
[Publicado el 05/10/2010 a las 08:45]
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Hace algunos meses se cerró el último videoclub de Ithaca, la ciudad universitaria en que vivo. Me sorprendió que nadie lamentara su desaparición; es cierto que la biblioteca de Cornell y la municipal tienen buenas colecciones de clásicos, que en la puerta de Wal-Mart están las opciones más comerciales de Redbox y que en Best Buy se pueden conseguir novedades más alternativas, pero eso, pensé, no era suficiente para reemplazar a un buen videoclub. Me dije, melodramático como Carlos Argentino Daneri, que el incesante y vasto universo se seguía apartando de mí y que ese cambio era uno más de una serie infinita.
Luego reflexioné que hacía rato que no iba al videoclub, como seguramente le ocurrirá a muchos. Utilizamos otras formas de conseguir películas y series de televisión. No había nada que lamentar, porque el cambio había ocurrido mucho antes de que se cerrara el último videoclub (una novela como Por favor, rebobinar, de Alberto Fuguet, con su celebración de ese espacio, es hoy una pequeña cápsula de tiempo). Para el que tenga paciencia para descargar películas o series enteras, casi todo está en pirata. Está Hulu, están iTunes y Netflix. Netflix es eficiente; sólo tarda un día en que las películas pedidas lleguen a casa. Ahora, buena parte de su enorme librería está en streaming, con lo que los más impacientes ya no tienen que esperar nada.
Hubo un tiempo en que los puristas elevaron el grito al cielo: era una blasfemia ver una película en VHS o Betamax. Nada se comparaba al espectáculo de la pantalla grande; ir al cine y entrar en comunión con un grupo de desconocidos era todo un acontecimiento, y por ello no era difícil concluir, como hicieron muchos, que en la oscuridad de la platea se practicaba la verdadera religión del siglo XX. Como parte del ritual, los cines de la la primera mitad del siglo XX eran pequeños palacios desde el punto de vista arquitectónico (en Boquitas pintadas, Manuel Puig le saca partido a este tema).
Pero el tiempo, que todo lo puede, hizo lo suyo y llegó un momento en que pocas cosas se comparaban al espectáculo de ver un buen DVD en un televisor; ir al videoclub era todo un acontecimiento, implicaba pasarse horas emocionadas buscando una película para llevársela a casa a verla en comunión con la pareja o los amigos (aunque sonara el teléfono). Y luego la gente se cansó del videoclub, o, mejor, comenzó a ser entrenada por la computadora y se dio cuenta de que ahí, al alcance de la mano, había un vasto arsenal de películas, y que, para colmo, muchas de ellas eran gratis. La pantalla volvía a achicarse, algunos puristas (siempre quedan) volvieron a elevar el grito al cielo. ¿Qué dirían ellos de mis hijos, que ahora ven películas en el iPhone?
En "Video Killed The Radio Star", The Buggles cantan: "Video killed the radio star/ In my mind and in my car/ we've gone too far"). Esa canción tan pegajosa que en mi adolescencia temprana yo entendí como celebratoria de los nuevos tiempos era en realidad un lamento por un tiempo que se iba ("I ahora entiendo los problems que tú puedes ver"). ¿Quién mató al videoclub? Lo matamos entre todos. ¿Hemos ido muy lejos? Por supuesto que no. Habrá más pantallas, cada vez más diminutas. El tiempo hará que sigamos perdiendo cosas en el camino; las nuevas tecnologías, incansables, nos seguirán entrenando a aceptarlas, a verlas como imprescidibles, de manera tal que no tengamos mucho tiempo para la nostalgia, para darnos cuenta de todo aquello que se perdió.
(La Tercera, 27 de septiembre 2010)
[Publicado el 27/9/2010 a las 16:29]
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Boardwalk Empire: El origen del mito

Steve Buscemi
[Publicado el 24/9/2010 a las 16:32]
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[Publicado el 17/9/2010 a las 07:40]
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[Publicado el 14/9/2010 a las 18:59]
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Los Kennedy, de un extremo a otro

[Publicado el 13/9/2010 a las 13:32]
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José Donoso (fuente: http://diglib.princeton.edu)
Kike Mujica, director de la revista Qué Pasa, me pidió un texto sobre Chile y los chilenos con motivo de su bicentenario. Esto es lo que escribí.
En mi relación con Chile y los chilenos hubo una disonancia cognitiva durante mi infancia y adolescencia en Bolivia. Estaba lo que me decían de ellos en el colegio y en el barrio: que eran invasores, gente en la que no se podía confiar, materialistas y despiadados (basta ver el lema de su escudo, afirmaba un amigo); el día del Mar era en cierta forma el día del Enemigo: se nos arengaba para estar listos y recuperar algún día lo que había sido nuestro, pero también se nos enseñaba a odiar a nuestros vecinos. Todo lo hacía más fácil la abstracción: ni mis amigos ni yo conocíamos a un chileno en persona.
Por otro lado, estaba lo que aprendía en clases de literatura en ese mismo colegio. Yo fui uno de esos que a los quince años usó Veinte poemas de amor para conquistar a una chica. Además, en el Wilsterman (equipo de fútbol de mi ciudad natal) habían jugado dos chilenos a principios de los setenta (Abel Gangas y Víctor Hugo Bravo), y luego Víctor Eduardo Villalón, el único chileno que llegaría a nacionalizarse y vestir la casaca boliviana (para las eliminatorias del mundial del 78). Eran de los más sacrificados y no paraban de correr. Por último, a fines de mi infancia me acompañaba Condorito todas las semanas. Me divertía tanto que no me molestaba que estereotipara a los bolivianos a través de Titicaco (después de todo, yo también estereotipaba a los chilenos).
Continué con esa vida doble y contradictoria hasta que me fui de Bolivia. El siguiente chileno que conocí fue en Buenos Aires a mediados de los ochenta. Se llamaba José Donoso y había venido a la feria del libro. Le pedí una entrevista para un periódico boliviano y, cuando accedió, fui corriendo a buscar sus novelas. Descubrí que su esposa era boliviana y me emocioné. Impulsado por su generosidad, durante varios días seguidos me acerqué al stand de Seix Barral en la feria para sentarme a su lado mientras él firmaba ejemplares y saludaba a los escritores argentinos que venían a rendirle pleitesía. Me recomendó lecturas y dio consejos para que apostara de una vez por todas por la escritura. Le dejé un manuscrito de cuentos y un mes después recibí una breve carta de Santiago en la que decía que le había parecido flojo pero que continuara escribiendo. Ese pequeño gesto fue enorme para mí: afirmó mi vocación.
Poco después un amigo me hizo notar una obviedad: le había hecho una entrevista muy larga a un escritor chileno y no le había preguntado una sola vez sobre el mar. Error de aprendiz de periodista, respondí. Error de boliviano, dijo. Es que, ¿no podía hablar con un chileno sin tocar ese tema? Reconocía que lo había olvidado por completo. Pero luego dejé la culpa de lado y pensé que otra cosa era la importante para mí: esa vez en Buenos Aires, Chile dejó de ser una abstracción y adquirió una voz, unos gestos. Descubrí que había prioridades y que no me dejaría ganar por el peso de la historia. La disonancia desapareció: a partir de ese momento podía, simplemente, admirar y querer a mis vecinos.
(Qué Pasa, 11 de septiembre 2010)
[Publicado el 11/9/2010 a las 02:52]
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Martín Caparrós (fuente: http://inculto.wordpress.com)
Caparrós desarrolla un género híbrido, a medio camino entre la tradicional crónica de investigación periodística y el ensayo convencional. El resultado es un libro atípico, que confirma al escritor argentino como la punta de lanza del gran momento que vive la no ficción en español. Escrito con una prosa elegante y juguetona, destilando humor e ironía en cada párrafo, capaz de moverse con soltura del microespacio al gran panorama, Contra el cambio convence tanto como seduce.
El proyecto de Caparrós consiste en viajar a diez lugares amenazados por el cambio climático (desde el Amazonas, donde arranca el libro, hasta la Nueva Orleans post-Katrina, pasando por, entre otros lugares, Rabat, Majuro y la Isla Zaragoza), hablar con la gente y ver cómo les afecta ese trastorno; Caparrós le agrega un tono reflexivo al viaje, y muestra que los "ecololós" (terminó burlón para designar a los ecologistas), los dirigentes y empresarios de los países más industrializados están equivocados y que, en el fondo, lo que se teme de veras es el cambio: en una batalla como ésta, la "mayor ganancia es ideológica: convencernos de que lo mejor es lo que ya tenemos, lo que estamos siempre a punto de perder si no lo conservamos". Aunque ambos están juntos desde el principio, el ensayo gana muy rápidamente su partida (los enemigos dejan flancos abiertos por todas partes) y cada capítulo puede leerse como la modulación sutil de una respuesta enfática; la crónica del viaje, sin embargo, no deja de sorprendernos hasta el final.
Para los que todavía creen que el calentamiento global es culpable de los grandes desastres de los últimos años (tsunamis, huracanes y demás), Caparrós esgrime muchos datos contundentes: por ejemplo, según la Oficina Meteorológica de Gran Bretaña, en la década que va del 1998 al 2008 la temperatura media del planeta sólo ha subido 0,07 grados centígrados. La conclusión es que el cambio climático puede ser un problema, no una catástrofe, y que son otros los verdaderos problemas de este "mundo tibio" (sobre todo, el hambre, la miseria).
Caparrós presenta perfiles entrañables de las personas con las que se topa en sus viajes y que ayudan a dar carne a su argumento: Messias, un joven amazónico obsesionado con la permacultura ("observar la naturaleza para aprender de ella cómo producir alimentos sin destruirla"); Fatima, una joven en Jos (Nigeria) que ha encontrado su "lugar en el mundo" gracias a su "militancia" en una oenegé; Mariama, una mujer de Dalweye (Níger) que trabaja en un banco cerealero. Caparrós reconoce que todas esas iniciativas son bienintencionadas pero insuficientes: "no pretenden cambiar el mundo... les interesa que sea un poco mejor, un poco más vivible, un poco menos injusto, sustentable". El desastre de una sociedad no se debe a un hecho (el cambio climático, digamos) sino a la "construcción que la[] sustenta". Así, según Caparrós, el único cambio posible es uno en grande, con voluntad política, de las estructuras fundamentales de la sociedad. Mientras no exista eso, seguiremos a merced de los profetas del apocalipsis, cualquiera que éste sea.
(La Tercera, 31 de agosto 2010)
[Publicado el 06/9/2010 a las 13:51]
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En el territorio frágil de la intimidad

[Publicado el 05/9/2010 a las 21:36]
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fuente: goodluckchuck.wordpress.com
[Publicado el 14/8/2010 a las 01:34]
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Edmundo Paz Soldán (Cochabamba, Bolivia, 1967) es profesor de Literatura Latinoamericana en la Universidad de Cornell. Es autor de nueve novelas, entre ellas Río Fugitivo (1998), La materia del deseo (2001), Palacio Quemado (2006) y Los vivos y los muertos (2009); y de los libros de cuentos Las máscaras de la nada (1990), Desapariciones (1994) y Amores imperfectos (1998). Ha coeditado los libros Se habla español (2000) y Bolaño salvaje (2008). Su libro más reciente es Norte (Mondadori, 2011). Sus obras han sido traducidas a ocho idiomas, y ha recibido numerosos premios, entre los que destaca el Juan Rulfo de cuento (1997) y el Nacional de Novela en Bolivia (2002). Ha recibido una beca de la fundación Guggenheim (2006). Colabora en diversos medios, entre ellos los periódicos El País y La Tercera, y las revistas Etiqueta Negra, Qué Pasa (Chile) y Vanity Fair (España).

Norte (2011). Mondadori
09/2/2012 19:55
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09/2/2012 19:54
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Julián, no es el trabajo, es el...
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04/2/2012 21:21
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03/2/2012 10:54
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