
La retrospectiva de la obra de Francis Bacon en el Metropolitan de Nueva York muestra que, así como asociamos a Duchamp con un orinal o a Warhol con una lata de sopa Campbell's, el pintor irlandés será conocido por sus Papas aulladores. Esa serie, pintada a fines de los años cuarenta y a principios de los cincuenta, está basada en un cuadro de Velázquez -"Retrato del Papa Inocencio X" (1650)--, que Bacon admiraba por la perfección de los detalles y la intensidad de los colores.
Pocos casos como el de Bacon para mostrar cómo el gran arte no sólo se inspira sino que saquea al gran arte. En sus Papas está Velázquez, pero la majestuosa solemnidad del pontífice en el cuadro del español se ha convertido en otra cosa: el retrato de una humanidad doliente. Un hombre que concentra el poder en su tiempo aparece frágil, vulnerable en extremo. Es curioso que Bacon no se haya inspirado en Munch, cuyo "El grito" es una obra clave en la expresión de la desesperanza de la condición humana. Quizás a mediados del siglo veinte el cuadro de Munch se había vuelto demasiado obvio, un alarido para adornar las casas de la clase media en la era de la reproducción tecnológica. O quizás era que a Bacon le interesaban los detalles viscerales de la boca abierta -los dientes, la lengua-- que se convertían en el centro de la composición, y eso no se encontraba en Munch.
Bacon decía que su grito no tenía un significado psicológico especial, que sólo quería "lograr el mejor cuadro del grito humano". Por supuesto, no tenemos que creerle. Para ello sólo hay que pensar en los otros modelos que eligió en vez de Munch; por un lado, está Poussin, en cuya "Masacre de los inocentes" (1628-29) Bacon descubrió la más brutal representación del dolor humano (la madre que grita cuando su hijo está a punto de ser asesinado); por otro, Eisenstein, que mostró en El acorazado Potemkin el impactante "aullido silencioso" de una enfermera agonizante con los lentes rotos. Si comparamos los fotogramas de Potemkin con los cuadros de Bacon, la conclusión es clara: el gesto desesperado de la enfermera es muy similar al de los purpurados del irlandés.
Al ver los cuadros de un pintor que hoy es considerado un clásico, es difícil imaginar que hubo alguna vez resistencia a su obra. Al leer a contrapelo las críticas, sin embargo, se descubren algunos secretos del por qué la obra se impuso. En los años treinta y a principios de los cuarenta, Bacon era una mala palabra en el mundo del arte británico. En 1945, el prestigioso crítico John Russell se refirió a un cuadro de Bacon como tan "irremediablemente horrible... que la mente se cierra de golpe". Exacto. Bacon creía que la pintura de su tiempo se había convertido en un juego para académicos, que incluso los espectadores más inteligentes trataban de comprender un cuadro cuando lo que debían hacer en realidad era sentirlo visceralmente. Había que pintar lo más cerca posible del sistema nervioso. Había que cerrar la mente de golpe.
La retrospectiva del Metropolitan muestra que, así como Bacon estaba influido por la pintura, el cine y la fotografía, también lo estaba por la literatura. No es poca cosa, para alguien que decía buscar lo que estaba más allá de las palabras. Él sentía que su equivalente literario era T. S. Eliot, y que había conexiones temáticas entre su obra y La tierra baldía. Pero las influencias no sólo provenían de la literatura moderna; Esquilo era también clave, sobre todo por La Orestiada. A Bacon le gustaba citar una frase de Esquilo: "El hedor de la sangre humana provoca alegría en mi corazón". Pues sí: ante tanta desesperanza, no quedan más que reacciones extremas. El gozo, o el aullido de un Papa impotente.
(La Tercera, 29 de junio 2009)
[Publicado el 29/6/2009 a las 12:45]
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Michael Dwyer
[Publicado el 25/6/2009 a las 13:52]
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Este junio lluvioso en Ithaca está siendo un mes de escritura y lecturas y películas y música. Aquí, sin orden particular alguno, una lista de diez cosas que me han impactado.
Álvaro Bisama: Música marciana (una historia de monstruos en nuestro planeta, visto con "una extraña luminosidad que podía ser el brillo del pasado o la certeza de la muerte en las cercanías")
Rodrigo Hasbún: El lugar del cuerpo (una primera novela redonda de un escritor que no cesa de cuestionarse todo)
Flannery O'Connor: Wise Blood (un exceso de predicadores freak: estamos en territorio Southern Gothic)
Michael Connelly: The Poet (un thriller impecable sobre un asesino serial que homenajea a Poe)
Natalia Ginzburg: El camino que va a la ciudad (para aprender que una historia microscópica, bien contada, puede contener al mundo)
MGMT: Oracular Spectacular (ideal para escuchar una noche de verano en el auto o entre amigos, con un asado de por medio)
Sam Raimi: Drag Me To Hell (terror, y del bueno, con maldición gitana incluida)
Matthew Wiener: Mad Men, segunda temporada (la revolución sexual y la liberación femenina están por ocurrir; mientras tanto, Betty Draper, Peggy y Joan comienzan a dar muestras de la angustia de su condición).
Cristian Mungiu: Cuatro meses, tres semanas, dos días (un descenso a los infiernos, en los últimos días del comunismo en Rumania
Wes Anderson: The Royal Tenembaums (los guiños son a Salinger, pero el humor extravagante y absurdo es todo de Anderson)
[Publicado el 22/6/2009 a las 07:30]
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Villa y Fierro, su lugarteniente
Hace algunas semanas tuve la oportunidad de participar en un congreso en Cambridge sobre nuevos acercamientos a la cultura popular en América Latina. El encuentro, organizado por el programa de estudios latinoamericanos de la universidad de Cambridge, contó con académicos y escritores de Europa y América Latina. La diversidad del grupo hizo que esos dos días fueran un buen momento para tomarle el pulso a la cultura popular.
Alberto Moreiras, de la universidad de Aberdeen en Escocia, dio la primera charla, que bien pudo haber sido la que cerraba el encuentro, pues se trataba de un requiem por lo que entendíamos por cultura popular. Desde tiempos de la escuela de Frankfurt que la cultura popular era concebida como el repositorio de la sabiduría del pueblo, como la posibilidad para la subversión política. Hoy, gracias a las nuevas tecnologías, esto se ha vuelto obsoleto: ya no existe una comprensión política de lo que puede hacer la cultura por nosotros, y menos la sensación de que la cultura popular es capaz de liberarnos; tampoco sabemos muy bien qué es el pueblo", y está claro que han naufragado las formas de lo que algún día se entendió como el Estado nacional-popular. De hecho, Moreiras sugirió que quizás era mejor dejar de lado el concepto "cultura popular" y hablar más bien de aquello que durante un tiempo coexistió con ella y había terminado reemplazándola: la "cultura de masas".
Abilio Estevez dio una lectura poética de Cabrera Infante y el bolero, ese "hijo arrabalero del modernismo"; Alberto Fuguet hizo una crítica tan demoledora como divertida del concepto de "no-lugar" popularizado por Marc Augé (el no-lugar, ese espacio impersonal creado por la supermodernidad, era redimido por Fuguet como más que un simple sitio de tránsito: también ocurren conexiones y dramas humanos en aeropuertos, supermercados, centros comerciales, Holidays Inn); Claire Taylor, de la universidad de Liverpool, trató de dar un panorama del estado de la cibercultura latinoamericana; yo relacioné al narcocorrido con la literatura reciente del norte de México, concentrándome en una novela admirable de Yuri Herrera, Trabajos del reino, que me parece que sugiere muchas cosas inteligentes sobre el lugar del arte en la sociedad mercantil y el mundo de la narcocultura que asola al México contemporáneo.
Hubo otras dos charlas muy instructivas: la de Andrea Noble, de la universidad de Durham, que analizó algunas fotografías de la revolución mexicana para entender el lugar del afecto en un momento de dramática transición política (en esas fotos, el "macho" Pancho Villa está llorando en el funeral de Madero: ¿qué hacemos con sus lágrimas? ¿son una muestra mediática masiva de su lealtad a Madero?); y la de Joanna Page, de Cambridge, que se ocupó de El Eternauta, la novela gráfica de Oesterheld que se ha convertido en nuestro Watchmen (un comic que es también un clásico literario). Para Page, lo que se juega en El Eternauta es la ruptura entre el intelectual y el hombre de acción. Oesterheld sugiere que, en un momento en el que hay temor a una posible guerra civil, el intelectual tradicionalmente alejado de la masa, del pueblo, debe hacer un esfuerzo y adaptarse a la lucha política como forma de supervivencia.
Curiosa situación: los estudios culturales lucharon durante mucho tiempo para romper jerarquías, y ahora que en el mundo académico se habla del bolero, el corrido o el comic como se hablaba antes sólo de la literatura o la pintura, resulta que el discurso mismo de la cultura popular está en crisis. Paciencia, y a barajar de nuevo.
(La Tercera, 15 de junio 2009)
[Publicado el 15/6/2009 a las 19:34]
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El planeta de los simios (1968)
Uno no debería volver nunca a los amores de la adolescencia temprana. Vi esta película a los once años y quedé deslumbrado. La escena final era tan espectacular como convincente. Hace poco pensé que mi hijo Gabriel podría disfrutarla y la alquilé. Charlton Heston es un héroe muuuy masculino en su papel de Taylor, el astronauta que aterriza junto a dos compañeros en un planeta dominado por los simios, supuestamente a años luz de la tierra. La acción arranca bien, pero luego se detiene en una larga serie de juicios de los simios contra Taylor, en los que el tema predecible parecería ser "no hagas a las otras especies lo que no quieres que le hagan a la tuya". Gabriel se aburrió y yo también, aunque el final me volvió a sorprender. Gabriel me pidió ver la serie completa, y entendí porqué esta película no estaba entre las mejores de todos los tiempos pero igual había influido tanto en la cultura (hay parodias en Los Simpsons, Futurama, Madagascar...)
[Publicado el 08/6/2009 a las 05:48]
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Hace algunas semanas una colega de la universidad me invitó a ver una rara versión de Drácula, la que se hizo en 1931 para el mercado hispano con el mismo guión del Dracula de Bela Lugosi de ese mismo año. En ese entonces todavía no se doblaban las películas, de modo que durante un tiempo los éxitos más grandes de Hollywood tuvieron diferentes versiones para los mercados más importantes (Europa y América Latina). Mi colega puso la versión hispana en su equipo de DVD y la vimos en la pantalla del televisor, sincronizada con la versión de Lugosi en su laptop al lado. Fue una experiencia fascinante ver cómo con el mismo guión y decorados el resultado podía ser dos películas distintas. En el Drácula hispano las escenas son más largas, los actores parecen pronunciar las palabras en cámara lenta para que los espectadores los entiendan (el cine sonoro acababa de ser inventado); Carlos Villarías, el actor que hace de Drácula, tiende a sobreactuar, es todo colmillos y gestos faciales que debían provocar susto pero hoy logran la risa; Lugosi, por el contrario, es un Drácula de gestos mínimos que no muestra una sola vez los colmillos. Su capa y su porte de aristócrata decadente le son suficientes para imponer su presencia.
Estas versiones de Drácula me hicieron pensar en el arquetipo poderoso del vampiro creado a fines del siglo diecinueve por Bram Stoker (con precursores notables como el de Polidori), tan vigente en la cultura contemporánea que hoy algunas librerías ofrecen secciones enteras dedicadas a ellos. La saga Crepúsculo, de Stephenie Meyer, es la más conocida, pero no están lejos las novelas de Charlaine Harris (adaptadas a la televisión como True Blood por HBO), Anita Blake, cazadora de vampiros creada por Laurell Hamilton, y House of Night, de P.C. y Kristin Cast. Junto a la moda de los zombies y los hombres lobo, estamos en un período en que lo sobrenatural manda en la ficción popular.
Cada época reinventa al vampiro a su manera. El Drácula de Lugosi en los años treinta captura, a decir del crítico James Hotte, los "miedos de Estados Unidos en plena depresión: las influencias extranjeras, apenas notadas o comprendidas, amenazan socavar los valores de una sociedad cristiana, buena y patriarcal". Este Drácula mantiene intactas las raíces góticas del mito de Stoker: castillos en ruinas, páramos desolados donde reina la superstición, magia negra, la seducción de lo satánico. Los elementos góticos estaban muy presentes en las novelas de Anne Rice, que, a partir de Entrevista con el vampiro (1976), creó la encarnación más popular del mito para nuestros tiempos. No era casualidad que Rice ambientara sus historias en Nueva Orleans, ciudad que, con sus casonas en ruinas como vestigios de la época de las plantaciones y la esclavitud, sus creencias espirituales africanas mezcladas con la tradición cristiano-evangélica, convoca fácilmente a lo gótico.
Quedan algunos elementos de lo gótico en las nuevas encarnaciones del mito, pero, a juzgar por lo que se lleva, queremos a nuestros vampiros más cercanos a nosotros (o, en todo caso, en escenarios más mundanos). Sookie Stackhouse, la camarera telepática de las novelas de Charlaine Harris, trabaja en un restaurante en Bon Temps, un pueblito de Louisiana alejado del Nueva Orleans entre opulento y decaído de Lestat; su mundo sureño tiene el corazón cerca a Wal-Mart y a los tabloides que siguen día a día a Angelina y Britney. Si Drácula era un aristócrata refinado, nuestros vampiros son entre clasemedieros y white trash.
En el mundo de Harris, los vampiros han decidido salir del closet hace dos años y luchan por sus derechos; defienden y argumentan su caso en los programas de entrevistas en la televisión. Es obvia la analogía a la lucha civil de los gays en Estados Unidos. Pero ahora que ya más de cinco estados permiten casarse a los gays, puede que Harris comience a sentirse un poco alejada del zeitgeist. No hay problema: seguro pronto habrá nuevas novelas de vampiros que nos digan de nuestro estado de ánimo.
(La Tercera, 1 de junio 2009)
[Publicado el 31/5/2009 a las 19:36]
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Reseñas de Los vivos y los muertos

Mi novela Los vivos y los muertos será presentada mañana en la feria del libro de Santa Cruz (Bolivia), a las 7 de la noche. La presenta Giovanna Rivero, gran amiga y escritora. La novela circula a partir de hoy en los Estados Unidos y Puerto Rico; ya había salido antes en España, Bolivia y Colombia. Con el tiempo, supongo que irá saliendo en otros países de América Latina.
Para mi sorpresa (porque estas cosas siempre sorprenden), la crítica ha sido muy entusiasta. Los dejo con los enlaces a las críticas que se pueden encontrar en la red.
Javier Aparicio, Babelia, El País-España.
Wilmer Urrelo, Le Monde Diplomatique, Bolivia.
Gustavo Faverón, blog Puente Aéreo.
El placer de la Lectura (revista literaria en la red).
Rolling Stone, España.
Miguel Ángel Oeste, blog Lágrimas de Androide.
Ramón Rocha Monroy (ecdótica).
Mike Wilson, blog Last Citizen, 23 de marzo.
Jorge Benavides, Letras Libres, España.
Fondo Negro, La Prensa-Bolivia.
Alberto Fuguet, blog Apuntes Autistas.
Agustín Fernández Mallo, blog El hombre que salió de la tarta.
Santiago Vaquera, blog Confessions of a Border Crosser.
Avui, España.
El Cultural, El Mundo-España.
La Opinión, España, página 45.
Los Tiempos, Bolivia.
La Tercera, Chile.
Hernán Ortiz, Colombia.
[Publicado el 29/5/2009 a las 20:33]
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[Publicado el 26/5/2009 a las 07:53]
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Diego Salazar, un espía en la cocina

(fuente: www.zancada.com)
[Publicado el 22/5/2009 a las 17:16]
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Hace algunos años, El curioso incidente del perro a medianoche, una novela del escritor inglés Mark Haddon, se convirtió en éxito de ventas y de crítica. Las razones de su triunfo tenían mucho que ver con el autismo de su protagonista principal, John Francis Boone. Haddon lograba meterse de manera convincente en la mente de un chiquillo que sabía de memoria todas las capitales de todos los países del planeta y los números primos hasta el 7,057. El libro venía avalado en la contratapa por un neurólogo reputado como Oliver Sacks: la ficción se legitimaba a partir de su parecido con el discurso científico.
El caso de Haddon no es único en la literatura anglosajona de los últimos años. A diferencia de la latinoamericana, que abusa de protagonistas un poco tontos y a veces muy equivocados pero en general sin obvios problemas mentales, la literatura en inglés no se cansa de explorar diferentes tipos de narradores y/o protagonistas con dificultades mentales o lingüísticas. Ahí está la brillante Huérfanos de Brooklyn (1999), de Jonathan Lethem, cuyo narrador, el detective Lionel Essrog, padece de síndrome de Tourette ("Hay días en que me despierto por las mañanas y voy a tientas al baño y dejo correr el agua y me miro y no reconozco mi propio cepillo de dientes en el espejo"), y, recientemente, dos novelas sobre esquizofrénicos: Atmospheric Disturbances (2008), de Rivka Galchen, y Lowboy (2009), de John Wray.
El ejemplo de Faulkner sigue presente en esta tradición: su Benjy Compson, el narrador retardado de la primera parte de El sonido y la furia (1929), no tiene equivalentes en la literatura latinoamericana. La diferencia de los nuevos escritores con Faulkner es que estos están muy preocupados por la verosimilitud científica. En los agradecimientos Wray cita, entre otros libros, The Diagnostic Statistical Manual of Mental Disorders IV y The Psychiatric Interview in Clinical Practice. Eso no significa, claro, que Faulkner no haya estado en lo cierto desde la primera hasta la última frase de Benjy ("Caddy uncaught me and we crawled through. Uncle Maury said do not let anybody see us, so we better stoop over, Caddy said. Stoop over, Benjy. Like this, see").
Los esquizofrénicos de Galchen y Wray son diferentes. El siquiatra Leo Liebenstein, narrador de Atmospheric Disturbances, cree que su mujer, Rema, ha sido reemplazada por un "simulacro"; este tema aparece en los cuentos de Philip Dick ("The Electric Ant") y en las películas apocalípticas de los años cincuenta (Invasion of the Body Snatchers). Galchen actualiza ese tema para una época más científica: su narrador utiliza un lenguaje clínico, pero no por eso deja de conmover. Por supuesto, el "simulacro" es la misma Rema, pero Leo, incapaz de reconocer lo que tiene delante suyo en su piso en Nueva York, viaja hasta los confines del continente americano (la Patagonia) en busca de la verdadera Rema.
Lowboy, el adolescente esquizofrénico paranoico de Wray, está más cerca de Salinger: creyendo que tiene el secreto para salvar el planeta del apocalipsis debido al cambio climático, se escapa del siquiátrico y, a la manera de Holden Caulfield, se embarca en un recorrido por las calles de Manhattan (mejor: por los túneles, ya que su forma de escape es el metro). Su forma de ver las cosas es peculiar: "el tren calzó perfectamente en el túnel, como una mano en un bolsillo, y rodeó el cuerpo de Lowboy y lo mantuvo quieto"; "el túnel se enderezó sin ningún esfuerzo y las rieles y ruedas callaron".
El autismo, el síndrome de Tourette y la esquizofrenia consiguen dar a quienes sufren estos problemas una mirada original de las cosas. Al crear narradores y/o protagonistas con estas enfermedades, Haddon, Lethem, Galchen y Wray radicalizan algo que debería estar presente en toda obra narrativa: una novela puede ser muchas cosas, pero es sobre todo una cosmovisión propia, una manera idiosincrática de mirar el mundo.
(La Tercera, 19 de mayo 2009)
[Publicado el 19/5/2009 a las 21:12]
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Edmundo Paz Soldán (Cochabamba, Bolivia, 1967), estudió Relaciones Internacionales en universidades de Argentina y EE.UU., adonde llegó con una beca como jugador de fútbol. Una oportuna lesión y su vocación literaria le llevaron a concentrarse en su carrera académica: en 1997 se doctoró en Literatura Hispanoamericana en la Universidad de California, Berkeley, y desde ese mismo año es profesor de Literatura Latinoamericana en la Universidad de Cornell. Es autor de las novelas Días de papel (1992), Alrededor de la torre (1997), Río Fugitivo (1998), Sueños digitales (2000), La materia del deseo (2001), El delirio de Turing (2003) y Palacio Quemado (2006); y de los libros de cuentos Las máscaras de la nada (1990), Desapariciones (1994) y Amores imperfectos (1998). Ha coeditado los libros Se habla español (2000) y Bolaño salvaje (2008). Su libro más reciente es Los vivos y los muertos (Alfaguara, 2009)Sus obras han sido traducidas a ocho idiomas, y ha recibido numerosos premios, entre los que destaca el Juan Rulfo (1997) y el Nacional de Novela en Bolivia (2002). Ha recibido una beca de la fundación Guggenheim (2006). Desde octubre de 2005 hasta abril de 2008 escribió el blog Río Fugitivo en Blogspot.

Los vivos y los muertos (2009). Alfaguara
03/7/2009 21:26
Me imagino que la vida cultural...
Publicado por: todotranqui
30/6/2009 21:06
Publicado por: Vigo
30/6/2009 02:33
cierto la retrospectiva de Bacon...
Publicado por: juandres
29/6/2009 20:00
Publicado por: Liana Cisneros
25/6/2009 23:34
Publicado por: Yasmine Arnez
25/6/2009 22:53
Publicado por: Juan Manuel
24/6/2009 17:44
LOS ARGENTINOS SE CREEN LA VERGA...
Publicado por: THECURE
24/6/2009 05:49
Edmundo, muchas gracias por tu...
Publicado por: Stiffelio
23/6/2009 20:35
me parece exelente el comenterio...
Publicado por: david
19/6/2009 19:15
Publicado por: aurelio fernández
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