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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

sábado, 19 de abril de 2014

 Blog de Jorge Volpi

La sonrisa de Rumsfeld

A lo largo de dos horas -y podemos asumir que en las treinta y cuatro que duró la charla- no hace otra cosa que sonreír. A veces sonrisas punzantes, a veces discretas, y en la mayor parte de los casos irónicas. Sonrisas llenas de certezas. De vanidad. De suficiencia. Sólo en un momento, hacia el final de la cinta, a Donald Rumsfeld se le quiebra la voz e incluso deja escapar unas lágrimas para mostrarse frágil y humano. ¿Acaso toda la entrevista es producto de una soberbia actuación? ¿El antiguo secretario de Defensa de George W. Bush merecería un Óscar por su interpretación de sí mismo?

            Si The Unknown Known -la traducción pierde su fuerza en español: Lo desconocido conocido-, el documental de Errol Morris en torno a la figura de Rumsfeld, resulta fascinante no es porque su protagonista realice una sola declaración espectacular o porque alcancemos a vislumbrar sus contradicciones internas y menos un atisbo de redención, como ocurría en The Fog of War (2003) con otro secretario de Defensa caído en desgracia, Robert McNamara, sino justo por lo contrario: la invulnerabilidad de uno de los hombres de poder más influyentes de las últimas décadas frente al juicio de la Historia.

            La entrevista, qué duda cabe, es un combate. Frente a la cámara, el político que hará hasta lo imposible por justificarse, decidido a no mostrar el menor signo de agonía -con la forzada excepción del final- frente a los embates de Morris, a quien considera su enemigo. Y detrás de la cámara, el cineasta que, con el bagaje de su documental previo, intentará que, en un descuido o en un instante de hubris o soberbia, Rumsfeld muestre su auténtica naturaleza. Si hubiera que señalar un ganador de la contienda, en principio habría que pensar que es Rumsfeld: pese al acoso del entrevistador, quien no duda en mostrarle las evidencias de sus mentiras, el antiguo secretario de Defensa se mantiene impertérrito, ajustado militarmente al guion que él mismo ha escrito para sí. Aunque al final la victoria quizás no sea del todo suya...

            Aunque The Unknown Known (2013) parte de los miles de memorandos que Rumsfeld dictó durante sus años en el Pentágono -incluyendo aquellos en los que puja por intervenir en Irak o en los que aprueba las tácticas de tortura conocidas como "interrogatorio mejorado"-, en realidad se extiende a lo largo de toda su carrera, desde sus inicios como joven congresista republicano hasta su ascenso como secretario de Defensa de Gerald Ford, y desde su batalla contra George Bush padre para convertirse en vicepresidente de Ronald Reagan hasta su regreso al primer círculo del poder, con el hijo del anterior, de la mano de su antiguo asistente, Dick Cheney. El retrato, lleno de tintes shakespereanos, recuerda al Frank Underwood de House of Cards: un hombre absorbido por el ansia de poder, capaz de cualquier cosa con tal de salirse con la suya y desprovisto de cualquier sombra de culpa. La coherencia, en cualquier caso, es absoluta: el Rumsfeld que en la administración Ford perseguía a toda costa el aumento de presupuesto militar para amedrentar a los soviéticos es el mismo Rumsfeld que se empeñó en invadir Irak para mantener los intereses geoestratégicos de Estados Unidos en Medio Oriente.

            Y es aquí donde se encuentra el meollo del documental, en esa invasión que fue producto de uno de los engaños más grandes del siglo: Saddam Hussein, como ahora sabemos, no poseía armas de destrucción masiva. Frente a esta verdad, Rumsfeld articula su teoría de lo desconocido conocido: "hay cosas que sabemos, cosas que sabemos que no sabemos y cosas que no sabemos que sabemos, pero también hay cosas que creemos saber, aunque al final nos damos cuenta de que no". Un juego de palabras que sirve como metáfora del infinito juego de silogismos y trampas verbales con las que Rumsfeld se escuda una y otra vez para no asumir la menor responsabilidad por sus errores.

            Sin embargo, al final es esa sensación de observar una fortaleza inexpugnable lo que termina por resultar más esclarecedor del personaje -y del régimen que lo llevó a la cima. Una camarilla que, cegada por la ideología y la ambición, no dudó en torcer no sólo el lenguaje, sino la lógica y la moral, para cumplir sus objetivos. Que su estrategia se revelase como un gigantesco desastre -Afganistán e Irak en peor estado que antes de la guerra y Estados Unidos con mucha menos fuerza y prestigio- no les impide permanecer seguros de sí mismos. Ni sonreír sin pudor.

              

Twitter: @jvolpi

 

[Publicado el 13/4/2014 a las 17:19]

[Etiquetas: Unknown Known; Errol Morris; Donald Rumsfeld]

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Sin compromiso

¿Existe aún la literatura política? ¿O toda la literatura es política? Y, si toda literatura es política, ¿entonces al cabo no lo es ninguna? En No tan incendiario (Periférica, 2014), la escritora española Marta Sanz (Madrid, 1967), una de las voces más lucidas de su generación, se formula estas preguntas en una batería destinada a incomodar a sus pares más que a ofrecer respuestas claras o argumentos irrefutables. Su ensayo surge del malestar: la sensación de que, mientras nuestro entorno social se degrada sin remedio, el discurso neoliberal todo lo impregna de maneras soterradas (o bien visibles) y la desigualdad no hace sino acentuarse, los escritores se han vuelto incapaces no ya de reflejar este entorno en sus ficciones, sino de tomar ningún partido frente a ellas.

            Fatigados de que durante buena parte del siglo XX los artistas se viesen obligados a defender "buenas causas" que en numerosas ocasiones se revelaban como máscaras para las dictaduras ocultas bajo el socialismo real, y de que pergeñasen un sinfín de textos plagados de reivindicaciones ideológicas que ahora se han vuelto ilegibles, la mayor parte de los escritores de nuestro tiempo parece haber renunciado a cualquier atisbo de compromiso. A partir de la caída del Muro de Berlín, atreverse a usar la literatura para señalar o acusar se volvió primero anacrónico, luego hilarante y al cabo patético. Hoy, escribe Sanz, "la literatura política se interpreta siempre en clave de panfletarianismo". Pero "es una interpretación interesada".

            Lo sabemos: uno de los mayores triunfos de esa revolución que hemos dado en llamar neoliberal (o neoconservadora), consistió no sólo en presentarse como una no-ideología -un puro alarde de administración técnica- sino en convencer a los ciudadanos de la banalidad de la política. Barajando un sinfín de ejemplos que exhibían sus infinitos males -de la insensatez de nuestros líderes a la corrupción generalizada-, los gestores del discurso dominante consiguieron su objetivo: sociedades asqueadas de sus gobernantes que se desentienden de ellos y los dejan libres de cualquier vigilancia.

            Así se fraguó la despolitización que nos caracteriza: embrutecidos por toda suerte de espectáculos -más circo que pan-, los individuos se concentraron exclusivamente en sí mismos, ajenos a cualquier asunto que sonase a "solidaridad" o "humanismo". Lo peor es que los escritores, hasta entonces asumidos como defensores de los desprotegidos, se convirtieron en entusiastas voceros de esta visión. De allí que, a partir de los años ochenta, el momento en que el neoliberalismo de Reagan y Tatcher se prepara para su asalto final, las novelas políticas pasasen de moda, sustituidas por tramas intimistas o de género, asépticamente ajenas a cualquier pulsión política. "La ideología hegemónica idealiza y aísla el yo como si el yo no formase parte de un nosotros", escribe Sanz.

            Frente a los grandes frescos heredados de la generación del Boom, las novelas posteriores renunciaron a asumirse como espejos sociales para presentarse como meros testimonios del individualismo -del egoísmo- omnipresente. De un lado, sus autores se concentraron en historias mínimas, cuanto más fragmentarias y "anoréxicas" más celebradas por la crítica, o bien en metaficciones que, más allá de su saludable experimentación lingüística, renunciaron a fijarse en lo real. Porque, queriéndolo o no, los escritores responden con sus historias, y las estrategias que emplean para contarlas, a la ideología hegemónica de cada momento, sea para enfrentarse a ella o, más frecuentemente, para dispersarla. A nuestra era neoliberal, apenas escocida por la crisis del 2008, le corresponde esta narrativa neutra, individualista, fragmentaria y libresca o, en el otro extremo, convertida en un puro producto comercial al servicio de los nuevos lectores, auténticos tiranos del gusto a los que es obligatorio complacer.

            ¿Cómo ser hoy un novelista comprometido? Según Sanz, la clave estaría en hallar discursos que, en vez de complacer a ese lector que sólo busca disfrutar de lo que conoce y de lo que exige como consumidor, vuelvan a estremecerlo y perturbarlo. En seguir la consigna de Marguerite Yourcenar y asumir que, hoy más que nunca, nos faltan realidades. Y en no asustarse a la hora de perseguir una escritura política -una literatura que, en vez de ser política por su ausencia de política, vuelva a ser una "forma de conciencia de la vida", capaz de "intervenir en el mundo".

 

Twitter: @jvolpi

 

 

 

[Publicado el 06/4/2014 a las 16:34]

[Etiquetas: Marta Sanz]

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Unir y desnuir

Durante una sesión solemne celebrada el 1º de mayo de 1707 en el Palacio de Westminister, los antiguos parlamentos de Inglaterra y Escocia dejaron formalmente de existir para dar vida al nuevo Parlamento de la Gran Bretaña, de acuerdo con el Tratado de Unión del 22 de julio de 1706. Si bien las dos naciones habían compartido monarca desde que Jacobo VI de Escocia heredase el trono de Inglaterra a la muerte de su prima Isabel I —adoptando el nombre de Jacobo I—, habían conservado sus respectivas instituciones y una soberanía casi absoluta sobre sus asuntos internos. De este modo, aunque la unión se celebró de forma voluntaria, muy pronto aparecieron las voces críticas que consideraban que Escocia había pasado a convertirse en una dependencia de Londres. (Hoy, cuenta con una considerable autonomía).

 

            Ese mismo año de 1707, el nuevo rey de España, Felipe V de Anjou, firmó los Decretos de la Nueva Planta que suprimieron los fueros que habían disfrutado los reinos de la Corona de Aragón tras su unión dinástica con Castilla derivada del matrimonio de los Reyes Católicos en 1469. En este caso, la medida no derivó de un acuerdo más o menos amistoso, sino de la Guerra de Sucesión en la cual Cataluña, Valencia y Baleares apoyaron a Carlos de Austria, el odiado rival de los borbones, el cual finalmente sería derrotado en 1710 (aunque los castellanos sólo se harían con el control de Barcelona en 1714). A partir de su implantación, los Decretos le arrebataron a Cataluña sus privilegios y la sometieron a los designios de Madrid hasta que en 1975 se convirtió en una comunidad autónoma con enormes competencias propias.  

            Luego de tres siglos, escoceses y catalanes se aprestan a celebrar sendas consultas para determinar sus deseos de pertenecer a Gran Bretaña y España o de decantarse por la independencia. Pese a la coincidencia temporal —el referéndum en Escocia está convocado para septiembre, mientras que el de Cataluña podría celebrarse en noviembre—, las diferencias entre ambos procesos son enormes, primero porque el escocés ha sido aceptado a regañadientes por Londres, mientras que Madrid considera que el catalán es ilegal (o, en el mejor de los casos, carente de cualquier consecuencia jurídica), y segundo porque los sondeos vaticinan una derrota de los independentistas en Escocia, que se quedarían en torno al 35%, y su victoria en Cataluña, donde recibirían en torno al 60% de los votos.

Así, mientras el XIX fue el siglo de las reunificaciones (y las expediciones coloniales) derivadas del moderno nacionalismo que acababa de nacer, y el XX el de la descolonización articulada a partir de idénticos principios, el XXI se revela como el siglo de la desunión, como si el pacífico divorcio de la República Checa y Eslovaquia —con el ominoso trasfondo de la desintegración de Yugoslavia— fuese el máximo anhelo al que pueden aspirar sociedades como la catalana o la escocesa (o la vasca, o la bretona o la padana).

Aunque los nacionalismos sean unos de los monstruos más perniciosos surgidos al término de la Guerra Fría, su fuerza actual no sólo deriva de las ideologías excluyentes ferozmente enquistadas en distintas partes de Europa o de la crisis económica, sino de la incapacidad de las élites nacionales para negociar en condiciones de igualdad con las élites locales (y viceversa), en lo que supone más bien un lamentable enfrentamiento entre nacionalismos equivalentes. Basta escuchar cómo hablan numerosos dirigentes madrileños de sus contrapartes catalanas para entender la popularidad del independentismo, del mismo modo que basta con escuchar cómo se refieren numerosos dirigentes catalanistas a sus contrapartes “madrileñas” —jamás dirían españolas— para justificar el centralismo. 

            Más allá de sus resultados, las aventuras independentistas de Escocia y Cataluña ponen en evidencia tanto la fragilidad de las identidades nacionales  —a fin de cuentas ficciones al servicio de unos cuantos— como la perversidad de un sinfín de políticos que no han encontrado mejor forma de acrecentar su popularidad que exacerbando los prejuicios más arraigados de sus electores. El vacío de nuestro discurso político, incapaz de articular nuevos modelos de sociedad en frente a la devastadora crisis del capitalismo que nos aqueja, es el responsable de que, en plena era de la globalización, se derrochen tantas energías en defender banderas, himnos e insignias que no traen a la memoria más que los ecos de infinitas batallas y de sangre.  

 

Twitter: @jvolpi

[Publicado el 30/3/2014 a las 10:10]

[Etiquetas: Cataluña; Escocia; nacionalismo]

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La extinción de los intelectuales

El 23 de octubre de 1968, el suplemento La Cultura en México publicó al fin, luego de la llamada “tregua olímpica” impuesta el día 12 en realidad un periodo de censura extrema, el poema que semanas antes Octavio Paz había dirigido a los coordinadores del programa cultural de la Olimpíada. Apenas el 18 de octubre se había hecho pública su renuncia a la embajada en la India, y las voces afines al régimen no cesaban de vituperarlo.

“México: Olimpíada de 1968” incluía algunalíneas poderosamente explícitas(Los empleados/ Municipales lavan la sangre/ En la Plaza de los Sacrificios) y habría de convertirse en un ejemplo para muchos de los poetas más relevantes de laépoca, como José Emilio Pacheco, Gabriel Zaid, José Carlos Becerra, Marco Antonio Montes de Oca o Juan Bañuelos. En el ambiente de represión posterior all 2 de octubre,sus versos fueron el más abierto desafío contra el gobierno.

La renuncia de Paz encarnó uno de los momentos más brillantes de la tradición del intelectual público en México. Siguiendo el modelo iniciado en 1898 por Émile Zolacon su célebre J’accuseel poeta usó todo su prestigio para señalar los abusos del poder. Desde entonces, la figura del escritor comprometido adquirió cada vez mayor prestigio en nuestro país, y la carrera personalidades tan disímbolas como Fuentes, Zaid, Monsiváis o Poniatowska se fraguó en buena medida gracias a la legitimidad alcanzadaen el 68. De hecho, el poder simbólico de los intelectuales se volvió tan grande que lospolíticos de entonces nunca dejaron de verlos con una rara mezcla de temor, admiracióndesprecio.

Estperverso sistema, en el cual los intelectuales fungían como guías morales de la sociedad, siempre dispuestos a exhibir los abusos de un gobierno que a su vez se esforzaba en complacerlos o neutralizarlos, comenzó a extinguirse en el 2000. Pordisfuncional que haya resultado nuestra transición a la democracia, acarreó una drástica mutación en el modelo de autoridad. Como revela el caso extremo del 68, durante la larga época del autoritarismo priista los intelectuales eran casi las únicas voces disidentes, y sus opiniones eran escuchadas tanto por los círculos de poder como por laspequeñas élites ilustradasSus palabras adquirían, pues, un carácter netamenteperformativo y tenían claros efectos en la realidad.

  A partir del 2000, con una sociedad cada vez más abierta y plural, ese rol de gurú o de oráculo se erosionó drásticamente. Las razones son múltiplesPrimero, los medios de comunicación se abrieron poco a poco a otras voces, en especial de quienesse presentan como auténticos expertos en la agenda pública, hitoriadoressociólogos,politólogos y economistas. O bien se dio lugar a opinadores profesionalesopinócrataslos llama Jorge Castañedacuya celebridad no se basa en su obra artística o científica, sino en el éxito social de esas mismas opiniones.

En segundo término, tras el vago interludio de Fox con el Grupo San Ángel, los gobiernos sucesivos ya nunca sintieron esa morbosa fascinación hacia los intelectualesde sus predecesoresen tanto que muchos de éstos comenzaron a acercarse más al poder económico qual político. En tercer lugar, mientras que los escritores de las últimas generaciones nacidos de los sesenta en adelante dejaban de escribir sobre asuntosde interés público, sus maestros inevitablemente han ido desapareciendo (de quienesbrillaron en el 68, sólo quedan Zaid y Poniatowska). Y, por último, la proliferación deblogs y el auge de las redes sociales ha provocado que locomentarios sobre temaspúblicos hayan dejado de ser bienes escasos, como en el 68, para convertirse en una moda omnipresente.

Ninguna de las opiniones de escritores, artistas o científicos que hoy circulan en los medios (incluida por supuesto esta columna) alcanzan siquiera de lejos la relevanciaque tuvieron hace apenas unas décadas. Y quizás esté bien que así sea: el modelo delintelectual engagé respondía a una época de autoritarismo ahíta de figuras admirables. Hoy, la opinión pública se modela de forma más plural, más caótica, más interactiva. Aunque sin duda hay pérdidas: basta leer cualquier artículo de Paz de Fuentes, Zaido Monsiváis, para saber que, si acaso hemos ganado en precisión o variedad, sin duda hemos perdido en términos de estilo. De ese gran estilo que, en el pasado reciente, les servía a nuestros grandes escritores para desmenuzar la realidad e incordiar al poder.

 

Twitter: @jvolpi

 

 


[Publicado el 23/3/2014 a las 13:14]

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Triste Guerra Fría

Poco después de que el 4 de noviembre de 1956 dos columnas de tanques penetrasen en Budapest a fin de aplastar la revuelta que buscaba sustraer a Hungría del Pacto de Varsovia, Estados Unidos y sus aliados se apresuraron a condenar la maniobra -con escasa vehemencia, pues casi al mismo tiempo Francia y Gran Bretaña habían irrumpido por la fuerza en el Canal de Suez-, exigiendo el retiro de las tropas soviéticas. En las siguientes semanas, la retórica del "mundo libre" se tornó cada vez más inflamada, al tiempo que el control soviético sobre su satélite se volvía un fait accompli. Pese a los intentos de llevar el caso a Naciones Unidas y de formar una comisión que investigara los hechos, el temor a una conflagración atómica impedía que Occidente pudiese intervenir en el ámbito de influencia de su antiguo aliado.

            No es casual que la reciente invasión de Crimea parezca resucitar los fantasmas de esos tiempos: por primera vez desde la eclosión de la URSS, Rusia ha decidido apoderarse de facto del territorio de una nación soberana mientras Estados Unidos y la Unión Europea se conforman con anunciar débiles represalias. A la hora de analizar el conflicto, la mayor parte de los analistas fijan sus miradas en Vladímir Putin, a quien presentan como una suerte de matón profesional que, sin eludir su condición de agente del KGB, se muestra obsesionado con devolverle a Rusia su antiguo imperio a cualquier costo. Las mismas voces que hace unos meses celebraban su habilidad para impedir la incursión de Estados Unidos en Siria -la cual incluso le granjeó su nominación al Nobel de la Paz-, ahora lo presentan como el único responsable de la crisis. Pero, tal como ha demostrado desde que sustituyó al errático Borís Yeltsin, Putin no es ni un palurdo ni un demente. Al contrario: pocos hombres de poder se han acomodado mejor al nuevo orden multipolar.

            En cualquier caso, las diferencias entre esta nueva Guerra Fría y la original son demasiado profundas. A diferencia de entonces, hoy Rusia no representa un modelo ideológico contrario al de Occidente, sino su paradójica exacerbación. Cuando la URSS se autodestruyó en 1991, Rusia y sus antiguas dependencias fueron el mayor campo de ensayo de la utopía neoliberal encabezada por Ronald Reagan y Margareth Tatcher. Allí, más que en ninguna otra parte, los mercados fueron dejados a su arbitrio, libres de cualquier regulación, al tiempo que el estado era reducido al mínimo. El resultado: un caos sin freno que enriqueció a unos cuantos oligarcas y acentuó pavorosamente la desigualdad social.

            No fue sino hasta la llegada de Putin que Rusia recuperó la estabilidad de la mano de un feroz capitalismo de estado incapaz de tolerar la menor disidencia (de allí la venganza contra un antiguo aliado como Jodorkovski). Desde entonces, Putin se ha dedicado a reforzar su autoridad mediante un hábil equilibrio entre la intimidación y la benevolencia. La invasión de Crimea debe ser entendida en esta lógica: un golpe de mano para indicarle a Estados Unidos y la Unión Europea que la época en que podían extraer de su esfera a sus antiguas dependencias -como ocurrió con sus vasallos de Europa del Este y luego con los países bálticos- ha llegado a su fin.

            Sólo que la recuperación de Crimea, que hoy celebra un referéndum que sin duda ganarán los partidarios de la unión con Rusia, podría revertírsele a Putin más pronto de lo que imagina. Usar el ejemplo de Kosovo para justificar la secesión de la península resulta demasiado peligroso si se toma en cuenta que existen decenas de nacionalidades en el ámbito de la Federación, empezando por los chechenos, las cuales ahora podrían invocarlo con idéntica legitimidad. Por no hablar de la suspicacia y el recelo que habrán de acentuarse en las antiguas repúblicas soviéticas que hoy siguen dependiendo económicamente de Moscú, sobre todo en Asia Central. Por ello, a la hora de juzgar la actuación de los hombres providenciales, siempre vale la pena recurrir a otro ruso, Liev Tolstói. Quizás Putin sea el motor de los drásticos cambios que se verifican hoy en esa parte del mundo pero, tal como le ocurrió al Napoleón de Guerra y Paz, ni siquiera el estratega más astuto es capaz de adivinar las consecuencias últimas de sus actos. Tal vez hoy Ucrania pierda Crimea, pero nadie pone en duda que la invasión de Hungría en 1956 fue el germen de la irremediable descomposición -no sólo política, sino moral- que al cabo terminó por destruir a la URSS.            

 

Twitter: @jvolpi

[Publicado el 16/3/2014 a las 16:29]

[Etiquetas: Rusia; Crimea; Putin]

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Ecos de Crimea

 "Media legua, media legua/ media legua ante ellos./ Por el valle de la Muerte/ cabalgaron los seiscientos./ ‘¡Adelante, brigada ligera!/ ¡Cargad los cañones!, dijo./ Por el valle de la Muerte/ cabalgaron los seiscientos." Así comienza la célebre Carga de la brigada ligera de Lord Tennyson, publicada el 9 de diciembre de 1854, para conmemorar la heroica (y bastante inútil) derrota sufrida por este cuerpo británico durante la batalla de Balaclava. No era, por supuesto, la primera vez que se otorgaba un aura épica a la derrota de unos cuantos valientes contra un ejército más numeroso -piénsese en las Termópilas, Numancia o, de ácida memoria para nosotros, El Álamo-, pero los versos de Tennyson, aún recitados de memoria por los niños ingleses, contribuyeron a fijar en la imaginación la Guerra de Crimea (1853-1856) como uno de los primeros conflictos auténticamente modernos.

            Gracias a las líneas telegráficas trenzadas desde el Mar Negro hasta Londres o París, por primera vez se tenían noticias frescas de lo que sucedía en los apartados campos de batalla, al tiempo que las crónicas de algunos de los primeros reporteros de guerra, como William Russell del Times, contribuyeron a que sus horrores modificasen la percepción sobre el conflicto y a que Florence Nightingale y Mary Seacole, desarrollando nuevas técnicas de enfermería, se desplazasen hasta Crimea para atender a los heridos (si bien sus hazañas serían magnificadas por la prensa, inaugurando las nuevas vías de la propaganda bélica).

            Hoy, mientras las tropas enviadas por Vladímir Putin controlan por la fuerza la península y los líderes locales se aprestan a aprobar un referéndum que podría devolver Crimea a la jurisdicción rusa, resulta imposible no escuchar los ecos de aquellas refriegas. Aunque los analistas insistan en que la nostálgica reconstrucción del espacio soviético es el motor que anima al líder ruso, quizás sus decisiones tengan un sustrato más remoto, en lo que suena a una venganza contra los poderes occidentales que a mediados del siglo xix derrotaron al zar Nicolás I y, en el Tratado de París de 1856, le impusieron duras sanciones a su sucesor, Alejandro II.

            Entonces como ahora, Rusia consideraba que su ámbito natural de influencia se extendía a las naciones limítrofes del Imperio y no toleraba que Occidente se entrometiese con ellas. Así, con el argumento de defender a los cristianos ortodoxos que vivían en el desfalleciente Imperio Otomano (un pretexto no muy distinto al esgrimido hoy para defender a los rusos de Crimea), Nicolás I no dudó en invadir las provincias de Valaquia y Moldavia. En su condición de potencia global dominante, Gran Bretaña -el equivalente contemporáneo de Estados Unidos- por su parte no podía permitir que Rusia se abalanzase sobre los turcos, poniendo en peligro su hegemonía en Medio Oriente.

            En este contexto, pese a la mediación diplomática de Francia, Prusia y Austria -tan inútil como la de la Unión Europea-, el enfrentamiento se volvió inevitable. Valiéndose de su poderosa flota naval apostada en Sebastopol, Rusia no dudó en atacar a los otomanos en el escenario del Mar Negro, sólo para que sus fuerzas terminasen arrolladas por la alianza de éstos con ingleses, franceses y piamonteses (que mandaron una fuerza expedicionaria sólo para quedar bien con los segundos). Al cabo de tres años de combates, desarrollados no sólo en Crimea sino en el Báltico, el Danubio y en el Pacífico, Nicolás I murió inesperadamente -otros dicen que se suicidó- y Rusia fue obligada a firmar una paz humillante, que le prohibía apostar a su flota en la península, estatus que habría de mantenerse hasta la derrota francesa de 1871 a manos de Prusia.   

            Para los rusos, desde que Catalina II conquistara el Janato de Crimea en 1783, la región es parte indisoluble de su territorio y el breve lapso que va de 1954 a 2014 en que ha formado parte de Ucrania debido a una cuestionable decisión de Nikita Jruschov, no es sino un error. Con una población mayoritariamente rusa -en torno al 60%, según el último censo-, no parece probable que Putin ceda en sus pretensiones de volver a anexarse Crimea o, en el peor de los casos, de contar con un gobierno títere como en Abjazia y Osetia del Sur. Esta vez el Kremlin sabe que, a diferencia de lo ocurrido en el siglo xix, hoy parece casi imposible que Estados Unidos y la Unión Europea hagan algo más que imponerle sanciones económicas, las cuales apenas empañarán su histórica revancha.

 

Twitter: @jvolpi

[Publicado el 09/3/2014 a las 17:03]

[Etiquetas: Crimea; Ucrania; Rusia; Putin]

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El director y la pianista

Si algo singulariza la carrera de la pianista venezolana Gabriela Montero (Caracas, 1970) ha sido su interés por revitalizar el casi extinto arte de la improvisación clásica. Al menos hasta mediados del siglo xix, esta práctica estaba firmemente anclada en la tradición occidental y figuras como Mozart, Beethoven o Liszt eran tan apreciadas por sus obras como por su capacidad inventiva. En las décadas siguientes, la improvisación desaparecería casi por completo de este repertorio para asociarse con el jazz (y después con la música contemporánea). De allí el furor con que son acogidos los recitales de Montero, en los cuales no duda en valerse de temas de compositores canónicos -o populares- para demostrar su excepcional imaginación musical.

            Hace unas semanas, Montero -quien vive en Estados Unidos-, dejó la improvisación pianística y, frente a los hechos de violencia que se suceden en su patria, se atrevió a dirigir una dura carta a José Antonio Abreu, el fundador de El Sistema, el admirable modelo de orquestas juveniles que tanto bien le ha hecho a la sociedad venezolana, y sobre todo a Gustavo Dudamel (Barquisimeto, 1981), la mayor estrella del proyecto, actual director de la Orquesta Simón Bolívar y de la Filarmónica de Los Ángeles.

En su carta, Montero afirma: "Ayer, mientras decenas de miles de manifestantes pacíficos marcharon en Venezuela para expresar su frustración, dolor y desesperación por el derrumbe total cívico, moral, físico, económico y humano de Venezuela, y mientras el gobierno, milicias armadas, Guardia Nacional y policía atacó, asesinó, hirió, encarceló e hizo desaparecer muchas víctimas inocentes, Gustavo y Christian Vázquez dirigían sus orquestas celebrando el Día de la Juventud y los 39 años del nacimiento de las orquestas. Tocaron un concierto mientras su pueblo fue masacrado." Y concluye: "No más excusas. No más ‘los artistas están por encima de todo'. No más ‘Hagámoslo por los niños'."

            En un breve comunicado, Dudamel respondió a las acusaciones afirmando que El Sistema debe mantenerse por encima de la política, pues su labor es fundamental para Venezuela. Luego, cuestionado por la prensa a su regreso a a Los Ángeles, emitió un segundo comunicado donde afirmó: "La música es nuestro lenguaje universal de la paz y por esa razón lamentamos los acontecimientos de ayer [...] Con nuestros instrumentos en la mano le decimos no a la violencia y un abrumador sí a la paz".

            El tono de la respuesta -calificado por sus críticos como propio de una miss Venezuela- no ha calmado los ánimos, sobre todo si se suma a otros dos momentos que parecerían reflejar la cercanía de Dudamel con el régimen: cuando apareció en la primera transmisión de la cadena RCTV, recién expropiada por el gobierno, y cuando se apresuró a saludar a Maduro tras las muy cuestionadas elecciones de 2013. Celebrado en el marco de la polarización que sacude a su país, la polémica entre la pianista y el director de orquesta conduce inevitablemente al viejo debate sobre el papel que los grandes artistas -y sobre todo los grandes artistas mediáticos, como Dudamel- han de desempeñar frente a sus sociedades.

            Nadie duda que El Sistema, creado mucho antes del chavismo pero abrazado por él, es uno de los programas sociales más exitosos del planeta, al tiempo que la Orquesta Simón Bolívar y figuras como Dudamel se han convertido en la mejor cara del país, y un enfrentamiento entre éste y el gobierno de Maduro de seguro tendría impacto en su funcionamiento, pero esta consideración pragmática no debería ser determinante para juzgar al director. Frente a los claros hechos de represión orquestados por Maduro -ahora también documentados por Montero en un video-, muchos esperarían que Dudamel condenase firmemente la violencia en vez de enroscarse en su vago discurso a favor de la paz.

            Si bien Dudamel preferiría mantenerse al margen de la política, su relevancia internacional le impide pasar inadvertido. Estar contra la violencia, en abstracto, no significa nada; si de plano buscaba no desafiar al gobierno, quizás hubiese bastado con que lamentase las muertes concretas producidas por la represión o que hiciese un mínimo gesto musical hacia ellas. En circunstancias extremas, la neutralidad se torna imposible y no hacer nada se convierte en sinónimo de apoyo al régimen.

[Publicado el 03/3/2014 a las 01:29]

[Etiquetas: Dudamel; Montero]

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Estado de emergencia

Decir que la nación se halla dividida o ferozmente enfrentada es, además de una obviedad, una salida fácil. En efecto, de un lado están los chavistas fanáticos -difícil imaginar maduristas-, que se solazan en mil variaciones de la teoría de la conspiración: los otros son por fuerza fascistas, enemigos del pueblo, topos de la CIA, traidores que deben ser condenados de manera expedita. Y del otro lado se encuentran, por supuesto, los antichavistas fanáticos: quienes antes aborrecían al líder no por su deriva autoritaria, sino porque detestaban a cualquier gobierno que renegase de su ortodoxia financiera o porque no toleraban su popularidad, y ahora ven en Maduro a un títere manipulado desde ultratumba.

            Pero, insisto, decir que hay dos bandos enemigos, con radicales en uno y otro, resulta anodino. Olvidémonos pues de los izquierdistas irredentos que defenderán a Maduro haga lo que haga; y olvidémonos, a la par, de los ultras de derechas -y muchos de sus aliados liberales- que no le reconocerán un solo mérito a Chávez por una alergia visceral hacia su figura. Y concentrémonos en lo que de verdad está pasando en Venezuela: un país sometido a un estado de emergencia que no ha hecho sino acentuarse con cada nueva medida tomada por Maduro, un hombre sin la astucia política de su mentor.

            Si, como ha señalado Giorgio Agamben a partir de las ideas de Carl Schmitt, el estado de emergencia en el que un individuo o un grupo se desembaraza de la legalidad para hacerse con poderes extraordinarios que les permitan enfrentar una "grave crisis" se ha vuelto el sello de nuestra época, Venezuela -y sus aliados- lo han conducido al extremo. Imbuido con la idea de que el antiguo régimen no hizo otra cosa sino explotar a las mayorías, el chavismo ganó su legitimidad en las calles, y luego en las urnas, a fuerza de desacreditar a las viejas instituciones democráticas, mostrándolas como los instrumentos usados por la oligarquía para preservar sus privilegios. Aunque parte de éste análisis fuese certero, a partir de entonces Chávez no cesó en su empeño de desvalijar a la democracia desde el consenso, asumiendo que las votaciones que ganó, al menos hasta su penúltimo intento, le permitirían arrogarse la tarea de combatir, como los antiguos dictadores romanos, todas las amenazas que se cerniesen sobre la república bolivariana.

            El fallido -y torpe- golpe de 2002 no hizo sino confirmar su paranoia: en efecto, la ultraderecha conspiró en su contra y lo apartó de la presidencia por la fuerza. Una vez que Chávez recuperó el poder, ya no había marcha atrás: el estado de emergencia se volvería permanente y sólo él, provisto ahora con esa legitimidad secundaria generada por su regreso, podría salvar al país de sus enemigos. Más allá de la retórica bolivariana, de eso se trataba: de erigirse en el único prócer de la nación. Hasta que lo consiguió.

            En esta lógica, Chávez aún logró convertirse en un émulo del Cid cuando, postrado y moribundo, consiguió que el líder opositor Enrique Capriles reconociese su postrera victoria. El poder puede heredarse; el carisma, no. Y Maduro no es -y nunca será- Chávez. De allí que, para enfrentar una crisis cada vez más alarmante, su apuesta fuese por exacerbar el estado de emergencia al conseguir que el congreso lo habilitase con nuevos poderes especiales. Todo lo ocurrido desde entonces no es sino consecuencia de este acto de soberbia, pues si, como en Roma, el dictador no contiene la amenaza -en este caso la doble hidra de la inseguridad y el desabasto- su legitimidad no tardará en desvanecerse, como ha ocurrido.

            Aprovechando el descontento popular, la parte de la oposición encabezada por María Corina Machado y Leopoldo López apostó, contra la opinión del gradualista Capriles, en impulsar manifestaciones que aceleraran la caída del régimen. Amenazado por todos los flancos -la crisis batiente; las protestas callejeras; los grupos armados sin control; y en especial el amago de los militares-, Maduro decidió dar un golpe de fuerza. Desde entonces ha silenciado a todos los medios críticos y perseguido a los líderes opositores, responsabilizándolos de la violencia. Y ha querido presentarse, de nueva cuenta, como salvador. No se trata aquí de ser de izquierda o de derecha, bilioso chavista o furibundo antichavista, sino de condenar sin titubeos a un régimen que, de por sí dueño de poderes que exceden cualquier espíritu democrático, se ha decantado enfáticamente por la represión.

 

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[Publicado el 23/2/2014 a las 17:45]

[Etiquetas: Venezuela; Chávez; Maduro; Capriles; López]

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La revoluciòn conservadora

Entre noviembre de 1989 y diciembre de 1991, un parpadeo en términos históricos, el bloque comunista que durante casi medio siglo amagó a las naciones capitalistas se desmadejó por completo, acabando con el mayor experimento de planificación social de la historia moderna. Si bien aquel brutal e insólito hundimiento se debió preponderantemente a causas intestinas -se trató más una implosión que de una derrota-, los conservadores encabezados por Reagan y Tatcher se arrogaron la victoria, como si ellos hubiesen sido los responsables de la eclosión.

Valiéndose de esta engañosa legitimidad, los conservadores no dudaron en copiar los métodos de sus enemigos y, aferrados a una ideología tan inamovible como la que habían combatido, emprendieron una revolución destinada a liquidar no ya los últimos resquicios de autoritarismo que quedaban en el orbe -tarea a fin de cuentas secundaria- como a despedazar las conquistas que, a lo largo de la guerra fría, la izquierda democrática había conseguido en su propio campo. Destruido el rival que se jactó de ofrecer una sociedad sin clases, éstos, paradójicamente rebautizados como neoliberales, se consagraron a expulsar de la agenda pública la igualdad y la solidaridad que se habían convertido en pilares del estado de bienestar.

No sería hasta la gran recesión de 2008 que los resultados de esta apuesta quedarían a la vista. La ortodoxia económica decretada por los conservadores que consiguió la desregulación de los flujos de capitales, la liberalización del comercio y una severa regulación del mercado laboral internacional, sumada a los nuevos instrumentos financieros complejos y a las directrices de la tecnología más moderna, generó una de las mayores catástrofes de los últimos tiempos, en la cual millones perdieron sus empleos o sus viviendas y vieron descender su nivel de vida a rangos de la posguerra, al tiempo que unos cuantos ejecutivos y políticos se enriquecían sin medida.

A partir de este escenario plagado de engaños, falsas interpretaciones y lugares comunes, el escritor español José María Ridao ha trazado uno de los retratos más lúcidos -y desoladores- del capitalismo avanzado. En La estrategia del malestar (2014), Ridao no cesa en su empeño de desvelar los resortes que movieron a políticos e intelectuales a lo largo de estas décadas turbulentas, exponiendo su hipocresía y exhibiendo los sofismas -o las mentiras- con que enmascararon sus intereses. Del fin del bloque soviético a los atentados a las Torres Gemelas y de las guerras de Afganistán e Irak a la caída de Lehman Brothers, Ridao enhebra reflexiones con anécdotas específicas -una joya: la olvidada burbuja económica albanesa de 1997 que tanto preludia a la reciente crisis global- para desmontar las consignas disfrazadas de argumentos y las visiones sesgadas que se fundan más en esa ideología que se quiso presentar como liquidada que en los hechos.

En La estrategia del malestar, Ridao muestra cómo los conservadores se adueñaron perversamente del término liberalismo en su estrategia de disminuir a toda costa el poder del estado, al tiempo que publicitaron la idea de que la izquierda se hallaba sumida en una profunda crisis -hasta que la propia izquierda terminó por creerlo. Por ello, Ridao afirma que "la izquierda democrática no debía estar al asalto político de ninguna fortaleza, sino defendiendo esa fortaleza del asalto político de los conservadores". Pero Ridao no se conforma con denunciar las trampas de los conservadores -y los liberales que apoyaron su cruzada-, sino que señala las incongruencias de todo el espectro político, desde los socialistas que, amagados por la derecha, se sumaron a la agenda económica neoliberal, hasta los partidos de centroderecha que, hostigados por los nuevos populismos, abrazaron sus odiosas causas.

Al término de La estrategia del malestar, uno no puede terminar más descorazonado al constatar que una era que se abrió en 1991 como idónea para extender como nunca los valores de la Ilustración -la libertad y la igualdad-, terminase sepultada en medio de guerras injustas (Irak), justificaciones de la tortura (el waterbording), limbos jurídicos (Guantánamo), recorte de derechos (para los extranjeros), nacionalismos ramplones, servicios sociales destruidos (por ejemplo en España o Grecia) y dobles raseros (uno para los aliados, otro para los demás) que dieron lugar, en fin, a sociedades marcadas por la injusticia y la falta de solidaridad.

 

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[Publicado el 16/2/2014 a las 04:31]

[Etiquetas: Ridao]

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Crímenes y pecados

"¿Qué película de Woody Allen es su favorita?", pregunta retóricamente Dylan Farrow, la hija adoptiva del director neoyorquino con Mia Farrow, en una carta abierta publicada en la columna del columnista del New York Times Nicholas Kristof. Y prosigue: "Antes de que respondan, les contaré algo que deben saber: cuando yo tenía siete años, Woody Allen me tomó de la mano y me llevó a un sombrío ático, casi un armario, en la segunda planta de nuestra casa. Me dijo que me pusiera boca abajo y jugara con el tren eléctrico de mi hermano. Y entonces me agredió sexualmente." 

            Más allá de la indignación que ha despertado, el texto de la joven, publicado casi dos décadas después del incidente, plantea dos cuestiones que reaparecen una y otra vez en nuestra discusión pública. Considerada como el crimen más horrendo -y emblemático- de nuestro tiempo, la pederastia nos persigue como un fantasma que no hemos sido capaces de exorcizar. De la infatigable lista de sacerdotes que han abusado de miles de niños y adolescentes a los artistas acusados de delitos que van del acoso a la violación (piénsese en Polanski), nos hallamos en una sociedad que parece mostrarse tan ineficaz a la hora de proteger a sus hijos como obsesionada con exhibir a sus victimarios.

            Sin duda los responsables de estos crímenes deben ser perseguidos, pero sin jamás omitir el debido proceso ni la presunción de inocencia. Frente a los incontables ejemplos en que se ha demostrado la culpabilidad de los abusadores, en ocasiones el exceso de celo -y de justa ira- ha llevado a buen número de inocentes a la cárcel: baste recordar casos como los de las guarderías de Kern County o McMartin, ambas en California, en los que decenas de cuidadores fueron injustamente sentenciados a prisión acusados de obligar a los preescolares a participar en toda suerte de prácticas sexuales, e incluso en rituales satánicos, que sólo mucho después se revelaron falsos.

            Frente a las acusaciones de Dylan Farrow, lanzadas ya en su momento por su madre adoptiva, Allen ha vuelto a alegar en otra carta al Times que la pequeña fue manipulada por su madre. Hoy sabemos que es posible que un niño construya "falsos recuerdos" al ser sugestionado por los adultos, formando sucesos que en su mente resultan tan vívidos como un recuerdo real. Imposible determinar, a partir de su carta pública, si Dylan en verdad fue agredida por su padre adoptivo o si se trata de un "falso recuerdo", por más que el affaire y el posterior matrimonio de Allen con Soon-Yi Previn, otra de las hijas adoptivas de Mia Farrow, nos predisponga en contra del director. Correspondería en todo caso a los tribunales resolver el asunto.

            Sin embargo, la carta de Dylan Farrow indica que en este momento a ella no le interesa presentar una demanda, sino juzgar a su padrastro en un terreno más etéreo pero no menos brutal. Descontando que Allen en efecto sea un tipo infame, su hija adoptiva parece decidida a que lo veamos como un artista infame. Y a que su repugnante conducta nos sirva para descalificar su obra, de modo que los jurados del Oscar no le concedan más premios y los actores que han trabajado a su lado, como Alec Baldwin o la propia Cate Blanchet -la favorita al galardón-, se deslinden de él y lo vean como un monstruo.

            La espinosa cuestión vuelve a ser, aquí, hasta donde los actos execrables de un creador han de influir en el valor de su trabajo. ¿Puede alguien que ha abusado sexualmente de una niña de 7 años ser un gran artista? ¿Premiarlo y adularlo no es una forma de oscurecer y paliar sus -nunca mejor dicho- crímenes y pecados? ¿O acaso es posible trazar una nítida frontera entre sus (aborrecibles) actos y sus (admirables) películas? Nos enfrentamos aquí a una zona gris que, pese a la vehemencia de quienes defienden uno u otro argumento, no es fácil de dilucidar.

A la distancia, veneramos el legado de numerosos hombres perversos (de Caravaggio a Céline, de Gesualdo a Hamsun), quizás porque el tiempo ha desdibujado sus faltas, dejándonos sólo frente a la opresiva fuerza de sus obras. Demasiado cerca de nosotros, muchos fanáticos de Allen se declaran prestos a abjurar de él, por más que sus delitos no hayan sido demostrados; sólo si algún día llegaran a serlo, tendríamos que exigir el castigo que merece. Entretanto, limitémonos a constatar una vez más, sin melancolía alguna, que los grandes artistas no son sino seres tan imperfectos -y brutales, y malvados- como el resto de nosotros. 

 

Twitter: @jvolpi

[Publicado el 09/2/2014 a las 16:30]

[Etiquetas: Woody Allen; Dylan Farrow]

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Biografía

(México, 1968). Es autor de las novelas La paz de los sepulcros, El temperamento melancólico y En busca de Klingsor (premios Biblioteca Breve y Deux Océans-Grinzane Cavour). Con ella inició una "Trilogía del siglo XX", cuya segunda parte es El fin de la locura y la tercera No será la Tierra. También ha escrito las novelas cortas reunidas en el volumen Días de ira, así como Sanar tu piel amarga, El jardín devastado y Oscuro bosque oscuro. Es autor de los ensayos La imaginación y el poder, La guerra y las palabras, Mentiras contagiosas (Premio Mazatán al mejor libro del año 2008), El insomnio de Bolívar (Premio Debate-Casa de América 2009) y Leer la mente. En 2009 obtuvo el Premio José Donoso de Chile por el conjunto de su obra. Ha sido profesor en las universidades de Emory, Cornell, Las Américas de  Puebla, Pau, Católica de Chile, Nacional Autónoma de México y Princeton. Ha sido becario de la Fundación Guggenheim y miembro del Sistema Nacional de Creadores de México. Ha sido condecorado como Caballero de la Orden de Artes y Letras de Francia y con la Orden de Isabel la Católica de España. Fue director de Canal 22 entre 2007 y 2011. Es colaborador de los periódicos Reforma y El País. Sus libros han sido traducidos a veinticinco idiomas. En 2012 recibió el premio Planeta-Casa de América por su novela La tejedora de sombras. En 2014, publica su novela Memorial del engaño en América Latina y España y, para el año 2015, estará publicada en Brasil, Portugal, Italia y Francia. Actualmente es director general del Festival Internacional Cervantino. 
 

Bibliografía

Memorial del engaño (2014). Ediciones Alfaguara, España

Leer la mente (2011). Ediciones Alfaguara, España

No será la tierra (2006). Ediciones Alfaguara, España

Dos novelistas poco edificantes (2004). Volpi, Jorge; Urroz, Eloy. Algaida Editores, España

Geometric intimacies. Sebastián Sculptor (2004). Ediciones Turner, España

Geometría emocional. Sebastián escultor (2004). Ediciones Turner, España

La guerra y las palabras (2004). Editorial Seix Barral, España

El fin de la locura (2003). Editorial Seix Barral, España

Desafíos de la ficción (2002). Volpi, Jorge, [et. al.] Universidad de Alicante. Servicio de Publicaciones, España

En busca de Klingsor (2000). Círculo de Lectores, España

El juego del apocalipsis: un viaje a Patmos (2000). Nuevas Ediciones de Bolsillo. España

Tres bosquejos del mal (2000). Urroz, Eloy; Padilla, Ignacio; Volpi, Jorge. El Aleph Editores, España

 

 

 

 

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