El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

sábado, 11 de febrero de 2012

 Río Fugitivo / Blog de Edmundo Paz Soldán

A veinticinco años de Chernóbil

Hace veinticinco años, el 26 de abril de 1986, ocurrió la catástrofe nuclear de Chernóbil. La gente se enteró días después de lo ocurrido por los periódicos y la televisión, pero la información no pasaba de generalidades. Las autoridades soviéticas fueron exitosas en su intento por evitar que se divulgaran los detalles de lo ocurrido: aun hoy, los informes oficiales dicen que sólo hubo 64 muertes atribuidas a la radiación, mientras que la World Health Organization señala 4.000 y la revista rusa Chernobyl llega a sugerir 900.000. Semejante divergencia es la consecuencia normal de una sistemática campaña para tapar la verdad. Enterarnos de lo que realmente sucedió resulta de suma urgencia porque permitiría que entendamos mejor catástrofes como la reciente de Fukushima en el Japón, y que incluso se eviten algunos errores que puedan llevar a nuevos accidentes nucleares.

Santiago Camacho, periodista conocido por sus trabajos de divulgación de temas a medio camino entre la realidad y la leyenda (conspiraciones, sociedades secretas), acaba de publicar Chernóbil: 25 años después (Debate). El libro es un buen punto de partida para los que quieran enterarse de lo que se sabe hoy sobre Chernóbil. Camacho habla del antes (la historia de la radiación), el durante (lo que pasó ese fatídico 26 de abril) y el después (un viaje a Chernóbil y sus alrededores hoy).

Lo mejor del libro de Camacho es la reconstrucción del accidente. La central nuclear Vladimir Ilich Lenin era la más poderosa del planeta y se hallaba a sólo tres kilómetros de Prípiat, una ciudad de casi 50.000 habitantes en Ucrania construida apenas una década antes del accidente para albergar a los trabajadores nucleares. Ese 26 de abril, pasada la medianoche, había problemas en el reactor número 4 de la central, y en solucionarlos se afanaban tres hombres en la sala de control: Anatoli Diatlov, jefe adjunto de ingeniería de la central; Alexandr Akimov, supervisor del turno de noche; y Leonid Toptunov, de apenas 23 años y ya responsable del funcionamiento adecuado del reactor.

Esa noche iba a haber una prueba de seguridad que simularía un corte en el suministro de electricidad; no se debía haber bajado de loa 700 megavatios, pero la primera caída fue hasta los 512. De acuerdo a Camacho, Diatlov se saltó los protocolos de seguridad y quiso que se siguiera bajando hasta los 200. El problema era que ni Diatlov ni nadie conocían verdaderamente todos los detalles del reactor 4, construido con un apresuramiento que hizo que se saltaran varios importantes detalles de seguridad (el sistema de sensores, por ejemplo, no captaba todo lo que ocurría en el interior del reactor). Así, cuando Diatlov ordenó que se iniciara la prueba y se cortara la electricidad, no sabía que la temperatura había aumentado en el núcleo, con lo que la presión fue subiendo y buscó escaparse por todas partes, llevando a la explosión de las cubiertas del reactor: "la tapa del reactor, de 1.200 toneladas de peso, salió proyectada hacia el cielo" y en la atmósfera se liberó "energía atómica en diversas formas, quinientas veces superior a la liberada por las explosiones de Hiroshima o Nagasaki".

La cadena de las equivocaciones continuó. Los bomberos que llegaron poco después no fueron informados de que se trataba de una explosión nuclear; sin equipamiento adecuado, esa misma noche murieron dos, y más de veinte en los meses siguientes. Al día siguiente, los militares descubrieron que en Prípiat la radiación era 600.000 superior a la normal, pero aun así no se ordenó la evacuación de la ciudad hasta 30 horas después de la explosión. Sólo tres días después, Moscú admitiría públicamente el desastre de Chernóbil. Luego llegaron los "liquidadores": 700.000 hombres "pobremente equipados" que no sabían mucho del peligro de la radiación. Enviados a recoger los escombros de la explosión, fueron héroes suicidas a pesar de sí mismos: se calcula que murieron unos 9.000 sólo en los primeros días (el Kremlin todavía no lo ha admitido).

Ocho semanas después del accidente, se decidió aislar al rector con un sarcófago de acero y cemento. Se evacuaron 500 pueblos y aldeas. Hoy hay en Chernóbil un monumento a los "liquidadores", y en el museo pueden verse restos de animales con malformaciones genéticas. 6.000 personas trabajan en el área, pero sólo por un tiempo, hasta que llegan al límite de radiación al que pueden exponerse. Invisible y fatal, la catástrofe nuclear sigue ocurriendo.    

(La Tercera, 25 de abril 2011)

[Publicado el 25/4/2011 a las 17:20]

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Obama, de la inspiración al pragmatismo

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Después de un breve período de descanso, la politica norteamericana volvió a la actividad la anterior semana. Por un lado, Obama lanzó su candidatura a las elecciones presidenciales del 2012; por otro, después de una larga lucha entre republicanos y demócratas, el presupuesto federal fue aprobado a último minuto cuando ya se temía una paralización total forzada de las operaciones del gobierno.

Obviamente, ambas noticias están conectadas. Obama perdió las elecciones del congreso del año pasado porque permitió que sus oponentes lo definieran como un radical de izquierda, un "socialista" defensor de un gobierno intervencionista en todas las áreas de la sociedad; la lucha por el presupuesto le permitía consolidar su movimiento hacia el centro, iniciado días después de su derrota. Las concesiones hechas al Partido Republicano le han valido críticas duras del lado progresista de su partido: sí, se mantuvo firme en el tema de la educación y en el de los fondos para la planificación familiar (que los republicanos ven como un eufemismo para financiar abortos), pero cedió en temas clave como Medicare y Medicaid, que prestan apoyo a familias de escasos recursos y a ancianos, y abandonó muy rápidamente su sueño de conectar el país a través de ferrocarrilles de alta velocidad. Al final de la agitada semana pasada, le habló al país como un negociador triunfante, un estadista que destacaba la capacidad de los partidos de ponerse de acuerdo. Una imagen dudosa, pero calculada: el presidente procuró no mezclarse en una pelea que correspondía al Congreso, porque no podía arriesgarse a ser "el perdedor". Al menos no tan evidentemente.
   
Barack Obama confunde a todos, y eso lo hace un político tan impredecible como peligroso: por experiencia e ideología, pertenece al ala progresista del partido Demócrata (así fue como ganó las elecciones anteriores), pero su impulso vital es el de trascender las luchas ideológicas que han desgastado a los Estados Unidos y contentar a todos. Hay días en que algunos lo ven como modelado en Clinton, pero el político sureño siempre fue centrista y sus ajustes durante su gobierno fueron vistos como naturales a él. Otros días Obama parece Ronald Reagan, por su optimismo natural y su capacidad para proyectar un Estados Unidos innovador en el futuro, capaz de seguir como líder de Occidente. Reagan, sin embargo, sí tenía una ideología, y creía que sólo a través de su imposición Estados Unidos podría mantener su liderazgo.
    ]
Obama ha abandonado la ideología progresista (entre otras cosas, continúa la guerra en Afganistán y la cárcel de Guantánamo sigue abierta) y no ha adquirido ninguna otra en su reemplazo. Toma pedazos de aquí y allá que no logran articularse en una visión, en un modelo de configuración nacional por el cual apostar. Resulta irónico que el gran líder de las elecciones pasadas, el hombre capaz de inspirar a una nación después de los años de pesadilla de Bush, termine convertido en el político pragmático por excelencia.
 
Para su fortuna, en la vereda del frente las amenzas aún no parecen serias. En el partido republicano no han asomado alternativas capaces de seducir al país: Sarah Palin ha perdido el fuelle, Mitt Romney luce como un burócrata sin carisma, y los demás son enanos en una batalla que requiere de gigantes para triunfar. Tal como están las cosas, Obama no tiene mucho de qué preocuparse. Excepto, claro, de su legado, más bien borroso a estas alturas, pero, si el próximo año tiene éxito, ya tendrá tiempo para aquello).

(Qué Pasa, 15 de abril 2011)
 
 

[Publicado el 17/4/2011 a las 16:37]

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Valiente mundo nuevo editorial

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fuente: www.newcastleupontynedailyphoto.com

Esta semana se cerró la librería Borders de Ithaca (en todo Estados Unidos cerraron casi 300 de las más de 600 que había). Durante varios meses estuvo languideciendo, visitada por gente que quería llevarse libros a buen precio. Yo sólo me llevé una novela de Jim Thompson y algunos juguetes para mis hjos (hace rato que para las grandes cadenas de librerías vender libros es sólo una ocupación más). Saqué una foto del enorme letrero que decía STORE CLOSING y recordé que cuando llegué a Ithaca, a fines de los 90, había seis librerías. Para una ciudad de 60.000 habitantes, no estaba nada mal.

The Bookery, la librería independendiente más importante de la ciudad, también cerró hace un par de meses, con lo que solo nos quedamos con Barnes & Noble y Comics for Collectors. A los profesores y alumnos de Cornell, grandes compradores de libros, esto no parece molestarles mucho. Tengo alumnos que vienen a mis clases con sus iPads, y el Kindle se ha vuelto ubicuo en los cafés. Lo cierto es que quienes lamentan el cierre de muchas librerías son los mismos que han contribuido a ello: por más romántico y sentimental que sea uno, es muy difícil pagar 25 dólares por un libro cuando se lo encuentra a 10 en Amazon.  

Aun sabiendo que eran más caros, yo tenía la costumbre de comprar libros en las independientes, como forma simbólica de apoyarlos; pero los descuentos me llevaron a las grandes cadenas y  a Amazon. Hace poco, en un Barnes & Noble semivacío, tuve la misma sensación que tenía con las independientes: la librería me dio pena y decidí comprar un libro. No es fácil conmoverse por los desafíos que afronta una gran cadena, pero la situación es así: el pez grande se comió al chico y Amazon se comerá a todos.    

La transición del libro impreso al digital está ocurriendo de manera más acelerada de lo que se preveía. Consideremos algunos datos: Amanda Hocking, escritora de novelas románticas con temas paranoales que ha hecho su carrera publicándose a sí misma (ha vendido más de un millón de ejemplares), acaba de vender los derechos de sus próximos libros a St Martin's Press; lo interesante de la situación es que Amazon también quiso comprar los derechos, porque quería tenerla en exclusiva para el Kindle (Amazon también funciona como editorial a través de sus sellos Encore y Crossing).

Para comprar los derechos de Hocking, Amazon se asoció con Houghton Mifflin, una editorial tradicional. Como parte de esta asociación, Houghton Mifflin ha comprado los derechos para publicar como libros impresos varios libros digitales de Amazon, con lo cual se ha llegado a una situación algo irónica: el mercado de libros digitales está creciendo tan rápidamente que los derechos para publicar libros impresos se están convirtiendo en subsidiarios de los digitales. Según Mike Shatzkin, un importante analista del mercado digital, esto tiene sentido porque "en cinco años, la mayor parte de las ganancias de un libro saldrá de la venta de libros impresos y digitales en la red". Vale la pena, entonces, que una editorial tradicional se asocie con Amazon.

A esto se suma la decisión de Barry Eisler, autor de novelas de aventuras, de rechazar medio millón de dólares de una editorial por dos novelas porque prefiere publicarlas por su cuenta. Eisler piensa que puede ganar mucho más sin la editorial como intermediaria. Al analizar este "terremoto", Shatzkin concluye, lapidario: "las grandes editoriales son unos dinosaurios en el mundo editorial emergente en el siglo XXI".

Ya sabemos qué ocurrió con los dinosaurios. Valiente mundo nuevo editorial el nuestro.        

(La Tercera, 11 de abril 2011)

[Publicado el 11/4/2011 a las 15:49]

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Apocalipsis Después

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En el último número de la revista Newsweek se lee Apocalypse Now en la portada. El tsunami, los problemas con el reactor nuclear, las convulsiones políticas en el Medio Oriente y la crisis económica global son las razones que se esgrimen para concluir que vivimos en tiempos apocalípticos. Los críticos culturales buscan y encuentran: la última novela de Murakami, IQ84 es ideal para ser leída en clave apocalíptica; se rastrean escritores del Medio Oriente para ver si alguno se anticipó al caos; los editores desempolvan de su catálogo novelas y crónicas sobre terremotos, volcanes en erupción, cataclismos nucleares.

Es suficiente, sin embargo, un poco de perspectiva para darnos cuenta que hace mucho que convivimos con el apocalipsis, y que en realidad, a la hora de narrarlo, lo más interesante es lo que ocurre después. No Apocalipsis Ahora, entonces, sino Apocalipsis Después. Como dice  el crítico James Berger en After The End (1999), su libro sobre la representación del fin de los tiempos en el cine y la literatura, "las representaciones apocalípticas suelen responder a catástrofes históricas" y narran "la ruptura de un orden social"; lo paradójico es que siempre queda algo después de esa ruptura: el fin nunca suele ser del todo el fin. Lo que queda es "la tierra baldía o el paraíso del post-apocalipsis". De hecho, los narradores apocalípticos están sobre todo interesados en explorar la nueva, traumatizada sociedad que irá naciendo de las cenizas de la anterior. Entre el antes y el después, las representaciones postapocalípticas --¿Sueñan los androides con ovejas mecánicas?, El Eternauta, Mad Max, Terminator, La guerra del fin del mundo, 2666- son a la vez el "síntoma del trauma histórico y el intento de enfrentarlo y superarlo".

Las narrativas apocalípticas suelen hallarse a medio camino entre la historia y un discurso que trasciende lo histórico y lo temporal. Esto tiene que ver con el apocalipsis original, el del Libro de la Revelación del Nuevo Testamento. Ese fin del mundo imaginado influirá en la forma en que se narren catástrofes históricas que produzcan la sensación ineludible del fin de algo, sean estas la expulsión de los judíos de España en el siglo XV, el Holocausto de la segunda guerra mundial o los relatos relacionados con la bomba atómica durante la guerra fría. Berger nos recuerda que apocalipsis es, en su sentido etimológico, revelación: el final permite clarificar o descubrir algo trascendente sobre la condición humana.

Es por eso que, en la búsqueda de los responsables del feminicidio en 2666, Roberto Bolaño no sólo está interesado en las posibilidades literarias de la novela policial o de la crónica de investigación periodística, sino, como sugiere Peter Elmore en su aguda lectura de la novela, en el "registro visionario". La novela dialoga con la historia reciente de Ciudad Juárez (hay incluso un texto de investigación periodística que sirve como punto de partida: Huesos en el desierto, de Sergio González Rodríguez) pero luego la trasciende: cuando los caminos de la razón no son suficientes para entender el horror, el mal, aparece el delirio, que también puede ser profecía (Florita Almada es la medium que en la televisión habla de sus visiones y sugiere que las muertes son parte de un ritual satánico); Klaus Haas, el principal sospechoso de los crímenes, también se ve a sí mismo como si fuera parte de una revelación apocalíptica.

2666 es un texto fundamental para entender la sensibilidad apocalíptica contemporánea. Pensando sólo en un corpus latinoamericano, habría que incluir también, además de los ya mencionados Oesterheld (El Eternauta) y Vargas Llosa (La guerra del fin del mundo), a Rafael Pinedo (Plop), Evelio Rosero (Los ejércitos), Horacio Castellanos Moya (Insensatez), Leila Guerriero (Los suicidas del fin del mundo), Álvaro Bisama (Música marciana), Yuri Herrera (Señales que precederán al fin del mundo) y Mike Wilson (Zombie). Habría que ponerlos a dialogar, ver qué formas específica toma esta sensibilidad en nuestra cultura.
 
(La Tercera, 28 de marzo 2011)

[Publicado el 28/3/2011 a las 15:35]

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Norte: los dos primeros capítulos

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Norte, mi nueva novela, se publica hoy en España (Mondadori). Para que tengan una idea de qué va, los dejo con la contratapa:

Los personajes de Norte permanecen extraviados en el cruce de mundos y fronteras que caracteriza a nuestra época. La novela comienza en 1984 en el norte de México con Jesús, un adolescente obsesionado por su hermana que, con los años, se irá convirtiendo en el Railroad Killer, un psicópata en la lista de los más buscados del FBI. Luego pasamos a la California de 1930, en la que Martín Ramírez, un inmigrante indocumentado, está a punto de ser enviado a un psiquiátrico en el que se convertirá en uno de los grandes pintores autodidactas del siglo XX. La narración salta entonces a Texas en la primera década de este siglo, y se enfoca en Michelle, una joven que debe lidiar con su vocación de dibujante y guionista de comics, y con una tortuosa relación con uno de sus profesores. Tres destinos separados por el tiempo y el espacio pero interconectados por la violencia, el desarraigo, la creación y la locura. Una mirada ambiciosa y compleja a la forma en que Estados Unidos está siendo reinventado por los nuevos inmigrantes latinoamericanos.

 

Los dos primeros capítulos se pueden leer aquí.

 

 

[Publicado el 18/3/2011 a las 16:35]

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Una novela negra de amor loco

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Carlos Zanón (Barcelona, 1966) ha escrito una de las mejores novelas negras en español de los últimos años. Tarde, mal y nunca, galardonada con el Premio Brigada 21 a la Mejor Novela Negra del año (2009) y reeditada hace un par de meses por RBA, es toda una revelación. La novela me ha descubierto una Barcelona que no conocía, la de los inmigrantes en el margen de la sociedad, árabes y latinos tratando de encontrar un destino a sus vidas sin mucho horizonte. Zanón comienza en media res, con el martillazo con el que Epi mata a su amigo Tanveer Hussein en un bar. Esta escena violenta nos mete de lleno a la novela y aunque parece gratuita no lo es: no tardaremos en enterarnos de los motivos de Epi, que son simples: Tanveer se ha metido con Tiffany, una peruana que solía ser su novia y de la que sigue enamorado. Sí, Tarde, mal y nunca, pese a ser poco romántica, es una novela de amor, loco y equivocado y no correspondido pero amor al fin.

Pero la historia no se queda ahí; Zanón la narra con apertura en gran angular, como una forma de entrar a todo un submundo de prostitutas golpeadas, mujeres que no paran de drogarse, hombres incapaces de ver más allá de sus narices. Sus personajes están muy bien construidos a partir de detalles y tienen una mirada propia: Allaui, el argelino, "luce un tatuaje vertical desde la oreja derecha hasta el final del cuello que reza I LOVE VANESSA"; Tiffany, que se adueña de cada escena en la que aparece, ha usado muchas veces su belleza para lograr lo que quería, "pero no era desleal o al menos ella no se ve así. Nunca calentaba a alguien para dejarlo a medias, como hacían otras".

Sin ser lacónico, Zanón no se pierde en excesos retóricos y es persuasivo. También sabe usar imágenes con mucha fuerza. Hay violencia y todo es visceral, pero también hay poesía: "En una ocasión la madre de Epi le explicó [a Tiffany] que antes no había palomas ni aquí ni en ningún otro lugar de Europa. Que se trajeron de Oriente para curar de melancolía a una mujer rica. Y que ya nunca regresaron a casa. Algo las retiene aún hoy en día en plazas y tejados. Como si estuvieran prisioneras de no se sabe muy bien qué. Un poco como ella misma". No sé si es cierta esta explicación pero estoy dispuesto a creérmela como me he creído todas las líneas de esta novela.

[Publicado el 16/3/2011 a las 19:55]

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Generación Bit: una historia de la información

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Claude Shannon

En 1948, Bell Laboratories anunció la creación del bit, una unidad para medir la información. Su inventor tenía 32 años y se llamaba Claude Shannon. En "A Mathematical Theory of Communication", un ensayo de ochenta páginas publicado en las páginas de la revista de Bell, Shannon desarrolló los principios de una teoría de la información que va adquiriendo cada vez más importancia. El nombre de Shannon no es el de un inventor icónico; sin embargo, The Information: A History, a Theory, a Flood, el nuevo libro de James Gleick, lo convertirá en uno.

Una de las mayores virtudes de Gleick consiste en unir conceptos aparentemente dispares para mostrar cuán interconectados están. Su libro es una ambiciosa y brillante historia de la información que se atreve a tocar todas las ramas del conocimiento; la información, después de todo, es "el principio vital" de nuestro mundo. La teoría de la información nació a mediados del siglo XX de la unión de la ingeniería eléctrica con las matemáticas y la computación, pero hoy hasta la biología se ha convertido en una "ciencia de la información, un tema de mensajes, instrucciones y códigos... Genes encapsulan información y permiten procedimientos para leerla y escribirla. El cuerpo mismo es un procesador de información". Así, Gleick se permite una conclusión audaz: "a la larga, la historia es la historia de la información tomando conciencia de sí misma".  

El subtítulo del libro menciona tres temas. En las secciones de historia, leemos acerca de las diversas tecnologías de la información desarrolladas por los seres humanos, desde los tambores africanos hasta el alfabeto, las matemáticas y el código morse. Gleick, autor de biografías clásicas de Newton y Feynman, es un maestro a la hora de anclar datos en torno a un personaje: aquí brillan Charles Babbage y Ada Byron, que dieron los primeros pasos para la invención de la computadora. También sabe cómo dar relevancia y contexto a datos no muy conocidos: aprendemos, por ejemplo, que el primer diccionario es de 1604 y lo hizo Robert Cawdrey (su Tabla Alfabética es descrita como "un hito en la historia de la información").    

En las secciones de teoría aparece el personaje central del libro, Claude Shannon. Cuando todos pensaban que el problema clave de la comunicación tenía que ver con hacerse entender, dar sentido a lo que se comunicaba, Shannon tuvo una idea brillante y contraria a la intuición: según él, los mensajes no siempre tienen sentido, y que lo tengan o no son "aspectos semánticos de la comunicación... irrelevantes para el problema de ingeniería". Al desligar el mensaje del sentido, Shannon sugería que lo importante de la información era el hecho de cómo se reproducía en un punto un mensaje enviado desde otro punto; daba lo mismo que la información fuera "una secuencia de números al azar o una señal de televisión o información para un misil guiado", el hecho era que el proceso era estadístico, podían ocurrir errores gracias a procesos entrópicos, los "mensajes se generaban con una variedad de probabilidades".

Aunque científicos importantes como Norbert Wiener no estaban a gusto con la idea de una información desprovista de sentido, las ideas de Shannon fueron tomando las diferentes ciencias en la segunda mitad del siglo XX. Gracias a su uso del error y la entropía, la teoría de la información de Shannon cambió el curso de la física teórica, la psicología y la biología.

Hoy vivimos en el tiempo de la Inundación. Gleick convierte en padrino de estas secciones a Borges y su Biblioteca de Babel. Todos nosotros nos hemos vuelto bibliotecarios de esta gran Babel de información muchas veces desprovista de sentido. Eliot hablaba de la sabiduría perdida con el conocimiento, y del conocimiento perdido con la información. Gleick sabe que el principal desafío del siglo XXI es hacer que el sentido vuelva a conectarse a la información, y piensa que nosotros, "criaturas de la información", sabremos encontrar el sentido entre tanta "cacofonía e incoherencia". Este optimismo suena raro en un libro que tiene como personaje central precisamente a alguien que descubrió que lo importante de la información no era el sentido.

(La Tercera, 14 de marzo 2011)

[Publicado el 14/3/2011 a las 17:47]

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Un libro como un relámpago

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El nuevo libro de cuentos del mexicano Antonio Ortuño, La señora Rojo (Páginas de Espuma, 2010), tiene algo de engañoso. Quizás sea su brevedad --el hecho de que se puede leer de una sentada--, o su prosa carente de florituras: todo parece fácil, demasiado fácil. Un libro que es como un relámpago podría pasar de puntillas en la avalancha de novedades. Y sin embargo La señora Rojo queda. Es notable el mérito de Ortuño: ha hecho que lo que parece poco sea mucho.

Ortuño, escogido hace poco por la revista Granta entre los mejores narradores jóvenes en español, transita por diversos registros, desde el relato breve que ha hecho escuela en la literatura latinoamericana hasta los cuentos de corte más clásico, desde las exploraciones de la individualidad desquiciada en la primera parte de La señora Rojo –una individualidad que se agita en medio del contexto social-- hasta los universos más amplios de la segunda parte, en los que lo político y lo histórico se convierten en las formas fundamentales por las que se constituye el sujeto contemporáneo. Hay un diálogo con la tradición, pero también una apropiación muy particular de esta: Ortuño ya tiene un mundo propio, un estilo inconfundible.

El tono principal de Ortuño es el del humor negro, el de la sátira descarnada: hay malicia y crueldad, aunque en general estas no suelen ser gratuitas (hay excepciones). “Agua corriente”, el primer cuento del libro y uno de los mejores, prefigura lo que vendrá: el narrador, “con una madre abandonada por el marido con un hijo pequeño y otro imbécil”, pertenece a una familia tan pobre que las cenas se preparan en base a sobras. Por suerte hay agua caliente: eso permite “limpiar la sangre que le escurría a mi hermano de la boca cuando se despeñaba por la escalera o caía en mitad de un pasillo y se machacaba en las esquinas de los muebles”. Se leen de paso observaciones afiladas en torno a la sociedad (el narrador se embrutece en la escuela “con las cenizas de educación pública que recibía”).

En este libro hay varios cuentos magníficos: “El Grimorio de los vencidos”, el más divertido y burlón; “La señora Rojo”, que funciona a nivel literal (una inmensa tortuga invade el jardín de una familia de clase media) y a nivel metafórico (una alegoría del destino aciago de nuestras sociedades, en las que un obstáculo es reemplazado por otro); “Pavura”, que comenta con lucidez acerca de la paranoia contemporánea del control y la seguridad (un encargado de seguridad obsesionado con su trabajo se enfrenta al miedo de que los controles sean burlados, pero en el fondo su inconsciente ya ha sido tomado: vive con el miedo de saber que bastará un parpadeo para que “el enemigo, el mal, la demencia infinita” ingresen en “nuestras entrañas”); “Héroe”, que se puede leer como una variación de un cuento de Borges (“Tema del traidor y del héroe”).

Como en buena parte de la cuentística latinoamericana, los cuentos de Ortuño suelen decantarse por el golpe de efecto, la vuelta de tuerca del párrafo final. Si el impacto no es el deseado, el cuento se resiente. En ese sentido, hay textos como “El día del amor” y “La culpa de las revueltas” en los que la violencia final es más bien caricaturesca y su fuerza inicial se diluye. Aquí el humor negro y la crueldad no son un medio para un fin sino un fin en sí mismo. Detalles menores: La señora Rojo es un libro sólido, uno de los mejores de la narrativa mexicana contemporánea; Ortuño, capaz de imaginar a los ancianos “cerúleos y frágiles” que caminan por los pasillos de un hospital como si fueran parte de “un ballet decadente y espantoso”, ha alcanzado la originalidad y madurez que anunciaban libros como Recursos humanos (2007) y El jardín japonés (2007).   

(Letras Libres-España, marzo 2011)

[Publicado el 01/3/2011 a las 00:50]

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La gran convulsión

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Franz Marc, La desafortunada tierra del Tirol

La semana pasada tuve la oportunidad de visitar La gran convulsión, la exposición montada por el Guggenheim de Nueva York  sobre las vanguardias en el período 1910-1918. El museo no escatimó esfuerzos para presentar las grandes obras de esos años de gran fermento creativo que terminaron con el horror de la primera guerra mundial. Los cuadros estaban acompañados por fotografías y manifiestos que iban desde la noche futurista de enero del 1910 en el teatro Politeama Rossetti de Trieste hasta el Manifiesto I de De Stijl firmado en noviembre de 1918 por Mondrian, Van Doesburg y otros.

Una exposición tan ambiciosa como esta sirve para reevaluar a artistas y movimientos. El Guggenheim muestra con contundencia que las vanguardias fueron efímeras pero su legado no: todavía hoy vivimos bajo la sombra de sus logros. Los artistas que conocemos como centrales –Picasso, Kandinsky-- lo seguirán siendo, aunque en particular hubo dos que yo entendía como de secundarios y que crecieron ante mis ojos: Franz Marc y Robert Delaunay. El alemán Marc, un expresionista fundador de la influyente revista Der Blaue Reiter, fue uno de los que creyó que la guerra podría limpiar el materialismo rampante en Europa y restaurar los valores religiosos y espirituales; un par de meses en el frente de combate bastó para desilusionarlo. Desde el punto de vista artístico, sin embargo, impresiona ver cómo sus cuadros previos a la guerra fueron premonitorios: La desafortunada tierra del Tirol y El destino de los animales, de 1913, capturan a la perfección las tensiones políticas y económicas que llevarían directamente al conflicto bélico.  

El francés Delaunay, junto a pintores tan diversos como Mondrian, Léger y Chagall, exploró esos años nuevas formas de representar el espacio. La exposición del Guggenheim hace patente su obsesión con la torre Eiffel, que él veía como el símbolo por excelencia de la modernidad y también, de acuerdo a la crítica Tara Ward, como un “desafío para la composición (¿cómo hacer que algo tan alto entre en el espacio confinado de un cuadro?)”. Influido por los cubistas y por las teorías del color de Chevreul, Delaunay trató de usar perspectivas simultáneas y combinaciones de tonos de color para crear la sensación de que sus versiones de la torre tenían tres dimensiones.

Sorprende la alianza que existía en esa época entre las artes visuales y la escritura: los futuristas publicaron más de cincuenta manifiestos; casi todos los vanguardistas escribieron ensayos para defender sus teorías. La poesía exploró formas visuales (los caligramas de Marinetti y Apollinaire), y, a la inversa, muchos cuadros tenían su referente poético. Una de las alianzas más creativas se produjo entre Delaunay y el poeta chileno Vicente Huidobro, como analiza Rosa Sarabia en su libro La poética visual de Vicente Huidobro (Iberoamericana, 2007). Huidobro llegó a vivir a París en 1916 e ingresó rápidamente en los grupos vanguardistas; en 1917 ya era uno de los fundadores y financiadores de Nord-Sud, la revista dirigida por el poeta Pierre Reverdy. Ese mismo año Huidobro publicó en Nord-Sud su poema en francés “Tour Eiffel”, que serviría de base para Tour Eiffel, el poema-libro que publicaría en 1918 con una portada diseñada por Delaunay y la reproducción en sus páginas de un cuadro del pintor francés.

Huidobro escribe:

Torre de Eiffel
Guitarra del cielo
            Tu telegrafía sin hilos
            Atrae las palabras
            Como un rosal a las abejas

Sarabia observa que la mirada celebratoria de Huidobro tiene que ver con la torre como símbolo de la modernidad y también con el final de la primera guerra mundial (la torre ayudó en las “operaciones radiotelegráficas” de los aliados). El mérito de la exposición del Guggenheim es mostrar no sólo esa exaltación de lo moderno sino la devastación de la guerra: la “gran convulsión” adquiere su sentido si ponemos los cuadros de Delaunay al lado de los de Marc.


(La Tercera, 28 de febrero 2011) 

[Publicado el 28/2/2011 a las 16:20]

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Locke & Key: Bienvenidos al mundo de Gabriel Rodríguez

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Descubrí el trabajo de Gabriel Rodríguez en la única tienda de comics de Ithaca. Buscaba novelas gráficas con tema fantástico y/o de horror para perfilar un personaje en la novela que estaba escribiendo, y el dueño de Comics for Collectors me recomendó Locke & Key. El guión era de Joe Hill, el hijo de Stephen King; no podía estar mal. Me la llevé a casa y quedé sorprendido: una historia de horror que sabía moverse entre el plano realista y el sobrenatural. Los dibujos de Rodríguez eran impresionantes en su minucioso detallismo; me alegré de saber que a un dibujante latino le iba muy bien en el difícil mundo del comic en los Estados Unidos.

Un par de meses después fui invitado a un congreso de literatura y cultura pop en Santiago; Mike Wilson, uno de los escritores que lo organizaba, me contó que iba a participar Rodríguez. Ha debido ser difícil ubicarlo, dije. Para nada, respondió Mike. Así me enteré que Gabriel era chileno y vivía en Santiago; que ni siquiera conocía en persona a Joe Hill, pues recibía los guiones por email y enviaba los dibujos por el mismo método. Lo cvi en el congreso y me acerqué a él con admiración; me fui a casa con el primer tomo de Locke & Key autografiado y con formatos de guiones que me ayudarían a situar al personaje de mi novela. Me entusiasma saber que Fox está adaptando Locke & Key para la televisión y que Gabriel está tan en demanda que tiene trabajo para los próximos tres o cuatro años.  

Hill es un buen hijo de Stephen King: tarda apenas seis páginas en meternos de lleno en la historia. El asesinato del padre de los tres hermanos Locke -Tyler, que lucha con sus sentimientos de culpa por la muerte del padre; Kinsey, responsable, protectora de su familia; Bode, el niño de seis años con experiencias sobrenaturales--- hará que ellos abandonen California junto a su madre alcohólica y se muden a Keyhouse, la mansión de la familia, en Lovecraft, Massachussets. El primer dibujo es el de una puerta cerrada con un felpudo en el que se lee Welcome; la imagen parece inocente, pero en realidad estamos presenciando gráficamente -el título ya lo anunciaba-- de qué va Locke & Key a nivel simbólico: de puertas que se abren y se cierran, de llaves convertidas en el elemento central de la mitología construida por Hill y Rodríguez.

El único error de Hill es el haber llamado Lovecraft a su ciudad ficcional (demasiado obvio). Por lo demás, sabe dosificar el ritmo de la historia, y su imaginación cinemática va llenando la trama de momentos de tensión y suspenso (Gabriel acompaña esos momentos con secuencias de páginas enteras en las que a veces no hay una sola palabra). Locke & Key ha sido planeada en seis arcos dramáticos (estamos por la mitad del cuarto): los hermanos ya saben que están luchando contra un espíritu maligno que quiere echarlos de Keyhouse, aunque todavía no saben por qué; en el transcurso de la narrativa, han ido descubriendo llaves con diferentes poderes: una permite cambiar de género, otra convertirse en gigante, otra reparar objetos... Las llaves son, literalmente, la puerta a lo fantástico (en "Juegos mentales", la llave de la cabeza permite que Bode se abra la cabeza y juegue con sus memorias y emociones; en "Corona de sombras", la llave gigante logra que Tyler se convierta en un gigante para luchar contra un ejército de sombras vivientes).

El mundo del comic no es cosa de broma, pero a veces lo parece gracias al talento de gente como Hill y Rodríguez. 

(La Tercera, 14 de febrero 2011)

[Publicado el 14/2/2011 a las 16:47]

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Biografía

Edmundo Paz Soldán (Cochabamba, Bolivia, 1967) es profesor de Literatura Latinoamericana en la Universidad de Cornell. Es autor de nueve novelas, entre ellas Río Fugitivo (1998), La materia del deseo (2001), Palacio Quemado (2006) y Los vivos y los muertos (2009); y de los libros de cuentos Las máscaras de la nada (1990), Desapariciones (1994) y Amores imperfectos (1998). Ha coeditado los libros Se habla español (2000) y Bolaño salvaje (2008). Su libro más reciente es Norte (Mondadori, 2011). Sus obras han sido traducidas a ocho idiomas, y ha recibido numerosos premios, entre los que destaca el Juan Rulfo de cuento (1997) y el Nacional de Novela en Bolivia (2002). Ha recibido una beca de la fundación Guggenheim (2006). Colabora en diversos medios, entre ellos los periódicos El País y La Tercera, y las revistas Etiqueta Negra, Qué Pasa (Chile) y Vanity Fair (España).

Bibliografía

Portada 'Los vivos y los muertos'

Norte (2011). Mondadori

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