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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

lunes, 29 de mayo de 2017

 Río Fugitivo / Blog de Edmundo Paz Soldán

Nosotros, los ciborgs

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            Hace algunos meses estuve en la región amazónica de Bolivia y vi árboles que me deslumbraron por sus formas retorcidas. Amigos que vivían allí no supieron decirme cómo se llamaban; después de muchos esfuerzos la encargada de la recepción en el hotel despejó mis dudas. Recuerdo que ese momento pensé intuitivamente que todo sería más fácil si se pudiera apuntar a los árboles y que el celular me entregara una respuesta. La empresa Google acaba de anunciar una nueva aplicación, Lens, con la que a partir de ahora eso será posible. El filósofo francés Éric Sadin diría que esa aplicación es un paso más en "la administración robotizada de nuestra existencia". Su libro La humanidad aumentada (Caja Negra, 2017) es un brillante ensayo acerca de las consecuencias de los avances tecnológicos en la condición humana.

            La ciencia ficción ha instalado en nuestro imaginario la idea de que algún día los robots se rebelarán y pasarán a dominar el mundo. A Sadin no le preocupa mucho esa posible rebelión; analiza lúcidamente, más bien, cómo poco a poco, digamos desde mediados del siglo XX, el progreso gigantesco de la inteligencia artificial ha permitido que las computadoras se vuelvan indispensables en nuestra vida cotidiana, asistiéndonos en todo tipo de decisiones: su "discernimiento algorítimico... encuadra el curso de las cosas, reglamenta o fluidifica las relaciones con los otros, con el comercio, con nuestro propio cuerpo". Las computadoras han penetrado tanto en nuestro inconsciente que no percibimos cómo van configurando nuestros días: les delegamos el control de aviones comerciales -pilotos automáticos--, la ejecución de decisiones financieras -el trading algorítmico--, el despliegue de nuestros pasos por una ciudad -el GPS--, y también nuestros gustos más íntimos: hace poco, un amigo me contaba que el algoritmo de Netflix lo conocía mejor que su pareja.

            Para Sadin, la revolución digital no consiste en la comunicación instantánea o en el fácil acceso a música o películas, sino en la instalación de una "capa matemática" que media nuestra relación con el mundo. El fetichismo por los celulares tiene que ver con esa forma invisible con que nos ayudan a gestionar esa relación: nuestra subjetividad se ha ampliado gracias a procesadores poderosos. Así, va emergiendo un profundo cambio ontológico y antropológico, una nueva condición humana "hibridada" con lo artificial, que no hará más que intensificarse cuando se normalice la implantación de chips en el organismo. Tenemos nuevas formas de relacionarnos con el tiempo y el espacio: si antes tomábamos decisiones a partir de una sensibilidad y una inteligencia particulares, ahora la vida está "aumentada o curvada por procesos cognitivos en parte superiores y más avezados que los nuestros".

            De modo que no hay que preocuparse de la rebelión de las máquinas, sino de cómo estas, relucientes y seductoras, nos acompañan todo el día y nos han convertido en "sujetos algorítmicamente asistidos". Vivimos en el tiempo de la "gubernamentalidad algorítmica", en el que procesos "mágicos" de los que no tenemos idea cómo ocurren controlan decisiones individuales y colectivas. A las máquinas les tenemos cariño y también nos intimidan; las hemos divinizado y no es de extrañar que cualquier rato surga una religión dedicada a ellas. Para Sadin, el gran desafío de los próximos años consistirá en buscar formas para que el ser humano recupere autonomía y soberanía al posicionarse "respecto de la verdad impuesta por los sistemas". No será fácil: hoy mismo, Google ha anunciado que su nuevo chip de inteligencia artificial será cuatro veces más rápido que el anterior.

 

(La Tercera, 21 de mayo 2017)

[Publicado el 21/5/2017 a las 22:12]

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Graciela Speranza y el tiempo en el arte de nuestro tiempo

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Alguna vez leía clásicos, ahora no tanto: me inundan las novedades cada vez que ingreso a Internet, y me dejo llevar por ellas, una y otra vez. Alguna vez sentarme a escribir un cuento era precisamente eso, ahora no tanto: suficiente abrir la computadora para descubrir la cantidad de correos que me urge responder, las noticias con las que debo ponerme al día, las polémicas en las redes que me reclaman. Así pasan las horas, incapaz de proyectar el futuro o bucear en el pasado porque el presente me ha agarrado del cuello. Lo que me ocurre no es la excepción sino la norma, como sugiere la intelectual argentina Graciela Speranza resumiendo un libro de Jonathan Crary: "son muy pocos ya los intervalos significativos de la experiencia humana, a excepción del sueño, que no han sido penetrados o arrebatados como tiempo laboral, tiempo del consumo, tiempo mercantilizado". Los nuevos medios y las nuevas tecnologías, que venían a liberarnos, nos están ahogando con la urgencia de sus requerimientos.

            La cita de Speranza está en su lúcido y potente libro, Cronografías: Arte y ficciones de un tiempo sin tiempo (Anagrama), que indaga en las formas en que el arte y la literatura contemporáneos se enfrentan al problema del tiempo a través de la revitalización de sus formas y lenguajes. Cronografías sugiere con convicción que el arte hoy no solo nos puede ayudar a entender nuestra experiencia enloquecida del presente, también es capaz de transformar esa experiencia: contemplar un cuadro, ver una videoinstalación, leer una novela nos desaceleran, nos dan pie para resistir al reloj y su dictadura. Pero esa resistencia debe apuntalar también el camino de la revolución que nos permita recuperar relaciones menos salvajes con el reloj.

            Speranza es exhaustiva y recorre todas las artes, pero se detiene sobre todo en la videoinstalación, que en las páginas de su libro aparece como la más adecuada para enfrentarse al problema de la representación del tiempo. De todas las obras analizadas, la central es The Clock (2010), del suizo Christian Marclay (1955). En esta obra que dura veinticuatro horas, Marclay y su equipo arman durante tres años un montaje de clips de películas en las que aparece un reloj marcando cada minuto del día; en The Clock, el tiempo real y el tiempo de la pantalla coinciden, creando una suerte de "ballet de la humanidad registrado en cien años de historia del cine... Las horas no son unidades matemáticas, sino casilleros semánticos... exclusas de la gestualidad". Por supuesto, no es fácil ver The Clock: solo hay seis copias en diferentes museos del mundo, y no siempre se exhiben. Es una de las aporías del arte experimental: nos dice cosas sugerentes pero no todos pueden acceder a él (en la sección más literaria del libro, Speranza habla de un espectador -que puede ser ella-- que hace un viaje especial a Los Ángeles con el único objetivo de ver The Clock en un museo).

            Speranza también analiza, entre otros, a Anne Carson, Karl Ove Knausgard, Gabriel Orozco, Liliana Porter, Patricio Pron, W. G. Sebald y Lydia Davis. Todos están unidos por la búsqueda de nuevos registros simbólicos en torno al tiempo que nos permitan desnaturalizarlo y resistir así el culto contemporáneo de la hipervelocidad y la hiperconexión. La critica recuerda, en su prosa a la vez compleja y transparente -incluso didáctica--, que Walter Benjamin afirmaba que hacia 1840 algunos parisinos salían a pasear tortugas con correa, para enfrentarse a su manera al progreso y "contrariar las urgencias del productivismo capitalista". Los artistas más necesarios hoy son aquellos que están buscando esas tortugas que nos permitan "abrir el presente a otros tiempos". El desafío consistirá en encontrar el tiempo para escucharlos.

 

(La Tercera, 9 de abril 2017)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

[Publicado el 10/4/2017 a las 16:29]

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Odebrecht, la corrupción y nosotros

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fuente: http://www.utero.pe

Tres años atrás yo vivía en Río de Janeiro cuando la Operación Lava Jato explotó en el Brasil; el juez Sérgio Moro, a cargo de la operación más grande contra la corrupción en el Brasil –ha tocado a un par de presidentes, ha llevado a más de ochenta personas a la cárcel, involucra el lavado de 8.000 millones de dólares--, se convirtió de la noche a la mañana en un héroe popular, con tapas en las revistas y su nombre convertido en sinónimo de la lucha contra un mal endémico en el país amazónico; eran días previos al mundial de fútbol, y se hablaba de las sumas gigantescas que se habían embolsado algunos políticos por la construcción de estadios. Vi marchas en las calles, pero apenas comenzó el mundial la gente se calmó; por un tiempo, al menos, porque poco después Lavo Jato comenzó a tocar a las puertas de Lula y logró un impulso renovado.

Al principio de la investigación de Moro el enfoque estaba en Petrobras, la empresa estatal de petróleos del Brasil, que era la que pedía los sobornos en las licitaciones de sus grandes proyectos, pero luego cayeron las grandes constructoras –sobre todo Odebrecht--, que eran las que pagaban los sobornos y compraban no solo a dirigentes de Petrobras sino también a políticos que debían aprobar las licitaciones. Se sospechaba que el método usado por Odebrecht en Brasil había sido aplicado por todo América Latina: Alberto Youseff, uno de los principales blanqueadores de dinero, tenía en su poder una lista de 750 proyectos llevados a cabo a lo largo del continente cuando fue arrestado por la policía. Solo era cuestión de tiempo para que explotara; lo hizo a fines del año pasado, gracias a un acuerdo de delación premiada por el que los principales dirigentes de Odebrecht –entre ellos Marcelo Odebrecht, expresidente de la constructora-- se decidieron a hablar para evitar sanciones menores.

Ya son al menos seis países los afectados directamente por Lava Jato, y el escándalo ha tocado no solo a Lula, sino al expresidente peruano Alejandro Toledo en Perú, y al presidente Juan Manuel Santos en Colombia. Lo de Lula fue un golpe moral y simbólico muy fuerte, porque el jefe del PT era visto como uno de los grandes líderes de la izquierda continental; si Lula caía, también se desmoronaba la fe en los movimientos neopopulistas surgidos a fines del siglo pasado para combatir los excesos salvajes del neoliberalismo (y se mostraba que la corrupción no era un privilegio de la derecha). En el caso peruano, Odebrecht reconoció que pagó a altos funcionarios de tres gobiernos –Toledo, Ollanta Humala y Alan García-- sobornos de casi 30 millones de dólares entre 2005 y 2014; el más beneficiado fue Toledo, que habría recibido 20 millones por adjudicar la licitación de los tramos II y III de la carretera Interoceánica Sur. El caso colombiano es más enredado: un ex-congresista que actuaba como intermediario de Odebrecht confesó haber dado el 2014 un millón de dólares a la campaña del presidente Juan Manuel Santos, y luego se retractó, no sin que antes se hiciera eco de sus palabras el Fiscal General y amplificara la acusación; la investigación se ha iniciado, y promete enlodar la campaña presidencial del próximo año. Como dice el analista Ricardo Silva Romero, se trata de una “versión previsible, y de bajo presupuesto… de la espeluznante House of Cards”.

La senadora Claudia Lopez, una de las políticas más importantes en Colombia, ya se ha anunciado como pre-candidata presidencial bajo el programa central de la lucha contra la corrupción: “Nosotros estamos comprometidos con la paz, por supuesto, pero lo que realmente va a frenar la paz es que…este mar de corrupción y politiquería siga gobernando este país. ¿Quién va a hacer las carreteras, a construir las escuelas, o incorporar a los campesinos del país, si todo se lo roban?” ¿Llegará lejos? Difícil. Luchar contra la corrupción aparece de tanto en tanto en las agendas de los políticos y los partidos, pero en el continente el tema nunca ha adquirido el peso suficiente como para encumbrar a un líder que maneje ese discurso. “Roba, pero hace obra”, ha sido más bien una de las frases que ha definido nuestra relación laxa con la corrupción de nuestros políticos. Nos indignamos, pero quizás no lo suficiente (en Rumania, hace poco, un decreto aprobado para suavizar las penas contra la corrupción sacó a la gente a las calles y se logró que el ministro de Justicia renunciara y la nueva ley fuera revocada; ¿ocurriría eso aquí?). Nuestra cultura no ayuda --¿cómo quejarnos de esas coimas enormes si a nosotros nos viene la tentación de coimear apenas nos detiene un policía o a la hora de hacer trámites?--, y nos faltan instituciones fuertes --la justicia brasileña parece ser una excepción-- y procesos transparentes que nos hagan sentir que nuestras quejas son escuchadas y producen algún efecto.

Habrá más arrestados en el continente por culpa de Odebrecht (la constructora también operó en Bolivia; ¿alguien lo investigará?). Puede que caigan Toledo y otros peces grandes, y nos quedaremos con la sensación de que se ha hecho lo que se tenía que hacer, y pasaremos página, aliviados. Pero la corrupción entre nuestros políticos y empresarios no desaparecerá, no solo por culpa de la naturaleza humana, tan frágil, sino también porque no emprenderemos las medidas de fondo necesarias para evitar nuevos escándalos. Nos queda el voto contra el partido corrupto en una futura elección, pero nada más, ningún cambio ni en las leyes ni en las costumbres que intimide un poco más a quienes corrompen y se dejan corromper. Nuestras instituciones seguirán siendo frágiles, nuestra justicia fácilmente comprable, nuestros procesos de licitación de obras manejados en la oscuridad. Los empresarios y políticos aprenderán las lecciones erradas del caso Odebrecht; no a luchar contra la corrupción de verdad, sino a ver cómo hacer la siguiente para no dejarse atrapar.  

   

(El Deber, 19 de agosto 2017) 

 

 

 

[Publicado el 19/2/2017 a las 20:07]

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Mathias Enard, entre Oriente y Occidente

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Todas las novelas son construcciones artificiales, pero a algunas se les nota el artificio más que a otras. Brújula, del escritor francés Mathias Enard (Random), ganadora del último premio Goncourt, exhibe sus andamios con orgullo: en una noche de insomnio en su departmento de Viena, el musicólogo, opiómano y enfermo Franz Ritter recuerda, a lo largo de cuatrocientas páginas, la apasionada historia de sus relaciones con el Oriente Próximo, a partir de su fascinación por Sarah, una académica orientalista. La trama es débil y parece más que nada una excusa para desplegar la impresionante erudición y lucidez de Enard ante uno de los temas más urgentes del momento: las relaciones de Occidente con Oriente. La historia que cuenta Brújula no se te mete bajo la piel como otras de este autor -La perfección del tiro, por ejemplo--, pero hay pocas páginas en las que no deslumbra. 

El monólogo de Ritter, desplegado en una prosa rica en matices, de frases largas y abarcadoras, parte del reconocimiento de que la "frágil pasarela", los lazos tendidos por el tiempo entre la Europa que él representa y Oriente ha ido siendo destruida a lo largo de los últimos siglos por un nacionalismo exacerbado que se concentra en las diferencias y somete todo a una lógica marcada por las relaciones de dominación. Sarah propone un nuevo esquema, que sirve de guía a la novela: entender esta historia compleja no a partir de una inexistente "alteridad absoluta" sino desde lo "compartido y la continuidad", "hallar una nueva visión que incluyese al otro en el yo".

Hay pocas cosas que Ritter no sabe de esta relación, a juzgar por sus recuerdos, en los que se mezcla la experiencia personal con las anécdotas sacadas de la historia y de sus lecturas; parte de su especialidad como musicólogo -Mendelssohn, Chopin- pero se extiende a otras artes -la literatura es central: Goethe, Balzac, Hedayat- y otros saberes -el "orientalista" Faugier como otro de los grías de Brújula, la arqueología como ciencia fundamental en la construcción de nuestra imagen de Oriente- y a la política y el comercio -"Napoleón Bonaparte es el inventor del orientalismo"--. El deseo de Ritter por el opio es perfecto, se cierra en sí mismo, mientras que el deseo de Oriente está siempre reinventándose en múltiples objetivos: puede ser un exceso de la imaginación, pero es también "carnal, una dominación por el cuerpo, un borrado del otro en el goce". La novela, así, es un reconocimiento a todos esos hombres y mujeres que fueron más allá de sí mismos para perderse en el deseo por otra cultura (también están aquellos que se perdieron para rechazarla).  

En Brújula hay una enorme cantidad de ejemplos de cómo Occidente no puede pensarse sin Oriente (y viceversa): las "orientalistas" princesas y alfombras voladoras de Disney han sido adoptadas en Arabia Saudita como parte de su cultura y ahora están en todas partes: "todos los contometrajes didácticos (para aprender a rezar, a ayunar, a vivir como un buen musulmán) las copian"; la decapitación en público puede tener fuentes musulmanas pero es también una construcción conjunta: "Lo que nosotros identificamos en esas atroces decapitaciones como ‘otro', ‘diferente', ‘oriental', también a un árabe, a un turco o a un iraní le resulta ‘otro', ‘diferente' y ‘oriental'".

En tiempos en que se habla con facilidad de una lucha de civilizaciones, Enard muestra con contundencia que no hay lucha más central que la que debemos tener con nosotros mismos: ese otro que amamos y odiamos somos nosotros mismos. 

 

(La Tercera, 12 de febrero 2017) 

 

[Publicado el 12/2/2017 a las 15:01]

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María Moreno, la sobreviviente

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Black Out (Random), de María Moreno, es uno de los libros que me ha impresionado más en este fin/principio de año, y guarda muchas similitudes con otro reciente gran libro, el de Cristina Rivera Garza dedicado a Rulfo (Había mucha neblina o humo o no sé qué). Como el de la mexicana, Black Out se despliega en una estructura híbrida, con incursiones tanto en la crónica narrativa como en el ensayo histórico/sociológico o en el análisis literario. A ratos, pese al orden que Moreno le da al libro -las tres secciones que retornan una y otra vez- puede que su formato sea un poco despatarrado, pero ese "desorden" termina convirtiéndose en la marca de un estilo y potencia el relato.       

Black Out es a la vez la autobiografía de una alcohólica, un análisis brillante del lugar del alcohol en la literatura fundacional argentina (el Martín Fierro, Una excursión a los indios ranqueles), y el retrato de los turbulentos años setenta en un sector intelectual de Buenos Aires para quien el bar era un lugar obligado de encuentro, el espacio donde se dirimían teorías interpretativas del momento histórico y se decidían pertenencias y exclusiones ("La Paz era mi bar. Allí nadie tenía la clase que buscaba Briante, en cambio se hablaba mucho de clases sociales"). A Moreno, hija de una doctora en Química, le fascina el alcohol desde niña: los trucos de magia de su madre, que convierte "una sustancia transparente en rojo bermellón", son su escena primigenia: con el tiempo, convierten el alcohol que bebe en esa sangre que le fluye a torrentes --padece de endometriosis- (si bien la literatura dedicada al alcohol tiene una larga y notable genealogía, lo que hace Moreno con la menstruación tiene pocos antecedentes y se cuenta entre lo mejor de Black Out).  

En su mirada descarnada al alcohol, Moreno hace recordar unos versos de Jaime Saenz en La noche: "La experiencia más dolorosa, la más triste y aterradora/ que imaginarse pueda,/ es sin duda la experiencia del alcohol./ Y está al alcance de cualquier mortal./ Abre muchas puertas./ Es un verdadero camino de conocimiento, quizá el más/ humano, aunque peligroso en extremo./ Y tan atroz y temible se muestra, en un recorrido de/ espanto y miseria, que uno quisiera quedarse muerto allá". Hay diferencias: para Saenz, el alcohol podía ser una vía de trascendencia del cuerpo; para Moreno, en cambio, el alcohol es el cuerpo: "Mi sangre se había retirado puntual y ahora sólo sentía el alcohol deslizarme por mi garganta, su peso en la vejiga. El alambique vertía su sedimento oscuro con olor a acetona, una transpiración que no detenía a los mosquitos, la saliva pesada que sólo se alivianaba cuando se detenía un poco".

El alcohol es también una forma de ingreso a una cofradía masculina que tiene en el bar su templo. Moreno retrata con lucidez ese mundo no de íntimos sino de "prófugos de la intimidad", y sus líneas más conmovedoras son para los retratos de los mozos y los amigos que pueblan esos espacios: "Jarrita tenía esas pisadas cortas de buzo propias de los veteranos de su oficio. Era un profesional sordo a las cachadas de los parroquianos y había convertido su ir y venir, la entrega de los pedidos y su sonrisa fija, en una tumba sobre su vida privada"; a Charlie Feiling "le pasaban la quimio... Agitaba el cablerío con impaciencia. Se atareaba en esas pequeñas acciones sin quejarse por las ocasionales negligencias de los enfermeros, sabía arreglárselas mientras moría: se puede ser un héroe acostado".

Black Out es la historia de una sobreviviente, alguien que ha sido capaz de dejar el alcohol y, a la vez, no se hace ilusiones: la tentación está siempre en esa "luz que titila como una marquesina" a lo lejos, y que puede que sea un bar.  

(La Tercera, 15 de enero 2017)

[Publicado el 15/1/2017 a las 14:48]

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Una carta de amor de Cristina Rivera Garza a Juan Rulfo

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Todos los escritores tenemos un lugar sagrado especial para el escritor que nos ha cambiado la vida pero pocos somos capaces de escribirle una carta de amor tan elocuente como la de Cristina Rivera Garza a Juan Rulfo: Había mucha neblina o humo o no sé qué (Random) -título excepcional donde los haya- es una confesión completa, un asedio incesante que entrega un Rulfo a veces conocido y otras muy nuevo, pero siempre complejo y fascinante. Había mucha neblina es historia y crítica cultural, biografía a medias y crónica autobiográfica con momentos sublimes; es un gran modelo de crítica literaria híbrida, que indaga tanto en el texto como en las condiciones materiales que lo permiten y que de paso se convierte ella misma en literatura.

Tres son los principales puntos de ingreso de Rivera Garza a la escritura y a las condiciones materiales específicas de la vida de Rulfo: el histórico, que investiga al escritor de Jalisco en los años cuarenta y cincuenta, como agente contradictorio del proceso modernizador en el que estaba embarcado México; el de la crítica literaria, que relee la obra para apuntar nuevos caminos de lectura; y el de la escritura misma, que se apropia de escenas y frases de Rulfo como punta de lanza para la escritura de otros textos. El Rulfo de Rivera Garza es un "doble agente", alguien que a fines de los cuarenta trabaja en una compañía trasnacional de llantas (la Goodrich-Euzkadi), y luego, a mediados de los cincuenta, es asesor e investigador de la Comisión del Papaloapan. Esos trabajos no son menores: a base de sus informes para la Comisión, el gobierno justificaba los desalojos de comunidades indígenas de los sitios donde se construiría la presa Miguel Alemán. Rulfo, así, es como el ángel de la historia de Benjamin: "un apasionado del progreso que va hacia adelante sobre los vientos de la Comisión del Papaloapan y, a la vez, el solidario defensor de las comunidades indígenas que, melancólicamente, mira la ruina, la miseria, la orfandad".   

            El Rulfo de Rivera Garza enuncia no solo esa modernidad de mediados de siglo de la que él es uno de sus agentes, sino que también es capaz de desplazarse a nuestro presente, a "aquello que no sab[emos] pero avizoramos". Rulfo incorpora el deseo sexual femenino como parte activa -aunque negada- de la modernización mexicana. Es también un Rulfo queer: "¿Dices que te llamas Doroteo?", pregunta Juan Preciado en Pedro Páramo. "Da lo mismo", es la respuesta, "aunque mi nombre sea Dorotea. Pero da lo mismo". Estos momentos de "intermitencia genérica" permitirían una lectura alternativa de "los cuerpos de la modernidad mexicana", al igual que otros momentos de sexualidad polimorfa: los hermanos incestuosos de Pedro Páramo, el niño de "Macario" obsesionado con los pechos de su nodriza, las congregantes de "características más bien viriles" de "Anacleto Morones". De los cuentos de Rivera Garza inspirados por Rulfo, me quedo con el intenso "Allá te comerán las turicatas", inspirado por la escena de los hermanos incestuosos en Pedro Páramo, a la que la autora vuelve una y otra vez y convierte en generadora de la escritura de su libro.

Como toda carta de amor que se respete, Había mucha neblina tiene sus exageraciones ("sólo un hombre de provincias, con esa atención desmedida ante su entorno, apegado hasta la médula a las cosas de la tierra, pudo haber traducido los murmullos cotidanos en pura escritura"), pero esas exageraciones son las que permiten las iluminaciones de la autora, que estallan en cada página, y el sublime final, con subida a la montaña y todo: "Nos desgastamos, es cierto, pero no para morir sino para vivir. Nos desgastamos no para llegar al punto del agotamiento, sino al punto de la devoción".

 

(La Tercera, 3 de enero 2017)

[Publicado el 03/1/2017 a las 14:52]

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Los mundos visibles e invisibles de la ciencia ficción china

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Hao Jingfang

Hace un par de años un presentador de CCTV, el canal estatal de televisión más importante de China, anunció que pronto comenzarían una serie de entrevistas sobre ciencia ficción, ante lo cual más de cien personas en el estudio comenzaron a cantar: "¡Eliminemos la tiranía de los humanos! ¡El mundo pertenece a Trisolaris!" El presentador se mostró sorprendido: por lo visto, no había leído El problema de los tres cuerpos, la novela de Liu Cixin ganadora del Hugo -el premio más importante de la ciencia ficción-- que, con casi dos millones de ejemplares vendidos en el mundo, era en buena parte responsable de la popularidad de la versión china de este género.

Puede que para algunos una golondrina no haga verano, pero dos quizás sí: el premio Hugo a la mejor nouvelle de este año fue para Hao Jungfang, por Folding Beijing; esa nouvelle, junto a un par de cuentos de Cixin y una selección de otros cinco autores, se encuentra en Invisible Planets (Tor, 2016), una antología de ciencia ficción china contemporánea que sirve de entrada a este vasto universo. Ken Liu, el antologador y traductor, insiste con justeza en el prólogo que estos cuentos y nouvelles deberían ser juzgados por su valor literario universal; a la vez, sin embargo, también se puede leer la ciencia ficción china como, en palabras de la escritora Xia Jia, una "alegoría nacional en los tiempos de la globalización". Las grandes transformaciones sociales y económicas del país se reflejan en un género que juega siempre a dos bandas: imagina los "mundos invisibles" del futuro a la vez que dialoga y critica con los "mundos visibles" del presente.

En Folding Beijing, por ejemplo, Hao Jungfang ha encontrado una metáfora perfecta para hablar de las disparidades sociales y las brutales divisiones de clases: una ciudad dividida en Tres Espacios, que se va plegando y desplegando literalmente a lo largo de 48 horas de modo tal que los que viven en un Espacio jamás entran en contacto con los de los otros dos Espacios, y donde hasta las horas de luz son divididas de acuerdo a clases: quienes viven en el Primer Espacio tienen más derecho al sol. En esa ciudad quebrada se desplaza el procesador de basura Lao Dao, y su misión arriesgada será llevar un mensaje del Tercer al Primer Espacio (lo mueven razones económicas: necesita dinero para pagar la elevada pensión del kinder de su hija).   

Si bien la trama o el lenguaje de Folding Beijing no son muy originales, sí lo es ese Beijing quebrado que imagina Jungfang: los sueños de la China única, de la sociedad comunista igualitaria, han dado lugar a un estratificado monstruo del hiperdesarrollo. Hay otras ciudades distópicas en la antología, como la de Ma Boyong en "City of Silence", que actualiza el 1984 de Orwell: un mundo en que las "autoridades apropiadas" publican todos los días el listado de "palabras sanas" que pueden usar sus habitantes y las "protegidas" o prohibidas ("irónicamente, protegida era una palabra protegida"), y en el que todas las comunicaciones se llevan a cabo en la red, porque así es más fácil vigilar y censurar (el progreso tecnológico permite los sueños y pesadillas del presente); la rebelión comienza cuando grupos de gente se reunen en secreto a, simplemente, hablar y hacer cosas en libertad.

Hay mucha diversidad en Invisible Planets: el cyberpunk de Chien Qiufan, los cuentos de fantasmas en Xia Jia, el surrealismo de Tang Fei, el híbrido de fantasía y ciencia ficción de Cheng Jingbo, la visión épica de Liu Cixin ("The Circle", uno de los mejores de la antología, adapta una sección de El problema de los tres cuerpos para contar una historia alternativa ambientada en el 227 a.c. III, en el que se imagina la invención de la computadora). No todos los cuentos quedarán, pero un género que cuenta con Jungfang, Boyong y Cixin está en buenas manos en China.   

 

(La Tercera, 18 de diciembre 2016)

[Publicado el 18/12/2016 a las 16:38]

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Ted Chiang y el lenguaje extraterrestre

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            Hace un par de años leí por primera vez "Story of Your Life", la nouvelle de Ted Chiang (Nueva York, 1967) recientemente adaptada al cine por el canadiense Denis Villeneuve como La llegada, y pasé de largo ante la revelación: sus constantes pulsiones discursivas, con incursiones esotéricas en la filosofía del lenguaje y la física teórica --¡el principio de Fermat!--, me perdieron; me armé de paciencia, volví a intentarlo hace unos días, y quedé deslumbrado y me desdije de mi primera impresión: Chiang ha escrito una de las cumbres de la ciencia ficción contemporánea. La obra escasa de este autor -quince cuentos/nouvelles- ha recibido merecidamente los premios más importantes del género (el Nébula, el Hugo, el Locus, el Sturgeon y el John Campbell) y también trasciende al género: Junot Diaz ha escogido su último cuento, "The Great Silence", entre su selección de The Best American Short Stories de este año.

            Chiang no esconde su admiración por Borges; de hecho, sus mejores textos -"Tower of Babylon", "Story of Your Life" y "Seventy Two Letters", todos ellos en el libro Stories of Your Life and Others (2002)-- dialogan con la obra del autor argentino; en el caso de "Story of Your Life", Chiang menciona una "fabulación borgeana" sobre el tiempo como una forma de entender su propuesta narrativa. A la manera de "El jardín de senderos que se bifurcan" -aunque sin su admirable concisión--, "Story" ficcionaliza ideas de la física teórica: si Borges trabaja con la posibilidad de tiempos y universos paralelos, Chiang especula a partir del hecho de que las "leyes fundamentales de la física son simétricas en relación al tiempo", por lo que no hay "diferencia física entre pasado y futuro" y, en principio, no se puede descartar la posibilidad de "conocer el futuro... con certeza absoluta y detalles específicos". Esa especulación tiene un ancla íntima y potente en la nouvelle y en la película: si pudieras conocer el futuro y supieras que allí te aguarda algo terrible, ¿lo vivirías o harías algo por evitarlo?

            La nouvelle de Chiang es también una reflexión sobre el lenguaje como crisis epistemólogica y apertura a otros sistemas de conocimiento. Ante la llegada de unos misteriosos platillos voladores, la lingüista Louise Banks -en la película, una maravillosa Amy Adams-- recibe el pedido del gobierno de ayudarlos a comunicarse con los extraterrestres (heptápodos). El lenguaje escrito de los heptápodos no se parece en mucho a los de la tierra, se maneja a través de logogramas y no de una escritura alfabética; descifrar ese lenguaje es también descifrar una forma de ver el mundo diferente, que incluye también otra forma de entender el tiempo, una en que los heptápodos perciben el pasado de manera simultánea al futuro. Ese "modo simultáneo de comprensión" será el regalo envenenado para los seres humanos y su "modo secuencial de comprensión": regalo, porque implica el sueño de un lenguaje universal para la comunicación; envenenado, porque ahora podremos saber qué nos depara el futuro.

            "Tower of Babylon", sobre la construcción de una torre capaz de llegar al cielo, tiene un final tan elegante y preciso como la resolución de un teorema: los extremos se tocan, el fin es el principio; lo mismo "Seventy Two Letters", una interpretación original del mito del Golem. No todos los textos seducen: la historia que sostiene "Division by Zero", sobre la consistencia de las matemáticas, no tiene la misma fuerza que su teoría (Russell, Hilbert, Einstein); "Hell Is the Absence of God", sobre apariciones de ángeles, es una parábola simple a pesar de su apariencia compleja. Chiang puede fallar, pero incluso ahí demuestra una gran ambición por utilizar la narrativa como vehículo para preguntarse por la naturaleza misma del lenguaje y el conocimiento.   

(La Tercera, 4 de diciembre 2016)

[Publicado el 04/12/2016 a las 16:37]

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La risa congelada de Paul Beatty

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Estados Unidos, lo hemos visto en la elección reciente, es un país obsesionado por las políticas de la identidad: antes que norteamericano uno es negro o blanco o latino. La raza, la etnicidad son temas tan sensibles que pocos escritores se animan a burlarse de ellos; eso es lo que hace Paul Beatty en The Sellout --brillante novela ganadora del premio Man Booker y de próxima publicación en español por Malpaso-- con fuerza, inteligencia y un lacerante sentido del humor del que no se salva nadie. Su novela es una sátira impecable e implacable del dividido Estados Unidos de hoy; uno no para de reirse, pero, como en toda gran sátira, esa risa se congela cuando percibimos que estamos leyendo la cruel verdad de las relaciones sociales.

"Esto puede ser difícil de creer, viniendo de un negro, pero lo cierto es que nunca he robado nada. Nunca he hecho trampa con mis impuestos o jugando a las cartas. Nunca entré a un cine sin pagar o me quedé con el cambio extra que me dio un cajero en la farmacia... Pero aquí estoy, en las cámaras cavernosas de la Corte Suprema de Justicia... sentado en una silla densamente acolchada que, como gran parte de este país, no es tan cómoda como parece". Así comienza The Sellout, y no decae nunca: hay una broma o comentario agudo en cada párrafo, una burla amarga sobre uno mismo o sobre los demás.

El narrador concibe un plan delirante para devolver al mapa del país a su querido, olvidado y pobre pueblo negro de Dickens, en las afueras de Los Angeles: reiniciar la esclavitud en su casa y segregar el colegio local. Para ello lo ayuda Hominy Jenkins, que alguna vez fue actor de televisión en los años cincuenta, en uno de esos shows que exageraban los estereotipos negativos de los negros. Sus ideas se articulan en el café Dum Dum Donut, donde un grupo de seudointelectuales negros se reune a pasar las horas, discutir qué significa "bimensual" (¿cada dos semanas o cada dos meses?) y leer The Ticker, una hoja con las estadísticas actualizadas sobre Dickens: el desempleo, la pobreza y la mortalidad suben siempre, y bajan la expectativa de vida y los promedios de graduación. En ese ambiente en el que los negros están segregados del progreso nacional, ¿qué le queda a un negro, excepto hacer que esa segregación sea oficial?

Beatty se burla de todos los símbolos de la cultura negra -incluso del sacrosanto Martin Luther King- y de los grandes íconos de progreso racial -Huckleberry Finn es retitulada como Las aventuras sin peyorativos y las jornadas intelectuales y espirituales del Africano-Americano Jim y de su joven protegido, el hermano blanco Huckleberry Finn, mientras van en busca de la perdida unidad familiar negra--; también se burla de los latinos: "A los mexicanos se les culpa de todo en California... ¿Tu caballo agarra mal la parte final de la carrera en el hipódromo de Santa Anita? Demasiados mexicanos... ‘Demasiados mexicanos' es una racionalización oral que nos permite seguir aferrados a nuestra forma de ser".   

La novela termina con una falsa esperanza: cuando el narrador recuerda el momento en que un negro llega a la presidencia. Un amigo le dice que por fin el país ha pagado sus deudas históricas. El narrador, nihilista hasta el final, le recordará que el país todavía tiene deudas con otros grupos, con el medio ambiente, incluso con el cóndor de California. "¿Y cuándo se les paga a ellos?" Beatty sugiere que conviene pensar lo peor (y reírse de ello si es posible): hoy está claro que el país no tiene ninguna gana de pagar ninguna deuda. 

 

(La Tercera, 20 de noviembre 2016)

[Publicado el 20/11/2016 a las 14:51]

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Cuatro cuentos latinoamericanos

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Hoy voy a hablar de cuatro cuentos de autores latinoamericanos que me deslumbraron recientemente. Uno de ellos está en Enciclopedia plástica (Estruendomudo), del peruano Ricardo Sumalavia. Sumalavia es uno de los mejores cultores actuales del relato breve, ese subgénero tan difícil y complejo a pesar de esa aparente sencillez que hace que muchos lo confundan con la anécdota o el chiste; "Para las nubes queda perfectamente claro que los seres humanos somos lentos y aburridos. Y de las formas que vamos adoptando, ni se diga", se lee en "Decepción": aquí prácticamente no hay relato. A cambio, hay una mirada poética sobre el mundo, comprimida como en un aforismo de Antonio Porchia.

En La condición animal (Páginas de espuma), un libro de la argentina Valeria Correa que entremezcla con sabiduría el realismo tradicional con elementos fantásticos, de horror o incluso ciencia ficción, se encuentra "Aún a la intemperie", un cuento enigmático, la historia de un anciano que se ha quedado solo en un caserío de montaña. El relato alude al fin de este mundo rural: el anciano pierde a su familia por culpa de la noche, "que se lo traga todo", y a la demás gente del pueblo: "Los vi irse viejos, mujeres, hombres, buenos y malos. ¿Buenos y malos? (Qué más da: ésa no es la pregunta)". "Aún a la intemperie" funciona a partir de lo no dicho --¿qué representa la noche, una enfermedad o los lobos o algo más inquietante?- y de la voz que ha encontrado Correa para captar a este anciano: "Siempre a esta boca mía le gusta estar moviéndose. Boca sin sosiego ni dientes, le digo. No sirve para masticar: con las encías peladas recibe comida de mi mano y no se mueve".

El mexicano Luis Jorge Boone tiene una apabullante diversidad de registros, como lo prueba su último y maximalista libro, Figuras humanas (Alfaguara): hay hasta un relato en verso. De todos los cuentos, me quedo con "Resistencia del agua a evaporarse", una historia erótica larga -más en la tradición del cuento anglosajón-- sobre una pareja joven y otra no tanto, y sus fantasías sexuales en un hotel de playa: un intercambio de parejas, en el que Boone explora al detalle las repercusiones del encuentro en Temis, el enamorado que descubre que su pareja, Amanda, disfruta del acostarse con otro hombre. El temor a la pérdida se convierte en manos del autor en una sorprendente afirmación de la pareja: mientras ambos están con otros, "Temis se sintió, por primera vez, nítidamente empatado con Amanda. Vía el cuerpo de un extraño, la sentía en su mismo nivel de existencia... Anheló no perder esa profunda conciencia de lo que entraña una compañía".

Lo sexual aparece de otra manera en "Laika", uno de los cuentos de Paulina Flores en Qué vergüenza (Hueders/Seix Barral). El realismo sigue siendo el tronco principal de nuestra literatura, y Flores es una de esas autoras que lo está renovando al profundizar en la indagación psicólogica de los personajes, en la minuciosa percepción de los hechos y las sentimientos, en la múltiple variedad de perspectivas narrativas. En "Laika", la niña Josefa sueña con "convertirse rápido en adulto, despertarse un día y darse cuenta de que era una persona grande y podía hacer todas las cosas que un adulto hacía, o que ella creía que un adulto hacía, como ocupar una pala de metal y no una de plástico". Lo que ella no sabe es que ese sueño está a punto de convertirse en realidad, en una noche en la playa en la que sale a esperar un avistamiento de ovnis con un joven que quiere aprovecharse de ella. El tema es clásico -la pérdida de la inocencia--, pero está trabajado con tanta elegancia en la prosa y finura perceptiva que lo viejo se convierte en nuevo.

 

(La Tercera, 9 de octubre 2016)

[Publicado el 09/10/2016 a las 15:58]

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Biografía

Edmundo Paz Soldán (Cochabamba, Bolivia, 1967) es profesor de Literatura Latinoamericana en la Universidad de Cornell. Es autor de diez novelas, entre ellas Río Fugitivo (1998), La materia del deseo (2001), Palacio Quemado (2006), Los vivos y los muertos (2009) y Norte (2011); y de los libros de cuentos Las máscaras de la nada (1990), Desapariciones (1994), Amores imperfectos (1998) y Billie Ruth (2012). Ha coeditado los libros Se habla español (2000) y Bolaño salvaje (2008). Su libro más reciente es Iris (Alfaguara, 2014). Sus obras han sido traducidas a diez idiomas, y ha recibido numerosos premios, entre los que destaca el Juan Rulfo de cuento (1997) y el Nacional de Novela en Bolivia (2002). Ha recibido una beca de la fundación Guggenheim (2006). Colabora en diversos medios, entre ellos los periódicos El País y La Tercera, y las revistas Etiqueta Negra, Qué Pasa (Chile) y Vanity Fair (España). 

Bibliografía

Iris (2014). Alfaguara

 

Portada 'Los vivos y los muertos' 

Norte (2011). Mondadori

 

 

Billie Ruth (2012). Páginas de Espuma

 

 

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