PRISA utiliza cookies propias y de terceros para mejorar tu experiencia de navegación y realizar tareas de analítica. Al continuar con tu navegación entendemos que aceptas nuestra política de cookies.

Cerrar

El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

viernes, 18 de octubre de 2019

 Blog de Jorge Volpi

De elecciones a elecciones

La jornada electoral se inicia con el ominoso presagio de las últimas encuestas, que pronostican un cerrado empate técnico. El nerviosismo invade a los candidatos -y a sus fervientes seguidores- conforme las votaciones se acercan a su conclusión. A las pocas horas de cerradas las casillas resulta evidente que el margen entre los dos punteros es muy pequeño: lo peor que puede ocurrirle a una sociedad devorada desde el inicio del proceso por una creciente crispación. Una y otra vez, el candidato opositor ha denunciado la inequidad de la contienda, la grosera intervención del aparato del Estado a favor de su rival y los infinitos recursos que han beneficiado su proyecto.

            Tras largas horas de expectación, por fin el órgano electoral -igualmente cuestionado por su servilismo con el régimen- anuncia la "tendencia irreversible" que señala la victoria del candidato oficial. Convencido de que se ha operado un siniestro fraude, el líder opositor se niega a reconocer los resultados y convoca una serie de protestas que se tornan cada vez más airadas y ruidosas. El virtual triunfador acusa a su oponente de incitar a la confrontación social y de despreciar el estado de derecho. Éste, por su parte, anuncia el redoblamiento de las manifestaciones para exigir la apertura de todos los paquetes electorales ("voto por voto,").

            Hasta aquí, ¿hablamos de la Venezuela del 2013 o del México del 2006? ¿El candidato oficial es Nicolás Maduro o Felipe Calderón? ¿Y el opositor que se niega a reconocerlo es Henrique Capriles o Andrés Manuel López Obrador? A primera vista los relatos apenas se distinguen, de no ser porque la diferencia entre los políticos mexicanos fue de 0.58% frente al 1.77% de los venezolanos: un margen en cualquier caso demasiado estrecho como para que no se generasen dudas sobre el proceso.

            Lo más llamativo de estas elecciones ha sido constatar la reacción de buena parte de nuestros analistas y políticos en uno y otro caso. Mientras aquellos que se consideran liberales, demócratas o simplemente de derechas no vacilaron en condenar la actitud de López Obrador, acusándolo de ser un populista mesiánico incapaz de respetar las instituciones y el marco legal, en cambio no han dudado en secundar la posición de Capriles, convertido a sus ojos en un héroe de la libertad y en un hombre responsable que ya no podía tolerar la desfachatez de su enemigo. De otro lado del espectro, quienes se presentan como antiimperialistas, globalifóbicos o simplemente de izquierdas, no dudaron en tachar a Calderón de espurio y secundaron las acciones de resistencia civil del PRD y sus aliados, mientras Capriles les parece una figura despreciable al servicio de Estados Unidos y los grandes capitales.

            En pocas ocasiones ha quedado más patente la incoherencia demostrada por los dos bandos, incapaces de percibir que su sesgo ideológico les impide reconocer los innegables paralelismos entre ambas situaciones. Ello no quiere decir, por supuesto, que no se impongan algunos matices necesarios. Aunque en los dos lugares el Estado actuó de manera obvia -e ilegal- a favor de candidato oficialista, los años de gobierno de Hugo Chávez erosionaron de manera mucho más profunda la democracia venezolana que el régimen de Vicente Fox, nacido justo como una alternativa al autoritarismo previo. Pero en cualquier caso el primer presidente del PAN no dudó en usar toda su influencia para acabar con López Obrador, a quien consideraba una especie de enemigo personal, mientras que el influjo de Chávez se llevó a cabo desde ese mundo ultraterreno en que le susurraba consejos a Maduro. Hoy, Maduro no ha dudado en amenazar a Capriles con acciones legales en su contra, mientras que ayer Fox quiso torcer la ley para apartar a López Obrador de la contienda mediante un polémico intento de desafuero.

Éste, por su parte, tuvo el descaro de aparecer en todas las televisiones mientras aún no cerraban las casillas, pero del otro lado no hay que olvidar la campaña pagada por distintos empresarios que, con el fin de desprestigiarlo, buscaban asociar a López Obrador ni más ni menos que con Chávez. Otra diferencia en otro escenario paralelo: en las elecciones anteriores, Capriles se apresuró a reconocer el triunfo del Comandante pese a la inequidad de la contienda, consciente de que la distancia que lo separaba de éste era demasiado grande. En una situación similar, en las elecciones de 2012, López Obrador en cambio se negó a reconocer la victoria de Enrique Peña Nieto pese a los millones de votos obtenidos por éste.

            Como fuere, más que para determinar el papel histórico de estos personajes, las similitudes y diferencias entre las experiencias mexicanas y venezolanas deberían servirnos como un llamado de atención a quienes solemos juzgar a los demás, amparados en la inquebrantable fe en nuestras convicciones, sin darnos cuenta de la verdadera dimensión de nuestros prejuicios.

 

Twitter: @jvolpi

 

[Publicado el 21/4/2013 a las 14:04]

[Etiquetas: Chávez; Capriles; López Obrador; Calderón; Venezuela; México]

[Enlace permanente] [8 comentarios]

Compartir:

La baronesa y el actor

A Carlos Fuentes le encantaba contar esta anécdota: en la cena de gala posterior a la ceremonia en la cual se convirtió en presidente de Francia, a François Mitterrand, siempre orgulloso de sus devaneos literarios, se le ocurrió sentar lado al lado a Margaret Tatcher y Gabriel García Márquez. Con su peinado de escultura futurista, la primera ministra se acodó hacia su compañero de mesa y le preguntó con una cortesía tan fría como ensayada: "Disculpe, ¿y usted a qué se dedica?" A lo que el Premio Nobel respondió con su campechanería habitual: "Yo escribo. ¿Y usted?"

            Más allá del chascarrillo, la respuesta de la primera ministra bien podría haber sido: "A luchar contra el comunismo y a liberar a los mercados". Una actividad como cualquier otra, de no ser porque su tesón ideológico, sumado a su complicidad con Ronald Reagan -sumada a la del papa Juan Pablo II-, terminaría por sellar de manera indeleble el rumbo del planeta desde entonces. Durante más de una década estos paladines del conservadurismo, provenientes de entornos antitéticos -la baja burguesía británica, los entretelones de Hollywood-, sumaron sus energías en una batalla común: acabar con el Imperio Soviético y reducir el Estado a su mínima expresión.

            No hay más remedio que reconocer su triunfo en ambos casos. Si bien el desmembramiento de la URSS respondió más a una descomposición interna, acelerada por el reformismo de Mijaíl Gorbachov, resulta innegable que la alianza de la futura baronesa y el actor jubilado contribuyó a crear condiciones propicias para su debacle. Por otra parte, aún arrastramos las consecuencias de su vocación neoliberal. Inspirados en las ideas de Friedrich Hayek y Milton Friedman (bajo la consigna de que "el Estado no es la solución, es el problema"), Tatcher y Reagan no dudaron en emprender una auténtica cruzada, dentro y fuera de sus fronteras, para minar la legitimidad de cualquier intervención estatal en la economía. Si bien es cierto que durante los años setenta los gobiernos se habían convertido en entidades obesas y atrofiadas, ellos no sólo buscaron adelgazarlos, sino entregarle todo su poder a la iniciativa privada y en particular a los grandes conglomerados.

            A fuerza de privatizaciones y desregulación, en unos años Margareth Tatcher entregó a distintas empresas privadas el control de numerosos servicios públicos, al tiempo que desmantelaba el eficaz sistema sanitario británico, a la par que Reagan reducía aún más el de por sí ajustado presupuesto social de Estados Unidos, aumentaba exponencialmente el gasto militar y ponía en marcha el faraónico escudo antimisiles que en su opinión terminaría por conducir a la economía soviética a la ruina. Tras probar la estrategia en sus países -aplicando numerosas excepciones a su ortodoxia, como ha señalado Joseph Stiglitz-, Tatcher y Reagan no dudaron en imponer medidas aún más draconianas a las naciones periféricas, obligándolas a aceptar esos planes de choque cuya lógica Naomi Klein ha asociado con la de los golpes militares.

            Las consecuencias de su dogmatismo -y de sus relaciones con el gran capital- no tardaron en observarse: una drástica merma en la calidad de los servicios públicos, que en muchos casos tuvieron que regresar a manos del Estado ante la incapacidad de los particulares de volverlos rentables; el enriquecimiento súbito de unos cuantos hombres de negocios  -los "auténticos hombres libres" de Ayn Rand, otra gurú de la época- y el ensanchamiento nunca visto de los índices de desigualdad en todos los lugares en los que se aplicaron sus recetas.

            La insólita caída del Muro de Berlín en 1989 -acontecida ya durante la presidencia del primer George Bush- y la implosión de la Unión Soviética poco después, parecieron confirmar todos los presagios de estos dos líderes, elevados a figuras tutelares del capitalismo salvaje puesto en marcha a partir de los noventa. Aunque Tatcher pronto sería apartada del poder por los mismos líderes conservadores que antes la entronizaron, y el demócrata Clinton impediría la reelección de Bush, la influencia de la baronesa y el actor se mantendría a lo largo de los siguientes lustros, y en buena medida la vertiginosa desregulación financiera que propició la crisis de 2008 puede ser achacada a los principios que tanto defendieron.

            El reciente fallecimiento de la Dama de Hierro, sumada a la desaparición de Reagan y Wojtila, cierra de una vez por todas una era marcada a fuego por sus batallas ideológicas y sus odios ancestrales. En sus obituarios oficiales u oficiosos, sus admiradores no han dejado de aplaudir su "compromiso con la libertad", pero por desgracia la libertad que ellos persiguieron con denuedo, en la mayor parte de los casos, no fue otra que esa libertad económica sin trabas que, fundamentada en la codicia y despreciando la solidaridad, nos ha conducido a una de las mayores recesiones de la historia. 

             

Twitter: @jvolpi

 

[Publicado el 14/4/2013 a las 15:35]

[Etiquetas: Tatcher; Reagan]

[Enlace permanente] [2 comentarios]

Compartir:

Historia de dos islas

"Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos; la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación." El célebre inicio de Historia de dos ciudades de Charles Dickens bien podría servir hoy para referirse a dos islas cuyas vicisitudes recientes no podrían lucir más parecidas y las medidas para enfrentarlas más opuestas.  

            Situada en los helados confines del Atlántico, Islandia no fue poblada hasta que los primeras exploraciones vikingas arribaron a sus costas en el siglo IX de nuestra era y, tras una larga unión con Dinamarca y una breve ocupación aliada durante la segunda guerra mundial, alcanzó su independencia en 1945; de suave clima mediterráneo, Chipre presume en cambio asentamientos humanos desde el décimo milenio antes de nuestra era, y sus tierras fueron sucesivamente ocupadas por griegos, asirios, egipcios, persas, franceses, otomanos y británicos hasta su independencia en 1960, aunque desde entonces su parte norte se haya bajo el control de fuerzas turcas.

Hasta hace muy poco, la primera era conocida por su alto nivel de desarrollo, sus paisajes agrestes o imponentes -en el volcán Snaesfellsjökull sitúa Jules Verne el inicio de su Viaje al centro de la tierra-, sus aguas termales y la hospitalidad de sus poco más de 300 mil habitantes; la segunda, por su alto nivel de desarrollo, la suavidad de sus playas y la riqueza de sus sitios arqueológicos -según la leyenda, en sus mares emergió Afrodita- y la hospitalidad de su más de un millón de habitantes. Paraísos quietos y serenos, más o menos apartados de los centros de poder global, que uno jamás hubiese imaginado sometidos a las violentas crisis económicas que terminaron por azotarlos.

A partir de los noventa, las dos islas se convirtieron en dos de los más apreciados centros financieros del planeta (como proclamaban los especuladores que se instalaron en sus capitales). Si bien sus economías habían prosperado gracias a una cuidadosa supervisión de sus pequeños sistemas financieros, a partir de entonces se vieron sometidas a la ola de privatizaciones y desregulación que asoló buena parte del planeta y sus bancos se vieron transmutados en gigantes de proporciones mitológicas cuyas drásticas caídas las arruinaron por completo.  

Auspiciados por políticos corruptos, ineficaces o ciegamente entregados al neoliberalismo, los banqueros locales transformaron sus negocios en emporios especulativos que manejaban miles de millones de dólares de ávidos especuladores extranjeros -ingleses y holandeses en Islandia; rusos en Chipre-, ajenos a los intereses de las islas. Inmersos en una burbuja inmobiliaria que de inmediato se volvió una burbuja de crédito, sus sistemas financieros de pronto manejaban capitales infinitamente mayores a sus productos internos brutos: los paraísos de hielo y arena habían ahora eran paraísos fiscales.

Cuando en el verano de 2008 reventó la burbuja inmobiliaria en Estados Unidos y el mundo se precipitó en la recesión que continúa hasta nuestros días, Islandia fue una de sus primeras víctimas. Sus virtuosos ciudadanos, curtidos por la aspereza del clima y su austeridad luterana, observaron con azoro como sus tres grandes bancos se precipitaban en la quiebra, arrastrando consigo toda la economía del país. Sin aprender en cabeza ajena, un lustro después Chipre se ve sumido en la misma postración.

Hasta aquí los parecidos. Porque, tras una serie de protestas sin precedentes, los ciudadanos islandeses decidieron ignorar los preceptos de la ortodoxia económica internacional, devaluaron su moneda, se negaron a pagar a los especuladores holandeses y británicos -recientemente el Tribunal de la Asociación Europea de Libre Comercio confirmó la legalidad de la medida- y prosiguieron causas criminales contra los políticos y los banqueros que los condujeron al desastre. En Chipre, en cambio, tanto la élite local como los funcionarios de la Unión Europea se las han ingeniado para operar el peor rescate posible, el cual ha contemplado la medida extrema de congelar los depósitos de los ahorradores (cuando los especuladores rusos habían emprendido ya la huida), en una suerte de "corralito" mediterráneo.  

            Islas como laboratorios. Islas como metáforas. Islandia como excepción, Chipre como regla. Lo peor es que lo ocurrido con esta última no hace sino demostrar que hay algo irremediablemente podrido en nuestra globalización económica, pues ninguna de estas catástrofes -que son ante todo catástrofes humanas- ha conducido a nuestros dirigentes a eliminar esos paraísos fiscales que cuando prosperan sólo benefician a los ricos y cuando quiebran sólo hunden a los más pobres. Al parecer nos ha tocado vivir en el peor de los tiempos, en la edad de la locura, en la época de la incredulidad, en la era de las tinieblas y en el invierno de la desesperación.   

 

Twitter: @jvolpi

 

[Publicado el 07/4/2013 a las 15:53]

[Etiquetas: Chipre; Islandia crisis]

[Enlace permanente] [1 comentario]

Compartir:

La paz de los sepulcros

la voz y, sin preocuparse por las descalificaciones de sus críticos, anuncia que se tomará atribuciones que no le corresponden para convertir a su municipio, el más rico de América Latina, en un lugar seguro, ajeno a la ola de violencia que se abate sobre la zona conurbada de Monterrey. Frente a estas palabras que apenas disimulan su tono de advertencia, el gobernador de Nuevo León, decenas de autoridades judiciales y policíacas y cientos de ciudadanos se lanzan en un vibrante aplauso, convencidos de que, para bien o para mal, el empresario Mauricio Fernández no se quedará cruzado de brazos.

 

            En la siguiente imagen podemos observar al reluciente alcalde en primer plano, con su voz profunda y su desafiante acento norteño -su apodo de joven era El Ronco-, narrando con orgullo cómo uno de los criminales que se han atrevido a atentar contra su vida, el Negro Saldaña, ha sido encontrado muerto en la ciudad de México. De no haber sido pronunciado a las 11:45 de la mañana, el anuncio no hubiese parecido sorprendente en medio del estado de guerra que sufre el país en ese octubre de 2009; lo extraño es que el cadáver del Negro, junto con el de dos de sus cómplices, sólo es hallado por la policía del DF a las 5 de la tarde. Sin ruborizarse, Fernández se jacta de predecir el futuro.

            Con estas perturbadoras secuencias se inicia El alcalde, el brillante documental de Emiliano Altuna, Carlos F. Rossini y Diego Enrique Osorno que ha iniciado su recorrido en festivales de cine de todo el mundo. En medio del sinfín de historias macabras generadas por la guerra contra el narco, hacía falta este afilado retrato de este hombre de poder que, en sus tres años al frente de San Pedro Garza García, lo transformó en una especie de isla: la única porción de la capital norteña resguardada de homicidios y secuestros, en la cual sus habitantes continúan disfrutando de una vida normal, contrapuesta al estado de sitio -con toque de queda incluido- que domina en los municipios aledaños.

            Centrándose sólo en su figura y sus palabras, con eventuales desvíos a su mansión -su alberca enmarcada por un arco gótico, el cráneo de Tricerátops que preside su estancia o el artesonado mudéjar que la cubre- y unas cuantas imágenes rescatadas de los archivos familiares -su fastuosa boda, sus cacerías de ciervos y elefantes, su pasión por las armas de fuego-, El alcalde deja que su protagonista se pinte de cuerpo completo con todas sus aristas. Carismático y dueño de una enfática oratoria -aunque en algún momento su llanto resulte obviamente chapucero-, Mauricio Fernández no duda en presentarse como un héroe, un político sui géneris dispuesto a revelar verdades incómodas -las masacres perpetradas por el ejército en el norte del país- y a actuar allí donde otros se muestras pusilánimes, arropado por un apoyo popular que no se reduce a las "grandes familias", sino a buena parte de la población del estado.

            En un país que se desangra, el alcalde de San Pedro se enorgullece de haber expulsado a sicarios y secuestradores, a la vez que admite que los propios capos del narco se han convertido en sus vecinos. En la grotesca fauna surgida en México en estos años de conflicto, Fernández es una rara avis: un multimillonario convertido en político y un político que, como los vigilantes de las películas hollywoodenses, pretende tomar la justicia por su propia mano, asegurándose de que los malvados reciban su merecido obviando las trabas e ineficiencias de nuestro sistema judicial.

            Por momentos el alcalde habla con una lucidez que enviarían varios políticos de izquierda- reconoce que las drogas ya son legales gracias a una ley que, no evita decir, fue aprobada por Felipe Calderón, y que los ciudadanos tendrían que decidir si quieren que éstas sean vendidas por los narcotraficantes o por el Estado-, mientras en otras ocasiones su discurso apenas se diferencia del esgrimido por los paramilitares colombianos y, de manera casi explícita, justifica los asesinatos extrajudiciales.

            El documental de Altuna, Rossini y Osorno no será del gusto de muchos: habrá quien piense que se trata de una apología de Fernández, cuya eficacia podría seducir a ese sector de la población que exige mano dura, mientras otros lo verán como una denuncia sin contemplaciones de un gobernante que oculta sus crímenes -tan viles como los de sus enemigos- bajo una desvergüenza populista. Allí está, sin embargo, lo más relevante de su perspectiva: en vez de valerse del maniqueísmo que Calderón quiso imponerle a su narrativa de la guerra, El alcalde exhibe esa zona de grisura moral que nos infecta desde entonces. Y, sin alaridos ni desplantes, demuestra que el éxito pacificador de Fernández en su isla de San Pedro, con su íntimo desprecio hacia la ley, es la medida de nuestro fracaso como nación.

 

twitter: @jvolpi

 

[Publicado el 31/3/2013 a las 14:59]

[Etiquetas: el alcalde; México; guerra del narco]

[Enlace permanente] [1 comentario]

Compartir:

El mártir de la red

Al descubrir a su novio visiblemente abatido, Taren se apresuró a preguntarle si le ocurría algo. Aaron respondió: "Sigo con vida". Ella trató de animarlo y le aseguró que ganaría el juicio. "Será un gran año", insistió. Él se limitó a responderle: "no me mientas" y cambió la música que sonaba en su computadora por una canción titulada "Fond Farewell". Hacía semanas que él se hallaba en ese estado, incapaz de concentrarse en los proyectos que lo habían vuelto célebre en la blogosfera. Tras la confirmación de las acusaciones en su contra -y la traición de Quinn, su ex novia y antigua compañera de batallas- la depresión que siempre lo azotó se había vuelto más consistente y pegajosa. Tras una breve pelea, Taren decidió darse un baño; al salir encontró a Aaron ya vestido, con el abrigo puesto, y pensó que se disponía a acudir a la oficina. "No pienso ir", le aclaró él. Ella le propuso quedarse a su lado o dar un paseo. "No, ve tú, yo necesito estar solo". Taren accedió a marcharse a condición de que él le prometiese comer algo y no hacerse daño. Aaron accedió. Pero cuando Taren volvió al edificio por la tarde, descubrió su cuerpo colgado frente a la ventana.

            La muerte de Aaron Swartz, a los 26 años, no sólo fue lamentada por su familia -su padre llegó a afirmar que había sido asesinado por los fiscales que lo habían perseguido- sino por millones de cibernautas y activistas que lo consideraban un símbolo de la lucha por una sociedad del conocimiento abierta. Brillante y atribulado, a los 14 años ganó el premio ArsDigita, se sumó al grupo de trabajo que desarrolló el formato RSS y trabajó para el consorcio de la World Wide Web. Más adelante se incorporó a la Universidad de Stanford, que abandonó para fundar una start-up, Infogami, la cual terminaría fundiéndose con la red social Reddit, vendida luego a Condé Nast.

            Aaron no toleró la vida corporativa y, tras una nueva crisis, prefirió consagrarse a la causa de la libertad de información. Pronto se convirtió en uno de los principales adalides contra la Ley para Frenar la Piratería en Internet (SOPA), por considerarla un instrumento represivo del estado. Swartz estaba convencido de que en nuestras endebles democracias sólo unas cuantas personas -los más ricos- toman las decisiones cruciales, aunque a la vez se mostraba desencantado frente al alud de ONG's que perdían el tiempo en minucias sin transformar las políticas que dominan en el planeta.

            Esta lucha lo llevó, sin embargo, a acciones más concretas y más drásticas. En 2006 descargó y colgó de manera gratuita el catálogo bibliográfico de la Biblioteca del Congreso: como la información era pública, no tuvo sanción alguna. En 2008 descargó millones de documentos provenientes de las cortes federales; esta vez sí fue acusado, aunque al final no se presentaron cargos en su contra. Al mismo tiempo, escribió un Manifiesto Guerrillero para el Acceso Abierto, donde exigía que los ensayos académicos fuesen compartidos con todo el mundo. Y por fin, entre 2010 y 2011, descargó millones de documentos de JSTOR, la mayor base de artículos científicos de Estados Unidos.  

            Esta vez las autoridades no lo dejaron escapar y tanto JSTOR como el Instituto Tecnológico de Massachussets -cuya red había usado- presentaron una denuncia penal en su contra. El 6 de enero de 2011, Aaron fue arrestado en la Universidad de Harvard y en julio fue acusado de fraude cibernético y otros delitos por los que podría haber recibido una pena de hasta 35 años de cárcel. Semanas después los fiscales le ofrecieron un acuerdo extrajudicial: si aceptaba declararse culpable podría pasar sólo seis meses en prisión. Sin embargo, la perspectiva de convertirse en un criminal convicto era demasiado para él, sobre todo después de que  Quinn Norton, su novia de entonces, hubiese aceptado colaborar con las autoridades.

            Así llegamos al 11 de febrero de 2013, el día en que Aaron decidió colgarse de su cinturón. Aunque el gobierno estaba al tanto de su propensión al suicidio, insistió en juzgarlo a toda costa. Entretanto, millones de activistas lo veían como un héroe -y un mártir- de su causa. El celo con el cual fue perseguido por el Departamento de Justicia, con ayuda del MIT, refleja la misma visión proteccionista de los defensores de SOPA. Como escribió el propio Aaron en su Manifiesto: "La información es poder. Pero, como todo poder, hay unos cuantos que sólo lo quieren para sí mismos." En una mínima victoria póstuma, JSTOR decidió publicar gratuitamente cuatro millones de artículos académicos (con ciertas restricciones). Una pequeña conquista cuyo ejemplo tendría que ser seguido por miles de instituciones en todo el orbe. Más allá de la defensa a ultranza de los derechos de autor, la utopía de Swartz, y de millones de jóvenes como él, consiste en imaginar un mundo donde todas las personas, pobres y ricas, puedan disfrutar en igualdad de circunstancias de las conquistas intelectuales de la humanidad. 

 

Twitter: @jvolpi

[Publicado el 24/3/2013 a las 14:08]

[Etiquetas: Aaron Swartz]

[Enlace permanente] [1 comentario]

Compartir:

La guerra de los drones

Capturado en la frontera de Irak con Siria, el sargento Nicholas Brody pasa ocho años como prisionero de Al-Qaeda, sometido a toda suerte de torturas físicas y psicológicas. Un día, Abu Nazir, el feroz comandante de los terroristas, decide rescatarlo y convertirlo en profesor de inglés de su hijo. Brody no tarda en ganarse la confianza de su alumno y entre los dos se establece una relación de cariño al margen de la guerra. Hasta que, durante un bombardeo con aviones teledirigidos, el pequeño Issa pierde la vida. Devastado, Brody se transforma en agente de Abu Nazir, decidido a que el gobierno de Estados Unidos pague por sus crímenes.

            La incursión de los drones en Homeland -paradójicamente, Barack Obama ha declarado que se trata de su serie de televisión favorita- anticipó una de muchas escenas semejantes en la vida real. A mediados de 2012, Salem Ahmed bin Alí Jabed se atrevió a lanzar un severo discurso contra Al Qaeda en una mezquita de Jashamir, en el este de Yemen. Un par de días después, accedió a reunirse con dos miembros de la banda terrorista, quienes habían insistido en hablar con él; para protegerse, el clérigo acudió acompañado por su primo, un oficial de policía. Según el New York Times, un misil teledirigido incineró a los cinco mientras discutían bajo una palmera, así como a un camello que permanecía atado cerca de ellos.

            Durante su primera campaña, Obama prometió acabar con los abusos aprobados por su predecesor tras la caída de las Torres Gemelas: los interrogatorios mejorados -incluido el waterbording-, el envío clandestinos de prisioneros a terceros países, el limbo legal de Guantánamo y la falta absoluta de derechos de los llamados "combatientes ilegales". Cinco años después, el presidente en efecto terminó con las torturas y las entregas ilegales, pero en cambio no logró cerrar Guantánamo, donde quedan más de cien internos que no han sido sometidos a juicio y, arrogándose un poder mayor que el de cualquier otro líder democrático, determinó que él mismo, sin intervención de las cortes o del Congreso, podía ordenar la ejecución extrajudicial de miles de supuestos terroristas con la opacidad propia de una dictadura.

            No es ésta la primera traición de Obama hacia sus electores -durante su mandato se han llevado a cabo más expulsiones de mexicanos ilegales que durante todos los años de Bush Jr.-, pero sí la más grave: quien fuera celebrado por haber devuelto al mundo a la vía de la legalidad y el respeto a los derechos humanos, y fuera recompensado incluso con el Premio Nobel de la Paz, se comporta ahora como un tirano. El apelativo no resulta desmedido: ninguna democracia puede tolerar que un solo hombre pueda dictaminar la vida o la muerte de una persona sin que ésta sea sometida a un proceso judicial. Los asesinatos a sangre fría de Jabar y su primo, así como de decenas de civiles y cientos de supuestos terroristas en Yemen, Pakistán y Afganistán resultan indefendibles por más que el gobierno estadounidense se escude en la supuesta "amenaza inminente" que éstos representan. Según el Bureau of Investigative Journalism, entre 2500 y 3500 personas han muerto en ataques de drones, incluyendo entre 500 y 1000 civiles y entre 170 y 200 niños.

            Al parecer los "martes de terrorismo" el presidente Obama se reúne con John O. Brennan, su principal asesor en la materia -ahora elevado al rango de director de la CIA-, y otros oficiales, quienes le presentan las pruebas sobre cada sospechoso. A continuación él decide, en solitario, quienes deben ser objeto de esos "asesinatos selectivos" copiados de la política antiterrorista israelí. Como señaló el representante Rand Paul durante las arduas sesiones de confirmación de Brennan, todo ello sin informar al Congreso o a la opinión pública, como si se tratase de un antiguo monarca. En muchos casos, los ataques de los drones -un término designa a un tipo de abejorro- ni siquiera han ido dirigidos contra los combatientes, sino contra los clérigos que llaman a la yihad, como Anwar Al-Aulaqi, el imán estadounidense ultimado en Yemen en septiembre de 2011 (días más tarde, su hijo adolescente también fue asesinado "por error").

            Tras los atropellos cometidos por George W. Bush, jamás imaginamos que el paladín de los demócratas -acusado por los sectores más reaccionarios de su país de ser un socialista- sería capaz de comportarse de manera aún más atroz: empleando esas naves que carecen de piloto finge que sus manos no se encuentran manchadas de sangre. ¿Quién hubiese podido imaginar que Obama terminaría convertido en un halcón peor que Cheney o Rumsfeld? Hoy más que nunca, la democracia estadounidense reniega de sí misma: si incluso el presidente más progresista que ha tenido el país en décadas es capaz de semejantes despliegues de fuerza y arrogancia, ¿qué esperanzas nos quedan de que la legalidad internacional al fin se recupere?

 

Twitter: @jvolpi

 

 

[Publicado el 17/3/2013 a las 16:11]

[Etiquetas: Obama; drones]

[Enlace permanente] [1 comentario]

Compartir:

Los funerales del Papá Grande

La agonía del caudillo mantiene en vilo a los fieles que todavía lo acompañan. Desde que abandonó el poder, o desde que fue obligado a abandonarlo, su heroico camino se ha precipitado en una ruina silenciosa y, si bien mantiene las esperanzas de sobrevivir, anticipa una muerte irremediable. Una muerte que significa acaso el fin de sus ideales. El fin de la revolución que encarnó como ninguno de sus contemporáneos. Triste y solo, Bolívar -o al menos el Bolívar de la más desesperanzada novela de García Márquez, El general en su laberinto- continúa su viaje por el río Magdalena hasta llegar a la hacienda de San Pedro Alejandrino, en Santa Marta, donde acabarán sus días.

            Comparada con la de su ídolo, la agonía de Hugo Chávez tal vez fuese igual de lenta y dolorosa pero sin duda resultó menos solitaria. Aunque el régimen se empeñó en ocultar los detalles de su enfermedad -y en un gesto propio de la Guerra Fría su sucesor llegó a decir que le fue inoculada por agentes del Imperio-, el mundo entero, y en especial sus millones de seguidores, siguieron paso a paso su lucha y su postrera derrota contra el cáncer. Extraña manera de llevar hasta el final su identificación con el Libertador: replicar el patetismo de sus últimas jornadas.

            Cuando los ecos de sus funerales se hayan apagado -y su cuerpo sea exhibido como un Lenin tropical- llegará la hora de juzgar su herencia. Por más que suene a cliché, su vacío no podrá ser llenado fácilmente: ni Evo Morales ni Rafael Correa, sus inseparables compañeros, ni el enfático y aún imberbe Nicolás Maduro, poseen la personalidad indómita, el carismático descaro, la fe inquebrantable o la jocosa verborrea de Chávez para asumir el liderazgo planetario que el antiguo militar logró adjudicarse. Tras el desprestigio que sufrió tras la caída del Muro y el desmembramiento de la Unión Soviética, la causa revolucionaria encontró en Chávez al único adalid capaz de insuflarle, desde el centro mismo del poder, una nueva máscara. Si no otra cosa, el venezolano supo resucitar un entusiasmo hacia la política o, mejor, hacia la posibilidad de realizar cambios drásticos en la sociedad, algo que se creía perdido en las plácidas -y muy inequitativas- democracias liberales instauradas en la región a partir de los noventa.

Cuando se inició su ascenso tras su fallido golpe de estado, muchos se apresuraron a asociar a Chávez con un pasado caudillista que ya jamás podría repetirse. Primer error de una cadena interminable: autodidacta y desprovisto de raíces en el marxismo, él no pertenecía a la misma estirpe de Fidel, por más que luego lo ungiese como su padre simbólico, ni tampoco a la de los gorilas que infestaron la zona en otras épocas. Se trataba más bien de un nuevo tipo de líder que sólo ante la falta de otro vocabulario podría llamarse "de izquierda": un político cuya ideología socialista era un coctel en el que cabía tanto una legítima preocupación por los desfavorecidos como la decisión de acotar, cuando no de destruir, el libre mercado y las reglas democráticas. Su ideario fue siempre visceral: la oposición frontal a Estados Unidos y el imposible anhelo de unificar a América Latina bajo su mando.

            Provisto con enormes dosis de pragmatismo y una personalidad volcánica decidida a simbolizar esta resucitada vía revolucionaria, Chávez no sólo desmanteló la democracia venezolana desde dentro, sustituyéndola con otra a su medida, sino que, gracias a los ingentes recursos petroleros del país, se convirtió en portavoz de una variopinta camada de izquierda que no compartía otra cosa que esa misma desconfianza primordial hacia el modelo estadounidense. Su retórica estentórea logró concitarle un apoyo popular que nunca se detuvo -más allá de las distorsiones del sistema electoral, siempre conservó una amplia mayoría- y la admiración de los alicaídos progresistas europeos y grupos de activistas.

            Dicharachero y manipulador, Chávez supo tocar las fibras sensibles de un mundo desencantado por el liberalismo salvaje de los noventa y golpeado por la crisis, a la vez que en los hechos era incapaz de tomar una sola medida a la altura de sus promesas. Quizás aquí yace su herencia más paradójica: más allá de su vena autoritaria -que nunca dejó de ejercer- y su discurso maniqueo, nadie niega su énfasis en defender a los pobres: esos pobres a los que él representaba y hacia los cuales siempre dirigió su acción y su discurso, esos pobres que durante su mandato se volvieron menos pobres pero que difícilmente podrán avanzar en la ruinosa economía que les legó su adalid. Tras su solitaria muerte en Santa Marta, Bolívar fue ensalzado como un héroe al tiempo que su proyecto político -la unidad latinoamericana- se dirigía hacia el fracaso. Todo indica que a Chávez le ocurrirá algo parecido: su imagen provocadora tal vez no sea olvidada, pero su mayor apuesta -su lucha por los pobres- parece dirigirse hacia el mismo fracaso de su ídolo.

 

twitter: @jvolpi

 

[Publicado el 11/3/2013 a las 02:09]

[Etiquetas: Hugo Chávez]

[Enlace permanente] [1 comentario]

Compartir:

La cabeza de Medusa

En cuanto se confirma su captura -no su detención o su arresto: su captura-, las redes sociales se lanzan contra el monstruo que secuestró a nuestros hijos y nos humilló con su opulencia, su impunidad y sus desplantes. Nada de simulaciones o de engaños: su imagen agreste y deslavada tras las rejas del juzgado señala la magnitud de su caída. El recuento de sus crímenes no sorprende a nadie: durante décadas observamos -y envidiamos-, sus modelos de diseño, sus colecciones de joyas, de zapatos y de bolsos, sus castillos al borde del océano. Pero, a fuerza de verla departir con nuestros líderes, de atestiguar cómo los sobornaba o chantajeaba, llegamos a imaginarla invulnerable. De allí que su sacrificio resultara tan necesario, tan urgente: al exhibir sus delitos nos liberamos de todas nuestras faltas. Su destrucción nos purifica.

            En El chivo expiatorio (Le bouc-émissaire, 1982), René Girard muestra cómo en las sociedades primitivas -o en crisis- las rivalidades entre sus miembros se expiaban mediante la inmolación de los extranjeros, los enfermos, los anormales. Gracias a este cruento ritual, la violencia endémica del grupo se dirigía hacia un enemigo común; una vez consumado, se alcanzaba una efímera paz que invariablemente conducía a la persecución de un nuevo cordero. Girard aclara que, si bien éste solía encontrarse entre las clases desfavorecidas, a veces podía señalarse entre los ricos y los poderosos (en "las santas revueltas de los oprimidos", por ejemplo). Y, aunque en la mayor parte de los casos la víctima era inocente, sus crímenes también podían resultar atroces.  

            Todas las características del modelo estructural del chivo expiatorio comparecen en el juicio contra Elba Esther Gordillo. Desde hace años la sociedad mexicana la había convertido en un símbolo de poder tan fascinante como peligroso que despertaba tanto una insana admiración hacia las marcas de su éxito (su riqueza, su descaro e incluso su maldad) como un enconado desprecio hacia su figura (su condición femenina, su físico, su nepotismo). Poco a poco, y en especial en los últimos dos años, se fraguó una hábil narrativa que la convirtió en la responsable absoluta de nuestros males, en la culpable de esa peste que -como en la Tebas de Edipo- se expande a lo largo y ancho de nuestra sociedad: la pésima educación que reciben nuestros niños.

            ¿Quién no querría acabar con la mujer que le arrebató a nuestros herederos la posibilidad de ser mejores? ¿Quién no querría sepultar a la mujer que enjauló a los maestros y, como la bruja de Hänsel y Gretel, devoró a tantos inocentes? En términos mitológicos, la monstruosidad física y la monstruosidad moral van siempre unidas, recuerda Girard, y la apariencia de la implacable líder de los maestros, estragada en decenas de cirugías plásticas, no hace sino reforzar esta imagen inquietante y ominosa. Nadie duda que los delitos que se le achacan sean auténticos y nadie podría cuestionar la oportunidad de su arresto, pero aquí importa señalar cómo La Maestra -tampoco es casual que usara este mote que antes la ensalzaba tanto como ahora la escarnece- se convirtió de pronto en la mayor amenaza para la misma sociedad que durante años permitió y alentó sus ambiciones.

            Ungida por Carlos Salinas de Gortari en un golpe paralelo al que ahora la destrona, su itinerario sigue el camino simbólico de todos los villanos ancestrales. Elba Esther debió ser una niña inteligente pero sin gracia, acaso objeto de burlas y de acoso; su esfuerzo y su astucia la llevan a medrar, a acercarse a quienes pueden ayudarla, a distribuir favores. A partir de allí su ascenso se torna vertiginoso: en primer lugar, los recursos ilimitados del mayor sindicato de América Latina y, tras su salida del PRI, la capacidad de obtener cuanto quiere de dos presidentes dispuestos a pagar cualquier precio por sus servicios (sobre todo electorales) y su apoyo. Y por fin, la hubris griega: creerse intocable y exhibir las pruebas de su corrupción con desvergüenza, incapaz de entender que los tiempos han cambiado, que el nuevo presidente ya no la necesita o, auspiciado por una sociedad que la percibe como encarnación del mal, sólo la necesita para destruirla.

            A diferencia de los panistas que, en su ingenuidad o su tozudez, jamás comprendieron la dimensión simbólica del poder, los priistas la llevan en la sangre. Más que por tratarse de un obstáculo a la reforma educativa puesta en marcha como prioridad del sexenio, Elba Esther Gordillo tenía que ser destrozada -mejor: desacralizada- para demostrar que el nuevo PRI no es el viejo PRI (aunque la maniobra lo recuerde) y asentar la autoridad del presidente, pero sobre todo para saciar a una sociedad que, luego de los estériles sacrificios de la guerra contra el narco, exigía ávidamente una expiación. La Maestra decapitada implica un Calderón desollado. Quedemos, pues, tranquilos. Y contemplemos con embeleso, al menos por un tiempo, la sangrante cabeza de Medusa.

 

twitter: @jvolpi

[Publicado el 03/3/2013 a las 15:47]

[Etiquetas: Elba Esther Gordillo]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Castillo de naipes

Tras jurar su cargo en una tumultuosa ceremonia de investidura, el presidente anuncia que la primera medida de su gobierno consistirá en presentar una reforma educativa capaz de transformar el anquilosado sistema escolar de la nación. La noticia es recibida con beneplácito por casi todos los sectores y aplaudida por los medios, con excepción del sindicato de maestros que ve amenazadas sus conquistas laborales. Su líder, quien lleva varios años en el cargo, considera que la iniciativa busca limitar su influencia. Para lograr que la reforma sea aprobada en un congreso con mayoría opositora, el presidente recurre a uno de los políticos más experimentados -y feroces- de su partido, uno de esos maquiavélicos operadores que no dudarán en hacer lo que sea para lograr su objetivo.

            A partir de aquí, House of cards, la serie que Netflix ha puesto a disposición de sus suscriptores hace unas semanas, se separa -aunque no demasiado- de lo ocurrido en México, centrándose en la figura de Frank Underwood (un sardónico Kevin Spacey que, a la manera de un actor isabelino, se dirige al telespectador con toda suerte de apuntes mordaces), el whip de la mayoría demócrata, el cual librará una agreste batalla contra Marty Spinella, el lobista que representa a los maestros.

Si bien los entretelones de la reforma educativa dibujados en House of cards podrían sonar un tanto pueriles comparados con la realidad mexicana -si acaso nuestro secretario de Educación no está lejos de Underwood, Marty Spinella ya soñaría con disponer de los recursos de La Maestra-, la coincidencia no deja de mostrar las dificultades y contradicciones que este tipo de medidas generan en cualquier parte. Por un lado, un amplio grupo de representantes demócratas, tradicionalmente ligados a los sindicatos, considera que la propuesta de su presidente apenas se diferencia de la esgrimida por los republicanos; y, por el otro, muy pronto queda claro que el pulso entre Underwood y Spinella responde más a sus intereses que a cualquier auténtica voluntad de transformación. La ambiciosa reforma educativa del presidente se quedará como una transformación casi cosmética.

            Tres secuencias resultan particularmente interesantes para observar los intríngulis de la negociación dibujados en la serie (basada a su vez en una producción de la BBC y en las novelas de Michael Dobbs). En la primera, a fin de vengarse del presidente por no haberlos nombrado secretario de Estado, Underwood decide eliminar a su candidato al Departamento de Educación y le filtra sus propuestas en extremo liberales a una joven bloguera. A su vez, ésta aprovechará su cercanía con Underwood para iniciar una meteórica carrera como informante estrella de Washington. Igual que en México, el trascendido es asumido como el instrumento favorito de los políticos para enviarse mensajes cifrados o para manipular a la opinión pública.

            Menos predecible resulta el episodio en el que Underwood encara a Spinella en una entrevista en CNN. Reconocido por su habilidad retórica, el congresista está seguro de que aplastará al portavoz del sindicato y lo obligará a terminar con la huelga magisterial que ha puesto en vilo a la Casa Blanca. En contra de sus predicciones, la intervención de Underwood resulta un desastre: trastabilla, titubea y es víctima de esas lagunas que tanto aquejan a nuestros políticos. La avalancha de burlas en los talk-shows confirman por qué resulta imposible imaginar a Elba Esther Gordillo en un tête-è-tête con alguno de los operadores de nuestro presidente. (Por uno de esos efectos perversos de la empatía, los espectadores sentimos pena por Underwood en vez de lanzarnos a escarnecerlo en Twitter, como ocurriría en la vida real).

            Al final, el enfrentamiento entre los maestros y el gobierno se resuelve en un duelo entre Underwood y Spinella. Aprovechándose de la muerte de un niño que no ha ido a la escuela, el congresista invita a su contrincante a su despacho para discutir un posible acuerdo. Cuando Spinella se presenta en su sala de juntas, Underwood no hace más que provocarlo hasta que, en un arranque de furia, el representante de los maestros le da un puñetazo. Levantándose del suelo, Underwood sabe que ha obtenido la victoria: para no presentar cargos, la huelga deberá terminar de inmediato. Días después, el Congreso por fin aprueba la reforma. ¿Habrá entre nosotros alguien capaz de una triquiñuela semejante para al fin doblegar a nuestro sindicato?

            Que House of cards haya sido producida por un distribuidor de contenidos para la red como Netflix y que su primera temporada haya sido puesta a disposición del público en un solo día desató una agitada polémica sobre la transformación del mundo audiovisual. Más allá de eso, a los mexicanos nos ofrece un oportuno espejo de las batallas libradas por nuestros políticos y sindicalistas -acaso menos mordaces pero igual de torvos- a la hora de aprobar nuestra aún lánguida e incipiente reforma educativa.

 

twitter: @jvolpi    

[Publicado el 24/2/2013 a las 16:30]

[Etiquetas: House of Cards; reforma educativa; México]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Retirarse a tiempo

Hace mucho que se le veía fatigado. Abatido. Casi desde que la fumarola blanca anunció su elección. Sólo que entonces no lucía como el anciano profesor de teología, achacoso y enfermo, que hoy se presenta ante sus fieles, sino como el bilioso responsable de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el cancerbero de la Iglesia, el ideólogo de la vuelta al conservadurismo puesto en marcha por el beatífico -e implacable- Juan Pablo II. Estos ocho años de pontificado hicieron estragos en su salud y en su ánimo. Acosado por los sempiternos lobos de la curia vaticana, la inveterada proclividad a la pederastia de obispos y sacerdotes e incluso las intrigas palaciegas de su mayordomo, Benedicto XVI carecía de las fuerzas necesarias para proseguir su labor evangélica y su combate contra tan variados enemigos. Y, en un postrer arranque de esa lucidez que ni sus más feroces detractores le escatimamos, renunció a su investidura.

            Más allá de las especulaciones sobre si ha de interpretarse como un reconocimiento de su derrota frente a los sectores más reaccionarios de la Iglesia o como respuesta final a la corrupción que la carcome y que él denunció con más claridad que ningún otro papa moderno, su retiro anticipado quizás debiera ser juzgado como un acto de congruencia cuyo sentido final habría que trasladar a otro terreno. No me refiero sólo a que otros caducos líderes políticos, aferrados al poder o a su imagen con uñas y dientes -la nómina va de los hermanos Castro al rey Juan Carlos I y de Jorge Romero Deschamps a Elba Esther Gordillo- imiten su ejemplo, sino a la idea extrema de que uno debería poder decidir el momento de retirarse de este mundo.

            Para la Grecia clásica y la Roma republicana e imperial, uno de los más preciados dones de los mortales consistía en poder determinar el instante de su muerte. El suicidio y la eutanasia no eran vistos como pecados, sino como soluciones naturales a la vejez, la enfermedad y el dolor. Cuando comprendieron que su misión en la tierra había llegado a su fin, Nerva, Trajano, Adriano, Septimio Severo y Caracalla no dudaron en tomar generosas dosis de triacas -remedios ampliamente valorados en la Antigüedad, compuestos por opio, belladona y otras drogas- a fin de terminar con sus días. Esa dulce muerte, decidida por cada uno, era un símbolo de coraje.

            Esta suerte de derecho a la muerte digna nos fue arrebatado por el cristianismo: basta recordar el ostentoso calvario del anciano Juan Pablo II para comprobarlo. Con su monstruosa idea de que la vida no nos pertenece a los humanos sino a su dios, sus sacerdotes convirtieron la eutanasia y el suicidio en crímenes horrendos, y en cambio la decadencia del cuerpo fue ensalzada como fuente de admiración. Atroz inversión ética: en vez de apreciar el valor de quien decide retirarse de la vida, el suicida fue tachado de cobarde y quien administraba la eutanasia de homicida. Vista así, la vejez y las enfermedades terminales se convirtieron en purgatorios forzosos a los que nadie está autorizado a renunciar. 

            Aún sorprende que esta moral primitiva impregne casi todas las legislaciones del planeta. Por doquier la eutanasia continúa siendo equiparada como un crimen y, si bien no son castigados -porque si tienen éxito no pueden serlo-, los enfermos y los ancianos que optan por el suicidio se topan con una infinidad de trabas para alcanzar su objetivo (basta observar la decisión extrema a la que debe recurrir el protagonista de la magnífica película Amour de Michael Hanecke). El cristianismo tratar a los adultos como niños incapaces de hacerse responsables de sí mismos y su herencia aún se percibe en la decisión de los estados seculares de sancionar la eutanasia y dificultar el suicidio de la misma manera que, en otro ámbito, les prohíbe consumir drogas.

            En contra de esta política represiva -no se le puede llamar de otra forma a conculcar la mayor libertad de todas, la de disponer de la propia vida- siempre se han alzado ilustres voces. Thomas Jefferson escribió: "El veneno más elegante que conozco es un preparado a base de datura de estramonio. [...] Suscita el sueño de la muerte tan serenamente como la fatiga y el sueño ordinario, sin la menor convulsión o movimiento. [...] Si ese medicamento pudiera quedar restringido a la autoadministración, creo que no debería permanecer secreto. Hay en la vida males tan desesperados como intolerables para los que sería un alivio racional".

            En un mundo ideal, todos deberíamos disponer de la posibilidad de conseguir una versión moderna de las triacas romanas y de que nos sea administrada bajo supervisión médica. Que Benedicto XVI haya tenido el coraje de renunciar a la más alta investidura de la Iglesia debería ser un antecedente para que esa misma Iglesia (y los estados que la imitan) reformule sus preceptos sobre quienes, igual de fatigados que el papa, no sólo buscan retirarse del trono de san Pedro, sino del dolor y la desesperanza cotidianos.

 

twitter: @jvolpi

 

[Publicado el 17/2/2013 a las 16:01]

[Etiquetas: Benedicto XVI, suicidio, eutanasia]

[Enlace permanente] [3 comentarios]

Compartir:

Foto autor

Biografía

(México, 1968). Es autor de las novelas La paz de los sepulcros, El temperamento melancólico y En busca de Klingsor (premios Biblioteca Breve y Deux Océans-Grinzane Cavour). Con ella inició una "Trilogía del siglo XX", cuya segunda parte es El fin de la locura y la tercera No será la Tierra. También ha escrito las novelas cortas reunidas en el volumen Días de ira, así como Sanar tu piel amarga, El jardín devastado y Oscuro bosque oscuro. Es autor de los ensayos La imaginación y el poder, La guerra y las palabras, Mentiras contagiosas (Premio Mazatán al mejor libro del año 2008), El insomnio de Bolívar (Premio Debate-Casa de América 2009) y Leer la mente. En 2009 obtuvo el Premio José Donoso de Chile por el conjunto de su obra. Ha sido profesor en las universidades de Emory, Cornell, Las Américas de  Puebla, Pau, Católica de Chile, Nacional Autónoma de México y Princeton. Ha sido becario de la Fundación Guggenheim y miembro del Sistema Nacional de Creadores de México. Ha sido condecorado como Caballero de la Orden de Artes y Letras de Francia y con la Orden de Isabel la Católica de España. Fue director de Canal 22 entre 2007 y 2011. Es colaborador de los periódicos Reforma y El País. Sus libros han sido traducidos a veinticinco idiomas. En 2012 recibió el premio Planeta-Casa de América por su novela La tejedora de sombras. En 2014, publica su novela Memorial del engaño en América Latina y España y, para el año 2015, estará publicada en Brasil, Portugal, Italia y Francia. Actualmente es director general del Festival Internacional Cervantino. 
 

Bibliografía

Memorial del engaño (2014). Ediciones Alfaguara, España

Leer la mente (2011). Ediciones Alfaguara, España

No será la tierra (2006). Ediciones Alfaguara, España

Dos novelistas poco edificantes (2004). Volpi, Jorge; Urroz, Eloy. Algaida Editores, España

Geometric intimacies. Sebastián Sculptor (2004). Ediciones Turner, España

Geometría emocional. Sebastián escultor (2004). Ediciones Turner, España

La guerra y las palabras (2004). Editorial Seix Barral, España

El fin de la locura (2003). Editorial Seix Barral, España

Desafíos de la ficción (2002). Volpi, Jorge, [et. al.] Universidad de Alicante. Servicio de Publicaciones, España

En busca de Klingsor (2000). Círculo de Lectores, España

El juego del apocalipsis: un viaje a Patmos (2000). Nuevas Ediciones de Bolsillo. España

Tres bosquejos del mal (2000). Urroz, Eloy; Padilla, Ignacio; Volpi, Jorge. El Aleph Editores, España

 

 

 

 

Página diseñada por El Boomeran(g) | © 2019 | c/ Méndez Núñez, 17 - 28014 Madrid | | Aviso Legal | RSS

Página desarrollada por Tres Tristes Tigres