El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

sábado, 11 de febrero de 2012

 Río Fugitivo / Blog de Edmundo Paz Soldán

Bolivia a toda costa: Tres postales

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Este martes 27 se presenta en Cochabamba Bolivia a toda costa, libro de crónicas de la Bolivia contemporánea, editado por Fernando Barrientos y publicado en forma conjunta por las editoriales El Cuervo y Nuevo Milenio. Es un honor ser uno de los catorce autores incluidos en el libro. A manera de adelanto, va mi texto, que en realidad es una suma de tres columnas publicadas antes en Etiqueta Negra, Letras Libres y Vanity Fair.

Tres postales 

1.-En la carretera

Cuando era niño y vivía en Cochabamba y mis papás estaban todavía juntos, solíamos ir los domingos a almorzar a los pueblitos del valle alto. Después de unos kilómetros tranquilos, aparecían los precipicios y la carretera se ondulaba, enroscándose sobre sí misma, angostándose de modo que sólo hubiera espacio para dos autos, los que iban y los que volvían a toda velocidad, los conductores a veces borrachos. Mis hermanos y yo nos poníamos nerviosos y papá decía que no nos preocupáramos, la carretera era segura. No era fácil creerle: toda la vera del camino estaba sembrada de cruces blancas con flores, pequeños nichos mortuorios con nombres y fechas que indicaban cuándo y quién se había matado ahí. En esta curva se mató Miguelito Ajén, un corredor de autos, contaba papá como un buen guía turístico en ese ascenso infernal. Yo escuchaba y hacía esfuerzos por distraerme con los ríos en las hondonadas, las casuchas en la lejanía, los campesinos y sus vaquitas. Era un paisaje idílico si uno lograba olvidar esa abrumadora procesión de cruces, esos muertitos cuyo trayecto había sido interrumpido por la carretera.

Conozco la mitología de la carretera y muchas veces me la he creído. Kerouac estaba en lo cierto, nada como estar en el camino, al aire libre, para que sientas que te ocurren cosas. Sí, lo reconozco: es una gran aventura y a veces lo he pasado bien. Pero, la mayor parte del tiempo, me ganan el miedo, la ansiedad. En las carreteras de mi país siento la preocupación constante de no saber hasta dónde llegaré. Están el pánico al abismo que se abre ante mí a cada rato, la desesperación debida a tanta incertidumbre.

Cuando era adolescente y mis papás ya no vivían juntos, mamá nos llevaba las vacaciones de verano a Santa Cruz. Íbamos en autobús, su presupuesto no daba para más. El viaje, decían, duraba ocho horas si uno tenía suerte. Después de dos o tres horas, el valle dejaba paso al trópico, y había partes húmedas en las que el pavimento no agarraba o se destruía con rapidez. Una vez nuestro viaje duró veinticuatro horas. Había derrumbes y deslizamientos de tierra que nos retuvieron hasta que llegaran los del Servicio Nacional de Caminos. Para colmo, el motor del autobús se arruinó a la medianoche y después de cuatro horas de intentos infructuosos por repararlo, el chofer se rindió y debió llamar a Cochabamba para que enviaran otro autobús de reemplazo. Estábamos en plena selva y mis hermanos menores, asustados, le preguntaban a mamá cuándo llegaría el coco a comernos. El coco ya llegó y nos comió, decía mamá entre insultos al chofer, jurándose no viajar nunca más en autobús. No lo volveríamos a hacer, hasta la siguiente vacación.

Ya adulto, a principios de esta década, debí llevar a mis estudiantes de Cornell a Bolivia, a que conocieran las peculiaridades de su historia. Un fin de semana nos tocaba el lago Titicaca, pero los campesinos, azuzados por Evo Morales, que todavía no estaba en el poder, habían anunciado un bloqueo de caminos "contra las políticas neoliberales" del presidente Sánchez de Lozada. Los pueblos aymaras en torno al lago estaban en pie de guerra, era mejor cancelar el viaje. Sin embargo, a último momento escuché que el ejército garantizaba la circulación por las carreteras nacionales, así que, ingenuo, decidí que partiéramos. No hubo problemas en la ida; la vuelta fue otra historia. Nos topamos con campesinos enardecidos que nos hacían pasar previo pago de una multa. Mis estudiantes pasaron por la humillación de tener que limpiar las piedras del camino. En uno de esos pueblos, ya ni siquiera nos dieron la oportunidad de pasar. Golpearon la vagoneta con palos y nos agarraron a insultos; a los costados podían verse otros autos, todos con los vidrios destrozados. Temí por mi vida, la del chofer de la vagoneta y la de los quince estudiantes de los que estaba a cargo. Los líderes del bloqueo hablaban en aymara y yo no entendía una palabra. Era un guía perdido en mi propio país. Un anciano se apiadó de nosotros y nos dijo que entráramos al pueblo y pernoctáramos ahí. Esa noche, en pleno altiplano, en la plaza de Pucarani, deseé que se obrara un milagro secreto que nos permitiera salir con vida. El milagro ocurrió: un lugareño nos condujo a un camino de tierra abandonado que daba directamente a La Paz.

Ahora, en las carreteras sin curvas de los Estados Unidos, a veces me sorprendo cabeceando a punto de dormirme, y debo detenerme en una gasolinera en busca de café. Me digo que prefiero viajar en avión, aunque una vez, en una viaje de Cochabamba a Tarija, el mío se cayó en plena selva y yo tuve que pasar dos días desesperados al borde de la muerte. Pero esa es otra historia.

2.-El rey de la coca y yo

A mediados de 1993, me encontraba de vacaciones en casa de mis padres en Cochabamba, cuando recibí el llamado de Gary, un amigo que me proponía revisar el manuscrito de las memorias de su padre. Me interesé de inmediato: el padre de Gary, Roberto Suárez Gómez, había sido a principios de 1980 el narcotraficante más importante de Bolivia. En el momento cumbre de su poder, hacia 1983, el Rey de la Coca había ofrecido pagar la deuda externa del país a cambio de la liberación de su hijo Roby. Ese mismo año, el eco de su fama llegó a la cultura popular: Alejandro Sosa, el narcotraficante que le suple la droga a Tony Montana en Scarface, está basado en Roberto Suárez.

Acepté la oferta de Gary con gran curiosidad. Días después, me llevó a donde se encontraba su padre en una suerte de arresto domiciliario: en el segundo piso de una casa particular que alguna vez fue una clínica. Roberto Suárez se había entregado a la justicia en 1988 y, después de cuatro años en la cárcel de San Pedro en La Paz (1992), había sido trasladado a Cochabamba por problemas cardiacos. Tenía 61 años cuando lo vi, pero me pareció que su fortaleza física estaba intacta; me estrechó la mano y crujieron mis huesos. Gary me dejó solo, y luego Don Roberto me entregó el manuscrito de 500 páginas y me dijo que no podía sacarlo de la casa. Tampoco quería fotocopiarlo. Tenía sólo un ejemplar y mucho miedo a que se lo robaran. Me dijo con un vozarrón intimidatorio que varias editoriales norteamericanas estaban interesadas en publicar el manuscrito, y que quería que lo leyera y le diera mi opinión sincera. 

Así fue cómo, durante un par de semanas, visité a Roberto Suárez. Yo leía en un sillón mientras él daba vueltas en torno mío; a un costado, un secretario de Don Roberto -supuse que era quien había transcrito las memorias- ordenaba papeles en un mesa. A veces acompañaba a Don Roberto a tomar el té, y observaba cómo encendía su cigarrillo y dejaba que se consumiera para luego comerse la ceniza: decía que estaba llena de potasio y era buena para su corazón, que le daba problemas desde fines de los 70. Escuchaba sus teorías extrañas: era un próspero ganadero -veintidós estancias en el Beni, 35.000 novillos- que se había metido al narcotráfico en 1979 por un encargo divino: Dios le había revelado que la hoja de la coca era un recurso estratégico que no debía regalarse a los extranjeros. Su comercialización podía permitir el pago de la deuda externa boliviana, que alcanzaba los 5.000 millones de dólares. Me contó con orgullo que cuando ingresó al negocio, los colombianos compraban la pasta base en Bolivia a 1.800 dólares el kilo, pero que gracias a él el precio se elevó a 9.000.  

El manuscrito repasaba toda su vida, mencionaba sus logros de ganadero y empresario, y pasaba de puntillas por el tema del narcotráfico. Era un libro deslavado, inofensivo. Tuve miedo del momento en que debía darle mi crítica literaria: sus ojos color miel me fulminarían. Pero lo hice. Le dije que era entendible que él no quisiera ser recordado como un narcotraficante, pero que, si una editorial extranjera se interesaba en su vida, no era por el hecho de haber sido el principal exportador de ganado al Brasil. Estaba bien contar que había financiado el golpe de García Meza en 1980, impresionaba enterarse que los militares en el poder habían convertido al gobierno en una narcodictadura (gracias a la alianza de Suárez con ellos, eran aviones militares los que despegaban del Beni llevando el cargamento de pasta base a Colombia), pero había que ser más preciso con los nombres y las fechas.

Don Roberto me escuchó y no dijo nada. Entendí que su fortaleza física era una apariencia: en el fondo estaba cansado. Quizás recordaba sus momentos de gloria, cuando gastaba parte del dinero que le entraba a raudales en escuelas y postas sanitarias para los pueblos más alejados del Oriente boliviano (gracias a esos gestos, la revista Time lo había bautizado como un "Robin Hood de hoy"). Me despedí pensando en su destino atormentado. Luego me enteré que fue liberado el 94 y volvió a sus estancias en el Beni. Seis años después falleció por unas úlceras en el estómago. El manuscrito nunca se publicó.

3.-Aventuras en el Miss Bolivia

La cálida y no tan remota noche del 18 de julio del 2008, me hallaba en un salón elegante de la Feria Exposición de Santa Cruz, cuando, acosado por un grupo de exaltados, debí, como los arbitros que cobran un penal decisivo en los minutos finales del encuentro, escabullirme del lugar para salir indemne. Sabía que el evento para el que me habían invitado desataba pasiones en todo el país, pero jamás se me ocurrió pensar que, como dice el lugar común, la sangre llegaría al río: antes de irme, vi mucha sangre en el piso del salón. Había vasos tirados, platos rotos, gente que se golpeaba con denuedo. Una vez fuera del salón, mientras llegaba agitado al lugar donde unas amigas tenían aparcado el coche, pensé que todo había ocurrido por un simple concurso de belleza. Acababa de confirmar en carne propia que, en América Latina, los concursos de belleza son cualquier cosa menos simples.

A principios de julio, cuando estaba de vacaciones en Cochabamba, recibí un llamado para formar parte del jurado del Miss Bolivia, que se llevaría a cabo el 18 de ese mismo mes en la ciudad de Santa Cruz. Aunque mi impulso inicial me pedía que aceptara la invitación, decidí pensarlo un poco: en un país en el que la literatura suele estar dominada por la solemnidad, sabía que sería atacado por mi gesto frívolo. Luego me justifiqué diciendo que el escritor debía explorar todos los rincones de la sociedad, y que si alguna vez había visitado el Palacio Presidencial y me había codeado con políticos incompetentes y mezquinos, era justo que visitara esa otra cara tan fundamental de Bolivia: para un país sin estrellas de cine ni de televisión, sin una industria cultural capaz de producir grandes cantantes, las misses y las modelos son nuestra precaria realeza.

Cuando llegué al salón Sirionó de la Feria Exposición, me topé con una alfombra roja, modelos en una pasarela, periodistas con cámaras y micrófonos. Me sorprendí: el concurso no sólo era importante, sino incluso trascendente. Debía haberlo sospechado, al enterarme que las representantes de Pando no participarían en protesta porque en el concurso del año interior miss Pando, una de las favoritas, no había ganado. Sí sabía que tendríamos, como siempre, a las representantes del Litoral. Así estaban las cosas en mi país: no había representantes de uno de los nueve departamentos, y sí de un departamento fantasma.

Éramos siete en el jurado. Otro de los miembros era Juan Claudio Lechín. ¿Era Bolivia el único país en que dos escritores habían llegado a formar parte al mismo tiempo de un jurado así? Eso decía mucho, o poco, del país. Como fuera, yo estaba sentado al lado de una ex-Miss Bolivia y una ex-Miss México. Mi compatriota, Jessica Jordan, derrochaba simpatía y, me enteraría luego, era una experta a la hora de defender a su candidata. La mexicana era de Monterrey y contó que trabajaba en Univisión; sólo abría la boca para pedirnos que le sacáramos fotos. Debió haber sacado trescientas esa noche. Era fotogénica, imaginé que no borraría ninguna. Le dije que quizás hubiera sido mejor que se trajera una filmadora, para que alguien la filmara todo el tiempo. Se rió, pero no me contestó.

Del concurso, recuerdo haber pensado que, en la parte de los trajes típicos, las representantes del Occidente y los valles estaban en desventaja en relación a las del Oriente tropical: a la chica de Sucre su traje de indígena de Tarabuco apenas le dejaba ver el rostro, mientras que el traje ínfimo de la de Beni le aseguraba fácilmente un lugar entre las finalistas. En la parte de los trajes de baño, los hombres del jurado éramos tímidos, las mujeres no tanto ("esa miss no tiene cuello"; "esa otra tiene kilos demás"). En cuanto a la sección de preguntas y respuestas, me pregunté por qué chicas tan jóvenes no decían lo que querían decir, sino lo que pensaban que la gente quería escuchar, y terminaban enredadas en una respuesta más que falsa. Si tuviera la oportunidad de ser otra persona por un día, ¿quién quisiera ser una chica de veinte años? Pensé: Scarlett Johansson, Julieta Venegas, Evita. Una de las finalistas dijo: "Moisés". Yo comencé a llamarla Miss Moisés. Ahí, y no cuando aparecieron los trajes típicos o los de baño, estaba la parte falsa del concurso.

Las deliberaciones del jurado hicieron que nos decantáramos por dos finalistas: miss Beni, que no había terminado colegio y tenía un aire de la-vecina-de-al-lado, si es que las vecinas fueran voluptuosas y se movieran como bailarinas de samba; y miss Cochabamba, que era alta, tenía un cuello grácil de modelo y una seriedad que asustaba. En un país de gente no muy alta, los altos son reyes, me dije, y creí que la cochabambina lo tendría fácil. No fue así, después de la votación se encontraba en la minoría. Entonces apareció la ex-miss Bolivia en el jurado, y, con un tono experimentado de yo-estuve-ahí, arengó a los que defendían a miss Beni con el argumento de que la chica de Cochabamba tenía las virtudes que se necesitaban en un miss Universo -era alta, tenía garbo y apostura--. La mayoría colapsó y cambió su voto con una facilidad de espanto. Es muy difícil decirle no a una miss decidida.

Entre el público había barras para todas las misses, pero al final, cuando se anunció que la ganadora era miss Cochabamba -rompiendo así un predominio de dos décadas de las representantes de Santa Cruz--, la mesa en la que se encontraba la familia de una de las que no había ganado reaccionó airada. De manera inocente, salí de la sección protegida del jurado para hablar con la gente que se acercaba; pensaba: ya se dio el veredicto, el resultado final no tiene trascendencia, lo importante es competir. De pronto, la madre de una de las misses me increpó; me dijo que, como Evo Morales estaba en el poder, su hija había sido discriminada por ser rubia, por no ser "originaria'. Traté de razonar con ella, le dije que no era cierto lo que decía; después de todo, la ganadora era de padre francés y se llamaba Dominique.

Era inútil. De pronto, volaron platos y puñetes; hubo sangre en el piso. Los organizadores del concurso no habían contratado personal de seguridad, por lo que algo que podía haberse detenido en cinco minutos tardó cincuenta en ser controlado. Me encontré rodeado y temí por lo que podría pasar. Ese fue en el momento en que me sentí como un árbitro amenazado y decidí escaparme por la puerta de atrás.

Esa noche aprendí mucho de la sociedad boliviana. Me dije que no lo volvería a hacer.

[Publicado el 27/12/2011 a las 20:45]

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Hitchens y "el año de vivir muriéndose"

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Hace un par de meses, en un vuelo de Nueva York a Xalapa para entrevistar a Martin Amis, leí el capítulo que Christopher Hitchens le dedicó en Hitch-22. Era agudo, brillante, divertido; entregaba un perfil completo de uno de su mejores amigos, en el que hablaba con admiración de los múltiples talentos de Amis (la escritura, la seducción, los juegos de palabras) a la vez que no se cortaba a la hora de mostrar sus desaveniencias (el libro que Amis había escrito sobre Stalin le parecía deplorable). Era lo mejor que había leído sobre Amis en mi preparación para la entrevista.

Dio la casualidad que, en el bus que nos llevaba del aeropuerto de Veracruz a Xalapa (más de una hora), Martin Amis estaba sentado detrás de mí junto al historiador inglés Niall Ferguson. Hablaban de Dickens (Ferguson estaba dedicado a leer todas sus novelas). Luego se pusieron a hablar de las primaria republicanas y, cuando mi atención decaía, de la salud de Hitchens. Amis lo acababa de visitar en el hospital en Houston y lo había encontrado de buen ánimo. Su voz se quebró. Sabía que a Hitch le quedaba poco tiempo de vida; de hecho, todos lo sabíamos. Hitchens no solo no había escondido que su cáncer era terminal; también se había puesto a escribir detalladamente sobre sus últimos días, sobre eso que él llamaba "el año de vivir muriéndose". Decía que no quería que nada de la experiencia humana le fuera ajena; así, en textos tan lúcidos como conmovedores, a medio camino entre la crónica y el ensayo, fue armando uno de los mejores testimonios que tenemos sobre lo que significa convivir con la cercanía de la muerte.

En la oscuridad del bus, en un viaje que se alargaba, Amis y Ferguson cambiaron de tema pero yo me quedé pensando en "Unspoken Truths", un texto de Hitchens que había leído hacía unos días. Trataba de descubrir por qué me había llegado tanto. Quizás por esa mirada en la que, estando de vuelta de todo, una diagnosis de cáncer maligno era una novedad que, con el paso del tiempo, "como tantas variedades de la experiencia de vida", se convertía en algo banal. Quizás porque Hitchens decía que, en casos así, la presencia de la muerte no molestaba tanto como esa "risa disimulada" que creía percibir en "el espectro del eterno Lacayo" (la imagen le pertenece a T. S. Eliot, pero Hitchens la hizo suya como hizo suyos a Wilde, a Orwell, a Wodehouse...). Quizás porque ese texto, que lamentaba la pérdida de la voz, podía leerse literalmente: perder a Hitchens era perder a una gran voz. El escritor inglés era un gran conversador, pero también, en el estilo de su escritura, una voz singular, llena de ironía afilada, de malicia, de humor burlón, en un inglés expansivo. Sí, eso era, pensé, los grandes escritores son, sobre todo, voces que nos asaltan a cualquier hora, que nos hacen mirar las cosas como ellos las vieron (quizás lo habíamos pensado antes, pero esperábamos que llegara la voz justa para saber qué era lo que habíamos pensado). La voz de Hitchens era tan opuesta a la del sentido común que podía ser capaz de atacar la santidad de la Madre Teresa, y tan convincente y adictiva que era capaz de influir en ese sentido común y convertirlo en algo más extraño y a la vez más justo.

En "Trial of the Will", su último ensayo, Hitchens escribió que el problema no es morir sino irse muriendo de a poco. Es mentira ese lugar común nietzscheano de que "lo que no nos mata nos hace más fuertes"; en realidad nos hace más débiles, lo cual no significa que uno no deba combatir todos los obstáculos que la vida pone en el camino. Las debilidades de una enfermedad terminal son como una versión acelerada de lo que ocurre en la vida: "cada día que pasa representa un más y más despiadamente substraído del menos y menos". Sí, eso es: vivimos muriéndonos. El viaje en bus ha terminado, yo ya me fui de Xalapa y estoy en un hotel de Nueva York, son las dos de la mañana y hace poco que me he enterado de la muerte de Hitchens. Su voz se ha ido, su voz queda.     

(La Tercera, 17 de diciembre 2011)

[Publicado el 17/12/2011 a las 20:16]

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Autómatas

Desde niño me han fascinado los autómatas, esos parientes lejanos de los robots. El autómata de Hugo, la nueva película de Scorsese, es un muñeco de bronce, menor en tamaño a un ser humano promedio. Es una de las pocas cosas cosas que a Hugo, el niño huérfano, le quedan de su padre, y por ello hace todo por repararlo; cree que en el autómata se cifra un mensaje de su padre. En uno de los momentos más inquietantes de la película, Hugo tiene un sueño en el que se ve a sí mismo como un máquina, un autómata con un mecanismo de relojería en el lugar del corazón; el autómata es lo uncanny, aquello que se parece tanto a nosotros que se convierte en algo que produce temor (Freud desarrolló su teoría de lo uncanny a partir de "El hombre de arena", un relato gótico de Hoffmann que trata del amor de Nathanael por Olimpia, de la que él no sabe que es una autómata).

Hugo me hizo pensar en Eduardo Holmberg, un escritor argentino precursor de la ciencia ficción en el continente y autor de uno de los primeros cuentos latinoamericanos que giran en torno a la figura del autómata (no es que haya muchos). Nacido en 1852, publicó "Horacio Kalibang o los autómatas" en 1879. Cuando Horacio Kalibang aparece por primera vez en el relato, su rostro es descrito como si acabara de "salir del molde de una fábrica de caretas... Sus pupilas no se alteraban como el punto de mira; eran como la de esos retratos que fijan al frente y que tanto pavor causan a los niños que por primera vez los observan". Aparte de ese rostro de espanto, el personaje tiene la peculiaridad de desafiar las leyes físicas: carece de centro de gravedad, por lo que su cuerpo puede inclinarse sin problemas mientras camina. Todo es extraño, pero su parecido a un ser humano es tan sorprendente -tan uncanny-- que nadie sospecha que es un autómata fabricado por el constructor Oscar Baum. Holmberg, sin embargo, no es un escritor sutil, por lo que desde el principio sabemos que el cuento se dirige hacia el descubrimiento de la verdadera identidad de Kalibang. En una escena brillante en un salón poblado de autómatas, estos se ponen a hacer cuadros de todo tipo, imitando batallas, bailes, escenas amorosas, etc.

Hay sugerencias interesantes en el cuento de Holmberg. Por un lado estos simulacros han alcanzado un grado de perfección tal que andan por todas partes reemplazando al hombre ("Tengo el mundo en mis manos", dice Baum, "porque lo manejo con mis autómatas"). Esto suena mucho a Philip Dick, aunque los autómatas de Holmberg todavía no son capaces de pasar la prueba moral (si un guerrero huye o un patriota engaña, son pruebas contundentes de que se está lidiando con son autómatas). Por otro lado, en el positivismo furioso de la época, el hombre también llega a ser entendido como una máquina: "¿Qué es el cerebro, sino una máquina, cuyos exquisitos resortes se mueven en virtud de impulsos mil y mil veces transformados? ¿Qué es el alma sino el conjunto de esas funciones mecánicas?" El problema no es que el el autómata se parezca al hombre, sino que el hombre se parezca al autómata.  

En la película de Scorsese, el autómata vuelve a funcionar y escribe y dibuja mensajes (la clara inspiración es Pierre Jacquet-Droz, que a principios del siglo XVIII creó autómatas de más de seis mil piezas, capaces, entre otras cosas, de dibujar y escribir en inglés y francés y mover los ojos). Hay en Hugo una visión benigna de la tecnología, que permite la comunicación entre los hombres, el desarrollo de la creatividad y la magia. Los hombres no son máquinas; son mejores gracias a ellas. Homberg podía pensar de igual manera y era capaz de imaginar a un autómata amable, al servicio del hombre ("esa máquina  humana les enseñará... lo que deban aprender... Aunque con forma de hombre, es un libro"). Sin embargo, su cuento también pertenece a la familia de esas distopías del siglo XX que insinuaron que gracias a la tecnología algún día sería posible la peligrosa confusión entre el hombre y la máquina ("si son ellos los autómatas o si lo somos nosotros, no lo sé"), y que eso podría producir resultados nefastos. Ese "algún día" está cada vez más cerca.

(La Tercera, 3 de diciembre 2011)

[Publicado el 05/12/2011 a las 17:05]

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Sobre Daniel Sada

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Hace un par de años escribí estas líneas sobre una novela de Daniel Sada, notable escritor mexicano recientemente fallecido:
 
Hace mucho que Daniel Sada es uno de esos grandes escritores ocultos de la literatura latinoamericana. El premio Herralde concedido a su novela Casi nunca (Anagrama, 2008) lo hará más conocido fuera de México, pero seguro no más popular. El estilo de Sada, paciente, laborioso, es un filtro por el cual pocos se cuelan. Casi nunca tiene una trama que se puede resumir con facilidad: en el México conservador de mediados del siglo XX, el agrónomo Demetrio Sordo se debate entre las tentaciones de la carne (representadas por una prostituta, Mireya) y el deseo de casarse con Renata, señorita respetable de una pobretona clase media. La forma en que está escrita es otra cosa: si es verdad que el estilo es el hombre, entonces hay que decir que Sada es el estilo. A la manera de Faulkner, que a veces iniciaba párrafos abriendo paréntesis, está la puntuación extraña: "La invitación: gran amabilidad: un hombre regordete le señalaba el asiento: dulzura de ademán reiterado". Está el vocabulario: "mujeres fodongas sentadas en mecedoras de guayaco". Está el ritmo: "dos, sí, buscando la vivaz conexión, acaso más allá de lo mercantil sexual, que devino en un descaro mirón de ida y vuelta, que si retador, que si invitador" (en una de sus novelas, a Sada se le ocurrió escribir en base a endecasílabos). A ratos Sada se pone manierista, pero esos son riesgos asumidos: Casi nunca es una celebración del lenguaje, y el narrador está consciente de ello, pues intercala sus frases con constantes signos de admiración: "¡sí!" "¡Ojalá"! "¡Claro!" En su obra hay humor (las secciones dedicadas a la tía Zulema) y una burla compasiva ante los excesos represivos de la clase media, muy preocupada por guardar las apariencias (los enredos debidos a un inesperado beso en la mano de Demetrio a su prometida). Al revelarnos la agotadora batalla entre el "amor recatado" y "el amor a tambor batiente, con muchas formas de besos y muchas formas de agarre", Sada ha escrito la mejor novela costumbrista que se podía escribir hoy.

(10 de febrero, 2009)

[Publicado el 27/11/2011 a las 16:15]

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Viaje al corazón de la crisis

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Protestas en Grecia

El lenguaje de la economía, de las altas finanzas, se ha vuelto complejo, hermético; un saber para iniciados. El gran público necesita traductores de este idiolecto; gente capaz de clarificar este panorama tan confuso, tan asfixiante. Michael Lewis es uno de esos traductores imprescindibles. En libros como The Big Short (2010), en el que abundan conceptos como "permuta de incumplimiento crediticio" (credit default swap) u "obligación de deuda colateralizada", ha sido capaz de explicar de manera clara y convincente el porqué del colapso del mercado inmobiliario en los Estados Unidos; es tan didáctico que hasta Hollywood adapta sus obras (ver, por ejemplo, la reciente Moneyball). Su nuevo libro, Boomerang: Travels in The New Third World, es más ligero que los anteriores, pero igual ayuda a entender la crisis económica actual.

Boomerang nace cuando, a fines del 2008, Lewis conoce a Kyle Bass, a cargo de un fondo de inversión. Según Bass, la crisis financiera de ese año se había solucionado momentáneamente gracias a que los gobiernos podían prestar todo lo que se necesitaba para rescatar a los bancos, pero, ¿qué pasaría si los mismos gobiernos dejaban de ser creíbles? Bass comenzó a comprar "permutas de incumplimiento crediticio" de los países que él y su equipo consideraban que en dos a cinco años no podrían pagar sus deudas: Grecia, Irlanda, Italia, Suiza, Portugal y España. Lewis sonríe, incómodo; Bass suena convincente, pero, ¿se puede creer en lo que dice un texano del futuro de países en los que jamás ha estado y cuyas economías no sabe cómo funcionan? Dos años y medio después, el mundo ha cambiado, y Lewis decide viajar a algunos de esos países en los que Bass había visto venir la crisis antes que sus gobernantes o ciudadanos.

El capítulo sobre Bass muestra el talento de Lewis para darle carne y textura a los números, traducir conceptos abtrusos a imágenes. Boomerang está lleno de personajes pintorescos como Bass, desde los monjes griegos de un monasterio en el monte Athos, dispuestos a conseguir bienes inmobiliarios, hasta el ministro de finanzas alemán que solo quiere ser un noble servidor del Estado. Todos ellos le sirven a Lewis para entender la idiosincracia de los países que visita. El crédito barato que fluyó entre el 2002 y el 2007 sirvió para que "sociedades enteras revelen aspectos de su carácter que en una situación normal no estarían dispuestas a mostrar". Así, los norteamericanos decidieron comprarse McMansiones y dar rienda suelta al espíritu más salvaje del capitalismo, los irlandeses quisieron dejar de ser irlandeses, los islandeses revelaron un talento escondido para la megalomanía, y los griegos... ah, los griegos.

La respuesta de los griegos fue "peculiar", dice Lewis, tratando de ser elegante. ¿Cuán peculiar? Convirtieron al Estado en una piñata. Como había límites de sueldo para trabajos en el gobierno, decidieron evitar esos límites añadiendo al calendario meses que no existían (los empleados recibían sueldo catorce meses al año); como la edad de la jubilación era 55 si el trabajo era "arduo", más de 600 profesiones fueron reclasificadas como arduas (peluqueros, camareros, músicos, etc); como no se pagaba impuestos si se ganaba menos de 12.000 euros al año, dos tercios de los doctores griegos declaraban ganar menos de esa suma. Curiosamente, los banqueros se portaron bien; su único error fue prestarle 30 billones de euros al gobierno: "en Grecia los bancos no hudieron al país; el país hundió a los bancos". Lewis deja claro que para salir del atolladero Grecia necesita, más que recetas de austeridad de Merkel o Sarkozy, un cambio en costumbres muy enraizadas. 

No es fácil hablar de esencias nacionales. Lewis visita un país por pocos días y en ocasiones incurre en estereotipos (los islandeses son machos alfa, los alemanes están fascinados con la escatología); las más de las veces, sin embargo, su libro sirve para iluminar aspectos desconocidos de esta crisis.

(La Tercera, 19 de noviembre 2011)

[Publicado el 21/11/2011 a las 06:14]

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Juan José Saer y el extrañamiento

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"Viene de golpe. Es un sacudón --pero no es un sacudón-- brusco --pero no es brusco--, y viene de golpe. Por medio de él sé que estoy vivo, que esto --y ninguna otra cosa-- es la realidad y yo estoy dentro de ella enteramente, con mi cuerpo, atravesándola como un meteoro. Sé que ahora estoy completamente vivo, y no puedo eludir eso. Pero no es nada de eso tampoco, porque eso ya ha sido dicho, muchas veces, y si ha sido dicho no es esto. Me ha venido muchas veces el extrañamiento, pero nunca este extrañamiento, y éste no podía venirme sino ahora. Porque cada milímetro del tiempo está desde el principio en su lugar, cada estría en su lugar, y todas las estrías alineadas una junto a la otra, estrías de luz que se encienden y apagan súbitamente en perfecto orden en algo semejante a una dirección y nunca más vuelven a encenderse, ni a apagarse".
 
(Cicatrices, 1969)

[Publicado el 08/11/2011 a las 02:25]

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En la avenida Telegraph

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Lo primero que recuerdo de Berkeley es el C'est Café, en la esquina de la avenida Telegraph y Bancroft Way. En ese café nos reuníamos los estudiantes del doctorado de literatura latinoamericana; servía como lugar de discusión para las últimas ocurrencias teóricas de nuestros célebres profesores -Antonio Cornejo Polar, Julio Ramos, Francine Masiello--, y también como una suerte de oficina improvisada donde recibíamos a los estudiantes de la licenciatura en Español, de quienes éramos sus profesores de lenguaje. Pero había más: las ventanas de ese café eran un lugar privilegiado para ver pasar la fauna que discurría por Telegraph, la avenida más emblemática y concurrida de la ciudad. En ese entonces, principios de los noventa, Berkeley ya no era del todo una ciudad hippie, la cuna de la contracultura de los sesenta, aunque todavía no había muerto ese espíritu: circulaban por ahí chicos y chicas en tye-dyes, voluntariosos deadheads (groupies de The Grateful Dead). Pero los hippies también competían con los punks, que ofrecían su mercancía en las veredas -botas militares, manillas de metal, cadenas, pipas para fumar yerba-, los goths, que se apoyaban desganados en las vitrinas de las tiendas, y una nueva tribu que iba apareciendo, los estudiantes con pantalones de franela que le hacían a la música grunge y pronto convertirían algunas canciones de Nirvana en himnos generacionales. Telegraph, ahora que lo pienso, era un muestrario de la cultura juvenil de la segunda mitad del siglo XX: solo faltaba el estilo James Dean para estar completos.
 
Telegraph era una avenida muy larga, pero todo se concentraba en tres cuadras que iban desde una de las entradas al campus de la universidad hasta las librerías Cody's y Moe's; Cody's era la de prestigio, en esa época en la que no había Amazon, con una sección muy bien provista de literatura internacional, y un segundo piso en el que había presentaciones diarias de escritores conocidos (allí vi a Martin Amis y Carlos Fuentes, y quise ver a Karl Vonnegut pero no pude porque subestimé su popularidad y cuando llegué ya no había espacio); Moe's era de libros usados, y tenía una gran selección de libros académicos y siempre estaba promocionando a un autor entonces desconocido que se llamaba Jonathan Lethem y que había trabajado allí. Moe todavía existe; Cody's cerró hace tres años después de más de medio siglo de existencia.
 
En esa avenida también estaban dos disqueras célebres: Rasputin y Amoebas. Un martes de septiembre de 1991 recuerdo haber visto en las vitrinas de una de ellas múltiples copias de un solo disco de una banda de la que no sabía nada (Nevermind, de Nirvana). Al final no lo compré, pero tampoco era necesario: en las radios de Berkeley comenzaron a pasar sus canciones sin descanso (también predominaban otros grupos grunge como Pearl Jam y Soundgarden, y de los ingleses el ethos de la ciudad se quedaba con The Smiths). Una vez, al salir de una de esas tiendas, me topé con un adolescente desnudo (solo llevaba sandalias y una mochila) que caminaba con toda normalidad por Telegraph. Luego me enteraría que se llamaba Andrew Martinez y que era conocido en el campus como The Naked Guy. Martinez era un estudiante de Berkeley que creía que la ropa era una forma de opresión burguesa y había decidido no usarla; como ni la universidad ni la ciudad tenían leyes que prohibieran andar desnudo, Martinez, durante todo el semestre de otoño del 92, fue a clases así (se sentaba en la parte de atrás del aula, para no llamar demasiado la atención). La universidad prohibió la desnudez pública en diciembre del 92, y Martinez, en vez de adaptarse, prefirió dejarla; siguió viviendo en Berkeley hasta que la ciudad también prohibió la desnudez pública en julio del 93. El final del Naked Guy fue triste: se convirtió en un personaje de reality shows en la televisión, posó en Playgirl, se le diagnosticó esquizofrenia, y se suicidó en el 2006, a los 33 años.
 
Cuando veíamos al Naked Guy o a los múltiples predicadores que pasaban por la esquina de Telegraph y Bancroft camino a la plaza pública en el campus, mis compañeros y yo, con el tiempo, aprendimos a no sorprendernos. Decíamos, como en una letanía, "Estas cosas solo ocurren en Berkeley". Por supuesto, estas cosas ocurren en todas partes, pero en ese alucinado principio de los noventa, yo creía que el mundo y sus rarezas podía condensarse en la avenida Telegraph. 

 

(El Semanal, La Tercera, 30 de octubre 2011)

[Publicado el 31/10/2011 a las 19:09]

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Julian Barnes y las falacias de la memoria

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Julian Barnes acaba de ganar el Man Booker con The Sense of an Ending, una novela corta que vuelve a explorar los temas de la mortalidad, el envejecimiento y las falacias de la memoria, ya trabajados en sus más recientes libros de cuentos -La tabla limón (2004) y Pulso (2011)- y en sus memorias, Nada que temer (2009). Estos temas también agitan La viuda embarazada, la más reciente novela de Martin Amis, otro escritor de la magnífica generación de Barnes (que incluye a Ian McEwan y Kazuo Ishiguro). Sin embargo, Barnes y Amis no podían ser más diferentes: Amis se decanta por la sátira corrosiva y está sobre todo obsesionado por los efectos físicos del envejecimiento ("una película de horror en la que lo peor se reserva para el final"); en cambio, Barnes mantiene el tono refinado, reflexivo, de sofisticada ironía que es su marca desde la magistral El loro de Flaubert (1985), y ofrece una meditación elegante sobre los trucos de la memoria a medida que pasan los años.

Lo que uno recuerda, sugiere Tony Webster, el narrador de The Sense of an Ending, no siempre es lo mismo que uno ha presenciado. La novela puede leerse como la exposición de esa idea. Tony es un caso curioso: un narrador que no es digno de confianza a pesar de sí mismo; los hechos que oculta al lector también se los oculta a sí mismo. Si no cuenta algo no es por mala fe; simplemente, así funciona la memoria, y así nosotros aprendemos a contar nuestra historia, olvidando gran parte de lo ocurrido, seleccionando de lo que queda. Como dice Adrian, el amigo lector de Camus que admira Tony y en torno al cual gira la tragedia de la novela, "la historia es la certeza que se produce en el punto en que las imperfecciones de la memoria se encuentran con lo inadecuado de la documentación".

La novela se divide en dos partes: en la primera, el narrador recuerda sus años de juventud en los sesenta, marcados por la presencia fascinante de Adrián Finn y por el amor a Veronica, una mujer enigmática que pertenece a un escalón superior en el "amable Darwinismo social de la clase media inglesa", y que lo deja, para su profunda decepción, por Adrian (poco después, Adrian se suicidará bajo el aparente mandato de un argumento filosófico: la superioridad del acto sobre "la pasividad de dejar que la vida simplemente te ocurra"); en la segunda, Tony ya es un sesentón que ha llevado una vida ordinaria, sin mayores sobresaltos gracias a su falta de ambiciones y a su instinto de preservación, con los triunfos y los fracasos normales (promociones, divorcio). A esa vida de "sobreviviente" llega el sorpresivo legado de la madre de Verónica, que acaba de morir. Ese legado -500 libras y una carta- hará que Tony reconsidere ese amor de juventud truncado con Verónica, y su grado de culpa en el suicidio de Adrián.

Como en un relato de suspenso en el que lo que se persigue es el verdadero peso de las emociones, Tony irá descubriendo qué fue lo que hizo antes del suicidio de Adrián y que creía haber olvidado por completo: "¿Quién dijo que la memoria es lo que pensábamos haber olvidado? Y debería ser obvio que el tiempo no fija las cosas sino más bien es un disolvente". Llegará, entonces, el dolor ante el descubrimiento del autoengaño: "nuestra vida no es nuestra vida, es solo la historia que hemos contado de nuestra vida. La hemos contado a otros, pero sobre todo a nosotros". Barnes todavía se reserva un golpe de efecto para las páginas finales: algunos lo encontrarán efectista e innecesario, otros (me encuentro entre ellos) temblarán ante la revelación. The Sense of an Ending es una reflexión lúcida sobre la memoria y sus engaños, un gran ejemplo de cómo la narrativa puede ayudarnos no solo a contar nuestra historia sino también a esconderla.

(La Tercera, 22 octubre 2011)

[Publicado el 24/10/2011 a las 08:25]

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La actualidad del comunismo


Zizek en Wall Street
 
La gente se asusta ante la idea del comunismo. No es difícil ver por qué: la historia de la implementación de esta ideología está llena de fracasos. El sueño comunista del "hombre nuevo" y la sociedad justa terminó en totalitarismos salvajes, en las purgas y las muertes de Stalin, en la ruptura de la libertad en Cuba y Europa del Este, en acusaciones y contraacusaciones de desviacionismo en todas partes. Pese a todo ello, la crisis económica de los últimos años ha llevado a un cuestionamiento tan severo de los preceptos más sagrados del capitalismo que algunos intelectuales prominentes -Alan Badiou, Slavoj Zizek, Toni Negri-- se han atrevido a desempolvar del archivo histórico la idea del comunismo. Un ya mítico congreso en Londres el 2009 cristalizó ciertas tendencias de la izquierda contemporánea; la próxima semana en Nueva York, otro congreso -"Comunismo: ¿Un nuevo principio?"-- tratará de mantener el impulso.
 
Bruno Bosteels, mi colega en Cornell y uno de los intelectuales más reputados de la izquierda, acaba de publicar The Actuality of Communism (Verso Books), un libro esclarecedor en el que analiza el trabajo de los ideólogos de este renacimiento comunista (Badiou, Zizek, Ranciere). Uno de los principales aportes de Bosteels es el de sacar la discusión de sus límites eurocéntricos y ampliar el marco, con un análisis fascinante del pensamiento de Álvaro García Linera, actual vicepresidente de Bolivia. Bosteels valora el mérito de García Linera de afirmar su marxismo o rechazar la muerte del socialismo a principios de los 90, en un momento en que no era tan fácil hacerlo (acababa de colapsar la Unión Soviética), y analiza los cambios de su pensamiento en la relación sociedad/Estado. A principios de los 90, García Linera veía al Estado como un obstáculo para la emancipación social -llegó incluso a pedir la destrucción del Congreso y todo el aparato estatal--; hoy, la paradoja consiste en que, junto a Evo Morales, está a cargo de un proyecto hegemónico centralista desde el Estado. Bosteels concluye sugiriendo acertadamente que hay que criticar los triunfos y fracasos del gobierno de Morales y García Linera a partir de las conclusiones derivadas de una lectura del mismo García Linera: "comunismo es nada menos que el acto total de autoemancipación colectiva por el cual el pueblo -como comunidad, sociedad civil, nación u organización internacional-asume el control de su propio destino".
 
Bosteels recuerda que Badiou define el comunismo como una serie de "axiomas invariables" que aparecen cuando una movilización de masas se enfrenta a "los privilegios de la propiedad, la jerarquía y la autoridad", y de cómo "actores políticos específicos" tratan de "implementar los invariables comunistas". Para Bosteels, el problema de los invariables es que pueden llevar a una "purificación del comunismo", a hablar de éste "fuera de un tiempo y lugar dados". Para evitar los peligros del "izquierdismo especulativo", Bosteels cree que el comunismo debería ser "rehistorizado"  y actualizado en formas concretas internacionalistas de acción que no deberían pasar necesariamente a través un partido político. Esto no es fácil, porque aquí comienzan los desacuerdos, pero es necesario; después de todo, como dice Bosteels, el socialismo y el comunismo fueron derrotados (quizás no filosóficamente, pero sí política e ideológicamente).
 
Para Badiou, de Espartaco a Mao, la "subjetividad rebelde" se refiere al comunismo, a pesar de que no se mencione la palabra. Es notable el esfuerzo de Bosteels por dotar de realismo a la discusión, pero lo cierto es que, aun así, la historia no está desligada de la palabra. "Comunismo" se refirió alguna vez a la utopia de una sociedad de iguales; hoy es una palabra manchada a la que no se podrá rehabilitar fácilmente. Lo que sí es actual, desde los "indignados" en España a la "primavera árabe" y el movimiento Occupy Wall Street de los Estados Unidos, es la subjetividad rebelde; quizás sea necesario entonces, antes que nada, buscar nuevas formas de nombrar un viejo sueño.

(La Tercera, 8 de octubre 2011)

[Publicado el 12/10/2011 a las 19:55]

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En memoria de Félix Romeo (1968-2011)

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En abril del 2008 publiqué en este blog un texto sobre Félix Romeo. Como pequeño homenaje a su memoria, lo vuelvo a publicar ahora.
 
Conocí a Félix Romeo hace diez años, en un congreso organizado por la editorial Lengua de Trapo en la Casa de América en Madrid. Me sorprendió lo cariñoso que era a pesar de su facha de bouncer de discoteca. Defendía sus ideas con pasión, y era capaz, literalmente, de bajar al ruedo por ellas: en una de las mesas, como no llegaba a un acuerdo con alguien del público, Félix saltó sobre la mesa y en un segundo se le encaró al impertinente. Los guardias de seguridad tuvieron que intervenir para evitar los golpes. En mi larga carrera de congresos y ferias del libro, era la primera (y hasta ahora, única) vez que veía a un escritor dispuesto a ir más allá de las palabras por un argumento.

Félix escribió un par de novelas publicadas por Anagrama y luego, si bien siguió escribiendo reseñas y animando la vida literaria española, dejó de publicar libros. El año pasado me anunció que pronto publicaría un texto “menor”, dedicado a rememorar a un amigo que se suicidó cuando vivía con él en Barcelona, quince años atrás. Ahora que he leído ese libro, Amarillo (Plot, 2008), descubro la modestia de Félix: el libro es breve, pero no menor. Chusé Izuel es el amigo que se suicidó por una pena de amor. Chusé era un escritor y crítico con mucha proyección; cuando mostraba su amargura ante ese amor que lo había abandonado, Félix, al igual que Bizén (el otro amigo que vivía con ellos), pensaba que Chusé exageraba, que algún día despertaría de ese dolor y volvería a la normalidad. Pero Chusé no despertó, y Félix debió quedarse a lidiar con el fantasma de la culpa.

Félix no intenta escribir una biografía de Chusé. En realidad, Félix no intenta muchas cosas, y ésa es su salvación y la grandeza de este libro. Las frases cortas, el tono lacónico, nos hablan de la difícil lucha con la pérdida, y de cómo el ser humano es un misterio. Las respuestas fáciles están excluidas, y en la escritura, Félix no hace más que apilar preguntas. Félix recuerda, pero es más lo que no recuerda. Félix sabe, pero es más lo que no sabe. Y así, a través de esos silencios, escribe una de las mejores elegías que he leído a la muerte de un amigo. A la muerte de alguien. A la pérdida. No es casual que varias veces, mientras leía el libro, yo pensara en Manrique, en las Coplas por la muerte de su padre..   

[Publicado el 07/10/2011 a las 20:23]

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Biografía

Edmundo Paz Soldán (Cochabamba, Bolivia, 1967) es profesor de Literatura Latinoamericana en la Universidad de Cornell. Es autor de nueve novelas, entre ellas Río Fugitivo (1998), La materia del deseo (2001), Palacio Quemado (2006) y Los vivos y los muertos (2009); y de los libros de cuentos Las máscaras de la nada (1990), Desapariciones (1994) y Amores imperfectos (1998). Ha coeditado los libros Se habla español (2000) y Bolaño salvaje (2008). Su libro más reciente es Norte (Mondadori, 2011). Sus obras han sido traducidas a ocho idiomas, y ha recibido numerosos premios, entre los que destaca el Juan Rulfo de cuento (1997) y el Nacional de Novela en Bolivia (2002). Ha recibido una beca de la fundación Guggenheim (2006). Colabora en diversos medios, entre ellos los periódicos El País y La Tercera, y las revistas Etiqueta Negra, Qué Pasa (Chile) y Vanity Fair (España).

Bibliografía

Portada 'Los vivos y los muertos'

Norte (2011). Mondadori

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