El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

sábado, 13 de marzo de 2010

 Blog de Vicente Verdú

La electricidad

Una tía de mi padre, nacida justamente en 1900 y exmonja carmelita, me hacía ver siendo niño el milagro que comportaba  accionar una llave aquí   y que una lámpara se encendiera allá a unos metros de distancia. Y todo ello, además, con el mauro confort e inmediatez, el absoluto silencio y una limpieza completa. Que se prendiera la bombilla sin acercarle una tea o que se alumbrara la habitación sin  necesitar gas, carbón u otro combustible, constituía el milagro perfecto, la obra característica de Dios. Y efectivamente, más allá de la historia material del progreso, acaso ninguna invención halla sido  más elegante y divina.

Gracias a la electricidad el proceso civilizatorio que llegó después se basó primordialmente en la devoción de su desarrollo. La electricidad es luz y potencia  dentro de la casa mediante  una eficacia que asombra y a través de un sentido que manifiesta la suprema importancia de la red. El sistema eléctrico se cumple literalmente en redes y nódulos y merced a ellos las  web 2.0 no son otra cosa  que la plasmación natural del espíritu electrónico que  traba los cuatro puntos cardinales, las innumerables funciones y los miles de millones de habitantes.  De hecho la electricidad y el magnetismo no son sino las dos caras de la misma empatía y las  ondas electromagnéticas, de la radio, la televisión o el wi-fi, exponen a los seres humanos en una interacción conjunta y a través de un segundo espacio  radical que devuelve claramente a la especie la autoconciencia de sobrevivir unidos.

La misma palabra "electricidad",  del griego electrón,  "ámbar" alude a los efectos observados en su descubrimiento y que fueron sino la atracción de pequeñas  partículas de papel o hilo tras frotar el cuerpo de una barra de ámbar. En la atracción halla la electricidad su causa y su destino siendo su insignia el imán y su bipolaridad un remedo del amor entre dos sexos.

Los enchufes se machihembran siendo la luz y la energía, en general, un resultado de la copulación cuyo gozo desprende calor y brillo, pero también la felicidad o la inteligencia.

Cuerpo y espíritu se confunden en la acción de la electricidad, en el grado de calor o de claror que reciben las habitaciones o el guiso de los alimentos. Luces entornadas para el amor, luces penetrantes para las búsquedas, luces medias para hornear la carne a fuego lento, luces que trasforman la muerte de la tiniebla en los objetos a la vida de sus perfiles y electricidad que mata en la alta tensión o en la silla eléctrica. Sin electricidad parece ahora que no se pueda vivir civilizadamente o, exactamente, no pueda vivirse del todo. Sin la intervención productiva de la electricidad prácticamente toda la historia  desde la segunda revolución industrial quedaría anulada o a ciegas. La gigantesca escombrera de cenizas que deja tras de sí el fuego, fue siendo sustituida desde finales del siglo XIX  por un vacío mágico.

 Un vacío radiante que, cuando falta, confunde a  los habitantes puesto que, expresado caseramente, cuando la luz se va de la vivienda, los huéspedes se sienten perdidos o abandonados.

Se vive en consecuencia no sólo entre la luz eléctrica sino inherentemente pegados  a ella y advertimos dolorosamente ese gran entrañamiento cuando  nos falta aún por unos momentos. Existir sin electricidad en el mundo desarrollado ha llegado a ser lo mismo que exiliarse hacia un territorio místico. La electricidad es a la civilización económica y social lo que la agricultura al campo. Dentro de la hora electrificada existimos como gentes de la contemporaneidad, fuera de su fulgor el mundo se retrotrae sin memoria o misericordia a la prisión ancestral, la angustia mental o el horror de la  miseria.      

[Publicado el 13/1/2010 a las 09:00]

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El orín

A efectos de los enseres domésticos no es igual referirse al orín, como una sustancia común a todos los habitantes. El orín del esposo y el orín de la esposa difieren sensiblemente tanto en el olor y la consistencia física como en la composición  y la significación simbólica.

Hay un orín corrientemente odiado, refutado y denigrado, correspondiente al hombre/hombre de manera que no habrá nunca modo de aplicarle algún tratamiento que no signifique sino impugnación, su ignominia y su impertinencia.

Efectivamente se da el caso de ciertas esposas condescendientes y eminentemente maternales que toleran esa secreción masculina como un mal menor pero no suele ser de ningún modo la norma. Lo habitual es afear la micción masculina como un hecho asqueroso, sea por su intenso olor como por su trayectoria fuera del sitio establecido. Cuestiones ambas parcialmente asumidas en la vida de convivencia o más bien tenidas  como una lacra del hogar siendo sus  líquidos turbios una constante desacreditada y negativamente juzgada.  Pero, además, puesto que el aumento de la edad crea a través de la próstata declinantes efectos y humillantes frecuencia en la fuerza y la cadencia del chorro su paso a la chirigota, más o menos cruel, no tarde de referirse en las conversaciones. Puesto que la próstata y su desarrollo al pasar del tiempo decide la definitiva energía de la micción es fácil la equivalencia entre la potencia de esa eyección  y de la potencia sexual . Con lo cual el orín se yergue en un indicio mismo de la virilidad y de la relativa decadencia corporal de quien lo emana.

El orín del niño o de la niña poseen igual tratamiento y lugar en el sistema social y la benevolencia o la ternura hacia ellos confunde sus  valores en cuanto hacen de esa excrecencia una señal  inocente y de esa humedad una misión alegre, dulce y bien amada.

Más adelante, sin embargo, frente  el orinar de la mujer que a menudo se incluye entre  lo sexy,  el orín masculino sólo es peste o inmundicia. Los mutros de la ciudad se cubren de la chorreante mancha que el hombre lanza impunemente sobre las fachadas  mientras el orín de la mujer queda  recluido o recatado en su sitio, coquetamente confinado en los retretes. Neruda canta el sonido del orín de su querida que amada desde la otra punta del patio y ese ruido evoca la continuación de una viva atracción sexual que se decora y prolonga. Pudiendo ser, en el caso de los hombres el orín una alusión más inmediata al orgasmo y la expulsión del semen, los dos casos se hallan radicalmente escindidos y sin importar incluso que su conducción parezca del todo la misma.

 Definitivamente, el orín masculino corresponde a la parte más canalla o bruta del macho, mientras el orín  femenino se acerca a la calidad de un ornamento a colonia singular que reúne en su interior la intensidad y cualidad de una lubricia real o imaginada.

De este modo, en el espacio doméstico sólo el orín del hombre, fuera o dentro de la taza, sufre la incuestionable consideración de la porquería. No hay atenuante para el orín masculino que a menudo si se expone, a menudo, fuera de su sitio en la toilette no será sólo signo de un tolerable descuido sino prueba adicional de la insufrible prepotencia del patriarcado y su probable relación con el maltrato de mujeres. Víctimas aquí también, las mujeres, de un agravio o incluso una agresión que las obliga a soportar el carácter de por sí ultrajante de los varones, sea cualquiera el grado en que sea.

Una mujer es, en general, un ser sin apenas necesidad de orinar y, excluyendo los momentos de alguna enfermedad, la alusión queda reducida al "pipí" infantil o enteramente excluida del habla. Los hombres hablan, sin embargo, con gran soltura de mear aquí y allá o de hacerlo groseramente, ofensivamente, sobre esto y aquello.

En casa, mientras las mujeres se encierran discretamente en el cuarto de baño, los hombres apenas se recluyen para una micción  sin apenas cuidado en ocultarla o enmascararla. Ese orín de hombre es, consecuentemente, el que más se oye, se huele y existe en la vivienda. Olor de orines que no son sino olores del peor género masculino y en donde  se adensa la pestilencia, el insulto o la desfachatez. Así, en la descarada molestia que encierra se halla la insinuante cara simbólica de la violencia doméstica. Una descontrolada violencia proveniente de ese macho que se expande insolentemente en la orina y marca la semejanza entre su aparente humanidad y su temible inhumanidad encerrada en la delirante presión la vejiga.

[Publicado el 12/1/2010 a las 09:00]

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El pijama

Será difícil encontrar una prenda más grotesca, patética y anacrónica que el pijama. No sólo el pijama es flagelante e ignominioso, no sólo es inapropiado y feo, sino que además simula una suerte de injustificado  disfraz y en n un momento tan crítico, que demuestra la ínfima sensibilidad estética en  la mayoría de la población masculina y sus diseñadores.

El camisón de la mujer que fue desde el siglo XVI la misma prenda holgada que empleaba el hombre, atiende a la condición elemental de procurarse un abrigo protector y cómodo para la hora de dormir.

 Que el hombre, sin embargo, abandonara esta tradición natural y se enfundara en el pijama es una consecuencia enrevesada de las influencias orientales y de la popularidad que adquirieron unos pantalones importados de Persia en el siglo XVIII bellamente rayados.

 Hasta ahí, aún escindiéndose el vestuario, la confortabilidad y la funcionalidad estética seguían garantizadas. Las mujeres inauguraron, no obstante, el negligée como expresión de desenvoltura y ligereza muy dieciochesca y, paralelamente, el  pijama masculino se componía de una camisa amplia que a menudo se vestía dentro de casa y de los pantalones  persas confeccionados con toda holgura. La palabra pijama procede, según alguna enciclopedia, de "pae" ("prenda")y "jama" ("pierna") que en persa indicarían "Prenda para la pierna" aludiendo a la atención que se prestaba a su confort, ahora extinguido.

La explicación del pijama venido de oriente puede parece demasiado sencilla  pero el pijama de la contemporaneidad, sea cual fuera su causa, no merece la menor condescendencia histórica. No sólo es incómodo sino ridículo, no sólo es un  sucedáneo burlesco del traje social del varón sino que, además, el sujeto se inviste de él como si,  a la manera del mono de trabajo,  fuera a realizar alguna función de operario. Las rayas, por su parte, que debieron hallar su encanto de rasos y sedas al ser importadas de oriente han  venido a disecarse sobre la ropa como una convención terminante y manifiesta.  ¿Por qué ha de acostarse ese señor con un atuendo tan marcadamente rayado? La tradición pocas veces demostró su dominio con mayor asiduidad y contundencia.

Ciertamente hay pijamas lisos o amenizados con otros motivos que soslayan el rayado  carcelario pero incluso Calvin Klein,  o Hugo Boss en modelos del siglo XXI siguen manteniendo el respeto o la reverencia por el pijama a rayas.

Los skijamas, en cambio, nunca fueron rayados. Fueron y en verdad tan desafortunados en su diseño, tan desfavorecedores en su aplicación y, al cabo, tan absurdos en sus marcados elásticos en tobillos y muñecas que su expediente los sepulta sin necesidad de comparaciones.

El pijama a rayas es, por antonomasia,  el rey. Ha perseverado por más de dos siglos y ha mantenido desde más de 150 años la traza de la chaqueta y el pantalón. Es decir, para meterse en la cama el hombre reproducía conceptualmente la etiqueta con la que se presentaba en público. la chaqueta del pijama tan incómoda como  resulta esta prenda y el pantalón  con o sin vuelta que se anuda a la cintura como la única concesión a su pasado, aunque también hay pijamas con cinturón y hebilla e incluso pijamas que han  importado el elástico de skijama.

Todos los hombres con  skijama son figuras de oprobio ante cualquiera y es inútil creer que agradan a sus mujeres. En realidad las mujeres no da muestras de importarles estos modos de vestir de su pareja puesto que suelen hallarse entonces demasiado atareadas o ensimismadas. Por añadidura, debe también considerarse, que las mujeres suelen ser muy  indulgentes. O maternales. Porque ¿qué estampa sino el estrafalario proceso de infantilización es el que ofrece el hombre con skijama ?

Y ¿qué decir, de otro lado, del aspecto siniestro  y hasta temible que presenta el caballero locamente ataviado con el pijama a rayas?

En todos los casos, la soltería,  la viudez o el afán de soledad podrían justificar presentarse de esta forma, tan imposible de querer como fácil de repeler. ¿Dormir con un tipo en skijama? ¿Hablar seriamente  con un señor que se presenta cómicamente, delirantemente, como con un pijama a rayas?

[Publicado el 11/1/2010 a las 09:00]

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El polvo

De una forma natural, las casas producen, reciben o enferman para cubrirse más o menos tenuemente, más o menos tardíamente, de polvo. No se trata de cargar con el peso de un detritus propiamente dicho, asqueroso o infame o signo de menesterosidad.  Incluso las familias mejor establecidas, más acaudaladas y famosas sufren también está especie de superficial eccema propio del habitat en cuanto tal, en cuanto por sí mismo, al estar, el  habitar atrajera una segura y variable cantidad de polvo.

 De hecho, sin hacer nada en su contra cualquier piso o residencia acabarían cubiertas de polvo y al transcurrir el tiempo, acaso secular, aparecerían enterradas por el polvo. Consecuentemente, la idea del polvo no puede despacharse remitiendo su circunstancia al expediente de la suciedad.  Más que a la suciedad propiamente dicha el polvo forma parte de la temporalidad.

El polvo se extiende como una lámina de fina temporalidad que navega  a lo largo y ancho del espacio. Su destino es seguir flotando sin final preciso pero, a la vez, posee en su seno una extremada ansiedad  por aparearse con  los objetos.  De una parte el polvo encarnaría la gigantesca soledad a granel y de otra los objetos, una  soledad al detalla de cuya semejanza conceptual se deriva que el polvo presente tan una fuerte y asidua querencia por envolver las cosas, sean grandes o pequeñas, objetos todas ellas de una vida doméstica en donde el polvo vive y, acaso crece, en combinación amorosa y sexual.

 Los objetos parecen estables mientras el polvo es nómada. Si embargo, es tan vasta la manada polvorosa, tan audaz y copiosa a la vez que el reposo del polvo se halla siempre incluido en el desarrollo  de sus itinerarios, en alguna etapa de sus infinitos viajes de un confín a otro del mundo y en virtud de una misión que no conoce destino fijo. De este modo el polvo mezclado al devenir de la especie humana, se manifiesta, a través de unos u otros objetos, como una masa sustantiva. En ella se hallarán huellas del pasado y del presente, pero incluso incipientes formaciones de polvo que por su querencia comportan algún atisbo, probablemente esotérico, del porvenir.

 Al polvo lo odiamos como a los seres extraños o denigrantes. Las amas de casa en cuanto símbolos vivientes de la limpieza sienten al polvo como un obstinado enemigo, un accidente mortal que es preciso combatir sin tregua, día tras día, para lograr un escenario puro, libre de una presencia cuyo contenido es tan multívoco como imposible de anticipar.

 El brillo se evoca como la prueba más fehaciente de falsación, popperiana sentencia de que el polvo no está. La violenta elocuencia del brillo desbanca la presencia del polvo o también sus armas letales convierten las superficies en espejos y logran, en su reluctancia,  que el polvo, huidizo en sí, haya salido huyendo.

El brillo cuando viene a ser la consecuencia de una extremada limpieza conlleva el exterminio del polvo y es indicador en adelante de las primeras huellas de una primera y tímida aproximación.  En las copas, la plata, los espejos, la mesa, las repisas barnizadas, el polvo está presente o no en función de la eficiente vigilancia que el quehacer doméstico empeña en el combate

De hecho ¿cómo ignorar tras la experiencia en este mundo que el polvo emigra, nos envuelve, nos adora, vuela incluso de uno a otro continente y lleva consigo de un extremo a otro las micropartículas del desierto o los intáctiles gránulos del hielo. Día tras día, minuto a minuto, el polvo expresa su necesidad de aterrizar sobre el objeto, sea por la larga fatiga que arrastra en su continua suspensión como, porque ya exhausto de sus incesantes desplazamientos, se deja caer. Polvos unos que todavía jóvenes, pueden seguir su prolongada nube en el cosmos y polvos moribundos que al precipitarse  sobre los objetos llegan a apegarse con tal desesperación a su materia que los objetos mismos mueren bajo su copulación.

 Sin polvo, puede creerse, viviríamos mucho mejor pero exactamente la idea de que "polvo somos y en polvo nos convertiremos" ata nuestro final  al suyo. Somos polvo y vamos pulverizándonos. Somos cuerpos de polvo compactado que va disgregándose. Somos nosotros cuando sacudimos el polvo o lo retira un año quienes nos vamos demediando.

El punto final tiene lugar cuando nuestras cenizas convertidas en polvo puro, sin paliativos, son lanzadas al aire y en ese espacio sin apoyo nos reunimos con las cenizas y polvos de los otros, personas y objetos, que realizan fatalmente el eterno viaje de las grandes polvaredas, entre su extravío y su extenuación.

[Publicado el 08/1/2010 a las 09:00]

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La tos

En el interior de las casas,  aunque antes mucho más que ahora, ha sido  un sonido famoso la tos. Tos doméstica del padre fumador, tos en coro del grupo que realizaba esa tarde la visita familiar o cortés,  tos de los niños que contraían con enorme facilidad catarros, gripes, bronquitis, anginas y pulmonías, tos a menudo proveniente de la criada que llegaba a servir del pueblo tras  una infancia cargada de privaciones y gélidas corrientes de aire.

 Había, además, dentro del género una tos diurna que correspondía a diferentes personas punteando el estadio de la casa con sus respectivas series en forma de metralla o campana como una tos nocturna que procedía general y gloriosamente del padre. Se trataba en el caso de esta crónica y oscura de una señal que daba cuenta de la presencia física del progenitor. No asociable necesariamente entonces, entre la noche, con enfermedad alguna, sino con la sustancia de su misma personalidad que venía inseparablemente unida al tabaco. También de la nocturnidad emergían las voces de los hijos o la esposa, enfermos, pero no poseían estos tableteos molestos la categoría sagrada de la tos paternal. Ella era una tos suprema y puesto que nunca desaparecía de su ser no se consideraba una patología sino simplemente un factor de predominio. A su vez, en  el fondo de las mañanas o las noches se escuchaba traspasando el tabique la tos de los vecinos que, irremediablemente, repetían los usos y costumbres de la época. Se trataba, en suma, de gentes necesariamente cercanas y con las que compartíamos, con o sin desearlo, una existencia paralela, tan parecida a la nuestra que entre sus golpes de tos era fácil reconocer un surtido más o menos calcado del nuestro. Toses que tropezaban en imaginarios obstáculos de periodos cortos pero secos y otras toses desarrolladas en largas series que al enlazarse prolongadamente llevaban a pensar  que jamás aquella persona se libraría de una enfermedad incurable.

Aunque enfermedades incurables, representadas o no en la tos,  había por todas partes y la tos, a fin de cuentas, no era de lo peor a lo valdría referirse. En definitiva, la tos no era un ser exclusivo de los hospitales o las enfermerías, de los moribundos o los desahuciados sino que toses de peso se hallaban también  en los casinos, en los toros, en las gradas del fútbol, en las bodas o en los cafés, en las misas y en los bautizos, donde no tenían necesariamente una connotación negativa sino más bien animosa y propia del optimismo que se deduce de las celebraciones y el gentío.

De hecho, hace medio siglo se vivía pegado a la voz no como a una lacra sino como a una parte del ser que nos habitaba. El ser tosía y manifestaba en esa suerte de excrecencia sonora su existencia. Se vivía, puede decirse en permanente convivencia con la tos y, más concretamente, en pleno patriarcado, el  hecho de que un hombre no tuviera tos lo desdecía en cuanto hombre. Sin tos parecía el varón mucho menos masculino y si es verdad que en la mujer la tos podía afearla a los ojos de la sociedad o causaba un sentimiento apenado, el hombre sin tos debía acompañar esta carencia de alguna explicación que lo excusara. La amplia costumbre de usar las escupideras durante el día y los orinales en la noche para expeler los esputos tras una acometida en ristra se correspondían con la aceptación y servicio a unas necesidades eminentemente masculinas, fueran en salones públicos o en las habitaciones privadas.,

Un hombre que tosiera, a diferencia de una mujer, con el mismo sonsonete no significaba que fuera a morir pero su esposa, padeciendo iguales estruendos, parecía sentenciada por una tuberculosis y su muerte podría no hallarse tan lejana. Incluso ella, tosiendo menos, era más probable que   más pronto que tarde muriera. En consecuencia y por raro que parezca, mientras entre los hombres las toses se modulaban, adquirían prefabricados tonos, se personalizaban y hasta se administraban deliberadamente en la relación o en la negociación, en los ejercicios de autoridad o de oratoria, la mujer vivía privada de todo ello. Una mujer tosiendo era una mujer fuera de lugar, tísica o al borde de una dolencia que tanto la medicina como los mismas normas de urbanismo le aconsejarían recluirse en casa.

 Con todo, la tos, masculina y femenina, la de niños y niñas, criadas y visitantes, formaban parte  del sistema de la acústica doméstica. Incluso las diferentes generaciones que vivieran bajo el mismo techo  marcaban su personalidad y jerarquía con la característica de su tosidura.

Efectivamente la tos no era sino un síntoma que informaba sobre la salud del sistema respiratorio pero entenderlo sólo  de este modo impediría acercarse a su verdadera significación.

La tos del padre, para los niños que despertaban en la madrugada, representaba un entrañable acompañamiento. Indicaba que el padre se encontraba en casa, cerca y en una vigilia a la que se podía recurrir si se padecía una pesadilla, se necesitaba un vaso de agua o que le acompañaran al baño. Por lo común, el padre que había oído la necesidad del niño no actuaba directamente sino sacando a la madre de su sueño y enviándola en socorro del pequeño. La tos del padre procuraba el consuelo de un centinela pero quien solventaba la situación y depositaba la ternura, sin toses, era ella.

Pero en suma, lejos de inquietar de noche o de día, la tos del padre hacía, a menudo, las veces de una señal benéfica,  una seña que hacía saber de su presencia próxima, no siempre garantizada en los usos de aquel tiempo.  Un individuo sin tos podía  también encontrarse entre la masculinidad pero la ausencia de voz lo comprometía: o se trataba de alguien extranjero, extraño o afeminado, lechuguino o asexuado. Los atributos de la virilidad se hallaban sonorizados,  una y otra vez, un día tras otro, en los golpes de tos. Sólo desaparecerían del patriarca al morir e incluso en la agonía, en la misma inminencia de la muerte, el padre, el abuelo, el hermano bueno, tosían. Se despedían de este mundo tosiendo y en la casa se alzaba un insoportable vacío cuando en el lugar de su voz no había más molde que el silencio.

[Publicado el 07/1/2010 a las 13:36]

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El vecino

No se le ve y sólo se le oye de vez en cuando. Vive en una casa igual a la nuestra o una casa, mejor dicho, que desearía ser como la nuestra pero que si se exceptúan los metros cuadrados de la planta, todo cuanto posee carece del menor interés, y tanto la disposición de los muebles como la elección del estampado crea un desatino manifiesto. Lo peor, además es que estos adefesios  no conocen límite y la serie de birrias que llevan desde el recibidor al cuarto más hondo atraviesan, por delante de la puerta de la alcoba, un tufo donde se adivina que nunca fueron limpios ni sinceros el uno con el otro.

Incluso podría aventurarse que la elección misma de esa cama, esa colcha, la banqueta para ponerse la media o atarse los zapatos, la cómoda con su espejo festoneado de madera oscura versiones anticipadas del fracaso en que debería sumergirse tarde o temprano aquel  matrimonio sin encanto alguno.

Los vecinos, sin embargo, viven ajenos a estas circunstancia e incluso ríen en los cumpleaños, reciben v isitas de vez en cuando y, lo que aquí más cuenta, siguen agregando objetos feísimos por todas las habitaciones, sean del valor, el material y la forma que los defina.

Los peores artículos, regalados o adquiridos,   invariablemente abstrusos,  tienden a apilarse casi en cualquier repisa o salidizo que ofrezca tanto  una librería, una cómoda o un estante semiempotrado. Basta que la consola, el  estrafalario mueble bar o las mesas auxiliares presenten un plano a cualquier nivel para que los objetos de las más diversas especies encuentren allí un asiento, casi eterno, invariable, prolongado, mortal y  crecientemente angosto.

Los mismos olores de sus guisos trasmiten igualmente esta idea de concentración desconcertada que representa la muchedumbre de objetos que posee el vecino. Estas figuras, bolas de cristal, prismas, postales, marcos,  bibelots, premios de tómbola, recuerdos de Hungría, corazones de jesús o tías antiguas, se congregan sin ninguna ley visible pero que, en realidad, responden a un riguroso juicio acumulativo proyectándose sobre la acción de un  mal gusto seguro de sí mismo.

 Efectivamente, no se trata de personas temibles por delirantes que parezcan sus objetos.  Se trata de gentes amables y  celosas de su hogar, amantes de la intimidad y la debida privacidad sin que atenten siquiera levemente contra las convenciones de la convivencia. Pero, además, conscientes de su inocuidad e incluso de la nuestra no presentarán ningún inconveniente a que lo visitemos, nos sentemos en sus tresillos e incluso los juzguemos. A fin de cuentas, en el salón se encuentra, para su orgullo, lo mejor de la casa se trate de cretonas, maderas o productos manufacturados artesanalmente, desde las figuras policromadas o los chinos de marfil o la lanza africana de la que penden flecos.

 Esta exposición casera, consustancial a todo el mundo, se ha ido formando como los estratos telúricos en la naturaleza y no admite por esto mismo corrección ni calificación estética alguna ya que el salón, tal como se ve, procede de una conjunción de circunstancias y sucesos ya autónomos e innumerables.

En una casa, los cuartos de baño o la cocina siempre reclaman una reforma que los actualice  pero el salón jamás se aviene a caprichosas transformaciones, por ligeras que parezcan. Más aún, la profundidad histórica, consustancial al salón en cuanto emblema, lo vuelve reacio a cualquier tratamiento modernizador y con ello también a cualquier intervención que podría quebrantar u naturaleza.

Cabría decir  que el salón de  los vecinos -igual que el nuestro al que juzgamos claridad-  se ha ido formando por sedimentación natural de las vidas y sus peripecias, sus juergas y sus tedios.

Hay factores del salón que proceden de tener hijos, otros que aterrizan allí desde parientes queridos y otros, en fin, que se han instalado por todas parte sin que nadie pueda fechar su procedencia. El salón que siempre desempeñó el papel de escenario público dentro del hogar puede contar, por ejemplo, con un mueble bar o repostero que permite invitar a los de afuera y conseguir mediante esta pequeña participación un sorbo de introducción en la semántica ajena. De ese modo todo salón siendo horrísono posee un punto de cordialidad que no puede desprenderse de sus relieves, aún los más ajenos. De este modo, el salón siendo acaso  la pieza que menos se frecuenta puede procurar la sensación, al ser homenajeados, que contiene el accesible corazón amistoso de sus propietarios y que se comporta como la estancia en la que mejor se desempeña el papel de recibir al público y tratarlo apropiadamente..

 Diariamente, en gran número de salones burgueses,  no entraba nadie o casi nadie y quedaba deliberadamente reservado para recibir, a la manera de una manifestación teatral de la vivienda y en donde, en efecto, el trato tendía a ser formal como en una representación concertad. Las cosas son de otro modo ya pero su herencia perdura en el arreglo de mayor cuidado que se le dedica. Que la pieza conserve incluso hoy algún  punto exhibicionismo o de afectación es una característica que el visitante entiende y acepta bien. De ese salón  acaso no pase nunca en las sucesivas visitas pero ¿cómo impedir que hasta allí lleguen los olores dela cocina y hasta del cuarto de baño cuando los metros disponibles se achican?

El olor, no el mal olor, sino un particular define al ser particular de cada casa. Esa, más o menos fundida, unidad familiar flota sobre el complicado aroma que generan los incontables factores que convergen en la vida de la casa.  Es la marca olfativa dela casa que se transmite a veces incluso en el rellano y suavemente como un hálito de madriguera o que se impone acusadamente cuando desde la cocina salta al exterior los aleteos de un poderoso guisado.

Por ese olor cunde una comunicación  humana y vulgar con los vecinos,  a su vez ordinarios y vulgares. Ellos nos han de oler a nosotros mientras  nosotros los olemos a ellos en una ola de olor, un cruce de moléculas que terminan por abrazarnos aún a costa del deseo.  Nos saludamos, nos amamos, nos ignoramos, bajo la campana de ese olor cuando juntos, acudimos al ascensor, lugar crucial donde las vidas indefectiblemente coinciden, se juntan y se separan como imanes para volver a reunirse de otros modos también  a través de los mensajes sueltos que proporcionan los sonidos de al lado traspasando los tabiques.

 Muchos de estos sonidos, la mayoría inextricables, algunos inquietantes y otros tan comunes refuerzan el inconsciente de sentirse repetido, acompañado y replicado.  Vivimos puerta con puerta, pared con pared, pero nuestra bienestar  se haya muy condicionado por el imaginario de creernos distantes y diferentes. No nos parecemos en nada aún pareciendo que vivimos juntos pero sus patentes errores en el mobiliario o el color de las paredes, la conjugación inadmisibles de sus colchas y cortinas,  les sitúa  en una esfera de extraños deseos, conocimientos y experiencias que en nada pueden ser los nuestros. Su desgracia, si trágicamente llegara, la veríamos como una versión más o menos corregida de la nuestra, pasada o presente,  pero es prácticamente imposible aceptar que su clase de felicidad y la nuestra se parezcan. Cada unidad familiar se complace en el simulacro de un anhelo irrepetible. Ningún porvenir, ni destino alguno, ningún final pueden hallarse anticipados en algún otro lugar por vecino que sea. La similitud terminó en los planos del arquitecto y, a continuación, la máquina de habitar hizo de ellos y de nosotros dos casos tan próximos como intraducibles. Tan supuestamente  únicos como solitarios.

[Publicado el 06/1/2010 a las 09:00]

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La silla

El mueble más inmediato y sencillo, el primer eslabón en el sistema del mobiliario doméstico es la silla. Otras figuras del mobiliario podrían escogerse como ejemplo de sencillez pero ninguno lo es tanto en intención, concepción y elocuencia.

 El banco o el taburete son todavía más simples pero se diría que pertenecen todavía a un tiempo primitivo, casi animal, y de hecho, ambos encuentran una fácil connotación con el pesebre, el pretil o el escabel para ordeñar el ganado. La silla, sin embargo, mercede a su respaldo, es ya algo humano.

Una fabricación pensada, aún esquemáticamente, con el pensamiento humano, tanto que, a  la manera de los pictogramas  designa por anticipado su función práctica. Todos entienden con facilidad su referencia a un uso determinado y de hecho, su dibujo crea una dialéctica  exacta, desde el boceto a la cosa y de la cosa al trazo.

 Sin desdeñar el amplísimo surtido de sillas diferentes dentro tanto de la simplicidad como de la retórica, el hecho viene a ser que acaso ningún arquitecto llega a sentirse del todo completo, sea Le Courbusier, Miess, Siza o Moneo, sin haber pergeñado una silla con su nombre. El arquitecto consigue así desarrollar no sólo su particular concepción del espacio puro sino, además, su concepción respecto a la confortabilidad de su habitáculo.

 En la Edad Media apenas había muebles en las habitaciones y de ahí que el espacio desnudo cumpliera las veces no sólo de refugio indiscriminado sino de ámbito diferencial según los mundos que deseara crear y los estados de ánimo que pretendía suscitar en ellos producir. Las iglesias, los conventos, los dormitorios, los oratorios, las lonjas, se autonombraban a través de la inspiración  que hablaba en su seno.

 Los muebles, después, han  venido a ser quines califican una y otra habitación con una fuerza - a veces torpe, a menudo burda- que, en ocasiones, perturba la calidad intrínseca al  espacio básico. Un buen arquitecto es aquél que aúna la espacialidad a sus contenidos pero siempre el promotor le permite llevar a cabo la labor completa. Cuando se lo autorizan, sin embargo, el diseño de muebles, armonizados en su espacio,  viene a ser la obra íntegra.

Pero no faltan sino que abundan los ejemplos de excelentes  interiores perjudicados y hasta estragados por la presencia de muebles horrísonos o, al cabo, inapropiados.  Podría así decirse que los muebles son los primeros habitantes de ese inmueble y así como es común que los ocupantes de una vivienda la estropeen con una mala decoración o un mal uso, los  muebles sin tino invadiendo los cuartos torturan o malbaratan a su contenedor y establecen al cabo una atormentada pugna que desestabiliza el ambiente. y su destino.

 Muebles incómodos para ese espacio al margen de la máxima confortabilidad que posean por sí mismos para ser expuestos y admirados.

La silla sería la primera letra en la secuencia semiótica del mobiliario. Es como una letra inicial que llama hacia un estar en el lugar, el primer punto que invita a permanecer un tiempo en ese concreto espacio. "Dar silla a alguien" es invitar a otra persona a sentarse ante quien lo desea aunque otra manera de dar silla más o menos duradera es procurarle la postura yerta mediante  la silla eléctrica. La palabra silla procede del latín sella, asiento, y hay tantas sillas como las que discurren en una sucesión casi infinita desde la silla de enea a la silla a la silla de montar y desde la silla gestatoria a la silla de ruedas.

La mayor parte de los hogares se definen por los muebles escogidos y muy especialmente por las sillas que se disponen alrededor de la mesa de comer.  A través de la interpretación que propicia su diseño, el visitante alcanza a ponderar tanto el gusto estético de los amos como acaso el gusto mismo de los platos que se servirán ante ellas. Sillas mullidas o sillas estrictas, sillas desacopladas y sillas que forman un amable juego o una melodía perfecta. Ese comedor, en cuyo aspecto, ha venido interviniendo mucho las mujeres  habla del carácter de ella y hasta de su fisonomía en cuanto persona y en cuanto esposa.

No pocos detalles del mobiliario completarán el perfil de los amos y, obviamente, en una casa abundan las pistas de todo tipo, textuales, textiles, tectónicas, que orientan las conclusiones, pero la silla, excepcionalmente, es una información de gran alcance sobre el carácter integral de un domicilio y el bienestar o el malestar que allí se esconde.

 

[Publicado el 04/1/2010 a las 09:00]

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El despertador

El despertador es el rigor, el símbolo del rigor y su práctica. Inexorable, despiadado, cumple la orden tajante que se le inyecta y la culmina con obediencia exacta, con  una puntualidad ciega o inapelable.

El interior de este cronómetro es, ante todo,  reglamentación pura. Posee el mecanismo de los otros relojes pero está concebido o amestrado no para dar las horas sin ton ni sin sino comunicar un momento crítico de forma tronante.

De este modo, su espíritu de diana  transforma lo que fuera una ordenación más en una orden militarizada. Ni una vacilación, ni una holgura, ni un más o un menos se admite en su conducta estricta. Conducta de ordenanza extrema como principio y razón de ser.

 Los despertadores pueden servir sucedáneamente como relojes vulgares pero son ellos mismos, inconfundibles y aterradores, al manifestar la fuerza de su idiosincrasia salvaje.
Porque en apariencia, a primera vista, el despertador contemplado como una esfera más no encierra agresividad alguna sino tan sólo esa brutal candidez de los relojes. Efectivamente todo reloj muestra, tarde o temprano, destino siniestro pero en la vida corriente  se comportan como elementos fijos cuya disciplina, siempre de una manera inocente o bobalicona, nos corta las alas, la voluptuosidad, la libertad o el gozo. El reloj es ajeno a su amo. Lo más ajeno que se pueda imaginar. Sin embargo el despertador se deja hacer, se ofrece insidiosamente a la voluntad y a sus planes. Ambula mansamente a lo largo del día pero, como los animales feroces, posee un gen  programable para atacar o abalanzarse sobre sus propios dueños en momentos prefijados e hirientes.

De aquí que se trate de un objeto doméstico pero muy extraño a la vez. Se ve domesticado pero domesticado, al cabo, para atacarnos, manipulado para a la vez someterse y  contravenirnos.

 De ese latigazo del despertador e deduce que el aparato goza de esa clase de personalidad rara o epiléptica. Cierto que nosotros se la inyectamos para nuestro servicio pero ¿qué decir de las criaturas o personajes que los autores crean y se acaban rebelando contra ellos? Que ese instinto subversivo pueda hallarse en el despertador y no en el resto de los relojes lo convierte en la pieza que araña o puntea, sacude y desdeña. Aun cumpliendo un dictado.

Ninguno de los relojes proclama con estridencia su hora e incluso los de pie se afana cuidadosamente en dulcificar melosamente sus sonidos. En el despertador, el cómputo de los minutos se realiza generalmente en silencio y desgranándose naturalmente a través de su mecánica. El despertador ni el reloj gritan el posible dolor que esta operación de constante contabilidad les  causa. Solo berreará, se desgañitará el despertador cuando, sabiéndonos dormidos, materializa la asignada función de hacernos conocer en qué momento estamos, a despecho de nuestra merecida inconsciencia.

 No es extraño, por tanto, que algunos sujetos muy dormidos incluyan, por unos instantes, esos estrépitos del aparato en sus sueños y hasta que la delirante persistencia del reloj clamante, lo arranque literalmente de su engaño.

 El despertador, en suma, nos despierta -nada menos a la realidad y comete este acto por decreto. Este despertador- como cualquier otro reloj- no duerme nunca pero, además, contiene el dispositivo preciso para proclamar que la realidad nos reclama a toda prisa. Desde ese punto de vista el reloj nos provee de conciencia y quién sabe si también de una confusa autoestima.

 Todo cuanto ocurre a lo largo de la jornada no importa al despertador que tras unos momentos de intensa importancia regresa a la rutina casera. O bien, su voz de alerta se hunde en el silencio común y sólo resucitará otra mañana si nuestra mano y nuestra mente en una combinación coactiva lo coaccionan o restituyen militarmente.

Gracias a ese enrevesado proceso que pasa por darse órdenes a si mismo a través de inculcar la orden a un tercero, el mandatarios primero se reúne, mediante el despertador, con el segundo mandatario dormido.

De este modo, el despertador realiza la milagrosa función de unir dos partes del mismo ser humano, la parte inconsciente y la consciente y a través de una suerte de electroshock que provocando sobresalto hace brincar al cerebro desde la molicie a la mollera.

El sujeto unido ya en sus dos mitades se halla en condiciones de presentarse en público y mientras va desprendiéndose de la  experiencia traumática que ha experimentado al pasar de  la escisión a la integración en décimas de segundo. Un lance          que maniobra el despertador y que pone al alcance de la vista,  asomando entre sus pliegues, el ser y el no ser de uno mismo.

[Publicado el 30/12/2009 a las 09:00]

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El plato

Hay un abismo entre el plato vacío y el plato lleno.  O mejor, hay un abismo entre el plato lleno y el plato vacío. Este hiato se describe pictóricamente como el clamor del hambre y, semióticamente, como la palabra y el mutismo. La mudez, la oratoria y el silencio, el argumento y la nada.

 La casa da el plato impulsa a hablar. La casa da el habla. Siendo de un linaje alimentario se posee un lenguaje y teniendo un lenguaje sustancial y propio se posee un poder. El discurso del poder del plato en su variada versión.

Del plato llano se parte para el discurso llano y del plato hondo - el segundo plato capital- para el discurso más trascendencia. Juntos forman, en combinación  con otros que componen la integridad de la vajilla la  pertinencia a un sistema donde el conjuntos se integra como un juego de juegos significantes en el valor general.

No cualquier valor general, sino el valor particular concebido y respetado como una enseña de familia, de manera que es en los juegos de platos, como en los de la cubertería o en la cristalería donde se plasman o inscriben las señas ( o iniciales) de la casa.

Esa casa es dueña de una insignia que trasmite su marca a los alimentos que sirve y, en consecuencia, su característica alimentaria forma parte de  su territorio y su campamento distintivos. Esa familia,  esa nobleza, ese linaje, se graba en las piezas de comer como lo fuera en su armamento, puesto que disponer con propiedad de la comida concede un estatus de privilegio, de prevalencia o de identidad social

Sólo los mendigos carecen de platos propios y marcados. Exponen sus platillos mendicantes y anónimos como soportes de una limosna que indiferenciadamente reciben de aquí y de allá. Son mendigos  y nómadas. no poseen el alimento por su casta sino por amor de Dios, azarosamente, milagrosamente. Son, de este modo, por-dioseros. Deben su sustento a la caridad en cuanto trasunto del posible amor de Dios repartido caprichosamente sobre la conciencia de los hombres.

Se alimentan, por tanto,  basados en la piedad o, lo que es lo mismo, en la estocástica intersección de la benevolencia divina. La providencia les provee, los files le ofrecen  sus cosechas en un juego de benevolencia y azar.

El plato vacío, en la vida tradicional es sinónimo de una petición extrema. El plato lleno es equivalente a la gula pero el plato vacío es patrimonio e Dios. Entre ambos extremos se halla la virtud, el alimento que se reparte en forma de cuerpo místico o el sustento que se dona en nombre de la  caridad.

Dentro de las casas modernas el plato se apila como  un rutinario  instrumento del almuerzo o de la cena pero todos los platos reunidos, presentados en resma, dan a entender el desahogo de la economía doméstica y su potencial capacidad para cubrir el aforo de los diferentes platos requeridos.

 Hondos y llanos, bandejas y platillos de postres, se reúnen en el sistema  del banquete que la familia se otorga u ofrece festivamente a los parientes o la los demás. He aquí una seña de poder burgués que no se representa en las cuentas corrientes, ni las escrituras, sino en los atributos instrumentales para invitar a comer en el hogar.

Contar con  una vajilla,  una cristalería y una cubertería completas remite a un nivel social que no sólo come bien y holgadamente sino que invita a comer  gentes del exterior. La  casa goza del poder de invitar y, virtualmente, cuenta con  invitados plurales. Gentes que procediendo del exterior se atienen al interior a través del régimen que dispondrá el menú. s.

La cocina es una máquina de poder. Lo constata el cocinero, sea o no profesional, y lo exhibe la casa en cuanto  bajo su menú particular ve sometidos a los comensales. Agasajados sí pero, a la vez, gobernados por el firme dictado de los platos. La cocina es una máquina de poder: obliga al asentimiento de los invitados e  impone con su composición el gusto de los invitados.

n todos estos actos, el plato cumple una función  esencial. En su superficie se deposita el alimento propio de la casa, su interpretación del gusto o  el linaje y de su contenido han de participar los comensales, los partícipes de   su digestión posterior, realizada en cada estómago individual más o menos orquestada por la dirección de la casa. El plato actúa, en consecuencia, como un intermediario entre la oferta y su metabolismo, entre el rito de la invitación y la realidad del colon.

Todo plato, como en el ofertorio católico, es una ofrenda al más allá pero, en cuanto elemento mediático, conlleva una surte de  regalo social que reclama una contraprestación social.

Todo plato en soledad es un espejo del fracaso individual  mientras todo plato en la concurrencia de una mesa conlleva una positiva manifestación social. Frente al plato en soledad donde prevalece el espejo deletéreo, el plato desplegado en sociedad y convertido en vajilla disponible. Entre uno y otro extremo discurre la escala del vasallaje. la asimetría del don y el contradón, la evidencia del plato como un plano en donde se provoca la deuda infinita, teológica, o la deuda humana de la contraprestación. Acaso nunca, con más contundencia, se advierte que todo regalo alimenticio reclama su equilibrio igual. Y de ahí las interminables cenas de sociedad siempre incapaces de cumplir, plato a plato, la deuda social del banquete y su simbólica simetría institucional.

[Publicado el 28/12/2009 a las 09:00]

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La bombilla

Que la luz  eléctrica provenga de la bombilla requiere que su interior sea un vacío o se la haya dotado de un gas inerte. Es decir, la luz proviene de una incandescencia que pasa por la muerte real del filamento.

Y no sin consecuencias. El 90% de la energía de esa incandescencia se gasta en calor y sólo un diez por ciento en luz. La luz requiere, por lo tanto, una abnegación casi absoluta del efecto que Edison procuró con su invención. Una invención muy discutida por otros investigadores y que, al cabo, Edison se apropió en buena medida porque su mismo nombre se aviene perfectamente con la acción de expansión y condensación que se produce en el seno de su ampolla-

Edison evoca la callada tensión que tiene lugar en el interior de ese pequeño ámbito que en la casa opera, efectivamente, como el depósito de una proyección de luz. Luz proveniente de una cápsula habitada por un  extraordinario estrés interno.

 La casa se ilumina, en apariencia, como sin tal cosa. Basta pulsar el interruptor para obtener iluminación pero una sucesión de tensiones dentro de la jaula de cristal son necesarias para ofrecer su  ración de claridad. La tensión más intensa del hogar se cumple  en esta suerte de maniobra por la cual la luz se ordeña desde el vientre del calor, dentro de la íntima ampolla de cristal, expuesta a la vista, pero no obstante velada a la comprensión del usuario.

 El usuario conecta y desconecta el interruptor  con la mayor indiferencia  respecto a la reacción que desencadena. Dentro de la bombilla, entretanto, se compulsa  un éxtasis extremo gracias al cual se obtiene luz y mediante cuya acción el filamento de tuststegno sacrifica su existencia misma, su familia de tutgstenos, en aras de procurar claridad. Ser trata en fin de una  esencial metáfora de la inmolación de Cristo, el cuerpo que se sacrifica en la altura de una cruz o en  el interior atmosférico de la bombilla de donde nacerá la luz.

 Tomamos la bombilla como un objeto utilitario más pero es in cuestionable que para cualquiera que acoge en sus manos la bombilla, por su fragilidad y pos su morfología embarazada, lleva un especial cuidado para no dañarla y, con ello, cometer un crimen de cuya trascendencia sería imposible alcanzar el perdón.

La bombilla está a nuestro cargo como una unidad de una tribu de pequeños niños subordinados. Pequeños indígenas industriales  a quienes se explota su extremosa necesidad.

La lámpara llega hasta la incandescencia como los niños son coaccionados hasta el límite sus fuerzas productivas.  A esa clase de amos de los niños explotados, tensados al máximo, pertenecemos nosotros. Una bombilla se funde cuando en su exorbitada entrega de luz ya no puede dar más. La bombilla se funde del mismo modo que nosotros trabajadores  hemos quedado fundidos por el deber empresarial.

En el colmo de la incandescencia sobreviene la quiebra de las fuerzas, el desplome o desfilamiento de la resistencia, el final de toda posibilidad de dar más de sí. Este es en definitiva el comportamiento esclavo de la bombilla aislada: se funde cuando honestamente no pueden entregar más de sí. O dicho de otra manera, cada fundido de una bombilla conlleva la especie de una presión inhumana, más allá de la vida civil.

La luz diurna, la luz natural, es una fase propia de la respiración natural, la fase diurna del día. El efecto de una cadencia pulmonar sana. Sin  embargo,  la luz eléctrica representa el efecto de una destilación incandescente lograda por sobreexcitación del wolframio o del tugsteno  hechos filamento, torturados  y flotando sumisamente en el amargo mar de un gas, Un gas, normalmente el kripton cuya sola mención lleva a sentir que esos filamentos seleccionados para dar su luz han caído presas de un complejo guerrillero superior, amo de gases decisivos, escogidos para apresar con suficiencia al hilo que brillando mediante alcaloides, nos `procure la droga de luz.

Sin esa luz eléctrica maldita, ni la lectura de los libros, ni los bordados, los mandatos de la cena o los perfiles de la belleza  serían igual. Tampoco la lascivia de los cuerpos ni la calidad del mobiliario, las cretonas, las alfombras o los artesonados. La luz eléctrica procura además de su luz  sus sombras propias, para la pintura, la máscara, la demostración o la cosmética. Hay un mundo al margen de las bombillas y un mundo de bombillas, de lentejuelas y de fiestas particulares propulsadas por la incandescencia y no por la combustión, Un mundo basado en el efecto productivo de la represión sobre los filamentos hasta el grado de fundir su ser propio en beneficio de la creencia Una ecuación, en suma, que se opone al hedonismo de las hogueras donde las pasiones que nos queman son la luminaria central. La luz directa de las pasiones encendidas o apagadas, la comunicación directa de la emoción sin represión.

La bombilla es así en la burguesía del autocontrol, la virginidad y el ahorro del gasto, una metáfora de la contención hasta el límite, mientras la antorcha o la hoguera es el tropo de la entrega pasional hasta su extinción. Del primer caso se deduce el intento -siempre ambiguo- entre la donación y la negación, de cuya dialéctica, entre la virtud y el vicio, la luz emerge. En el segundo supuesto,  la antorcha como signo y su  linealidad como ofrenda absoluta, sin méritos de incandescencia, se patentiza no su  sacrificio sino la orgía de su consumación.

Nunca la bombilla llega a conocer esta forma de amor. No ilumina  debido a su gozo sino a  su pesar. Mientras la antorcha, la hoguera se realiza en la orgiástica consagración de su muerte, una bombilla perece en su previsible catafalco. Su muerte es la extenuación final de su resistencia funcional, el límite de todo lo que pudo resistir antes de su dimisión. Aparentemente no ha pasado nada en su mundo exterior, todo sucede en su hogar interior. El alma de la bombilla es el alma que comunica así con nuestra alma en permanente tensión común. No hay fiesta franca en el padecer de las bombillas porque mientras ellas sufren la fatalidad de su fundición representamos el ordinario simulacro de una alegría sin mayores consecuencias.

 Efectivamente solo un espíritu religioso el que caracterizó a finales del sigñlo XIX pudo engendrar una lámpara práctica y viable, una lámpara  reprimida y con positiva vocación de muerte, una lámpara viático que , a pesar de nuestros actuales esfuerzos de indiferencia, habita nuestros hogares con un aura religiosa y su lumínico mensaje de represión.

[Publicado el 23/12/2009 a las 09:00]

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Biografía

Vicente Verdú nació en Elche en 1942. Escritor y periodista, se doctoró en Ciencias Sociales por la Universidad de la Sorbona y es miembro de la Fundación Nieman de la Universidad de Harvard. Escribe regularmente en el El País, diario en el que ha ocupado los puestos de jefe de Opinión y jefe de Cultura. Entre sus libros se encuentran: Noviazgo y matrimonio en la burguesía española, El fútbol, mitos, ritos y símbolos, El éxito y el fracaso, Nuevos amores, nuevas familias, China superstar, Emociones y Señoras y señores (Premio Espasa de Ensayo). En Anagrama, donde se editó en 1971 su primer libro, Si Usted no hace regalos le asesinarán, se han publicado también los volúmenes de cuentos Héroes y vecinos y Cuentos de matrimonios y los ensayos Días sin fumar (finalista del premio Anagrama de Ensayo 1988) y El planeta americano, con el que obtuvo el Premio Anagrama de Ensayo en 1996. Además ha publicado El estilo del mundo. La vida en el capitalismo de ficción (Anagrama, 2003) y Yo y tú, objetos de lujo (Debate, 2005). Sus libros más reciente son No Ficción (Anagrama, 2008), Passé Composé (Alfaguara, 2008) y El capitalismo funeral (Anagrama, 2009).

 

Galería de cuadros del autor

 

Bibliografía

El capitalismo funeral (2009), Anagrama.

Passé Composé (2008), Alfaguara.

No Ficción (2008). Editorial Anagrama 

Yo y tú, objetos de lujo (2005). Editorial Debate

La ciudad inquieta: el urbanismo contemporáneo entre la realidad y el deseo (2005). Fundación Central Hispano

Noviazgo y matrimonio en la sociedad española: 1974-2004 (2004). (Coautor con Alejandra Ferrándiz). Taurus Ediciones

Alberto Schommer, el poeta de la visión (2003). La Fábrica

El estilo del mundo: la vida en el capitalismo de ficción (2003). Editorial Anagrama

Guillermo Vázquez Consuegra: obras y proyectos, 1996-2001 (2001). (Coautor con García-Solera Vera, Javier). Colegio Oficial. Arquitectos Comunidad Valenciana

Cuentos de matrimonios (2000). Editorial Anagrama

Señoras y señores (1998). Espasa-Calpe

El planeta americano (1997). Círculo de Lectores

Nuevos amores, nuevas familias (1992). Tusquets Editores

El éxito y el fracaso (1991). Ediciones Temas de Hoy

Poleo menta (1990). Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert

Días sin fumar (1989). Editorial Anagrama

Héroes y vecinos (1989). Editorial Anagrama

Sentimientos de la vida cotidiana (1984). Ediciones Libertarias

El fútbol, mitos, ritos y símbolos (1981). Alianza Editorial

Las solteronas (1978). Editorial Dopesa

Si Vd. no hace regalos le asesinarán (1972). Editorial Anagrama

 

Portada de 'El capitalismo funeral'

Enlaces

Entrevista en Canal 2 Andalucía.

 

Reseña en Babelia.

 

Reseña en El País.

 

Reseña en El Cultural de El Mundo.

 

Reseña en El País - País Vasco

 

Entrevista en Periodista Digital

Premios

2006 Premio Escritor del Año (Grupo Conde Nast)

2006 Grand Prix du Livre des Dirigeants

2002 Premio Julio Camba de Periodismo

1998 Premio Espasa de Ensayo

1997 Premio González Ruano de Periodismo

1996 Premio Anagrama de Ensayo

Vídeos asociados

Audios asociados

Obras asociadas

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