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Redes industriales creativas

El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

miércoles, 10 de febrero de 2016

 Blog de Jorge Volpi

En manos del diablo

Imposible imaginar mejor preámbulo para la visita del papa Francisco a México que el estreno de Spotlight (En primera plana, 2015). Quizás la película de Thomas McCarthy no posea la belleza casi metafísica de El Renacido de Alejandro González Iñárritu o la fuerza emocional de La chica danesa de Tom Hooper, pero su historia, contada con tanta eficacia como sabiduría narrativa, sin perder nunca su carácter implacable -y con un reparto de primer orden-, nos involucra de manera más dura, más directa. El recuento de cómo un grupo de periodistas del Boston Globe acabó por descubrir casi a regañadientes que un caso de pederastia involucraba en realidad a cientos de sacerdotes (y eso solo en el área metropolitana de la ciudad de Nueva Inglaterra) ofrece un nítido reflejo de una práctica criminal extendida en medio mundo y en particular en nuestro país.

            La conclusión a la que llega este grupo de reporteros, la mayor parte de ellos educados como católicos, no ofrece ni un resquicio de optimismo: para que tantos y tantos miembros de la Iglesia hayan podido cometer sus delitos con absoluta impunidad se necesitó no solo de la complicidad de los más altos cargos de la institución -del cardenal Law al papa Juan Pablo II- sino de una religión que, amparada en preceptos tan oscurantistas como anacrónicos, ha propiciado el abuso continuado de niños y niñas por parte de quienes se asumen como sus preceptores. Y, como dice una de las víctimas en la película, éste no ha sido nada más físico sino espiritual.

            Entre nosotros contamos con Marcial Maciel, el fundador de los Legionarios de Cristo, como paradigma del sacerdote que, aprovechándose de su astucia y sus contactos empresariales y políticos, pudo desarrollar su carrera criminal durante décadas ante la indiferencia o el silencio de la Iglesia. Pero Maciel no debería figurar como una excepción o una anomalía, sino como el reflejo más coherente del catolicismo. ¿Cómo entender, si no, que hubiese que esperar hasta 1998 para que unos valientes se atreviesen a denunciarlo y aun así la Iglesia lo protegiese hasta su muerte? ¿Que jamás pagase por sus faltas y apenas fuese apartado, in extremis, del sacerdocio? ¿Que tras su deceso el Vaticano se haya limitado a "reformar" la orden en vez de disolverla? ¿Cómo tolerar que los Legionarios sigan allí, en México y medio mundo, formando a nuestras élites?

Gracias a una red de complicidad, Maciel cometió el crimen perfecto -mejor: una serie de crímenes perfectos- y por décadas se salió con la suya. El fundador de los Legionarios no es, sin embargo, sino el más conspicuo, brillante y perverso de los curas que a lo largo de los años y los siglos se han aprovechado de sus fieles: la nómina es inmensa y, otra vez, no puede achacarse a un desvío o a un error, sino a una cultura incrustada en la esencia misma del catolicismo. Escandaliza el argumento de la Iglesia para defenderlo: la idea de que los designios divinos son inescrutables y de que a veces el Creador hace el bien a través de "renglones torcidos".

Permitir la existencia de los Legionarios es no entender que la institución fue creada a imagen y semejanza de su fundador: más una secta que una orden, más un nido de posibles víctimas que una escuela. Todo en ellos refleja la personalidad de Maciel: la vocación preferencial por los ricos; la obediencia sin cuestionamientos a la autoridad del líder; la primacía del dogma y la revelación; y, sobre todo, el secreto. Esa conducta elusiva y sospechosa, cuyos verdaderos objetivos no pueden decirse en voz alta, que marca el andar de sus miembros.

Una de las virtudes teologales, la fe, y dos de los votos monacales, la obediencia y la castidad, se hallan en el origen de los vicios repetidos secularmente por obispos, sacerdotes, monjes y laicos consagrados: la primera obliga a los sujetos a creer en teorías absurdas y contrarias a la razón; la segunda, a acatar las órdenes superiores sin cuestionarlas y a perder todo sentido crítico; y la tercera, casi imposible de cumplir, a exorcizar el deseo a través de prácticas siempre ocultas en vez de abrirse, como el resto de los mortales, al sexo consensual o al matrimonio. Como descubren los reporteros de Spotlight, la verdadera causa de que tantos  niños y jóvenes hayan sido violados o estuprados por sacerdotes católicos se haya en esta triple ordenanza de sumisión y secretismo. Y ello no cambiará mientras no sean arrasados los cimientos doctrinales de la Iglesia.

 

Twitter: @jvolpi

 

[Publicado el 09/2/2016 a las 23:24]

[Etiquetas: Papa Francisco; pederastia]

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La vida interior del Chapo

¿Qué sabemos de él? Los datos biográficos revelan su astucia y su talento para las finanzas -y el crimen- pero ningún atisbo de su vida interior. Infancia y adolescencia pobre en Badiraguato, a la sombra de un padre gomero y una familia numerosa; primeros años en el negocio a las órdenes de Miguel Ángel Félix Gallardo; ascenso hasta convertirse en jefe del llamado Cartel de Sinaloa; enfrentamiento con los hermanos Arellano Félix, cuyo saldo más conocido fue el asesinato del cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo; tres capturas y (hasta el momento) dos escapes de sendas prisiones de alta seguridad; cuatro esposas (la última de ellas una reina de belleza treinta años más joven) y al menos once hijos.  

            Una historia suficiente para convertirlo no solo en el narcotraficante más famoso de nuestro tiempo (apenas opacado por Pablo Escobar) y en uno de los hombres más ricos del planeta (según Forbes), sino en un icono global, una estrella cuya celebridad no hará sino acrecentarse gracias a la atención tanto de las autoridades mexicanas y estadounidenses -"el criminal más buscado", el "segundo presidente de México"- como de miles de admiradores y, a últimas fechas, una larga lista de figuras del show bussiness dispuestas a aprovecharse de su popularidad (y a hacerle el juego).

            Cada sociedad y cada gobierno requieren, en cierto momento, de un enemigo en quien concentrar la atención y los miedos de los ciudadanos y al cual se le puedan achacar todas las desgracias. Una tendencia reforzada en nuestra simplista era neoliberal, con su fe en el individuo y su necesidad de apuntalar héroes y antihéroes. La trama nunca falla: un sujeto marginal, brillante y maléfico, medra hasta convertirse en una pesadilla para los cuerpos de seguridad; a continuación, se bate con ellos en un duelo a muerte, con victorias y reveses de ambas partes (una sucesión de capturas y escapes, por ejemplo) hasta que al final el rebelde o el criminal queda derrotado. ¿Cuántas novelas y películas reiteran este relato? Como si una sola persona, por poderosa -o malvada- que sea, en realidad fuese capaz de poner en jaque al sistema.

            Lo peor de la charla clandestina entre el Chapo y Sean Penn no es el exhibicionismo del actor (el outsider de Hollywood que habla de tú a tú con un outsider en el lado oscuro de la fuerza) o el carácter anodino de sus preguntas ("¿qué le hubiera preguntado usted al Chapo?"), sino la manera en que contribuye a fijar la narrativa oficial. En toda gran entrevista hay un juego de fuerzas donde el entrevistado busca controlar la información frente a los intentos del entrevistador por hacerlo decir lo que jamás diría. Si lo publicado por Rolling Stone fuera un parte de guerra, el claro vencedor sería el Chapo. Por más que Penn trata de reflexionar sobre su papel, no comprende que su odisea, cuyos falsos peligros han sido denunciados por tantos periodistas, refuerza los términos de la guerra contra el narco dictada por ese mismo sistema que dice despreciar: un enfrentamiento a muerte entre un gran criminal y las fuerzas de seguridad del estado que actualiza el típico maniqueísmo estadounidense, por más que algunos confíen más en los primeros (como Kate del Castillo) que en los segundos.

            La participación de la actriz mexicana en el intríngulis ha servido para acentuar el mito que el propio Chapo quiere ofrecer de sí mismo y para que el sistema se lave la cara: aunque en sus respuestas a Penn se muestre parco y cauteloso, la idea de que arriesgó todo por amor sirve para que sus fans crean que tiene "corazón" y atenuar el ridículo del gobierno mexicano ante su doble escapatoria, afianzando la idea de que su detención fue provocada por su megalomanía y por su debilidad por esa Bella a la que, como la Bestia de Disney, solo aspiraba a proteger. 

            Lo anterior no quiere decir que la entrevista no sea un documento importante, aunque más por lo que esconde que por lo que dice. Al dejarse manipular por el Chapo, Penn consiguió que todas las discusiones de estos días sean versen sobre ellos -y la vida interior del criminal-, distrayendo la atención del auténtico problema: la siniestra prohibición de las drogas que provoca miles de muertes al año cometidas tanto por los criminales como por quienes los persiguen. Al menos aquí el Chapo dijo la verdad: "Si no hubiera consumo, no habría ventas. Es verdad que el consumo se hace día tras día más y más grande. Así que se vende y se vende".

 

Twitter: @jvolpi

 

[Publicado el 27/1/2016 a las 16:32]

[Etiquetas: Chapo Guzmán]

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Guerras de estrellas

Cuando en 1977 se estrenó la primera película de Star Wars -en realidad la número 4, "Una nueva esperanza", en la cronología de George Lucas-, yo tenía nueve años y cursaba el 4º año de primaria en el Instituto México, una escuela de hermanos maristas que, conforme a la desfasada pedagogía católica de la época, solo admitía varones. Recuerdo al titular de mi grupo, Saúl Barrales, como un profesor amable y generoso que siempre me apoyó pese a mi absoluto desinterés -o falta de talento- hacia el futbol, la única actividad que parecía importar en la escuela. Solo mucho después me enteraría de que aquel profesor había sido seminarista con los Legionarios de Cristo y de que, al lado de José Barba, fue uno de los ocho valientes que en 1997 se atrevieron a denunciar ante el Vaticano los abusos sexuales perpetrados por el padre Marcial Maciel.

            Como para muchos de mis contemporáneos que no han resistido la tentación de contar su vínculo con ella, La guerra de las galaxias representó un punto culminante en mi educación sentimental y política, así como en la conformación de mi universo imaginario y de mi interés por la ciencia ficción (y la propia ciencia), iniciado con Star Trek -en primaria y secundaria siempre me apodaron Mr. Spock- y asentado, en 1978, con Battlestar Galactica. No habían transcurrido más que ocho años desde que el Apolo XII llegó a la luna y, si bien un tanto arrinconada, la carrera espacial seguía ofreciendo el perfil más atractivo de la Guerra Fría en un momento en que la posibilidad de una "destrucción mutua asegurada" no lucía remota. El mundo se dividía, en efecto, entre dos fuerzas antagónicas semejantes a las que se batían en la saga espacial. Y, como nadie imaginaba que a ese entorno bipolar no le quedaba más que otra década, sus resonancias maniqueas resultaban inquietantes.

            Más allá de que George Lucas y sus guionistas -entre ellos Lawrence Kasdan, responsable también del capítulo 7, "El despertar de la fuerza", un clon perfecto del capítulo 4- hayan buceado en el universo de los mitos y el psicoanálisis a través de los libros de Joseph Campbell, parte del éxito perdurable de Star Wars radica en su capacidad para actualizar el pasado, con sus caballeros medievales, sus códigos de honor, sus maestros y aprendices y su fe en el amor romántico, y avizorar un futuro plagado de alienígenas y viajes espaciales, sin dejar de hacer guiños a ese presente que anunciaba un conflicto inagotable entre el comunismo y el capitalismo, el lado oscuro y el lado luminoso de la fuerza. Por si fuera poco, Star Wars incluía una poderosa historia de familia que casi recordaba a nuestras telenovelas: padres e hijos enemistados de por vida, reconocimientos y anagnórisis un punto inverosímiles, celos y traiciones, todo aderezado con unas pinceladas de humor -el típico humor baboso de los sitcoms estadounidenses- que por desgracia terminaría por apoderarse de los olvidables episodios 1 al 3 de la segunda entrega de la saga.

            No debería sorprendernos que, pasados apenas unos años del estreno de "El Imperio contraataca", Ronald Reagan se valiese de su retórica para identificar conscientemente a la Unión Soviética y sus satélites con el Imperio del Mal -como si el inmutable Leonid Brezhnev pudiese compararse con Darth Vader- y que su "arma secreta", el costosísimo e inviable escudo antimisiles que le daría una ventaja decisiva sobre sus adversarios, fuese conocido popularmente como Star Wars. Para él, como para la mayor parte de sus compatriotas, la comparación era válida: la decadente y alicaída República necesitaba de un nuevo héroe capaz de vencer la tiranía representada por el comunismo (y el Estado).

            Treinta y ocho años después muy poco queda de ese mundo. El bloque soviético es una reliquia que la Rusia de Putin no ha conseguido resucitar como enemigo simbólico a la altura de nuestras democracias, y ya nadie parece temerle a la bomba atómica si no es para limitar la capacidad nuclear de Irán. Pocos podían haber previsto en 1977, sin embargo, que otra fuerza oscura, también propia del medioevo, iba a convertirse en la nueva amenaza global: el islamismo con su anacrónico denuedo religioso, sus pactos de sangre, sus combatientes suicidas y su convicción por frenar el mal absoluto encarnado por Occidente. Y otra vez tenemos allí a una pléyade de políticos de nuestro lado haciéndoles el juego como si fueran jedis sumidos en una nueva guerra estelar.

 

Twitter: @jvolpi

[Publicado el 15/1/2016 a las 15:30]

[Etiquetas: Star Wars]

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Experimentos

¿Por qué un país que durante décadas disfrutó de una paz relativa, o al menos de la sensación de una paz relativa, se despeña de un día para otro, en una violencia incontenible? ¿Cómo una sociedad que había presumido de un largo periodo de calma se convierte en un caos ingobernable? ¿Qué origina que un lugar en el que los delitos principales eran el robo o la violencia doméstica diera paso a cien mil muertos y treinta mil desaparecidos? Hace unas semanas la UNAM convocó a un grupo de expertos de distintas disciplinas -y a un escritor como yo mismo- a discutir sobre la violencia e intentar responder a estas preguntas.

¿Cómo es posible, en efecto, que el México de antes de 2006 fuera o pareciera ser un oasis de tranquilidad, al menos en comparación con el resto de América Latina, y luego se transformara en el escenario de una suerte de guerra civil? Por supuesto no es el único sitio donde algo semejante ha ocurrido: la Yugoslavia posterior a la muerte de Tito o Ruanda son ejemplos extremos de sociedades que, tras una era de tensos equilibrios, son capaces de destruirse a sí mismas.

            No se falta a la verdad si se contesta que la culpa es del gobierno de Felipe Calderón, que en diciembre de 2006 decretó irresponsablemente la Guerra contra el Narco, pero ello no basta para explicar el fenómeno. Sin duda, la intervención del ejército para combatir al crimen organizado resultó contraproducente, al agitar un sistema de por sí caótico sin prever las consecuencias: a partir de entonces los grupos criminales se atomizaron, comenzaron a despedazarse, y la precaria estabilidad del sistema previo, sostenida con alfileres gracias a una mezcla de tolerancia, corrupción y simple suerte, se hizo añicos. Pero, más allá de la pésima estrategia del gobierno federal, estamos obligados a explorar más a fondo esta súbita transformación de sus ciudadanos.

Los humanos somos seres con una alta propensión a la violencia: quizás, como creía Hobbes, ésta sea nuestra condición natural, modelada por nuestra respuesta evolutiva frente a un entorno hostil, y sólo un rígido entramado de autoridad y valores culturales es capaz de moderar o apaciguar nuestros instintos. Para explorar esta tendencia soterrada -la misma que dio lugar, por ejemplo, a los crímenes del nazismo-, en las décadas del cuarenta al setenta varios psicólogos realizaron distintas experiencias que, pese a las críticas que han recibido desde entonces, siguen funcionando como metáforas de nuestro comportamiento.

En Harvard, Stanley Millgram estudió nuestra propensión a seguir al pie de la letra las órdenes -así sean absurdas, inhumanas o crueles- de cualquier autoridad que consideramos mínimamente legítima: solo una muy pequeña parte de quienes participaron en su experimento tuvieron el valor o la conciencia moral para no dañar a sus semejantes. Después, John Darley y Bibb Latané acuñaron el concepto del "efecto del espectador" a partir del homicidio de Kitty Genovese, quien murió debido a la aparente indiferencia de sus vecinos cuando era atacada frente a sus ventanas. Por último, Philip Zimbardo nos hizo ver, con su experimento de la prisión de Stanford, que la sola idea de encarnar a la autoridad, y acceder así a un poder ilimitado, nos convierte en monstruos, como demuestran las torturas cometidas en Abu Ghraib -o en cualquier separo mexicano.

            Los métodos y resultados de los tres experimentos han sido severamente cuestionados desde entonces, pero su resonancia no ha hecho sino incrementarse con los años, como demuestra el alud de nuevos libros y películas sobre ellos. En resumen, nos describen como seres volubles e influenciables: basta con que se nos otorgue un poder sin paliativos -como el que disfrutan los miembros del ejército o los sicarios de los cárteles- para convertirnos en bestias sanguinarias.

            A diario presenciamos en México esta violencia sin cuartel. Y, si bien tendríamos que desentrañar los motivos y las causas en cada caso, todos responden a la ausencia de esos marcos sociales y simbólicos para frenar nuestros impulsos destructivos -ya frágiles en una democracia tan endeble como la nuestra, y erradicados por la Guerra contra el Narco-, y sobre todo a la eliminación de la empatía. Imposible hallar una solución única al caos que nos rodea, pero habría que empezar por instaurar por doquier, en las escuelas y fuera de ellas, una educación que difunda y refuerce esta idea que nos lleva a creer que una vida vale lo mismo que cualquier otra.

 

Twitter: @jvolpi

 

[Publicado el 24/12/2015 a las 15:12]

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La prohibición de los cuchillos

Imaginemos otro México. Se trata, en apariencia, de una sociedad idéntica a la nuestra. Mismos problemas: desigualdad, desempleo, impunidad, corrupción. De pronto, un consejero del presidente valorado por sus grandes ideas constata en una encuesta del Instituto de Estadística un dato extravagante -y, a sus ojos, gravísimo-: en los últimos años ha aumentado el número de personas adictas al cutting, una práctica de la que hasta el momento no había escuchado. Al parecer, ciertos sujetos, y en particular algunas adolescentes, son afectas a cortarse la piel de brazos y muslos. Nuestro consejero se precipita entonces a un informe que explica sus causas y pronto comprende que se halla frente a un problema de salud pública. ¿Cómo un país civilizado puede permitir que sus jóvenes se lastimen? Tras un lobbying pertinaz, convence al Congreso de aprobar un Decreto por el que se prohíbe la venta y uso de cuchillos, navajas, facas y cualquier arma punzocortante que pueda ser utilizada contra uno mismo. ¡Brillante!, piensa el consejero, sin reparar en que el mismo día en que la ley entra en vigor se pone en marcha una red subterránea de vendedores de cuchillos, los cuales no tardan en dividir al país en "plazas" controladas por sus distintos capos. No pasan ni un año antes de que estos grupos criminales comiencen a aniquilarse unos a otros y, de paso, a quienes se interponen en su camino. Semejante estallido de violencia no desanima a nuestro consejero, cuyo equipo de trabajo compila entonces una lista de productos que pueden resultar dañinos para la salud o la integridad de los ciudadanos. El índice comienza con las bebidas -alcohol, refrescos, jugos, agua carbonatada-, prosigue con los alimentos -fritangas y antojitos, grasas saturadas, azúcares, carbohidratos: la mitad de la canasta básica- y finaliza con los instrumentos caseros capaces de ser usados por una persona para hacerse daño. Terminada la tarea, el consejero convence ahora al Congreso de realizar una amplia consulta nacional, en la que intervendrán los mayores expertos del globo, a fin de determinar los riesgos a la salud de cada producto. En los medios de comunicación y en las redes sociales el debate se enciende cuando miles de activistas intentan demostrar los peligros del chocolate, las engrapadoras y las nueces, amparados en doctos estudios de Yale y Montpellier, frente a otros miles que sostienen lo contrario a partir de no menos sabios estudios de Harvard y la Sorbona. Poco a poco el país se divide en clubes en defensa de la mostaza o en contra de los cortaúñas. ¿Cómo saber quién tiene razón, qué análisis es más imparcial o más profundo, si en verdad el tocino o el vinagre, los clavos o los celulares son nocivos? Resulta claro, con esta cruda analogía, que la cuestión de legalizar o no las drogas no debe responder a una disputa bizantina en torno a sus efectos en nuestra salud. Aunque sepamos que hacen daño, ha quedado demostrado -piénsese en los Estados Unidos de los veinte- que prohibirlas es la peor estrategia posible. Desde entonces, a nadie se le ha ocurrido prohibir de nuevo el alcohol pese a que resulte mucho más peligroso que otras drogas, así como nadie aboga tampoco por prohibir los refrescos o las gorditas o el tabaco. Lo mejor que se puede hacer es reglamentar su consumo y hacer lo imposible por evitarlo entre los menores. Si el planteamiento de los abogados de la despenalización de la marihuana ante la Suprema Corte fue tan brillante, lo mismo que el proyecto del ministro Zaldívar, es porque desvió el enfoque hacia el lado correcto: el Estado no debe determinar unilateralmente lo que cada ciudadano puede o no hacer con (o contra) su cuerpo. Se trata de un derecho humano elemental. Así como no se puede castigar a quien se corte o se golpee, o a quien intente suicidarse, resulta tan demencial como hipócrita castigar a quien se droga. Las consecuencias de la prohibición total -cientos de miles de muertos y desaparecidos en una guerra absurda, la riqueza de las bandas de traficantes y la corrupción que ésta conlleva- son mucho más dañinas para la sociedad que permitir que cada mayor de edad haga consigo mismo lo que se le antoje. El debate, pues, no debe centrarse en dilucidar el carácter dañino o no de la marihuana u otras sustancias, sino en la necesidad de legalizar todas las drogas -dejando de tratar a los adultos como incapaces- y de poner en marcha una adecuada reglamentación para la producción y el consumo de cada una.

 

Twitter: @jvolpi

[Publicado el 04/12/2015 a las 19:39]

[Etiquetas: Marihuana; legalización]

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Novelas como monstruos

Como un antiguo héroe  griego, el lector se ve obligado a abandonar la rutina de su hogar: deja atrás su familia y sus costumbres, incluso las convenciones de su lengua, se prepara con unos cuantos pertrechos, una brújula o un astrolabio que de poco habrán de servirle, y se aproxima a la primera página que es como un muelle en la ribera de su isla. Divisa el horizonte marino, negro e infinito -cientos de páginas en lontananza-, se arma de valor y aborda la nave que habrá de conducirlo más allá de donde sus mapas indican "Hic sunt leones". El trayecto le llevará días o semanas que transcurren como años o siglos, y desde luego no será ya el mismo cuando, tras un sinfín de aventuras y desventuras, regrese a casa más viejo y más cansado, pero también más sabio.

            Fernando del Paso pertenece a esa estirpe de escritores que, al amparo de la tradición que va de Cervantes y Rabelais a Mann y Faulkner, pasando por Tolstói, Dostoievski, y el conjunto de la narrativa decimonónica, no piensan que una novela sea una excursión o un desvío en el camino -un entretenimiento o una diversión pasajera-, sino un largo viaje de exploración, a veces sin regreso; una aventura dominada por el arrojo y la curiosidad, por el ansia de conocimiento y la fascinación ante los peligros del lenguaje, capaz de abducirnos a un mundo que se parece al nuestro, sin serlo, y de trastocarnos en el proceso.

            Frente a quienes hoy prefieren obritas breves y reconfortantes, juegos metaficcionales y eruditos, provocaciones lúdicas y exploraciones de la intimidad o las "novelas sin ficción" que tanto celebra hoy la crítica, Del Paso y los suyos anteponen una poética más arriesgada -una poética de la desmesura- que quizás no esté acorde con nuestros tiempos dominados por la prisa y el ingenio. En las novelas de Del Paso -esa sucesión de obras maestras formada por José Trigo, Palinuro de México y Noticias del Imperio, escritas a intervalos de una década- cabe todo lo anterior, y mucho más: un lenguaje juguetón y delirante, brillante herencia del barroco; la Historia con mayúscula que tanto incomoda a los apóstoles de lo mínimo; una ruptura de géneros que destroza las fronteras entre narración, ensayo, poesía y teatro; y una serie de personajes -con su pluralidad de voces y puntos de vista- que no dejan nunca de exhibir una poderosa vida interior, amalgama de sus contradicciones y conflictos. 

            Si José Trigo (1966) puede ser vista como una novela en torno al movimiento ferrocarrilero de 1959; Palinuro de México (1977) como uno de los más agudos relatos del movimiento estudiantil mexicano de 1968; y Noticias del Imperio (1987) como la summa ficcional del efímero reinado de Maximiliano y Carlota, cada una de ellas se resiste a la superficial clasificación de "novela histórica": las tres son despliegues lingüísticos, llenos de juegos, retruécanos, albures y disparatados flujos de conciencia que harían palidecer al más experimental de los experimentalistas; son ensayos o crónicas que podrían haber sido firmadas por profesionales del periodismo o de la historia; son un vasto tejido de breves vidas, cómicas y patéticas en buena parte de los casos, tristes y oscuras en otros; son catedrales en las que uno puede refugiarse por horas, dispuesto a contemplar los detalles de cada altar o vidriera; y son, por supuesto, monstruos llenos de ripios y defectos, bestias con mil ojos o uno solo, tentáculos y escamas, lenguas venenosas y pedazos de otras criaturas. Y es en todo ello, en esta acumulación de excesos que jamás pierde su orden propio, donde radica su poder y su belleza. 

            El malentendido según el cual durante la gran época de literatura latinoamericana -de la publicación de La región más transparente, en 1958, a La guerra del fin del mundo, en 1981- sólo debía contarse un gran novelista por país, oscureció el hecho de haber vivido una auténtica Edad de Oro. Por fortuna la simplificación comienza a desvanecerse y hoy vemos que en México nuestra "Generación de Medio Siglo" fue en efecto portentosa: a Fuentes, Pitol, Pacheco y Poniatowska, ganadores del Cervantes, hoy se suma justamente Fernando del Paso -para mí, el mayor narrador vivo en nuestra lengua-, sin que debamos olvidar a los ya fallecidos Salvador Elizondo y Juan García Ponce (o a la mejor de nuestras cuentistas: Inés Arredondo). Si ellos tuvieron el arrojo de escribir estos monstruos, es hora de que nosotros nos atrevamos a combatirlos con nuestra lectura y relectura.  

 

Twitter: @jvolpi

 

[Publicado el 27/11/2015 a las 15:41]

[Etiquetas: Fernando del Paso; Premio Cervantes]

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Capitalismo literario

¿De qué hablamos cuando hablamos de capitalismo? ¿Y, en particular, de este capitalismo neoliberal que nos cerca y del cual no conseguimos hallar una salida? Como sostiene César Rendueles en Capitalismo canalla. Una historia personal del capitalismo a través de la literatura (Seix Barral, 2015), a lo largo de la historia las élites políticas se han caracterizado por su falta de imaginación política, convencidos de que su ideología es la única posible, incapaces ya no de tolerar sino incluso de pensar otras alternativas. Ejemplo extremo: en el minucioso diario en donde anotaba cada una de sus preocupaciones cotidianas -en particular el número de piezas de caza que acumulaba-, en vísperas de la Revolución el rey Luis XVI se limitó a anotar una sola palabra: "nada".

            Algo semejante ocurre en nuestra época: nuestras élites se hallan tan convencidas de que la unión de la democracia liberal con la (casi) absoluta desregulación de los mercados son las únicas soluciones todos nuestros problemas -o las "menos malas" en palabras de quienes conservan un mínimo de autocrítica- que les resulta imposible imaginar otras opciones. El capitalismo se convierte, así, en una especie de domo -semejante al concebido por Stephen King- que nos encierra por completo, imponiéndonos no sólo sus directrices políticas, económicas y sociales, sino también su narrativa y sus metáforas, capturadas una y otra vez por nuestros escritores y novelistas. 

            "Los discursos sociales hegemónicos", escribe Rendueles, "son fantasías alucinógenas. Hemos entregado el control de nuestras vidas a fanáticos del libre mercado con una visión delirante de la realidad social, que nos dice que nada es posible salvo el mayor enriquecimiento de los más ricos: ni profundizar en la democracia, ni aumentar la igualdad, ni limitar la alienación laboral, ni preservar los bienes comunes". En efecto, cualquiera que se atreva a cuestionar que el capitalismo es la mejor forma de lidiar con la naturaleza humana -con nuestra tendencia atávica a comerciar y a buscar aprovecharnos de los otros- es acusado de radical o populista, como si en realidad existiese una sola forma de ser humano.

            La historia de la modernidad es la historia de cómo subordinamos el conjunto de nuestra vida social a las relaciones comerciales, pero sólo muy recientemente el mercado -los mercados- se convirtieron en el emblema de nuestra civilización, a los cuales les entregamos todas nuestras energías y anhelos. En el primer capítulo de Capitalismo canalla, Rendueles muestra distintos ejemplos literarios -del Robinson Crusoe de Defoe a W de Georges Perec- de cómo el mercado pasó de ocupar una posición  crucial pero específica en las sociedades del pasado a terminar convertido en el epicentro de nuestro mundo contemporáneo.  

            El proceso necesario para convencernos de que la búsqueda egoísta de provecho material es la clave esencial de nuestro comportamiento tardó varios siglos en asentarse, pero una vez que la Revolución industrial le dio un impulso definitivo no ha habido manera de detenerlo. No es casual, pues, que los grandes novelistas del XIX se hayan obsesionado con describir estas nuevas relaciones de poder -que en el fondo son relaciones de subordinación comercial- en un espectro que va de Dickens, con su retrato de la clase trabajadora británica, a Steinbeck, con sus descripciones de la quiebra económica y moral provocada por el crash de 1929, que adquiere especial resonancia en nuestro tiempo.

            En su recorrido literario por el ascenso del capitalismo como paradigma, Rendueles se detiene a continuación en la violencia que deriva de la implantación de este modelo de competencia permanente y revisa la obra paradigmática de Heinrich von Kleist, Mihael Kohlhaas, y sus reencarnaciones posteriores -Ragtime, de Doctorow y Rambo, de David Morrell-, sobre esos sistemas, tan parecidos al nuestro, en el que un hombre que no encuentra justicia en un sistema corrupto decide cobrársela, brutalmente, por su propia mano.

            Los últimos capítulos del libro, dedicados a la crisis del modelo capitalista durante el siglo XX y a la pérdida de legitimidad social de las instituciones políticas y económicas hoy día, vuelve a valerse de ejemplos literarios -con un énfasis especial en la ciencia ficción- que develan las angustias y miedos que nos acosan. Aunque por momentos peque de caprichoso o superficial, Capitalismo canalla ofrece un desasosegante recorrido por esta novela capitalista en la que todos, queriéndolo o no, somos personajes.

 

@jvolpi

[Publicado el 13/11/2015 a las 15:40]

[Etiquetas: Rendueles]

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La cultura en el centro

Vivimos en una era paradójica. El mundo nunca fue tan diminuto como ahora y, sin embargo, los cierres de fronteras y los prejuicios nacionales nos muestran la facilidad con que olvidamos los horrores del siglo XX. Las mercancías circulan con la mayor libertad de un confín a otro del planeta, pero quienes se ven obligados a abandonar sus países -sean sirios en Hungría o mexicanos en Estados Unidos- son considerados criminales y tratados como plagas. Caudales de información viajan en segundos mientras millones lidian con la pobreza extrema o temen por sus vidas ante la violencia de bandas delincuentes o del propio Estado. La democracia electoral se ha impuesto sobre un sinfín de dictaduras o regímenes autoritarios -como el nuestro-, pero el desencanto hacia todas las autoridades no hace sino aumentar en nuestra región.

            En los últimos años, México ha padecido con singular fuerza estas turbulencias. Desde los años noventa nos integramos al nuevo concierto económico global, abriendo de lleno nuestros mercados pero sin impedir que nuestros connacionales sean perseguidos al norte del Río Bravo ni que miles de centro y sudamericanos sean vejados o asesinados en nuestro territorio. La transición democrática del 2000 nos concedió la alternancia y el rápido recuento de los votos, pero no alteró las reglas de un sistema que aún garantiza la inequidad y la impunidad. Y, por supuesto, la guerra contra el narco nos inundó con una violencia sólo propia de una guerra civil. Los crímenes de Iguala, ocurridos hace casi justo un año, son la consecuencia extrema de estas contradicciones.

            Frente a los incontables retos que nos aguardan -recuperar la paz, atenuar la desigualdad, crear un sistema de justicia eficaz y confiable, vencer la corrupción- no hay soluciones ni remedios fáciles. Pero nadie debería dudar que los instrumentos más claros para conseguir estas metas se encuentran en la ciencia y la cultura. Un país que no garantiza su calidad y su expansión, a través de instituciones sólidas y confiables y de amplios presupuestos que no se hallen sometidos a los vaivenes económicos -en I+D, por ejemplo, estamos en último lugar entre los miembros de la OCDE- está condenado a un fracaso no sólo social, sino también moral.

            Habrá quien argumente que el fin de la violencia -en particular de la que deriva del narcotráfico-, el aumento del crecimiento o la redistribución de la riqueza no derivan esencialmente de la ciencia y la cultura, como si estas disciplinas fuesen coto exclusivo de las grandes potencias o una veleidad concedida a los pocos que las cultivan, pero a lo largo de la historia se ha demostrado que estas dos áreas representan lo mejor del ser humano y pueden convertirse en la argamasa imprescindible para construir sociedades más igualitarias, más libres y más justas: las sociedades más informadas y más cultas estarán siempre mejor dispuestas para frenar la corrupción y los abusos de poder. 

            Frente a tantos problemas y amenazas, tenemos que reunir el valor de concebir un nuevo proyecto de sociedad, un proyecto de futuro. No una utopía perfecta, modelo suficientemente desacreditado tras la caída del comunismo, pero sí un "mundo mejor", ese sueño del que pocos se atreven a hablar en nuestros días. Y ese mundo mejor pasa necesariamente por auspiciar una cultura -y con ello me refiero también a una cultura científica- abierta, rica, tolerante, que se halle en el centro de nuestras políticas públicas y de nuestros intereses como nación.

            En un tiempo dominado por el entretenimiento y la diversión inmediata, así como por el poder seductor de las nuevas tecnologías, el énfasis en la cultura y en la ciencia ha de privilegiar el rigor y la vocación crítica. El Estado no sólo debe corregir las directrices del mercado, necesarias pero insuficientes, a través de políticas e instituciones transparentes y efectivas, sino sumar a todos los actores de la vida educativa, cultural y científica -creadores, mediadores, promotores y públicos- en una tarea común de reinvención social.

            Desde la ciencia y la cultura hay que atreverse a imaginar nuevas estrategias, nuevos espacios, nuevas relaciones de convivencia y de poder. A la vez, debemos lograr que la ciencia y la cultura se conviertan en los pilares de la educación que impartimos a nuestros hijos desde la primaria hasta la universidad. Quizás no sea la única solución a nuestros incontables conflictos, pero muchos estamos convencidos de que será la más eficaz y duradera.

 

Palabras pronunciadas durante la inauguración del XLIII Festival Internacional Cervantino el 7 de octubre de 2015 en el Teatro Juárez de Guanajuato. 

[Publicado el 21/10/2015 a las 17:12]

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Iguala, México

Si los asesinatos y las desapariciones forzadas cometidos en Iguala hace un año se han convertido en una marca infamante es porque no representan una anomalía o una excepción, sino una metáfora o un resumen de nuestro México. Del México que hemos construido en los últimos quince años. Del México violento, injusto e inequitativo que habremos de heredar a las generaciones futuras. No nos redime citar los incontables vicios del régimen autoritario previo a la alternancia. En el 2000, tuvimos la oportunidad de suprimirlos o enmendarlos, pero nos conformamos con un cambio cosmético: la redistribución del poder y la riqueza entre los nuevos partidos y las nuevas élites -sin tomar en cuenta al resto del país-, y la coartada de que el mero recuento de los votos basta para asentar una democracia.  

            Los asesinatos y las desapariciones forzadas de Iguala nos recuerdan, en primer término, que no sólo hay dos Méxicos -la delgada capa de la aristocracia y la mitad de la población en la pobreza-, sino un México siempre más abajo, sumido en el natural resentimiento ante la falta de oportunidades. Un México que nunca redimimos ni consideramos nuestro igual: el de esas familias campesinas condenadas a sufrir la explotación o la manipulación de caciques sucesivos y el acoso de la policía o las fuerzas armadas. El México de esos jóvenes normalistas de Ayotzinapa que, como los indígenas en 1994, nos recuerdan en qué medida la discriminación y la desigualdad continúan asentadas entre nosotros.

            Los asesinatos y las desapariciones forzadas de Iguala encarnan, asimismo, el desastre de nuestra fallida guerra contra el narco. Pocas políticas públicas han causado tanto daño a una nación, no sólo por establecer una burda frontera entre dos campos contrarios, nosotros y ellos, los buenos y los malos, sino por plegarnos a la estrategia de un comandante que ni siquiera se encuentra en nuestro territorio -Estados Unidos, con su perversa prohibición de las drogas-, cuyo único resultado ha sido esta violencia sorda con un número de víctimas propio de una guerra civil. Nuestro estado de excepción permanente impulsó el fin de cualquier orden institucional: enviar al ejército a luchar contra el narco significó involucrarlo en incontables abusos y violaciones de derechos humanos.

            Asimismo, los asesinatos y las desapariciones forzadas de Iguala muestran la hondura de una corrupción que todo lo carcome y todo lo devora. La de unos partidos políticos dispuestos a ganar -y a enriquecerse- a toda costa, incluyendo a una izquierda que se vendió a un gobernador proveniente del PRI más rancio y, en Iguala, a una familia de criminales. Una corrupción que, sumada a las cantidades millonarias del tráfico de drogas, permitió que los cuerpos policíacos de dos municipios, Iguala y Cocula, se pusiesen al servicio de los criminales. En pocas palabras: allí, el narco y las instituciones se convirtieron en lo mismo. En Iguala y Cocula, como en muchas otras partes, se creó un auténtico narcoestado en miniatura.

            Y, por supuesto, los asesinatos y las desapariciones forzadas de Iguala, o más bien las investigaciones de los asesinatos y las desapariciones forzadas de Iguala, exhiben la inexistencia de un aparato de justicia confiable y eficaz. El cúmulo de fallas y contradicciones, sumadas a la tortura sistemática que caracteriza a nuestro sistema indagatorio, hace casi imposible acercarse a la verdad. Pese a las detenciones, los testimonios y las reconstrucciones de expertos y peritos, quedan infinitas dudas sobre lo ocurrido esa noche -y nada sabemos, en realidad, sobre las razones de la barbarie-, pero lo que se ha confirmado basta: la policía asesinó y desapareció a un amplio grupo de ciudadanos desarmados ante la complicidad o la indiferencia de las autoridades que debían protegerlos.

            Lo peor, sin embargo, es que los asesinatos y las desapariciones forzadas de Iguala no muestran un sistema corrupto y torpe, sino uno que funciona a la perfección, si se entiende que su único fin consiste en asegurar la impunidad de los poderosos, sean éstos políticos, empresarios o criminales (o todo a la vez). Si en el 2000 no conseguimos transformar al país fue en buena medida porque quienes se benefician de él hicieron hasta lo imposible por impedirlo. Los asesinatos y las desapariciones forzadas de Iguala son la consecuencia extrema de nuestro fracaso democrático. El 26 de septiembre no debería ser sólo un día de luto, sino un día de vergüenza. 

 

Publicado en Reforma, 26 de septiembre, 2015

 

Twitter: @jvolpi

[Publicado el 26/9/2015 a las 16:07]

[Etiquetas: Ayotzinapa; Iguala; normalistas]

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Narco para principiantes

1. Tierra de paras

 

En una película cargada de escenas desasosegantes, la primera y la última secuencia condensan una vez más la inutilidad de la batalla (aunque se trate de un documental, advierto sobre el spoiler): un grupo de policías, vestidos con sus uniformes reglamentarios, se dedica a cocinar metanfetaminas en plena noche michoacana. Sus rostros permanecen cubiertos con paliacates, pero en sus gestos y miradas incluso más que en sus voces y sus palabras, se condensa el fracaso de la guerra contra el narco.

            Con una mezcla de descaro y resignación, al inicio de Cartel Land (2015) uno de los miembros del grupo le explica al director y camarógrafo Matthew Haineman que su producto está destinado a Estados Unidos; que si no ellos, otros se encargarán de producirlo y transportarlo; que esta es la vida que les ha tocado y no se arrepienten de ella. A estas alturas todos sabemos que las fuerzas de seguridad y los narcotraficantes no sólo se hayan coludidos sino que son los mismos, pero observar a este personaje menor, orgulloso de su doble carácter de guardián de la ley y criminal, elimina hasta el último resquicio de esperanza.

            A partir de esta premisa, la de que el Estado no es confiable y por tanto los ciudadanos deben ocuparse de enfrentar a los narcos, Cartel Land contrapone las vidas paralelas de dos figuras singulares: el Dr. José Manuel Mireles, uno de los más conspicuos, fascinantes y complejos líderes de las Autodefensas de Michoacán, y Tim Nailer Foley, un obseso exmilitar que ha formado una unidad armada en el sur de Arizona con el objetivo de enfrentarse a los cárteles mexicanos que, en su delirante visión del mundo, están invadiendo Estados Unidos.

            La idea de confrontar a dos hombres que, ante su común desconfianza hacia las instituciones optan por armar a sus conciudadanos para proteger a sus familias, queda muy desbalanceada. Porque si bien Nailer Foley puede parecer gracioso al encarnar la típica historia del white trash alcohólico y violento que de pronto recibe una iluminación y abraza una causa con celo religioso, no deja de ser un sujeto delirante que, acompañado por una cohorte de perdedores, disfruta de sus uniformes, sus gadgets y su disciplina militar en una guerra que sólo existe en su mente. Foley luce como un harapiento y militarizado don Quijote que, a la manera de Donald Trump, confunde a estos desfallecientes migrantes mexicanos y centroamericanos con peligrosos delincuentes a los que cree haber vencido en una batalla campal.

            Por ello, la única figura en verdad apasionante del documental termina siendo el doctor Mireles, una presencia tumultuosa que se come a la cámara cada vez que ésta le concede un primer plano. Con su piel tostada al sol, su gran bigote entrecano y su sombrero, su energía imbatible y sus discursos inflamados, aparece como un héroe -o antihéroe, según las versiones- capaz de transformar por sí mismo a una comunidad entera sólo para caer víctima de su propia hubris. Si Foley no deja de ser un payaso -peor: un payaso armado-, el Mireles de Cartel Land adquiere proporciones trágicas: atrabiliario, generoso, convencido de sus decisiones, y al mismo tiempo soberbio e irrefrenable -como cuando la cámara lo capta seduciendo, si no de plano acosando, a una joven reina de belleza-, terco e intolerante.  

            Su camino recuerda, en efecto, a un personaje de Sófocles o Shakespeare: Cartel Land muestra su ascenso como líder comunal, su vocación de servicio como médico y jefe armado, y el amor y la lealtad que le dispensan sus cercanos sólo para que, a partir del accidente o atentado que sufre en un desplazamiento aéreo, sea víctima de la traición de sus seguidores -en particular de quien fuera su segundo, esa suerte de Sancho Panza conocido con el apropiado mote de Papá Pitufo- y de las represalias del gobierno, mientras sus propios yerros lo llevan a perder de su familia y, en última instancia, a su encarcelamiento.   

            El documental concluye en el mismo escenario del inicio, exhibiendo la mayor derrota para Mireles -y en general para cualquier grupo paramilitar-: el momento en el que, tras la decisión de Papá Pitufo de convertir a las Autodefensas en Policías Comunitarias aprobadas por el gobierno, estas se ven de inmediato infiltradas por los mismos narcos que aparentan combatir. La conclusión es evidente: tal como insinúa el narco-policía enmascarado, mientras las drogas sean ilegales y sigan generando millones no desaparecerán ni el tráfico ni la violencia.

 

2. Escobar para principiantes

 

No es casual que se le haya comparado con una plaga o una epidemia: el narco todo lo invade y todo lo corroe. Como si fuera una enfermedad contagiosa, se infiltra en cada grieta de nuestra sociedad y, con su estrategia de "plata o plomo", no sólo corrompe las instituciones, sino que trastoca el sistema y lo pone a su servicio. Si hoy anteponemos el prefijo a toda suerte de palabras -narcopolíticos, narcoliteratura, narcocorridos, etc.- es porque ha conseguido definir tanto nuestra realidad como nuestra imaginación. Así, las distintas representaciones del narco se han convertido en virus particularmente infecciosos, capaces de adaptarse a los medios más diversos y de reproducirse sin fin. En el lapso de una década, se han extendido de los corridos de Sinaloa o las barriadas de Medellín hasta el mainstream de Hollywood.

            El fenómeno se inició, como era natural, en Colombia, escenario de la primera fase de la "guerra contra el narco". Ahí se definieron sus héroes y villanos, sus estereotipos y sus tramas, las cuales pronto se extenderían a México y Centroamérica hasta alcanzar al territorio responsable de esta narcoépica: Estados Unidos. Con Leopardo al sol, de Laura Restrepo, La virgen de los sicarios, de Fernando Vallejo y Rosario Tijeras, de Jorge Franco quedó definido el campo literario del narco, que luego tantos de nuestros escritores se encargarían de copiar y replicar.

En el mundo audiovisual ocurrió algo semejante: a las versiones fílmicas de Vallejo y Franco se sumó una sucesión de narcotelenovelas, en un espectro que se tiende de El cártel de los sapos al Patrón del mal, donde figura ya el protagonista por excelencia de esta narrativa, Pablo Escobar, cuyas excentricidades estaban destinadas a convertirlo en el perfecto antihéroe de una serie televisiva. Narcos, producida por Netflix, es un paso más allá en un tema que había comenzado su ruta comercial con películas emblemáticas como Traffic (Soderbergh, 2000) y llega a la "comedia romántica cum narco" Escobar: Paradise Lost (Di Stefano, 2014), pasando por los anunciados proyectos de Oliver Stone (Escobar) y Joe Carnahan (Killing Pablo, basado en el espléndido libro de Mark Bowden).  

            Igual que los anteriores, Narcos, creada por Chris Brancato (el productor de Hannibal), está pensada para el público estadounidense, si bien ha sido rodada en inglés y español e involucra creativos y actores de varios países latinoamericanos en un esfuerzo por hacerse con el cada vez más lucrativo mercado de la región. De esta decisión derivan, quizás, sus mayores problemas. En primer lugar, la intrusiva y exasperante voz en off de un insulso agente de la DEA que no cesa de explicarnos, o más bien de explicarle al gringo medio que no tiene la idea de dónde está Colombia, hasta el menor detalle de su contexto político y social, así como las exóticas costumbres de los narcos -y en general de los latinoamericanos- en un tono tan condescendiente como banal.

            En su primera mitad, Narcos parece un documental de History Channel: cualquier guionista primerizo sabe que un narrador omnisciente que no se calla jamás, y cuyo tono carece de gracia, es capaz de arruinar hasta la trama más apasionante. La Babel latina tampoco ayuda a la verosimilitud: el brasiñeño Wagner Moura encarna con convicción a Escobar, pero su español paisa no deja de sonar forzado (resultaba mucho más sólido Andrés Parra en El patrón del mal). Peor parados lucen los mexicanos que intervienen en la serie, quienes no hacen el menor esfuerzo por adoptar el acento colombiano.

            La culpa quizás sea de José Padilha, el brasileño que dirigió el piloto, pero más bien refleja el desdén de las series estadounidense hacia América Latina: baste recordar cuando los fugitivos de Prison Brake llegan a México y se topan con una llama peruana o el narco chileno, y negro, de Beaking Bad). Hay que alabar el ritmo frenético y el buen desempeño de varios de los actores colombianos, pero en el fondo Narcos no es sino un intento de aprovecharse de un tema que inquieta cada vez más a los estadounidenses. Al final, sólo aporta su punto de vista en un ejercicio que apuntala la figura de Escobar como mito contemporáneo, pero que no se detiene a revelar que la culpa de que existan monstruos como él es de ese mismo país que dicta nuestra absurda prohibición de las drogas mientras sus habitantes se entretienen cada noche con la perversidad del capo.    

[Publicado el 16/9/2015 a las 18:07]

[Etiquetas: Narcoland; Narcos]

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Biografía

(México, 1968). Es autor de las novelas La paz de los sepulcros, El temperamento melancólico y En busca de Klingsor (premios Biblioteca Breve y Deux Océans-Grinzane Cavour). Con ella inició una "Trilogía del siglo XX", cuya segunda parte es El fin de la locura y la tercera No será la Tierra. También ha escrito las novelas cortas reunidas en el volumen Días de ira, así como Sanar tu piel amarga, El jardín devastado y Oscuro bosque oscuro. Es autor de los ensayos La imaginación y el poder, La guerra y las palabras, Mentiras contagiosas (Premio Mazatán al mejor libro del año 2008), El insomnio de Bolívar (Premio Debate-Casa de América 2009) y Leer la mente. En 2009 obtuvo el Premio José Donoso de Chile por el conjunto de su obra. Ha sido profesor en las universidades de Emory, Cornell, Las Américas de  Puebla, Pau, Católica de Chile, Nacional Autónoma de México y Princeton. Ha sido becario de la Fundación Guggenheim y miembro del Sistema Nacional de Creadores de México. Ha sido condecorado como Caballero de la Orden de Artes y Letras de Francia y con la Orden de Isabel la Católica de España. Fue director de Canal 22 entre 2007 y 2011. Es colaborador de los periódicos Reforma y El País. Sus libros han sido traducidos a veinticinco idiomas. En 2012 recibió el premio Planeta-Casa de América por su novela La tejedora de sombras. En 2014, publica su novela Memorial del engaño en América Latina y España y, para el año 2015, estará publicada en Brasil, Portugal, Italia y Francia. Actualmente es director general del Festival Internacional Cervantino. 
 

Bibliografía

Memorial del engaño (2014). Ediciones Alfaguara, España

Leer la mente (2011). Ediciones Alfaguara, España

No será la tierra (2006). Ediciones Alfaguara, España

Dos novelistas poco edificantes (2004). Volpi, Jorge; Urroz, Eloy. Algaida Editores, España

Geometric intimacies. Sebastián Sculptor (2004). Ediciones Turner, España

Geometría emocional. Sebastián escultor (2004). Ediciones Turner, España

La guerra y las palabras (2004). Editorial Seix Barral, España

El fin de la locura (2003). Editorial Seix Barral, España

Desafíos de la ficción (2002). Volpi, Jorge, [et. al.] Universidad de Alicante. Servicio de Publicaciones, España

En busca de Klingsor (2000). Círculo de Lectores, España

El juego del apocalipsis: un viaje a Patmos (2000). Nuevas Ediciones de Bolsillo. España

Tres bosquejos del mal (2000). Urroz, Eloy; Padilla, Ignacio; Volpi, Jorge. El Aleph Editores, España

 

 

 

 

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