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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

miércoles, 18 de enero de 2017

 Blog de Jorge Volpi

Ciudadanos

En el primer capítulo de Newsroom, la nueva serie de Aaron Sorkin, el célebre comentarista Will McAvoy (Jeff Daniels) aparece en un panel universitario para hablar sobre su trabajo cuando una estudiante -alta y rubia- le pregunta, con la candidez y suficiencia que se asocia a sus compatriotas, por qué considera que Estados Unidos es la nación más grande del planeta. McAvoy evade la cuestión con un par de chistes pero, creyendo entrever en el público a su antigua novia y productora, responde con brutalidad: "No lo es". Y, tras humillar a la chica, se lanza en una perorata sobre los motivos de esta debacle.

 Aunque nadie pone en duda las dimensiones de la libertad y el progreso alcanzados por Estados Unidos, nada resulta más chocante para quien ha vivido en este país -o para quienes comparten con él una frontera de dos mil kilómetros- que la grandilocuente retórica en torno a su identidad, encarnada en la pregunta y en la actitud de la estudiante, pero que se advierte en todos los ámbitos. Sus habitantes se sienten profundamente orgullosos de sus logros -de habitar, como reza su himno, the land of the free-, por más que la historia de Estados Unidos sea la de una larga y azarosa lucha por la libertad -y la igualdad- de aquellos que, en un momento u otro, se hallaban en los márgenes de la sociedad y no eran considerados parte de los "valientes" que habían fundado la nación.  

Por más admirables que resulten en el contexto de la época, tanto la Declaración de Independencia de 1776 como la Constitución de 1787 señalaron la libertad e igualdad entre los hombres -siempre y cuando fuesen eso, hombres blancos mayores de edad. Tendrían que pasar casi ocho décadas y una guerra civil antes de que se aboliese a esclavitud -sin que ello significase la igualdad entre negros y blancos, conseguida hasta el último tercio del siglo pasado. Siempre en un escalón inferior, las mujeres no consiguieron la plena ciudadanía hasta 1920, con la aprobación de la Decimonovena Enmienda. Y todavía hoy los jóvenes de entre 16 y 21 años pueden ser juzgados como adultos -e incluso ejecutados como tales- pero no pueden consumir alcohol.

Más preocupante resulta la condición de otras minorías: homosexuales y extranjeros. El falso debate sobre el carácter conservador del matrimonio resulta irrelevante en estos términos: si dos personas, del sexo que fuere, deciden mantener una unión formal con consecuencias a largo plazo, la ley no tendría por qué restarles ese derecho. Del mismo modo que tampoco debería negarle a dos hombres o dos mujeres la posibilidad de adoptar. El reciente dictamen de la Suprema Corte de Justicia es un gran paso en este sentido; por desgracia, la plena normalización depende en buena medida de cada estado. (En México se vive la misma situación: matrimonio igualitario y capacidad de adopción en el DF, y discriminación en el resto del país).

Poca naciones conceden tan pocos derecho a los extranjeros (no por nada llamados aliens) como Estados Unidos. Herederos de un concepto restrictivo de que proviene del Imperio Romano, la ciudadanía se convierte en nuestros días en el principal pretexto para la discriminación. De nuevo: pese a los siglos que han transcurrido desde su Constitución y la Declaración Universal de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789, aún no hemos sido capaces de asentar que la ciudadanía -y los derechos que conlleva- han de ser aplicados a todos los seres humanos que viven y trabajan en una comunidad, sin importar su lugar de nacimiento.

En contra de lo que proclama el discurso patriótico -Estados Unidos como melting pot-, la reacción del medio blanco protestante contra los inmigrantes ha sido una constante en su historia. Irlandeses, italianos y judíos fueron vistos en el pasado como amenazas y sufrieron duras restricciones de entrada (lo cual impidió la salvación de miles de judíos durante la segunda guerra mundial, por ejemplo). Lo mismo ocurre hoy con los mal llamados "inmigrantes ilegales", en especial de origen mexicano: 11 millones de personas que contribuyen a diario a la economía estadounidense.

Tras años de negarse a verlos -o de expulsarlos a mansalva-, el senado al fin aprobó una propuesta de reforma que podría concederles la ciudadanía luego de cumplir numerosos trámites y de pasar largos años en un limbo jurídico. La política, lo sabemos, es el arte de lo posible, y en este caso este camino ha sido el único conseguida por los sectores más progresistas del país -a cambio, eso sí, de un nuevo plan para "sellar la frontera" que contempla otro de esos siniestros muros que son uno de los mayores símbolos de la discriminación en el planeta. Y ni así los republicanos parecen sentirse satisfechos.

Pese a su tono provocador, McAvoy dijo que Estados Unidos ya no era la nación más grande del planeta, pero podría volver a serlo. Para esos 11 millones, la aprobación de esta ley sería una gran victoria, pero la sólo idea de que para ello es necesario pactar la construcción de un muro reforzado demuestra la perversión implícita en el lema "the land of the free".

 

Twitter: @jvolpi

 

[Publicado el 07/7/2013 a las 17:42]

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Mañana de carnaval

Aunque movimientos semejantes habían comenzado a producirse por doquier en los meses previos, nadie imaginaba que el país -modelo de estabilidad en América Latina- pudiese verse contaminado por la rebelión. Además, todo el mundo  estaba tan concentrado en preparar la justa deportiva como para preocuparse por nimiedades. Incluso cuando a principios del verano se iniciaron las primeras manifestaciones, brutalmente desmanteladas por la policía, los políticos locales se negaron a ver en ellas otra cosa que disturbios pasajeros que no tardarían en ser controlados. Hasta que la represión dio lugar a nuevas manifestaciones que volvieron a ser reprimidas en una espiral que culminaría el 2 de octubre con la masacre de centenares de estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas.

            Un sinfín de elementos separa las protestas ocurridas en México en 1968 de las que estos días se suceden en Brasil -no en balde han pasado 45 años-, pero aun así no deja de sorprender que ocurran poco antes de que el gigante sudamericano esté a punto de convertirse en el centro de atención del planeta con motivo del Mundial de Futbol y de los Juegos Olímpicos. Como sabemos, en este nivel el deporte jamás es sólo el deporte, sino un escaparate para que el anfitrión se desnude frente al mundo.

En el México de los sesenta, el gobierno creyó ver en la Olimpíada la oportunidad de presumir nuestros progresos: de allí que estuviera dispuesto a hacer lo que fuere para que nada la empañase. Desde hace años, Brasil no se ha cansado de promoverse como nueva potencia planetaria, al lado de China, Rusia e India, y su hasta ahora popular gobierno de izquierda quiso ver en las competencias la confirmación de su fuerza económica y política. Por desgracia, lo que inevitablemente ocurre en estos casos -y aquí la analogía con México vuelve a funcionar- es que, cuando todas las energías de un país se vuelcan en una operación de relaciones públicas y negocios privados tan apabullante como ésta, las desigualdades y problemas sociales nunca resueltos se tornan de pronto más visibles y chocantes.

Quizás haya pocos elementos en común entre los rebeldes mexicanos de los sesentas -atenazados por las pugnas ideológicas de la Guerra Fría y el autoritarismo priista, animados por el rock'n'roll, la contracultura y el espíritu pacifista de los jipis-, y los rebeldes brasileños de nuestros días -articulados esencialmente a partir de las redes sociales-, pero los emparienta el drástico rechazo a que sus dirigentes empeñen todos sus recursos en satisfacer a los mercados y a la opinión pública internacional mediante el derroche deportivo cuando asuntos más urgentes -la falta de democracia en el México del 68; la inequidad que persiste en el Brasil de hoy- continúan sin ser resueltos o, peor, son deliberadamente enmascarados en aras de exponer una imagen impoluta ante las cámaras.

Frente al desafío de los estudiantes mexicanos, Díaz Ordaz optó por la violencia que culminó en Tlatelolco. Dilma Rousseff, víctima ella misma de la represión de esas épocas, ha querido ofrecer el talante opuesto, reconociendo la validez de las protestas y satisfaciendo rápidamente algunas de sus demandas -por ejemplo, al detener el alza en los transportes-, e incluso pretendió dar un salto adelante al proponer un congreso constituyente capaz de renovar las estructuras del país, pero ni así ha logrado contentar a los jóvenes que abarrotan las calles de Brasil (y que, paradójicamente, tanto se parecen a quien era ella décadas atrás), y sólo ha cultivado el unánime rechazo de la oposición.  

A los analistas internacionales les encanta señalar que ninguna ideología concreta parece animar a los rebeldes brasileños, pero en el México del 68 sucedía lo mismo: sólo un pequeño grupo se identificaba con el comunismo, de la misma forma que hoy sólo unos cuantos albergan ideas radicales derivadas de los movimientos antiglobalización. Como entonces, buena parte de la sociedad brasileña ha salido a las calles para exhibir su repudio no a ciertas medidas de un régimen que en general se ha caracterizado por su combate a la pobreza -de allí el lema "no se trata de 20 centavos"-, sino a un sistema global que, incluso con gobiernos de izquierda, no cesa de privilegiar a los intereses de los grandes capitales. Por eso la reacción de Rousseff no ha encontrado demasiada simpatía entre los manifestantes: muy a su pesar, ella ya no es la guerrillera idealista de su juventud, sino parte de un "complejo económico-turístico-industrial" que, como se ha visto, en realidad no controla.

Aunque pérfidamente derrotada en Tlatelolco, la protesta mexicana del 68 terminó por inducir algunos de los cambios democráticos más importantes de México. Al menos debemos esperar que la protesta brasileña -como antes el 11-M y Occupy Wall Street o en estos días la revuelta turca- contribuyan a trastocar un modelo que, escudándose en su carácter democrático, no ha dejado de estar al servicio de unos cuantos.

 

Twitter: @jvolpi

[Publicado el 30/6/2013 a las 18:15]

[Etiquetas: Brasil; protestas]

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Los persas

Según cuenta Heródoto en sus Historias, en el año 480 antes de nuestra era el cuarto emperador de los persas, Xerxes el Grande, reunió uno de los ejércitos más numerosos de que se tuviera noticia y se dispuso a conquistar Grecia en represalia por el apoyo proporcionado por espartanos y atenienses a la rebelión de las ciudades jonias. Tras la batalla de las Termópilas -estilizada en el cómic 300 de Frank Miller y retomada en la burda película de Zach Snyder-, en la cual un pequeño grupo de heroicos soldados comandado por Leónidas, rey de Esparta, resistió el avance enemigo antes de ser aniquilado, los persas parecían encontrarse en una situación idónea para acabar definitivamente con sus rivales.

 

Víctima de la hubris -al menos según la versión de Esquilo en Los persas- Xerxes no tuvo empacho en incendiar Atenas y prosiguió su avance por mar y por tierra, indiferente al odio que concitaba entre sus nuevos súbditos. En contra de todas las predicciones, su enorme flota fue destruida por las naves de Temístocles en la batalla de Salamina, y posteriormente su armada volvió a sufrir estrepitosas derrotas en Platea y Micale. Aunque los griegos se preciaban de haber terminado con la amenaza persa de esta forma, los historiadores modernos juzgan que en realidad las hostilidades terminaron de manera negociada con la llamada Paz de Calias.

Desde esos lejanos tiempos, los persas quedaron dibujados no tanto como bárbaros, sino como miembros de una civilización misteriosa y ajena, caracterizada por su ritos incomprensibles y su boato decadente, imposible de ser asimilada conforme a nuestros patrones. Para los griegos, Persia se convirtió en una obsesión y en un enigma, un lugar agreste frente al cual no podía sentirse sino desconfianza y temor. No deja de asombrar que dos mil quinientos años después el "mundo occidental" continúe teniendo la misma imagen de Irán, la potencia sucesora de la antigua Persia. 

            Convertida al Islam en el sigo VII de nuestra era, esta nación nunca dejó de defender un carácter particular dentro del orbe islámico -la fe chií y una lengua y una literatura propias-, distanciándose tanto de los modelos europeos como de sus vecinos árabes. Férreamente independientes, durante los siglos IX y X los iraníes desarrollaron una de las culturas más vibrantes de la historia, plena de avances científicos y artísticos, y en realidad nunca fueron dominados directamente, excepto por unos años durante la segunda guerra mundial a manos de británicos y rusos.

            Aun así, la mutua incomprensión ha prevalecido siempre en las relaciones entre Occidente e Irán. Más cerca de nosotros, Estados Unidos inauguró su temple imperial al organizar el golpe de estado contra el Dr. Mohammed Mossaddeq, el primer ministro nacionalista, democráticamente elegido, que había comenzado a modernizar el país y había decretado la nacionalización del petróleo. Desde entonces, como en tantos otros lugares (piénsese en Bin Laden), la CIA se encargó de crear a los propios monstruos que terminarían por amenazarlo.

            Estados Unidos no dudó en apoyar el régimen cada vez más autoritario del shah Mohammed Reza Pahlavi, el cual sobrevivía gracias al todopoderoso SAVAK, uno de los servicios secretos más cruentos de la época. Aun así, el descontento popular culminó en una revuelta que envió al shah al exilio -durante unos meses en Cuernavaca- y entronizó como líder supremo de la República Islámica a Ruhollah Jomeini, quien instauró una auténtica teocracia que en mucho recuerda al poder absoluto que disfrutaron Xerxes o Darío.

            Nadie duda que el régimen islámico, con su férreo dogmatismo y su antisemitismo militante, es uno de los sistemas políticos más anacrónicos del planeta, pero los prejuicios que desde hace siglos cargamos contra los antiguos persas no deben cegarnos frente a una sociedad mucho mas compleja y refinada que su gobierno y que no merece ser caracterizada como parte del Eje del Mal. Como ha quedado demostrado, cada vez que Estados Unidos se ha alzado soberbiamente contra Irán -como cuando alentó al Irak de Saddam Hussein a derrocar a Jomeini-, el resultado ha sido catastrófico.

            En los últimos años, la presión de Occidente contra los reformistas culminó en la elección del ultrarradical Mahmud Ajmadineyad, quien no sólo se caracterizó por sus histéricas salidas de tono, sino por ser el artífice del fraude electoral de 2009 que provocó numerosas protestas cívicas. La elección del clérigo moderado Hassan Rohaní, con más del 50 por ciento de los votos, da cuenta de que la sociedad iraní ha decidido dar un drástico giro a su política. En contra de todas las predicciones, hoy se ofrece una posibilidad de un diálogo menos crispado entre Irán y Estados Unidos sobre su programa nuclear y otros temas sensibles, como Siria. Esperemos que en esta en esta ocasión los ancestrales prejuicios entre persas y occidentales no se resuelvan en otra batalla, sino en un acuerdo negociado como la Paz de Calias. 

 

Twitter: @jvolpi

[Publicado el 24/6/2013 a las 04:57]

[Etiquetas: Irán]

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El ojo de Dios

Corría el mes de febrero de 1943 cuando el coronel Carter Clarke, jefe de la Rama Especial del Ejército responsable del Servicio de Inteligencia de Señales, ordenó establecer un pequeño proyecto para examinar los cablegramas diplomáticos que la embajada soviética en Washington y el consulado soviético en Nueva York enviaban a Moscú desde estaciones de radio clandestinas. Hasta entonces, Clarke había concentrado sus esfuerzos en quebrar los métodos criptográficos de alemanes y japoneses sin preocuparse por vigilar a sus aliados rusos, pero los rumores según los cuales Stalin se disponía a firmar una paz por separado con Hitler lo llevaron a cambiar de estrategia. La tarea se reveló más ardua de lo previsto: la Unión Soviética empleaba un sistema de encriptación en dos fases y sus analistas no lograron desentrañar sus mensajes hasta 1946, cuando la guerra había terminado. Los cables en ningún momento se referían a una posible negociación con los nazis, pero en cambio demostraban que la URSS poseía una formidable red de espionaje incrustada en las principales agencias del gobierno estadounidense.

Si bien en 1939 la modesta Rama Especial del Ejército apenas contaba con una docena de especialistas, para 1945 empleaba ya a 150 trabajadores entre criptógrafos, analistas, lingüistas y expertos en señales de radio, y se había mudado al antiguo colegio para señoritas de Arlington Hill, en Virginia, de donde tomó el nombre con el que sería conocida hasta que en 1952 adopto su actual denominación: Agencia de Seguridad Nacional (NSA), que en la actualidad es parte del gigantesco complejo de Fort Meade, en Maryland, y para la que laboran unos 30 mil empleados.  

            A diferencia de la CIA o el FBI, cuyas maniobras han sido retratadas en miles de novelas y películas, la NSA se ha preocupado por escapar al escrutinio público, convertida en la más opaca de las agencias de inteligencia de Estados Unidos. Esta invisibilidad desapareció hace unos días, cuando Edward J. Snowden, un joven experto en informática, reveló que la NSA no sólo se dedicaba a capturar y descifrar información de fuentes extranjeras, potencialmente peligrosas para Estados Unidos, sino que sus herramientas tecnológicas le permitían tener acceso a todas las comunicaciones realizadas a través de las grandes empresas de comunicación, incluyendo Google, Apple, Microsoft, Yahoo!, Verizon, YouTube, Facebook y Skype.

            De inmediato la discusión pública se ha centrado en discernir si Snowden es un héroe, capaz de sacrificar su libertad por sus ideas, o un traidor que renunció a los más elementales principios de lealtad en un arranque de orgullo. Más allá de sus intenciones, su declaración de que le era imposible vivir en un mundo constantemente vigilado debería bastar para conducir la discusión al lugar que en verdad le corresponde: la tensión entre seguridad y libertad que enfrentan todas las sociedades democráticas.

            Lo cierto es que las declaraciones de Snowden no constituyen una revelación particularmente asombrosa, y más bien confirman algo que no sólo los fanáticos de la conspiración intuían desde hace mucho: que, con las armas tecnológicas actualmente disponibles, los gobiernos son capaces de inmiscuirse en cualquier comunicación llevada a cabo en el orbe. Los detractores de Snowden, incluidos numerosos miembros de la administración Obama, se empeñan en señalar que los programas de espionaje de la NSA no son ilegales y que ésta sólo lleva un inventario de los intercambios electrónicos sin inmiscuirse en su contenido. Explicación fútil, pues es claro que si la posee esa base da datos con nuestros mensajes y llamadas no es para hacer estadísticas, sino para buscar indicios de actividades ilegales.

            Al filtrar algunos detalles del programa PRISM, Snowden ha exhibido la desfachatez con la cual las grandes empresas tecnológicas y el gobierno estadounidense se han aliado para controlar a sus usuarios -sin conocimiento de éstos. Nadie duda que irrumpir en la vida privada pueda prevenir diversos delitos -o descubrir actos de espionaje, como los del círculo de Washington hallado por Clarke y sus criptógrafos-, pero esta intrusión en la intimidad, sin una orden judicial explícita, constituye una temible violación a nuestros derechos. Más escandalosa que el odio de la administración Obama hacia los delatores -Manning, Assange, Snowden, etc.-, es la encuesta del Washington Post y el Pew Center según la cual el 56% de los estadounidenses aceptan que la NSA lleve un inventario de sus comunicaciones. Lo peor que puede ocurrirle a una democracia es que sus ciudadanos renuncien voluntariamente a su libertad o su privacidad porque el gobierno los ha convencido de que sólo así pueden sentirse a salvo. Hoy abundan las analogías simplonas con 1984, pero en este sentido la comparación no es absurda: la victoria del Gran Hermano no ocurre cuando un régimen decide vigilar sin tregua a sus ciudadanos, sino cuando éstos lo consideran normal.

 

Twitter: @jvolpi

 

 

[Publicado el 16/6/2013 a las 16:54]

[Etiquetas: Obama; Snowden]

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El soldado y el poveretto

Severamente herido por los franceses al defender Pamplona en 1521 -mientras, en el otro lado del mundo, otro soldado español, Hernán Cortés, conquistaba México-Tenochtitlan-, Ignacio de Loyola sufre una repentina conversión. Entregado en su convalecencia a la lectura de Ludolfo de Sajonia y Santiago de la Voragine, no decide dejar atrás su experiencia militar, como señalan sus hagiógrafos, sino ponerla al servicio de un nuevo señor mucho más poderoso que el rey de España. Más adelante insistirá en que su modelo fue san Francisco de Asís, aunque en realidad no podría haber dos próceres de la Iglesia más opuestos, tanto en sus propósitos religiosos como en sus estilos de vida.

            Mientras el poveretto apenas escapó de ser tachado de hereje en una época marcada por las condenas contra los mendigos errantes que no cesaban de cuestionar el boato y la corrupción de curas, obispos y papas, la cofradía de Ignacio, bautizada con el término bélico de Compañía de Jesús, apenas tardó en ser aprobada por el papa Paulo III, quien creyó descubrir en los nuevos y aguerridos soldados de Cristo a un cuerpo rigurosamente entrenado para frenar la expansión del protestantismo en Europa.

            Pocas órdenes religiosas resultan más contrastantes que franciscanos y jesuitas, por más que sus fundadores coincidiesen en su fervor místico. Si los ayunos del de Asís lo condujeron a experiencias de comunión directa con la divinidad -la neurociencia ha demostrado que la privación de alimento puede causar alucinaciones tan vívidas como los psicotrópicos-, las interminables jornadas de autoexamen puestas en marcha por el de Loyola eran capaces de provocar cambios neurológicos equivalentes en un proceso que apenas se aleja del lavado de cerebro. La mayor diferencia entre ambos se halla, como señaló Roland Barthes en su Sade, Fourier, Loyola (1971), en la manía clasificatoria del vasco. La obsesión por dirigir minuciosamente la vida interior de sus seguidores dio lugar a sus célebres Ejercicios espirituales (1548), esa suerte de psicoanálisis avant-la-lettre destinado a que cada uno de sus discípulos examinase sin tregua sus pecados y se entregase a esa obediencia castrense que habría de mantenerlo sujeto a los dictados de sus superiores.  

            Frente a la férrea disciplina que Ignacio exigía a sus soldados, las arengas hippies de Francisco suenan casi conmovedoras. Anhelar la pobreza o amar a cada una de las criaturas de la Tierra no se contaban entre las prioridades del primer general de los jesuitas. De allí que, a lo largo de su azarosa historia, su orden jamás haya escapado a la sospecha y a la inquina de infinitos adversarios. Responsable de reinstaurar el catolicismo en Polonia y Lituania tanto como de extender su misión evangelizadora hasta China, la India, Quebec, Paraguay o California, los jesuitas no tardaron en ser vistos como una iglesia dentro de la iglesia, una sociedad secreta cuya ambición por el poder competía con la de papas, reyes y ministros. De allí que, forzado por los ministros de España y Portugal, el papa Clemente XIV decidiese suprimir la orden en 1773, una providencia que duró hasta 1813, cuando Pío VII revirtió el decreto de su antecesor.

            Desde entonces, los jesuitas han gozado de una celebridad que sólo el Opus Dei o los Legionarios de Cristo lograron arrebatarle en las postrimerías del siglo XX: la de siniestros conspiradores y hábiles políticos, maestros en el arte de la manipulación y la dialéctica. No es casual, por ello, que su máxima autoridad sea conocida con el nombre de Papa Negro. Sin embargo, no fue sino hasta el año pasado, cuatro siglos y medio después de su fundación, que un jesuita por fin llegó a ocupar el Trono de San Pedro.

            Como insigne miembro de su orden, Jorge Bergoglio conoce esta historia a la perfección y su pontificado tiene que ser estudiado bajo la particular lógica jesuítica. Así se explica que, igual que san Ignacio, la primera decisión del purpurado argentino haya sido la de imitar a san Francisco, al menos en apariencia y nombre. Si a ello se suma su repentina vocación hacia los pobres (despojada del matiz izquierdista que numerosos jesuitas próximos a la Teología de la Liberación le concedieron en décadas pasadas) y su publicitada renuncia a los oropeles de su cargo, la conversión del jesuita en franciscano parecería completa. Sólo que lo que ésta revela en realidad es la argucia estratégica tradicionalmente asociada con los miembros de su orden. Frente al laicismo y los escándalos de pederastia -equivalentes a las amenazas de la Reforma-, la Iglesia requería un soldado. Un soldado dispuesto a disfrazarse de humilde pastor para emprender una nueva cruzada evangelizadora, en especial entre los pobres y los latinoamericanos, su último caldo de cultivo. Si la intención del colegio cardenalicio fue encontrar a un líder capaz de paliar el creciente desprestigio de la Iglesia, hasta el momento el astuto papa jesuita ha comenzado a cumplir con creces su objetivo.  

 

Twitter: @jvolpi

 

[Publicado el 09/6/2013 a las 17:35]

[Etiquetas: Papa Francisco]

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La violencia en el espejo

Si bien la película aún no se ha estrenado en las salas mexicanas, numerosos observadores ya nos han puesto sobre aviso de las atrocidades que contiene, reconcentradas en los largos minutos en que, en un primerísimo primer plano, los espectadores nos veremos obligados a contemplar una secuencia en la cual un individuo debe soportar que le quemen los testículos. El premio al mejor director concedido por el Festival de Cannes a Amat Escalante por Heli (2013) no ha contenido las rabiosas o escandalizadas quejas de quienes asumen que este aparente regodeo en la tortura no hará sino exacerbar la violencia que persiste en nuestro país.

            No es la primera vez que Escalante es increpado por mostrar el horror de maneras tan directas como escalofriantes: baste recordar que en Los bastardos (2008), galardonada como mejor película en el Festival de Morelia, una mujer recibe un disparo que le descerraja la cabeza en dos mitades. Desde luego, las acusaciones contra el director mexicano no son las primeras en aparecer en los medios contra otras representaciones artísticas de la violencia que, a ojos de quienes las esgrimen, enrarecen aún más las terribles condiciones de seguridad que padecemos. En el fondo, el argumento contra las películas de Escalante reitera el empleado por el gobernador que trató de impedir la radiodifusión de narcocorridos: la idea de que las representaciones imaginarias de la violencia aumentan la violencia, o que la exaltación de los delincuentes en una pieza musical -o en una película o en una novela- se convierte en un aliciente para que un mayor número de jóvenes esté dispuesto a aventurarse en una carrera delictiva.   

            A la pregunta sobre si la violencia en la ficción contribuye a generar conductas violentas en la realidad, la respuesta que dan la mayor parte de los expertos en ciencias cognitivas es un condicional. Dado que nuestros cerebros no están diseñados para diferenciar las imágenes que provienen de la realidad de aquellas que surgen de la imaginación -excepto al asociarlo con una percepción precisa-, una exposición continuada a escenas violentas en libros, películas, series o videojuegos sin duda puede volvernos más insensibles y puede lanzarnos a imitar o repetir esos modelos que ya hemos vivido a través de estas ficciones. Este tendencia no implica, sin embargo, que los aficionados a los filmes gore o a los videojuegos de guerra por fuerza se vayan a transformar en mercenarios o asesinos seriales. Y, por ello, resulta absurdo pensar que la mejor manera de combatir el crimen radique en censurar estas manifestaciones.

Asumir que la prohibición de corridos que exaltan a los capos del narcotráfico o limitar las escenas hiperviolentas en el cine o la televisión es una medida efectiva contra cárteles y mafias no sólo es una muestra de inocencia política, sino del más puro cinismo. Frente al dilema entre censurar obras artísticas que podrían aumentar nuestra afición por la violencia, y proteger la libertad de expresión, las autoridades siempre deberían de decantarse por la segunda, pues ésta constituye una de sus obligaciones primordiales.

            Como señala el sociólogo francés Michel Maffesoli, la violencia es consustancial a las comunidades humanas -y a la suerte de la civilización- y, en lugar de simplemente negarla o silenciarla, como se ha intentado en vano en distintos momentos de la modernidad, tendríamos que aprender a considerarla una parte esencial de las fuerzas que animan nuestra vida social. De allí que las representaciones de la violencia en el arte, incluso las más grotescas y explícitas -como la ejecución de la mujer estadounidense en Los bastardos o la brutal secuencia de tortura en Heli-, adquieran un carácter casi ritual que no sólo nos permite sublimar nuestros instintos de muerte, como querría el psicoanálisis, sino asumir, con todo su horror, su presencia entre nosotros. Gracias a la inclusión de la violencia en los territorios del arte -de La Ilíada a Los fusilamientos del 3 de mayo y de Guerra y paz a Apocalypsis Now- hemos podido aquilatar su verdadera dimensión y, sobre todo, comprender mejor sus causas y sus consecuencias, así como los motores que se hallan detrás de ella.  

            Sólo los niños deberían conservarse al margen del constante bombardeo de imágenes violentas en televisión y videojuegos, pues éstas no hacen sino inculcarles patrones de agresión cuando sus cerebros aún no han recibido suficientes antídotos -modelos éticos y morales, ejemplos de altruismo y cooperación- que les permitan contrarrestarlos por sí mismos. En todos los demás casos, tendríamos que exigir que, en vez de preocuparse por censurar a Los Tigres del Norte o rasgarse las vestiduras frente a películas que en teoría no hacen más que perturbar la imagen de México como Heli -de protegernos contra la ficción-, políticos y comentaristas estén más pendientes por denunciar, combatir y limitar la injusticia y la impunidad que campea en nuestras calles.

 

Twitter: @jvolpi

 

 

[Publicado el 02/6/2013 a las 14:32]

[Etiquetas: Heli; Amat Escalante; violencia]

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La vida en México

Nacidos en 1932 y 1939, mis padres pertenecen a la generación cuyas ilusiones sobre sí mismos -y el futuro de nuestro país- se forjaron durante el llamado milagro mexicano de los cincuenta. Hijo de un italiano que había combatido al lado de Pancho Villa durante la Revolución, mi padre siempre reivindicó como su primer orgullo haber sido el primer miembro de su familia en convertirse en "profesionista" -una palabra que hoy suena casi anticuada pero que entonces acarreaba consigo no sólo las esperanzas de una vida más o menos confortable, sino de una respetabilidad que resultaba aún más relevante en términos simbólicos.

            Formado en el rigor académico de la vieja escuela clínica francesa, mi padre obtuvo su título de médico cirujano en la Universidad Nacional Autónoma de México en 1956, una institución que no abandonaría sino hasta el momento en que las normas burocráticas lo obligaron a jubilarse luego de haber sido profesor a lo largo de treinta y siete años. Para ser sinceros, a mi padre nunca le importó el dinero: lo único que le apasionaba era la cirugía (su mayor placer consistía en operar por la tarde mientras escuchaba música clásica), su familia y sus pequeñas aficiones: Victor Hugo y los grandes novelistas franceses del siglo XIX, la ópera italiana, Agustín Lara y colorear pequeñas figuras femeninas de plomo -una colección de desnudos que no dejaba de contrastar con su férreo conservadurismo y que aún constituye la principal atracción turística de su vieja casa en la colonia Postal.

            Convencido de su vocación humanista y de servicio, se consagró a ejercer su trabajo en el ISSSTE y, a diferencia de muchos de sus colegas, jamás quiso montar una consulta privada, convencido de que su labor en la medicina pública -y su ingreso en la Academia Mexicana de Cirugía- le garantizarían una vida tan interesante desde el punto de vista profesional como apacible desde el económico. Aun así, no dejó de participar en el movimiento médico de 1966 y atestiguó la represión del 68 desde la Clínica Tlatelolco. Cuando en esa misma época al fin se casó con mi madre, secretaria trilingüe de una empresa española, estaba convencido de que su trabajo ímprobo, que realizaba con toda su energía, le reservaría una vida más o menos tranquila en los años venideros.

            Hasta que se sucedieron las crisis de 1976, 1982 -acaso la más devastadora para esa incipiente clase media ilustrada-, 1988 y 1994, y las ilusiones de progreso se desvanecieron de inmediato. Ni con tres trabajos simultáneos -en el ISSSTE, la UNAM y el Departamento del Distrito Federal- mi padre acumulaba lo suficiente para darse lujos de ningún tipo, que por otro lado nunca le importaron. Cuando por fin decidió abandonar la cirugía, convencido de que sus dedos, otrora ejemplo de una agilidad de concertista, ya no respondían a sus designios, obtuvo una pensión que por pudor no pienso airear, pero que traducida a términos europeos lo convertiría en lo que allá denominan un mileurista. Al mirarlo hoy, a sus ochenta y dos años, desengañado por completo de ese sueño mexicano que animó a su generación, me invade una súbita tristeza al comprobar que hoy nada queda de esa fe en el progreso individual y colectivo.

            Hablo de mis padres porque no puedo no hablar de ellos, aunque sepa que no son sino un casos entre miles, los de muchos de sus contemporáneos que, tras esforzarse por darle a este país lo mejor de sus vidas, hoy viven no sólo en la desilusión, sino en la zozobra. Hace unos meses, mis padres fueron víctimas de un primer asalto: el engaño de una banda de vivales que parece especializarse en aprovecharse de los viejos. Un falso operador de Cablevisión tocó a su puerta, los engañó con una credencial chapucera y les robó joyas y aparatos electrónicos mientras un cómplice los distraía frente al televisor.

            Luego, como miles de personas en nuestro país, han debido acostumbrarse a recibir llamadas de individuos que se anuncian como miembros de los Zetas, quienes los insultan y amenazan, haciendo que ya no puedan sentirse seguros en la pequeña casa de la colonia Postal donde viven desde hace más de medio siglo. El último fraude ha sido, sin embargo, el más devastador. Mi madre acudió a una sucursal de Banamex, le entregó su tarjeta a la cajera y cuando ésta se la "devolvió", no reparó en que pertenecía a otra persona y era falsa.

            A partir de ese momento, la trama criminal incrustada en el banco vació sus ahorros de toda la vida en compras de equipos de cómputo y disposiciones en cajeros automáticos -lo que indica que poseían su número secreto y la habilidad de autorizar compras constantes sin que nadie rechistara. En Banamex les han dicho que lo más probable es que en dos meses recuperen su dinero, pero lo que de seguro nadie podrá reintegrarles la fe en la última institución en la que tenían confianza.

 

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[Publicado el 26/5/2013 a las 17:00]

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El asesino de la puerta de al lado

No en la lejana Alemania nazi de los hornos, las cámaras de gas y los campos de concentración. Tampoco en la minúscula Ruanda, de la que nunca habíamos escuchado hablar hasta que una parte de la población se lanzó a masacrar a otra a golpes de machete. Ni en la misteriosa Yugoslavia, ejemplo de convivencia pacífica, hasta que serbios, croatas, bosnios y kosovares redescubrieron -más bien reinventaron- sus diferencias y, con especial saña en el primer caso, se lanzaron a violar y asesinar a sus vecinos. No en el otro confín del mundo, sino aquí al lado, a unos kilómetros, en Guatemala. Quizás oímos las noticias, quizás nos enteramos de algún fallido esfuerzo diplomático, pero en general cerramos los ojos, ajenos a lo que ocurría allí, a nuestro lado. Doscientos mil muertos en una de las guerras civiles más cruentas de la cruenta América Latina. Tengo que repetir la cifra para que no parezca, al menos por un instante, una cifra: 200 mil muertos. Tres cuartas partes de ellos indígenas mayas, idénticos a sus hermanos (discriminados mas no asesinados) de Chiapas, Yucatán y Quintana Roo.

            Los mexicanos solemos lamentarnos de que Estados Unidos nos ignore, de que nos perciba como una realidad distante, de que no repare en que nuestros problemas también son sus problemas. Pues eso es nada comparado con el desconocimiento o el desprecio que sentimos hacia los guatemaltecos, con quien compartimos otra larga frontera. Desde que Centroamérica decidió separarse de México en 1823 tras la caída de el emperador Agustín I, hemos creído que esa zona del mundo no existe o que, si existe, nada tiene que ver con nosotros, por más que todas las fronteras sean artificiales y que una historia común nos haya unido durante siglos.

            Orgullosos de nuestra paz social y nuestra independencia de Washington -la mejor propaganda del PRI de la época-, los mexicanos apenas nos dimos cuenta de los treinta y seis años de guerra civil que sufrieron nuestros vecinos. Treinta y seis años de conflicto derivados del golpe de estado orquestado por Estados Unidos (en la operación PBSUCCSESS) contra el presidente nacionalista Jacobo Arbentz en 1954, al cual habrían de sucederle muchos otros hasta 1996, cuando por fin volvió la paz. A lo largo de estos años de terror se sucedieron distintos jefes militares, unos peores que los otros, entre los que destacan por su crueldad el coronel Carlos Castillo Armas -bajo cuyo gobierno fue incendiada la embajada española, causando la muerte de 37 personas, entre ellas el padre de Rigoberta Menchú- y el general Efraín Ríos Montt, recientemente condenado por genocidio y delitos contra la humanidad.

            Todos los observadores coinciden en señalar a la guatemalteca como una de las sociedades más injustas del siglo xx (razón por la cual Chiapas, que formó parte de la Capitanía General de Guatemala hasta 1823, no haya escapado a esta categoría). Aunque en el papel las leyes le granjeaban los mismos derechos a los indígenas que a los ladinos, la realidad es que los primeros, que hoy aún componen cerca de la mitad de la población, siempre sufrieron una discriminación semejante a la padecida por los judíos en la Alemania nazi o los negros en la Sudáfrica del apartheid. Desprovistos de tierras y condenados a la pobreza, no tardaron en ser vistos por los militares como subversivos en potencia y, con el pretexto de que auxiliaban a las guerrillas marxistas esparcidas en la selva, fueron convertidos en el primer blanco de la represión.

            Evangélico militante -en sus alocuciones no paraba de referirse a Dios y a la lucha contra el mal-, Ríos Montt ascendió al poder tras deponer a Fernando Lucas García. Su mandato apenas se prolongó durante año y medio, pero fue suficiente para perpetrar miles de asesinatos de militantes comunistas e indígenas mayas de la etnia Ixil. Como demostró la fiscalía durante su reciente proceso, estos crímenes no sólo se debieron a una guerra civil particularmente sangrienta, sino a una estrategia perfectamente planeada en contra de esa parte de la población. Los testimonios de las víctimas remiten a los Juicios de Núremberg: miles de personas torturadas, quemadas y ajusticiadas en aras de defender al mundo libre del comunismo. Apenas sorprende que, mientras estos crímenes se llevaban a cabo, Ronald Reagan visitara Guatemala en 1982 y declarase que Ríos Mont era un hombre "de gran integridad personal".

            La reciente condena contra Ríos Montt en Guatemala representa uno de esos pocos momentos que en verdad podemos llamar históricos. Al tratarse del primer dictador en la historia condenado por genocidio en su propio país, Guatemala sienta un precedente único para la justicia global. Por una vez los mexicanos deberíamos mirar hacia el sur y contemplar con admiración cómo nuestros vecinos han sido capaces de darle un vuelco a la historia de impunidad que predomina en nuestro continente.

 

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[Publicado el 19/5/2013 a las 19:02]

[Etiquetas: Ríos Montt]

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Los ricos también ríen

En la escena que más risas desata en el público mayoritariamente clasemediero en la sala de la colonia Escandón a la que asisto, Peter (Carlos Gascón), el vividor que mediante amenazas y chantajes está a punto de casarse con la hija del empresario Germán Noble (Gonzalo Vega), se ve obligado a revelar sus datos personales al notario que está a punto de concederle una tajada sustancial del patrimonio de su prometida. A lo largo de toda la comedia lo hemos visto presumir un machacón acento español -y un estilo que remite al de Colate, hasta hace poco marido de Paulina Rubio-, y de pronto nos enteramos de que el simulador nació en Cholula, Puebla (si bien alega haber estudiado en Salamanca.)

            Que este gag se alce como el punto más hilarante de Nosotros los nobles (2013), la primera película de Gaz Alazraki, da cuenta de los alcances de su humor. Y que este remake de El gran Calavera, la segunda película mexicana de Luis Buñuel (1949), se haya convertido en pocas semanas en la cinta más taquillera del cine nacional, revela que la aplastante inequidad que sufre nuestro país desde los años cuarenta, y que no ha hecho sino acentuarse en los últimos decenios, continúa siendo terreno fértil para la sátira social, por pedestre que ésta sea.

            Obligado a trabajar a partir del guión de Luis y Janet Alcoriza, una especie de fábula moral que retrataba los excesos de la incipiente burguesía mexicana de aquellos años, Buñuel filmó una de sus películas menos relevantes, apenas punteada por sus buenas actuaciones (con Fernando Soler en el papel del Calavera) y una mirada que se regodea en desnudar algunos de los tics y las manías de esa incipiente clase social que, una vez cerrada la etapa revolucionaria, estaba a punto de adueñarse de México.

            Setenta años después, los excesos de los personajes de Buñuel se han convertido en benévolas caricaturas frente al imparable ascenso de los millonarios mexicanos, los cuales desde que se inició la liberalización de nuestra economía en los años ochenta no han encontrado límite alguno a sus ambiciones. Lo que en Buñuel era una lección de moral dada a esos rancios petimetres, se transforma en manos de Alazraki en una suerte de lavado de cara de nuestros pirrurris, yuppies, hipsters y mirreyes, quienes con una mínima presión parecen capaces de redimirse y de demostrar que son tan frágiles y humanos como cualquiera.

            La trama de Nosotros los nobles -las múltiples referencias a la época de oro del cine mexicano resultan tan superficiales como vanas- es de sobra conocida, así que no temo arruinarle la tarde a quien aún no la haya visto. Un rico empresario viudo de pronto se da cuenta de que sus tres hijos, la fresa Barbie (Karla Souza), el yuppy Javi (Luis Gerardo Méndez) y el hipster Charlie (Juan Pablo Gil), malgastan sus días y su fortuna en toda suerte de excesos, desde las borracheras del mayor hasta los deslices eróticos del menor, pasando por el amorío de Barbie con el insufrible Peter. A fin de darles una lección, Germán Noble finge que el sindicato de sus empresas ha descubierto un fraude millonario, confiscando sus propiedades y obligándolos a vivir como pobres, refugiados en la casona abandonada del abuelo.

            A partir de esta premisa -calcada de la de Buñuel-, cada uno de los hijos irá descubriendo sus errores al enfrentarse a la dura realidad del mundo, convirtiéndose (en teoría) en seres humanos más responsables y solidarios. Así, Barbie dejará a Peter -exhibido como un pícaro, más que como un malvado- y se enamorará de Lucho, el hijo de la sirvienta con quien coqueteaba desde niña, mientras que Javi montará un negocio con los amigos que conoció como chofer de microbús y Charlie al fin encontrará a una novia de su edad. Revelado el engaño del padre, se suceden los previsibles enojos de los hijos, la reconciliación y el ineludible final feliz.

            Desde las obras de Aristófanes, Plauto, Lope o Molière, las grandes comedias siempre fungieron como termómetros de la sociedad. Al ridiculizar a los avaros, los presumidos o los sabihondos -a los poderosos-, sus autores mostraban las llagas de su época y, en los mejores casos, se convertían en catalizadores del descontento o la frustración. No puede exigirse que todas las comedias busquen esta dimensión artística, pero que la película más vista en México en los últimos años sea una burda reivindicación de nuestros ricos, los cuales a pesar de sus defectos terminan por despertar todas nuestras simpatías, la convierte más bien en cómplice del statu quo.

            Cuando casi al final del filme Germán Noble le revela la verdad a sus hijos, Barbie no puede creerlo y le recuerda a su padre el momento en el que les anunció que el sindicato había clausurado sus empresas. A lo cual Noble responde, en la única línea verdaderamente ácida de la película (que no tardará en quedar sepultada bajo de la melosa reunificación familiar): "Si ni siquiera tenemos sindicato". Poco importa: aún así los queremos.

 

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[Publicado el 12/5/2013 a las 18:34]

[Etiquetas: Nosotros los nobles]

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El maratón y la lucha

Correr. Correr sin descanso. Correr sin pausa. Correr hasta la meta. Correr aunque los músculos se te desgajen. Correr aunque tus pulmones no alcancen a llenarse. Correr aunque el esfuerzo te reviente el corazón. Correr las 25 millas -unos 42 kilómetros- que separan los llanos de Maratón, donde la armada griega ha vencido a los odiados persas, de la gloriosa Atenas. Feidipides (otras fuentes lo llaman Filipides, Tersipio, Erquio o Eucles) mira la hermosa ciudad a la distancia y, venciendo la debilidad de su cuerpo, acelera hasta donde lo esperan sus ansiosos dignatarios. νενικηκαμεν, pronuncia con su último aliento: "Hemos vencido". Y muere en el instante.

            Según la leyenda griega, recreada en 1879 por el poeta Robert Browning, la carrera que hoy conocemos con el nombre de maratón estuvo siempre ligada con la victoria sobre uno mismo -y con la muerte. Yo, que siempre he odiado las largas distancias (el asma las colocaba fuera de mi alcance), siempre he sentido fascinación por los exultantes relatos de los maratonistas. Según ellos, nada se compara a ese instante de iluminación en el que, cuando el cuerpo parece haber sido doblegado por la fatiga, el corredor sigue adelante en un último arresto, animado por los aplausos de los espectadores.

En Correr, el novelista japonés Haruki Murakami ve en el maratón una filosofía de vida. "El dolor es inevitable, pero el sufrimiento opcional", escribe recordando el consejo que le dio un atleta veterano. "Digamos que empiezas a correr y te dices: esto duele, no puedo más. El dolor es una realidad inevitable, pero en qué medida puedes soportarlo es decisión del corredor. Esto resume el aspecto más importante del maratón."

No deja de ser llamativo que Tamerlán y Dzhojar Tsarnaev hayan elegido precisamente el Maratón de Boston como escenario de su venganza. Desde que se reintrodujo como parte esencial de los Juegos Olímpicos modernos, esta carrera no sólo se convirtió en una metáfora del triunfo de la voluntad sobre la carne -basta recordar a tantos agónicos atletas arrastrándose hasta la meta vitoreados por los espectadores- sino de la paz y la armonía entre los pueblos.

La elección no parece casual. Los dos hermanos eran atletas meritorios, si bien sus intereses se hallaban en los deportes más contrapuestos, si cabe, a las carreras de resistencia: la lucha y el boxeo. A diferencia de los maratonistas, cuyo objetivo esencial consiste en vencerse a sí mismos, los peleadores están obligados a imponerse a sus rivales, a quienes difícilmente dejan de ver como enemigos. Aunque sus razones aún puedan resultarnos misteriosas, Tamerlán y Dzhojar dejaron claro no sólo su odio hacia la sociedad secular y consumista que los había acogido desde niños, sino hacia ese autocontrol de los maratonistas que ellos al parecer nunca tuvieron.

A menos que se descubran más tarde otros indicios, todo indica que, a diferencia de los perpetradores de los atentados del 11 de septiembre de 2001, los hermanos Tsarnaev actuaron por su cuenta, sin vínculos estrechos con organizaciones terroristas. Chechenos étnicos, ambos llegaron a Estados Unidos desde Kirguizistán, adonde su familia había sido deportada por Stalin en los años cuarenta. De acuerdo con los reportes de la prensa, Tamerlán nunca se sintió cómodo en su nuevo país y acaso fue el responsable del adoctrinamiento de su hermano menor, un joven a quien sus compañeros de escuela consideraban simpático y algo retraído.

En principio resulta incomprensible que dos jóvenes más o menos bien integrados a la sociedad estadounidense pudiesen de pronto convertirse en terroristas. ¿Qué frustración, qué deseo de venganza o qué miedo los condujo a asesinar y mutilar a otros atletas como ellos? ¿En verdad la defensa del Islam podría servir de justificación a un crimen tan espantoso? Su desvarío quizás no se separe demasiado de esos otros asesinos solitarios que cada cierto tiempo aparecen, sin falta, en Estados Unidos. Por más que ahora se les quiera asimilar a los talibanes o los combatientes de Al-Qaeda, su ideología religiosa resulta tan vaga como los delirios de Adam Lanza, el homicida de Newtown.

Correr. Correr sin descanso. Correr sin pausa. Correr hasta la meta. Correr aunque los músculos se te desgajen. Correr aunque tus pulmones no alcancen a llenarse. Correr aunque el esfuerzo te reviente el corazón. Correr para que no te atrapen. Tras asesinar a tres personas y mutilar a decenas de inocentes, de enfrentarse a la policía y ver caer muerto a su hermano, Dzhojar Tsarnaev corre por Watertown hasta refugiarse, malherido, en un bote. E antiguo luchador jamás comprenderá que, como dijo el presidente Obama en otro de sus discursos memorables, lo que distingue al maratón no es sólo el combate del corredor contra sí mismo, sino el respeto de quienes lo contemplan. "En la milla más ardua, justo cuando creemos que nos hemos golpeado contra un muro, alguien estará allí para animarnos y levantarnos si caemos".

 

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[Publicado el 05/5/2013 a las 15:15]

[Etiquetas: Boston; atentados]

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Biografía

(México, 1968). Es autor de las novelas La paz de los sepulcros, El temperamento melancólico y En busca de Klingsor (premios Biblioteca Breve y Deux Océans-Grinzane Cavour). Con ella inició una "Trilogía del siglo XX", cuya segunda parte es El fin de la locura y la tercera No será la Tierra. También ha escrito las novelas cortas reunidas en el volumen Días de ira, así como Sanar tu piel amarga, El jardín devastado y Oscuro bosque oscuro. Es autor de los ensayos La imaginación y el poder, La guerra y las palabras, Mentiras contagiosas (Premio Mazatán al mejor libro del año 2008), El insomnio de Bolívar (Premio Debate-Casa de América 2009) y Leer la mente. En 2009 obtuvo el Premio José Donoso de Chile por el conjunto de su obra. Ha sido profesor en las universidades de Emory, Cornell, Las Américas de  Puebla, Pau, Católica de Chile, Nacional Autónoma de México y Princeton. Ha sido becario de la Fundación Guggenheim y miembro del Sistema Nacional de Creadores de México. Ha sido condecorado como Caballero de la Orden de Artes y Letras de Francia y con la Orden de Isabel la Católica de España. Fue director de Canal 22 entre 2007 y 2011. Es colaborador de los periódicos Reforma y El País. Sus libros han sido traducidos a veinticinco idiomas. En 2012 recibió el premio Planeta-Casa de América por su novela La tejedora de sombras. En 2014, publica su novela Memorial del engaño en América Latina y España y, para el año 2015, estará publicada en Brasil, Portugal, Italia y Francia. Actualmente es director general del Festival Internacional Cervantino. 
 

Bibliografía

Memorial del engaño (2014). Ediciones Alfaguara, España

Leer la mente (2011). Ediciones Alfaguara, España

No será la tierra (2006). Ediciones Alfaguara, España

Dos novelistas poco edificantes (2004). Volpi, Jorge; Urroz, Eloy. Algaida Editores, España

Geometric intimacies. Sebastián Sculptor (2004). Ediciones Turner, España

Geometría emocional. Sebastián escultor (2004). Ediciones Turner, España

La guerra y las palabras (2004). Editorial Seix Barral, España

El fin de la locura (2003). Editorial Seix Barral, España

Desafíos de la ficción (2002). Volpi, Jorge, [et. al.] Universidad de Alicante. Servicio de Publicaciones, España

En busca de Klingsor (2000). Círculo de Lectores, España

El juego del apocalipsis: un viaje a Patmos (2000). Nuevas Ediciones de Bolsillo. España

Tres bosquejos del mal (2000). Urroz, Eloy; Padilla, Ignacio; Volpi, Jorge. El Aleph Editores, España

 

 

 

 

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