
[Publicado el 18/5/2010 a las 05:22]
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[Publicado el 15/5/2010 a las 06:22]
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Cristina Rivera Garza: del haiku al tuit

[Publicado el 10/5/2010 a las 14:40]
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Puerto Rico y el Festival de la Palabra

[Publicado el 04/5/2010 a las 21:55]
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Cinco días con David Foster Wallace

[Publicado el 26/4/2010 a las 15:33]
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El congreso de escritura creativa

Michael Chabon, junto a Jonathan Franzen, Tom Wolfe y Gore Vidal (Los Simpson)
[Publicado el 12/4/2010 a las 15:13]
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Literatura en tiempos de Twitter
Una semana de vacaciones en Jamaica. Como siempre, lo primero es decidir qué leer en el viaje. Pongo en el maletín un solo libro, Angels, de Denis Johnson. Tengo mi Kindle para lo demás. Veré cómo me va. En tres meses he descubierto que es útil para leer manuscritos en Word o PDF, pero, por lo demás, yace ignorado en un rincón de mi mesa de noche.
VIERNES, Montego Bay.Hace poco comencé a coquetear con el Twitter. Tenía una cuenta abierta años atrás, pero la ignoré hasta el terremoto en Chile. La necesidad de noticias, el hecho de que un buen grupo de amigos chilenos está en Twitter, me animó a reactivar la cuenta. Me había prometido no hacerlo, ya con el Facebook tenía suficiente, pero por lo visto siempre hay buenas razones para perder el tiempo.
Escribo un tuit (tweet): "El aire de Montego Bay huele a ganja".
SABADO. Reviso el manuscrito de mi nueva novela en el Kindle. De pronto, el Kindle se muere. ¿El sol, la arena, los caprichos de la tecnología? Recuerdo a Abel Posse, que decía: "la electrocultura funciona hasta que alguien desenchufa el aparato".
Me pongo a leer la novela de Johnson. Leo 60 páginas de corrido. Lo comento en mi Facebook. Cinco minutos después me entero que Iván Thays también la está leyendo. Antes, a través de Twitter, Tryno Maldonado ya me había contado que Angels era una de sus favoritas.
DOMINGO. Me interesa la relación de los tuits con la literatura. Cómo se pueden distinguir estilos, una poética, una estética. Tryno tiene humor: "Cuando era niño era tan feíto que mi madre me rentaba como Barrabás para el viacrucis de la colonia". Cristina Rivera Garza anda por los aforismos a lo Jabès y Porchia: "Infinitamente viva. Finitamente aquí".
El Kindle sigue sin funcionar. Por la noche, continúo con Angels. "Cómo escribe el cabrón", pongo en Facebook.
LUNES. En el Bobsled Café, me entero de la concesión del premio Alfaguara a Hernán Rivera Letelier. Siglo a través de Twitter las reacciones generadas en Chile. Baradit escribe: "Hay un montón de vaquitas sagradas que deben estar llorando sangre XD XD XD XD".
Me pregunto qué significa XD. Escribo un tuit: "Reggae como música de fondo en el desayuno. Con muchas ganas de no escribir".
MARTES: Termino la novela de Johnson. Una novela de un grande escrita para ser devorada en un avión o en la playa. Personajes tan patéticos como desesperados. Descripciones que se te meten en la piel.
MIÉRCOLES. El Kindle resucita gracias a instrucciones en un blog. Bajo un ejemplar de la revista Electric Literature. Hay ahí un cuento de Rick Moody, "Some Contemporary Characters", escrito a través de tuits. El cuento es un agudo comentario sobre nuestra relación obsesiva con la tecnología y las redes sociales. Los personajes de Moody son capaces de ir al baño en medio de una cita solo para mandar por celular un mensaje acerca de cómo está yendo la cosa. Lo más interesante, sin embargo, no es tanto la preocupación temática sino la cuestión de la forma. En las manos de Moody, Twitter se revela como un descendiente directo de las reglas estrictas para escribir del grupo Oulipo: Perec y su novela escrita sin usar la letra e, los malabares de Queneau... El rigor formal como un punto de partida, un desafío para la escritura.
Escribo un tuit: "Groundhog Day del bueno: otra vez café y playa y lectura".
JUEVES. De regreso a los Estados Unidos. En el aeropuerto de Charlotte, Homeland Security nos detiene a mi pareja y a mí. Estoy escribiendo una novela sobre migrantes y fronteras, la experiencia puede ser buena. Pasamos a una sala llena de polacos. Me pregunto por qué los han detenido.
Nos dejan en la sala más de una hora. No se puede usar el celular, tampoco hay conexión a Internet. Recuerdo la semana en Jamaica. Las playas eran espectaculares, y Kindle y Twitter tuvieron sus momentos, pero lo mejor de todo fue la novela de Johnson.
El agente nos llama a su ventanilla. Voy pensando en mi próximo tuit.
(La Tercera, 29 de marzo 2010)
[Publicado el 29/3/2010 a las 15:44]
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Charleston después del terremoto (1886)
Hacia 1886, José Martí publicó en el periódico La Nación de la Argentina "El terremoto de Charleston", un texto que ayudaría a definir el ethos modernista y consolidar a la crónica como el género que, en palabras de Susana Rotker, iniciaría "la renovación de la prosa en Hispanoamérica". Yo había leído la crónica de Martí hacía mucho; después de lo ocurrido en Chile, volví a Martí.
Martí, que vivía en Nueva York, no viajó a Charleston para reportar sobre el terremoto. Sin embargo, el texto está escrito como si hubiera estado ahí: "Se nota en todas las caras, a la súbita luz, que acaban de ver la muerte: la razón flota en jirones en torno a muchos rostros..." Hoy se busca una delimitación férrea entre la ficción y la no-ficción; la licencia de Martí muestra claramente que se trataba de otro momento, en el que, en la alianza entre periodismo y literatura que dio origen a la crónica, estaba claro que el periodismo ocupaba un lugar subordinado en relación a la literatura.
Martí, como los otros modernistas, tenía una relación desencontrada con el progreso: criticaba a las élites latinoamericanas, que tenían el sueño de una modernidad parcial, de desarrollo material a imitación del modelo de la Ilustración europea, pero no de superación de prejuicios que venían de la Colonia: se desdeñaba a la "barbarie" alrededor, y se ansiaba una "civilización" en la era fundamental la inmigración de Europa. Quizás por eso, el terremoto podía ser visto por Martí como una gran posibilidad para cambiar las cosas y apostar por una modernidad propia y más completa.
Martí nos dice varias cosas sobre la catástrófe. Una de las más importantes es que nuestra modernidad es frágil, que el intento por conquistar a la naturaleza puede terminar en fracaso en apenas instantes: "Ocho millones de pesos rodaron en polvo en veinticinco segundos". No sólo eso: Martí, como lo vio el crítico puertorriqueño Julio Ramos, presenta al ferrocarril, ese gran símbolo del progreso decimonónico, como un ícono vencido: "hoy los ferrocarriles que llegan a sus puertas [de Charleston] se detienen a medio camino sobre sus rieles torcidos, partidos, hundidos, levantados".
Para Martí, hay un antes y un después del terremoto. El ser humano experimenta una sensación tan básica como el miedo -"se llevaban a cuestas a los ancianos paralizados por el horror"--, lo cual lo lleva a una búsqueda espiritual: "¡cincuenta mil criaturas a un tiempo adulando a un Dios con las lisonjas más locas del miedo!" Las relaciones humanas también cambian. En la sociedad sureña de Charleston, marcada por una cruenta guerra civil por los derechos de los negros, Martí cree ver que el terremoto es capaz de alterar el trato entre las razas: "los blancos arrogantes, cuando arreciaba el temor, unían su voz humildemente a los himnos improvisados de los negros frenéticos".
La catástrofe destruye todos los elementos de la modernidad triunfante, pero también permite que el hombre pueda reconectarse con su espiritualidad perdida en medio del avance de los ideales de la Ilustración, y con una nueva noción de polis, un nuevo interrelacionamiento social. Se podría decir que la igualdad entre blancos y negros será transitoria, una oportunidad perdida para esta sociedad; en todo caso, lo que importa es que el terremoto es capaz de poner al desnudo la verdad de las relaciones sociales y de dar una nueva oportunidad para la construcción de una comunidad más justa.
Para Martí, el terremoto es la forma que tiene la naturaleza de encontrar "el equilibrio de la creación". El hombre se levanta, dispuesto a la nueva batalla. El final es feliz: "Y ríen todavía en la plaza pública, a los dos lados de su madre alegre, los dos gemelos que en la hora misma de la desolación nacieron bajo una tienda azul".
(La Tercera, 15 de marzo 2010)
[Publicado el 16/3/2010 a las 14:50]
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Julia Urquidi junto a Mario Vargas Llosa en 1961
Como tantos otros lectores en el mundo, no conocí personalmente a la tía Julia, y sin embargo tengo una impresión muy vívida de ella. Julia Urquidi Illanes, fallecida el pasado miércoles 10 de marzo en Santa Cruz (Bolivia) a los ochenta y cuatro años, debido a problemas respiratorios, sirvió de modelo para el personaje que hizo célebre La tía Julia y el escribidor, una de las novelas más entrañables de Mario Vargas Llosa. La novela, publicada en 1977, está basada en el romance y posterior casamiento de un joven Vargas Llosa con su tía boliviana, quien le llevaba once años de edad. En el primer capítulo, el escritor hispano-peruano presenta sin mucho glamour a la tía Julia: "la recién llegada, en bata, sin zapatos y con ruleros, vaciaba una maleta". Luego, en la comida, la tía Julia le pregunta a Marito si tiene novia, "con ese aire cariñoso que adoptan los adultos cuando se dirigien a los idiotas y a los niños... y me aconsejó, con una perversidad que no descubría si era deliberada o inocente pero que igual me llegó al alma, que apenas pudiera me dejara crecer el bigote". Las bromas desembocan en una relación apasionada y secreta, en la que la diferencia de edad y la oposición de la familia se convierten en los obstáculos a sortear.
Julia Urquidi conoció a Mario Vargas Llosa en Lima, ciudad a la que había llegado luego de su primer divorcio. Se casó con Vargas Llosa en 1955. El matrimonio duró ocho años. Posteriormente vivió en Washington y volvió a Bolivia para establecerse en La Paz. Julia recibió con ambivalencia la publicación de la novela, dedicada a ella ("a Julia Urquidi Illanes, a quien tanto debemos yo y esta novela"): agradeció a Mario la novela, reconoció que le gustaban partes de ella, pero también se sintió "amargada" de que pusiera su vida "al descubierto". A principios de los ochenta, cuando se enteró del rodaje de una telenovela basada en La tía Julia y el escribidor, todo cambió: según Julia, la telenovela la presentaba como "una seductora de menores". Eso la motivó a escribir su propia versión de los hechos, Lo que Varguitas no dijo, libro publicado en 1983. El libro se enfocaba más en los años del matrimonio y el divorcio, que no narraba la novela -centrada en el noviazgo prohibido, y en la que el relato de la relación termina con la fuga y el posterior casamiento a espaldas de la familia, en Chincha, una ciudad a doscientos kilómetros de Lima--, y provocó la ruptura entre Julia y Vargas Llosa.
Julia Urquidi trabajó durante muchos años como Jefa de Protocolo en la alcaldía de La Paz. También fue secretaria personal de varias primeras damas de Bolivia. Era una mujer guapa, nerviosa, de sonrisa pícara. Su gran debilidad eran los cigarrillos. Eso le provocó problemas de salud que la obligaron a dejar la altura de La Paz para trasladarse a Santa Cruz. Cuando le preguntaban sobre Vargas Llosa, contestaba que lo había dicho todo en Lo que Varguitas no dijo. Allí recuerda que con Vargas Llosa transcurrieron "los años más felices de mi vida”, pero “también los momentos de mayor tristeza". En una de sus pocas entrevistas, al periódico El Deber (Santa Cruz) a principios de la década pasada, afirmó: "Yo lo hice a él. El talento era de Mario, pero el sacrificio fue mío. Me costó mucho. Sin mi ayuda no hubiera sido escritor. El copiar sus borradores, el obligarlo a que se sentara a escribir. Bueno, fue algo mutuo, creo que los dos nos necesitábamos".
¿Ha muerto Julia Urquidi? Sí y no. Gracias al genio de Vargas Llosa, algo de ella vive cada vez que un lector abre un ejemplar de La tía Julia y el escribidor.
(El País, 12 de marzo 2010)
[Publicado el 12/3/2010 a las 02:32]
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Roberto Suárez (foto cortesía de Gary Suárez)
[Publicado el 01/3/2010 a las 20:32]
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Edmundo Paz Soldán (Cochabamba, Bolivia, 1967) es profesor de Literatura Latinoamericana en la Universidad de Cornell. Es autor de nueve novelas, entre ellas Río Fugitivo (1998), La materia del deseo (2001), Palacio Quemado (2006) y Los vivos y los muertos (2009); y de los libros de cuentos Las máscaras de la nada (1990), Desapariciones (1994) y Amores imperfectos (1998). Ha coeditado los libros Se habla español (2000) y Bolaño salvaje (2008). Su libro más reciente es Norte (Mondadori, 2011). Sus obras han sido traducidas a ocho idiomas, y ha recibido numerosos premios, entre los que destaca el Juan Rulfo de cuento (1997) y el Nacional de Novela en Bolivia (2002). Ha recibido una beca de la fundación Guggenheim (2006). Colabora en diversos medios, entre ellos los periódicos El País y La Tercera, y las revistas Etiqueta Negra, Qué Pasa (Chile) y Vanity Fair (España).

Norte (2011). Mondadori
09/2/2012 19:55
Julien, gran noticia. El email...
Publicado por: edmundo
09/2/2012 19:54
Stiffelio, recordemos los buenos...
Publicado por: edmundo
09/2/2012 19:53
Julián, no es el trabajo, es el...
Publicado por: edmundo
09/2/2012 19:51
Ernesto, esa era la idea. Una...
Publicado por: edmundo
04/2/2012 21:21
El artículo lo has escrito en...
Publicado por: ernesto
03/2/2012 10:54
Hermosa entrevista de la que me...
Publicado por: Inés
02/2/2012 16:03
Buenos dias, Acabo de leer el...
Publicado por: Julien Berrée
31/1/2012 18:14
A mi también Auster me dejó de...
Publicado por: Stiffelio
30/1/2012 19:48
Publicado por: Julian Pasavento
30/1/2012 17:25
Publicado por: juan andres
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