una enfermedad persistente e incurable: la absoluta falta de certeza y transparencia presente en todos los procesos penales de que tenemos noticia.

            Ambos hechos, tomados en conjunto, no podrían ser motivo de alegría para nadie -excepto para los propios inculpados y sus familias-, sino de vergüenza y pasmo colectivos: se trata del reconocimiento explícito, por parte de las más altas autoridades del país, la PGR y la Suprema Corte, del lamentable estado de nuestras instituciones de seguridad y de justicia. Su diagnóstico no puede ser más dramático: en aras de proclamar sus triunfos contra el crimen organizado, en ambos casos el gobierno federal no dudó en manipular pruebas y testigos, indiferente a los derechos tanto de los acusados como de las víctimas, con el único objetivo de justificar su política y de proclamar los éxitos de su estrategia. 

            La lógica detrás de estos dos casos -y de un sinfín más puestos en evidencia a lo largo de los últimos años- resulta tan perversa que cuesta trabajo imaginar que haya sido puesta en marcha por un gobierno emanado del Partido Acción Nacional, cuya larga historia de luchas a favor de la legalidad resulta incontestable, y por un presidente que siempre se vanaglorió de su condición de abogado de la Escuela Libre de Derecho. Insisto: lo más grave es que, a la luz de las decisiones de la PGR y de la Corte, la vulneración del debido proceso, a fin de alimentar la campaña mediática que entonces requería el gobierno, no obedece a los ánimos torcidos de unos aberrantes policías o a la miopía de unos torvos jueces, sino a una política de estado que permeó todos los escalones de nuestro sistema de justicia.

            Que el Secretario de Seguridad Pública aprobase -o estuviese al tanto- de que un grupo de secuestradores era detenido de manera clandestina, sin ninguna garantía judicial, para luego ser obligados a escenificar su captura ante las cámaras, o que la Procuradora General de la República aprobase -o estuviese al tanto- de que un grupo de altos mandos del ejército era vinculado con el narcotráfico por dos testigos protegidos sin que hubiese otras pruebas en su contra, y aun así se empeñase en consignarlos, no hace sino reforzar la idea de que ambas maniobras pertenecían a una misma y calculada praxis política, indiferente por completo a las leyes básicas de un régimen democrático.

            México llevaba demasiado tiempo sufriendo por un sistema de justicia torpe, lento y corrupto, en el que nadie confía y en cuyas concusiones nadie cree, pero al introducir en este escenario catastrófico la obligación de obtener resultados mediáticamente exitosos, a fin de justificar políticas públicas cuestionadas por el conjunto de la sociedad, se emprendió la demolición absoluta de nuestro estado de Derecho. No se trata, ahora, sólo de hacer pagar a los responsables de esta maniobra -aunque la justicia sólo se verá servida cuando conozcamos su papel en estos hechos-, sino de exponer y desarticular su lógica por todos los medios a nuestro alcance.

           

twitter: @jvolpi

[Publicado el 03/2/2013 a las 17:09]

[Etiquetas: Cassez; Angeles Dauahalde; México]

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Cero Oscuro Treinta

Con la pantalla aún en negro escuchamos las voces aterrorizadas del 11-S: repetidas hasta la saciedad, parecería que no necesitamos más imágenes del derrumbe de las Torres Gemelas para saber que todo lo que vendrá a continuación, las pesquisas, las detenciones, las torturas, los asesinatos, no será más que el despliegue de una lenta y meticulosa venganza que, más allá de la aparente neutralidad del relato, se hará pasar como un acto de justicia.

De regreso al silencio, un título advierte: "Esta historia se basa en testimonios de primera mano basados en hechos reales". Numerosos analistas han denunciado ya la peligrosa redacción de esta frase: si bien Marc Boal, el guionista de Zero Dark Thirty (La noche más oscura, en la lírica traducción mexicana), realizó un sinfín de entrevistas con agentes de inteligencia para documentarse sobre la operación que condujo a la localización de Osama Bin Laden, no dejó de concederse numerosas licencias poéticas que contradicen el carácter "periodístico" que quiso imprimirle Katheryn Bigelow, su brillante directora. Nada habría de extraño en que un artista transforme la realidad para imprimirle fuerza a su relato, pero Bigelow presentó su película como un reportaje y no como lo que es: una ficción basada en acontecimientos históricos.

            El filme se abre con la precisa puesta en escena de un "interrogatorio mejorado", el atroz eufemismo con el cual la CIA se refería a los métodos de  tortura autorizados por Bush Jr. Frente a la incierta mirada de la joven Maya (Jessica Chestain), una agente que ha dedicado toda su vida a la persecución del líder de Al-Qaeda -Bigelow nos priva de sus juicios-, un agente más experimentado extrae información de un detenido; para lograrlo, recurre a todas las tácticas denunciadas entonces: golpes, ahogamiento simulado (waterbording), humillación sexual y privación de sueño, e incluso introduce al detenido en una diminuta caja de madera. Aunque la secuencia resulte sobrecogedora, acaso lo más inquietante es que no consiga sorprendernos tras haber contemplado decenas de imágenes similares en series como 24 o Homeland. El detenido resiste mientras se prolonga la tortura, como si lo asistiera una fuerza moral superior; en cambio, en cuanto cesa el "interrogatorio mejorado" y los agentes de la CIA lo engañan y lo recompensan con comida caliente, éste apenas tarda en proporcionar la información clave que conducirá al correo de Bin Laden y, a la postre, a su escondite en Abotabad. 

            La polémica desatada en Estados Unidos en torno a Zero Dark Thirty, en la que han intervenido miembros del comité de seguridad del senado y antiguos agentes secretos, deriva de la composición de estas secuencias. Hábiles -y maliciosos-, Boal y Bigelow no toman partido: mientras sus defensores alegan que la película es una clara denuncia de la tortura al mostrar su inutilidad, sus críticos afirman que ésta parece concluir que sin su aplicación jamás habría sido posible llegar hasta Bin Laden. A nivel artístico, está claro que guionista y directora consiguen su objetivo: preservar las zonas grises frente a un tema tan delicado como éste.

            Zero Dark Thirty provoca una legítima inquietud política y moral: si bien Boal y Bigelow insisten en ofrecernos una mirada "objetiva" de los hechos que describen -basados, según su advertencia, en "testimonios de primera mano"-, al permitir una doble lectura sobre los interrogatorios mejorados abren la puerta a una defensa de estas tácticas basada en su eficacia. Y es aquí donde el debate público en Estados Unidos ha encallado en un lamentable error de perspectiva: de inmediato políticos y responsables de seguridad se han enzarzado en una ácida disputa para determinar hasta qué punto la tortura fue útil para recabar información sobre el escondite de Bin Laden, como si éste debiera ser el criterio para justificarla.

            En uno de sus primero actos como presidente, Barack Obama firmó una orden ejecutiva para cesar los interrogatorios mejorados. Su argumento, entonces, no fue su ineficacia, sino su inmoralidad (aunque decidió no perseguir a los responsables de ponerlos en marcha). Películas como Zero Dark Thirty -o series como 24- pueden llegar a convencernos de que la tortura puede producir datos útiles, pero una auténtica democracia jamás debería autorizarla con este criterio desoyendo sus principios fundamentales.

Con enorme habilidad, Zero Dark Thirty emplea una óptica "imparcial", pero a estas alturas sabemos de sobra que ninguna imagen es inocente: pese a la melancolía que surge en el rostro de Maya en la escena final de la película, Zero Dark Thirty no deja de ser un western, la típica trama estadounidense que glorifica al sheriff que, aun a costa de quebrantar la ley -y de su propia aniquilación moral-, captura al fugitivo "vivo o muerto". Y, como denunció uno de los Navy Seals que participaron en la operación en The Longest Day (2012), para vergüenza de Obama en este caso todos lo preferían muerto.    

 

twitter: @jvolpi

 

 

[Publicado el 27/1/2013 a las 16:04]

[Etiquetas: Zero Dark Thirty]

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Acteón y los cínicos

Cuenta Ovidio en las Metamorfosis que cierto día Acteón trepa por un cerro y, al internarse entre unos matorrales, atisba la repentina desnudez de varias jóvenes, una de las cuales resulta ser Diana, la veleidosa Artemisa de los griegos. Al verse descubierta, la púdica e iracunda hija de Júpiter transforma al intruso en ciervo y deja que los sabuesos de éste -Melampo, Icnóbates, Pánfago, Dorceo, Oríbaso, Lélape, Nebrófono, Terón, Ptérelas, Agre, Hileo, Nape, Pémenis, Harpía, Ladón, Dromas, Cánaque, Esticte, Tigre, Alce, Leucón, Ásbolo, Lacón, Aelo, Too, Licisca, Hárpalo, Melaneo, Lacne, Labro, Agriodunte, Hiláctor, Melanquetes, Teródamas y Oresítropo- le den caza al impertinente cazador. Los canes no tienen clemencia: según el poeta, muy pronto la jauría "hiende en su cuerpo los dientes, y faltan lugares para las heridas." Y añade: "Por todos lados lo rodean y, hundiendo los hocicos en su cuerpo, despedazan a su dueño".

 

            Desde la Antigüedad abundan las historias de perros salvajes que, desconociendo su naturaleza doméstica, se lanzan en contra de sus propietarios. Más cerca de nosotros, en Un grito en la oscuridad (1988), basada en el caso de la australiana Linda Chamberlain, Maryl Streep es acusada de asesinar a su pequeña hija Azaria cuando en realidad ésta ha sido devorada por un dingo. Todos estos relatos encierran el miedo ancestral a que el "mejor amigo del hombre" regrese a su estado primigenio y se convierta en una fiera como tantas. Por ello, los perros que atacan a los humanos pertenecen a la peor categoría de criminales: los traidores.

            La enloquecida trama de la "jauría de Iztapalapa" no escapa a estas referencias míticas: como en el relato de Acteón -recreado en la luminosa pintura de Tiziano o en la delicada ópera de Charpentier-, la acción ocurre en el Cerro de la Estrella, una zona mal urbanizada que, debido a la criminalidad y el abandono, parece haberse revertido a su estado natural. Tampoco suena a coincidencia que ésta sea la delegación más brava de la ciudad ni que desde tiempos prehispánicos esté asociada con diversos cultos femeninos -o con los rituales satánicos y la brujería denunciados en estas estrambóticas semanas.

            Lejos de estas resonancias, el asunto se muestra como una fábula, más a la manera de La Fontaine que de Esopo, en la que se concentran todos los problemas de la justicia en México. Primero, un crimen: cuatro cadáveres -uno de ellos de un niño de brazos, como la australiana- con la carne destrozada. Pese a que los vecinos alegan no haber escuchado ladridos, las autoridades señalan como culpable a una banda (una manada) de perros salvajes. Con la eficacia que la caracteriza, la policía se apresura a realizar una desmadrada serie de arrestos (de redadas) sin esperar los resultados forenses ni recabar el perfil de los acusados. La tragedia se decanta en farsa cuando las redes sociales exhiben que los mordelones sean responsables de atrapar a otros mordelones: una vez más, criminales y policías no se diferencian.

            Sin limitarse a los confines de Iztapalapa, las autoridades detienen a medio centenar de cánidos sin preocuparse por establecer si tienen dueño. Incluso el flamante jefe de Gobierno presume la captura, como si se tratara de un grupo de narcotraficantes, aunque apresurándose a aclarar que el capo (el macho alfa) permanece prófugo. Desoyendo sus derechos -si no respetan los humanos, ¿cómo iban a preocuparse por los animales?-, la policía encierra a los detenidos para realizarles las pruebas periciales que comprueben sus delitos. De inmediato, las asociaciones protectoras de animales denuncian los abusos policiales y el trato inhumano recibido por los detenidos.

            Por último, en un giro que, de no ser por la gravedad de los casos previos, movería más a la indignación que a la solidaridad, no tarda en aparecer un movimiento cívico, jalonado por las redes sociales, llamado #YoSoyCan26, que exige la inmediata liberación de los presos. Como ocurre una y otra vez, las autoridades reconocen que han capturado a inocentes -en otro chiste fácil, se alega que los culpables quedan libres al pagar una mordida- e invitan a la sociedad a adoptarlos. (En una nueva pifia, los trámites para hacerlo resultan indescifrables). A estas alturas, la confusión replica la de todos los casos policíacos humanos presentados en los últimos años ante la opinión pública, y a la postre nadie sabe lo que en verdad ocurrió en Iztapalapa. 

            Frente a esta exhibición de los vicios de nuestro sistema judicial, quizás resultaría mejor imitar a Diógenes, uno de los grandes filósofos cínicos -cinis significa "perro" en griego"-, y entregarles linternas a nuestros policías para ver si con ellas pueden distinguir a los culpables a plena luz del día. Y, si ni siquiera así los capturan, habría que recomendarles que, en una mínimo acto de justicia poética, al menos se decidan a bautizarlos con los nombres que Ovidio adjudicó a los sabuesos de Acteón.

 

twitter: @jvolpi

 

[Publicado el 20/1/2013 a las 16:14]

[Etiquetas: perros Iztapalapa]

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Don Silvio I

En su palacio en la isla de Capri, el emperador Tiberio, un vegetariano contumaz que no ocultaba su afición por el vino, celebraba orgías cotidianas en las que sodomizaba a decenas de niños y jóvenes conducidos por sus esbirros desde todos los rincones del Imperio. Según Suetonio, además de ordenar la construcción de un palacio flotante -cuyos restos fueron exhumados por Mussolini-, de nombrar cónsul a su caballo Incitatus y de asesinar a toda su familia (con la excepción del deforme Claudio), Calígula cometió incesto con sus tres hermanas, a las que luego envió al exilio. No parece casual que, más o menos en esta época, Petronio escribiese el Satiricón, una de las primeras novelas de la historia, para retratar las aberraciones sexuales de los romanos.

Tras la caída del Imperio, correspondió a los papas proseguir esta cadena de desmanes en la Ciudad Eterna: sería imposible calcular el número de hijos ilegítimos procreados por los pontífices desde la Edad Media, pero vale la pena recordar que el antipapa Juan XII fue acusado de convertir la basílica de San Juan de Letrán en un burdel; que Pablo II murió de un infarto mientras era sodomizado por un paje; o que Alejandro VI, el célebre papa Borja, presumía entre sus amantes a la hermosa Giulia Farnese (acaso la modelo de La dama del unicornio de Rafael). Más cerca de nosotros, Benito Mussolini se jactaba de su catálogo de amantes: según la última de ellas, Clara Petacci -que terminó colgada a su lado-, el Duce llegó a tener catorce a un tiempo y no dudaba en satisfacer a tres o cuatro en una misma noche.

No puede negarse que Silvio Berlusconi es heredero de una rica tradición de escándalos sexuales. Tampoco es el primer millonario en apoderarse de Italia: sólo las familias más ricas de la península eran capaces de financiar las aspiraciones cardenalicias de sus miembros, los cuales sólo optaban al Trono de San Pedro tras invertir ingentes sumas en prebendas y sobornos. Lo que sorprende de Berlusconi no es la oprobiosa mezcla de dinero y sexo sembrada en su carrera, sino la forma en que ha usado los escándalos vinculados con su fortuna y sus mujeres para seducir a sus electores.

Tras convertirse en el amo de los medios -en algún momento llegó a poseer las televisoras, radiodifusoras, periódicos y editoriales más importantes del país-, Berlusconi se transmutó en político, subvirtiendo cualquier línea divisoria entre su vida privada y su vida pública. En cuanto se volvió presidente del Consejo de Ministros, Il Cavaliere -un mote que lo emparienta con los decadentes nobles del pasado- se aseguró de mantener el control sobre sus empresas y de salir victorioso en todas las querellas que denunciaban sus conflictos de intereses. Muy pronto entendió que en nuestros días un político sólo puede conservar el favor de su auditorio si sigue las mismas reglas de los cochambrosos reality shows que producen sus canales.

Así, cada vez que Berlusconi era acosado por los jueces o la oposición, él respondía con una bravata o una salida de tono -de preferencia, de corte machista o chauvinista- que funcionaba como una cortina de humo para distraer la atención de sus auténticos delitos. Durante años los distintos líderes europeos debieron soportar sus chistes verdes, que él explotaba presentándose como un impertinente cómico frente a esos lánguidos patiños. De inmediato percibió que el público -su público- festejaba las ocurrencias de su personaje, que no tardó en someter a un extreme make-up de galán de los cincuenta: sin arrugas, con un bronceado perfecto y un cabello artificial teñido y engominado. Una figura patética que, sin embargo, le permitió conservar su raiting.

Exacerbando todos los clichés -de Don Giovanni a Casanova-, Berlusconi no dejó atrás la vindicación de su potencia sexual y muy pronto se hicieron públicas las fotos de las bacanales que, como Tiberio, celebraba en su palacio de Cerdeña, a las cuales acudían adolescentes -las velinas-, a veces sin papeles. Pero, en vez de que estas revelaciones lo destruyeran, terminaron haciéndolo más visible -y más fuerte. A la postre no terminó apartado del poder por sus desfiguros, sino por la crisis económica de la zona euro. Sólo entonces perdió la confianza de sus electores, quienes le entregaron el poder a un hábil político disfrazado de tecnócrata, Mario Monti, cuya imagen de austeridad católica es la inversa de la suya.

Pero Berlusconi no iba a claudicar tan fácilmente: pasados unos meses de drásticas reformas a cargo de Monti, hoy se presenta de nuevo en las elecciones. Aunque su triunfo parece lejano, las encuestas le conceden suficientes votos como para perder cualquier confianza en la racionalidad de los electores. Día tras día, Don Silvio I presume a su nueva novia de 28 años, comparece en las pantallas -sus pantallas- y, empleando las mismas argucias de siempre, demuestra que el gusto por la zafiedad que impulsó como magnate de los medios continúa triunfando en la política.

 

twitter: @jvolpi

 

[Publicado el 14/1/2013 a las 21:41]

[Etiquetas: Berlusconi]

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Enemigos íntimos

El 1º de diciembre del 2012, el PRI regresó a Los Pinos después de dos sexenios en la oposición; tres semanas después, el 21 de diciembre -el azaroso día en que los mayas anticiparon un cambio de ciclo y los publicistas del desastre lucraron una vez más con la idea del fin del mundo-, el EZLN reapareció marchando en cinco municipios de Chiapas y el subcomandante Marcos emitió otro de sus enigmáticos comunicados: "Es el sonido de su mundo derrumbándose/ es el del nuestro resurgiendo/ el día que fue el día, era noche/ Y noche será el día que será el día". Como si el nuevo gobernador de Chiapas -postulado por el Partido Verde y el PRI- hubiese decidido imitar la retórica zapatista, no tardó en responder en el mismo tono (con total indiferencia a la sintaxis): "El Gobierno del Estado de Chiapas saluda las movilizaciones, el silencio y la palabra última del EZLN. Son todos estos hechos una oportunidad para la paz y la justicia. El gobierno estatal reitera su voluntad y subraya la necesidad imprescindible de corresponder."

Diecinueve años atrás, el 1º de enero de 1994, el EZLN se levantó en armas contra el gobierno de Carlos Salinas de Gortari. Aquella fue, sin duda, una tragedia heroica: al darle "voz a los sin voz", a esos indígenas que habían sido dejados de lado por la modernización neoliberal priista, Marcos fue capaz de trastocar el discurso de las guerrillas latinoamericanas, de inspirar a todos los movimientos de resistencia civil que le han seguido -de los globalifóbicos a Occupy Wall Street o el 15-M- y de preparar el camino para la anhelada transición a la democracia del 2000.

Observar de nuevo frente a frente al EZLN y al PRI, esos dos viejos enemigos, puede suscitar una irracional sensación de déjà vu, como si los doce años de gobiernos panistas hubiesen sido apenas un paréntesis o una anomalía -un error de cálculo priistas y zapatistas por igual- que, una vez superado, les permiten volver al punto en que abandonaron su confrontación. Por más seductor o abismal que nos resulte, este regreso en el tiempo es engañoso: el PRI del 2013 no es idéntico al PRI de 1994 (de hecho, ahora la hermana del sup es sub de Gobernación), del mismo modo que este Marcos no es el mismo que el de entonces. Y, por supuesto, el México de nuestros días es muy distinto de aquella ominosa época.

Como advirtió Marcos en un comunicado más explícito a principios de año, lo cierto es que ni los priistas ni los zapatistas se desvanecieron en el aire durante el interregno de la derecha: tras su forzada salida de Los Pinos, los primeros conservaron enormes cuotas de poder, mientras que, más allá de su aparente invisibilidad, los segundos mantuvieron sus posiciones y, por lo visto el 21 de diciembre, también buena parte de su apoyo en sus comunidades de base. Lo que ocurrió más bien es que, tras el insólito triunfo de Fox en el 2000, ni unos ni otros supieron acomodarse a los desafíos de la nueva realidad democrática. Durante los últimos 12 años, el PRI desaprovechó la oportunidad de reformarse, de encarar sus errores pasados y de apostar por un auténtico consenso democrático, mientras que, luego de marchar hasta el Zócalo en 2001, el EZLN pareció perder su rumbo debido a los constantes tropiezos de su líder, en especial tras su apoyo a ETA.

Apartado del poder central, el PRI concentró su poder en los estados, que continuó gobernando con las mismas artimañas y la misma impunidad de siempre; el EZLN, entretanto, radicalizó sus posturas y se enfrentó drásticamente a la izquierda institucional, incapaz de amoldarse a los desafíos que planteaba una sociedad que se había tornado más abierta y más dinámica, en buena medida gracias a su influjo. Paradójicamente, a la postre no fue sino la pésima gestión del PAN -el desbarajuste foxista sumado a la guerra contra el narco de Calderón- lo que permitió la resurrección de los antiguos rivales.

Difícil saber qué resulta más incómodo: la sensación de que Marcos sólo logra articular un discurso coherente al enfrentarse -o más bien provocar- a los priistas, o la de observar a los medios súbitamente enfebrecidos por sus comunicados cuando durante los últimos 12 años nadie se preocupó por ellos. Como sea, esta primera (o enésima) escaramuza entre el EZLN y el PRI no deja de tener elementos alentadores: el revival del subcomandante ha roto la aclamación unánime que ha recibido el nuevo gobierno -una ayuda de memoria siempre necesaria- y ha devuelto a la mesa la agenda indígena después de todos estos años de (reiterado) olvido.

Lejos ya de su vena revolucionaria, al EZLN se le ofrece (otra vez) la oportunidad de contribuir al debate democrático justo cuando los partidos de oposición parecen más extraviados que nunca, mientras que, jalonado por la exitosa vena pragmática de sus primeros días de gobierno, al PRI se le ofrece (otra vez) la ocasión de borrar su vena autoritaria asegurando, ahora sí, las condiciones de equidad y justicia que merecen los indígenas.

 

twitter: @jvolpi

[Publicado el 06/1/2013 a las 17:45]

[Etiquetas: EZLN; Marcos]

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Doce

1. Apenas se inicia el año cuando advertimos la ballena blanca a la deriva: el Costa Concordia se escora y luego se hunde frente a los azorados ojos de la isla de Giglio. Un naufragio que se vuelve, más que un presagio de los sobresaltos de los meses siguientes, un irónico resumen de la crisis que padecemos desde 2008: como escribió Juan José Millás, igual que los políticos y responsables de las empresas que nos condujeron a la debacle, aquí el capitán también es el primero en abandonar el barco.

 

2. Confiada, casi sarcástica, Cristina Fernández de Kirchner -con su eterno luto- anuncia la nacionalización de la petrolera española YPF. Más allá de sus razones ocultas, la humillación de la Madre Patria por una nación latinoamericana muestra la nueva relación de fuerzas entre las dos orillas: devastada por la crisis -y la gestión de sus políticos-, España languidece, mientras América Latina demuestra una inédita solidez que no oculta la corrupción que aún campea en sus sociedades.

            3. Llueve a cántaros mientras François Hollande, impertérrito en su gabardina negra, deja que las gotas escurran por sus anteojos, distanciándose lo más posible de las pataletas de su predecesor. Es el primer socialista en triunfar en un gran país europeo tras la crisis del 2008 y el único que podría confrontar la austeridad impuesta por Alemania. Llueve sin tregua y, como su nuevo presidente, Francia no se da cuenta de que el agua le llega al cuello.

            4. Cuando los gendarmes detienen a Paolo Gabriele, el mayordomo del papa, por filtrar documentos secretos de su jefe, ya no quedan dudas de que Benedicto XVI se ha vuelto una figura irrelevante en las intrigas vaticanas. Despojado de la vena pop de su predecesor, el pontífice alemán no hace más que lanzar anatemas e invectivas a diestra y siniestra. Pero, como demuestran los millones de seguidores que ha alcanzado en tuiter, nadie parece temer su ira cibernética.

            5. Dos elecciones en un solo año, dos. La primera en mayo, la segunda en junio. Chantajeados por la Unión Europea, al final los griegos vuelven a concederle el triunfo a Nueva Democracia: el mismo partido de derecha que los condujo a la catástrofe. En toda Europa los incendiarios son llamados a apagar el fuego.

            6. En la sede central del CERN, en Ginebra, su director confirma que los resultados de los dos equipos de trabajo coinciden con un ínfimo margen de error: el Gran Colisionador de Hadrones, el instrumento científico más ambicioso y caro de la historia, ha revelado la existencia de una partícula consistente con el bosón de Higgs. Una nueva confirmación de los postulados del Modelo Estándar: la imagen más precisa del universo jamás creada por los humanos.

            7.  Antes de imponerle la banda presidencial a su sucesor, Felipe Calderón deposita un insólito beso sobre la tela tricolor. ¿Nostalgia, devoción? ¿Una muestra de humildad o de la tozudez que provocó 65 mil muertes? Mientras la capital sufre una inédita ola de vandalismo y represión policial, Peña Nieto sonríe. Entre ese beso y esa sonrisa, México necesita una cura de emergencia.

            8. Sucesivamente calvo y abotagado, Hugo Chávez se empeña en demostrar que sigue con vida. Tras vencer a Henrique Capriles, el candidato opositor que reconoció su derrota con gallardía, el comandante ya no guarda fuerzas y designa a un sucesor. Tan venerado como vituperado, Chávez convirtió a Venezuela en el último experimento socialista de nuestro tiempo, un modelo autoritario que, pese a sus últimos esfuerzos, parece destinado a sucumbir con él.

            9. En Ramala ondean cientos de banderas tricolores al constatar que Mahmud Abbás ha conseguido, con una aplastante mayoría, que Naciones Unidas admita a la Autoridad Palestina como estado observador. Un triunfo simbólico que irrita por igual a los israelíes y a los milicianos de Hamás. Nada alienta, sin embargo, el fin de los cohetes lanzados desde Gaza o de las colonias en los Territorios Ocupados.

            10. La revista Newsweek, una de las más influyentes del orbe, anuncia el fin de su edición impresa. Una nueva prueba de la revolución que sacude a los medios impresos y al mundo del libro.

11. Sorprende la aparente serenidad de este cambio en el poder: Hu Jintao desaparece de escena y entra Xi Jinping. Ni su tesis doctoral en teoría marxista ni su responsabilidad en los Juegos Olímpicos revelan nada sobre el segundo hombre más poderoso del mundo.

12. El auténtico Obama no es el que gana las elecciones casi de milagro, sino el que, mientras llora a las víctimas de Newport, promete regular el tráfico de armas. Por desgracia, el Obama capaz de estos desplantes de emoción retórica casi nunca logra transformar en hechos sus palabras. Igual que con las armas, en su segundo mandato deberá sepultar su temple conciliador y lanzar una reforma migratoria: la recompensa que merecen los hispanos que, pese a la ola de expulsiones decretadas por su gobierno, tanto contribuyeron a su victoria.

 

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[Publicado el 30/12/2012 a las 16:55]

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¿Adiós a las armas?

En su vibrante discurso posterior a la masacre de Newtown, el presidente Barack Obama sentenció: "Estas tragedias deben terminar. Y, para que terminen, debemos cambiar". Y añadió: "En las próximas semanas usaré todos los poderes que le han sido conferidos a esta oficina para comprometer a mis conciudadanos, a los responsables de aplicar la ley, a los expertos en salud mental, a los padres y a los educadores, en un esfuerzo dirigido a prevenir tragedias como ésta, pues, ¿qué otra opción nos queda? No podemos aceptar que estos sucesos se conviertan en rutina".

 

            Por desgracia, en Estados Unidos "estos sucesos" se han transformado justo en eso: una dolorosa rutina que se repite a un ritmo que no tiene comparación en ningún otro país. Desde 1982 han ocurrido 62 casos semejantes, en los que uno o dos tiradores han asesinado a decenas de personas en universidades, escuelas y otros lugares públicos. Según el sitio liberal Mother Jones, de las 142 armas usadas por los asesinos, más de tres cuartas partes fueron obtenidas legalmente, incluyendo 68 armas semiautomáticas y 35 rifles de asalto. Tras cada masacre, sin falta los políticos demócratas en turno han llamado a reforzar el control de armas y sin falta se han visto desafiados por sus colegas republicanos, por el lobby de la National Rifle Association (NRA) -el más influyente de Washington-, y por una cultura que considera que la posesión de armas es un derecho inajenable como la libertad de expresión.

            Los abogados de esta idea se basan en la segunda enmienda a la Constitución de Estados Unidos, que establece: "Siendo necesaria una milicia bien ordenada para la seguridad de un Estado libre, el derecho del pueblo a poseer y portar armas no será infringido". Su redacción deriva de la Declaración de Derechos británica de 1689, en la que el Parlamento desechó el decreto del rey católico Jaime II de desarmar a sus súbditos protestantes, si bien durante dos siglos esta provisión fue entendida como un derecho colectivo aplicable sólo a esa "milicia" que a la larga fue sustituida por el ejército federal. No fue sino hasta 2008 que esta interpretación sufrió un drástico giro cuando, en el caso District of Columbia vs. Heller, los cinco jueces ultraconservadores de la Suprema Corte eliminaron las restricciones a la portación de armas en D.C. al considerar que violaban un derecho individual.

Pero incluso antes de este fallo, la NRA -creada en 1871 por un grupo de cazadores- ya había tomado como bandera este supuesto, oponiéndose a cualquier restricción a las armas de fuego, incluyendo el derecho a portarlas cerca de escuelas o centros comerciales y a almacenarlas en los coches. Su negativa protege un lucrativo negocio -según Jill Lapore, en un artículo publicado en el New Yorker en 2010, en Estados Unidos hay unos 300 millones de armas en manos privadas- pero también posee un componente ideológico que se asocia con la tradicional desconfianza hacia el Estado de un alto porcentaje de la población: a nadie sorprenderá que la mayor parte de quienes poseen armas voten por los republicanos.

La decisión del presidente Obama de usar todo el poder conferido a su oficina para acabar con esta situación se encontrará con múltiples obstáculos. En primer lugar, el poder de la NRA que, tras el veredicto de los mismos jueces ultraconservadores de la Suprema Corte en el infame caso Citizens United vs. Federal Elections Comission (2010), continuará invirtiendo millones de dólares para atacar a los candidatos que se oponen a sus políticas. Y, en segundo, los congresistas republicanos que ostentan la mayoría en el Congreso y que, ya sea para defender los intereses de constructores y comerciantes, o por motivos ideológicos, se opondrán a cualquier control estricto. Cuando aún no concluye el duelo por las víctimas, los más prudentes ya se han apresurado a advertir que "no hay que aprovecharse de la tragedia", mientras los más duros -y sinceros- no han dudado en afirmar que la única forma de evitar que se repitan las masacres en las escuelas consiste en permitir que maestros y directores lleven sus propias armas.

  Casi ausente de la discusión sobre la libre venta de armas en Estados Unidos ha sido su impacto en la violencia mexicana: las 65 mil muertes de este lado de la frontera, en buena medida producidas por armas adquiridas de aquel lado, resultan ajenas y anónimas frente a los niños de Newtown. Pero el argumento de la NRA y los republicanos vuelve a ser el mismo: la Constitución les concede un derecho superior a cualquier consideración hacia sus vecinos. En el mejor de los casos, Obama conseguirá reintroducir la prohibición de armas de asalto (suspendida desde 1994) y alguna cosa más, pero en cuanto el impacto de la tragedia de la Escuela Sandy Hook empiece a disolverse lo más probable es que sus enemigos detengan cualquier medida radical. Y, en unos meses, se repetirá la rutina y un nuevo asesino volverá a disparar contra otros inocentes.

           

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[Publicado el 25/12/2012 a las 18:11]

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Iatrogenia y antifragilidad

En su nuevo libro, Antifragilidad (2012), Nassim Nicholas Taleb, el exitoso experto en opciones financieras de origen libanés que se convirtió en uno de los pensadores más influyentes de nuestros días gracias a El cisne negro (2007), arremete contra las ideas que guían nuestra toma de decisiones -económicas, políticas, empresariales, educativas, personales-, inspiradas, en su opinión, por esa patraña a la que llamamos modernidad. Según Taleb, llevamos demasiado tiempo sometidos a una lógica lineal, aristotélica, obsesionados con las causas y efectos medibles, lo cual nos ha vuelto ciegos a la complejidad.

 

            Taleb divide al mundo en tres categorías: lo frágil, es decir, lo que tiende a destruirse al ser sacudido por el medio; lo robusto, que se conserva siempre idéntico; y lo "antifrágil", que no sólo resiste los golpes, sino que mejora con ellos. En esencia, Taleb nos invita a aceptar el azar, a evitar todas las teorías que ofrecen marcos cerrados sobre el mundo -de allí su odio a la academia-, a basar nuestras decisiones en la antigua práctica de prueba y error, y a aprovechar al máximo las opciones (en el sentido matemático del término) que se nos presentan en la vida diaria.

Los individuos y las sociedades son sistemas complejos que jamás deberían ser tratados de manera simplista. Es por ello que, en opinión de Taleb, los médicos tienden a provocar más daño que beneficio en sus pacientes, pues desestiman la capacidad del organismo para responder de manera flexible a sus atacantes (virus, parásitos, etc.). Sin embargo, la iatrogenia, es decir, la violación del principio hipocrático de "primero no dañar", persiste en todos los ámbitos. Nada peor, en su opinión, que un estado que busca regular la economía -como la URSS- o un político que pretende arreglar un problema social con un solo golpe de timón. El ejemplo paradigmático es la "guerra contra el terror" y su meta de acabar con el terrorismo eliminando a sus cabecillas. Según Taleb, Bush no hizo sino incrementar la violencia, acendrar el odio hacia Estados Unidos y aumentar el peligro de nuevos atentados, lo contrario de lo que quería.

No resulta difícil trasladar este juicio a la "guerra contra el narco". Ignorando la complejidad de la sociedad mexicana, el ex presidente Calderón decidió pelear sin orden ni concierto contra los cárteles y detener o ajusticiar a sus capos, pulverizando el precario equilibrio del sistema. Según este parámetro, su acción -y no otra cosa- es la causa de las miles de muertes que ensangrentaron su sexenio. La prueba lógica es clara: descontando el incremento natural de los homicidios no ligados al narco, sin Calderón no existirían unos 45 mil muertos; el argumento de que, si no hubiese intervenido, la situación podría haber sido peor es una torpe falacia.

¿Había otras formas de confrontar al crimen organizado? Por supuesto: con estrategias antifrágiles que, en vez de perturbar el sistema sin prever sus consecuencias, aprovechasen la fragilidad de los cárteles mediante el rastreo de sus capitales (para frenar el lavado de dinero), el blindaje de las aduanas (para disminuir el tránsito de la droga) y el aprovechamiento de sus propios desequilibrios internos (para disminuir su peligrosidad). El gigantesco fracaso de Calderón al menos debería servir para que la administración de Peña Nieto descarte por completo la continuidad de esta política.

Taleb piensa que la intervención del estado en la vida pública sólo se impone por dos razones: para proteger a los más débiles y para controlar a los grupos de interés. En esta medida, la actuación de Peña Nieto durante sus primeros días de gobierno ha sido correcta al anunciar el fin del duopolio televisivo y tratar de limitar el poder del Sindicato de Trabajadores de la Educación y en especial de Elba Esther Gordillo. Si bien su reforma educativa parece originarse en la misma búsqueda de una rápida legitimización ex post facto que perseguía su predecesor, Peña Nieto ha optado por una intervención correctiva que se antojaba imprescindible.

No queda sino aplaudir la energía con que el nuevo presidente ha entendido su papel, pero tampoco hay que creer que humillar a la Maestra bastará para arreglar el problema educativo del país. Taleb es el primero es recalcar que, tal como las entendemos hoy, las escuelas sólo sirven para distribuir conocimientos que resultan del todo inútiles para la vida práctica y constriñen la creatividad individual. La reforma educativa no ha de detenerse, pues, en la expulsión de un elemento nocivo, sino que debería servir para modificar radicalmente no ya los planes de estudio, discutidos sin fin por los especialistas, sino sus metas. En este sentido, los maestros no deberían ser evaluados por sus conocimientos, sino por su capacidad de confrontar a sus alumnos con asuntos prácticos donde sean capaces de desarrollar esa táctica de prueba y error que a la larga podría convertirlos, según Taleb, en sujetos antifrágiles, en ciudadanos exitosos.  

 

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[Publicado el 16/12/2012 a las 16:19]

[Etiquetas: Sistemas complejos; Taleb; Calderón; Peña]

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Amanecer en Marte

La ilusión es que el 1º de diciembre despertamos en Marte: un lugar que, para bien y para mal, no se parece al México de los últimos doce años. En el pasado reciente creíamos, con una mezcla de asombro y resignación, que nuestro país se creaba y destruía cada seis años, conforme a una suerte de tiempo cíclico prehispánico que en realidad obedecía a las manías y obsesiones del presidente en turno. En la lógica del antiguo régimen, esta renovación sangrienta era la condición necesaria para un exitoso traspaso del mando. Los doce años de gobiernos panistas nos arrebataron ese ritual de iniciación que hoy se ha vuelto más ostensible que nunca.

 

            Si, conscientes de su decisión o manipulados por los medios, una amplia mayoría de ciudadanos eligió a Enrique Peña Nieto como presidente, fue justo para clausurar del todo una era de buenas intenciones, errores garrafales y esperanzas traicionadas, y retornar a una de resultados concretos, demostraciones de fuerza y unanimidad a toda costa, y al menos durante esta primera semana el PRI no los ha decepcionado. A diferencia de Fox, cuya inexperiencia se enmascaraba bajo la fiebre democrática, o de Calderón, que siempre gobernó a la defensiva, como escondido en un búnker, Peña Nieto no dudó un segundo en establecer los nuevos -que son viejos- modos de ejercicio del poder, tanto en términos simbólicos como reales, muy reales.

            Primer cambio: la operación política. Tras doce años marcados por la incapacidad de los panistas para obtener un solo acuerdo de calado, en menos de 48 horas los priistas habían logrado sentar las bases de un compromiso nacional suscrito por las tres principales fuerzas políticas -o, en el caso del PRD, al menos por la corriente que domina su burocracia-, anunciado con bombo y platillo por un sonriente Peña Nieto. Más allá de que falte revisar la financiación y ejecución del acuerdo, lo increíble es que el PRI haya negociado en unas semanas lo que PAN no consiguió en doce años.

            En segundo lugar, el discurso. Secuestrados por su propia retórica -la del cambio, en Fox, y la de la guerra, en Calderón-, los panistas jamás dominaron el sutil arte de la manipulación política, esa habilidad para decir una cosa y ocultar otra, enviar mensaje cifrados y apostrofar a distintos actores en un solo párrafo. Católicos recalcitrantes, Fox y Calderón fueron siempre literales: para ellos el cambio era el cambio, aunque no lo pusieran en marcha, y la guerra la guerra, con sus sesenta mil muertos, sin ambages ni adjetivos. En su primer mensaje a la nación (poco importa quién lo haya escrito), Peña recuperó ese olvidado talento para dirigir señales múltiples, amenazar y contentar a aliados y enemigos, y seducir a la opinión pública, todo hilado con una nueva palabra clave, eficacia, que puede significar cualquier cosa.

            Sorprendiendo sólo a quienes habían olvidado el temple priista, Peña dijo lo que tenía que decir: puso en la mira a los "poderes fácticos" con los que se alió durante su campaña -las televisoras, Elba Esther Gordillo, etc.-, ganándose el aplauso colectivo, y apuntaló la idea de que la eficacia depende de una mayor concentración de poder. Aunque su partido quedó lejos de la mayoría absoluta en las cámaras, su visión parece mantener ese anhelo de unanimidad. Una unanimidad que en estos días le han concedido, peligrosamente, todos los medios mainstream.

            La última sorpresa de este nuevo México es la violencia urbana y la represión policíaca. Durante los últimos seis años, la guerra contra el narco nos acostumbró a los tiroteos y descabezados en cualquier parte del país, menos en la ciudad de México. Ni siquiera en 2006, cuando los ánimos estaban más caldeados, el descontento derivó en vandalismo. Desde antes del 1º de diciembre, la ciudad había sido amurallada, como si alguien previese lo que al final ocurrió. La sensación, sin embargo, es la contraria: que la policía del DF y la PFP no supieron resistir adecuadamente a los provocadores ni respetar el derecho a protestar.

Los videos de numerosos testigos -quedó atrás la represión invisible- no dejan lugar a dudas: manifestantes pacíficos son detenidos mientras sujetos armados con cadenas y herramientas (según las versiones oficiales, encargados de montar las vallas) pasean libremente por las zonas restringidas. La unanimidad sólo es posible en Marte, donde no hay vida. Si el gobierno de Peña quiere seguir disfrutando del aplauso por decir lo que debe decir, ahora tendría que escapar de su guión y hacer público un informe pormenorizado en el que -al lado de Mancera- aclare qué pasó exactamente el 1º de julio: quiénes y cómo fueron detenidos, qué pruebas hay en su contra, quiénes eran esos trabajadores con cadenas y quién y cómo diseñó el dispositivo de seguridad, así como asegurarse de que los inocentes abandonen la cárcel y los responsables de actos autoritarios sean castigados. Sólo así podríamos creer que México en verdad despertó convertido en un país distinto.

 

twitter: @jvolpi

 

 

[Publicado el 09/12/2012 a las 17:39]

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Biografía

(México, 1968). Es autor de las novelas La paz de los sepulcros, El temperamento melancólico y En busca de Klingsor (premios Biblioteca Breve y Deux Océans-Grinzane Cavour). Con ella inició una "Trilogía del siglo XX", cuya segunda parte es El fin de la locura y la tercera No será la Tierra. También ha escrito las novelas cortas reunidas en el volumen Días de ira, así como Sanar tu piel amarga, El jardín devastado y Oscuro bosque oscuro. Es autor de los ensayos La imaginación y el poder, La guerra y las palabras, Mentiras contagiosas (Premio Mazatán al mejor libro del año 2008), El insomnio de Bolívar (Premio Debate-Casa de América 2009) y Leer la mente. En 2009 obtuvo el Premio José Donoso de Chile por el conjunto de su obra. Ha sido profesor en las universidades de Emory, Cornell, Las Américas de  Puebla, Pau, Católica de Chile, Nacional Autónoma de México y Princeton. Ha sido becario de la Fundación Guggenheim y miembro del Sistema Nacional de Creadores de México. Ha sido condecorado como Caballero de la Orden de Artes y Letras de Francia y con la Orden de Isabel la Católica de España. Fue director de Canal 22 entre 2007 y 2011. Es colaborador de los periódicos Reforma y El País. Sus libros han sido traducidos a veinticinco idiomas. En 2012 recibió el premio Planeta-Casa de América por su novela La tejedora de sombras. En 2014, publica su novela Memorial del engaño en América Latina y España y, para el año 2015, estará publicada en Brasil, Portugal, Italia y Francia. Actualmente es director general del Festival Internacional Cervantino. 
 

Bibliografía

Memorial del engaño (2014). Ediciones Alfaguara, España

Leer la mente (2011). Ediciones Alfaguara, España

No será la tierra (2006). Ediciones Alfaguara, España

Dos novelistas poco edificantes (2004). Volpi, Jorge; Urroz, Eloy. Algaida Editores, España

Geometric intimacies. Sebastián Sculptor (2004). Ediciones Turner, España

Geometría emocional. Sebastián escultor (2004). Ediciones Turner, España

La guerra y las palabras (2004). Editorial Seix Barral, España

El fin de la locura (2003). Editorial Seix Barral, España

Desafíos de la ficción (2002). Volpi, Jorge, [et. al.] Universidad de Alicante. Servicio de Publicaciones, España

En busca de Klingsor (2000). Círculo de Lectores, España

El juego del apocalipsis: un viaje a Patmos (2000). Nuevas Ediciones de Bolsillo. España

Tres bosquejos del mal (2000). Urroz, Eloy; Padilla, Ignacio; Volpi, Jorge. El Aleph Editores, España

 

 

 

 

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