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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

domingo, 24 de julio de 2016

 Río Fugitivo / Blog de Edmundo Paz Soldán

Los diarios tempranos de José Donoso: la vida es literatura

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José Donoso. fuente: La Tercera

La consolidación del diario como género literario fundamental se encuentra entre las cosas más relevantes ocurridas en la literatura latinoamericana contemporánea. Han quedado atrás las épocas en que se especulaba que el diario no tenía vigencia en el continente porque, a diferencia del mundo anglosajón -en el que el diario ocupa hace rato un lugar importante--, no estábamos acostumbrados a escarbar en la intimidad; resulta que se escribían muchos diarios, solo que no se publicaban. La publicación del primer volumen de los Diarios de Ricardo Piglia fue uno de los acontecimientos literarios del año pasado; los Diarios tempranos de José Donoso (Ediciones UDP), editados rigurosamente por Cecilia García-Huidobro, lo serán sin duda de este año.

Los cuadernos que sirven de base a los Diarios tempranos, almacenados en la universidad de Iowa, cubren el período de 1950 a 1965 y funcionan como una precuela a Correr el tupido velo, el maravilloso y desasosegante libro que Pilar Donoso escribió basada en la correspondencia y los diarios de su padre almacenados en Princeton (cubren el período que va desde 1966 hasta la muerte de Donoso en 1996). En este período inicial, Donoso todavía no era descarnado como lo sería en sus diarios de principios de los 70, por lo que Diarios tempranos no tiene el impacto emocional de Correr el tupido velo. Sirve, sin embargo, como registro fascinante de la magnitud con la que Donoso entrelazaba vida y literatura: ambas eran lo mismo para él.    

Los Diarios tempranos son una creación conjunta de Donoso y García-Huidobro; es la investigadora quien ha seleccionado el material y ha tomado la decisión acertada de separar las notas de Donoso en base a temas: hay capítulos dedicados al crítico, otros al periodista, otros al narrador que apunta ideas para cuentos y novelas; los dos últimos están entre los más interesantes y se centran en la escritura de Coronación y El obsceno pájaro de la noche. Ahí está, en una anotación del 25 marzo de 1959, el germen de El obsceno: "Idea para un cuento: basándome en ese aristocrático niño deforme que vi pasar una vez en un auto de lujo con patente de Colchagua... Llamarlo ‘El último Azcoitia'".

En los Diarios tempranos uno puede ver a un Donoso sin falsas modestias ("El ‘Azcoitia' puede resultarme maravilloso y completamente decisivo para mi producción: me pongo sin duda en la línea creadora Borges-Cortázar-Kafka, etc"), capaz también de una feroz autocrítica: "tampoco me gusta este cuento, es pobre, no tiene nervio. No tiene más que una humanidad de cartón". Se trata de un Donoso que mezcla libremente el español con el inglés ("inspiration seems to have found me again"), que no para de leer y usar sus lecturas como modelos para su escritura ("escribir un cuento sobre la mujer soltera de 30 años tipo Marcela Vicuña. Tengo que fijarme mucho en la Eugenia Grandet de Balzac para hacerlo bien"), y que no tiene reparos a la hora de descartar textos o reescribirlos completamente. Asistimos a la forja obsesiva de un escritor: no hay escándalos de la intimidad contados directamente, todo se transmuta en escenas, personajes, literatura. 

 

 

(La Tercera, 16 de julio 2016)

[Publicado el 20/7/2016 a las 15:33]

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El infierno de Wolfgang Hilbig

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            ¿Reunificación de una comunidad o ruptura y desunión? Ahora mismo, en Europa, se discuten acaloradamente las virtudes y defectos de esas opciones. La gran mayoría se decantará por alguna, pero hay espíritus intranquilos para los cuales no sirve ni la una ni la otra. Wolfgang Hilbig (1941-2007), un escritor de la Alemania Oriental, era uno de ellos: disidente del régimen pro-soviético de su país y perseguido por la temible Stasi, una vez caído el muro de Berlín tampoco pudo encontrar su lugar en la Alemania unificada y se convirtió en uno de sus críticos más estridentes; para Hilbig, no había pacto social justo con el individuo, y la vida en la tierra era un infierno sin atenuantes. Hilbig, canonizado en Alemania, es poco conocido más allá de su país, pero eso está cambiando. Su libro de cuentos The Sleep of the Righteous (Two Lines Press), recién publicado en los Estados Unidos -con una maravillosa traducción de Isabel Fargo Cole--, es un buen lugar para comenzar (hace unos años Losada publicó su novela Yo; es lo único que está traducido al español).

            The Sleep of the Righteous es una velada autobiografía en siete cuentos, cuatro de ellos ambientados en la Alemania pre-unificación y el resto en la unificada. La historia que se cuenta es la de un niño en una desolada ciudad minera cerca de Leipzig, que crece junto a las mujeres de su familia (no hay muchos hombres alrededor: su padre, como el de sus compañeros, ha muerto en la batalla de Stalingrado), y que, poco a poco, va encontrando su identidad como escritor. Las intrincadas frases de Hilbig captan perfectamente la atmósfera de esa ciudad minera en la que la asociación con lo infernal es tanto simbólica como literal: los niños juegan en la calle, en medio de "un depósito infinito de polvo que avanzaba hasta los huecos de las escaleras de las casas y parecía brillar en medio del sol del mediodía", y hay minas en las que en la base del lignito del fondo las cenizas todavía arden y se reflejan las ascuas del "profundo fuego del infierno".

            Como un buen escritor en la tradición romántica, Hilbig encuentra equivalencias descriptivas para dar cuenta de los traumas de la historia: esos paisajes devastados de la infancia muestran la descomposición moral de un país que se asoma fragmentado al día después de la segunda guerra mundial. Si la Stasi montó su gran red de espías, era porque los ciudadanos de la Alemania Oriental eran sus cómplices voluntarios, como sugiere "The Afternoon": "lo hacían gratis, solo para mostrar cuánto les importaba la ley y el orden en ese pueblo". Pero en "The Memories", el narrador, ya instalado en la Alemania unificada, tampoco encuentra consuelo, pues si bien el mundo que dejó atrás es "el cólera", el nuevo país es "la plaga". Cuando regresa a la ciudad de la infancia, encuentra las fábricas cerradas y a los hijos de sus conciudadanos mirando al mismo futuro deprimente de siempre.

            Hilbig es un escritor realista cuyas tramas adquieren siempre connotaciones alegóricas e insinúan una verdad inquietante que trasciende los hechos, como en "The Memories", que menciona a una deidad del subsuelo como posible responsable de alterar la fisonomía de los trabajadores mineros -el "dios negro... había alterado la sangre en sus venas, por ellas fluía algo más oscuro y más lento"-: ¿es la historia la culpable de su disolución, o es esa deidad maléfica? ¿O son una las dos?

En "The Dark Man", el mejor cuento del libro, el narrador se encuentra con el informante de la Stasi encargado de su caso, el hombre que ha leído todas sus cartas a lo largo de las años y ha impedido que lleguen a manos de su amante: ese hombre es su enemigo, pero al mirarse en el espejo descubre que él se parece mucho al informante. El cuento sugiere que quizás él mismo sea el informante. No hay respuestas fáciles en el mundo opresivo de Hilbig, y nadie se libra de la culpa.

 

(La Tercera, 26 de junio 2016)

 

 

 

 

 

[Publicado el 30/6/2016 a las 21:59]

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Iain Sinclair en la carretera

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Cuando estudiaba en Alabama viajé a Oxford, Mississippi, a conocer Rowan Oak, la casona de William Faulkner durante más de treinta años. Quería ver el lugar donde un escritor que admiraba había escrito sus grandes obras. Me sorprendió descubrir cuán chico era el escritorio donde trabajaba, leer en una pared el esquema de una novela (descifré: "SUNDAY... return to the grave, the body has vanished") y aprender que a veces, borracho y cansado, Faulkner simplemente se dormía en el piso.

Para quienes buscamos el aura de un escritor admirado a través de sus lugares privilegiados, el galés Iain Sinclair es una suerte de ejemplo excesivo; gran experto en las "mutaciones del inmutable Londres" -ver, por ejemplo, La ciudad de las desapariciones (2015)--, en su reciente American Smoke: Viajes al final de la luz (Alpha Decay), en impecable traducción de Javier Calvo, cambia de rumbo y emprende una excursión a los Estados Unidos de los escritores que le han enseñado a leer y ver (sobre todo la generación Beat). El viaje incluye desvíos al Vancouver de Malcolm Lowry y William Gibson e incluso al Blanes de Bolaño (que aparece aquí como lo que un escritor anglosajón entiende que es el chileno: la mejor reencarnación del espíritu Beat para este siglo).

Como cronista, Sinclair no está necesariamente buscando a estos escritores para que le entreguen una frase reveladora, la clave para comprender mejor su obra; cuando, por ejemplo, se desplaza a Lawrence, Kansas, para conocer a Burroughs, escribe: "Yo no necesitaba que el gran hombre dijera una sola palabra. Solamente quería la oportunidad de ver si existía en forma física antes de que dejara de existir". Lo que se encuentra en esta exploración "psicogeográfica" a través de grandes distancias y espacios "claustrofóbicos" puede ser el artista, o el lugar, ambas cosas (o ninguna): Sinclair quiere llegar a la cabaña de Lowry en Dollarton porque "la idea de que se tirara esde su embarcadero destartalado y se zambullera en el agua fría del Entrante de Burrard había sido más potente que mi lectura de Bajo el volcán".

La prosa de Sinclair está llena de matices, se retuerce en cada frase; conexiones inusitadas se despliegan, hay chisme y erudición al por mayor, y se asume mucho del lector: sabemos de los Beat, pero no tanto de Charles Olson y los poetas de Black Mountain, con los que comienza agresivamente American Smoke. Uno tarda en entrar en ritmo, pero cuando lo hace, no para; hay perfiles magníficos (Gregory Corso "caminaba de punta a punta de su cabaña prestada, inflando sus confesiones hasta convertirlas en jactancias"), coincidencias imposibles, proyecciones desaforadas ("Blanes, lo reconocí, era un buen lugar para escribir. Tenía un poco el mismo espíritu que nuestro Hastings inglés: descartado, mitificado, venido a menos") y también momentos de iluminación (el viajero Burroughs dice: "el lugar no es importante. Me he pasado la vida buscando variedades superiores de aburrimiento. Un tercio de lo que escribo viene de los sueños, de ninguna parte en absoluto").

Sinclair recuerda un par de frases de Julian Barnes: "¿Por qué la escritura nos hace perseguir al escritor? ¿Por qué no basta con los libros?" En su caso, la sospecha es que su fascinación con Kerouac y compañía es una forma de compensar la intensidad que le falta a su vida y a la de los escritores de su generación en el Reino Unido. Es una obsesión que al final del libro, después de tanto viaje, parece curada: "sus intensidades nunca serían mías". No importa: queda American Smoke, el fanático y maravilloso recuento de esa adoración.

   

(La Tercera, 12 de junio 2016)

[Publicado el 17/6/2016 a las 00:02]

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El Diario argentino de Gombrowicz

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La editorial Cuenco de Plata acaba de reeditar el Diario argentino de Witold Gombrowicz, el octavo libro de la Biblioteca Gombrowicz. Este libro está extraído de las mil páginas del Diario del escritor polaco, enfocado en los textos relacionados con la Argentina escritos cuando Gombrowicz vivía en Buenos Aires, de 1939 a 1963. Juan José Saer se quejó con razón del "desmembramiento... por la sencilla razón de que todo el Diario es argentino, [su] razón es la experiencia argentina", incluso en las secciones no relacionadas con ella o no escritas en Buenos Aires. Aun así, vale la pena detenerse en estas páginas, pues en ella se encuentran reflexiones fundamentales para la cultura argentina y latinoamericana.

El tema fundamental de la obra de Gombrowicz -desplegado fundamentalmente en Ferdydurke (1937)-- fue "el demonio de la inmadurez", conectada con la juventud, un valor que no necesita de otros y que, al ser incompleta y anárquica, es capaz de poner en jaque toda la jerarquía de valores. A partir de esa fascinacion no le fue difícil entender a la Argentina, un país joven que tenía virtudes de las que carecía Europa: "menos lastre, menos peso heredado: la historia, la tradición, las costumbres". Era inevitable entonces que rechazara al grupo Sur que presidía Victoria Ocampo, y que fuera rechazado por ellos: "A mí lo que me fascinaba del país era lo bajo, a ellos lo alto. A mí me hechizaba la oscuridad de Retiro, a ellos las luces de París... ¡Ah, dejar de ser jóvenes! ¡Ah, tener una literatura madura! ¡Ah, igualar a Francia, a Inglaterra!" Gombrowicz reconocía el talento de Borges, pero lo encontraba muy cosmopolita y europeizante; no veía aquello que luego señalaría Piglia con tanto acierto: que aunque eran otros los caminos, Borges estaba tan preocupado como Gombrowicz por reflexionar sobre la forma en que una literatura periférica y una lengua marginal podían insertarse en la cultura mundial. 

En el Diario argentino se encuentran momentos icónicos, como cuando en el café Rex de la calle Corrientes, un grupo de escritores liderado por el cubano Virgilio Piñera daba la última redacción a la traducción de Ferdydurke del polaco al español, que había emprendido Gombrowicz y que luego continuaron unos amigos, revisando palabra por palabra la labor del polaco ("pronto la traducción comenzó a atraer gente y algunas sesiones del Rex se vieron colmadas de asistentes"); hay un rechazo a las menciones a su homosexualidad, pero sugerencias claras, más bien escasas, de su interés en los hombres ("volvía a esa situación, la más profunda, la más esencial y la más dolorosa de todas las mías: yo, caminando tras un muchacho de la calle"), que se harán más explícitas en Kronos, el diario secreto de Gombrowicz publicado tres años atrás por su viuda Rita en Polonia (para la confusión: hay un Diario, y un Diario argentino, y un diario detás del diario llamado Kronos); están sus lecturas -Simone Weil, Proust--, sus viajes a la provincia (Tandil, Santiago del Estero), su preocupación nada modesta por la forma en que se extendía su fama ("estoy creciendo en Polonia. Estoy creciendo también en otras partes... ¡El proceso de agigantamiento de mi persona está asegurado por muchos años!").

Gombrowicz se equivocó al escribir que su pasión hacia Argentina nació cuando se alejó de ella; el diario muestra que esa pasión estaba ahí desde el primer momento en que llegó a esa nación "exótica, displicente, impávida, consagrada a lo cotidiano" e intentó entenderla obsesivamente.  

   

(La Tercera, 29 de mayo 2016)

[Publicado el 31/5/2016 a las 12:57]

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"Morir un poco para vivir por siempre": Cero K, de Don DeLillo

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 ¿Qué hace el visionario el día después de que se hayan cumplido sus visiones? Quizás las últimas obras de Don DeLillo no se hayan contado entre sus más brillantes porque no debe ser fácil escribir después de que se hiciera realidad el apocalíptico corazón negro en torno al cual giraba su obra (el atentado a las Torres Gemelas). Cero K (Seix Barral), la más reciente novela, tampoco está a la altura de sus grandes clásicos -qué difícil es, para cualquiera, enfrentarse a Ruido blanco (1985) o Libra (1988)--, pero es muy buena, lo mejor que ha escrito desde Submundo (1997): sus obsesiones de siempre vuelven a servirle para apuntar al zeitgeist de esta década, en el que "la ciencia bañada en irreprimible fantasía" promete descaradas utopías individuales y colectivas.

            Cero K es un capítulo más en el continuo avance de la ciencia ficción como un nuevo realismo: el millonario Ross Lockhart -padre del abúlico narrador, Jeff-- quiere criopreservar el cuerpo de su segunda esposa, Artis, que sufre una enfermedad terminal. Junto a otros socios, ha invertido en la Convergence, un instituto secreto localizado entre los Urales y Siberia, que promete vida eterna a sus clientes: ha desarrollado técnicas para preservar cuerpos de modo que, en el futuro, con los avances biotecnológicos, estos sean reanimados y adquieran inmortalidad. Ciencia: en los Estados Unidos hay varios institutos como el que describe DeLillo (el más conocido es el Alcor Life Extension Foundation); ficción: se han logrado avances en la criopreservación, pero todavía falta lo más difícil, que es la tecnología capaz de reanimar los cuerpos preservados.

            En Ruido Blanco, DeLillo señalaba que, en una sociedad en la que ha triunfado lo artificial, lo único verdaderamente auténtico es el miedo a la muerte. Cero K atrapa ese miedo, conjugado con la melancolía de la llegada del fin: los sueños de Ross son un gesto de rebeldía ante la finitud de la vida, "un período tan breve que lo podemos medir en segundos". De nada vale decir que es la muerte aquello que nos hace humanos: la "tecnología basada en la fe... otro dios, no tan diferente de los anteriores", puede permitir que unos cuantos -los miembros del 1%-- se impongan a las razones biológicas que llevan al fin.

            Jeff tiene buen ojo para captar el look postmoderno de las instalaciones del instituto -Convergence es una mezcla de un edificio de la Cientología con una instalación artística, con el mejor uso de maniquíes en la narrativa desde los tiempos de Felisberto Hernández--, pero su vida anodina y su mirada clínica ante el drama que ocurre ante sus ojos -una madrastra cuya muerte se acelerará, un padre tentado de seguir sus pasos- impiden que se convierta en un personaje memorable: él es más una mirada --¿la de DeLillo?- que otra cosa. El fascinante monólogo de Artis ya iniciando el proceso de criopreservación -el "ping ping ping" de su cerebro- podía haber sido más desarrollado. Hay una subtrama fallida con Stak, el hijo de la pareja de Jeff, con un desenlace que abusa de la coincidencia.

DeLillo intuyó hace rato que todo aquello que percibimos está mediado por el cine, la televisión, el arte: no podemos ver nada de forma directa o "auténtica". Por eso no es casualidad que el gran triunfo de esta novela, aparte de las reflexiones agudas sobre la mortalidad, sea la escena en la que Jeff se asoma a la sección de criopreservación y se encuentra con "largas columnas de hombres y mujeres desnudas, en suspensión congelada". Esto es cine clase B -Coma, por ejemplo- elevado a instalación artística: "espectáculo puro, una single entidad, los cuerpos majestuosos en su postura criónica. Una forma de arte visionario, arte corporal con amplias implicaciones".

  

 (La Tercera, 15 de mayo 2016)

 

 

 

 

 

 

 

[Publicado el 17/5/2016 a las 14:53]

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"Su magestad" en el Congreso de la Lengua

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San Juan, sede del Congreso de la Lengua

Llegué tarde a la ceremonia de inauguración del Congreso de la Lengua en San Juan. Creí que no me perdería de nada, convencido de que, como suele ocurrir en estos casos, todo no pasaría de los huecos, inofensivos ejercicios retóricos que nos gustan tanto. Sin embargo, esta vez en los discursos se dijeron cosas poco diplomáticas que se convirtieron en el centro del debate. En su alocución, Victor García de la Concha, director del Instituto Cervantes, se mostró orgulloso de que por primera vez el congreso se llevara a cabo en un país no hispanoamericano; el rey Felipe de España dijo sentirse feliz de volver a los Estados Unidos.

Al leer que Puerto Rico es a la vez un estado "libre" y "asociado" de los Estados Unidos, es fácil confundirse; como dice la escritora Marta Aponte, la isla, "en cuanto a entidad jurídica, debería exhibirse en un gabinete de curiosidades". En la base de su situación colonial está un caso de 1901 que obligó a la Corte Suprema de Justicia de los Estados Unidos a pronunciarse con un argumento claramente discriminatorio: Puerto Rico "pertenece a, pero no es parte de los Estados Unidos". Es entonces un territorio colonial, un botín de guerra no incorporado del todo al país. Los puertorriqueños tienen pasaporte norteamericano pero no pueden votar; dependen del imperio, pero su identidad está muy arraigada en la cultura hispanoamericana. El escritor Eduardo Lalo lo afirma con claridad: "en el supuesto de que un día, Puerto Rico llegue a formar parte de Estados Unidos en plenitud, seguirá siendo Hispanoamérica".
Las palabras de García de la Concha y el rey Felipe no son simples lapsus; demuestran que una idea decimonónica del panhispanismo todavía sigue vigente entre las instituciones españolas; también, como sugieren fuentes diplomáticas al periódico El País, que era muy importante para España que Estados Unidos no viera el congreso como una provocación. De golpe y plumazo, el esfuerzo de Puerto Rico por organizarlo fue echado simbólicamente por la borda: resultaba que para algunas de las instituciones españolas más representativas, Puerto Rico era un país extraño a ese gran territorio de la lengua que se estaba celebrando en estos días. Quizás por eso, a manera de venganza -intencional o no-- en la retransmisión televisiva del discurso del rey, los rótulos se hayan referido a él, al menos por un rato, como "su magestad".
El embrollo puede tratar de entenderse a partir del choque de lógicas opuestas -la de la resistencia y la de expansión-- articuladas detrás del congreso: como sugiere el crítico y editor Gustavo Guerrero, mientras que Puerto Rico creía haber sido elegido para organizarlo por su capacidad cultural de resistencia, por haber afirmado su pertenencia al ámbito de la lengua española pese a los embates de los Estados Unidos, las instituciones españolas parecían haber elegido a Puerto Rico como un punto de entrada a ese mundo que les interesa tanto, al de los latinos en los Estados Unidos.
Durante los días que duró el congreso hubo presentaciones brillantes - Álvaro Pombo y una performance sobre Juan Ramón Jimenez y su obra; Luis Felipe Fabre y la lectura de su "Sor Juana y otros monstruos: una ponencia en verso", ya un texto fundamental de la poesía latinoamericana contemporánea--. Se notó el esfuerzo desplegado por los organizadores para armar debates que llevaran al español a lugares no muy transitados, como el de su relación con la ciencia o el de su presencia en las nuevas tecnologías de la comunicación; lamentablemente, las intensas discusiones que produjeron quizás no sean tan recordadas como un par de discursos inaugurales, convertidos esta vez en -las palabras son de Lalo- "actos de barbarie".

 

(La Tercera, 20 de marzo 2016)

[Publicado el 20/3/2016 a las 20:38]

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Evo en su laberinto

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El No ha triunfado en el referendo llevado a cabo en Bolivia para decidir si Evo Morales podía volver a postularse en las próximas elecciones. Más allá del resultado, la foto que arroja el referendo es compleja: después de diez años de gobierno del MAS, se ha vuelto a esos tiempos de polarización y "empate catastrófico" a los que Evo debió enfrentarse cuando comenzaba su mandato.

            Quizás Evo se arrepienta de ese momento en que creyó que era una buena idea reformar una Constitución aprobada por su partido menos de una década atrás para que él y el vicepresidente García Linera pudieran intentar postularse por cuarta vez consecutiva. Pero, ¿quién podría haber imaginado este resultado? En las elecciones del 2014, Evo había logrado el 61% y su partido consolidaba una hegemonía nacional. La bonanza económica, el robusto crecimiento anual, la ausencia de una oposición viable, eran ideales para administrar la hegemonía e ir dejando el espacio necesario para la proyección de nuevos líderes al interior del partido.

            Evo no contaba con que en las áreas urbanas se vería su deseo de quedarse no como un gesto de desprendimiento necesario para profundizar el "proceso de cambio", sino como un burdo intento de perpetuar a una nueva élite política-económica en el poder (mucha gente le hizo observaciones atinadas al presidente; en otros volvió la lacra del racismo). Tampoco contaba con que las acusaciones de corrupción terminarían alcanzándolo a él, que siempre proyectó una imagen de gobernante impoluto. Si el caso del Fondo Indígena -un enorme desfalco con proyectos fantasmas-- golpeó al partido, el caso Zapata -la revelación de que una expareja de Evo, con quien había tenido un hijo ocho años atrás, era la lobista principal de un consorcio chino que recibió muchos proyectos del gobierno-- tiró al presidente por los suelos. Si la política es, sobre todo, la administración de las crisis, ni Evo ni su partido supieron enfrentarse a la avalancha de acusaciones de las últimas semanas: no dieron respuestas satisfactorias (hasta ahora no las dan), recurrieron al gesto soberbio del que se sorprende de que sus subordinados le pidan rendición de cuentas, e infantilizaron a la ciudadanía, agitando el fantasma de Estados Unidos como el culpable de los ataques. De paso, García Linera también debió admitir que mentía cuando decía que tenía licenciatura y posgrado en una universidad mexicana. Por esas mentiras caen gobernantes en otros países.

            Así llegamos a esta resaca post-electoral, con un presidente dolido al constatar que ya no lo quieren tanto como antes y un país que vuelve a la división campo/ciudad. No todo está perdido: Evo y el MAS tienen tres años y medio para reconducir el "proceso de cambio" y hacer la revolución ética que se les reclama; la oposición debe reinventarse y articular un proyecto de país que seduzca a la gente; muchos ciudadanos, tan políticamente activos hoy, tan vigilantes con la corrupción, deben enfrentarse a la vieja herencia racista. ¿Aprenderemos la lección?

 

(El País, 23 de febrero 2016)

 

[Publicado el 27/2/2016 a las 13:11]

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Sergio Galarza: Tiempo de duelo

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            Hace cuatro años que leí por primera vez, en un café madrileño, Una canción de Bob Dylan en la agenda de mi madre (Montacerdos), del escritor peruano Sergio Galarza (1976), en una versión inicial. Había leído novelas (Paseador de perros), crónicas (Los Rolling Stones en Perú) y libros de cuentos (Todas las mujeres son galgos) muy buenos de Sergio, pero no estaba preparado para el impacto emocional de estas memorias sobre los últimos días de su madre, escrita con una prosa directa y concisa, sin afectaciones. Ahora que las he vuelto a leer, y pese a que el subgénero de los hijos que escriben sobre sus padres ha sido usado y abusado últimamente, descubro, entusiasmado, que no ha perdido nada de su poder. Nombres rutilantes han escrito sobre el tema en la literatura latinoamericana, pero este es el libro que más me ha llegado y que recomendaría.

            Galarza se mete de lleno en la historia desde el primer párrafo: "Durante la madrugada había chateado con mi hermana Lupe que vive en Seattle, confirmando las peores sospechas: a nuestra madre, mi vieja, como la he llamado siempre con cariño al nombrarla frente a amigos y extraños, no le quedaba mucho tiempo. El cáncer estaba generalizado". El libro se enfoca en ese período que va desde que Galarza se entera de la enfermedad de su "vieja" hasta el predecible final: tiempos de pensamiento mágico, en los que el autor cree que si hace ciertas cosas puede mantener a su madre con vida ("si mi equipo ganaba todos los partidos ella se recuperaría"); pero hay mucho más, pues el libro se abre a explorar los vínculos intensos del escritor con su madre --comenzando por esa infancia feliz en la que ella lo acompañaba a sus partidos de fútbol en la Lima de los ochenta, y era su hincha más "feroz"--  y las relaciones con su padre desapegado y sus hermanos Daniel y Lupe.

            Una canción de Bob Dylan captura una verdad profunda de las relaciones afectivas: solemos fallarles con frecuencia a los seres que más queremos, precisamente porque los queremos y sabemos que de todas maneras estarán ahí para nosotros ("Le escribía correos de tres líneas como máximo, y más largos si le pedía un favor... Mi madre me reclamó una vez que no le hubiera dedicado ningún libro"). Galarza desgrana los momentos en que se avergonzó de su madre: ella, una abogada querida y respetada, tenía veleidades literarias, y él no estaba interesado en leer sus manuscritos; ella venía a visitarlo en Madrid -ciudad a la que él se muda para desarrollar su carrera literaria--, y él no la acompañaba a los lugares a los que ella quería ir. Es un excelente autorretrato, el del chico reacio a expresar sus sentimientos, que también es un rebelde dado a las drogas y a las peleas, un fanático del fútbol y del skate que sueña con ser escritor y se esfuerza por ocultar el lado explosivo de su carácter a una madre comprensiva que ha depositado toda su fe en él.

            Galarza, ya convertido en escritor, reconstruye la visita de su madre a Madrid el 2009, la última vez que estuvieron juntos, gracias a una agenda de ella, "organizada y maniática". Están todos los gastos y las visitas, y, sorpresivamente, la letra de una canción de Bob Dylan en la penúltima página. Esa canción es un símbolo del desencuentro: el escritor fanático de Dylan, que escuchó "Blowin' in the Wind" con su madre en una carretera de Madrid a La Coruña, no sabía que ella, ya afectada por el cáncer pero sin decírselo a nadie ni intentando un tratamiento para salvarse o al menos alargar su vida ("aguantaría hasta que su cuerpo dijera basta y el secreto de su enfermedad se revelara por sí solo"), se estaba haciendo en silencio las mismas preguntas de la canción. Es un momento para la culpa, pero también el principio de la sabiduría.

 

 (La Tercera, 21 de febrero 2016)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

[Publicado el 25/2/2016 a las 14:16]

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La curiosa paradoja de Marcel Schwob

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La felicidad estos días ha sido mi descubrimiento tardío de Marcel Schwob (1867-1905). Pese a tener en mi biblioteca un ejemplar de Vidas imaginarias desde hace más de diez años, no lo leí hasta que la semana pasada llegó por correo la edición de sus Cuentos completos que acaba de publicar la editorial Páginas de Espuma, en una maravillosa edición y traducción de Mauro Armiño. Pensé equivocadamente que el escritor francés era autor de un solo libro, pero luego descubrí que esos cinco años intensos en los que se concentra prácticamente toda su obra -de 1891 a 1896- fueron suficientes para seis libros notables y setecientas páginas sin desperdicio.

Hay una curiosa paradoja en Schwob: escribía obsesivamente sobte la antigüedad grecolatina y la edad media, pero lo hacía rompiendo con las formas decimonónicas al uso y apuntando más bien a varios de los caminos por los que circularía la narrativa del futuro: en Vidas imaginarias están sus relatos inventados de personajes conocidos, de Empédocles a Petronio, a los que el Borges de La historia universal de la infamia les debe muchísimo; La cruzada de los niños es una historia contada a través de múltiples perspectivas, un modelo para el Faulkner de Mientras agonizo; en El libro de Monelle hay un prólogo que bien puede haber servido de punto de partida para todos los manifiestos vanguardistas del siglo veinte: "Esta es la palabra: Destruye, destruye, destruye. Destruye en ti mismo, destruye alrededor. Haz sitio para tu alma y para las demás almas... Destruye, pues toda creación viene de la destrucción... Y para imaginar un nuevo arte, hay que romper el arte antiguo... Pues toda construcción está hecha de escombros, y nada es nuevo en este mundo más que las formas".

Schwob coqueteaba con los movimientos simbolistas y decadentes, pero guardaba su mayor admiración por el rigor narrativo y la imaginación desbordada de Stevenson: de ese cruce salieron sus mejores textos, que hurgan en torno a miedos y ansiedades viscerales, insinuando que la verdad más oculta puede que esté al interior de nosotros mismos ("El hombre doble", "El hombre velado"). Sus cuentos están escritos con una prosa siempre deslumbrante y precisa y muestran una gran capacidad para la composición descriptiva: "El rey enmascarado de oro se levantó del negro trono donde estaba sentado desde hacía horas, y preguntó la causa del tumulto... Alrededor del brasero de bronce también se habían puesto de pie los cincuenta sacerdotes de la derecha y los cincuenta bufones de la izquierda, y las mujeres, en semicírculo ante el rey, agitaban sus manos" ("El rey de la máscara de oro").

Si bien Schwob se movía con comodidad en el pasado, en algunas ocasiones se atrevió a situar la acción en un tiempo por venir: en "El terror futuro" habla de "máquinas galopantes" hechas para la destrucción y parece estar imaginando las grandes guerras del siglo veinte: "... y de golpe la tempestad sangrienta, encendida... Estalló a la señal de un largo cohete llameante que brotó del Ayuntamiento en el cielo negro". Tanto al escribir sobre épocas remotas como sobre el futuro, Schwob era un visionario.

 

(La Tercera, 24 de enero 2016)

[Publicado el 24/1/2016 a las 17:01]

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Antigona en Santiago: La resta, de Alia Trabucco Zerán

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 "¿Cómo igualar la cantidad de muertos y las tumbas?, ¿cómo saber cuántos nacemos y cuántos quedamos?, ¿cómo ajustar las matemáticas mortales y las listas?" La literatura es, sobre todo, el lugar de las preguntas difíciles; lo sabe Alia Trabucco Zerán, escritora chilena cuya primera novela, La resta (Tajamar, 2015), es uno de los mejores aportes a ese subgénero narrativo tan transitado en los últimos años en el Cono Sur, el de la "literatura de los padres" (o mejor, el de la "literatura de los hijos").

La novela comienza de forma poco convencional, a través del monólogo alucinado de Felipe, hijo de un militante muerto durante la dictadura, que ve muertos por todas partes, muertos que pueden ser "anuncio", "pista", "prisa" de algo más, pero que también son ellos mismos el mensaje: no descansan en paz porque no se les ha dado una propia sepultura (muchos siguen desaparecidos). Encontrar a un muerto en este contexto es restar un desaparecido -de ahí el título--, de manera que, de a poco, se llegue a cero y todas las tumbas tengan su contenido.

Felipe es una versión contemporánea de Antígona, la heroína del mito griego dispuesta a enfrentarse a la ley en procura de dar las ritos fúnebres adecuados a su hermano Polínices. Felipe es más bien ensimismado y no tiene una ley a la que enfrentarse, pero su misión no es menos potente: "voy a escarbar otra vez el mismo hoyo, excavar y sacar la tierra para desenterrarlos, uno por uno exhumarlos, lamerlos y velarlos otra vez, todos los días y todas las noches de mi vida, hasta que ya no quede territorio sin remover, hasta arar los desiertos y los pueblos fantasma y las playas sucias y los manzanales, hasta compensar cada uno de los funerales faltantes..." La distorsión en la mirada de Felipe es la forma que tiene el trauma de hacerse presente en una sociedad que no ha llevado a cabo el duelo adecuado: es el inconsciente, reprimido parcialmente, el que habla a través de él.

Luego, a manera de contrapunto, aparece la narración de Iquela, otra hija de exmilitantes. Ella, unida a Felipe por la culpa de un padre delator, es la voz madura de la novela; en esas narraciones alternadas, Trabucco Zerán nos entrega dos versiones complementarias del duelo en la sociedad chilena: una es racional, mesurada, inteligente, pero no exenta de poesía, y la otra más bien irracional y delirante. En la narrativa de Iquela aparece Paloma, otra hija de exmilitantes recién llegada de Alemania (el exilio como otro de los destinos de la desaparición), y la misión: repatriar el cadáver de la madre de Paloma, que, por culpa de las cenizas que llueven sobre Santiago, ha sido desviado al aeropuerto de Mendoza.

Trabucco Zerán sobredetermina su narrativa: es demasiado que lluevan cenizas sobre Santiago, que los tres jóvenes deban cruzar los Andes en una carroza fúnebre; la novela ya dice esas cosas sin que tenga necesidad de hacerse literal. Pero esos son reparos menores a una novela que te lleva por delante con su fuerza y maneja una notable amplitud de registros (es, por turnos, lírica, elegiaca, sensual, cómica, trágica). La escritora de La resta está, como sus personajes, obsesionada por las palabras, esas "grietas del idioma" por las que se cuela nuestra forma particular de aprehender las cosas; gracias, entre otras cosas, a ese cuidado minucioso, obsesivo con el lenguaje, esta novela quedará.

(La Tercera, 5 diciembre 2015)

[Publicado el 21/1/2016 a las 14:20]

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Biografía

Edmundo Paz Soldán (Cochabamba, Bolivia, 1967) es profesor de Literatura Latinoamericana en la Universidad de Cornell. Es autor de diez novelas, entre ellas Río Fugitivo (1998), La materia del deseo (2001), Palacio Quemado (2006), Los vivos y los muertos (2009) y Norte (2011); y de los libros de cuentos Las máscaras de la nada (1990), Desapariciones (1994), Amores imperfectos (1998) y Billie Ruth (2012). Ha coeditado los libros Se habla español (2000) y Bolaño salvaje (2008). Su libro más reciente es Iris (Alfaguara, 2014). Sus obras han sido traducidas a diez idiomas, y ha recibido numerosos premios, entre los que destaca el Juan Rulfo de cuento (1997) y el Nacional de Novela en Bolivia (2002). Ha recibido una beca de la fundación Guggenheim (2006). Colabora en diversos medios, entre ellos los periódicos El País y La Tercera, y las revistas Etiqueta Negra, Qué Pasa (Chile) y Vanity Fair (España). 

Bibliografía

Iris (2014). Alfaguara

 

Portada 'Los vivos y los muertos' 

Norte (2011). Mondadori

 

 

Billie Ruth (2012). Páginas de Espuma

 

 

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