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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

martes, 21 de octubre de 2014

 Río Fugitivo / Blog de Edmundo Paz Soldán

Siete recomendaciones para el Día del Libro

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Con la abrumadora cantidad de libros que se publican, cada vez es más fácil que un buen título se pierda, un notable autor sea olvidado, la obra "menor" de un grande no sea tomada en cuenta. Van estas sugerencias con motivo del Día del Libro:

 

Vladimir Nabokov, Pnin (Anagrama). Una de las mejores contribuciones al subgénero de la "novela de campus", aunque, como se trata de Nabokov, esta claro que trasciende cualquier intento de clasificación. Una novela melancólica de ribetes cómicos, sobre las desventuras del profesor Timofey Pnin en Weindell College. Pnin, profesor de ruso que no sabe hablar inglés muy bien, quisiera encontrar la clave secreta de la armonía detrás del caos de la realidad, acaso porque lo marca la pérdida: de la Rusia que dejó atrás, del primer amor, de la esposa que lo abandona.

 

Francisco Tario, La noche (Atalanta). Pocos han escrito en español tan buenos relatos fantásticos como este autor mexicano. Se especializó en cuentos de fantasmas, pero en ese pequeño espacio logró complejas variaciones. "La noche de Margaret Rose" es un favorito de García Márquez, pero hay muchos más, entre ellos "Un huerto frente al mar", "La noche del féretro" y "La noche de los cincuenta libros". Esta antología reune cuentos de dos libros: La noche (1943) y Una violeta de más (1968).

 

Anna Starobinets, Una edad difícil (Nevsky Prospects). Se ha dicho de ella que es la Stephen King rusa, pero eso no da cuenta cabal de la escritura de Starobinets, que se mueve con naturalidad entre el horror, el género fantástico e incluso la ciencia ficción. "La familia" es un cuento que puede calificarse como "fantasía intelectual", mientras que "Una edad difícil" es puro terror inquietante.

 

Heinrich von Kleist, Relatos completos (Acantilado). Este escritor alemán está lejos de ser olvidado, pero es conocido sobre todo como dramaturgo y cuando se habla de los grandes narradores europeos del siglo XIX su nombre no es de los primeros que se menciona. Es hora de remediarlo: "Michael Koolhaas" y "La marquesa de O." muestran su frenético estilo de frase larga, de claúsulas subordinadas, con una tensión que comienza en la primera línea y no decae hasta el final, y preocupaciones temáticas que anticipan líneas centrales de la literatura del siglo XX; no por nada a Kafka le gustaba leerlo en voz alta a sus amigos, y una vez incluso hizo una lectura pública de "Michael Koolhaas" en Praga.

 

Flannery O'Connor, Novelas (Debolsillo). De esta escritora del Sur profundo de los Estados Unidos se leen hoy, y con razón, sus cuentos excepcionales, pero las novelas son también buenas puertas de entrada a su mundo de predicadores arrebatados y de búsqueda de la gracia en lugares inesperados. Puede que Sangre sabia no sea redonda, pero la historia de Hazel Motes es más memorable que la que cuentan muchas novelas "perfectas".  

 

Richard Flanagan, El libro de los peces de William Gould (Mondadori). Un libro hermoso dentro de un libro, que narra la historia del falsificador William Gould, su paso por la cárcel en la isla de Sarah (Tasmania), allá por el siglo XIX, y su obsesión por pintar peces que le hacen entender de qué va la condición humana.

 

Lina Meruane, Fruta podrida (Fondo de Cultura Económica). Lina Meruane ganó el último premio Sor Juana con Sangre en el ojo; la novela anterior, Fruta podrida, es igual de buena. Con guiños al José Donoso de El lugar sin límites, esta historia de dos hermanas muestra la preocupación de la escritora chilena por el cuerpo enfermo en la sociedad contemporánea; su escritura se inscribe en un código realista con múltiples connotaciones simbólicas, aunque la historia avanza de manera natural hacia un territorio alejado del realismo.    

 

(El País, 20 de abril 2013)

[Publicado el 23/4/2013 a las 09:06]

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El resplandor de Kubrick

           El Volkswagen escarabajo con el que Jack Torrance (Jack Nicholson) se dirige junto a su familia al hotel Overlook, en la primera escena de El resplandor, difiere en algo con respecto al de la novela de Stephen King: es amarillo (el de la novela es rojo). Es un detalle aparentemente trivial, hasta que, en la recta final de la película, cuando Dick Halloran se dirige al hotel Overlook siguiendo el "resplandor" del hijo de Jack, vemos un accidente en la carretera: un camión ha aplastado un escarabajo rojo. La imagen del Volkswagen bajo las ruedas del camión dura segundos, los suficientes para que alguno sospeche que esa escena era la forma poco elegante con la que Kubrick le decía a King que había destrozado su novela y que su película era superior.

            Me enteré de todo esto viendo Room 237, un magnífico documental de Rodney Ascher dedicado al recuento de las múltiples y delirantes interpretaciones a que ha dado lugar la película de Kubrick. Para sus fanáticos más obsesivos -cineastas independientes, solemnes profesores de historia--, Kubrick es como Borges o Pynchon para otros: alguien que supuestamente no ha dejado ningún detalle al azar y cuya obra está poblada de símbolos que permiten lecturas infinitas. Vi la película dos veces y en ambas me pareció una sofisticada versión de la novela, la historia de un descenso a la locura, aunque con un cambio fundamental: Kubrick estaba más interesado en el horror psicológico que en el elemento sobrenatural de la novela.

Ahora que he visto Room 237, entiendo que me quedé corto y que en realidad la película es, básicamente, sobre todo lo que a uno se le puede ocurrir. Uno de los fanáticos dice que Kubrick es como "un megacerebro para el planeta" y que el director inglés "estaba pensando en las implicaciones de todo lo que existe". Por ejemplo, El resplandor puede verse como un comentario sobre el genocidio de los indios norteamericanos: el hotel fue construido sobre un cementerio indio, hay retratos de jefes indígenas en las paredes, en un par de escenas aparece una lata de soda caústica Calumet con la cara de un indígena. El resplandor es también sobre el holocausto nazi: la máquina de escribir de Jack es alemana, marca Adler -águila, símbolo nazi-, y sugiere el peso de lo burocrático, de lo industrial, de lo mecanizado en la ideología nazi; Danny, el hijo de Jack, lleva una polera con el número 42, año en que se inicia la "solución final" nazi. Aun mejor: El resplandor es la confesión pública de Kubrick de que ayudó a la conspiración del alunizaje del Apolo 11; no hubo tal y todo fue una filmación del cineasta norteamericano: se puede ver a Danny con una chompa del Apolo 11, y 237, el número de la habitación embrujada, representa las 237.000 millas de distancia entre la tierra y la luna (si uno multiplica 2 por 3 por 7, obtiene... 42).  

En Contra la interpretación, Susan Sontag sugería que a veces un personaje era sólo un personaje y no tenía porqué representar, por decir algo, a los Estados Unidos o los ideales perdidos de una generación. Estamos muy lejos de Sontag. Room 237 es una película sobre las delicias y los peligros de la sobreinterpretación. Armado de un poderoso equipo de DVD, el fanático puede ver la película en cámara lenta o al revés -como efectivamente hace uno de ellos, superponiéndola sobre la proyección normal-- y ponerse a buscar símbolos y conectar las intrincadas líneas del laberinto. No es diferente a los exégetas que dedican su vida a rastrear los múltiples significados de "Tlon, Uqbar, Orbis Tertius" o La subasta del lote 49. No todos los autores sirven para eso; algunos se agotan rápidamente. A casi quince años de su muerte, Kubrick sigue emitiendo un resplandor que atrapa. Sobrevivirá no solo a la indiferencia de quienes lo vieron como un director frío, demasiado cerebral; también la atención de sus seguidores más entregados, los que no pueden ver El resplandor sin apretar el botón de pausa para ponerse a contar los autos estacionados frente al hotel Overlook (¡42!) o fijarse qué película están viendo Danny y su madre en la televisión: por supuesto, se trata de Verano del 42.           

 

(La Tercera, 20 de abril 2013) 

 

[Publicado el 22/4/2013 a las 15:43]

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The Orphan Master's Son, premio Pulitzer 2013

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Después del escándalo provocado por la no concesión del Pulitzer de Ficción el año pasado -pese a que había candidatos como David Foster Wallace y Denis Johnson--, que derivó en un falso debate acerca del nivel de la narrativa norteamericana contemporánea, había mucha expectativa en torno al premio de este año. Las noticias son positivas: Adam Johnson ha ganado con The Orphan Master's Son, una novela ambiciosa que quizás no era la favorita pero que deja satisfechos a todos.

The Orphan Master's Son es la historia de Jun Do, desde su infancia en un orfanato en Corea del Norte hasta su paso por el ejército -enviado en misiones de alto riesgo a secuestrar a ciudadanos japoneses en la zona desmilitarizada--, su ascenso social y su confrontación con el Estado totalitario de King Jong Il. La crítica ha destacado la capacidad de Johnson para narrar una deslumbrante historia de intriga y romance con un trasfondo histórico y político; no sabemos mucho de la verdadera Corea del Norte, pero la que construye Johnson, llena de prohibiciones absurdas -no se puede mirar a las estrellas-, obsesionada con lo que ocurre más allá de sus fronteras e incapaz de proveer una vida digna a sus ciudadanos, es totalmente verosímil. Para Michiko Kakutani, crítica estrella del New York Times, este universo remite a Orwell, pero hay un espectro aun más presente en las páginas de la novela, y es el de Kafka.

Johnson muestra su versatilidad en las diversas voces narrativas utilizadas en esta novela. Está el registro satírico, que parecería el más obvio para contar las cosas que ocurren en un país en el que el Querido Líder "guía" a los ingenieros a cargo de ensanchar el canal del río Taedon, y por la radio se escuchan historias inventadas de norteamericanos que huyen de su país para refugiarse en Corea del Norte, "un paraíso para los trabajadores en el que los ciudadanos no necesitan nada". Pero Corea del Norte es un blanco demasiado fácil para la sátira, por lo que Johnson no abusa de ese registro y prefiere privilegiar un realismo más descarnado, a través del cual se dibuja un incesante y desolador retrato de un mundo en el que el individuo poco puede hacer ante el Estado. De vez en cuando hay excepciones: en medio de las muertes por las hambrunas y la vida en los campos de concentración para los "disidentes" al régimen, está Jun Do. Para saber lo que le ocurre, hay que leer esta arriesgada novela.     

(El País, 17 de abril 2013)

[Publicado el 18/4/2013 a las 21:09]

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Segundas oportunidades: Alice Sheldon/James Tiptree Jr., entre la ciencia ficción y el feminismo

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El 19 de mayo de 1987 Alice Sheldon mató a su marido y luego se suicidó. Se los encontró en una cama, con una nota escrita muchos años antes en las que se mencionaba un pacto suicida. A pesar de que Sheldon sufría de depresión clínica y su esposo estaba muy enfermo y casi ciego, nadie habría pronosticado ese final; Sheldon había comenzado a publicar cuentos de ciencia ficción en 1967 bajo el seudónimo de James Tiptree Jr. y en poco tiempo era uno de los nombres de la gloriosa new wave de los sesenta.

El seudónimo de esta escritora nacida en Chicago en 1915 era necesario a fines de los sesenta para que una mujer pudiera ingresar en el exclusivo mundo masculino de la ciencia ficción. Algunos de sus cuentos son obviamente feministas -"Las mujeres que los hombres no ven", por ejemplo--, pero aun así no hubo muchas sospechas acerca de su verdadera identidad sexual. Sólo un hombre, decían, podía escribir cuentos tan empapados de ciencia dura como "La solución para las moscas", con un pesimismo cósmico marcado por la fuerza determinista de la biología. Además, ¿acaso un hombre no podía defender la causa de las mujeres?

Paradójicamente, los cuentos feministas no han envejecido tan bien como los otros. "El último vuelo del doctor Ain" es un tour de force que anticipa nuestras obsesiones contemporáneas con virus letales, y "Amor es el plan, el plan es la muerte" puede darse el lujo de ser uno de los pocos cuentos narrados por un extraterrestre y sin seres humanos como personajes. Estos dos cuentos muestran las virtudes estilísticas de Tiptree: experimentaba con el punto de vista (se animaba a meterse en la cabeza de criaturas muy extrañas) y jugaba con la estructura temporal.

En español hay poco de Tiptree Jr.: la antología A diez mil años luz (Ajec, 2009), y con suerte, en una librería de viejo, Mundos cálidos y otros (Edhasa, 1985). También se puede encontrar Alice B. Sheldon (Circe, 2007), la biografía que Julie Phillips escribió de esta complejísima escritora.

(El País, 5 de abril 2013) 

  

 

[Publicado el 12/4/2013 a las 15:48]

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El shock del presente

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Hubo una época en que leía muchísima literatura clásica. Estudiaba en Buenos Aires y quería ser escritor; en mis tiempos libres me dedicaba a leer a Faulkner, a Stendhal, a Dostoyevski. Esas lecturas tenían que ver sobre todo con una idea tradicional de la formación del escritor. Sin embargo, sospecho que había algo más: no vivía tan esclavizado al presente. Leía a algunos de los autores de moda -Eco, Kundera-, pero mis ritmos de lectura no estaban tan en sincronía con los del mundillo editorial, con la tiranía de las novedades.

Ahora se apilan los libros en mi mesa de noche, algunos comprados y otros enviados por amigos y editoriales; casi todos son libros contemporáneos de ficción narrativa. Lo más antiguo que he leído este año son los cuentos del galés Arthur Machen, escritos a fines del siglo XIX y principios del XX. De pronto descubro que he dejado atrás los clásicos y me he reducido a leer lo que se publica estos días, que, por ser mucho, da la impresión de una enorme variedad.

Soy uno más de esos seres enfermos de lo que él crítico Douglas Rushkoff llama "presentismo" en su libro El shock del presente. Según Rushkoff, "nuestra sociedad se ha reorientado al presente. Todo se muestra en vivo, en tiempo real, y está siempre conectado. No se trata sólo de un aceleramiento de las cosas, por más que nuestro estilo de vida y tecnologías hayan acelerado al ritmo al cual tratamos de hacer las cosas. Es más una disminución de todo lo que no está ocurriendo ahora -y la embestida furiosa de todo lo que supuestamente está ocurriendo".

En mi caso los libros son un síntoma, pero es suficiente ver ciertas prácticas cotidianas para entender que son pocos quienes se salvan del "presentismo": no podemos estar una hora sin revisar el correo electrónico, nos preocupamos a la noche si alguien no nos ha contestado un e-mail enviado durante el día, y desarrollamos el "síndrome de vibración fantasma" que nos hace revisar el celular cada rato a pesar de que éste no ha sonado; enganchados a las redes sociales, estamos pendientes de lo que hacen nuestros amigos y conocidos a través de sus actualizaciones en Facebook y Twitter; siempre hay un mensaje de texto o un Whatsapp que leer, una foto en Instagram para admirar o criticar, un artículo periodístico para leer en la red, un posteo en un blog que necesita ser comentado.

La escritora Joyce Carol Oates dice que "el más profundo cambio de la ‘conciencia' hoy es la necesidad compulsiva de estar tan interesado en las más cambiantes nociones y prejuicios de los otros". ¿Nos ayuda en algo esa adictiva curiosidad? Seguro que sí, pero hay que pensar también en lo que se pierde. No soy de los apocalípticos que piensan que las nuevas tecnologías destruirán de golpe todo lo conseguido previamente a lo largo de siglos; eso sí, creo que debemos analizar el impacto de estas nuevas tecnologías --ver cómo nos están cambiando como individuos y como sociedad--, para usarlas con cierta perspectiva crítica. En mi caso, sé que soy capaz de proyectos de largo aliento sin un resultado concreto a la vista, pero, aun así, sufro de "presentismo" mucho más que antes. De modo que apenas termine de escribir este artículo iré a la biblioteca a buscar libros de poetas italianos del siglo XIV (eso, por supuesto, si en mi celular no aparece un pedido urgente para reseñar la nueva novela de Coetzee).

 

(El Deber, 7 de abril 2013)

[Publicado el 11/4/2013 a las 15:40]

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Coetzee y el aura

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Hace casi diez años visité una universidad del medio oeste norteamericano y descubrí lo que era en verdad el aura de un escritor. J. M. Coetzee había estado en esa universidad impartiendo un seminario, y la gente que conocí no paraba de hablar de él, aunque más no fuera para decir que lo habían visto haciendo cola en la cafetería o que les contestó el saludo con un leve movimiento de cabeza. Podía ser el "efecto Nobel" -acababa de ganarlo--, pero había algo más, pensé: Coetzee había logrado librarse de la sobreexposición actual del escritor, era una figura incandescente que rara vez aparecía en público, y cuando lo hacía era generalmente para decir algo lúcido. Sus libros cortos eran todos pura sustancia. El aura era guardarse, no exponerse, y no decir ni escribir una frase innecesaria. En sus manos, ser escritor se convertía en una cosa trascendente, casi como ser un santo secular.

Fue el aura de Coetzee la que me hizo asumir que Paul Auster le había pedido que conversaran a través de cartas para armar el libro Aquí y ahora: Cartas, 2008-2011 (Mondadori 2012). Tenía que ser Auster, porque él era quien saldría más beneficiado de esa conversación; no estaban en el mismo nivel, y que Coetzee aceptara dialogar le daba a Auster un estatuto de escritor importante que había perdido en sus últimos libros. Sin embargo, estaba equivocado: había sido sugerencia de Coetzee.

En las cartas (anacrónicas, enviadas por fax) Coetzee se muestra modesto -"no tengo mucha fe en que lo mío quedará"-, reticente (Auster le envía su última novela, que el escritor sudafricano lee de un par de sentadas sin comentarle si le gustó o no) y lleno de ideas, ya sea acerca del lugar del deporte en la sociedad contemporánea, el triste destino de Palestina o el "estilo tardío" del escritor; Auster no desentona en el intercambio de ideas, aunque se muestra más mundano y autoreferrencial, sugiriéndole viejos artículos que ha escrito sobre Kafka, enviándole un documental en el que aparece (Man on Wire), contándole que está dolido por una reseña asesina de James Wood o fascinado redescubriendo a Kleist.  

En una de sus cartas, Coetzee cuenta que un libro de Philip Roth (Sale el espectro) no lo ha impresionado porque a estas alturas no le interesan las novelas que no intentan hacer algo nuevo con la forma. Las novelas más recientes de Coetzee no se encuentran entre sus grandes obras pero al menos han explorado cosas nuevas con la estructura; la última, The Childhood of Jesus (Harvill Seeker, 2013), retorna a la fábula alegórica que produjo textos memorables como La vida y tiempos de Michael K. y Esperando a los bárbaros; hay algo nuevo en ese retorno, por más que no sea del todo convincente.

Simón y un niño, David, llegan como inmigrantes a Novilla, una ciudad en la que se habla español. Simón se ha impuesto como misión encontrar a la madre del niño; mientras tanto, consigue un trabajo en el puerto, donde tiene discusiones filosóficas con sus compañeros. En Novilla la gente parece vivir una vida feliz -ascética, vegetariana--, en la que es suficiente cruzar la frontera para comenzar como un hombre nuevo, por más que eso no convenza a Simón: puede renunciar a las memorias, pero no a la "sensación de residencia en un cuerpo con un pasado, un cuerpo bañado en el pasado".    

The Childhood of Jesus está escrita en el "estilo tardío" de Coetzee, una prosa tan austera como discursiva. Suceden cosas extrañas en cada página y se amontonan las preguntas, sin que el relato permita articular respuestas capaces de darle sentido. ¿Cuál es el mecanismo que permite que la memoria se borre? Simón, ¿cómo es que adivina quién es la madre de David en Novilla? David, si hemos de prestar atención al título, ¿debe leerse como una versión moderna de Jesuscristo? Coetzee nunca fue un escritor fácil, pero en esta novela esa dificultad se transforma en hermetismo.

Habrá fanáticos que perderán el sueño tratando de entender las claves diseminadas a lo largo de The Childhood of Jesus. Yo, por mi parte, todavía atrapado por el aura de Coetzee, seré cauteloso y diré, como suelo hacerlo cuando leo la obra de un escritor que admiro que no me convence, que la culpa es mía, sólo mía.

 

(La Tercera, 7 de abril 2013)

[Publicado el 08/4/2013 a las 15:03]

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Segundas oportunidades: José de la Cuadra, minimalista de las sagas

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Tendemos a hacer una fácil equivalencia: las sagas familiares deben desplegarse en novelas muy extensas. Simplemente porque en una gran familia hay patriarcas y/o matriarcas, hermanos y tíos y sobrinos y nietos y demás, los novelistas sienten que hay que contar toda su historia en cientos de páginas. Pero otra saga familiar es posible, como lo sabía el ecuatoriano José de la Cuadra, a quien por suerte no le informaron lo que se esperaba de él; Los Sangurimas (1934), su obra maestra, tiene apenas setenta páginas.

De la Cuadra (1903-1941) pertenecía al Grupo de Guayaquil y era uno de esos bien intencionados escritores que quería dar cuenta de la realidad específica de su región, en este caso enfocándose en el montuvio (campesino de la costa). Los Sangurimas, sin embargo, trascendió el realismo tradicional de los regionalistas, deslizándose fácilmente a registros extraordinarios -en el sentido literal de la palabra--, con ciertos paralelos con Cien años de soledad (el personaje del patriarca, la fundación mítica del pueblo, el tema recurrente del incesto, la temporalidad circular). Nicasio Sangurima es uno de esos seres viriles, machistas, misóginos, hiperviolentos, típicos de la literatura del período. Regenta el latifundio conocido como La Hondura, alejado de los poderes estatales, y lo acompañan sus hijos, trabajadores incansables, abogados de costumbres extrañas, curas alcohólicos, militares que no respetan a nadie. Una de las lecturas de la novela es la forma en que el Estado impone su ley en La Hondura, donde, en la mirada de los periódicos de izquierda, los Sangurima son "gamonales del agro montuvio, de raigambre campesina, peores con el montuvio proletario que los terratenientes citadinos". Un mundo bárbaro que debe perderse para quedar en el fascinado recuerdo de la nación que se construye sobre sus cenizas.  

De la Cuadra intuía que para aprehender la realidad de la región no bastaban los hechos; era necesario incorporar a su novela las "fantasías montuvias", las leyendas que circulaban a través de los relatos orales, la tradición "transmitida de palabra". En esa alianza tensa entre oralidad y escritura, a medida que de la Cuadra va podando su obra y quedándose con pocas páginas destiladas al máximo, Los Sangurimas deja el territorio del tiempo y se instala cómodamente en el mito.   

 

 (El País, 30 de marzo 2013)

[Publicado el 04/4/2013 a las 20:49]

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Hilda Mundy, la vanguardista

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Cuando hablamos de vanguardias literarias tendemos a imaginarnos a un grupo de escritores planeando manifiestos, participando en happenings, editando libros conjuntos. En muchos países de América Latina no todo fue tan colectivo; ese es el caso de Bolivia, que tuvo a Hilda Mundy (1912-1982) como su única escritora de vanguardias (de hecho, una de las pocas mujeres vanguardistas en el continente). 

Hilda Mundy sólo publicó un libro, Pirotecnia (1936), subtitulado "Ensayo miedoso de literatura ultraísta". El libro fue olvidado, hasta que el 2004 una nueva edición rescató esta obra valiosísima (Ediciones La Mariposa Mundial, Bolivia). Sus cincuenta textos en prosa tratan de atrapar el ruido de la urbe moderna y, pese a que a veces señalan dudas ante el costo del progreso, nunca dejan de admirarse ante los avances tecnológicos -el tranvía, el alumbrado público, etc--. Mundy se muestra como un espíritu lúdico cuyas influencias pasan por Gomez de la Serna ("El foot-ball es un de porte bíblico"), el modernismo de Julián del Casal, el futurismo de Marinetti y los juegos tipográficos tan caros a la época. Sus recursos estilísticos son variados, pero como buena ultraísta el eje central de su obra es la metáfora audaz: "un tentador escote es el hall de un gran hotel por las notas de un delicioso jazz-band que viene del ruido discreto y armonioso de los collares de piedras fantásticas". 

Con apenas veinticuatro años y una obra tan promisoria, Hilda Mundy optó por el silencio; lo lógico es pensar que pagó el precio de muchas mujeres escritoras del período, que, consumidas por el matrimonio y la familia (Mundy se casó dos años después de publicar Pirotecnia), no tuvieron posibilidades de seguir una carrera literaria. Sin oponerse a esa lectura, el poeta y crítico Eduardo Mitre ensaya otra, recordando que en el epílogo de su libro Mundy menciona, entre tres tipos de artistas, al que "siendo Genio calla... porque callarse es hacer florecer el pensamiento en la ruta de la perfección". Mitre también señala que en el prólogo Mundy dice que sus textos son "fuegos fatuos que representan nada". Después de esta "pirotecnia", entonces, el gesto consecuente del gran artista es el silencio, con lo que esta escritora sería tan radical en su ethos vanguardista como la misma Cesárea Tinajero de Los detectives salvajes.   

(El País, 22 de marzo 2013)

[Publicado el 01/4/2013 a las 17:54]

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Juan Cárdenas y el pavor de la historia

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            La estructura narrativa de las dos excelentes novelas del colombiano Juan Cárdenas, Zumbido (451 Editores, 2010) y Los estratos (Periférica, 2013), es relativamente similar: agobiado por una muerte en la familia o una crisis existencial de contornos imprecisos, el narrador, un hombre de la clase media-alta colombiana, abandona el espacio que le es más familiar y deambula por la ciudad hasta llegar a sus suburbios más pobres e incluso más allá (la selva). En esa deriva, el narrador "aprende" que cierto ordenamiento social, racial y de clase con el que contaba no existe más, y que un sector invade al otro y lo corroe desde dentro. Es el destino de la fracasada modernidad colombiana, parecen decirse estas novelas escritas en prosa evocativa, cargada de un enorme poder metafórico: la "fuerza invasora" no tiene "la vitalidad y el entusiasmo que se le supone a las empresas asociadas al progreso" (Zumbido); las cosas "pierden el aura... No hay objeto que resista esa cadena de corrosión, de gasto" (Los estratos). 

En las novelas de Cárdenas resuenan dos novelas latinoamericanas fundamentales: La vorágine (José Eustasio Rivera, 1924) y El astillero (Juan Carlos Onetti, 1961). La vorágine muestra, como en Los estratos, un viaje de la ciudad a la selva, una fuga de la sociedad conservadora que rige los destinos del país por parte de un protagonista "desequilibrado tan impulsivo como teatral", y es también una exploración de ese período traumático de la historia colombiana conocido como La violencia; pero, a pesar de que acabe en fracaso, el viaje del regionalismo, sin perder conciencia de la superioridad social desde donde se narra -la mirada del citadino de clase acomodada--, todavía sueña con encontrar la esencia de la nación más allá de la ciudad, mientras que en Cárdenas los narradores se hallan desde el principio a la deriva, ya derrotados, en un viaje iniciático casi sin querer, aunque incapaces de llegar a la esencia (siempre hay una capa más que los separa de ese nucleo duro quizás inexistente).

            En cuanto a Onetti, si El astillero es la gran novela del fracaso de los sueños de progreso en el continente, Cárdenas actualiza la metáfora en Los estratos, solo que en vez de proveernos de un solo espacio de condensación -el astillero abandonado de Petrus-, lo encuentra en cualquier lugar a donde se dirija la mirada del narrador: barrios al lado de manglares, terrenos baldíos llenos de "basura, pedazos de embarcaciones muertas, espinas y cabezas de pescado", parques industriales rodeados por vertederos donde se acumulan "montañas de desperdicios". El astillero ha tomado la ciudad, y no hay nobleza en ese fracaso.

            Tanto en Zumbido como en Los estratos el presente se halla sedimentado de los rastros graves de la historia, que aparecen sin cesar con su impactante carga de violencia. Hay algo inquietante en los encuentros de sus narradores con los distintos personajes secundarios, un momento en que lo familiar se desfamiliariza y se torna siniestro. Por poner un ejemplo: en Los estratos, un tío del narrador cuenta que militó a los quince años en el Partido Conservador, y un día relata su primera experiencia descuartizando a un hombre, y cómo después, "como era la costumbre, compusieron una especie de adorno floral con las partes, metiendo brazos y piernas en el agujero que había dejado la cabeza en el tronco". El hombre descuartizado se convierte en una "máquina" hecha de pedazos, y el tío comienza a escuchar un pitido que sale de esa máquina, un zumbido que nadie más escucha, "y yo quería saber qué decía, si era que decía algo. Pero con tanta carcajada no se podía oír nada y ésta es la hora que sigo preguntándome qué era esa cosa y qué era eso tan urgente que tenía que decirme".

            Las novelas de Cárdenas sugieren que a ratos sentimos que entendemos el pavor de la historia; que a ratos vislumbramos la clave de nuestra vida en un recuerdo de la infancia. Solo que esos ratos, al aguzar el oído, apenas escuchamos un zumbido.        

 

(La Tercera, 24 de marzo 2013)          

[Publicado el 25/3/2013 a las 12:53]

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Segundas oportunidades: Arthur Machen, el visionario

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Jorge Luis Borges dedicó un par de textos a Arthur Machen -habló del "buen horror que sus fábulas comunican"- y Javier Marías, aparte de referirse a él en Todas las almas como "aquel raro escritor de estilo refinado y sutiles horrores", y volver a mencionarlo en Negra espalda del tiempo, es miembro de la Arthur Machen society. Pese a esos defensores de peso, este autor galés (1863-1947) no es muy conocido entre los lectores hispanoamericanos.

Machen era uno de esos escritores británicos -otro nombre importante es el de Lord Dunsany-- que en el período comprendido entre el fin de siglo XIX y el principio del XX practicaba lo que vino a conocerse luego como ficción "weird" -un subgénero en el que dialogaban la literatura fantástica y la de horror--. Luego vino Lovecraft y aprendió tan bien de ellos que los convirtió en sus precursores. Machen tenía entre sus influencias dispares a Stevenson, la literatura mística, el ocultismo y las tradiciones galesas. Era muy del fin de siglo en su desconfianza de la ciencia y en su convicción de que en medio de la vida civilizada se escondían horrores atávicos (cuentos como "La luz interior" dan fe de ello); en sus mejores páginas, sin embargo, era capaz de desprenderse de las ataduras de su época y convertirse en un visionario: "El pueblo blanco" (1904), en el que una jovencita nos muestra a través de su diario, en un tono inocente, su inquietante iniciación en un culto secreto de rituales y magia negra, es un cuento perfecto que revela un "país extraño" de hadas y ninfas debajo de las "colinas desnudas" del campo.

Había un Machen que lidiaba con problemas financieros todo el tiempo; había otro, más íntimo y solitario, que vivía en la "tierra encantada" de sus relatos. Para empezar a conocer ese mundo sobrenatural son muy recomendables El pueblo blanco y otros relatos del terror (Valdemar, 2004) y El gran dios Pan y otros relatos de terror (Valdemar, 2004).

 

(El País, 16 de marzo 2013)

[Publicado el 18/3/2013 a las 15:43]

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Biografía

Edmundo Paz Soldán (Cochabamba, Bolivia, 1967) es profesor de Literatura Latinoamericana en la Universidad de Cornell. Es autor de diez novelas, entre ellas Río Fugitivo (1998), La materia del deseo (2001), Palacio Quemado (2006), Los vivos y los muertos (2009) y Norte (2011); y de los libros de cuentos Las máscaras de la nada (1990), Desapariciones (1994), Amores imperfectos (1998) y Billie Ruth (2012). Ha coeditado los libros Se habla español (2000) y Bolaño salvaje (2008). Su libro más reciente es Iris (Alfaguara, 2014). Sus obras han sido traducidas a diez idiomas, y ha recibido numerosos premios, entre los que destaca el Juan Rulfo de cuento (1997) y el Nacional de Novela en Bolivia (2002). Ha recibido una beca de la fundación Guggenheim (2006). Colabora en diversos medios, entre ellos los periódicos El País y La Tercera, y las revistas Etiqueta Negra, Qué Pasa (Chile) y Vanity Fair (España). 

Bibliografía

Iris (2014). Alfaguara

 

Portada 'Los vivos y los muertos' 

Norte (2011). Mondadori

 

 

Billie Ruth (2012). Páginas de Espuma

 

 

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