El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

martes, 21 de mayo de 2013

 Río Fugitivo / Blog de Edmundo Paz Soldán

Café con Mussolini

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Estaba en casa de unos amigos en Italia hace un mes cuando abrí una alacena en busca de café y me encontré con una caja de bolsitas de azúcar con el rostro de Mussolini y una frase: Quando c'era lui la vita era più dolce (Cuando estaba él la vida era más dulce). En todas las bolsitas había una dirección en la red para comprar parafernalia de ultraderecha. Mi amigo se rió de mi descubrimiento del "azúcar fascista" y me mostró monedas fascistas, vinos fascistas, etc. Se los había regalado un anciano amigo de la familia. Sospechaba que el anciano había perdido la razón. Guardaba los regalos como algo pintoresco.

Pensé en todo eso esta semana, después de los ochenta muertos en Noruega a manos de Anders Breivik, cuando escuché al europarlamentario italiano Mario Borghezio decir: "El 100% de las ideas de Breivik son buenas y coinciden con las de los movimientos que ahora ganan en cualquier lugar en Europa". Borghezio pertenece a la Liga, partido en el poder gracias a su alianza con Berlusconi; no hay mejor prueba de cómo las ideas xenófobas y racistas de la ultraderecha, hace algunas décadas en el margen de Europa, se han vuelto cada vez más populares. Los italianos pueden decir que solo el 8.3% de los votantes simpatiza con ideas de ultraderecha, pero ese porcentaje no es marginal.

Hace poco, el semanario alemán Der Spiegel dedicó su nota principal a la decadencia de Italia. La portada titulaba Ciao bella! y mostraba un dibujo de Berlusconi en una góndola veneciana junto a dos sirenas con los pechos desnudos. No sé si daban ganas de reír o de llorar. Pensaba encontrar ese país esta visita. De hecho, me topé con un artículo en una revista del corazón en el que el médico de Berlusconi certificaba que el primer ministro italiano podía acostarse con mujeres jóvenes todos los días porque era un hombre "física y mentalmente superior al resto". Pero con lo que más me encontré fue con la indignación ante la crisis económica y social, que ha derivado en una guerra de valores culturales. El país no crece, y para la ultraderecha los responsables son los liberales que se aliaron al sueño multicultural europeo.

Al otro extremo, los escritores e intelectuales progresistas de la llamada generación TQ (conocidos así porque sus edades oscilan entre los trenta y los quaranta), acaban de publicar un manifiesto que puede leerse como una crítica brutal al estado de las cosas en Italia: un momento en que prima el sinsentido, en el que "han caído juntas tanto las ideologías como los ideales, la autoridad del pasado como la fuerza del futuro, las certezas morales y las materiales". Los líderes principales del TQ quieren que su manifiesto se lea como un gesto político y no uno literario. Creen que el neoliberalismo es "la nueva epidemia de Occidente" y piden que la nueva generación asuma una "responsabilidad colectiva para hacer algo juntos". Gabrielle Pedullà, uno de los líderes, sabe que el desafío es difícil porque "la nuestra es una generación de solitarios". Giorgio Vasta, otro de los líderes, es de objetivos modestos y dice que lo suyo no es una guerra sino una "guerrilla, acciones de perturbación del orden cultural y artístico que permitan que se le preste atención al valor civil de la discusión".

Así están las cosas en el bel paese. Los jóvenes escritores e intelectuales de la generación TQ quieren pensar en grande y refundar el país pero, en lo concreto, sueñan con mínimas acciones neovanguardistas y creen que hablando se entiende la gente. Al otro lado están los que aplauden la masacre de Noruega y venden parafernalia exaltando la violencia como la mejor manera de salir de la crisis. Mientras tanto, la bolsa sigue cayendo y Berlusconi llama a su gente de confianza para organizar el bunga-bunga del fin de semana.   

(La Tercera, 29 de julio 2011)

[Publicado el 29/7/2011 a las 12:11]

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Rafael Pinedo después del fin

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A principios del 2002 llegó a mis manos el manuscrito de una novela tan extraña como fascinante. Se llamaba Plop y su autor era el argentino Rafael Pinedo. Me enteré de que había nacido en 1954 y que esta era su primera novela. Un comienzo tardío pero deslumbrante, pensé, y me preparé para grandes libros. Lamentablemente, Pinedo murió poco después de cáncer. Hace algunos años, la editorial española Salto de Página decidió reeditar Plop, y meses atrás publicó El frío -con una elegante introducción de Elvira Navarro--,  una de las dos novelas póstumas de Pinedo (la otra es Subte). Leí El frío y volví a Plop. Después del fin, la obra de Pinedo está muy viva.
 
Pinedo dijo en una entrevista que veía a sus libros como una trilogía sobre "la destrucción de la cultura". Como estos libros fueron concebidos a principios de la década pasada, es tentador relacionarlos con la crisis argentina de fines del 2001. Plop, sin embargo, va más allá del contexto local: el libro hunde sus raíces en la larga tradición de las narrativas distópicas, y es parte de una sensibilidad apocalíptica contemporánea que puede dialogar perfectamente tanto con Mad Max como con Cormac McCarthy. Cuando le preguntaban por sus influencias en la ciencia ficción, Pinedo solía mencionar a Levrero, sobre todo la novela París, pero no son claros los rastros de Levrero en Plop; puestos a mencionar nombres rioplatenses, habría que señalar al Fogwill de Los pichiciegos. Igual, el universo de Pinedo es tan peculiar que es difícil situarlo como heredero o continuador de alguien.  
 
En Plop el fin ya ha ocurrido; no se explicita qué ha destruido el planeta, aunque se sugiere que ha habido una catástrofe ecológica: hay pocos árboles y la gente solo puede tomar agua cuando llueve. La metáfora principal de la novela, lo ha visto bien el crítico Zac Zimmer, es la del barro: se comienza con Plop, el protagonista principal, metido en un pozo mientras cae la tierra sobre él "y a sus pies se va formando un caldo de barro que le llega hasta las rodillas", y se termina con ese mismo personaje "cubierto de barro... Nunca existió otra cosa que barro. Sólo figuras cubiertas de barro, como él".
 
En ese paisaje desolado, lo que le interesa a Pinedo es narrar qué hace un puñado de sobrevivientes después del fin, que no es otra cosa que volver a comenzar: unos cuantos se organizan en tribus, y aparecen los tabúes, los rituales extraños, las nuevas costumbres ("No eran raros los retardados. En general, apenas aparecía un primer síntoma las madres los sacrificaban"), el sexo como moneda de cambio y la lucha despiadada por la supervivencia. En este contexto, Plop es el sobreviviente por excelencia. Nacido en la indigencia absoluta ("su madre, la Cantora, lo parió caminando, atada al borde de un carro, medio colgada, medio arrastrada"), va aprendiendo rápidamente cuáles son las reglas de juego. Es más ambicioso que los demás, y eso, en una sociedad de la escasez, lo distingue y lo lleva a administrar los recursos y conseguir el poder. Pero su gran virtud es también su principal defecto: aunque la novela no se plantea como una fábula moralista, la caída de Plop está relacionada con su ambición excesiva.
 
Una de las tantas virtudes de Pinedo es haber encontrado un estilo que está perfectamente de acuerdo con la historia: una novela sobre la indigencia escrita con una prosa económica, de frases cortas, de párrafos de dos líneas, de capítulos como fogonazos. El lenguaje, sugiere Pinedo tanto en el tema como en la forma de Plop, es un bien que no debería despilfarrarse, aunque, en el caso de este escritor, uno hubiera querido más palabras, más historias, muchos más libros.   

(La Tercera, 15 de julio 2011)

[Publicado el 15/7/2011 a las 18:45]

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Maximiliano Barrientos

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Hace unos cinco años leí Los daños y Hoteles. Fueron dos libros que me impactaron. Yo atravesaba una etapa muy difícil y sentía que esos libros habían sido escritos solo para mí. Hablaban de la separación como la forma inevitable en la que terminan las parejas, de la soledad esencial del ser humano. Subrayé muchas frases y sentí que Maximiliano Barrientos me enseñaba cosas de la vida. A los escritores nos es fácil reconocer nuestra deuda con los mayores, decir que Vargas Llosa o Borges o Kafka nos cambiaron la vida. Tampoco es difícil aplaudir a nuestros compañeros de generación, aunque muchas veces el elogio queda matizado por el cariño, la falta de distancia. Lo que sí es díficil es sentir que los libros de alguien que recién está comenzando te dicen cosas, te dan pistas para entender lo que te ocurre. Eso fue lo que me pasó con Maxi.

Con Maxi muchas veces me olvido de las tramas y entremezclo los personajes. Lo que queda, siempre, son imágenes y sensaciones (Fabián Casas, que sabe mucho de esto, dice que Maxi es "un maestro de las imágenes profundas"). Hace poco leí Fotos tuyas cuando empiezas a envejecer, en la espléndida edición de Periférica. Maxi había vuelto a las versiones originales de los cuentos y las había destilado de manera radical. Los leí uno tras otro y sentí como si estuviera en la habitación de un hotel, escuchando a Elliot Smith mientras afuera caía la lluvia. "Suerte" es un hallazgo, al igual que "Los adioses". "Primeras canciones" es una fábula contemporánea del desamor que comienza con frases que pueden leerse como una poética: "Si hubiera una cámara de seguridad en el baño se los vería desnudos. Chicos recién salidos de colegio, él tiene dieciocho y ella diecinueve. Ninguno de los dos sabe que se harán mucho daño".

Sentí tristeza, sentí melancolía. Es lo que muchos escritores buscan y pocos logran: sacarte de ti, instalarte en el estado de ánimo que te proponen. Maxi lo ha logrado. Este libro quedará.

[Publicado el 12/7/2011 a las 12:58]

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Ficción y realidad del retrato en PHotoEspaña

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uno de los autorretratos de Frank Montero

La decimocuarta edición de PHotoEspaña reúne a 370 fotógrafos de 55 países, en 57 sedes diseminadas por todo Madrid. Están las exposiciones centrales, en el Reina Sofía o en el Instituto Cervantes, y también el festival off, en galerías y salas pequeñas. Yo fui en busca de la galería Elvira González, que acogía la obra de Robert Mapplethorpe, y en el camino me topé con otras dos galerías que no conocía y que también exponían obras de PHotoEspaña. El responsable artístico de este enorme despliegue es el cubano Gerardo Mosquera, nuevo comisario del certamen.
 
El tema central de este año es el retrato. PHotoEspaña muestra una variedad impresionante de registros, que van desde el uso de la fotografía para dar testimonio de una realidad -las fotos del legendario paparazzi Ron Galella, por ejemplo- hasta para mostrar cómo esa realidad puede ficcionalizarse. Yuxtapuestos en el mismo certamen, los registros se mezclan hasta que no sabemos dónde termina uno y comienza otro. Galella nos muestra la "realidad" de una Jackie Onassis despeinada y de un Marlon Brando a punto de romperle la mandíbula al fotógrafo intruso. Pero no son menos "reales" las fotos artificiosas de Mapplethorpe, incluso cuando señalan claramente sus raíces clásicas para convertir en gran arte al mundo de la pornografía y de la homosexualidad en su vertiente sadomasoquista (S/M). Contagiado por la mirada de Mapplethorpe, uno comienza a ver símbolos fálicos y de dolor en las plantas y flores más inocentes: la realidad ha sido transformada por la ficción.   
 
Irene de Andrés, una de las fotógrafas españolas más importantes de la nueva generación, dice que "la fotografía es ahora irrealidad"; su proyecto, que se presenta en la galería Marta Cervera, juega con cámaras y videos para retratar el paso del tiempo en la habitación de un hotel. El espectador se queda con la sensación de que las fotos capturan todo un día, pero tan solo se trata de ocho minutos: es el cierre del obturador de la cámara el que logra el efecto del transcurrir de las horas.
 
La relación de la fotografía con la ficción, sin embargo, no es solo de hoy. En la sala Alcalá de
la Comunidad de Madrid se pueden ver las fotos conceptuales de Cindy Sherman, que en los años setenta comenzó a explorar, en series como "Bus Riders", con la idea de la identidad como escenificación y performance. En sus fotos, Sherman encarna a todos los pasajeros de un autobús: la viejecita insoportable, la adolescente sexy, el joven con cara de pocos amigos, incluso los negros (en un gesto políticamente incorrecto, Sherman usa blackface para representar a los negros).
 
En la misma exposición de la Sherman se encuentran las fotos del mexicano Frank Montero Collado, quien ha sido para mí la gran revelación de PHotoEspaña. De Montero se conoce muy poco, y de hecho esta es la primera exposición de su obra. Su vida abarca la segunda mitad del siglo XIX y las primeras décadas del XX. En sus autorretratos va armando su biografía, que incluye trabajos como seminarista o profesor e incluso hipnotista y cantante de ópera. Las encargados de la exposición señalan que existen muchas dudas acerca de cuán auténtica es esta biografía, sobre todo por el hecho de que todas las anotaciones al pie de las fotos --que recrean diferentes momentos de una vida-- fueron hechas al mismo tiempo. Sin embargo, cualquiera que vea las fotos se dará cuenta de la teatralización de las escenas, de la mirada burlona de Montero al espectador. Más de medio siglo antes de la Sherman, el gesto de este mexicano es más vanguardista que el de la fotógrafa de New Jersey.
 
(La Tercera, 1 de julio 2011)

[Publicado el 01/7/2011 a las 11:21]

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En el tiempo de las teorías conspiratorias

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Hace algunos años una amiga de California me envió un enlace a un sitio en Internet dedicado a defender la teoría de que el ataque a las Torres Gemelas había sido parte de una trama secreta organizada por el vicepresidente de los Estados Unidos, Dick Cheney. Cheney, junto a Donald Rumsfeld y Paul Wolfowitz, dos pesos pesados de la administración de Bush, habían organizado el ataque porque necesitaban una excusa para lanzarse a una aventura imperial y hacerse de las reservas de petróleo en el mundo. Los administradores del sitio tenían teorías delirantes -las Torres no habían sido destruidas por aviones sino por bombas puestas previamente en los edificios por agentes de la CIA--, pero esgrimían pruebas científicas de ingenieros y expertos en demolición de edificios que tenían la virtud de la coherencia a una lógica interna. Todo estaba tan bien armado que no era difícil dudar de lo que el mundo había visto esa mañana del 11 de septiembre.
 
En Among the Truthers: A Journey Through America's Vast Conspiracy Underground, Jonathan Kay argumenta que esas teorías conspiratorias son parte de las "consecuencias cognitivas del 11 de septiembre". Las teorías conspiratorias han existido siempre, pero hay momentos en que su peso social se intensifica: una guerra, una crisis económica, un ataque terrorista pueden poner en duda el proyecto racional en que se fundan el edificio de Occidente. Que hace poco haya habido una campaña muy seria acerca de la verdadera nacionalidad de Barack Obama, que sugería que el presidente de los Estados Unidos es en realidad un musulmán nacido en Indonesia, un terrorista infiltrado, muestra que el trauma psíquico del 11 de septiembre todavía no ha sido reparado.
 
Kay sugiere que todas las teorías conspiratorias modernas descienden de lo ocurrido en torno a los Protocolos de los Sabios de Zion. En 1897, se llevó a cabo en Suiza el primer congreso sionista, que concluyó con un programa que pedía el establecimiento de un hogar para los judíos en Palestina. Para desacreditar este proyecto, un grupo de antisemitas zaristas inventó los Protocolos, un documento secreto que habría sido escrito durante ese congreso y que era un plan de los judíos para apoderarse del mundo. Los Protocolos fueron publicados en 1919, y dieron lugar a que se disparara el antisemitismo en Europa; tanto Hitler como otros criminales de guerra fueron inspirados por los Protocolos a actuar contra los judíos.
 
Los Protocolos condensan todos los males del mundo en una sola fuente de poder. Los sabios judíos de ese documento son hipercompetentes, ambiciosos, malignos y están enquistados en las altas esferas de los gobiernos. De la misma manera, muchas de las nuevas teorías conspiratorias apuntan a que existe hoy una metaconspiración de las élites del mundo, destinada a esclavizar a la gente: aquí se juntan Kissinger con Cheney, Halliburton, el grupo Bilderberg, Mossad, la CIA, el FMI, George Soros, etc. Los febriles teóricos de la conspiración dicen que si la gente no reacciona es porque está dopada con fluorido --una "neorotoxina letal" que se los gobiernos ponen en el agua- y otros agentes químicos inyectados en nuestro cuerpo a través de vacunas (ordenadas, por supuesto, por el gobierno).   
 
Para Kay, estas teorías pueden ser descabelladas, pero conviene tomarlas en serio porque los "habitos mentales" que las sostienen se han vuelto parte fundamental del paisaje: son muchos los que desconfían del gobierno, están alienados de las formas tradicionales de la política, y mezclan ideas seculares con un discurso religioso apocalíptico. Es cierto que algunas conspiraciones han ocurrido de verdad (Watergate), y que algunos gobiernos han manipulado incidentes para sostener causas dudosas -desde la guerra de Vietnam hasta las armas nucleares de Saddam Hussein--, pero eso no debería llevarnos a concluir que detrás de cada acto hay una conspiración. Kay termina el libro con algunos consejos optimistas y algo ingenuos para desterrar de una vez por todas la mentalidad conspiratoria. Si hubiera sido consistente con el argumento de su libro, habría tenido que decir que los teóricos de la conspiración están tan seguros de su verdad que cualquier argumento en su contra -el libro de Kay, por ejemplo- será utilizado como prueba fehaciente de que hay una conspiración en las altas asferas.

(La Tercera, 17 de junio 2011)

[Publicado el 20/6/2011 a las 15:31]

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Entre El Padrino y Los Soprano

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Para las nuevas generaciones, la historia de la mafia puede resumirse en una mezcla de El Padrino con Los Soprano. El eslabón que vincula estas historias se llama Gay Talese (Nueva Jersey, 1932), que en Honrarás a tu padre (1971), su épico libro de no-ficción sobre el ascenso y la caída de la familia Bonanno, mezcla lo mejor de esos dos mundos: la violencia y el particular código de honor de El Padrino, encarnados en la figura tan despiadada como paternalista de Vito Corleone, con la rutina cotidiana de una familia poderosa de la mafia que vive en los suburbios de una ciudad norteamericana, como ocurre en Los Soprano. Todo eso, sin embargo, no a través de la ficción sino de una poderosísima crónica de investigación periodística. Después de Talese, eso de que un buen libro de no ficción puede leerse como una novela es un lugar común que se queda corto; pocas novelas alcanzan la riqueza de penetración psicológica y el esplendor de detalles descriptivos de Honrarás a tu padre, que acaba de ser relanzado en España por Alfaguara.
 
Como todas las historias de la mafia, el libro de Talese, que le tomó casi siete años de investigación, es un relato de familia. Joseph Bonanno, nacido en 1905, pertenecía a una familia siciliana de alto nivel que emigró a Nueva York a principios del siglo XX; a su regreso a Sicilia, se metió en problemas con Mussolini y volvió a emigrar a los Estados Unidos en los años de la Prohibición. Fue durante esos años cuando comenzó su ascenso imparable en la mafia; el mayor de sus hijos, Salvatore (Bill) Bonanno, nacido en 1932, terminará heredando el negocio. Bill hubiera querido, quizás, ser otra cosa, pero la admiración y la reverencia que le tenía a su padre -lo veía casi como "una deidad"-- hicieron que, de manera casi fatalista, no tuviera más opción que hacerse cargo de esa herencia paternal que lo conflictuaba. La historia que cuenta Talese le hace justicia el título: Bill sufre todo el peso de esa admonición bíblica.  
 
Talese comienza Honrarás a tu padre en media res, con el secuestro de Joseph Bonanno en 1964. Su reaparición un año después provocará una guerra sin cuartel entre varias familias mafiosas en Nueva York. A partir de ese inicio, Talese bifurcará el relato en varios sentidos, sin perder nunca la dirección central de la trama: está la historia de la guerra, que sirve para meternos de lleno en los negocios de la mafia en la década del sesenta; está la investigación de las raíces de la mafia de Nueva York en la Sicilia de principios del siglo XX, que permite explicar el ascenso de Joseph Bonanno y las tradiciones étnicas con que consolida su poder; y está el corazón emocional del libro, en la historia de Bill, que va desde que es un adolescente despreocupado en Arizona al que solo le interesan las chicas, los coches y la ropa, pasa por el momento en que debe abandonar la universidad para obedecer al llamado de su padre e ingresar a la mafia, y llega a la turbulencia de los años sesenta. Es Bill quien, en enero de 1965, conocerá a Talese, por entonces un reportero del New York Times, y a quien a lo largo de varios años le contará con lujo de detalles la historia de su familia.  
 
Cuando Honrarás a tu padre fue publicado en 1971, sorprendió a todos: ¿cómo era posible que Talese supiera tanto sobre la mafia, una organización definida a partir de su código de silencio? Hubo incluso críticos que condenaron a Talese por la cercanía con personajes moralmente detestables: en la nota que sirve de epílogo al libro, Talese habla de su amistad con Bill y dice que lo respeta y comprende, y uno piensa en el parecido con Truman Capote y los asesinos de A sangre fría--. También lo criticaron por mostrar de manera demasiado familiar un mundo que debía verse como ajeno, demasiado ajeno. Lo notable de Talese en que en Honrarás a tu padre toma el camino más difícil, que es el de mostrar cómo la familia Bonanno representa a la vez a un grupo étnico --con todas sus tradiciones, con virtudes y debilidades-- y a una familia muy norteamericana. Honrarás a tu padre es una historia de mafiosos, pero también una de inmigración y asimilación.

Los alcances del libro de Talese no debían haber sorprendido tanto. Después de todo, a principios de los setenta Talese ya era muy conocido gracias a sus crónicas de principios y mediados de los sesenta -"Joe Louis at Fifty", "Frank Sinatra Has a Cold"--; su mezcla de técnicas de investigación periodística con detalles narrativos más propios de una ficción, era tan influyente como A sangre fría o los textos de Hunter Thompson, Tom Wolfe y Joan Didion. Honrarás a tu padre consolidó su reputación como uno de los grandes de un nuevo género de escritura periodística, una nueva forma de hacer literatura que por entonces despuntaba y que no ha hecho más que crecer. La edición revisada y actualizada de La mujer de tu prójimo (1981), otro de sus libros clásicos, sobre las costumbres sexuales de los norteamericanos, acaba de ser publicada por Debate.       
      
(Babelia, El País, 4 de junio 2011)

[Publicado el 05/6/2011 a las 16:00]

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Los mil otoños de David Mitchell

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Hace una década cayó en mis manos una reseña de A. S. Byatt a una novela de un joven escritor inglés. La reseña me interesó lo suficiente como para leer la novela. Se llamaba Ghostwritten y el autor, David Mitchell. Luego leí, fascinado, Cloud Atlas y Black Swan Green (tengo pendiente Number9 Dream). Después de leer su última novela, Los mil otoños de Jacob de Zoet, que será publicada en los próximos meses por la editorial española Duomo, no me quedan dudas: entre los escritores ingleses contemporáneos, Mitchell me parece de lejos el más interesante, el más complejo, el más capaz de tender un puente entre la necesaria renovación de la novela y la recuperación de sus tradiciones más notables.

Mitchell se reinventa con cada nuevo proyecto. Ghostwritten y Cloud Atlas son novelas con impresionantes estructuras narrativas, ambiciosos juegos de pirotecnia postmodernista en los que la forma dialoga de manera sustancial con el contenido. Los mil otoños es, como Black Swan, una novela más tradicional, más fácil de fijar entre los subgéneros conocidos. Pero Black Swan, la más autobiográfica de Mitchell (su personaje principal es un adolescente de trece años que tartamudea como él), está ambientada en la Inglaterra de los años ochenta; Los mil otoños es, en cambio, una novela histórica en el sentido más clásico del término.

Lo interesante en este caso es ver qué hace con Mitchell con la novela histórica. Y lo que sorprende es que, pese a todo el arsenal de recursos de que dispone, decide no reinventar la pólvora. La novela funciona porque funcionan los viejos recursos de la creación de una atmósfera original, de personajes complejos, de una historia que atrapa, de un mundo que está aparentemente muy lejos pero que puede decir mucho de nosotros. Los mil otoños está ambientada en el Japón de entre los siglos XVIII y XIX, un país cerrado a los extranjeros que, para negociar con ellos, ha creado Deshima, una isla artificial en el puerto de Nagasaki. La isla es pequenísima --ciento veinte por setenta y cinco metros--, y está a cargo de ella una compañía holandesa. A Deshima llega Jacob de Zoet, un joven y honrado contador de un grupo supuestamente encargado de limpiar las finanzas corruptas de la isla. Pero Jacob descubre pronto que no es fácil luchar contra la corrupción.

La novela comienza lentamente: hay que pagar el peaje de una buena cantidad de páginas para acceder a este mundo hermético. Todo se acelera cuando Jacob se enamora de Orito, una japonesa estudiante de medicina con el rostro desfigurado. Cuando Orito es entregada por su familia a un templo en las montañas, en el que el abad organiza siniestros rituales sintoistas para asegurar la inmortalidad de sus miembros, lo extraño se convierte, si cabe, en algo aun más extraño. Ese templo pertenece al linaje notable de la literatura inglesa, especializada en narrar la vida en residencias confinadas en las que sus miembros se ven sometidos a reglas arbitrarias (dos de sus representaciones contemporáneas más destacadas son la serie de Harry Potter, y Nunca me abandones, de Kazuo Ishiguro, novela con la que esta sección de Los mil otoños tiene una peculiar afinidad).    

Mitchell ha dicho que quería escribir una novela verdaderamente bicultural y lo ha logrado. Como en Cloud Atlas, impresiona su capacidad para encontrar el lenguaje adecuado para sus personajes, sean estos nobles japoneses o marineros holandeses. En la interacción entre culturas incapaces de entenderse del todo encontramos el diálogo de la novela con el presente: todo gira en torno a nuestra dificultad para traducir aquello que nos es ajeno. En eso, Los mil otoños es sutilmente metaliteraria: varios personajes centrales son traductores, y Jacob deberá aprender por su cuenta el japonés -está prohibido enseñarlo a los extranjeros-- para poder traducir el mensaje en el corazón de la novela. Traducir cuesta, y en lo que tarda uno puede perder el amor de su vida o lograr, al fin, la justicia ansiada.

(La Tercera, 3 de junio 2011)

[Publicado el 03/6/2011 a las 16:00]

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Un lugar que pesa como una maldición

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Para hablar de Knockemstiff, el magistral libro de cuentos de Donald Ray Pollock, se han mencionado nombres muy diversos: Sherwood Anderson, Denis Johnson, Chris Offut. A esos nombres hay que agregar el de Daniel Woodrell, el autor de Winter's Bone, aunque para narrar sus cuentos de perdedores Pollock tiene más humor. En el pueblo de Knockemstiff, en una desolada zona rural de Ohio, sus habitantes white trash no tienen más vías de escape que el alcohol, el sexo y las drogas, sobre todo las drogas: meth, speed, crack, crank, anfetaminas, todo sirve para soñar con escaparse a California y dejar atrás una vida miserable. Pero no: el lugar pesa más, como si se tratara de una maldición, y nadie puede salir de él por mucho tiempo. Pollock es un maestro para agarrar al lector desde la primera línea del cuento: "Mi padre me enseñó a hacer daño a la gente una noche de agosto en el autocine Torch cuando yo tenía siete años" ("La vida real"); también lo es para terminar el cuento con una imagen que abre el texto en múltiples direcciones. Los personajes de un cuento reaparecen en otro, con lo que queda la sensación de que se nos ha contado la historia de una familia, de todo el pueblo. Y por ahí desfilan un vagabundo retardado que ve a un chiquillo llamado Truman teniendo sexo con su hermana de doce años en Dynamite Hole, y Bobby y Frankie, dos adolescentes que se roban anfetaminas para venderlas para terminar colocados con ellas, y Jimmy y su amigo, que aspiran Bactine en una bolsa de plástico para, con los ojos rojos mientras cae la nieve, poder ver algo que no han visto antes. Pero ya todo ha sido visto, y no queda más que repetir de manera determinista los errores de los padres y de los tíos. La magia de Pollock consiste en lograr que, pese a que en ningún cuento hay redención posible, no sintamos nunca que el autor está siendo repetitivo. Sabemos lo que nos espera, y aun así nos sorprendemos. La traducción de Javier Calvo es impecable.  
 
(Babelia, El País, 28 de mayo 2011)

[Publicado el 27/5/2011 a las 18:04]

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Formas de imaginar a Oriente

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¿Cómo se imagina hoy al Oriente desde Occidente? ¿Qué dicen los cineastas y los novelistas del desencuentro entre estos mundos? Acabo de ver una película y de leer una novela francesas que apuntan a distintas posibilidades de entender esta compleja relación. La película se llama De dioses y hombres (2010) y fue dirigida por Xavier Beauvois; la novela es Habladles de batallas, de reyes y elefantes (2011), y es de Mathias Enard, uno de los novelistas más interesantes de la nueva generación de escritores franceses (soy un admirador incondicional de La perfección del tiro, una obra maestra).

De dioses y hombres está basada en un hecho real: el asesinato de siete monjes trapistas en 1996, en una zona pobre de Argelia, a manos de fundamentalistas árabes. La película se toma su tiempo y es notable su mirada tan reverente hacia la fe religiosa, uno de esos temas que hace mucho los cineastas no tocan sin un dejo de ironía y escepticismo. Tal como Beauvois plantea el drama, los monjes católicos profesan su apostolado entre árabes pobres, son paternalistas bien intencionados. Cuando la guerra civil llega a la región y vemos a los bordes del camino (literalmente) los rastros de la violencia, los monjes tienen miedo pero no están dispuestos a abandonar el monasterio. El terrorismo los golpea, pero Beauvois duiere dejar claro que no todos los árabes son así: en la escena final, cuando los monjes son secuestrados y caminan rumbo a su ejecución, escuchamos en voice-over la carta de uno de ellos en la que distingue la violencia del terrorismo de las verdaderas enseñanzas del Islam. Curiosa disonancia: el discurso políticamente correcto sobre el Islam va a contrapelo de lo que muestra la película (la piedad y la fe inquebrantables del catolicismo frente a musulmanes que son capaces de asesinar a unos pacíficos ancianos).

Habladles de batallas, de dioses y elefantes está basada en un proyecto apócrifo de Miguel Ángel: en 1506, el sultán Beyazid le habría propuesto diseñar un puente en Constantinopla. A partir de esa posibilidad, Enard imagina minuciosamente los pasos de Miguel Ángel en Constantinopla. El artista, que no ha cumplido treinta años y todavía no ha hecho la Capilla Sixtina, está tentado porque en ese proyecto ha fracasado antes Leonardo da Vinci, le pagarán bien y sólo se trata de un mes.  

La novela cuenta los desencuentros de Miguel Ángel en Constantinopla (su fracasada amistad con el poeta Mesihi), su huida de la ciudad en secreto, víctima de conspiraciones y con el corazón roto. Pero de su paso por esa ciudad le queda algo muy importante: "En pintura, como en arquitectura, la obra de Michelangelo Buonarroti le deberá mucho a Estambul. La ciudad y la anteridad transformaron su mirada; esas escenas, colores y formas impregnarán su trabajo para el resto de su vida. La cúpula de San Pedro se inspira en Santa Sofía y en la mezquita de Beyazid; la biblioteca de los Médicis en la del sultán, a la que acudía con Manuel, las estatuas de la capilla de los Médicis e incluso el Moisés para Julio II están impregnados de actitudes y personajes que encontró aquí, en Constantinopla".

La novela de Enard es un bello relato orientalista. El mismo Enard no rehuye ese nombre tan denostado: "durante mucho tiempo el orientalismo estuvo ligado al colonialismo. Pero por el camino logró acercarnos al mundo musulmán. Deberíamos reivindicarlo, no borrarlo de un plumazo". Así, mientras Beauvais hace una película en la que el discurso sobre las bondades del Islam está desconectado de lo que se muestra al espectador, el "orientalista" Enard es capaz de imaginar posibles ejemplos de cómo uno de los grandes artistas de Occidente pudo haber aprendido del mundo musulmán. Que diría Edward Said.

(La Tercera, 20 de mayo 2011)

[Publicado el 23/5/2011 a las 09:29]

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Obama post Osama

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La muerte de Osama bin Laden es uno de esos acontecimientos capaces de trastocar por sí solos el curso de la historia. Estados Unidos, el imperio herido y dubitativo, asediado por una crisis de confianza en múltiples frentes (China, la economía, las guerras en Irak y Afganistán...), ha recuperado de pronto su fortaleza y le ha dicho al mundo que todavía es capaz de planear eventos como el de Abbottabad con eficacia letal.e intimidatoria. Barack Obama, caricaturizado por sus oponentes como apenas un "profesor-en-jefe", un político débil de esos en los que se especializan los demócratas (Carter, Dukakis), ha demostrado que es duro como el que más. Los republicanos, que veían a un presidente vulnerable y se relamían pensando en sus opciones para el 2012, llegando incluso a coronar en las encuestas, por unos días fugaces, a Donald Trump, de pronto se han desinflado y no saben cómo hacer para armar una candidatura capaz de quitarle a Obama el escudo de invencibilidad logrado con la muerte del líder de Al Qaeda.

Corren tiempos de gloria para los demócratas. Los republicanos han intentado distribuir el triunfo y han sugerido, no sin razón, que parte del mérito tiene que ver con la lucha contra el terrorismo emprendida por George Bush hijo (y con sus métodos dudosos para conseguir información de los prisioneros en Guantánamo); Obama ha sido generoso y ha invitado a Bush a una ceremonia en la Zona Cero (invitación declinada: Bush no quería formar parte de lo que él entendía como un homenaje a Obama). El argumento republicano, sin embargo, no es una línea de ataque, porque es muy fácil de contrarrestar: basta con decir que Obama hizo en dos años lo que Bush no pudo en ocho.

Aunque en este momento la reelección de Obama el 2012 parezca asegurada--las encuestas lo reflejan así: hasta 15 puntos de aumento en la popularidad del presidente--, lo cierto es que un año y medio es mucho tiempo en política. Churchill perdió las elecciones un par de meses después de que los aliados aseguraran la victoria durante la segunda guerra mundial; hace un par de décadas, George Bush padre, victorioso en la primera guerra del Golfo, con un nivel de popularidad que llegó al 89%, se enfrentaba a un desconocido gobernador sureño llamado Bill Clinton, para ser derrotado ante la sorpresa de muchos.

El error de Bush padre fue despreocuparse de la economía doméstica para dedicarse a lo que realmente le interesaba, que era la política internacional. La moraleja del asunto para Obama es que, en noviembre del 2012, cuando los votantes vayan a las urnas, estarán orgullosos de él pero no lo votarán por haberles traído la cabeza de bin Laden. Lo harán de acuerdo a la forma en que ese hecho se refleje en la vida doméstica. "Es la economía, estúpido", era el mantra de un asesor de Clinton, y sirvió para derrotar a Bush padre. Con una elevada tasa de desempleo y una economía que no termina de salir de la crisis, Obama hará bien en aprovechar este momento de popularidad y consenso para tomar algunas medidas duras pero necesarias para enfrentarse a la crisis del presupuesto nacional y reactivar el aparato productivo del país. Es también una gran oportunidad para continuar con los cambios necesarios en la lucha contra el terrorismo. La muerte de bin Laden, una suerte de fin simbólico a una era traumática en los Estados Unidos, debería reflejarse también en el cierre de Guantánamo, en el retorno de las tropas de Afganistán y en la recuperación de ciertas libertades perdidas.
 
(Qué Pasa, 13 de mayo 2011)

[Publicado el 13/5/2011 a las 17:24]

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Biografía

Edmundo Paz Soldán (Cochabamba, Bolivia, 1967) es profesor de Literatura Latinoamericana en la Universidad de Cornell. Es autor de nueve novelas, entre ellas Río Fugitivo (1998), La materia del deseo (2001), Palacio Quemado (2006) y Los vivos y los muertos (2009); y de los libros de cuentos Las máscaras de la nada (1990), Desapariciones (1994) y Amores imperfectos (1998). Ha coeditado los libros Se habla español (2000) y Bolaño salvaje (2008). Su libro más reciente es Norte (Mondadori, 2011). Sus obras han sido traducidas a ocho idiomas, y ha recibido numerosos premios, entre los que destaca el Juan Rulfo de cuento (1997) y el Nacional de Novela en Bolivia (2002). Ha recibido una beca de la fundación Guggenheim (2006). Colabora en diversos medios, entre ellos los periódicos El País y La Tercera, y las revistas Etiqueta Negra, Qué Pasa (Chile) y Vanity Fair (España).

Bibliografía

Portada 'Los vivos y los muertos' 

Norte (2011). Mondadori

 

 

Billie Ruth (2012). Páginas de Espuma

 

 

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