Un reloj, sobre todos los demás, marca la hora central de la casa. Es el reloj grande que se coloca en la cocina y desarrolla el papel del campanario que, en la vida rural, convocaba a los oficios o señalaba en su transcurso el momento de reposar y comer.
Este reloj en que los diseñadores han invertido mucho un interés de acuerdo a su notoriedad se encuentra encimado, bien sobre los estantes o sobre la campana de los humos. Y, en ocasiones, lo tropezamos de frente, al entrar, como si la cocina entera gracias a él se comportara como una estación de ferrocarril y, obviamente, los pasajeros debieran tener presente el tiempo que tienen.
Para "tener el tiempo" cada uno nació el reloj de pulsera que siendo una posesión individual sustituía a la sagrada impartición del tiempo colectivo, refrendado por la torre de la iglesia o el edicto municipal. En el reloj de pulsera se lleva el tiempo consigo y de ahí la pregunta de "qué tiempo llevas". Se transporta de aquí para allá a riesgo de golpes y accidentes, se lleva de aquí para allá entre faenas y ocupaciones honestas o perdularias, amables a los ojos de Dios o condenables. Este reloj profano fue, no obstante, en sus principios una pieza asociable a la excepcionalidad de un acontecimiento y casi siempre símbolo de un rito de paso: de la niñez a la adolescencia, desde la soltería a la prenda de la boda.
La mano actual y profana que conduce este reloj personalizado, tuneado, viene a ser una mano sin bendecir largamente apartada de la esencia colectiva y el tufo del cuerpo místico. Este cronómetro antes herencia de una autoridad se convierte en una suerte de derecho del hombre y del ciudadano que busca la moral y la vida por su cuenta. Este reloj cuenta particularmente una sola vida.
El reloj de la cocina, sin embargo, evoca la esfera que miraba a la población desde la torre y con ello encierra autoridad y jerarquía. Respetar las horas de comer, sentarse a la mesa en un momento exacto por respeto a los demás y especialmente al padre que se ubica en la cabecera, fue una regla heredada con solemnidad del patriarcado y de los usos burgueses inclinados al orden y la reglamentación para dividir el tiempo de descanso y de trabajo, continuando en el interior del hogar la disciplina propia del taller o la fábrica.
Así, el reloj grande de la cocina reproduce al que se erigía en las naves fabriles, a la vista de todos y con la vista en todos. Fábricas dotadas de un ojo vigilante que venía a ser como el ojo del patrón que todo lo miraba y controlaba. Observaba a los obreros en el desempeño de sus tareas, vigilaba con la rectitud y severidad que este mismo reloj mostraba cuando al llegar las agujas a un punto se disparaba una bocina apabullante que establecía el comienzo, la mitad o el fin de la jornada. Ese reloj fabril de capital importancia ha derivado en el doméstico reloj de la cocina, relegado a una sala de máquinas también, como la llaman los arquitectos courbuserianos. Sala de máquinas destinada a la manufactura de comestibles en clara sintonía con lo que fuera la industria en el siglo XIX y su horario de ocho horas de reloj.
Reloj, en suma, para medir las horas de producción y determinadas no sólo por los pactos sindicales sino por la asunción de otra vida humana sobreviviente a la explotación mediante la prueba revolucionaria del reloj.
Todos los relojes marchan, poseen su mecanismo de marcha, pero el de la cocina especialmente se ajusta al transcurso natural del día. Cuando todos los cronómetros se hacen dudosos o, por su carácter banal, susceptibles de error, el reloj de la cocina dirime, la verdad absoluta.
Su naturaleza incorporada al sistema elemental de los fogones y los alimentos trasluce una verdad natural, una suerte de carácter auténtico que, por el contrario, parece tan fácil de trucar en el cronógrafo de muñeca.
Un individuo, ahora, tienen más de un reloj y no aquella pieza única e irremplazable que se había recibido en un momento especial y cuya aura santa lo acompañaba siempre. Con diferentes unidades el reloj de pulsera ha perdido buena parte de su caudal reverencial y ha pasado a ser, en nuestros tiempos, un complemento, un capricho, un aderezo, una curiosidad o una joya.
Miles de diseños y precios distintos entre una incalculable cantidad de marcas han trivializado la identidad del reloj, ajustado por correas de plástico, de cáñamo o de latón. Frente a esta barahunda, una de las más abrumadoras del consumo, el reloj de cocina parece una excepción, seudomonumento que proyecta su dominio sobre la voluntad de la casa y en un recinto como la cocina que ha ido ganando prestigio y presencia en relación al salón, lugar donde los amigos modernos se reúnen en detrimento del antiguo salón. Un salón en declive frente a una cocina que gana auge y prestigio, reciclada como una pieza que vuelve a comportarse casi como el llamado "vestíbulo" o "la casa del fuego" en el medievo, es decir la única parcela casera donde se alzan y se ven las llamas.
[Publicado el 11/12/2009 a las 09:00]
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En el auténtico organismo que componen los diferentes materiales de la construcción, en sus ensamblajes y en sus enfermedades de nacimiento o de vejez, se forma un coro de sonidos que conferían a aquella "vivienda" el carácter de ser vivo.
Poner oído a las vicisitudes del edificio, atender a sus dolorosas peticiones y procurar, en general, no soslayar sus requerimientos son las funciones de un buen casero, amo de un particular animal, que obliga a su asistencia. Puesto que la casa, en efecto, vive, la vivienda nos vive y, encima, nos da o nos quita vida. Nos acoge o sonríe con nuestros desatinos o bosteza al tenernos dentro.
El timbre, como parte del artefacto donde habitamos, trata en especial de recordarnos el mundo exterior y el entorno que crece alrededor del refugio que cerramos. El timbre del teléfono también tiene este encargo, pero especialmente íntimo es el timbre de la puerta cuyo relámpago acústico pone en directa e inmediata comunicación el exterior y el interior después de un primer instante equívoco.
Pulsar el timbre de una casa, sea desde la calle o ante el mismo dintel, supone emplear un poder invasivo que, en principio, impresiona al sujeto mismo que realiza la osadía. Impresiona pulsar un timbre desde afuera pero adentro asusta el preludio que media entre el disparo del mecanismo hasta que se revela la visita. No hace falta sino referirse a los encuestadores y los vendedores de puerta a puerta, los carteros que portan denuncias y los mensajeros que entregan paquetes, para admitir que esas llamadas comportan un oficio que requiere templanza y hasta cierto punto un valiente desapego tanto narrativo como afectivo.
El timbre altera la vida privada con un leve movimiento de la mano, desencadena una energía emocional a partir de un gesto ínfimo. Este es su desmedido poder: tras su acción se transforma la circunstancia que se desarrollaba en el espacio interior, tras su voz irrevocable se desata una escena nueva e imprevisible procediendo, como es el caso, de la intemperie. La intemperie o solar del que no se conoce nada antes y nunca se alcanza la seguridad del tiempo.
Desde esa intemperie o tiempo irregular el timbre opera y a manos, provisionales, de un extraño. Efectivamente el timbre traza el equivalente a una interrogación y su dibujo sonoro la representa. El buen timbre nos avisa con vigor y aunque, efectivamente, su música es conocida no por ello resulta, en algún grado, sosegante. Por el contrario, el diseño del timbre, el timbre del timbre es, en la mayoría parte de las veces -y antes de la aparición del politono en el móvil- composiciones dirigidas a despertar inquietud. El timbre del teléfono fijo poseía la misma intención. la intención de acuciar, reclamar, urgir, de modo que cualquiera deja todo cuanto está haciendo para llegar a satisfacer la llamada.
Tras el teléfono que suena llega la buena o la mala noticia, La noticia alborozante y la más trágica noticia. No se trata, en consecuencia, de restar o añadir nada a la importancia que supone una llamada. El mismo hecho de que a menudo muestre exclusivamente una motivación banal, un argumento intrascendente, no disminuye sino que aumenta el temor de que bajo el mismo soniquete se halle algo grave o muy grave.
De entre los rumores o zumbidos de la casa el timbre se repite con una frecuencia familiar pero, a diferencia de los murmullos que registra el propietario auscultando la respiración del hogar, la intensidad que logra esa estridencia viene a significar, literalmente, una "ad-vertencia" sin importar el ser que la provoca.
La voz del timbre no es bien conocida, pero que alguien ignominado pueda recurrir a él nos pone en guardia. La estabilidad interior depende de la inestabilidad de la llamada que concebida como estrépito o señal de cambio, deliberadamente llega para alterarnos.
Amamos que suene el teléfono, nos estimulamos con que en la puerta alguien pulse esa voz, nos embalsamaríamos en el silencio si estos fenómenos no contribuyeran a colorearnos la vida pero, a la vez, la inquietud nos apresa hacia un más allá del territorio donde el timbre suena. A falta de otras aventuras cotidianas, el timbre cumple con el papel de introducir en la horizontal sonora una pequeña fuga. Para bien o para mal, para el asisuo ejercicio de vida conjunta con el alma de la casa
[Publicado el 10/12/2009 a las 09:00]
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De una parte, su clamante ignominia saturada de sentido anula cualquier evocación de segundo grado, de otra siendo inexcusable en el hogar la categoría de su elocuencia se impondría tanto y sin necesidad de palabras que una complicidad inscrita naturalmente en los habitantes obra como una conjura para evitar mencionarlo. De modo que si de una parte nadie desea hablar de él, de otra su propia naturaleza de extrema categoría se ahorra el mundo de las evocaciones o las vagas referencias.
Mudo y quieto en su ubicación, discurre sin fomentar ningún imaginario y todo a su alrededor es un silencio amasado con el pudor y el miedo. No hay pues un recurso referirse a él como objeto simbólico, no hay manera de aludirlo como inocente elemento afectivo porque no existe peroración que lo perdone.
El rollo de papel higiénico existe así en la máxima soledad y junto al sonar abovedado de la taza. O aún más, habita en una suerte de vacío doméstico donde trata de desvanecerse no por desaparición puesto que su evanescencia es imposible de acuerdo a sus tareas pero sí en cuanto orden nemotécnico. Su presencia forma parte de un convenido olvido y siempre, cuanta indicación lo nombre para anotarlo en la lista de la compra o para comentar acaso su precio o su escasez, será a través de una cita lacónica, artificialmente abreviada por el oprobio que en sí conlleva, su vulgaridad o su permanente vileza.
Porque de hecho, a pesar de las infinitas invenciones históricas, el papel higiénico ha defendido su carácter, su morfología y su inequívoco baldón. No un gran baldón en términos absolutos pero absolutamente un baldón en el universo psicológico del sistema doméstico. Como no es fácil apartar de la mente la fuerza de su significado, no es posible eludir el oprobio de su nombre cuando se junta, en la enumeración de artículos, al de los alimentos, la colonia o el suavizante. Su intrusismo en la atmósfera sabrosa o bienoliente destruye los deseables encantamientos de la vida hogareña y hasta reclama un llamado "ambientador" para juntarse en sus procedimientos.
¿O no? ¿No será por otro lado el tabú de lo que más vivamente nos importa? Porque, desde otro punto de vista, una vez que del hogar han sido descartados los espejos de luna, los cuadros de los antepasados y los rizos como reliquias del muerto, el sendero más directo que enlaza con la muerte es, sin duda, el papel higiénico. Blanco, rosado, celeste, perfumado o no, estampado o liso, el papel higiénico carga con una dirección única y fehaciente que, en cuanto animales irredentos, nos impulsa a la descomposición, la sepultura y el excremento.
De los excrementos del cuerpo vivo a los desechos del cadáver. La fosa que muestra la taza (¿el sanitario?) transporta a un más allá fosco, tan relucientemente negro que, como un charol llega a formar, a lo largo del tiempo, el esmalte de la muerte. El papel higiénico es tan sólo el primer paso de ese viaje hacia la penumbra eterna y, en este sentido, no significa más que las vísperas ligeras y todavía diurnas de una excursión que nos hundirá sin metáforas, ni rollos blancos.
Su aspecto, unas veces sano o pleno y otras mermado hasta la patética visión del tubo de cartón representa el primer punto de un fatal itinerario cuya meta será la nada. De este modo la primera negación (¿oral?) del papel higiénico lo convierte en el eslabón inaugural de una escalinata invertida y en cuyo colofón se cumplirá la definitiva pestilencia del sumidero.
En la casa ese sumidero final no se ve nunca en su entera realidad, es confuso en el lavabo o el fregadero y compulsivamente se trata de perder de vista en la taza del ¿sanitario?. No se ve, por lo tanto, plenamente ni en su consecuencia profunda. En aquella profundidad donde las aguas se mezclan y la mescolanza forma una melaza opuesta a la compota, un puchero opuesto al estofado, un mundo inmundo, antagonista de éste mundo.
Es, por tanto, así como la fuerte carga humana del papel higiénico ha hecho imposible, desde que lo inventaron los chinos hace muchos siglos, expulsarlo del hogar. En sustitución del rechazo efectivo la forclusión lacaniana. El olvido extremo del papel higiénico que en la medida de su presencia impoluta preludia el contraste de su polución. Suciedad no de esto o de aquello, no de un día u otro aisladamente, sino suciedad personal regular y asidua, suciedad tan adherida al sujeto que bastará una reflexión superficial, un roce apenas, para adquirir de sí mismo una cierta consideración de bardoma. Hogareños productores de materia fecal, irremediables secretores de excremento, preludios de desintegración, hediondas señales de la muerte que todavía sinuosamente, intestinalmente, sigue avanzando desde adentro.
[Publicado el 09/12/2009 a las 11:00]
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Después de la abusiva experiencia familiar, todo aquello que hoy contribuya a convertir la cuajada en abstracción mejora la relación con ella porque, al revés, toda referencia a lo concreto aboca al rechazo.
La sensación es que se enseñoreó del frigorífico, acaparó nuestra rutina, nos empapuzó con su cuerpo viscoso y nos brindó, entre su sabor blanco, dosis de inanidad hundida en sus blanduras.
De hecho los botecitos, abandonados encima de la mesa ante el televisor, o en las repisas, nos envolvía como una escarapela de terror. Desde la cocina al salón siguen las cuajadas viajando en sueños sin liberarnos de su hondo olor mamario que antes recibíamos como una delicia y ahora se alza como un plasma de hospital. Simultáneamente, toneladas de cuajadas estarán envasándose todavía en miles de potitos como aquellos y los miles de supermercados se abastecerán de los cientos de marcas diferentes servidas por las factorías donde las obreras se tapan con un antifaz la boca y las narices para no dejar que las esencias de las cuajadas se contaminen aunque, de todos modos, las verán oscilar temblorosamente en las grandes ollas industriales y comportarse como una masa abúlica, en sí misma sorda y ciega.
. Porque la cuajada desempeñó dentro de nuestro hormiguero doméstico como el plumón que parasita al piojo o viceversa. Esa cuajada sin personalidad, bobalicona y crasa, obtenía toda la cualidad de una vana sustancia primordial y pura. Blanca, prácticamente insípida y amorfa adquiría su valor degustativo gracias a una posible función simbólica. La cuajada nos aguardaba en la nevera, se ofrecía fielmente y se aprestaba a dejarse hacer, saborear, palpar en la boca, perderse en nuestro interior como si hubiéramos deshecho entre el paladar y la lengua la consistencia de una teta y ahora el placer de ese pecho femenino lo hubiéramos absorbido en nuestro estómago.
De la indolencia de la cuajada se obtenía el placer de su docilidad, de su falta de oposición a ser engullida y aprisionada entre nuestras papilas conseguíamos hacerla parte de nuestro interior.
A partir de un momento no había ya rastro de cuajadas en casa pero por muchos meses permaneció su olvido segregando suero, expresando la oblicua delectación de antaño. El deseo de apoderarse del pecho de la mujer, abismalmente perteneciente a ese cuerpo que escapa en su indiferencia. Cuerpos de mujeres cuajados de atracciones turgentes, mórbidas, redondeadas, blancas y blandas. Anhelados cuerpos de mujer cuyo último sabor se disipaba en una degustación desasosegante, interminable, insuficiente porque de nuevo ese sabor apenas percibido se alejaba más allá y sin alcanzar a aprehenderlo. Día tras día consumiendo cuajadas con azúcar, hermosotas, suaves, cariñosas y siempre con su insolente modo de dejarse gustar sin nunca ofrecerse por completo al gusto.
[Publicado el 04/12/2009 a las 13:32]
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Sin embrago, todo el mundo toma café y cuando alguien lo soslaya o escoge sustituirlo por una infusión de yerbas el grupo asume silenciosamente que su salud debe ser es delicada. Efectivamente, quienes han sufrido demasiadas veces las inconveniencias del café tienen registradas orgánicamente sus corrosiones como llagas y en consecuencia pueden haber desarrollado una justificada aversión que les impulsa a rechazarlo con rotundidad y en cualquier momento.
Se trata de los individuos que fueron más afectados por este elemento consuetudinario pero también por aquello mejor instruidos. Con todo el café sigue siendo central en numerosas reuniones de todo género, de la fiesta al funeral, desde la familia a la empresa, y acostumbra a erigirse en obligado colofón y resumen tras los
Antes, hace más o menos medio siglo, la peor fama del café radicaba en que quitaba el sueño y que producía taquicardia o incluso una subida de tensión. No se le reconocían perjuicios de verdad importantes pero en cuanto a los aportes positivos, como levantar el ánimo, incrementar los rendimientos, disfrutar de reuniones, favorecer la conversación, no podía disfrutar de una reputación más oportuna y brillante.
Con los años y la medicalización ciudadana al café se le atribuyen una serie de males reflejados especialmente en las gastritis que si antes constituían un mal casi general, particularmente frecuente entre hombres fumadores, no se tenía por un desorden sino un atributo social correspondiente a la especie paterna que echaba continuamente del bicarbonato.
El desprestigio en que vino a caer el bicarbonato, coincidiendo con la muerte de Franco, abrió las puertas a antiácidos más cabales como el almax pero este mismo almax de carácter farmacéutico ha actuado no sólo médicamente sino contagiando de su simbolismo medicinal a la patología del café y del tabaco. La gastritis fue así perdiendo condición masculina o paternal hasta secularizarse en el universo de la clínica.
Aunque, con todo, el café apenas ha perdido audiencia. No posee el prestigio literario, liberal e intelectual de antes pero no hay casa donde no se guarde café y se halle siempre dispuesto para sus gentes y las visitas. Ahora, desde luego, con la reserva, cada vez más frecuente, de te y de otras yerbas.
Las hierbas son suaves y muchas de ellas incluso medicinales. Poseen la desventaja, frente al café de aún despidiendo aromas fragantes que no huelen tan bien y con tanta autoridad como el café. Y ahí radica, sin duda, la persistencia social e histórica del café y su aura. Más aún, el café es de aquellos productos que como el perfume mismo huelen mejor que saben. Tradicionalmente su olor emite un mensaje de concordia y persuasión donde se juntan tanto su espesa condición masculina y, de otra, un aire maternal que nace de la cocina, planea sobre la casa y llena los pasillos en una suerte de envoltura de bien y verdad que remite al pacífico corazón de un hogar mítico, al gozo de la tertulia, o a la pausa en el trabajo.
El rato del interludio el rato del café convertido no sólo en una bebida central sino en un hito de la cadencia del tiempo cotidiano. Café para negociar, café para hacer tiempo, café para amar, café para vivir más allá del decaimiento o del sueño.
En Manizales, en Colombia, donde se extienden hermosas plantaciones de café sobre una orografía ondulaciones, quebradas y frunces complejos, los agricultores plantan unas palmeras junto a los cafetos para que su sombra proteja y conceda un matiz de sombra al grano. Los cafetos o árboles del café producen frutos carnosos, en general rojos o púrpura llamados "cerezas de café". y dice la Wikipedia: "Cuando se abre una cereza se encuentra el grano de café encerrado en un casco semirrígido, de aspecto apergaminado, que corresponde a la pared del núcleo. Una vez retirado el grano de café verde, se le observa rodeado de una piel plateada y adherida que se corresponde con el tegumento de la semilla".
El color primario de la cereza, el carácter apergaminado y el muaré plateado se presentan colmatados cuando el café se manifiesta. De esa fuerte impresión se aprende que el café posee un ser interior acaso desbocada, acaso tan fuerte como una droga. De hecho el café considerado por una droga, fue prohibido tanto en Asia como en Europa, por los protestantes, los católicos o los islamistas, pero las cafeterías no dejaron de crecer hasta a rondar el millar en 1630 en El Cairo
A Europa llegó el café en torno al 1600, gracias a los mercaderes venecianos y pronto los consejos del Papa Clemente VIII le propusieron su prohibición vistos los efectos "desatados" que provocaba en los diferentes consumidores y atribuyendo a los infieles la promoción de esa pócima diabólica. El Papa Clemente VIII, sin embargo, tras haberlo probado bendijo la bebida, la legitimó religiosamente, alegando que dejar sólo a los infieles el placer de esta bebida sería una lástima.
Los mismos monjes lo alababan con el argumento de que aumentaba sus fuerzas y la longitud del tiempo para sus rezos místicos. A mediados del siglo XVIII todas las ciudades europeas tenían ya cafeterías y poco a poco fue infiltrándose en las casas.
Su vida concentrada significa otra fuerza nuclear alternativa a la potencia de la coca o la avalancha de la anfetamina. En ese grano se aloja un manojo de nervios para desarrollarse más como un ovillo eléctrico que como un alijo. Este excitante es droga a escala de la familia que traspasa las diferencias de sexos o edades y hasta al muchacho se le prepara una taza de café con leche para que salga pitando a su escuela.
Desde la infancia hay café y permanece presente a lo largo de toda la vida. Quizás su color evoca un mundo funerario pero efectivamente, mansamente, viene a ser así: café más café, miles o decenas de miles de cafés en la vida horadando el cuadro de colores, cubriéndonos el interior de oscuro o de un negro biológico que finalmente lleva a un cadáver yerto, colado por el café.
[Publicado el 03/12/2009 a las 11:12]
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En el hogar, las tijeras cortan los hilos, las uñas o las partes que en la cocina se excluyen de las verduras, las carnes o el pescado. Son, en general, objetos muy útiles y sobriamente eficaces, típicamente caseros y auténticos: modestos, sencillos, baratos, prácticos. Ahorran trabajo y auxilian con prontitud cuando se las reclama. No son, por tanto, la herramienta con la que se asesina en las películas o salen de vez en cuando en las noticias tremendas que narran los crímenes de sexo.
Las tijeras caseras se pasan de mano en mano desde los recortables de los escolares a la confección tradicional, del corte de las etiquetas que llegan con las compras al recorte de la foto que se enmarca. Sus usos domésticos son tan plurales y su comportamiento viene a resultar tan conveniente que en todas las casas hay tijeras y a menudo varias clases de ellas, desde las de la cocina al cuarto de baño, desde la escribanía tradicional a alguna más que se encuentra en donde nunca se encuentra.
Cargan, efectivamente, con una morfología inquietante pero, al cabo, sean o no metálicas, pliegan sus hojas y parece que se sumen en un sueño tan natural y pacífico que no despertará sino es obedeciendo a nuestra voluntad y con no poca condescendencia. De la tijera, tarde o temprano, no se puede prescindir y es ella, más que nada, la que gracias a la calidad de su anatomía podría pervivir fácilmente sin nosotros. De hecho. la tijera es le objeto articulado que se justifica a sí mismo y perfectamente en el juego de abrirse y cerrarse sobre sí. Constituye el ejemplo perfecto de palanca de primer orden doble.ç
Con este quehacer propio de su perfección empieza y acaba su vida con o sin objeto en medio, con o sin dedicación exterior. Abre y cierra, cierra y abre como un puro juguete autómata y, de hecho, nadie ha podido perfeccionarla en nada a lo largo de su historia iniciada en la edad del bronce y adquiriendo el diseño actual desde el siglo XIV. Como el clip en la era moderna, la tijera no tiene descendencia que la mejore en nada. Pero además, como las pinzas de la ropa, su mecanismo basado en apenas tres piezas las hojas, el mango y el tornillo) ha sido insuperable con los avances tecnológicos, sea mediante artilugios eléctricos o electrónicos. Constituye un producto acabado en su misma perfección y de ese modo debe entenderse que con su historia, nuestra historia personal no las modifique. Una de dos: o corta un segmento inútil o se clausura.
Empleada como estilete o como daga, usada para extraer los desperdicios de una rendija o destinándola a servir de palanca por la rigidez de su constitución, su prestación es tan torpe como desatinada, tan artificial como perversa. De ahí su terrible carga cuando asesina, de ahí su turgente excepcionalidad cuando se hinca en un cuerpo lo hace sangrar o llega incluso a producir muerte. Muertes sin proyecto de matar, muertes surgidas de la urgencia, contraventora del mismo ser pausado de las tijeras cuyo eje, incluso en la industria de la piel, de la sastrería la jardinería, el esquilado o de la pescatería actúa como un ojo que observa el movimiento, lo vigila, lo califica y lo regula.
Nunca, de hecho, es tan hermosa la tijera que cuando opera con lentitud siguiendo el dictado de una línea, respetando una indicación o manifestando la destreza del oficio. Ella es en sí la señal de un oficio y en el hogar se introduce como una reminiscencia de la casa artesana y taller donde se ganaba el salario con su concurso. O, al revés, puesto que las tijeras conocieron también un uso suntuario asociado al tocador de las mujeres romanas -según se ve en un fresco pompeyano del siglo I- o más tarde, en el siglo XIV que en las cortes reales se ensalzaban con metales y piedras preciosas.
Efectivamente una cosa es la tijera laboral y otra la moderna tijera pequeña o de tocador que se lleva incluso en el neceser y se aplica privadamente para eliminar callosidades, desbordes capilares y crecimientos ungulares. En ese sentido, la tijera forma parte del oprobioso ajuar que impone la condición e estar vivo. La vergüenza connatural a las vulgares imposiciones de la existencia y a las cuales la tijera se aplica con tanto ahínco como en el ámbito de la cirugía.
Tijeras para tratar con las excrecencias, los sobrantes, las vesículas infectadas. Tijeras de intervención sobre el cuerpo en aquellos de sus aspectos tan deplorables como los padastros que afean los dedos, las uñas aguileñas que desvirtúan el diseño de la mano o los pies y, en el colmo, esas tijeras de la teletienda que cortan con esmero los pelos de la nariz y las orejas.
Su parecido con las pinzas de la ropa termina pues en esta zona propia de la ignominia o de la cirugía puesto que las pinzas para la ropa, en madera o en plástico, son tan puras y beatas como benefactoras. Cuelgan la colada de la cuerda o cierran el sobre de los garbanzos o el café. Confinan el aroma del té, la manzanilla o las galletas y otorgan, de otra parte, la ocasión de que la ropa se oree, cuelgue en el aire, se oxigene y regrese al uso refinada.
La pinza es en todos los casos cabal mientras la tijera puede ser circunstancialmente libertina. La pinza de la ropa forma parte de la bondad pura, maternal, mientras las tijeras poseen en su fuero la tentación del crimen y el desdoro. La pinza nunca hiere ni tampoco miente. Hace las veces simbólicas de un pájaro común, pero la tijera posee una secreta ambición de estrella. De hecho, la pinza es un instante mientras la tijera se comporta como un plano secuencia. O dicho de otro modo, la pinza pose el carácter de un gesto y la tijera de una sentencia o incluso un discurso entero. Una pellizca y concluye, la otra corta y sigue a menudo un trazo largo. Ambas, en cualquier sentido, han traspasado las diferentes etapas civilizatorias y sin cambio fundamental alguno perduran como incuestionables figuras de lo doméstico.
[Publicado el 02/12/2009 a las 09:00]
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El jabón actual, contemplado en su envoltorio, es un cuerpo vestido para ser desvestido de inmediato. Parece así más voluptuosamente vestido que otros muchos objetos que envueltos en papel no reclaman tan acuciadamente ser empleados en cueros.
De hecho, todo el jabón de tocador es un tocador por antonomasia y, además, el placer que el jabón proporciona con su olor se obtiene a través de la caricia o el frotamiento. Las manos y el jabón, por tanto, se relacionan en un sobeo sensual que termina con la consunción misma de la pastilla. No es fácil hallar un elemento casero que se comporte con esta integral disposición y entregando su cuerpo hasta la mismidad de su muerte.
Muere en nuestras manos o frotándose contra nuestra piel una y otra vez, sin que en él se halle otro anhelo que la de asociarse a nuestra carne y penetrar en ella.
De ella elimina las adherencias impuras, sus tachas, sus lacras aceitosas y se aviene a deshacerse sobre nuestra superficie completa como un animal que nos lamiera sabiendo, como lo sabe el jabón, que la repetición de su besuqueo y su obediencia a nuestros deseos irá poco a poco a terminar con él. Pero es así como el jabón se comporta fatalmente. Primero de una manera gozosa, envuelto en burbujas festivas, pero después afilándose, reduciendo su bulto y aplastándose hasta producir una de las visiones más sobrecogedoras y patéticas de la vida doméstica. Desde el jabón mórbido del primer día, lozano y pujante a la pastilla raquítica del final, prácticamente desahuciada.
De hecho, uno de los indicios más tristes y fehacientes de que a una familia las cosas le van mal y se siente tan desolada como sin fe alguna en su futuro, se muestra en esa pastilla de jabón sobre el lavabo casi cadáver con apenas grosor y un peso propio de los animales abandonados, enfermos o famélicos.
Aunque no por ello, aún en tales situaciones límites el jabón deja de comportarse apropiadamente con su olor prometedor y su función detergente. Hasta la última esquirla, el jabón sigue cumpliendo con su amor y su trabajo y si prescindimos de él será más un efecto del malestar que suscita su deplorable aspecto que de su incumplimiento del deber.
El jabón, efectivamente, se desnuda tan pronto llega al lavabo y, a continuación, sin perder jamás su desnudez, jornada tras jornada, presta su servicio completo. Es así el jabón, por antonomasia, un ser para el otro. Un ser para la muerte y no para aquella clase de muerte hedionda sino para la muerte más digna, perfumada y altruista.
Nada para sí, todo para deshacerse en los demás.
Una abnegación tan grande podría hacer pensar en una compensación oculta, que además de su gloriosa donación algo debiera recibir a cambio. Pero ésta recompensa acaso no es otra que la memoria que va recibiendo de nosotros mismos, de nuestra vida que va agotándose al compás de su agotamiento.
No guardamos nosotros memoria del jabón si no es a través de su perfume pero el jabón, indudablemente, obtiene en nuestro olor y a través de la íntima repetición de su tacto, los accidentes e incidentes de nuestra figura o, sin más, la huella de la suciedad que marca el cuerpo con sus peripecias. Sobre ese mapa humano discurre y pasea el jabón una y otra vez y tan intensamente que no sólo nos toca sino que se complace en recorrernos y babea. Se recrea en el ejercicio de lavarnos y permanece húmedo y feliz. Tan quieto y resbaladizo que su estado debe tener que ver con la lubricia y su luminosidad, tras el uso, con lo mojado que se deduce del placer radiante.
El aroma del jabón es la voz que nace de su bienestar y su bulto final, bien lubricado, no viene a ser sino la metáfora de un sexo cuajado de secreción. La muestra misma del diálogo con nosotros y el agua en una copulación de dos cuerpos. El nuestro que buscará pronto la sequedad para presentarse en una sociedad y el suyo que queda todavía húmedo y rezogante desprendiendo memoria sexual sobre el lavabo.
[Publicado el 01/12/2009 a las 09:00]
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Desaparece el espejo tanto más cuanto menos refleja a lo otro, lo que viene a ser su excelente e interminable paradoja: su entidad resulta tanto más tonante cuanto más fielmente acapara la identidad exterior y, en consecuencia, muere lozanamente en el reflejo.
El suicidio de Narciso viene a ratificar este don puesto que su experiencia especular en las aguas del arroyo no es otra que la experiencia de vivir en la cárcel de sí mismo reflejándose en sí mismo eternamente, sin posibilidad de fuga y condenado a la imagen que el espejo fija para él, siendo el espejo, a la vez su retrato, su rostro, su personaje y su persona, tres designaciones para las cuales los antiguos griegos empleaban un único término. Pero ¿eternamente?
Lo peor del espejo viene a ser que mientras él permanece, posiblemente en posición invariada a lo largo de los años del mismo hogar, el habitante va desfilando ante él en una secuencia gradualmente desfavorecida, al punto de que hay hombres, especialmente, que llegados a una edad no se miran durante los minutos que emplean en afeitarse.
Enemigo de la fealdad y amante de la belleza, el espejo forma parte del orden del lujo, por pobre que se sea puesto que el espejo está concebido para la exaltación personal. De hecho, no cabe imaginar objeto tan relacionado con nuestro porte como el espejo porque él mismo al accionar se convierte en efecto de nuestro físico, se hace retrato antes de que llegara la fotografía y juez severo antes de que intervenga la lenidad del amor.
En general, el tipo con quien vamos y venimos, nos despertamos y nos acicalamos, nos revisamos y nos dormimos es el tipo del espejo, máquina que actúa como la máxima verdad fisonómica.
Algunos días bien, en su mayoría mal o muy mal, el espejo nos califica sin trampas ni pretextos a pesar de los visajes que le presentamos, los perfiles que escogemos y las muecas que le hacemos para obtener su aprobación, aún escasa y superficial, en la mayoría de las ocasiones.
De hecho él representa, en otro sentido, la superficie por antonomasia. Toma a su cargo nuestra piel y sus menudos accidentes, las anfractuosidades y los regueros del rostro pero también del cuerpo en general si se le solicita. Diferentes psicólogos, interesados en los problemas de autoestima, recomiendan mostrarse desnudo ante un espejo de cuerpo entero y una vez ubicados en esa tremenda tesitura aceptarse tal y como se es. Es decir, en la imperfección, la fealdad, la desarmonía, la birria.
Tras esta dura experiencia, el trauma preparará para un desdén de la propia catadura y, como efecto, para presentarse en sociedad liberado del miedo al desdén exterior. Otras funciones del espejo en el terreno psicológico son igualmente importantes, tanto en lo positivo como en lo negativo también, simplemente porque el espejo es un yo limpio de trampantojos. El espejo no miente, es pulido, dice la verdad y toda la verdad al punto de que a lo largo de los años, la casa ha ido desprendiéndose de tanto espejo en el salón, en los armarios, en el vestíbulo o en el fondo del corredor para reducir su ubicación al cuarto de baño. Un elemento, por tanto, de la intimidad en cuyo ámbito él nos ve y nosotros nos vemos en él, lo vemos y nos ve tal como si su naturaleza se realizara en la fatídica misión de designarnos. Y de concluirnos en un diagnóstico privado de apelación.
Esta sería la parte terrible del espejo pero humanamente -puesto que los espíritus y los vampiros o cuerpos sin alma no se reflejan en él- también cuentan sus raras aportaciones de vida o muerte, tanto o más decisivas que las afines a la estética, la belleza o la fealdad exterior.
En el espejo, por ejemplo, se comprueba a través del pequeño empañamiento que el moribundo aún respira y que en los delitos no conduce tras nosotros el asesino o la fuerza policial. Pero, de otro lado, ¿qué decir de la desvelada asistencia que a las mujeres procura su espejo del bolso o el espejo de mano, sea para el maquillaje, la coquetería o la depilación. El espejo siempre nos juzga pero, en ocasiones, sometido a nuestro dominio, agarrado por el mango o encerrado en la polvera y ahora también en algunos móviles, es coaccionado para operar como un colaborador. Espejo o cómplice son dos aspectos tan inherentes como extrañamente compatibles de este objeto que a ningún otro se parece y donde la apariencia y sus máscaras halla su habitat regular. Un habitat especular fácilmente pecaminoso al punto de que durante la alta Edad Media se eliminó de la sociedad. Por el contrario, el Renacimiento introdujo el gran espejo como mueble de habitación, ampuloso en el dormitorio o en el salón. En la alcoba, donde escenas voluptuosas quedan reflejadas en su plano o en el salón donde, como en las películas, vaya recibiendo y recreando el movimiento de escenas mundanas.
Una ristra de lentejuelas, un racimo de espéculos, una sarta de espejuelos se asocian con la lujuria y el engaño.. Allí donde hay grandes espejos, sean palacios o burdeles, el gran angular de su haz remite a transgresiones de gran talla. La grandiosidad es casi inconcebible sin la asistencia multiplicadora del grandioso espejo pero incluso el espejo menudo, de bolsillo, incluye una particular inclinación al mal. Una complicidad con el mal a través de la autocontemplación que en sí conduce a un egotismo, una egolatría o un ensimismamiento que prevalece sobre el amor a los demás y el olvido de sí mismo.
Más allá del espejo se encuentra el mundo de Alicia, el mundo inverso que deshace las ataduras del más acá. Pero más acá, ante el espejo, discurre la escena del mundo real, nuestro rostro en primer lugar que ya, dentro del cuarto de baño se une al acicalamiento pero también, ¿quién puede dudarlo?, a la frustración y al suicidio. El espejo que corta las venas, clínico y forense, bruñido y marca de la máxima limpidez, la extrema limpidez igual a la nada, igual al fulgente pulimento de la abdicación o la última condena.
[Publicado el 30/11/2009 a las 09:37]
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Más que la misma la cuchillería o que la escobilla del water o el cepillo de dientes, el peine constituye el elemento característicamente agresivo del ajuar doméstico. En apariencia, el peine viene sólo a acicalarnos pero en su simbología trata de deshacernos. El rastrillo es su par en intenciones, como también aquellas amenazadoras piezas de arrastre que siguen a los tractores arando el campo.
El peine obedece, sin duda, a la voluntad de la mano humana, no hiere por su cuenta, descontroladamente, y su incidencia en el contacto con la piel puede regularse e incluso adormecerse, pero el hecho mismo de que su quehacer eminente discurra siempre sobre el cuero cabelludo hace temer, de antemano, que su tarea suave y deseable pueda convertirse de súbito en un desgajamiento de la piel y, a continuación, adentrarse sin remedio en los entresijos del cerebro. De hecho sus púas no han recibido otro nombre más amable, hasta nuestros días, porque su instinto es punzar, pocear y en su usual movimiento, de uno a otro lado, rastrear, intervenir por su cuenta o su metáfora en el interior de nuestro cerebro y con ello revolver el enlace de los pensamientos, su consistencia, y su constitución.
El peine se detiene, por lo común, en el roce con el cuero cabelludo. Cuando las cosas marchan bien o consuetudinariamente, cumple su oficio de colaboración maestra en el peinado. Todo ello cuando la cotidianidad impone a su conventual condición intrínseca pero ¿quién duda que su identidad particular, su personalidad iniciática, queda frustrada cuando su viaje es sólo por la superficie?
Un peine no ha sido el objeto de crimen en la mayoría de los asesinatos pero tanto fabricado en plástico, como en concha o en aluminio su morfología se emparenta con los artilugios propios de la tortura, el desgarramiento de la piel y la dolorosa elongación el martirio. No es, por esto, fácil tomar al peine entre las manos, dirigirlo a la cabeza y sentirse seguro de que su voluntad morfológica no acabará por profundizar en la superficie que se le ofrece y crear, con su oficio, surcos de mayor o menor profundidad. Todo menos la artificial virtud que admite de deslizamiento o conducta trazada por el efecto de su dominación.
Se le ofrece, sin duda, la confianza general que se otorga a los adminículos que que compone el hogar pero, simultáneamente, con muchos de ellos el recelo que inspira la herramienta la provee de un aura maldita. Nada se dice de ello pero, como es el caso del peine, su diseño evoca, más allá del reglamento, la convención o la estabilidad burguesa, un plus imaginario que la revela como una pieza unívoca para crear daño o heridas.
El peine en sí mismo es una representación de la herida anticipadamente abierta o por cicatrizar, la creación o el recuerdo de la cicatriz que impera en muchas tribus africanas que marcan sus rostros o sus cabezas con fuertes señales identificativas de su adscripción a una comunidad en donde un instrumento punzante, de una incisión o varias, semejante al peine ha cumplido la función de marcar la carne llegar hasta el límite del hueso. Y, en efecto, el peine de hueso, tan apreciado en la historia, completa el bucle de esta tentativa y su efecto. El resultado de la auténtica espina del pez que con tanto patetismo esquelético, simplicidad y eficacia muestra la muerte del cuerpo y plasma en su diseño al peine que, de otra parte, nunca será de un caprichoso formato sino que como la daga o la escopeta se erigen como objetos imperfectibles para matar. El cepillo del pelo que las mujeres emplean con más asiduidad que los hombres es como un a versión pacificadora del peine a secas, una suerte de conversión del hueso duro en roce blando, puesto que el peine en su puridad hace siempre algún daño mientras anuncia su posibilidad de hacer más daño, todavía más inherencia y finalmente la muerte que llega en su máxima profundidad. ¿Qué clase muerte? Una muerte, efectivamente inspirada en un crimen sádico que lejos de conformarse con disparar directamente un tiro en el corazón o en la cabeza, arrastra tras de sí el órgano cerebral, toda la historia dela víctima arrastrada hasta la confusión fatal por una batería de púas o uñas homicidas capaces de convertir el pensamiento en restos, el orden mental en vertedero, las luces y los contraluces de la reflexión en un pila de azar, de bazar o de escombrera. La superioridad humana convertida en almoneda, el surtido de la personalidad trasformado en detritus, la lisura del cerebro más barroco en una accidentada orografía sin paz ni orden. Ojo al peine. Al peine lo temíamos, a menudo, siendo niños porque tiraba de nuestros cabellos enredados pero, a la vez, en las manos de las madres, ordenar el peinado procuraba del reino de la compostura. A la culminación de la obediencia y la rectitud del hijo peinado con raya perfecta correspondía el cabello húmedo y domado por el peine. El peine, precisamente, había llevado a este resultado trascendental: la conversión del desaliño rebelde en reglamento, el pase de lo salvaje a la civilizado, el viaje desde el salvajismo de lo despeinado hasta la convención dominante que procuraba el peine superando el caos. Un peine, por tanto, civilizatorio en sí que actuaba y actúa aún como una herramienta de socialización poniendo primero en términos de moda enumerable los cabellos desgreñados y orientando después incluso la cabeza en la dirección de una u otra institución o su reverso, siempre cabal.
[Publicado el 27/11/2009 a las 16:52]
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De un u otro modo, en uno u otro estatus, el vaso de agua representa en cada casa un mismo aforismo y un aforo similar en donde cabe el amor y el plomo de la muerte, la ingrávida amnesia y la insoportable presencia del dolor. O también, la ausencia absoluta y su mismo reverso encandilado en un recuerdo sin ningún color ni sabor. Pero el agua es además de incolora e inodora, insípida, dice la química, aunque quién podría pasar por alto su invisible potencia, su influencia decisiva, su saber indecible o su amenaza inscrita en su consolación?
En la mesa, el vaso de agua cumple una función menos simbólica que sistemática, menos conceptual que orgánica, más apegada a la costumbre que al ritual. Por el contrario, el vaso de agua que se lleva hasta la mesita de noche se erige como un imponente monumento a la muerte o a la salvación. En medio de la noche, a lo largo de ella, el vaso de agua vela el sueño y su pasaje interior. El resto de los objetos abandonan al ser que duerme o dormitan juntos a la vez que él. Sólo el vaso de agua, al estilo de las palmatorias, queda en plena vigilia, inmóvil y alerta, a mano de quien padece la pesadilla o el insomnio, la indigestión o la frustración.
Los vasos de agua que llegan para aliviar un sobresalto o un desvanecimiento a lo largo del día son versiones menores del vaso de agua nocturno cuando la solicitud de su auxilio trasciende a una vicisitud previsible y su intervención no tiene límites ni clara determinación. Ese vaso de agua que llega a los labios del enfermo es también el vaso de agua que, sin moverse un ápice ni variar un mililitro su capacidad actúa como amuleto ante el posible mal. Un mal a su vez indeterminado e incalculable al que deberá dar respuesta esa transparencia quieta, cristal sobre cristal, agua líquida sobre el material cristalizado, especie de fanal ecuménico que atiende a todas las razas y condiciones siendo a su vez tan simple y crucial, La elementalidad extrema con su característica de fatalidad.
Porque ese vaso de agua inocente es de otro lado la cara banal del mal mortal. El mal que asola y anula. El mal irreversible que se bebe sin antídoto posible, la medicina de la nada que se traga como inocua y como la última desolación. De este modo culminante ese vaso de agua nos preside, nos atiende o nos disuelve en él. Nos hace, en suma, iguales a él, una nada bendecida de piedad pero, simultáneamente, tan indicativa de nuestro final inminente como representa su mística infinita: el vaso que contiene un contenido sin diferenciación, que acumula un líquido sin coloración, que concluye su identidad en la adición de lo parecido, simultaneidad del mundo contenido y de su apariencia, del significado y el significante, conclusión final de un mundo más allá de lo que se ve, más allá de lo que pesa y no puede verse, de lo que se toca pero no se apresa, de lo que se ingiere sin degustación, de lo que colma o nos ahoga sin guía ni una elección.
El sueño duerme junto al agua del vaso y esa línea se reproduce cada vez que en la vigilia se sacia la sed. El vaso de agua allana, aplaca, lleva la vida en su seno como un pecho sin relieve ni ondulación o en el mar sin horizonte que disuelve tanto la esperanza como el odio, la reverencia como el extremo rencor.
[Publicado el 26/11/2009 a las 11:41]
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Vicente Verdú nació en Elche en 1942. Escritor y periodista, se doctoró en Ciencias Sociales por la Universidad de la Sorbona y es miembro de la Fundación Nieman de la Universidad de Harvard. Escribe regularmente en el El País, diario en el que ha ocupado los puestos de jefe de Opinión y jefe de Cultura. Entre sus libros se encuentran: Noviazgo y matrimonio en la burguesía española, El fútbol, mitos, ritos y símbolos, El éxito y el fracaso, Nuevos amores, nuevas familias, China superstar, Emociones y Señoras y señores (Premio Espasa de Ensayo). En Anagrama, donde se editó en 1971 su primer libro, Si Usted no hace regalos le asesinarán, se han publicado también los volúmenes de cuentos Héroes y vecinos y Cuentos de matrimonios y los ensayos Días sin fumar (finalista del premio Anagrama de Ensayo 1988) y El planeta americano, con el que obtuvo el Premio Anagrama de Ensayo en 1996. Además ha publicado El estilo del mundo. La vida en el capitalismo de ficción (Anagrama, 2003) y Yo y tú, objetos de lujo (Debate, 2005). Sus libros más reciente son No Ficción (Anagrama, 2008), Passé Composé (Alfaguara, 2008) y El capitalismo funeral (Anagrama, 2009).
Galería de cuadros del autor
El capitalismo funeral (2009), Anagrama.
Passé Composé (2008), Alfaguara.
No Ficción (2008). Editorial Anagrama
Yo y tú, objetos de lujo (2005). Editorial Debate
La ciudad inquieta: el urbanismo contemporáneo entre la realidad y el deseo (2005). Fundación Central Hispano
Noviazgo y matrimonio en la sociedad española: 1974-2004 (2004). (Coautor con Alejandra Ferrándiz). Taurus Ediciones
Alberto Schommer, el poeta de la visión (2003). La Fábrica
El estilo del mundo: la vida en el capitalismo de ficción (2003). Editorial Anagrama
Guillermo Vázquez Consuegra: obras y proyectos, 1996-2001 (2001). (Coautor con García-Solera Vera, Javier). Colegio Oficial. Arquitectos Comunidad Valenciana
Cuentos de matrimonios (2000). Editorial Anagrama
Señoras y señores (1998). Espasa-Calpe
El planeta americano (1997). Círculo de Lectores
Nuevos amores, nuevas familias (1992). Tusquets Editores
El éxito y el fracaso (1991). Ediciones Temas de Hoy
Poleo menta (1990). Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert
Días sin fumar (1989). Editorial Anagrama
Héroes y vecinos (1989). Editorial Anagrama
Sentimientos de la vida cotidiana (1984). Ediciones Libertarias
El fútbol, mitos, ritos y símbolos (1981). Alianza Editorial
Las solteronas (1978). Editorial Dopesa
Si Vd. no hace regalos le asesinarán (1972). Editorial Anagrama

Entrevista en Canal 2 Andalucía.
Reseña en Babelia.
Reseña en El País.
Reseña en El Cultural de El Mundo.
Reseña en El País - País Vasco
Entrevista en Periodista Digital
2006 Premio Escritor del Año (Grupo Conde Nast)
2006 Grand Prix du Livre des Dirigeants
2002 Premio Julio Camba de Periodismo
1998 Premio Espasa de Ensayo
1997 Premio González Ruano de Periodismo
1996 Premio Anagrama de Ensayo
21/3/2010 22:31
Publicado por: ...
21/3/2010 22:14
Publicado por: alice
21/3/2010 21:02
He leido su articulo en el-pais,...
Publicado por: michele corleone
21/3/2010 20:42
Publicado por: Igor
21/3/2010 16:52
Publicado por: Enea
21/3/2010 07:05
Publicado por: Martin Eduardo
21/3/2010 05:03
Me encantaria encontrar no solo...
Publicado por: Beldelpasado
21/3/2010 01:13
Y ADEMAS DE TODO POR DONDE SALE...
Publicado por: oscar andres
20/3/2010 19:50
Publicado por: Suntory time
20/3/2010 14:29
y.. si bebes no conduzcas. ok! ...
Publicado por: Enea
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