El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

sábado, 11 de febrero de 2012

 Río Fugitivo / Blog de Edmundo Paz Soldán

El artista en la corte

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¿Cuál es el lugar del artista en la Latinoamérica contemporánea? ¿Qué relación existe entre el arte y el poder? ¿Cómo ha cambiado la función social de la literatura entre el modernismo de fines del siglo diecinueve y nuestro presente? Trabajos del reino (2004), la primera novela del mexicano Yuri Herrera, es un buen lugar para articular una reflexión al respecto. Esta novela atrajo la atención de críticos importantes como Elena Poniatowska, y fue reeditada en España el 2008.

A Herrera le interesa mostrar en Trabajos del reino la relación que existe entre el arte y la violencia. Este tema aparece en algunas novelas de Roberto Bolaño, entre ellas Nocturno de Chile y Estrella distante. En Nocturno de Chile hay una visión del crítico como un cortesano del poder autoritario y de la literatura como una vocación artística que procura mantenerse alejada de la barbarie pero que es más bien cómplice de esa barbarie.

Las novelas de Bolaño tienen una evidente conexión con las "novelas del dictador", tan fundamentales en la literatura latinoamericana. En Nocturno de Chile, el dictador es un personaje, y en la trama es clave su relación de Ibacache, el crítico narrador en su lecho de agonizante; quiere aprender de él los fundamentos del marxismo. En la novela de Herrera, estamos lejos del poder estatal. Aquí no hay presidentes ni ministros; apenas uno que otro policía corrupto. Más que de un Estado fallido se trata de uno ausente, como en algunos cuentos de Rulfo ("Nos han dado la tierra"). Pero esa ausencia del poder central ya dice mucho, porque lo que se instala a cambio es el poder local del narcotráfico en el norte de México. El Rey es quien hace y deshace, y la corte de aúlicos se forma en torno a él.
   
En Trabajos del reino hay una reflexión aguda sobre el lugar del arte en una sociedad capitalista regida por los valores del narcotráfico. Lobo, el Artista, es un cantor de corridos cuyo camino se cruza con el Rey, un poderoso jefe narco; vivir de cortesano en torno al Rey tiene sus costos: se debe componer pensando en ese mundo en el que vive. Se trata de un arte de gesta, a la usanza medieval: los corridos cantan las hazañas de los moradores del lugar. Así, lo que hará Lobo al privilegiar el lugar central del Señor será componer narcocorridos. El arte no es independiente, autónomo; quizás nunca lo es del todo, pero en esta novela se explicita el intercambio de la creación de una obra por el mecenazgo, la tranquilidad económica.
   
Lobo no cree estar haciendo nada incorrecto. Por un lado, su justificación artística tiene que ver con el hecho de que está componiendo corridos que salen del pueblo. Por otro, sabe que al estar del lado del Rey transgrede las normas de la corrección social; el lado peligroso de su arte le da a su vocación un toque disidente, de hombre enfrentado a los valores de la cultura burguesa ("Que se asusten, que se asombren los decentes, sobájelos", cree que le dice el Rey; "Si no, ¿pa qué es artista?").

Lo que está en juego en Trabajos del reino es la función misma del arte. Resulta significativo contrastar esta novela con un texto de Rubén Darío, "El Rey burgués" (1888). En este cuento, el escritor nicaragüense reflexiona también sobre la conexión entre el arte y su función social. Se trata de otro momento histórico, en el que el poeta ha perdido su lugar privilegiado en la sociedad y, desplazado por los valores mercantilistas, de profesionalización del arte, busca desesperadamente ese lugar perdido. En la corte del Rey burgués, mecenas aficionado a las artes, el poeta se queja de que, en la naciente sociedad moderna, su rol de profeta visionario es puesto en entredicho.
   
El poeta de Darío rompe una lanza por una visión romántica del arte que está siendo desplazada por los valores del mercado: "Los ritmos se prostituyen, se cantan los lunares de las mujeres, y se fabrican jarabes poéticos... Señor, el arte no está en los fríos envoltorios de mármol, ni en los cuadros lamidos, ni en el excelente señor Ohnet. ¡Señor! El arte no viste pantalones, ni habla en burgués, ni pone los puntos en todas las íes".
   
De nada sirve la queja. Lo que le ofrece el Rey al poeta es ingresar al nuevo sistema, ofrecerle una transacción comercial a cambio de su arte: "Pieza de música por pedazo de pan". El poeta "hambriento" termina olvidado en el jardín del rey burgués, y le llega la muerte mientras él sigue soñando en la sociedad venidera que cantan sus versos.
   
Ha pasado más de un siglo entre la obra de Darío y la de Herrera. El Artista de Trabajos del Reino sigue buscando su lugar en la corte. Lo que ha cambiado es el grado de conciencia que tiene de pertenecer a la sociedad capitalista; el poeta de Darío se acerca a la corte y busca ingresar a ella entre quejas acerca de una función privilegiada perdida; sus ataques a los valores burgueses son también ataques al Rey que debería darle un trabajo, pues éste encarna esos valores triunfales.

En cambio, el Artista de Herrera acepta que ya no tiene ninguna función social privilegiada y, más bien, se legitima a sí mismo cuando se acerca al centro de irradiación del poder. Un poder que ya no es estatal, pero que es poder al fin. Entre Darío y Herrera media todo el siglo XX, la historia del intelectual latinoamericano que, fascinado por el poder, se dejó seducir por él y perdió su capacidad de discurso crítico.

(Babelia, El País, 15 de mayo 2010)

[Publicado el 18/5/2010 a las 05:22]

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La América salvaje

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Una de las especialidades de la narrativa de los Estados Unidos es el cuento largo, el que no depende de un solo incidente o epifanía para impactar, el que parece una suerte de novela comprimida. Faulkner ya escribía cuentos memorables en este estilo, pero quienes lo llevaron a la perfección fueron Cheever (solo basta recordar "The Country Husband") y Updike. Wells Tower, a juzgar por su primer y único libro, Todo arrasado, todo quemado, es hoy por hoy su practicante más aventajado, su alumno más osado.  

Hay tantas cosas para aplaudir en esta colección de relatos que es imposible que una reseña les haga justicia. Tower lleva en su genealogía la impronta de Flannery O'Connor, por su talento para convertir cualquier objeto en un símbolo cargado de densidad, y la de Denis Johnson, por su capacidad para encontrar poesía en la vida de los perdedores de la América profunda. Aquí están los hombres expulsados de sus casas por infieles, los hermanos que no se hablan a lo largo de los años, los hijastros que no se llevan bien con los padres, los depredadores sexuales en busca de niños y quinceañeras. Uno de los cuentos más notables se titula "La América salvaje"; así podría haberse llamado el libro.

Ocho de estos nueve relatos quedarán para las antologías. La fuerza descriptiva va acompañada por una mirada compasiva a los personajes y un gran sentido de la sorpresa y el manejo del tiempo a la hora de construir las tramas. En "En la feria", un niño es abusado sexualmente. La intriga gira en torno al posible culpable, uno de los trabajadores de esa feria en la que se mezclan "los rojos estridentes del Coro del Diablo y el blanco azulado de la noria y los verdes estroboscópicos del Orbitador y los amarillos y morados fugitivos de las sillas voladoras". El cuento apunta hacia una dirección, pero el final sorprende e impacta.

Uno de los símbolos más emblemáticos de los Estados Unidos de Wells Tower es una niña de quince años en esa feria. La niña anda con un caramelo fosforecente en la boca, y mientras se mece en el Barco Pirata, hay una "luz tenue y verde que lanza destellos entre los dientes de la chica, una luz de desolación y consuelo, la luz de una ventana en una casa apartada en una calle vacía". Cuando la chiquilla pierde la inocencia, esa misma noche en que el niño es abusado, "ella abre la boca de par en par y está muy guapa, pero la luz de su boca ha desaparecido".   

La variedad de registros de Wells Tower impresiona. Cuando creíamos que lo suyo era dar cuenta de los Estados Unidos de hoy, aparece el último cuento, "Todo arrasado, todo quemado", y trastoca todas las expectativas. Este cuento va de vikingos que, para paliar su depresión, se dedican al saqueo y pillaje de los pueblos cercanos. ¿Y qué pasa cuando un vikingo se enamora? Descubre lo terrible que es este sentimiento, porque lo vuelve a uno vulnerable. El mundo hará con él lo que él le ha hecho al mundo, y no podrá dormir, "esperando el crujido y el chapoteo de los remos, el sonido metálico del acero, los ruidos de los hombres que reman para llegar a tu casa".   
     
(Babelia, El País, 15 de mayo 2010)

[Publicado el 15/5/2010 a las 06:22]

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Cristina Rivera Garza: del haiku al tuit

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El poeta mexicano Aurelio Asiain (@aasiain) ha escrito este tuit: "Sólo por prejuicio, también, consideramos alta literatura un haiku de Basho o una copla de Lorca y no tantos tuits que no lo son menos". Pienso en esto al leer los tuits de Cristina Rivera Garza (@criveragarza), una escritora que está señalando algunos de los caminos más interesantes para hacer literatura en Twitter.
   
Cristina usa tuits para desarrollar sus metacomentarios sobre la escritura en Twitter. Por un lado, los tuits pueden servir para leer otros géneros: "Podría verse de esta manera: un artículo son tres o cuatro tuits rodeados de texto". También: "un cuento es a veces un tuit dentro de contexto de otro tipo de muchas palabras". Así, Cristina pone en práctica algo que está en el principio de cualquier ecología mediática: un nuevo medio hace que los otros se desplacen, les cambia de posición. El cine nos ha permitido leer de otra manera al teatro, los emails nos permiten entender las cartas desde otra perspectiva.
   
Cristina acuña el concepto de "tuitnovela", y dice: "La tuitnovela es un TL escrito por personajes". Aquí, hay que entender el TL como "timeline", lo que aparece de manera vertical en la pantalla y va cambiando a medida que se registran nuevos tuits de aquellos a quienes seguimos. Es decir, la tuitnovela está escrita por varios autores de manera no intencional, pero habría siempre un responsable: el dueño del TL.
   
Cristina sugiere que en todo TL se puede encontrar un par de "secuencias narrativas escritas por ‘personajes'". También: "Como en cualquier TL, en la tuitnovela importa la manera en que un tuit se deja afectar/deformar por otro". La anécdota puede ser lineal en la narrativa tradicional, pero en la TL-novela, lo que de veras importa es "La producción plural de una estructura". La TL-novela es una versión contemporánea y experimental de la novela entendida por Bajtin: polifonías, yuxtaposiciones que dan como resultado textos "dialógico[s]/corálico[s]/ecóico[s]".
   
Una opción narrativa de Twitter, entonces, viene dada por el TL particular de cada usuario en Twitter. Pero también existen, y son más, los tuits emparentados con la poesía, en los que el límite de los 140 caracteres sirve para la escritura de un aforismo o un haiku. Cristina también los practica: "Alguna vez, dije: lo que pasa, que es el tiempo, pasa literalmente; ahora ya no sé"; "uno se entera de cada cosa en sueños"; "nada acontece realmente en otro lugar"; "En otras palabras: todo es otras palabras".
   
Se puede leer al italo-argentino Antonio Porchia y al francés Edmond Jàbes como poetas del Twitter avant-la-lettre. Pienso en algunos aforismos de Porchia: "un corazón grande se llena con poco"; "las dificultades también pasan como pasa todo, sin dificultad". De la misma manera, Jàbes: "una frase es pura cuando está sola"; "las palabras solo expresan su propia soledad"; "el filósofo nace con la filosofía; el pensador, con el pensamiento; el poeta, con el mundo".
   
Si los aforismos de Porchia y Jàbes pueden leerse también como tuits, se podría generalizar y decir: todo el género del aforismo podría verse como una versión pre-tecnológica de los tuits. Sin embargo, hay diferencias. La más importante tiene que ver con el medio: los tuits se hallan intrínsicamente relacionados con el universo digital, con la red. Uno puede hacerle un retuit a un tuit que le gusta, uno encuentra un tuit poético yuxtapuesto con otros que no tienen nada que ver con la poesía. El espacio de la escritura en Twitter es también una red de diálogo.
   
Cristina Rivera Garza ha escrito este tuit: "En realidad la literatura no importa; importa escribir". Darle importancia a la escritura es uno de los caminos más eficaces para hacer alta literatura. Y eso es lo que hace esta escritora mexicana en Twitter.  

(La Tercera, 10 de mayo 2010)

[Publicado el 10/5/2010 a las 14:40]

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Puerto Rico y el Festival de la Palabra

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Tan sólo el año pasado, Mayra Santos hablaba con un grupo de amigos escritores acerca de la necesidad de que Puerto Rico tomara un rol más protagónico en el panorama de la literatura iberoamericana. Puerto Rico podía concebirse como un lugar ideal para el diálogo entre la cultura caribeña en español e inglés, el caribe francófono, la literatura latina en los Estados Unidos, la literatura española y las diversas literaturas latinoamericanas (la que se escribe en español, la que se escribe en portugués, etc). Los que conocemos a Mayra sabemos que no hay distancia entre lo que dice y lo que hace. Así, hoy se inicia en San Juan el Festival de la Palabra, con una clara vocación abarcadora: más de cien autores, entre los que se encuentran Mario Bellatin, Karla Suarez, José Luis Peixoto y Pedro Mairal; más de veinte países representados, de Haiti a Angola, pasando por Venezuela, Portugal y Nicaragua; una impresionante lista de eventos para reflexionar sobre el lugar de la literatura en la sociedad contemporánea. La conferencia magistral estará a cargo del escritor puertorriqueño Luis Rafael Sánchez.

Por supuesto, para que se realice un encuentro de esta magnitud se necesita el esfuerzo de muchos. A todos los que han trabajado junto a Mayra, entre ellos el escritor español José Manuel Fajardo, director de programación, y las diversas instituciones que han dado un apoyo económico y logístico, felicidades y mucha suerte. Que este festival se convierta en una cita anual de la cultura iberoamericana.

El viernes 5 por la tarde se llevará a cabo la convocatoria al primer premio de narrativa Las Américas. Habrá una gran sorpresa. Por ahora, mejor no adelantar nada.

A partir de mañana, nos vemos en San Juan.

[Publicado el 04/5/2010 a las 21:55]

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Cinco días con David Foster Wallace

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En marzo de 1996, la revista Rolling Stone envió al periodista David Lipsky a acompañar a David Foster Wallace en la última parte de su gira de promoción de la meganovela La broma infinita. Gracias a esa novela, Foster Wallace se había convertido en el escritor norteamericano más importante de su generación, y su fama trascendió los círculos literarios. Con su look atlético y la bandana de pirata, el editor de Rolling Stone sintió al escritor como "uno de los nuestros" y decidió asignar el perfil/entrevista a Lipsky. Así fue cómo Lipsky pasó cinco días con Foster Wallace, durmió en su casa, conoció a sus perros Drone y Jeeves, comió con él en restaurantes de carretera y tuvo conversaciones profundas sobre el sentido de la vida en terminales de aeropuertos. Al final, la entrevista no se publicó, pero por suerte Lipsky grabó todo. Although Of Course You End Up Becoming Yourself: A Road Trip with David Foster Wallace es la transcripción de esos cinco días: repeticiones y todo, trescientas páginas magníficas que son lo más cercano que tenemos a una autobiografía de este escritor.    

Lipsky es casi de la misma edad que Foster Wallace, pero está genuinamente impresionado por él y lo admira: "escribía con una mirada y una voz que parecía ser una forma condensada de la vida de todos". Todos los escritores que conoce quisieran estar en su lugar (notas en Time, reseñas en Esquire, etc). Las primera horas en su casa en Bloomington, Indiana, descubre algunos datos curiosos: Foster Wallace está suscrito a la revista Cosmopolitan (leer sus artículos, dice, "calma su sistema nervioso"), y tiene en su habitación un póster de Alanis Morrisette (está obsesionado con ella) y una toalla con la imagen del insoportable dinosaurio Barney.

Foster Wallace se muestra cuidadoso al comienzo de la conversación, tiene miedo a ser devorado por la fama y quiere controlar su imagen y la entrevista. Sin embargo, no tarda en establecer una relación de camaradería con Lipsky y se va soltando. En el apogeo de su carrera, se muestra lúcido, divertido, autocrítico, constantemente autorreflexivo: leerlo es escuchar a sus personajes, ver una mente muy consciente de estar consciente, entender que no eran gratuitas las notas al pie de página que marcaban su estilo.

Foster Wallace habla de todo. Le fascinan las películas de acción con muchas explosiones, no soporta a Updike, piensa que Stephen King debería ser más valorado, entiende de política ("Reagan permitió la fantasía de que los últimos cuarenta años no habían ocurrido") y de cine (David Lynch es lo máximo, ha llorado con Braveheart, Spielberg sabe cómo hacer que una película se te meta bajo la piel pero es un ejemplo vívido de cómo "Hollywood mata lo que adora"). Cree que nada se compara a la literatura, un arte que nos hace trabajar, que no nos da las cosas digeridas como la televisión, pero a la vez reconoce que hay mucha "belleza y profundidad" en la cultura popular más basura.

Dos temas que aparecen una y otra vez en sus conversaciones son los de la soledad y la adicción. Foster Wallace ha luchado varias veces contra la depresión, y ha concluido que el principal objetivo de los libros es lograr que nos sintamos menos solos. El gran tema de La broma infinita es la adicción de los Estados Unidos al entretenimiento fácil -el cine, la televisión-- y la forma en que esta adicción puede llevar a la cultura a la muerte: todo está bien en dosis pequeñas, pero "nosotros no paramos con las dosis pequeñas". A la vez, Foster Wallace no tiene miedo de escribir en un tiempo tan superficial como este: lo que ha hecho la televisión, dice, "es darnos el regalo precioso de hacernos más difícil el trabajo".

Después de esos cinco días, Lipsky no volvió a ver a Foster Wallace. Pero la charla le cambió la vida, y hubo frases que se quedaron con él para siempre ("Dame veinticuatro horas solo, y puedo ser muy, muy inteligente"). Este libro conmovedor hará lo mismo con muchos lectores.

(La Tercera, 26 de abril 2010)
 
 

 

[Publicado el 26/4/2010 a las 15:33]

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El congreso de escritura creativa

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Michael Chabon, junto a Jonathan Franzen, Tom Wolfe y Gore Vidal (Los Simpson)

El pasado fin de semana fui a Denver para el congreso de la Asociación de Programas de Escritura Creativa (AWP) en los Estados Unidos. El evento se llevó a cabo en el Colorado Convention Center, un edificio enorme y despersonalizado en el que también coincidía un "auto show". Estaban por un lado los Camaros y las modelos, y por otro los zapatos planos y las gafas de marcos grandes, con lo cual, pese a la cercanía, no había forma de confundirse de evento. Todo discurrió con tranquilidad; no hubo ningún ataque de caracoles gigantes como en El congreso de literatura, esa genial novela de Aira en la que se hace la burla de estos encuentros.

En el megacongreso de Denver había 9.000 inscritos y más de 400 paneles, con temas que iban desde lo importante ("Recordando a David Foster Wallace") hasta lo prosaico ("Escritores con niños en la familia") y lo práctico ("Cómo convertir tu tesis en una primera novela"). Abundaban las cuestiones ecológicas ("La Ecopoética de Colorado") y el deseo políticamente correcto de dar voz a todos ("Enseñando a los veteranos de guerra"; "Dándole un lugar a los estudiantes discapacitados").

Cualquiera que piense que están desapareciendo las ganas de convertirse en escritor en estos tiempos sólo tiene que ver los números para darse cuenta de que no es así: cada año, los programas de escritura creativa en los Estados Unidos reciben unas 80.000 solicitudes, de los cuales se aceptan alrededor de 8.500. La AWP vende a sus socios el sueño de ser escritor y llegar algún día a publicar en editorales y revistas importantes, pero no es tonta y se cubre las espaldas: en las bolsas que se entregaba a los asistentes en el momento de la inscripción, había un librito con consejos para la autopublicación. Ya se sabe, cuando todo lo demás falla...

Eso pudo haberlo mencionado Michael Chabon, encargado de dar la conferencia principal y ex-alumno aventajado de los programas de escritura creativa, pero prefirió concentrarse en lo positivo. De su charla entretenida quedó una cosa esencial: para ser escritor lo que menos se necesita son ideas ("en cada periódico que leemos laten al menos cinco novelas").  

Los paneles más concurridos fueron, como era de suponerse, los que sugerían vías para la publicación. El de los editores de algunas de las revistas literarias más prestigiosas -Tin House, The Believer-- tenía gente incluso fuera de la sala, como si se tratara de la conferencia de prensa de un conjunto de rock. La conclusión a la que se llegó fue tan poco original como contundente: una buena carta de presentación puede valer algo, pero a la larga lo que se impone es el texto mismo, capaz de surgir a la superficie de entre las pilas de envíos que reciben las revistas. Rob Spillman, editor de Tin House, contó una anécdota significativa: de dos pilas de trescientos cuentos cada una, él escogió uno y otro editor de la revista escogió otro; luego se descubrió que los dos pertenecían a la misma autora, una mujer de más de 40 años que nunca antes había publicado (y que ahora, claro, ya tiene un contrato para su primer libro).    

En Denver hubo lugar para todo, excepto para el viejo debate acerca de si es posible enseñar a escribir. En el centro de convenciones estaban los fanáticos, los fundamentalistas de la escritura creativa. Los que señalan orgullosos que de esos talleres han salido Lorrie Moore, Junot Diaz, Daniel Alarcón. La larga marcha para convertir la concepción decimonónica de la literatura como fruto de la inspiración romántica ("las musas") en un oficio que puede aprenderse ha llegado a esto: los programas de escritura creativa son criticados por banalizar la vocación artística, por domesticar la originalidad en un estilo manso y homogéneo, pero en la práctica parecen imprescindibles. Aquí se conoce a agentes y editores, se crea la red de amigos escritores que leerán los manuscritos. De vez en cuando aparece un talento salvaje de la nada, pero lo cierto es que en los Estados Unidos casi todas las vocaciones literarias desembocan en estos programas. Y si la mayoría no llega a publicar jamás o a ser conocida por el gran público, quizás eso no sea nada malo sino, simplemente, una ley de la vida. Los programas no hacen más que reafirmar que para que aparezca un George Saunders o un Jonathan Safran Foer se necesitan diez mil vocaciones literarias.   

(La Tercera, 12 de abril 2010) 




 

[Publicado el 12/4/2010 a las 15:13]

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Literatura en tiempos de Twitter

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Una semana de vacaciones en Jamaica. Como siempre, lo primero es decidir qué leer en el viaje. Pongo en el maletín un solo libro, Angels, de Denis Johnson. Tengo mi Kindle para lo demás. Veré cómo me va. En tres meses he descubierto que es útil para leer manuscritos en Word o PDF, pero, por lo demás, yace ignorado en un rincón de mi mesa de noche.

VIERNES, Montego Bay.Hace poco comencé a coquetear con el Twitter. Tenía una cuenta abierta años atrás, pero la ignoré hasta el terremoto en Chile. La necesidad de noticias, el hecho de que un buen grupo de amigos chilenos está en Twitter, me animó a reactivar la cuenta. Me había prometido no hacerlo, ya con el Facebook tenía suficiente, pero por lo visto siempre hay buenas razones para perder el tiempo.
Escribo un tuit (tweet): "El aire de Montego Bay huele a ganja".

SABADO. Reviso el manuscrito de mi nueva novela en el Kindle. De pronto, el Kindle se muere. ¿El sol, la arena, los caprichos de la tecnología? Recuerdo a Abel Posse, que decía: "la electrocultura funciona hasta que alguien desenchufa el aparato".
Me pongo a leer la novela de Johnson. Leo 60 páginas de corrido. Lo comento en mi Facebook. Cinco minutos después me entero que Iván Thays también la está leyendo. Antes, a través de Twitter, Tryno Maldonado ya me había contado que Angels era una de sus favoritas.

DOMINGO. Me interesa la relación de los tuits con la literatura. Cómo se pueden distinguir estilos, una poética, una estética. Tryno tiene humor: "Cuando era niño era tan feíto que mi madre me rentaba como Barrabás para el viacrucis de la colonia". Cristina Rivera Garza anda por los aforismos a lo Jabès y Porchia: "Infinitamente viva. Finitamente aquí".
El Kindle sigue sin funcionar. Por la noche, continúo con Angels. "Cómo escribe el cabrón", pongo en Facebook.

LUNES. En el Bobsled Café, me entero de la concesión del premio Alfaguara a Hernán Rivera Letelier. Siglo a través de Twitter las reacciones generadas en Chile. Baradit escribe: "Hay un montón de vaquitas sagradas que deben estar llorando sangre XD XD XD XD".
Me pregunto qué significa XD. Escribo un tuit: "Reggae como música de fondo en el desayuno. Con muchas ganas de no escribir".

MARTES: Termino la novela de Johnson. Una novela de un grande escrita para ser devorada en un avión o en la playa. Personajes tan patéticos como desesperados. Descripciones que se te meten en la piel.

MIÉRCOLES. El Kindle resucita gracias a instrucciones en un blog. Bajo un ejemplar de la revista Electric Literature. Hay ahí un cuento de Rick Moody, "Some Contemporary Characters", escrito a través de tuits. El cuento es un agudo comentario sobre nuestra relación obsesiva con la tecnología y las redes sociales. Los personajes de Moody son capaces de ir al baño en medio de una cita solo para mandar por celular un mensaje acerca de cómo está yendo la cosa. Lo más interesante, sin embargo, no es tanto la preocupación temática sino la cuestión de la forma. En las manos de Moody, Twitter se revela como un descendiente directo de las reglas estrictas para escribir del grupo Oulipo: Perec y su novela escrita sin usar la letra e, los malabares de Queneau... El rigor formal como un punto de partida, un desafío para la escritura.
Escribo un tuit: "Groundhog Day del bueno: otra vez café y playa y lectura".

JUEVES. De regreso a los Estados Unidos. En el aeropuerto de Charlotte, Homeland Security nos detiene a mi pareja y a mí. Estoy escribiendo una novela sobre migrantes y fronteras, la experiencia puede ser buena. Pasamos a una sala llena de polacos. Me pregunto por qué los han detenido.
Nos dejan en la sala más de una hora. No se puede usar el celular, tampoco hay conexión a Internet. Recuerdo la semana en Jamaica. Las playas eran espectaculares, y Kindle y Twitter tuvieron sus momentos, pero lo mejor de todo fue la novela de Johnson.
El agente nos llama a su ventanilla. Voy pensando en mi próximo tuit.

(La Tercera, 29 de marzo 2010)

[Publicado el 29/3/2010 a las 15:44]

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José Martí y el terremoto

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Charleston después del terremoto (1886)

Hacia 1886, José Martí publicó en el periódico La Nación de la Argentina "El terremoto de Charleston", un texto que ayudaría a definir el ethos modernista y consolidar a la crónica como el género que, en palabras de Susana Rotker, iniciaría "la renovación de la prosa en Hispanoamérica". Yo había leído la crónica de Martí hacía mucho; después de lo ocurrido en Chile, volví a Martí.

Martí, que vivía en Nueva York, no viajó a Charleston para reportar sobre el terremoto. Sin embargo, el texto está escrito como si hubiera estado ahí: "Se nota en todas las caras, a la súbita luz, que acaban de ver la muerte: la razón flota en jirones en torno a muchos rostros..." Hoy se busca una delimitación férrea entre la ficción y la no-ficción; la licencia de Martí muestra claramente que se trataba de otro momento, en el que, en la alianza entre periodismo y literatura que dio origen a la crónica, estaba claro que  el periodismo ocupaba un lugar subordinado en relación a la literatura.

Martí, como los otros modernistas, tenía una relación desencontrada con el progreso: criticaba a las élites latinoamericanas, que tenían el sueño de una modernidad parcial, de desarrollo material a imitación del modelo de la Ilustración europea, pero no de superación de prejuicios que venían de la Colonia: se desdeñaba a la "barbarie" alrededor, y se ansiaba una "civilización" en la era fundamental la inmigración de Europa. Quizás por eso, el terremoto podía ser visto por Martí como una gran posibilidad para cambiar las cosas y apostar por una modernidad propia y más completa.

Martí nos dice varias cosas sobre la catástrófe. Una de las más importantes es que nuestra modernidad es frágil, que el intento por conquistar a la naturaleza puede terminar en fracaso en apenas instantes: "Ocho millones de pesos rodaron en polvo en veinticinco segundos". No sólo eso: Martí, como lo vio el crítico puertorriqueño Julio Ramos, presenta al ferrocarril, ese gran símbolo del progreso decimonónico, como un ícono vencido: "hoy los ferrocarriles que llegan a sus puertas [de Charleston] se detienen a medio camino sobre sus rieles torcidos, partidos, hundidos, levantados".

Para Martí, hay un antes y un después del terremoto. El ser humano experimenta una sensación tan básica como el miedo -"se llevaban a cuestas a los ancianos paralizados por el horror"--, lo cual lo lleva a una búsqueda espiritual: "¡cincuenta mil criaturas a un tiempo adulando a un Dios con las lisonjas más locas del miedo!" Las relaciones humanas también cambian. En la sociedad sureña de Charleston, marcada por una cruenta guerra civil por los derechos de los negros, Martí cree ver que el terremoto es capaz de alterar el trato entre las razas: "los blancos arrogantes, cuando arreciaba el temor, unían su voz humildemente a los himnos improvisados de los negros frenéticos".

La catástrofe destruye todos los elementos de la modernidad triunfante, pero también permite que el hombre pueda reconectarse con su espiritualidad perdida en medio del avance de los ideales de la Ilustración, y con una nueva noción de polis, un nuevo interrelacionamiento social. Se podría decir que la igualdad entre blancos y negros será transitoria, una oportunidad perdida para esta sociedad; en todo caso, lo que importa es que el terremoto es capaz de poner al desnudo la verdad de las relaciones sociales y de dar una nueva oportunidad para la construcción de una comunidad más justa.

Para Martí, el terremoto es la forma que tiene la naturaleza de encontrar "el equilibrio de la creación". El hombre se levanta, dispuesto a la nueva batalla. El final es feliz: "Y ríen todavía en la plaza pública, a los dos lados de su madre alegre, los dos gemelos que en la hora misma de la desolación nacieron bajo una tienda azul".  

(La Tercera, 15 de marzo 2010)

[Publicado el 16/3/2010 a las 14:50]

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In memoriam: La tía Julia

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Julia Urquidi junto a Mario Vargas Llosa en 1961

Como tantos otros lectores en el mundo, no conocí personalmente a la tía Julia, y sin embargo tengo una impresión muy vívida de ella. Julia Urquidi Illanes, fallecida el pasado miércoles 10 de marzo en Santa Cruz (Bolivia) a los ochenta y cuatro años, debido a problemas respiratorios, sirvió de modelo para el personaje que hizo célebre La tía Julia y el escribidor, una de las novelas más entrañables de Mario Vargas Llosa. La novela, publicada en 1977, está basada en el romance y posterior casamiento de un joven Vargas Llosa con su tía boliviana, quien le llevaba once años de edad. En el primer capítulo, el escritor hispano-peruano presenta sin mucho glamour a la tía Julia: "la recién llegada, en bata, sin zapatos y con ruleros, vaciaba una maleta". Luego, en la comida, la tía Julia le pregunta a Marito si tiene novia, "con ese aire cariñoso que adoptan los adultos cuando se dirigien a los idiotas y a los niños... y me aconsejó, con una perversidad que no descubría si era deliberada o inocente pero que igual me llegó al alma, que apenas pudiera me dejara crecer el bigote". Las bromas desembocan en una relación apasionada y secreta, en la que la diferencia de edad y la oposición de la familia se convierten en los obstáculos a sortear.

Julia Urquidi conoció a Mario Vargas Llosa en Lima, ciudad a la que había llegado luego de su primer divorcio. Se casó con Vargas Llosa en 1955. El matrimonio duró ocho años. Posteriormente vivió en Washington y volvió a Bolivia para establecerse en La Paz. Julia recibió con ambivalencia la publicación de la novela, dedicada a ella ("a Julia Urquidi Illanes, a quien tanto debemos yo y esta novela"): agradeció a Mario la novela, reconoció que le gustaban partes de ella, pero también se sintió "amargada" de que pusiera su vida "al descubierto". A principios de los ochenta, cuando se enteró del rodaje de una telenovela basada en La tía Julia y el escribidor, todo cambió: según Julia, la telenovela la presentaba como "una seductora de menores". Eso la motivó a escribir su propia versión de los hechos, Lo que Varguitas no dijo, libro publicado en 1983. El libro se enfocaba más en los años del matrimonio y el divorcio, que no narraba la novela -centrada en el noviazgo prohibido, y en la que el relato de la relación termina con la fuga y el posterior casamiento a espaldas de la familia, en Chincha, una ciudad a doscientos kilómetros de Lima--, y provocó la ruptura entre Julia y Vargas Llosa.

Julia Urquidi trabajó durante muchos años como Jefa de Protocolo en la alcaldía de La Paz. También fue secretaria personal de varias primeras damas de Bolivia. Era una mujer guapa, nerviosa, de sonrisa pícara. Su gran debilidad eran los cigarrillos. Eso le provocó problemas de salud que la obligaron a dejar la altura de La Paz para trasladarse a Santa Cruz. Cuando le preguntaban sobre Vargas Llosa, contestaba que lo había dicho todo en Lo que Varguitas no dijo. Allí recuerda que con Vargas Llosa transcurrieron "los años más felices de mi vida”, pero “también los momentos de mayor tristeza". En una de sus pocas entrevistas, al periódico El Deber (Santa Cruz) a principios de la década pasada, afirmó: "Yo lo hice a él. El talento era de Mario, pero el sacrificio fue mío. Me costó mucho. Sin mi ayuda no hubiera sido escritor. El copiar sus borradores, el obligarlo a que se sentara a escribir. Bueno, fue algo mutuo, creo que los dos nos necesitábamos".

¿Ha muerto Julia Urquidi? Sí y no. Gracias al genio de Vargas Llosa, algo de ella vive cada vez que un lector abre un ejemplar de La tía Julia y el escribidor.

(El País, 12 de marzo 2010)

[Publicado el 12/3/2010 a las 02:32]

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El rey de la coca y yo

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Roberto Suárez (foto cortesía de Gary Suárez)

A mediados de 1993, me encontraba de vacaciones en casa de mis padres en Cochabamba (Bolivia), cuando recibí el llamado de Gary, un amigo que me proponía revisar el manuscrito de las memorias de su padre. Me interesé de inmediato: el padre de Gary, Roberto Suárez Gómez, había sido a principios de 1980 el narcotraficante más importante de Bolivia. En el momento cumbre de su poder, hacia 1983, el Rey de la Coca -así se lo conocía--, había ofrecido pagar la deuda externa del país a cambio de la liberación de su hijo Roby. Ese mismo año, el eco de su fama llegó a la cultura popular: Alejandro Sosa, el narcotraficante que le suple la droga a Tony Montana en Scarface, está basado en Roberto Suárez.

Acepté la oferta de Gary con gran curiosidad. Días después, me llevó a donde se encontraba su padre en una suerte de arresto domiciliario: en el segundo piso de una casa particular que alguna vez fue una clínica. Roberto Suárez se había entregado a la justicia en 1988 y, después de cuatro años en la cárcel de San Pedro en La Paz (1992), había sido trasladado a Cochabamba por problemas cardiacos. Tenía 61 años cuando lo vi, pero me pareció que su fortaleza física estaba intacta; me estrechó la mano y crujieron mis huesos. Gary me dejó solo, y luego Don Roberto me entregó el manuscrito de 500 páginas y me dijo que no podía sacarlo de la casa. Tampoco quería fotocopiarlo. Tenía sólo un ejemplar y mucho miedo a que se lo robaran. Me dijo con un vozarrón intimidatorio que varias editoriales norteamericanas estaban interesadas en publicar el manuscrito, y que quería que lo leyera y le diera mi opinión sincera.  

Así fue cómo, durante un par de semanas, visité a Roberto Suárez. Yo leía en un sillón mientras él daba vueltas en torno mío; a un costado, un secretario de Don Roberto -supuse que era quien había transcrito las memorias- ordenaba papeles en un mesa. A veces acompañaba a Don Roberto a tomar el té, y observaba cómo encendía su cigarrillo y dejaba que se consumiera para luego comerse la ceniza: decía que estaba llena de potasio y era buena para su corazón, que le daba problemas desde fines de los 70. Escuchaba sus teorías extrañas: era un próspero ganadero -veintidós estancias en el Beni, 35.000 novillos- que se había metido al narcotráfico en 1979 por un encargo divino: Dios le había revelado que la hoja de la coca era un recurso estratégico que no debía regalarse a los extranjeros. Su comercialización podía permitir el pago de la deuda externa boliviana, que alcanzaba los 5.000 millones de dólares. Me contó con orgullo que cuando ingresó al negocio, los colombianos compraban la pasta base en Bolivia a 1.800 dólares el kilo, pero que gracias a él el precio se elevó a 9.000.   

El manuscrito repasaba toda su vida, mencionaba sus logros de ganadero y empresario, y pasaba de puntillas por el tema del narcotráfico. Era un libro deslavado, inofensivo. Tuve miedo del momento en que debía darle mi crítica literaria: sus ojos color miel me fulminarían. Pero lo hice. Le dije que era entendible que él no quisiera ser recordado como un narcotraficante, pero que, si una editorial extranjera se interesaba en su vida, no era por el hecho de haber sido el principal exportador de ganado al Brasil. Estaba bien contar que había financiado el golpe de García Meza en 1980, impresionaba enterarse que los militares en el poder habían convertido al gobierno en una narcodictadura (gracias a la alianza de Suárez con ellos, eran aviones militares los que despegaban del Beni llevando el cargamento de pasta base a Colombia), pero había que ser más preciso con los nombres y las fechas.

Don Roberto me escuchó y no dijo nada. Entendí que su fortaleza física era una apariencia: en el fondo estaba cansado. Quizás recordaba sus momentos de gloria, cuando gastaba parte del dinero que le entraba a raudales en escuelas y postas sanitarias para los pueblos más alejados del Oriente boliviano (gracias a esos gestos, la revista Time lo había bautizado como un "Robin Hood de hoy"). Me despedí pensando en su destino atormentado. Luego me enteré que fue liberado el 94 y volvió a sus estancias en el Beni. Seis años después falleció por unas úlceras en el estómago. El manuscrito nunca se publicó.

(Vanity Fair-España, marzo 2010)

[Publicado el 01/3/2010 a las 20:32]

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Biografía

Edmundo Paz Soldán (Cochabamba, Bolivia, 1967) es profesor de Literatura Latinoamericana en la Universidad de Cornell. Es autor de nueve novelas, entre ellas Río Fugitivo (1998), La materia del deseo (2001), Palacio Quemado (2006) y Los vivos y los muertos (2009); y de los libros de cuentos Las máscaras de la nada (1990), Desapariciones (1994) y Amores imperfectos (1998). Ha coeditado los libros Se habla español (2000) y Bolaño salvaje (2008). Su libro más reciente es Norte (Mondadori, 2011). Sus obras han sido traducidas a ocho idiomas, y ha recibido numerosos premios, entre los que destaca el Juan Rulfo de cuento (1997) y el Nacional de Novela en Bolivia (2002). Ha recibido una beca de la fundación Guggenheim (2006). Colabora en diversos medios, entre ellos los periódicos El País y La Tercera, y las revistas Etiqueta Negra, Qué Pasa (Chile) y Vanity Fair (España).

Bibliografía

Portada 'Los vivos y los muertos'

Norte (2011). Mondadori

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