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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

lunes, 2 de marzo de 2015

 Río Fugitivo / Blog de Edmundo Paz Soldán

Las máquina de escritura de Bellatin y Zambra

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Hace un año y medio invité a Mario Bellatin a un encuentro literario en Cornell. Una mala combinación de vuelos lo tuvo seis horas en el aeropuerto de Newark. A la llegada a Ithaca le pedí disculpas y le dije que ese era el problema de vivir en un pueblo "centralmente aislado", pero él respondió, radiante, que ese tiempo había sido fundamental para terminar su nueva novela, El hombre dinero. La estaba escribiendo en su iPhone, en el programa Notas. Me reí; yo no podía escribir ni emails largos en el iPhone. ¿Cómo, entonces, toda una novela? Mario sacó un stylus alargado de metal reluciente, apoyó el iPhone contra su antebrazo, y me pidió que le dictara frases. Dije lo primero que pasó por mi cabeza, y él escribió con una velocidad que me convirtió a su causa. "Perdía mucho tiempo antes", comentó, "descubrir el iPhone ha sido una bendición. Ahora podré escribir unas tres novelas al año". Meses después la novela fue publicada. Tenía más de cien páginas, todas escritas en el iPhone.

Es fácil descartar este proyecto como una más de las performances originales a las que nos tiene acostumbrados este escritor que alguna vez armó un congreso de dobles de escritores y planeó la escritura de una de sus novelas como la traducción de un libro inexistente. Detrás de la performance, sin embargo, hay algo fundamental: Bellatin pone en el centro del debate la relación de la literatura con la materialidad de la escritura. Los nuevos medios, las nuevas tecnologías, no son transparentes: influyen en la escritura y en la forma de percibir las cosas. Lo sabía Nietzche, que fue uno de los primeros en adoptar la máquina de escribir para su escritura y su estilo se volvió más aforístico: "Nuestros instrumentos de escritura están funcionando en nuestro pensamiento", dijo al respecto. Lo sabía la vanguardia, que le sacó partido a los juegos tipográficos producidos con máquinas de escribir: solo hay que pensar en los ideogramas de Apollinaire y en las "Japonerías de estío" de Huidobro. Y lo saben hoy, entre otros, escritores como Bellatin y Alejandro Zambra, que están reflexionando sobre el impacto de los nuevos instrumentos de escritura.

En "Mis documentos", el narrador de Zambra ensaya una resistencia al computador; se aferra a la escritura a mano y tiene nostalgia de la máquina de escribir. El computador, sin embargo, gana la partida, y el cuento termina con una escena en la que asistimos al proceso final de la escritura del texto que estamos leyendo: "Releo, cambio frases, preciso nombres... Corto y pego, agrando la letra, cambio la tipografía, el interlineado. Pienso en cerrar este archivo y dejarlo para siempre en la carpeta Mis documentos". Cortar y pegar es, de hecho, según Zambra, la base de la escritura contemporánea: "Es innegable", señala en su ensayo "Cuaderno, archivo, libro", "que los procesadores de textos sistematizaron la lógica del montaje... hasta en los textos más conservadores se adivina el montaje: incluso si se niega toda fragmentariedad, incluso si, como hace Jonathan Franzen, se imita el paradigma clásico, el texto le debe más a la estética de las vanguardias históricas que al modelo del realismo decimonónico".

Los nuevos medios ya no son, como sugería McLuhan, extensiones del hombre, sino que operan desde adentro. Se nos han metido en la cabeza. Por eso, escribir en un celular le resulta a Bellatin tan "natural" e "íntimo" como escribir a mano, y Zambra sugiere acertadamente que la lógica vanguardista del procesador de palabras está incluso en los escritores menos vanguardistas. Estamos muy lejos de los tiempos en que se creía que escribir a máquina despersonalizaba.

 

(La Tercera, 16 de febrero 2015)

[Publicado el 20/2/2015 a las 17:31]

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El silencio de Jesse Ball

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En la biografía de Jesse Ball se lee que enseña en el Art Institute of Chicago y sus temas son “el mentir y el sueño lúcido”. Esa forma traviesa de decir que enseña literatura ha caído mal a más de un reseñista, que lo ha acusado de ser demasiado “hipster”. En sus novelas, sin embargo, este poeta y artista conceptual no juega demasiado para la tribuna y, más bien, se alinea dentro de los experimentales. The Curfew (2011; publicada en español por La Bestia Equilátera como Toque de queda) y Silence Once Begun (2014) son tramposas: se leen con facilidad pero son herméticas, a ratos inescrutables. Leerlas es como ponerse a escuchar koans budistas tan fascinantes que el enigma que encierran es siempre más interesante que su resolución.

La maravillosa Toque de queda dialoga con las convenciones del subgénero distópico. El violinista William y su hija Molly, que es muda, viven en un estado totalitario (“todo estaba tan estrictamente controlado y mantenido que era posible, dentro de ciertos límites, aparentar que nada había cambiado”); William, dedicado a escribir epitafios mentirosos por encargo, es parte de un grupo que conspira contra el gobierno. Un día un amigo le dice que sabe qué ha ocurrido con su esposa desaparecida; William sale a investigar y deja a Molly a cargo de sus vecinos. Hasta ahí la novela parece escrita por un discípulo de Zamiatin u otro de esos distópicos del siglo pasado. Después viene la genialidad de Ball: el vecino de Molly solía ser titiritero y para entretener la espera se inventa con ella una historia surreal, con marionetas, en la que se cuenta de manera cuasi-alegórica la historia de William y lo que está sucediendo o podría suceder. Así, de pronto, casi sin darnos cuenta, estamos en territorio de un Beckett cruzado con Italo Calvino, y nos quedamos ahí hasta el sombrío final.

Ball juega en Toque de queda con el formato de la página, añadiendo muchos espacios en blanco y cambiando el tamaño de la tipografía empleada. En Silence Once Begun profundiza el experimento con la forma: la novela consiste en una serie de transcripciones de entrevistas, cartas, documentos, testimonios, etc. El narrador, preocupado porque un día su esposa decide no hablar más, se obsesiona con el caso de Oda Sotatsu, un japonés que un día firmó una confesión en la que afirmaba ser responsable de la desaparición de ocho ancianos en un pueblo, y luego, en la cárcel y durante el juicio, se acoge a un voto de silencio. No está claro que él sea el responsable -hay una apuesta con un amigo, Sato Kakuzo, y una relación sentimental con la pareja de Kakuzo, Jito Joo- pero el juicio debe proceder.

La nueva novela de Ball es una compleja meditación sobre el silencio: “Todas las cosas las conocemos por lo que hacen o dejan de hacer, de modo que el habla no es más que su efecto, y lo mismo el silencio”. La ley debe proceder haciendo caso a la confesión escrita, pero el silencio es también una acusación a toda una forma de concebir la ley: ¿es culpable alguien por el solo hecho de declararse culpable? De manera más metafísica: ¿puede la justicia hacer justicia a los misterios de la condición humana?

Bell es un fabulista de corazón, con lenguaje e imágenes poderosas: “Alrededor de ella se canta en las calles. Es como suena, como canciones, pero en verdad es el sonido de un violín. Un sonido que se alza y hace temblar los edificios; avanza por las calles, la alcanza y se la lleva por delante”. Silence Once Begun es perfecta hasta que llega el desenlace, que involucra a un deus ex machina que nos hace sentir que estas alegorías morales funcionan mejor cuando el autor no trata de resolverlas. Lamentablemente, Ball debe bajar a tierra, y esta vez se pierde.
 
(La Tercera, 9 de agosto 2014)

[Publicado el 12/2/2015 a las 19:54]

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El Río, de Alfredo Gómez Morel, y las leyes de la calle

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Le conté a un amigo que estaba escribiendo una novela ambientada en una cárcel, y me recomendó que leyera El Río (1962), de Alfredo Gómez Morel. Hay una nueva edición, de Tajamar, dijo. Estábamos cerca de la librería Ulises del paseo Lastarria y nos dimos una vuelta y la encontramos. Leí en la contratapa un par de frases que me capturaron: "la contracara sólida de la novela de formación burguesa" (Manuel Vicuña); "una obra viral... que hace que uno recuerde... que la mejor literatura chilena es invisible e inclasificable, indefectiblemente monstruosa" (Álvaro Bisama). Las primeras sesenta páginas me parecieron un ingreso amable al mundo de este ladrón convertido en escritor; luego llegué al capítulo llamado "La botella", en el que se narra con sórdida poesía, como en un cuento decimonónico francés, la atracción perversa del adolescente narrador por su madre prostituta, y todo cambió. Este era un libro para leerlo con las luces encendidas por toda la casa.

El Río es la historia de varias atracciones irrefrenables, la del niño por su madre, sí, pero sobre todo la del hombre por la vida de la calle, por la libertad de ese Río convertido primero en refugio contra la Ciudad indiferente ("estiercol para defenderse de la soledad"), y luego transformado en un mundo con sus propias reglas ("Sólo cuando ya se pasó por las etapas de pelusa, cabro del Río y cargador se puede optar al grado de choro"). El narrador de esta novela autobiográfica tiene algo de antropólogo amateur en su intento por mostrar los códigos de conducta de los espacios que atraviesa: la banda de niños delincuentes que viven a las orillas del Mapocho, los reclusos de las múltiples cárceles que visita. El deseo no puede ni quiere ser educado, y el espacio gana y se personifica y convierte en símbolo obvio: "¿Qué diría el Río si me viera cafichando?" El Río establece las leyes de la calle, sugiere comportamientos: "Un delincuente que se estime, jamás vive del tráfico sexual de una mujer". Es un lugar común, sí --las películas de mafiosos nos han enseñado que los delincuentes tienen férreas reglas a seguir--, pero está muy bien trabajado.

En la prosa de Gómez Morel hay humor ("Wagner... vino a Chile, contratado por un gobierno de orden, para que organizara el cuerpo policial que tanto necesitaba para evitar el desorden que suelen producir los gobiernos de orden") y una notable economía descriptiva (una tía es "enjuta, alta, rostro de blancura mística, vestimenta a la antigua, devota, cascarrabias, gato, perro, muy económica, estampitas sagradas: solterísima"). Sobre todo, hay truculencia: El Río hunde sus raíces en el naturalismo de Zola, en los melodramas de los niños de la calle obligados a darse modos para sobrevivir (Alejandro Valenzuela señala en su prólogo el modelo de la picaresca, una "confesión laica" convertida en la base de la ficción moderna). El diálogo a veces se hace difícil de seguir, porque uno de los acuerdos tácitos de los pelusas y cabros y choros que viven en el Río es tener una lengua propia, que desafíe el habla correcta de la gente. Los personajes de Gómez Morel están conscientes de que el buen decir es también un instrumento de disciplina; son, digamos, alumnos aventajados de Andrés Bello.

Gómez Morel escribió esta novela viva e imperfecta como una terapeútica. El orden de la escritura no sirve para arrepentirse de lo ya hecho ni para entregar un texto aleccionador sobre el delincuente que ha aprendido que el camino del mal no paga, pero sí, al menos, para hacer que entendamos una conducta y para enfrentar al escritor con sus demonios. Es la salvación por la literatura: Gómez Morel fue derrotado por sus tentaciones, pero queda El Río como un testimonio admirable de esa derrota.   

 

(La Tercera, 6 de febrero 2015)

 

 

[Publicado el 06/2/2015 a las 17:27]

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La peste

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Es bueno volver a Albert Camus en tiempos de barbarie, pensé hace un par de días, y me refugié en La peste. No la había leído desde los años universitarios de Buenos Aires, cuando todavía cierta discusión oponía al autor nacido en Argelia con Jean Paul Sartre. No entendía la polémica. Camus, siempre Camus, decidí después de descubrir El hombre rebelde, y me puse a leer toda su obra, comenzando por las novelas y el teatro recopilados en un tomo de cubiertas marrones de Seix Barral que compré en un kiosco. Me leí hasta sus Carnets.

Dicen que es peligroso volver a los amores de la adolescencia. Camus se convirtió, con los años, en alguien muy familiar, el símbolo de una inquebrantable postura ética frente a un mundo absurdo. Para qué entonces volverlo a leer, si ya sabía con qué me iba a encontrar. Quizás por eso mismo: es mentira que los clasicos siempre nos dicen algo nuevo. A veces su valor consiste en decirnos algo que ya sabemos en un momento en que necesitamos recordarlo.

Lo primero que me llamó la atención en esta lectura fue la solemnidad de los diálogos. No están hechas para ellos las conversaciones mundanas de, digamos, un Balzac o un Simenon. "¿Cree usted en Dios, doctor?", es una típica pregunta para romper el hielo. El hielo se rompe, pero eso no relaja a los personajes, que siguen empeñados en reflexionar acerca de las grandes cuestiones como si eso fuera cosa de todos los días. Se nota aquí, quizás demasiado, al filosofo, al ensayista. A eso acompaña un gran sentido de la composición de lugar, una notable intuición para la descripción de atmósferas: "La misma ciudad, hay que confesarlo, es fea. De aspecto tranquilo, se necesita cierto tiempo para vislumbrar qué es lo que la hace diferente de las ciudades mercantiles de todas partes. ¿Cómo imaginar, por ejemplo, una ciudad sin palomas, sin árboles y sin jardines, donde ni hay ni batir de alas ni temblor de hojas, un lugar neutro ni más ni menos? El paso de las estaciones solo se lee en el cielo".

Camus comenzó a escribir la novela durante la segunda guerra mundial, y la publicó en 1947; cuando menciona la plaga, "esa epidemia biológica que ilustra los dilemas del contagio moral" -las palabras son del historiador Tony Judt--, tiene en mente el nazismo, pero su fuerza alegórica permite otras lecturas. Solo en los últimos meses he leído un par: la peste que asola la ciudad argelina de Orán es el hipercapitalismo rampante, o -y aquí uno se permite ser literal- el ébola. Más que concentrarme en el enemigo de afuera, yo prefiero privilegiar unas palabras de Camus que permiten entender que él sabía que para que ese enemigo triunfe la casa que lo recibe debe estar predispuesta. Como dice Tarrou, uno de los hombres empeñados en hacerle frente junto al doctor Rieux, "cada uno lleva en sí la peste, porque nadie, nadie en el mundo, está indemne. Y hay que vigilarse sin cesar para no ser llevado, en un minuto de distracción, a respirar en la cara de otro y pegarle la infección". El mal que proviene del exterior no es menos peligroso que el que nos hacemos nosotros mismos cuando dejamos que la peste nos domine: "hay en este tierra plagas y víctimas y... es preciso, dentro de lo posible, resistirse a estar con la plaga". Se necesita coraje para buscar la santidad moral en un mundo en el que no existe Dios.

 Se puede vencer a la peste; de hecho, eso es lo que ocurre en la novela. Pero se trata de un vano consuelo. El doctor Rieux, uno de los santos seculares que pueblan los libros de Camus, sabe que cualquier triunfo es frágil, pues el microbio de la peste "no muere ni desaparece nunca... puede permancer adormecido durante años en los muebles y la ropa... y quizás llegue un día en que, para desdicha y enseñanza de los hombres, la peste despierte sus ratas y las envíe a morir a una ciudad alegre". Ante su reaparición no queda más que volver a la lucha, porque el sufrimiento que trae la peste no permite que nos resignemos a vivir con ella. ¿O sí?

 

(La Tercera, 18 de enero 2015)

 

[Publicado el 19/1/2015 a las 16:57]

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Noticias de Pyongyang

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Entre los efectos colaterales del ciberataque a Sony por culpa de la película The Interview -una comedia en torno al intento de asesinato del mandatorio de Corea del Norte, Kim Jong-un--, y la amenaza norcoreana de atacar la Casa Blanca, el Pentágono y todo los Estados Unidos, está el hecho de que la productora New Regency ha decidido cancelar el proyecto de adaptación cinematográfica de Pyongyang (2003), la exitosa memoria gráfica del canadiense Guy Delisle. Ya había guión, actor principal (Steve Carell) y director (Gore Verbinski) aprobados. Se sabe que Fox, a cargo de la distribución de Pyongyang, se echó para atrás al ver que muchos cines norteamericanos no se animaban a mostrar The Interview; sin una distribuidora, New Regency prefirió no arriesgarse con Pyongyang.

Verbinski, director de películas tan variadas en calidad como Rango y El llanero solitario, ha dicho que resulta "irónico que el miedo elimine la posibilidad de contar historias acerca de nuestra habilidad para sobreponernos al miedo". Es cierto que después de que el presidente Obama dijera que Sony había cometido un error al cancelar The Interview, el estudio se sintió presionado y la película terminó mostrándose en algunos cines y también en sitios como YouTube; eso hace pensar que New Regency podría reconsiderar su decisión con respecto a Pyongyang. Por lo pronto, el libro de Delisle se está beneficiando de la controversia y ha vuelto a las mesas centrales de las librerías.

Delisle es un dibujante de renombre gracias a memorias gráficas de sus viajes como Shenzhen (2000), Crónicas birmanas (2008) y Crónicas de Jerusalén (2011). Pyongyang está basada en los dos meses que Delisle pasó en Corea del Norte de coordinador en un estudio de animación; si bien firmó un contrato de confidencialidad, cuando el estudio para el que trabajaba se cerró se sintió liberado como para acometer sus memorias. En la primera página, el canadiense muestra sus cartas: en la aduana, un policía norcoreano revisa su maleta y encuentra un ejemplar de 1984, la novela de Orwell sobre la vida en un régimen totalitario. Es un gesto obvio e innecesario con el que el autor nos señala cómo quiere ser leído.

En Pyongyang, el dibujante está siempre acompañado: un guía o un traductor siguen sus pasos en cada momento. Todos los movimientos del régimen apuntan a sostener el culto de la personalidad de Kim Jong-un: en el aeropuerto, el guía entrega un ramo de flores a Delisle, para que este luego pueda dejarlo a los pies de un gigantesco monumento al líder norcoreano; el monumento es una muestra de lo que el canadiense verá después: "cada edificio tiene su banderola, cada pared su retrato, cada pecho su insignia". Mientras transcurre su estadía, Delisle hará observaciones reveladoras acerca de la vida cotidiana en el país más hermético de la tierra: en el hotel en que se aloja las luces de todos los pisos están apagadas, excepto las de aquel en que viven los extranjeros; cuando pregunta acerca de la ausencia de minusválidos en las calles de la ciudad, le dicen que es porque "todos los norcoreanos nacen fuertes, inteligentes y saludables".

Pyongyang oscila entre la indignación moral y la mirada flemática y divertida; con trazo firme y dibujos minimalistas en blanco y negro --ideales para capturar el ambiente opresivo de la ciudad--, DeLisle es capaz de ver el lado absurdo de la situación. Más que darnos un retrato nuevo de la vida en este país socialista, confirma nuestras sospechas: Corea del Norte es todo lo brutal y desoladora que creemos que es. Pese a que las conclusiones no son nuevas, vale la pena leer Pyongyang y descubrir las formas cotidianas en que se manifiesta la dictadura de Kim Jong-un.      

 

 

(La Tercera, 28 de diciembre 2014)

[Publicado el 02/1/2015 a las 15:44]

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Una reunión de Juanas

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 La semana pasada, en el marco de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, tuve la oportunidad de "moderar" una mesa de ganadoras del premio de novela Sor Juana. Estaban ocho reconocidas escritoras, entre ellas Tununa Mercado, Claudia Piñeiro y Cristina Rivera Garza. Hubiera preferido ser invisible, desaparecer de ese panel y, simplemente, escucharlas, pero Margo Glantz, sentada a mi derecha, no me dejó. Margo, que es muy rápida y sabe salir por la tangente sin por ello escaparse nunca del tema, se convirtió en el eje de la mesa en base a comentarios chispeantes y lucidez; así, se pudo hablar del estado actual de la literatura de mujeres en el continente --"no me interesa ese tema", puntualizó Margo- e incluso se tocó un tema espinoso: ¿debe existir un premio de novela solo para mujeres, como el Sor Juana?  

            Las escritoras, que hablaban ante un público entregado (una pena: prácticamente solo mujeres), mencionaron el antes y después que significó en su carrera el Sor Juana; la revelación más conmovedora vino de parte de Tununa Mercado, quien dijo que el premio le había creado tanta responsabilidad, porque había que estar a su altura, que ya no había podido escribir más ("apenas pavaditas"). Todas mencionaron el peso y, a la vez, la luminosidad que provenía de estar conectadas simbólicamente a Sor Juana. Margo Glantz, una autoridad en la obra de la monja, dijo que no había que idealizarla, que entre santa y sabia ella había preferido ser sabia, y que ese debía ser el ejemplo a seguir.

La argentina Inés Fernández Moreno, ganadora del último premio con El cielo no existe (Alfaguara), recordó la "Carta a Sor Filotea", el hecho de que las mujeres artistas aún tengan que lidiar con prejuicios que relegan a las mujeres al espacio doméstico, y contó la historia de una abuela que pudo ser poeta pero debió reprimirse ante la presencia de su esposo escritor (a la muerte del esposo, la mujer, ya anciana, volvió a la poesía). Cambian las cosas y las escritoras de las nuevas generaciones son mucho más libres, señaló Claudia Piñeiro; incluso cambian los hombres, dijo ella, y leen a sus compañeras de oficio como nunca antes, pero el relato de Fernández Moreno mostró que hay ciertas batallas que todavía continúan.

            Y si las cosas cambian, ¿no sería mejor abolir el premio Sor Juana, una suerte de "acción afirmativa" para las escritoras mujeres? Cristina Rivera Garza recordó el discurso de aceptación del premio de Lina Meruane, que un par de años atrás había sugerido algo similar, y dijo que coincidía con Lina, pero, a la vez, estaba consciente de el mundo no era ideal, y que mientras no se superaran ciertas taras (el machismo del canon latinoamericano, la tendencia de los críticos a privilegiar en sus lecturas a los escritores hombres), el Sor Juana debía existir. En eso coincidieron todas: en la ambivalencia ante un premio solo para mujeres, y en la necesidad de defenderlo. Ojalá que esa ambivalencia cambie con las nuevas generaciones y algún día deje de defendérselo: significará que este premio que ha sido tan importante al visibilizar la escritura de las mujeres, ha cumplido su ciclo y no es tan urgente como alguna vez lo fue.

(La Tercera, 14 de diciembre 2014)  

 

 

[Publicado el 16/12/2014 a las 15:46]

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Ribeyro, el hombre (in)visible

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Alguna vez tuve los Cuentos Completos de Julio Ramón Ribeyro, en la edición de Alfaguara, y alguien me la pidió prestada y se quedó con ella. Me duele descubrir que esa edición agotada cuesta de cuatrocientos a setecientos dólares hoy, pero está bien que alguien haya querido tanto ese libro como para decidir no regresármelo. Es, pienso, uno más de los tantos indicios de la popularidad y la influencia de Ribeyro. Un hombre flaco (Ediciones UDP), el perfil revelador y entrañable del escritor peruano (1929-1994) que acaba de publicar Daniel Titinger, con edición de Leila Guerriero, te hace pensar en gestos desprendidos de ese tipo. Hay que seguir el ejemplo de un ser que parecía flotar por el mundo -un "fantasma"--, alguien lo más alejado posible de vanidades y ataduras. 

Para construir su libro Titinger se convierte en personaje. Asistimos a sus encuentros con gente cercana a Ribeyro como los escritores Guillermo Niño de Guzmán y Alfredo Bryce Echenique, con amigos de sus años parisinos y del tiempo de su regreso final a Lima y con familiares, entre los que destaca Alida de Ribeyro, candidata desde ahora a ingresar al selecto club de viudas literarias, "una mujer dispuesta a cortarle la yugular a quien pretendiera tocar el legado de su marido". Titinger ensaya una defensa de Alida: gracias a sus cuidados, su trabajo como marchand d'art y sus gestiones, Ribeyro se salvó de su "primera muerte" en 1973 (dos operaciones que le dejaron con medio estómago y de las que salió con un pronóstico de seis meses de vida) y tuvo luego la tranquilidad económica necesaria para escribir su obra. Sin embargo, los testimonios que acumula el libro son irrefutables: Alida es vista por el entorno de Ribeyro como desdeñosa y preocupada por comodidades materiales; no es, digamos, un personaje ribeyriano. 

Titinger es hábil para encontrar las anécdotas que ratifican lo que sabíamos de Ribeyro: era tan despistado que un día fue a un parque parisino con su hijo y volvió a casa olvidándose del niño; estaba tan avergonzado de su cuerpo flaquísimo y tasajeado por las operaciones que en Lima iba a la playa a la hora del crepúsculo; llegó a ser tan pobre en París que a veces no escribía su diario porque no tenía para comprarse un lapicero; era tímido y solitario, y quienes lo conocían por primera vez decían que "daba la mano sin fuerza, y luego parecía querer huir, desaparecer, esconderse".

Lo más revelador de Un hombre flaco, sin embargo, está en las anécdotas de los últimos años de Ribeyro, desde su regreso a Lima en 1992, que van a contrapelo de lo que sabemos de él (seguía casado, pero Alida se quedó viviendo en París). A ese Ribeyro le gustaba ir al karaoke y una vez ganó dos mil dólares en un casino; otra, en un almuerzo en Madrid, se desvistió delante de todos y se metió a la piscina en calzoncillos. En 1993 conoció a Anita Chavez, una "jovencita muy delgada y alta, de pelo negro y ojos encendidos", y se enamoró perdidamente de ella. Espoleado por la cercanía de la muerte, el hombre triste pudo al fin ser feliz.

Un hombre flaco traza magistralmente la vida de Ribeyro, desde los cinco años, cuando se descubre precoz escritor, hasta su viaje de estudios a Paris, siguiendo por los elogios a sus libros de "escritor sin boom" en los años sesenta y su consagración peruana a principios de los setenta y continental en 1994, al recibir el premio Juan Rulfo. En una de sus últimas presentaciones en Lima, hubo como doscientas personas que se quedaron fuera y comenzaron a gritar "Juan Ramón es del pueblo y no de la burguesía"; Ribeyro salió al balcón a saludarlos, conmovido. Por lo visto, el hombre que "hubiera preferido ser invisible" no tendría ese destino ni entonces ni ahora.

 

(La Tercera, 30 de noviembre 2014)

 

 

 

 

 

[Publicado el 30/11/2014 a las 16:37]

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Javier Marías: el peso de la verdad

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El narrador de Así empieza lo malo, la nueva novela de Javier Marías (Alfaguara, 2014), es uno de esos observadores -mirones, voyeurs- indiscretos que tanto le gustan al escritor español. Puede tratarse de alguien que trabaja para el servicio secreto inglés y se dedica a estudiar los rostros de las personas (Jacques o Jacobo o Jaime Deza, en Tu rostro mañana) o una mujer muy observadora de los demás (la narradora de Los enamoramientos); lo cierto es que el núcleo disparador del relato suele ser el de alguien que ha visto algo que no debía haber visto y por lo tanto ha aprendido algo que no debía haber aprendido. La prosa se desplegará inquieta a partir de ese saber, con su sintaxis de bifurcaciones particulares, su ritmo encantatorio, sus ritornellos hipnóticos, tratando de indagar en algún negro misterio de de los personajes. En este escritor, de manera paradigmática, la forma es el fondo: los asedios digresivos a una verdad por parte del narrador son la novela.

Juan Vere o Juan de Vere --"nada tiene de original mi figura"- recuerda el tiempo en que, a principios de los ochenta, en su temprana juventud, fue ayudante de Eduardo Muriel, un conocido director de cine, y supo de su relación extraña con su esposa Beatriz, y de la turbia presencia en sus vidas del doctor Van Vechten. Estamos en el período de la Transición, España se encuentra apurada en dejar atrás el largo período del franquismo, los delatores y traidores de antes van maquillando sus biografías y convirtiendo su pasado deleznable en uno de heroica resistencia al régimen. Muriel le pide un favor al narrador, y así este se entera de que hay algo en el pasado de su empleador y su esposa que afecta a las relaciones del presente; son tiempos en los que no hay divorcio, por lo cual Muriel y Beatriz siguen viviendo juntos a pesar de que todo indica que no deberían estarlo. Así empieza lo malo, entonces, se maneja en varios niveles: por un lado, se trata de enterarse de qué cosa grave ha hecho o dicho Beatriz que ha llevado a Muriel a rechazarla; por otro, la historia individual sirve para una reflexión más amplia sobre la necesidad o no que tienen las sociedades de enfrentarse al pasado, un tema de importancia en países que deben lidiar con el trauma de guerras y dictaduras.

El narrador de Así empieza lo malo es menos ambiguo que otros narradores de Marías: yendo a contrapelo del lugar común de que es buena la verdad aunque duela -el lugar común en el que ha insistido la novelística española y latinoamericana de las últimas décadas--, Juan (de) Vere aprende más bien otra cosa: "Guárdatelo, cállatelo. Me ha costado decidir que ya no quiero saber, sin embargo la decisión es firme desde anteanoche. Tampoco lo cuentes por ahí. Aquí se cometieron muchas vilezas durante muchos años, pero se ha convivido con quienes la cometieron, y algunos hicieron favores también. Se ha de convivir con ellos hasta que nos muramos tantos, y entonces todo empezará a nivelarse y nadie se dedicará a rastrearlas..." Ese es el corazón moral de la novela, aquel que muestra al mejor Marías, el que defiende de manera convicente su intuición de que la literatura tiene una forma de conocimiento propia y particular de aprehender la realidad. Enfrentémonos al pasado, sugiere el narrador -de eso va la novela--, pero no sacralicemos la búsqueda de la verdad a toda costa, porque luego quizás no sepamos qué hacer con ella o lo que aprendamos también termine por hundirnos a todos nosotros.   

Se ha insistido en lo cerebrales que suelen ser las novelas de Marías, en la predominancia de la aventura intelectual en que se embarcan sus narradores, y Así empieza lo malo no se aparta de eso; de hecho, las reflexiones aplastan la historia a grandes tramos --se convierten ellas mismas en la historia--, y personajes clave como el doctor Van Vetchen no terminan de despegar. En todo caso, pierde su tiempo quien quiera encontrar en Marías a un escritor realista al uso. Todas las escenas, tanto las memorables -el narrador observando a los esposos en la alta noche, el narrador observando a Beatriz en una escena comprometedora- como las que no, están contadas con algo de artificio teatral. Hay un director de escena que está moviendo los hilos y que de manera conveniente coloca a Juan (de) Vere en situaciones en que este ve cosas necesarias para el desarrollo argumental.

Así empieza lo malo tiene personajes secundarios caracterizados con maestría, como el cómico profesor Rico, y un lenguaje amplio en registros, desde los acostumbrados cultismos de Marías hasta un nuevo talento para las palabras vulgares, a las que se saca provecho y brillo. Tiene también descripciones certeras de sus protagonistas: "Tenía una nariz muy recta, sin asomo de curvatura pese a su tamaño, y en el cabello tupido, peinado a raya con agua como seguramente se lo había peinado desde niño su madre -y él no había visto razón para contravenir aquel remoto dictamen--, le brillaban algunas canas dispersas por el dominante castaño oscuro". No se suele mencionar este aspecto de la prosa de Marías, su capacidad para captar los colores, olores y sabores de ese su mundo tan singular, en el que casi siempre se narra cómo es que "empieza lo malo y lo peor queda atrás" (pero eso nunca es consuelo). A estas alturas, ya se sabe cómo es que empieza lo malo, pero uno quiere que Marías lo vuelva a contar.  

      

(Letras Libres, noviembre 2014)

 

 

   

[Publicado el 26/11/2014 a las 01:49]

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Ursula Le Guin, la maga de Terramar

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La escritora que este miércoles 19 de noviembre recibirá un premio de la National Book Foundation de los Estados Unidos a "Los logros de toda una vida" (Lifetime Achievement Award) es conocida por una novela sobre un adolescente enviado a una escuela para magos, en la que aprende a usar sus poderes y distinguir entre la hechicería "buena" y la "mala"; a partir de ahí se inicia un ciclo de novelas en las que el joven mago descubre que el mundo puede ser ancho y ajeno pero que tiene un papel importante que cumplir en él: es el elegido de las fuerzas del bien para luchar contra las tinieblas del Mal.

No se trata de J. K. Rowling y el mago tampoco es Harry Potter. La escritora se llama Ursula Le Guin (1929) y la novela, Un mago de Terramar (1968), es un clásico de la literatura de fantasía. Por esas cosas raras de la vida -quizás porque no ha habido una buena adaptación cinematográfica--, este libro ganador del Nebula y el Hugo, esta saga -que incluye libros como Las tumbas de Atuán (1972) y La costa más lejana (1974)--, no ha circulado tanto como debiera en América Latina. El mundo de Ged (o Gavilán), el mago adolescente, es el de las leyendas medievales y las sagas nórdicas. Ged vive en la isla de Gont, en medio del "tormentoso" Mar del Nordeste en el mundo de Terramar; de esa isla descrita con magistral vividez saldrá, gracias a su talento precoz, rumbo a la Escuela de Hechicería de Roke, donde aprenderá a usar conjuros y "servir a la necesidad... guiado por el conocimiento".

La doctrina taoista de vivir en armonía con las fuerzas primordiales de la creación está presente en la mirada que Le Guin tiene sobre las cosas. La literatura de fantasía tiene mucho de escapista, pero en manos de esta escritora también llega a otro nivel en el que hay una disquisición profunda acerca de qué podemos hacer con el poder que nos ha tocado en suerte. Así, Un mago de Terramar puede leerse como una parábola sobre los usos del poder: un mal empleo de la magia por parte de Ged desata la aparición de la Sombra, un espíritu siniestro contra quien deberá enfrentarse. Pero ese espíritu es parte de Ged: el mal no está en otra parte -como en las novelas de Rowling- sino en nosotros mismos, y hay que vencerlo, "equilibrar el mundo... ahuyentar las tinieblas con su propia luz".

Le Guin es también una gran autora de ciencia ficción. La mano izquierda de la oscuridad (1969) quizás sea más leída en las universidades que conocida por el gran público debido a sus transgresoras políticas de género y sexualidad: en el planeta Invierno, donde transcurre esta novela compleja, todos los habitantes son andróginos (a veces hombres, a veces mujeres, y otras veces ninguna de las dos cosas). Aquí la perspectiva es más bien antropológica: La mano izquierda está narrada a través del filtro de Genry Ai, un ser asombrado al descubrir los usos y costumbres de un mundo diferente al suyo: ¿y qué hacemos sin las políticas de la identidad sexual que tanto nos definen? En sus respuestas, esta novela intuye cosas  a las que mucho más tarde se enfrentarán los grandes teóricos y teóricas de este tema (Judith Butler y compañía). 

El premio que le darán a Le Guin solo lo han recibido veintiséis escritores, entre ellos John Ashbury, Joan Didion y Toni Morrison. Para Harold Augembraun, director ejecutivo de la National Book Foundation, Le Guin ha "mostrado cómo la gran escritura ha destruido la anticuada y nunca realmente válida distinción entre el arte popular y el literario". Palabras muy bonitas, pero lo cierto es que en el establishment literario hay mucha gente empeñada en mirar en menos a géneros populares como la ciencia ficción y la fantasía. De otro modo, no se entiende que se haya tardado en reconocer tanto a Le Guin. 

 

(La Tercera, 16 de noviembre 2014)

[Publicado el 16/11/2014 a las 17:16]

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Un Booker para Richard Flanagan

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Están los premios literarios y está el Booker, uno de los pocos que ha mantenido su prestigio gracias a su impresionante lista de ganadores desde su creación en 1969: Naipaul, Gordimer, Murdoch, Rushdie,  Coetzee, Carey, Ishiguro, Byatt, McEwan, Atwood, Banville, Mantel, Barnes... El de este año se lo acaba de llevar Richard Flanagan, considerado como el mejor novelista australiano de su generación; su novela The Narrow Road to the Deep North mantiene el listón alto del Booker. Flanagan no es tan conocido como los demás, pero ahora quizás lo sea; en español se puede conseguir de él El libro de los peces de William Gould (Literatura Random), una verdadera obra maestra.

The Narrow Road es un relato conmovedor de los prisioneros de guerra del Japón que, durante la segunda guerra mundial, fueron obligados a construir La Línea, como se llamaba la ruta del ferrocarril que unía Tailandia con Birmania. En el Ferrocarril de la Muerte trabajaron doscientos cincuenta mil prisioneros, de los cuales murieron más de cien mil a causa de la brutalidad japonesa, las malas condiciones de alimentación e higiene de los campos de concentración, y enfermedades como la disentería y el cólera. El padre de Flanagan fue uno de esos prisioneros, y la novela puede leerse como un homenaje a quienes fueron marcados por ese proyecto desatinado del imperio japonés: "Todo fue para nada, y de eso nada quedó. La gente insistió en buscarle sentido y esperanza, pero los anales del pasado son solo una fangosa historia de caos... De los sueños imperiales y los muertos solo queda la maleza alta".

Flanagan se centra en Dorrigo Evans, un soldado australiano que se convierte, gracias a su trabajo como cirujano, en uno de los líderes entre los prisioneros, alguien que debe negociar con los japoneses la cantidad de trabajadores que debe realizar determinada obra; eso le permite salvar de vez en cuando a algunos de sus compañeros, aunque eso no le impide sentirse culpable: "Jugaba el juego lo mejor que podía, y cada día perdía un poco más, y esa pérdida se contaba en las vidas de otros". Flanagan alterna su novela con un presente donde Evans se ha convertido en un héroe australiano por sus sacrificios durante la guerra; sin embargo, es incapaz de disfrutar de sus hazañas, ya que está marcado por el trauma de la Línea y por un amor imposible por Amy, la esposa de su tío, con quien tuvo una aventura antes de ser tomado prisionero.

Flanagan trata de ser demócratico y se ocupa con detalle tanto de los prisioneros como de los soldados japoneses, a quienes no reduce a una versión unidimensional; hay páginas brillantes sobre Nakamura, uno de los oficiales más brutales, desesperado por evitar que lo declaren un criminal de guerra una vez derrotado el imperio. Pese a eso, las mejores partes son las que muestran la descarnada crueldad japonesa. Flanagan describe con vividez a esos prisioneros que no pueden caminar de tan débiles que están y se quedan tirados entre la maleza, su cuerpo temblando por la malaria, esperando los latigazos de sus captores bajo la lluvia inclemente, resignados a la muerte.

La prosa de Flanagan aspira a la poesía, aunque su lirismo no es tan efectivo al describir las escenas entre Evans y Amy, demasiado sentimentales, como cuando se ocupa de los pequeños actos de humanidad de los prisioneros y del escenario excesivo de la selva, que se lleva a todos por delante. The Narrow Road to the Deep North -la frase viene de un haiku de Basho- es un libro magistral sobre las infamias de la guerra y también sobre lo que viene después, que no es menos infame: el duelo y la melancolía de sabernos vivos después de haber presenciado el horror.

 

(La Tercera, 2 de noviembre 2014)

 

 

[Publicado el 04/11/2014 a las 17:32]

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Biografía

Edmundo Paz Soldán (Cochabamba, Bolivia, 1967) es profesor de Literatura Latinoamericana en la Universidad de Cornell. Es autor de diez novelas, entre ellas Río Fugitivo (1998), La materia del deseo (2001), Palacio Quemado (2006), Los vivos y los muertos (2009) y Norte (2011); y de los libros de cuentos Las máscaras de la nada (1990), Desapariciones (1994), Amores imperfectos (1998) y Billie Ruth (2012). Ha coeditado los libros Se habla español (2000) y Bolaño salvaje (2008). Su libro más reciente es Iris (Alfaguara, 2014). Sus obras han sido traducidas a diez idiomas, y ha recibido numerosos premios, entre los que destaca el Juan Rulfo de cuento (1997) y el Nacional de Novela en Bolivia (2002). Ha recibido una beca de la fundación Guggenheim (2006). Colabora en diversos medios, entre ellos los periódicos El País y La Tercera, y las revistas Etiqueta Negra, Qué Pasa (Chile) y Vanity Fair (España). 

Bibliografía

Iris (2014). Alfaguara

 

Portada 'Los vivos y los muertos' 

Norte (2011). Mondadori

 

 

Billie Ruth (2012). Páginas de Espuma

 

 

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