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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

miércoles, 14 de noviembre de 2018

 Blog de Jorge Volpi

SIETE VARIACIONES SOBRE TEMAS ORIGINALES DE SERGIO PITOL

"Los caminos de la creación son imprecisos, están llenos de pliegues, de espejismos, de demoras. Se requiere la paciencia de un ángel, una buena dosis de abandono y, a la vez, una voluntad de acero para no sucumbir a las trampas con que el inconsciente se encarga de obstaculizar al escritor su camino."

 

            Sergio Pitol es, sin duda, una de esas figuras mayores que aparecen de vez en cuando, casi milagrosamente, en la literatura mexicana. A través de los años, Pitol ha sido capaz de sortear los innumerables obstáculos, internos y externos, que se le presentan a un escritor hasta convertirse no sólo en el mayor sobreviviente de su generación, sino en uno de los pocos narradores y ensayistas indispensables de la literatura en el fin de siglo. Después de varios años de permanecer como un "escritor secreto", en gran medida por su alejamiento físico de México, pero asimismo por la distancia que su obra marcaba respecto a la de sus contemporáneos, por fin ha obtenido algo mucho más importante que el reconocimiento de la crítica: cientos, miles de lectores que ahora forman una comunidad, una cofradía que se multiplica a diario, y para la cual sus cuentos, novelas y ensayos no sólo son una inagotable fuente de placer, sino un mapa del vasto universo de sus obsesiones, una guía por los infinitos territorios del arte.

            No es casual, pues, que su obra mayor -o al menos aquella que mejor condensa sus preocupaciones literarias y vitales- se titule justamente El arte de la fuga. La cita de Bach no se limita a invocar los delicados mecanismos formales que Pitol ha empleado en su trabajo, las cuidadosas filigranas contrapuntísticas de sus novelas o la claridad armónica de sus ensayos, sino que también hace ineluctable y burlona referencia a su particular modo de encarar la creación y la vida literaria: a esa fuga que lo ha llevado a recorrer territorios inexplorados, a alejarse de la modas y las manías, a explorar, por su cuenta, los poblados abismos de la tradición literaria.

            Es un lugar común afirmar que el mejor homenaje que se le puede hacer a un escritor es la lectura de sus libros; sin embargo, ello no invalida la justicia de la afirmación. De ahí que, en estas páginas, vaya a hacer poco más que entresacar algunos pasajes de El arte de la fuga -reflexiones, guiños, aforismos- y apenas glosarlos o, más bien, variarlos, para relacionar el ars poetica que ahí se encuentra con su propia obra. Pocos escritores como Pitol han sido tan acuciosos lectores de la gran tradición universal que habita en la literatura mexicana y nadie mejor que él mismo, pues, para servir como renovado Virgilio para quien se precipita a estudiar -mejor: a comprender- la naturaleza de sus libros.

            Variación. "Para conjurar los peligros que acehcan a la creación artística, un escritor debe convertir los obstáculos en la materia de su propia escritura. Sergio Pitol ha convertido los pliegues y abismos del arte en en su propio sustento, en su propia materia, en su propia vida."

Tema II. "No concibo a un novelista que no utilice elementos de su experiencia personal, una visión, un recuerdo proveniente de la infancia o del pasado inmediato, un tono de voz capturado en alguna reunión, un gesto furtivo vislumbrado al azar, para luego incorporarlo a uno o varios personajes. El narrador hurga más y más en su vida a medida que su novela avanza. No se trata de un ejercicio meramente autobiográfico; novelar a secas la propia vida resulta, en la mayoría de los casos, una vulgaridad, una carencia de imaginación. Se trata de otro asunto: un observar sin tregua los propios reflejos para poder realizar una prótesis múltiple en el interior del relato."

            Desde su primera publicación, "Victorio Ferri cuenta un cuento" (1958), Pitol ha aplicado con rigor esta consigna. Por más que sea posible descubrir el cúmulo de obsesiones que animan su escritura, su biografía permanece oculta, entreverada en la trama, los escenarios o los personajes de sus libros. Su vida ha devenido, pues, literatura: Pitol, como Borges, es ya un personaje que ha podido incorporarse naturalmente a los territorios de la ficción. Sus primeros cuentos, aquellos de Tiempo cercado, Infierno de todos y Los climas, delatan referencias a su infancia en el ingenio de El Potrero o su adolescencia en Córdoba, y se encuentran habitados por oscuros personajes, casi todos miembros de familias decadentes y casi fantasmales, como los paradigmáticos Ferri, cuyos contactos con la realidad podemos adivinar pero nunca comprobar, pero en cualquier caso la literatura -y aquí, de modo particular, la influencia de Faulkner- han transfigudo y enriquecido la realidad. Para Pitol -hombre elegante y cortés donde los haya-, hubiese sido una vulgaridad la mera puesta en escena de su existencia en estos paisajes veracruzanos: sus criaturas se han convertido en seres indisociables del universo de la ficción. La excentricidad y, sobre todo, aquellas zonas pantanosas que sólo se insinúan y nunca se muestran, son procedimientos estictamente literarios que escapan al nivel anecdótico y, por ello mismo, rozan el ambiente casi mítico en el que se desarrollan estos primeros años de su escritura.

            Variación. "La vida privada de Sergio Pitol permanece oculta para la mayor parte de sus lectores. Hay que agradecerle que así sea. En vez de eso, su literatura es autobiográfica sólo en el sentido en que retrata y exacerba sus manías, sus obsesiones y sus miedos, cediéndoselos por entero a sus personajes."

Tema III. "¡Viajar y escribir! Actividades ambas marcadas por el azar; el viajero, el escritor, sólo tendrán certeza de la partida. Ninguno de ellos sabrá a ciencia cierta lo que ocurrirá en el trayecto, menos aún lo que le deparará el destino al regresar a su Ítaca personal."

A partir de 1953, Pitol se convierte en la versión mexicana del judío errante: pierde una ciudad tras otra: La Habana y Caracas; Nueva York, Londres y Roma. Luego vienen los años de exotismo: Pekín, Varsovia, Belgrado. Apenas se detiene, y su particular odisea continúa por Barcelona, Bristol, de nuevo Varsovia, París, Estambul, Moscú y Praga, hasta que al fin regresa a México en 1988.

Es el azar quien lo conduce y, como en el poema de Kavafis, na hay duda de que su camino ha sido largo, rico en experiencias. Ese mismo azar es el que habita su literatura: aquel que lo lleva de El tañido de una flauta (1972) a Juegos florales (1982), sus dos primeras novelas. Aquí se inicia el minucioso retrato de mexicanos en el extranjero que caracterizará buena parte de la obra de Pitol: en la primera, es el periplo de un grupo de artistas mexicanos, su entorno y sus conflictos amorosos, en el marco del redescubrimiento de sus relaciones a partir de la visión de una película japonesa -"El tañido de una flauta"-, que -¿por casualidad?- repite la propia historia de los mexicanos; la segunda, por su parte, vuelve a colocar a mexicanos entre Jalapa y Venecia, otra de las ciudades emblemáticas de Pitol, para descubrir las sutiles tramas que componen el círculo social de Billie Upward. De algún modo, Juegos florales culmina la primera etapa del viaje pitoliano, una escala de aprovisionamiento y también, por qué no decirlo, una isla que le servirá para dar un vuelco en su trayectoria, un giro tan azaroso como su partida el cual llevar a cabo una interminable excursión por las literaturas eslavas -y por los libros de Bajtín- y a encontrar una nueva piedra de toque para sus próximos viajes: el humor.

Variación. El viaje y la literatura: caminos que son, por encima de todas las consideraciones, un vehículo de conocimiento, de exploración, de necesidad de satisfacer las dudas. Al regresar de Ítaca, como al terminar de leer una novela o un ensayo de Pitol, uno ha dejado de ser quien era antes, se ha llenado de experiencias ajenas, se ha convertido en otro."

Tema IV. "Durante años utilicé los escenarios por donde fui desfilando como un telón de fondo frente al cual mis personajes confrontan con otros valores lo que son o, más bien, lo que imaginan ser. [...] El exotismo de pacotilla que los rodea apenas cuenta; lo importante es el dilema moral que se plantean, el juicio de valor que deben emitir una vez que se encuentran desasidos de todos sus apoyos tradicionales, de sus hábitos, de las coartadas con que durante años han pretendido adormecer su conciencia."

La manida y ya obsoleta disputa entre la literatura de corte nacionalista y aquella que apuesta por los valores universales, tan típica de la primera mitad del siglo en México, aunque sus resonancias lleguen hasta nuestros días, carece de sustento en la obra de Pitol. Sus novelas de madurez se desarrollan, casi sin excepciones, en medios que combinan el exotismo europeo -Venecia, Estambul, Praga- con los escenarios locales -Jalapa, las colonias Roma o Juárez-, sin que prime un valor estictamente realista para ninguna de ellas. Aunque el eco de las acuciosas descripciones decimonónicas pued ser advertid en toda la obra de Pitol -se trata de uno de los mejores lectores del costumbrismo del siglo pasado-, su interés no radica en la captura fotográfica de semejantes contextos, sino, en sus propias palabras, en su reconvención en escenarios casi teatrales, en decorados que resaltan la soledad -y el miedo, la estupidez o la vanidad- de sus protagonistas. En efecto, sólo una gran construcción de fondo alcanzará el papel de personaje central en su obra narrativa, el edificio de la Plaza Río de Janeiro que habitó el propio Pitol y que se convertirá en el centro de la acción de su mejor novela, El desfile del amor (1984).

Variación. "La literatura verdadera no es la que se distingue por describir paisajes o rostros, sino aquella que, como la de Sergio Pitol, plantea problemas, desarrolla conflictos, se burla de sí misma, de sus personajes y, en última instancia, de sus lectores; en pocas palabras, aquella que cuestiona y duda."

Tema V. "La tarea del escritor consiste en enriquecer la tradición, aunque la venere un día y al siguiente se líe con ella a bofetadas. De ambas maneras será consciente de su existencia. Por eso me han atraído y preocupado los problemas de la forma, los recursos y posibilidades de los géneros, su capacidad de transformación."

            Según revela el propio Pitol, El desfile del amor nació de la idea de escribir una novela con trama policiaca. Si en sus anteriores trabajos narrativos había estado cerca de las preocupaciones experimentales de su generación -y, en especial, de sus modelos franceses y norteamericanos-, esta obra marca una ruptura definitiva o, más bien, una apuesta personal que lo aleja notablemente de sus contemporáneos e, incluso, de la solemnidad de algunos textos previos. El desfile del amor es un hito en la novelística de Pitol y, de hecho, en la literatura mexicana de la segunda mitad del siglo xx, tanto por su profunda originalidad como por su lucha y posterior triunfo -y armonía- con la tradición de la novela moderna.

            La trama policiaca -proveniente, en realidad, de Las almas muertas de Gogol- es apenas un recurso casi teatral que le permitirá a Pitol organizar y estructurar la novela y desnudar los conflictos que le interesan. Pero, a diferencia de sus obras anteriores, en este caso el diálogo de Pitol con la tradición literaria se lleva a cabo a través de la parodia del género, del pastiche y de la ironía. Como El huerto de Juan Fernández, la pieza de Tirso en la cual se funda, El desfile del amor es un gran baile de máscaras, un elusivo juego de corte casi borgeano en el cual la realidad y la ficción se imbrican de tal modo que el lector, al igual que los protagonistas, no puede sino danzar y recluar y fascinarse en torno a un enigma siempre elusivo y, a la postre, insignificante.

            Si ya en la mayor parte de sus cuentos podía advertise un acertijo apenas insinuado por el estilo y las disquisiciones de sus personajes, aquí Pitol ha sido capaz de construir toda la novela como un laberinto, un círculo concéntrico en cuyo centro, más que la solución al enigma, sólo se encuentra el vacío. No es casual que Pitol haya elegido el edificio de la Plaza Río de Janeiro como metáfora de la novela: en torno a un patio cercado -a la verdad oculta y hueca-, se desarrollan cientos de historias e insinuaciones concéntricas, articuladas entre las largas escalinatas y los diminutos departamentos que componen el inmueble. Pitol parece sugerir que el único modo de lidiar con tradición literaria -con la angustia de la influencia, en palabras de Bloom-, es rodeándola, acercándose a ella pero nunca dejándose devorar, cercándola y admirándola desde la distancia.

            Variación. "La literatura de Sergio Pitol encarna como nadie el intenso diálogo mantenido con la tradición literaria -tanto universal como mexicana- que lo precede. Sus novelas y ensayos son producto de intensos juegos con los géneros, el resultado de la cuidadosa planeación formal y estructural que sólo puede entenderse como prolongación y ruptura con sus lecturas."

            Tema IV. "Un novelista es alguien que oye voces a través de las voces. Se mete en la cama y de pronto esas voces lo obligan a levantarse, a buscar una hoja de papel y escribir tres o cuatro líneas, o tan sólo un par de adejtivos o el nombre de una planta. Esas catracterísticas, y unas cuantas más, hacen que su vida mantenga una notable semejanza con la de los dementes, lo que para nada lo angustia; agradece, por el contrario, a las Musas, el haberle transmitido esas voces sin las cuales se sentiría perdido. Con ellas va trazando el mapa de su vida. Sabe que cuando ya no pueda hacerlo le llegará la muerte, no la definitiva sino la muerte en vida, el silencio, la hibernación, la parálisis, lo que es infinitamente peor."

            A partir del éxito de El desfile del amor, Pitol abandona cualquier estrechez dogmática y se deja habitar por las voces de sus personajes. Como ocurría con sus experiencias personales o con los escenarios exóticos de sus cuentos y novelas, acaso tengan una vaga conexión con las producidas por seres de carne y hueso, con conversaciones escuchadas o presentidas, pero lo cierto es que poco a poco se convierten en piezas maestras del arte de la actuación. En Domar a la divina garza (1988) y La vida conyugal (1991), este procedimiento es llevado a su límite: son, ante todo, recopilaciones -no: reinvenciones- vocales. Pitol regresa a su afición teatral y se permite utilizar las máscaras alternativamente dolientes y risueñas -y en cualquier caso ridículas- de la tragedia griega para inventar personas, es decir, estilos, giros, quiebres vocales. Dante C. de la Estrella, Marietta Karapetiz o Jacqueline Cascorro viven a través de sus tics y sus palabras, de la atroz condición humana que les otorga su propio estilo y sus propios devaneos.

            Variación. "Sergio Pitol sigue atento a las voces de quienes lo rodean y, en especial, a la suya propia, y ello lo convierte en el escritor más perseverante de su generación, uno de los pocos que han conseguido triunfar sobre el silencio y la muerte."

            Tema VII. "Todo escritor deberá desde el inicio ser fiel a sus posibilidades y tratar de afinarlas; tener el mayor respeto al lenguaje, mantenerlo vivo, renovarlos si es posible; no hacer concesiones a nadie, y menos al poder o a la moda, y plantearse en su tarea los retos más audaces que le sea posible concebir."

            Estas recomendaciones, extraídas de El arte de la fuga, constituyen la respuesta de Pitol a las célebres meditaciones de Cyrill Connoly sobre la creación artística. La obra maestra tiene de orfebrería, como demuestra el hecho de que cada página  de sus libros sólo puede haber sido escrita por él. Lejos de influencias de ocasión, parapetado en sus lecturas y sus sueños, Pitol se encuentra en el mejor momento de su carrera: ha accedido a ese estado de gracia que le permite adivinar cada vez nuevas y más deslumbrantes obras.

Proliferan las comparaciones entre la obra de Pitol y la de otros escritores; sin embargo, el único paralelismo que yo encuentro justo es el que podría emparentarlo con el último Verdi: en ambos, después de una prolongada carrera, de experimentos y giros sorprendentes, de un conocimiento cada vez mayor de los abismos de la naturaleza humana y de las sinuosidades de la forma artística, surge esa ironía feroz que es, al mismo tiempo, compasiva y trágica. No es casual que Falstaff, la última ópera verdiana, concluya precisamente con una fuga: tutto nel mondo è burla. La misma fuga y la misma risa que animan el ridículo y doloroso, despiadado y triste retrato de nuestra cambiante humanidad dibjado en las novelas de Sergio Pitol.

            Variación. "Cada nuevo libro de Pitol ha logrado mantenerse fiel a sus principios y, a la vez, ha conseguido plantearse nuevas metas, puertos cada vez más lejanos en su trayecto literario, y en cada ocasión ha salido victorios de la aventura. . Por eso hay que desearle a Pitol muchos más viajes de los que ya ha emprendido, muchas más páginas, muchas más tribulaciones: que su errancia sea aún más larga y más rica en experiencias -así sea en el interior de su biblioteca en Xalapa-, y que sus naves continúen surcando los océanos hasta perderse de vista."

 

[Publicado el 13/4/2018 a las 01:33]

[Etiquetas: Sergio Pitol]

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Excepción permanente

Los romanos de los albores de la República lo llamaban iustitium: el momento en que, ante una grave amenaza pública, el derecho quedaba en suspenso. Era, en otras palabras, una institución que ponía entre paréntesis a las demás instituciones cuando era necesario tomar medidas urgentes sin pasar por el lento andamiaje de la ley. Conjurado el peligro, se regresaba a la normalidad. Desde aquellos lejanos tiempos, el poder constituido siempre ha querido valerse de este mecanismo para asegurar su permanencia. El estado de sitio como preludio de la dictadura.

            Al menos desde principios del siglo XX, esta medida extrema se ha convertido, cada vez con más frecuencia, en cotidiana. Y no sólo en los totalitarismos, sino en nuestras democracias. "¿Qué significa vivir en un estado de excepción permanente?", se pregunta Giorgio Agamben, el filosofo que mejor ha estudiado esta propensión moderna. Su respuesta debería darnos escalofríos: la sujeción voluntaria a una violencia institucionalizada. En otras palabras: la instauración de una "guerra civil legal" disfrazada de "necesidad de preservar la seguridad pública".

            El 28 de febrero de 1933, Hitler publicó su Decreto para la protección del pueblo y del estado: su objetivo, volver permanente el estado de excepción, otorgándose todos los poderes para hacer lo que le vino en gana con las instituciones. El resultado es de sobra conocido: la mayor guerra de la historia y millones de vidas perdidas. Aunque el ejemplo nos parezca lejano y acaso exagerado a los mexicanos de 2017, no deberíamos olvidarlo.

            En diciembre de 2006, hace justo once años, el presidente Felipe Calderón ordenó el primero de los operativos conjuntos para combatir lo era que, según él, una terrible amenaza a la seguridad del estado. El lanzamiento de lo que él mismo llamó "guerra contra el narco" significó lanzar al ejército, de manera habitual, a labores de policía: búsqueda y persecución de criminales, trabajos de inteligencia y pacificación -o más bien militarización- de vastas zonas del país.

            El resultado de esta estrategia ha sido lo que Agamben llama una "guerra civil legal": cientos de miles de muertos, desaparecidos y desplazados, además de un sinfín de violaciones a los derechos humanos perpetradas por los distintos cuerpos de seguridad involucrados en la lucha. Hasta ese 2006, nuestras fuerzas armadas gozaban de un prestigio inédito en América Latina debido a su involucramiento en catástrofes naturales; desde que Calderón las involucró en su guerra, esta percepción se desplomó en cuanto se hicieron evidentes sus abusos y la corrupción que se incrusta en todos los cuerpos que combaten al narcotráfico.

            A nadie debería extrañar que sean los militares, cada vez más incómodos ante una tarea que nunca quisieron -y paradójicamente cada vez más poderosos debido a ello-, quienes ahora más presionen a las autoridades civiles para que voten la Ley de Seguridad Interior: un instrumento no destinado tanto a regular su actuación, como a protegerlas frente a un cúmulo de denuncias por violaciones a derechos humanos. En términos absolutos, el ordenamiento vuelve permanente y legal el estado de excepción instaurado en el sexenio anterior.

            No es de extrañar que la ONU, la CNDH, decenas de universidades, cientos de académicos y todas las organizaciones no gubernamentales serias se opongan a ella. Más allá de que ninguno de los aparentes controles incluidos en el texto garantiza que el ejecutivo no se aprovechará de este ordenamiento, normaliza esa fracasada y torva guerra civil legal que, en términos del mismo Agamben, significa "la eliminación física no sólo de adversarios políticos, sino de categorías completas de ciudadanos que por cualquier razón resultan no integrables en el sistema político".

            Si el PRI y el PAN -o los sectores calderonistas del PAN- consiguen aprobarla, contribuirán a la consolidación del autoritarismo en nuestro país. Otra vez Agamben: "Cuando el estado de excepción se convierte en regla, se transforma en una máquina letal".  

 

@jvolpi

             

[Publicado el 23/12/2017 a las 17:27]

[Etiquetas: Ley de Seguridad Interior]

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De derechas

Un camaleón. O un pulpo: un organismo capaz de mudar de color, o incluso de forma, con tal de acoplarse mejor al medio ambiente para sobrevivir y escapar de los peligros. Desde 1929, éste ha sido el ADN del PRI: un producto de la revolución que aspiró a terminar con ella; un hato de caudillos enemistados dispuestos a pactar para repartirse el poder -y sus beneficios económicos-; una empresa vendida como encarnación del alma nacional. Si el estilo personal de gobernar del jefe máximo en turno oscilaba hacia la derecha (Calles, Ávila Camacho, Díaz Ordaz, De la Madrid, Salinas), el partido se camuflaba hasta parecérsele como una gota de agua a otra. Si viraba hacia la izquierda (Cárdenas, Echeverría), los militantes torcían el cuello en el mismo ángulo de su líder. Mejor, claro, si se mantenía cierta ambigüedad (López Mateos, Ruiz Cortines, López Portillo, Zedillo, incluso Peña Nieto). Como Groucho Marx: tenemos principios muy sólidos pero, si a ustedes no les gustan, podemos cambiarlos.

            Ayudaba, en cualquier caso, tener enfrente un partido más a la derecha, creado por resentidos de la Revolución, liberales, conservadores y católicos: el PAN. Y luego, con la Corriente Democrática y el PRD, otro más a la izquierda. El PRI quedaba entonces en posición inmejorable: una suerte de centro, sin posiciones demasiado obvias, dispuesto a ganar elecciones a cualquier costo y a servir eficazmente a su base clientelar. Quedaba por allí, sin embargo, un mínimo sustrato de sus orígenes revolucionarios: una huella o impronta nacionalista, laica y socialmente abierta que separaba al partido de la "derecha reaccionaria". En su último y más reciente viraje, el PRI ha decidido renunciar definitivamente a los últimos rastros de esta tradición. Aunque Peña Nieto y los suyos se jactan de haber adoptado a un "independiente", en realidad le han entregado el partido de Calles y de Cárdenas a la figura más a la derecha de cuantas han encabezado las plantilla electoral del partido en décadas. 

            José Antonio Meade se presenta como "simpatizante" del PRI, pero tendríamos que preguntarle (o preguntarnos) con qué simpatiza. Con una larga carrera como tecnócrata apartidista -en el más puro estilo ITAM- y autodefinido como conservador y católico, es difícil suponer que su simpatía sea hacia los orígenes ideológicos del Partido de la Revolución. Que haya trabajado con idéntico celo -y eficacia- para Calderón y Peña Nieto prueba que podría haber sido candidato de un partido u otro. En su primera entrevista con un medio internacional, hizo malabares con tal de no decir nada. Es decir: por no mostrar una sola posición ideológica que pudiese comprometerlo en ningún sentido. El grado cero del discurso.

            Ello no lo hace, sin embargo, menos ideológico. Uno de los grandes triunfos del neoliberalismo -la derecha por antonomasia de nuestra época- consiste en convencernos de que los políticos son perniciosos o perversos y en cambio los técnicos, impolutos y serenos, son quienes pueden salvarnos de la catástrofe. Meade es su prototipo: alguien que no parece querer tomar posiciones fuertes sobre nada para mejor ocultar su simpatía hacia la derecha. Su silencio en El País es muy elocuente: encarna la continuidad del mismo modelo económico implantado en México desde los noventa y de la política de seguridad de Calderón y Peña, su exjefes. Ni una sola palabra sobre la legalización de las drogas -nuestro mayor desafío-, diversidad o inequidad.

            Lo hemos visto al revés: no es el PRI el que ha hecho suyo a Meade, sino Meade quien se ha apoderado del PRI y lo ha convertido en nuestro gran partido de derechas. PAN y PRD, aliados de pronto, se vuelven de la noche a la mañana un frente de centro-derecha. Morena, cuyos militantes por lo general sí son de izquierda, en realidad es propiedad de un candidato profundamente conservador. Y los dos independientes que llegarán a la boleta, Margarita y El Bronco, pertenecen asimismo a la derecha católica. Tristes alternativas, todas conservadoras, para un México que se desangra. Difícil, como nunca, elegir el menor de los males.  

 

@jvolpi

[Publicado el 15/12/2017 a las 15:41]

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Treinta y dos

En casa sólo estábamos mi padre y yo. Mi madre ya había salido a dejar a mi hermano a la secundaria y, sin imaginar la magnitud del desastre, al acabar el temblor lo dejó allí. Creo que apenas vimos caer algunos cuadros y un poco de yeso, pero, en cuanto salimos a la calle, vislumbramos el primer signo de la tragedia: la fumarola negra que ascendía desde los últimos pisos de la torre de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes, en Eje Central y Xola. Sin televisión, celulares o redes sociales, hube de esperar a que mi padre volviese de su primer recorrido por las calles aledañas para atisbar la destrucción.

            Yo tenía 17 años y creo que al día siguiente, durante la réplica, atestigüé por primera vez el pánico en los ojos de una de nuestras vecinas del edificio de enfrente: tendría más o menos mi edad y no paraba de gritar, llorar y sollozar, aferrándose a sus padres luego de verse obligada a bajar las escaleras a toda prisa. Nuestra colonia, la Álamos, sufrió severos daños: al menos tres edificios en mi cuadra se vinieron abajo y muchos más en las inmediaciones. Desde esa mañana, mi padre se la pasó atendiendo a los heridos de la zona y a la postre recibió la Medalla 19 de Septiembre. Todos tuvimos noticias de muertes cercanas: uno de mis compañeros de salón, la madre de otro y la hermana de uno más. También entonces descubrí la solidaridad: ese respingo que lanzó a miles a colaborar en el rescate y la reconstrucción sin aguardar las instrucciones del gobierno.

            Porque, si algo prevaleció en aquellas semanas por parte de las autoridades, fue la parálisis y la opacidad. Al dolor se sumó una rápida e inusual indignación pública: Miguel de la Madrid se demoró inexplicablemente en recorrer las zonas de desastre mientras Televisa parecía más preocupada por confirmar la resistencia de los estadios para el Mundial que por la suerte de las víctimas. Monsiváis tenía razón: una sociedad que el PRI se había empeñado en mantener desarticulada desde el 68 se organizó de pronto.

            Más que ante el terremoto, el gobierno parecía aterrado ante la reacción de sus gobernados. Y con razón: a la rechifla sufrida por el presidente en el Estadio Azteca meses después -burdamente silenciada por Televisa-, le siguieron las marchas que acompañaron a Cárdenas en 1988 y, de ahí en adelante, cada jaloneo mediante el cual la "sociedad civil" consiguió arrancarle más derechos y representación a un sistema agonizante hasta su derrota final en el 2000. Vista así, la reconstrucción de la ciudad emprendida desde 1985 se convirtió en el origen de la construcción de ciudadanía que hemos experimentado desde entonces.

            Desafortunadamente, esta historia con tantos lados heroicos no es sólo una historia de éxito. El ánimo cívico que transformó a la capital y al país halló su culminación en la alternancia, pero se quedó corto en sus metas: los partidos pronto se adueñaron de nuestra incipiente democracia, al tiempo que los restos del autoritarismo revivieron en la guerra contra el narco -y sus extremos, como Ayotzinapa-, combinados con una corrupción endémica amparada en un sistema de justicia inoperante.

            32 años después del sismo del 85, a esa sociedad civil le queda aún mucho por lograr. No hemos concluido el recuento de los daños cuando ya proliferan iniciativas para limitar nuestra perversa partidocracia. Vale la pena combatir por ellas: insistir en la reducción de los presupuestos de los partidos y la comunicación social del gobierno para emplear esos recursos en la reconstrucción, con los ciudadanos supervisando directamente el proceso. (Distinto a permitir que los partidos usen esos recursos, lo cual alentaría una inducción del voto aún peor que la del Estado de México.)

            Es momento de arrasar los últimos cimientos del viejo régimen y reedificar, sobre ellos, una estructura social más equitativa y un sistema judicial y de rendición de cuentas en verdad transparente y efectivo. Una lección de 1985 debe quedarnos clara en 2017: la movilización solidaria es capaz de arrinconar a los políticos.

             

@jvolpi

             

 

 

 

[Publicado el 24/9/2017 a las 21:25]

[Etiquetas: Terremoto; Ciudad de México]

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Crash

La primera acción -llamémosla así- fue tan sofisticada como un blockbuster hollywoodense: una siniestra (y brillantísima) mente criminal, el plan concebido con la minuciosidad de un relojero, un grupo de cómplices con las habilidades de Misión Imposible, fanáticos jamás reñidos con las vertientes más prácticas de una conjura internacional, meses de paciente entrenamiento y rencor secular, acumulación de pertrechos y gadgets al estilo James Bond, la irritante mezcolanza de una modernidad rabiosa y la más rancia antigüedad. Una nauseabunda "obra de arte" -por decirlo Stockhausen se hundió en el oprobio- que creó una de esas imágenes inmarcesibles que no podemos dejar de mirar.

            Al convertir aviones de pasajeros en armas de guerra (rehenes transmutados en misiles), Bin Laden y los suyos lanzaron al Occidente tecnológico contra sí mismo: la conquista del aire, sueño ilustrado donde los haya, devenida en pesadilla. Si volar como quien se sube a un caballo o una carreta, práctica tan poco natural para un bípedo terrestre, encarnaba ya un sinfín de miedos -piénsese en Aeropuerto 75 y secuelas hasta la desopilante Serpientes en el avión-, a partir del 2001 los anodinos aeropuertos civiles fueron reconstruidos como fortalezas.

Desechando cualquier presunción de inocencia, a partir de entonces cada pasajero, niños, ancianos y personas con capacidades diferentes -hay que ver con qué celo se registran carriolas y sillas de ruedas-, son amenazas en potencia: se nos invita a desconfiar unos de otros, a denunciar cualquier conducta sospechosa (como si supiésemos lo que esto significa) y se nos desnuda (literalmente) con escáneres cada vez más potentes sumados al manoseo policíaco al que hemos terminado por acostumbrarnos. Una de las mayores consecuencias del terrorismo es la docilidad con que nos sometemos, gustosos o resignados, a estas humillaciones cotidianas.

Como era de esperarse, la maniobra fue tan exitosa y tan rotunda que repetirla se volvió imposible. Conscientes de las dificultades añadidas, los terroristas, tan pragmáticos en lo terrestre en aras de obtener el gozo eterno, rebajaron sus expectativas. Apartados de los aeropuertos -y las academias de pilotos-, optaron por retroceder un siglo y medio y apuntaron hacia el ferrocarril, el gran emblema de la modernidad decimonónica. Luego de Madrid, los islamistas consiguieron que las estaciones de tren, tan olvidadas e inmutables, también se llenasen de cámaras, agentes encubiertos y uniformados, escáneres para pasajeros y maletas.

De nueva cuenta, los astutos agentes de Al Qaeda reinsertados en el ISIS -meras franquicias delictivas- cambiaron de miras. Primero aviones, luego trenes, luego... autobuses. Y otra vez consiguieron redoblar la vigilancia de los paraderos. ¿Qué quedaba después? No se necesita una carrera en los órganos de inteligencia para imaginar que, al final, estarían a su disposición los verdaderos símbolos de nuestra sociedad petrolizada: no los aviones, reservados a las clases pudientes, ni los transportes públicos, cada vez más depauperados, sino los automotores particulares: coches, camiones, camionetas...

Desde hace un siglo, hemos rediseñado (y destruido) nuestras ciudades para regocijo de los automovilistas: millones de unidades en circulación, pruebas fehacientes del individualismo, el libre mercado, la globalización y el neoliberalismo que dominan nuestra era y que, a diferencia de aviones, trenes y autobuses, no pueden ser controlados en modo alguno. El grado cero del terrorismo motorizado: la furgoneta-arma de combate.

Si cada año muere más de un millón de personas en accidentes de tráfico, nuestros vehículos ahora son nuestros mayores enemigos: Christine, la bestia mecánica de Stephen King, con mente islamista. Porque esta vez, como quedó claro en Niza o Barcelona, hay poco qué hacer: cualquiera saca una licencia, compra o alquila un coche y se enlista como fitipaldi-kamikaze. Ante esta indefensión absoluta, quizás se pueda esgrimir una esperanza: el terrorismo pierde su eficacia cuando deja de provocar terror. Las Ramblas rebosantes el día posterior al atentado son la mejor respuesta -acaso la única- a la sinrazón. 

 

Twitter: @jvolpi

 

[Publicado el 27/8/2017 a las 19:43]

[Etiquetas: Barcelona; atentados;]

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Viajero frecuente

Abilio recibe una misión de labios de su tío Maclovio —si todos tenemos un tío Maclovio, el suyo era el más Maclovio de los tíos—: avistar el mundo, desenredar nuevos idiomas, explorar la vasta redondez del planeta. Ahíto de curiosidad y de esperanza, aborda su primer avión para emprender una mínima odisea que al cabo lo traiga de vuelta al pueblo y a los brazos de su adorada Anacoluta, con quien se ha prometido en matrimonio.

Cerca del regreso, el joven recibe un premio inesperado que, bien visto, también es un obstáculo: un paquete de millas. En la letra pequeña: a riesgo de perderlas, ha de usarlas de inmediato. Abilio duda, pero, como todo buen héroe, al final no se sustrae a la aventura. Ni qué decirlo: al término de su periplo, una nueva lotería —con otra generosa dotación de millas— lo arrastrará a los más extravagantes rincones del planeta.

            Nuestro Abilio se incorpora así al selecto club de los viajeros frecuentes: esos argonautas modernos que, a fuerza de ganar e invertir sus millas, consagran sus vidas a tropezar de aeropuerto en aeropuerto y de escala en escala sin otra meta que —Cavafis dixit— el viaje mismo. Abilio pronto se topa con otros miembros de su gremio; todos admiran y envidian al Gordo Pelosi, el flemático poseedor del récord de millas en tiempos recientes, y reverencian a Liborio la Momia, un anciano que, cual judío errante, no se ha detenido desde tiempos inmemoriales y vuela sin reposo, medio adormecido, en su silla de ruedas.

            Nadie asuma que la vida del viajero frecuente es fácil: tras el deslumbramiento, empiezan a dolerte los riñones, ya no te ilusionan tanto Ulán Bator o Tasmania y te aburres de bañarte en los servicios de otra terminal. Cuando Abilio se topa con el Gordo Pelosi, éste le diagnostica signos del agotamiento y le anuncia la peligrosa tercera fase que se cierne sobre todo viajero frecuente, la temida Escala Tropecientos: el instante en que el regreso ya no es posible.

            Abilio, enfurruñado, cree que el Gordo —su competencia: su espejo— busca desanimarlo y no cesa en su afán por vencerlo. Pero éste es ya el segundo malestar que se incuba en su cuerpo: semanas atrás, durante el homenaje que se le rendía, Liborio la Momia alcanzó a balbucir que sólo ansiaba volver a casa antes de que los organizadores le arrebatasen el micrófono. Los siniestros augurios no refrenan, empero, a nuestro héroe, quien sigue acumulando premios, millas, ciudades, selfies. Hasta que recibe la absurda, trágica, pavorosa noticia: el Gordo Pelosi —sí, el Gordo— se arrojó de una avioneta sobre el Himalaya y desde entonces se halla desaparecido…

            No cuento qué más le ocurre a Abilio, el protagonista de Última escala a ninguna parte, el libro póstumo de Ignacio Padilla que acaba de publicar el FCE en su colección “A través del espejo”. Se trata, estoy cierto, de uno de sus mejores textos breves, el universo donde se sentía más cómodo. Como todo gran cuento para niños y jóvenes, Última escala… es una gran lectura para adultos: una profunda, melancólica, desencantada reflexión sobre la existencia, sobre las carreras que elegimos (o nos eligen), sobre el sentido o el sinsentido de atesorar millas y reconocimientos, ansias y recelos, sobre la inercia que nos atenaza sin remedio.

            Me es imposible, tras la muerte de Nacho, no desvelar los secretos autobiográficos que siempre escamoteó en sus textos para adultos e insertó en perfectos y retorcidos cuentos de hadas como Los papeles del dragón típico o Todos los osos son zurdos. Su reflexión, a punto de alcanzar esa mediana edad que se le escamoteó, gira aquí en torno a su propia carrera literaria, impulsada por decenas de premios; la amistosa competencia que nos unía; y la sensación compartida sobre la honda inutilidad de la batalla.

            Al comenzar este hermoso y triste libro pensé que Nacho se identificaba con Abilio; al terminarlo creo, en cambio, que él es el Gordo Pelosi: al saltar hacia su propio Himalaya y huir de la Escala Tropecientos me dejó aquí, obligado a contemplar esa foto anónima en la cual se le ve, o no, serenamente recostado frente a un mar azul muy intenso.

           

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[Publicado el 31/7/2017 a las 00:57]

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Delincuentes a las calles

-Prepárense porque miles de presos estarán de vuelta a las calles en los próximos días. La expectativa con esa determinación es que pudieran salir hasta 4 mil personas cuando menos de prisión, entonces ante eso habrá que prepararse la sociedad.

            Con esta frase, cuya sintaxis es apenas menos retorcida que su sentido, Miguel Ángel Mancera, jefe de gobierno de la Ciudad de México, encabezó las descalificaciones contra la Suprema Corte por haber resuelto que los inculpados o imputados -que no "reos", como ha insistido en escribir la prensa- del antiguo sistema inquisitorial pudiesen solicitar ante los tribunales la revisión de su prisión preventiva de acuerdo con los principios establecidos por el nuevo sistema oral acusatorio.

            Su ataque al nuevo modelo penal no es novedoso: en marzo ya había afirmado que el incremento de la delincuencia en la capital se debía a que, por culpa de éste, 12 mil presos habían abandonado la cárcel.

            -Vamos a firmar un manifiesto todos los gobernadores para pedirle al Poder Legislativo que legisle en esa materia, pero también estamos tomando medidas en torno a una posible salida de presuntos delincuentes -lo secundó el panista José Rosas Aispuru, gobernador de Durango.

            -Los delincuentes no pueden enfrentar sus procesos en libertad -terció el priista Omar Fayad, gobernador de Hidalgo.  

            Y, para que no queden dudas del lado que han escogido los gobernadores, Isabel Miranda de Wallace no sólo confirmó su alarma sino que -como acostumbra- la redobló al afirmar, sin ningún dato comprobable, que 70 mil delincuentes podrían salir a las calles.

            Como se puede comprobar con estas declaraciones, la mayor perversidad de sus autores radica en el uso del lenguaje. Y no me refiero a su torpeza gramatical, sino a la elección de las palabras: a fin de acentuar el miedo entre los ciudadanos, de por sí expuestos a inauditas cotas de violencia e impunidad, no tienen empacho en afirmar que quienes se aprestan a abandona las cárceles -previsiblemente para continuar robando, violando o asesinando- son "delincuentes".

            Y, claro, ¿quién querría que 4 mil o 12 mil o 70 mil (o, si a esas vamos, 100 o 200 mil) delincuentes inunden nuestras calles y nos tengan a su merced? La formulación es tan contundente, y sin embargo tan repugnante, tan mendaz, que a nuestros gobernadores debería caérseles la cara de vergüenza. ¿Cómo es que todos ellos, gobernantes de todos los partidos, utilizan este lenguaje propio de la ultraderecha?

            Tras un sinfín de contratiempos y presiones, la sociedad mexicana al fin ha comenzado a valorar y defender uno de los preceptos elementales que garantizan el estado de derecho y la convivencia democrática: la presunción de inocencia. Y de pronto nuestros gobernadores -incluido Mancera, quien posee un doctorado en Derecho- no dudan en vapulearla y relegarla, en el más puro estilo de demagogos y tiranos, como un estorbo que sería mejor desechar para proteger a los ciudadanos en peligro.

            No, señores gobernadores: quienes se encuentran sujetos a prisión preventiva -una medida cautelar entre otras- no son delincuentes. Tampoco presuntos delincuentes. Son ciudadanos a quienes se presume inocentes en tanto las autoridades -es decir, sus policías y sus ministerios públicos- no acrediten su culpa ante un juez, el cual además debe emitir una sentencia condenatoria. Sin esta sentencia, señores gobernadores, esos ciudadanos son tan inocentes como ustedes (y, visto el índice delictivo entre los funcionarios de su rango, quizás más).

            ¿Por qué decir entonces lo contrario? ¿Por qué engañar así a sus electores? La respuesta es de una obscenidad inaudita: porque así ustedes pretender justificar su fracaso en el "combate contra el crimen". Porque así pueden echarle la culpa a alguien más de la inaudita incapacidad y la pasmosa corrupción de sus cuerpos policíacos y sus ministerios públicos. Porque así pueden aparentar que se preocupan por su seguridad cuando en realidad no hacen nada o hacen lo contrario.

           

Twitter: @jvolpi

[Publicado el 21/7/2017 a las 19:39]

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Detrás del trono

Si no fuese auténtico, parecería el villano perfecto para una película de James Bond: obeso, desaliñado, con una cabellera color plata siempre mal peinada, brillante y sabihondo -en su círculo lo apodan La Enciclopedia-, millonario y excéntrico, amargado por la bancarrota de su padre tras la crisis de 2008 (su Rosebud particular) y decidido a vengarse de ese mismo establishment que lo encumbró pero que en el fondo desprecia con todas sus fuerzas. Un iluminado con la perspectiva escatológica que caracteriza a los grandes resentidos: la idea de que vivimos en una época de honda decadencia que ha de ser arrasada desde sus cimientos para volver a la luz (mantra traducido como "Make America Great Again").

            Al pronunciar su nombre se imponen las sombrías notas de John Williams que anuncian a Darth Vader y no extraña que Saturday Night Live lo parodie como un maléfico esqueleto con guadaña: Steve Bannon, empresario e inversionista de éxito, antiguo marino, productor de televisión (su fortuna deriva de Seinfield) y de cine (The Indian Runner, con Sean Penn, y Titus, de Julie Taymor, la directora de Frida) y sobre todo gran agent provocateur o guerrero cultural, primero en el ámbito del periodismo, desde que empezó a colaborar en el sitio ultraconservador Breitbart News hasta que, a la muerte de su fundador y amigo, se hizo convirtió en su editor, y luego como documentalista.

            Es en estos terrenos donde pueden observarse más claramente sus obsesiones sociales, históricas, filosóficas y políticas, retomadas ciegamente por su jefe, Donald Trump, quien no por nada lo convirtió en su principal asesor en la Casa Blanca y le concedió un asiento (supuestamente sin haberse dado cuenta) en el Consejo de Seguridad Nacional. La carrera  como agitador mediático del "segundo hombre más poderoso del mundo", como lo llamó Time, se inicia a partir de su desencanto con Jimmy Carter y su nostalgia por Reagan, magnificada en dos películas hagiográficas: In the Face of Evil: Reagan's War in Word and Deed y Still Point in a Turning: Ronald Reagan and his Ranch.

            A partir de ahí, entra en escena su visión catastrófica de la sociedad estadounidense, traducida en la necesidad de destruir su sistema para reconstruirlo desde sus cenizas (se le dice admirador de Lenin), plasmada en el documental Generation Zero, basado en The Fourth Turning, de William Strauss y Neil Howe, donde Bannon insiste en la idea de que cada ochenta años Estados Unidos entra en un nuevo ciclo marcado por una gran confrontación bélica (la Independencia, la Guerra Civil, la Segunda Guerra Mundial) que trastoca drásticamente a sus élites. Según él, nos aproximamos a ese cuarto momento de crisis y en la película llega a afirmar que una nueva guerra está próxima (desatada, previsiblemente, por el combate contra el "fascismo islámico"). 

            Pero sus documentales exhiben igualmente su encono hacia los inmigrantes sin papeles y la necesidad de blindar la frontera con México: en Cochis County USA: Cries from the Border, señala el caos imperante en un pueblo fronterizo, y en Border War: The Battle over Illegal Inmigration, no duda en afirmar que a los indocumentados: "a derecha los ve como trabajadores baratos, la izquierda como votantes baratos" al tiempo que instrumentaliza la crisis humanitaria de los mojados para disfrazar su desprecio hacia los no blancos. 

            No obstante, la película que quizás haya tenido más impacto de entre las suyas sea Clinton's Cash: The Untold Story of How an Why Foreign Goverments and Businesesses Make Bill and Hillary Rich, que, con sus repercusiones en el New York Times o el Washington Post, contribuyó enormemente a fijar la imagen de Hillary Clinton como una mujer venal y sin escrúpulos, concentrada en ganar dinero y en defender la podredumbre de la clase política tradicional, y acentuó el descrédito que a la postre la llevaría a perder las elecciones.

            En un entorno tan poco intelectual como el de Trump, Bannon se erige como su único ideólogo: se impone estudiarlo a detalle para entender una de las principales fuerzas que animan esta inédita forma de autoritarismo que desde la Casa Blanca hoy amenaza al mundo entero.

            La revista Time lo llamó "el segundo hombre más poderoso del mundo", un artículo en el New York Times de plano se titulaba "Presidente Bannon" y un sinfín de memes en redes sociales dibujan a Donald Trump sentado en sus piernas como una marioneta. A Stephen Kevin Bannon (nacido el 27 de noviembre de 1953 en Norfolk, Virginia), como a otros de los siniestros consejeros áulicos o eminencias grises de la historia -en un rango que va de Fouché a Rasputín y, en el caso mexicano, de Emilio Uranga a José María Córdoba-, se le ve no sólo como el poder detrás del trono, sino el auténtico poder. Maticemos: si es el único ideólogo en un ambiente tan poco intelectual como el que predomina hoy la Casa Blanca, la convivencia con una personalidad tan meteórica y atrabiliaria como la de Trump tampoco ha de serle sencilla.

            Al inicio de la campaña de 2016, Bannon señaló que Trump era una criatura imperfecta, no demasiado apta para cumplir con la agenda que él y los suyos -la extravagante cofradía que se autodenomina alt-right- querían imponerle a Estados Unidos, pero a partir de que el lobista conservador David Bossie lo condujese al sancta sanctorum de la Trump Tower, se dio cuenta de que tenía posibilidades reales de modelar e instruir al volcánico empresario neoyorquino. En una mezcla de Frankenstein con Pigmalión, a partir de ese momento Bannon se dio a la tarea de educar a su monstruo, de aprovecharse de su ambición, su ego y su ira hasta obligarlo a asumir su Weltanschauung como propia.

             ¿Y cuál es esta visión del mundo? En apenas un mes hemos tenido oportunidad de verla en acción, pues casi todas las medidas impulsadas por la administración Trump en estas caóticas semanas, del decreto contra los musulmanes al Muro, tienen su origen en las ideas de la "derecha alternativa". Como todo buen pesimista, Bannon no se equivoca al detectar los síntomas de decadencia de la sociedad estadounidense: para él, las élites gobernantes -ese Washington que Trump compara con un pantano- han dejado de preocuparse por los ciudadanos comunes, obsesionadas sólo con enriquecerse y mantener sus privilegios.

            La Gran Recesión de 2008 le parece a Bannon, no sin razón, el punto de quiebre de esta actitud y coincide con los críticos de izquierda al señalar que se trató de la "mayor transferencia de capitales de la clase media a los ricos en la historia reciente". Su rabia contra el sistema se inspira en el hecho de que ninguno de los responsables de la crisis, ningún inversionista sin escrúpulos, ningún político corrupto y ningún CEO fallido, haya sido enjuiciado o haya terminado en la cárcel. Como sabemos, a veces los extremos se tocan en este punto las tesis de Bannon apenas se alejan de las de Occupy Wall Street o Bernie Sanders.

            Pero el que la derecha alternativa y los movimientos anticapitalistas o altermundialistas coincidan en su diagnóstico no significa que ofrezcan soluciones parecidas al problema. Porque donde la izquierda radical aboga por una mayor regulación de los mercados y una supervisión estricta de la acción política, Bannon y los suyos prefieren desatar las fuerzas que acaben de una vez por todas con el sistema. Trump ha hecho suyo su énfasis en ponerse del lado de las víctimas de la globalización, que en este esquema es ismpre la clase media blanca y protestante que ha perdido su hegemonía y sus esperanzas de progreso.

            De ahí que el enemigo principal de su causa sean las fuerzas que mantienen vivo al sistema: en primera instancia, los medios tradicionales, a los que Trump y Bannon han declarado abiertamente la guerra. Conforme a su estrategia, los hechos alternativos no son mentiras, sino desafíos a la narrativa liberal que cobijar al establishment. Y de ahí también su cruzada contra los musulmanes, los mexicanos y, en general, los extranjeros: igual que Hitler, Bannon necesita que su base de votantes se asuma como explotada y vilipendiada por los otros -allá, los judíos; acá, los inmigrantes, las minorías y los terroristas islámicos- para conservar su base de apoyo y mantener viva su revolución. 

[Publicado el 11/3/2017 a las 16:31]

[Etiquetas: Bannon; Trump]

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Tear Down This Wall

Por fin, el Muro. Muchos insistían en que era una bravuconada más. Otro de sus desplantes de campaña. Un anzuelo para atraerse a un mayor número de votantes blancos desencantados y racistas. Un proyecto irrealizable que Trump dejaría atrás al llegar a la Casa Blanca. Un Gran Muro, un Bello Muro -son sus palabras- que terminaría convertido en una maltrecha verja. Y, una vez más, se equivocaron: el miércoles pasado, en una visita al Departamento de Seguridad Interior, firmó el decreto que impulsa su construcción, al lado de otras medidas igualmente contrarias a los derechos humanos (en la misma semana en que declaró que la tortura funciona "totalmente"). El Muro: una medida de la Edad Media para los albores del siglo XXI.

Quienes carecen de perspectiva histórica no comprenden que, en política, los símbolos suelen resultar más poderosos que los hechos. Que los símbolos producen hechos. El Muro de Berlín era sobre todo un símbolo. Y la Cortina de Acero, sagazmente inventada por Churchill, ni siquiera tenía existencia real. Dos símbolos utilísimos para fijar no tanto una frontera física como una imaginaria. La división entre dos esferas irreconciliables: los de adentro y los de afuera; los amigos y los enemigos; nosotros y ellos. Nosotros frente a ellos. Nosotros contra ellos. De ahí el anhelo de tantos por abatirlos. De ahí, incluso, el ímpetu de Reagan -con quien Trump se compara falazmente- de derrumbarlos. Y de ahí, en especial, el temple de millones de ciudadanos de Europa Central y del Este por destruir esa frontera que circundaba tanto sus cuerpos como sus mentes.

            A la larga, ningún muro ha servido para contener a los extranjeros o a los nativos que se han empeñado en traspasarlo, pero han sido el pretexto ideal para un sinfín de asesinatos, violaciones a los derechos humanos, vejaciones y deportaciones. Piénsese, si no, en el que separa a Israel de Palestina. Un símbolo que justifica y alienta el racismo, la xenofobia, el desprecio y el desconocimiento de los otros, el nacionalismo y el chovinismo extremos. El Muro es el reverso de la Declaración Universal de los Derechos Humanos -otro símbolo-, pues encarna la idea de que no todos los seres humanos somos iguales.

            Para Trump, el Muro también es un símbolo: el estandarte de unos Estados Unidos preocupados sólo por sí mismos, de un país que revive su añeja tradición aislacionista -que casi lo lleva a permitir el triunfo de Hitler en la segunda guerra mundial- y se considera superior a todos los demás; una barrera que busca frenar la infección representada por los inmigrantes mexicanos y latinoamericanos, una vacuna para esterilizar a los estadounidenses blancos y protestantes de la contaminación externa. Una medida que recuerda al nazismo al caracterizar a quienes se arriesgan a cruzar la frontera, en busca de una vida mejor, como violadores y criminales sólo por su origen étnico.

El Muro de Trump es una humillación para México. Una amenaza externa, como no la habíamos experimentado desde la invasión estadounidense de Veracruz en 1914, que está a punto de inaugurar una guerra fría entre las dos naciones. Ante esta agresión, el presidente Peña Nieto tendría que haber cancelado su viaje a Washington pero, arriesgando otra vez una estrategia de contención -que trae a la memoria al Pacto de Múnich-, se abstuvo de tomar la iniciativa hasta que el propio Trump volvió a desairarlo con su personal arma de guerra: un tuit.

Esta debería ser la última prueba de que la diplomacia tradicional no sirve frente a un demagogo dispuesto a quebrantar el estado de Derecho y a romper todas las normas de convivencia internacional. Ha llegado la hora de que gobierno y ciudadanos asumamos que México se halla frente a una situación de emergencia. Nos corresponde imaginar iniciativas ciudadanas para circundar su llamado al odio; forzar a nuestro gobierno a encararlo con tanta determinación como imaginación política; trabar nuevas alianzas en el mundo; encabezar una defensa global de los derechos humanos y los valores de nuestra civilización frente a la incipiente tiranía de Trump.

 

Twitter: @jvolpi

 

[Publicado el 02/2/2017 a las 14:35]

[Etiquetas: Trump; Muro]

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Tiempo de zozobra

Faltan sólo unos días para la investidura de Donald Trump como 45 presidente de Estados Unidos -el momento en que en verdad iniciará este ominoso 2017- y las señales de alarma se multiplican en todo el planeta, de modo particularmente grave para México. Mientras se acorta la desasosegante cuenta atrás, el año de la rabia da paso al de la zozobra: semanas y meses de incertidumbre, dominados por los caprichos de un líder venal y atrabiliario, los prejuicios, odios y ansias de venganza de sus seguidores y la incapacidad de nuestro gobierno para oponérsele. No se atisba el menor aliciente para el optimismo: una suerte de parálisis nos mantiene torpemente a la expectativa como el ratón que, fascinado ante los ojos de la serpiente, admira el sigilo con que ésta habrá de devorarlo.

            Si todavía hay quien cree que Trump se moderará en su nuevo encargo, como si la Casa Blanca tuviese el poder de alterar de la noche a la mañana el temple de sus ocupantes -una ilusión tan peregrina como imaginar que nunca sería candidato o que nunca ganaría la elección-, basta observar al equipo de trabajo que ha elegido siguiendo el modelo de The Apprentice -una amalgama de millonarios y militares en cada puesto clave-, sus primeros mensajes como presidente electo -cada tuit, una ofensa-, sus primeros escarceos en política exterior -irritar a China o empeñarse en su defensa de Rusia- o sus primeras medidas -amenazar a Ford, GM y Toyota por construir plantas armadoras en México- para pulverizar cualquier esperanza.

            A partir del 20 de enero, tendremos al mismo Trump que hemos visto mentir una y otra vez sin jamás arrepentirse; al mismo Trump que no ha vacilado en burlarse de sus rivales; el mismo Trump que ha sobajado a las mujeres, los musulmanes o los veteranos; el mismo Trump que se siente superior a todos los expertos; el mismo Trump que persigue enemigos por doquier para justificar su autoritarismo; el mismo Trump que ha prometido incrementar el arsenal nuclear de su país; el mismo Trump que desprecia los derechos humanos; el mismo Trump que no ha dejado de señalar a México y a los mexicanos como los principales obstáculos en su desorbitada promesa de "hacer a Estados Unidos grande otra vez".

            Y así, mientras los políticos de ultraderecha, racistas, xenófobos, autoritarios, proteccionistas y ultraconservadores de todo el mundo se frotan las manos -¡demagogos del mundo, uníos!-, el gobierno de México no sale de su pasmo, incapaz de darse cuenta de lo que está por venir. Ante una impopularidad extrema, fraguada entre los innumerables casos de corrupción y Ayotzinapa, acrisolada con la esperpéntica visita de Trump a Los Pinos y rematada con el alza del precio de la gasolina, no logra articular un discurso mínimamente coherente para estos tiempos de zozobra. Hasta ahora, la estrategia ha sido la prudencia extrema: no hablar de más, no alertar sobre el peligro para no hacerlo parecer aún mayor -aunque lo sea-, maquillar las amenazas como "desafíos" e insistir en el "diálogo constructivo" con quien no ha dejado de atacarnos.

            A la feroz crisis económica que se nos viene encima, y a la devaluación del peso que no tiene visos de frenarse, en los próximos meses estaremos obligados a "renegociar" el TLCAN -un eufemismo que implica aceptar el menor número posible de exigencias de Trump-, al tiempo que tendremos que recibir a un número imposible de cuantificar de mexicanos expulsados de Estados Unidos: si Obama deportó a 2.5 millones entre 2009 y 2015, es infantil pensar que Trump -con un secretario ultra como Jeff Sessions- no superará esa cifra con rapidez. Y eso sin contar la respuesta ante la advertencia continuada de que pagaremos el infame Gran Muro.

            La prudencia, si es que es prudencia y no mera inmovilidad, no es admisible: México requiere un nuevo discurso público -una nueva narrativa-, firme y nítido, para el abierto enfrentamiento que nos espera con Trump. Una narrativa de unidad que no podrá ser articulada sólo con palabras huecas y blandas, como las que hemos escuchado hasta ahora, sino con hechos y posiciones que demuestren un radical cambio de rumbo.  

[Publicado el 15/1/2017 a las 17:34]

[Etiquetas: Trump]

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Biografía

(México, 1968). Es autor de las novelas La paz de los sepulcros, El temperamento melancólico y En busca de Klingsor (premios Biblioteca Breve y Deux Océans-Grinzane Cavour). Con ella inició una "Trilogía del siglo XX", cuya segunda parte es El fin de la locura y la tercera No será la Tierra. También ha escrito las novelas cortas reunidas en el volumen Días de ira, así como Sanar tu piel amarga, El jardín devastado y Oscuro bosque oscuro. Es autor de los ensayos La imaginación y el poder, La guerra y las palabras, Mentiras contagiosas (Premio Mazatán al mejor libro del año 2008), El insomnio de Bolívar (Premio Debate-Casa de América 2009) y Leer la mente. En 2009 obtuvo el Premio José Donoso de Chile por el conjunto de su obra. Ha sido profesor en las universidades de Emory, Cornell, Las Américas de  Puebla, Pau, Católica de Chile, Nacional Autónoma de México y Princeton. Ha sido becario de la Fundación Guggenheim y miembro del Sistema Nacional de Creadores de México. Ha sido condecorado como Caballero de la Orden de Artes y Letras de Francia y con la Orden de Isabel la Católica de España. Fue director de Canal 22 entre 2007 y 2011. Es colaborador de los periódicos Reforma y El País. Sus libros han sido traducidos a veinticinco idiomas. En 2012 recibió el premio Planeta-Casa de América por su novela La tejedora de sombras. En 2014, publica su novela Memorial del engaño en América Latina y España y, para el año 2015, estará publicada en Brasil, Portugal, Italia y Francia. Actualmente es director general del Festival Internacional Cervantino. 
 

Bibliografía

Memorial del engaño (2014). Ediciones Alfaguara, España

Leer la mente (2011). Ediciones Alfaguara, España

No será la tierra (2006). Ediciones Alfaguara, España

Dos novelistas poco edificantes (2004). Volpi, Jorge; Urroz, Eloy. Algaida Editores, España

Geometric intimacies. Sebastián Sculptor (2004). Ediciones Turner, España

Geometría emocional. Sebastián escultor (2004). Ediciones Turner, España

La guerra y las palabras (2004). Editorial Seix Barral, España

El fin de la locura (2003). Editorial Seix Barral, España

Desafíos de la ficción (2002). Volpi, Jorge, [et. al.] Universidad de Alicante. Servicio de Publicaciones, España

En busca de Klingsor (2000). Círculo de Lectores, España

El juego del apocalipsis: un viaje a Patmos (2000). Nuevas Ediciones de Bolsillo. España

Tres bosquejos del mal (2000). Urroz, Eloy; Padilla, Ignacio; Volpi, Jorge. El Aleph Editores, España

 

 

 

 

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