El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

sábado, 11 de febrero de 2012

 Río Fugitivo / Blog de Edmundo Paz Soldán

Siete días de pompa y circunstancia

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Mario Vargas Llosa y su esposa Patricia

El Rey Carlos Gustavo de Suecia le acaba de entregar a Mario Vargas Llosa la medalla y diploma del premio Nobel de Literatura. Poco antes, Per Wästberg, miembro de la Academia Sueca, dijo que se merecía el premio por haber "encapsulado la historia de la sociedad del siglo XX en una burbuja de imaginación". El escritor está emocionado, conmovido, abrumado. Todo esto no es nuevo: hace un par de meses que vive así. Todo comenzó una madrugada de octubre en el piso de Manhattan, cuando, mientras releía Los pasos perdidos para su próxima clase en Princeton, Patricia se le acercó para avisarle que había habido una llamada de Estocolmo. Que volverían a llamar en un rato. En ese momento, a los dos se les había pasado por la cabeza el Nobel. ¿Sería posible...? Mario inmediatamente había recordado lo ocurrido con Moravia. Quizás se trataba de una broma.

Pero no. No ha sido una broma, piensa Mario ahora, desbordado por el entusiasmo y buscando con la mirada a Patricia y a sus hijos, todavía tratando de acostumbrarse al hecho de que, a los setenta y cuatro años, su vida ha cambiado radicalmente una vez más. Se suponía que debía estar preparado para estos cambios. Le había ocurrido antes: cuando conoció a su padre, a los once años; cuando viajó a Europa, a finales de la década del cincuenta; cuando se casó con la tía Julia, cuando La ciudad y los perros fue recibida con todos los elogios del mundo, cuando conoció a Patricia... Y sin embargo, no estaba preparado para esto. De tanto leer su nombre en la lista de los candidatos, se lo había terminado creyendo. Y de tanto esperar, había llegado a olvidar que, una vez al año, en octubre, un escritor se despertaba con la noticia del Nobel.

Desde entonces que los medios lo han avasallado con pedidos de entrevistas, que los reconocimientos no han cesado de llegar. Mario ha vivido la pompa y circunstancia de esta semana en Estocolmo con alegría y con la sensación de que la falta de paz está, por el momento, justificada. Con la medalla y diploma en la mano, desfila delante de sus ojos el restaurante Den Gyldene Freden, donde cenó una trucha asalmonada y donde su hijo Álvaro le hizo notar que ahí mismo los académicos suecos habían decidido concederle el Nobel por, entre otras cosas, "su cartografía de las estructuras de poder"; la tarde de las melodías de Santa Lucía en la biblioteca del colegio Rinkeby, donde se encontró con alumnos de dieciocho nacionalidades distintas y vio la representación de una parte de El Hablador; el día de su discurso del Nobel, en el que volvió a insistir en que la literatura es fuego y, recordando a Patricia, se convirtió en el primer premio Nobel que lloraba en la ceremonia.

Mientras abandona el recinto, a Vargas Llosa se le cruza un pregunta incómoda: todo esto ¿no lo convierte en parte de esa cultura del espectáculo que ha criticado tan ácidamente? ¿No es ahora el Nobel también parte del circo? Vuelve a sonreír: ya habrá tiempo para responderse. Ya volverá la paz, o al menos así lo espera. Por lo pronto, lo único que quiere es volver a encontrarse con Patricia, con sus hijos, con amigos como Fernando Iwasaki que lo acompañan en Estocolmo, y sí, seguir celebrando.

(El País, 11 de siciembre 2010)

[Publicado el 11/12/2010 a las 03:32]

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A la búsqueda de Philip Dick

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Anne y Philip Dick (fuente: www.selfpublishingreview.com)

La vida de Philip Dick ha sido muy bien contada por Lawrence Sutin (Divine Invasion), y también, de manera más heterodoxa, por Emmanuel Carrère (Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos); sin embargo, no dejan de aparecer libros que revelan detalles desconocidos de este autor. Las ex-esposas (Dick se casó cinco veces) son una mina inagotable: el año pasado, Tessa, la quinta, publicó Philip K. Dick: Remembering Firebright, enfocado en las experiencias místicas de Dick en 1974, y este año Anne, la tercera, lanzó una edición revisada de The Search for Philip K. Dick (la había editado ella misma quince años atrás, pero el libro pasó desapercibido).

The Search for Philip K. Dick nos descubre a un Dick doméstico. Aunque el libro abarca desde el nacimiento hasta la muerte de Dick, lo más interesante son las memorias de los seis años de matrimonio --de 1958 a 1964--, época en la que Dick escribió algunas de sus novelas más importantes (El hombre en el castillo, Tiempo de Marte). El libro comienza en octubre de 1958 en Point Reyes, un bucólico pueblo californiano, cuando Anne, viuda reciente y con tres hijas, toca la puerta de sus nuevos vecinos, un escritor acabado de mudarse de Berkeley y su segunda esposa, Kleo. Anne se presenta a Phil y se enamora a primera vista. Phil lleva jeans y una chaqueta de cuero, es cortés y no deja de mirar al suelo; se llama a sí mismo un "escritor menor de ciencia ficción", y, antes de despedirse, le presta libros (Kafka, Hesse, Joyce).

Anne y Phil pasan mucho tiempo juntos: Kleo trabaja en Berkeley y no está en casa durante el día. El romance no tarda en iniciarse. La joven viuda y el escritor hablan sin parar de libros y se cuentan sus vidas. Phil le revela que tuvo una hermana gemela que había muerto a las tres semanas de nacer; que se sentía culpable y que la llevaba dentro de él. Se considera parte del "proletariado", aunque Anne lo ve más bien como un típico beatnik de Berkeley.

Kleo desaparece y el affaire se hace oficial. Phil pasa las horas en casa de Anne y es cariñoso, lava los platos y limpia el piso. Lleva a las niñas al zoológico y al parque de diversiones, les prepara el desayuno y juega con ellas. Las primeras neurosis se manifiestan: cuando van a la playa, Anne descubre que Phil no sabe nadar y tiene miedo al agua. También se entera de su enorme colección de pastillas, que él toma para todo: tiene taquicardia, es agorafóbico, etc. Cuando el pueblo comienza a murmurar acerca del romance, Anne presiona a Phil: quiere casarse. Phil acepta y le pide el divorcio a Kleo. Al poco tiempo se muda a casa de Anne.

Dick escribe dos novelas de ciencia ficción al año y gana poco con ellas; quiere ser considerado un escritor serio y también escribe novelas literarias, pero no consigue editor para ellas. Anne tiene una pensión de viuda y lo apoya en todo. Queda embarazada de Laura, que nace en 1960. No sospecha de la turbulencia emocional que se esconde detrás de la tranquilidad de Dick, aunque las peleas con gritos (él) y platos rotos (ella) comienzan después del nacimiento de Laura.

Anne confiesa que todavía no sabe qué le pasó a Dick para cortar esa vida idílica, familiar y enamorada. Lo cierto es que para 1962, El hombre en el castillo se publica con una dedicatoria que dice mucho: "Para mi esposa Anne, sin cuyo silencio este libro nunca se hubiera escrito". Hacia 1963, Phil pasa poco tiempo en la casa y su paranoia es total: cree que Anne quiere asesinarlo. Así, Phil logra que Anne sea internada en un siquiátrico por 72 horas (en en ese entonces era suficiente la firma de un doctor para que un esposo pudiera hacer internar a su esposa). Después, la golpea en dos diferentes ocasiones. Anne está confundida, pero su amor la ciega; llega una cuenta muy alta de la farmacia por diversas pastillas y drogas (amfetaminas), pero no le dice nada a Phil. En marzo de 1964, Phil se muda definitivamente a Berkeley y pide el divorcio.

The Search for Philip K. Dick es la historia de una obsesión: la de una mujer por entender al hombre del que está enamorada. Anne es ingenua y no ve lo obvio: Philip Dick no estaba preparado para la vida doméstica, y su amor no era tan fuerte como parecía. Aun así, queda el misterio: ¿cuánto tuvo que ver esa vida doméstica con las grandes obras de esos años? Con Dick, hay siempre más preguntas que respuestas.

(La Tercera, 6 de diciembre 2010)

[Publicado el 06/12/2010 a las 09:01]

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Para (re)descubrir a Ann Beattie

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Una de las grandes pruebas para un escritor es su capacidad de influir en la obra de otros escritores. A Ann Beattie le ha ido muy bien: Lorrie Moore se cuenta entre sus descendientes, y también Amy Hempel y, de las generaciones más recientes, Miranda July. Son estos escritores los que han mantenido el fuego, los que no han dejado de leerla y citarla durante ese largo invierno en que su generación fue reducida a Carver y un poco más.

Nan Graham, su editora, dice medio en broma medio en serio que el problema de Beattie es no haberse muerto. Otra razón: Gracias a su novela Postales de invierno, Beattie fue simplificada como la escritora del zeitgeist de los setenta, con lo que muchos nuevos lectores decidieron que ella no tenía nada nuevo que decir hoy. Como le dijo Beattie a Antonio Diaz Oliva en una reciente entrevista, "lo frustrante es que cuando me preguntan por Postales de invierno en Estados Unidos, es más por su reputación que por haber leído la novela". No ayudaba que tampoco hubiera sido muy traducida. El mundo hispanoamericano recién la comenzó a leer hace un par de años, cuando Libros del Asteroide publicó esta novela con un prólogo magnífico de Rodrigo Fresán.

La editorial Scribner ha decidido cambiar las cosas y redescubrir a Beattie. The New Yorker Stories, el libro que acaba de publicar, incluye los cuarenta y ocho cuentos publicados por Beattie en la prestigiosa revista; veinticuatro de ellos no habían sido publicados antes en alguno de sus libros. Hay que decirlo de una vez: los cuentos de Beattie son perfectos, y es fácil entender por qué el New Yorker no se cansaba de publicarla: ella está entre los cuatro o cinco más grandes cuentistas norteamericanos de la segunda mitad del siglo veinte.

Lo que impresiona de The New Yorker Stories es que Beattie aparece con una voz muy madura desde "A Platonic Relationship", su primer cuento publicado en la revista, en 1974, cuando ella tenía sólo veintiseis años. Este libro no es el lento descubrimiento de un mundo, la forma en que una escritora va descubriendo sin prisas su talento narrativo. En "A Platonic Relationship" ya está la voz de Beattie: alguien que sabe de ilusiones perdidas y que está de vuelta de todo, que mira todo en torno suyo con cierta ironía y un toque de humor. El tono de los cuentos es perfecto, hay lucidez para entender la fragilidad de cada momento y la estructura narrativa indirecta suele resolverse en una imagen epifánica cargada de poesía (en "Afloat", una niña suspendida sobre su padre se convierte, para la nueva pareja del padre, en una imagen del "deseo, por un breve minuto, de simplemente irse de la tierra"). La historia parece deambular, pero en realidad Beattie nunca pierde de vista el devastador corazón del relato.

El mundo de los cuentos de Beattie es el mismo de sus novelas: personajes de clase media alta, en su segundo o tercer matrimonio, pero capaces de mantener relaciones civilizadas con sus ex-parejas: "Raquel pasa los veranos con su ex-esposo y con la hija del segundo matrimonio de su ex-esposo, con el novio de la hija y con el mejor amigo del novio". Estos yuppies de familias disfuncionales andan perdidos por el mundo y se enfrentan a sus pequeños grandes problemas sin melodrama, con esa quieta tensión que le ha valido a esta escritora ser considerada minimalista (no lo es). Leídos uno tras otro, los cuentos de Beattie pueden cansar: los personajes son muy similares entre sí, al igual que sus problemas, y se entiende la razón del estereotipo de "ficción doméstica". Hubo ratos en que extrañé un mundo más tabloide y sensacionalista, más sucio (digamos, el de Joyce Carol Oates), pero tampoco me cansé de encontrar joyas como "In the White Night", "Snake's Shoes", "Like Glass", "Gravity", "Skeletons"...     

Ann Beattie capta su época a la vez que la trasciende. Sus cuentos están hoy muy vivos y demuestran de manera contundente que su obra no sólo se reduce a una novela zeitgeist.

(la Tercera, 22 de noviembre 2010)

[Publicado el 22/11/2010 a las 15:57]

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Banksy por dentro y por fuera

Hace unas semanas, de visita en Nueva York, me quedé en el hotel Carlton Arms. Este hotel, que alguna vez fue el favorito de los travestis que trabajaban en el vecindario, se ha ido convirtiendo en un museo de arte urbano: todos los pasillos y habitaciones están pintados por grafiteros célebres como Banksy, BilliKid y CERN. No tuve la suerte de que me tocara la habitación pintada por Banksy, pero sí pude apreciar de cerca el corredor en el que el artista de Bristol había desplegado toda su creatividad. Me deslumbraron unos personajes que parecían sacados de un dibujo animado psicodélico: cowboys con lenguas largas, mujeres verdes con tres senos, reyes prisioneros y buitres de cuellos retorcidos.    

Mi curiosidad por el Carlton Arms había sido despertada por Exit Through the Giftshop, el "documental" de Banksy que acababa de ver en la cinemateca de Cornell. Quería saber más del "street art" (Liliana, mi pareja, había visto dos veces el documental y fue la primera en derrumbar mi escepticismo). Me conmovió la historia de Thierry Ghetta, el francés que, fascinado con el arte urbano, se pone a documentarlo todo a través de su cámara filmadora. Gracias a su primo, el grafitero Space Invader, Ghetta conoce a Banksy, quien le sugiere que él mismo se convierta en artista. En el documental, asistimos a esa transformación: el ingenuo Ghetta termina de gran "street artist", elogiado por los poderosos de la crítica y de Hollywood.

Aunque Banksy defiende en las entrevistas la autenticidad del documental, está claro que Exit Through the Giftshop es un "mock-umental". Banksy nos cuenta por un lado la historia del arte urbano y por otro comenta con acidez acerca de la forma arbitraria en que los popes de la crítica dictaminan qué es arte y qué no. Nos reímos de Ghetta, pero es una risa incómoda: Banksy, aquí, está confesando que el artista callejero es también parte del mercado, del sistema que él mismo critica. Banksy ha dicho en una entrevista que "el street-art no es como otros movimientos artísticos, no recibe subvenciones ni está patrocinado por los ricos. Por eso sería una vergüenza que acabara como cualquier otro arte: atrapado en las vitrinas de un museo o en las paredes de las casas de los que nunca tendrán problemas de dinero". Sin embargo, eso es lo que está ocurriendo y lo que también sugiere el "documental".

Banksy es el grafitero politizado que ha intervenido en Disneylandia y Gaza y Cisjordania, pero no hay que idealizarlo: él es también un hombre muy rico gracias a los coleccionistas de sus obras. Algunos se escandalizaron ante su reciente "intervención" de un programa tan venerable como Los Simpsons, pero que este programa se haya mantenido relevante gracias a su crítica burlona y despiadada del sistema no significa que esté fuera de éste (precisamente de eso trata la intervención de Banksy). Bansky trabaja después de Duchamp y Warhol y en el fondo sabe que cualquier tipo de movimiento subversivo artístico será cooptado por el mercado. El desafío consiste en mantener la legitimidad para criticar el sistema al mismo tiempo que se acepta que no hay nada fuera del sistema.      
      
(Revista Qué Pasa, 19 de noviembre 2010)

[Publicado el 19/11/2010 a las 17:49]

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La utopía arcaica del Tea Party

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Una mañana lluviosa hace casi dos años, pocos días después de la toma de posesión de Obama, vi en una esquina de Ithaca a un grupo desangelado de individuos enarbolando pancartas que acusaban al presidente de "socialista" y le reclamaban que hubiera rescatado a los grandes bancos de Wall Street de la debacle. No le di importancia. Sólo en Estados Unidos, pensé, se podía tildar de socialista a quien con sus medidas había logrado salvar los pilares fundamentales del capitalismo.
   
Estaba equivocado. Ese grupo de gente que protestaba en la calle no pararía de crecer. En febrero del 2009, en el canal CNBC, el especialista en negocios Rick Santelli le daría al naciente movimiento un nombre asociado a un linaje de prestigio: el Tea Party. En la historia de los Estados Unidos, la chispa que desencadenó la revolución independentista fue el intento de Inglaterra de ponerle un impuesto al té que importaba la colonia; como respuesta a lo que se consideraba un atropello, en 1773 un grupo de colonos se acercó a la bahía de Boston y sacó las bolsas de té que se encontraban en tres barcos y las tiró al mar. Con los años, ese incidente vino a ser conocido como el Boston Tea Party.

En la política de los Estados Unidos no hay movimiento populista que no intente asociarse de un modo u otro al Boston Tea Party. Lo que impresiona es que este nuevo Tea Party haya logrado consolidarse tan poco después del triunfo de Obama en las elecciones. Algunos críticos leen en las protestas pancartas que dicen Osama Obama o Barack Hussein Hitler, regresa a Kenia, y piensan que esto no es más que una reacción racista al primer presidente negro de los Estados Unidos. En parte es verdad: este movimiento está conformado en su mayoría por blancos y conservadores; 30% de los miembros del Tea Party creen que Obama no ha nacido en los Estados Unidos y por lo tanto su presidencia es ilegítima.

Sin embargo, como dice la periodista Kate Zernike en Boiling Mad: Inside Tea Party America, en este movimiento hay algo más fuerte que el rechazo visceral a Obama: se trata de un "sentimiento antigobierno, tan viejo como la misma nación". Buena parte de los "tea partiers" tienen una ideología libertaria, asociada en los Estados Unidos a la oposición a la intrusión del gobierno federal en la vida privada de los ciudadanos. Los libertarios, por ejemplo, han soñado desde siempre con abolir el pago de impuestos federales (el de los estados es otra cosa; los libertarios no son anarquistas). Para ellos, la reforma de la salud emprendida por Obama terminó por confirmar todas sus sospechas: lo que se agita en Washington es el fantasma del comunismo.

Según Zernike, lo que une a conservadores y libertarios bajo el paraguas del Tea Party es la necesidad de enfrentarse a este creciente intervencionismo gubernamental con una "estricta" interpretación de la Constitución. El "originalismo" es una utopía arcaica: el miedo y la furia desatados por la recesión y por las soluciones de Obama para salir de la crisis tienen su refugio en un pasado ilusorio, en la falacia de intentar meterse en la cabeza de los Padres de la Patria y ser fieles a lo que ellos pensaban. Es decir, si la Constitución no dice nada acerca de que el gobierno federal debe intervenir en el mercado para salvar a los bancos, entonces el gobierno federal no debe hacer nada (según esta lectura, Roosevelt se equivocó con el New Deal, Johnson con los derechos civiles de los negros, y, ya que estamos, Kennedy también al decir que el espacio sería la "próxima frontera": la Constitución no dice nada de mandar gente a la luna).

El fundamentalismo histórico del Tea Party es, en palabras de la historiadora Jill Lepore, "nostalgia por un tiempo imaginado" --por un Estados Unidos más homogéneo, más blanco, menos multicultural--, y "consuelo contra un futuro incierto". Se rechaza el país que existe, se añora el país que nunca hubo. La utopía puede ser arcaica, pero los deseos son intensos. 

(La Tercera, 9 de noviembre 2010)

[Publicado el 09/11/2010 a las 16:16]

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Versiones de Mark Zuckerberg

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Mark Zuckerberg es un ícono. A los veintiséis años, el fundador de Facebook ha sido seleccionado por Vanity Fair como el hombre más influyente de la era de la información, "nuestro nuevo César". No sólo eso: también hay una gran película sobre él, La red social, que ni siquiera se molesta en cambiarle el nombre. Irónicamente, pese a todos sus esfuerzos por mantener su privacidad, este ex-alumno de Harvard no ha podido controlar su "perfil". La versión de Zuckerberg que aparece en la película de David Fincher y Aaron Sorkin será la más conocida por el gran público.
 
Sorkin, uno de los más respetados guionistas en Hollywood gracias a su trabajo en El ala oeste, ha dicho que su fidelidad era a la historia, no a la verdad. Se nota: la película se basa tanto en la vida de Zuckerberg como en algunos estereotipos culturales de larga persistencia. El principal estereotipo es el del nerd/hacker. Para los medios, todos aquellos que trabajan obsesivamente con computadoras son gente de escasa habilidad social, solitarios, incapaces de una sonrisa y algo marginales al sistema. Algunos críticos incluso han sugerido que sólo alguien incapaz de relaciones normales con otras personas podía crear una red virtual de amistades. Sorkin -y de paso Fincher- entienden a Zuckerberg como la versión exitosa del chico retraído al que las mujeres rechazan; alguien que ha hecho todo con tal de conseguir chicas y ser aceptado por los grupos más elitistas de Harvard. Es un marginal de temperamento, pero lo que quiere es ser aceptado. No rechaza el sistema; se cree superior a él y piensa que puede mejorarlo.

Hay partes de otro estereotipo que funcionan para entender a Zuckerberg en La red social: las del genio incomprendido, el visionario dispuesto a sacrificar todo con tal de perseguir su obsesión. El programador de computadoras es el nuevo héroe de nuestro tiempo, narcisista y arrogante y algo asceta (ajeno a las tentaciones del alcohol y las drogas). Zuckerberg representa las máximas aspiraciones del capitalismo: su individualismo salvaje lo lleva a sacrificar a sus amigos cuando se oponen a su ambición sin límites. Es un triunfador que además tiene un proyecto ideológico -un mundo más abierto- que conecta perfectamente con el zeitgeist.

Para tener un retrato más complejo y contradictorio de Zuckerberg, uno debe asomarse a The Facebook Effect, de David Kirkpatrick, y a "The Face of Facebook", un perfil de Zuckerberg publicado por José Antonio Vargas en The New Yorker (20 de septiembre, 2010). El libro de Kirkpatrick es una suerte de "versión oficial" de los hechos, pero aun así, al compararlo y contrastarlo con el artículo de Vargas y con la película, ayuda a rellenar ciertos huecos. El principal es que Zuckerberg puede ser un nerd y un geek --sabe cuatro idiomas, entre ellos griego y latín, y es considerado un "genio de la programación" desde la adolescencia--, alguien "intensamente introvertido", pero no es un inadaptado. Tanto Kirkpatrick como Vargas insisten en que Zuckerberg es simpático en persona, y con suficiente talento y carisma como para manejar una empresa de mil quinientos empleados. Se lleva muy bien con su familia (una de sus hermanas trabaja para él). Tampoco ha tenido problemas para conseguir amigos o parejas. Es un inveterado bromista.  

El Zuckerberg de Sorkin es una gran creación, pero quizás sea hora de crear nuevos estereotipos. ¿Qué tal, para comenzar, un nerd con amigos, un geek exitoso con las mujeres, un solitario capaz de relacionarse con la gente, un tímido que de pronto se desmarca con una broma? ¿Qué tal, para comenzar, alguien como el verdadero Mark Zuckerberg?

(La Tercera, 26 de octubre 2010)

                                 

[Publicado el 26/10/2010 a las 17:42]

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Las dos ciudades (un cuento de Las máscaras de la nada)

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La editorial Nuevo Milenio (Bolivia) reeditó hace poco mi primer libro de cuentos, Las máscaras de la nada, para celebrar los veinte años de su primera edición, allá por 1990. Aquí va un texto de ese libro de cuentos breves al que le tengo un cariño especial.
 
Debido a la negativa de los cochabambinos a usar su ciudad como set de filmación por espacio de once meses, los productores de la miniserie "Pueblo chico, caldera del diablo" decidieron no escatimar recursos en construir una réplica de Cochabamba, del mismo tamaño que la original. Después de dos años de trabajos ininterrumpidos, la réplica fue concluida con una exactitud que desafiaba a cualquier observador imparcial a discernir cuál de las dos ciudades era en realidad la original. En la nueva ciudad no faltaba nada de la esencia de la ciudad fundada en 1574: caótico urbanismo, deprimente mal gusto, calles de pavimento destrozado, suciedad, pobreza.
 
La miniserie fue filmada en cuatro meses y el escenario fue abandonado: todo hacía preverle un destino de pueblo fantasma. Sin embargo, su cercanía de Cochabamba (veinte minutos) comenzó a proveerle de visitantes los fines de semana. No se sabe cuando se instalaron en él los primeros habitantes, lo cierto es que apenas iniciado, el flujo no se detuvo: a fines de 1988, Cochabamba se había convertido en una ciudad fantasma. Todos sus habitantes vivían ahora en la ciudad réplica.
 
¿Por qué los cochabambinos han cambiado su ciudad por una copia exacta, no por algo mejor o peor? Se han arriesgado un sinfín de explicaciones en busca de la comprensión de dicho fenómeno; una de ellas, acaso la más lógica, conjetura que es muy posible que ellos, con su traslado, hayan logrado la de otro modo imposible reconciliación de dos deseos en perpetuo conflicto en cada ser humano: el deseo de emigrar, de cambiar de rumbo, de buscar nuevos horizontes para sus vidas, y el deseo de quedarse en el lugar donde sus sueños vieron la vida por vez primera, de permanecer hasta el fin en el territorio del principio.
 
Es muy posible. Pero ésa es una explicación más, no la explicación. Nadie sabe la explicación, nadie la sabrá.

[Publicado el 22/10/2010 a las 19:06]

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El huracán Katrina desde una canoa

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Más que un escritor, Dave Eggers es una industria cultural. Aparte de ser editor de McSweeney's, una de las editoriales independientes más respetadas y creativas de los Estados Unidos, está a cargo de 826 Valencia, un centro de escritura para jóvenes en San Francisco. También ha organizado Voices of Witness, una colección de libros de historia oral con el tema de los derechos humanos en el mundo. En cuanto a textos, sólo el año pasado Eggers ha estado a cargo de dos guiones cinematográficos (El mejor lugar del mundo y Donde viven los monstruos), una novela (Los monstruos) y un libro de no ficción (Zeitoun).

Zeitoun redime a Eggers de un guión tan pretencioso e indulgente como el de El mejor lugar del mundo; es su mejor libro desde el sublime Una historia conmovedora, asombrosa y genial. Hay libros que cuentan de manera más detallada lo que significó el huracán Katrina; ninguno ha logrado el registro íntimo y confesional de Zeitoun. Eggers se centra en la historia de Abdulrahman Zeitoun, un inmigrante sirio, y su esposa Kathy. Cuando está a punto de llegar el huracán, Kathy decide evacuar Nueva Orleans con sus cuatro hijos; Zeitoun, terco como siempre, decide quedarse.

Eggers se mueve con soltura del mundo doméstico y ansioso de Kathy, al enfrentamiento épico de Zeitoun con Katrina. Cuando pasa el huracán, Zeitoun, que se ha guarecido en el segundo piso de su casa inundada, recuerda que tiene una canoa en el garaje, y sale en ella a recorrer el "nuevo mundo". Gracias a la canoa, Zeitoun, un musulmán muy religioso que siempre se ha sentido destinado para grandes cosas, podrá ayudar a sus vecinos. Hay momentos de gran poesía: cuando la canoa de Zeitoun golpea las antenas de los coches sumergidos en el barrio, o cuando se encuentra en un parque con tres caballos salidos de quién sabe dónde. También están los aullidos incesantes de los perros dejados atrás por sus dueños. Esos aullidos condensan el impacto emocional del huracán.

La última parte del libro es kafkiana: Zeitoun, confundido con un ladrón, es arrestado por la policía. En una ciudad con un sistema administrativo deshecho, Zeitoun pasará un mes en una cárcel improvisada en la estación de buses. Los soldados creen que pertenece a Al-Qaeda, y él comienza a asustarse: después del 11 de septiembre, esas cosas también pasan en los Estados Unidos. Zeitoun, humillado, se vuelve más humilde, pero eso no le impide perder su optimismo: es un buen hijo de su patria adoptiva.

Son muchos los méritos de Eggers en Zeitoun: haber logrado unir los dos grandes traumas norteamericanos de la década pasada (el 11 de septiembre y Katrina); contar una historia de gran alcance social sin perder de vista la microhistoria del individuo. Balzac decía que la novela es la vida privada de las naciones; Eggers demuestra que la no ficción a veces puede contar esa vida privada mejor que las novelas.
     
(Babelia, El País, 16 de octubre 2010)  

[Publicado el 16/10/2010 a las 07:31]

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Después de Vargas Llosa

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Si tuviera que mencionar los libros que me empujaron a ser escritor, diría que fueron tres: Ficciones, La metamorfosis y La ciudad y los perros. Tenía catorce años, estaba en primero medio del colegio Don Bosco de Cochabamba y tuve la suerte de que mi profesor de literatura, Néstor Ávila, nos hiciera leer libros clásicos de verdad y no los resúmenes que circulaban en la mayoría de los colegios.
    
Vargas Llosa fue la narración de un mundo social que se parecía mucho al mío, con adolescentes similares a los que conocía en mi colegio y en el barrio de la Recoleta -siempre había un Jaguar y un Esclavo y un Poeta en todos los grupos--, y con un lenguaje que sonaba como el que yo hablaba todos los días: en sus páginas, la chompa era chompa y no suéter o jersey. En el programa de don Néstor también estaban los cuentos de Los jefes. "Desafío" y "Día domingo", con sus rituales de aprendizaje a una masculinidad muy limitada -con una visión de la mujer como un trofeo por el que los jóvenes deben pelearse--, no han envejecido bien, pero a principios de los ochenta, para un chiquillo de catorce, sonaban como la verdad.  

Poco después, fuera de programa, don Néstor me prestó La casa verde. Para el cumpleaños de mi padre, le compré La guerra del fin del mundo, que acababa de salir, porque yo también quería leerla. Había resuelto leer todo Vargas Llosa porque era el escritor que sentía más cercano de todos los que admiraba. Por eso no fue difícil que su espíritu rondara a la hora de asumir mi vocación. Una de mis novelas, Río Fugitivo, asume esa influencia explícitamente; a la hora de contar una historia de adolescentes rebeldes en un colegio católico de Cochabamba, era obvio que el modelo debía ser La ciudad y los perros.

Son muchos los vargasllosianos de mi generación. El peruano Jorge Benavides es el que más lejos ha llevado la exploración temática y formal de la obra de su compatriota. Benavides tiene novelas excelentes como Los años inútiles y Un millón de soles, en cuya estructura narrativa se percibe la influencia de Conversación en la Catedral. El crítico Robert Ruz ha estudiado las técnicas vargasllosianas que aparecen en la obra de Benavides; las más significativas son el diálogo "telescópico" y el "montaje del tiempo, de los hechos y el diálogo (creando a menudo la ilusión de simultaneidad)".

Otros escritores y críticos que han seguido sendas abiertas por Vargas Llosa son Alberto Fuguet, que ha escrito Tinta roja también bajo el influjo de Conversación en la Catedral (Zavalita, el periodista joven con una relación conflictiva con su padre, el de la pregunta acerca de cuándo se jodió el Perú, es el personaje de Vargas Llosa del que más se han apropiado otros escritores); Iván Thays y Gustavo Faverón, que han reconocido sus deudas y su admiración más de una vez. En la siguiente generación son menos, pero también existen. Uno de los más apasionados defensores de su obra es el boliviano Wilmer Urrelo, que ha dicho, rememorando los días de su adolescencia protodelincuencial hasta el descubrimiento de La ciudad y los perros: "Vargas Llosa me salvó la vida". La obra Fantasmas asesinos, ganadora del premio Nacional de Novela 2006, tiene deudas asumidas con La ciudad y los perros, Conversación en la Catedral y Pantaleón y las visitadoras.

De una manera u otra, todos los lectores y escritores de las nuevas generaciones tenemos una deuda con Vargas Llosa. Todos recordamos ese momento epifánico en que lo leímos por primera vez. Por eso, porque gracias a él no volvimos a ser los mismos, celebramos su triunfo como el nuestro.  

(La Tercera, 11 de octubre 2010)

[Publicado el 11/10/2010 a las 19:46]

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Vargas Llosa total

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Hace algunos años se hizo una encuesta para elegir la mejor novela peruana del siglo XX. Cuando leí la noticia, me sorprendió descubrir que no había ganado Mario Vargas Llosa. Luego entendí la razón: seis de sus novelas estaban entre las diez finalistas. El jurado había dividido sus votos. La obra de este escritor es tan vasta, tan ambiciosa, tan diversa, que es imposible quedarse con un solo libro. Están, entre otros, La ciudad y los perros, con sus adolescentes intensos y el microcosmos asfixiante de un colegio militar que sirve para dar cuenta de las estructuras opresivas de toda una sociedad; La casa verde, que se atreve, exuberante, a soñar la novela total, a urdir un mundo y una geografía complejos en los que entran monjas y aventureros; Conversación en la Catedral, con su monumental estructura narrativa, una radiografía completa de cómo el poder es capaz de corromper todos los sectores de una sociedad; la apocalíptica La guerra del fin del mundo, que demuestra que, a veces, los sueños de la razón de Estado y los del fanatismo religioso pueden terminar mordiéndose la cola; La entrañable La tía Julia y el escribidor, que recupera al melodrama para la gran literatura; La fiesta del Chivo, un thriller político y también una de las mejores "novelas del dictador" que se han escrito. Están los ensayos, las novelas cortas, el teatro, los cuentos, sus memorias...

En los años noventa, los escritores que nos iniciábamos en América Latina encontramos un modelo en la literatura de Vargas Llosa. De todos los escritores del Boom, nos parecía que era el más completo y que su influencia podía disimularse mejor que la de García Márquez. Su realismo bebía de las fuentes decimonónicas (Flaubert, Victor Hugo) pero se abría a las grandes innovaciones formales del siglo XX (Joyce, Faulkner) y permitía escribir novelas de corte social sin que uno se sintiera obsoleto o panfletario. Al mismo tiempo, en esa década, la gran mayoría rechazó una faceta vargasllosiana, la del intelectual público que interviene constantemente en los grandes debates de su tiempo; atraía más el estilo del escritor norteamericano, que se dedicaba en privado a su obra y casi no intervenía en la esfera pública. También hubo un distanciamiento con respecto a sus posturas cada vez más liberales.

La década pasada le perteneció al huracán Bolaño. Apareció una nueva generación latinoamericana que rechaza la idea de la "novela total" y defiende, por un lado, estéticas minimalistas, y por otro está embarcada en proyectos menos deudores del tronco principal del realismo. Así, daba la impresión de que Vargas Llosa comenzaba a correr la misma suerte que García Márquez hace quince años: la de un escritor muy leído y admirado, pero que ya había dejado de hacer escuela. Sin embargo, mi intuición es que los fervorosos bolañianos de hoy son también, aunque a veces no lo sepan, vargasllosianos (2666 cumple todos los requisitos novelescos del escritor hispano-peruano). Y que la influencia también existe cuando uno es un antimodelo: así como García Márquez mostraba estar muy presente cada vez que un escritor joven atacaba todo lo que significaba Macondo, hoy Vargas Llosa está muy presente en cada escritor joven que rechaza la idea de la "novela total". Con el premio Nobel que se le acaba de conceder, estará aun más presente.

(Letras Libres, 7 de octubre 2010)

[Publicado el 08/10/2010 a las 01:00]

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Biografía

Edmundo Paz Soldán (Cochabamba, Bolivia, 1967) es profesor de Literatura Latinoamericana en la Universidad de Cornell. Es autor de nueve novelas, entre ellas Río Fugitivo (1998), La materia del deseo (2001), Palacio Quemado (2006) y Los vivos y los muertos (2009); y de los libros de cuentos Las máscaras de la nada (1990), Desapariciones (1994) y Amores imperfectos (1998). Ha coeditado los libros Se habla español (2000) y Bolaño salvaje (2008). Su libro más reciente es Norte (Mondadori, 2011). Sus obras han sido traducidas a ocho idiomas, y ha recibido numerosos premios, entre los que destaca el Juan Rulfo de cuento (1997) y el Nacional de Novela en Bolivia (2002). Ha recibido una beca de la fundación Guggenheim (2006). Colabora en diversos medios, entre ellos los periódicos El País y La Tercera, y las revistas Etiqueta Negra, Qué Pasa (Chile) y Vanity Fair (España).

Bibliografía

Portada 'Los vivos y los muertos'

Norte (2011). Mondadori

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