PRISA utiliza cookies propias y de terceros para mejorar tu experiencia de navegación y realizar tareas de analítica. Al continuar con tu navegación entendemos que aceptas nuestra política de cookies.

Cerrar

El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

martes, 23 de diciembre de 2014

 Blog de Jorge Volpi

Mis libros de 2014

Aunque cada vez detesto más las listas de los mejores libros del año (casi siempre endogámicas, casi siempre dictadas por una suerte de consenso crítico), dejo aquí un pequeño catálogo de los libros aparecidos en 2014 que más me gustaron o impactaron. (Algunos de mis mejores amigos publicaron obras que me parecen espléndidas: lo aclaro y las incluyo al final.)

 

NARRATIVA EN ESPAÑOL: Catálogo de formas, de Nicolás Cabral

Una de las joyas literarias de este año. Una breve, elusiva y sutil novela que, a partir de la vida, obra e ideas de Juan O'Gorman, explora los límites entre la creación, el idealismo, el poder y el desencanto.

 

Incluyo también Los hemisferios, de Mario Cuenca Sandoval:  aunque su segunda parte resulte redundante y fallida, pocas apuestas me han parecido tan arriesgadas como la de esta novela fantástica y desbocada que se extiende entre distintos universos paralelos.

 

NARRATIVA EN OTROS IDIOMAS: Euphoria, de Lilly King

Como la de Cabral, esta es otra narración que, eludiendo los límites de la novela biográfica o histórica, se basa en la figura de Margaret Mead y su círculo para detenerse en la extrañeza y las contradicciones de un triángulo de antropólogos y sus andanzas por mundos sólo en apariencia primitivos.

 

CIENCIA FICCIÓN: The Book of Strange New Things, de Michael Faber

La idea, de entrada, me parece genial: un misionero cristiano es enviado a un planeta recientemente descubierto (o conquistado) por una corporación humana para compartir la palabra de Jesús entre los nativos. Una Crónica de Indias de nuestro tiempo.

 

ENSAYO: El impostor, de Javier Cercas

Aunque su autor insiste en considerar que su libro es una "novela sin ficción o un relato real", a mí me parece claramente un ensayo, en todo caso una crónica o un "ensayo en primera persona". Como sea, la asombrosa historia de Enric Marco, el presidente de una de las principales asociaciones de víctimas de los campos de concentración nazis que en realidad se inventó éste y casi todos los hechos de su vida, termina convertido por Cercas en una fascinante metáfora de la España de la transición. 

 

MEMORIAS: Amarres perros, de Jorge Castañeda

Pocas figuras intelectuales tan lúcidas, polémicas y atrabiliarias como la del primer canciller de Vicente Fox: sólo alguien con un carácter tan tumultuoso como Castañeda (quien se inscribe en la línea directa del Ulises Criollo de Vasconcelos, con quien lo unen no pocas semejanzas) podía atreverse a escribir una autobiografía tan sincera, egocéntrica y apasionante en un medio tan propicio a la hipocresía y el disimulo como el mexicano.

 

Y, ahora, los libros de mis amigos:

Gerardo Kleinburg, Éxtasis. Una novela en siete cápsulas

Encomio de los poderes y peligros del éxtasis, esta segunda novela de Kleinburg brilla por el entramado de historias de personajes al límite, dispuestos a arriesgar sus destinos en busca de una transformación (o de una iluminación) que siempre los rebasa.

Luis Felipe Lomelí, Indio borrado

Como prolongación y antídoto a los relatos de violencia (y a la violencia) que nos rodean, Lomelí ha creado un personaje inolvidable con el Güero, desvencijado símbolo de las tensiones de nuestra época.

Guadalupe Nettel, Después del invierno

Recompensada con el Premio Herralde de este año, la mejor entre las novelas de Nettel se adentra en las vidas de dos personajes tan perturbadores como excéntricos: un aséptico y neurótico cubano en Nueva York y una frágil estudiante mexicana en París enamorada de un joven moribundo. Lo mejor: un estilo parco y preciso que roza la perfección.

Ignacio Padilla, Las fauces del abismo

Así pasen los años, Padilla continúa pareciéndome no sólo el más deslumbrante cuentista de mi generación, sino de uno de los más imaginativos cuentistas de nuestros días. Una nueva colección que prolonga su asombrosa "Micropedia", en esta ocasión con un peculiar bestiario que navega entre las crónicas medievales y Borges. 

Pedro Ángel Palou, No me dejen morir así

Centrado a lo largo de los últimos años en narrar las vidas de nuestras principales figuras históricas, aquí Palou ha ido aún más lejos que en Pobre patria mía, sus falsas memorias de Porfirio Díaz, para introducirse en la mente de Pancho Villa en un relato que rebasa los límites genéricos y se arriesga a dislocarse.

Edmundo Paz Soldán: Iris

Si la ciencia ficción continúa pareciendo excéntrica en nuestras letras, que la realice un boliviano suena de plano inverosímil. Pero Paz Soldán ha logrado crear un deslumbrante mundo propio (regido, como el de Kleinburg, por las drogas) que, como todos los grandes relatos de ciencia ficción, dice mucho más sobre nuestro tiempo que sobre el futuro.

Pablo Raphael, Clipperton

Escrita a lo largo de varios años y un periplo que lo condujo directamente a la antigua isla mexicana, Raphael se sirve de Clipperton para crear un vasto relato polifónico en el que se funden todas las historias y fantasías en torno a esta tierra de nadie que tanto ha fascinado a los escritores.

Eloy Urroz, La mujer del novelista

Urroz inició esta novela como una suerte de experimento vital, cercano al arte contemporáneo: iniciada y terminada a lo largo de un año en Aix-en-Provence, es a la vez el ácido retrato de nuestra generación literaria (el Crack reconvertido aquí en Clash), como una brillante reflexión en torno al amor o el adocenamiento del amor a partir de mundos que, como los de Cuenca Sandoval, se abren a dos tiempos -u opciones de vida- simultáneas. 

 

[Publicado el 21/12/2014 a las 19:07]

[Etiquetas: libros 2014]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

La desolación de Ayotzinapa

Según la reconstrucción de los hechos realizada por la Procuraduría General de la República, el 26 de septiembre pasado María de los Ángeles Pineda, esposa del entonces alcalde de Iguala, José Luis Abarca, se disponía a presentar su informe de trabajo como presidenta de la vertiente local de la organización denominada Desarrollo Integral de la Familia (el área de gobierno responsable de los programas sociales) en un mitin que previsiblemente sería aprovechado para acentuar las posibilidades de suceder a su marido en las elecciones de 2015 como candidata del Partido de la Revolución Democrática (PRD), del cual hacía unos meses se había convertido en consejera.

            Ese mismo día, un grupo de estudiantes de la Escuela Normal de Ayotzinapa -una de las instituciones creadas por Lázaro Cárdenas en los años treinta para formar profesores rurales, caracterizadas desde entonces por su vena rebelde- había viajado hasta Iguala, la tercera ciudad más importante de Guerrero, a fin de cumplir con un ritual más o menos tolerado por las autoridades: el secuestro de taxis y autobuses para recorrer la zona en busca de "donativos", acaso para financiar su viaje a la la ciudad de México, donde -siniestra paradoja-habrían de sumarse al contingente que el 2 de octubre recordaría a los estudiantes asesinados por el gobierno en 1968 en la Plaza de las Tres Culturas.

            La ley de la impenetrabilidad de la materia -la idea de que dos sólidos no pueden ocupar simultáneamente el mismo espacio- devino entonces en una de las mayores tragedias mexicanas de los últimos, de por sí trágicos, tiempos. Ofuscado porque la presencia de los jóvenes podría opacar la entronización de su esposa, el alcalde Abarca dio la instrucción a su jefe de seguridad pública de impedir a toda costa que se manifestaran en Iguala. El resultado: al cabo de un brutal enfrentamiento, tres normalistas fueron asesinados -a uno de ellos lo desollaron y a otro le arrancaron los ojos de las órbitas-, otros tres infortunados paseantes también murieron, entre ellos un futbolista del equipo de tercera división de Chilpancingo, y 43 jóvenes desaparecieron sin que hasta el momento se haya confirmado el hallazgo de sus cuerpos.

            El acontecimiento resulta tan obsceno, tan gratuito, que a más de un mes de distancia aún suena irracional. Imposible. Siempre según la reconstrucción oficial de los hechos, la policía municipal de Iguala habría sido la responsable de esas primeras muertes, así como de detener a los otros 43 normalistas, a quienes habrían cargado en un camión de redilas y conducido hasta la vecina Cocula, a pocos kilómetros de distancia. Una vez en su poder, los policías de este municipio habrían acatado la orden de entregar a los muchachos a un grupo de narcotraficantes conocido como Guerreros Unidos, los cuales a su vez los habrían llevado por sinuosos senderos hasta lo alto de la sierra. Según el testimonio de tres de ellos, a continuación los jóvenes, hacinados y heridos, habrían sido quemados vivos en una pira que ardió a lo largo de 15 horas.

             ¿Por qué alguien, incluso un narcotraficante o un político corrupto, querría asesinar así, sin el menor resabio de humanidad, a 43 estudiantes de magisterio? Esta pregunta, tan ardua y dolorosa, mantiene a México en vilo desde hace semanas. Ahora sabemos que, además de un rico empresario en el negocio de joyas, el alcalde José Luis Abarca era un destacado miembro de Guerreros Unidos y tal vez su "jefe de plaza". Que su mujer, María de los Ángeles Pineda, era la responsable económica del cártel. Que dos hermanos de ella, antiguos lugartenientes del cártel de los Beltrán Leyva, fueron asesinados por su jefe acusados de traición. Que, tras ser elegido candidato del PRD a la alcaldía -por intervención del exalcalde Lázaro Mazón y con la anuencia de todos los sectores de la izquierda mexicana-, Abarca asesinó a sangre fría a uno de sus enemigos políticos.

Tras permenecer escondidos durante semanas, Abarca y Pineda -escabrosa versión mexicana de Lady Macbeth- han sido capturados, lo mismo que Ángel Casarrubias, alias El Machomo, el líder de Guerreros Unidos. La pregunta, sin embargo, se mantiene en el aire como un ominoso resumen de la catástrofe que aqueja al país desde que, hace ocho años, el presidente Felipe Calderón declarase intempestivamente la llamada guerra contra el narco. ¿Por qué alguien querría asesinar a estos 43 jóvenes? Aunque las declaraciones de los tres sicarios detenidos apuntan a que fueron salvajemente ejecutados, sus padres insisten en que no se darán por vencidos hasta que se identifiquen los cuerpos con absoluta certeza. Más que eso: el lema "vivos se los llevaron, vivos los queremos" se ha convertido en el símbolo del movimiento nacional que reclama conocer la verdad y en el mantra que resume la impotencia y la rabia frente a miles de casos semejantes.

Si el caso de los normalistas de Ayotzinapa ha despertado tanta indignación se debe a que, en medio del sinfín de muertes horrendas que hemos presenciado en estos años de pólvora, encarna la suma de todos nuestros temores. Mientras que dolorosamente los 72 migrantes hallados en Tamaulipas no dejaban de ser extranjeros o los narcotraficantes ejecutados en Tlatlaya no dejaban de ser narcos, aquí nos encontramos frente a 43 estudiantes. 43 jóvenes de familias sumidas en una pobreza ancestral. 43 jóvenes que, más allá de su ideología radical, representan a todos esos mexicanos que sólo aspiran a una vida mejor. Y porque Abarca y Pineda no eran simples políticos corrompidos por el narco, como los que abundan a lo largo y ancho del territorio nacional, sino narcotraficantes convertidos en políticos. Criminales ungidos y tolerados por el conjunto de nuestra clase política.

Ayotzinapa es, por desgracia, la conclusión última del desastre nacional generado por la guerra contra el narco. Nadie duda que antes de 2007 había tráfico de drogas o rachas de inocultabel violencia, pero la abrupta intervención estatal en un sistema caótico destruyó por completo los delicadísimos equilibrios que mantenían a México en paz. La fragmentación constante de los cárteles y su imbricación cada vez más profunda en distintos sectores de la población auspició el surgimiento de una sociedad criminal en la cual las autoridades y los criminales empezaron a no diferenciarse. La degradación social dio lugar a una ríspida degradación moral y la vida dejó de tener valor frente a la menor ganancia inmediata.

Así, mientras los políticos de las distintas fuerzas no han hecho otra cosa más que tratar de exculparse o de exhibir la complicidad con los delincuentes de sus rivales, el resto del país se halla sumido en el más acerbo desamparo. Dado que todos los partidos, desde Acción Nacional, que inició la guerra contra el narco, hasta MORENA, que continúa solapando a Lázaro Mazón, el protector de Abarca, y desde el gobierno del Partido Revolucionario Institucional, que tanto ha tardado en reaccionar para resolver el caso, hasta el PRD, que postuló al alcalde y al exgobernador Rubén Aguirre, tienen responsabilidad en lo ocurrido, los ciudadanos de pronto no tienen a quién recurrir, en quien confiar. La ineficiencia de nuestro sistema de justicia -donde el 90 por ciento de los delitos se mantienen impunes- hace que la llaga se revele supurante.

Si de por sí en lugares como México las autoridades resultan tan poco confiables, Ayotzinapa deja la sensación de que ninguna será ya capaz de protegernos. Nada resulta tan peligroso para un país como el descrédito absoluto de su clase política. Y más si ese país, con sus innegables avances en áreas específicas, continúa arrastrando enormes problemas de desigualdad o mantiene gravísimos déficits en su estado de derecho. Ayotzinapa, y la tristeza, la vergüenza y la cólera que ha generado por doquier, es el angustioso llamado de auxilio de una población harta de convivir a diario con la corrupción y con la muerte.

 

twitter: @jvolpi

 

 

[Publicado el 19/11/2014 a las 00:52]

[Etiquetas: Ayotzinapa; Iguala; normalistas]

[Enlace permanente] [59 comentarios]

Compartir:

¿Por qué?

¿Por qué cuarenta y tres jóvenes han desaparecido?

            ¿Por qué cuarenta y tres jóvenes han sido secuestrados o acaso asesinados?

            ¿Por qué nada sabemos de cuarenta y tres jóvenes de entre 18 y 33 años desde hace tres semanas?

            ¿Por qué nada sabemos de cuarenta y tres ciudadanos mexicanos desde hace tantos, tantos días?

            ¿Por qué tres de esos jóvenes fueron abatidos por la policía en un enfrentamiento en apariencia banal?

            ¿Por qué tres jóvenes fueron asesinados por quienes deberían protegerlos?

            ¿Por qué uno de esos jóvenes fue desollado?

            ¿Por qué a uno de esos jóvenes le arrancaron los ojos de la cuencas?

            ¿Por qué los policías municipales de Iguala -según el testimonio de los primeros detenidos- entregaron a diecisiete de esos jóvenes a un grupo criminal conocido como Guerreros Unidos?

            ¿Por qué nada sabemos de los otros treinta jóvenes?

            ¿Por qué se encontraron varias fosad con veintiocho cadáveres justo en estos días?

            ¿Por qué se encontraron luego más y más fosas?

            ¿Por qué esta macabra acumulación de fosas?

            ¿Por qué seguimos sin saber cuántas fosas y cuántos cadáveres había en cada una de ellas?

            ¿Por qué un hombre señalado como probable homicida pudo convertirse en candidato a la alcaldía de Iguala?

            ¿Por qué un hombre casado con una mujer cuya familia tenía lazos evidentes con el crimen organizado pudo convertirse en alcalde de Iguala?

¿Por qué nadie denunció penalmente al alcalde de Iguala?

            ¿Por qué nadie vio o quiso ver quién era el alcalde de Iguala?

¿Por qué la policía de Iguala pudo entreverarse a tal modo con el crimen organizado al grado de ya no diferenciarse?

¿Por qué nadie vio o quiso ver que el poder político y el crimen organizado se habían vuelto la misma cosa en Iguala?

            ¿Por qué el alcalde de Iguala y su jefe de seguridad pública se jactaron de la represión contra los jóvenes?

            ¿Por qué el alcalde de Iguala pudo burlarse públicamente de las primeras muertes diciendo que nada sabía de ellas porque estaba bailando?

            ¿Por qué la carga de la policía contra los estudiantes coincidió con el informe de labores de la esposa del alcalde?

            ¿Por qué a las pocas horas el alcalde y su esposa huyeron de Iguala?

            ¿Por qué el jefe de seguridad pública de Iguala huyó a continuación?

            ¿Por qué seguimos sin saber dónde se ocultan el alcalde, su esposa y el jefe de seguridad pública de Iguala?

            ¿Por qué el ADN de los cadáveres hallados en la primera fosa no corresponde con el de los jóvenes desaparecidos?

            ¿Por qué no sabemos de quién son esos cuerpos?

            ¿Por qué hay otros diecisiete ciudadanos mexicanos asesinados y nada sabemos de ellos, sus nombres, sus rostros, sus vidas?

            ¿Por qué no repetimos a diario los nombres de estos cuarenta y tres jóvenes mexicanos?

            ¿Por qué no pronunciamos a diario, en voz alta, los nombres de Jhosivani, Luis Ángel, Marco Antonio, Saúl Bruno, Jorge Antonio, Abel, Carlos Lorenzo, Adán Abraján, Felipe Arnulfo, Emiliano Alen, César Manuel, Jorge, José Eduardo, Israel, Antonio, Christian Tomás, Luis Ángel, Miguel Ángel, Benjamín, Alexander, Leonel, Everardo, Doriam, Jorge Luis, Marcial, Jorge Aníbal, Abelardo, Cutberto, Bernardo, Jesús Jovany, Mauricio, Martín Getsemany, Magdaleno Rubén, Giovanni, José Luis, Julio César, Jonás, Miguel Ángel, Christian Alfonso, José Ángel, Carlos Iván, José Ángel e Israel?

            ¿Por qué hay quienes no se identifican con el dolor de los padres de estos jóvenes?

            ¿Por qué hay quienes no buscan entender la ira de sus compañeros?

            ¿Por qué hay quienes se empeñan en tachar a los jóvenes de Ayotzinapa de agitadores en vez de mirarlos como víctimas?

            ¿Por qué hay quienes se ceban en el radicalismo político de las normales rurales cuando lo único que importa son las vidas de estos jóvenes?

            ¿Por qué hay quienes osan sugerir que las protestas de los jóvenes son equiparables con los crímenes cometidos contra ellos?

             ¿Por qué hay quienes condenan las marchas y los destrozos pero no los asesinatos y las desapariciones?

¿Por qué hay quienes lamentan las marchas y los destrozos en vez de hacerse todas estas preguntas?       

            ¿Por qué hay quienes no se dan cuenta de que esta tragedia nos implica a todos?

            ¿Por qué hay quienes, en los medios y las redes sociales, buscan restarle importancia a la tragedia?

            ¿Por qué alguien ordenó secuestrar o asesinar a estos jóvenes?

 

Publicado originalmente en el diario Reforma, 19.10.14 

Twitter: @jvolpi

 

[Publicado el 28/10/2014 a las 02:38]

[Etiquetas: Ayotzinapa; Iguala; normalistas]

[Enlace permanente] [4 comentarios]

Compartir:

Palabras inaugurales del Festival Internacional Cervantino

Me corresponde el honor de darles la bienvenida al cuadragésimo segundo Festival Internacional Cervantino, el festival de música y artes escénicas más importante de América Latina y uno de los más diversos y relevantes del planeta. En otras palabras: a esta celebración que, gracias al empeño continuado de quienes lo han hecho posible, los gobiernos federal y del Estado, la alcaldía de Guanajuato, la Universidad de Guanajuato y, de manera especial, los propios habitantes de ésta, la ciudad más hermosa del mundo, se ha convertido en uno de los mayores orgullos de nuestro país y una cita obligada para los grandes artistas de nuestro tiempo.

            En Euforia, de la escritora norteamericana Lily King, un fascinante triángulo amoroso situado en Nueva Guinea durante la edad de oro de la antropología, los personajes de la novela, libremente basados en Margaret Mead y su círculo, no tardan en constatar, mientras estudian los comportamientos de distintas tribus de la zona, que en muchos sentidos ellos mismos, los expertos que enarbolaban los valores de la civilización occidental, eran mucho más salvajes que sus objetos de estudio.

            Si hoy abrimos un diario, nos sentamos frente a un noticiario televisivo o dejamos que nuestro teléfono nos informe en directo sobre el estado del mundo y de nuestro país, tendríamos que admitir que seguimos siendo salvajes. Bastaría enterarnos de las tragedias que cimbran a Siria o Irak o, más cerca de nosotros, de los brutales crímenes contra los jóvenes normalistas de Ayotzinapa, en Iguala, para perder cualquier confianza en el género humano. Seguimos dominados por prejuicios ancestrales, por el ansia de poder o la venganza, y olvidamos a diario que todas las vidas humanas poseen el mismo valor.

            Pero, si bien estas tendencias asesinas y excluyentes permanecen arraigadas en nosotros, también es cierto que, desde épocas inmemoriales, los seres humanos hemos buscado conjurarlas a través de ese conjunto de manifestaciones que solemos llamar "arte". Todas las culturas comparten esta vocación por la danza y la poesía, el teatro y la música, como si supiéramos que son el único bálsamo frente a la barbarie. Por eso el arte no es un simple entretenimiento ni una mera forma de evadir el horror cotidiano, sino una fuerza que nos permite indagar en lo más profundo de nosotros mismos con la esperanza de llegar a conocernos mejor. Si el arte no garantiza nuestra redención, al menos nos permite reconocer nuestras flaquezas y delirios, y transformarnos, por un instante, en otros: en los otros. En nuestros semejantes.

            Shakespeare, de quien hoy celebramos 450 años, lo supo como nadie: sus obras jamás ocultan la vileza, la ambición o la crueldad, pero tampoco la ternura, la amistad o la pasión, nuestras grandes virtudes. A lo largo de estas semanas, el Bardo será uno de nuestros guías por los claroscuros de la naturaleza humana, y su vigencia se verá reflejada en numerosas puestas en escena y adaptaciones de sus obras. El horror que nos circunda demuestra que vivimos tiempos eminentemente shakespearianos.

            Las fronteras siempre han sido fuentes de disputas, guerras y masacres. Desde Rómulo, que trazó los lindes de Roma y asesinó a su hermano por cruzarlos, hasta los miles de mexicanos y centroamericanos que ahora mismo arriesgan sus vidas para traspasar la línea artificial que nos separa de Estados Unidos, las fronteras muestran lo peor -y lo mejor- de nosotros. Yo estoy aquí y tú allá. Y, sólo por eso, soy mejor que tú. Ideas atroces frente al que se han rebelado un sinfín de artistas -y de hombres y mujeres comunes. El Festival Cervantino también será el escenario en que se discutan, se subviertan y se vulneren las fronteras.

            La música, la danza, el teatro, el cine, las artes plásticas y la literatura como acicates para la reflexión sobre los problemas de nuestro tiempo, sí, pero también como un espacio para la solidaridad y la comunión. Por ello, también tendremos la oportunidad de apreciar el singular trenzado entre tradición y modernidad que ofrecerán las prodigiosas culturas de nuestros invitados de honor: Japón y Nuevo León.

            A lo largo de estos 19 días, Guanajuato -y México- recibirán a cerca de 4 mil artistas que, en más de 685 actividades, nos mostrarán nuestros abismos: nuestro dolor y nuestra risa, nuestra sinrazón y nuestra capacidad para sobreponernos al infortunio, nuestros torvos miedos y nuestras gloriosas esperanzas. Un recorrido de 19 días, pues, para aquilatar la avasalladora complejidad que nos hace tan apasionadamente humanos.

            Bienvenidos sean al cuadragésimo segundo Festival Internacional Cervantino.

 

[Publicado el 22/10/2014 a las 20:38]

[Enlace permanente] [2 comentarios]

Compartir:

El valor de la cultura

El Fondo de Cultura Económica. Fundado en 1934 por un grupo de intelectuales encabezados por Daniel Cosío Villegas. 80 años después, es la editorial más importante de América Latina. El Festival Internacional Cervantino. Creado en 1972, en Guanajuato, donde veinte años atrás se comenzaron a escenificar los entremeses de Cervantes dirigidos por Enrique Ruelas. 42 años después, es el festival de música y artes escénicas más importante de América Latina. La Feria del Libro de Guadalajara. Fundada en 1987 por el entonces rector de la Universidad, Raúl Padilla López. 28 años después, es la feria del libro más relevante de la lengua española.

            Tres instituciones modélicas. A las que habría que añadir otras tantas. Canal 22, que empezó a transmitir en 1993 a iniciativa de un grupo de intelectuales. Un espacio televisivo único en el ámbito hispánico. El Fondo Nacional para la Cultura y las Artes. Instituido en 1989 y, pese a las críticas, uno de los sistemas de apoyo a la creación más amplios y eficaces del mundo. Y otras tantas que comienzan o perfeccionan su andadura. Todos estos organismos fueron creados durante la época en que el PRI era el partido hegemónico, pero, gracias a los esfuerzos de la sociedad civil y de numerosos intelectuales, políticos y gestores que pensaban más en el futuro de México que en su beneficio, consiguieron eludir su control para convertirse en auténticos pilares de la cultura -de la cultura universal. Si bien a lo largo de su historia no han dejado de verse sometidos al capricho de los gobernantes en turno, o de sus directivos, han resistido los más severos embates -piénsese en el despido fulminante de Arnaldo Orfila del Fondo- y jamás han dejado de cumplir su función: llevar la fuerza de la cultura no a las clases privilegiadas, sino a ese sector de la población que ha sabido abrirse paso hacia nuestra incipiente clase media gracias a su voluntad de superación.

            Quienes en estos días han pedido la desaparición del FCE porque en teoría sus subsidios sólo benefician a los más ricos no comprenden que, si nuestros índices de lectura son bajos, lo serían mucho más si careciéramos de él. Quienes más se benefician de los libros del Fondo -la mayor parte de los cuales jamás serían publicados por editoriales privadas-, igual que del Canal 22 o el Cervantino, son justo esos jóvenes que, sin demasiados recursos, se abren por primera vez al arte y la cultura. Justo aquellos que, a la larga, se convertirán en los más severos críticos de los males del país -y de esas instituciones. Lo que no acaba de entenderse es que la cultura no es un bien suntuario, diseñado para entretener a unos cuantos privilegiados, sino un instrumento de transformación social e individual que debe estar al alcance de todos.

            Desde hace milenios, la cultura ha sido subsidiada en todo el orbe de una forma u otra. En la antigüedad, por la gracia de mecenas y príncipes. Y, en nuestros días, por dos modelos en cierto sentido equivalentes: el uso de recursos públicos (el sistema francés extendido a América Latina) o bien las donaciones que, en virtud de las ventajas fiscales que se les otorgan, realizan los más ricos en países como Estados Unidos. Ni el Met ni el cine de arte europeo, ni la Filarmónica de Berlín ni las pequeñas editoriales francesas, ni el Louvre ni el Festival de Edimburgo sobrevivirían ciñéndose a puros criterios del mercado.

            Si algo nos enseñó la Gran Recesión de 2008 es que dejar que los mercados se autorregulen es el camino directo a la catástrofe. Y si ello ocurre en el mundo financiero, aplicar este criterio al mundo del arte sería todavía más grave. No: ni las editoriales ni las galerías ni los festivales ni los productores audiovisuales privados podrán garantizar la pluralidad que se alcanzan cuando el Estado alienta estos ámbitos en aras del interés público. Ello no quiere decir, por supuesto, que éste se adueñe de esos sectores -el camino directo al autoritarismo y la censura- sino que equilibre los efectos del mercado, estimulando a aquellos creadores, gestores e instituciones que desaparecerían si quedaran al arbitrio de la libre competencia. Los mexicanos podemos renegar sin fin, legítimamente, de la banalidad o la corrupción de nuestros políticos y administradores. Pero, si de algo podemos sentirnos orgullosos -y basta escuchar a cualquier observador latinoamericano para entenderlo a cabalidad- es de nuestras mejores y más sólidas instituciones culturales.

 

Twitter: @jvolpi

[Publicado el 07/9/2014 a las 16:59]

[Etiquetas: FCE; Cervantino; FIL; FONCA]

[Enlace permanente] [4 comentarios]

Compartir:

Tirano(s)

Un típico país árabe, con sus desiertos poblados por beduinos, sus costas arenosas y sus atardeceres sanguinarios, sus plácidos oasis y sus abigarrados palacetes -con sus ineludibles cúpulas de oro-, sus oligarcas fatuos o corruptos y sus masas sojuzgadas y, por supuesto, sus fanáticos rebeldes dispuestos a inmolarse en la yihad. Un típico país árabe con el improbable, cuando no ridículo, nombre de Abuddín.

Luego, un típico dictador, Khaled al-Fayeed (en la correcta transliteración española, Jaled al-Fayid), tan brutal como comprometido con su patria, rodeado por su monstruosa familia: su primogénito Jamal, destinado a convertirse en su heredero, tan frágil como cruento, tan mujeriego como soberbio, y la esposa de éste, una misteriosa -y típicamente perversa- Lady Macbeth levantina, Leila; y, por último, el general Tariq, responsable del ejército y de las sucesivas olas de represión sufridas por sus habitantes. Hasta aquí, el escenario parecería calcado del Irak de Saddam Hussein si no fuera por la súbita aparición de la oveja negra de la familia: Bassam (mejor conocido como Barry), el hijo menor del tirano, el cual, luego de pasar veinte años en Estados Unidos, donde se graduó como pediatra y se casó con una rubia para procrear una típica familia estadounidense, regresa a Abuddín para asistir a la boda de su sobrino con la hija del dueño del monopolio televisivo del país.

            La premisa de Tyrant, la nueva serie creada por Gideon Raff (uno de los responsables de Homeland), producida por FX y actualmente al aire tanto en Estados Unidos como en México, radica en la confrontación entre estos dos estereotipos: la corte de Abuddín, inspirada tanto en los excesos de un sinfín de dictadores y jeques árabes como en los cuentos de las Mil noches y una noche, y una familia estadounidense normal, esto es, una pareja con dos hijos adolescentes: una chica frívola y un chico gay.

            En el capítulo piloto, observamos el primer choque entre estos dos mundos -en donde Barry/Bassam hace de puente- justo cuando el patriarca Khaled muere de pronto. A partir de aquí, la serie aspira a convertirse en un relato más sobre la lucha por el poder, al estilo de House of Cards, sin llegar a conseguirlo. Mientras Jamal asume la presidencia, Bassam se transforma en su consejero áulico. Con sus ideales típicamente estadounidenses, éste se dedicará entonces a tratar de educar a su violento hermano en los valores de la democracia y la libertad. La tarea no se revelará, evidentemente, sencilla, y nuestro héroe, en su afán por modernizar a su país, descubrirá que "para cocinar un omelette hay que romper varios huevos" y que sus buenas intenciones no sólo se verán traicionadas por su iracundo hermano, sino que su "intervención humanitaria" provocará decenas de muertes.

            Como metáfora de la invasión de Irak y del fracaso estadounidense a la hora de imponer allí una democracia por la fuerza, Tyrant se queda corta: por más que Barry/Bassam tenga que ensuciarse las manos y, por tanto, se convierta en otro de esos antihéroes que tanto encandilan a las audiencias televisivas hoy en día (con Tony Soprano y Walter White como epítomes), su papel como representante de la civilización -así sea corrupta- frente a la barbarie de Abuddín no hace sino confirmar todos los prejuicios occidentales frente al mundo árabe. Si acaso el deseo de sus creadores fue acercar esa realidad ajena a cada hogar estadounidense, no han hecho más que reforzar los peores prejuicios sobre esta parte del mundo, reiterando la costumbre que Edward Said estudió en su célebre Orientalismo (1978). Para muestra, un botón: mientras que Barry/Bassam se expresa en un inglés perfecto -de hecho, con un inverosímil dejo británico-, todos los demás, incluido el carismático actor árabe-israelí Ashraf Barhom (Jamal), lo hacen en un inglés quebrado por más que se suponga que están hablando en árabe.

Desde luego, sus productores no podían prever que el estreno de Tyrant coincidiría con el auge del terrorismo radical del Estado Islámico de Irak y de Levante o con la lamentable incursión israelí en Gaza -dos pruebas del fracaso de Estados Unidos en Medio Oriente-, pero su superficial y unívoco retrato del mundo árabe en poco contribuirá a que una comunidad tan variada -que va de Marruecos a Irak y de Líbano a Yemén, y en la que conviven radicales con moderados y musulmanes con cristianos- no termine una vez más identificada sólo con los pedestres y malévolos dirigentes de Abuddín. 

 

Twitter: @jvolpi

[Publicado el 31/8/2014 a las 19:04]

[Etiquetas: Tyrant; Obama; ISIS]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Dos crímenes

La primera muerte. Un joven de 18 años visita a su abuela en la ciudad dormitorio de Ferguson, en el norte de San Luis, Misuri. Como la mayor parte de los habitantes de su barrio, Michael Brown es negro y de escasos recursos. Ha terminado la preparatoria y está a punto de ingresar a Vatterot College. Según informaciones reveladas por la policía tras el incidente -lo que sus familiares y vecinos denunciaron como un torpe intento de justificación-, el muchacho pudo haber participado en el robo de cigarros minutos antes de toparse con el oficial Darren Wilson. Brown no tenía, hasta el momento, antecedentes penales. En cualquier caso, Wilson no estaba al tanto del supuesto hurto cuando disparó contra el muchacho. Seis veces. Cuatro en el cuerpo y dos en la cabeza, según la autopsia. El chico estaba, sin duda, desarmado.

            La segunda muerte. Un fotorreportero de 41 años de Rochester, NH. Después de colaborar distintos medios, James Foley empezó una carrera independiente que lo llevó a los escenarios bélicos más peligrosos del planeta. Ávido por documentarlos, en 2011 se adentró en Libia y fue detenido por fuerzas leales a Gadafi, las cuales no dudaron en asesinar a uno de sus colegas, Anton Hammerl. Foley permaneció 44 días en cautiverio. Una vez liberado, volvió a trabajar para GlobalPost y France Presse. En 2011 fue capturado en el noroeste de Siria cuando seguía la pista de otros periodistas secuestrados. Aquí las informaciones se tornan confusas: hay quien afirma que fue detenido por fuerzas leales a Bachar el-Assad y entregado al ISIS, el Estado Islámico de Irak y de Levante. En 2014, apareció un primer video: los yihadistas lo obligaban a pedir el cese de los bombardeos estadounidenses. Días después, otro: luego de que su gobierno se negase a pagar por su rescate, Foley fue decapitado.  

Dos muertes innecesarias. Dos muertes criminales. Dos muertes inútiles. Michael Brown y James Foley. Dos muertes que, de la manera más brutal posible, ponen en evidencia dos monumentales fracasos de Estados Unidos como nación y como potencia global. Cuando Barack Obama ganó las elecciones, se convirtió en un símbolo doble: el primer negro en llegar a la presidencia y el carismático orador que prometía sacar a su patria de las desastrosas campañas militares decretadas por su predecesor. Pero los símbolos difícilmente alteran la realidad.

Seis años después de la elección de Obama, las protestas por el asesinato de Michael Brown, y a continuación los brutales enfrentamientos entre los pobladores y la policía de Ferguson, ponen en evidencia que el problema racial en Estados Unidos no se ha cancelado sólo porque un negro hoy ocupe la presidencia. En esas depauperadas zonas del Medio Oeste, los negros siguen teniendo niveles de vida muchos peores que los blancos. La mayor parte de los internos en las cárceles son negros. La mayor parte de los criminales condenados a la pena capital son negros. Y las esperanzas de una vida mejor de la mayor parte de la población negra no han hecho más que descender.

Seis años después de la elección de Obama, Irak vuelve a ser un polvorín. Nadie duda de que Saddam Hussein era un dictador brutal, pero George W. Bush ordenó la invasión aduciendo los eventuales contactos de éste con Al Qaeda y otros grupos radicales. Lo cierto es que, si en 2002 apenas había yihadistas en Irak, la guerra los llevó allí, donde ahora no sólo controlan importantes zonas del país, sino que se han vuelto aún más cruentos y radicales. En otras palabras: la infausta incursión estadounidense en Irak provocó justo lo que se proponía evitar.

Por supuesto, Obama no es el culpable de este doble fracaso. La dinámica social -y racial- de las zonas más pobres de país, por un lado, y la imprevisión y la hubris de los republicanos en su aventura levantina, por el otro, han acabado por ser mucho más poderosos que las edificantes palabras del primer presidente negro. Lo terrible es que, si hace seis años parecía que su admirable retórica podría cambiar el mundo, hoy quedan pocas esperanzas de que sea así. Más allá de su paulatina recuperación económica tras la Gran Recesión, Estados Unidos se halla sumido en una devastadora crisis. Un país cada vez más incapaz de resolver los problemas de sus habitantes más desfavorecidos -para empezar, millones de afroamericanos e inmigrantes sin papeles- y de recomponer esa zona del mundo que, debido a su infausta incursión, se ha vuelto más fanática y violenta que nunca.

 

Twitter: @jvolpi

 

[Publicado el 24/8/2014 a las 17:53]

[Etiquetas: Foley; Brown; Ferguson; Obama]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Aires escoceses

Tras un accidentado periplo desde que zarparon del puerto de Leith, en el este de Escocia -a fin de no ser avistados por sus vecinos del sur-, las cinco naves al mando del capitán Thomas Drummond por fin recalaron en la desembocadura del río Darién el 2 de noviembre de 1698, en la zona más tórrida de Panamá, a fin de instalar la primera colonia escocesa en territorio americano, a la que bautizarían como Caledonia. Temiendo un ataque de los españoles de la Nueva Granada, Drummond ordenó construir un fuerte que resguardase la bahía, erigido bajo la invocación de San Andrés, y en torno al cual habría de establecerse la capital, Nueva Edimburgo.

            Puesta en marcha por el financiero William Paterson bajo el ejemplo de la Compañía Inglesa de las Indias Orientales, la Compañía de Escocia a duras penas había conseguido el apoyo del parlamento, mientras que el rey Guillermo II -a la sazón también soberano de Inglaterra- había decidido no involucrarse para evitar un conflicto con España. No obstante, en medio de la crisis que azotaba al país desde hacía décadas, Paterson despertó la codicia de sus pares, quienes no dudaron en aportar 400 mil libras esterlinas (unos 60 millones de dólares actuales) con la idea de controlar el jugoso tránsito de mercancías entre el Atlántico y el Pacífico -el mismo principio que, al cabo de dos siglos, impulsaría a Estados Unidos a apoyar la independencia de Panamá. 

            Desprovistos de agua y pertrechos, y diezmados por la malaria, 300 colonos escoceses (de los 1200 que habían llegado) se vieron obligados a abandonar la bahía de Caledonia en julio de 1699 sin saber que una segunda expedición había partido de Leith con otros mil hombres. Cuando éstos arribaron a Panamá en noviembre, Nueva Edimburgo se hallaba en ruinas, devorada por la selva. Tras reconstruir el fuerte de San Andrés, los escoceses fueron atacados por las tropas españolas, que a la postre consiguieron su rendición incondicional a principios de 1700.

            El "esquema del Darién" tendría profundas repercusiones: aunque Escocia e Inglaterra compartían monarca desde que Jaime IV heredara el trono de su prima Isabel I en 1603, las dos naciones conservaban sus propias instituciones políticas. Humillados y en quiebra a raíz del desastre de Panamá, a los escoceses no les quedó más remedio que aceptar los términos impuestos por los ingleses para incorporarse al Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda conforme a la ley de unión de 1706.

Desde entonces, y hasta que en 1999 fue reinstalado un parlamento local con poderes limitados, Escocia fue gobernada directamente desde Londres. Las reivindicaciones nacionalistas, sin embargo, nunca cesaron, amparadas en la poderosa cultura del país -en especial su legendaria tradición musical y literaria de raíces gaélicas- y, cuando en 2011 el Partido Nacional Escocés de Alex Salmond se hizo con la mayoría del parlamento, éste no dudó en exigir una consulta sobre la independencia. Tras una tensa negociación, el gobierno conservador británico de David Cameron aprobó la celebración de un referéndum el próximo 18 de septiembre.

            En estos días de húmedo verano, en Edimburgo y Glasgow no parece hablarse de otra cosa: mientras quienes optan por el a la independencia no se cansan de exhibir el déficit democrático ante la baja representación escocesa en el Parlamento de Buckingham y de referirse a la riqueza petrolera del mar del Norte que podría beneficiarlos, los partidarios del no señalan los desequilibrios económicos de la región, su dependencia de la Unión Europea y el aislamiento que sufriría un país formado por poco más de cinco millones de habitantes.

            Si bien las encuestas muestran un rápido crecimiento del , éste parece haberse estancado en torno al 40 por ciento de los votos. Aun así, más allá del resultado, el referéndum se presenta como un avance mayúsculo en el seno de la Unión Europea. El destino de otras regiones, de Cataluña al País Vasco y de Córcega a la Padania parecería depender de lo que ocurra en esta lluviosa zona del norte de Europa. Aunque es muy probable que los escoceses prefieran quedarse en el Reino Unido -con competencias ampliadas-, otros países podrían aprender mucho de la experiencia. Mientras en España el gobierno de Mariano Rajoy se ha negado de plano a una consulta en Cataluña, la apertura de Londres muestra que quizás la mejor forma de contener el nacionalismo sea permitiendo que los ciudadanos discutan y decidan libremente su futuro.

 

Twitter: @jvolpi

 

[Publicado el 17/8/2014 a las 17:38]

[Etiquetas: Referéndum; independencia; Escocia; Cataluña]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

La muerte del padre

"Y la muerte, que yo siempre había considerado la magnitud más importante de la vida, oscura, atrayente, no era más que una tubería que revienta, una rama que se rompe con el viento, una chaqueta que cae de la percha al suelo." Con esta reflexión intencionalmente anodina concluye La muerte del padre de Karl Ove Knausgård, el primer volumen de la saga autobiográfica que, con el frívolo título general de Mi lucha (Min kamp en noruego), se ha convertido en el último gran éxito de crítica en Estados Unidos -y en el resto del planeta. 

            Como cuenta Tim Parks en su blog del New York Review of Books, cada cierto tiempo aparece en el mercado estadounidense un autor de culto que, rescatado de entre el miserable tres por ciento de libros traducidos al año en aquel país, genera un repentino furor en su claustrofóbico ambiente literario, deslumbrado ante cosmovisiones que son percibidas como radicalmente originales o exóticas. En las últimas décadas, el Umberto Eco de El nombre de la rosa, W.G. Sebald, Haruki Murakami y Roberto Bolaño se han convertido en esos sucesivos fenómenos mediáticos, y cientos de páginas -o de comentarios en redes sociales- los han encumbrado como piezas centrales del star-system cultural, sin que nadie allá repare, por supuesto, en las tradiciones que los amparan. Y, si a ello se suman sus muertes prematuras, como con Sebald o Bolaño, su aura de mitos no hace sino incrementarse.

            Tras la erudita intriga medieval del italiano, las pausadas caminatas del alemán, la fantasía pop del japonés o la crueldad poética del chileno, ahora corresponde el turno a la morigerada -e infatigable- vena memorialística del noruego, quien a lo largo de seis volúmenes (hasta ahora han aparecido dos en español y tres en inglés), y cerca de tres mil páginas, revisa exhaustivamente distintos pasajes de su vida en un estilo severo y frío: justo lo que se espera de un nórdico. "Ensalzada unánimemente por la crítica", como recalcan las reseñas, la traducción al inglés del último libro de Knausgård no ha logrado sin embargo vender más de veintidós mil ejemplares, demostrando, como advierte Parks, que a veces el entusiasmo de escritores y críticos -como Jonaham Lethem, Jeffrey Eugenides o Zadie Smith, algunos de los principales árbitros del gusto en el ámbito anglosajón- no llega a contagiar a sus lectores.

            Confieso que, a diferencia de los demás escritores de la lista, cuyas obras en un momento u otro no han dejado de sacudirme, la obra de Knausgård no sólo me deja indiferente, sino que me provoca un vago hastío. La desmesurada comparación empleada para promoverlo ("el Proust del siglo XXI") me parece tramada en función del número de páginas de su proyecto y no de la profundidad con que contempla su entorno -una especialidad del francés- o siquiera a sí mismo. Plagada de lugares comunes, farragosas descripciones de hechos insulsos -más que descripciones hiperrealistas, como se ha dicho-, diálogos banales e intuiciones primarias, la vida de Knausgård no alienta ni conmueve, no irrita ni trasciende la estereotípica existencia de un noruego de clase media. Un amigo, cuyas opiniones literarias siempre respeto, me dijo que Knausgård "puede contar veinte páginas de ir al baño como si fuera una odisea homérica", pero yo no he sabido distinguir nada épico en cien folios dedicados a contar cómo un joven se las ingenia para comprar unas cervezas.

            El que haya terminado de leer La muerte del padre justo un par de días después de la muerte de mi propio padre quizás entorpezca aún más mi juicio, pero desde el inicio me resultó incomprensible el frenesí en torno a esta nueva entrega de lo que me atreveré a llamar, malévolamente, "literatura Big Brother", no por su parentesco con Orwell, sino con el reality show homónimo: Knausgård nos obliga a observarlo, casi en tiempo real, como si su conducta fuese una película vacua, sin hondura, diseñada apenas para nuestro consumo voyeurista. Aquí y allá, de pronto, brota algún destello, un pensamiento que, en su afán de parecer natural, llega a despabilarnos, pero en medio de tal caudal de paja que el esfuerzo resulta vano. El único elemento auténticamente trágico del libro -la degradación y aniquilación alcohólica del padre- queda sepultado bajo los lloriqueos y la palabrería de un hijo que, incapaz de entenderlo o siquiera de intentarlo, sólo se preocupa por exhibirse a sí mismo. Quizás ese egoísmo extremo, tan del gusto de nuestra época, sea la razón de su éxito.

 

Twitter: @jvolpi

[Publicado el 10/8/2014 a las 14:00]

[Etiquetas: Knausgaard]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Explosiones

Jorge Volpi y Solis, in memoriam

 

El vuelo comercial 655 había salido con veinticinco minutos de retraso de su base y se dirigía hacia su destino cuando un misil tierra-aire SM2-MR lo hizo estallar en mil pedazos, provocando la muerte de 274 pasajeros -incluyendo 66 niños- y los 16 miembros de su tripulación. Los atacantes apenas tardaron en reparar en su error: en vez de deshacerse de una nave militar, habían disparado contra un avión civil que sobrevolaba la zona de conflicto. En medio de las tensiones bélicas de la zona -una de las más conflictivas del planeta-, las partes de inmediato procedieron a acusarse mutuamente, enfriando todavía más sus relaciones diplomáticas.

            El incidente, que en mucho recuerda al ocurrido hace unas semanas en el este de Ucrania, donde otro vuelo comercial, el 17 de Malaysian Airlines, fue derribado por otro misil -que en este caso provocó la muerte de 283 pasajeros y 15 miembros de su tripulación-, ocurrió el 3 de julio de 1988, en el estrecho de Ormuz. El vuelo 655 pertenecía a Iran Air, y fue derribado por un proyectil lanzado desde el portaviones USS Vincennes cuando realizaba un trayecto entre Bandar Abbas y Dubái. El escenario era la guerra entre Irán e Irak, en la cual Washington apoyaba subrepticiamente a Saddam Hussein. Pese a que según todos los reportes el vuelo 655 transmitía en la frecuencia reservada a la aviación civil, Estados Unidos jamás reconoció su equivocación o la negligencia del capitán William Rogers III -el entonces vicepresidente George Bush llegó a afirmar que su país "jamás pediría disculpas"- y sólo en 1996 accedió a retribuir ex gratia a los familiares de las víctimas.

A un cuarto de siglo, la situación parece repetirse: en medio de los enfrentamientos entre los rebeldes y las tropas leales a Kiev en la provincia de Donetsk -o en la República Popular de Donetsk-, el derribo del vuelo 17 de Malaysian Airlines se presenta como un nuevo error criminal y una vez más las partes se acusan una a otra. Tras el incidente, el presidente Obama señaló que todos los indicios conducen hacia los independentistas apoyados por Moscú, mientras que los rebeldes insisten en que ellos no cuentan con misiles tierra-aire capaces de derribar a un avión en vuelo.

Más allá de que, en efecto, la autoría parezca ser de los rebeldes -en un claro error pues, a diferencia de lo ocurrido en Irán, aquí no habría ninguna razón para atacar un avión malayo-, el caso del MH17 ha servido para crispar aún más las relaciones entre Estados Unidos y Rusia en lo que muchos perciben como una nueva "guerra fría". Justo cuando China se alza como su mayor rival, las dos viejas potencias nucleares vuelven a enfrascarse en una confrontación soterrada en los mismos escenarios de la primera y la segunda guerra mundiales: no es casual que diversos analistas se apresuren a invocar sus fantasmas.

Igual que en 1988, la verdad queda escondida detrás de las versiones de unos y otros. Sin duda, tras una época en que Vladímir Putin intentó devolverle a Rusia su papel internacional con iniciativas multilaterales como el G-8, su nostalgia por la antigua Unión Soviética se ha exacerbado. Tras las humillación de ver a sus antiguos vasallos del Pacto de Varsovia sumarse a la OTAN, lo único que no podía tolerar es que las antiguas repúblicas soviéticas, y menos Ucrania, la "Pequeña Rusia", escapasen a su control. Pero también es cierto que la demonización que el líder ruso sufre en los medios occidentales -no han faltado quienes lo comparan con el káiser Guillermo o con Hitler- responde a una torpe política hacia las antiguas repúblicas soviéticas que jamás ha tomado en cuenta sus peculiaridades históricas, culturales o lingüísticas.   

Aunque nos fascinen los paralelismos, la anexión Crimea no se parece a la de los Sudetes. El talante autoritario de Putin es abrumador, pero sus delirios de grandeza son más realistas que los de Hitler o Stalin y él mismo no parece saber qué hacer con los rebeldes, quienes en efecto hablan ruso y se identifican culturalmente con sus vecinos -y vieron drásticamente limitados sus derechos con el gobierno prooocidental de Kiev- pero que, según todas las encuestas, en su mayoría prefieren permanecer en Ucrania. En estos días, Estados Unidos y la Unión Europea han incrementado las sanciones contra Rusia, aumentando la escalada en un marco económico global sumamente frágil. El riesgo está, pues, en saber hasta dónde arrinconar a Putin sin provocar que la explosión del MH17 detone muchas otras.

 

Twitter: @jvolpi

 

 

 

[Publicado el 03/8/2014 a las 22:54]

[Enlace permanente] [1 comentario]

Compartir:

Foto autor

Biografía

(México, 1968). Es autor de las novelas La paz de los sepulcros, El temperamento melancólico y En busca de Klingsor (premios Biblioteca Breve y Deux Océans-Grinzane Cavour). Con ella inició una "Trilogía del siglo XX", cuya segunda parte es El fin de la locura y la tercera No será la Tierra. También ha escrito las novelas cortas reunidas en el volumen Días de ira, así como Sanar tu piel amarga, El jardín devastado y Oscuro bosque oscuro. Es autor de los ensayos La imaginación y el poder, La guerra y las palabras, Mentiras contagiosas (Premio Mazatán al mejor libro del año 2008), El insomnio de Bolívar (Premio Debate-Casa de América 2009) y Leer la mente. En 2009 obtuvo el Premio José Donoso de Chile por el conjunto de su obra. Ha sido profesor en las universidades de Emory, Cornell, Las Américas de  Puebla, Pau, Católica de Chile, Nacional Autónoma de México y Princeton. Ha sido becario de la Fundación Guggenheim y miembro del Sistema Nacional de Creadores de México. Ha sido condecorado como Caballero de la Orden de Artes y Letras de Francia y con la Orden de Isabel la Católica de España. Fue director de Canal 22 entre 2007 y 2011. Es colaborador de los periódicos Reforma y El País. Sus libros han sido traducidos a veinticinco idiomas. En 2012 recibió el premio Planeta-Casa de América por su novela La tejedora de sombras. En 2014, publica su novela Memorial del engaño en América Latina y España y, para el año 2015, estará publicada en Brasil, Portugal, Italia y Francia. Actualmente es director general del Festival Internacional Cervantino. 
 

Bibliografía

Memorial del engaño (2014). Ediciones Alfaguara, España

Leer la mente (2011). Ediciones Alfaguara, España

No será la tierra (2006). Ediciones Alfaguara, España

Dos novelistas poco edificantes (2004). Volpi, Jorge; Urroz, Eloy. Algaida Editores, España

Geometric intimacies. Sebastián Sculptor (2004). Ediciones Turner, España

Geometría emocional. Sebastián escultor (2004). Ediciones Turner, España

La guerra y las palabras (2004). Editorial Seix Barral, España

El fin de la locura (2003). Editorial Seix Barral, España

Desafíos de la ficción (2002). Volpi, Jorge, [et. al.] Universidad de Alicante. Servicio de Publicaciones, España

En busca de Klingsor (2000). Círculo de Lectores, España

El juego del apocalipsis: un viaje a Patmos (2000). Nuevas Ediciones de Bolsillo. España

Tres bosquejos del mal (2000). Urroz, Eloy; Padilla, Ignacio; Volpi, Jorge. El Aleph Editores, España

 

 

 

 

Página diseñada por El Boomeran(g) | © 2014 | c/ Méndez Núñez, 17 - 28014 Madrid | | Aviso Legal | RSS

Página desarrollada por Tres Tristes Tigres