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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

sábado, 4 de julio de 2015

 Blog de Jorge Volpi

¿Qué cultura defender?

El nuevo sitio mexicano Horizontal me pidió responder a su cuestionario ¿Qué cultura defender? Aquí mis respuestas.

 

1. ¿Qué debe entenderse hoy por "cultura"? ¿Qué distinguiría a los productos y prácticas culturales de otros muchos productos y prácticas (mercancías, políticas públicas, actividades de la vida cotidiana, etc.)?

2. ¿Tiene sentido todavía la dicotomía entre "alta cultura" y "cultura de masas"? ¿Por qué?

3. ¿Es necesario "defender" la cultura? ¿Se debe otorgar, desde el Estado y otras instancias, un tratamiento especial al campo cultural y sus actores?

4. En una cultura globalizada, ¿cómo conviven los circuitos locales, nacionales y transnacionales? ¿Hay todavía un centro y una periferia? ¿Qué agentes culturales predominan y cuáles son marginados? ¿Qué tipos de obras son favorecidas por la lógica global y cuáles son relegadas?

7. ¿Cómo concebir hoy las dinámicas de la recepción cultural? ¿Cuál es el papel del público?

 

Frente a las definiciones académicas -antropológicas, filosóficas, históricas, semióticas e incluso de corte literario-, lo que distingue a nuestra época es que, en términos comunes, la palabra cultura ha perdido cualquier especificidad y ha pasado a aplicarse casi a cualquier práctica humana ("cultura nacional", "cultura chilanga", "cultura cívica" o "cultura científica", aunque también "cultura del agro" o "cultura de la corrupción"). Convertida en un término comodín, ha perdido el valor que se le asignaba en el pasado, cuando se le vinculaba fundamentalmente con las humanidades y las bellas artes, prácticas a las cuales se incorporaron poco a poco la "cultura popular" y la "cultura de masas", hasta convertirla en un recipiente universal que apenas evoca cierta superioridad, vagamente relacionada con el "alma", el "espíritu" o la "mente",  frente a manifestaciones más prosaicas: sólo con dificultades la cocina o el deporte se han sumado a sus contenidos, mientras que todavía hay quien se empeña en excluir de su ámbito a la tecnología y sus últimos productos (por ejemplo, los videojuegos).

            En nuestro orbe neoliberal, cuyo epítome se encuentra en sociedades como la estadounidense o la británica, todas las prácticas y productos culturales son susceptibles de ser considerados bienes y servicios, y por tanto de incorporarse al mercado en una lógica que privilegia las reglas de la oferta y la demanda, así como la desregulación y la privatización, frente a la intervención estatal que fue la norma desde el Romanticismo hasta los años setenta del siglo pasado. Frente a esta tendencia, unos cuantos países se aferran a la visión anterior, en particular Francia con su "excepción cultural", así como las naciones que copiaron su modelo, como la mayor parte de América Latina y en especial México, cuyo régimen revolucionario se valió de la cultura como una herramienta fundamental para su afianzamiento ideológico. Pero se trata de eso, de excepciones, en un mundo que, desde Reagan y Thatcher, invita a reducir al Estado a su mínima expresión por considerar que en vez de impulsar la creación individual tiende a restringirla.

            Esta idea del mundo ha propiciado que las prácticas culturales que logran ser autosuficientes, es decir, que se financian por sí mismas, sean las más visibles y las únicas que se consideran "exitosas". La cultura de masas o la cultura popular ya no dependen tanto de su valor -un parámetro severamente cuestionado en nuestra era "multicultural"- como de su extensión. "Popular" y "de masas" es tanto la ópera (o, a juicio de los puristas, esa falsificación de la ópera que se retransmite en las pantallas de cine) como el pop; tanto una gran exposición (el reciente caso de Yayoi Kusama en el Tamayo) como un novelista (Bolaño o Murakami); y tanto un blockbuster de Hollywood como una serie de televisión (el nuevo paradigma de nuestra era, como lo fue la ópera en el siglo XIX y el cine en el XX). La distinción entre alta cultura y cultura popular, tras la cual se filtraba un baremo aristocrático de calidad o sofisticación, ha perdido su eficacia. Alta cultura es hoy sinónimo de aquella que no llega a ser un auténtico producto comercial, o que lo es sólo para una élite muy restringida: la ópera y el ballet (en vivo), el jazz, el rock y la novela más "experimentales" y esas dos artes que en otro momento fueron consideradas las mayores expresiones de la humanidad y que hoy apenas sobreviven entre los mismos que las practican: la poesía y la nuevas obras de concierto que englobamos bajo la etiqueta de "música contemporánea".

            ¿Hay que defender a la cultura? Aquellas prácticas culturales que consiguen el favor del público -otros dirán: de los mercados- no necesitan defensa alguna. Más aún: en ocasiones, casi necesitaríamos defendernos de ellas. Si entendemos la cultura como un "ecosistema" (para evocar la polémica expresión de González Iñárritu), en efecto hay especies sumamente exitosas en términos evolutivos que no sólo han sabido adaptarse al ambiente, sino que no tienen empacho en devorar a las más débiles. Baste pensar en las majors de Hollywood y en su ansia por erradicar cualquier competencia, así como en las estrategias comerciales de los grandes conglomerados mediáticos -de Universal o Sony a Penguin Random House y Amazon- que buscan apoderarse de las mayores cuotas de mercado aun si ello representa aniquilar a sus competidores más pequeños.  

            ¿Hay que defender la cultura? La respuesta es un decidido , siempre y cuando se trate de defender aquellas prácticas culturales que no podrían sobrevivir si dependiesen sólo de las leyes del mercado. Los ideólogos neoliberales insistirán en que se trata de una protección artificial y volverán al argumento de que, si no pueden sobrevivir por sí mismas, lo mejor sería dejarlas morir en paz: a fin de cuentas así se esfumaron la poesía épica o los valses de salón. El argumento resulta doblemente tramposo: si dejáramos que las puras leyes de la oferta y la demanda determinen todas nuestras prácticas culturales, condenaríamos a la extinción -o a la irrelevancia- a disciplinas artísticas completas e impediríamos que el público tuviese siquiera la capacidad de decidir y modelar sus gustos.

             Se impone defender la intervención del estado en la cultura de la misma forma que en la economía. No se trata de volver al sueño estatista del pasado, pero los estragos de la Gran Recesión deberían recordarnos que, si cedemos ante los designios neoliberales, bordearemos irremediablemente la catástrofe. La lógica consiste en que el Estado recomponga -o ayude a recomponer- las deformaciones propiciadas por el mero juego de la oferta y la demanda.

La globalización propicia que la cultura mainstream -es decir, aquella que se sigue produciendo en el centro o que es asimilada por éste, y aquí me refiero en específico al mundo anglosajón- inunde todas las periferias; y, en contraposición, no sólo limita, sino que impide, que las periferias se comuniquen y tengan intercambios entre sí. Frente a esta realidad inevitable, también se impone que los Estados periféricos creen mecanismos que contribuyan a recomponer esta deformación auspiciada por la fuerza de los grandes mercados frente a los más débiles. 

Los productos y servicios culturales no son como el resto de las mercancías o las acciones: su valor no es sólo económico -aunque también lo sea-, sino humano, puesto que es capaz de otorgar nuevos sentidos a los individuos y las sociedades en una medida difícilmente cuantificable. Los responsables de las políticas culturales tendrían que entender que el arte no es un simple entretenimiento -o no sólo eso-, sino un instrumento de transformación social e individual. Y que merece, por lo tanto, auspiciarse con los impuestos por su carácter de servicio público.  

En efecto, se requieren subsidios y ayudas que, sin descuidar la transparencia o la rendición de cuentas, permitan que continúen existiendo la ópera y la danza; la música, el teatro y las artes visuales y la literatura "experimentales"; y, por supuesto, la poesía y la música contemporánea, lo mismo que los intermediarios que apuestan por ellas: editores, distribuidores, programadores, etc.  Del mismo modo, vale la pena apoyar el trabajo de los artistas jóvenes, así como el de quienes se arriesgan a explorar nuevos caminos en aquellas áreas que resultan comercialmente viables, como el cine, la televisión, la creación multimedia o los juegos de video. No se trata de que el Estado mantenga a los artistas -desde luego no por largo tiempo y menos de manera vitalicia, como quisieran algunos-, sino de permitir que éstos puedan dedicarse, durante un tiempo razonable, a la creación obras que de otro modo no podrían llevar a cabo.  

En el otro extremo de esta operación se encuentran, por supuesto, los "consumidores", es decir, los públicos de la cultura. La labor del Estado debería ser, aquí, todavía más enfática. Si la educación formal no se encarga de proporcionar elementos a los niños y jóvenes para que aprecien las distintas manifestaciones artísticas y culturales, de la poesía a las series televisivas y de la música clásica al cine, jamás tendremos un "ecosistema" propicio para la creación. Es allí, en la educación formal y en especial en la educación pública, más que en cualquier programa de fomento a la lectura o a las demás artes, donde el Estado tendría que valerse de todos sus recursos. Un sistema educativo pobre, en donde la cultura es vista como accesoria o como un mero entretenimiento, jamás dará paso a ciudadanos capaces de elegir conscientemente aquellas manifestaciones culturales que en el futuro estarán dispuestos a sostener con sus propios recursos.

En este sentido, tampoco hay que desdeñar los sistemas de mecenazgo privado presentes en otras partes, en particular en el mundo anglosajón: otra forma de que el Estado contribuya a la cultura consiste en otorgar beneficios fiscales claros a aquellos empresarios -o individuos- dispuestos a invertir en productos culturales. Las experiencias ya logradas con el cine y el teatro en México son la prueba de que esta alianza entre lo público y lo privado podría extenderse a otras disciplinas: pienso en áreas diversas de la música y la danza.

Por último, vale la pena señalar que los públicos que ya se interesan por la cultura son cada vez más sofisticados en sus búsquedas y cada vez más "interactivos". Exigen una retroalimentación constante, auspiciada por el nuevo entorno digital. Editores, programadores, curadores y funcionarios culturales, así como los propios artistas, tendrían que estar más conscientes de ello y aplicar los mismos razonamientos anteriores a la difusión y promoción de las diversas manifestaciones culturales.

 

5. ¿Cómo han transformado los medios digitales las nociones de "creación" y "autoría"?

 

En realidad la idea de "autoría" (y su derivado económico, la "propiedad intelectual") es una invención reciente: un paréntesis en la historia de la creación. Antes del siglo XIX, los autores no tenían empacho en utilizar las ideas de otros, incluso de modo textual, para enriquecer sus propias obras. En un contexto en donde las élites compartían la misma educación, estas citas implícitas se consideraban parte de un patrimonio común. No es sino hasta el advenimiento de la Revolución industrial que las ideas -y las creaciones artísticas- se incorporaron a una lógica de mercado, la cual implicó que, a falta de mecenas, sus inventores o creadores se esforzasen por vivir, e incluso enriquecerse, a partir de ellas. La revolución digital en realidad está poniendo en marcha prácticas que ya existían en otros momentos, sólo que potenciadas por los nuevos instrumentos tecnológicos. La colaboración entre distintos autores se vuelve más sencilla, lo mismo que la apropiación y mutación de las creaciones ajenas. Sin duda, el nuevo paradigma digital pone en cuestión la idea misma de autoría y la lógica de mercado asociada con ella. 

No deja de ser un símbolo de las tensiones que se viven en nuestra era que, a la par de la voluntad de disponer de contenidos gratuitos en la Red o de la pasmosa extensión de la piratería, haya una suerte de obsesión por detectar plagios, considerados crímenes nefandos. Se trata, sin embargo, de tendencias que todavía se encuentran en proceso y cuyos alcances aún no alcanzamos a vislumbrar. Por lo pronto, seguiremos viendo este choque entre la dilución de la autoría y la fascinación por defender sus beneficios a toda costa.

 

6. ¿Cuál es la función de los agentes de mediación (críticos, curadores, editores, gestores culturales, etc.) en la cultura contemporánea?

 

Nos hallamos, aquí, frente a otra paradoja: por una parte, la multiplicidad de contenidos y la posibilidad de acceder a ellos con una facilidad inusitada haría pensar que los mediadores serían más necesarios que nunca para guiar al público (a los "consumidores") hacia las manifestaciones culturales (los "productos") en una oferta tan variada como caótica; pero, por otro lado, la noción misma de autoridad se ha desvirtuado a grados extremos, de modo que ya casi nadie hace caso a los intermediarios especializados (en particular a los críticos) y el público se deja llevar más bien por las opiniones consensuadas que alientan las nuevas plataformas digitales: las estrellas y reseñas en Amazon o Netflix, las recomendaciones en blogs y redes sociales y, entre los más jóvenes, las directrices de los nuevos gurús de YouTube. (Estudios recientes demuestran que por lo general estas reseñas anónimas o colectivas tienden a coincidir con los juicios de los críticos profesionales.) Por desgracia, a veces no resulta fácil distinguir la propaganda -controlada por los dueños o distribuidores de los contenidos- de las opiniones de los usuarios. En resumen, nos enfrentamos a un momento de transición, en el que algunos intermediarios tienden a perder toda la influencia que les quedaba (los críticos), otros conservan más o menos su mismo estatus (editores y programadores), y otros más se convierten en auténticas estrellas, desplazando con frecuencia a los propios creadores (los curadores de arte).

 

8. ¿Tiene el artista un compromiso político? ¿Qué compromiso? ¿Tienen efectos políticos las prácticas culturales? ¿Qué efectos?

 

La figura del intelectual comprometido o engagé, surgida a partir de Zola, cristalizada a mediados del siglo XX en figuras como Sartre, Camus o Foucault, y copiada desde entonces a lo largo y ancho de América Latina -aunque casi sin influencia en el mundo anglosajón-, ha sido otra de las víctimas del fin del socialismo real, el triunfo del neoliberalismo y la expansión de la democracia que se sucedieron desde los años ochenta de la centuria pasada. Durante las largas décadas en que los regímenes dictatoriales o autoritarios fueron la regla en nuestra región, éstos cumplieron un papel necesario como portavoces de los oprimidos y defensores de las buenas causas, a cambio de lo cual se les confirió un enorme poder simbólico -y real. En medios dominados por la censura, sus opiniones resultaban imprescindibles para oponerse al orden establecido. Hoy, la normalización democrática de América Latina, sumada al auge de las redes sociales, permite que cualquiera puede opinar sobre cualquier tema posible (aunque sin demasiada resonancia o con una resonancia efímera).  

            La extinción del intelectual público en América Latina, tal como lo hemos conocido hasta ahora, se vislumbra inevitable. Por un lado, las muertes sucesivas de sus principales figuras, de Octavio Paz a Eduardo Galeano, de Carlos Fuentes a José Emilio Pacheco y de Carlos Montemayor a Carlos Monsiváis, hace difícil suponer que pueda haber alguien capaz de relevarlos; y, por el otro, las nuevas condiciones políticas y sociales de la región hacen casi imposible que la influencia que llegaron a alcanzar pudiera ser retomada por escritores o artistas de las generaciones sucesivas.

En el panorama actual, no se exige ya a ningún escritor, artista o científico que se comprometa con causas sociales; opinar sobre asuntos de interés público se ha vuelto una decisión privada. Hay, pues, quienes siguen manifestándose y quienes, por el contrario, prefieren concentrarse en sus propias obras (lo cual supone ya una decisión política). Pero tampoco hay que llamarse a engaño: entre los escritores y artistas de las nuevas generaciones que celebran la muerte del intelectual público, al tiempo que presumen su distanciamiento de lo político, se cierne la ominosa sombra del neoliberalismo, uno de cuyos principales triunfos ideológicos consistió en convencer a los ciudadanos de desentenderse de lo público (de la "asquerosa política") para concentrarse en su "trabajo individual" (expresión utilizada una y otra vez por poetas y novelistas jóvenes). Pero, como bien nos hizo saber Barthes, no opinar también es opinar, y con frecuencia el silencio equivale a un tácito sostenimiento del statu quo.

 

[Publicado el 20/5/2015 a las 18:45]

[Etiquetas: Horizontal; Cultura]

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Todo empezó en Tenancingo. "Las elegidas" y "Cuatro Corridos"

imagen descriptiva

Tenancingo, Tlaxcala

La leyenda sostiene que, desde épocas prehispánicas, los habitantes de Tenancingo, en el estado de Tlaxcala, se han dedicado -como otros pueblos a la cerámica o a la alfarería- a una profesión singular: la prostitución. Más allá de que esta versión sea cierta o producto de una invención malsana, no hay dudas de que a lo largo del siglo XX ha existido allí una tradición criminal que se prolonga hasta nuestros días. Muchos padres del lugar educan a sus hijas para ser prostitutas y a sus hermanos para traficar con ellas. En 2001, fue descubierta la red de los hermanos Julio, Tomás y Luciano Salazar Juárez, quienes llevaban años secuestrando a jóvenes mexicanas para obligarlas a prostituirse en Tijuana y en los "campos del amor" cerca de las plantaciones de fresas de San Ysidro, California.

 

(Aquí, el artículo de Peter Landesman, "The Girls Next Door", aparecido en la New York Times Magazine el 25 de enero de 2004: http://www.nytimes.com/2004/01/25/magazine/the-girls-next-door.html?pagewanted=7&pagewanted=all y una nota de El Universal de México al respecto: http://www.eluniversal.com.mx/nacion/107195.html)

 

En cuanto me enteré de esta historia, la idea de escribir sobre ella se convirtió en una obsesión que no dejó de atormentarme. Finalmente, en 2008 empecé a escribirla en forma de guión, pues me pareció que una película sería la vía idónea para narrar esta trama de opresión doble: mujeres mexicanas explotadas por los trabajadores sin papeles, explotados a su vez por sus patrones sin escrúpulos. A Pablo Cruz y Diego Luna, de Canana, la historia les entusiasmó y de inmediato eligieron a David Pablos para dirigirla. Durante meses David y yo trabajamos en el guión, hasta que en cierto momento nuestras agendas lo volvieron imposible. A partir de entonces, la historia original de Las elegidas -titulada así desde el inicio- siguió tres caminos paralelos.

            Mientras David retomaba algunos de los personajes de la excéntrica familia de traficantes de mujeres dibujada en la historia original -en especial los más jóvenes-, y les daba nueva vida en un guión escrito por él, yo la conducía hacia otros dos proyectos. En primer lugar, tomé las voces de cuatro de las protagonistas -dos víctimas, una de las jefas de la banda y una policía mexicano-americana- para escribir el libreto de la ópera Cuatro Corridos, comisionada por Susan Narucki y el departamento de Música de la Universidad de San Diego.

 

(Aquí, la página oficial de Cuatro Corridos, con textos e imágenes: http://cuatrocorridos.com/ y aquí una reseña de Los Angeles Times: http://www.latimes.com/entertainment/arts/culture/la-et-cm-cuatro-corridos-at-zipper-concert-hall--20140806-column.html)

 

En este proyecto binacional, la música fue encomendada a dos compositores mexicanos, Hilda Paredes y Hebert Vázquez, y a dos estadounidenses,  Lei Liang y Arlene Sierra. Desde su estreno en San Diego en 2013, estos cuatro monólogos se han presentado en Dallas, Alburquerque, Tijuana y Los Ángeles -donde se grabó hace apenas unos días-, y del 15 al 17 de mayo tendrá su estreno en la ciudad de México, en el Centro Nacional de las Artes. Al mismo tiempo, decidí darle una nueva forma literaria a la historia original y, a lo largo de estos años, la transformé en una novela en verso, titulada igualmente Las elegidas, que será publicada en septiembre por Alfaguara.

 

(Aquí, una entrevista con David Pablos: http://www.jornada.unam.mx/ultimas/2015/04/16/las-elegidas-una-cinta-con-mucha-entrana-david-pablos-4986.html )

 

            Que un mismo relato haya sido capaz de inspirar todas estas versiones y a artistas tan destacados demuestra su poder telúrico. Más allá de sus diferencias, cada una de las obras inspiradas por él alientan la indignación frente a una realidad que sigue muy presente entre nosotros. Las historias que se cuentan en la película, la ópera y la novela han de servirnos para ver y oír justo aquello que obviamos o silenciamos. Espero que el estreno de Las elegidas, de David Pablos, en la sección Un certain regard del Festival de Cannes, a mediados de mayo, que coincidirá exactamente con las presentaciones de la ópera en el Centro Nacional de las Artes, así como la publicación de Las elegidas en septiembre de este año, perturben a sus distintos públicos tanto como a mí y a los demás artistas que se han inspirado en estos relatos y, en la pequeña medida en que el arte puede influir en la realidad, contribuyan a erradicar definitivamente el tráfico de mujeres y la prostitución infantil, abominable herencia de tiempos oscuros.  

 Un fotograma de

 Un fotograma de "Las elegidas" de David Pablos (Canana, 2015)

 

Y aquí un capítulo de la novela en verso (Alfaguara, 2015):

 

42

 

Cuando se fruncen las estrías de la noche

y las ciudades gemelas se untan con cenizas

los mojados dejan atrás las altas torres

labradas con su sudor y su nostalgia,

los ladrillos, el cemento, los cristales,

la argamasa, las tuberías, las junturas,

y se congregan en las mustias callejuelas

-morenos fantasmas invisibles-

a mascar densas bolas de carnaza

untadas con ese brebaje avinagrado

que remeda el rojo de la sangre.

Una vez las tripas satisfechas,

los mojados cruzan el barrio a trompicones

y se arremolinan frente al Mantarraya:

un hipopótamo abre o cierra la cadena

y deja afuera a prietos y pusilánimes.

Adentro bulle el infierno o el edén:

mil cuerpos que desfilan en escorzo

vestidos si acaso por los neones,

cinturas esculpidas por el hambre,

inconquistables tetas adiposas

serpenteantes en las jaulas de aluminio.

Nadie oye la cumbia, la bachata,

los insufribles, tristísimos boleros,

tras los inocuos vaivenes en los muslos

las uñas se adueñan de las nalgas.

Un billete de más en la entrepierna

otorga el paso franco a nuestro origen:

los clientes se abisman en esas rajaduras

como quien echa de menos a los dioses.

 

[Publicado el 18/4/2015 a las 11:25]

[Etiquetas: Las elegidas; David Pablos; Cuatro Corridos]

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De topos y arañas. Notas sobre la imaginación científica y la imaginación literaria

1
OBSERVEMOS A LOS BICHOS CON CUIDADO, como si esta mañana pudiésemos convertirnos en una azarosa mezcla de zoólogos y entomólogos. Animalillos ciertamente sin gracia, los primeros. Regordetes, con uñas que harían pensar en los colmillos de un vampiro y tan cegatones como Moroco, el tartamudo ayudante del Inspector Ardilla, el personaje de los dibujos animados de los setenta. Pero lejos de ser lentos o apocados, los topos no detienen su vocación de mineros y excavan un túnel tras otro justo allí donde a nadie más se le hubiese ocurrido trazarlo. Tampoco es que sus rivales sean más hermosas o sutiles: sólo los más valientes o perversos acarician sus lomos, y su galería de ojos -argos de jardín- o sus mandíbulas, por no hablar de sus picoteos, nos obligan a repudiarlas injustamente. Como sea, las arañas no atienden a sus críticos y, tan obcecadas como los anteriores, lanzan por doquier sus hilachos hasta construir deslumbrantes rosetones en mitad de los arbustos.
Apenas conviven topos y arañas: mientras unos emprenden sus búsquedas en el subsuelo y si brotan a la superficie es sólo para tomar aire y presumir tímidamente sus hallazgos, las otras bordan a pleno sol, apenas camufladas, y no tienen empacho en exhibir, arrobadas ante su propio talento, los florilegios de sus telares. No es que topos y arañas se desprecien mutuamente: en el fondo albergan altas cuotas de admiración -o llana envidia- hacia las labores de los otros, solo que, en el ecosistema en el cual ambos son prisioneros, pocas veces se atreven a expresarlo. Siglos atrás, topos y arañas apenas se diferenciaban, y alguien con el entusiasmo suficiente podía escalar de una condición a otra sin sorprender a nadie. Aquellos buenos tiempos por desgracia se han agotado y hoy los topos son más topos que nunca, y las arañas, todavía más arañas. ¿Qué le vamos a hacer? Los primeros agotan su vida -y su vista- en estudiar un sinfín de materias para poder edificar sus túneles: ¿cómo habría de quedarles tiempo para maravillarse ante una vulgar telaraña? Y las arañas son aún peores: desprovistas de la sabiduría necesaria para apreciar la belleza arquitectónica de un túnel, ni siquiera se les ocurre pasearse por alguno.
Enfangados en sus particulares laberintos, topos y arañas suelen olvidar que sus labores son equivalentes o que comparten al menos el mismo origen. Unos y otras se asumen privilegiados y se consideran mejores dibujantes del mundo que sus competidores. Los topos ven a las arañas como meros flâneurs o diletantes, artesanos con poca formación y mucho tiempo libre dedicados a copiar la naturaleza más que a descifrarla; las arañas, a su vez, contemplan a los topos con el respeto que merecen profesionales -digamos un electricista-, enzarzados en resolver sus ecuaciones o sus fórmulas. Insisto: ni unos ni otras se dan cuenta, o quizás prefieren no darse cuenta, de que sus prodigios provienen de una fuente común: ese órgano, más grande o más pequeño, más lúcido o más sentimental, que dirige todas nuestras pesquisas. El cerebro.

2
Supongo que la fábula resulta transparente. Admirados científicos que hoy nos acompañan: sí, ustedes son los gallardos topos. En cambio yo, igual que el resto de mis colegas artistas o escritores, somos las espantosas arañas.
¿El topo como emblema de la ciencia?, se quejarán ustedes. ¿Esa bestezuela ciega y adiposa? Estoy seguro de que ustedes hubiesen preferido el águila con su gran vista o el delfín que se abisma en los océanos del conocimiento o de perdida un elefante de infalible memoria. Habrán de disculparme: el topo es perfecto para ustedes. Su ceguera es otra forma de visión, como la de Tiresias: en medio de la oscuridad, se abren paso, siguiendo tanto su instinto como las lecturas de sus herramientas, por esos caminos que poco a poco nos revelan los secretos del cosmos. En cambio nosotros, los artistas, somos viles arañas no nada más por nuestra tendencia a mordernos unos a otros, sino por el carácter juguetón, casi pueril, de nuestras creaciones. Mientras ustedes, hombres y mujeres de ciencia, descifran las leyes del universo, nosotros nos conformamos con nuestras bagatelas: frescos, novelas, sinfonías.
El relato vuelve a resultar injusto porque, de nuevo, tanto las abigarradas fórmulas que sueñan con explicar el tiempo o la materia, o los teoremas que revelan una singularidad química, biológica o matemática, provienen del mismo lugar que una trama romántica, un poema metafísico, un tríptico renacentista o un lied de Schubert: nuestro cerebro. Y en particular de ese insólito producto de nuestro cerebro, tan manoseado como poco estudiado, al que damos el nombre de imaginación.

3
Sacerdotes y místicos tienen todo el derecho de argumentar otra respuesta: que uno o varios dioses, maliciosos o severos, bondadosos o iracundos, encerraron en nuestros pobres cuerpos un alma inmortal que desde dentro nos controla. Una bonita idea que, en mi humilde opinión, se halla más bien en mi campo de trabajo: el de la literatura de ficción. Por ello los demás tendríamos que convenir, en palabras de Francis Crick, que sólo somos nuestro cerebro.
Drástico, inquietante, acaso sobrecogedor, pero no por ello menos cierto: todo lo que somos y todo lo que nos ocurre, ocurre aquí adentro, en este molusco oscuro y silencioso que la evolución hizo crecer en nuestras deformes cabezotas. Y ese todo no solo incluye nuestros recuerdos de la infancia, ese Pollock y ese Velázquez, la suave lluvia de ayer por la mañana, el amor por mi mujer o mi espanto ante la tragedia de Ayotzinapa, sino también esas leyes que gobiernan al mundo que ustedes, amigos científicos, persiguen tan afanosos. Por demencial que nos parezca, la relatividad o el modelo estándar no suceden más allá de las nuebes, en el intangible dominio de lo real, sino aquí adentro, en las millones de neuronas regadas en cada uno de nosotros.
Con estas afirmaciones no pretendo aproximarme a un solipsismo wittgensteineano ni a un idealismo extremo, tan fantasioso como esa novela de David Markson en la que el personaje está convencido de ser el único habitante del planeta. Para esquivar de una vez este callejón sin salida, asumamos de manera práctica, como suelen hacerlo ustedes, que la realidad existe (más allá de que no podamos aprehenderla directamente) y que la realidad es inteligible. En otras palabras: que nuestro cerebro fue modelado por las mismas leyes que rigen el universo y que, por esta única razón, es capaz de decirnos cosas ciertas respecto a lo que sucede conmigo y a lo que sucede allá, en el vasto dominio del mundo. (Si no confiáramos en este axioma esencial, sería momento de marcharnos de vuelta a casa.)
Obviemos, pues, el alud de divagaciones filosóficas, epistemológicas y psicológicas que podrían enfangarnos en este punto para concluir con esta hipótesis -sería mejor decir con este cuento- provisional: toda la ciencia que ansía comprender el cosmos, y todo el arte que aspira a representarlo, son productos de la imaginación, ese poderosísimo mecanismo generado por nuestro cerebro para relacionarnos con el afuera.

4
¿Por qué la evolución nos dotó con esta inmensa corteza cerebral? Sin duda, no para que recordemos nuestra primera comunión o nuestro primer beso, ni para que enhebremos hondas reflexiones en torno a la muerte, como han apuntado algunos antropólogos, o para que agotemos las horas dándole vueltas a la inmortalidad del cangrejo. Aunque de todo ello sea capaz el cerebro humano, su función evolutiva es distinta: otorgarnos una ventaja competitiva frente a los demás animales -exceptuando quizás a los delfines. ¿Y en qué consiste dicha ventaja? En adelantarnos, mejor que cualquier otra criatura, al después.
El cerebro humano es, por encima de todo, una "máquina de futuros". Así fue diseñado y por ello nos resulta imposible alterar su configuración. Gracias al poder combinatorio de nuestra corteza cerebral, podemos desprendernos de las órdenes dictadas por nuestros genes y reaccionar frente al ambiente más rápido y mejor que cualquier otro mamífero. De la capacidad de predecir más o menos adecuadamente los hechos venideros ha dependido nuestra supervivencia y nuestro errático dominio sobre la Tierra.
Describiré el proceso de forma somera. Los sentidos llevan información del mundo hacia el cerebro: éste la organiza, limpia, pule y da esplendor (como la Real Academia con la lengua) y por fin la convierte en patrones más o menos generales. De este modo, si el sujeto llega a toparse a continuación con un escenario semejante, el cerebro puede dictarle cómo reaccionar con mayores posibilidades de sobrevivir o de obtener algún beneficio.
Gracias a este mecanismo, que nunca se detiene, los humanos somos seres esencialmente imaginativos -y narrativos. Querámoslo o no, nuestro cerebro genera escenarios de futuro sin parar. La ciencia y la literatura nacen de esta pulsión natural: tanto el astrónomo -el topo- que busca un patrón para explicar el movimiento de los astros como el escritor -la araña- que va desvelando los movimientos de sus personajes, hunden sus trabajos en esta irremediable obsesión asociada con la arquitectura evolutiva de nuestra mente. (Igual le sucede a los lectores: si una novela o un cuento se ponen en marcha es gracias a que nuestro cerebro no puede dejar de preguntarse qué pasará después.)
La imaginación no es, entonces, sino el recurso de nuestro cerebro para concebir futuros posibles. Sea que investiguemos la realidad a fin de hallar reglas que nos permitan predecir el comportamiento del tiempo o la materia, sea que nos desdoblemos por medio de la ficción para atestiguar vidas distintas a la nuestra -a decir verdad, para vivirlas-, nos hallamos frente al mismo procedimiento, desatado en el torbellino de nuestras neuronas, de producir un inagotable torbellino de imágenes del mundo.
Esas imágenes, huidizas y caóticas, que se presentan ante nosotros sin freno ni control -como ese avestruz con botas de plástico que entreveo ahora, sin razón alguna, al lado de aquella puerta-, poco a poco son organizadas por el cerebro o, más bien, por esa otra elusiva construcción imaginaria a la que hemos dado el nombre de conciencia o, más comúnmente, de yo. Resulta inevitable que así sea: sin ese orden, sin esa estructura -que es, antes que nada, una ficticia cadena temporal-, el magma de imágenes se volvería tan abrumador como inútil.
El diseño evolutivo de nuestro cerebro nos torna, pues, en sujetos narrativos: si el yo es una suerte de anomalía "en serie" en medio de la arquitectura "en paralelo" de las neuronas, el orden secuencial que le conferimos a la realidad deriva de esa voluntad nuestra de contarlo todo, de narrarlo todo como si por fuerza contase con un principio y un final. Topos y arañas sometidos a la misma condena: darle orden a una realidad que lo esquiva. No otra cosa es, pues, imaginar.

5
Albert Einstein: "La imaginación es más importante que el conocimiento. Porque el conocimiento está limitado a lo que conocemos y entendemos ahora, mientras que la imaginación abarca el mundo entero y todo lo que existe alguna vez por conocer y entender."
La frase del padre de la relatividad no hace sino resumir, en otras palabras, lo dicho hasta ahora. Pero, ¿cómo surge esa imaginación? ¿Y qué relación mantiene con el pensamiento racional, ese que se dedica puntualmente a enlazar causas y efectos, y que solemos asociar de manera más enfática con el pensamiento científico?
Lo decíamos antes: nuestras neuronas se hallan ensambladas en un sistema "en paralelo", es decir que, para llevar a cabo su titánica labor de organizar la información proveniente del universo, se ponen en marcha de forma simultánea, a fin de procesarla de mil maneras distintas en el menor tiempo posible. Nuestro yo, en cambio, se comporta de forma lineal, imponiendo una sucesión a cuanto observa.
Si lo anterior es cierto, el yo tendría que ser visto sólo como un vasto conjunto de ideas inmateriales, producidas por el cerebro material, con una clara función evolutiva: hacernos creer que tenemos un centro, una suerte de controlador de vuelo de nuestro cerebro, nos permite cumplir mejor con nuestra principal tarea: sobrevivir y reproducirnos con éxito. El resultado de este salto evolutivo ha sido prodigioso: el yo -la autoconciencia- nos ha proveído con una singular capacidad para separar el adentro del afuera y para conferirnos una compleja individualidad de la que carecen la mayor parte de los animales (otra vez, delfines excluidos).
Pero mientras el pensamiento racional, metódico, organizado de manera temporal, se lleva a cabo bajo el control del yo, nuestro cerebro en paralelo continúa funcionando por su cuenta, indiferente a sus mandatos dictatoriales. Y acaso sea allí, en esa miríada de neuronas interconectadas en paralelo, donde encuentra su sitio la imaginación. O al menos la imaginación más desbordada. La que da origen a la creatividad -y a la demencia.
La imaginación, la loca de la casa, nos suele parecer por ello ingobernable. De ahí que las arañas nos creemos inspiradas por las caricias de las musas o tentadas por lúbricos demonios. Porque es allí, en esa turbulencia, en ese maremágnum del cerebro en paralelo, donde las ideas brotan y reverberan, se quiebran y recomponen, se mezclan y se persiguen, mutan y revolotean sin que el platónico palafrenero del yo les imponga sus arrestos. Cuando Einstein afirma que la imaginación es más importante que el conocimiento, se refiere justo al frenesí de las neuronas en paralelo, libres e insumisas, frente al yugo racional, obsesionado solo con los datos, impuesto por el yo.
La ciencia y el arte comparten suerte: el yo dicta y organiza, investiga y se impone metas, diseña cuadros y esquemas, verifica datos y persigue inconsistencias, pero entretanto el cerebro en paralelo echa a andar avalanchas de patrones, tsunamis de ideas, cascadas con imágenes basadas en esos mismos datos, esperando que el yo elija las más productivas, las más prometedoras. No es casual que otros identifiquen este mecanismo con el incómodo nombre de intuición.
Los científicos siempre lo han sabido tan bien como los artistas, aunque por vergüenza prefieran callarlo: antes que la hipótesis racional o el frío análisis de los datos predomina la intuición. La imaginación. Y es que, como han detallado estudios recientes en el novedoso campo de la psicología de la ciencia, así ocurre en la mayor parte de las mentes científicas. El apego inicial a una teoría -o a una trama o a un personaje- se produce de inmediato, sin que nos demos cuenta, casi desde que nos planteamos un problema: igual que en muchas otras áreas de nuestra vida, es nuestro cerebro, y no nosotros, quien decide hacia dónde ir. En la mayor parte de los casos, el investigador o el escritor parten de esa intuición irracional -de ese primigenio acto de imaginación- y sólo después, a posteriori, se empeñan en comprobarla o desarrollarla.
Max Planck: "Una y otra vez el plan imaginario que uno intenta construir se rompe y haz de intentar otro. Esta visión imaginativa y esta fe en el éxito son indispensables. El puro racionalismo no tiene cabida aquí." Vale la pena aclarar que lo dicho por el gran físico alemán se aplica tanto a los topos como al de las arañas.

A mitad del Atlántico, 13 de noviembre, 2014

 

[Publicado el 07/4/2015 a las 20:37]

[Etiquetas: ciencia; ficción; imaginación]

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Charlie Hebdo y sus secuelas

El 7 de enero, un grupo terrorista irrumpió en la redacción de Charlie Hebdo y asesinó a 12 personas, entre ellas sus redactores y colaboradores. ¿El motivo? Desagraviar al Profeta -cuya mera reproducción es considerada una blasfemia por millones de musulmanes- por haber sido ridiculizado en numerosas caricaturas desde que, en 2005, la revista satírica se atreviese a reproducir las célebres viñetas danesas sobre Mahoma. Si bien la condena de los asesinatos ha sido prácticamente unánime, y el lema #YoSoyCharlie llegó a convertirse en el más difundido en la historia de Twitter, las discusiones en torno al contenido de Charlie Hebdo han sido menos consensuales, al grado de dar vida al contralema #YoNoSoyCharlie, empleado entre otros articulistas por David Brooks en el New York Times.

            La pregunta de fondo es clara: ¿en una sociedad democrática deben existir otros límites a la libertad de expresión que aquellos vinculados con la dignidad y la privacidad de las personas (esto es: de individuos concretos, no de ideas o representaciones abstractas) y con la obligación de no cometer otros delitos? Las respuestas van desde un no rotundo por parte de los comentaristas libertarios (y muchos liberales), hasta un por supuesto de los sectores tradicionalistas y religiosos, pero también de una parte de la izquierda socialdemócrata, pasando por numerosas posiciones intermedias.

            De otro modo: ¿hay valores o figuras que deberían ser respetados a rajatabla por un motivo particular? Una de las grandes conquistas de la Ilustración fue la abrogación del crimen de lesa majestad, que protegía al rey y a la Iglesia de cualquier crítica, abriendo el camino para la libertad de expresión tal como la conocemos hoy. Pero, a diferencia de quienes afirman que los atentados de París prueban que Occidente se halla sitiado por los islamistas, esta conquista ha tenido una historia lenta y atribulada tanto en Europa como en América.

            Aunque nos gustaría creer que su culminación se halla en la Primera Enmienda a la Constitución de Estados Unidos, según la cual "El Congreso no podrá hacer ninguna ley [...] limitando la libertad de expresión ni de prensa", lo cierto es que en este país no existe una revista como Charlie Hebdo, cuyas invectivas contra la religión podrían ser tachadas de discriminatorias o incitaciones al odio racial. De hecho, la mayor parte de los medios estadounidenses, como el New York Times o CNN, decidieron no publicar la portada de Charlie Hebdo donde aparece Mahoma (según algunos críticos, con un turbante y una nariz que disfrazan un sexo masculino) diciendo: "Todo está perdonado. Yo soy Charlie".

            En la propia Francia, el negacionismo es un delito: que una posición así nos parezca aberrante no significa que quien la exprese deba ser castigado. Del mismo modo, la "apología del terrorismo" se castiga, incluso en redes sociales, de manera más estricta que en Estados Unidos. Lo mismo ocurre en Inglaterra, Alemania, Austria y otros países europeos También llama la atención que Mariano Rajoy asistiese en primera línea a la marcha republicana, cuando hace unos años un juez español ordenó el secuestro de la revista El Jueves porque en su portada aparecían el príncipe Felipe y la princesa Letizia burdamente caricaturizados.

            El atentado ha dado pie a que ese "Todos somos Charlie" se convierta en un mantra del que, en efecto, todos se aprovechan: desde el Frente Nacional y los movimientos identitarios europeos caricaturizados por Michel Houellebecq en Soumission, hasta un sinfín de políticos que no tienen empacho en condenar los crímenes aunque en sus países prevalezcan la censura y el autoritarismo. Y, en fin, numerosos intelectuales que exigen una libertad de expresión ilimitada pero que nunca han mostrado la misma energía a la hora de defender los derechos humanos en otros países.

            Ni el 7-J es el 11-S francés, ni Occidente se halla en jaque: los terroristas eran franceses y las llamadas a una Patriot Act europea, capaz de interceptar las conversaciones de sus ciudadanos, serían el peor atentado contra esas libertades tan arduamente conseguidas. En contra de lo que sostuvo el papa Francisco, uno debe tener el derecho de mofarse de cualquier religión, así hiera la sensibilidad de sus fieles pero, si se opta por esta postura -que yo comparto-, habría que llevarla a sus últimas consecuencias. Como Ahmed Merabet, el policía francés y musulmán que, radicalizando la frase atribuida a Voltaire, murió defendiendo a unos caricaturistas que humillaban los valores en los que él creía.

 

II. La sumisión y la sangre

 

La mañana del 7 de enero me encontraba en el aeropuerto de Newark, a punto de embarcar de vuelta a México, cuando comencé a leer Soumission, la nueva novela de Michel Houellebecq que acababa de descargar en mi Kindle horas después de haber sido publicada. Justo cuando leía la cita inicial de Joris-Karl Huysmans, el decadentista francés que la inspira, presté atención al sonido de una de las pantallas en la sala de abordaje. La reportera de CNN anunciaba que un grupo de encapuchados había irrumpido en la redacción de la revista satírica Charlie Hebdo, en París, y había asesinado a la mayor parte de sus redactores. Sólo después de aterrizar en México conocería los detalles del acto terrorista, entre ellos que la portada de Charlie Hebdo de esa semana se burlaba precisamente de Michel Houellebecq quien, como de costumbre desde la publicación de Las partículas elementales en 1998, era motivo de un nuevo escándalo en el medio intelectual francés, en esta ocasión por su declarada "islamofobia".

            La conexión entre el tema central del número y el atentado queda aún por esclarecerse -la revista había sido amenazada desde que en 2004 reprodujese las célebres caricaturas danesas sobre Mahoma, un personaje que se volvería habitual en sus páginas-, pero no parece del todo casual. Ambientada en 2022, Soumission también es una suerte de caricatura en la que un político musulman, Mohamed Ben Abbes, dirigente de una ficticia Fraternidad Musulmana, llega a la presidencia de Francia, imponiendo una serie de medidas -en particular la poligamia- que al cabo son aceptadas por el conjunto de sociedad francesas con indiferencia, cuando no con discreto entusiasmo.

En su cubierta, Charlie Hebdo presentaba a un demacrado Houellebecq (apenas más lamentable que en sus fotos recientes), anunciando sus predicciones de futuro: "En 2015 pierdo los dientes. En 2022 hago Ramadán". Una perla que, con la acidez característica del medio, resume bastante bien la trama de Soumission. Que el escritor francés decidiese suspender la promoción de la novela esa misma tarde para refugiarse en un innominado sitio en la campiña francesa casi sonaría como una prolongación de la paranoia que alimenta su ficción de no ser por la espantosa resonancia de la tragedia.

            Mucho antes de que aparezca en español, un sinfín de comantaristas ya se ha apresurado a ensalzar o denigrar la novela de Houellebecq, desde quienes piensan que se trata de una obra oportunista y marullera, hasta quienes la defienden como un valeroso acto de libertad equiparable a las virulentas caricaturas de Charlie Hebdo. En la propia Francia, tan dada a estas aparatosas disputas intelectuales, los bandos también se hallan bien diferenciados: de un lado quienes piensan que, más allá de sus discutibles méritos literarios, Soumission es una pieza repugnante que "pone a Marine LePen en las puertas del Elíseo", y del otro quienes sostienen que, en su cuidada ambigüedad, se trata de una sátira que, más que ensañarse con los musulmanes, se burla de Francia en su conjunto. 

            François, una suerte de alter ego del autor, es un profesor universitario que, tras una carrera como especialista de Huysmans, se encuentra en un momento de decadencia o apatía. (Como la propia Francia: igual que en las viñetas de Charlie Hebdo, la sutileza aquí no es relevante.) Harto de sus recurrentes aventuras con sus alumnas, François por fin se ha enamorado, o al menos encariñado, de Myriam, una joven judía -no podía ser de otro modo- que está loca por él. En ese contexto, François describe el ambiente electoral, dominado por la oposición entre la Fraternidad Musulmana y el Frente Nacional, con el Partido Socialista y la UMP como residuos del pasado, y la creciente sensación de peligro experimentada por los desplantes de los integristas del "movimiento identitario", es decir, de esas organizaciones que, bajo el lema de "Francia para los franceses", están dispuestos a defender a los "indígenas" de la "colonización islámica".

            Aderezada con sus previsibles descripciones sexuales y las meditaciones pesimistas o políticamente incorrectas que ya son marca de la casa -en especial contra las mujeres-, Houellebecq hace que su personaje apenas se dé cuenta de la victoria de Ben Abbes (aliado en la segunda vuelta con el PS y la UMP) y de la brutal mutación que ello acarrea. Temeroso de la violencia -que podría provenir de unos extremistas u otros-, François huye de París y se refugia en Martel, un pequeño poblado del sudoeste nombrado así en memora del caudillo que detuvo el avance árabe en el medioevo. Entretanto Myriam, cuya familia teme quedarse en un país gobernado por un partido musulmán, ha emigrado a Israel con sus padres. Deprimido y solo, François visita el santuario de Rocamadour, ansioso de que su famosa Virgen Negra lo ilumine. 

Por desgracia, la anhelada experiencia mística -paralela a la conversión al catolicismo de Huysmans- no llega nunca y, cuando François vuelve a París, encuentra a su patria transformada en un estado islámico. Aquí es donde la sátira deviene simple caricatura. Para llegar al poder, Ben Abbes ha cedido los principales ministerios a sus aliados para quedarse con el único que importa: el de Educación. Gracias a ello, las universidades francesas han pasado a ser islámicas, las mujeres han perdido sus privilegios y acuden veladas a sus clases. Por si fuera poco, el nuevo rector, un acomodaticio intelectual convertido al Islam, permite que sus profesores tomen tres o cuatro esposas de entre las estudiantes. Poco le preocupa a Houellebecq la inverosimilitud del planteamiento: su intención, más cercana a Kafka que a la ciencia ficción, es colocarnos de pronto frente a un sistema totalitario y absurdo, pero que apenas se distingue de lugares como Arabia Saudí.

            A diferencia de lo que ocurría en Las partículas elementales o incluso en El mapa y el territorio, la novela se mueve en un terreno voluntariamente pedestre. Más que una fantasía política, Soumission se revela como una grotesca burla de la Francia socialdemócrata de nuestros días, y por extensión de Europa. Para François, Europa es un continente que, como predijo Nietzsche, ha perdido toda su fuerza justo por haber renunciado a la religión y haberse decantado por los valores facilones, femeninos, de la democracia liberal (una sombra, en cualquier caso, de la bestia negra de François: la Ilustración). En este contexto, sólo el Islam parecería tener la energía suficiente para arrancar a Francia del marasmo, así sea al precio de renunciar sus valores más queridos (en especial, la igualdad).

             Uno dudaría que un musulmán pudiese encontrar en esta farsa un solo argumento para sentirse vejado -pero si unas simples caricaturas fueron capaces de desatar semejante descarga de ira, quizás Houellebecq tuvo razón en esconderse en la Francia profunda, como su personaje. Mucha más razón para indignarse tendrían las mujeres, que no tienen aquí otra función que la de objetos sexuales (como Myriam) o esposas (en el nuevo regimen machista y polígamo). Lo más relevante del libro son, en todo caso, las especulaciones sobre el reacomodamiento político previo a la victoria de Ben Abbes, en las que Houellebecq destaza por igual a la izquierda, la derecha y la ultraderecha de Marine Le Pen.

En un plano íntimo, Soumission se presenta como el itinerario de una conversión fallida: François nunca será Huysmans, sino apenas otro oportunista en una Francia que hoy, no en 2022, disfruta de la sumisión a sus hipócritas valores burgueses. Lo que quizás se le escape a Houellebecq es que, al contentarse con una sátira de trazos gruesos, con una caricatura de los miedos de su época -incluida la islamofobia-, él ha seguido el ejemplo de François y tampoco ha logrado escapar a su cómodo papel de provocador. Soumission es, en este sentido, la sumisión a un éxito que su autor previó desde el inicio y que sólo la sangre de sus colegas ha conseguido adulterar.

           

III. La religión y el estado

 

Más allá de que todos coincidan, o finjan coincidir, en su condena de los atentados contra Charlie Hebdo, el debate en torno a la libertad de expresión y el papel de las creencias individuales -y en particular la religión- en nuestras democracias no ha hecho más que exacerbarse. Mientras algunos siguen empeñados en defender la libertad de expresión (y la libertad de insultar ideas abstractas) a cualquier precio, otros han señalado que, si bien en primera instancia hay que garantizarla, el uso de ella por parte de caricaturistas y redactores de Charlie Hebdo ha sido, como lo señala el propio subtítulo de la publicación, cuando menos "irresponsable".

            Nadie pone en duda que la "marcha republicana", la más grande en la historia reciente en Francia, hizo evidente el repudio de la mayor parte del país a cualquier intento de frenar esta conquista de la Ilustración, pero desde entonces se han sucedido incontables manifestaciones tanto en Europa como en Asia y África, unas pacíficas y otras sangrientas, para repudiar los ataques del semanario en contra de Mahoma -y en particular de su número especial, en cuya portada un Profeta en apariencia pacífico es dibujado con trazos que muchos han identificado con un órgano sexual masculino: una nueva bofetada para millones de musulmanes.

            La disyuntiva no se encuentra ya en ser o no ser Charlie, sino en la posición que han de tener los adeptos de ciertas religiones en una democracia laica, como la francesa o la mexicana -no como la colombiana o la española. Incontables voces se han alzado para señalar que el Islam es de plano incompatible con "nuestras libertades": una aseveración que siempre ha sido utilizada como una forma de discriminación, por ejemplo por la mayoría protestante de Estados Unidos contra los inmigrantes católicos de Italia o Irlanda a principios del siglo XX o contra los católicos mexicanos en nuestros días.

            Inevitablemente, estas declaraciones emanan cierto tufillo racista, propio de esos islamófobos o antimusulmanes que, desde su propia tradición cristiana, no son capaces de advertir la viga en el ojo propio. Lo más desconcertante ha sido leer, en boca de comentaristas en teoría liberales, que son las propias comunidades musulmanas las que, en primera instancia, estarían obligadas a condenar más sonoramente los atentados, y, en segunda, a deshacerse de sus propios sectores radicales, como si los musulmanes de Francia o Alemania formasen un estado dentro del estado o como si no fuesen ciudadanos idénticos a los otros.

            Resulta fácil querer olvidar que los hermanos Kouachi nacieron y se educaron en Francia y que, por tanto, sus atentados no son parte de la amenaza de la civilización "islámica" contra la "occidental", sino de un problema social francés y europeo. Si hubiera a quien culpar del radicalismo, sería a Arabia Saudita y su tradición wahabí, solapada una y otra vez por Occidente. En contra de lo que asumen paranoicos como Éric Zemmour o Michel Houellebecq, en los países europeos los musulmanes no forman comunidades unidas, sino que tienen proveniencias y características distintas. Como escribió Olivier Roy, resultaría muy difícil la formación de un partido islámico como el previsto en Soumission. Pero, en un efecto búmeran, la obsesión por señalar a los musulmanes como ciudadanos "distintos" podría ser un elemento de unión entre quienes nada tienen en común excepto sus creencias.

            En su novela, Houellebecq imagina que, con los musulmanes en el poder, Francia permite que ciertas escuelas islámicas privadas reciban fondos públicos. Un escenario de pesadilla en una república laica, pero que en Europa ya existe en las escuelas concertadas católicas que abundan en España. El doble rasero no se detiene: en Irlanda o Polonia, al igual que en América Latina, la Iglesia Católica disfruta de enormes privilegios que detienen un sinfín de avances sociales -como el aborto o el matrimonio homosexual- y en muchos países el estado ni siquiera ha logrado separarse de la Iglesia.

            Nada hay más pernicioso para una sociedad como la religión, en todas sus vertientes. A lo largo de la historia, ha sido la mayor fuente de disputas y guerras y, en la época moderna, siempre se ha opuesto a los avances científicos y la razón. Pero el Islam no es sino una religión más, con sus fanáticos y sus "moderados", cuya intervención en la vida pública ha de ser contenida y repudiada como la de cualquiera otra, empezando por el cristianismo.

[Publicado el 26/1/2015 a las 00:05]

[Etiquetas: Charlie Hebdo; Houellebecq]

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Mis libros de 2014

Aunque cada vez detesto más las listas de los mejores libros del año (casi siempre endogámicas, casi siempre dictadas por una suerte de consenso crítico), dejo aquí una pequeña lista de recomendaciones de los libros publicados en 2014 que más me gustaron o impactaron. (Siete de mis mejores amigos publicaron libros que me parecen espléndidos: lo aclaro y los incluyo al final.)

 

narrativa en español: Catálogo de formas, de Nicolás Cabral

Una de las joyas literarias de este año. Una breve, elusiva y sutil novela que, a partir de la vida, obra e ideas de Juan O'Gorman, explora los límites entre la creación, el idealismo, el poder y el desencanto.

 

Incluyo también Los hemisferios, de Mario Cuenca Sandoval:  aunque su segunda parte resulte redundante y fallida, pocas apuestas estéticas me han parecido tan arriesgadas como la de esta novela fantástica y desbocada que se distiende entre distintos universos paralelos.

 

narrativa en otros idiomas: Euphoria, de Lilly King

Como la de Cabral, esta es otra narración que, eludiendo los límites de la novela biográfica o histórica, se basa en la figura de Margaret Mead y su círculo para detenerse en la extrañeza y las contradicciones de un triángulo de antropólogos y sus andanzas por mundos sólo en apariencia primitivos.

 

ciencia ficción: The Book of Strange New Things, de Michael Faber

La idea, de entrada, me parece genial: un misionero cristiano es enviado a un planeta recientemente descubierto (o conquistado) por una corporación humana para compartir la palabra de Jesús entre los nativos. Una Crónica de Indias de nuestro tiempo.

 

ensayo: El impostor, de Javier Cercas

Aunque su autor insiste en considerar que su libro es una "novela sin ficción o un relato real", a mí me parece claramente un ensayo, en todo caso una crónica o un "ensayo en primera persona". Como sea, la asombrosa historia de Enric Marco, el presidente de una de las principales asociaciones de víctimas de los campos de concentración nazis que en realidad se inventó éste y casi todos los hechos de su vida, termina convertido por Cercas en una fascinante metáfora de la España de la transición. 

 

memorias: Amarres perros, de Jorge Castañeda

Pocas figuras intelectuales tan lúcidas, polémicas y atrabiliarias como la del primer canciller de Vicente Fox: sólo alguien con un carácter tan tumultuoso como Castañeda (quien se inscribe en la línea directa del Ulises Criollo de Vasconcelos, con quien lo unen no pocas semejanzas) podía atreverse a escribir una autobiografía tan sincera, egocéntrica y apasionante en un medio tan propicio a la hipocresía y el disimulo como el mexicano.

 

Y, ahora, los libros de mis amigos:

Adrián Curiel, Blanco Trópico.

Con el humor ácido y la perspicacia que lo caracterizan, Curiel ha escrito un desopilante y arrebatador relato sobre la vida en el trópico y, en especial, un implacable examen de los sinsentidos de la vida académica.

Gerardo Kleinburg, Éxtasis. Una novela en siete píldoras

Encomio de los poderes y peligros del éxtasis, esta segunda novela de Kleinburg brilla por el entramado de historias de personajes al límite, dispuestos a arriesgar sus destinos en busca de una transformación (o de una iluminación) que siempre los rebasa.

Luis Felipe Lomelí, Indio borrado

Como prolongación y antídoto a los relatos de violencia (y a la violencia) que nos rodean, Lomelí ha creado un personaje inolvidable con el Güero, desvencijado símbolo de las tensiones de nuestra época.

Guadalupe Nettel, Después del invierno

Recompensada con el Premio Herralde de este año, la mejor entre las novelas de Nettel se adentra en las vidas de dos personajes tan perturbadores como excéntricos: un aséptico y neurótico cubano en Nueva York y una frágil estudiante mexicana en París enamorada de un joven moribundo. Lo mejor: un estilo parco y preciso que roza la perfección.

Ignacio Padilla, Las fauces del abismo

Así pasen los años, Padilla continúa pareciéndome no sólo el más deslumbrante cuentista de mi generación, sino de uno de los más imaginativos cuentistas de nuestros días. Una nueva colección que prolonga su asombrosa "Micropedia", en esta ocasión con un peculiar bestiario que navega entre las crónicas medievales y Borges. 

Pedro Ángel Palou, No me dejen morir así

Centrado a lo largo de los últimos años en narrar las vidas de nuestras principales figuras históricas, aquí Palou ha ido aún más lejos que en Pobre patria mía, sus falsas memorias de Porfirio Díaz, para introducirse en la mente de Pancho Villa en un relato que rebasa los límites genéricos y se arriesga a dislocarse.

Edmundo Paz Soldán: Iris

Si la ciencia ficción continúa pareciendo excéntrica en nuestras letras, que la realice un boliviano suena de plano inverosímil. Pero Paz Soldán ha logrado crear un deslumbrante mundo propio (regido, como el de Kleinburg, por las drogas) que, como todos los grandes relatos de ciencia ficción, dice mucho más sobre nuestro tiempo que sobre el futuro.

Daniel Rodríguez Barron, La soledad de los animales

Una arriesgada primera novela que, más que retratar (o burlarse) de quienes defienden los derechos de los animales, reflexiona en clave irónica en torno al idealismo y el fanatismo de todas las grandes causas.

Pablo Raphael, Clipperton

Escrita a lo largo de varios años y un periplo que lo condujo directamente a la antigua isla mexicana, Raphael se sirve de Clipperton para crear un vasto relato polifónico en el que se funden todas las historias y fantasías en torno a esta tierra de nadie que tanto ha fascinado a los escritores.

Eloy Urroz, La mujer del novelista

Urroz inició esta novela como una suerte de experimento vital, cercano al arte contemporáneo: iniciada y terminada a lo largo de un año en Aix-en-Provence, es a la vez el ácido retrato de nuestra generación literaria (el Crack reconvertido aquí en Clash), como una brillante reflexión en torno al amor o el adocenamiento del amor a partir de mundos que, como los de Cuenca Sandoval, se abren a dos tiempos -u opciones de vida- simultáneas. 

 Aunque cada vez detesto más las listas de los mejores libros del año (casi siempre endogámicas, casi siempre dictadas por una suerte de consenso crítico), dejo aquí un pequeño catálogo de los libros aparecidos en 2014 que más me gustaron o impactaron. (Algunos de mis mejores amigos publicaron obras que me parecen espléndidas: lo aclaro y las incluyo al final.)

 

NARRATIVA EN ESPAÑOL: Catálogo de formas, de Nicolás Cabral

Una de las joyas literarias de este año. Una breve, elusiva y sutil novela que, a partir de la vida, obra e ideas de Juan O'Gorman, explora los límites entre la creación, el idealismo, el poder y el desencanto.

 

Incluyo también Los hemisferios, de Mario Cuenca Sandoval:  aunque su segunda parte resulte redundante y fallida, pocas apuestas me han parecido tan arriesgadas como la de esta novela fantástica y desbocada que se extiende entre distintos universos paralelos.

 

NARRATIVA EN OTROS IDIOMAS: Euphoria, de Lilly King

Como la de Cabral, esta es otra narración que, eludiendo los límites de la novela biográfica o histórica, se basa en la figura de Margaret Mead y su círculo para detenerse en la extrañeza y las contradicciones de un triángulo de antropólogos y sus andanzas por mundos sólo en apariencia primitivos.

 

CIENCIA FICCIÓN: The Book of Strange New Things, de Michael Faber

La idea, de entrada, me parece genial: un misionero cristiano es enviado a un planeta recientemente descubierto (o conquistado) por una corporación humana para compartir la palabra de Jesús entre los nativos. Una Crónica de Indias de nuestro tiempo.

 

ENSAYO: El impostor, de Javier Cercas

Aunque su autor insiste en considerar que su libro es una "novela sin ficción o un relato real", a mí me parece claramente un ensayo, en todo caso una crónica o un "ensayo en primera persona". Como sea, la asombrosa historia de Enric Marco, el presidente de una de las principales asociaciones de víctimas de los campos de concentración nazis que en realidad se inventó éste y casi todos los hechos de su vida, termina convertido por Cercas en una fascinante metáfora de la España de la transición. 

 

MEMORIAS: Amarres perros, de Jorge Castañeda

Pocas figuras intelectuales tan lúcidas, polémicas y atrabiliarias como la del primer canciller de Vicente Fox: sólo alguien con un carácter tan tumultuoso como Castañeda (quien se inscribe en la línea directa del Ulises Criollo de Vasconcelos, con quien lo unen no pocas semejanzas) podía atreverse a escribir una autobiografía tan sincera, egocéntrica y apasionante en un medio tan propicio a la hipocresía y el disimulo como el mexicano.

 

Y, ahora, los libros de mis amigos:

Gerardo Kleinburg, Éxtasis. Una novela en siete cápsulas

Encomio de los poderes y peligros del éxtasis, esta segunda novela de Kleinburg brilla por el entramado de historias de personajes al límite, dispuestos a arriesgar sus destinos en busca de una transformación (o de una iluminación) que siempre los rebasa.

Luis Felipe Lomelí, Indio borrado

Como prolongación y antídoto a los relatos de violencia (y a la violencia) que nos rodean, Lomelí ha creado un personaje inolvidable con el Güero, desvencijado símbolo de las tensiones de nuestra época.

Guadalupe Nettel, Después del invierno

Recompensada con el Premio Herralde de este año, la mejor entre las novelas de Nettel se adentra en las vidas de dos personajes tan perturbadores como excéntricos: un aséptico y neurótico cubano en Nueva York y una frágil estudiante mexicana en París enamorada de un joven moribundo. Lo mejor: un estilo parco y preciso que roza la perfección.

Ignacio Padilla, Las fauces del abismo

Así pasen los años, Padilla continúa pareciéndome no sólo el más deslumbrante cuentista de mi generación, sino de uno de los más imaginativos cuentistas de nuestros días. Una nueva colección que prolonga su asombrosa "Micropedia", en esta ocasión con un peculiar bestiario que navega entre las crónicas medievales y Borges. 

Pedro Ángel Palou, No me dejen morir así

Centrado a lo largo de los últimos años en narrar las vidas de nuestras principales figuras históricas, aquí Palou ha ido aún más lejos que en Pobre patria mía, sus falsas memorias de Porfirio Díaz, para introducirse en la mente de Pancho Villa en un relato que rebasa los límites genéricos y se arriesga a dislocarse.

Edmundo Paz Soldán: Iris

Si la ciencia ficción continúa pareciendo excéntrica en nuestras letras, que la realice un boliviano suena de plano inverosímil. Pero Paz Soldán ha logrado crear un deslumbrante mundo propio (regido, como el de Kleinburg, por las drogas) que, como todos los grandes relatos de ciencia ficción, dice mucho más sobre nuestro tiempo que sobre el futuro.

Pablo Raphael, Clipperton

Escrita a lo largo de varios años y un periplo que lo condujo directamente a la antigua isla mexicana, Raphael se sirve de Clipperton para crear un vasto relato polifónico en el que se funden todas las historias y fantasías en torno a esta tierra de nadie que tanto ha fascinado a los escritores.

Eloy Urroz, La mujer del novelista

Urroz inició esta novela como una suerte de experimento vital, cercano al arte contemporáneo: iniciada y terminada a lo largo de un año en Aix-en-Provence, es a la vez el ácido retrato de nuestra generación literaria (el Crack reconvertido aquí en Clash), como una brillante reflexión en torno al amor o el adocenamiento del amor a partir de mundos que, como los de Cuenca Sandoval, se abren a dos tiempos -u opciones de vida- simultáneas. 

 

[Publicado el 21/12/2014 a las 19:07]

[Etiquetas: libros 2014]

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La desolación de Ayotzinapa

Según la reconstrucción de los hechos realizada por la Procuraduría General de la República, el 26 de septiembre pasado María de los Ángeles Pineda, esposa del entonces alcalde de Iguala, José Luis Abarca, se disponía a presentar su informe de trabajo como presidenta de la vertiente local de la organización denominada Desarrollo Integral de la Familia (el área de gobierno responsable de los programas sociales) en un mitin que previsiblemente sería aprovechado para acentuar las posibilidades de suceder a su marido en las elecciones de 2015 como candidata del Partido de la Revolución Democrática (PRD), del cual hacía unos meses se había convertido en consejera.

            Ese mismo día, un grupo de estudiantes de la Escuela Normal de Ayotzinapa -una de las instituciones creadas por Lázaro Cárdenas en los años treinta para formar profesores rurales, caracterizadas desde entonces por su vena rebelde- había viajado hasta Iguala, la tercera ciudad más importante de Guerrero, a fin de cumplir con un ritual más o menos tolerado por las autoridades: el secuestro de taxis y autobuses para recorrer la zona en busca de "donativos", acaso para financiar su viaje a la la ciudad de México, donde -siniestra paradoja-habrían de sumarse al contingente que el 2 de octubre recordaría a los estudiantes asesinados por el gobierno en 1968 en la Plaza de las Tres Culturas.

            La ley de la impenetrabilidad de la materia -la idea de que dos sólidos no pueden ocupar simultáneamente el mismo espacio- devino entonces en una de las mayores tragedias mexicanas de los últimos, de por sí trágicos, tiempos. Ofuscado porque la presencia de los jóvenes podría opacar la entronización de su esposa, el alcalde Abarca dio la instrucción a su jefe de seguridad pública de impedir a toda costa que se manifestaran en Iguala. El resultado: al cabo de un brutal enfrentamiento, tres normalistas fueron asesinados -a uno de ellos lo desollaron y a otro le arrancaron los ojos de las órbitas-, otros tres infortunados paseantes también murieron, entre ellos un futbolista del equipo de tercera división de Chilpancingo, y 43 jóvenes desaparecieron sin que hasta el momento se haya confirmado el hallazgo de sus cuerpos.

            El acontecimiento resulta tan obsceno, tan gratuito, que a más de un mes de distancia aún suena irracional. Imposible. Siempre según la reconstrucción oficial de los hechos, la policía municipal de Iguala habría sido la responsable de esas primeras muertes, así como de detener a los otros 43 normalistas, a quienes habrían cargado en un camión de redilas y conducido hasta la vecina Cocula, a pocos kilómetros de distancia. Una vez en su poder, los policías de este municipio habrían acatado la orden de entregar a los muchachos a un grupo de narcotraficantes conocido como Guerreros Unidos, los cuales a su vez los habrían llevado por sinuosos senderos hasta lo alto de la sierra. Según el testimonio de tres de ellos, a continuación los jóvenes, hacinados y heridos, habrían sido quemados vivos en una pira que ardió a lo largo de 15 horas.

             ¿Por qué alguien, incluso un narcotraficante o un político corrupto, querría asesinar así, sin el menor resabio de humanidad, a 43 estudiantes de magisterio? Esta pregunta, tan ardua y dolorosa, mantiene a México en vilo desde hace semanas. Ahora sabemos que, además de un rico empresario en el negocio de joyas, el alcalde José Luis Abarca era un destacado miembro de Guerreros Unidos y tal vez su "jefe de plaza". Que su mujer, María de los Ángeles Pineda, era la responsable económica del cártel. Que dos hermanos de ella, antiguos lugartenientes del cártel de los Beltrán Leyva, fueron asesinados por su jefe acusados de traición. Que, tras ser elegido candidato del PRD a la alcaldía -por intervención del exalcalde Lázaro Mazón y con la anuencia de todos los sectores de la izquierda mexicana-, Abarca asesinó a sangre fría a uno de sus enemigos políticos.

Tras permenecer escondidos durante semanas, Abarca y Pineda -escabrosa versión mexicana de Lady Macbeth- han sido capturados, lo mismo que Ángel Casarrubias, alias El Machomo, el líder de Guerreros Unidos. La pregunta, sin embargo, se mantiene en el aire como un ominoso resumen de la catástrofe que aqueja al país desde que, hace ocho años, el presidente Felipe Calderón declarase intempestivamente la llamada guerra contra el narco. ¿Por qué alguien querría asesinar a estos 43 jóvenes? Aunque las declaraciones de los tres sicarios detenidos apuntan a que fueron salvajemente ejecutados, sus padres insisten en que no se darán por vencidos hasta que se identifiquen los cuerpos con absoluta certeza. Más que eso: el lema "vivos se los llevaron, vivos los queremos" se ha convertido en el símbolo del movimiento nacional que reclama conocer la verdad y en el mantra que resume la impotencia y la rabia frente a miles de casos semejantes.

Si el caso de los normalistas de Ayotzinapa ha despertado tanta indignación se debe a que, en medio del sinfín de muertes horrendas que hemos presenciado en estos años de pólvora, encarna la suma de todos nuestros temores. Mientras que dolorosamente los 72 migrantes hallados en Tamaulipas no dejaban de ser extranjeros o los narcotraficantes ejecutados en Tlatlaya no dejaban de ser narcos, aquí nos encontramos frente a 43 estudiantes. 43 jóvenes de familias sumidas en una pobreza ancestral. 43 jóvenes que, más allá de su ideología radical, representan a todos esos mexicanos que sólo aspiran a una vida mejor. Y porque Abarca y Pineda no eran simples políticos corrompidos por el narco, como los que abundan a lo largo y ancho del territorio nacional, sino narcotraficantes convertidos en políticos. Criminales ungidos y tolerados por el conjunto de nuestra clase política.

Ayotzinapa es, por desgracia, la conclusión última del desastre nacional generado por la guerra contra el narco. Nadie duda que antes de 2007 había tráfico de drogas o rachas de inocultabel violencia, pero la abrupta intervención estatal en un sistema caótico destruyó por completo los delicadísimos equilibrios que mantenían a México en paz. La fragmentación constante de los cárteles y su imbricación cada vez más profunda en distintos sectores de la población auspició el surgimiento de una sociedad criminal en la cual las autoridades y los criminales empezaron a no diferenciarse. La degradación social dio lugar a una ríspida degradación moral y la vida dejó de tener valor frente a la menor ganancia inmediata.

Así, mientras los políticos de las distintas fuerzas no han hecho otra cosa más que tratar de exculparse o de exhibir la complicidad con los delincuentes de sus rivales, el resto del país se halla sumido en el más acerbo desamparo. Dado que todos los partidos, desde Acción Nacional, que inició la guerra contra el narco, hasta MORENA, que continúa solapando a Lázaro Mazón, el protector de Abarca, y desde el gobierno del Partido Revolucionario Institucional, que tanto ha tardado en reaccionar para resolver el caso, hasta el PRD, que postuló al alcalde y al exgobernador Rubén Aguirre, tienen responsabilidad en lo ocurrido, los ciudadanos de pronto no tienen a quién recurrir, en quien confiar. La ineficiencia de nuestro sistema de justicia -donde el 90 por ciento de los delitos se mantienen impunes- hace que la llaga se revele supurante.

Si de por sí en lugares como México las autoridades resultan tan poco confiables, Ayotzinapa deja la sensación de que ninguna será ya capaz de protegernos. Nada resulta tan peligroso para un país como el descrédito absoluto de su clase política. Y más si ese país, con sus innegables avances en áreas específicas, continúa arrastrando enormes problemas de desigualdad o mantiene gravísimos déficits en su estado de derecho. Ayotzinapa, y la tristeza, la vergüenza y la cólera que ha generado por doquier, es el angustioso llamado de auxilio de una población harta de convivir a diario con la corrupción y con la muerte.

 

twitter: @jvolpi

 

 

[Publicado el 19/11/2014 a las 00:52]

[Etiquetas: Ayotzinapa; Iguala; normalistas]

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¿Por qué?

¿Por qué cuarenta y tres jóvenes han desaparecido?

            ¿Por qué cuarenta y tres jóvenes han sido secuestrados o acaso asesinados?

            ¿Por qué nada sabemos de cuarenta y tres jóvenes de entre 18 y 33 años desde hace tres semanas?

            ¿Por qué nada sabemos de cuarenta y tres ciudadanos mexicanos desde hace tantos, tantos días?

            ¿Por qué tres de esos jóvenes fueron abatidos por la policía en un enfrentamiento en apariencia banal?

            ¿Por qué tres jóvenes fueron asesinados por quienes deberían protegerlos?

            ¿Por qué uno de esos jóvenes fue desollado?

            ¿Por qué a uno de esos jóvenes le arrancaron los ojos de la cuencas?

            ¿Por qué los policías municipales de Iguala -según el testimonio de los primeros detenidos- entregaron a diecisiete de esos jóvenes a un grupo criminal conocido como Guerreros Unidos?

            ¿Por qué nada sabemos de los otros treinta jóvenes?

            ¿Por qué se encontraron varias fosad con veintiocho cadáveres justo en estos días?

            ¿Por qué se encontraron luego más y más fosas?

            ¿Por qué esta macabra acumulación de fosas?

            ¿Por qué seguimos sin saber cuántas fosas y cuántos cadáveres había en cada una de ellas?

            ¿Por qué un hombre señalado como probable homicida pudo convertirse en candidato a la alcaldía de Iguala?

            ¿Por qué un hombre casado con una mujer cuya familia tenía lazos evidentes con el crimen organizado pudo convertirse en alcalde de Iguala?

¿Por qué nadie denunció penalmente al alcalde de Iguala?

            ¿Por qué nadie vio o quiso ver quién era el alcalde de Iguala?

¿Por qué la policía de Iguala pudo entreverarse a tal modo con el crimen organizado al grado de ya no diferenciarse?

¿Por qué nadie vio o quiso ver que el poder político y el crimen organizado se habían vuelto la misma cosa en Iguala?

            ¿Por qué el alcalde de Iguala y su jefe de seguridad pública se jactaron de la represión contra los jóvenes?

            ¿Por qué el alcalde de Iguala pudo burlarse públicamente de las primeras muertes diciendo que nada sabía de ellas porque estaba bailando?

            ¿Por qué la carga de la policía contra los estudiantes coincidió con el informe de labores de la esposa del alcalde?

            ¿Por qué a las pocas horas el alcalde y su esposa huyeron de Iguala?

            ¿Por qué el jefe de seguridad pública de Iguala huyó a continuación?

            ¿Por qué seguimos sin saber dónde se ocultan el alcalde, su esposa y el jefe de seguridad pública de Iguala?

            ¿Por qué el ADN de los cadáveres hallados en la primera fosa no corresponde con el de los jóvenes desaparecidos?

            ¿Por qué no sabemos de quién son esos cuerpos?

            ¿Por qué hay otros diecisiete ciudadanos mexicanos asesinados y nada sabemos de ellos, sus nombres, sus rostros, sus vidas?

            ¿Por qué no repetimos a diario los nombres de estos cuarenta y tres jóvenes mexicanos?

            ¿Por qué no pronunciamos a diario, en voz alta, los nombres de Jhosivani, Luis Ángel, Marco Antonio, Saúl Bruno, Jorge Antonio, Abel, Carlos Lorenzo, Adán Abraján, Felipe Arnulfo, Emiliano Alen, César Manuel, Jorge, José Eduardo, Israel, Antonio, Christian Tomás, Luis Ángel, Miguel Ángel, Benjamín, Alexander, Leonel, Everardo, Doriam, Jorge Luis, Marcial, Jorge Aníbal, Abelardo, Cutberto, Bernardo, Jesús Jovany, Mauricio, Martín Getsemany, Magdaleno Rubén, Giovanni, José Luis, Julio César, Jonás, Miguel Ángel, Christian Alfonso, José Ángel, Carlos Iván, José Ángel e Israel?

            ¿Por qué hay quienes no se identifican con el dolor de los padres de estos jóvenes?

            ¿Por qué hay quienes no buscan entender la ira de sus compañeros?

            ¿Por qué hay quienes se empeñan en tachar a los jóvenes de Ayotzinapa de agitadores en vez de mirarlos como víctimas?

            ¿Por qué hay quienes se ceban en el radicalismo político de las normales rurales cuando lo único que importa son las vidas de estos jóvenes?

            ¿Por qué hay quienes osan sugerir que las protestas de los jóvenes son equiparables con los crímenes cometidos contra ellos?

             ¿Por qué hay quienes condenan las marchas y los destrozos pero no los asesinatos y las desapariciones?

¿Por qué hay quienes lamentan las marchas y los destrozos en vez de hacerse todas estas preguntas?       

            ¿Por qué hay quienes no se dan cuenta de que esta tragedia nos implica a todos?

            ¿Por qué hay quienes, en los medios y las redes sociales, buscan restarle importancia a la tragedia?

            ¿Por qué alguien ordenó secuestrar o asesinar a estos jóvenes?

 

Publicado originalmente en el diario Reforma, 19.10.14 

Twitter: @jvolpi

 

[Publicado el 28/10/2014 a las 02:38]

[Etiquetas: Ayotzinapa; Iguala; normalistas]

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Palabras inaugurales del Festival Internacional Cervantino

Me corresponde el honor de darles la bienvenida al cuadragésimo segundo Festival Internacional Cervantino, el festival de música y artes escénicas más importante de América Latina y uno de los más diversos y relevantes del planeta. En otras palabras: a esta celebración que, gracias al empeño continuado de quienes lo han hecho posible, los gobiernos federal y del Estado, la alcaldía de Guanajuato, la Universidad de Guanajuato y, de manera especial, los propios habitantes de ésta, la ciudad más hermosa del mundo, se ha convertido en uno de los mayores orgullos de nuestro país y una cita obligada para los grandes artistas de nuestro tiempo.

            En Euforia, de la escritora norteamericana Lily King, un fascinante triángulo amoroso situado en Nueva Guinea durante la edad de oro de la antropología, los personajes de la novela, libremente basados en Margaret Mead y su círculo, no tardan en constatar, mientras estudian los comportamientos de distintas tribus de la zona, que en muchos sentidos ellos mismos, los expertos que enarbolaban los valores de la civilización occidental, eran mucho más salvajes que sus objetos de estudio.

            Si hoy abrimos un diario, nos sentamos frente a un noticiario televisivo o dejamos que nuestro teléfono nos informe en directo sobre el estado del mundo y de nuestro país, tendríamos que admitir que seguimos siendo salvajes. Bastaría enterarnos de las tragedias que cimbran a Siria o Irak o, más cerca de nosotros, de los brutales crímenes contra los jóvenes normalistas de Ayotzinapa, en Iguala, para perder cualquier confianza en el género humano. Seguimos dominados por prejuicios ancestrales, por el ansia de poder o la venganza, y olvidamos a diario que todas las vidas humanas poseen el mismo valor.

            Pero, si bien estas tendencias asesinas y excluyentes permanecen arraigadas en nosotros, también es cierto que, desde épocas inmemoriales, los seres humanos hemos buscado conjurarlas a través de ese conjunto de manifestaciones que solemos llamar "arte". Todas las culturas comparten esta vocación por la danza y la poesía, el teatro y la música, como si supiéramos que son el único bálsamo frente a la barbarie. Por eso el arte no es un simple entretenimiento ni una mera forma de evadir el horror cotidiano, sino una fuerza que nos permite indagar en lo más profundo de nosotros mismos con la esperanza de llegar a conocernos mejor. Si el arte no garantiza nuestra redención, al menos nos permite reconocer nuestras flaquezas y delirios, y transformarnos, por un instante, en otros: en los otros. En nuestros semejantes.

            Shakespeare, de quien hoy celebramos 450 años, lo supo como nadie: sus obras jamás ocultan la vileza, la ambición o la crueldad, pero tampoco la ternura, la amistad o la pasión, nuestras grandes virtudes. A lo largo de estas semanas, el Bardo será uno de nuestros guías por los claroscuros de la naturaleza humana, y su vigencia se verá reflejada en numerosas puestas en escena y adaptaciones de sus obras. El horror que nos circunda demuestra que vivimos tiempos eminentemente shakespearianos.

            Las fronteras siempre han sido fuentes de disputas, guerras y masacres. Desde Rómulo, que trazó los lindes de Roma y asesinó a su hermano por cruzarlos, hasta los miles de mexicanos y centroamericanos que ahora mismo arriesgan sus vidas para traspasar la línea artificial que nos separa de Estados Unidos, las fronteras muestran lo peor -y lo mejor- de nosotros. Yo estoy aquí y tú allá. Y, sólo por eso, soy mejor que tú. Ideas atroces frente al que se han rebelado un sinfín de artistas -y de hombres y mujeres comunes. El Festival Cervantino también será el escenario en que se discutan, se subviertan y se vulneren las fronteras.

            La música, la danza, el teatro, el cine, las artes plásticas y la literatura como acicates para la reflexión sobre los problemas de nuestro tiempo, sí, pero también como un espacio para la solidaridad y la comunión. Por ello, también tendremos la oportunidad de apreciar el singular trenzado entre tradición y modernidad que ofrecerán las prodigiosas culturas de nuestros invitados de honor: Japón y Nuevo León.

            A lo largo de estos 19 días, Guanajuato -y México- recibirán a cerca de 4 mil artistas que, en más de 685 actividades, nos mostrarán nuestros abismos: nuestro dolor y nuestra risa, nuestra sinrazón y nuestra capacidad para sobreponernos al infortunio, nuestros torvos miedos y nuestras gloriosas esperanzas. Un recorrido de 19 días, pues, para aquilatar la avasalladora complejidad que nos hace tan apasionadamente humanos.

            Bienvenidos sean al cuadragésimo segundo Festival Internacional Cervantino.

 

[Publicado el 22/10/2014 a las 20:38]

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El valor de la cultura

El Fondo de Cultura Económica. Fundado en 1934 por un grupo de intelectuales encabezados por Daniel Cosío Villegas. 80 años después, es la editorial más importante de América Latina. El Festival Internacional Cervantino. Creado en 1972, en Guanajuato, donde veinte años atrás se comenzaron a escenificar los entremeses de Cervantes dirigidos por Enrique Ruelas. 42 años después, es el festival de música y artes escénicas más importante de América Latina. La Feria del Libro de Guadalajara. Fundada en 1987 por el entonces rector de la Universidad, Raúl Padilla López. 28 años después, es la feria del libro más relevante de la lengua española.

            Tres instituciones modélicas. A las que habría que añadir otras tantas. Canal 22, que empezó a transmitir en 1993 a iniciativa de un grupo de intelectuales. Un espacio televisivo único en el ámbito hispánico. El Fondo Nacional para la Cultura y las Artes. Instituido en 1989 y, pese a las críticas, uno de los sistemas de apoyo a la creación más amplios y eficaces del mundo. Y otras tantas que comienzan o perfeccionan su andadura. Todos estos organismos fueron creados durante la época en que el PRI era el partido hegemónico, pero, gracias a los esfuerzos de la sociedad civil y de numerosos intelectuales, políticos y gestores que pensaban más en el futuro de México que en su beneficio, consiguieron eludir su control para convertirse en auténticos pilares de la cultura -de la cultura universal. Si bien a lo largo de su historia no han dejado de verse sometidos al capricho de los gobernantes en turno, o de sus directivos, han resistido los más severos embates -piénsese en el despido fulminante de Arnaldo Orfila del Fondo- y jamás han dejado de cumplir su función: llevar la fuerza de la cultura no a las clases privilegiadas, sino a ese sector de la población que ha sabido abrirse paso hacia nuestra incipiente clase media gracias a su voluntad de superación.

            Quienes en estos días han pedido la desaparición del FCE porque en teoría sus subsidios sólo benefician a los más ricos no comprenden que, si nuestros índices de lectura son bajos, lo serían mucho más si careciéramos de él. Quienes más se benefician de los libros del Fondo -la mayor parte de los cuales jamás serían publicados por editoriales privadas-, igual que del Canal 22 o el Cervantino, son justo esos jóvenes que, sin demasiados recursos, se abren por primera vez al arte y la cultura. Justo aquellos que, a la larga, se convertirán en los más severos críticos de los males del país -y de esas instituciones. Lo que no acaba de entenderse es que la cultura no es un bien suntuario, diseñado para entretener a unos cuantos privilegiados, sino un instrumento de transformación social e individual que debe estar al alcance de todos.

            Desde hace milenios, la cultura ha sido subsidiada en todo el orbe de una forma u otra. En la antigüedad, por la gracia de mecenas y príncipes. Y, en nuestros días, por dos modelos en cierto sentido equivalentes: el uso de recursos públicos (el sistema francés extendido a América Latina) o bien las donaciones que, en virtud de las ventajas fiscales que se les otorgan, realizan los más ricos en países como Estados Unidos. Ni el Met ni el cine de arte europeo, ni la Filarmónica de Berlín ni las pequeñas editoriales francesas, ni el Louvre ni el Festival de Edimburgo sobrevivirían ciñéndose a puros criterios del mercado.

            Si algo nos enseñó la Gran Recesión de 2008 es que dejar que los mercados se autorregulen es el camino directo a la catástrofe. Y si ello ocurre en el mundo financiero, aplicar este criterio al mundo del arte sería todavía más grave. No: ni las editoriales ni las galerías ni los festivales ni los productores audiovisuales privados podrán garantizar la pluralidad que se alcanzan cuando el Estado alienta estos ámbitos en aras del interés público. Ello no quiere decir, por supuesto, que éste se adueñe de esos sectores -el camino directo al autoritarismo y la censura- sino que equilibre los efectos del mercado, estimulando a aquellos creadores, gestores e instituciones que desaparecerían si quedaran al arbitrio de la libre competencia. Los mexicanos podemos renegar sin fin, legítimamente, de la banalidad o la corrupción de nuestros políticos y administradores. Pero, si de algo podemos sentirnos orgullosos -y basta escuchar a cualquier observador latinoamericano para entenderlo a cabalidad- es de nuestras mejores y más sólidas instituciones culturales.

 

Twitter: @jvolpi

[Publicado el 07/9/2014 a las 16:59]

[Etiquetas: FCE; Cervantino; FIL; FONCA]

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Tirano(s)

Un típico país árabe, con sus desiertos poblados por beduinos, sus costas arenosas y sus atardeceres sanguinarios, sus plácidos oasis y sus abigarrados palacetes -con sus ineludibles cúpulas de oro-, sus oligarcas fatuos o corruptos y sus masas sojuzgadas y, por supuesto, sus fanáticos rebeldes dispuestos a inmolarse en la yihad. Un típico país árabe con el improbable, cuando no ridículo, nombre de Abuddín.

Luego, un típico dictador, Khaled al-Fayeed (en la correcta transliteración española, Jaled al-Fayid), tan brutal como comprometido con su patria, rodeado por su monstruosa familia: su primogénito Jamal, destinado a convertirse en su heredero, tan frágil como cruento, tan mujeriego como soberbio, y la esposa de éste, una misteriosa -y típicamente perversa- Lady Macbeth levantina, Leila; y, por último, el general Tariq, responsable del ejército y de las sucesivas olas de represión sufridas por sus habitantes. Hasta aquí, el escenario parecería calcado del Irak de Saddam Hussein si no fuera por la súbita aparición de la oveja negra de la familia: Bassam (mejor conocido como Barry), el hijo menor del tirano, el cual, luego de pasar veinte años en Estados Unidos, donde se graduó como pediatra y se casó con una rubia para procrear una típica familia estadounidense, regresa a Abuddín para asistir a la boda de su sobrino con la hija del dueño del monopolio televisivo del país.

            La premisa de Tyrant, la nueva serie creada por Gideon Raff (uno de los responsables de Homeland), producida por FX y actualmente al aire tanto en Estados Unidos como en México, radica en la confrontación entre estos dos estereotipos: la corte de Abuddín, inspirada tanto en los excesos de un sinfín de dictadores y jeques árabes como en los cuentos de las Mil noches y una noche, y una familia estadounidense normal, esto es, una pareja con dos hijos adolescentes: una chica frívola y un chico gay.

            En el capítulo piloto, observamos el primer choque entre estos dos mundos -en donde Barry/Bassam hace de puente- justo cuando el patriarca Khaled muere de pronto. A partir de aquí, la serie aspira a convertirse en un relato más sobre la lucha por el poder, al estilo de House of Cards, sin llegar a conseguirlo. Mientras Jamal asume la presidencia, Bassam se transforma en su consejero áulico. Con sus ideales típicamente estadounidenses, éste se dedicará entonces a tratar de educar a su violento hermano en los valores de la democracia y la libertad. La tarea no se revelará, evidentemente, sencilla, y nuestro héroe, en su afán por modernizar a su país, descubrirá que "para cocinar un omelette hay que romper varios huevos" y que sus buenas intenciones no sólo se verán traicionadas por su iracundo hermano, sino que su "intervención humanitaria" provocará decenas de muertes.

            Como metáfora de la invasión de Irak y del fracaso estadounidense a la hora de imponer allí una democracia por la fuerza, Tyrant se queda corta: por más que Barry/Bassam tenga que ensuciarse las manos y, por tanto, se convierta en otro de esos antihéroes que tanto encandilan a las audiencias televisivas hoy en día (con Tony Soprano y Walter White como epítomes), su papel como representante de la civilización -así sea corrupta- frente a la barbarie de Abuddín no hace sino confirmar todos los prejuicios occidentales frente al mundo árabe. Si acaso el deseo de sus creadores fue acercar esa realidad ajena a cada hogar estadounidense, no han hecho más que reforzar los peores prejuicios sobre esta parte del mundo, reiterando la costumbre que Edward Said estudió en su célebre Orientalismo (1978). Para muestra, un botón: mientras que Barry/Bassam se expresa en un inglés perfecto -de hecho, con un inverosímil dejo británico-, todos los demás, incluido el carismático actor árabe-israelí Ashraf Barhom (Jamal), lo hacen en un inglés quebrado por más que se suponga que están hablando en árabe.

Desde luego, sus productores no podían prever que el estreno de Tyrant coincidiría con el auge del terrorismo radical del Estado Islámico de Irak y de Levante o con la lamentable incursión israelí en Gaza -dos pruebas del fracaso de Estados Unidos en Medio Oriente-, pero su superficial y unívoco retrato del mundo árabe en poco contribuirá a que una comunidad tan variada -que va de Marruecos a Irak y de Líbano a Yemén, y en la que conviven radicales con moderados y musulmanes con cristianos- no termine una vez más identificada sólo con los pedestres y malévolos dirigentes de Abuddín. 

 

Twitter: @jvolpi

[Publicado el 31/8/2014 a las 19:04]

[Etiquetas: Tyrant; Obama; ISIS]

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Biografía

(México, 1968). Es autor de las novelas La paz de los sepulcros, El temperamento melancólico y En busca de Klingsor (premios Biblioteca Breve y Deux Océans-Grinzane Cavour). Con ella inició una "Trilogía del siglo XX", cuya segunda parte es El fin de la locura y la tercera No será la Tierra. También ha escrito las novelas cortas reunidas en el volumen Días de ira, así como Sanar tu piel amarga, El jardín devastado y Oscuro bosque oscuro. Es autor de los ensayos La imaginación y el poder, La guerra y las palabras, Mentiras contagiosas (Premio Mazatán al mejor libro del año 2008), El insomnio de Bolívar (Premio Debate-Casa de América 2009) y Leer la mente. En 2009 obtuvo el Premio José Donoso de Chile por el conjunto de su obra. Ha sido profesor en las universidades de Emory, Cornell, Las Américas de  Puebla, Pau, Católica de Chile, Nacional Autónoma de México y Princeton. Ha sido becario de la Fundación Guggenheim y miembro del Sistema Nacional de Creadores de México. Ha sido condecorado como Caballero de la Orden de Artes y Letras de Francia y con la Orden de Isabel la Católica de España. Fue director de Canal 22 entre 2007 y 2011. Es colaborador de los periódicos Reforma y El País. Sus libros han sido traducidos a veinticinco idiomas. En 2012 recibió el premio Planeta-Casa de América por su novela La tejedora de sombras. En 2014, publica su novela Memorial del engaño en América Latina y España y, para el año 2015, estará publicada en Brasil, Portugal, Italia y Francia. Actualmente es director general del Festival Internacional Cervantino. 
 

Bibliografía

Memorial del engaño (2014). Ediciones Alfaguara, España

Leer la mente (2011). Ediciones Alfaguara, España

No será la tierra (2006). Ediciones Alfaguara, España

Dos novelistas poco edificantes (2004). Volpi, Jorge; Urroz, Eloy. Algaida Editores, España

Geometric intimacies. Sebastián Sculptor (2004). Ediciones Turner, España

Geometría emocional. Sebastián escultor (2004). Ediciones Turner, España

La guerra y las palabras (2004). Editorial Seix Barral, España

El fin de la locura (2003). Editorial Seix Barral, España

Desafíos de la ficción (2002). Volpi, Jorge, [et. al.] Universidad de Alicante. Servicio de Publicaciones, España

En busca de Klingsor (2000). Círculo de Lectores, España

El juego del apocalipsis: un viaje a Patmos (2000). Nuevas Ediciones de Bolsillo. España

Tres bosquejos del mal (2000). Urroz, Eloy; Padilla, Ignacio; Volpi, Jorge. El Aleph Editores, España

 

 

 

 

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