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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

viernes, 15 de diciembre de 2017

 Blog de Jorge Volpi

Treinta y dos

En casa sólo estábamos mi padre y yo. Mi madre ya había salido a dejar a mi hermano a la secundaria y, sin imaginar la magnitud del desastre, al acabar el temblor lo dejó allí. Creo que apenas vimos caer algunos cuadros y un poco de yeso, pero, en cuanto salimos a la calle, vislumbramos el primer signo de la tragedia: la fumarola negra que ascendía desde los últimos pisos de la torre de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes, en Eje Central y Xola. Sin televisión, celulares o redes sociales, hube de esperar a que mi padre volviese de su primer recorrido por las calles aledañas para atisbar la destrucción.

            Yo tenía 17 años y creo que al día siguiente, durante la réplica, atestigüé por primera vez el pánico en los ojos de una de nuestras vecinas del edificio de enfrente: tendría más o menos mi edad y no paraba de gritar, llorar y sollozar, aferrándose a sus padres luego de verse obligada a bajar las escaleras a toda prisa. Nuestra colonia, la Álamos, sufrió severos daños: al menos tres edificios en mi cuadra se vinieron abajo y muchos más en las inmediaciones. Desde esa mañana, mi padre se la pasó atendiendo a los heridos de la zona y a la postre recibió la Medalla 19 de Septiembre. Todos tuvimos noticias de muertes cercanas: uno de mis compañeros de salón, la madre de otro y la hermana de uno más. También entonces descubrí la solidaridad: ese respingo que lanzó a miles a colaborar en el rescate y la reconstrucción sin aguardar las instrucciones del gobierno.

            Porque, si algo prevaleció en aquellas semanas por parte de las autoridades, fue la parálisis y la opacidad. Al dolor se sumó una rápida e inusual indignación pública: Miguel de la Madrid se demoró inexplicablemente en recorrer las zonas de desastre mientras Televisa parecía más preocupada por confirmar la resistencia de los estadios para el Mundial que por la suerte de las víctimas. Monsiváis tenía razón: una sociedad que el PRI se había empeñado en mantener desarticulada desde el 68 se organizó de pronto.

            Más que ante el terremoto, el gobierno parecía aterrado ante la reacción de sus gobernados. Y con razón: a la rechifla sufrida por el presidente en el Estadio Azteca meses después -burdamente silenciada por Televisa-, le siguieron las marchas que acompañaron a Cárdenas en 1988 y, de ahí en adelante, cada jaloneo mediante el cual la "sociedad civil" consiguió arrancarle más derechos y representación a un sistema agonizante hasta su derrota final en el 2000. Vista así, la reconstrucción de la ciudad emprendida desde 1985 se convirtió en el origen de la construcción de ciudadanía que hemos experimentado desde entonces.

            Desafortunadamente, esta historia con tantos lados heroicos no es sólo una historia de éxito. El ánimo cívico que transformó a la capital y al país halló su culminación en la alternancia, pero se quedó corto en sus metas: los partidos pronto se adueñaron de nuestra incipiente democracia, al tiempo que los restos del autoritarismo revivieron en la guerra contra el narco -y sus extremos, como Ayotzinapa-, combinados con una corrupción endémica amparada en un sistema de justicia inoperante.

            32 años después del sismo del 85, a esa sociedad civil le queda aún mucho por lograr. No hemos concluido el recuento de los daños cuando ya proliferan iniciativas para limitar nuestra perversa partidocracia. Vale la pena combatir por ellas: insistir en la reducción de los presupuestos de los partidos y la comunicación social del gobierno para emplear esos recursos en la reconstrucción, con los ciudadanos supervisando directamente el proceso. (Distinto a permitir que los partidos usen esos recursos, lo cual alentaría una inducción del voto aún peor que la del Estado de México.)

            Es momento de arrasar los últimos cimientos del viejo régimen y reedificar, sobre ellos, una estructura social más equitativa y un sistema judicial y de rendición de cuentas en verdad transparente y efectivo. Una lección de 1985 debe quedarnos clara en 2017: la movilización solidaria es capaz de arrinconar a los políticos.

             

@jvolpi

             

 

 

 

[Publicado el 24/9/2017 a las 21:25]

[Etiquetas: Terremoto; Ciudad de México]

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Crash

La primera acción -llamémosla así- fue tan sofisticada como un blockbuster hollywoodense: una siniestra (y brillantísima) mente criminal, el plan concebido con la minuciosidad de un relojero, un grupo de cómplices con las habilidades de Misión Imposible, fanáticos jamás reñidos con las vertientes más prácticas de una conjura internacional, meses de paciente entrenamiento y rencor secular, acumulación de pertrechos y gadgets al estilo James Bond, la irritante mezcolanza de una modernidad rabiosa y la más rancia antigüedad. Una nauseabunda "obra de arte" -por decirlo Stockhausen se hundió en el oprobio- que creó una de esas imágenes inmarcesibles que no podemos dejar de mirar.

            Al convertir aviones de pasajeros en armas de guerra (rehenes transmutados en misiles), Bin Laden y los suyos lanzaron al Occidente tecnológico contra sí mismo: la conquista del aire, sueño ilustrado donde los haya, devenida en pesadilla. Si volar como quien se sube a un caballo o una carreta, práctica tan poco natural para un bípedo terrestre, encarnaba ya un sinfín de miedos -piénsese en Aeropuerto 75 y secuelas hasta la desopilante Serpientes en el avión-, a partir del 2001 los anodinos aeropuertos civiles fueron reconstruidos como fortalezas.

Desechando cualquier presunción de inocencia, a partir de entonces cada pasajero, niños, ancianos y personas con capacidades diferentes -hay que ver con qué celo se registran carriolas y sillas de ruedas-, son amenazas en potencia: se nos invita a desconfiar unos de otros, a denunciar cualquier conducta sospechosa (como si supiésemos lo que esto significa) y se nos desnuda (literalmente) con escáneres cada vez más potentes sumados al manoseo policíaco al que hemos terminado por acostumbrarnos. Una de las mayores consecuencias del terrorismo es la docilidad con que nos sometemos, gustosos o resignados, a estas humillaciones cotidianas.

Como era de esperarse, la maniobra fue tan exitosa y tan rotunda que repetirla se volvió imposible. Conscientes de las dificultades añadidas, los terroristas, tan pragmáticos en lo terrestre en aras de obtener el gozo eterno, rebajaron sus expectativas. Apartados de los aeropuertos -y las academias de pilotos-, optaron por retroceder un siglo y medio y apuntaron hacia el ferrocarril, el gran emblema de la modernidad decimonónica. Luego de Madrid, los islamistas consiguieron que las estaciones de tren, tan olvidadas e inmutables, también se llenasen de cámaras, agentes encubiertos y uniformados, escáneres para pasajeros y maletas.

De nueva cuenta, los astutos agentes de Al Qaeda reinsertados en el ISIS -meras franquicias delictivas- cambiaron de miras. Primero aviones, luego trenes, luego... autobuses. Y otra vez consiguieron redoblar la vigilancia de los paraderos. ¿Qué quedaba después? No se necesita una carrera en los órganos de inteligencia para imaginar que, al final, estarían a su disposición los verdaderos símbolos de nuestra sociedad petrolizada: no los aviones, reservados a las clases pudientes, ni los transportes públicos, cada vez más depauperados, sino los automotores particulares: coches, camiones, camionetas...

Desde hace un siglo, hemos rediseñado (y destruido) nuestras ciudades para regocijo de los automovilistas: millones de unidades en circulación, pruebas fehacientes del individualismo, el libre mercado, la globalización y el neoliberalismo que dominan nuestra era y que, a diferencia de aviones, trenes y autobuses, no pueden ser controlados en modo alguno. El grado cero del terrorismo motorizado: la furgoneta-arma de combate.

Si cada año muere más de un millón de personas en accidentes de tráfico, nuestros vehículos ahora son nuestros mayores enemigos: Christine, la bestia mecánica de Stephen King, con mente islamista. Porque esta vez, como quedó claro en Niza o Barcelona, hay poco qué hacer: cualquiera saca una licencia, compra o alquila un coche y se enlista como fitipaldi-kamikaze. Ante esta indefensión absoluta, quizás se pueda esgrimir una esperanza: el terrorismo pierde su eficacia cuando deja de provocar terror. Las Ramblas rebosantes el día posterior al atentado son la mejor respuesta -acaso la única- a la sinrazón. 

 

Twitter: @jvolpi

 

[Publicado el 27/8/2017 a las 19:43]

[Etiquetas: Barcelona; atentados;]

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Viajero frecuente

Abilio recibe una misión de labios de su tío Maclovio —si todos tenemos un tío Maclovio, el suyo era el más Maclovio de los tíos—: avistar el mundo, desenredar nuevos idiomas, explorar la vasta redondez del planeta. Ahíto de curiosidad y de esperanza, aborda su primer avión para emprender una mínima odisea que al cabo lo traiga de vuelta al pueblo y a los brazos de su adorada Anacoluta, con quien se ha prometido en matrimonio.

Cerca del regreso, el joven recibe un premio inesperado que, bien visto, también es un obstáculo: un paquete de millas. En la letra pequeña: a riesgo de perderlas, ha de usarlas de inmediato. Abilio duda, pero, como todo buen héroe, al final no se sustrae a la aventura. Ni qué decirlo: al término de su periplo, una nueva lotería —con otra generosa dotación de millas— lo arrastrará a los más extravagantes rincones del planeta.

            Nuestro Abilio se incorpora así al selecto club de los viajeros frecuentes: esos argonautas modernos que, a fuerza de ganar e invertir sus millas, consagran sus vidas a tropezar de aeropuerto en aeropuerto y de escala en escala sin otra meta que —Cavafis dixit— el viaje mismo. Abilio pronto se topa con otros miembros de su gremio; todos admiran y envidian al Gordo Pelosi, el flemático poseedor del récord de millas en tiempos recientes, y reverencian a Liborio la Momia, un anciano que, cual judío errante, no se ha detenido desde tiempos inmemoriales y vuela sin reposo, medio adormecido, en su silla de ruedas.

            Nadie asuma que la vida del viajero frecuente es fácil: tras el deslumbramiento, empiezan a dolerte los riñones, ya no te ilusionan tanto Ulán Bator o Tasmania y te aburres de bañarte en los servicios de otra terminal. Cuando Abilio se topa con el Gordo Pelosi, éste le diagnostica signos del agotamiento y le anuncia la peligrosa tercera fase que se cierne sobre todo viajero frecuente, la temida Escala Tropecientos: el instante en que el regreso ya no es posible.

            Abilio, enfurruñado, cree que el Gordo —su competencia: su espejo— busca desanimarlo y no cesa en su afán por vencerlo. Pero éste es ya el segundo malestar que se incuba en su cuerpo: semanas atrás, durante el homenaje que se le rendía, Liborio la Momia alcanzó a balbucir que sólo ansiaba volver a casa antes de que los organizadores le arrebatasen el micrófono. Los siniestros augurios no refrenan, empero, a nuestro héroe, quien sigue acumulando premios, millas, ciudades, selfies. Hasta que recibe la absurda, trágica, pavorosa noticia: el Gordo Pelosi —sí, el Gordo— se arrojó de una avioneta sobre el Himalaya y desde entonces se halla desaparecido…

            No cuento qué más le ocurre a Abilio, el protagonista de Última escala a ninguna parte, el libro póstumo de Ignacio Padilla que acaba de publicar el FCE en su colección “A través del espejo”. Se trata, estoy cierto, de uno de sus mejores textos breves, el universo donde se sentía más cómodo. Como todo gran cuento para niños y jóvenes, Última escala… es una gran lectura para adultos: una profunda, melancólica, desencantada reflexión sobre la existencia, sobre las carreras que elegimos (o nos eligen), sobre el sentido o el sinsentido de atesorar millas y reconocimientos, ansias y recelos, sobre la inercia que nos atenaza sin remedio.

            Me es imposible, tras la muerte de Nacho, no desvelar los secretos autobiográficos que siempre escamoteó en sus textos para adultos e insertó en perfectos y retorcidos cuentos de hadas como Los papeles del dragón típico o Todos los osos son zurdos. Su reflexión, a punto de alcanzar esa mediana edad que se le escamoteó, gira aquí en torno a su propia carrera literaria, impulsada por decenas de premios; la amistosa competencia que nos unía; y la sensación compartida sobre la honda inutilidad de la batalla.

            Al comenzar este hermoso y triste libro pensé que Nacho se identificaba con Abilio; al terminarlo creo, en cambio, que él es el Gordo Pelosi: al saltar hacia su propio Himalaya y huir de la Escala Tropecientos me dejó aquí, obligado a contemplar esa foto anónima en la cual se le ve, o no, serenamente recostado frente a un mar azul muy intenso.

           

Twitter: @jvolpi

[Publicado el 31/7/2017 a las 00:57]

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Delincuentes a las calles

-Prepárense porque miles de presos estarán de vuelta a las calles en los próximos días. La expectativa con esa determinación es que pudieran salir hasta 4 mil personas cuando menos de prisión, entonces ante eso habrá que prepararse la sociedad.

            Con esta frase, cuya sintaxis es apenas menos retorcida que su sentido, Miguel Ángel Mancera, jefe de gobierno de la Ciudad de México, encabezó las descalificaciones contra la Suprema Corte por haber resuelto que los inculpados o imputados -que no "reos", como ha insistido en escribir la prensa- del antiguo sistema inquisitorial pudiesen solicitar ante los tribunales la revisión de su prisión preventiva de acuerdo con los principios establecidos por el nuevo sistema oral acusatorio.

            Su ataque al nuevo modelo penal no es novedoso: en marzo ya había afirmado que el incremento de la delincuencia en la capital se debía a que, por culpa de éste, 12 mil presos habían abandonado la cárcel.

            -Vamos a firmar un manifiesto todos los gobernadores para pedirle al Poder Legislativo que legisle en esa materia, pero también estamos tomando medidas en torno a una posible salida de presuntos delincuentes -lo secundó el panista José Rosas Aispuru, gobernador de Durango.

            -Los delincuentes no pueden enfrentar sus procesos en libertad -terció el priista Omar Fayad, gobernador de Hidalgo.  

            Y, para que no queden dudas del lado que han escogido los gobernadores, Isabel Miranda de Wallace no sólo confirmó su alarma sino que -como acostumbra- la redobló al afirmar, sin ningún dato comprobable, que 70 mil delincuentes podrían salir a las calles.

            Como se puede comprobar con estas declaraciones, la mayor perversidad de sus autores radica en el uso del lenguaje. Y no me refiero a su torpeza gramatical, sino a la elección de las palabras: a fin de acentuar el miedo entre los ciudadanos, de por sí expuestos a inauditas cotas de violencia e impunidad, no tienen empacho en afirmar que quienes se aprestan a abandona las cárceles -previsiblemente para continuar robando, violando o asesinando- son "delincuentes".

            Y, claro, ¿quién querría que 4 mil o 12 mil o 70 mil (o, si a esas vamos, 100 o 200 mil) delincuentes inunden nuestras calles y nos tengan a su merced? La formulación es tan contundente, y sin embargo tan repugnante, tan mendaz, que a nuestros gobernadores debería caérseles la cara de vergüenza. ¿Cómo es que todos ellos, gobernantes de todos los partidos, utilizan este lenguaje propio de la ultraderecha?

            Tras un sinfín de contratiempos y presiones, la sociedad mexicana al fin ha comenzado a valorar y defender uno de los preceptos elementales que garantizan el estado de derecho y la convivencia democrática: la presunción de inocencia. Y de pronto nuestros gobernadores -incluido Mancera, quien posee un doctorado en Derecho- no dudan en vapulearla y relegarla, en el más puro estilo de demagogos y tiranos, como un estorbo que sería mejor desechar para proteger a los ciudadanos en peligro.

            No, señores gobernadores: quienes se encuentran sujetos a prisión preventiva -una medida cautelar entre otras- no son delincuentes. Tampoco presuntos delincuentes. Son ciudadanos a quienes se presume inocentes en tanto las autoridades -es decir, sus policías y sus ministerios públicos- no acrediten su culpa ante un juez, el cual además debe emitir una sentencia condenatoria. Sin esta sentencia, señores gobernadores, esos ciudadanos son tan inocentes como ustedes (y, visto el índice delictivo entre los funcionarios de su rango, quizás más).

            ¿Por qué decir entonces lo contrario? ¿Por qué engañar así a sus electores? La respuesta es de una obscenidad inaudita: porque así ustedes pretender justificar su fracaso en el "combate contra el crimen". Porque así pueden echarle la culpa a alguien más de la inaudita incapacidad y la pasmosa corrupción de sus cuerpos policíacos y sus ministerios públicos. Porque así pueden aparentar que se preocupan por su seguridad cuando en realidad no hacen nada o hacen lo contrario.

           

Twitter: @jvolpi

[Publicado el 21/7/2017 a las 19:39]

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Detrás del trono

Si no fuese auténtico, parecería el villano perfecto para una película de James Bond: obeso, desaliñado, con una cabellera color plata siempre mal peinada, brillante y sabihondo -en su círculo lo apodan La Enciclopedia-, millonario y excéntrico, amargado por la bancarrota de su padre tras la crisis de 2008 (su Rosebud particular) y decidido a vengarse de ese mismo establishment que lo encumbró pero que en el fondo desprecia con todas sus fuerzas. Un iluminado con la perspectiva escatológica que caracteriza a los grandes resentidos: la idea de que vivimos en una época de honda decadencia que ha de ser arrasada desde sus cimientos para volver a la luz (mantra traducido como "Make America Great Again").

            Al pronunciar su nombre se imponen las sombrías notas de John Williams que anuncian a Darth Vader y no extraña que Saturday Night Live lo parodie como un maléfico esqueleto con guadaña: Steve Bannon, empresario e inversionista de éxito, antiguo marino, productor de televisión (su fortuna deriva de Seinfield) y de cine (The Indian Runner, con Sean Penn, y Titus, de Julie Taymor, la directora de Frida) y sobre todo gran agent provocateur o guerrero cultural, primero en el ámbito del periodismo, desde que empezó a colaborar en el sitio ultraconservador Breitbart News hasta que, a la muerte de su fundador y amigo, se hizo convirtió en su editor, y luego como documentalista.

            Es en estos terrenos donde pueden observarse más claramente sus obsesiones sociales, históricas, filosóficas y políticas, retomadas ciegamente por su jefe, Donald Trump, quien no por nada lo convirtió en su principal asesor en la Casa Blanca y le concedió un asiento (supuestamente sin haberse dado cuenta) en el Consejo de Seguridad Nacional. La carrera  como agitador mediático del "segundo hombre más poderoso del mundo", como lo llamó Time, se inicia a partir de su desencanto con Jimmy Carter y su nostalgia por Reagan, magnificada en dos películas hagiográficas: In the Face of Evil: Reagan's War in Word and Deed y Still Point in a Turning: Ronald Reagan and his Ranch.

            A partir de ahí, entra en escena su visión catastrófica de la sociedad estadounidense, traducida en la necesidad de destruir su sistema para reconstruirlo desde sus cenizas (se le dice admirador de Lenin), plasmada en el documental Generation Zero, basado en The Fourth Turning, de William Strauss y Neil Howe, donde Bannon insiste en la idea de que cada ochenta años Estados Unidos entra en un nuevo ciclo marcado por una gran confrontación bélica (la Independencia, la Guerra Civil, la Segunda Guerra Mundial) que trastoca drásticamente a sus élites. Según él, nos aproximamos a ese cuarto momento de crisis y en la película llega a afirmar que una nueva guerra está próxima (desatada, previsiblemente, por el combate contra el "fascismo islámico"). 

            Pero sus documentales exhiben igualmente su encono hacia los inmigrantes sin papeles y la necesidad de blindar la frontera con México: en Cochis County USA: Cries from the Border, señala el caos imperante en un pueblo fronterizo, y en Border War: The Battle over Illegal Inmigration, no duda en afirmar que a los indocumentados: "a derecha los ve como trabajadores baratos, la izquierda como votantes baratos" al tiempo que instrumentaliza la crisis humanitaria de los mojados para disfrazar su desprecio hacia los no blancos. 

            No obstante, la película que quizás haya tenido más impacto de entre las suyas sea Clinton's Cash: The Untold Story of How an Why Foreign Goverments and Businesesses Make Bill and Hillary Rich, que, con sus repercusiones en el New York Times o el Washington Post, contribuyó enormemente a fijar la imagen de Hillary Clinton como una mujer venal y sin escrúpulos, concentrada en ganar dinero y en defender la podredumbre de la clase política tradicional, y acentuó el descrédito que a la postre la llevaría a perder las elecciones.

            En un entorno tan poco intelectual como el de Trump, Bannon se erige como su único ideólogo: se impone estudiarlo a detalle para entender una de las principales fuerzas que animan esta inédita forma de autoritarismo que desde la Casa Blanca hoy amenaza al mundo entero.

            La revista Time lo llamó "el segundo hombre más poderoso del mundo", un artículo en el New York Times de plano se titulaba "Presidente Bannon" y un sinfín de memes en redes sociales dibujan a Donald Trump sentado en sus piernas como una marioneta. A Stephen Kevin Bannon (nacido el 27 de noviembre de 1953 en Norfolk, Virginia), como a otros de los siniestros consejeros áulicos o eminencias grises de la historia -en un rango que va de Fouché a Rasputín y, en el caso mexicano, de Emilio Uranga a José María Córdoba-, se le ve no sólo como el poder detrás del trono, sino el auténtico poder. Maticemos: si es el único ideólogo en un ambiente tan poco intelectual como el que predomina hoy la Casa Blanca, la convivencia con una personalidad tan meteórica y atrabiliaria como la de Trump tampoco ha de serle sencilla.

            Al inicio de la campaña de 2016, Bannon señaló que Trump era una criatura imperfecta, no demasiado apta para cumplir con la agenda que él y los suyos -la extravagante cofradía que se autodenomina alt-right- querían imponerle a Estados Unidos, pero a partir de que el lobista conservador David Bossie lo condujese al sancta sanctorum de la Trump Tower, se dio cuenta de que tenía posibilidades reales de modelar e instruir al volcánico empresario neoyorquino. En una mezcla de Frankenstein con Pigmalión, a partir de ese momento Bannon se dio a la tarea de educar a su monstruo, de aprovecharse de su ambición, su ego y su ira hasta obligarlo a asumir su Weltanschauung como propia.

             ¿Y cuál es esta visión del mundo? En apenas un mes hemos tenido oportunidad de verla en acción, pues casi todas las medidas impulsadas por la administración Trump en estas caóticas semanas, del decreto contra los musulmanes al Muro, tienen su origen en las ideas de la "derecha alternativa". Como todo buen pesimista, Bannon no se equivoca al detectar los síntomas de decadencia de la sociedad estadounidense: para él, las élites gobernantes -ese Washington que Trump compara con un pantano- han dejado de preocuparse por los ciudadanos comunes, obsesionadas sólo con enriquecerse y mantener sus privilegios.

            La Gran Recesión de 2008 le parece a Bannon, no sin razón, el punto de quiebre de esta actitud y coincide con los críticos de izquierda al señalar que se trató de la "mayor transferencia de capitales de la clase media a los ricos en la historia reciente". Su rabia contra el sistema se inspira en el hecho de que ninguno de los responsables de la crisis, ningún inversionista sin escrúpulos, ningún político corrupto y ningún CEO fallido, haya sido enjuiciado o haya terminado en la cárcel. Como sabemos, a veces los extremos se tocan en este punto las tesis de Bannon apenas se alejan de las de Occupy Wall Street o Bernie Sanders.

            Pero el que la derecha alternativa y los movimientos anticapitalistas o altermundialistas coincidan en su diagnóstico no significa que ofrezcan soluciones parecidas al problema. Porque donde la izquierda radical aboga por una mayor regulación de los mercados y una supervisión estricta de la acción política, Bannon y los suyos prefieren desatar las fuerzas que acaben de una vez por todas con el sistema. Trump ha hecho suyo su énfasis en ponerse del lado de las víctimas de la globalización, que en este esquema es ismpre la clase media blanca y protestante que ha perdido su hegemonía y sus esperanzas de progreso.

            De ahí que el enemigo principal de su causa sean las fuerzas que mantienen vivo al sistema: en primera instancia, los medios tradicionales, a los que Trump y Bannon han declarado abiertamente la guerra. Conforme a su estrategia, los hechos alternativos no son mentiras, sino desafíos a la narrativa liberal que cobijar al establishment. Y de ahí también su cruzada contra los musulmanes, los mexicanos y, en general, los extranjeros: igual que Hitler, Bannon necesita que su base de votantes se asuma como explotada y vilipendiada por los otros -allá, los judíos; acá, los inmigrantes, las minorías y los terroristas islámicos- para conservar su base de apoyo y mantener viva su revolución. 

[Publicado el 11/3/2017 a las 16:31]

[Etiquetas: Bannon; Trump]

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Tear Down This Wall

Por fin, el Muro. Muchos insistían en que era una bravuconada más. Otro de sus desplantes de campaña. Un anzuelo para atraerse a un mayor número de votantes blancos desencantados y racistas. Un proyecto irrealizable que Trump dejaría atrás al llegar a la Casa Blanca. Un Gran Muro, un Bello Muro -son sus palabras- que terminaría convertido en una maltrecha verja. Y, una vez más, se equivocaron: el miércoles pasado, en una visita al Departamento de Seguridad Interior, firmó el decreto que impulsa su construcción, al lado de otras medidas igualmente contrarias a los derechos humanos (en la misma semana en que declaró que la tortura funciona "totalmente"). El Muro: una medida de la Edad Media para los albores del siglo XXI.

Quienes carecen de perspectiva histórica no comprenden que, en política, los símbolos suelen resultar más poderosos que los hechos. Que los símbolos producen hechos. El Muro de Berlín era sobre todo un símbolo. Y la Cortina de Acero, sagazmente inventada por Churchill, ni siquiera tenía existencia real. Dos símbolos utilísimos para fijar no tanto una frontera física como una imaginaria. La división entre dos esferas irreconciliables: los de adentro y los de afuera; los amigos y los enemigos; nosotros y ellos. Nosotros frente a ellos. Nosotros contra ellos. De ahí el anhelo de tantos por abatirlos. De ahí, incluso, el ímpetu de Reagan -con quien Trump se compara falazmente- de derrumbarlos. Y de ahí, en especial, el temple de millones de ciudadanos de Europa Central y del Este por destruir esa frontera que circundaba tanto sus cuerpos como sus mentes.

            A la larga, ningún muro ha servido para contener a los extranjeros o a los nativos que se han empeñado en traspasarlo, pero han sido el pretexto ideal para un sinfín de asesinatos, violaciones a los derechos humanos, vejaciones y deportaciones. Piénsese, si no, en el que separa a Israel de Palestina. Un símbolo que justifica y alienta el racismo, la xenofobia, el desprecio y el desconocimiento de los otros, el nacionalismo y el chovinismo extremos. El Muro es el reverso de la Declaración Universal de los Derechos Humanos -otro símbolo-, pues encarna la idea de que no todos los seres humanos somos iguales.

            Para Trump, el Muro también es un símbolo: el estandarte de unos Estados Unidos preocupados sólo por sí mismos, de un país que revive su añeja tradición aislacionista -que casi lo lleva a permitir el triunfo de Hitler en la segunda guerra mundial- y se considera superior a todos los demás; una barrera que busca frenar la infección representada por los inmigrantes mexicanos y latinoamericanos, una vacuna para esterilizar a los estadounidenses blancos y protestantes de la contaminación externa. Una medida que recuerda al nazismo al caracterizar a quienes se arriesgan a cruzar la frontera, en busca de una vida mejor, como violadores y criminales sólo por su origen étnico.

El Muro de Trump es una humillación para México. Una amenaza externa, como no la habíamos experimentado desde la invasión estadounidense de Veracruz en 1914, que está a punto de inaugurar una guerra fría entre las dos naciones. Ante esta agresión, el presidente Peña Nieto tendría que haber cancelado su viaje a Washington pero, arriesgando otra vez una estrategia de contención -que trae a la memoria al Pacto de Múnich-, se abstuvo de tomar la iniciativa hasta que el propio Trump volvió a desairarlo con su personal arma de guerra: un tuit.

Esta debería ser la última prueba de que la diplomacia tradicional no sirve frente a un demagogo dispuesto a quebrantar el estado de Derecho y a romper todas las normas de convivencia internacional. Ha llegado la hora de que gobierno y ciudadanos asumamos que México se halla frente a una situación de emergencia. Nos corresponde imaginar iniciativas ciudadanas para circundar su llamado al odio; forzar a nuestro gobierno a encararlo con tanta determinación como imaginación política; trabar nuevas alianzas en el mundo; encabezar una defensa global de los derechos humanos y los valores de nuestra civilización frente a la incipiente tiranía de Trump.

 

Twitter: @jvolpi

 

[Publicado el 02/2/2017 a las 14:35]

[Etiquetas: Trump; Muro]

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Tiempo de zozobra

Faltan sólo unos días para la investidura de Donald Trump como 45 presidente de Estados Unidos -el momento en que en verdad iniciará este ominoso 2017- y las señales de alarma se multiplican en todo el planeta, de modo particularmente grave para México. Mientras se acorta la desasosegante cuenta atrás, el año de la rabia da paso al de la zozobra: semanas y meses de incertidumbre, dominados por los caprichos de un líder venal y atrabiliario, los prejuicios, odios y ansias de venganza de sus seguidores y la incapacidad de nuestro gobierno para oponérsele. No se atisba el menor aliciente para el optimismo: una suerte de parálisis nos mantiene torpemente a la expectativa como el ratón que, fascinado ante los ojos de la serpiente, admira el sigilo con que ésta habrá de devorarlo.

            Si todavía hay quien cree que Trump se moderará en su nuevo encargo, como si la Casa Blanca tuviese el poder de alterar de la noche a la mañana el temple de sus ocupantes -una ilusión tan peregrina como imaginar que nunca sería candidato o que nunca ganaría la elección-, basta observar al equipo de trabajo que ha elegido siguiendo el modelo de The Apprentice -una amalgama de millonarios y militares en cada puesto clave-, sus primeros mensajes como presidente electo -cada tuit, una ofensa-, sus primeros escarceos en política exterior -irritar a China o empeñarse en su defensa de Rusia- o sus primeras medidas -amenazar a Ford, GM y Toyota por construir plantas armadoras en México- para pulverizar cualquier esperanza.

            A partir del 20 de enero, tendremos al mismo Trump que hemos visto mentir una y otra vez sin jamás arrepentirse; al mismo Trump que no ha vacilado en burlarse de sus rivales; el mismo Trump que ha sobajado a las mujeres, los musulmanes o los veteranos; el mismo Trump que se siente superior a todos los expertos; el mismo Trump que persigue enemigos por doquier para justificar su autoritarismo; el mismo Trump que ha prometido incrementar el arsenal nuclear de su país; el mismo Trump que desprecia los derechos humanos; el mismo Trump que no ha dejado de señalar a México y a los mexicanos como los principales obstáculos en su desorbitada promesa de "hacer a Estados Unidos grande otra vez".

            Y así, mientras los políticos de ultraderecha, racistas, xenófobos, autoritarios, proteccionistas y ultraconservadores de todo el mundo se frotan las manos -¡demagogos del mundo, uníos!-, el gobierno de México no sale de su pasmo, incapaz de darse cuenta de lo que está por venir. Ante una impopularidad extrema, fraguada entre los innumerables casos de corrupción y Ayotzinapa, acrisolada con la esperpéntica visita de Trump a Los Pinos y rematada con el alza del precio de la gasolina, no logra articular un discurso mínimamente coherente para estos tiempos de zozobra. Hasta ahora, la estrategia ha sido la prudencia extrema: no hablar de más, no alertar sobre el peligro para no hacerlo parecer aún mayor -aunque lo sea-, maquillar las amenazas como "desafíos" e insistir en el "diálogo constructivo" con quien no ha dejado de atacarnos.

            A la feroz crisis económica que se nos viene encima, y a la devaluación del peso que no tiene visos de frenarse, en los próximos meses estaremos obligados a "renegociar" el TLCAN -un eufemismo que implica aceptar el menor número posible de exigencias de Trump-, al tiempo que tendremos que recibir a un número imposible de cuantificar de mexicanos expulsados de Estados Unidos: si Obama deportó a 2.5 millones entre 2009 y 2015, es infantil pensar que Trump -con un secretario ultra como Jeff Sessions- no superará esa cifra con rapidez. Y eso sin contar la respuesta ante la advertencia continuada de que pagaremos el infame Gran Muro.

            La prudencia, si es que es prudencia y no mera inmovilidad, no es admisible: México requiere un nuevo discurso público -una nueva narrativa-, firme y nítido, para el abierto enfrentamiento que nos espera con Trump. Una narrativa de unidad que no podrá ser articulada sólo con palabras huecas y blandas, como las que hemos escuchado hasta ahora, sino con hechos y posiciones que demuestren un radical cambio de rumbo.  

[Publicado el 15/1/2017 a las 17:34]

[Etiquetas: Trump]

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El año de la rabia

No ha sido enfado, enojo o mero encono. Tampoco indignación, como hace unos años. Menos aún desesperación, desasosiego o desesperanza. Ni siquiera furia o ira. Ha sido rabia. Una rabia agreste y salvaje, desmedida, estruendosa, burda, ingobernable. Si una imagen ha de quedar de este año ciego y sordo, plagado de improperios y verborrea, de groserías e insultos, de amargas sorpresas sobrepuestas, sería la de una boca abierta, la quijada tensa, los colmillos filosos y la lengua retorcida, cubierta por completo de saliva fétida y espumosa. Sí, la rabia.   

            Una rabia que resultaría incomprensible si reparásemos, como Yuval Noah Hariri, en que, pese a los innegables horrores que nos circundan, vivimos una de las épocas más prósperas y menos violentas de la humanidad. Pero esa perspectiva de largo plazo, meditada y serena, es lo que menos se acomoda con el espíritu de nuestro tiempo, y en particular con el de este annus horribilis. Poco importa que hayan disminuido como nunca las hambrunas, las plagas y las guerras, que la mayor parte de los países tengan regímenes más o menos democráticos, que las esperanzas de vida hayan crecido para la mayor parte de la población. La rabia no entiende de razones, no proviene de un cálculo matemático o se doblega ante un modelo estadístico, es puro impulso desbordado.

            Hay que insistir, sin embargo, en que la rabia -y sobre todo una epidemia como la que este año asoló el planeta- no surge de la nada, sino que se incuba poco a poco hasta alcanzar un umbral o una masa crítica que la torna muy contagiosa e irrefrenable. Hasta hace poco existía una incomodidad o un malestar difuso, sobre todo entre aquellos que habían logrado acomodarse bien que mal a la lógica de sus propias comunidades, que los llevaba a desconfiar de sus gobernantes y los predisponía en contra del egoísmo de sus élites, que les imbuía un pánico natural ante el futuro y los unía en torno a sus prejuicios. Esa era la leña verde: sectores que se sentían sobajados u olvidados, despreciados o desoídos. A la que se arrojó la tea ardiente: el discurso incendiario, trufado de mentiras y de odio, de unos demagogos sin escrúpulos.

            Y la rabia se extendió por la faz de la Tierra. La rabia de ingleses y galeses contra la Unión Europea. La rabia de incontables colombianos no contra la guerrilla, sino contra el gobierno que se arriesgó a firmar la paz. La rabia de millones de estadounidenses contra Washington, sea lo que esto signifique. Pero lo peor es que la rabia siempre requiere de enemigos, blancos a los cuales achacar la culpa de todas nuestras desgracias: los inmigrantes del este de Europa que nos arrebatan los empleos en las depauperadas urbes inglesas; los guerrilleros que se apoderarán del país imponiéndonos el castro-chavismo; los mexicanos criminales que nos roban y violan a nuestras mujeres o los musulmanes con su religión de terroristas. Y esto solo en estos tres casos, pero la rabia también se decanta en contra de los refugiados sirios en Europa, de los maestros huelguistas en México, de los disidentes en China o Rusia, de los árabes en casi cualquier parte.

             El año de la rabia es el año de Farage, de Uribe y de Trump, con sus ácidas victorias, a quienes se aprestan a seguir otros de su calaña en 2017 y en los lustros venideros. Su ejemplo ha demostrado que, a fuerza de mentir y volver a mentir sin jamás arrepentirse, de reconcentrar los más viejos temores y de impulsar el odio a los otros -a todos los otros-, es posible ganar elecciones e imponer una narrativa del rencor por encima de los hechos. La rabia, para colmo, es una serpiente que se muerde la cola: hoy no solo anida en los corazones de los triunfadores de este año, esos politicastros y sus seguidores, sino entre los vencidos: el resto del mundo. Nosotros. La rabia hacia Trump y compañía emula la suya. Se aproxima una era de bandos antagónicos, irreconciliables. Una era en la que la sensatez quedará en los márgenes y en la cual la razón y la solidaridad -esas dos medidas de lo humano- vivirán días aciagos.

             

Twitter: @jvolpi

 

[Publicado el 24/12/2016 a las 18:04]

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Ellos

Tres veces lo misma historia. La primera, en Madrid. Era el 23 de junio y, tras presentar el Festival Cervantino, me fui a dormir con las encuestas apuntando al triunfo de la lógica: la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea. Al despertar, la sorpresa. Fue el primer aviso. Poco más de tres meses después, en Guanajuato, otra vez me fui a la cama en calma. Ahora sí no había duda: todo podía salir mal, pero los colombianos firmarían los acuerdos de paz con la guerrilla. Al ver las noticias por la mañana, me embargó la angustia. Pese a estos antecedentes, la noche del 10 de noviembre, esta vez en Lyon, me resistí a creer lo peor. Pero así fue: la mayoría en el Colegio Electoral significaba que los estadounidenses también habían votado por el No: el No a la cordura, el No a los valores esenciales de la democracia, el No a la diversidad, el no México.

            Una y otra vez, muchos -¿pero quiénes? ¿los más críticos, los más sensatos, los más prudentes?- nos empeñamos en creer que los ciudadanos de Gran Bretaña, Colombia y Estados Unidos eran en esencia como nosotros, que compartían nuestros valores, nuestra visión del mundo. Una y otra vez los resultados nos desmintieron. Una y otra vez quedó demostrado que allá, y acaso también aquí, hay otros muchos, literalmente millones, a los que nos resistimos a ver, a los que nos negamos a oír, que evidentemente no piensan ni sienten como nosotros. Durante meses o años los despreciamos o los ignoramos, convencidos de que eran una panda de locos, agitadores o fanáticos. Hoy, estamos obligados a preguntarnos: ¿quiénes son y por qué actúan así?

            Imposible asumir que se trata de una minoría de retrógrados, racistas de clóset, fascistas en potencia, misóginos o xenófobos impenitentes, como los políticos que los han azuzado: Farage, Uribe, Trump. Porque, si así fuera, el error de todos modos sería nuestro: ¿cómo hemos podido formar, a lo largo de estas décadas, en países supuestamente democráticos, ciudadanos semejantes? ¿Qué hicimos para que una mayoría use la democracia para minar y destruir la democracia e ir, sin darse cuenta, en contra de sus propios intereses? Imposible aceptar el reduccionismo macabro que los asimila con los esperpentos que hoy los guían (o con Marine Le Pen, Viktor Orban, Geert Vilders, etc.).

            ¿Quiénes son, entonces, esos votantes? Las estadísticas, bastante erráticas, han querido señalar a los blancos mayores y sin educación universitaria como su paradigma, pero lo cierto es que muchas mujeres y universitarios votaron por Trump y el No en Colombia e Inglaterra. Se trata, más bien, de un muy amplio sector de nuestras sociedades que no se halla en la pobreza extrema, sino en una clase media cuya característica central es la sensación de haber sido maltratada por la clase política tradicional y, sobre todo, de carecer de esperanzas de futuro.

            Tenemos que asumir, por más que nos cueste, que ellos -no los politicastros que los animan- deben tener algún motivo íntimo para votar así. Que su sensación de abandono, furia, desesperanza o miedo es, en cierta medida, culpa nuestra. De los sensatos y cuerdos que no supimos o quisimos verlos. Y, sobre todo, de la clase política neoliberal (y sus aliados liberales) que, desde hace un cuarto de siglo, decidió arrancarles todos los beneficios sociales posibles e instalar en sus mentes, de paso, un rechazo visceral al Estado como causa principal de sus problemas. De un Estado que beneficia a solo otros (las minorías, los extranjeros, los migrantes, los refugiados, los otros) y no a ellos.

            Millones votaron en contra de la sensatez, guiados sólo por sus emociones. El lamentable resultado es éste: le han entregado el control del mundo a sujetos que no harán otra cosa sino exacerbar su frustración y su ira, en una espiral sin fin. ¿Qué queda entonces? Ya lo dije: la resistencia global. Cuya principal arma es la defensa de una educación pública humanista y crítica que reinstaure entre los jóvenes los valores esenciales de libertad, igualdad y justicia que tanto hemos descuidado en estos años.

 

Twitter: @jvolpi

 

[Publicado el 01/12/2016 a las 15:36]

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La resistencia

Ocurrió lo peor que podía haber ocurrido. En contra de todos los augurios, uno de los mayores demagogos de nuestra época acaba de ser elegido como el hombre más poderoso del planeta. Además de la presidencia de Estados Unidos, se ha hecho con el control casi total de su gobierno, con claras mayorías en la Cámara de Representantes y en el Senado. Y la posibilidad de nombrar jueces que colorearán la Suprema Corte como un bastión conservador por décadas. No nos dejemos tranquilizar, de nuevo, por quienes se conformaron con loar la fortaleza institucional de la democracia más antigua del orbe. Estamos frente a una catástrofe sin paliativos. Una amenaza para el futuro. Y un peligro sin precedentes para México.

            Insisto: no debemos reconfortarnos con las imágenes de Barack Obama o Hillary Clinton llamando a la unidad y pidiendo concederle el beneficio de la duda a Donald Trump. Uno de los mayores problemas de la democracia, de cualquier democracia, es la facilidad con que puede ser subvertida y saboteada desde dentro. Lo hemos visto una y otra vez. No, todavía, en la mayor potencia del globo. Herido de muerte, el sistema que el demagogo prometió destruir en su campaña tratará de contenerlo, pero nada indica que vaya a conseguirlo. Porque Trump no fue un candidato cualquiera y no será un presidente cualquiera. En el discurso tras su victoria lo anunció: el suyo es un movimiento. Una fuerza que busca trastocar la democracia, cuando no tornarla irrelevante.

            Una mayoría de estadounidenses eligió para dirigirlos -y para tener más influencia sobre el resto de nosotros que nadie- a un sujeto que durante meses no hizo otra cosa que exhibir su desprecio hacia los otros. Que mintió impunemente. Un racista y un xenófobo. Un machista y un misógino. Un lenguaraz y un ignorante. Un ególatra que jamás se disculpó por los insultos y amenazas que lanzó a diestra y siniestra. Un comediante marrullero y perverso que supo atizar el rencor y el pánico. Un sinvergüenza que nunca ocultó su desdén hacia la misma democracia que lo ha llevado a la Casa Blanca. Obama y Hillary se equivocan (y muy probablemente lo saben): no, no tenemos que darle a Trump el beneficio de la duda. Lo que tenemos que hacer todos los habitantes conscientes del planeta es oponernos a él desde este instante.

            Las comparaciones resultan siempre odiosas y ni Trump es Hitler ni los Estados Unidos del siglo XXI la República de Weimar, pero el germen totalitarismo está aquí: en la elección democrática de alguien visceralmente antidemocrático. Porque la democracia no se basa en tener elecciones transparentes donde gana la mayoría, sino en el mantenimiento irrestricto de la libertad y la igualdad para todos, ciudadanos y no ciudadanos: justo los valores que Trump ha prometido aniquilar en cuanto sea investido. Obama lo dijo y no deberíamos olvidarlo: Trump no es apto para ser presidente.

            Habrá tiempo para discernir por qué ocurrió lo peor que podía haber ocurrido. Para entender el resentimiento y el pavor de millones. Para criticar el pasmo del establishment y la torpeza del Partido Demócrata. Para juzgar con dureza la traición de nuestras élites. Para aquilatar la desesperanza -y la furia- de la clase media ante la indiferencia y la corrupción de los políticos profesionales. Para lamentar el renacimiento de la xenofobia y el racismo. Pero, mientras meditamos sobre todo esto, tenemos que actuar. Combatir el triunfo del odio y del miedo.

            México y los mexicanos no habíamos sufrido una amenaza tan grande desde la expropiación petrolera. Para Trump, somos el primer obstáculo a su idea de grandeza americana. Tenemos que enfrentar con inteligencia y firmeza los vicios de Trump y del trumpismo: para empezar, oponiéndonos a la idea misma del Muro (no solo a su financiación) y defender a los millones de mexicanos sin papeles que tienen una vida del otro lado de la frontera. Ello no debe ser pretexto para resucitar un nacionalismo trasnochado, sino para unirnos en una defensa del humanismo democrático que nos coloca, querámoslo o no, en la primera línea de combate. Nos corresponde encabezar la resistencia.

             

Twitter: @jvolpi

 

[Publicado el 15/11/2016 a las 00:54]

[Etiquetas: Trump]

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Biografía

(México, 1968). Es autor de las novelas La paz de los sepulcros, El temperamento melancólico y En busca de Klingsor (premios Biblioteca Breve y Deux Océans-Grinzane Cavour). Con ella inició una "Trilogía del siglo XX", cuya segunda parte es El fin de la locura y la tercera No será la Tierra. También ha escrito las novelas cortas reunidas en el volumen Días de ira, así como Sanar tu piel amarga, El jardín devastado y Oscuro bosque oscuro. Es autor de los ensayos La imaginación y el poder, La guerra y las palabras, Mentiras contagiosas (Premio Mazatán al mejor libro del año 2008), El insomnio de Bolívar (Premio Debate-Casa de América 2009) y Leer la mente. En 2009 obtuvo el Premio José Donoso de Chile por el conjunto de su obra. Ha sido profesor en las universidades de Emory, Cornell, Las Américas de  Puebla, Pau, Católica de Chile, Nacional Autónoma de México y Princeton. Ha sido becario de la Fundación Guggenheim y miembro del Sistema Nacional de Creadores de México. Ha sido condecorado como Caballero de la Orden de Artes y Letras de Francia y con la Orden de Isabel la Católica de España. Fue director de Canal 22 entre 2007 y 2011. Es colaborador de los periódicos Reforma y El País. Sus libros han sido traducidos a veinticinco idiomas. En 2012 recibió el premio Planeta-Casa de América por su novela La tejedora de sombras. En 2014, publica su novela Memorial del engaño en América Latina y España y, para el año 2015, estará publicada en Brasil, Portugal, Italia y Francia. Actualmente es director general del Festival Internacional Cervantino. 
 

Bibliografía

Memorial del engaño (2014). Ediciones Alfaguara, España

Leer la mente (2011). Ediciones Alfaguara, España

No será la tierra (2006). Ediciones Alfaguara, España

Dos novelistas poco edificantes (2004). Volpi, Jorge; Urroz, Eloy. Algaida Editores, España

Geometric intimacies. Sebastián Sculptor (2004). Ediciones Turner, España

Geometría emocional. Sebastián escultor (2004). Ediciones Turner, España

La guerra y las palabras (2004). Editorial Seix Barral, España

El fin de la locura (2003). Editorial Seix Barral, España

Desafíos de la ficción (2002). Volpi, Jorge, [et. al.] Universidad de Alicante. Servicio de Publicaciones, España

En busca de Klingsor (2000). Círculo de Lectores, España

El juego del apocalipsis: un viaje a Patmos (2000). Nuevas Ediciones de Bolsillo. España

Tres bosquejos del mal (2000). Urroz, Eloy; Padilla, Ignacio; Volpi, Jorge. El Aleph Editores, España

 

 

 

 

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