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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

jueves, 28 de agosto de 2014

 Blog de Jorge Volpi

Dos crímenes

La primera muerte. Un joven de 18 años visita a su abuela en la ciudad dormitorio de Ferguson, en el norte de San Luis, Misuri. Como la mayor parte de los habitantes de su barrio, Michael Brown es negro y de escasos recursos. Ha terminado la preparatoria y está a punto de ingresar a Vatterot College. Según informaciones reveladas por la policía tras el incidente -lo que sus familiares y vecinos denunciaron como un torpe intento de justificación-, el muchacho pudo haber participado en el robo de cigarros minutos antes de toparse con el oficial Darren Wilson. Brown no tenía, hasta el momento, antecedentes penales. En cualquier caso, Wilson no estaba al tanto del supuesto hurto cuando disparó contra el muchacho. Seis veces. Cuatro en el cuerpo y dos en la cabeza, según la autopsia. El chico estaba, sin duda, desarmado.

            La segunda muerte. Un fotorreportero de 41 años de Rochester, NH. Después de colaborar distintos medios, James Foley empezó una carrera independiente que lo llevó a los escenarios bélicos más peligrosos del planeta. Ávido por documentarlos, en 2011 se adentró en Libia y fue detenido por fuerzas leales a Gadafi, las cuales no dudaron en asesinar a uno de sus colegas, Anton Hammerl. Foley permaneció 44 días en cautiverio. Una vez liberado, volvió a trabajar para GlobalPost y France Presse. En 2011 fue capturado en el noroeste de Siria cuando seguía la pista de otros periodistas secuestrados. Aquí las informaciones se tornan confusas: hay quien afirma que fue detenido por fuerzas leales a Bachar el-Assad y entregado al ISIS, el Estado Islámico de Irak y de Levante. En 2014, apareció un primer video: los yihadistas lo obligaban a pedir el cese de los bombardeos estadounidenses. Días después, otro: luego de que su gobierno se negase a pagar por su rescate, Foley fue decapitado.  

Dos muertes innecesarias. Dos muertes criminales. Dos muertes inútiles. Michael Brown y James Foley. Dos muertes que, de la manera más brutal posible, ponen en evidencia dos monumentales fracasos de Estados Unidos como nación y como potencia global. Cuando Barack Obama ganó las elecciones, se convirtió en un símbolo doble: el primer negro en llegar a la presidencia y el carismático orador que prometía sacar a su patria de las desastrosas campañas militares decretadas por su predecesor. Pero los símbolos difícilmente alteran la realidad.

Seis años después de la elección de Obama, las protestas por el asesinato de Michael Brown, y a continuación los brutales enfrentamientos entre los pobladores y la policía de Ferguson, ponen en evidencia que el problema racial en Estados Unidos no se ha cancelado sólo porque un negro hoy ocupe la presidencia. En esas depauperadas zonas del Medio Oeste, los negros siguen teniendo niveles de vida muchos peores que los blancos. La mayor parte de los internos en las cárceles son negros. La mayor parte de los criminales condenados a la pena capital son negros. Y las esperanzas de una vida mejor de la mayor parte de la población negra no han hecho más que descender.

Seis años después de la elección de Obama, Irak vuelve a ser un polvorín. Nadie duda de que Saddam Hussein era un dictador brutal, pero George W. Bush ordenó la invasión aduciendo los eventuales contactos de éste con Al Qaeda y otros grupos radicales. Lo cierto es que, si en 2002 apenas había yihadistas en Irak, la guerra los llevó allí, donde ahora no sólo controlan importantes zonas del país, sino que se han vuelto aún más cruentos y radicales. En otras palabras: la infausta incursión estadounidense en Irak provocó justo lo que se proponía evitar.

Por supuesto, Obama no es el culpable de este doble fracaso. La dinámica social -y racial- de las zonas más pobres de país, por un lado, y la imprevisión y la hubris de los republicanos en su aventura levantina, por el otro, han acabado por ser mucho más poderosos que las edificantes palabras del primer presidente negro. Lo terrible es que, si hace seis años parecía que su admirable retórica podría cambiar el mundo, hoy quedan pocas esperanzas de que sea así. Más allá de su paulatina recuperación económica tras la Gran Recesión, Estados Unidos se halla sumido en una devastadora crisis. Un país cada vez más incapaz de resolver los problemas de sus habitantes más desfavorecidos -para empezar, millones de afroamericanos e inmigrantes sin papeles- y de recomponer esa zona del mundo que, debido a su infausta incursión, se ha vuelto más fanática y violenta que nunca.

 

Twitter: @jvolpi

 

[Publicado el 24/8/2014 a las 17:53]

[Etiquetas: Foley; Brown; Ferguson; Obama]

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Aires escoceses

Tras un accidentado periplo desde que zarparon del puerto de Leith, en el este de Escocia -a fin de no ser avistados por sus vecinos del sur-, las cinco naves al mando del capitán Thomas Drummond por fin recalaron en la desembocadura del río Darién el 2 de noviembre de 1698, en la zona más tórrida de Panamá, a fin de instalar la primera colonia escocesa en territorio americano, a la que bautizarían como Caledonia. Temiendo un ataque de los españoles de la Nueva Granada, Drummond ordenó construir un fuerte que resguardase la bahía, erigido bajo la invocación de San Andrés, y en torno al cual habría de establecerse la capital, Nueva Edimburgo.

            Puesta en marcha por el financiero William Paterson bajo el ejemplo de la Compañía Inglesa de las Indias Orientales, la Compañía de Escocia a duras penas había conseguido el apoyo del parlamento, mientras que el rey Guillermo II -a la sazón también soberano de Inglaterra- había decidido no involucrarse para evitar un conflicto con España. No obstante, en medio de la crisis que azotaba al país desde hacía décadas, Paterson despertó la codicia de sus pares, quienes no dudaron en aportar 400 mil libras esterlinas (unos 60 millones de dólares actuales) con la idea de controlar el jugoso tránsito de mercancías entre el Atlántico y el Pacífico -el mismo principio que, al cabo de dos siglos, impulsaría a Estados Unidos a apoyar la independencia de Panamá. 

            Desprovistos de agua y pertrechos, y diezmados por la malaria, 300 colonos escoceses (de los 1200 que habían llegado) se vieron obligados a abandonar la bahía de Caledonia en julio de 1699 sin saber que una segunda expedición había partido de Leith con otros mil hombres. Cuando éstos arribaron a Panamá en noviembre, Nueva Edimburgo se hallaba en ruinas, devorada por la selva. Tras reconstruir el fuerte de San Andrés, los escoceses fueron atacados por las tropas españolas, que a la postre consiguieron su rendición incondicional a principios de 1700.

            El "esquema del Darién" tendría profundas repercusiones: aunque Escocia e Inglaterra compartían monarca desde que Jaime IV heredara el trono de su prima Isabel I en 1603, las dos naciones conservaban sus propias instituciones políticas. Humillados y en quiebra a raíz del desastre de Panamá, a los escoceses no les quedó más remedio que aceptar los términos impuestos por los ingleses para incorporarse al Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda conforme a la ley de unión de 1706.

Desde entonces, y hasta que en 1999 fue reinstalado un parlamento local con poderes limitados, Escocia fue gobernada directamente desde Londres. Las reivindicaciones nacionalistas, sin embargo, nunca cesaron, amparadas en la poderosa cultura del país -en especial su legendaria tradición musical y literaria de raíces gaélicas- y, cuando en 2011 el Partido Nacional Escocés de Alex Salmond se hizo con la mayoría del parlamento, éste no dudó en exigir una consulta sobre la independencia. Tras una tensa negociación, el gobierno conservador británico de David Cameron aprobó la celebración de un referéndum el próximo 18 de septiembre.

            En estos días de húmedo verano, en Edimburgo y Glasgow no parece hablarse de otra cosa: mientras quienes optan por el a la independencia no se cansan de exhibir el déficit democrático ante la baja representación escocesa en el Parlamento de Buckingham y de referirse a la riqueza petrolera del mar del Norte que podría beneficiarlos, los partidarios del no señalan los desequilibrios económicos de la región, su dependencia de la Unión Europea y el aislamiento que sufriría un país formado por poco más de cinco millones de habitantes.

            Si bien las encuestas muestran un rápido crecimiento del , éste parece haberse estancado en torno al 40 por ciento de los votos. Aun así, más allá del resultado, el referéndum se presenta como un avance mayúsculo en el seno de la Unión Europea. El destino de otras regiones, de Cataluña al País Vasco y de Córcega a la Padania parecería depender de lo que ocurra en esta lluviosa zona del norte de Europa. Aunque es muy probable que los escoceses prefieran quedarse en el Reino Unido -con competencias ampliadas-, otros países podrían aprender mucho de la experiencia. Mientras en España el gobierno de Mariano Rajoy se ha negado de plano a una consulta en Cataluña, la apertura de Londres muestra que quizás la mejor forma de contener el nacionalismo sea permitiendo que los ciudadanos discutan y decidan libremente su futuro.

 

Twitter: @jvolpi

 

[Publicado el 17/8/2014 a las 17:38]

[Etiquetas: Referéndum; independencia; Escocia; Cataluña]

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La muerte del padre

"Y la muerte, que yo siempre había considerado la magnitud más importante de la vida, oscura, atrayente, no era más que una tubería que revienta, una rama que se rompe con el viento, una chaqueta que cae de la percha al suelo." Con esta reflexión intencionalmente anodina concluye La muerte del padre de Karl Ove Knausgård, el primer volumen de la saga autobiográfica que, con el frívolo título general de Mi lucha (Min kamp en noruego), se ha convertido en el último gran éxito de crítica en Estados Unidos -y en el resto del planeta. 

            Como cuenta Tim Parks en su blog del New York Review of Books, cada cierto tiempo aparece en el mercado estadounidense un autor de culto que, rescatado de entre el miserable tres por ciento de libros traducidos al año en aquel país, genera un repentino furor en su claustrofóbico ambiente literario, deslumbrado ante cosmovisiones que son percibidas como radicalmente originales o exóticas. En las últimas décadas, el Umberto Eco de El nombre de la rosa, W.G. Sebald, Haruki Murakami y Roberto Bolaño se han convertido en esos sucesivos fenómenos mediáticos, y cientos de páginas -o de comentarios en redes sociales- los han encumbrado como piezas centrales del star-system cultural, sin que nadie allá repare, por supuesto, en las tradiciones que los amparan. Y, si a ello se suman sus muertes prematuras, como con Sebald o Bolaño, su aura de mitos no hace sino incrementarse.

            Tras la erudita intriga medieval del italiano, las pausadas caminatas del alemán, la fantasía pop del japonés o la crueldad poética del chileno, ahora corresponde el turno a la morigerada -e infatigable- vena memorialística del noruego, quien a lo largo de seis volúmenes (hasta ahora han aparecido dos en español y tres en inglés), y cerca de tres mil páginas, revisa exhaustivamente distintos pasajes de su vida en un estilo severo y frío: justo lo que se espera de un nórdico. "Ensalzada unánimemente por la crítica", como recalcan las reseñas, la traducción al inglés del último libro de Knausgård no ha logrado sin embargo vender más de veintidós mil ejemplares, demostrando, como advierte Parks, que a veces el entusiasmo de escritores y críticos -como Jonaham Lethem, Jeffrey Eugenides o Zadie Smith, algunos de los principales árbitros del gusto en el ámbito anglosajón- no llega a contagiar a sus lectores.

            Confieso que, a diferencia de los demás escritores de la lista, cuyas obras en un momento u otro no han dejado de sacudirme, la obra de Knausgård no sólo me deja indiferente, sino que me provoca un vago hastío. La desmesurada comparación empleada para promoverlo ("el Proust del siglo XXI") me parece tramada en función del número de páginas de su proyecto y no de la profundidad con que contempla su entorno -una especialidad del francés- o siquiera a sí mismo. Plagada de lugares comunes, farragosas descripciones de hechos insulsos -más que descripciones hiperrealistas, como se ha dicho-, diálogos banales e intuiciones primarias, la vida de Knausgård no alienta ni conmueve, no irrita ni trasciende la estereotípica existencia de un noruego de clase media. Un amigo, cuyas opiniones literarias siempre respeto, me dijo que Knausgård "puede contar veinte páginas de ir al baño como si fuera una odisea homérica", pero yo no he sabido distinguir nada épico en cien folios dedicados a contar cómo un joven se las ingenia para comprar unas cervezas.

            El que haya terminado de leer La muerte del padre justo un par de días después de la muerte de mi propio padre quizás entorpezca aún más mi juicio, pero desde el inicio me resultó incomprensible el frenesí en torno a esta nueva entrega de lo que me atreveré a llamar, malévolamente, "literatura Big Brother", no por su parentesco con Orwell, sino con el reality show homónimo: Knausgård nos obliga a observarlo, casi en tiempo real, como si su conducta fuese una película vacua, sin hondura, diseñada apenas para nuestro consumo voyeurista. Aquí y allá, de pronto, brota algún destello, un pensamiento que, en su afán de parecer natural, llega a despabilarnos, pero en medio de tal caudal de paja que el esfuerzo resulta vano. El único elemento auténticamente trágico del libro -la degradación y aniquilación alcohólica del padre- queda sepultado bajo los lloriqueos y la palabrería de un hijo que, incapaz de entenderlo o siquiera de intentarlo, sólo se preocupa por exhibirse a sí mismo. Quizás ese egoísmo extremo, tan del gusto de nuestra época, sea la razón de su éxito.

 

Twitter: @jvolpi

[Publicado el 10/8/2014 a las 14:00]

[Etiquetas: Knausgaard]

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Explosiones

Jorge Volpi y Solis, in memoriam

 

El vuelo comercial 655 había salido con veinticinco minutos de retraso de su base y se dirigía hacia su destino cuando un misil tierra-aire SM2-MR lo hizo estallar en mil pedazos, provocando la muerte de 274 pasajeros -incluyendo 66 niños- y los 16 miembros de su tripulación. Los atacantes apenas tardaron en reparar en su error: en vez de deshacerse de una nave militar, habían disparado contra un avión civil que sobrevolaba la zona de conflicto. En medio de las tensiones bélicas de la zona -una de las más conflictivas del planeta-, las partes de inmediato procedieron a acusarse mutuamente, enfriando todavía más sus relaciones diplomáticas.

            El incidente, que en mucho recuerda al ocurrido hace unas semanas en el este de Ucrania, donde otro vuelo comercial, el 17 de Malaysian Airlines, fue derribado por otro misil -que en este caso provocó la muerte de 283 pasajeros y 15 miembros de su tripulación-, ocurrió el 3 de julio de 1988, en el estrecho de Ormuz. El vuelo 655 pertenecía a Iran Air, y fue derribado por un proyectil lanzado desde el portaviones USS Vincennes cuando realizaba un trayecto entre Bandar Abbas y Dubái. El escenario era la guerra entre Irán e Irak, en la cual Washington apoyaba subrepticiamente a Saddam Hussein. Pese a que según todos los reportes el vuelo 655 transmitía en la frecuencia reservada a la aviación civil, Estados Unidos jamás reconoció su equivocación o la negligencia del capitán William Rogers III -el entonces vicepresidente George Bush llegó a afirmar que su país "jamás pediría disculpas"- y sólo en 1996 accedió a retribuir ex gratia a los familiares de las víctimas.

A un cuarto de siglo, la situación parece repetirse: en medio de los enfrentamientos entre los rebeldes y las tropas leales a Kiev en la provincia de Donetsk -o en la República Popular de Donetsk-, el derribo del vuelo 17 de Malaysian Airlines se presenta como un nuevo error criminal y una vez más las partes se acusan una a otra. Tras el incidente, el presidente Obama señaló que todos los indicios conducen hacia los independentistas apoyados por Moscú, mientras que los rebeldes insisten en que ellos no cuentan con misiles tierra-aire capaces de derribar a un avión en vuelo.

Más allá de que, en efecto, la autoría parezca ser de los rebeldes -en un claro error pues, a diferencia de lo ocurrido en Irán, aquí no habría ninguna razón para atacar un avión malayo-, el caso del MH17 ha servido para crispar aún más las relaciones entre Estados Unidos y Rusia en lo que muchos perciben como una nueva "guerra fría". Justo cuando China se alza como su mayor rival, las dos viejas potencias nucleares vuelven a enfrascarse en una confrontación soterrada en los mismos escenarios de la primera y la segunda guerra mundiales: no es casual que diversos analistas se apresuren a invocar sus fantasmas.

Igual que en 1988, la verdad queda escondida detrás de las versiones de unos y otros. Sin duda, tras una época en que Vladímir Putin intentó devolverle a Rusia su papel internacional con iniciativas multilaterales como el G-8, su nostalgia por la antigua Unión Soviética se ha exacerbado. Tras las humillación de ver a sus antiguos vasallos del Pacto de Varsovia sumarse a la OTAN, lo único que no podía tolerar es que las antiguas repúblicas soviéticas, y menos Ucrania, la "Pequeña Rusia", escapasen a su control. Pero también es cierto que la demonización que el líder ruso sufre en los medios occidentales -no han faltado quienes lo comparan con el káiser Guillermo o con Hitler- responde a una torpe política hacia las antiguas repúblicas soviéticas que jamás ha tomado en cuenta sus peculiaridades históricas, culturales o lingüísticas.   

Aunque nos fascinen los paralelismos, la anexión Crimea no se parece a la de los Sudetes. El talante autoritario de Putin es abrumador, pero sus delirios de grandeza son más realistas que los de Hitler o Stalin y él mismo no parece saber qué hacer con los rebeldes, quienes en efecto hablan ruso y se identifican culturalmente con sus vecinos -y vieron drásticamente limitados sus derechos con el gobierno prooocidental de Kiev- pero que, según todas las encuestas, en su mayoría prefieren permanecer en Ucrania. En estos días, Estados Unidos y la Unión Europea han incrementado las sanciones contra Rusia, aumentando la escalada en un marco económico global sumamente frágil. El riesgo está, pues, en saber hasta dónde arrinconar a Putin sin provocar que la explosión del MH17 detone muchas otras.

 

Twitter: @jvolpi

 

 

 

[Publicado el 03/8/2014 a las 22:54]

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Sin voz

Primero, los miles de niños centroamericanos que, tras ser vejados en nuestro territorio, han intentado cruzar la frontera sólo para terminar hacinados en hechizos campos de detención. Luego, los (hasta ahora) 147 niños asesinados en Gaza durante la ofensiva israelí contra Hamás. A continuación, el niño asesinado en Puebla por una cápsula lacrimógena durante los enfrentamientos entre la policía y los manifestantes de San Bernardino Chalchihuapan. Y, por último, los cientos de niños que vivían en condiciones miserables, más cercanas a las de un reformatorio que a las de un albergue, en La Gran Familia, el orfanato regenteado por Rosa Verduzco ostentosamente desmantelado por fuerzas estatales y federales en Zamora, Michoacán, hace unos días.

El término "infante" deriva de la voz latina infans, suma de la partícula privativa in- y del participio del verbo for: es decir, aquel que es mudo, aquel que no puede hablar. Y así ha sido a lo largo de estas turbias semanas: mientras nosotros no nos cansamos de hablar de ellos, de hablar por ellos, de defenderlos o de justificar los abusos en su contra, todos estos niños permanecen mudos, o peor, hablan pero nos resistimos a oírlos, preferimos elaborar mil teorías y justificaciones para limar los maltratos que han padecido, para olvidar sus sufrimientos o sus muertes, para aplacar nuestras conciencias.

En la frontera, los niños migrantes son tratados como criminales sólo porque quieren reunirse con sus padres, porque aspiran a una vida mejor, y se les interna en jaulas, auténticas jaulas en improvisados galerones, porque nadie los quiere cerca, porque familias, sí, familias enteras en Texas se han manifestado para que esa plaga no se aproxime a ellos, y el gobernador Perry incluso ha llamado a la Guardia Nacional, el ejército del país más poderoso del mundo, a luchar contra esta amenaza, esta legión de niños indeseables, niños cuyas historias nadie escucha, niños silenciados, niños invisibles. 

En Gaza, los niños muertos son daños colaterales -nuestro eufemismo favorito aunque ya apenas enmascare-, o víctimas de sus propios padres terroristas, o al menos de sus padres que han votado por los terroristas -el argumento del estado de Israel-, y poco importa que sean inocentes, porque su inocencia es un incómodo pretexto, o que algunos de ellos sólo estuviesen jugando en una playa, o que Yunis Baker, quien sobrevivió al resto de su familia, en verdad se haya vuelto mudo tras observar las muertes de sus hermanos. Porque mientras nosotros seguimos hablando y condenando o justificando la Operación Margen Protector, otros niños, cuyos nombres jamás recordaremos, seguirán hablando y muriendo sin que los oigamos.

En Puebla, una ley apoyada por todos los grandes partidos permite el uso de la fuerza para contener las protestas cívicas, y entonces en los combates entre las comunidades que bloquean la carretera y los policías enviados para desalojarlas, otra vez un niño es la víctima colateral, José Luis Tehuatlie, hagamos un esfuerzo por recordar su nombre, por memorizar su nombre, quien muere a causa de una inocua bala de goma, un proyectil que primero lo vuelve un vegetal y luego lo mata. Y nosotros seguimos hablando, o firmando manifiestos -para apoyar a Mamá Rosa, por ejemplo-, mientras ese niño en efecto ya no podrá hablar más nunca.

Y luego están esos niños rescatados de la calle por uno de esos líderes carismáticos que tanto encandilan a los intelectuales, quien los mantenía encerrados en un correccional -otro de esos espacios cerrados de poder descritos por Foucault-, sometidos a su arbitrio y sus arbitrariedades, sin que nadie, ni el estado ni sus ilustres visitantes, se dieran jamás a la tarea de escucharlos, de oír sus quejas o sus dolores, porque era mejor alabar la piadosa labor de Mamá Rosa, esa mujer dispuesta a hacer lo que nadie quiere hacer, aunque eso represente el heroico -y demencial- propósito de tener una familia de 4 mil niños adoptados a su nombre.

Poco importa que Mamá Rosa en realidad haya creado un régimen autoritario en miniatura, bajo las mismas premisas de cualquier dictador amoroso -de Castro a Chávez-, porque lo que importaba era que nosotros, todos nosotros, pudiésemos hablar de ella, y de nuestras buenas intenciones compartidas, y de nuestra amistad con la Líder Suprema, y de la confianza que nos otorgaba la Líder Suprema, mientras los niños, sus niños, hablaban sin que nadie los oyera y sin que nadie, aún hoy, esté dispuesto a oírlos.   

 

Twitter: @jvolpi

 

 

 

[Publicado el 27/7/2014 a las 17:07]

[Etiquetas: Niños; frontera; Gaza; Puebla; Ley Bala; Mamá Rosa; La Gran Familia]

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De Washington a Shanghái

Tras el bombardeo japonés a Pearl Harbor y su incorporación al bando aliado, a fines de 1942 Estados Unidos inició una ronda de conversaciones bilaterales con el Reino Unido a fin de planear el escenario económico del planeta tras la eventual -aunque todavía lejana- derrota del Eje. Para encabezar su misión, Gran Bretaña eligió a su especialista más reputado, el gran John Maynard Keynes, al tiempo que Washington optaba por el subsecretario del Tesoro, Harry Dexter White. En un episodio propio de una de las películas de propaganda de entonces, Keynes y White se reunieron varias veces a ambos lados del Atlántico, protagonizando una auténtica guerra dentro de la guerra.

            Encumbrado como el economista más notable del siglo XX, Keynes presentó un plan de acción tan ambicioso como impracticable en el que, asumiendo el punto de vista de las naciones deudoras -como la suya-, proponía la creación de una Unión Internacional de Compensación con amplios poderes multilaterales para regular las cuentas de los países miembros, así como la utilización de una moneda de intercambio única, llamada en algún momento bancor. Por su parte, White asumió la perspectiva de las naciones acreedoras -Estados Unidos en primerísimo término- e impulsó la creación de una institución más modesta, el Fondo Monetario Internacional, basada en un sistema de cuotas que correspondería a la importancia geopolítica de sus integrantes.

            Hacia fines de 1943 se volvió claro que, más allá de las brillantes intuiciones de Keynes -a las que muchos han querido retornar tras la Gran Recesión del 2008-, Estados Unidos terminaría imponiendo el Plan White frente a una Inglaterra vista ya como potencia de segundo orden. Así, cuando en julio de 1944 se reunieron delegados de casi medio centenar de países en el Hotel Mt. Washington, en New Hampshire, fue para firmar los acuerdos diseñados por White y su equipo. Para distintos observadores, la creación del Fondo Monetario Internacional y del Banco para la Reconstrucción y el Desarrollo (el Banco Mundial) estuvo marcada desde ese momento por la decisión de Estados Unidos de convertirlos en instrumentos de su política exterior. Nada casual, pues, que ambas instituciones fijaran su sede en Washington.

Dos años después, en la Conferencia de Savannah, el propio Keynes advirtió: "Lo peor que podría pasarle a los mellizos sería que un hada malévola, un Hada Carabina, los maldiga. Su maldición sería la siguiente: Ustedes, hermanitos, se convertirán en políticos. [...] Si los mellizos llegaran a transformarse en políticos, lo mejor que podría pasarles sería caer en un sueño eterno." Paradójicamente, para entonces White -quien no tardaría en ser acusado de entregar información confidencial a los soviéticos- compartía el mismo temor: las instituciones de Bretton Woods, diseñadas bajo el espíritu idealista de contribuir a la paz mundial, habían sucumbido a la maldición keynesiana y se comportaban ya como meras herramientas del poder estadounidense. Desde entonces, el FMI y el BM jamás han dejado de ser vistos como apéndices de Washington y, en las últimas décadas, como severos gestores del modelo neoliberal impuesto en todo el orbe. En su momento, si bien White logró que el embajador soviético firmase los acuerdos, Stalin se resistió a ratificarlos aduciendo la misma razón.

Ahora, justo cuando se cumplen 70 años de Bretton Woods, las cinco mayores potencias emergentes, China, Rusia, India, Brasil y Sudáfrica -los llamados BRICS-, que concentran una cuarta parte del PIB mundial, se han reunido en Fortaleza con el objetivo de crear una institución que haga frente a los viejos organismos financieros internacionales, a los cuales acusan de falta de representatividad y de eficacia. El Nuevo Banco de Desarrollo (NDB), dotado de inicio con 100 mil millones de dólares, tendrá su sede natural en Shanghái.

Igual que ocurrió en 1944, la creación de este banco refleja el nuevo reparto del poder en el planeta. Para muchos, los BRICS en su conjunto son una simple pantalla de China, quien poco a poco arrebata a Estados Unidos el control unilateral del mundo tras la destrucción del bloque soviético. Nada queda, aquí, del idealismo de la posguerra. Keynes sabría perfectamente que, desde el inicio, la maldición del Hada Carabina se cierne sobre el reluciente NBD, que encarna la tardía -y lógica- revancha de las naciones que el sistema de Bretton Woods jamás tomó en cuenta.

 

Twitter: @jvolpi

[Publicado el 20/7/2014 a las 18:01]

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El demonio de los libros

Quienes lo han tratado de cerca coinciden en su juicio: calvo, con orejas puntiagudas y ojillos penetrantes cuando no cínicos, Jeff Bezos (1964) irradia un magnetismo apabullante: no la suficiencia de los geniecillos de Sillicon Valley o la arrogancia de los multimillonarios de Wall Street, sino un aura de profeta. Sus carcajadas se han vuelto tan temidas como los arrebatos con que humilla a sus subordinados: dos rasgos mosaicos que cultiva con esmero. Y si para sus admiradores -y millones de consumidores de Amazon- es un visionario capaz de entregar casi cualquier producto más barato y más rápido que nadie, para sus enemigos -las grandes editoriales, así como miles de autores y agentes- es un villano que, con la excusa de beneficiar al público, está dispuesto a destruir los cimientos de la cultura del libro: es decir, de la cultura.

            Su célebre excusa -"lo  que le ocurrió a la industria del libro no fue Amazon, sino el mundo digital"- no ha bastado para que su imagen resulte menos polémica. Y su reciente batalla contra el grupo francés Hachette, uno de los cinco grandes editores presentes en Estados Unidos, no ha hecho sino polarizar aún más su figura: mientras un nutrido grupo de estrellas literarias publicó una carta para denunciar las burdas presiones que ejerce sobre sus detractores -Amazon dilata la entrega de libros electrónicos e impide órdenes de compra-, numerosos autores digitales lo han defendido frente a los abusos de las editoriales convencionales.

            Tal como cuenta Brad Stone en The Everything Store (editado por Little, Brown, filial de Hachette y por tanto sometida a los castigos de Amazon, si bien yo pude comprarlo en Kindle y recibirlo en un minuto), Bezos fue un niño superdotado cuyo sueño era llegar al espacio siguiendo el ejemplo de sus héroes de Star Trek: no es casualidad que hoy también sea dueño de Blue Origin, compañía dedicada a la exploración aeronáutica, o que haya instalado una lanzadera en su rancho de Texas. Su ambición fue siempre desmedida: una prueba es que su apuesta por Amazon no se debió a su amor por los libros sino a un cálculo puramente comercial.

            Como sea, Amazon es otro de los nombres insignia de nuestro tiempo, al lado de Google, Microsoft, Apple o Facebook, y se acerca cada vez más a ser la "tienda de todo" que Bezos imaginó en su juventud: se calcula que apenas un 7 por ciento de su facturación es de libros -imposible confirmarlo dada la secrecía de la empresa-, si bien controla un alto porcentaje de la venta de ejemplares en papel y más del 50 por ciento del libro digital gracias al Kindle. Su filosofía, la de pensar siempre en el consumidor final, ha sido llevada al extremo y en efecto no hay empresa más eficiente a la hora de entregar un libro -o unos calcetines, o una cama matrimonial- de manera inmediata y al mejor precio. Sólo Amazon ha permitido que cualquier lector ávido logre escapar de su entorno inmediato para tener de pronto acceso a millones de títulos: el sueño de Borges. Nada ha transformado tanto nuestra vida intelectual como esta posibilidad ilimitada.

            Por desgracia, su eficiencia lo ha hecho crecer hasta conseguir una cuota de mercado suficiente para pulverizar a la competencia e imponer condiciones oprobiosas a los pequeños actores -y a sus propios empleados. La quiebra de Borders, la segunda cadena de librerías en Estados Unidos, o las dificultades de Barnes & Noble son consecuencia de esta política (si bien antes las editoriales independientes también fueron amenazadas por estos gigantes). Amazon exige precios irrisorios a los pequeños editores sin temor a despedazarlos y, por si no bastara, su algoritmo para recomendar libros está amañado a favor de quienes ceden a sus presiones en vez de basarse en al historial de búsqueda del usuario.

            Hoy, miles de escritores y críticos dibujan a Bezos como un nuevo Ciudadano Kane pero, a diferencia de nuestros líderes monopólicos, ha sido un verdadero innovador que, con su mirada puesta en el consumidor final, ha quebrado las fronteras intelectuales como pocos. En el proceso, su poder ha crecido de forma monstruosa: es allí donde corresponde intervenir al estado, como ya ha ocurrido en Francia o la República Checa. En vez de demonizarlo, tendríamos que exigirle a nuestros gobernantes que lo vigilen y regulen de cerca para que los beneficios al lector común final no sirvan de pretexto para aniquilar la diversidad de nuestro de por sí frágil ecosistema literario.

 

Twitter: @jvolpi

[Publicado el 13/7/2014 a las 16:14]

[Etiquetas: Bezos; Amazon]

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Los últimos

En la narrativa del Sueño Americano, los Padres Fundadores diseñaron una nación en la que todos los hombres habrían de ser iguales ante la ley -siempre y cuando fueran eso, hombres y no mujeres, blancos y heterosexuales. En realidad, la historia de la democracia estadounidense es el desgarrador relato de cómo poco a poco, a través de sangrientas pugnas, batallas cívicas y legales, encarcelamientos y pérdidas de vidas, quienes fueron originalmente excluidos a causa de su sexo, el color de la piel, sus orígenes raciales o sus preferencias sexuales han conseguido el reconocimiento de sus derechos. 

            Las victorias nunca han sido fáciles: los anglosajones protestantes hicieron hasta lo imposible para nadie les arrebatase su predominio. Primero, lograron que la constitución no descartase la esclavitud y hubo que esperar hasta la Guerra de Secesión para que ésta se aboliese. Aun así, debió transcurrir casi un siglo más para que de manera efectiva los negros dejasen de ser segregados. Entretanto, miles de nativos americanos fueron exterminados y sus descendientes enfrentan azarosas condiciones de vida en sus reservas. El que aún hoy haya quien vea en el color de piel de Obama su mayor triunfo es una prueba de que el racismo sigue arraigado en buena parte de la sociedad estadounidense.

            Las mujeres también tuvieron que esperar hasta principios del siglo XX para que se le reconociese su derecho al voto y, otra vez, no fue sino hasta que los poderosos movimientos feministas de los sesenta dieron paso a una igualdad efectiva en el campo laboral y familiar, aunque el pleno dominio sobre su cuerpo no llegó hasta la célebre sentencia Roe vs. Wade, que legalizó el aborto voluntario: una conquista que la derecha conservadora sigue empeñada en revertir. Los homosexuales, por su parte, continúan siendo distintos frente a la ley, por más que en los últimos años hayan logrado el reconocimiento para contraer matrimonio y la capacidad de adoptar en algunos estados -lo mismo que ocurre en México.

            Pero hoy, a principios del siglo XXI, ningún grupo humano sufre una mayor discriminación que los hispanos -mexicanos y centroamericanos- que permanecen en territorio estadounidense "sin papeles". Una nueva llaga en la narrativa del Sueño Americano: mientras que Estados Unidos se vanagloria de haber recibido a los millones de inmigrantes -esencialmente europeos blancos- que llegaron a la Costa Este, jamás le concedió ese estatuto a los mexicanos que ya se encontraban en sus tierras desde la guerra de 1847, o a quienes comenzaron a llegar en grandes oleadas para trabajar en los campos agrícolas (con los chinos pasó algo semejante). Los mexicanos quedaron excluidos de la condición de inmigrantes: siempre fueron vistos como "trabajadores temporales" imposibles de asimilar. Seres de segunda que jamás se beneficiarían de los privilegios de la ciudadanía.

            Durante mucho tiempo, cruzar la frontera sin papeles no era un delito hasta que, preocupada por la intrusión de "elementos extraños", la derecha impulsó su criminalización. Tras el Programa Bracero, las restricciones se volvieron cada vez más ásperas y nunca se reconoció el tiempo de estancia de los mexicanos -o los centroamericanos- como ocurrió con los demás inmigrantes. Los "sin papeles" ni siquiera son ciudadanos de segunda: no existen. Doce millones de personas discriminadas a diario -los únicos chistes racistas que se admiten son contra ellos-, desprovistas de derechos, condenadas a la invisibilidad y a la zozobra, con hijos nacidos en Estados Unidos o crecidos allí -los Dreamers-, o con hijos en sus países de origen: los miles de menores que atraviesan México y se estancan en la frontera.

            La "reforma migratoria" es más que eso: un acto de justicia hacia los últimos de los últimos. Uno de los grandes dramas de nuestro tiempo radica en que la derecha conservadora -y los energúmenos del Tea Party- impidan cualquier avance. Obama, elegido con el apoyo hispano, hasta ahora los ha traicionado: nunca hubo tantas deportaciones como en su mandato. Pero su excusa se acaba: de allí que al fin se haya decidido a dictar una orden ejecutiva para paliar esta tragedia que debería importarnos a todos. Hoy, la mayor fuente de discriminación en el planeta se justifica a partir del lugar en el que han nacido azarosamente las personas. Estados Unidos jamás será la "tierra de los libres" hasta que le conceda un trato verdaderamente igual a todos los seres humanos -incluidos quienes no tienen papeles.

 

Twitter: @jvolpi

[Publicado el 06/7/2014 a las 19:26]

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La gran familia mexicana

Imaginemos esta escena. De la noche a la mañana, la prensa nos informa que en el Senado de la República se ha creado la Comisión del Idioma. "¿Del idioma?", pregunta un atónito periodista. "Del español", aclara el vocero de la comisión, "el idioma que el pueblo mexicano utiliza para comunicarse." "¿Y cuál es su objetivo?", interviene otro reportero. "En nuestra región, el español es el idioma que prefiere una abrumadora mayoría de ciudadanos. Es obligación del Senado velar por este importante patrimonio inmaterial." El primer periodista mira con sorpresa al vocero: "¿Y las lenguas indígenas?" El vocero se relame: "Las lenguas indígenas no son usadas por la mayoría de mexicanos a los que represento", y se da media vuelta.

            Imaginemos una segunda escena. De la noche a la mañana, la prensa nos informa que en el Senado de la República se ha creado la Comisión de la Religión y el Desarrollo Humano. "¿De la religión?", pregunta un atónito reportero. "De la religión católica", responde el vocero de la comisión. "La religión mayoritaria del pueblo mexicano". Otro reportero lo encara: "¿Y quienes profesan otras religiones?" El vocero se relame: "La mayor parte de los mexicanos practica el catolicismo. Nuestra misión es velar por sus derechos. Pero por supuesto esta comisión es plural y democrática, y permitirá discutir abiertamente el tema. Es obligación del Estado velar por las creencias del noventa por ciento de los mexicanos."

            Y podríamos seguir. Imaginar que en el Senado de la República se crea una Comisión de la Esclavitud. Es decir: una comisión en donde se discuta, democráticamente, sobre si valdría la pena reinstaurarla. O una Comisión sobre el Problema Indígena. Esto es: una comisión -con todos los recursos materiales y humanos que conlleva, y que pagamos con nuestros impuestos- que aliente la participación ciudadana para que todos podamos expresar nuestro punto de vista sobre si los indígenas son inferiores al resto de los mexicanos y, en consecuencia, si debería parecernos natural limitar sus derechos.

            Por absurdas o delirantes que suenen, estas escenas no son muy distintas a la que en estos días protagoniza el Senado de la República al crear una Comisión de la Familia y el Desarrollo Humano -con todos los recursos materiales y humanos que conlleva, y que pagamos con nuestros impuestos- para velar por la familia tradicional porque es la que practica, según sus estadísticas, una abrumadora mayoría de mexicanos. Porque es la única que garantiza la reproducción (como si sólo estuviéramos en el mundo para eso). Y, en realidad, porque es la defendida por los sectores más duros de la Iglesia. 

"¿Y quienes no se acomodan a ese tipo de familia?", han cuestionado analistas, reporteros, ciudadanos comunes y dirigentes de asociaciones contra la discriminación. La respuesta se halla implícita en el nombre elegido para la mencionada comisión y los argumentos usados para defenderla: ésta es una instancia democrática, no discriminaremos a nadie, todo el mundo podrá ofrecer su punto de vista, pero la familia-familia es solo una, etc., etc. 

            Los avances sociales -y éticos- de una sociedad se encuentran justo en esas materias de las que ya no se puede hablar. Decir, y decir desde una posición de poder, que cualquier tema puede ser discutido es lo contrario de un avance democrático: una aberración y un pretexto para discriminar a quienes no piensan o actúan como nosotros (o la "abrumadora mayoría"). Así como ya resulta impensable discutir si los negros o los indígenas son inferiores, también debería resultar impensable discutir sobre la inferioridad de otras personas a causa de sus preferencias sexuales o a su estado civil. Hablar de una Familia es, ni más ni menos, como hablar de una Religión: un resabio medieval que sigue llegando a nosotros por obra y gracia de la Iglesia.

            La obligación de cualquier Estado democrático no es velar por lo que quiere la mayoría, así sea del 99 por ciento, sino asegurar que todas las personas sean tratadas de forma equivalente. Es lamentable que el Senado de la República y en particular los miembros de los partidos que no pertenecen a la derecha conservadora no se den cuenta del daño que le hacen al país al permitir la existencia de una comisión como ésta. No existe la Gran Familia Mexicana: lo que existe una gran variedad de familias y la obligación del Estado consiste en proteger a cada una de ellas -en especial de quienes creen que sólo existe Una.

 

Twitter: @jvolpi

 

 

[Publicado el 29/6/2014 a las 16:51]

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Geopolítica del narco

Desde que el 11 de diciembre de 2006 el gobierno mexicano declaró la guerra contra el narco, el discurso público mexicano se vio infestado de toda suerte de metáforas bélicas, al tiempo que el territorio nacional se fragmentaba en regiones ("plazas") sujetas al control de diversos grupos criminales (llamados forzosamente "cárteles") y se producían decenas de miles de muertes, entre ellas un alto porcentaje de civiles ("daños colaterales"), en un proceso que provocó que nuestro de por sí precario estado de derecho se viese anulado al perderse cualquier frontera entre lo legal y lo ilegal.

La transformación radical del país en un periodo tan corto -si bien podríamos rastrear sus orígenes hasta 1994- nos dejó tan anonadados que apenas hemos reparado en que lo ocurrido no sólo respondió al capricho del presidente en turno, con su obsesión maniquea por destruir a los villanos que asolaban al país, sino a la mutación estratégica posterior a la desaparición del bloque comunista en 1991, así como a las nuevas prioridades geopolíticas de Estados Unidos. De pronto la multiplicidad de los árboles -la avalancha de homicidios, secuestros y desapariciones- nos impidió observar el bosque: ese nuevo escenario en el que México, con todos sus conflictos, se convertía en un laboratorio bélico para el siglo XXI.

Uno de los mayores méritos de Campo de guerra (Anagrama, 2014), de Sergio González Rodríguez, consiste en analizar el narcotráfico desde esta perspectiva geoestratégica, mostrando con lucidez la forma como el mapa de México se transformó en el último lustro a partir de las nuevas tensiones generadas no sólo por las batallas entre los distintos grupos criminales, y entre éstos y los variados cuerpos de seguridad, sino de la miríada de conflictos que nos ubican como un siniestro teatro de operaciones en el centro de las pugnas planetarias. Tras el fallido El hombre sin cabeza (2009), González Rodríguez vuelve a ofrecer en este ensayo un enfoque valiente y novedoso para referirse a las grandes amenazas de nuestra era, como ya había hecho en Huesos en el desierto (2002).

A partir del análisis de buen número de informes (oficiosos y formales) preparados tanto por las agencias de seguridad de México y Estados Unidos como por consultorías y organismos internacionales, González Rodríguez muestra cómo la presión de Washington fue determinante para la militarización de México y, más que eso, para que su territorio fuese administrado por el Comando de América del Norte como una de las antiguas marcas del imperio carolingio: una zona fronteriza, limítrofe con la barbarie, al margen de toda legalidad, que habría de servir como contenedor de las amenazas provenientes de otras partes del planeta.

"La inestabilidad mexicana tiene que ver con un factor infrecuente entre los analistas", se aventura a escribir González Rodríguez: "el interés del Pentágono en acrecentar, a través de la CIA, la manipulación al interior de los grupos criminales". El argumento se repite en varias ocasiones a lo largo del libro: "El horizonte para México indica la normalización de la violencia comunitaria, el fortalecimiento del estado represivo y la implantación de la máquina de guerra como resultado de ser el traspatio de EE.UU." Más allá de la corrupción de nuestros cuerpos de seguridad, o de la infiltración de las redes del narco en todas las áreas de nuestra vida pública, la estrategia geopolítica de Estados Unidos hacia la región, cuyo epítome es la Iniciativa Mérida, ha desempeñado un papel determinante en la desarticulación del Estado (o, como lo llama González Rodríguez, valiéndose quizás con demasiada frecuencia de una jerga esforzadamente filosófica, "an-Estado").

             La conversión de México en este nuevo campo de guerra, anómalo y amorfo, ha provocado que los ciudadanos pierdan esta condición; a partir de allí, González Rodríguez los estudia en un inventario -claro homenaje a "La parte de los crímenes" del 2666 de Roberto Bolaño- que exhibe cómo el sometimiento del cuerpo/persona de las víctimas funciona como metáfora de nuestra degradación civil. Sometidos a los intereses geoestratégicos estadounidenses y a las pugnas económicas y políticas de la red formada por los criminales y quienes los combaten, concluye, nuestra libertad cívica ha quedado reducida al mínimo. En el escenario bélico que esconde el nuevo orden global, México despierta la triste impotencia que uno experimenta al pasear por los campo de batalla del pasado.

 

Twitter: @jvolpi

 

 

[Publicado el 22/6/2014 a las 17:42]

[Etiquetas: González Rodríguez; Campo de guerra; guerra del narco]

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Biografía

(México, 1968). Es autor de las novelas La paz de los sepulcros, El temperamento melancólico y En busca de Klingsor (premios Biblioteca Breve y Deux Océans-Grinzane Cavour). Con ella inició una "Trilogía del siglo XX", cuya segunda parte es El fin de la locura y la tercera No será la Tierra. También ha escrito las novelas cortas reunidas en el volumen Días de ira, así como Sanar tu piel amarga, El jardín devastado y Oscuro bosque oscuro. Es autor de los ensayos La imaginación y el poder, La guerra y las palabras, Mentiras contagiosas (Premio Mazatán al mejor libro del año 2008), El insomnio de Bolívar (Premio Debate-Casa de América 2009) y Leer la mente. En 2009 obtuvo el Premio José Donoso de Chile por el conjunto de su obra. Ha sido profesor en las universidades de Emory, Cornell, Las Américas de  Puebla, Pau, Católica de Chile, Nacional Autónoma de México y Princeton. Ha sido becario de la Fundación Guggenheim y miembro del Sistema Nacional de Creadores de México. Ha sido condecorado como Caballero de la Orden de Artes y Letras de Francia y con la Orden de Isabel la Católica de España. Fue director de Canal 22 entre 2007 y 2011. Es colaborador de los periódicos Reforma y El País. Sus libros han sido traducidos a veinticinco idiomas. En 2012 recibió el premio Planeta-Casa de América por su novela La tejedora de sombras. En 2014, publica su novela Memorial del engaño en América Latina y España y, para el año 2015, estará publicada en Brasil, Portugal, Italia y Francia. Actualmente es director general del Festival Internacional Cervantino. 
 

Bibliografía

Memorial del engaño (2014). Ediciones Alfaguara, España

Leer la mente (2011). Ediciones Alfaguara, España

No será la tierra (2006). Ediciones Alfaguara, España

Dos novelistas poco edificantes (2004). Volpi, Jorge; Urroz, Eloy. Algaida Editores, España

Geometric intimacies. Sebastián Sculptor (2004). Ediciones Turner, España

Geometría emocional. Sebastián escultor (2004). Ediciones Turner, España

La guerra y las palabras (2004). Editorial Seix Barral, España

El fin de la locura (2003). Editorial Seix Barral, España

Desafíos de la ficción (2002). Volpi, Jorge, [et. al.] Universidad de Alicante. Servicio de Publicaciones, España

En busca de Klingsor (2000). Círculo de Lectores, España

El juego del apocalipsis: un viaje a Patmos (2000). Nuevas Ediciones de Bolsillo. España

Tres bosquejos del mal (2000). Urroz, Eloy; Padilla, Ignacio; Volpi, Jorge. El Aleph Editores, España

 

 

 

 

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