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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

Editado por La Oficina del Autor

sábado, 17 de mayo de 2008

Blog de Vicente Verdú

La salud

La salud es la base de la creación, de la acción y del carácter. O, al menos, del carácter aplicado.

Una gran mayoría de nuestras conductas y comportamientos, nuestras palabras y nuestros enjuiciamientos, correlacionan circunstancialmente con nuestro grado de bienestar personal y dentro de él, con el bienestar orgánico que termina convertido en un fundamental "punto de vista".

Las personas cambiamos de parecer sobre paisajes, personajes y viajes, en buena medida según nuestro estado físico y es una obviedad que el avinagrado se conduce agriamente a partir de sus secreciones internas como también para ser solícito es preciso que la energía interior circule suficientemente bien.

Cualquier visita, paseo, película o programa de la tele es diferente a través de un receptor fatigado o no. El programa es el dato fijo y el sujeto la variable. De este modo, todo empeño en mejorar la salud se relaciona directamente con perfeccionar las oportunidades de felicidad. De la salud personal deriva la salubridad óptica del mundo y su contemplación positiva sigue esta misma dirección.

Los amables aspectos de una visión aumentan y las figuras rehundidas aparecen como susceptibles de volver a flotar y lucir. No hay optimista sin buena salud como no hay pesimista más tenaz que el del achaque crónico. El cuerpo nos significa y nos indica, el cuerpo nos lleva y nos introduce en la intelección y acaba siendo en la encrucijada el juez ecuánime o no, el animal bondadoso o la fiera de cuya desazón deriva el desgarro de sí o del otro. La funesta negación de las ocasiones propicias, la denegación de oportunidades, el rencor casi constante se proyecta sobre el análisis de la coyuntura y de la propia estructura. Toda perspectiva pictórica depende así no sólo del ángulo escogido sino de la misma luz del ojo que dirime. Tanto el ángulo torcido como la claridad adolorida condicionan el espíritu y la vida del cuadro. Con mala salud se puede crear pero no hay creación enferma que en primer lugar, como debe ser, premie con gozo a su demiurgo.  

[Publicado el 13/2/2008 a las 07:30]

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La clandestinidad

La clandestinidad no es sólo una tópica forma de actuación política. Puede ser, sencillamente, una particular manera de vivir. De vivir en la superficie y en el subterráneo consecutivamente: con una narración a la vista de todos y otra biografía en la ocultación.

La voluptuosidad de la clandestinidad es desconocida por una amplia clase de personas mientras otras la consideran inseparable del regusto por vivir.  ¿Honestos unos y deshonestos los otros? La intimidad se halla en el corazón de la clandestinidad aunque no sean de la misma naturaleza. Gentes menos sensibles a guardar secretos pueden abrazar paradójicamente la clandestinidad porque ella no es tanto un secreto dentro de una determinada vida sino, rotundamente, una segunda vida. Segunda vida que se oculta aquí y se revela allá puesto que lo clandestino constituye una operación que encubre  la acción dentro de un sistema y, por el contrario, conlleva una activa participación en el otro. Los dos espacios o sistemas incompatibles hacen posible el movimiento clandestino, que en un ámbito se sumerge y en el otro aflora, de manera que la existencia discurre como un vaivén de inmersión y flotación casi incesante. Es decir, a la manera de los peces de donde procedemos que saltan y entran en la superficie del mar, que brincan de  la oscuridad a la claridad, de la humedad a la ventilación y  de la evidencia soleada a la camuflada transparencia.

[Publicado el 12/2/2008 a las 11:38]

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El ejercicio físico

/upload/fotos/blogs_entradas/lanzador_de_disco._discobolo_med.jpgEsta época se ha hecho muy pesada e incluso insoportable en sus  recomendaciones sobre el ejercicio físico pero es de lo mejor que ha procurado a la sociedad. Otras obsesiones contemporáneas referidas a la naturaleza, los animales, los  bosques o el aire puro, parecen del mismo tenor pero son incomparablemente más culpabilizadoras y aburridas.

La invitación o incluso la conminación al ejercicio físico representan, sin embargo, cuando se experimenta, un impulso directo hacia el gozo y la alegría que la intelectualidad, especialmente la turca y la francesa, se negó siempre a considerar.

Estos años, no obstante, han demostrado que el buen conocimiento intelectual se halla directamente asociado al buen funcionamiento orgánico y que, en su extremo metafórico, la práctica de la natación es indistinguible del ejercicio de la imaginación.

La gimnasia abre los ventrículos y las sinapsis mientras la afluencia de aire a los pulmones brinda una oxigenación general cuya influencia bendice desde el corazón al pensamiento.

Enrarecidos en los humos del tabaco, ennegrecidos en el pesimismo, existencial, obsesionados por crear mediante el sufrimiento, llegamos a formar una cohorte de artistas y escritores tan enfermos como feos, tan sucios como broncos y bronquíticos.

El mundo de la creación recibe por esta vía supuestamente ajena, la atribuida al atleta bruto, la finura máxima para prosperar. Regresamos así a  los idealizados tiempos transparentes de los griegos clásicos cuando su amor al olimpismo, nos parecía, visto desde los siglos recientes, una estampa  beata y depilada, tan depilada de sexo como de realidad. Ahora vemos, por el contrario, sentimos, que la verdad, la obra maestra, la invención científica, la originalidad, la filosofía y la informática, se hallan más cerca de una lucidez con la piel oxigenada que de la tóxica observación de antaño, los ceños severos y las terribles jaquecas como inequívocos signos del saber.  

[Publicado el 11/2/2008 a las 10:34]

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La libertad de lo menudo

Hay grandes obras de temas menores y obras menores de grandes temas. Esta época, a mi parecer, pide la primera opción. La existencia se ha miniaturizado pero no ha perdido ni intensidad ni tampoco calidad de color. Más bien, lo incoloro e indiferente sucede en el espacio público y en el campo de la Gran Moral. Han desaparecido, en suma, las doctrinas gigantes y los mandatos trascendentes.

El sacrificio, el amor, el heroísmo o la tristeza, se incrusta en los entresijos de la vida cotidiana y las miserias más ominosas como las acciones más dignas se engastan en el horario laboral. Todavía hay narradores que se enfrascan en acartonados temas históricos o artistas  que ponen su escritura al servicio de intrigas policíacas que llamaban la atención del gentío al comienzo del proceso de industrialización y urbanización.

Ciertamente, cada cual es libre de elegir la dedicación que prefiera pero veo entre los compañeros de profesión  que cuando se entregan a la novela histórica o al trhiller son conscientes de estar produciendo un artículo incoherente con el talante de su sociedad. Son, en consecuencia, tipos que buscan la recompensa en la vacuidad de lo asocial. Y no ya para distraernos de los conflictos sufribles lo que supondría tenerlos de algún modo en cuenta, sino para borrar los problemas presentes de la vista. ¿ Es negativa esta postura y positiva, por tanto, aquella que nos introduzca en la realidad, mejor o peor? La ética imperante impide responder categóricamente a esta cuestión, puesto que la ética también se ha vuelto narración interesada. Mi respuesta estética, en todo caso, escoge la incidencia en la peripecia de la cotidianidad, en el reto de crear obras fuertes e importantes de los asuntos menores puesto que, al cabo, son los genuinos eslabones de la cadena vital, moral, sustancial. Y las cuentas del collar con que nos adornamos, nos afirmamos, coqueteamos o nos conducen a la pérdida o la ganancia de la  libertad.

[Publicado el 08/2/2008 a las 11:42]

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La embriaguez de la tragedia

/upload/fotos/blogs_entradas/laciudaddelosprodigios1_med.jpgLa hecatombe despierta los sentidos, la catástrofe atrae. En la magnífica  novela de Eduardo Mendoza, La ciudad de los prodigios, aparece un personaje llamado Micaela Castro cuya mayor virtud radica en pronosticar siempre un porvenir traspasado de desdichas. "Nadie sabía cómo le venían a la imaginación tantos horrores, ni por qué. Habrá inundaciones, epidemias, guerras, faltará el pan, decía sin ton ni son. Su clientela, a la que recibía en la propia pensión, en su habitación... salían de sus consultas cariacontecidos. Al cabo de poco, volvían, sin embargo, a recibir otra dosis de pesimismo y desesperanza."

¿Por qué lo hacían?: "Aquellas revelaciones agoreras -escribe Mendoza-  daban cierta grandeza a su existencia monótona, quizá por eso acudían. Quizá también porque la inminencia de una tragedia hacía más llevadero el presente misérrimo en que vivían". "De todas formas -concluye- luego no pasaba nunca nada de lo anunciado o pasaba otra cosa igualmente mal, pero distinta."

Predecir el mal tiene la ventaja de poder acertar dentro de una probabilidad mucho más elevada.  La vida no es buena y mala a partes iguales sino que siempre tiende a lo peor, tarde o temprano. Disponerse para la adversidad es una sabia disposición vital: de este modo se prepara el ánimo y, además, se adensa lo positivo de nuestra vida. Porque la adversidad a menudo se convierte en el acontecimiento que otorga significado o valor a la existencia. El mal abunda en la sagrada idea del valle de lágrimas y, por añadidura, da la razón a cada uno de los seres humanos que poseen, muy justificadamente, una mala idea sobre el resultado de la existencia.

Esta empresa existencial siempre acaba mal y, por lo tanto, ¿cómo no esperar que ese fin no se filtre sobre la integridad del argumento y convierta la novela de nuestra biografía en una narración pesimista?

El pesimismo sienta mal al cardias pero entregado en dosis concentradas y llamativas, como son las grandes profecías, aumentan las ansias generales de vivir puesto que la vida no consiste sino en un vaivén de contraste con la muerte, aumentan las ganas de vivir y producen, en consecuencia, vida desde su antagónica fuente. Esta paradoja se llena pues de razón y explica la causa del morboso gusto por la destrucción que en su manifestación tremenda alude con fuerza a lo preexistente y enfatiza la consideración de lo perdido o  arrasado.

Con las debidas variaciones, el momento actual de crisis económica potencia los  éxitos de instituciones y personalidades al tipo de la Micaela Castro. Se presenta como insulso o anodino el especialista que responde a la consulta del periodista augurando escasas consecuencias negativas a partir de la ya declarada recesión norteamericana y, por el contrario, gana presencia y brillo, altura y temperatura, quien predice un inmediato futuro de calamidades sin cuento. A la caída de las bolsas debe seguir la noticia de un derrumbe de otras bolsas, al fracaso del mercado financiero ha de suceder el desplome de la producción. Sería quizás mejor no haber ingresado en esta tesitura pero el espectáculo posee unas leyes internas tan poderosas que no siendo grandioso provoca tristeza y honda decepción. El mundo se declararía gris y mediocre, la existencia dejaría de hallar sentido en la continuación de la normalidad y la normalidad ahoga en la reiteración de su horizonte sin amago de explosión. 

[Publicado el 07/2/2008 a las 11:34]

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La muerte igual

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Pasajeros.

La edad, a medida que avanza, nos vuelve iguales a todos. Muy parecidos. Basta observar una concentración de pasajeros con los 65 años cumplidos para caer en la cuenta de que las biografías, a esas alturas se han erosionado más que distinguido y el resultado de las diferentes experiencias disminuye relativamente ante la experiencia determinante de la muerte vecina y común. De esta fácil constatación ahí se deduce una colección de enseñanzas tan proteica como inútil. Lo decisivo, se aprende, no es tanto la vida diversa como la muerte homologada. La onda de serenidad y sosiego que desprende este saber se aviene perfectamente con la disposición que conviene asumir para el último periodo. Morimos mucho más juntos de lo que parece, más apilados, homogéneos y solidarios, tal como les ocurre a las moscas, las fieras y los gastados objetos.

[Publicado el 06/2/2008 a las 07:15]

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Cosmética de la felicidad

Si la realidad no existe objetivamente, todo lo real se creará, más o menos, a partir de nuestros estados de ánimo. Es una manera inmediata y general de expresarse.  

Los días buenos y los días malos que vivimos no son, a menudo, artefactos perfectos o averiados desde el origen sino, simplemente objetos reelaborados negativa o positivamente a partir de nuestro sistema de animación. De nuestro modo de estar y recibir, del orden en nuestro organismo psicógeno, de nuestra salud inventada o reinventada y de nuestro punto de vista variable de acuerdo a su ángulo de observación. 

No cabe decir que todas las jornadas nacen iguales al mundo, unos días llueve o estalla un terremoto,  pero su definitiva coloración depende mucho  de los reflejos que proceden de nuestra luminaria y sólo se complementan con la iluminación natural. De este modo, dependiendo en tal proporción el humor de nuestras decisiones, somos casi como dioses. No existimos como objetos o burdas criaturas expuestas al vaivén y la arbitrariedad de las circunstancias sino como parte eficiente de ellas.  

La festividad se encuentra apilada en los almacenes del gran teatro del mundo pero su acción, su puesta en escena, tiene menos que ver con su deseo inerte que con nuestra disposición activa.  

De este modo, día a día, será más probable coleccionar jornadas satisfactorias y fabricar, progresivamente, una colección propensa a generar un sistema de la felicidad que nos proteja de numerosos días sin brillo. Los rictus que a lo largo de la vida han quedado marcados en nuestros rostros, los gestos tristes que se nos escapan ante los demás son el resultado de un ejercicio repetido en las biografías. Pero también los rostros alegres, aquellos que traen consigo optimismo y amor son resultado de prácticas personales en el ámbito de la generosidad, el afecto, la bondad, la buena cosmética del alma, la cara gimnasia facial y, sobre todo, la obstinada codicia de felicidad.

[Publicado el 05/2/2008 a las 07:15]

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Suspiro de amor

En el amor, el bien de mayor valor que intercambian los amantes es su soledad respectiva. Esta sentencia cuyo autor he olvidado y no me encuentro en condiciones geográficas de averiguarlo viaja desde la obviedad a la trascendencia y de la trascendencia a la simpleza con facilidad absoluta.

La soledad es el líquido indispensable para ser idéntico y sin la identidad sería imposible amar. Visto de este modo, el intercambio de fluidos que tiene lugar en el amor no sería otra cosa que el trasvase mutuo de la soledad propia de cada cual y, como consecuencia, la relación se comportaría como un dibujo de vasos comunicantes. Si ambos segregan un volumen similar de soledad la conexión alcanza el punto de franqueza perfecta. La entrega de soledad a medias, sin embargo, aquella que guardaría la otra mitad para consumo propio perjudicaría a la relación con su reserva.

Cruzadas las mismas soledades en un intercambio igual se consolida la acción conyugal que simboliza físicamente el canje de las arras pero que la materia de la soledad traspasa y supera. Porque ¿dónde se hospeda el alma sino en el garito de la soledad? Y ¿dónde se conserva mejor ese hálito vital que en el aforo de la propia naturaleza? Extraer la soledad de su aposento original y regalarla a otro es igual a perder el alma o perderla en el otro.

Significa olvidar el control del aliento y confiar su destino a la voluntad vivencial del amado. El amado respira, desde ese momento, por nosotros o nosotros no respiraremos en adelante sin su participación.

La suma de los fluidos solitarios llega hasta el punto en que se hacen indistinguibles la dualidad de sus ingredientes y aquello que la pareja rezuma a través de su felicidad no será sino el consomé o el tósigo que ambos han dispuesto para vivir o perecer juntos en la misma unidad del suspiro.

[Publicado el 04/2/2008 a las 07:00]

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La palabra desconsuelo

En el fondo del desconsuelo se prueba un caldo ácido. No puede decirse que esa destilación resulte agradable pero al probarla se siente una rara pulsión a seguir sorbiéndolo de nuevo.

Siempre, en el fondo de cualquier dicha  puede detectarse un regusto amargo y en el poso de la peor tristeza una extraña felicidad.

El desconsuelo representa esta dualidad de una manera especial porque en el desconsuelo se une tanto un hundimiento basal del yo como una descolgadura relativa respecto al nivel de algún otro.

El consuelo conlleva por sí mismo una segura tristeza y cualquier efecto de consolación, protagonizado como actor o como víctima, adentra en una oscura bóveda desconsoladora. ¡Cuánto más no sentir ese desconsuelo en forma pura, entregado como un bulto aciago con el que cargar, tragar, colar. El caldo ácido y pesado lo simboliza bien. Un caldo que deglutido de golpe se deposita en el cardias sin aparente consecuencia inmediata pero que al llegar hasta el estómago se muestra con su peso de plomo, su color del amianto y la acidez de un animal en reciente descomposición.

De esta experiencia se deduce una pérdida de la firmeza y una dejación sensorial aguda que induce, aún de forma atormentada, a dar otro sorbo del veneno.  De este modo el desconsuelo se desconsuela de sí,  una y otra vez hasta el punto en que sólo parece posible ahogarse en él.  Pero él sólo hallará la única salvación posible. Así, el desconsuelo por un amor perdido sólo se recompone en una consolación mediante otro amor (o el mismo) ganado y el desconsuelo de una traición, por ejemplo, sólo se cura en un episodio en que el traidor encuentra su horma en el padecimiento de otra infamia.

Se comporta, en fin, el desconsuelo como una emoción telescópica que se alarga y contrae, luce o se oculta, dentro de una misma receta.  De este modo se explica que, sin pensarlo, vaya uno a beber de su propio caldo tal como si un plus de desconsuelo deshiciera su dolor y le hiciera regresar por el mismo carril hacia el restablecimiento del nivel suficiente para no sufrir el vértigo del desplome o la desconsolación.

Si hablo hoy del desconsuelo se debe tan sólo a la sugestión de la palabra,  cuyo uso permitió hace días escribir un post muy hermoso a Xavier Velasco.

[Publicado el 01/2/2008 a las 07:45]

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El cementerio

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Toda pérdida deja tras de sí un rastro de ausencias. ¿Un rastro de sangre? Un rastro cuyo amargo aroma evoca el cobrizo resabio de la sangre que si fresca enciende los sentidos y se salta con potencia, al desecarse deja un residuo mísero y oscuro, próximo al aspecto de un oxidado mineral en cuya textura se junta la desecación del pecho palpitante y el vahído acallado de la piedra. No silenciado sino radicalmente acallado, no como se ahoga el hálito de un ser vivo ya desaparecido sino como se sella el hálito desprovisto de latido y muerto sobre sí sin comunicación anterior o posterior alguna.

La piedra por tanto no es la marca de la ausencia sino la oposición a todo concepto semejante. La ausencia vibra, ondea, irradia y se transforma puesto que siempre procede de un sentimiento y éste sólo llegaría a ser piedra cuando, si fuera posible, cesara por completo.

El cementerio repleto de piedras no se corresponde así con un doloroso catálogo de emociones y esto a pesar de que los cementerios, a primera vista, finjan lo contrario.

El rastro de la ausencia nunca se apega a la naturaleza de la piedra y tampoco a la de la piedra funeraria. La piedra se muestra allí como cumpliendo una función heráldica del dolor pero, en realidad, su acción consiste en matar basalmente al muerto, acabar con todo residuo de su estela emocional y saldar terminantemente su ausencia.

Contra la convención popular, la tumba no acerca al cuerpo del difunto ni tampoco, paradójicamente, a su mayor recuerdo. La piedra actúa secuestrando el cuerpo para sí y con ello el poder de su ausencia.

Fuera del cementerio, unos pasos más allá, la ausencia acaso regresa, pero el campo santo  precisamente constituye el lugar más duro y frío, menos sensible y propicio para que brote la ausencia. El cementerio, en conjunto, es piedra, presidio. La antiausencia. Piedra compacta, sin porosidades ni pasadizos. Piedra que repele la visita o el abrazo, que frustra la aproximación para devolver una experiencia vacía.

El cementerio que acoge a granel los muertos y los guarda por decenas de miles, posee como característica decisiva su capacidad para con este encierro absoluto hacer desaparecer sus rastros. Dentro del cementerio, precisamente, no se siente al ser querido y los llantos que se desprenden de los allegados son parte de la decoración mineralizada. El ser querido se ha hundido en el cementerio a los niveles primitivos de la piedra y con ella pervive en su perpetuidad inane, inodora e insensata. Esta es la producción específica de los campos santos: hacer desaparecer al muerto y desvanecer su sentido, el sentir de su ausencia insoportable. Son así como fábricas donde se procesa la materia odorífera y untuosa del muerto para transmutar la pringosa presencia de su rastro en la desaparición de su huella  y, con ello, de su ausencia.

De esta manera se comportan como bendecidos recintos de paz. Paz seca e incombustible, paz sin anverso o diferencia. La muerte temible no está ni se corresponde con ninguna de las tumbas ni  tampoco aparece en el recinto total. El cementerio, saturado de muertos, tiene la muerte evaporada porque en realidad ese espacio actúa no para ensalzar la muerte ni para sensibilizarnos con sus signos sino para convertir su significado en una trivialidad escultural y como consecuencia en un recuerdo inútil.

Nada hace evocar menos la vida del muerto que la teatralidad del cementerio donde se representa no la vida o  la muerte de la persona sino una función artesanal patente en la pétrea inexpresividad de las lápidas, en el tópico laconismo del mármol o en la tediosa retórica de la plástica funeraria.  No hay más allá ni más acá de ese estilo. Lejos de actuar como un vínculo entre el aquí y el más allá, la presencia y la ausencia verdaderas, el cementerio es fatuidad pura. Nada se encuentra allí, ni rastro del ser querido ni de ningún otro vecino de la urbanización.

Como una cámara de anulación, el cementerio lleva al punto cero todo indicio de existencia aquí o allá. En su seno habita el vacío total, el colmo más banal de la nada.

Acercarse con devoción a sus mausoleos devuelve al visitante una paz entre insulsa y cínica puesto que a grandes dosis su experiencia consiste en vivir un interior sin nada. No hay siquiera dolor si no es que se imposte desde  afuera puesto que el cementerio gusta porque es indoloro, inocuo, incólume. Aparta todo posible dolor de él, repudia las lágrimas y repele cualquier húmeda sensibilidad del corazón porque su  carácter consiste en la pétrea condición de la nada y en la estricta desecación de todo. La ausencia, por el contrario, se manifestará en cualquier parte ajena a ese tropo y se mostrará con intensidad especial cuando no aparece un escenario distintivo o previsible. La ausencia acomete, acompaña y angustia más  cuando carece de aviso y ondea en cualquier punto interior o exterior a una acotación espacial, ocupándolo todo. La idea de conjurarla coincide con el proyecto  del cementerio en la vana creencia de que el peso del monumento aplaste la pulsación del sentimiento.  

[Publicado el 31/1/2008 a las 11:15]

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Biografía

Vicente Verdú nació en Elche en 1942. Escritor y periodista, se doctoró en Ciencias Sociales por la Universidad de la Sorbona y es miembro de la Fundación Nieman de la Universidad de Harvard. Escribe regularmente en el El País, diario en el que ha ocupado los puestos de Jefe de Opinión y Jefe de Cultura. Entre sus libros se encuentran: Noviazgo y matrimonio en la burguesía española, El fútbol, mitos, ritos y símbolos, El éxito y el fracaso, Nuevos amores, nuevas familias, China superstar, Emociones y Señoras y señores (Premio Espasa de Ensayo). En Anagrama, donde se editó en 1971 su primer libro, Si Usted no hace regalos le asesinarán, se han publicado también los volúmenes de cuentos Héroes y vecinos y Cuentos de matrimonios y los ensayos Días sin fumar (finalista del premio Anagrama de Ensayo 1988) y El planeta americano, con el que obtuvo el Premio Anagrama de Ensayo en 1996. Además ha publicado El estilo del mundo. La vida en el capitalismo de ficción (Anagrama, 2003) y Yo y tú, objetos de lujo (Debate, 2005). Su libro más reciente es No Ficción (Anagrama, 2008).

Bibliografía

No Ficción (2008). Editorial Anagrama 

Yo y tú, objetos de lujo (2005). Editorial Debate

La ciudad inquieta: el urbanismo contemporáneo entre la realidad y el deseo (2005). Fundación Central Hispano

Noviazgo y matrimonio en la sociedad española: 1974-2004 (2004). (Coautor con Alejandra Ferrándiz). Taurus Ediciones

Alberto Schommer, el poeta de la visión (2003). La Fábrica

El estilo del mundo: la vida en el capitalismo de ficción (2003). Editorial Anagrama

Guillermo Vázquez Consuegra: obras y proyectos, 1996-2001 (2001). (Coautor con García-Solera Vera, Javier). Colegio Oficial. Arquitectos Comunidad Valenciana

Cuentos de matrimonios (2000). Editorial Anagrama

Señoras y señores (1998). Espasa-Calpe

El planeta americano (1997). Círculo de Lectores

Nuevos amores, nuevas familias (1992). Tusquets Editores

El éxito y el fracaso (1991). Ediciones Temas de Hoy

Poleo menta (1990). Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert

Días sin fumar (1989). Editorial Anagrama

Héroes y vecinos (1989). Editorial Anagrama

Sentimientos de la vida cotidiana (1984). Ediciones Libertarias

El fútbol, mitos, ritos y símbolos (1981). Alianza Editorial

Las solteronas (1978). Editorial Dopesa

Si Vd. no hace regalos le asesinarán (1972). Editorial Anagrama

 

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Enlaces

Entrevista en Canal 2 Andalucía.

 

Reseña en Babelia.

 

Reseña en El País.

 

Reseña en El Cultural de El Mundo.

Premios

2006 Premio Escritor del Año (Grupo Condenas)

2006 Grand Prix du Livre des Dirigeants

2002 Premio Julio Camba de Periodismo

1998 Premio Espasa de Ensayo

1997 Premio González Ruano de Periodismo

1996 Premio Anagrama de Ensayo

Ficheros asociados

Obras asociadas

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