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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

martes, 27 de septiembre de 2016

 Río Fugitivo / Blog de Edmundo Paz Soldán

Han Kang y la historia de una mujer que quería convertirse en planta

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fuente: letras-uruguay.espaciolatino.com

Hace cuatro años, el sello independiente argentino Bajo la luna publicó la novela La vegetariana, de la surcoreana Han Kang (1970). Al libro no le fue nada mal: llegó a la segunda edición y tuvo reseñas muy entusiastas. Eso, sin embargo, no preparaba a la pequeña editorial para el gran golpe de este año: el Man Booker International, a la mejor novela traducida al inglés. Había finalistas de peso -novelas de Orhan Pamuk y Elena Ferrante--, pero esta novela corta se merece todos los elogios.

La vegetariana comienza con fuerza: al despertar una mañana después de un sueño sangriento y brutal, Yeong-hye decide convertirse en vegetariana. Su matrimonio apocado y la reacción extrañada de su familia -que quiere forzarla a comer carne, en una escena magnífica--, hacen pensar en la novela como una sátira a las costumbres de una sociedad incapaz de desprenderse de la carne. Poco a poco, sin embargo, Han Kang irá ampliando su objetivo y la sátira dará paso a una profunda disquisición sobre lo extraño que puede ser seguir una pulsión interior, sobre todo si lo que esta pide va a contrapelo del mandato social. Yeong-hye, así, se convierte en un personaje memorable, una descendiente directa del Bartleby de Melville y del "artista del hambre" de Kafka: alguien que prefiere no hacerlo, aun a costa de sí mismo.

La novela está dividida en tres partes, tres asedios a Yeong-hye: desde el esposo, que descubre de pronto cuán profundamente desconocida puede ser la mujer con la que convive, hasta la hermana, cuya frágil subjetividad es cuestionada por la postura radical de Yeong-hye, pasando por el cuñado, cuyo deseo lo lleva a obsesionarse por ella y querer filmarla en escenas eróticas que no lo abandonan. Cada sección es un intento de acercarse al personaje, pero lo que Han Kang devela más bien, con un lirismo violento y un realismo en diálogo constante con una imaginería surreal, es el fascinado alejamiento de Yeong-hye. Mientras más se sabe de ella, menos se sabe de ella. En una sociedad patriarcal, al sujeto femenino se le ordena regular su conducta y se lo convierte en blanco de las pulsiones libidinales; quizás la única forma de ganar agencia es afirmarse en la negatividad.

Camus decía que desconfiaba de los relatos de sueños dentro de una novela; La vegetariana demuestra más bien que estos pueden ser útiles como piezas centrales de la estructura narrativa: "¿Pararán los sueños ahora?", se pregunta Yeong-hye; "pensé que todo era porque comía carne... Creí que solo era cuestión de dejar de comer carne para que los rostros no volvieran. Pero no funcionó... Ahora lo sé: ese rostro está dentro de mi estómago. Despierta desde el interior de mi estómago". "Es solo un sueño", lo dice ella, que también sueña con convertirse en una planta, y también lo dice su hermana, para quitarle poder a ese malestar psíquico; "seguro que el sueño no lo es todo, ¿no? En algún momento tenemos que despertar... Porque..."

La vegetariana es una novela de prosa elegante y sutil sobre una mujer que no quiere despertar: Yeong-hye sueña con una metamorfosis que la lleve del mundo animal al de las plantas; al narrar su historia, Han Kang ha escrito una gran novela sobre cuán radical puede ser, simplemente, hacerse caso a uno mismo y no al mundo.

     

(La Tercera, 25 de septiembre 2016)

[Publicado el 26/9/2016 a las 18:49]

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Sara Mesa: "La fantasía se expande para ocupar los huecos"

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Los lugares en los que vivimos terminan conectados íntimamente a las personas que viven ahí; al final, puede que esas personas sean ese lugar. El año pasado viví en Sevilla y una de esas personas que son para mí Sevilla es Sara Mesa.

Cicatriz (2015) es una de las mejores novelas españolas de la narrativa reciente. Es una novela con una atmosfera asfixiante, sobre la relación obsesiva que se establece por internet entre Sonia y Knut. Se la puede entender como una novela sobre la escritura, en más de un nivel: Knut quiere educar literariamente a Sonia, ayudarla a convertirse en escritura, y no deja de regalarle libros; ella a ratos rechaza ese interés enfermizo, pero reconoce que Knut tiene el perfil de hombres que le atraen: "los anormales, excéntricos y marginales... los que tienen algo que ocultar". Pero también la escritura es lo que media en su relación, pues ellos no se conocen en persona. En esa distancia que separa a los personajes, se cuela la fantasía: no hay relación interpersonal en la que no se cuele, eso lo sabíamos, pero Sara Mesa sugiere que, con los nuevos dispositivos de comunicación, una relación es cada vez más una irrealidad, una fantasía.

Pese al despliegue de las nuevas tecnologías, Cicatriz no oculta su anclaje a la vieja tradición de la novela epistolar y a sus escarceos con los sentimientos y las perversiones: Sara Mesa sabe dialogar con Las relaciones peligrosas. Es, así, clásica y contemporánea a la vez, con un gran manejo de los tiempos: después de la primera escena -que insinuará la explicación simbólica del título--, la narración se retrotrae a incidentes ocurridos siete años atrás, y luego a dos años antes y a cuatro meses después... nada, sin embargo, es arbitrario, como lo descubriremos de a poco.

Escuché a Sara en la presentación de su libro de cuentos Mala letra (2016) -hay ahí varios cuentos excelentes, entre ellos "Mustélidos", de inevitable aparición en futuras antologías de narrativa en español-- y descubrí que su palabra más odiada era feminazi y que un escritor que no le interesaba era Javier Cercas; en una clase a la que la invité me enteré de que trabajaba en una institución estatal que se encarga de responder a las quejas de los oyentes al contenido de un programa radial, y me pregunté cuándo aparecería ese escenario tan sugerente en una de sus novelas; contó también que su nueva novela es sobre la relación entre una adolescente y un hombre mayor. Supe que nació en Madrid en 1976, y también de su llegada temprana a Sevilla y su conexión intensa a esa ciudad, pese a que no vive exactamente en ella (reside en Tomares, un pueblo en las afueras) ni está interesada en narrarla: su narrativa se aleja intencionalmente de espacios narrativos específicos; sus ciudades son borrosas, están desprovistas de detalles reconocibles, tienen algo tan genérico como fantasmal. A cierta distancia del centro, Sara Mesa está desarrollando algunos de los análisis narrativos más penetrantes de la condición contemporánea, esa en la que "la fantasía se expande para ocupar los huecos".

 

(98 grados, septiembre 2016)

[Publicado el 13/9/2016 a las 22:59]

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Las múltiples voces de Mauro Javier Cárdenas

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Las novedades literarias del otoño son tantas en los Estados Unidos -McEwan, Safran Foer, Patchett, Chabon, Smith-que más de un gran libro de autor no tan conocido quedará enterrado. Que eso no le pase a Mauro Javier Cárdenas, por favor: The Revolutionaries Try Again (Coffee House Press), la primera novela de este autor ecuatoriano que escribe en inglés -de pronta publicación en español por Random--, establece la presencia de una poderosa nueva voz para las literaturas latina/ecuatoriana/latinoamericana/norteamericana/lo que sea (¿se escribe Cárdenas o Cardenas o da lo mismo?)

"Poderosa nueva voz", escribe el crítico, y luego se ríe, porque lo que define a Cárdenas es, sobre todo, su incapacidad para quedarse en una voz singular, su talento para que las voces proliferen, su habilidad para alterar registros narrativos. Porque esta novela que cubre las últimas dos décadas del pasado siglo en la vida política y social del Ecuador -los tiempos turbulentos que van de Roldós al Loco Bucaram, pasando por Febres-Cordero--, es la historia de un grupo de amigos -Leopoldo, Antonio, Rolando-- de clase alta de un colegio exclusivo de Guayaquil, de sus deseos de participar en las elecciones presidenciales a fines de los noventa, an outsider could sweep the elections and effect real change, le dice Leopoldo desde Guayaquil a Antonio, que vive en California y sueña con hacer algo por el país (aunque quizás pueda más su egoísmo), everyone thinks they're the chosen ones, está escrito a un lado del manuscrito que escribe Antonio sobre un hecho importante de su infancia (y más aun los hijos de la oligarquía).

Pero Cárdenas no se contenta con narrar esa historia de amigos que podría ser, con su generosa carga de emoción y empatía y humor, una crítica a ese sueño tan latinoamericano de intervenir de manera mesiánica en los destinos del país, sino que narra las interferencias a ese sueño, las voces del pueblo que se cuelan para contar la historia verdaderamente, Juana, carajo, quit eavesdropping on the politicians and go basket some eggs, las voces del pasado, de la familia, el español que interfiere en el inglés, Tu tío Manolo rentaba sus caricaturas, Antonio's grandmother said, Ataba una piola en las barras de hierro de las ventanas de afuera y ahí rentaba sus, ah?, el escritor que deforma el inglés de los Estados Unidos como venganza por el hecho de que los norteamericanos han deformado América Latina con sus políticas intervencionistas, ¿páginas enteras en español en una novela en inglés?

Esta novela relativamente corta no deja de ampliar su radio de acción/ voces y más voces/ y siempre la pregunta que viene de la infancia en un colegio católico: ¿cómo ser cristianos en un mundo de indigencia e injusticia? Cárdenas/Cardenas añade otra pregunta: ¿Pueden los corruptos hijos de la corrupta oligarquía trascenderse a sí mismos, a su clase? El autor ecuatoriano/latino ha leído a Vargas Llosa, Faulkner, Krasznahorkai, Lobo Antunes, Bernhard, Cortázar: el high modernism y sus herederos están muy vivos en cada una de sus páginas. Lo suyo es un despliegue magnífico de inteligencia y ritmo verbal, capacidad para subvertir las formas narrativas, con un final joyceano a la altura de su promesa, en el que Alma, la hermana de Rolando, cuenta sus peripecias para cruzar la frontera y llegar a los Estados Unidos, black night black river someone behind me screaming father I'm drowning please take care alma how can a human being do that to another human being.

Cardenas ha llegado, lo ha hecho en sus propios términos, I think we have a chance, Hello? 

 

(La Tercera, 11 de septiembre 2016)

[Publicado el 11/9/2016 a las 14:58]

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Para subrayar a Pedro Mairal

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En una de sus tantas columnas felices -se encuentran en El subrayador (Libros del Laurel)--, Pedro Mairal escribe sobre un anciano que, a la manera de un Dios, se dedica a subrayar el periódico: "todas estas marcas en birome azul son como una lección de advertencia frente a los eufemismos, las frases hechas, los lugares comunes, y una manera de señalar diamantes escondidos en el barro"; Mairal no necesita leer el diario sino los subrayados del anciano. Leo La uruguaya (Emecé) --la última novela de Mairal--, y me tienta hacer lo mismo, para recalcar los aciertos y facilitarle el trabajo al siguiente lector de la novela. Al rato, desisto: descubro que estoy subrayando toda la novela.  

            Por ejemplo, subrayo: "Siempre me aterra esa cosa siamesa de las parejas: opinan lo mismo, comen lo mismo, se emborrachan a la par, como si compartieran el torrente sanguíneo". La uruguaya es la historia de Lucas y Catalina, una pareja que ya no es siamesa, y del encuentro arrebatador de Lucas con la uruguaya, una mujer que terminará de remecer sus escasas certezas. Una historia más de infidelidad, convertida en manos de Mairal en el punto de partida para una novela perfecta -la palabra no es una exageración--: no solo rasga en la intimidad de nuestras pulsiones repetitivas y turbulentas, también está muy marcada por lo social: en la Argentina populista de Kirchner, "época del dólar blue, el dólar soja, el dólar turista, el dólar ladrillo, el dólar oficial, el dólar futuro", las relaciones sentimentales se conectan a las fluctuaciones de la moneda de cambio; de hecho, la trama de La uruguaya, y su secreto mejor guardado, gira en torno a cómo conseguir un mejor cambio para ese dólar -yendo a Montevideo--, y en la tentación que significa ese dinero para los demás. Sin dólar blue, no hay La uruguaya.    

            Subrayo: "qué mujer más hermosa, qué demonio de fuego me brotó de adentro y se me trepó al instante en el árbol de la sangre. ¿Cómo te llamas? Magalí. Yo soy Lucas. Fuimos a buscar más cerveza". Magalí es la uruguaya, "una chica de armas llevar, presente y al choque, flequillo rollinga, el pelo mojado, mini de jean, remera floja sobre el corpiño de la bikini (soutien hubiera dicho ella), y descalza". ¿Es ella culpable o inocente de lo que le pasará a Lucas ese día en Montevideo? La escritura de La uruguaya, sutil, envolvente, transmite una sensación de éxtasis continuo -Mairal parece haber levitado cuando la escribía--, que se acrecienta con el misterio perturbador que esconde en su centro narrativo y que se despliega a medida que se desarrolla el complejo entramado de tiempos del relato.

Mairal no revela del todo el dato central, y en ese enigma uno queda colgado, buscando descifrar la solución en los gestos de un personaje. ¿Importa saberlo? Lo fundamental es precisamente su indecibilidad. Hay algo que no conocemos de la uruguaya y que contagia al resto de la novela: hay algo que no conocemos de Lucas, de sus relaciones con Catalina, de su vida de papá y de escritor. Al final se nos revelan cosas, pero Mairal lo hace con el guiño tramposo del jugador que ha apostado fuerte y ha ganado la partida: el misterio central es el de la condición humana.

            Subrayo: "Ojalá la muerte sea saberlo todo". Subrayo: "En la pausa antes de escuchar tu voz tuve la certeza de que te quería como te sigo queriendo y te voy a querer siempre, pase lo que pase". Subrayo: "Por el momento no queda más que imaginar".

(La Tercera, 7 de agosto 2016

[Publicado el 07/8/2016 a las 15:22]

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Los diarios tempranos de José Donoso: la vida es literatura

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José Donoso. fuente: La Tercera

La consolidación del diario como género literario fundamental se encuentra entre las cosas más relevantes ocurridas en la literatura latinoamericana contemporánea. Han quedado atrás las épocas en que se especulaba que el diario no tenía vigencia en el continente porque, a diferencia del mundo anglosajón -en el que el diario ocupa hace rato un lugar importante--, no estábamos acostumbrados a escarbar en la intimidad; resulta que se escribían muchos diarios, solo que no se publicaban. La publicación del primer volumen de los Diarios de Ricardo Piglia fue uno de los acontecimientos literarios del año pasado; los Diarios tempranos de José Donoso (Ediciones UDP), editados rigurosamente por Cecilia García-Huidobro, lo serán sin duda de este año.

Los cuadernos que sirven de base a los Diarios tempranos, almacenados en la universidad de Iowa, cubren el período de 1950 a 1965 y funcionan como una precuela a Correr el tupido velo, el maravilloso y desasosegante libro que Pilar Donoso escribió basada en la correspondencia y los diarios de su padre almacenados en Princeton (cubren el período que va desde 1966 hasta la muerte de Donoso en 1996). En este período inicial, Donoso todavía no era descarnado como lo sería en sus diarios de principios de los 70, por lo que Diarios tempranos no tiene el impacto emocional de Correr el tupido velo. Sirve, sin embargo, como registro fascinante de la magnitud con la que Donoso entrelazaba vida y literatura: ambas eran lo mismo para él.    

Los Diarios tempranos son una creación conjunta de Donoso y García-Huidobro; es la investigadora quien ha seleccionado el material y ha tomado la decisión acertada de separar las notas de Donoso en base a temas: hay capítulos dedicados al crítico, otros al periodista, otros al narrador que apunta ideas para cuentos y novelas; los dos últimos están entre los más interesantes y se centran en la escritura de Coronación y El obsceno pájaro de la noche. Ahí está, en una anotación del 25 marzo de 1959, el germen de El obsceno: "Idea para un cuento: basándome en ese aristocrático niño deforme que vi pasar una vez en un auto de lujo con patente de Colchagua... Llamarlo ‘El último Azcoitia'".

En los Diarios tempranos uno puede ver a un Donoso sin falsas modestias ("El ‘Azcoitia' puede resultarme maravilloso y completamente decisivo para mi producción: me pongo sin duda en la línea creadora Borges-Cortázar-Kafka, etc"), capaz también de una feroz autocrítica: "tampoco me gusta este cuento, es pobre, no tiene nervio. No tiene más que una humanidad de cartón". Se trata de un Donoso que mezcla libremente el español con el inglés ("inspiration seems to have found me again"), que no para de leer y usar sus lecturas como modelos para su escritura ("escribir un cuento sobre la mujer soltera de 30 años tipo Marcela Vicuña. Tengo que fijarme mucho en la Eugenia Grandet de Balzac para hacerlo bien"), y que no tiene reparos a la hora de descartar textos o reescribirlos completamente. Asistimos a la forja obsesiva de un escritor: no hay escándalos de la intimidad contados directamente, todo se transmuta en escenas, personajes, literatura. 

 

 

(La Tercera, 16 de julio 2016)

[Publicado el 20/7/2016 a las 15:33]

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El infierno de Wolfgang Hilbig

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            ¿Reunificación de una comunidad o ruptura y desunión? Ahora mismo, en Europa, se discuten acaloradamente las virtudes y defectos de esas opciones. La gran mayoría se decantará por alguna, pero hay espíritus intranquilos para los cuales no sirve ni la una ni la otra. Wolfgang Hilbig (1941-2007), un escritor de la Alemania Oriental, era uno de ellos: disidente del régimen pro-soviético de su país y perseguido por la temible Stasi, una vez caído el muro de Berlín tampoco pudo encontrar su lugar en la Alemania unificada y se convirtió en uno de sus críticos más estridentes; para Hilbig, no había pacto social justo con el individuo, y la vida en la tierra era un infierno sin atenuantes. Hilbig, canonizado en Alemania, es poco conocido más allá de su país, pero eso está cambiando. Su libro de cuentos The Sleep of the Righteous (Two Lines Press), recién publicado en los Estados Unidos -con una maravillosa traducción de Isabel Fargo Cole--, es un buen lugar para comenzar (hace unos años Losada publicó su novela Yo; es lo único que está traducido al español).

            The Sleep of the Righteous es una velada autobiografía en siete cuentos, cuatro de ellos ambientados en la Alemania pre-unificación y el resto en la unificada. La historia que se cuenta es la de un niño en una desolada ciudad minera cerca de Leipzig, que crece junto a las mujeres de su familia (no hay muchos hombres alrededor: su padre, como el de sus compañeros, ha muerto en la batalla de Stalingrado), y que, poco a poco, va encontrando su identidad como escritor. Las intrincadas frases de Hilbig captan perfectamente la atmósfera de esa ciudad minera en la que la asociación con lo infernal es tanto simbólica como literal: los niños juegan en la calle, en medio de "un depósito infinito de polvo que avanzaba hasta los huecos de las escaleras de las casas y parecía brillar en medio del sol del mediodía", y hay minas en las que en la base del lignito del fondo las cenizas todavía arden y se reflejan las ascuas del "profundo fuego del infierno".

            Como un buen escritor en la tradición romántica, Hilbig encuentra equivalencias descriptivas para dar cuenta de los traumas de la historia: esos paisajes devastados de la infancia muestran la descomposición moral de un país que se asoma fragmentado al día después de la segunda guerra mundial. Si la Stasi montó su gran red de espías, era porque los ciudadanos de la Alemania Oriental eran sus cómplices voluntarios, como sugiere "The Afternoon": "lo hacían gratis, solo para mostrar cuánto les importaba la ley y el orden en ese pueblo". Pero en "The Memories", el narrador, ya instalado en la Alemania unificada, tampoco encuentra consuelo, pues si bien el mundo que dejó atrás es "el cólera", el nuevo país es "la plaga". Cuando regresa a la ciudad de la infancia, encuentra las fábricas cerradas y a los hijos de sus conciudadanos mirando al mismo futuro deprimente de siempre.

            Hilbig es un escritor realista cuyas tramas adquieren siempre connotaciones alegóricas e insinúan una verdad inquietante que trasciende los hechos, como en "The Memories", que menciona a una deidad del subsuelo como posible responsable de alterar la fisonomía de los trabajadores mineros -el "dios negro... había alterado la sangre en sus venas, por ellas fluía algo más oscuro y más lento"-: ¿es la historia la culpable de su disolución, o es esa deidad maléfica? ¿O son una las dos?

En "The Dark Man", el mejor cuento del libro, el narrador se encuentra con el informante de la Stasi encargado de su caso, el hombre que ha leído todas sus cartas a lo largo de las años y ha impedido que lleguen a manos de su amante: ese hombre es su enemigo, pero al mirarse en el espejo descubre que él se parece mucho al informante. El cuento sugiere que quizás él mismo sea el informante. No hay respuestas fáciles en el mundo opresivo de Hilbig, y nadie se libra de la culpa.

 

(La Tercera, 26 de junio 2016)

 

 

 

 

 

[Publicado el 30/6/2016 a las 21:59]

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Iain Sinclair en la carretera

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Cuando estudiaba en Alabama viajé a Oxford, Mississippi, a conocer Rowan Oak, la casona de William Faulkner durante más de treinta años. Quería ver el lugar donde un escritor que admiraba había escrito sus grandes obras. Me sorprendió descubrir cuán chico era el escritorio donde trabajaba, leer en una pared el esquema de una novela (descifré: "SUNDAY... return to the grave, the body has vanished") y aprender que a veces, borracho y cansado, Faulkner simplemente se dormía en el piso.

Para quienes buscamos el aura de un escritor admirado a través de sus lugares privilegiados, el galés Iain Sinclair es una suerte de ejemplo excesivo; gran experto en las "mutaciones del inmutable Londres" -ver, por ejemplo, La ciudad de las desapariciones (2015)--, en su reciente American Smoke: Viajes al final de la luz (Alpha Decay), en impecable traducción de Javier Calvo, cambia de rumbo y emprende una excursión a los Estados Unidos de los escritores que le han enseñado a leer y ver (sobre todo la generación Beat). El viaje incluye desvíos al Vancouver de Malcolm Lowry y William Gibson e incluso al Blanes de Bolaño (que aparece aquí como lo que un escritor anglosajón entiende que es el chileno: la mejor reencarnación del espíritu Beat para este siglo).

Como cronista, Sinclair no está necesariamente buscando a estos escritores para que le entreguen una frase reveladora, la clave para comprender mejor su obra; cuando, por ejemplo, se desplaza a Lawrence, Kansas, para conocer a Burroughs, escribe: "Yo no necesitaba que el gran hombre dijera una sola palabra. Solamente quería la oportunidad de ver si existía en forma física antes de que dejara de existir". Lo que se encuentra en esta exploración "psicogeográfica" a través de grandes distancias y espacios "claustrofóbicos" puede ser el artista, o el lugar, ambas cosas (o ninguna): Sinclair quiere llegar a la cabaña de Lowry en Dollarton porque "la idea de que se tirara esde su embarcadero destartalado y se zambullera en el agua fría del Entrante de Burrard había sido más potente que mi lectura de Bajo el volcán".

La prosa de Sinclair está llena de matices, se retuerce en cada frase; conexiones inusitadas se despliegan, hay chisme y erudición al por mayor, y se asume mucho del lector: sabemos de los Beat, pero no tanto de Charles Olson y los poetas de Black Mountain, con los que comienza agresivamente American Smoke. Uno tarda en entrar en ritmo, pero cuando lo hace, no para; hay perfiles magníficos (Gregory Corso "caminaba de punta a punta de su cabaña prestada, inflando sus confesiones hasta convertirlas en jactancias"), coincidencias imposibles, proyecciones desaforadas ("Blanes, lo reconocí, era un buen lugar para escribir. Tenía un poco el mismo espíritu que nuestro Hastings inglés: descartado, mitificado, venido a menos") y también momentos de iluminación (el viajero Burroughs dice: "el lugar no es importante. Me he pasado la vida buscando variedades superiores de aburrimiento. Un tercio de lo que escribo viene de los sueños, de ninguna parte en absoluto").

Sinclair recuerda un par de frases de Julian Barnes: "¿Por qué la escritura nos hace perseguir al escritor? ¿Por qué no basta con los libros?" En su caso, la sospecha es que su fascinación con Kerouac y compañía es una forma de compensar la intensidad que le falta a su vida y a la de los escritores de su generación en el Reino Unido. Es una obsesión que al final del libro, después de tanto viaje, parece curada: "sus intensidades nunca serían mías". No importa: queda American Smoke, el fanático y maravilloso recuento de esa adoración.

   

(La Tercera, 12 de junio 2016)

[Publicado el 17/6/2016 a las 00:02]

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El Diario argentino de Gombrowicz

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La editorial Cuenco de Plata acaba de reeditar el Diario argentino de Witold Gombrowicz, el octavo libro de la Biblioteca Gombrowicz. Este libro está extraído de las mil páginas del Diario del escritor polaco, enfocado en los textos relacionados con la Argentina escritos cuando Gombrowicz vivía en Buenos Aires, de 1939 a 1963. Juan José Saer se quejó con razón del "desmembramiento... por la sencilla razón de que todo el Diario es argentino, [su] razón es la experiencia argentina", incluso en las secciones no relacionadas con ella o no escritas en Buenos Aires. Aun así, vale la pena detenerse en estas páginas, pues en ella se encuentran reflexiones fundamentales para la cultura argentina y latinoamericana.

El tema fundamental de la obra de Gombrowicz -desplegado fundamentalmente en Ferdydurke (1937)-- fue "el demonio de la inmadurez", conectada con la juventud, un valor que no necesita de otros y que, al ser incompleta y anárquica, es capaz de poner en jaque toda la jerarquía de valores. A partir de esa fascinacion no le fue difícil entender a la Argentina, un país joven que tenía virtudes de las que carecía Europa: "menos lastre, menos peso heredado: la historia, la tradición, las costumbres". Era inevitable entonces que rechazara al grupo Sur que presidía Victoria Ocampo, y que fuera rechazado por ellos: "A mí lo que me fascinaba del país era lo bajo, a ellos lo alto. A mí me hechizaba la oscuridad de Retiro, a ellos las luces de París... ¡Ah, dejar de ser jóvenes! ¡Ah, tener una literatura madura! ¡Ah, igualar a Francia, a Inglaterra!" Gombrowicz reconocía el talento de Borges, pero lo encontraba muy cosmopolita y europeizante; no veía aquello que luego señalaría Piglia con tanto acierto: que aunque eran otros los caminos, Borges estaba tan preocupado como Gombrowicz por reflexionar sobre la forma en que una literatura periférica y una lengua marginal podían insertarse en la cultura mundial. 

En el Diario argentino se encuentran momentos icónicos, como cuando en el café Rex de la calle Corrientes, un grupo de escritores liderado por el cubano Virgilio Piñera daba la última redacción a la traducción de Ferdydurke del polaco al español, que había emprendido Gombrowicz y que luego continuaron unos amigos, revisando palabra por palabra la labor del polaco ("pronto la traducción comenzó a atraer gente y algunas sesiones del Rex se vieron colmadas de asistentes"); hay un rechazo a las menciones a su homosexualidad, pero sugerencias claras, más bien escasas, de su interés en los hombres ("volvía a esa situación, la más profunda, la más esencial y la más dolorosa de todas las mías: yo, caminando tras un muchacho de la calle"), que se harán más explícitas en Kronos, el diario secreto de Gombrowicz publicado tres años atrás por su viuda Rita en Polonia (para la confusión: hay un Diario, y un Diario argentino, y un diario detás del diario llamado Kronos); están sus lecturas -Simone Weil, Proust--, sus viajes a la provincia (Tandil, Santiago del Estero), su preocupación nada modesta por la forma en que se extendía su fama ("estoy creciendo en Polonia. Estoy creciendo también en otras partes... ¡El proceso de agigantamiento de mi persona está asegurado por muchos años!").

Gombrowicz se equivocó al escribir que su pasión hacia Argentina nació cuando se alejó de ella; el diario muestra que esa pasión estaba ahí desde el primer momento en que llegó a esa nación "exótica, displicente, impávida, consagrada a lo cotidiano" e intentó entenderla obsesivamente.  

   

(La Tercera, 29 de mayo 2016)

[Publicado el 31/5/2016 a las 12:57]

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"Morir un poco para vivir por siempre": Cero K, de Don DeLillo

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 ¿Qué hace el visionario el día después de que se hayan cumplido sus visiones? Quizás las últimas obras de Don DeLillo no se hayan contado entre sus más brillantes porque no debe ser fácil escribir después de que se hiciera realidad el apocalíptico corazón negro en torno al cual giraba su obra (el atentado a las Torres Gemelas). Cero K (Seix Barral), la más reciente novela, tampoco está a la altura de sus grandes clásicos -qué difícil es, para cualquiera, enfrentarse a Ruido blanco (1985) o Libra (1988)--, pero es muy buena, lo mejor que ha escrito desde Submundo (1997): sus obsesiones de siempre vuelven a servirle para apuntar al zeitgeist de esta década, en el que "la ciencia bañada en irreprimible fantasía" promete descaradas utopías individuales y colectivas.

            Cero K es un capítulo más en el continuo avance de la ciencia ficción como un nuevo realismo: el millonario Ross Lockhart -padre del abúlico narrador, Jeff-- quiere criopreservar el cuerpo de su segunda esposa, Artis, que sufre una enfermedad terminal. Junto a otros socios, ha invertido en la Convergence, un instituto secreto localizado entre los Urales y Siberia, que promete vida eterna a sus clientes: ha desarrollado técnicas para preservar cuerpos de modo que, en el futuro, con los avances biotecnológicos, estos sean reanimados y adquieran inmortalidad. Ciencia: en los Estados Unidos hay varios institutos como el que describe DeLillo (el más conocido es el Alcor Life Extension Foundation); ficción: se han logrado avances en la criopreservación, pero todavía falta lo más difícil, que es la tecnología capaz de reanimar los cuerpos preservados.

            En Ruido Blanco, DeLillo señalaba que, en una sociedad en la que ha triunfado lo artificial, lo único verdaderamente auténtico es el miedo a la muerte. Cero K atrapa ese miedo, conjugado con la melancolía de la llegada del fin: los sueños de Ross son un gesto de rebeldía ante la finitud de la vida, "un período tan breve que lo podemos medir en segundos". De nada vale decir que es la muerte aquello que nos hace humanos: la "tecnología basada en la fe... otro dios, no tan diferente de los anteriores", puede permitir que unos cuantos -los miembros del 1%-- se impongan a las razones biológicas que llevan al fin.

            Jeff tiene buen ojo para captar el look postmoderno de las instalaciones del instituto -Convergence es una mezcla de un edificio de la Cientología con una instalación artística, con el mejor uso de maniquíes en la narrativa desde los tiempos de Felisberto Hernández--, pero su vida anodina y su mirada clínica ante el drama que ocurre ante sus ojos -una madrastra cuya muerte se acelerará, un padre tentado de seguir sus pasos- impiden que se convierta en un personaje memorable: él es más una mirada --¿la de DeLillo?- que otra cosa. El fascinante monólogo de Artis ya iniciando el proceso de criopreservación -el "ping ping ping" de su cerebro- podía haber sido más desarrollado. Hay una subtrama fallida con Stak, el hijo de la pareja de Jeff, con un desenlace que abusa de la coincidencia.

DeLillo intuyó hace rato que todo aquello que percibimos está mediado por el cine, la televisión, el arte: no podemos ver nada de forma directa o "auténtica". Por eso no es casualidad que el gran triunfo de esta novela, aparte de las reflexiones agudas sobre la mortalidad, sea la escena en la que Jeff se asoma a la sección de criopreservación y se encuentra con "largas columnas de hombres y mujeres desnudas, en suspensión congelada". Esto es cine clase B -Coma, por ejemplo- elevado a instalación artística: "espectáculo puro, una single entidad, los cuerpos majestuosos en su postura criónica. Una forma de arte visionario, arte corporal con amplias implicaciones".

  

 (La Tercera, 15 de mayo 2016)

 

 

 

 

 

 

 

[Publicado el 17/5/2016 a las 14:53]

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"Su magestad" en el Congreso de la Lengua

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San Juan, sede del Congreso de la Lengua

Llegué tarde a la ceremonia de inauguración del Congreso de la Lengua en San Juan. Creí que no me perdería de nada, convencido de que, como suele ocurrir en estos casos, todo no pasaría de los huecos, inofensivos ejercicios retóricos que nos gustan tanto. Sin embargo, esta vez en los discursos se dijeron cosas poco diplomáticas que se convirtieron en el centro del debate. En su alocución, Victor García de la Concha, director del Instituto Cervantes, se mostró orgulloso de que por primera vez el congreso se llevara a cabo en un país no hispanoamericano; el rey Felipe de España dijo sentirse feliz de volver a los Estados Unidos.

Al leer que Puerto Rico es a la vez un estado "libre" y "asociado" de los Estados Unidos, es fácil confundirse; como dice la escritora Marta Aponte, la isla, "en cuanto a entidad jurídica, debería exhibirse en un gabinete de curiosidades". En la base de su situación colonial está un caso de 1901 que obligó a la Corte Suprema de Justicia de los Estados Unidos a pronunciarse con un argumento claramente discriminatorio: Puerto Rico "pertenece a, pero no es parte de los Estados Unidos". Es entonces un territorio colonial, un botín de guerra no incorporado del todo al país. Los puertorriqueños tienen pasaporte norteamericano pero no pueden votar; dependen del imperio, pero su identidad está muy arraigada en la cultura hispanoamericana. El escritor Eduardo Lalo lo afirma con claridad: "en el supuesto de que un día, Puerto Rico llegue a formar parte de Estados Unidos en plenitud, seguirá siendo Hispanoamérica".
Las palabras de García de la Concha y el rey Felipe no son simples lapsus; demuestran que una idea decimonónica del panhispanismo todavía sigue vigente entre las instituciones españolas; también, como sugieren fuentes diplomáticas al periódico El País, que era muy importante para España que Estados Unidos no viera el congreso como una provocación. De golpe y plumazo, el esfuerzo de Puerto Rico por organizarlo fue echado simbólicamente por la borda: resultaba que para algunas de las instituciones españolas más representativas, Puerto Rico era un país extraño a ese gran territorio de la lengua que se estaba celebrando en estos días. Quizás por eso, a manera de venganza -intencional o no-- en la retransmisión televisiva del discurso del rey, los rótulos se hayan referido a él, al menos por un rato, como "su magestad".
El embrollo puede tratar de entenderse a partir del choque de lógicas opuestas -la de la resistencia y la de expansión-- articuladas detrás del congreso: como sugiere el crítico y editor Gustavo Guerrero, mientras que Puerto Rico creía haber sido elegido para organizarlo por su capacidad cultural de resistencia, por haber afirmado su pertenencia al ámbito de la lengua española pese a los embates de los Estados Unidos, las instituciones españolas parecían haber elegido a Puerto Rico como un punto de entrada a ese mundo que les interesa tanto, al de los latinos en los Estados Unidos.
Durante los días que duró el congreso hubo presentaciones brillantes - Álvaro Pombo y una performance sobre Juan Ramón Jimenez y su obra; Luis Felipe Fabre y la lectura de su "Sor Juana y otros monstruos: una ponencia en verso", ya un texto fundamental de la poesía latinoamericana contemporánea--. Se notó el esfuerzo desplegado por los organizadores para armar debates que llevaran al español a lugares no muy transitados, como el de su relación con la ciencia o el de su presencia en las nuevas tecnologías de la comunicación; lamentablemente, las intensas discusiones que produjeron quizás no sean tan recordadas como un par de discursos inaugurales, convertidos esta vez en -las palabras son de Lalo- "actos de barbarie".

 

(La Tercera, 20 de marzo 2016)

[Publicado el 20/3/2016 a las 20:38]

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Biografía

Edmundo Paz Soldán (Cochabamba, Bolivia, 1967) es profesor de Literatura Latinoamericana en la Universidad de Cornell. Es autor de diez novelas, entre ellas Río Fugitivo (1998), La materia del deseo (2001), Palacio Quemado (2006), Los vivos y los muertos (2009) y Norte (2011); y de los libros de cuentos Las máscaras de la nada (1990), Desapariciones (1994), Amores imperfectos (1998) y Billie Ruth (2012). Ha coeditado los libros Se habla español (2000) y Bolaño salvaje (2008). Su libro más reciente es Iris (Alfaguara, 2014). Sus obras han sido traducidas a diez idiomas, y ha recibido numerosos premios, entre los que destaca el Juan Rulfo de cuento (1997) y el Nacional de Novela en Bolivia (2002). Ha recibido una beca de la fundación Guggenheim (2006). Colabora en diversos medios, entre ellos los periódicos El País y La Tercera, y las revistas Etiqueta Negra, Qué Pasa (Chile) y Vanity Fair (España). 

Bibliografía

Iris (2014). Alfaguara

 

Portada 'Los vivos y los muertos' 

Norte (2011). Mondadori

 

 

Billie Ruth (2012). Páginas de Espuma

 

 

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