El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

sábado, 11 de febrero de 2012

 Río Fugitivo / Blog de Edmundo Paz Soldán

En el tiempo de las teorías conspiratorias

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Hace algunos años una amiga de California me envió un enlace a un sitio en Internet dedicado a defender la teoría de que el ataque a las Torres Gemelas había sido parte de una trama secreta organizada por el vicepresidente de los Estados Unidos, Dick Cheney. Cheney, junto a Donald Rumsfeld y Paul Wolfowitz, dos pesos pesados de la administración de Bush, habían organizado el ataque porque necesitaban una excusa para lanzarse a una aventura imperial y hacerse de las reservas de petróleo en el mundo. Los administradores del sitio tenían teorías delirantes -las Torres no habían sido destruidas por aviones sino por bombas puestas previamente en los edificios por agentes de la CIA--, pero esgrimían pruebas científicas de ingenieros y expertos en demolición de edificios que tenían la virtud de la coherencia a una lógica interna. Todo estaba tan bien armado que no era difícil dudar de lo que el mundo había visto esa mañana del 11 de septiembre.
 
En Among the Truthers: A Journey Through America's Vast Conspiracy Underground, Jonathan Kay argumenta que esas teorías conspiratorias son parte de las "consecuencias cognitivas del 11 de septiembre". Las teorías conspiratorias han existido siempre, pero hay momentos en que su peso social se intensifica: una guerra, una crisis económica, un ataque terrorista pueden poner en duda el proyecto racional en que se fundan el edificio de Occidente. Que hace poco haya habido una campaña muy seria acerca de la verdadera nacionalidad de Barack Obama, que sugería que el presidente de los Estados Unidos es en realidad un musulmán nacido en Indonesia, un terrorista infiltrado, muestra que el trauma psíquico del 11 de septiembre todavía no ha sido reparado.
 
Kay sugiere que todas las teorías conspiratorias modernas descienden de lo ocurrido en torno a los Protocolos de los Sabios de Zion. En 1897, se llevó a cabo en Suiza el primer congreso sionista, que concluyó con un programa que pedía el establecimiento de un hogar para los judíos en Palestina. Para desacreditar este proyecto, un grupo de antisemitas zaristas inventó los Protocolos, un documento secreto que habría sido escrito durante ese congreso y que era un plan de los judíos para apoderarse del mundo. Los Protocolos fueron publicados en 1919, y dieron lugar a que se disparara el antisemitismo en Europa; tanto Hitler como otros criminales de guerra fueron inspirados por los Protocolos a actuar contra los judíos.
 
Los Protocolos condensan todos los males del mundo en una sola fuente de poder. Los sabios judíos de ese documento son hipercompetentes, ambiciosos, malignos y están enquistados en las altas esferas de los gobiernos. De la misma manera, muchas de las nuevas teorías conspiratorias apuntan a que existe hoy una metaconspiración de las élites del mundo, destinada a esclavizar a la gente: aquí se juntan Kissinger con Cheney, Halliburton, el grupo Bilderberg, Mossad, la CIA, el FMI, George Soros, etc. Los febriles teóricos de la conspiración dicen que si la gente no reacciona es porque está dopada con fluorido --una "neorotoxina letal" que se los gobiernos ponen en el agua- y otros agentes químicos inyectados en nuestro cuerpo a través de vacunas (ordenadas, por supuesto, por el gobierno).   
 
Para Kay, estas teorías pueden ser descabelladas, pero conviene tomarlas en serio porque los "habitos mentales" que las sostienen se han vuelto parte fundamental del paisaje: son muchos los que desconfían del gobierno, están alienados de las formas tradicionales de la política, y mezclan ideas seculares con un discurso religioso apocalíptico. Es cierto que algunas conspiraciones han ocurrido de verdad (Watergate), y que algunos gobiernos han manipulado incidentes para sostener causas dudosas -desde la guerra de Vietnam hasta las armas nucleares de Saddam Hussein--, pero eso no debería llevarnos a concluir que detrás de cada acto hay una conspiración. Kay termina el libro con algunos consejos optimistas y algo ingenuos para desterrar de una vez por todas la mentalidad conspiratoria. Si hubiera sido consistente con el argumento de su libro, habría tenido que decir que los teóricos de la conspiración están tan seguros de su verdad que cualquier argumento en su contra -el libro de Kay, por ejemplo- será utilizado como prueba fehaciente de que hay una conspiración en las altas asferas.

(La Tercera, 17 de junio 2011)

[Publicado el 20/6/2011 a las 15:31]

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Entre El Padrino y Los Soprano

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Para las nuevas generaciones, la historia de la mafia puede resumirse en una mezcla de El Padrino con Los Soprano. El eslabón que vincula estas historias se llama Gay Talese (Nueva Jersey, 1932), que en Honrarás a tu padre (1971), su épico libro de no-ficción sobre el ascenso y la caída de la familia Bonanno, mezcla lo mejor de esos dos mundos: la violencia y el particular código de honor de El Padrino, encarnados en la figura tan despiadada como paternalista de Vito Corleone, con la rutina cotidiana de una familia poderosa de la mafia que vive en los suburbios de una ciudad norteamericana, como ocurre en Los Soprano. Todo eso, sin embargo, no a través de la ficción sino de una poderosísima crónica de investigación periodística. Después de Talese, eso de que un buen libro de no ficción puede leerse como una novela es un lugar común que se queda corto; pocas novelas alcanzan la riqueza de penetración psicológica y el esplendor de detalles descriptivos de Honrarás a tu padre, que acaba de ser relanzado en España por Alfaguara.
 
Como todas las historias de la mafia, el libro de Talese, que le tomó casi siete años de investigación, es un relato de familia. Joseph Bonanno, nacido en 1905, pertenecía a una familia siciliana de alto nivel que emigró a Nueva York a principios del siglo XX; a su regreso a Sicilia, se metió en problemas con Mussolini y volvió a emigrar a los Estados Unidos en los años de la Prohibición. Fue durante esos años cuando comenzó su ascenso imparable en la mafia; el mayor de sus hijos, Salvatore (Bill) Bonanno, nacido en 1932, terminará heredando el negocio. Bill hubiera querido, quizás, ser otra cosa, pero la admiración y la reverencia que le tenía a su padre -lo veía casi como "una deidad"-- hicieron que, de manera casi fatalista, no tuviera más opción que hacerse cargo de esa herencia paternal que lo conflictuaba. La historia que cuenta Talese le hace justicia el título: Bill sufre todo el peso de esa admonición bíblica.  
 
Talese comienza Honrarás a tu padre en media res, con el secuestro de Joseph Bonanno en 1964. Su reaparición un año después provocará una guerra sin cuartel entre varias familias mafiosas en Nueva York. A partir de ese inicio, Talese bifurcará el relato en varios sentidos, sin perder nunca la dirección central de la trama: está la historia de la guerra, que sirve para meternos de lleno en los negocios de la mafia en la década del sesenta; está la investigación de las raíces de la mafia de Nueva York en la Sicilia de principios del siglo XX, que permite explicar el ascenso de Joseph Bonanno y las tradiciones étnicas con que consolida su poder; y está el corazón emocional del libro, en la historia de Bill, que va desde que es un adolescente despreocupado en Arizona al que solo le interesan las chicas, los coches y la ropa, pasa por el momento en que debe abandonar la universidad para obedecer al llamado de su padre e ingresar a la mafia, y llega a la turbulencia de los años sesenta. Es Bill quien, en enero de 1965, conocerá a Talese, por entonces un reportero del New York Times, y a quien a lo largo de varios años le contará con lujo de detalles la historia de su familia.  
 
Cuando Honrarás a tu padre fue publicado en 1971, sorprendió a todos: ¿cómo era posible que Talese supiera tanto sobre la mafia, una organización definida a partir de su código de silencio? Hubo incluso críticos que condenaron a Talese por la cercanía con personajes moralmente detestables: en la nota que sirve de epílogo al libro, Talese habla de su amistad con Bill y dice que lo respeta y comprende, y uno piensa en el parecido con Truman Capote y los asesinos de A sangre fría--. También lo criticaron por mostrar de manera demasiado familiar un mundo que debía verse como ajeno, demasiado ajeno. Lo notable de Talese en que en Honrarás a tu padre toma el camino más difícil, que es el de mostrar cómo la familia Bonanno representa a la vez a un grupo étnico --con todas sus tradiciones, con virtudes y debilidades-- y a una familia muy norteamericana. Honrarás a tu padre es una historia de mafiosos, pero también una de inmigración y asimilación.

Los alcances del libro de Talese no debían haber sorprendido tanto. Después de todo, a principios de los setenta Talese ya era muy conocido gracias a sus crónicas de principios y mediados de los sesenta -"Joe Louis at Fifty", "Frank Sinatra Has a Cold"--; su mezcla de técnicas de investigación periodística con detalles narrativos más propios de una ficción, era tan influyente como A sangre fría o los textos de Hunter Thompson, Tom Wolfe y Joan Didion. Honrarás a tu padre consolidó su reputación como uno de los grandes de un nuevo género de escritura periodística, una nueva forma de hacer literatura que por entonces despuntaba y que no ha hecho más que crecer. La edición revisada y actualizada de La mujer de tu prójimo (1981), otro de sus libros clásicos, sobre las costumbres sexuales de los norteamericanos, acaba de ser publicada por Debate.       
      
(Babelia, El País, 4 de junio 2011)

[Publicado el 05/6/2011 a las 16:00]

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Los mil otoños de David Mitchell

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Hace una década cayó en mis manos una reseña de A. S. Byatt a una novela de un joven escritor inglés. La reseña me interesó lo suficiente como para leer la novela. Se llamaba Ghostwritten y el autor, David Mitchell. Luego leí, fascinado, Cloud Atlas y Black Swan Green (tengo pendiente Number9 Dream). Después de leer su última novela, Los mil otoños de Jacob de Zoet, que será publicada en los próximos meses por la editorial española Duomo, no me quedan dudas: entre los escritores ingleses contemporáneos, Mitchell me parece de lejos el más interesante, el más complejo, el más capaz de tender un puente entre la necesaria renovación de la novela y la recuperación de sus tradiciones más notables.

Mitchell se reinventa con cada nuevo proyecto. Ghostwritten y Cloud Atlas son novelas con impresionantes estructuras narrativas, ambiciosos juegos de pirotecnia postmodernista en los que la forma dialoga de manera sustancial con el contenido. Los mil otoños es, como Black Swan, una novela más tradicional, más fácil de fijar entre los subgéneros conocidos. Pero Black Swan, la más autobiográfica de Mitchell (su personaje principal es un adolescente de trece años que tartamudea como él), está ambientada en la Inglaterra de los años ochenta; Los mil otoños es, en cambio, una novela histórica en el sentido más clásico del término.

Lo interesante en este caso es ver qué hace con Mitchell con la novela histórica. Y lo que sorprende es que, pese a todo el arsenal de recursos de que dispone, decide no reinventar la pólvora. La novela funciona porque funcionan los viejos recursos de la creación de una atmósfera original, de personajes complejos, de una historia que atrapa, de un mundo que está aparentemente muy lejos pero que puede decir mucho de nosotros. Los mil otoños está ambientada en el Japón de entre los siglos XVIII y XIX, un país cerrado a los extranjeros que, para negociar con ellos, ha creado Deshima, una isla artificial en el puerto de Nagasaki. La isla es pequenísima --ciento veinte por setenta y cinco metros--, y está a cargo de ella una compañía holandesa. A Deshima llega Jacob de Zoet, un joven y honrado contador de un grupo supuestamente encargado de limpiar las finanzas corruptas de la isla. Pero Jacob descubre pronto que no es fácil luchar contra la corrupción.

La novela comienza lentamente: hay que pagar el peaje de una buena cantidad de páginas para acceder a este mundo hermético. Todo se acelera cuando Jacob se enamora de Orito, una japonesa estudiante de medicina con el rostro desfigurado. Cuando Orito es entregada por su familia a un templo en las montañas, en el que el abad organiza siniestros rituales sintoistas para asegurar la inmortalidad de sus miembros, lo extraño se convierte, si cabe, en algo aun más extraño. Ese templo pertenece al linaje notable de la literatura inglesa, especializada en narrar la vida en residencias confinadas en las que sus miembros se ven sometidos a reglas arbitrarias (dos de sus representaciones contemporáneas más destacadas son la serie de Harry Potter, y Nunca me abandones, de Kazuo Ishiguro, novela con la que esta sección de Los mil otoños tiene una peculiar afinidad).    

Mitchell ha dicho que quería escribir una novela verdaderamente bicultural y lo ha logrado. Como en Cloud Atlas, impresiona su capacidad para encontrar el lenguaje adecuado para sus personajes, sean estos nobles japoneses o marineros holandeses. En la interacción entre culturas incapaces de entenderse del todo encontramos el diálogo de la novela con el presente: todo gira en torno a nuestra dificultad para traducir aquello que nos es ajeno. En eso, Los mil otoños es sutilmente metaliteraria: varios personajes centrales son traductores, y Jacob deberá aprender por su cuenta el japonés -está prohibido enseñarlo a los extranjeros-- para poder traducir el mensaje en el corazón de la novela. Traducir cuesta, y en lo que tarda uno puede perder el amor de su vida o lograr, al fin, la justicia ansiada.

(La Tercera, 3 de junio 2011)

[Publicado el 03/6/2011 a las 16:00]

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Un lugar que pesa como una maldición

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Para hablar de Knockemstiff, el magistral libro de cuentos de Donald Ray Pollock, se han mencionado nombres muy diversos: Sherwood Anderson, Denis Johnson, Chris Offut. A esos nombres hay que agregar el de Daniel Woodrell, el autor de Winter's Bone, aunque para narrar sus cuentos de perdedores Pollock tiene más humor. En el pueblo de Knockemstiff, en una desolada zona rural de Ohio, sus habitantes white trash no tienen más vías de escape que el alcohol, el sexo y las drogas, sobre todo las drogas: meth, speed, crack, crank, anfetaminas, todo sirve para soñar con escaparse a California y dejar atrás una vida miserable. Pero no: el lugar pesa más, como si se tratara de una maldición, y nadie puede salir de él por mucho tiempo. Pollock es un maestro para agarrar al lector desde la primera línea del cuento: "Mi padre me enseñó a hacer daño a la gente una noche de agosto en el autocine Torch cuando yo tenía siete años" ("La vida real"); también lo es para terminar el cuento con una imagen que abre el texto en múltiples direcciones. Los personajes de un cuento reaparecen en otro, con lo que queda la sensación de que se nos ha contado la historia de una familia, de todo el pueblo. Y por ahí desfilan un vagabundo retardado que ve a un chiquillo llamado Truman teniendo sexo con su hermana de doce años en Dynamite Hole, y Bobby y Frankie, dos adolescentes que se roban anfetaminas para venderlas para terminar colocados con ellas, y Jimmy y su amigo, que aspiran Bactine en una bolsa de plástico para, con los ojos rojos mientras cae la nieve, poder ver algo que no han visto antes. Pero ya todo ha sido visto, y no queda más que repetir de manera determinista los errores de los padres y de los tíos. La magia de Pollock consiste en lograr que, pese a que en ningún cuento hay redención posible, no sintamos nunca que el autor está siendo repetitivo. Sabemos lo que nos espera, y aun así nos sorprendemos. La traducción de Javier Calvo es impecable.  
 
(Babelia, El País, 28 de mayo 2011)

[Publicado el 27/5/2011 a las 18:04]

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Formas de imaginar a Oriente

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¿Cómo se imagina hoy al Oriente desde Occidente? ¿Qué dicen los cineastas y los novelistas del desencuentro entre estos mundos? Acabo de ver una película y de leer una novela francesas que apuntan a distintas posibilidades de entender esta compleja relación. La película se llama De dioses y hombres (2010) y fue dirigida por Xavier Beauvois; la novela es Habladles de batallas, de reyes y elefantes (2011), y es de Mathias Enard, uno de los novelistas más interesantes de la nueva generación de escritores franceses (soy un admirador incondicional de La perfección del tiro, una obra maestra).

De dioses y hombres está basada en un hecho real: el asesinato de siete monjes trapistas en 1996, en una zona pobre de Argelia, a manos de fundamentalistas árabes. La película se toma su tiempo y es notable su mirada tan reverente hacia la fe religiosa, uno de esos temas que hace mucho los cineastas no tocan sin un dejo de ironía y escepticismo. Tal como Beauvois plantea el drama, los monjes católicos profesan su apostolado entre árabes pobres, son paternalistas bien intencionados. Cuando la guerra civil llega a la región y vemos a los bordes del camino (literalmente) los rastros de la violencia, los monjes tienen miedo pero no están dispuestos a abandonar el monasterio. El terrorismo los golpea, pero Beauvois duiere dejar claro que no todos los árabes son así: en la escena final, cuando los monjes son secuestrados y caminan rumbo a su ejecución, escuchamos en voice-over la carta de uno de ellos en la que distingue la violencia del terrorismo de las verdaderas enseñanzas del Islam. Curiosa disonancia: el discurso políticamente correcto sobre el Islam va a contrapelo de lo que muestra la película (la piedad y la fe inquebrantables del catolicismo frente a musulmanes que son capaces de asesinar a unos pacíficos ancianos).

Habladles de batallas, de dioses y elefantes está basada en un proyecto apócrifo de Miguel Ángel: en 1506, el sultán Beyazid le habría propuesto diseñar un puente en Constantinopla. A partir de esa posibilidad, Enard imagina minuciosamente los pasos de Miguel Ángel en Constantinopla. El artista, que no ha cumplido treinta años y todavía no ha hecho la Capilla Sixtina, está tentado porque en ese proyecto ha fracasado antes Leonardo da Vinci, le pagarán bien y sólo se trata de un mes.  

La novela cuenta los desencuentros de Miguel Ángel en Constantinopla (su fracasada amistad con el poeta Mesihi), su huida de la ciudad en secreto, víctima de conspiraciones y con el corazón roto. Pero de su paso por esa ciudad le queda algo muy importante: "En pintura, como en arquitectura, la obra de Michelangelo Buonarroti le deberá mucho a Estambul. La ciudad y la anteridad transformaron su mirada; esas escenas, colores y formas impregnarán su trabajo para el resto de su vida. La cúpula de San Pedro se inspira en Santa Sofía y en la mezquita de Beyazid; la biblioteca de los Médicis en la del sultán, a la que acudía con Manuel, las estatuas de la capilla de los Médicis e incluso el Moisés para Julio II están impregnados de actitudes y personajes que encontró aquí, en Constantinopla".

La novela de Enard es un bello relato orientalista. El mismo Enard no rehuye ese nombre tan denostado: "durante mucho tiempo el orientalismo estuvo ligado al colonialismo. Pero por el camino logró acercarnos al mundo musulmán. Deberíamos reivindicarlo, no borrarlo de un plumazo". Así, mientras Beauvais hace una película en la que el discurso sobre las bondades del Islam está desconectado de lo que se muestra al espectador, el "orientalista" Enard es capaz de imaginar posibles ejemplos de cómo uno de los grandes artistas de Occidente pudo haber aprendido del mundo musulmán. Que diría Edward Said.

(La Tercera, 20 de mayo 2011)

[Publicado el 23/5/2011 a las 09:29]

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Obama post Osama

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La muerte de Osama bin Laden es uno de esos acontecimientos capaces de trastocar por sí solos el curso de la historia. Estados Unidos, el imperio herido y dubitativo, asediado por una crisis de confianza en múltiples frentes (China, la economía, las guerras en Irak y Afganistán...), ha recuperado de pronto su fortaleza y le ha dicho al mundo que todavía es capaz de planear eventos como el de Abbottabad con eficacia letal.e intimidatoria. Barack Obama, caricaturizado por sus oponentes como apenas un "profesor-en-jefe", un político débil de esos en los que se especializan los demócratas (Carter, Dukakis), ha demostrado que es duro como el que más. Los republicanos, que veían a un presidente vulnerable y se relamían pensando en sus opciones para el 2012, llegando incluso a coronar en las encuestas, por unos días fugaces, a Donald Trump, de pronto se han desinflado y no saben cómo hacer para armar una candidatura capaz de quitarle a Obama el escudo de invencibilidad logrado con la muerte del líder de Al Qaeda.

Corren tiempos de gloria para los demócratas. Los republicanos han intentado distribuir el triunfo y han sugerido, no sin razón, que parte del mérito tiene que ver con la lucha contra el terrorismo emprendida por George Bush hijo (y con sus métodos dudosos para conseguir información de los prisioneros en Guantánamo); Obama ha sido generoso y ha invitado a Bush a una ceremonia en la Zona Cero (invitación declinada: Bush no quería formar parte de lo que él entendía como un homenaje a Obama). El argumento republicano, sin embargo, no es una línea de ataque, porque es muy fácil de contrarrestar: basta con decir que Obama hizo en dos años lo que Bush no pudo en ocho.

Aunque en este momento la reelección de Obama el 2012 parezca asegurada--las encuestas lo reflejan así: hasta 15 puntos de aumento en la popularidad del presidente--, lo cierto es que un año y medio es mucho tiempo en política. Churchill perdió las elecciones un par de meses después de que los aliados aseguraran la victoria durante la segunda guerra mundial; hace un par de décadas, George Bush padre, victorioso en la primera guerra del Golfo, con un nivel de popularidad que llegó al 89%, se enfrentaba a un desconocido gobernador sureño llamado Bill Clinton, para ser derrotado ante la sorpresa de muchos.

El error de Bush padre fue despreocuparse de la economía doméstica para dedicarse a lo que realmente le interesaba, que era la política internacional. La moraleja del asunto para Obama es que, en noviembre del 2012, cuando los votantes vayan a las urnas, estarán orgullosos de él pero no lo votarán por haberles traído la cabeza de bin Laden. Lo harán de acuerdo a la forma en que ese hecho se refleje en la vida doméstica. "Es la economía, estúpido", era el mantra de un asesor de Clinton, y sirvió para derrotar a Bush padre. Con una elevada tasa de desempleo y una economía que no termina de salir de la crisis, Obama hará bien en aprovechar este momento de popularidad y consenso para tomar algunas medidas duras pero necesarias para enfrentarse a la crisis del presupuesto nacional y reactivar el aparato productivo del país. Es también una gran oportunidad para continuar con los cambios necesarios en la lucha contra el terrorismo. La muerte de bin Laden, una suerte de fin simbólico a una era traumática en los Estados Unidos, debería reflejarse también en el cierre de Guantánamo, en el retorno de las tropas de Afganistán y en la recuperación de ciertas libertades perdidas.
 
(Qué Pasa, 13 de mayo 2011)

[Publicado el 13/5/2011 a las 17:24]

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Paco Roca y el cómic español contemporáneo

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Para los que saben de estas cosas, la noticia de que para el 2012 España será la invitada especial del prestigioso festival del cómic en Angulema (Francia) no ha sido una sorpresa. Hace un buen tiempo ya que el cómic español goza de muy buena salud, pese a que críticos como Vicente Molina Foix piensan que eso es una "perversión" que se debe a la "dominante quiebra de categorías estéticas" y también un "indicio del infantilismo expresivo". Lo único que puedo decir a esto es que ojalá que todas las perversiones e infantilismos fueran de la calidad de algunos cómics contemporáneos.

Molina Foix también calificó de "disparatada" la instauración, en el 2007, del premio nacional del Cómic en España, porque eso ponía al "dibujante de monigotes" a la misma altura que un novelista o un poeta. No soy un experto en el tema, pero por ese premio he descubierto a Max, y hace poco a Paco Roca, dos de los invitados seguros a Angulema. De los dos, creo, pueden aprender mucho algunos escritores.   

La obra de Paco Roca es un gran ejemplo del nuevo cómic español. Arrugas, que ganó el Premio nacional del Cómic (2008), cuenta la historia de Emilio, un ejecutivo bancario enfrentado al Alzheimer. Roca maneja de manera impecable, a través de viñetas tan poéticas como expresivas, la forma en que Emilio comienza a dar indicios de degeneración senil y se imagina todavía como el poderoso ejecutivo que alguna vez. La residencia en la que su hijo lo aloja en un espacio terrible, en el que los ancianos con algún uso de sus facultades mentales se encuentran en el primero piso y los que ya no pueden valerse por sí mismos pasan al segundo piso; el terror de Emilio es ser llevado al segundo piso. No es necesario que Roca lo diga explícitamente para que entendamos que ese destino de Emilio es inevitable.

Arrugas es un cómic acotado, que explora en detalle las viscisitudes de un personaje. Es de corte social, al igual que El invierno del dibujante (2010), la obra más reciente de Roca. El invierno del dibujante es más ambicioso y sus raíces se hunden en la misma historia del cómic español: su tema es el intento de cinco dibujantes de Bruguera -una de las editoriales más poderosas del cómic en ese momento-, a fines de la década del cincuenta, de marcharse para crear su propia revista, Tío Vivo. Las razones tenían que ver con la forma en que Bruguera se adueñaba del trabajo de los dibujantes, y con sus estrictas leyes de censura. Al final, el proyecto de independencia fracasó (el título debe leerse en más de un sentido).

Hay varias cosas que destacar de El invierno del dibujante: el uso acertado de los colores, en una paleta cromática más suave que la de Arrugas; la lectura en clave del franquismo (lo ha visto bien Álvaro Pons): oponerse a Bruguera puede verse como una forma desplazada de oponerse a la dictadura de Franco; la reconstrucción minuciosa del período, como ha señalado Patricio Pron; la forma en que este cómic es un metacómic: si la madurez de un género tiene mucho que ver con su capacidad para reflexionar sobre sí mismo, El invierno del dibujante es una muestra excelente de la madurez del cómic español.  

Este cómic está contado a través de rupturas cronológicas: comenzamos el 58, pasamos al 57, volvemos al 58... No me convencen del todo las razones narrativas de esa elección. Sí me impresiona que Paco Roca sea aquí capaz de salir bien parado de la comparación con lo mejor del cómic canadiense: El invierno del dibujante me recordó al trabajo de Seth, sobre todo Clyde Fans. Hay diálogo con la tradición española y con el cómic de hoy, pero Paco Roca le imprime a su obra un sello muy personal, una mirada tan intimista como abierta al mundo.
 
(La Tercera, 6 de mayo 2011)

[Publicado el 06/5/2011 a las 17:27]

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Javier Marías: un ensimismamiento vigilante

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La nueva novela de Javier Marías, Los enamoramientos, es una profundización de las líneas temáticas y el trabajo formal que el autor ha venido explorando en los últimos años. Por temática, la novela está emparentada a Corazón tan blanco o Mañana en la batalla piensa en mí; a la vez, se trata de un libro que sólo podía haber sido escrito después de la ambiciosa aventura que significó Tu rostro mañana.
 
Con cada nuevo libro que escribe, Marías ha ido adelgazando la extensión de la trama, pero no su importancia. El argumento de la novela puede ser resumido así: una mujer que atisba a una pareja se entera poco después de la muerte del hombre (Miguel Desvern o Deverne) a manos de un desconocido; de manera accidental, entrará en posesión de un dato que podría resolver el porqué de esa muerte enigmática. Los escasos incidentes dan lugar a una hipertrofia narrativa, en la que las reflexiones de la narradora y otros personajes aledaños, siempre sugerentes, asumen un lugar central. Otros novelistas pueden contentarse con dejar que los hechos hablen por sí solos; Marías, en cambio, entiende que lo importante del género novelístico es la reflexión, las conjeturas, la especulación que nace a partir de ciertos hechos. Todo eso es parte de un "pensar literario" que se asume como una forma específica de tratar de entender la  realidad. Un elemento fundamental de ese pensamiento consiste en agotar un tema desde perspectivas múltiples e incluso contradictorias. La novela, como un género crítico y reflexivo, no deriva su poder de la posibilidad de llegar a conclusiones definitivas sobre las cosas sino de su capacidad de explorarlas buscando no dejar ningún hilo sin remover.
 
Una de las curiosas contradicciones que se puede encontrar en la obra de Marías es la manera en que sus novelas, si bien parecen ceñirse al código realista, desafían constantemente el principio de verosimilitud en el que se funda este código, la "suspensión de la incredulidad". Los enamoramientos está narrada por una mujer, pero suena tal como suenan todos los narradores hombres de las anteriores novelas de Marías. Marías sabe que la principal elección de un novelista consiste en decidir quién va a narrar y desde dónde: sus narradores son siempre fundamentales y tienen una voz fuerte, hipnótica, que se impone a toda la narración incluso a pesar de sus dudas (o a partir de ellas). Sin embargo, hay cada vez menos un intento de crear una psicología, el perfil de un personaje a partir de esa voz.
 
De la narradora de Los enamoramientos sabemos que trabaja en una editorial, que es muy observadora, que es capaz de obsesionarse por las personas y hechos en torno suyo y que, a pesar de que le da mucha importancia a sus sentimientos, su principal aventura es mental. Casi todo eso podría aplicarse a otros narradores de Marías. En cuanto a los otros personajes, Díaz-Varela (de quien se enamora la narradora) o Luisa, la esposa del hombre asesinado, todos suenan como la narradora, a todos les gustan las frases largas, la reflexión constante, el caracoleo constante del pensamiento. Estamos ante un objeto muy extraño: una novela cuya gran fuerza consiste en las reflexiones que arroja sobre la subjetividad del ser humano, sobre nuestra compleja psicología, pero que para hacerlo debe exhibir constantemente su artificio literario. Todos los códigos literarios, hasta los más naturalistas, son artificios, sólo que algunos eligen esconder este artificio y otros se fundan a partir de su explicitación. Lo fascinante de Marías es cómo juega a dos puntas, cómo usa el artificio literario no para abroquelarse del mundo sino para enfrentarse mejor a él. Se trata de un ensimismamiento muy pendiente de las palabras y a las cosas.  
 
En Los enamoramientos puede encontrarse una nueva versión de la teoría de la novela en Marías. Los escritores convocados son Shakespeare, Sterne, Dumas y Balzac. Marías explicita que en una novela los hechos de la trama son lo de menos: "lo interesante son las posibilidades e ideas que nos inoculan y traen a través de sus casos imaginarios". La ficción es un laboratorio de exploración de la conducta humana, "tiene la facultad de enseñarnos lo que no conocemos y lo que no se da... y en este caso [El Coronel Chabert, de Balzac] nos permite imaginarnos los sentimientos de un muerto que se viera obligado a volver, y nos muestra por qué no deben volver". A ese laboratorio no se llega de manera directa: para exponer su teoría sobre el lugar de los muertos (y el peso de la ficción) en nuestras vidas, Díez-Varela le contará a la narradora sobre El Coronel Chabert y lo hará interrumpiéndose, creando suspense, haciendo que la narradora se transforme en la oyente perfecta, seducida por el relato y sus digresiones. Asistimos a la puesta en abismo del estilo narrativo de Marías, y hay palabras que se dicen sobre Díez-Varela que bien podrían decirse sobre el mismo Marías: "tenía una fuerte tendencia a disertar y a discursear y a la digresión [...] mientras peroraba no podía apartar los ojos de él y me deleitaban su voz grave y como hacia adentro, su sintaxis de encadenamientos a menudo arbitrarios..."  
 
¿Qué es lo que nos enseña ese laboratorio de exploración de la conducta que es la novela de Marías? Lo que implica el enamoramiento ("verdadera debilidad por alguien... [e]so es lo determinante, que nos impida ser objetivos y nos desarme a perpetuidad y nos haga rendirnos en todos los pleitos"), la relación compleja que los vivos tienen con los muertos (la necesidad que tenemos de librarnos de ellos), la fuerza de los hechos y cómo nos sobreponemos a las desgracias a pesar de nosotros mismos (con la muerte de su esposo, a Luisa "le han destrozado la vida que tenía ahora, pero no la futura"), la difuminación de todas las cosas y, especialmente, la seducción que una historia puede tener sobre el que la escucha o lee. En eso, Los enamoramientos practica lo que predica: una vez más, aunque al principio cueste "suspender la incredulidad", terminamos fascinados por la prosa de Javier Marías.   
     
(Letras Libres, mayo 2011)

[Publicado el 03/5/2011 a las 16:17]

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Ernesto Sábato: Para salir del túnel

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Hacia 1987, durante la feria del libro en Buenos Aires, me acerqué a Ernesto Sábato y  le pedí una entrevista. Sábato me miró y dijo, con gravedad mortal, que a su edad (tenía 76) debía cuidar su tiempo, y que por lo tanto lo disculpara. Me sentí un impertinente por haberle quitado minutos valiosos, y tuve una aguda sensación de tempus fugit. También pensé que el escritor argentino era como su obra: atormentado, trágico, solemne.

Sábato, claro, no sabía que todavía viviría más de dos décadas. Yo esos años había leído toda su obra gracias a una colección de Seix Barral para quioscos. Lo admiraba, sentía que sus ensayos (Uno y el universo, Hombres y engranajes) eran notables piezas de un humanismo como el que ya casi no había. El túnel, esa hasta hoy lectura obligada de todos los adolescentes latinoamericanos, no me decía mucho, pero Abaddón, el exterminador era uno de mis libros de cabecera, aunque no por razones literarias. Lo había leído en 1985 en Mendoza (Argentina), mientras estudiaba, desganado, ingeniería en petróleos. Cuando llegué a la sección autobiográfica en que un personaje llamado Ernesto Sábato confrontaba su crisis existencial (es científico pero quiere ser pintor y escritor), me identifiqué con el dilema del protagonista. La decisión del personaje (dejar las ciencias) me ayudaría a tomar luego la misma decisión. Grandezas de la literatura: Abaddón es una novela apocalíptica, pero yo la usé como un libro de autoayuda.

Me fui de Buenos Aires y no volví a leer a Sábato. Conseguí sus últimos libros (Antes del fin, La resistencia), los hojeé pero ya no los leí. Me había alejado de Sábato, al igual que los otros escritores de mi generación y los de la subsiguiente. Suele ocurrir (es el destino de casi todo escritor), pero eso hoy no es tan importante como recordarlo con un cariño agradecido: hubo un momento en que sus palabras me ayudaron a salir del túnel.  
 
(La Tercera, 2 de mayo 2011)
 

[Publicado el 02/5/2011 a las 16:49]

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Romeo y Julieta

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     En un claro del bosque, una tarde de sol asediado por nubes estiradas y movedizas, la niña rubia de largas trenzas agarra el cuchillo con firmeza y el niño de ojos grandes y delicadas manos contiene la respiración.
    --Lo haré yo primero --dice ella, acercando el acero afilado a las venas de su muñeca derecha --. Lo haré porque te amo y por tí soy capaz de dar todo, hasta mi vida misma. Lo haremos porque no hay, ni habrá, amor que se compare al nuestro.
    El niño lagrimea, alza el brazo izquierdo.
    --No lo hagas todavía, Ale... Lo haré yo primero. Soy un hombre, debo dar el ejemplo.
    --Ese es el Gabriel que yo conocí y aprendí a amar. Toma. ¿Por qué lo harás?
    --Porque te amo como nunca creí que podía amar. Porque no hay más que yo pueda darte que mi vida misma.
    Gabriel empuña el cuchillo, lo acerca a las venas de su muñeca derecha. Vacila, las negras pupilas dilatadas. Alejandra se inclina sobre él, le da un apasionado beso en la boca.
    --Te amo mucho, no sabes cuánto.
    --Yo también te amo mucho, no sabes cuánto.
    --¿Ahora sí, mi Romeo?
    --Ahora sí, mi Julia.
    --Julieta.
    --Mi Julieta.
    Gabriel mira el cuchillo, toma aire, se seca las lágrimas, y luego hace un movimiento rápido con el brazo izquierdo y la hoja acerada encuentra las venas. La sangre comienza a manar con furia. Gabriel se sorprende, nunca había visto un líquido tan rojo. Siente el dolor, deja caer el cuchillo y se reclina en el suelo de tierra: el sol le da en los ojos. Alejandra se echa sobre él, le lame la sangre, lo besa.
    --Ah, Gabriel, cómo  te amo.
    --Ahora te toca a tí --dice él, balbuceante, sintiendo que cada vez le es más difícil respirar.
    --Sí. Ahora me toca --dice ella, incorporándose.
    --¿Me... me amas?
    --Muchísimo.
    Alejandra se da la vuelta y se dirige hacia su casa, pensando en la tarea de literatura que tiene que entregar al día siguiente. Detrás suyo, incontenible, avanza el charco rojo.
 
(Amores imperfectos, 1998; nueva edición: editorial Estruendomudo, Lima, Perú, 2011)


 

[Publicado el 28/4/2011 a las 15:28]

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Biografía

Edmundo Paz Soldán (Cochabamba, Bolivia, 1967) es profesor de Literatura Latinoamericana en la Universidad de Cornell. Es autor de nueve novelas, entre ellas Río Fugitivo (1998), La materia del deseo (2001), Palacio Quemado (2006) y Los vivos y los muertos (2009); y de los libros de cuentos Las máscaras de la nada (1990), Desapariciones (1994) y Amores imperfectos (1998). Ha coeditado los libros Se habla español (2000) y Bolaño salvaje (2008). Su libro más reciente es Norte (Mondadori, 2011). Sus obras han sido traducidas a ocho idiomas, y ha recibido numerosos premios, entre los que destaca el Juan Rulfo de cuento (1997) y el Nacional de Novela en Bolivia (2002). Ha recibido una beca de la fundación Guggenheim (2006). Colabora en diversos medios, entre ellos los periódicos El País y La Tercera, y las revistas Etiqueta Negra, Qué Pasa (Chile) y Vanity Fair (España).

Bibliografía

Portada 'Los vivos y los muertos'

Norte (2011). Mondadori

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