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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

miércoles, 17 de septiembre de 2014

 Río Fugitivo / Blog de Edmundo Paz Soldán

Germán Marín y la basura de la historia

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Cada vez que llego a Santiago pido que me recomienden libros que no podría conseguir en otros países. Así, invariablemente, en cada visita, he ido adquiriendo libros de Germán Marín, un autor sugerido por amigos de diverso perfil y todavía secreto en América Latina. Una década atrás adquirí Carne de perro; luego vinieron Ídola y Basuras de Shanghai; en el último viaje, El Palacio de la Risa. Cada país tiene sus autores secretos y a veces es difícil entender por qué algunas obras circulan mejor que otras (de Bolivia apunto un nombre: Jesús Urzagasti; de México, Inés Arredondo; de Uruguay, Felipe Polleri). En el caso de Marín, creo que ya es tiempo de no quedarnos con el secreto.

            Para mí, la mejor puerta de entrada al mundo de Marín ha sido El palacio de la risa (1995), una novela que me ha sorprendido por los paralelismos que se pueden trazar con el Nocturno de Chile (2000) de Roberto Bolaño. Tanto Marín como Bolaño utilizan una casa particular reconvertida en centro de torturas de la dictadura de Pinochet como escenario para hablar del destino fracturado de la gran familia chilena: no hay distancia entre lo privado y lo público, el Estado golpista se ha inmiscuido en la vida de sus ciudadanos, es esa misma intimidad. En esa fusión de espacios, hay poco espacio para la lealtad, para la resistencia.

            En el caso de Marín, el relato de la decadencia de la lujosa Villa Grimaldi, desde su construcción a mediados del siglo XIX hasta su rebautizo burlón como El Palacio de la Risa y su posterior apropiación por parte de la dictadura, es el de la decadencia del país, una broma pesada de la historia: "Villa Grimaldi era la casa de Chile, donde nadie dejaba de reírse, ni de día ni de noche". La prosa elegante de Marín, de frases con complejas resonancias alegóricas, va cargando de significados esa degradación presente y no asumida, pues el país vive en un presente celebratorio, incapaz del enfrentamiento con la memoria y los recuerdos traumáticos: "Yo no venía del extranjero, sino del pasado, el que al parecer nadie quería, pues, de acuerdo a lo que había captado, aquel tiempo ya no representaba nada en la vida actual de los chilenos".

Hay en El Palacio de la Risa, a un nivel más básico de la trama, una intriga por resolverse, un intento de entender qué pasó con Mónica, una pareja del narrador, si es que son ciertos los rumores acerca de su complicidad con la dictadura. A un nivel simbólico, el narrador que regresa a país y va en busca de esa casona en la que pasó días felices durante la infancia propone su viaje como un acto de restitución. Ante la actitud colectiva de esconder la infamia, el narrador prefiere, en su viaje al corazón del trauma, el enfrentamiento con la verdad, por más que este termine llevándose por delante el mundo idealizado por la nostalgia; así la casona "impóluta" del recuerdo es devorada por "la pesadez corrupta e indecible de la basura".

Los últimos dos capítulos son maravillosos por su descarnada y a la vez poética crudeza. Para enfrentarse a lo atroz, hay que hacerlo así, con los ojos bien abiertos. "La literatura no es, si se observa, por completo inútil", dice el narrador al pasar, pero podemos entender estas palabras como el punto de partida para una poética: en Marín, la novela es el discurso crítico, necesario para una sociedad, que indaga en nuestras abyecciones -las privadas y las públicas--, que hurga en las heridas, que se niega a pasar página y celebrar reconciliaciones huecas.             

 (La Tercera, 7 de septiembre 2014)

[Publicado el 08/9/2014 a las 15:35]

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Esos incómodos futuristas

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  No hay momento adecuado para ver una exposición de los futuristas. La más ambiciosa en mucho tiempo, la del Guggenheim en Nueva York --con más de 350 cuadros y objetos reunidos--, la vi hace un par de semanas, cuando llegaban noticias de enormes cantidades de muertos por guerras en Palestina, Siria, Irak, Ucrania. Casi a la entrada me encontré con una frase del manifiesto de Marinetti, publicado en 1909: "La guerra es higiene". Como otros artistas del período, Marinetti sentía que la sociedad europea estaba "enferma" -el vocabulario biológico estaba de moda- y creía que la guerra sería un modo "terapeútico" de apurar la renovación de ese cuerpo en ruinas. El desastre que significó la primera guerra mundial probó todo lo contrario.

Es inevitable, entonces, la incomodidad que tenemos con los futuristas. ¿Qué hacemos con ellos? Por un lado, artistas geniales, como lo muestra el Guggenheim, capaces de moverse en múltiples terrenos, pioneros de tendencias que hoy son parte del paisaje artístico, como el trabajo con el diseño y la publicidad, o las performances y happenings; por otro, consistentemente equivocados en sus ideas, misóginos que abrazaban la causa fascista y dedicaban cuadros a la exaltación de los triunfos bélicos y al poder de la tecnología al servicio de la violencia.

De esa incomodidad se aprovechó Roberto Bolaño al crear al personaje de Carlos Wieder en Estrella distante: en el contexto del Chile más duro de la dictadura de Pinochet, este aviador neofuturista escribía poemas fugaces de elogio a la muerte en el cielo. Si la vanguardia clásica trataba de acabar con la distancia que existía entre el arte y la vida y hacer que este fuera parte de la cotidianeidad -muchos futuristas se enrolaron en el ejército italiano durante la primera guerra mundial--, resulta perversamente lógico que Wieder una su producción artística con su ideología fascista y presente una muestra de fotos de mujeres torturadas y asesinadas por sus propias manos.

En los libros de historia del arte, el futurismo termina con la primera guerra mundial y palidece ante el empuje del cubismo y el surrealismo. La exposición del Guggenheim presenta una historia más larga y compleja, y dura hasta 1944, año de la muerte de Marinetti. De la primera generación destacan las dinámicas esculturas de Boccione, que intentaba lo imposible: capturar el movimiento en una estatua. La segunda y casi desconocida generación recibe un lugar importante y descubre a dos artistas de pronto actuales: Fortunato Depero, con su obsesión por los autómatas y su fascinación por la publicidad (sus diseños originales para Campari le dieron su sello de distinción a la compañía), y Benedetta Cappa, esposa de Marinetti, cuyos murales en el edificio del correo en Palermo apuntaban a un futurismo más cósmico y espiritual.   

Los curadores del Guggenheim muestran qué hacer con los futuristas: contextualizarlos, no eludir sus aristas más polémicas, apuntar sus limitaciones, presentar qué de ellos trasciende a su período histórico y nos habla hoy. Queríamos consignarlos al sótano maligno del siglo XX. Pues no, son más que eso. La exaltación de la guerra y la casual misoginia ya no cuelan, pero, ¿no estamos hoy tan enamorados como ellos de la velocidad de nuestras máquinas?

 

(Qué Pasa, 4 de septiembre 2014

[Publicado el 07/9/2014 a las 22:27]

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Continuidad de Julio Cortázar

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• El primer cuento que leí de Julio Cortázar fue "Carta a una señorita en París". El libro estaba en la mesa de noche de mi hermana mayor. Leí en el tercer párrrafo "Cuando siento que voy a vomitar un conejito, me pongo dos dedos en la boca como una pinza abierta", y me hice de ese mundo para siempre. No le busqué implicaciones simbólicas al cuento ni me pregunté nada sobre el neofantástico. Vomitar conejos era simplemente algo que ocurría allí.

 

• Cortázar era un escritor favorito de los hermanos mayores de mis amigos. Sus libros estaban tirados sobre sillones y escritorios en las casas que yo visitaba. En la de Diego encontré el mayor tesoro: La vuelta al día en ochenta mundos y Último round. En sus páginas había fragmentos de textos, dibujos, recortes de prensa, collages. No entendía algunos textos "patafísicos", pero sí la libertad lúdica con que se movía el autor (a ratos incluso me olvidaba de que había un autor en ese "objeto encontrado").

 

• Leí Rayuela en mis años universitarios en Buenos Aires y no entendí la devoción a esa novela. No era Cortázar el que había cambiado, era yo. Para compensar, conseguí Las armas secretas y la leí de golpe, maravillado. No había una frase fuera de ritmo en ese libro, no había ningún cuento que no fuera perfecto. Durante mucho tiempo me pregunté de qué zambullida del inconsciente había salido una imagen como "Pero los hilos de la Virgen también se llaman las babas del diablo", y convertí en mantra una frase que parafraseaba a mi manera: "Entre las muchas maneras de combatir la nada, una de las mejores es escribir".

 

• Cortázar ha sido para mí un gran generador de ficciones: tengo un par de cuentos breves llamados "Casa tomada" y "Continuidad de los parques", a la vez homenajes y reescrituras. Escribí otros cuentos bajo el influjo de "Instrucciones para John Howell" y "La noche boca arriba". No es para menos: durante mucho tiempo mi idea de lo que debe ser un cuento provenía de Cortázar y Borges. Leía buscando los fuegos de artificio sorpresivos del último párrafo. Si faltaba esa vuelta de tuerca sentía que el cuento era fallido (así no pude entender ni a Hemingway ni a Chejov en mis primeras lecturas).

 

• En mis primeros años en Cornell enseñaba un curso canónico de introducción a la literatura latinoamericana. Yo sabía que me nunca me iría mal con algunos cuentos de Cortázar: "Axolotl" "Apocalipsis en Solentiname", "La autopista del Sur", "El otro cielo". Hablábamos de la influencia del surrealismo, del neofantástico (ah, profesor incapaz de escaparse de lo prosaico de explicar las magias de la literatura), de las "continuidades" entre diversos planos de realidad. Mis estudiantes sentían que entendían, y yo también. Quizás por eso es que muchos escritores hoy se han alejado de Cortázar: se ha vuelto demasiado familiar, sus recursos no sorprenden porque ya están instalados cómodamente en nuestro sistema literario.

 

• Anoche releí "Final del juego" y "Torito" y "Circe" y me conmoví por un Cortázar que no visitaba con frecuencia. Uno que no es tan efectista y es capaz de conmover jugando sin cartas marcadas. Pensé que había muchos caminos para rescatarlo de los lugares comunes que hoy convocaba su nombre. Luego recordé mi visita al stand de Alfaguara en la última feria del libro de Buenos Aires, las mesas y las pilas de libros dedicadas solo a Cortázar, y me pregunté si era necesario rescatarlo. Los lectores lo han hecho suyo, y que nos sea tan obvio a veces es porque ha ganado la batalla. Así que ahí quedan, en un estante, mirándome cada que paso a su lado, los dos volúmenes de sus Cuentos Completos. Creo conocerlos, pero, si he aprendido bien las instrucciones, sé que (insertar imagen de un lector que vomita conejitos).   

 

 

 (La Tercera, 24 de agosto 2014) 

 

 

 

 

[Publicado el 24/8/2014 a las 17:20]

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Una libreta sobre Federico Falco

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            Hace un par de años mi pareja me conminó a leer a Federico Falco. Acababa de aterrizar en Santa Cruz y me contó que durante todo el viaje nocturno había leído su libro de cuentos La hora de los monos y que se largó a llorar con "El pedigrí de los canarios". El cuento era triste, incluso melodramático y algo truculento. Un cuento barroco, lleno de incidentes, de situaciones que funcionaban pese a lo disparatadas que eran. Un cuento que tenía todos los elementos para ser desastroso pero que con el escritor argentino alcanzaba niveles de tragedia. Donde Falco nada, otros se ahogan.

            Conseguí La hora de los monos (2010), luego Elefante (2013), la antología personal publicada por El Cuervo en Bolivia, y hace poco Flores nuevas, la magnífica selección de seis cuentos que acaba de lanzar Montacerdos en Chile. Cuando leí el primer libro me deslumbré tanto como mi pareja, aunque, a diferencia de ella, cometí el error de tratar de entender cómo era que funcionaba un cuento de Falco. Ese verano compartía mi oficina con un académico mexicano que hacía sus investigaciones sobre Nabokov en la biblioteca de Cornell. El académico leía novelas de ciencia ficción raras, una sobre hermanos extraterrestres mellizos y otra sobre un cazador de androides albino. Una tarde en la que él no estaba quise anotar algo sobre "Asiático" -uno de los mejores cuentos de Falco y de toda la literatura contemporánea- y, como no tenía nada a mano, usé una libreta del académico que estaba sobre el escritorio. En las semanas siguientes se me hizo costumbre seguir anotando sobre esos cuentos en la libreta. Un día el académico se volvió a su país y yo me quedé sin la libreta y le escribí un correo pidiéndole disculpas por haberla usado y rogándole que me la enviara. No hubo respuesta. Averigüé su dirección en el norte de México y me largué en su búsqueda.

             Llegué una tarde a la casa en la que vivía el académico y toqué el timbre. Me abrió una señora que olía a ajo; me hizo pasar a un saloncito y me contó que el académico ya no vivía ahí y me recomendó no buscarlo porque estaba involucrado con gente de mala calidad y se perdió en la cocina. Me puse a mirar fotos antiguas en los portarretratos. Al rato ella volvió y, al verme observando una foto de dos mujeres que se abrazaban, me contó que una de ellas era su madre y la otra su abuela. Habían muerto calcinadas junto a su abuelo y el asesino era un primo lejano del abuelo de la señora.

Llegó en caballo al campo donde vivíamos entonces, dijo, y mientras dormíamos trancó la puerta y la roció con alcohol y la hizo arder. El primo gritaba que era su forma de cobrarse una deuda de honor del abuelo. Yo escapé por una ventana, atravesé una quinta a oscuras y pasé la noche agazapada en un maizal. Nunca me enteré cuál era la deuda de honor. Mis abuelos y mi madre fueron enterrados en el cementerio del pueblo de al lado, porque en nuestro pueblo no había cementerio.  

            La señora me preguntó si quería quedarme a comer y me disculpé explicándole que debía continuar mi búsqueda. En el hotel en el que me quedaba tuve sueños raros. Soñé que iba a un entierro junto a la señora que olía a ajo. Soñé con extraterrestres mellizos y con un cazador de androides albino. Soñé con Federico Falco escribiendo un cuento sobre un hombre obsesionado con construir el cementerio perfecto. El cuento sería una condensación de su obra hasta ahora, la descripción tan minuciosa de un sueño imaginado que terminaría colándose en la realidad. Una descripción a la que no podía faltarle un detalle, porque el "faltante no podía dejar de notarse" y sería como "una obra maestra, sin su remate triunfal".  

Al despertar, descubrí que podía volver a casa porque ya no necesitaba mi libreta.

 

(La Tercera, 26 de julio 2014)

 

 

[Publicado el 26/7/2014 a las 16:43]

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Mis mejores derrotas

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            Tenía catorce años y jugaba en las divisiones inferiores del Wilsterman de Cochabamba. Había faltado un par de semanas a los entrenamientos y un sábado tuve el descaro de aparecer a la hora del partido. El entrenador Raúl Pino, un chileno que hizo escuela en Bolivia, me puso de suplente. Ingresé en el segundo tiempo. El partido estaba empatado a tres cuando el árbitro marcó un penal para nosotros en el minuto final. Me hice al desentendido, hasta que llegó la orden fatídica: yo debía patearlo. No había entrenado mucho y estaba falto de forma; hubiera sido de valientes reconocer que el miedo me consumía y que era mejor pedirle al entrenador que se buscara otro. No lo hice, y me acerqué temblando al punto del penal. Creo que cerré los ojos a la hora de patear. La pelota tocó en el punto en el que se unían el travesaño y el poste derecho y se perdió fuera de la cancha. Terminó el partido. Lo peor fue el silencio del profesor Pino. Jamás pensé en tatuarme ese penal, pero sí lo recuerdo hasta ahora con una claridad inaudita, mucho más que aquellos penales que convertí.

En general fui afortunado en mis equipos en Bolivia, porque conocí más la victoria. Las derrotas comenzaron a llegar a cantidades cuando me fui a los Estados Unidos con una beca de fútbol, a jugar por la universidad de Alabama. El equipo de la universidad estaba en la segunda división y no era de los mejores. Tenía dos buenos jugadores ingleses, pero el resto andaba en la medianía. Tampoco ayudaba el entrenador, un ruso que te sacaba de la cancha apenas hacías una gambeta (en las ligas universitarias se permitía que un jugador entrara y saliera cuantas veces quisiera). El segundo del entrenador, un chileno llamado Carlos que un año después se haría cargo del equipo, era de pocas palabras y solía dibujar en una pizarra diagramas que no entendíamos.

En la primera práctica metí un gol de cabeza y el entrenador me puso de titular para el partido inaugural, contra un equipo de Georgia. Hice dos pases-gol ese partido y me sorprendí al ver que mis compañeros me felicitaban como si hubiera metido los goles. Me sorprendí más al descubrir que los tackles de los defensas eran más aplaudidos que cualquier desborde genial de un atacante. Pese a los pases, deambulé por la cancha sin encontrar mi ubicación. No entendía el estilo del fútbol que se jugaba por allá, en el que se corría tanto, y menos que me hubieran dado una beca tan buena por un deporte que no convocaba a multitudes: los estadios deslumbraban, tan nuevos, pero las tribunas solían estar vacías.

Hicimos una gira por la Florida y perdimos tres partidos al hilo por goleada. Uno de los equipos contra los que nos enfrentamos era de escandinavos que nos sacaban una cabeza; otro era de latinos apabullantes. En el entretiempo, entrenador pronunciaba perlas de sabiduría del tipo "nos metieron cuatro; ahora es asunto de meter cinco". Las universidades no tenían reparos en alinear equipos con once extranjeros conseguidos a través de becas; Alabama confiaba más en el talento local, que por entonces era más físico que técnico, y los extranjeros reclutados tampoco éramos una maravilla. Así nos iba: nos entusiasmábamos a la hora de la charla técnica y nos prometíamos que para ese partido todo sería diferente. Al final, en el vestuario, escondíamos las caras, vapuleados.

Mi segundo y tercer año jugando por la universidad fueron incluso peores. Dicen que la derrota templa el alma. Pues no. A mí me la hundía semana a semana. Trataba de encontrarle el lado bueno y me decía que poder estudiar con la beca al menos justificaba tanto fracaso. Entendí que yo había vivido equivocado en Bolivia y que el fútbol era eso: un deporte que jugábamos muchos y que perdíamos casi todos. 

 

 

 

 

 

[Publicado el 12/7/2014 a las 20:28]

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Valter Hugo Mãe: buenas noticias de Portugal

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El nombre de Valter Hugo Mãe se me cruzó por primera vez hace un par de meses, cuando leí en el diario El País un artículo que presentaba a la nueva generación de escritores portugueses. El más conocido de ellos es Gonzalo Tavares, de quien he leído cosas maravillosas (Agua, perro, caballo, cabeza) y otras no tanto (Aprender a rezar en la era de la técnica). Conocía a José Luis Peixoto, pero no a Valter Hugo Mãe, Afonso Cruz, Dulce María Cardoso o João Tordo. La casualidad quiso que me encontrara en Brasil junto en el momento en que se acababa de publicar A desumanização (Cosacnaify, 2014), la nueva novela de Mãe. Me dediqué a ella durante un par de días. Eso de "generación" puede ser un invento que solo sirve para los medios y las editoriales, pero Mãe no lo es. A juzgar por esta novela estremecedora, de ahora en adelante oiremos hablar mucho de este autor.

A desumanização está narrada por Halla, una niña islandesa que sufre el trauma de la muerte de Sigridur, su hermana gemela ("Niñas espejo. Todo a mi alrededor se dividió por la mitad con su muerte"). En su mundo solitario y alejado de la ciudad, rodeada de montañas, fiordos y volcanes, Halla encuentra, a partir de las mentiras benévolas de sus padres, la forma de ir construyendo una mitología poética que da sentido a su mundo: "Vinieron a decirme que la plantaban. Había de nacer otra vez, igual a una semilla tirada en aquel pedazo muy guardado de tierra. La muerte de las niñas es así, dijo mi madre... Y yo creí ingenuamente que, de verdad, la plantaron para que germinase de nuevo. Podría ser que brotara de allí un árbol raro para nuestro rincón abandonado en los fiordos. Podría ser que diese flor. Que diese fruto".

En el lenguaje de Mãe se encuentran resonancias del Faulkner de Mientras agonizo; en esa novela, en una de sus escenas más emblemáticas, a Vardaman le cuesta entender que su madre está muerta, y al ver el ataúd flotando en el río se le ocurre que ella un pez. En A desumanização, Halla piensa que Sigridur es, puede ser un árbol. Por cierto, Halla "sabe" que está muerta, pero no termina de asumirlo. Ver a Sigridur como una "niña plantada" es tener esperanzas de que ella regrese. No solo eso; Mãe también saca partido al tema literario del doble. La gemela muerta obliga a Halla a vivir con "dos almas" o con "un fantasma adentro"; es su forma de hacer que la hermana viva.      

La novela trata de otras cosas: de Heinar, el tonto del pueblo, que está enamorado de Halla y trata de seducirla; de la madre loca de Halla; del padre, impotente ante la muerte de su hija ("No escapaba de sí mismo. Andaba singular, y singular se abatía"). Todos ellos van configurando un mundo que puede leerse a la vez como descarnadamente realista y como un relato gótico de fantasmas. Una historia del presente, y también un cuento milenario, una fábula atravesada por los mitos islandeses. Una novela que también es poesía pura. Es cierto que se puede argumentar que, para su edad, el lenguaje de Halla es preciosista, muy literario. Perto también es cierto que a algunos autores, a algunos libros, estás dispuesto a perdonarles muchas cosas porque te rindes a su belleza, a su sabiduría: "Tal vez la muerte sea una manera de simplificar el alma", dice Halla, dice Valter Hugo Mãe en A desumanização, y yo le creo. 

 

(La Tercera, 26 de junio 2014)

[Publicado el 28/6/2014 a las 15:10]

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Un mar propio para Santa Cruz

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Hace un par de años llegué a Santa Cruz y a la salida del aeropuerto me llamó la atención un cartelón enorme en el que se veía una pareja feliz con el fondo de un mar turquesa, acompañada de una frase contundente: "Tu propio mar". No entendí muy bien de qué iba la cosa, pero luego, ya en la ciudad, después de ver más carteles publicitarios -una foto de tres niños ilusionados y un pedido a los padres: "comprales un pedazo de mar"-- y hablar con amigos, el panorama se fue aclarando. Todo tenía que ver con la explosión de urbanizaciones de lujo para la clase media-alta y alta en el Urubó -en el municipio de Porongo, al lado de la ciudad de Santa Cruz y ahora prácticamente una extensión de ella--, y con una competencia feroz por parte de los inversionistas inmobiliarios para cubrir o inventarse, de la manera más obvia posible, ciertas aspiraciones de clase, una de las cuales parece ser dejar atrás la ausencia de playas y mar, la molestosa mediterraneidad del país.

Algunos de los condominios de la zona del Urubó tienen nombres asociados al mar: Puerto Esmeralda, Playa Turquesa, Mar Adentro... Por los nombres, se podría pensar que se trata de asociarse al mar de la manera más abstracta y descontextualizada posible. Son muchos los colegios e institutos que en Bolivia tienen nombres como Antofagasta o Mejillones; allí la asociación al mar ha sido dolorosa y ha estado siempre conectada con la pérdida, con la guerra del Pacífico. Mejor, entonces, alejarse de esos recuerdos amargos y buscar lugares más amables: en Playa Turquesa se ofrece a los compradores de casas y departamentos la posibilidad de estar en "una playa del Caribe" sin necesidad de irse de la ciudad.   

Pero no solo se trata del nombre: se calcula que en en el Urubó hay unos diez proyectos de urbanizaciones que ofrecen, junto a áreas verdes y reservas ecológicas, lagunas artificiales donde se podrá nadar, tomar clases de buceo, navegar en kayak o hacer windsurf; también habrá muelles y malecones. Estas lagunas artificiales, de agua cristalina y con arena de playa blanca importada de los Estados Unidos, están siendo construidas por la compañía chilena Crystal Lagoons, que patentó la tecnología. En la década pasada estas lagunas se desarrollaron sobre todo en los países del Medio Oriente, pero ahora se han popularizado tanto que Crystal Lagoons tiene más de doscientos proyectos en todo el mundo. Felipe Pascual, director comercial de la compañía para el Latinoamérica, dijo sin ironía alguna, en una entrevista con un medio chileno, refiriéndose a Bolivia: "llevar este paraíso tropical, sus aguas cristalinas y vida de playa a los habitantes de una nación mediterránea es un orgullo para Crystal Lagoons".

Hace unos días me detuve en las oficinas de venta de Puerto Esmeralda, en el barrio Equipetrol. Había un par de kayaks a la entrada. Me atendió un señor amable, que me llenó de publicidad y cifras: la laguna artificial que proyectaban sería una de las más grandes del mundo. Habría 70.000 metros cuadrados de agua cristalina, 20.000 metros cuadrados de playa, 7.000 metros cuadrados de área para buceo y acuario. Mencioné los riesgos ecológicos de una laguna artificial, pero él respondió que la tecnología utilizada era totalmente eco-amigable. Me mostró la maqueta de la urbanización y me contó que trescientos de los mil doscientos terrenos disponibles ya habían sido vendidos; debía apurarme. Me regaló unas hojas en las que se repetía una frase -"La playa está de moda"- y en las que las fotos presentaban un lugar paradisíaco: arena blanquísima, mar turquesa, verde y azul por todas partes. Era, como dice el folleto de uno de esos condominios, "una perfecta réplica de mar". ¿Para qué demandas marítimas y tortuosas negociaciones diplomáticas que no conducen a nada cuando con cierto poder adquisitivo en la Bolivia de hoy se puede llegar al "mar" de un modo más directo?

 

(Qué Pasa, 18 de junio 2014)

 

 

 

 

[Publicado el 23/6/2014 a las 15:58]

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La larga conversación de Eduardo Coutinho

El pasado 2 de febrero, el cineasta brasileño Eduardo Coutinho (1933-2014) fue asesinado por su hijo Daniel. Daniel, que padecía de esquizofrenia, acuchilló a los padres (la madre recibió cinco cuchilladas y sobrevivió); al ver que su padre había muerto, fue a entregarse donde un vecino, a quien le dijo que había "liberado" a Eduardo. La noticia causó conmoción en el Brasil, pero pasó relativamente desapercibida en el resto del continente: los medios reportaban la muerte por sobredosis del actor Philip Seymour Hoffmann.

Llama la atención que alguien como Eduardo Coutinho, uno de los más importantes documentalistas latinoamericanos del siglo XX, no sea más conocido entre nosotros; es una de nuestras asignaturas pendientes con la cultura brasileña. A lo largo de cincuenta años, desde las primeras tomas que hizo casi por accidente a principios de los sesenta, Coutinho se especializó en captar la agitación del pueblo brasileño, en escuchar a gente de extracción popular y de clase media contando sus dramas; sus documentales se basaban sobre todo en el recurso de la entrevista. En plano medio o en close-up, Coutinho enfocaba a su entrevistado y se largaba a rodar; es sintomático de su estilo que uno de sus documentales más aplaudidos, Edificio Master (2002), en el que cuenta la vida de los habitantes de un edificio en Copacabana, no hay una sola imagen de exteriores: no se ven las bulliciosas calles ni la belleza natural que rodea a ese privilegiado lugar de Río. Todos sus documentales juntos pueden verse como una larga conversación de Coutinho con el pueblo del Brasil.

Coutinho hizo muy buenos documentales, pero es Cabra marcado para morrer (1985) la que le asegura la permanencia en la historia del cine. Simplemente, Cabra es el documental de un genio. Hacia 1962, Coutinho llegó a una región rural en el estado de Paraiba y se enteró de la muerte de un líder campesino a manos de la policía militar, en connivencia con latifundistas. Conmovido por la denuncia de la esposa del campesino, Elizabeth Teixeira, Coutinho pensó que sería una buena idea filmar su testimonio y recrear lo ocurrido utilizando a los mismos campesinos como actores del drama; hacía docu-ficción antes de que este subgénero echara a andar. En 1964, sin embargo, ocurrió el golpe militar, y Coutinho debió interrumpir su filme. Pensó que podría volver a filmar en un par de años, pero se equivocaba: al final, debió esperar hasta el final del período militar, en 1982, para retomarlo.

Coutinho contactó a Elizabeth, que había estado viviendo en la clandestinidad, y a los actores campesinos de las primeras tomas. Los reunió y les mostró lo que había filmado dieciocho años antes: pocas tomas más a la vez posmo y auténticas que las de los campesinos viéndose a sí mismos actuar cuando eran jóvenes. Cabra intercala escenas en blanco y negro de principios de los 60 con nuevas entrevistas a color de los años 80, y cuenta la forma en que los hijos de Elizabeth fueron entregados a parientes y amigos y perdieron contacto con su madre, y los intentos de recuperar ese contacto. El documental es un brillante testimonio del paso del tiempo en la vida de los campesinos, del paso de la historia por el Brasil profundo y luchador que sufre la represión militar y la ausencia de una verdadera reforma agraria. Es también la historia viva del género, desde el realismo social del cinema novo hasta el uso de recursos más vanguardistas en los años ochenta.

 

(La Tercera, 14 de junio 2014)  

    

 

 

[Publicado el 14/6/2014 a las 16:05]

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El Brasil que yo vi, más allá del orden y progreso

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A cien metros del departamento en que me alojaba en la Rua Santa Clara, en Río de Janeiro, había un pasadizo lleno de grafitis y murales. Un día vi un mural nuevo asomar en una de las paredes; contra un fondo rojo, aparecía un rostro y una exclamación: "¿Usted está ciego? No se respetan los derechos de las personas, ¿y va a gritar gol?" Ese mural captaba el tono del momento que vivía Brasil. En el país del fútbol, a poco días del mundial, apenas se respiraba un clima de entusiasmo. Los colores verdeamarillos aparecían, tímidos, en las vitrinas de las tiendas y restaurantes de la Avenida Nossa Senhora de Copacabana. Marvio, un periodista de O Globo, me dijo que el entusiasmo tardaría en explotar pero llegaría; lo que se estaba intentando era no provocar a los manifestantes opuestos al mundial ("la gente está equivocada: no somos el país del fútbol sino el de la fiesta; y el mundial es una gran excusa para tener varios días feriados y muchas fiestas").

Una noche, en la plaza Tiradentes, en una reunión de organizadores anti-mundial, escuché el resumen de su propuesta: las urgencias del país en materia de educación y salud debían ser más prioritarias que la organización de un evento deportivo. Los manifestantes eran sobre todo de clase media, blancos y de las principales universidades de Rio (querían ser progres y en muchas cosas lo eran, pero, anarquistas y todo, entre ellos discriminaban a las mujeres que tomaban la palabra). Su gran preocupación era establecer lazos con los habitantes de las favelas, pues ellos eran los que más sufrían la pobreza, la discriminación y la falta de infraestructura básica (agua potable, electricidad).  

Había visto cómo funcionaba esa discriminación. Una vez me invitaron a una fiesta en la favela Tabajares, entre Botafogo y Copacabana; costó encontrar un taxi que se animara a subir al morro, y eso que Tabajares es una de las favelas "pacificadas". Otro taxista, camino al aeropuerto, las señalaba mientras pronunciaba un discurso acusador: "vienen los campesinos a la ciudad, y viven en los morros y tienen muchos hijos y como no saben de qué vivir se dedican al crimen". Me dijeron que podía ser hincha de cualquier equipo en Río, menos del Flamengo, pues ése era de "favelados" (esa palabra puede definirse como: "gente ruidosa y vulgar que causa destrozos cuando pierde su equipo").

Un guía que hace tours de favelas -prohibidas por el gobierno de Río-- cuenta que los cariocas saben menos de ellas que algunos turistas; puede que sea cierto, que muchos habitantes se desenvuelvan dándole la espalda a esos cerros que salpican la ciudad y que están al lado de los barrios más lindos, los hoteles cinco estrellas, el hedonismo playero (de hecho, se recomienda no visitar las más grandes, como Alemão o Maré, en las que la policía militar se halla en plena guerra contra el narcotráfico). Pero las favelas no son invisibles, por más que uno se esfuerce en no verlas; están muy imbricadas en el día a día de la ciudad, desde el trabajo hasta el placer.

Los habitantes de las favelas se quejan del constante maltrato policial. Hablan de abusos por parte de los policías militares, mal entrenados y de gatillo fácil. A mí me sorprendió la forma en que los policías desenfundaban sus armas en lugares públicos; vi tres incidentes -uno de violencia doméstica, otro una infracción de tránsito y el último un robo a transeúntes--, en el que policías vestidos de civil aparecieron muy rápidamente para restaurar el orden. Sí, la policía estaba por todas partes, quizás en exceso, para asegurarse de que no habría incidentes que lamentar durante el mundial; pero no tranquilizaba nada la forma en que los policías sacaban el revólver y apuntaban a culpables e inocentes apenas se sucedía algo distinto a lo habitual (por cierto, también vi una manifestación de policías llevando a sus hijas en brazos y con pancartas en las que se quejaban de la violencia contra ellos).

El mito del Brasil es el del "hombre cordial" (una expresión acuñada por el historiador Sérgio Buarque de Holanda). Cordial, sin embargo, no significa solo "amable", como se suele entender, sino movido por sus pasiones, por intuiciones viscerales que van más allá de la razón (algo que Buarque entendía como producto de la mezcla de la cultura portuguesa con la negra y la indígena). Eso puede verse todos los días en el Brasil, a pesar de que en su bandera se lea la frase positivista "orden y progreso". Una noche asistí a una ceremonia de umbanda y vi a esos brasileños tan atildados durante el día, tan en traje de oficinistas, entrar en trance al compás de los tambores, cerrar los ojos, desmayarse. Hubo un momento de la ceremonia en que tanto desorden de los sentidos me perturbó; la matrona de la casa de oración se sentó en una silla en medio del recinto, fue coronada de flores, y regresó la paz. El Brasil turístico está al alcance de la mano, pero para encontrar al Brasil profundo no se necesita escarbar mucho.   

Los brasileños a veces actúan como si no supieran que viven en un imperio, que a pesar de sus problemas son una nación poderosa. Cuando les digo que estoy leyendo a uno de sus escritores, se sorprenden, como si no se sintieran merecedores de tanta atención. Se saben un gran país, pero de ahí a concitar la atención del mundo por el solo hecho de ser Brasil hay un largo trecho. Ahora los medios están pendientes de ellos, al menos por las próximas semanas. Hay quienes quisieran que Brasil solo mostrara su cara amable, pero no será así, por suerte. Veremos un Brasil más complejo del que se suele conocer. Un Brasil cada vez más capaz de mostrar su descontento ante un estado de cosas que podría ser mejor para mucha gente.

 

(El Deber, 8 de junio 2014) 

 

 

 

[Publicado el 13/6/2014 a las 17:18]

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Teju Cole vuelve a casa

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Teju Cole pertenece a una de las diásporas más enriquecedoras de la literatura contemporánea, la nigeriana (incluye entre otros a Helen Oyeyemi, Taiye Selasi y Chimamanda Ngozi Adichie). Cole se convirtió en un autor central gracias a Ciudad abierta, su segunda novela, que expandía el territorio abierto por W. G. Sebald a la vez que se alejaba de ciertos tópicos de la literatura de la inmigración. Su primera novela, Every day is for the thief (2007), acaba de ser publicada en los Estados Unidos. Ambos libros tienen puntos en común, sobre todo la presencia de un narrador que construye su relato a partir de su inquieto deambular por una ciudad: allá, Nueva York, aquí, Lagos. Hay, sin embargo, una diferencia central: si la Nueva York de Ciudad abierta se abre a múltiples posibilidades para el narrador, la capital nigeriana de Every day parece abierta a todos excepto para el narrador; el retorno a casa es la imposibilidad del retorno a casa. 

Every day is for the thief es la historia de un inmigrante nigeriano que vuelve a Lagos después de vivir quince años en el exterior. Cole no se esfuerza mucho por construir una "novela" en el sentido tradicional del término: el género es más bien un medio para un fin. En su estadía en Lagos, el narrador se encuentra con familiares, viejos amigos y amores pasados, pero no hay esfuerzo por extraer un gran conflicto de esos (des)encuentros. Pese a que hay escenas memorables, la psicología de los personajes no se complejiza lo suficiente. Todo sirve para que el escritor vaya armando una tesis sociológica sobre la Nigeria de hoy. Ahí Cole está en su elemento, y sus observaciones son agudas, mordaces, poéticas, tragicómicas, elegantes (las fotos en blanco y negro que acompañan el relato son también suyas y muestran su gran ojo para la composición).

La estructura de cada capitulo es similar: el narrador observa algo del nuevo Lagos que le llama la atención y extrae conclusiones. Ese nuevo Lagos crece de manera imparable, pero su creatividad parece sobre todo dirigida a buscar nuevas formas de practicar la corrupción. Están los jóvenes que en los cafés internet piden millones de euros por email ("los que cuentan las mejores historias son muy bien recompensados"); los policías que te detienen para pedirte unos dólares; la vendedora de la estación de gasolina que te da menos de lo que te cobra; para los nigerianos, "dar y recibir sobornos... no es visto en términos morales. Es una leve irritación o una oportunidad". Nigeria se desarrolla, pero la suya es más bien una modernidad falsa, que no produce nuevas formas de pensar: "no existe el material filosófico para lidiar con los bienes materiales que los nigerianos consumen. Volamos en aviones pero no los producimos... usamos celulares pero no los hacemos" (la forma en que Cole piensa Nigeria es un buen punto de partida para preguntarnos qué estamos haciendo en el continente con el progreso económico de los últimos años).

El ethos del narrador está cerca de la sinceridad brutal e incorrección política de un Naipaul: puede admirar muchas cosas de Lagos y conmoverse ante los recursos con que los nigerianos afrontan el día a día, pero no esconde su mirada pesimista de snob a esta ciudad carente de buenas librerías e incapaz de apreciar el arte occidental (los museos son patéticos, y tampoco es fácil conseguir un buen profesor de piano o violín). Reconoce que Nigeria es una mina de historias para un escritor como él, pero su nivel de tolerancia es muy bajo como para sobrevivir en un ambiente tan precario (los primeros días disfrutaba de los intempestivos cortes de luz; al final es superado por ellos). Así Lagos se cierra para el escritor expatriado; o quizás fue el escritor el que, al irse, se cerró para Lagos.

 

(La Tercera, 1 de junio 2014)    

 

 

 

[Publicado el 04/6/2014 a las 15:54]

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Biografía

Edmundo Paz Soldán (Cochabamba, Bolivia, 1967) es profesor de Literatura Latinoamericana en la Universidad de Cornell. Es autor de diez novelas, entre ellas Río Fugitivo (1998), La materia del deseo (2001), Palacio Quemado (2006), Los vivos y los muertos (2009) y Norte (2011); y de los libros de cuentos Las máscaras de la nada (1990), Desapariciones (1994), Amores imperfectos (1998) y Billie Ruth (2012). Ha coeditado los libros Se habla español (2000) y Bolaño salvaje (2008). Su libro más reciente es Iris (Alfaguara, 2014). Sus obras han sido traducidas a diez idiomas, y ha recibido numerosos premios, entre los que destaca el Juan Rulfo de cuento (1997) y el Nacional de Novela en Bolivia (2002). Ha recibido una beca de la fundación Guggenheim (2006). Colabora en diversos medios, entre ellos los periódicos El País y La Tercera, y las revistas Etiqueta Negra, Qué Pasa (Chile) y Vanity Fair (España). 

Bibliografía

Iris (2014). Alfaguara

 

Portada 'Los vivos y los muertos' 

Norte (2011). Mondadori

 

 

Billie Ruth (2012). Páginas de Espuma

 

 

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