El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

miércoles, 22 de mayo de 2013

 Río Fugitivo / Blog de Edmundo Paz Soldán

Usos y abusos del huracán

El 26 de octubre por la mañana el gobierno cubano anunció que el huracán Sandy había provocado once muertes en la isla. Al rato de comunicarse la noticia, Shirley Phelps-Roper, hija del pastor de una iglesia bautista en Kansas, agradecía a Dios en Twitter (@DearShirley) por su "juicio justo". Días después, continuaría con los agradecimientos, esta vez a Sandy por haber destruido las costas de Nueva Jersey y la ciudad de Nueva York, lugares llenos de gays, "en la escala más baja de la depravación humana". Shirley no estaba sola en ese deseo de ver signos de la intervención divina en Sandy; a pocos días de las elecciones presidenciales, no faltaron los pastores evangélicos que culparon a Obama del huracán.

Los desastres naturales -huracanes, tsunamis y demás- nunca son solo lo que son; siempre representan algo más, se han convertido en metáforas fáciles. Uno encuentra en ellos lo que busca. Las interpretaciones divinas han dominado, quizás porque esos desastres están ya entramados en el Apocalipsis de San Juan como símbolos, alegorías, formas en las que Dios o el Demonio se comunican con nosotros.

Si los huracanes van a representar algo, es mejor que dialoguen con la historia. En la literatura y el cine recientes hay ejemplos del uso del huracán sin intervención divina o maligna. En pocas literaturas aparece tanto el huracán como la cubana. Un ejemplo reciente es el de Ena Lucía Portela y su irónico "Huracán" (2009). En ese cuento, Mercy, la narradora, toma la decisión de suicidarse de una manera particular: quiere que un huracán se la lleve. El problema es que, cuando llega Michelle, no se sabe muy bien por dónde aparecerá; al final, este causa "derrumbes, penetraciones del mar, gran parte del tendido eléctrico por el suelo", pero la narradora sigue viva. No importa: persistirá en su decisión y se pondrá a esperar otro huracán.

En el cuento de Portela, el huracán sirve como metáfora de una fuga de la historia. La narradora sugiere que sus terrores desaparecen apenas decide suicidarse de esa manera, a fines de los noventa; es "una especie de exorcismo". El cuento se lee como una crítica feroz a una realidad intolerable; entre la naturaleza y la historia, la narradora se queda con la naturaleza. No es necesario que Portela mencione el castrismo para saber a dónde va dirigida su crítica.

El huracán Katrina ha dado lugar a Zeitoun (2009), de Dave Eggers, una gran crónica que captura la devastación producida por el huracán desde un registro intimista. Eggers no se libra del registro épico: el enfrentamiento produce la inevitable dicotomía de la lucha entre el hombre y el desastre natural. De ese lugar común para la literatura nacen algunas de las mejores páginas de Zeitoun. Zeitoun es un inmigrante sirio que decide quedarse mientras la gran mayoría busca escapar de Nueva Orleans. Quedarse le revelará el "nuevo mundo" post 11 de septiembre, en el que un musulmán como él puede ser sospechoso de transgredir la ley incluso cuando solo está tratando de ayudar. Pero en el fondo esta es una crónica de integración: Zeitoun quiere ser aceptado en su patria adoptiva, y nada hará que vacile su optimismo.

Beasts of the Southern Wild (2012) es la historia de Hushpuppy, una niña de seis años que vive en el Bathtub, una isla separada del resto de Louisiana, en la que vive una comunidad pobre pero orgullosa, con sus propios mitos y leyendas. La maravillosa -en más de un sentido- película de Benh Zeitlin usa al huracán de manera opuesta a Eggers: su llegada no propicia la integración al país, sino más bien reafirma el espíritu individualista del Bathtub, resistente a las órdenes gubernamentales de evacuar la isla. Hushpuppy siente que todo estará bien mientras su padre no se vaya de su lado y ella pueda refugiarse en el mito de los Aurochs (animales gigantescos que protegen al Bathtub).

Escape de la historia, crónica del enfrentamiento del ser humano frente a las inclemencias de la naturaleza, o deseo libertario de seguir viviendo en su enclave. Fuga del Estado-nación o integración a este: mientras se deje en paz a Dios todo estará bien con los usos y abusos del huracán.

(La Tercera, 3 de noviembre 2012)

[Publicado el 03/11/2012 a las 16:07]

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La China de Eduardo Berti

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Entre las tantas cosas que les debemos a los modernistas se encuentra la fascinación por el Oriente. El culto a las “japonerías” que aparece en la obra de Rubén Darío o Juan José Tablada fue importado –como varias otras marcas claves del modernismo— de Francia, que deliraba por el arte asiático en la segunda mitad del siglo XIX. En las crónicas de sus viajes por Sri Lanka (entonces Ceilán) o Vietnam, Enrique Gómez Carrillo no sabía que iniciaba un largo romance de la literatura latinoamericana con ese mundo que solemos ver como etéreo, fantasmal (“Los mismos espíritus de los muertos, cuando vuelven a pasearse por la ciudad, se detienen en las puertas de las fumerías [de opio] en cuanto perciben el perfume de la buena droga”, escribió el guatemalteco hace un siglo).

El país imaginado (Emecé/Impedimenta), del argentino Eduardo Berti, participa de esa fascinación. Esta magnífica novela, reciente ganadora de la segunda edición del premio Las Américas 2012, convierte ciertos tópicos sobre el Oriente en puntos de partida para una indagación sobre la naturaleza de las tradiciones y la forma en que el ser humano se enfrenta a ellas para preservar su independencia. Hay serios riesgos en el uso de los tópicos; es difícil eludir el “orientalismo” --la exotización de las culturas orientales por parte de escritores y artistas de Occidente— cuando se narran historias ambientadas en esos paisajes. Berti es consciente del reto y lo asume: El país imaginado habla de una exótica tradición china –casarse con los muertos-- de la manera más realista posible, tratando de evitar prejuicios y estereotipos. Inevitablemente, pese a las buenas intenciones, algo de ese “orientalismo” se cuela en la narración. 

El país imaginado, ambientada en la China en un período comprendido más o menos entre 1930 y 1950, es la historia de Ling, una adolescente de catorce años enamorada de Xiaomei, la hermosa mujer hija de un ciego. Ling es una narradora elegante, delicada, con una voz tan suave como hipnótica, que atiende al registro social –explica tradiciones chinas como jamás lo haría una adolescente china— tanto como a las fabulaciones de su abuela agonizante y a la sutileza de sus propias percepciones. Ella está, al igual que su hermano, limitada por la tradición: sus padres quieren casarlos con los hijos de un poderoso funcionario. La tensión de la novela gira entre el deseo de libertad de Ling, sus tímidos espacios de escape –suele ir al parque a pasear el mirlo de la abuela muerta, y se encuentra allí con Xiaomei--, y el peso de los rituales y las supersticiones de una China que todavía mira al pasado.

El país que fabula Berti dialoga con el mundo gótico de Tim Burton, sobre todo en las páginas dedicadas a una costumbre china de la época –extraida por Berti de un libro “orientalista” de Henri Doré--, la de los casamientos arreglados con muertos para lograr alianzas familiares con claro beneficio económico; la tradición podía ser pintoresca, pero tenía mucho sentido desde el punto de vista de la economía social china. El “casamiento fantasma” del hermano de Ling, y sus repercusiones en ella, son lo mejor de una novela llena de momentos superlativos: “Mi hermano se disponía a casarse con una mujer que no envejecería. Lo monstruoso de su boda era, acaso, este factor. El esposo envejecería, la esposa no. ¿Algo análogo iría a ocurrir con la imagen que yo conservaría de Xiaomei?” 

El “país imaginado” remite a los sueños y también a la muerte y a la creación literaria. Berti dice no haber escrito una novela sobre China, pero lo cierto es que ha escrito una novela sobre una China que nos concierte mucho, la de la imaginación, a la que retornamos con los interrogantes de siempre. Aun en clave realista, el Oriente sigue siendo etéreo, fantasmal.

 

(La Tercera, 20 de octubre 2012)   

[Publicado el 22/10/2012 a las 16:21]

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Warhol por 60

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"Hanging Man/Sleeping Man", de Robert Gober, junto a un cuadro de Warhol basado en una foto sobre incidentes raciales en Alabama

En una de las salas de la retrospectiva que el museo Metropolitano de Nueva York ha dedicado a Andy Warhol hay una pared empapelada por los dibujos repetidos de un hombre blanco durmiendo y un esclavo negro ahorcado. "Hanging Man/Sleeping Man", el título de ese empapelado inquietante de Robert Gober que apunta al trauma histórico fundamental de los Estados Unidos, dialoga con "Death and Disaster" (1962-3), una serie de cuadros de Warhol dedicada a accidentes sacados de los tabloides, a símbolos de la violencia imperante en la sociedad norteamericana; no hay más que pensar en "Orange Disaster #5", una serigrafía de fotos repetidas de una silla eléctrica bañada en un explosivo color naranja.

Con los años hemos reducido a Warhol y nos hemos quedado con la imagen de un frívolo rey del pop fascinado por el espectáculo de la fama y la sociedad de consumo. "Regarding Warhol: Sixty Artists, Fifty Years", la ambiciosa retrospectiva del Met, no solo nos devuelve a un Warhol más completo; también nos muestra la abarcadora influencia de su obra en el arte contemporáneo. En una sala está "Michael Jackson and Bubbles", la escultura kitsch de Jeff Koons que presenta al cantante abrazando a su mono, y en otra se pueden ver fotos de Cindy Sherman ("Film Stills", serie de autorretratos en la que asume varias identidades) y de Robert Mapplethorpe ("Bill Joulis" y "Self Portrait", agresivas reivindicaciones de la identidad gay); para llegar a esa destilación del poder y la fama, Koons tuvo muy presente los retratos de Warhol dedicados a, entre otros, Marlon Brando, Jackie Kennedy y Marilyn; Sherman y Mapplethorpe, por su parte, dialogan con la fluida construcción de identidades de género que aparece en buena parte de la obra de Warhol.

Violencia como parte del espectáculo (Bruce Nauman), identidades cambiantes (Nan Goldin, Richard Avedon) revitalización del retrato (Gerhard Richter, Keith Haring), celebración y crítica de la sociedad de masas (Barbara Kruger, Sigmar Polke), obsesión con la celebridad (Hiroshi Sugimoto), erosión completa de la tradicional división entre arte y comercio (Takashi Murakami), apropiación posmoderna de la obra de otros (Vik Muniz, Banksy): Warhol está hoy en todas partes. Eso lo ha vuelto invisible. Su obra es, como dice el alemán Gerhard Richter -uno de los que más y mejor ha seguido las pistas dejadas por Warhol--, "un síntoma de una situación cultural". Es por eso que, cuando uno recorre todas las salas de la retrospectiva y llega a la tienda del museo, no es difícil pensar que esa tienda --en la que se pueden comprar chocolates con frases inteligentes del pintor de Pittsburgh, calendarios, agendas, lapiceros y llaveros-- es parte de la exposición.

(revista Qué Pasa, 12 de octubre 2012)

[Publicado el 15/10/2012 a las 16:14]

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Versiones de Ron Hubbard

           Fui a ver la nueva película de Paul Thomas Anderson con la idea equivocada de que se trataba de una biografía de Ron Hubbard, el polémico y complejo creador de la Cienciología. No tardé en descubrir que en The Master Anderson no estaba interesado en una recreación de la verdad histórica; su punto de partida para crear a Lancaster Dodd (Philip Seymour Hoffman) podía ser la biografía de Hubbard, pero luego se liberaba de la atadura de los datos históricos para entregar una memorable meditación sobre los impulsos que motivan a los individuos a abrazar cultos, religiones, una comunidad capaz de trascenderlos.

            Hubbard es un personaje ideal para una película o, mejor, una miniserie: su vida abarca multitudes. Nacido en 1911 en Nebraska, Hubbard fue un charlatán carismático; de acuerdo a Janet Reitman en su libro Inside Scientology, podía pasarse horas hablando de sus aventuras como explorador en el Amazonas, cazador en Africa, minero en las Indias Occidentales. Era un mentiroso patológico que escribía como desaforado, primero westerns, y luego, en los cuarenta, cuentos y novelas mediocres de ciencia ficción (tiene el record Guinness de más libros publicados: 1.084). Pero la ficción comercial tenía sus límites para un megalómano necesitado de dinero y reconocimiento, de modo, a principio de los cincuenta, Hubbard concibió la idea de fundar una religión. El resto, como se dice, es historia.

            Anderson está interesado en el Hubbard de principios de los cincuenta. Como Hubbard, Lancaster Dodd se vale de su talento de hiptonista para “regresar” a sus seguidores en el tiempo y hacerles volver a vivir el instante del nacimiento, trauma de origen que debe ser enfrentado si uno quiere una vida más plena. Dodd se topa con Freddie Quell (Joaquin Phoenix), un ex-soldado psíquicamente golpeado por la segunda guerra mundial. Quell encarna el impulso irracional de perderse en una causa más grande que el individuo, y, a la vez, el lado indómito de la condición humana, capaz de resistir violentamente ese impulso. El Hubbard de Anderson, en cambio, reune varios elementos fundamentales de la idiosincracia norteamericana; Lancaster Dodd no solo es el hombre capaz de inventarse a sí mismo, mitologizarse a través de sus relatos, sino también el que sabe que buena parte del negocio es montar un gran show. Dodd canta, baila, hiptoniza, modula la voz, sonríe y se entrega a su público; podía haber tenido éxito en un circo o en Hollywood, pero, en vez de eso –o quizás por eso--, terminó fundando una religión (la religión es comercio, circo, actuación, sugiere Anderson).

            Hay otras versiones facinantes de Hubbard. Una de ellas es la de Rodrigo Fresán en El fondo del cielo (2009). En la novela, Jeff Darlingskill es “un eslabón perdido entre el cohete y la catacumba”, un ser mesiánico que inventa historias que mezclan a “monarcas de la Atlántida con científicos locos”. La imaginaciónde disparatada de Darlingskill no está muy lejos de la de Hubbard, quien creía en sus primeras charlas en la iglesia de la Cienciología que en lo más profundo del hombre se encontraba el “thetan”, su verdadero ser. Los “thetans” eran quienes en verdad crearon el universo y quedaron atrapados por su creación. Vivían en el cuerpo de los seres humanos y con los siglos perdieron su poder original; uno de los objetivos de la Cienciología consistía en liberar a los “seres theta”, permitirles recuperar su poder a través de la terapia.

            La versión fresaniana de Hubbard se enfoca en “la realidad de un mundo irreal coexistiendo con el nuestro y, de tanto en tanto, creciendo lentamente como una demencial mancha de humedad en las paredes de nuestra cordura”. Hubbard escribía muy mal pero fue capaz de lograr que su “mundo irreal” fuera real para muchos. Su religión paranoica es motivo de burla fácil; más interesante que eso, sin embargo, es preguntarse, como Anderson y Fresán, por qué “las paredes de nuestra cordura” son tan fácilmente tomadas por “demencial[es] manchas de humedad”. 

  

 (La Tercera, 6 de octubre 2012)

[Publicado el 10/10/2012 a las 23:18]

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Chávez: "las noticias de mi muerte son muy exageradas"

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“La hora de Capriles”, tituló Mario Vargas Llosa su última columna, pero fue Hugo Chávez el que, una vez que se dieron los resultados oficiales, salió al balcón de la plaza de la Luz en Caracas y se puso a cantar el himno venezolano en un gesto aparentemente espontáneo, celebrando su reelección. “Las noticias de mi muerte son muy exageradas”, escribió alguna vez Mark Twain, y el Comandante pudo haber dicho lo mismo en las semanas previas a la elección, con cada nuevo análisis en que se lo enterraba (y con él a su “revolución boliviariana”, incluyendo entre los enterrados, por supuesto, a Evo Morales).

Hace un buen tiempo que a Hugo Chávez se lo está dando por muerto: derrota en el referéndum constitucional del 2007, cáncer galopante, y ahora un candidato serio y telegénico de una oposición por fin unida. Esas son, por lo pronto, fantasías freudianas de cumplimiento de un deseo. Con su victoria este domingo, Chávez está más vivo que nunca, desafiante y mesiánico, enarbolando la espada de Bolívar en el balcón. Su triunfo repercutirá en todo el continente. En Bolivia, el evismo saldrá reforzado (con una diferencia radical: la oposición sigue desarticulada y todavía no cuenta con un candidato de fuste capaz de parársele al frente a Evo).

Chávez no solo ganó de forma aplastante porque puso a disposición de su campaña los enormes recursos –plataforma publicitaria, infraestructura operativa, ilimitado presupuesto-- del Estado venezolano. También lo hizo porque su hábil manejo de un discurso de identificación con los sectores populares ha hecho que, para muchos, haya sido más fácil votar por un líder lleno de defectos e incluso posiblemente enfermo de gravedad, que por un político sólido y joven que ofrecía un proyecto atractivo. La sociedad venezolana está muy dividida, y Chavez ha contribuido mucho a esa polarización, pero no todos los males comienzan con el caudillo. Habría que decir, más bien, que el caudillo comienza gracias a los graves males que arrastraba la sociedad venezolana (ineptitud de la clase política, despilfarro de sus ingentes riquezas, grandes desigualdades sociales y económicas). Después de catorce años en el poder, esos males se han agravado: el Estado es cada vez más burocrático e ineficiente, los índices de criminalidad son los más altos del continente, la economía no da señales alentadoras de vida. Con todo ello, gracias a su carisma y talento político, Chávez sigue siendo visto como alguien cercano a las clases populares; el uso y abuso de los recursos del poder hace el resto.  

Pese a la derrota, Henrique Capriles no debería estar descontento. Los peores años de la travesía en el desierto de la oposición están llegando a su fin, gracias a la audaz idea de copiar el modelo de la concertación chilena y presentar a un solo candidato. A Capriles el chavismo lo quiso tildar de derechista, pero como gobernador del estado de Miranda ha sido un socialista moderado; su campaña, que hizo hincapié en su efectividad como líder más que en su ideología, consiguió votos entre ciertos grupos afines al comandante, pero no caló en el sector duro. El escritor venezolano Israel Centeno le reprocha a Capriles que no haya sido más combativo, que no haya cuestionado ni una sola vez un proceso político que da tantas ventajas al candidato oficialista, y que su moderación haya terminado legitimando un sistema electoral totalmente controlado por Chávez. Sin embargo, hay que recordar que, en años pasados, los partidos de la oposición, al decidir no participar en el juego político, le entregaron todo el poder en bandeja a Chávez. Era mejor participar que no hacerlo. No fue la hora de Capriles, pero esta derrota al menos abre la posibilidad de que en los próximos años haya un candidato capaz de vencer al chavismo. Considerando la fuerza del oponente, no es poco.

(El Deber, 8 de octubre 2012)  

[Publicado el 08/10/2012 a las 15:56]

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La breve y maravillosa obra de Junot Díaz

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El nuevo libro de cuentos de Junot Díaz se llama This Is How You Lose Her. Es el segundo en dieciséis años. Nadie puede decir que es un autor apurado; son dieciocho los cuentos que ha publicado en toda su carrera, de los cuales entre doce y quince son de antología. Aparte de eso, esa obra maestra que es la novela La breve y maravillosa vida deOscar Wao.

El personaje principal de This Is How You Lose Her es Yunior, un inmigrante dominicano en los Estados Unidos, un simpático nerd que también aparece en los cuentos de Negocios y es el narrador de Oscar Wao. Yunior sostiene todo el andamiaje de la obra de Días gracias a su mezcla equilibrada de cinismo y ternura, su humor insolente y sus observaciones certeras sobre las limitaciones del sueño americano. Todos los cuentos giran en torno a su educación sentimental, que más bien parece una falta de educación: a Yunior le cuesta aprender que no hay que engañar a sus parejas, y por eso fracasa continuamente en sus relaciones. Los ejemplos de su padre y su hermano no son de los mejores; parecería atado al ciclo determinista del machismo latinoamericano. El último cuento, "The Cheater's Guide to Love" (uno de los mejores del libro), insinúa una madurez.

La prosa de Junot Díaz es de un inglés elástico, generoso, capaz de incorporar de manera fluida y agresiva palabras y giros idiomáticos, incluso a veces cierta sintaxis, del español. La franqueza sexual y el lenguaje obsceno ayudan a construir la voz de Yunior como narrador: sus metáforas coloquiales, callejeras, establecen perfectamente su identidad juvenil en un barrio latino en New Jersey, con gestos pícaros, irreverentes, que lo meten en problemas pero también lo ayudan a enfrentarse a los contratiempos (el padre ausente, el hermano enfermo de cáncer, el espectro del país que dejó atrás, la vida precaria cerca de un inmenso y maloliente vertedero de basura). Las descripciones más evocativas de los cuentos están reservadas a las mujeres que aparecen en sus páginas, todas de una poderosa sexualidad: Alma, Nilda, Pura, Verónica, Miss Lora. Yunior puede ser tierno con ellas y reconocer sus virtudes, pero su mirada lo limita a verlas sobre todo como presas para la conquista.

En algunos de estos cuentos hay un maravilloso dominio de la segunda persona, forma de narrar que no suele ser muy usada, quizás porque con ella se tiende fácilmente al artificio. Algunos escritores del nouveau roman la trabajaban para distanciar a sus personajes de lo narrado; Carlos Fuentes es el que mejor ha sabido utilizarla, en La muerte de Artemio Cruz, para crear una voz de la conciencia imperativa, acusadora. Díaz consigue los efectos opuestos: su segunda persona nos acerca al narrador, nos mete en su intimidad. "Alma", "Miss Lora" y "The Cheater's Guide to Love" serán los cuentos responsables de que una futura generación de talleristas abuse de esa segunda persona.

Los cuentos se leen muy fácilmente y son un antídoto para los que creen que la alta literatura tiene que costarle al lector. Algunos, como "Alma", parecen el trabajo de un cómico de stand up, pero eso debe verse como una virtud: cuesta que funcione el humor en la  escritura. Se privilegia la intimidad de los personajes ("Flaca"), aunque Díaz tampoco descuida la mirada panorámica, la aguda observación del conflicto social ("Invierno"). This Is How You Lose Her se disfraza a ratos de obra menor, pero al final no quedan dudas: es un gran libro.


(La Tercera, 22 de septiembre 2012)

[Publicado el 24/9/2012 a las 15:53]

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Una biografía de David Foster Wallace

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Hace algunos meses Los Simpson le dedicó todo un capítulo a David Foster Wallace. "A Totally Fun Thing That Bart Will Never Do Again" se inspiraba en uno de los más célebres ensayos/crónicas del escritor norteamericano, y era Los Simpson en estado puro: irónico, lleno de guiños y referencias, de vuelta de todo. Un lugar ideal para homenajear al autor de La broma infinita, pensé. ¿Por qué no? Después de todo, ¿no era Foster Wallace irónico, cínico, meta, posmo? Poco después descubrí -debí haberlo adivinado- que Foster Wallace creía que, aunque Los Simpson era un show "importante", también era "corrosivo para el alma" porque parodiaba y ridiculizaba todo; después de una hora del show tenía que salir "a mirar una flor o algo por el estilo".

Los lectores descubrieron a David Foster Wallace con dos libros -The Broom of The System (1987), La niña del pelo raro (1989- llenos de juegos de palabras electrizantes y experimentos narrativos metaliterarios que presentaban a un autor tan fascinado como divertido por la cultura del entretenimiento en los Estados Unidos. Con los años, como muestra D. T. Max en Every Love Story is a Ghost Story --su fascinante y compacta biografía de Foster Wallace--, el autor nacido en Ithaca (Nueva York) en 1962 llegó a desdeñar esos dos primeros libros, porque sentía que les sobraba ironía y les faltaba seriedad. A principios de los noventa, una crisis depresiva mientras hacía un doctorado de filosofía en Harvard, lo llevó a una estadía en una "halfway house" para gente que se recuperaba de sus adicciones; allí tuvo la revelación que, junto a su "anhelo disfuncional" por la escritora Mary Karr, lo llevaría a escribir su obra maestra, La broma infinita (1996): Estados Unidos era un país de gente adicta al entretenimiento como forma de esconder el dolor psíquico de la vida. La literatura podía ser mucho más que un entretenimiento sofisticado, el parque de diversiones textual de los postmodernistas. La literatura debía ser capaz de ofrecer un modelo de cómo vivir de manera responsable y considerada. Pynchon, el gurú de sus primeros años, debía aliarse a Dostoievsky.

Max va construyendo de manera detallada, sin florituras retóricas, la historia de un autor de una inteligencia privilegiada -se sentía en casa con Derrida y Wittgenstein, alguna vez escribió una historia del infinito-- que lo llevaba a paradójicos callejones sin salida, y que intentó desesperadamente reconciliar principios opuestos (el juego posmo, el sincero sentimentalismo) mientras luchaba con una depresión severa. Uno de sus grandes logros fue el de "universalizar sus neurosis". Max también señala que a Foster Wallace Le hubiera gustado que La broma infinita tuviera como subtítulo "Un entretenimiento fallido", pero su calidad literaria y su éxito comercial conspiraban contra ello: así, irónicamente, el chico de la bandana se convirtió en uno de los ídolos de la generación grunge, y hubo críticos que lo compararon con Kurt Cobain, por la "torpe sinceridad" de ambos (obviamente, a Wallace no le gustó la comparación, porque Nirvana  le parecía nihilista).

Foster Wallace pasó la última década de su vida lidiando lo mejor que pudo con el monumento en el que se había convertido. Intentó desesperadamente tener algo en qué creer, desde el budismo hasta la triste consolación del aburrimiento (tema de su última novela, El Rey pálido), pero al final siempre volvía a los 12 pasos del programa de su grupo de ayuda para el tratamiento a las adicciones. Fue pretencioso y pedante, pero no el "San David Foster Wallace" del que se burla Bret Easton Ellis en Twitter (Max da muchos ejemplos de la forma en que el escritor se aprovechó de su fama para acostarse con alumnas, editoras y groupies). Pese a que la escritura no fluía como antes, parecía haber encontrado cierta paz, y sin embargo la depresión reapareció y terminó ganando la partida. Jonathan Franzen puede quejarse de que Foster Wallace se suicidó para convertirse en una leyenda; lo cierto es que queda una obra que está a la altura del monumento.


(La Tercera, 8 de septiembre 2012)
 

[Publicado el 10/9/2012 a las 15:56]

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Michelle Bachelet en Cornell

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Días atrás una amiga del programa de literatura francesa me sorprendió contándome que estaba muy entusiasmada con la charla que Michelle Bachelet daría este miércoles en Cornell. Acostumbrado a las ferreas políticas de la identidad de los campus norteamericanos (los medievalistas van a las charlas de los medievalistas, los postestructuralistas a las de los postestructuralistas), me llamó la atención que la ex-presidenta chilena cruzara tan fácilmente esos límites. La tarde de la presentación, al descubrir que había un lleno completo en el Statler Auditorium (casi mil personas) y que los asientos no solo estaban ocupados por hispanos (como suele ocurrir cuando políticos latinoamericanos visitan Cornell), concluí que Michelle Bachelet era una estrella global a toda regla.

Después de algunos problemas con el micrófono, la ex-presidenta Bachelet fue presentada para dar la anual Bartels World Affairs Lecture, uno de los eventos más prestigiosos de Cornell (entre sus invitados de mayor calado se encuentra el Dalai Lama). Bachelet ingresó al escenario vistiendo un tan simple como elegante conjunto rosa, fue recibida con una sonora ovación, y comenzó su charla. El tema era "Mujeres en el nuevo paradigma del desarrollo". Estoy seguro de que la mayoría de los asistentes hubiera querido escuchar una historia de vida, la forma en la que una mujer de clase media de apariencia tan tranquila se convirtió en una carismática líder política, pero Bachelet, muy al tanto de la seriedad de la Bartels Lecture, se puso académica.

La charla sonó demasiado preparada al comienzo: Bachelet se puso a recordar los nombres de algunas mujeres estudiantes de Cornell que, un siglo atrás, habían luchado por los derechos de las mujeres. Luego habló con convicción de la situación actual, y reconoció la importancia de que los hombres pelearan junto a las mujeres en la lucha contra la discriminación. Hubo muchas estadísticas acerca del progreso de las mujeres (menos del 10% son jefes de gobierno, menos del 4% dirigen grandes conglomerados empresariarles) y una insistencia en la necesidad de que se crearan leyes temporales para igualar oportunidades o al menos lograr que los desniveles no fueran abrumadores (un 30% de puestos en los parlamentos debería reservarse a mujeres, dijo; solo 33 países cumplían ese objetivo)   

Bachelet demostró que su trabajo como subsecretaria general de ONU Mujeres le ha dado dividendos: sus ejemplos provenían de Libia, Tunez, Afganistán. La única vez que habló de América Latina fue para mencionar el momento especial del continente, con tres mujeres presidentes; esa mención le permitió una de las escasas bromas de la charla: "quizás los Estados Unidos debiera seguir ese ejemplo", dijo, ante las risas y el aplauso general.

Bachelet contó alguna anécdota de su vida, pero se negó a revelar mucho de la mujer detrás del personaje político. Tampoco dejó el más mínimo espacio para especular acerca de su posible retorno a la política chilena como candidata presidencial en un par de años; la que vino a Cornell era una comprometida funcionaria de una organización global. Hubo algunos desilusionados ante tantos números y tan poca confesión, pero lo que quedó en general fue la admiración. Eso, sin embargo, no fue todo. En los descuentos, a la hora de las preguntas, hubo tiempo para la revelación más importante de la tarde. Los estudiantes que se acercaron a hablar ante los micrófonos parecían intimidados; se hacían nudos y terminaban soltando largas parrafadas inconducentes. Cuando una mujer de la India comenzó a dar algunos datos de la situación en su país, Bachelet la cortó con un tajante: "Lo sé todo". En una universidad Ivy League como Cornell todos creen saberlo todo, pero esa frase no solo calló a la india; también levantó murmullos en el auditorio. Esa mujer de apariencia bonachona escondía un carácter firme. Uno podía entender que detrás de las estadísticas había alguien con la fuerza suficiente como para imponerse en el despiadado mundo de la política.  

(revista Qué Psa, 8 de septiembre 2012)

[Publicado el 08/9/2012 a las 18:32]

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Fabulosas narraciones por entregas

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El primer personaje de ficción que me sedujo fue el pirata Morgan. Tenía diez años cuando leí las cinco novelas de Salgari en las que aparecía. Cuando me quedé sin Morgan, descubrí a Poirot, el detective de Agatha Christie. Duró más: alrededor de treinta novelas. Después llegaron los cuentos de Sherlock Holmes; por suerte para mí, también tuve para rato.

A los niños les gusta la repetición, el confort de lo familiar, pero no es que de mayores cambiemos tanto. Nos tienta regresar al mundo que nos dio placer, y mejor si hay algo de diferencia en la repetición. Es suficiente ver la popularidad de los detectives que reaparecen una novela tras otra -Stieg Larson, Fred Vargas, Arnaldur Indridasun: el éxito de un escritor policíaco se mide a partir de la creación de un personaje memorable--, la forma en que el cine nos llena de precuelas y secuelas y la televisión nos engancha con nuevas entregas de nuestras series favoritas. Quienes escribimos lo vivimos en carne propia: nunca falta el lector que sugiere que deberíamos continuar con una historia. A veces nosotros mismos estamos tentados de hacerlo.

Todo esto viene a cuento de la reciente fascinación que han ejercido sobre mí las cinco novelas que el escritor inglés Edward St. Aubyn, inspirado por su propia vida, le ha dedicado a Patrick Melrose, uno de los personajes mejor logrados de la narrativa contemporánea. Tardé en comenzarlas porque me desanimaban las casi mil páginas del ciclo; apenas leí los primeros párrafos, sin embargo, ya sabía que no pararía hasta terminarlas. St. Aubyn tiene muchas virtudes como escritor: capacidad para combinar un patetismo desgarrador con una mirada satírica despiadada, poderosas dotes de observación, registros que pueden ir de lo cómico a lo elegíaco en el mismo párrafo, una prosa elegante que no titubea a la hora de describir la crueldad, la perversión, la sordidez de una clase social.  

Patrick Melrose pertenece la aristocracia inglesa, se mueve en un mundo de privilegios en que ser disfuncional es un mérito cultivado a rajatabla. Es el típico producto de una clase decadente, y a la vez su víctima; en una escena crucial de la primera novela, Never Mind (1992), David, el padre de Patrick, le pide a la madre, Eleanor, que coma el plato que acaba de preparar "como si fuera una mujer aparentando ser un perro". Eleanor se somete, por "espíritu de sacrificio", sin saber que está descubriendo la dinámica perfecta para la relación con David: es una masoquista en manos de un sádico. "They fuck you up, your mum and dad", dice uno de los versos más citados de Larkin, estribillo que tintinea en el fondo de toda la saga de Patrick Melrose, un niño que el padre no se cansa de abusar (en todos los sentidos) y al que la madre no puede ni quiere proteger.

 Patrick deambula sin consuelo por estas novelas: si Never Mind narra la precariedad, las humillaciones, la violencia de su infancia, Bad News, la mejor del ciclo, lo encuentra más perdido que nunca, un veinteañero que busca escaparse de la realidad a través de su adicción a la heroína (pese al drama, St. Aubyn nunca pierde su sentido del humor: hay memorables escenas con Patrick buscando droga en los bajos fondos de Manhattan); Some Hope puede leerse como una comedia de maneras, con ácidas burlas a la nobleza británica; Mother's Milk (2006) es el quieto relato del fracaso matrimonial de Patrick, de su depresión a los cuarenta; At Last (2011) narra su esfuerzo conmovedor no solo por entender a sus padres sino también perdonarlos y, por fin, superar el trauma de la infancia.

Cuando terminé At Last me quedé un largo rato con una sensación de abandono: no habría nuevas novelas de Patrick Melrose para mí. Rogué que St. Aubyn recapacitara y en algunos años escribiera una sexta entrega, con un Patrick cincuentón. Descubrí que todo y nada había cambiado desde mis diez años.   

(La Tercera, 25 de agosto 2012) 

[Publicado el 27/8/2012 a las 15:38]

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Adiós a la tristeza

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fuente de la ilustración: blog.lib.umn.edu

Hace algunos años, una crisis personal hizo que mi médico de cabecera en los Estados Unidos me recetara Zoloft, un popular antidepresivo. La segunda noche que lo usé tuve tres impulsos suicidas muy fuertes. Para evitar una tragedia, mi ex-esposa debió esconder cuchillos y pastillas. Temprano a la mañana siguiente, llamé al doctor y le expliqué lo ocurrido. El doctor, sin inmutarse, me dijo que podía ser un efecto secundario, que debía usar Zoloft durante un par de semanas para que comenzara a funcionar en mi organismo, pero que, si estaba apurado, pasara por su consulta para que me cambiara de antidepresivo. "Cymbalta es como para ti", dijo, como si estuviera recomendándome una nueva marca de zapatos. Pero yo estaba tan asustado que decidí enfrentar mi crisis sin ayuda química.

Quizás los impulsos suicidas debidos al Zoloft no son muy comunes, pero lo que sí se ha vuelto normal es la forma en que los doctores prescriben antidepresivos, y la manera aun más fácil con que la gente deprimida o quizás no tanto acude a la consulta en busca de una pastilla mágica: Prozac, Paxil, Lexapro. Una amiga fue a ver a un médico y salió con cinco recetas diferentes (a las mujeres se les receta antidepresivos muchísimo más que a los hombres). Los doctores y farmaceúticos están orgullosos de estas pastillas: "lo que te estoy dando es el Rolls-Royce de los antidepresivos", fue lo que un amigo escuchó de un farmaceútico, mientras este le entregaba una receta para obtener Mirtazapina.

Hubo un tiempo en que tomar antidepresivos era un tema tabú. Todo cambió a partir de la llegada de Prozac al mercado, un cuarto de siglo atrás. Desde el 2005 que los antidepresivos son la clase de droga más usada en los Estados Unidos (hoy lo toman el 11% de los adultos). No hay duda de que ayudan, y mucho, en el caso de depresiones extremas, pero la publicidad ha banalizado su uso, y ahora es suficiente tener un bajón anímico, padecer de fobia social o que te digan que eres muy tímido para considerar la posibilidad de usarlos; en las universidades incluso hay estudiantes que los toman antes de la semana de exámenes, una forma de preparación tan importante como leer los libros asignados.

En su libro Coming of Age on Zoloft, Katherine Sharpe señala que hay una conexión directa entre los antidepresivos y la redefinición de nuestra identidad. Hoy ciertos problemas emocionales o de conducta se conciben simplemente como "desórdenes bioquímicos"; hay muchos adultos que han vivido tomando antidepresivos desde su infancia, por lo que no tienen muy claro quiénes son ellos verdaderamente, qué ha cambiado de su personalidad gracias al uso de estas pastillas. 

Estamos lejos de la poética melancolía freudiana. El modelo biomédico actual de entender la depresión es más prosaico e indica que todo se debe a la deficiencia de serotonina en el cerebro; sin embargo, como sugiere Sharpe, estudios recientes muestran que solo el 25% de los pacientes diagnosticados con depresión tiene niveles de serotonina más bajos de lo normal. A la hora de diagnosticar problemas mentales, tampoco se tiene en cuenta el contexto en que estos ocurren, por lo que se suele confundir una reacción normal -tristeza o angustia ante situaciones dolorosas- con un desorden psiquiátrico. A una amiga de 60 años le recetaron Prozac para enfrentar la vejez; tiene razón Sharpe en señalar que la vida parece haber sido "patologizada" completamente; se está llevando a cabo una "guerra química" contra reacciones humanas normales.

Nos preocupamos de los antidepresivos, pero Coming of Age on Zoloft muestra que lo que se viene es aun más complejo: los antipsicóticos atípicos, medicamentos con nombres como Spiron, Zyprexa o Quetiapina. Son tan fuertes que pueden "curar" cualquier desorden de conducta casi de inmediato, aunque su uso es polémico por sus efectos secundarios (aumento de peso, síndrome de piernas inquietas, etc). Puede que su inevitable popularización haga que, en los próximos años, terminemos agradeciendo la existencia de cosas más "suaves" como el Prozac o Zoloft. 

(La Tercera, 13 de agosto 2012)

[Publicado el 14/8/2012 a las 00:04]

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Biografía

Edmundo Paz Soldán (Cochabamba, Bolivia, 1967) es profesor de Literatura Latinoamericana en la Universidad de Cornell. Es autor de nueve novelas, entre ellas Río Fugitivo (1998), La materia del deseo (2001), Palacio Quemado (2006) y Los vivos y los muertos (2009); y de los libros de cuentos Las máscaras de la nada (1990), Desapariciones (1994) y Amores imperfectos (1998). Ha coeditado los libros Se habla español (2000) y Bolaño salvaje (2008). Su libro más reciente es Norte (Mondadori, 2011). Sus obras han sido traducidas a ocho idiomas, y ha recibido numerosos premios, entre los que destaca el Juan Rulfo de cuento (1997) y el Nacional de Novela en Bolivia (2002). Ha recibido una beca de la fundación Guggenheim (2006). Colabora en diversos medios, entre ellos los periódicos El País y La Tercera, y las revistas Etiqueta Negra, Qué Pasa (Chile) y Vanity Fair (España).

Bibliografía

Portada 'Los vivos y los muertos' 

Norte (2011). Mondadori

 

 

Billie Ruth (2012). Páginas de Espuma

 

 

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