El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

lunes, 13 de febrero de 2012

 Río Fugitivo / Blog de Edmundo Paz Soldán

Piedras en el camino

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Bloqueo de carretera en Bolivia (fuente: blog.triptiv.com)

A principios de la década pasada dirigía el programa de estudios de la universidad de Cornell en Bolivia. Durante cuatro semanas en el verano (invierno allá) estaba a cargo de un grupo de diez estudiantes; los del doctorado tomaban cursos de quechua con un colega, los de la licenciatura política y literatura andinas conmigo. El programa incluía un par de viajes para conocer el país. Los llevaba a La Paz, Sucre y Potosí.
 
Uno de esos viajes logramos entrar a una mina en Potosí. Era la primera vez que yo lo hacía. Nos dijeron que para convencer a los mineros debíamos llevarles de regalo cartuchos de dinamita -se conseguían con facilidad en las tiendas de la ciudad--, cigarrillos, alcohol puro y hojas de coca. A la entrada de la mina, un minero hizo explotar unos cartuchos y yo me puse nervioso aunque aparenté calma. Una vez adentro, descubrí que el túnel por el que avanzábamos era muy estrecho y tuve un ataque de claustrofobia; el polvo de las rocas caía sobre mí y la linterna del guardatojo apenas iluminaba. Iba a preguntar cuánto faltaba cuando el minero dijo que habíamos llegado: de pronto, estábamos frente a El Tío, una estatua de barro con un falo enorme que los mineros adoran (en el sincretismo religioso andino, el Tío es una versión del Diablo, dueño de las oscuridades de la mina; hay que rezarle para encontrar minerales y salir de la mina sano y salvo). Dejamos nuestros regalos a los pies del Tío. Mis estudiantes miraban todo fascinados.
 
Al día siguiente teníamos que ir de excursión al lago Titicaca. Por entonces Evo Morales lideraba protestas en oposición al modelo neoliberal y las comunidades aymaras aledañas al lago habían decidido seguir sus instrucciones y bloquear la carretera. Escuché por la radio que los militares controlarían los caminos y pensé que era mejor que que no se cancelara el viaje. Fue un día espectacular en Copacabana y en la isla del Sol; comimos las especialidades del lugar, truchas enormes y ancas de rana. El problema comenzó a la vuelta. No se me ocurrió que los militares, después de mantener las vías expeditas durante el día, se irían a sus cuarteles al caer la tarde. A eso de las seis de la tarde, de regreso a La Paz, nos topamos con un bloqueo. Los líderes campesinos se nos acercaron sin ganas de dialogar. Dije a mis estudiantes que negociaría con ellos y bajé de la vagoneta. Los campesinos me hablaron en aymara y no entendí ni una palabra, pero por los gestos supe que querían que los hombres bajaran de la vagoneta y ayudaran a llenar de piedras la carretera. Hubo un momento de tensión, pero no había mucho qué hacer. Los hombres -los estudiantes, el chofer-- bajaron y ayudaron a bloquear la carretera.
 
Nos desviaron a un pueblito en medio del altiplano. Cerca de la plaza había autos con los vidrios rotos. No había lugar donde dormir, y yo seguía haciendo preguntas en español y recibiendo respuestas en aymara. Los estudiantes me miraban ansiosos; debía decirles que no nos quedaría más que dormir en la vagoneta, pero trataba de ganar tiempo caminando de un lado a otro como si estuviera buscando soluciones. Me resignaba a tener que contarles lo que ocurría cuando un joven se acercó al chofer de la vagoneta y le dijo que por una módica suma nos podía guiar a un camino abandonado por el que llegaríamos a La Paz. No perdíamos nada; subió a la vagoneta y partimos. Así fue cómo evadimos el bloqueo (luego me enteraría de gente que tuvo que quedarse allí alrededor de dos semanas).

Ya de regreso en Cochabamba, un estudiante me agradeció por haber sabido manejar la situación. Estaba emocionado, dijo que nada se comparaba a tener "una experiencia auténtica, muy boliviana". Le dije que no había nada que agradecer, y lo decía de veras.

Vanity Fair (España), febrero 2011

[Publicado el 02/2/2011 a las 17:31]

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Tao Lin y el "nuevo minimalismo"

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Uno de sus libros tiene como título el sonido que hacen los delfines (Eeeee eee eeee). Una reseña en The Guardian lo compara con Easton Ellis y Coupland en sus inicios y sugiere que su estilo es "beckettiano". Hace tres años, como parte de una campaña para promover un libro, pegó por todo Nueva York una calcomanía que decía "Britney Spears". Poco después vendió seis acciones de dos mil dólares cada una para poder renunciar a su trabajo y escribir una novela; los que compraron las acciones tendrían derechos sobre las ventas. Uno de sus libros podía comprarse en Urban Outfitters (el autor ha dicho que su público ideal son "hipsters"). En eBay vende manuscritos de sus cuentos, y en recitales de poesía es capaz de repetir la misma frase durante siete minutos. Hace un año fue arrestado en una librería en Nueva York (ha robado muchas veces en tiendas, y ha sido arrestado un par de veces).

Se llama Tao Lin, nació en 1983 y en poco tiempo se ha convertido en el escritor más representativo de la nueva generación en los Estados Unidos. Lo ha hecho gracias a sus gestos promocionales y a su capacidad narrativa para capturar la anomia, la falta de dirección, la soledad de los jóvenes veinteañeros que pasan la mayor parte del tiempo en Internet chateando en Gmail, leyendo blogs, viendo YouTube. A falta de otros nombre, lo que hace Lin junto a otros escritores de su misma órbita es conocido como "nuevo minimalismo". Quienes lean sus dos últimas novelas (Shoplifting from American Apparel y Richard Yates, esta última de inminente publicación en España) estarán de acuerdo.

La prosa de Lin posee un vocabulario muy básico y no hay ningún intento de buscar metáforas, imágenes o descripciones originales; el ritmo es monótono hasta la exasperación: "Regresó al piso. Bebió una bebida energética. Escribió durante dos horas y media. Se echó en la cama de su hermano escuchando música. Leyó la mayor parte de la nueva novela de Stephen Dixon y se durmió a eso de las tres de la mañana". En cuestiones de estilo, Tao Lin es lo opuesto a Jonathan Franzen. La escritura es floja, pero lo es de manera intencional: se necesitan muchas horas al día para convertir una "mala escritura" en una estética.

Las novelas parecen versiones de películas indie para ser leídas en el metro. Shoplifiting from American Apparel narra dos años en la vida de Sam, un joven escritor de culto que es arrestado por robar en American Apparel. Buena parte de la novela son chats en Gmail. La pseudotrama cuenta las pseudorelaciones de Sam. No se sabe mucho de sus sentimientos. Cuando Hester, una de sus parejas ocasionales, le dice que a veces desearía saber lo que siente, Sam responde: "No tengo... nada de qué quejarme. Sólo estoy, no sé, no quiero seguir hablando" (en Richard Yates, Haley piensa: "Estoy aburrido de la vida. Espera. No lo sé. No importa").  

No debe ser fácil escribir sobre personajes que no saben o no quieren decir lo que sienten. Lin captura el zeitgeist de su generación, aquello que Charles Dodd White ha llamado "la búsqueda de una neutralidad en los sentimientos que resulta ostensiblemente de una sobreexposición a los medios y quizás a la información en general". Lin también tiene algo de humor (en Shoplifting, se dice que Chopin es "emo"; en Richard Yates, hay una discusión acerca de quién ganaría en una pelea entre Bruce Lee y millones de hormigas), algo de ironía y juego (los personajes principales de Richard Yates se llaman Haley Joel Osment y Dakota Fanning) y es notable su capacidad, mencionada por Miranda July, para narrar estados de ánimo que otros escritores evitan ("la pereza, la vacuidad, el aburrimiento"). El problema principal es que su registro monocorde termina por cansar. Lin repite una situación una y otra vez y no la lleva a ninguna parte, ni tampoco explora esa falta de conexión de sus personajes consigo mismos y con los demás. Quizás esa es la idea. Si es así, funciona mejor en la teoría que en la práctica.  

(La Tercera, 31 de enero 2011)

[Publicado el 31/1/2011 a las 16:02]

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Una estatua de Lenin en Las Vegas

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Caminaba con mis hijos por el hotel Mandalay Bay en Las Vegas, rumbo al acuario de los tiburones, cuando una enorme estatua de yeso y estuco me llamó la atención. A pesar de que no tenía cabeza, parecía la de un caudillo. Me acerqué y leí en un letrero que se trataba de Lenin. Estaba en la puerta del restaurante Red Square, alguna vez elegido por la revista Playboy como el mejor del mundo. Luego me enteraría de que había sido inaugurado en 1999, con la estatua de Lenin todavía con cabeza, pero que ante las quejas de algunos militares los dueños del restaurante decidieron que lo mejor era decapitarla (y poner las manchas blancas en los hombros y los zapatos para simular deyecciones de palomas).   

Fascinado por el restaurante, volví al día siguiente. La decoración del local simulaba los primeros años de la revolución comunista: había un mural que glorificaba al Trabajador, la hoz y el martillo estaban por todas partes, al igual que candelabros bañados en oro que parecían sacados del viejo orden zarista. Las Vegas es una suerte de parque temático para adultos y tiene una obsesión kitsch por replicar todo (mi hijo mayor quedó encantado con la estatua de la libertad, el menor con la esfinge de Giza); más allá del mal gusto, aquí se les iba la mano: se celebraba el totalitarismo soviético sin ningún tipo de preocupación por el trasfondo histórico (la literatura se adelanta a estas cosas: en Por favor, rebobinar, de Alberto Fuguet [1994], se describe el bar de un hotel en Santiago con las paredes decoradas con fotos de los años de Allende y Pinochet).

El Mandalay Bay es uno de los hoteles y casinos más lujosos de una ciudad que se ha convertido en símbolo del exceso, la decadencia capitalistas; una ciudad que, incluso en época de crisis, no descansa. Resulta una tragicomedia del destino que Lenin, uno de los grandes líderes del siglo XX, haya terminado como reclamo turístico en un restaurante caro en las entrañas de un casino del sistema enemigo. Los turistas juegan su dinero en las mesas y las máquinas del Mandalay Bay, y luego pueden ir a tomar uno de los ciento cincuenta vodkas que ofrece el Red Square (los nombres de los tragos son burlones: está, por ejemplo, el Crisis de los misiles cubanos). Si piden uno de los vodkas más caros, pueden recibir un premio: pasar al depósito del restaurante y ver, en un freezer gigante, la cabeza de ciento quince kilos de Lenin. Pero la mayoría no pregunta. El triunfo parece haber sido tan completo que muchos no saben (ni les interesa saber) quién fue Lenin.

(Qué Pasa, 21 de enero 2011)

[Publicado el 21/1/2011 a las 14:54]

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True Grit, entre el western y su parodia

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Charles Portis

Todavía no he visto True Grit (Valor de ley), la nueva película de los hermanos Coen, pero las reseñas elogiosas y los comentarios me llevaron a una librería en busca de la novela en la que se basa, publicada originalmente en 1968. El autor, Charles Portis, había sido descrito en el New York Times como "el escritor de culto de los escritores de culto"; muy leído en los años setenta gracias a una versión de True Grit (1969) con la que John Wayne ganó su único Óscar, fue luego olvidado por el gran público a pesar de que hubo siempre escritores y críticos dispuestos a defender su obra. Gracias a los hermanos Coen, las cinco novelas de Portis han vuelto a ser editadas.

Aunque algunos críticos han leído True Grit como una parodia del western, lo interesante de esta novela es que también se defiende y se sostiene dentro de todas las convenciones del género. Mattie Ross es una chiquilla de catorce años dispuesta a vengar la muerte de su padre, asesinado cobardemente por Tom Chaney; para ello consigue la ayuda de Rooster Cogburn, un alguacil conocido por su crueldad. Que Chaney tenga el rostro marcado y que Cogburn sea tuerto son algunas de las tantas bromas de Portis (su humor lacónico, de situaciones, fue probablemente el que atrajo a los hermanos Coen); eso no quita nada del carácter épico de la historia narrada.

De una manera simple, casi como si se tratara de un mito fundacional, True Grit cuenta una búsqueda y un viaje. Mattie, ya una anciana, narra esta historia ocurrida en 1870, poco después de la guerra civil. Su búsqueda es obsesiva y nada la detiene ni la distrae; cuando un Ranger le dice que le deje Chaney a él, que lo hará pagar por un crimen cometido en Texas, Mattie responde que no es lo mismo: "Quiero que Chaney pague por matar a mi padre". El viaje es el de Mattie, Cogburn y ese mismo Ranger en busca de Chaney: los tres se internarán en el Territorio, una región peligrosa porque, al hallarse en ella varias naciones indias, los estados no tienen jurisdicción (lo cual es aprovechado por muchos bandidos y asesinos para esconderse allí).

Se ha comparado a Mattie con Huckleberry Finn. La novelista Donna Tartt, una de las grandes defensoras de Portis, sugiere que hay diferencias importantes: mientras Huck es despreocupado y carece de "civilización", Mattie es "el puro producto de la civilización tal como la definiría un profesor de estudios de la Biblia en el siglo XIX en Arkansas: es evangélica, presbiteriana, ordenada... el soldado perfecto". Sin embargo, Mattie también carece de compasión, jamás duda y nunca sonríe. Uno de los grandes aciertos de Portis es hacer que ella sea la narradora: puede ver ahorcamientos y caer (literalmente) en una cueva llena de víboras, pero jamás se despeina. El efecto general de la novela, de comedia trágica, tiene que ver con la forma neutral en que Mattie narra las situaciones más absurdas y violentas.

Pero no todo es comedia en Portis. Si Mattie elige a Cogburn como acompañante es por su conocida crueldad: en su pasado está el haber formado parte de la banda de Quantrill, responsable de la peor masacre de la guerra civil. A lo largo de la novela, Cogburn crece como personaje y se muestra capaz de piedad, de compasión, incluso de ternura; eso no impide que, en procura de administrar justicia en su nuevo rol de alguacil, sea capaz de disparar a hombres desarmados. Estamos en el Lejano Oeste: han llegado la ley y el orden, pero no terminan de imponerse. O mejor: se imponen en base a violencia.

True Grit termina con un guiño metaficcional, con la historia de Cogburn convertida en mito y en parte del show business. Es un final perfecto para una novela tan buena que algunos admiradores han quedado resentidos: dicen que su perfección formal opaca injustamente a las otras novelas de Portis, quizás no tan redondas pero aun así mejores. Por lo pronto, este lector se alegra de saber que le quedan cuatro novelas por recorrer.

(La Tercera, 17 de enero 2011)

[Publicado el 17/1/2011 a las 16:48]

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El año de Jonathan Franzen

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Jonathan Franzen se ha convertido en el símbolo de "lo literario" en los Estados Unidos. Quizás todo comenzó con un ensayo solemne que publicó en Harper's hacia 1996, en el que defendió como válido el proyecto de escribir novelas en la era de la imagen; o quizás fue cinco años después, cuando publicó Las correcciones y se peleó con el árbitro cultural más potente de la sociedad norteamericana (Oprah). Hubo también varios perfiles que lo mostraban algo insoportable, confesando, por ejemplo, que algunos párrafos los escribía con los ojos vendados o señalando su desdén por Internet y su afición ornitológica: un escritor pretencioso y pedante aun cuando trataba de sonar modesto y de bajo perfil. Para colmo, en la competencia no declarada entre los escritores de su generación, Franzen era el anticuado que quería escribir novelas como se escribían en el siglo XIX, todo lo opuesto a un David Foster Wallace, el genio cool que quería mostrar a través de su prosa el funcionamiento de un cerebro contemporáneo saturado de información.

Freedom, su última novela, fue recibida el año pasado como un acontecimiento: la revista Time le dedicó una portada a Franzen, Obama se las ingenió para conseguir un ejemplar antes de que la novela fuera publicada y el New York Times le dedicó tantas reseñas hiperelogiosas que hasta hubo tiempo para la polémica (algunas escritoras se quejaron en voz alta de que jamás había tanta cobertura cuando una mujer publicaba un gran libro). Cuando, en octubre pasado, un estudiante de veintisiete años robó los anteojos de Franzen en la fiesta de lanzamiento de Freedom en Londres y eso se reportó como una noticia relevante, la saturación mediática produjo una reacción. A fines de año, Freedom fue el libro más citado en las listas de lo mejor del 2010; al mismo tiempo, hubo críticos y escritores que se vanagloriaron de no incluirlo entre sus elegidos (una señal más de la importancia de Franzen: tener que mencionarlo para ningunearlo).    

En los Estados Unidos, la novela es hoy más un entretenimiento sofisticado que el vehículo de crítica cultural que fue en manos de Roth, Bellow y compañía. El establishment literario neoyorquino sueña con una novela -y un novelista- capaz de reinventar la forma para este nuevo siglo (por eso, quizás, la manera redentora en que se recibió la obra de Roberto Bolaño); como no existe ese escritor, queda la nostalgia por aquello que la novela alguna vez fue. Franzen no abre la novela hacia el futuro; más bien muestra que se puede escribir un gran libro en pleno siglo XXI con todo el arsenal de trucos y estrategias narrativas desarrolladas por la novela europea del XIX. Se puede jugar a ser enorme con Tolstoi y Flaubert de la mano y dejando de lado a Joyce y Faulkner y Kafka.  

(Qué Pasa, 7 de enero 2011)

[Publicado el 07/1/2011 a las 17:46]

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Mario Testino en el museo

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Sasha Pivovarova (2007)

El último día del año fui a ver Todo o nada, la exposición de las fotografías de Mario Testino en el museo Thyssen-Bornemisza en Madrid. En el mismo museo había filas enormes para ver una exposición sobre Paisajes impresionistas; pensé que podrían pasar muchas cosas pero que jamás cambiaría el interés de la gente por ver un Monet (los impresionistas, tan experimentales en su momento, son hoy parte fundamental del gusto estético de la clase media).
 
Lo que sí ha cambiado es el estatus de la fotografía de moda. Pese a que, en los años veinte y treinta del siglo pasado fotógrafos importantes como Edward Steichen y Cecil Beaton trabajaron en Vogue y Harper's Bazaar, lo cierto es que la fotografía de moda fue vista durante buena parte del siglo como un arte frívolo y menor. Hoy no se discute que la obra de alguien como Testino pueda ser objeto de exposición en un gran museo; la National Portrait Gallery de Londres ya lo hizo en el 2002, y ahora el Thyssen-Bornemisza toma el testigo.

En Todo o nada se muestran claramente las conexiones de la fotografía de moda con el desarrollo de la pintura en Occidente. Algunas fotos de Testino ("Debutantes", 2004; "Sasha Pivovarova", 2007; "Stella Tennant", 2006) parecen haber sido sacadas de la tradición retratista de la pintura flamenca durante el Renacimiento: hay en ellas, como dice el crítico Guillermo Solana, los mismos elementos fundamentales ("actitudes teatrales, riqueza de vestuario, decorados grandiosos"). Pero Testino también dialoga con los impresionistas --sobre todo con Degas y su deseo de mostrar el backstage de un show--, y con la pintura art deco de Tamara de Lempicka (ver, por ejemplo, "Kirsten Dunst", 2009).

Si la pintura es fundamental en Testino, la tradición de la fotografía de moda lo es aun más. Testino ha señalado varias veces su deuda con Cecil Beaton, conocido por sus fotos de celebridades como Picasso y Marilyn y gran fotógrafo de la casa real inglesa (Testino se hizo célebre en los años noventa gracias a las fotos que tomó de la princesa Diana un mes antes de su muerte); otro fotógrafo presente en la obra de Testino es Helmut Newton, sobre todo por el alto contenido erótico de algunas fotos ("Lara Stone", 2006; "Edita Vilkeviciute", 2009). De hecho, esta exposición se llama Todo o nada porque recorre el cuerpo erotizado de la mujer desde su presentación con vestidos recargados hasta su desnudez total.  

Testino aspira al clasicismo. Hay escenas traviesas como las de Gemma Ward metiendo una tijera en una pecera o Patricia Schmid bebiendo con una pajita de una botella de perfume, pero en general lo que se busca es la mirada intensa de la mujer, el gesto único que la revele, las líneas sensuales del cuerpo. La musa de esta exposición es la camaleónica Natalia Vodianova: la mujer elegante de Cannes (2007) parece una actriz del cine mudo, mientras que la de Londres (2009) es una mujer liberal, desprejuiciada, moderna. También destacan las actrices: una enigmática Kate Winslet, una pícara Cameron Diaz, una arrolladora Demi Moore. Algunas de estas fotos quedarán cuando se haga el inventario iconógrafico de nuestra época.

(La Tercera, 3 de enero 2011)

[Publicado el 04/1/2011 a las 11:32]

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Qué estoy leyendo

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No leer: crónicas y ensayos sobre literatura (U. Diego Portales: Santiago, 2010), de Alejandro Zambra. Estos artículos breves no sólo hablan de literatura sino que son literatura. Zambra arma con delicadeza una poética para leer (o no leer) a los demás y el mapa de sus afectos: Ginzburg, Buzzati, Levrero, Vicens, Pavese, Bolaño. Su elogio de los libros fotocopiados no tiene desperdicio, al igual que sus textos maliciosos “Contra los poetas”. Uno quisiera escribir así sobre los autores que nos conmueven, con inteligencia crítica pero también con emoción.
 
(Revista Eñe, 29 diciembre 2010)

[Publicado el 29/12/2010 a las 17:46]

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Norte: una portada

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Esta es la portada de mi nueva novela, NORTE, que será publicada por Mondadori en España el 18 de marzo:

[Publicado el 28/12/2010 a las 18:16]

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Zombis

Hace un par de años el dueño de una librería de comics me recomendó The Walking Dead. No me convenció. Los zombis son personajes con los cuales se puede hacer muy poco (no hablan, no piensan, apenas se mueven); pensé que el interés de la cultura popular en ellos no duraría mucho. Pero luego vinieron libros como Orgullo y prejuicio y zombis, películas como Zombieland, y hoy la serie televisiva de moda es la adaptación de The Walking Dead. Los zombis están por todas partes.

El teórico esloveno Slavoj Zizek ha intentado entender el porqué de este fenómeno. En Looking Awry, Zizek argumenta que los muertos vivientes son "la fantasía fundamental de la cultura popular contemporánea". Según él, los muertos vivientes regresan porque algo ha fallado durante su entierro. Los ritos fúnebres son la forma que tenemos de inscribir simbólicamente a los muertos dentro de una tradición, hacer que sigan viviendo con nosotros; como algo ha fallado en este proceso, el regreso es un intento de cobrar esa deuda simbólica. Zizek diferencia entre deseo e impulso y menciona como ejemplos a Antígona, al fantasma del padre de Hamlet y a los zombis de George Romero; estos muertos no desean sino que tienen un impulso, una demanda, un requerimiento. Sólo podrán volver tranquilos a la muerte una vez que se cumpla su demanda.

Las ideas de Zizek no siempre funcionan cuando los muertos vivientes aparecen a escala masiva, en las narrativas apocalípticas. De hecho, parecería que el apocalipsis hace ver a los sobrevivientes de otra manera, como si ellos fueran los verdaderos "muertos vivientes"; eso ocurre en Zombie, la novela de Mike Wilson, y en The Walking Dead. En Zombie, el apocalipsis nuclear hace que sólo queden vivos unos cuantos adolescentes en un barrio otrora privilegiado de Santiago. No hay zombis literales en la novela, pero la metáfora funciona: enfrentados con tanta destrucción, los adolescentes comienzan a verse a sí mismos como muertos en vida. En The Walking Dead hay zombis por todas partes, pero el verdadero peligro se encuentra entre los mismos sobrevivientes. El deseo parece ser más peligroso que la demanda.      

Hay consenso en señalar a George Romero como el más influyente creador de la versión contemporánea del zombi. Agregaría los nombres de dos escritores: Richard Matheson y H. P. Lovecraft. Curiosamente, ninguno de ellos utilizó la palabra "zombi" en sus obras. En Soy Leyenda (1954), Matheson se adelantó a todas las narrativas apocalípticas de plagas y de hombres solos contra el mundo; Robert Neville debe enfrentarse a estos hombres sin cerebro que lo rodean y que son puro impulso asesino. Los muertos vivientes de Matheson son vampiros venidos a menos; la conexión es directa entre el vampiro como el verdadero "no muerto" y estos muertos en vida. Matheson se pierde en explicaciones científicas, pero sus vampiros degradados serán la base para los "ghouls" de Romero.

Lovecraft escribió varios cuentos relacionados con el tema de los muertos vivientes; "Herbert West, Reanimator" (1922) es el mejor. La obsesión del doctor West es "superar artificialmente la muerte"; al principio se trata de un medio para un fin, pero luego esto se convierte en un fin en sí mismo. Una vez que no encuentra cadáveres para sus experimentos, se pone a usar "especímenes que habían estado vivos cuando los consiguió". Al final, en una escena escalofriante y magnífica, los muertos vivientes, inexpresivos y silenciosos, con movimientos espasmódicos, regresan en busca del doctor, "como autómatas guiados por un líder con cara de cera" (aquí, Zizek vuelve a tener razón). Son una "horda grotescamente heterogénea... humanos, semihumanos, una fracción de humanos y no humanos". West es despedazado, y el líder, que lleva un uniforme de militar canadiense (estamos en los años de la primera guerra mundial), se lleva su cabeza mostrando por primera vez una "emoción visible". Por lo visto, hacia 1922 Lovecraft fue capaz de imaginar cuál sería la fantasía fundamental de la cultura popular de nuestros días.    

(La Tercera, 20 de diciembre 2010)

[Publicado el 20/12/2010 a las 14:30]

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El regreso de Sarah Palin


Barack Obama debe estar contando los días para que se acabe la pesadilla que ha significado este año. Dispuesto a llevar a cabo algunas de sus grandes promesas eleccionarias, se la jugó en marzo por la mayor reforma sanitaria en la historia de los Estados Unidos, pero eso lo llevó a perder a los independientes -que lo apoyaron mayoritariamente en las elecciones- y a terminar de alienar a los pocos conservadores que tenían esperanzas en su gobierno. En noviembre, vino lo que hasta hacía apenas seis meses parecía imposible: la pérdida de la mayoría demócrata en la Cámara de Representantes. Bajo ese nuevo panorama, Obama se ha visto forzado a tener que hacer concesiones a los republicanos (por ejemplo, mantener los recortes impositivos del gobierno de Bush), con lo que este diciembre le toca presenciar cómo los liberales progresistas -sus grandes defensores-se alejan de él.

Si los demócratas se han mostrado timoratos, los republicanos han sido todo lo contrario. Sarah Palin y el Tea Party son las fuerzas que están detrás de la resurrección de la derecha, y su discurso estridente, religioso, fundamentalista, conservador, ataca incluso el desviacionismo ideológico de algunos republicanos. El Tea Party sueña con la utopía arcaica de volver a los Estados Unidos de los padres de la patria: un país más blanco, más homogéneo. El sentimiento dominante en el Tea Party es el de oponerse a la expansión del gobierno: mientras menos haya de él, mejor. Quienes no tomaron en serio a este movimiento libertario no se dieron cuenta que la clase media blanca vive estos días con la sensación de que los mejores años de los Estados Unidos han quedado atrás; hay nostalgia por un país que nunca existió, un país que podía ofrecer empleos decentes a todos y en el que todos eran felices y la unidad no se había resquebrajado.

Sarah Palin, por su lado, ha regresado con más fuerza que nunca. Si hace dos años su desastrosa candidatura a la vicepresidencia provocó risas y parodias, hoy aquellos que la denostaron se ven forzaron a aceptar que la mujer tiene un carisma que trasciende sus limitaciones, que no son pocas: un asesor de John McCain señaló hace dos años que en la cultura general de Palin había "huecos del tamaño de Alaska".  

Quizás todo tenga que ver con la naturaleza instintivamente antiintelectual del norteamericano medio. En Estados Unidos un político puede haber estudiado en Harvard y ser de la élite, pero debe presentarse como un hombre del pueblo. Para muchos el problema de Obama puede ser el color de su piel, pero hay otro pecado más grande: con sus modales de profesor y su curioso desdén por las masas, Obama parece un intelectual de alguna universidad Ivy League; de hecho lo es, pero sin la hábil cintura política de un Clinton para aparentar que no lo es. Palin, en cambio, se presenta como una mujer salida de la America profunda: alguien que cita constantemente la Biblia, está en contra del aborto y a favor del derecho de portar armas; alguien que ha sido rechazada  por la élite arrogante. Su populismo es, como dijo el biógrafo de otro populista famoso (William Jennings Bryan), "el deseo de una sociedad gobernada por y para gente ordinaria que lleva una vida virtuosa".

Palin entiende como pocos políticos cómo se pueden usar las redes sociales a su favor. En junio, un post suyo en Facebook atacó la reforma sanitaria de Obama y mencionó que habría "paneles de la muerte" para decidir quién podría seguir siendo asegurado; era una mentira, pero el daño ya estaba hecho. La base conservadora se agarró de la frase, y Palin se convirtió en una genuina líder de la oposición a la reforma. Poco después, a través de su cuenta en Twitter, se convirtió en una estrella de las frases medidas de alto impacto. Incluso sus errores ortográficos se han vuelto populares: una de sus palabras usadas en Twitter, "refudiate" (mezcla de "refutar" y "repudiar"), ha sido elegida como la palabra del año.

Telegénica, Palin es una política ideal para esta época dominada por los "reality shows" en la televisión. Su vida es un "reality show", y no extraña que tenga uno, "Sarah de Alaska". Una mujer que ha triunfado en el mundo machista de Alaska, que sale a cazar caribús y se burla de PETA (Gente por el Tratamiento Ético de los Animales), con un esposo guapo, una hija que quedó embarazada de adolescente: ¿qué más se puede pedir? 

Como dice el Michael Joseph Gross en Vanity Fair, Palin utiliza con frecuencia metáforas del cristianismo fundamentalista en sus discursos: saluda a los "guerreros de la plegaria"-gente que reza a Dios pidiendo su intervención-- y les agradece su protección, dice que "no hay coincidencias en la vida" y que si está en la lucha es por una orden del Señor, y que por eso lidera con "un corazón de sierva". Pero eso no la hace humilde: muchas veces se compara a la estrella del Norte, y dice que esa estrella va a servir de guía para los Estados Unidos; la estrella es un símbolo de Alaska -está en su bandera--, pero también es una referencia a Dios.

Todo esto ha convertido a Sarah Palin en la política del momento. Los miembros del Tea Party, los cristianos fundamentalistas, la adoran; aun así, los principales líderes del partido republicano (el gurú Karl Rove, entre ellos) desconfían de su capacidad para ganar las elecciones el 2012. El problema principal estriba en que las elecciones se ganan apelando a los moderados de centro, y Palin sólo predica para los conversos. Pese a estar en sus horas bajas, los estrategas demócratas se relamen los dedos pensando que una victoria de Palin en la nominación republicana significará inevitablemente una derrota en las presidenciales. Sin embargo, lo mejor para ellos sería no subestimarla. A todos los que lo han hecho les ha ido muy mal.

Palin, mientras tanto, ha sido indirecta cuando se le ha preguntado si será candidata el 2012. Lo único que ha dicho es que la forma de ganar a Obama -asumiendo que él sea el candidato demócrata-es creando contrastes claros. Nadie está haciendo eso mejor que ella.

(revista Qué Pasa, 17 de diciembre 2010)   

[Publicado el 17/12/2010 a las 12:02]

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Biografía

Edmundo Paz Soldán (Cochabamba, Bolivia, 1967) es profesor de Literatura Latinoamericana en la Universidad de Cornell. Es autor de nueve novelas, entre ellas Río Fugitivo (1998), La materia del deseo (2001), Palacio Quemado (2006) y Los vivos y los muertos (2009); y de los libros de cuentos Las máscaras de la nada (1990), Desapariciones (1994) y Amores imperfectos (1998). Ha coeditado los libros Se habla español (2000) y Bolaño salvaje (2008). Su libro más reciente es Norte (Mondadori, 2011). Sus obras han sido traducidas a ocho idiomas, y ha recibido numerosos premios, entre los que destaca el Juan Rulfo de cuento (1997) y el Nacional de Novela en Bolivia (2002). Ha recibido una beca de la fundación Guggenheim (2006). Colabora en diversos medios, entre ellos los periódicos El País y La Tercera, y las revistas Etiqueta Negra, Qué Pasa (Chile) y Vanity Fair (España).

Bibliografía

Portada 'Los vivos y los muertos'

Norte (2011). Mondadori

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