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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

miércoles, 19 de septiembre de 2018

 Río Fugitivo / Blog de Edmundo Paz Soldán

Narrar las nuevas tecnologías: Juan Manuel Robles

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Varios autores latinoamericanos están explorando la ecología mediática surgida a partir de las nuevas tecnologías e internet. Un repaso parcial debería mencionar a Mónica Ojeda en Nefando (2017), interesada en las posibilidades narrativas de la dark web; Martín Felipe Castagnet en Los cuerpos del verano (2012), novela de ciencia ficción en la que la posibilidad de la vida después de la muerte se convierte en realidad e internet es la ultratumba donde van a parar nuestros cerebros; Denis Fernandez en "Astronautas"-Monstruos geométricos (2016)-, cuento que convierte a internet en metáfora del ingreso a una realidad otra: visitar la dark web como un cuerpo transformado en bot puede ser una posibilidad real; Lucila Grossman en Mapas terminales (2017; Los Libros de la mujer rota, 2018): tecnología e internet son los puntos por los que pasa la comunicación e incomunicación de los personajes; en realidad son los puntos por los que todo pasa: ya no se trata de relacionarse con la red, sino de ser la red.

A esta lista hay que agregar al peruano Juan Manuel Robles -junto a Ojeda y Castagnet, uno de los autores seleccionados por Bogotá39 entre los más representativos de la nueva generación-, que en No somos cazafantasmas (Seix Barral, 2018) -en especial en cuentos como "Valentina en las nubes", "Maqueta a mano" y "No somos cazafantasmas"- crea una mitología perturbadora sobre la forma en que la memoria de los individuos puede manipularse gracias a las nuevas tecnologías.

Robles escribe sobre un futuro muy cercano -mejor, un presente con toques futuristas- en el que, ante la proliferación de fotografías con las que archivamos nuestras experiencias -"son muchas fotos... los recuerdos se confunden con las fotos"-, las grandes compañías se hacen cargo de la memoria de los individuos, para almacenarlas en la nube, ordenarlas y luego ofrecerlas en venta en "álbumes inteligentes". En "No somos cazafantasmas", Robles explora ese momento inquietante en el que uno ya no es dueño de su propia memoria y por lo tanto está a merced de quienes la manipulen y editen, borrando, por ejemplo, los momentos traumáticos e inventando una vida feliz, creando incluso proyecciones de imágenes de lo que pudo ser y no fue (pero lo será, gracias al peso de esas nuevas fotografías en la construcción de nuestro pasado); en "Valentina en las nubes", el tema se complejiza, porque para el ansioso narrador le es prácticamente imposible decidir qué recuerdos son verdaderos y cuáles inventados: la memoria es maleable por naturaleza pero lo es aun más en tiempos de manipulación digital.

Robles trabaja las subjetividades que se van formando a partir de los avances tecnológicos y la nueva ciencia del cerebro. En su mundo, los "astrónomos" son quienes ingresan a la nube a buscar imágenes de un individuo para reconstruir su pasado, pero reconstruirlas con exceso de información puede terminar en el colapso psíquico (como en "Máqueta a mano"). Gracias a la red y a las nuevas tecnologías somos otros, sugieren sus cuentos, y debemos narrar las implicaciones éticas de esta reconceptualización, tanto en lo individual como en lo social. Eso es lo que trata de hacer No somos cazafantasmas, al igual que los libros de Castagnet, Ojeda, Grossman y Fernández. Como dice el narrador de Los cuerpos del verano, "internet modificó la realidad al convertirse en objeto; la red tiene una existencia tan concreta como las ciudades de una civilización". Hay que seguir explorando esas nuevas ciudades.

(La Tercera, 9 de septiembre 2018)

[Publicado el 17/9/2018 a las 15:38]

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Sabrina: un cómic en tierras del Booker

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Pese a que vivimos en un tiempo en el que los productos de la cultura alta se juntan sin problemas con los de la cultura popular, todavía hay barreras que impiden que esa mezcla sea todo lo libre que pudiera ser. Una de ellas, la de los grandes premios literarios, fue cruzada hace poco cuando los jurados del Booker incluyeron entre sus finalistas de este año a la novela gráfica Sabrina, del norteamericano Nick Drnaso (1989). A Drnaso no solo lo elogian historietistas como Adrian Tomine, sino escritores del nivel de Zadie Smith ("el mejor libro que he leído -en cualquier medio- sobre nuestra situación actual") y Jonathan Lethem ("asombroso"). Faltará saber si Sabrina es solo una excepción a la regla o el inicio de un nuevo momento cultural, en el que se podrá ver a novelas gráficas compitiendo por el Herralde o el Goncourt.

            Sabrina comienza de manera modesta, como una historia doméstica más: Sabrina hace planes de salir de excursión con su hermana ("suena muy bien.. escaparse de la ciudad, de internet"). Al rato, la historia se enfoca en Teddy, que viene a quedarse en el departamento de un amigo de los tiempos de colegio, Calvin. Teddy está desesperado: su novia, Sabrina, ha desaparecido. Calvin, que trabaja en el ejército -un puesto de oficinista, operaciones de apoyo técnico-, trata de buscar una conexión con su viejo amigo, pero es imposible: Calvin está en su propio calvario.

            Los dibujos de Drnaso son austeros, con abundancia de colores en tonos pastel; los rostros inexpresivos y los diálogos escuetos transmiten la aparente anomia emocional de los personajes. A través de cuadros pequeños en los que no hay florituras en el trazo -uno recuerda a Chris Ware-, la historia avanza lentamente, hasta que de pronto, de una manera nada obvia, Sabrina adquiere fuerza y atrapa nuestro zeitgeist: no se trata solo de la desaparición de una mujer, sino también de su manipulación mediática. Pronto habrá un video sobre lo que ocurre con Sabrina, y eso desatará el infierno de las acusaciones y manipulaciones en las redes sociales. Aparecen las teorías conspiratorias, y el inocente de Calvin será acusado por agitadores de la radio como un actor que trabaja para el gobierno.

            Drnaso está obviamente inspirado por las masacres de Sandy Hook y las de Stoneman Douglas High School, en las que no faltaron agitadores de derecha como Alex Jones para insinuar que esas matanzas no ocurrieron y fueron orquestadas por el gobierno como una forma de quitarles sus derechos a los dueños de armas. En Sabrina, Drnaso sabe que en tiempos de internet no hay una verdad absoluta, sino "verdades" de acuerdo a la postura ideológica de los medios. Se ha roto el tenue tejido que unía a una comunidad, y ahora solo hay intereses que defender. Calvin, que solo quería ayudar a su amigo, terminará recibiendo e-mails de odio y gugleándose para ver qué es lo que se dice de él.

            Sabrina es una novela gráfica profundamente política, con una postura crítica sobre la forma en que las nuevas tecnologías están creando un clima social tóxico. Drnaso logra un tono ominoso de manera subrepticia; llega incluso un punto en el que buscar un gato en el barrio provoca inquietud. Asistimos al esfuerzo de tres individuos -está también la hermana de Sabrina, que lucha por desahogarse y es el personaje menos trabajado- por expresar sus emociones más genuinas en un tiempo que conspira contra ellos. Drnaso logra que ellos transmitan la quieta angustia-a veces no tan quieta- que significa vivir en los Estados Unidos de Trump.

 

(La Tercera, 25 de agosto 2018)  



[Publicado el 25/8/2018 a las 15:47]

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Verdad y ficción en el México de Jorge Volpi

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Resulta paradójico que la mejor novela de Jorge Volpi esté ambientada en México; después de todo, a mediados de los noventa él fue punta de lanza del Crack, un grupo de escritores que entre sus principales postulados señalaba la necesidad de la ruptura de esa alianza tan cercana entre nación y narración que ha existido en la literatura mexicana (y latinoamericana). De esas paradojas está hecha la literatura; Una novela criminal, ganadora del premio Alfaguara 2018, es, más allá de que contradice el manifiesto del Crack, un gran libro.

Una novela criminal se presenta como "documental" o "sin ficción", y se basa en el célebre caso de la francesa Florence Cassez, arrestada a mediados de la década pasada y acusada de pertenecer a una banda de secuestradores; los años demostraron que todo fue un montaje de la policía y la justicia mexicanas (por ello, Cassez debió pasar siete años tras las rejas, y su pareja y supuesto líder de la banda, Israel Vallarta, sigue en la cárcel). Aunque Volpi sigue la pista a los numerosos expedientes del caso y a toda la documentación existente, también es lo suficientemente flexible como para arriesgarse a imaginar los vacíos cuando es necesario.

La novela pasa por diferentes fases: en la primera parte Volpi desmonta el operativo de la AFI -Agencia Federal de Investigación- contra Cassez y su "banda", para concluir con contundencia que la organización criminal no existía y que el arresto, visto en directo por los espectadores a través de Televisa, era "una ficción meticulosamente construida por la AFI, convertida para el efecto en una agrupación teatral". Pero Volpi no se queda ahí y luego se enfoca en el proceso judicial al mismo tiempo que en el frente diplomático, que llega a una crisis por la decisión del presidente Calderón de no dar su brazo a torcer frente a las presiones francesas, incluso cuando era claro que el proceso mostraba fallos gruesos (Calderón quería victorias mediáticas en su "cruzada" contra la violencia que asolaba al país).

Sabemos que los gobiernos latinoamericanos usan el poder judicial como un arma arrojadiza para arrinconar a quienes ven conveniente; el mérito de Volpi consiste en arrojar luces sobre la forma específica en que se lleva a cabo este abuso. De a poco, Volpi acumula pruebas para mostrar cómo este caso policial puede servir de núcleo generador de una "verdad" social. La "verdad" de la novela sirve para entender la forma en que en México las instituciones al servicio de los ciudadanos -el poder judicial, la policía- son capaces de armar "una argamasa de verdades y ficciones" con tal de arribar a conclusiones decididas de antemano: se puede acusar sin problemas a los inocentes si es que un par de policías de peso -Luis Cárdenas Palomino y Genaro García Luna- ha decidido inventarse un triunfo para el gobierno (las razones suelen ser incluso más burdas y arbitrarias). En un sistema tan corrupto como el mexicano, ya no se trata simplemente de mentir de manera sistemática, sino de crear un ambiente donde estas mentiras "ya no incomodan a nadie y la distinción entre verdad y mentira se torna irrelevante".

Cassez fue liberada gracias a la presión internacional. El mexicano Israel Vallarta no tenía quien presionara por él, y por eso sigue en la cárcel. Una novela criminal sugiere que es inocente. Pero estamos en México, donde no hay presuntos inocentes sino presuntos culpables, de modo que Israel seguirá ahí hasta que un poderoso no decida hacerle caso a los expedientes sino a su intuición o necesidad política.

(La Tercera, 14 de agosto 2018)

 

[Publicado el 14/8/2018 a las 14:21]

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Los fantasmas de Mark Fisher

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En Los fantasmas de mi vida: escritos sobre depresión, hauntología y futuros perdidos (Caja Negra), el crítico inglés Mark Fisher (1968-2017), autor de obras fundamentales como Realismo capitalista (Caja Negra, 2016) y Lo raro y lo espeluznante (Alpha Decay, 2018), aborda un tema que trabajó con insistencia -el cambio traumático del capitalismo tardío hacia una sociedad de consumidores solitarios y depresivos incapaces de imaginar alternativas al sistema imperante- a partir de la forma en que este se registra en la cultura popular. Algunos ensayos son muy de su momento y se nota que nacieron como apuntes en un blog; otros, como "Rayos solares barrocos", "'La lenta cancelación del futuro'", "Los fantasmas de mi vida" y "¡Viva el resentimiento!", son magistrales.

Para Fisher, "todo lo que existe es posible únicamente sobre la base de una serie de ausencias, que lo preceden, lo rodean y le permiten poseer consistencia e inteligibilidad". Fisher parte de la idea del espectro de Derrida y la retuerce para sugerir cómo la hauntología -la espectralidad- conecta con la cultura popular: se trata de estudiar cómo lo que ha marcado nuestra psiquis en el pasado y se ha convertido en una ausencia puede transformarse en una aparición. Todo aquello que la cultura popular soñó y no ocurrió -esas "persistencias, repeticiones y prefiguraciones"-, esos futuros imaginados de la música y el cine, son señales de optimismo que regresan al presente y nos indican que hay otras alternativas posibles.  

El espectro es aquello que alguna vez fuimos y podemos volver a ser: "una conciencia grupal que espera en el futuro virtual y no solo en el pasado real". Así, quienes vieron a las raves como síntomas frívolos de una cultura del hedonismo se equivocaban; eran espectros del postcapitalismo, que conectaban, gracias a pastillas, tecnología y música, con los espacios de la feria, el festival y el carnaval, que acosaron a la burguesía inglesa del XVII al XVIII por ser "incompatibles con el trabajo solitario del burgués aislado y con el mundo que este proyectaba"; por ello, la maquinaria Tory debió moverse en los noventa para aplastar esta festividad que se oponía a la "'inevitabilidad' del individualismo corporativo".

Fisher privilegia en la música inglesa a Tricky, cuyo trabajo refleja una sociedad cultural pluralista, identificada con extrañamientos cognitivos y una imaginería religiosa dedicada al contacto con lo otro y lo diferente, en vez del Britpop de Blur y Oasis, que cultivaban "una versión monocultural de la identidad británica". Fisher también se pregunta por la ausencia de una música de protesta en los movimientos antiglobalizadores, discurre con inteligencia sobre Joy Division o El resplandor y piensa que la lucha política debe tomar el ciberespacio (gracias a las nuevas tecnologías, el fantasma, la presencia virtual, está en todas partes).

El crítico inglés creía que uno de los grandes triunfos del capitalismo contemporáneo -que se inicia en el Chile de Pinochet, "primer laboratorio neoliberal"- consistió en lograr que afectos que posibilitaban el cambio, como el resentimiento, fueran diluidos al dirigirse a lugares equivocados (de las clases populares a las mismas clases populares en vez de a las elites, punto de partida necesario para la resistencia al sistema); también creía en la conexión intensa entre neoliberalismo y depresión, convertida en problema personal y no en marca de un sistema sobre la población. Los fantasmas de mi vida muestra que, pese a su propia depresión -que al final se lo llevó por delante-, Fisher estuvo siempre buscando salidas y alternativas al sistema, formas de articular la rabia, involucrarse políticamente y reconstruir la conciencia de clase. Algunos caminos ya han sido cancelados -le tenía fe a grupos como Syriza y Podemos-; otros todavía siguen en pie.

La Tercera, 23 de julio 2018  

[Publicado el 23/7/2018 a las 14:03]

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¿Quién le tiene miedo a Virginie Despentes?

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Vernon Subutex 1 (2015), la extraordinaria novela de la francesa Virginie Despentes (1969) -parte de una trilogía-, tiene múltiples puertas de entrada. Una de ellas proviene de las reflexiones de la teórica política Wendy Brown acerca del neoliberalismo contemporáneo ya no solo como un sistema económico sino como una estructura ideológica -una "racionalidad política"- que moldea y restringe nuestra conducta, incluso cuando creemos oponernos a este. "Xavier siempre ha sido un necio de derecha", dice el narrador; "No es el que él haya cambiado, es que el mundo se ha alineado con sus obsesiones". Vernon Subutex narra ese alineamiento no solo de los defensores sino también de los rebeldes al sistema; su inteligencia narrativa, la fuerza de su prosa y su brillantez conceptual lo convierten en un libro fundamental de nuestro tiempo.

El disparador narrativo de esta sátira salvaje es la muerte de un viejo rockero que financiaba el piso de Subutex; sin tener cómo pagar el alquiler, y con el orgullo suficiente como para no contar a nadie que se ha quedado en la calle, Subutex inicia una peregrinación entre sus amigos y ex-amantes, buscando qué le den cobijo en sofás mientras piensa en una solución más a largo plazo. Despentes actualiza algunas de las coordenadas de la novela social decimónica, las que muestran el enfrentamiento o el acomodamiento del sujeto al sistema imperante. Vernon Subutex pertenece a una generación que va de salida, alguien que vende discos, uno de los oficios que los cambios tecnológicos han tornado obsoleto. Pero Subutex no solo vendía discos: como sus mejores amigos, la música para él era una forma de ser contestatario al sistema, de enarbolar las banderas del descontento ante el capitalismo. Esos sueños han quedado atrás: ahora se trata de, literalmente, sobrevivir.

Despentes ha armado su novela como un caleidoscopio en el que Subutex es el centro de irradiación para la aparición contante de personajes fascinantes -el agente de bolsa Kiko, la periodista Lydia Bazooka, el golpeador Patrice, etc-; en el esquema de la novela pueden ser menores, pero nunca dejan de ser interesantes. Sus monólogos, variados y llenos de humor, ideas filosas y lúcida agresión verbal, muestran la versatilidad de la prosa de Despentes, su amplia diversidad de registros. La transexual Marcia, por ejemplo: "con cada raya que nos metemos en la nariz tenemos que pensar que esnifamos el narcotráfico, el capitalismo más gore que podamos imaginar, nos metemos en la nariz el cuerpo de los campesinos a los que hay que mantener en la miseria para que no aumenten los precios, nos metemos en la nariz los cárteles y la policía, las milicias privadas, los abusos de los kaibiles y la prostitución que conlleva... Lo que salva los bancos es el dinero de la cocaína".  

En esta picaresca veremos el desfile de los miedos, ansiedades y paranoias creados por el sistema. Despentes mira de frente nuestros desajustes emocionales y económicos y habla con soltura de la precariedad laboral, de la misoginia imperante, de la forma en que la revolución digital ha trastocado todo aquello en lo que creía una generación, de cómo los viejos sueños del cambio son hoy reliquias trasnochadas.

(La Tercera, 8 de julio 2018)

 

 

 

[Publicado el 08/7/2018 a las 15:22]

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El pueblo salvaje de Osho y Ma Sheela

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Hace una década vi a mi padre leyendo El libro del sexo: del sexo a la superconciencia. Me llamó la atención que el autor fuera un tal Osho (1931-1990), gurú new age de autoayuda, porque asumía que las figuras religiosas se oponían al sexo no conectado a la procreación; Osho no. Escribía cosas como: "El sexo es bioelectricidad... Se debería aceptar el sexo como algo normal... El sexo con meditación puede aportar una suerte de renacer... Cuando te aproximas a una situación orgásmica, se detienen los pensamientos, te transformas más en energía, en fluido, en pura palpitación".

Fue por eso que decidí ver Wild Wild Country (Netflix), el documental de los hermanos Way sobre la creación, a principios de los ochenta, de una comuna de sus seguidores -rajneeshi- en Oregon: quería saber algo más de Osho y su doctrina. No aprendí mucho, excepto que su prédica mezclaba ciertas corrientes místicas asiáticas con una fe occidental en la prosperidad propia como camino de superación personal (Osho mismo tenía 30 Rolls Royce). Estaba, además, su defensa de las relaciones abiertas y de la búsqueda hedónica de liberación de energía a través del desenfreno sexual, y su rechazo a ofrecer la otra mejilla (mejor devolver el ataque): ser religioso no significa ser timorato. No fue casual que ese discurso atrajera en los setenta a tantos jóvenes de Occidente, ni que algunos rajneeshi hablen hasta hoy de Osho con palabras exaltadas.

En lo que es magnífico el documental es en su relato de suspense subre la creación de la comuna: un culto rico, en problemas con las autoridades de la India, decide trasladarse y comprar sesenta mil hectáreas de terreno al lado de Antelope, un pueblito adormilado en Oregon. Al poco tiempo, gracias al poder del voto de los seguidores de Osho, el pueblo cambia de nombre y se llama Rajneeshpuram. Wild Wild Country puede entenderse como una anticipación hiperbólica de las batallas inmigratorias actuales: no solo está ahí la reacción local de los ciudadanos conservadores ante la llegada de estos extraños de ropas rojas -muchos de ellos también norteamericanos- que vienen a cambiar las costumbres del lugar, sino también el apoyo de las autoridades estatales y federales a esos ciudadanos, que llega al punto de ir contra el espíritu democrático al cancelar una registración de nuevos votantes cuando se enteran que los rajneeshi planean postularse a los altos cargos administrativos del condado de Wasco. 

Wild Wild Country no muestra que esta sea una batalla dicotómica entre el bien y el mal: los rajneeshi están dispuestos a usar trucos sucios para alcanzar sus objetivos. Allí, ante el voto de silencio de Osho, emerge el gran personaje del documental: Ma Anand Sheela, la administradora de la comuna y gran defensora de su gurú. La pequeña Sheela, de ojos y sonrisa pícara, está tan dispuesta a complacer a su maestro que decide defenderlo con todas las armas a su disposición, literalmente: Rajneeshpuram se llenará de revólveres y fusiles para los seguidores, listos para cualquier ataque de los vecinos o del gobierno. Sheela es agresiva e insultante ante los medios; si sus propios seguidores se extralimitan, les pone tranquilizantes en la cerveza; y a quienes se le oponen en el estado, les envía chocolates envenenados. Suyo es también el plan de contagiar con salmonella la comida de algunos restaurantes para que la gente del condado no pueda votar, en lo que hoy se considera el primer ataque bioterrorista en suelo norteamericano.

Wild Wild Country es un gran documental sobre el fanatismo y sus excesos. Osho sigue envuelto en el misterio: ¿un estafador, un verdadero líder espiritual, las dos cosas a la vez? Ma Anand Sheela no: su mal entendida devoción y su entrega la convierten en un peligro para el maestro y el culto. Con seguidores así, ¿quién necesita enemigos? Y con personajes así, ¿qué autor o autora podrá, a lo largo de esta temporada, inventarse un mejor villano?

(La Tercera, 16 de abril 2018)

[Publicado el 17/4/2018 a las 16:37]

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Patricio Pron: formas de escribir un cuento

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La principal virtud del escritor argentino Patricio Pron (1975) como cuentista es su versatilidad, el rango de opciones que maneja con la formas breves. Su nuevo libro, Lo que está y no se usa nos fulminará (Literatura Random House), lo confirma: doce cuentos que son doce maneras diferentes de abordar el género, de mostrar su plasticidad. Hay también una enorme variedad de temas y atmósferas: cuentos políticos y de escritores, cuentos ambientados en la Argentina de los setenta y en el Brasil de hoy. En casi todos  también se encuentra un humor sorprendente, algo que convierte a este libro en un fino ejemplo de esa levedad que pedía Italo Calvino para la literatura contemporánea, "el deseo de acariciar con la gracia del coral el horror salvaje de la Gorgona". 

La crítica Graciela Speranza ha notado que una de las grandes contribuciones de Pron es su trabajo con el tiempo, la búsqueda de nuevas formas simbólicas de narrarlo que, al desnaturalizarlo, nos ayuden a enfrentarnos a la experiencia acelerada del presente. De ello dan prueba aquí los dos mejores cuentos del libro, "La repetición" y "Las luces sobre su rostro, las luces sobre su rostro", capaces de destacar incluso en un libro de muy alto nivel. En ambos cuentos los personajes se proyectan al pasado, buscando en la repetición o superación de una noche feliz o traumática la clave que les permita salir de un presente entrampado. En "La repetición", un hombre en medio de una crisis existencial se aboca al proyecto delirante de querer reconstruir una noche ocurrida cuarenta años atrás en la que fue feliz; el cuento trabaja con la fisura existente entre esa imposibilidad (no podemos volver a vivir el pasado) y la memoria infiel del pasado, mezclada en un presente de nostalgia y desazón. "Las luces sobre sobre su rostro, las luces sobre su rostro" es el cuento técnicamente más complejo: la historia de un boxeador mexicano que en medio del ring recuerda dos accidentes: uno diez años atrás, que pudo haber dado fin con su carrera -conducía borracho y drogado- y otro cinco años atrás, en el que fallece su esposa. El cuento, que abreva de clásicos como "La noche boca arriba" cortazariana y "El Sur" y "El milagro secreto" de Borges, que a la vez se inspira en Bierce- se abre a varias lecturas; en una, el boxeador no solo está recordando en el ring, sino reviviendo esos diez años: se ha producido un "milagro secreto", solo que aquí, de manera más amarga y dura que en el cuento de Borges, ser "dueño del tiempo" no implica poder cambiarlo y "hacer las cosas mejor", sino "vivirlo todo a secas, sin poder enmendar ningún desacierto ni apartarse de una senda cuyas estaciones incluyen las peleas, los agravios provocados y recibidos y un accidente de automóvil".

Otras formas de narrar un cuento: cuestionando la información presentada por el narrador ("Salon de refusés"); a través de las respuestas a un cuestionario de ingreso a un país ("Oh invierno, sé benigno"); a partir de las notas al pie de página ("He's not selling any alibis"). "Un divorcio de 1974" atrapa con elegancia conmovedora las luchas ideológicas en la Argentina de los setenta. En "Notas para un perfil de Tinder" -con muerte de hámster incluida- y "Quien te observa en el espejo desaparecerá contigo"- el humor funciona como registro del ridículo y de los límites a nuestros deseos más terrestres y también a los trascendentes. Pron ha escrito un gran libro.        

 

(La Tercera, 25 de marzo 2018)      

 

 

 

 

 

 

[Publicado el 25/3/2018 a las 14:29]

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La ucronía traumática de Maximiliano Barrientos

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"Detesto las novelas que intentan explicar un país" dice, enfático, el escritor boliviano Maximiliano Barrientos (1979); "quiero que lean [la mía] como sugirió Nabokov que se debería leer la literatura, como un cuento de hadas: es decir, desde su condición de ficción". Barrientos se refiere a su última novela, En el cuerpo una voz -publicada en Argentina por Eterna Cadencia, en México por Almadía y en Bolivia por El cuervo-, pero podría estar hablando de toda su obra. Se trata de una declaración de guerra en un continente en que el canon de la novela se ha construido privilegiando la conexión entre la narración y su postura frente al Estado-nación. En el cuerpo una voz, la mejor novela de Barrientos, está narrada con un ritmo vertiginoso capaz de incorporar grandes momentos líricos; hay gore, y también imágenes poéticas impactantes como la de dos hermanos durmiendo en un avión estrellado en la selva. Barrientos, que se movía cómodamente dentro de registros realistas, expande su repertorio y transita por los espacios de la ficción especulativa sin por ello cambiar mucho el estilo.

Hace una década hubo un movimiento separatista en Santa Cruz; el movimiento, más débil de lo que parecía al principio, fue fácilmente tumbado por el gobierno de Evo Morales. La ucronía de Barrientos se inicia ahí, en la ficción de lo que hubiera ocurrido si la separatista Nación Camba habría conseguido sus objetivos. Barrientos es fiel a su poética y no nos da razones que nos permitan entender el movimiento independentista ni tampoco la dinámica de la relación oriente-occidente que sigue tensando al país. En las primeras secciones de En el cuerpo una voz, dos hermanos huyen de los esbirros del General, un líder de brigada que obliga a su gente a cometer actos de canibalismo con sus enemigos. Son los años del Colapso, "cuando acabó la guerra contra el poder centralizado y se desató la otra, mucho más cruenta, entre las brigadas, entre el mermado Partido Federalista- antes de que se consolidara como Nación Camba". La novela, entonces, no se enfoca en el colapso nacional sino en su vertebramiento regional: importan más las luchas cruentas por el liderazgo regional que narrar el país desde la región.

A pesar de sus diversas mutaciones -la novela de aventuras al principio, el testimonio después, incluso el poema en prosa, y todo ello en el marco de la ficción especulativa-, En el cuerpo una voz es sobre todo una historia clásica de venganza. Años después del Colapso, ya restablecido el orden, el General es capturado y regresado al país; el hermano sobreviviente observa a los captores del General y piensa que ellos "contemplaron un acontecimiento traumático y lo procesaron a través de fantasías de venganza". Pero él tampoco puede escapar del todo a esa fantasía.

Sin embargo, lo que nos ha enseñado la ficción post-traumática -y lo sabe bien esta novela- es que la venganza no elimina la derrota. Si bien Barrientos no explica el país, su "cuento de hadas" narra la derrota histórica de un Estado-nación incapaz de articular sus partes. Después de la derrota quedan los síntomas del trauma, somatizados: "La voz seguía moviéndose, no se iba. Fluía por mis dedos y por mi pecho, circulaba por mis ojos y mi garganta. Se propagó por los tejidos y los nervios y las arterias, se volvió cuerpo" (de ahí el título). Queda la ficción sobre el trabajo del duelo. 

(La Tercera, 11 de marzo 2018)

[Publicado el 11/3/2018 a las 15:33]

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Carlos Fonseca: la figura en el tapiz

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Museo animal (Anagrama), del escritor costarricense Carlos Fonseca (1986) es una de esas novelas ambiciosas que aparecen cada tanto, una intervención en el largo y complejo debate sobre el latinoamericanismo, capaz de actualizarlo y renovarlo a la vez. En Fonseca vuelven a tocarse el arte y la política, y se nos dice que en realidad han estado siempre juntos, aunque versiones más desangeladas hayan proliferado en los últimos tiempos.

La respiración de Museo animal es morosa, sobre todo en la primera parte. El autor arma una meticulosa estructura narrativa de cajas chinas, en la que ciertos detalles que se dan al principio solo tienen sentido -no necesariamente resolución- mucho después. Un biólogo que trabaja en un museo recibe una invitación de la diseñadora Giovanna Luxembourg para participar en una muestra sobre el camuflaje en la naturaleza. Esa es la punta del ovillo: para desenredarlo nos enteraremos de la historia de los padres de la diseñadora, el fotógrafo israelí Yoav Toledano y la modelo Virginia McAllister, y de su partida a una selva latinoamericana en busca de un niño profeta que anuncia el apocalipsis, "la repetición de un viaje olvidado". La religión y la fe apuntalan una suerte de versión renovada del viejo sueño del continente -"el sur repleto de intensidades"- como el repositorio de la utopía de Occidente. Como en sus formulaciones iniciales, el latinoamericanismo entra en diálogo con la mirada de afuera, encarnada esta vez en el deseo y el malestar de las pulsiones globalizadoras.

Fonseca juega con la idea jamesiana de la figura en el tapiz, el patrón que se descubre en el fondo de la estructura. El que obsesiona al narrador es el quincunce, "la estampa primaria... detrás de toda la variedad natural". Ese quincunce puede ser muchas cosas, pero es sobre todo la búsqueda de la identidad. El problema es que hay siempre un nuevo patrón detrás del patrón: como los animales, los seres humanos y los continentes se camuflan, y nunca se llega a encontrar la dichosa esencia. Museo animal nos dice eso en su misma forma: cada sección va pelándose para descubrir otra más cercana al meollo, para luego abrirse a otra aun más cercana, y así sucesivamente.

Virginia McAllister es ahora Viviana Luxembourg, una artista conceptual capaz de intervenciones políticas como inventar fake news para influir en el mercado. Ella es, a través de sus búsquedas, el personaje más interesante de la novela, aquel en torno al cual resuena con más fuerza la pregunta insistente de Fonseca: esta búsqueda de la esencia y la utopía latinoamericanas, ¿es una farsa o una tragedia? Las dos cosas a la vez: puede que ese niño profeta sea un engaño, pero, ¿y? Eso no quita que ese engaño remite a la verdad profunda de las relaciones sociales en el continente: "detrás de aquel vacío se hallaba una historia de desencantos y violencias. Vieron al niño y detrás del niño no vieron nada. No vieron la larguísima fila de niños, pasados y futuros -negros, indígenas, mulatos- que buscaban sobrevivir en un mundo que los expulsaba de un inicio". 

En Fonseca resuenan algunos proyectos narrativos de Piglia -la conexión arte y política- y Sebald -la poética de la destrucción-, y también, de manera curiosa, el añejo regionalismo. La selva de La vorágine como el lugar donde nos encontramos y perdemos se resiste a morir, solo que aquí, en vez de "nativos desnudos", hay "hombres vestidos con camisetas de bandas de rock", y la "exuberancia natural" ha dejado pasado a "vertederos de basura". Hay muchos otros cameos fascinantes -el del Subcomandante Marcos, por ejemplo- en esta novela que no se agota en una lectura.

(La  Tercera, 18 defebrero 2018)

 

[Publicado el 18/2/2018 a las 15:08]

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El regreso de John Cheever

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En el mundo hispanoamericano John Cheever (1912-1982) fue reducido, con los años, a uno más de los escritores que narraban la insatisfacción de los suburbios norteamericanos. Cheever es eso, sí, pero también mucho más. La literatura se mueve en base a lugares comunes y malentendidos; por eso importan tanto las nuevas ediciones, que provocan la relectura y el reacomodo. Random ha relanzado la obra de Cheever en español -Cuentos y Cartas en la colección LRH, Los Wapshot y ¡Oh, esto parece el paraíso! En Debolsillo--; releerlo sirve para escaparnos, por un tiempo al menos, de los reduccionismos.

Lo que llama la atención de los cuentos es la facilidad con que Cheever transgredía los límites del realismo tradicional. Sin ser un postmodernista al uso, era capaz de cuentos como "Un muchacho en Roma", en el que, en plena narración en primera persona de una historia que transcurre en Roma, el narrador abría un paréntesis para decir que en verdad él no era un muchacho en Roma y se preguntaba por qué prefería inventarse "un viejo grotesco, una tumba en el extranjero, una madre tonta" en vez de describir la escena sobre el río Hudson que él veía desde su ventana. Esa parte de su "soledad incurable", decía, pero, ¿de dónde venía? El cuento no lo responde (para eso hay que leer sus diarios), pero abre un espacio para cuestionar ese realismo en torno al cual trabajaba.

Hay otros momentos mágicos e inverosímiles en los cuentos en que los narradores parecen hacerse la burla de este realismo: en "El ángel del puente", un hombre con ataques de ansiedad al cruzar puentes intenta atravesar el Tappan Zee; los síntomas regresan en pleno puente, el narrador se detiene a la vera del camino, y de pronto aparece una jovencita que hace autoestop, abre la puerta y después de agradecerle y acomodarse en el asiento, se pone a cantar, lo cual le permite al narrador cruzar el puente: es un momento de trascendencia -de los tantos que abundan en la obra de Cheever-, en el cual el simbolismo se nos ofrece desnudo: la jovencita que hace autoestop es un "ángel" (tiene, para colmo, un arpa entre sus manos).

En "La radio enorme", Jim Westcott reemplaza su vieja radio por una enorme y fea que se revela con un gran poder: permite que él y su esposa escuchen las conversaciones de sus vecinos en todo el edificio. Gracias a la radio las charlas triviales en la intimidad se convierten  en instrumentos reveladores de los deseos y ansiedades de los vecinos, y de paso de ellos mismos. En "El marido rural", Francis Weed sufre un terrible accidente -su avión debe aterrizar de emergencia en unos maizales-, y sin embargo llega a casa y debe enfrentarse a la rutina de siempre: sus hijos están peleándose, su mujer prepara la cena. Francis ni siquiera tiene tiempo de contar su accidente a la familia. El accidente lo es todo en este cuento -la posterior crisis de Francis es gatillada por este- y sin embargo no se vuelve a mencionar, como si algo tan dramático jamás hubiera ocurrido.

Cheever encontraba insuficiente el realismo y por ello dotaba de una patina mítica a su suburbio. En "El nadador", Neddy Merrill, cruza nadando por las piscinas de sus amigos los doce kilómetros que separan su casa de aquella donde se encuentra en Bullet Park: "ir a casa por un camino inusual le hacía sentir un peregrino, un explorador, un hombre con un destino". Esos viajes -esas odiseas del hombre de los suburbios- no siempre llegan a buen puerto; permiten, sin embargo, instantes en que esos maridos infieles y alcohólicos de Cheever se salen de sí mismos y se ven como son, limitados en su "propia obsolescencia... incapa[ces] de comprender las cosas que ve[n]".

(La Tercera, 4 de febrero 2018)

[Publicado el 04/2/2018 a las 16:14]

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Biografía

Edmundo Paz Soldán (Cochacamba, Bolivia, 1967) es escritor, profesor de literatura latinoamericana en la Universidad de Cornell y columnista en medios como El País, The New York Times o Time. Se convirtió en uno de los autores más representativos de la generación latinoamericana de los 90 conocida como McOndo gracias al éxito de Días de papel, su primera novela, con la que ganó el premio Erich Guttentag. Es autor de las novelas Río Fugitivo (1998), La materia del deseo (2001), Palacio quemado (2006), Los vivos y los muertos (2009), Norte (2011), Iris (2014) y Los días de la peste (2017); así como de varios libros de cuentos: Las máscaras de la nada (1990), Desapariciones (1994) y Amores imperfectos (1988).

Sus obras han sido traducidas a ocho idiomas y ha recibido galardones tan prestigiosos como el Juan Rulfo de cuento (1997) o el Naciones de Novela de Bolivia (2002).

Bibliografía

Los días de la peste (2017) 

 

 

 

Iris (2014). Alfaguara

 

 

Portada 'Los vivos y los muertos' 

Norte (2011). Mondadori

 

 

Billie Ruth (2012). Páginas de Espuma

 

 

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