Siete días de pompa y circunstancia

Mario Vargas Llosa y su esposa Patricia
[Publicado el 11/12/2010 a las 03:32]
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Anne y Philip Dick (fuente: www.selfpublishingreview.com)
[Publicado el 06/12/2010 a las 09:01]
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Para (re)descubrir a Ann Beattie

[Publicado el 22/11/2010 a las 15:57]
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Hace unas semanas, de visita en Nueva York, me quedé en el hotel Carlton Arms. Este hotel, que alguna vez fue el favorito de los travestis que trabajaban en el vecindario, se ha ido convirtiendo en un museo de arte urbano: todos los pasillos y habitaciones están pintados por grafiteros célebres como Banksy, BilliKid y CERN. No tuve la suerte de que me tocara la habitación pintada por Banksy, pero sí pude apreciar de cerca el corredor en el que el artista de Bristol había desplegado toda su creatividad. Me deslumbraron unos personajes que parecían sacados de un dibujo animado psicodélico: cowboys con lenguas largas, mujeres verdes con tres senos, reyes prisioneros y buitres de cuellos retorcidos.
Mi curiosidad por el Carlton Arms había sido despertada por Exit Through the Giftshop, el "documental" de Banksy que acababa de ver en la cinemateca de Cornell. Quería saber más del "street art" (Liliana, mi pareja, había visto dos veces el documental y fue la primera en derrumbar mi escepticismo). Me conmovió la historia de Thierry Ghetta, el francés que, fascinado con el arte urbano, se pone a documentarlo todo a través de su cámara filmadora. Gracias a su primo, el grafitero Space Invader, Ghetta conoce a Banksy, quien le sugiere que él mismo se convierta en artista. En el documental, asistimos a esa transformación: el ingenuo Ghetta termina de gran "street artist", elogiado por los poderosos de la crítica y de Hollywood.
Aunque Banksy defiende en las entrevistas la autenticidad del documental, está claro que Exit Through the Giftshop es un "mock-umental". Banksy nos cuenta por un lado la historia del arte urbano y por otro comenta con acidez acerca de la forma arbitraria en que los popes de la crítica dictaminan qué es arte y qué no. Nos reímos de Ghetta, pero es una risa incómoda: Banksy, aquí, está confesando que el artista callejero es también parte del mercado, del sistema que él mismo critica. Banksy ha dicho en una entrevista que "el street-art no es como otros movimientos artísticos, no recibe subvenciones ni está patrocinado por los ricos. Por eso sería una vergüenza que acabara como cualquier otro arte: atrapado en las vitrinas de un museo o en las paredes de las casas de los que nunca tendrán problemas de dinero". Sin embargo, eso es lo que está ocurriendo y lo que también sugiere el "documental".
Banksy es el grafitero politizado que ha intervenido en Disneylandia y Gaza y Cisjordania, pero no hay que idealizarlo: él es también un hombre muy rico gracias a los coleccionistas de sus obras. Algunos se escandalizaron ante su reciente "intervención" de un programa tan venerable como Los Simpsons, pero que este programa se haya mantenido relevante gracias a su crítica burlona y despiadada del sistema no significa que esté fuera de éste (precisamente de eso trata la intervención de Banksy). Bansky trabaja después de Duchamp y Warhol y en el fondo sabe que cualquier tipo de movimiento subversivo artístico será cooptado por el mercado. El desafío consiste en mantener la legitimidad para criticar el sistema al mismo tiempo que se acepta que no hay nada fuera del sistema.
(Revista Qué Pasa, 19 de noviembre 2010)
[Publicado el 19/11/2010 a las 17:49]
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La utopía arcaica del Tea Party

[Publicado el 09/11/2010 a las 16:16]
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[Publicado el 26/10/2010 a las 17:42]
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Las dos ciudades (un cuento de Las máscaras de la nada)

[Publicado el 22/10/2010 a las 19:06]
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El huracán Katrina desde una canoa

[Publicado el 16/10/2010 a las 07:31]
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Si tuviera que mencionar los libros que me empujaron a ser escritor, diría que fueron tres: Ficciones, La metamorfosis y La ciudad y los perros. Tenía catorce años, estaba en primero medio del colegio Don Bosco de Cochabamba y tuve la suerte de que mi profesor de literatura, Néstor Ávila, nos hiciera leer libros clásicos de verdad y no los resúmenes que circulaban en la mayoría de los colegios.
Vargas Llosa fue la narración de un mundo social que se parecía mucho al mío, con adolescentes similares a los que conocía en mi colegio y en el barrio de la Recoleta -siempre había un Jaguar y un Esclavo y un Poeta en todos los grupos--, y con un lenguaje que sonaba como el que yo hablaba todos los días: en sus páginas, la chompa era chompa y no suéter o jersey. En el programa de don Néstor también estaban los cuentos de Los jefes. "Desafío" y "Día domingo", con sus rituales de aprendizaje a una masculinidad muy limitada -con una visión de la mujer como un trofeo por el que los jóvenes deben pelearse--, no han envejecido bien, pero a principios de los ochenta, para un chiquillo de catorce, sonaban como la verdad.
Poco después, fuera de programa, don Néstor me prestó La casa verde. Para el cumpleaños de mi padre, le compré La guerra del fin del mundo, que acababa de salir, porque yo también quería leerla. Había resuelto leer todo Vargas Llosa porque era el escritor que sentía más cercano de todos los que admiraba. Por eso no fue difícil que su espíritu rondara a la hora de asumir mi vocación. Una de mis novelas, Río Fugitivo, asume esa influencia explícitamente; a la hora de contar una historia de adolescentes rebeldes en un colegio católico de Cochabamba, era obvio que el modelo debía ser La ciudad y los perros.
Son muchos los vargasllosianos de mi generación. El peruano Jorge Benavides es el que más lejos ha llevado la exploración temática y formal de la obra de su compatriota. Benavides tiene novelas excelentes como Los años inútiles y Un millón de soles, en cuya estructura narrativa se percibe la influencia de Conversación en la Catedral. El crítico Robert Ruz ha estudiado las técnicas vargasllosianas que aparecen en la obra de Benavides; las más significativas son el diálogo "telescópico" y el "montaje del tiempo, de los hechos y el diálogo (creando a menudo la ilusión de simultaneidad)".
Otros escritores y críticos que han seguido sendas abiertas por Vargas Llosa son Alberto Fuguet, que ha escrito Tinta roja también bajo el influjo de Conversación en la Catedral (Zavalita, el periodista joven con una relación conflictiva con su padre, el de la pregunta acerca de cuándo se jodió el Perú, es el personaje de Vargas Llosa del que más se han apropiado otros escritores); Iván Thays y Gustavo Faverón, que han reconocido sus deudas y su admiración más de una vez. En la siguiente generación son menos, pero también existen. Uno de los más apasionados defensores de su obra es el boliviano Wilmer Urrelo, que ha dicho, rememorando los días de su adolescencia protodelincuencial hasta el descubrimiento de La ciudad y los perros: "Vargas Llosa me salvó la vida". La obra Fantasmas asesinos, ganadora del premio Nacional de Novela 2006, tiene deudas asumidas con La ciudad y los perros, Conversación en la Catedral y Pantaleón y las visitadoras.
De una manera u otra, todos los lectores y escritores de las nuevas generaciones tenemos una deuda con Vargas Llosa. Todos recordamos ese momento epifánico en que lo leímos por primera vez. Por eso, porque gracias a él no volvimos a ser los mismos, celebramos su triunfo como el nuestro.
(La Tercera, 11 de octubre 2010)
[Publicado el 11/10/2010 a las 19:46]
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Hace algunos años se hizo una encuesta para elegir la mejor novela peruana del siglo XX. Cuando leí la noticia, me sorprendió descubrir que no había ganado Mario Vargas Llosa. Luego entendí la razón: seis de sus novelas estaban entre las diez finalistas. El jurado había dividido sus votos. La obra de este escritor es tan vasta, tan ambiciosa, tan diversa, que es imposible quedarse con un solo libro. Están, entre otros, La ciudad y los perros, con sus adolescentes intensos y el microcosmos asfixiante de un colegio militar que sirve para dar cuenta de las estructuras opresivas de toda una sociedad; La casa verde, que se atreve, exuberante, a soñar la novela total, a urdir un mundo y una geografía complejos en los que entran monjas y aventureros; Conversación en la Catedral, con su monumental estructura narrativa, una radiografía completa de cómo el poder es capaz de corromper todos los sectores de una sociedad; la apocalíptica La guerra del fin del mundo, que demuestra que, a veces, los sueños de la razón de Estado y los del fanatismo religioso pueden terminar mordiéndose la cola; La entrañable La tía Julia y el escribidor, que recupera al melodrama para la gran literatura; La fiesta del Chivo, un thriller político y también una de las mejores "novelas del dictador" que se han escrito. Están los ensayos, las novelas cortas, el teatro, los cuentos, sus memorias...
En los años noventa, los escritores que nos iniciábamos en América Latina encontramos un modelo en la literatura de Vargas Llosa. De todos los escritores del Boom, nos parecía que era el más completo y que su influencia podía disimularse mejor que la de García Márquez. Su realismo bebía de las fuentes decimonónicas (Flaubert, Victor Hugo) pero se abría a las grandes innovaciones formales del siglo XX (Joyce, Faulkner) y permitía escribir novelas de corte social sin que uno se sintiera obsoleto o panfletario. Al mismo tiempo, en esa década, la gran mayoría rechazó una faceta vargasllosiana, la del intelectual público que interviene constantemente en los grandes debates de su tiempo; atraía más el estilo del escritor norteamericano, que se dedicaba en privado a su obra y casi no intervenía en la esfera pública. También hubo un distanciamiento con respecto a sus posturas cada vez más liberales.
La década pasada le perteneció al huracán Bolaño. Apareció una nueva generación latinoamericana que rechaza la idea de la "novela total" y defiende, por un lado, estéticas minimalistas, y por otro está embarcada en proyectos menos deudores del tronco principal del realismo. Así, daba la impresión de que Vargas Llosa comenzaba a correr la misma suerte que García Márquez hace quince años: la de un escritor muy leído y admirado, pero que ya había dejado de hacer escuela. Sin embargo, mi intuición es que los fervorosos bolañianos de hoy son también, aunque a veces no lo sepan, vargasllosianos (2666 cumple todos los requisitos novelescos del escritor hispano-peruano). Y que la influencia también existe cuando uno es un antimodelo: así como García Márquez mostraba estar muy presente cada vez que un escritor joven atacaba todo lo que significaba Macondo, hoy Vargas Llosa está muy presente en cada escritor joven que rechaza la idea de la "novela total". Con el premio Nobel que se le acaba de conceder, estará aun más presente.
(Letras Libres, 7 de octubre 2010)
[Publicado el 08/10/2010 a las 01:00]
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Edmundo Paz Soldán (Cochabamba, Bolivia, 1967) es profesor de Literatura Latinoamericana en la Universidad de Cornell. Es autor de nueve novelas, entre ellas Río Fugitivo (1998), La materia del deseo (2001), Palacio Quemado (2006) y Los vivos y los muertos (2009); y de los libros de cuentos Las máscaras de la nada (1990), Desapariciones (1994) y Amores imperfectos (1998). Ha coeditado los libros Se habla español (2000) y Bolaño salvaje (2008). Su libro más reciente es Norte (Mondadori, 2011). Sus obras han sido traducidas a ocho idiomas, y ha recibido numerosos premios, entre los que destaca el Juan Rulfo de cuento (1997) y el Nacional de Novela en Bolivia (2002). Ha recibido una beca de la fundación Guggenheim (2006). Colabora en diversos medios, entre ellos los periódicos El País y La Tercera, y las revistas Etiqueta Negra, Qué Pasa (Chile) y Vanity Fair (España).

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