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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

jueves, 24 de abril de 2014

 Río Fugitivo / Blog de Edmundo Paz Soldán

Alberto Chimal el explorador

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           El escritor mexicano Alberto Chimal (Toluca, 1970) contiene multitudes. Es suficiente que respire para que aparezca un nuevo cuento suyo. Su cuenta en Twitter destella ocurrencias, y ya son clásicas las formas en que saluda o se despide: "Buenos, días, como ensaya el fantasma una y otra vez. (Un día conseguirá mover ese cuerpo como lo movía su antiguo propietario)". En el blog "Las historias" recopila algunas de sus ficciones, y Horacio Kustos, su gran creación -"el viajero en el tiempo"- tiene su propio Tumblr.

Chimal propone un nuevo modelo de ser escritor hoy, cómodamente instalado en las redes sociales y en Internet, sin por ello alivianar un ápice de su ambicioso proyecto literario. Para los lectores algo cansados con el modo realista en el que se desenvuelve buena parte de la literatura latinoamericana contemporánea, Chimal es un escritor imprescindible. Su segunda novela, La torre y el jardín (Océano, 2012), es un prodigio de la imaginación, una fascinante experiencia de lectura que, si hay justicia, debería convertirse en uno de los primeros clásicos de la literatura latinoamericana de este siglo.   

            Chimal fusiona con naturalidad el género fantástico con la ciencia ficción. La torre y el jardín es la historia de El Brincadero, un burdel peculiar, extravagante: desde afuera, es un simple edificio; desde adentro, los pisos son infinitos. Al construir su historia en torno a un edificio que es más grande visto desde adentro que desde afuera, el escritor mexicano juega con paradojas del tiempo y el espacio propias de la ciencia ficción. En el Brincadero existe un bestiario muy propio de la literatura fantástica: cada piso está destinado a un animal o insecto --hay ornitorrincos, pelícanos, piojos-- y a la satisfacción de deseos con éste:. "Las fantasías, por igual las de horror que las de belleza, son tercas y voluntariosas si las obligan a cumplirse", dice el narrador, pero a los clientes no les importa: lo que quieren es dar rienda suelta a la imaginación y conectar el sexo con juegos de poder, sadismo y masoquismo (no hay nada normal en el sexo, parece decir Chimal; el sexo es perversión)   

            La torre y el jardín está anclada en dos personajes conmovedores. Uno de ellos es Molinar, el hombre que busca resolver en El Brincadero un siniestro trauma de su infancia; el otro es Horacio Kustos, alguien que puede convertirse en emblema de la renovación de la literatura latinoamericana de este siglo y que, vestido con un traje de astronauta, se encuentra en el edificio tratando de descubrir las razones más profundas para su construcción. Kustos, que ha aparecido en otros cuentos y novelas de Chimal, es el viajero que se desplaza constantemente a través del tiempo y el espacio, con la misión de testimoniar "la riqueza invisible del mundo: las numerosas maravillas que alberga todavía y que la humanidad ya no es capaz de ver, por creer que todo ha sido ya descubierto, todos los sitios cartografiados y todos los paisajes vistos y representados mil veces". La obra de Chimal está a la altura de la misión encomendada a Kustos: es un incesante muestrario de esa riqueza oculta, presentada aquí con tanto desparpajo que hace parecer fácil aquello que es muy difícil de lograr.

            La torre y el jardín se mueve con soltura hacia atrás y hacia adelante, y en el trayecto nos enteramos de la historia de la torre y de quienes la construyeron, y de su siniestra finalidad. También hay descansos a lo largo del camino, en los que aparecen cuentos que pueden leerse de manera autónoma, digresiones que son también parte esencial de la trama. Como el edificio, la novela de Chimal consta de pisos luminosos, recovecos oscuros, bifurcaciones inesperadas. Los exploradores avanzan por la torre rumbo a su oscuro corazón (el jardín), para toparse con una revelación a la altura del misterio.       

(La Tercera, 31 de diciembre 2012)

[Publicado el 31/12/2012 a las 17:31]

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Alucinaciones

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La vez que probé ayahuasca (para ser precisos, una versión más pura llamada daime) me encontraba en una cabaña en el amazonas boliviano, en la frontera con Brasil. A los cuarenta minutos de haber ingerido el brebaje, me sentí mareado y salí de la cabaña. Vi los árboles que me rodeaban y escuché el ruido de los animales como si se tratara de la primera vez; todo había adquirido intensidad. Me puse a caminar en torno a la cabaña y de pronto descubrí entre los árboles, en medio de la selva, un palacio. Me acerqué a la puerta de entrada -a la que yo creía que era la puerta de entrada--, me asomé a una amplia sala vacía. Sentí que ese palacio pertenecía a seres que no eran de este mundo y que me esperaban; tuve miedo y retrocedí. Me armé de valor: el palacio no debía vencerme. Volví a acercarme y logré dar dos pasos dentro de la sala antes de salir corriendo.

Esa noche mi experiencia con el daime duró alrededor de seis horas y vi muchas cosas más (panteras de ojos fosforecentes, rostros de mujeres de arena). Todo lo que vi cuestionó profundamente las seguridades cartesianas que yo tenía acerca del funcionamiento del universo. No sé si me he recuperado del todo; al menos ahora, después de leer Hallucinations, el nuevo y magistral libro del neurólogo Oliver Sacks, me siento menos solo.

Sacks recuerda la definición que da William James de la alucinación: "una forma de la conciencia estrictamente relacionada con las sensaciones, una sensación tan verdadera y correcta como si hubiera un objeto real enfrente. Lo único diferente es que el objeto no está ahí; eso es todo". Luego procede a hacer un listado exhaustivo de diferentes clases de alucinaciones: desde las relacionadas con las migrañas, la fiebre y el Parkinson, hasta las que tienen como punto de partida las drogas alucinógenas y las plantas psicotrópicas, pasando por las que sufren los prisioneros en confinamiento solitario, los marinos en alta mar, los epilépticos y quienes van perdiendo la vista. Las alucinaciones no son solo visuales: las hay auditivas ("escuchar voces" es uno de las formas más conocidas de la locura), olfatorias y del sentido del gusto.

Sacks no se resiste a contar una anécdota más incluso cuando ya ha probado su argumento. Una galería de personajes fascinantes aparece en sus páginas: el naturalista Linneo, que tendía a ver a su doble en todas partes y que una vez abrió la puerta de su habitación y la cerró rápidamente, diciendo "¡Oh! Ya estoy ahí"; Alfred Russel Wallace, que en una alucinación provocada por la malaria tuvo la idea de la selección natural; Zelda, una historiadora con el síndrome de Charles Bonnet -alucinaciones que ocurren cuando una persona se está volviendo ciega--, que vio réplicas diminutas de las figuras de un programa de televisión salirse de la pantalla. Sacks es también un personaje de su propia historia y relata sus experiencias lisérgicas con LSD y anfetaminas, que lo llevaron a preparar, un domingo por la mañana, un desayuno para Jim y Kathy, dos amigos que lo visitaban, solo para descubrir que esos dos amigos nunca habían estado ahí.

Sacks conecta todos los casos con el complejo funcionamiento del cerebro; por dar un par de ejemplos, algunas alucinaciones de orden místico están conectadas con la epilepsia del lóbulo temporal, y si aparecen caras grotescas, éstas suelen estar relacionadas con una actividad fuera de lo normal en el surco superior temporal. Pese a los avances científicos, Sacks reconoce que las alucinaciones siguen siendo un gran misterio. De ese misterio deriva su gran importancia cultural: ellas tienen mucho que ver con "nuestro arte, folklore, incluso religión". Ciertas alucinaciones pueden haber influido en la idea que tenemos hoy de los monstruos y los fantasmas; las visiones de figuras liliputienses asociadas con la migraña pueden tener relación con la aparición de elfos, gnomos y hadas en el folklore; y, por supuesto, la sensación "primal" de la presencia alucinatoria de un "Otro" cerca nuestro, puede haber influido en la creación de nuestra idea de Dios.  

 (La Tercera, 17 de diciembre 2012)

[Publicado el 17/12/2012 a las 18:41]

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Literatura brasileña: hay vida después de Clarice

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La literatura latinoamericana tiene varias asignaturas pendientes; sin duda, una de las más importantes es incorporar de una vez por todas a Brasil al diálogo fluido entre autores, críticos, editores y lectores del continente. Ya no basta decir que se conoce la obra de Clarice Lispector, João Guimaraes Rosa o Rubem Fonseca; hay otros autores con libros traducidos -pienso en João Gilberto Noll, Luiz Ruffato, Chico Buarque, Daniel Galera, João Paulo Cuenca--, pero estos son vistos más como raras excepciones en la traducción que como parte de un mapa visible y necesario.

Hay señales de que este desconocimiento de la literatura brasileña está cambiando. Las editoriales argentinas independientes, sobre todo Adriana Hidalgo -a la que hay que agradecerle que reeditara Gran Sertón: Veredas en una nueva traducción--, han marcado la pauta. El contingente brasileño en la feria de Guadalajara este año ha sido notable. El gobierno de Dilma Rouseloff ha decidido darle un apoyo fundamental a la internacionalización de su literatura, creando un programa de subvenciones para traducir a sus autores (ocho millones de dólares al año, hasta el 2020). Y la revista Granta, siempre muy atenta al zeitgeist, acaba de publicar un número dedicado a "los mejores novelistas brasileños jóvenes", que contribuirá a consolidar el creciente interés en una narrativa vital y diversa.

Como todas las antologías, la de Granta tiene sus limitaciones. Está animada por un espíritu muy tradicional de lo que se entiende por alta literatura, por lo que los géneros populares no tienen cabida (no hay nada de horror, de ciencia ficción o policial), y tiene una contradicción en la base de su propuesta: pide juzgar a novelistas a través de cuentos y fragmentos de novelas. Una vez aceptadas las reglas del juego, sin embargo, hay que admirar el ambicioso y panorámico esfuerzo de rastrear propuestas de todo el país y dar a conocer voces nuevas, sugerentes, que expanden las fronteras de lo que entendemos por literatura brasileña.

De los veinte autores de Granta, sobresalen en mi lectura, por su trabajo con la forma y el lenguaje: Michel Laub ("Animais" es un modelo de cómo no contar el detalle más importante del relato y extraer de esta decisión una energía contagiosa); Emilio Fraia ("Temporada": una inquietante maravilla de indirección); Antonio Xerxenesky ("Amanha, quando acordar": una parábola con un guiño a Marías y un barniz de Calvino y Las mil y una noches, sobre la lectura como una actividad capaz de aplazar el desastre que espera en el mundo real); Carol Bensimon ("Faiscas" juega con la idea de que es más fascinante toda la energía que uno le dedica a planear un viaje que el viaje en sí, "un fracaso irresistible"); Joao Paulo Cuenca ("Antes da queda" es una sátira despiadada al triunfalismo del nuevo Brasil, en el que los habitantes de Rio de Janeiro han sido corrompidos por las Olimpiadas, el mundial de fútbol, el deseo de "emular un cosmopolitismo a través de una cirugía plástica urbana que nunca llegó a ser pero fue muy representada en gráficos coloridos en los periódicos").

       Algunos textos, más que buenos o malos, son simplemente tibios. Están muy bien escritos pero se quedan en la evocación sensible de una situación o una época (Antonio Prata, Luisa Geisler). Hay otros que se acuerdan de la violencia de las dictaduras conosuristas en los setenta (Julián Fuks, Miguel Del Castillo) pero carecen de matices a la hora de registrar el impacto de esa violencia. Están los que intentan juegos con la forma (la farsa, en Lisias; el tono casi ensayístico, en Salem Levy) pero no terminan de convencer.

Algunos de los autores de Granta pertenecen a la diáspora producida en los setenta por las dictaduras: Fuks (padres argentinos), del Castillo (padre uruguayo), Arancibia Contreras (padres chilenos) y Carola Saavedra (nacida en Chile). En esos autores los vínculos entre la experiencia histórica brasileña y la del resto de Sud América son explícitos. Aunque eso de ser de un país-continente que muchas veces parece bastarse consigo mismo ha contribuido a aislarla, la literatura brasileña está hoy dispuesta a reclamar su lugar preponderante entre las literaturas del continente. Por suerte, el diálogo parece ser de ida y vuelta.

 

(La Tercera, 2 de diciembre 2012)

 

[Publicado el 03/12/2012 a las 18:22]

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La vida junto al rey de la cocaína

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Hacia fines de 1979, en un viaje de negocios a La Paz, Roberto Suárez se reunió de manera privada con el coronel Alberto Natusch Busch. Después de ese encuentro, Natusch Busch invitó a Suárez y a su esposa, Ayda Levy, a una cena en el Círculo de Oficiales del Ejercito. En la cena, la joven Ayda resplandecía de orgullo al ver a su marido destacar entre la concurrencia. Estaba sentada al lado de un alemán llamado Klaus Altmann, que aplaudió la decisión que había tomado ella de no ir a estudiar a Hamburgo para poder casarse con Roberto. Poco después, en Cochabamba, Roberto invitó a cenar a Altmann y a su esposa Regina, y le pidió a Ayda que preparara algunas de las recetas de su madre. Esa noche hablaron de la inseguridad ciudadana, del débil gobierno de Guevara Arze, y Altmann dijo, convencido: "ustedes los bolivianos no están preparados para vivir en democracia, necesitan un gobierno de mano dura, como los que gobiernan los países vecinos". Ayda no recuerda mucho más de la cena, excepto la "mueca despectiva" de la esposa de Altmann cuando Ayda contó la historia de su padre Shalom Levy, un judío nacido en Haifa que en 1913 emigró a Sudamérica para escapar de "la tradición y obligatoriedad de contraer matrimonio con una parienta suya".

La anécdota del encuentro con el "carnicero de Lyon" es una de las tantas historias impactantes que se encuentra en El rey de la cocaína: Mi vida con Roberto Suárez Gómez y el nacimiento del primer narcoestado (Mondadori-Debate, 2012), el testimonio de Ayda Levy sobre sus años con el legendario narcotraficante. Ayda Levy mezcla registros y pasa del relato ingenuo, casi informal, de cómo vio en primera fila el desfile por su casa de prominentes hombres metidos en el negocio -entre ellos Pablo Escobar--, y el nexo devastador entre narcotráfico y Estado, a un análisis geopólitico cuando menos problemático de las complejas fichas que se mueven en el escenario mundial de la droga. Cuando se concentra en las cosas que ha visto personalmente, Ayda Levy dota a su libro de un fuerza notable, incluso sorprendente para un país en el que las cosas no suelen decirse por su nombre (en El rey de la cocaína hay muchos nombres). Una vez que pase el aura sensacionalista que un libro como este trae consigo, son esas páginas las que quedarán. Incluso con sus partes débiles, El rey de la cocaina es de lectura imprescindible para conocer cómo se vivió desde adentro una de las épocas más oscuras en la historia contemporánea del país.

Hay muchas formas de entramar una historia personal. La de Ayda Levy es, sin paliativos, una tragedia. Ayda se enamora "con locura" del apuesto Roberto, hijo de un socio de su padre, descendiente directo del hermano del mítico Nicolás Suárez Callau, uno de los grandes empresarios de la goma. Pese a la oposición de su padre, que no se equivoca al ver a Roberto como un "mujeriego empedernido", Ayda le da el sí a Roberto en abril de 1958, a sus 23 años. Las décadas de los sesenta y setenta serán de franca expansión comercial en el negocio ganadero y convertirán a Suárez en un poderoso empresario; nacerán los hijos -Roby, Heidi, Gary, Harold- y habrá una relativa armonía conyugal, aunque, con la perspectiva cambiada por lo que ocurrirá a partir de fines de los setenta, cuando Suárez toma la decisión de meterse en el negocio del narcotráfico, incluso los momentos de mayor felicidad serán coloreados por el dolor: de su primer día de noviazgo en playa Mansa (Punta del Este), Ayda recuerda haber probado agua salada, que se confunde en el recuerdo con "la amargura" de sus lágrimas, "una premonición de lo que me deparaba el destino al lado del amor de mi vida".

 Para los que todavía tenían dudas sobre la alianza narcotráfico-Estado a principios de los ochenta, el testimonio de Ayda Levy las disipa: Klaus Barbie fue el vínculo para que Suárez decidiera financiar con cinco millones de dólares el golpe de Luis García Meza. En principio, Ayda entiende que la causa es patriótica: se trata de frenar el avance del comunismo en Bolivia. No tarda, sin embargo, en darse cuenta de los extraños negocios de su marido. Cuando lo cuestiona acerca de las numerosas aeronaves -algunas de ellas militares-- que aterrizan en una propiedad en Rurrenabaque, Suárez habla de un supuesto proyecto agropecuario en sociedad con el gobierno. Hacia enero de 1981, el narcotraficante colombiano Pablo Escobar aparece en la fiesta de cumpleaños de Suárez y es un nuevo socio; para entonces, Ayda desconfía de su marido y el matrimonio está en crisis. Cualquier cuestionamento se responde de manera mesiánica: el dinero recaudado es para "sacar al país de la pobreza". La separación (no el divorcio) llega pronto, y comienzan los años de inestabilidad familiar, de arrestos y allanamientos que terminan con el asesinato de Roby, el hijo mayor y el favorito, en 1990. Suárez puede decir más de una vez que "el fin justifica los medios", pero el libro de Ayda Levy tiene como moral didáctica precisamente lo contrario.  

Suárez es retratado como un hombre generoso, capaz de enviar un cheque de cincuenta mil dólares a un neoyorquino que, ante el incendio de su casa, le pide ayuda por correo; su leyenda de "Robin Hood" queda confirmada por la forma en que distribuye su dinero entre comunidades necesitadas en el país y prácticamente cualquiera que toca a su puerta, aunque, a diferencia del verdadero Robin Hood, a Suárez le queda suficiente como para una vida de lujos y excesos (hay propiedades por todas partes, y para las fiestas privadas es capaz de traer a su hacienda al cantante español Manolo Otero y al encargado de postres del famoso chef francés Paul Bocuse). Para el puesto en el que está, Suárez aborrece de la violencia -la celebración de la muerte de uno de sus rivales por parte de Escobar lo llevará a distanciarse de su socio colombiano--, y sus objetivos no parecen ser solo de acumulación económica, aunque tampoco queda claro del todo por qué un próspero empresario se metió a este negocio.

La debilidad de Suárez fue la fama. Como dijo la revista The Economist y recuerda el libro de Ayda Levy, "para gozar de inmunidad, los narcotraficantes deben ser discretos. A Roberto Suárez Gómez le gustaba presumir lo suyo". A Suárez le importaba no solo el poder sino que se supiera que lo tenía; hay curiosas puestas en abismo en El rey de la cocaina, como cuando se estrena la película Scarface, en la que hay un personaje basado en Suárez, y este ve la película junto a Escobar en un sala de cine privada en una casa de Suárez en El Poblado (Medellín) y la festeja. Esos años muchos festejan: Suárez se convierte en la figura dominante del narcotráfico en Bolivia, y "lo extraño de todo esto es que nadie lo reprochaba ni criticaba. Al contario, la admiración, el cariño y el respeto que la gente sentía por él crecían con desmesura y hasta nuestros familiares y amigos lo aplaudían". Seguro que hubo gente con dudas, pero, ¿quién es capaz de ejercer de voz de la conciencia ante la presencia intimidatoria del Rey de la Cocaína? Lo mejor, entonces, parece ser cómo sacar tajada de su cercanía.

La parte más débil del libro tiene que ver con las conexiones de Suárez con la CIA y el gobierno cubano a partir de1982. Según El Rey de la Cocaína, en octubre de ese año el teniente coronel Oliver North habría contactado a Roby Suárez para ofrecerle la protección de la CIA. En una reunión con Roberto, North habría mostrado el interés de la CIA "para comercializar en el floreciente mercado americano americano quinientas toneladas de clohidrato de cocaína, que ellos transportarían e introducirían dentro de su territorio en sus propios aviones"; las ganancias serían distribuidas para que la CIA pudiera seguir financiando de manera ilegal a los Contras. Además de ese encuentro, Ayda Levy relata una visita de Suárez y Escobar a Fidel Castro en La Habana, en enero de 1983, con el objetivo de conseguir ingresar a las aguas territoriales y espacio aéreo cubano para hacer más eficiente el ingreso de la droga a los Estados Unidos; a cambio, La Habana obtendría un millón de dólares diarios.

El libro de Levy muestra cómo el dinero del narcotráfico logró corromper todos los estamentos de la policía, las fuerzas armadas y la política nacionales. También muestra cómo muchos agentes de la DEA y de la CIA cayeron en la tentación y terminaron recibiendo jugosas comisiones por participar del tráfico o, simplemente, mirar a otra parte. Está comprobado que muchos de quienes montaron la operación Irán-contra se ensuciaron con dinero del narcotráfico; sin embargo, de ahí a asegurar que la misma CIA haya estado involucrada oficialmente, hay un buen trecho (no se trata de defender la inocencia de una institución conocida por involucrarse en muchos líos ilegales; se trata, simplemente, de que, pese a muchas investigaciones, no hay pruebas concretas de esta específica participación de la CIA en el narcotráfico). Lo mismo con el tema Castro: es cierto que muchos militares cubanos, encabezados por el general Arnaldo Ochoa, recibieron pagos del cártel de Medellín por mover la droga a través de territorio cubano (Ochoa y otros tres militares terminaron siendo ejecutados); es más complicado decir que el mismo Fidel Castro estaba involucrado en la operación. Es posible, pero, como Ayda Levi no ha sido testigo del encuentro con Castro y para contarlo se basa en el testimonio de su marido, se puede dudar del relato. Lo único que queda claro de todo esto es que, pese a sus supuestas convicciones ideológicas y a su sensibilidad social, en esta situación Suárez le terminó haciendo más caso al poder y al dinero. Tener alianzas al mismo tiempo con la CIA y con Cuba no muestra mucha consistencia ideológica.

Pese a todos esos reparos que se le pueden hacer al libro, Ayda Levy ha escrito un valioso testimonio de sus años junto al Roberto Suárez. Con un cuidadoso trabajo editorial, el relato de Ayda Levy viene acompañado por numerosos artículos periodísticos de la época ( de medios internacionales como El País, Time o The Guardian), que ayudan a contextualizar la historia. La ironía de todo esto es que todavía no hay fecha del lanzamiento del libro en Bolivia, el país más interesado en leerlo. Puede que uno de los libros bolivianos más importantes del año termine sin distribuirse en el país este año.

 

(El Deber, 25 de noviembre 2012)

[Publicado el 26/11/2012 a las 15:50]

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Los nuestros

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Una de las mejores sorpresas editoriales de este fin de año ha sido la reedición de Los nuestros (Alfaguara), ese mítico libro de Luis Harss que llevaba mucho tiempo desaparecido. Yo lo leí en Buenos Aires, en mis tiempos de estudiante, tomando notas como si fuera una suerte de oráculo. Me habían dicho que era un libro de entrevistas de los escritores del Boom, pero era mucho más que eso. Entré a escuchar a García Márquez y Onetti y Cortázar, y descubrí sorprendido que la voz más fascinante era la del propio Harss, que les cedía el micrófono a sus entrevistados para luego servirse de ellos y escribir su propio libro total. Los nuestros es arbitrario --¿dónde están Cabrera Infante y Donoso?- y desproporcionado --¿por qué seis páginas del prólogo dedicadas a Adán Buenoayres?--; es también imprescindible.

Dice un amigo cubano que lo mejor del libro de Harss es que fue "oportuno". Apareció en 1966, cuando ya el Boom había hecho eclosión y había hambre de saber de esos inagotables e inventivos autores latinoamericanos que escribían grandes novelas como si fuera la cosa más normal del mundo; no fue casual que Los nuestros fuera rápidamente traducido al inglés y otros idiomas. Lo que no dice mi amigo es que, en materia periodística, no siempre es fácil ser oportuno. Los nuestros tomó dos años de entrevistas y mucho más de lecturas; es admirable el caudal de conocimientos que despliega este periodista argentino nacido en Chile. Además, Harss no solo reporta la noticia sino también la hace: Los nuestros ocupó un papel importante a la hora de consolidar la lista de los autores que contaban.

Hoy que muchos de estos autores se han convertido en monumentos intocables, asombra leer los juicios duros de Harss a novelas de autores que consideraba renovadores de nuestra literatura. La hojarasca "se malogra" porque está escrita en un lenguaje prestado que nunca llega a ser personal; Juntacadáveres "decepciona" porque es "una especie de refundición de El astillero, armado de piezas sueltas, sobrantes y repuestos que duplican mal la carrocería"; "a pesar de su fuerza englobadora La Casa Verde no cumple toda su promesa". Con la perspectiva del tiempo está claro que Harss se equivocó varias veces, pero también acertó en la mayoría de las ocasiones y al menos no cayó en ese defecto de nuestra crítica que consiste en ser servil con los grandes.    

Los perfiles son maravillosos. García Márquez es "duro y macizo, pero ágil, con un impresionante mostachón, una nariz de coliflor y los dientes emplomados". Vargas Llosa "habla un poco ronco, y en voz baja, sigilosa, como desvelando misterios, o como si durmiera alguien en el cuarto vecino". Onetti es un "sonámbulo en la noche insomne" que "lleva las huellas de la renuncia y del desgano en su andar de oficinista envejecido". Todo detalle puede descubrir a la persona: la biblioteca de Cortázar, autor por el que Harss claramente siente debilidad -la lectura de Rayuela es el detonante para que se lance a este proyecto--, "refleja las desproporciones del gusto": el setenta por ciento de los libros es en francés. Hasta en la nota final Harss sigue siendo revelador: "Cuando le mostré [a Asturias] la entrevista para que la aprobara, corrigió mis comentarios con aumentativos grandiosos. Donde se hablaba de un escritor colonial [sic], puso insigne escritor".

A Harss le fascina contar historias. Demasiado, quizás. Buena parte de los perfiles se va en el resumen de las tramas de los libros. El capítulo dedicado a Guimaraes Rosa es el que más abusa de esto; el cronista va narrando uno tras otro los cuentos de Sagarana, y hay que saltarse la página 180 si uno no quiere arruinarse la sorpresa central de Gran Sertón: Veredas. Pero el entusiasmo es contagioso, y termino el libro con ganas de leer Hombres de maíz y algunas novelas de Onetti que me faltan, y de releer todos los cuentos de Cortázar. Con sus ripios, errores de juicio y omisiones, Los nuestros alumbra el camino.

(La Tercera, 18 de noviembre 2012)

[Publicado el 19/11/2012 a las 14:36]

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Razones para una victoria

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Lo más sorprendente de estas elecciones ha sido la ausencia de sorpresas. El triunfo de Barack Obama estaba proyectado por la gran mayoría de las encuestas. Pese a que los medios quisieron crear cierto suspenso hablando en las últimas semanas de un "empate técnico", sobre todo después del primer debate, lo cierto es que Mitt Romney nunca pudo romper la barrera erigida por la campaña de Obama en los estados cruciales de esta elección.

Son muchas las razones para entender la victoria de Obama. La principal es que, a pesar de que el presidente ya no contaba con el fervor de sus votantes de las elecciones pasadas, logró mantener intacta la coalición que lo llevó al poder: blancos de las grandes ciudades, latinos y negros. Buena parte de esa victoria no se debe necesariamente a lo hecho por Obama, ya que su administración no logró presentar una prometida ley inmigratoria para regularizar a la gran cantidad de hispanos indocumentados en los Estados Unidos; fueron más bien los republicanos, con su retórica agresiva contra los hispanos y las mujeres, con un discurso excluyente que sigue soñando con un país dominado por hombres blancos y protestantes, quienes hicieron todos los esfuerzos para ser rechazados por unas minorías cada vez más conscientes de su poder político.

Otra razón fundamental para la victoria de Obama tiene que ver con el sistema electoral norteamericano, en el que las elecciones no se deciden directamente por el voto mayoritario de la gente sino por el peso cualitativo de ciertos estados en el colegio electoral. Suena raro que en el país más poderoso del mundo la presidencia sea decidida por solo diez estados influyentes, pero es así.  En esos diez estados, la campaña de Obama se hizo fuerte desde el principio, apoyada por los errores de Romney. Durante la gran crisis del 2008, Romney cometió el error de ir en contra del deseo gubernamental de intervenir para evitar la bancarrota de las empresas automotrices. En Ohio, el plan de Obama fue la salvación de la economía local. La campaña de Obama lo único que tuvo que hacer fue recordarle constantemente a los votantes que Romney no estuvo de su lado en el difícil momento de la crisis.

Obama era un candidato débil porque la economía, pese a haber superado su peor momento, no terminaba de despegar, y porque la retórica poética de la anterior elección fue reemplazada por un lenguaje prosaico que no ofrecía un proyecto ilusionante para los próximos cuatro años. Pero, si Obama era débil, Romney lo fue más. Romney es un exitoso hombre de negocios, pero eso no es suficiente para llegar a la presidente. Le faltó el carisma, y también la empatía: nunca conectó con las clases populares, y se convirtió en el estereotipo del hombre rico desdeñoso de la plebe.

Las tendencias demográficas del país auguran buenos años para la coalición demócrata. Obama tiene tiempo para consolidar su legado: el plan sanitario y el control de la crisis económica son sólidos puntos de partida para su siguiente gobierno. Los republicanos, por su parte, tendrán que hacer un análisis profundo para ver cómo reestructurarse. El país rechazó su discurso radical; insensibles a las mujeres y a los gays, incapaces de articular un proyecto que incluya a las minorías, toca ver cómo expanden su electorado. No será fácil.


(El Deber, 7 de noviembre 2012)
 

[Publicado el 07/11/2012 a las 17:47]

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Usos y abusos del huracán

El 26 de octubre por la mañana el gobierno cubano anunció que el huracán Sandy había provocado once muertes en la isla. Al rato de comunicarse la noticia, Shirley Phelps-Roper, hija del pastor de una iglesia bautista en Kansas, agradecía a Dios en Twitter (@DearShirley) por su "juicio justo". Días después, continuaría con los agradecimientos, esta vez a Sandy por haber destruido las costas de Nueva Jersey y la ciudad de Nueva York, lugares llenos de gays, "en la escala más baja de la depravación humana". Shirley no estaba sola en ese deseo de ver signos de la intervención divina en Sandy; a pocos días de las elecciones presidenciales, no faltaron los pastores evangélicos que culparon a Obama del huracán.

Los desastres naturales -huracanes, tsunamis y demás- nunca son solo lo que son; siempre representan algo más, se han convertido en metáforas fáciles. Uno encuentra en ellos lo que busca. Las interpretaciones divinas han dominado, quizás porque esos desastres están ya entramados en el Apocalipsis de San Juan como símbolos, alegorías, formas en las que Dios o el Demonio se comunican con nosotros.

Si los huracanes van a representar algo, es mejor que dialoguen con la historia. En la literatura y el cine recientes hay ejemplos del uso del huracán sin intervención divina o maligna. En pocas literaturas aparece tanto el huracán como la cubana. Un ejemplo reciente es el de Ena Lucía Portela y su irónico "Huracán" (2009). En ese cuento, Mercy, la narradora, toma la decisión de suicidarse de una manera particular: quiere que un huracán se la lleve. El problema es que, cuando llega Michelle, no se sabe muy bien por dónde aparecerá; al final, este causa "derrumbes, penetraciones del mar, gran parte del tendido eléctrico por el suelo", pero la narradora sigue viva. No importa: persistirá en su decisión y se pondrá a esperar otro huracán.

En el cuento de Portela, el huracán sirve como metáfora de una fuga de la historia. La narradora sugiere que sus terrores desaparecen apenas decide suicidarse de esa manera, a fines de los noventa; es "una especie de exorcismo". El cuento se lee como una crítica feroz a una realidad intolerable; entre la naturaleza y la historia, la narradora se queda con la naturaleza. No es necesario que Portela mencione el castrismo para saber a dónde va dirigida su crítica.

El huracán Katrina ha dado lugar a Zeitoun (2009), de Dave Eggers, una gran crónica que captura la devastación producida por el huracán desde un registro intimista. Eggers no se libra del registro épico: el enfrentamiento produce la inevitable dicotomía de la lucha entre el hombre y el desastre natural. De ese lugar común para la literatura nacen algunas de las mejores páginas de Zeitoun. Zeitoun es un inmigrante sirio que decide quedarse mientras la gran mayoría busca escapar de Nueva Orleans. Quedarse le revelará el "nuevo mundo" post 11 de septiembre, en el que un musulmán como él puede ser sospechoso de transgredir la ley incluso cuando solo está tratando de ayudar. Pero en el fondo esta es una crónica de integración: Zeitoun quiere ser aceptado en su patria adoptiva, y nada hará que vacile su optimismo.

Beasts of the Southern Wild (2012) es la historia de Hushpuppy, una niña de seis años que vive en el Bathtub, una isla separada del resto de Louisiana, en la que vive una comunidad pobre pero orgullosa, con sus propios mitos y leyendas. La maravillosa -en más de un sentido- película de Benh Zeitlin usa al huracán de manera opuesta a Eggers: su llegada no propicia la integración al país, sino más bien reafirma el espíritu individualista del Bathtub, resistente a las órdenes gubernamentales de evacuar la isla. Hushpuppy siente que todo estará bien mientras su padre no se vaya de su lado y ella pueda refugiarse en el mito de los Aurochs (animales gigantescos que protegen al Bathtub).

Escape de la historia, crónica del enfrentamiento del ser humano frente a las inclemencias de la naturaleza, o deseo libertario de seguir viviendo en su enclave. Fuga del Estado-nación o integración a este: mientras se deje en paz a Dios todo estará bien con los usos y abusos del huracán.

(La Tercera, 3 de noviembre 2012)

[Publicado el 03/11/2012 a las 16:07]

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La China de Eduardo Berti

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Entre las tantas cosas que les debemos a los modernistas se encuentra la fascinación por el Oriente. El culto a las “japonerías” que aparece en la obra de Rubén Darío o Juan José Tablada fue importado –como varias otras marcas claves del modernismo— de Francia, que deliraba por el arte asiático en la segunda mitad del siglo XIX. En las crónicas de sus viajes por Sri Lanka (entonces Ceilán) o Vietnam, Enrique Gómez Carrillo no sabía que iniciaba un largo romance de la literatura latinoamericana con ese mundo que solemos ver como etéreo, fantasmal (“Los mismos espíritus de los muertos, cuando vuelven a pasearse por la ciudad, se detienen en las puertas de las fumerías [de opio] en cuanto perciben el perfume de la buena droga”, escribió el guatemalteco hace un siglo).

El país imaginado (Emecé/Impedimenta), del argentino Eduardo Berti, participa de esa fascinación. Esta magnífica novela, reciente ganadora de la segunda edición del premio Las Américas 2012, convierte ciertos tópicos sobre el Oriente en puntos de partida para una indagación sobre la naturaleza de las tradiciones y la forma en que el ser humano se enfrenta a ellas para preservar su independencia. Hay serios riesgos en el uso de los tópicos; es difícil eludir el “orientalismo” --la exotización de las culturas orientales por parte de escritores y artistas de Occidente— cuando se narran historias ambientadas en esos paisajes. Berti es consciente del reto y lo asume: El país imaginado habla de una exótica tradición china –casarse con los muertos-- de la manera más realista posible, tratando de evitar prejuicios y estereotipos. Inevitablemente, pese a las buenas intenciones, algo de ese “orientalismo” se cuela en la narración. 

El país imaginado, ambientada en la China en un período comprendido más o menos entre 1930 y 1950, es la historia de Ling, una adolescente de catorce años enamorada de Xiaomei, la hermosa mujer hija de un ciego. Ling es una narradora elegante, delicada, con una voz tan suave como hipnótica, que atiende al registro social –explica tradiciones chinas como jamás lo haría una adolescente china— tanto como a las fabulaciones de su abuela agonizante y a la sutileza de sus propias percepciones. Ella está, al igual que su hermano, limitada por la tradición: sus padres quieren casarlos con los hijos de un poderoso funcionario. La tensión de la novela gira entre el deseo de libertad de Ling, sus tímidos espacios de escape –suele ir al parque a pasear el mirlo de la abuela muerta, y se encuentra allí con Xiaomei--, y el peso de los rituales y las supersticiones de una China que todavía mira al pasado.

El país que fabula Berti dialoga con el mundo gótico de Tim Burton, sobre todo en las páginas dedicadas a una costumbre china de la época –extraida por Berti de un libro “orientalista” de Henri Doré--, la de los casamientos arreglados con muertos para lograr alianzas familiares con claro beneficio económico; la tradición podía ser pintoresca, pero tenía mucho sentido desde el punto de vista de la economía social china. El “casamiento fantasma” del hermano de Ling, y sus repercusiones en ella, son lo mejor de una novela llena de momentos superlativos: “Mi hermano se disponía a casarse con una mujer que no envejecería. Lo monstruoso de su boda era, acaso, este factor. El esposo envejecería, la esposa no. ¿Algo análogo iría a ocurrir con la imagen que yo conservaría de Xiaomei?” 

El “país imaginado” remite a los sueños y también a la muerte y a la creación literaria. Berti dice no haber escrito una novela sobre China, pero lo cierto es que ha escrito una novela sobre una China que nos concierte mucho, la de la imaginación, a la que retornamos con los interrogantes de siempre. Aun en clave realista, el Oriente sigue siendo etéreo, fantasmal.

 

(La Tercera, 20 de octubre 2012)   

[Publicado el 22/10/2012 a las 16:21]

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Warhol por 60

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"Hanging Man/Sleeping Man", de Robert Gober, junto a un cuadro de Warhol basado en una foto sobre incidentes raciales en Alabama

En una de las salas de la retrospectiva que el museo Metropolitano de Nueva York ha dedicado a Andy Warhol hay una pared empapelada por los dibujos repetidos de un hombre blanco durmiendo y un esclavo negro ahorcado. "Hanging Man/Sleeping Man", el título de ese empapelado inquietante de Robert Gober que apunta al trauma histórico fundamental de los Estados Unidos, dialoga con "Death and Disaster" (1962-3), una serie de cuadros de Warhol dedicada a accidentes sacados de los tabloides, a símbolos de la violencia imperante en la sociedad norteamericana; no hay más que pensar en "Orange Disaster #5", una serigrafía de fotos repetidas de una silla eléctrica bañada en un explosivo color naranja.

Con los años hemos reducido a Warhol y nos hemos quedado con la imagen de un frívolo rey del pop fascinado por el espectáculo de la fama y la sociedad de consumo. "Regarding Warhol: Sixty Artists, Fifty Years", la ambiciosa retrospectiva del Met, no solo nos devuelve a un Warhol más completo; también nos muestra la abarcadora influencia de su obra en el arte contemporáneo. En una sala está "Michael Jackson and Bubbles", la escultura kitsch de Jeff Koons que presenta al cantante abrazando a su mono, y en otra se pueden ver fotos de Cindy Sherman ("Film Stills", serie de autorretratos en la que asume varias identidades) y de Robert Mapplethorpe ("Bill Joulis" y "Self Portrait", agresivas reivindicaciones de la identidad gay); para llegar a esa destilación del poder y la fama, Koons tuvo muy presente los retratos de Warhol dedicados a, entre otros, Marlon Brando, Jackie Kennedy y Marilyn; Sherman y Mapplethorpe, por su parte, dialogan con la fluida construcción de identidades de género que aparece en buena parte de la obra de Warhol.

Violencia como parte del espectáculo (Bruce Nauman), identidades cambiantes (Nan Goldin, Richard Avedon) revitalización del retrato (Gerhard Richter, Keith Haring), celebración y crítica de la sociedad de masas (Barbara Kruger, Sigmar Polke), obsesión con la celebridad (Hiroshi Sugimoto), erosión completa de la tradicional división entre arte y comercio (Takashi Murakami), apropiación posmoderna de la obra de otros (Vik Muniz, Banksy): Warhol está hoy en todas partes. Eso lo ha vuelto invisible. Su obra es, como dice el alemán Gerhard Richter -uno de los que más y mejor ha seguido las pistas dejadas por Warhol--, "un síntoma de una situación cultural". Es por eso que, cuando uno recorre todas las salas de la retrospectiva y llega a la tienda del museo, no es difícil pensar que esa tienda --en la que se pueden comprar chocolates con frases inteligentes del pintor de Pittsburgh, calendarios, agendas, lapiceros y llaveros-- es parte de la exposición.

(revista Qué Pasa, 12 de octubre 2012)

[Publicado el 15/10/2012 a las 16:14]

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Versiones de Ron Hubbard

           Fui a ver la nueva película de Paul Thomas Anderson con la idea equivocada de que se trataba de una biografía de Ron Hubbard, el polémico y complejo creador de la Cienciología. No tardé en descubrir que en The Master Anderson no estaba interesado en una recreación de la verdad histórica; su punto de partida para crear a Lancaster Dodd (Philip Seymour Hoffman) podía ser la biografía de Hubbard, pero luego se liberaba de la atadura de los datos históricos para entregar una memorable meditación sobre los impulsos que motivan a los individuos a abrazar cultos, religiones, una comunidad capaz de trascenderlos.

            Hubbard es un personaje ideal para una película o, mejor, una miniserie: su vida abarca multitudes. Nacido en 1911 en Nebraska, Hubbard fue un charlatán carismático; de acuerdo a Janet Reitman en su libro Inside Scientology, podía pasarse horas hablando de sus aventuras como explorador en el Amazonas, cazador en Africa, minero en las Indias Occidentales. Era un mentiroso patológico que escribía como desaforado, primero westerns, y luego, en los cuarenta, cuentos y novelas mediocres de ciencia ficción (tiene el record Guinness de más libros publicados: 1.084). Pero la ficción comercial tenía sus límites para un megalómano necesitado de dinero y reconocimiento, de modo, a principio de los cincuenta, Hubbard concibió la idea de fundar una religión. El resto, como se dice, es historia.

            Anderson está interesado en el Hubbard de principios de los cincuenta. Como Hubbard, Lancaster Dodd se vale de su talento de hiptonista para “regresar” a sus seguidores en el tiempo y hacerles volver a vivir el instante del nacimiento, trauma de origen que debe ser enfrentado si uno quiere una vida más plena. Dodd se topa con Freddie Quell (Joaquin Phoenix), un ex-soldado psíquicamente golpeado por la segunda guerra mundial. Quell encarna el impulso irracional de perderse en una causa más grande que el individuo, y, a la vez, el lado indómito de la condición humana, capaz de resistir violentamente ese impulso. El Hubbard de Anderson, en cambio, reune varios elementos fundamentales de la idiosincracia norteamericana; Lancaster Dodd no solo es el hombre capaz de inventarse a sí mismo, mitologizarse a través de sus relatos, sino también el que sabe que buena parte del negocio es montar un gran show. Dodd canta, baila, hiptoniza, modula la voz, sonríe y se entrega a su público; podía haber tenido éxito en un circo o en Hollywood, pero, en vez de eso –o quizás por eso--, terminó fundando una religión (la religión es comercio, circo, actuación, sugiere Anderson).

            Hay otras versiones facinantes de Hubbard. Una de ellas es la de Rodrigo Fresán en El fondo del cielo (2009). En la novela, Jeff Darlingskill es “un eslabón perdido entre el cohete y la catacumba”, un ser mesiánico que inventa historias que mezclan a “monarcas de la Atlántida con científicos locos”. La imaginaciónde disparatada de Darlingskill no está muy lejos de la de Hubbard, quien creía en sus primeras charlas en la iglesia de la Cienciología que en lo más profundo del hombre se encontraba el “thetan”, su verdadero ser. Los “thetans” eran quienes en verdad crearon el universo y quedaron atrapados por su creación. Vivían en el cuerpo de los seres humanos y con los siglos perdieron su poder original; uno de los objetivos de la Cienciología consistía en liberar a los “seres theta”, permitirles recuperar su poder a través de la terapia.

            La versión fresaniana de Hubbard se enfoca en “la realidad de un mundo irreal coexistiendo con el nuestro y, de tanto en tanto, creciendo lentamente como una demencial mancha de humedad en las paredes de nuestra cordura”. Hubbard escribía muy mal pero fue capaz de lograr que su “mundo irreal” fuera real para muchos. Su religión paranoica es motivo de burla fácil; más interesante que eso, sin embargo, es preguntarse, como Anderson y Fresán, por qué “las paredes de nuestra cordura” son tan fácilmente tomadas por “demencial[es] manchas de humedad”. 

  

 (La Tercera, 6 de octubre 2012)

[Publicado el 10/10/2012 a las 23:18]

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Biografía

Edmundo Paz Soldán (Cochabamba, Bolivia, 1967) es profesor de Literatura Latinoamericana en la Universidad de Cornell. Es autor de nueve novelas, entre ellas Río Fugitivo (1998), La materia del deseo (2001), Palacio Quemado (2006), Los vivos y los muertos (2009) y Norte (2011); y de los libros de cuentos Las máscaras de la nada (1990), Desapariciones (1994) y Amores imperfectos (1998). Ha coeditado los libros Se habla español (2000) y Bolaño salvaje (2008). Su libro más reciente es Iris (Alfaguara, 2014). Sus obras han sido traducidas a ocho idiomas, y ha recibido numerosos premios, entre los que destaca el Juan Rulfo de cuento (1997) y el Nacional de Novela en Bolivia (2002). Ha recibido una beca de la fundación Guggenheim (2006). Colabora en diversos medios, entre ellos los periódicos El País y La Tercera, y las revistas Etiqueta Negra, Qué Pasa (Chile) y Vanity Fair (España).

Bibliografía

Iris (2014). Alfaguara

 

Portada 'Los vivos y los muertos' 

Norte (2011). Mondadori

 

 

Billie Ruth (2012). Páginas de Espuma

 

 

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