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Converses formentor

El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

miércoles, 24 de agosto de 2016

 Río Fugitivo / Blog de Edmundo Paz Soldán

La luz de Hernán Ronsino

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        El narrador de Lumbre (Eterna Cadencia, 2013), la magnífica tercera novela de Hernán Ronsino, deja la capital por unos días y vuelve a su pueblo, Chivilcoy, en la pampa argentina. Ha muerto un amigo, Pajarito Lernú, y le ha dejado una vaca. Se trata de un inicio pintoresco, tragicómico. ¿Qué hará Federico Souza con la vaca? Pregunta inquietante, aunque sabemos desde el principio -desde los epígrafes, desde el tono mismo de la escritura--, que en responderla no radica el principal interés de Ronsino. El narrador va en busca de la vaca, y de pronto, le asalta un mundo que creyó haber dejado atrás: "Cada pedazo de pared de esta ciudad lleva, como una piel, las huellas de mi historia".

            Lumbre narra la forma en que se construyen las historias individuales y la gran historia colectiva. Es una novela ambiciosa, que deja atrás el pequeño universo de Glaxo, la novela anterior de Ronsino (menor, a pesar del juego con las múltiples perspectivas y la adscripción a ese gran libro de Walsh que es Operación Masacre), para adquirir, en su misma forma digresiva, ramificada, el fondo mismo del relato. Souza encuentra rostros de su pasado, y le cuesta reconocerlos: "el follaje avanza, espeso, cuando hay descuido y, entonces, impide que coincidan, como en este caso, el nombre de Sebastián Prado y su cara -esa cara- diluida en la niebla del pasado. El follaje teje velos. Y se devora, sin tregua, la senda hecha a fuerza de insistencia". Somos esos recuerdos difuminados, esas falsos reconocimientos, esas invenciones de fábula a partir de la trama precaria de la memoria. No solo el recuerdo es mentiroso; también la escritura de ese recuerdo deforma.

            En su mirada sobre la ciudad, Ronsino recuerda a Juan Cárdenas, que está narrando como pocos acerca de la descomposición de nuestras ciudades y el fracaso del proyecto modernizador. Como en Los estratos, la maravillosa novela de Cárdenas, el narrador de Lumbre ve, al caminar por un barrio, cómo éste "se va cubriendo de capas que se montan unas sobre otras, componiendo suelos, planos sedimentados que ocultan el tiempo, las horas viejas". Estaciones de tren, "edificios amputados", casas "avejentadas", "el chasis quemado de un micro": todo es erosión, decadencia. Y así, mientras camina por Chivilcoy, Federico Souza va imbricando su historia personal a la de la ciudad-pueblo. La novela se abre a los ruidos de la política --en las batallas decimonónicas entre unitarios y federales que todavía marcan el lugar, en la presencia inevitable de Sarmiento-- y a los de la cultura -en el paso de Cortázar por el pueblo, en la muerte de un poeta modernista. Todo se mezcla, y ya no se sabe a qué Borges recuerda un letrero con el que se topa Souza (¿al coronel? ¿al escritor?). De manera paradigmática, cuando Pajarito trabajaba en el museo -cuenta el padre del narrador-, había cambiado el orden de las tarjetas de unos carruajes: la historia es un equívoco. La novela es el relato de cómo se construye ese equívoco.

La paradoja de Ronsino consiste en su capacidad para hablar de manera tan luminosa de las oscuridades de toda historia. No es casual el título, ni tampoco el despliegue abundante de imágenes y metáforas en torno a la luz, el vuelo poético del lenguaje. Federico recuerda que Pajarito quería escribir una teoría sobre la luz y las cosas: "Quería desmenuzar los cambios de luz. La manera en que la luz iba definiendo un lugar, las cosas... La forma misteriosa que iba tomando el cementerio a medida que oscurecía". En Lumbre, Federico articula esa teoría buscada por Pajarito: toda historia es un juego de luces y sombras; aunque puede que estén equivocados, tanto el recuerdo como la escritura son "partos luminosos".    

           

(La Tercera, 23 de febrero 2014)           

 

 

[Publicado el 24/2/2014 a las 13:52]

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Giovanna Rivero: la vida está en otra parte

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98 segundos sin sombra (Caballo de Troya), la nueva y espléndida novela de Giovanna Rivero, cuenta la educación sentimental de Genoveva, la narradora adolescente, distanciada de sus padres y rebosante de ternura hacia Nacho, su hermano retardado. Genoveva vive en Montero, una ciudad que "disfruta" el auge del narcotráfico en la Bolivia de mediados de los ochenta (la novela sirve de complemento y contraste a Jonás y la ballena rosada). En esa ciudad paradójica, ese Culo del Mundo en el que la modernidad y el progreso se miden de forma equivocada -hay, digamos, muchas motocicletas importadas, pero las calles son de tierra--, Genoveva sueña con escapar. Con desaparecer, como en ese juego de la sombra que da título a la novela y que practica de vez en cuando con su amiga Inés ("...paradas allí, bajo el Sol del casi mediodía, contamos los segundos que tardan nuestras sombras en meterse bajo los pies igual que gusanos grasientos").

 Acompañada de la filosofía "brutal, sincera" de su abuela Clara Luz y el cariño de su amiga Inés, la mirada de Genoveva se posa, con lúcida y divertida ironía, en las marcas de la época (el spray Aquanet, los Reebok, la música de Queen), en los gestos provincianos de sus compañeras que se visten copiando a Madonna, en el ethos de un pueblo que "es solo un puente entre ciudades más grandes donde hay trabajo de verdad, porque aquí lo único a lo que se dedica la gente es al ‘negocio'". Pero esa ironía no la puede proteger del deseo de irse y trascender. Su educación disparatada, en la que caben tanto las enseñanzas de la revista Duda como influyentes libros de época sobre encuentros con extraterrestres (Yo visité Ganímedes), la hará receptiva a las enseñanzas del maestro Hernán, que sueña con escapes siderales gracias a hojitas lisérgicas, viajes en ovnis en busca de la verdadera vida, que siempre está más allá.

En 98 segundos sin sombra, el delirio de Giovanna Rivero está siempre al límite, con un registro engañoso, pues habla con total control de una adolescente descontrolada. Genoveva parece saberlo todo, pero en el fondo es una niña que solo quiere creer en algo. Es un personaje entrañable que llegó para quedarse.

 

(Página Siete, 20 de febrero 2014)

[Publicado el 20/2/2014 a las 08:00]

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El futuro y sus disidencias

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Reinvención "eco-amigable" de uno de los puentes de la bahía de San Francisco, Future Cities Lab

Tuve la oportunidad de visitar en San Francisco Dissident Futures, la exposición sobre futuros alternativos posibles organizada por el Yerba Buena Center for the Arts. Resulta natural que un museo del área de la bahía ofrezca esta exposición; en esta región se encuentran algunos de los más influyentes creadores de nuestro futuro: Silicon Valley está a menos de dos horas de aquí (con todo lo que ello implica: Apple, Microsoft, Google, Facebook, una legión de compañías de alta tecnología), y Berkeley y Stanford, con sus laboratorios de investigación de alta tecnología, también están cerca. Por supuesto, por más que uno se esfuerce en imaginarlo de la manera más pragmática y detallada posible, el futuro nunca es lo que queremos que sea, y esta región también es ideal para explorar cómo las más bien intencionadas utopías pueden convertirse rápidamente en distopías. En los años 60, San Francisco fue uno de los centros del movimiento hippie, con el sueño de un mundo posible para todos, una comunidad universal. ¿Quién hubiera pensado que el boom tecnológico experimentado por esta región en los últimos veinte años habría producido aquí una suerte de versión un poco más sofisticada de Los juegos del hambre, con una ciudad que sigue siendo liberal y progresista pero es cada vez más excluyente de tan caro que se ha vuelto vivir en ella?

            En una exposición como Dissident Futures, la división entre artista y científico resulta obsoleta a la hora de imaginar el futuro. Los artistas deben tener una mirada científica y cierto dominio de las nuevas tecnologías; los científicos visionarios necesitan tener una imaginación de artista para conjugar futuros posibles. Así, todo posible invento en un laboratorio puede ser entendido como una instalación artística, y los cuadros post-apocalípticos de un pintor la base para explorar científicamente nuestros futuros posibles. De esa hibridez conceptual salen los proyectos más interesantes de Dissident Futures, llenos de nombres extraños como "documental de ciencia ficción etnológica" o "idea art".

            Imaginar el futuro significa dar cuerpo al presente, a ciertos sueños, ansiedades y pesadillas de hoy. La exposición recibe al visitante con un ruido de estática y varias pantallas con escenas de metal compactado: se trata del "Cyber Landscape" de Kamau Ann Patton, que filmó horas de material en una compañía dedicada a la basura electrónica (los equipos de DVD, televisores y celulares que se descartan todos los días). En un circuito infinito, la basura electrónica compactada parece un cuadro de Pollock, y esa estática permanente es el "ruido blanco" de nuestro futuro (también el del presente). El fotógrafo Trevor Paglen, que también es geógrafo, se ocupa de capturar otras imágenes que aluden a un futuro que de pronto se ha vuelto de actualidad: las de actividades militares clasificadas de los Estados Unidos. Paglen fotografía a satélites de reconocimiento norteamericanos orbitando en el espacio; están ahí, en medio de las estrellas, observándonos todo el día, transmitiendo su información a la malhadada y omnipotente N.S.A. (Agencia de Seguridad Nacional). Con sus fotos, Paglen es al mismo tiempo un artista y un periodista de investigación, trabajando al límite de lo que puede hacer la fotografía documental. 

            Algunos de estos futuros imaginados cuestionan al sistema capitalista: The Otolith Group se enfoca en las pantallas táctiles de nuestros celulares y tabletas, formatos digitales que todos los días, a través del muestrario alegre de sus colores, entre aplicaciones y emoticones, van introduciendo la ideología del capital en nuestros "espacios psicológicos y emocionales"; David Huffman, pintor "Afro-futurista", se inventa el "traumonauta", un ser africano-americano del futuro que representa a las minorías raciales oprimidas en un sistema basado en el abuso de su mano de obra; Melanie Gilligan trabaja en videos y medios digitales los resultados distópicos de la crisis del sistema financiero del 2008. No hay muchos espacios para la esperanza en estos futuros.

            Los de Future Cities Lab, un grupo de científicos y artistas liderados por Jason Kelly Johnson y Nataly Gattengo, se atreven en cambio a ser más optimistas, y reimaginan San Francisco como una ciudad eco-amigable, llena de jardines, parques acuáticos y granjas hidropónicas. Una ciudad verde para el ser humano del futuro, un individuo conciente de la necesidad de establecer una relación orgánica con su entorno. El problema, sin embargo, es que no sabemos cómo será esa ciudadano; en sus trabajos, Lynn Herhman Leeson hace instalaciones que muestran el impacto de la tecnología biológica en el concepto mismo de nuestra identidad. ¿Cómo evolucionaremos, ahora que el AND también puede ser programado y todos nos vamos convirtiendo en ciborgs y avatates?  

            William Gibson escribió alguna vez que "el futuro ya ha llegado, sólo que está distribuido de forma desigual". El futuro no siempre se comportará como el futuro; habrá también espacio para tradiciones ancestrales, como muestra el trabajo de Neïl Beloufa, que hace "documentales de ciencia ficción etnológica". Beloula entrevistó a los jóvenes de un pueblo en Mali y les pidió que hablaran en presente de cómo concebían el futuro. El resultado es fascinante: de esas voces surge un mundo animista, donde los seres humanos hablan con las vacas y se casan con ellas. Entre tanto sueño y pesadilla tecnológicos, ese fue uno de los futuros que me resultó más creible y conmovedor.

 

(revista Qué Pasa, 3 de enero 2014)

 

 

 

 

 

[Publicado el 01/2/2014 a las 01:52]

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Krzhizhanovsky y Zamiatin en la tierra del No

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La reciente publicación en los Estados Unidos de Autobiography of a Corpse, del escritor soviético Segismund Krzhizhanovsky (1887-1950), ha hecho que muchos se pregunten cómo es posible que una obra tan brillante haya permanecido escondida durante casi un siglo. Krzhizanovsky es un caso extremo, pero otros escritores vanguardistas soviéticos tuvieron destinos similares. Sólo hay que recordar a Yevgeni Zamiatin (1884-1937), autor de la influyente novela de ciencia ficción Nosotros. Nosotros, una sátira más que obvia de la Unión Soviética, fue la primera novela prohibida en su país por el Gozkomisdat (la temible oficina de censura), en 1921; publicada en los Estados Unidos en 1924, llevó a Zamiatin a la lista negra y, gracias a la intercesión de Gorki, al exilio en París en 1931; Zamiatin murió en la pobreza. Los cuentos de Krzhizanovsky también fueron censurados, y recién comenzaron a ser publicados en Rusia en 1989, gracias al glasnost de Gorbachev; Nosotros sólo volvió a ser editada en Moscú en 1988.   

Krzhizhanovsky y Zamiatin fueron escritores temerarios: se atrevieron a criticar al estado totalitario emergente de la revolución soviética. En su crítica había humor, pero ese humor no escondía la feroz disidencia ante un régimen que bloqueaba la libertad individual en provecho supuesto del bien colectivo. Nosotros se presenta como las memorias de D-503, uno de los constructores del Integral, una nave que irá a la conquista de otros planetas. D-503 vive en One State, una utopía en la tierra donde se han realizado los principios colectivistas del taylorismo y donde se adora a las matemáticas, la ingeniería, la ciencia, la Razón. D-503 defiende el sueño colectivo de One State: "el instinto de la no-libertad ha sido característico de la naturaleza humana desde tiempos antiguos... Me veo como parte de un cuerpo enorme, vigoroso, unido; ¡y qué precisa belleza! No hay ningún gesto superfluo". Zamiatin usa un registro irónico para contrastar ese presente de una utopía de la no-libertad en un estado donde la gente vive observada, en casas con paredes de cristal, con el pasado de los antiguos, donde la gente era tan libre que podía caminar irresponsablemente por las calles de la ciudad hasta las altas horas de la noche, y no seguía los dictados de la razón. Aunque no hay final feliz para D-503, Zamiatin concluye su novela sugiriendo que hay esperanza para los ciudadanos "felices" de One State, en el inicio de una insurrección que hace caer las murallas que rodean al estado del resto del mundo.

Si Zamiatin trabajaba dentro de una tradición distópica (y le daba nuevas alas para el siglo XX: de Nosotros aprendieron Orwell y Huxley), Krzhizhanosky estaba más cómodo en el género del cuento fantástico. Este escritor nacido en Kiev escribía parábolas que a ratos recuerdan a Kafka y a Borges, con una imaginación disparatada que lo emparenta con Felisberto Hernández: en sus cuentos hay hombres que, literalmente, se pierden en la pupila de una mujer, y pianistas cuyos dedos comienzan a tocar solos el piano y se escapan de su dueño. Uno admira tanta maravilla poética, juegos irreverentes que pueden llevar a una seria disquisición existencial (ver "Autobiography of a Corpse") o metafísica (como en "The Collector of Cracks"), y piensa que este autor no parece muy interesado en narrar la situación política, hasta que se encuentra con un texto como "The Land of Nots". En la tierra de los Noes, "los libros sagrados dicen que su mundo fue hecho de la nada. Esto es verdad; estudiar su mundo significa encontrar a cada paso aquel material extraño del que fue creado-la nada... Los Noes viven vidas inventadas, lloran sobre penas que no existen, se ríen de un gozo ilusorio". Quien narra el cuento "no puede no ser", pero son muchos los que no pueden ser. En esta parábola, no es difícil pensar en los Noes como esos ciudadanos como Krzhizhanovsky, borrados por el Estado totalitario.

La obra de Krzhizhanovsky permaneció durante mucho tiempo en la tierra de los Noes. Alejada de esa tierra, hay esperanzas de que pueda al fin existir.

  

(La Tercera, 25 de enero 2014)

 

[Publicado el 29/1/2014 a las 19:47]

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Recuento

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Para mí, este fue el año de Joao Guimarães Rosa. Había leído antes Gran sertón: veredas, así que decidí ponerme al día con los libros de cuentos, entre ellos Sagarana y Primeras historias. Sagarana (Adriana Hidalgo) debería estar en nuestra lista de imprescindibles del siglo XX, junto a Ficciones o El llano en llamas. La música de su lenguaje a ratos remite a Joyce, en su capacidad para juntar neologismos con arcaísmos y sacarle brillo a palabras que usamos todos los días sin darnos cuenta de su potencial. Primeras historias muestra a un Guimarães Rosa más condensado pero no menos brillante, profundizando en su proyecto de convertir al sertón en un territorio universal poblado de seres alucinados, grandes en la persecución de sus obsesiones; por esas arbitrariedades de la industria editorial y los caprichos lectores, el libro no tiene ediciones recientes en español. ¿Será que Adriana Hidalgo nos vuelve a salvar?

Otros autores presentes en mis lecturas: Anton Chéjov, gracias al descubrimiento (para el lector en español) de los cuentos y viñetas de sus inicios, en una edición ambiciosa de Paul Viejo para Páginas de Espuma; Shirley Jackson, que tuvo tiempo, pese a su escasa obra -que cuenta con títulos como Siempre hemos vivido en el castillo y La maldición de Hill House--, para dar cabida a una versión del horror gótico que influiría tanto en Joyce Carol Oates como en Stephen King; James Tiptree Jr., que encontró en la ciencia ficción el espacio ideal para narrar, en complejos registros estilísticos, sobre temas tan variados como la ansiedad ante el contagio o el lugar de la mujer en una sociedad dominada por el hombre; Rodrigo Lira, porque su obra abrió vías que recién comienza a transitar de verdad la poesía latinoamericana (lo descubrí gracias a que este año Ediciones UDP publicó su Proyecto de obras completas [1984]); Salvador Benesdra, por El traductor, la novela más relevante sobre el mundo del trabajo en los tiempos del capitalismo salvaje (es decir, sobre nuestro mundo); Paolo Bacigalupi, por los cuentos de La bomba número seis, un inventario de las preocupaciones actuales de la ciencia ficción.

Grandes lecturas de libros publicados este año por primera vez: Los estratos, de Juan Cárdenas (una novela perfecta sobre el fracaso de los sueños de modernización en el continente); The Flamethrowers, de Rachel Kushner (una gran novela política sobre el lugar de las vanguardias en el presente); Leñador, de Mike Wilson (una novela-enciclopedia radical sobre la búsqueda de la trascendencia a través del despojamiento); Técnicas de iluminación, de Eloy Tizón (este cuentista español parece saber hoy más que nadie que la forma es el fondo); Librerías, de Jorge Carrión (una inteligente crónica-ensayo sobre la historia y el presente de las librerías como "espacios rituales", "topografías eróticas" de la ciudad que nos dan materiales para ver el mundo); Tránsitos, de Alberto Fuguet (un recorrido intenso por una forma muy personal de hacer crítica, en la que importa tanto lo que dice el libro como lo que revela de quien lo lee, con puntos altos en los textos dedicados a Bolaño, Donoso y Gustavo Escanlar); Los muertos indóciles, de Cristina Rivera Garza (un ensayo magistral sobre cómo, entre otras cosas, las tecnologías digitales permiten nuevas formas de escritura, apropiaciones de otros textos, incluso una reconfiguración de la escritura como un espacio no sólo individual sino también comunitario). Mención aparte a Locke and Key, de Joe Hill, con ilustraciones de Gabriel Rodríguez: esta novela gráfica con la historia de los hermanos Locke, recién concluida después de seis años de duración, es uno de los grandes triunfos del horror contemporáneo.

Termino este recuento incompleto con 98 segundos sin sombra, de Giovanna Rivero, que acabo de leer en manuscrito. Escrita con una prosa llena de latigazos chispeantes, la novela narra la educación sentimental de una adolescente en una provincia boliviana en los años ochenta, entre profetas de cultos gnósticos, el avance del narcotráfico, la "ciencia" de divulgación popular de la revista Dudas y las amigas que sueñan con Madonna. Será publicada por Caballo de Troya en marzo, pero es ya uno de mis títulos de este año.          

 

(La Tercera, 28 de diciembre 2013)    

 

 

[Publicado el 28/12/2013 a las 20:00]

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Del asesino como estrella de cine

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La mejor película que he visto este año es un documental. Se llama The Act of Killing y la vi en el cine de la universidad de Cornell; quise verla porque uno de los productores era Werner Herzog. Hacía mucho que no veía una reacción así al terminar la película, o mejor, una falta de reacción así: el público se quedó sentado en silencio por un buen rato, como tratando de decidir si convenía salir corriendo de la sala o quedarse a llorar. Ambas cosas a la vez, quizás, y por eso el susto en el alma, la parálisis.

Hacía más de diez años Joshua Oppenheimer filmaba en el norte de Sumatra, en Indonesia, un documental sobre las consecuencias nefastas de la globalización, cuando le contaron que en esa ciudad vivían asesinos muy orgullosos de su pasado. Oppenheimer se dedicó los siguientes años a tratar de conocer a esos asesinos -miembros de escuadrones de la muerte responsables, entre 1965 y 1966, de haber asesinado a casi un millón de sospechosos de ser comunistas--, y se sorprendió al descubrir que, en efecto, esos asesinos no tenían ningún problema en reconocer sus crímenes. ¿Cómo no jactarse, si lo que esos "gangsters" habían hecho no era visto como algo malo? En el país no había habido actos de reconciliación con el genocidio, y los "triunfadores" de ese periodo nefasto seguían en el poder.

The Act of Killing capta un momento perturbador en la historia de nuestra relación con los medios: en el tiempo de los reality shows y los selfies, hasta los asesinos quieren ser inmortalizados en una película. No es suficiente hablar, confesar los crímenes: Anwar Congo y otros paramilitares sueñan con una película que les permita recrear sus crímenes tal como ocurrieron. La realidad y la fantasía se muerden la cola: hacia 1965, Anwar y sus amigos eran conocidos como "los gangsters del cine" porque revendían entradas a la puerta de los cines. En su interregno, los comunistas querían, entre otras cosas, prohibir el cine norteamericano. Con el golpe militar de 1965, Anwar y sus cómplices se pusieron a matar a los sospechosos de comunismo copiando formas aprendidas en los géneros de Hollywood (películas de gangsters, Westerns). Recrear las muertes en The Act of Killing significa, entonces, traducirlas al lenguaje cinematográfico, aprehenderlas a través de los géneros que en su momento las inspiraron (a Anwar también le gustan los musicales, y la recreación de algunas muertes en clave de musical proporciona las imágenes más surreales de la película).

La mayoría de los asesinos que aparece en el documental habla con desenfado de su ausencia de culpa: pasan los años, y el trauma de lo que han hecho no parece posarse sobre ellos. Pero el documental trata de la performance de una subjetividad invulnerable, fantasía creída con tanta convicción que se convierte en identidad. Anwar Congo es una excepción: al comienzo lo vemos, feliz, bailando chachachá en la terraza donde cometió algunos de sus más de mil crímenes. Cuando se ve a sí mismo en una pantalla, después de la primera recreación, hay algo que no le funciona: quizás, dice, habría que volver a filmar, embellecer la escena pintando de negro su pelo canoso.

Embellecer es el mecanismo con el que se construye The Act of Killing: se trata de volver sobre un hecho abyecto y cubrirlo a través del barniz de los géneros (no se trata de verse matar, sino de verse matar como en una película de cowboys). El acto fallido de Anwar se transforma en el centro moral de la película: el asesino descubre su abyección, y Oppenheimer capta a Anwar volviendo al lugar del crimen para asfixiarse y hacer ruidos guturales delante de la cámara, incapaz de verbalizar el horror. The Act of Killing narra el deseo del criminal de recrear compulsivamente el suceso traumático -incluso situándose, en una de las recreaciones, en el lugar de la víctima--. Este documental es inquietante, sobre todo en esos momentos en que la reconstrucción de los crímenes deja de ser performance y se convierte en real para los actores.

 

 (La Tercera, 16 de noviembre 2013)

[Publicado el 18/11/2013 a las 17:03]

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Espías en el continente

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La editorial Libros del Asteroide ha reeditado hace poco una de las escasas novelas latinoamericanas de espionaje que valen la pena: El complot mongol (1969), del escritor mexicano Rafael Bernal. La historia de los espías chinos que supuestamente planean en México un atentado contra el presidente de los Estados Unidos explota la idea del continente como pieza estratégica en la lucha geopolítica de la guerra fría (aquí hay espías del FBI y también del KGB). Filiberto García, el matón que intenta desenredar la intriga internacional, es el estandarte del viejo orden que se resiste a morir, alguien que en su recorrido por la ciudad critica al México que sueña con la modernización.

Aunque hay alguna que otra novela más de este subgénero digna de resaltar -por ejemplo, La cabeza de la hidra, de Carlos Fuentes--, lo cierto es que en América Latina nos ha ido mejor a la hora de inventar policías y detectives corruptos que cuando toca crear espías (los de afuera sí ven al continente como un espacio fértil para el espionaje, a juzgar por novelas como Nuestro hombre en La Habana, de Graham Greene, o El sastre de Panamá, de John le Carré). No es una buena excusa decir que la novela de espionaje necesita de servicios de inteligencia de alto nivel o superpoderes en conflicto; después de todo, se han hecho grandes cosas con el género negro a pesar de la fragilidad de la ley y de nuestras instituciones del orden.

            La corta historia de este subgénero en la literatura latinoamericana comienza, como tantas otras cosas, con Borges. En "El jardín de senderos que se bifurcan", relato ambientado en la primera guerra mundial, Yu Tsun, al servicio de Alemania, se enfrenta a Madden, un irlandés al servicio de Inglaterra. Su misión es compleja: enviar a Berlin el nombre de Albert, la ciudad que debe ser atacada porque allí se encuentra un peligroso parque de artillería británico. Yu Tsun resuelve el problema con ingenio: matando al célebre sinólogo Stephen Albert. Así, su nombre aparecerá en los periódicos y los alemanes podrán entender el mensaje cifrado. En Borges, el relato de espionaje se convierte en un capítulo más de la lucha constante, a lo largo de la historia, por esconder un mensaje o descifrarlo; puede haber sangre en la batalla (Albert, el inocente descifrador de laberintos en el tiempo, morirá), pero en el fondo se trata de un problema textual: para jugar a los espías, hay que saber leer.   

 

(La Tercera, 2 de noviembre 2013

[Publicado el 02/11/2013 a las 13:46]

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La ciencia pop de Malcolm Gladwell

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            Todos hemos leído algún libro de Malcolm Gladwell o conocemos a alguien que nos ha contado una anécdota o destilado una enseñanza de un libro de Gladwell. El autor canadiense-inglés, colaborador regular de The New Yorker, está en todas partes: es muy solicitado en el circuito de conferencias -sus charlas en TED son populares--, y sus libros llegan regularmente a las listas de los más vendidos. Hay parodias (ver, por ejemplo, "The Malcolm Gladwell Book Generator"), y ha surgido una industria de imitadores de su estilo de "ciencia pop" (un crítico de la revista Slate lo define como "autoayuda de un sabelotodo"). No importa que tenga detractores de peso como Steven Pinker; lo que cuenta es que Gladwell parece haber encontrado la combinación adecuada para narrar historias fascinantes mientras el lector siente que aprende una verdad de rigurosa comprobación científica que va a contrapelo de lo que creía que sabía.

            El nuevo libro, David y Goliat (Little, Brown and Company), insiste en la receta. Lo que Gladwell quiere demostrar esta vez es que, en la lucha entre débiles y poderosos, los débiles tienen ciertas ventajas que los poderosos no tienen, y que las desventajas pueden convertirse en una fuerza positiva, los defectos en virtudes. En la lucha entre David y Goliat, ¿por qué asumir que Goliat va a ganar? El Goliat de la leyenda era grande, pero eso lo hacía vulnerable si se enfrentaba a alguien tan pequeño y ágil como David, experto en el uso de la honda: según un experto en balística del ejército de Israel, una piedra lanzada a 35 metros de distancia por alguien hábil con la honda golpearía la frente de Goliat a una velocidad de 34 metros por segundo, "más que suficiente para penetrar su cráneo y desmayarlo o matarlo".

            Con esos datos seductores en el prólogo, un lenguaje accesible y una capacidad admirable para usar expertos y experimentos no muy conocidos y consolidar sus argumentos con gráficos y estadísticas, Gladwell no tardó en convencerme de que era mejor ser el débil en una confrontación. Pero hay más ejemplos: están las chiquillas rubias de un equipo de basquetbol en Silicon Valley, más pequeñas que sus oponentes y con un entrenador indio que nunca ha jugado ese deporte; aun así, casi llegan a ganar el título de su división gracias a que el entrenador las hace jugar presionando en toda la cancha (con ese estilo de juego, un equipo débil supuestamente podía neutralizar las ventajas de un equipo de buenos pasadores y encestadores).

            La primera parte del libro me la creí toda e incluso me conmoví: Gladwell es un genio, me dije (imaginé la película que haría Hollywood con las chiquillas rubias, con Sandra Bullock en el papel del entrenador indio). En la segunda parte, el paisaje se fue espesando y comencé a desconfiar. Gladwell argumenta que hay "dificultades deseables" que permiten que nos concentremos en desarrollar otras virtudes capaces de llevarnos a la cima. David Boies, uno de los abogados más célebres de los Estados Unidos, es disléxico. Debido a sus dificultades con la lectura, Boies se puso a leer en la universidad resúmenes de los casos importantes y a ejercitar su memoria. De ahí a convertirse en un gran abogado, capaz de condensar para los jurados los detalles más importantes de un caso mientras otros abogados de formación convencional se perdían en el fárrago de las notas al pie de página, sólo había un paso.    

            Gladwell escoge los ejemplos que le convienen para reforzar su argumento y no nos dice que David suele perder en sus enfrentamientos con Goliat, que los equipos malos en cualquier deporte las más de las veces son derrotados, que los disléxicos lo tienen harto más complicado que los que no los son. Uno puede convertir defectos en virtudes, pero eso no significa que haya "dificultades deseables". Disfrutemos de las anécdotas de Gladwell, aplaudamos su deseo de ir contra las verdades establecidas y celebremos la diversidad de sus intereses. Pero también desconfiemos de sus conclusiones.

 

(La Tercera, 19 de octubre 2013)  

 

 

[Publicado el 21/10/2013 a las 16:15]

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Fue Halloween y fue navidad

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En la portada del último número del New Yorker se puede ver el edificio del congreso de los Estados Unidos dibujado como si fuera una mansión embrujada. Hay en la puerta una telaraña, lápidas y un gato negro en el jardín; en la parte superior izquierda se ven cuatro figuras suspendidas en el aire, como saliendo del edificio: dos son de fantasmas, y en una se reconoce al speaker de la Cámara de Representantes, John Boehner, y en otra a Ted Cruz, líder de la oposición republicana al plan de salud del gobierno (conocido popularmente como Obamacare). El mensaje es claro: el cierre de la administración federal debido a presiones republicanas ha convertido al Congreso en un edificio abandonado en el que no se legisla. El color anaranjado de la luna nos recuerda que estamos cerca de Halloween, y podemos pensar que las últimas dos semanas los republicanos se han dado su propia fiesta de los muertos: han sido derrotados por completo, por más que algunos desubicados lo celebren como un triunfo principista.

El cierre de la administración fue real, aunque no completo. En la ciudad donde vivo, Ithaca, pude entrar a un parque nacional, aunque en la puerta no había nadie para cobrarme la entrada de siete dólares. Las oficinas de la seguridad social estuvieron cerradas, aunque no el correo. Más que detenerse el gobierno, lo que hizo fue demorarse: hubo personal que fue enviado a casa, mientras los servicios esenciales permanecieron abiertos. Y hubo alguna que otra protesta en las calles, sobre todo frente a las oficinas del único representante republicano que tiene este pueblo de mayoría demócrata. Se protestaba, claro, contra esa una fiesta anticipada de Halloween en el Congreso, con monstruos que asustan y todo.

Pero si hubo Halloween en el Congreso, la Casa Blanca ha tenido una anticipada y larga fiesta de navidad. Para Obama, el comportamiento intransigente de los republicanos del Tea Party ha sido, traduciendo un dicho del inglés, "el regalo que no se acaba". Antes de que los republicanos decidieran cerrar la administración federal, Obama se encontraba en un momento complicado de su presidencia, con un porcentaje de aprobación en el 41%. Pero los republicanos, apoyados por varios grupos conservadores para quienes el plan de salud es anatema, decidieron jugarse todas las cartas al cierre de la administración, sin siquiera tener una clara estrategia para salir del problema que estaban creando. Así, le dieron a Obama la oportunidad de ser el líder inflexible que le reclamaban sus aliados liberales, el hombre dispuesto a no hacer concesiones a las demandas de un grupo vociferante que, después de todo, es minoría en el Congreso (eso sí, una minoría capaz de paralizar el país). Gracias a los malos cálculos republicanos, hoy el partido demócrata se encuentra más unido que nunca.

Los republicanos del Tea Party defendían su propia lógica: la instauración de Obamacare como la nueva ley del país puede permitir que los demócratas capten votos entre los blancos pobres, votantes tradicionales del Tea Party (ese grupo es el más favorecido por Obamacare). Luchar contra el plan de salud no sólo significaba evitar la expansión del gobierno federal, sino también impedir una sangría de votantes entre sus partidarios. La forma impopular que tomó esta batalla de un grupo populista hizo que, al final, el pacto para reabrir la administración federal terminara sin ninguna concesión de parte de los demócratas. En su lucha por un presupuesto más favorable a su causa, los republicanos podían haber logrado más a través de una batalla legislativa que con el Congreso cerrado. Ni hablar de su imagen, golpeada en las encuestas, ni de su unidad de grupo: hay analistas que sugieren que a los republicanos les iría mejor si el ala del Tea Party se independiza y crea su propio partido.

El pacto para reabrir la administración federal es en realidad una forma de ganar tiempo. Después de año nuevo, los problemas volverán, y habrá que tomar decisiones impopulares en relación con el techo de la deuda y el presupuesto fiscal. Pero es dudoso que los republicanos vuelvan a cerrar el Congreso, al menos por un tiempo. Aunque lo cierto es que, tal como están las cosas, no hay que subestimar la capacidad de los líderes del Tea Party de seguir enamorados de su propia fiesta de los muertos, ni su habilidad para regalarle de tanto en tanto una navidad prolongada a Obama.

 

(revista Qué Pasa, 18 de octubre 2013)

 

 

[Publicado el 18/10/2013 a las 17:49]

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La celebración de Jesús Urzagasti

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Hace mucho tiempo escribí que De la ventana al parque me parecía una de las mejores novelas bolivianas contemporáneas. Algo asustado, decidí emprender su relectura. Pensé que quizás había vivido en el engaño y que debía nomás mencionar Tirinea o El país del silencio como mis novelas favoritas de Jesús Urzagasti (pero Tirinea me había dejado frío y El país del silencio también necesitaba una relectura). Pero no. De la ventana al parque se mantiene tan fresca como cuando se publicó (1992). Me dejé llevar por las frases encantatorias de Urzagasti, el ritmo interno de la prosa y los hallazgos del lenguaje, llenos de revocar la covacha y conchabarse y fajarse a tiros cuando uno está en sus cabales y demasiado colorinche en su rostro hermoso y el otro, en cambio, un chicato privado de dientes.

Lo que ofrece esta novela es una cosmovisión poética acerca de la continuidad entre la vida y la muerte y un ethos para entender un mundo en el que incluso las figuras malignas tienen un lugar que se respeta. De la ventana al parque no como un inquietante cuento de fantasmas a la manera de Pedro Páramo, sino como una visión celebratoria del más allá, un más allá sin melancolía. Mejor: una celebración de la vida, siempre y cuando uno sepa asumir su cercanía con la muerte. Los muertos -chaqueños y andinos, argentinos y bolivianos-- están contándose historias y pueden no haberse cruzado sus caminos en vida, pero para eso ahora nos usan a algunos de nosotros, para eso lo usan al narrador: somos intermediarios, cajas de resonancia en torno a la cual confluyen muchos de ellos. Nuestros muertos se sirven de nosotros para dialogar, para conocerse entre ellos. Y los poetas son seres privilegiados (Urzagasti es un ser privilegiado), porque a sus seres más queridos los hacen "saltar por la ventana rumbo al parque... porque ese aire del alba y esa vegetación jamás podrían dañar a los personajes que algún día se sintieron mágicos e inmortales".

De la ventana al parque está marcada por los apariciones del diablo: el tío Segundo se encuentra con él en el monte, "y como no sabía quién era", lo invita a pelear "de sopetón" (se irá asustado pero no abrirá la boca y al día siguiente encontrará a Dios gracias a una secta protestante); a Don Victorino, el diablo lo cura de su asma y le hace prometer "que sería bueno y servicial con sus semejantes"; Manuel Pantaleón se cruza con el "Maestro de la Noche" y aprende de él las artes menores (enamorar a las mujeres, ser divertido, saber tirar la taba, hacer brujerías); Santarra se asusta tanto que se escapa y se vuelve bizco. En cuanto a Cranach -una versión de Jaime Sáenz--, el narrador aprovecha para mostrar sus diferencias: mientras el diablo de Cranach es "serio y soñador... con mucha bruma y tinieblas y noches alborotadas", el diablo llanero de De la ventana al parque es más cercano, menos solemne, "muy lejos de la destrucción y la resurrección". El diablo como una presencia capaz incluso de hacer el bien, una suerte de otro Dios con el que uno puede entenderse mientras no haya miedo en el encuentro.

Urzagasti propone en De la ventana al parque una visión que reconcilia extremos. La última fisura la cubren la escritura y la lectura: en las páginas finales, el narrador se encierra en su habitación con sus amigos muertos. Y escribe. Escribe sobre ellos, sesenta páginas que quizás llegarán a llamarse De la ventana al parque. Terminada la escritura, él también abre las ventanas y salta a la calle y brinca hacia el "gran parque latinoamericano". Y somos nosotros, los lectores, quienes, en la comunión de la lectura, servimos como intermediarios para que hable a través de nosotros ese gran muerto vivo que es Jesús Urzagasti. 

 

(El Desacuerdo, 15 de octubre 2013)

 

[Publicado el 15/10/2013 a las 18:50]

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Biografía

Edmundo Paz Soldán (Cochabamba, Bolivia, 1967) es profesor de Literatura Latinoamericana en la Universidad de Cornell. Es autor de diez novelas, entre ellas Río Fugitivo (1998), La materia del deseo (2001), Palacio Quemado (2006), Los vivos y los muertos (2009) y Norte (2011); y de los libros de cuentos Las máscaras de la nada (1990), Desapariciones (1994), Amores imperfectos (1998) y Billie Ruth (2012). Ha coeditado los libros Se habla español (2000) y Bolaño salvaje (2008). Su libro más reciente es Iris (Alfaguara, 2014). Sus obras han sido traducidas a diez idiomas, y ha recibido numerosos premios, entre los que destaca el Juan Rulfo de cuento (1997) y el Nacional de Novela en Bolivia (2002). Ha recibido una beca de la fundación Guggenheim (2006). Colabora en diversos medios, entre ellos los periódicos El País y La Tercera, y las revistas Etiqueta Negra, Qué Pasa (Chile) y Vanity Fair (España). 

Bibliografía

Iris (2014). Alfaguara

 

Portada 'Los vivos y los muertos' 

Norte (2011). Mondadori

 

 

Billie Ruth (2012). Páginas de Espuma

 

 

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