En Teulada, un pueblo modesto de la provincia de Alicante, el famoso arquitecto Patxi Mangado ha diseñado un brillante auditorio sobre una colina a la que no sube casi nadie y cuyo programa de actividades tenía como estrella inminente a Lola Herrera. Y esto si es que llega a celebrarse la función, puesto que la función de estos centros no es que sean activamente culturales sino políticamente funcionales.
En toda España se han creado tal número de universidades en los últimos años que llegó un momento en que todas las poblaciones mayores de 50.000 habitantes, excepto Ponferrada, contaban con esa institución de enseñanza superior. Pero enseguida me escribió indignado el alcalde de Ponferrada para hacerme saber que en su ciudad no solo había un establecimiento universitario sino creo que dijo "tres".
En Santa Pola, un pueblo marinero que en invierno apenas rebasa los 12.000 habitantes, hubo una oferta electoral del candidato socialista consistente en la erección de un auditorio o palacio de congresos con asientos para unas 1.000 personas. Prácticamente el aforo modelo (1.000) con el que cada munícipe ha deseado magnificar el periodo de su mandato.
En Móstoles, en Alcobendas, en ciudades dormitorio alrededor de las capitales, se han alzado también potentes edificios destinados a la cultura, puesto que la cultura ha actuado como un sello del saber hacer, un signo de sensibilidad ciudadana y una golosina para el turismo o los medios de comunicación con fotos.
En Alcorcón, una ciudad dormitorio a unos 20 kilómetros del centro de Madrid, se proyectó y se ha construido parcialmente un complejo cultural que, expoliando un parque, se compone de un auditorio de 1.424 butacas, dos salas de exposiciones de 625 y 530 metros cuadrados, un área de congresos (1.500 metros cuadrados), un circo estable, hermoso como un cilindro de cristal, con 598 plazas y un conservatorio de música y danza con numerosas aulas donde destaca tanto su amplitud (2.400 metros cuadrados) como sus excelentes condiciones acústicas, según el folleto previo. A la vez, también se proyectaron algunas tiendas y una sorprendente "sala configurable" con gradas telescópicas adaptables a cualquier realización creadora.
De hecho, el centro adoptó el nombre de CREAA, sonoro acrónimo de Centro de Creación de las Artes de Alcorcón. ¿Resultado? Pasen y vean: una obra arrumbada y a medio construir que va deshaciéndose con el roedor paso de los días. Planchas que se descuelgan, materiales que se agrietan o se oxidan, moribundas herramientas de albañilería, millones de inversión improductiva que ni siquiera sirven como peana de futuro alguno. Efectivamente, la crisis ha derribado o malherido muchas obras pero ellas mismas son, como en Alcorcón, los zombis en donde se muñía la crisis.
Las cifras de los despilfarros y los hurtos, de los sobornos y las estafas suelen ser reveladores pero la visión de obras como las del CREAA espantan como criaturas malditas.
La creación, bandera de lo innovador, sinónimo de vida y creatividad, tiene hoy su contramonumento en Alcorcón, por ejemplo. Porque no hace falta que viajen a Madrid, a Santiago o a Avilés, una mirada alrededor en la propia localidad hace entender de qué modo la decadencia se embuchaba en la opulencia y la miseria en la delincuencia.
[Publicado el 06/10/2011 a las 10:35]
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Más allá de su capacidad de rapidez en el transporte o la velocidad que pueda alcanzar. La historia del automóvil está inevitablemente ligada a la educación sentimental de los jóvenes del siglo XX.
Un don del automóvil coincidente también con un desdoro es su carencia de identidad esencial. Una bicicleta, un barco o un avión son siempre así fundamentalmente. Su diseño se acopla a su función y por los siglos de los siglos cada uno de ellos forma parte de la misma naturaleza construida. Construida no por artificio, sino por oficio. El coche, en cambio, siempre ha sido un objeto de representación. Un remedo de las berlinas de los primeros tiempos, una evocación del cohete espacial en los brillantes años cincuenta norteamericanos, una suerte de bulbo que remitía al envoltorio maternal y un kinetic design actual.
La introducción de las formas onduladas o en gota que dominó su diseño en los años noventa contenía una doble predicación: de una parte, el coche continuaba la configuración del ser humano, y de otra, ese organismo introducía la imagen corporal de la mujer, que ya conducía mucho.
No se trataba, pues, de una mujer provocativa al estilo de las que se atrevían a fumar en los años cincuenta o a cruzar las piernas por esas fechas, sino de una mujer integrada en la titulación social, ascendente y destacable como el hombre. Las modulaciones de la carrocería denotaban así, en el extremo, su cuerpo ondulado y embarazado. En ese tiempo, que ya se había sufrido la formidable alza del petróleo, el coche no era tanto para correr sino para pasear, visitar, transportar y albergar.
El coche, poco después de su nacimiento en Europa y su dinámico desarrollo norteamericano, se convirtió en una pieza de velocidad muy unida a la agresividad de los tiempos del siglo XX y al futurismo antifeminista de muchos hombres que odiaban tanto a la mujer como alababan el aeroplano.
La máquina que llaman los italianos al coche se corresponde con la tesis del gran libro La máquina y el jardín (Leo Marx), que describe con precisión y emoción el alma americana. Los norteamericanos aman tanto al coche, que hasta ahora mismo sigue habiendo propietarios que dejan escrito en su testamento el deseo de ser enterrados en la misma fosa con él a su lado.
Todo el fenómeno del tuning, relativamente reciente en España, es muy viejo en Estados Unidos porque el coche no era solo un símbolo, sino un compañero muy personal, un ser vivo, una mascota y un hábitat como la sagrada máquina misma (Microsoft, por ejemplo) y el jardín, tierra de Dios. De la misma manera que en España se habla de buenas y malas cosechas de vino y, como en Francia, se anuncia su calidad, en Estados Unidos, los otoños son tiempo de presentación de modelos, cosechas mecánicas que se exhiben como una fiesta y se reciben con interés nacional. El coche, en un país donde predomina la edge city, es un medio indispensable para llegar a casa o para ir desde casa al mall a comprar avena o calcetines. Es un elemento polisémico y radical. Sirve para servir, sirve para lucir, sirve para acompañar, sirve para pensar, sirve para amar.
En países como España, el coche emblemático de la posguerra, el modesto seiscientos de entonces prestaba su hábitat para el transporte de mercancías o para el amor, sorteaba censuras y permitía salir a un espacio libre de la opresiva vigilancia social y policial, aunque no siempre con éxito. De este modo, el seiscientos, con su morfología de burbuja, cumplió ampliamente los deseos de crear espacios más o menos fugaces y encapsulados. Por ese tiempo, en Francia, el prototipo similar era el dos caballos de Citroën; en Alemania, el Beetle de Volkswagen, y en Italia, el Cinquecento de Fiat. Los cuatro, menudos y casi esféricos, actuaban como una cédula de intimidad. Baratos, resistentes, sencillos, venían a proporcionar dentro de Europa la oportunidad que el Ford T había procurado a los estadounidenses en los años veinte. Ninguno de estos modelos poseía capacidad para correr mucho, pero la velocidad es relativa, y cuando, en Francia, Peugeot participaba en carreras o demostraciones, sus 40 o 50 kilómetros por hora se consideraban una temeridad, con frecuentes accidentes incluidos. En España, a finales de los cincuenta, el tiempo para llegar de un punto a otro en automóvil se calculaba a razón de 60 kilómetros por hora. Se sintonizaba 1 kilómetro por minuto como si fuera ley canónica, y todo lo que alterara hacia la baja ese temporal hacía presentir que el conductor era un loco.
Los coches estadounidenses de 8 y hasta 12 cilindros con una longitud superior a los 5 metros disfrutaban tanto de una conducción muy suave y una amortiguación palaciega como de un precio del combustible hasta 10 veces inferior que el de aquí. Esto permitía también amarse más. Los jóvenes estadounidenses, que obtenían la driver license a partir de los 16 años, tenían como una diversión de week-end conducir, acaso el coche propio comprado de segunda mano y vistoso, hasta los aparcamientos de los centros comerciales, donde la diversión consistía, aparte de asistir a las sesiones de cine, a mantener conversaciones y achuchones fuera o dentro de las carlingas, tan grandes como salones y dotadas de tantos cromados como una feria de la sexualidad.
De hecho, nada hay más gratificante para un amante de los coches que discurrir por la historia automovilística de Estados Unidos. Cierto que los Jaguar británicos, especialmente el S-Type y sus descendientes hasta el XK8, fueron una morbosa debilidad y que los Volvo fueron un símbolo del intelectual radical o, lo que es lo mismo, del norteamericano con una deriva izquierdista.
Los Volvo en Estados Unidos -especialmente hasta los modelos que inauguró Ford en los noventa, poco a poco menos estructurados- han sido las insignias de profesores universitarios que manifestaban así su posición antisistema, siempre dentro de la moderación. No hay duda. Si alguien en Estados Unidos conduce un Volvo es, como poco, un partidario de la socialdemocracia y, antes, de la seguridad social. Por el contrario, quien conducía un Cadillac (hasta ahora, puesto que los han achicado tanto) formaba parte del grupo conservador. Con una distinción sobresaliente: si el Cadillac mostraba sus aceros plateados sería propiedad de un blanco, y si dorados, de un negro enriquecido. En España también cabe hacer apuestas sobre los propietarios a partir de las marcas que se conducen. Pero el coche tiene esta fantástica propiedad. La propiedad de ser siempre el coche fantástico. Ser esto, aquello y lo de más allá. Representar una casa o una lata, un spucknik o un mueblé.
[Publicado el 26/9/2011 a las 18:56]
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Unos tipos de cabeza simple quieren acabar con las grandes ciudades. Efectivamente son mentes "naturistas" y exponen como sevicias de la gran ciudad sus aires tóxicos, la emisión de los automóviles y las calefacciones, los aires acondicionados y el humo de los que todavía fuman, aun en las terrazas o las aceras. Los detractores de la gran ciudad no le encuentran atractivos: concentración, prisas, agresividad, distancias, incomunicación, basuras.
Sin embargo una gran ciudad, desde Nueva York a Hong Kong, es una obra maestra de la historia urbana. Y de Toda la historia del arte. Una urber de estas características no se hace en una generación ni en cuatro. Esere sedimento de diversidad y misterio, de grandes construcciones y arquitecturas extraordinarias, anchas avenidas y callejones insondables, de mescolanza de razas y clases sociales, de metros atronadores cargados de promiscuidad, de ricos y delincuentes, de delincuentes y ricos, de supermercados y superalmacenes y superteatros y supermuseos, no se hace de la noche a la mañana. El máximo monumento de la modernidad es la gran ciudad. ¿Serán tan simples que desean peatonizarla, ajardinarla, des montar su modelo por un simulacro campestre, entre lo grotesco, estéticamente insoportable y los político, correctamente político para la más ignorante de la población?
Una gran metrópoli es una entidad se respeto. Si se quiere vivir aire puro, prados y vacas existe el campo y sus muchas oportunidades de indudAble placer y recompensa pero ni ese placer es el mismo en el campo que en la ciudad a la que machaconamente se le opone. La ciudad es una cosa, una extraordinaria construcción de la humanidad y el campo, si se apura su idiosincrasia, una vana secreción de Dios.
La primera, se supone, también procede de Dios pero efectivamente de un Dios más culto, más complejo y mejor vestido. El campo queda como el modelo de una obra divina confundida con la perfección mientras la ciudad, de acuerdo con el desprestigio de la torre de babel, una fabricación maldita. Puesto que hoy todo lo fabricado es anatema y lo brotado de por sí una bendición.
Maldita es a, sin embargo, esta bastarda distinción. ¿Cómo puede compararse la riqueza de Londres, París o Chicago con las aldeas que las circundan? Gente rica y por lo general de mucho mundo, dicen querer regresar a la paz rural, pero la paz rural, en efecto, es como una residencia para la tercera edad, tan lastimosa de fuerzas como de perspectivas. No quiere decirse con ello que la urbe de millones de habitantes sea un reflejo del paraíso terrenal pero acaso sí es la mejor encarnación del imaginario infierno, si se tratara, en ambos casos, de perseguir similitudes míticas.
Pero ni eso. La Gran Ciudad tiende a la confusión, la aglomeración y el martirio o el crimen, paralelamente a la oferta de la diversidad, la individualidad y el goce estrambótico de su excepcional realidad.
En ningún otro lugar puede hallarse las nuevas estéticas y sus parodias, sus experimentos y sus aventuras. Es decir, las nuevas maneras de vivir y de crear, de morir, de amar o de apartarse. Las Grandes Urbes, condenadas oy como pozos de reptiles, equivalentes a pozos destructores de la condición humana, asimiladas a la deshumanización y a toda clase de crímenes que hacen de la humanidad un producto depravado, incluso ahora cunado mas de la mitad del género humano es urbano.
¿No entienden nada? ¿Creen que la bendición se hallaba en la aldea y la pérduda del campanario ha "sonado" a más de media humanidad. En realidad no saben entender sino a estos pastores de ovejas que aman los riachuelos, los bosques de encinas y el gorjeo de los pájaros. Lo demás es vicio o calamidad. Son estos pensadores efectivamente, melancólicos y, a la vez reaccionarios, amantes de la vuelta atrás. Condenan los rascacielos, los aparcamientos subterráneos, el semáforo y el coche; propugnan el regreso a la cabaña, la paja y la mula. No se puede ser más burros de vocación.
Desearían al parecer la inversión del costoso camino hacia la creación de la Mobra maestra de la gran ciudad, sea Nueva York. Marid o París cotando con la premisa de que fuera eliminado este proceso civilizatorio y todos los demás. ncluso conglomeraciones como Kuala lampur, Abdis Abeba, Lagos o Nueva Delhi, cargadas de excrementos animales, deberían ser abolidas en nombre de la vida pastoril donde las deposiciones de los animales se reciben en un cesto para abonar alelíes.
En todas estas capitales del tercer mundo, con un tercio de visión urbana, la vida pastoril ha querido insertarse por la fuerza de la tradición en las calles y, a la fuerza, como en Nueva Delhi, se ha convertido, en una pestilente astracanadas que han conve4rtido el espacio urbano en un caos mortal.
La ciudad es una cosa y el campo es otra. No hay punto medio. El movimiento del campo a la ciudad, puesto que se gana más pidiendo limosna en la Zona R0sa, que en cultivar maíz, es un ef4ecto de lo mismo.La ciudad no ha nacido para liberas al campo ni el campo, ahora en el capricho de los alcaldes ricos se halla para liberar de la ciudad. Tanto uno como otro se han convertido en dos polos de la evolución y en tanto no establezcan entre sí una relación de tú a tú, sin complejos ni compromisos será imposible pensar en armonía con lo real.
Muchos de los habitantes de las grandes urbes desean la paz bucólica de sus antepasados. Pero nunca serán sus antepasados sino versiones teatrales de la vida en la antigüedad.
Igualmente muchos de los pobres campesinos que se establecen en la ciudad serán, a la fuerza, un pintoresco paisaje en ella. Ninguna integración verdadera es imposible. Vivirán hacinados en pisos patera, vivirán con unos pesos o dólares que invariablemente compararán (dolorosamente) con los precios de mercado en sus aldeas verdaderas.
La fusión raramente se produce. Hay ciudades, criminales, suicidas que esperan para matar a sus emigrantes a quienes deseen habitarlas sin su pasión natal. Como hay campos, a la vez, preparados de antemano para ser camposantos que guarecen a la población advenediza.¿Zonas peatonales? ¿Para quién? ¿Para los pobres campesinos cuyos sus ancestros ideológicos paseaban por la calle mayor o para quienes tener, además de los teatros y los antros, los excitantes y los parques temáticos, una alameda con albero apisonado en remedo de los escenarios en los que se hicieron novios y novias en aquel tiempo que el tiempo urbano ha clausurado aquí y allá?
[Publicado el 21/9/2011 a las 09:00]
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Un joven no es hoy tan sólo un joven biológico. En un reportaje de El Mundo a mediados de septiembre de 2001 se hablaba del fin, la desaparición o de la confusión de la edad: los de 12 años eran como jovencitos, los de veintitantos adultos, los de treinta y tantos "viejitos", los de 50 jovencitos y los de 70 maduritos.
No resisto a presentar esta clasificación porque, efectivamente, significa algo más que una denominación ocurrente y de circunstancias. Son las estructuras de la familia, los nuevos valores y el orden del trabajo actual quienes han trastornado las clasificaciones y sus inseparables significados. ¿Cómo no iba a ser así en este asunto cuando lo es en tantos otros, desde la pintura al porno, desde el sexo a la alimentación?
La religión ha pasado, a su vez, de ser la incuestionable verdad de la fe, siempre interior, subjetiva rural y garbancera a convertirse en oro puro para ayudar o triunfar.
No es la ciencia pero sí su complemento, no es la ciencia pero a menudo su rival puesto que la enseñanza de la fe, en los colegios norteamericanos o no, contrarios al evolucionismo y partidarios del creacionismo, contrarios a los efectos de la medicina y partidarios de los curanderismo, han engalanado el prestigio de la vetusta fe.
Fe en la curación del cáncer a través del Opus Dei, fe en el éxito profesional como camino hacia el trono de Dios, la fe en uno mismo como taumaturgo de nuestra personalidad multiplicada por mil, la fe en los logros como la fórmula más eficaz para lograr cosechas de primera.
Efectivamente desde la ciencia a la fe y desde la fe a la ciencia hay más pasadizos de los que ante se suponía y de hecho, sólo el cerero sería capaz de dar cuenta entre los seres humanos de esta estrecha y mística relación. Pero también en las máquinas habrá una creciente presencia del pensamiento individual, un oleaje mental que como un tecnicolor de poder las moviliza. Uniones de cuerpos y máquinas en una conexión, ya sea íntima mediante un más o menos visible y remoto.
La ciencia nunca ha alcanzado su nivel más alto y justamente, cuando allí se encuentra ahora, su desplome (como en la Gran Crisis) parece mucho mayor. Y no tanto para convertirla en escombros sino para ponerla al nivel de otros conocimientos afectivos, emocionales o intuitivos que complementan, igual que en el cuerpo humano, la relación psicosomática, siendo el soma la ciencia y el psico la conciencia. Siendo la conciencia la fe y el cuerpo el artefacto, dicho sea para salir del paso.
De parecida manera, se puede pensar en el fenómeno aparatoide de la juventud actual. Apenas se concibe un joven sin aparato, sea una pantalla, un móvil, una tableta o un ordenador. El joven pierde su carácter y hasta su fisonomía si discurre conectado a estos aparatos. Conectado e interrelacionado no de vez o de vez en cuando sino apegado a sus acciones y expresiones como una forma de ser y vivir la juventud.
¿O es que puede imaginarse una juventud contemporánea sin estas tecnologías de la comunicación? Muy lejos de ser tratadas como herramientas de quita y pon, para el tiempo de trabajo o de recreo, se han portado como acompañantes inseparables de la juventud.
No son órganos en el sentido de la biología pero son órganos en el sentido de la biónica lo que significa una delgada distinción. Los jóvenes reciben la vida a la antigua usanza. Son fecundados mediante la copulación, se desarrollan dentro de una placenta y llegan al alumbramiento, más o menos como en el principio de los tiempos.
Sin embargo tan pronto traspasan este expediente, su vida se concreta en la relación con las pantallas, nodrizas, maestras, amigas, amantes. Aman, sufren, se divierten, los despiden, se excitan o se apenan en un traslúcido espacio creado a través de las pantallas.
No es un asunto secundario, ni tampoco marginal. Los muchos mundos se hallan en estos lugares de la red y el mundo en general es ya inconcebible sin este universo. La fe regresa convertida en la fe bíblica. Confiamos en el más allá del comunicador sin verle la cara, sin conocer sus reales intenciones, sin saber apenas de su catadura.
Por el arco de la ciencia se dispara la flecha de la fe; por el mundo saturado de complejos artefactos regresa la imaginación artesana que promovían las iglesias. La fe más simple se filtra entre los circuitos más complejos.
La informática y sus derivaciones ha procurado el gran milagro (¿milagro?) de regresar desde la abstracta globalización a la ermita de adobe y desde el firmamento del 2.O al rudimentario cielo de Dios.
[Publicado el 19/9/2011 a las 17:05]
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La mirada del cuerpo a pelo vale menos que el fisgoneo promiscuo por los objetos de alrededor
Pero, a lo mejor, podría ser. Podría aceptarse que padeciera esa manía. El narcisismo es mistérico. Pero, además, las actrices o los ronaldos tienden a sentirse iconos para sí mismos y acostumbran a ser tan atrabiliarios como desorbitados.
Si hay algo, sin embargo, que hoy ocurre con los medios de comunicación audiovisual es que han hecho pasar de lo privado a lo público y del pudor a la exhibición con la proliferación creciente de las webcams. Como consecuencia, ya no es tanto el desnudo del cuerpo de la actriz o el ídolo lo más vistoso, sino el desnudo del medio interior, la arquitectura interior, donde se desnuda y yace.
La intimidad de una casa o de un dormitorio, la intimidad de un cuarto de baño o una cama deshecha puede ser una oferta sexual mucho mayor que un cuerpo sucinto, un cuerpo sin ropa y aislado del escenario natural donde se gesta.
O bien, el domicilio o la habitación, los objetos, los muebles y los espejos que forman el entorno del desvestido neto poseen un plus de excitación informativa. La gran atracción pues de las llamadas sexcams, en constante ascenso entre los usuarios de la Red, se apoya por tanto menos en la coqueta anatomía del personaje que en su figura más la especial decoración alrededor.
No se penetra el cuerpo sucinto, sino encuadrado. La mirada del cuerpo a pelo vale menos que el promiscuo fisgoneo por los objetos asociados de alrededor. Los cuerpos se parecen demasiado entre sí, pliegue arriba, pliegue abajo, pero los hogares necesariamente son mucho menos iguales, están plagados de sorpresas y, a la fuerza, poseen más signos y frunces por desbrozar y juguetear con ellos.
De otra parte, el contacto sexual entre los cuerpos ha ido perdiendo cotización. A mayor facilidad de los encuentros eróticos, menor valor de sus logros en las escalas de apreciación social. El sexo siempre es muy divertido individualmente pero se halla cada vez menos retribuido.
La superación del cuerpo enteco por la franquicia del hábitat entero, la expansión del morbo del desnudo hasta el morbo de la alcoba viene a ser hoy la materia prima presentada por las mejores sexcams.
La pequeña cámara enseña un fondo complejo impregnado del primer plano del amo. Enseña el trasfondo de su condición y cambia la pobre experiencia de observar una parcela de carne humana, sea el pubis o no, por la interesante visión del lugar donde esa carne duerme, se acicala, tose o acaso se suicida.
El sexo óptico adquiere así una penetración en la intimidad no sobre el cuerpo sin más, sino sobre el cuerpo con su guarnición y de la guarnición adherida como pieza de un cuerpo mayor, más diferencial e interesante.
Sin ser iguales, todos somos muy parecidos desnudos, pero los hogares, sin ser iguales, son mucho más desiguales que la desnudez. Ver a alguien en cueros resulta al cabo mucho menos que escudriñar en los pormenores de su guarida.
La casa, la alcoba, la ducha expuesta al otro, procura un plus al eventual disfrute sexual del otro, mucho mayor que el que propicia el fotomatón.
El tiempo que hoy somos capaces de prestar atención a un cuadro, una noticia o una foto se ha reducido una quinta parte en unos 20 años, de modo que si existe goce efectivo es semejante al fogonazo de un flash. El simple cuerpo desnudo es al coche eléctrico como su silencio al deleite sin contaminación.
Por el contrario, una alcoba, un cuarto de baño, un vestidor en donde el desnudo se expone cadenciosamente vuelve a ser la escena de una buena cetrería para la que se requiere mayor habilidad, finura y educación.
Scarlett Johansson o cualquiera otra de su mismo estatus no pueden ya conformarse con ofrecer al voyeur contemporáneo el aburrido top-less de siempre o la insignificante morfología de su sexo, sino algún lote escénico más por donde se pasea, se adormece, piensa, se depila. Es decir, el repertorio casi completo de todo aquello que forma parte de la comunicación, limpia o sucia, dulce o acre, en el multipolar universo del deseo y el sexo.
[Publicado el 17/9/2011 a las 11:43]
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Existe una forma superior de querer a la patria y es tomándosela a broma. Podría incluso decirse más: desde lo más sagrado hasta lo más profano, nada es digno de sentirse amado y llegar a poseer un himno si antes no se pone en solfa. Se pone en solfa, y toda esa música ratonera, entre la sonrisa y el ridículo, humaniza silenciosamente la cosa y envuelve en papel de plata su herida abierta y colorada.
Hay, al menos, dos campos de extraordinaria importancia en esta pobre existencia y son el fútbol y la religión. Los dos son tan graves que, en su liturgia, llevan muy mal la befa. Tanto en un sistema como en el otro, la seriedad estuvo mucho tiempo representada por el vestido negro del árbitro y de los curas. Telas de luto que hacían ver la carga de muerte que, cada uno en su oficio, se veían obligados a gestionar. Tanto en uno como en el otro ni las aleluyas ni los vítores restaban un ápice de muerte al vagido del gol y al jadeo postrero bajo la extremaunción.
Los chistes de humor negro son a menudo de una hilaridad superlativa, pero precisamente porque se atreven a revolver entre los abonos de la máxima seriedad, entre la derrota de la vida o del encuentro. En uno y otro caso no se permite o, mejor, no es de buen gusto jugar con su corazón sagrado. La muerte y el fútbol, como la justicia radical misma, se producen dentro de la suprema eminencia de la arbitrariedad. Se muere joven o niño sin saber por qué y se gana un partido por un churro que nadie puede atribuir sino a la indiferencia de Dios. Es decir, al mundo inexplicable del que sería una formidable temeridad reírse.
En mi caso, esta es la segunda oportunidad que me depara la providencia para ponerles texto a las fotos mudas de Jordi Bernadó. Tan mudas que, tanto entonces, a propósito de un libro sobre Estados Unidos, titulado True Loving, como en este lance, no puedo recibir sino como un regalo el habla o lo que no se ha dicho con palabras, que, como decía Celine, constituyen el núcleo más duro e importante del horror.
Jordi Bernadó dispara, mata, embalsama y luego me toca a mí hacer el recuento de esa compleja y extrema operación. De hecho, la mayor dificultad para trabajar a su lado consiste en que sus tiros suelen ser tan precisos que acaban definitivamente con el finado, que ¿qué palabra de más culminaría el impacto de su aniquilación?
El proceso de Bernadó, más o menos, es así, según mis propias cavilaciones. Ve una pieza al borde del abismo, entre la realidad y su caricatura onírica, entre el rostro y su falsa máscara. Ve este baile primario y lo concreta, objetivo a objetivo, para que en adelante no pueda moverse de su sitio jamás. La foto fija el objeto delimitado en una doble estanqueidad. Al muerto lo encaja en el féretro y, en una doble operación, lo precinta. Limitado, de antemano, en su cuerpo yerto, y encofrado después en la estructura funeraria final.
¿Mala intención? ¿Necrofilia de segundo grado? Seguro. No hay buena intención en el sentido del humor negro, sino el proyecto de congelar para la eternidad no ya los langostinos de Guardamar sino los monaguillos de Toledo. La cafetera, el muslo o el anís SYS reflejados en la pobreza, los pantys o el entrañable mal gusto forman un lote.
Sea sobre el tópico de Las Meninas o la astracanada de la vieja bandera nacional, Bernadó le infunde a cada situación, sin importar su cicatriz sagrada, una proporción de cariñosa burla a la que nadie, por tratarse de un cariño tan raro, sabría ofrecer oposición.
Como resultado de esta peculiar actitud, mucho más infernal y anómala de lo que parece, las estampas obtenidas -casi arrancadas de la normalidad normalizada- componen un mundo extraordinario que sin su mediación acaso no habríamos advertido nunca.
A la sensibilidad por lo inesencial, a su esencialidad por lo trivial, a su trabajo de minero sobre la superficie se suma la visión tan piadosa como cruel respecto al pobre ser humano nacido en este mundo. Pero no por todos los pobres seres humanos del mundo se siente igual, sino especialmente por aquellos que hallan en el mal gusto una fuente de felicidad gastronómica envidiable. Una felicidad apegada a la adversa situación de la economía, si es que la economía, Dios no lo quiera, entablara diálogo con sus engendros y determinara el contenido del menú.
El mundo se abre como una granada a la experiencia del sorprendido espectador. Todo lo que nos pareció digno de reverencia se reconstituye aquí en una suerte de antropología donde se ama a los santos, el calimocho, el toro de lidia y hasta la mujer pantera.
Si se necesitara a alguien para que combatiera a la autoridad y estableciera de una vez por todas el éxtasis de la democracia de la mediocridad, habría que telefonear a Jordi Bernadó. Sabe lo que dice, ignora lo que manda, ama lo que el pueblo adora y la camarera canta en su cuarto de estar.
Afortunadamente, Bernadó siempre está de guardia y ve incluso en la oscuridad. Desde la vanidad de Dios hasta la jactancia patriótica, desde el gran puticlub hasta la gigantesca paella, el ojo de Bernardó no descansa. Pero reposa.
Esta colección que publica El País Semanal es el resultado de haber descartado como detritus cientos de diapositivas, pero, aun así, no hay un tema claro o académico que las reúna, sino el imán del timo y no el de la Ilustración. El cambalache, inspirado en el propio viaje de aquí para allá, consiste en hilvanar a través de la más eminente enseña del mal gusto el diseño de las almas que creen y se entregan a él.
Almas que creen, para su orgullo, en el alto precio de la patria, Dalí, el chiringuito, la juerga española y todo aquello que reúne a una batería de instantáneas sobre el glamour de lo más cutre, los vistosos trajes de flamenca, las pobres malabaristas anémicos o los cementerios en el día de Todos los Santos que nos transportarán, en una Valeo de Nissan, hasta el destino del más allá.
El mundo de la publicidad, pero también la publicidad del mundo construyen este edificio estético a lo Bernadó. Ni se está seguro de que tal arquitectura sea tangible y no onírica o si lo onírico pasa por ser real con solo hallarse en el terreno más agitado y rural de la ficción popular.
En conjunto, como si se tratara de un circo, los personajes -tras los grandes decorados que se ven muy bien- inducen a sentir una insondable lástima por ellos, casi invisibles, acaso desguazados.
Pero, simultáneamente, el truco central de Bernadó radica en hacerlos dignos de ser amados en la imaginaria tragedia de su extravío. Un sortilegio que sigue expresando Bernadó (obstinadamente) al acumular indicios, documentos y monumentos para que lo que fuera menospreciado a primera vista adquiriera después una consideración sabia, no ilustrada en la Academia, sino en las acequias del amor y la convicción.
¿Es España así? ¿La define este bernadito reportaje gráfico? Sí y no. No es así, pero creeríamos erróneamente que es de otro modo si olvidáramos estos elementos danzando entre la inocencia y la vacuidad, entre la retórica, la arrogancia, la ordinariez, la creencia y el desdén.
Hace años, Luis Carandell nos hizo saber sobre una España tradicional, radical, popular y sustantivamente simpática. Tan ingenua y pueblerina como entrañable a través de sus muchos ejemplos en su Celtiberia Show. Esta Celtiberia existe aún en casi todas partes, sea en España, en Francia, en Rusia, en China o en Estados Unidos.
Bajo el burdo manto del PIB se encuentra un espíritu sin calibrar, un alma sin contabilidad para los programas de la ONU, la Unesco, el FMI o la FAO.
Esa realidad se esconde porque habita entre las fisuras y ningún vuelo rasante es suficiente para detectar sus vidas. Y mucho menos sus secuencias desde el lunes a las fiestas de guardar. La cámara de Bernadó, ahora, y en otras distintas ocasiones, hace emerger esos relentes del latido del cuerpo social. De este modo, la obra de Bernadó es semejable a la de un buen cirujano que actúa entre las fístulas, entresaca el cáncer del mediastino y coloca en la mesa de disección las diferentes capas de un tumor, maligno o no, para analizarlo con el estilete o el estilo.
la vida depende de esa vivisección y de sus análisis, puesto que la vida no es el organismo que se expende en la apariencia, sino en los entresijos de su sombría masa, adiposa o muscular. Ingresar en ese laberinto es interesarse francamente por la ciudadela integral de la salud.
Porque podría decirse: "Adónde está tu orgullo, adónde está el coraje,... fallaste corazón, no vuelvas a apostar ". Esta ranchera de Cuco Sánchez lo dice, de paso, casi todo respecto al trabajo fotográfico de Jordi Bernadó, que es a su vez -sin que pueda explicarlo- una pura ranchera ("Qué cariño" y "¡Qué lástima me das!").
Uno compone, el otro expone. Las fotos cantan la realidad de la vida muda, vida a secas, las letras y las notas visualizan el alma de menor cuantía que reside en tantos corazones que no son ya nunca materia prima almibarada de las revistas del corazón.
Más aún: hay corazones de primera que siendo de segunda fila han alcanzado fama internacional en los trasplantes, y corazones injertados que matan pronto, demasiado pronto, entre la miseria y la droga, entre la murria y el sexo, son como baratos puticlubes del viaje que miramos de lejos cuando viajamos por las carreteras en el Volvo familiar.
Esa vida de cunetas y pueblos por donde no se pasa nunca, o la vida de los museos provinciales donde sus piezas cubiertas de polvo no reciben fotos ni visitas, representan el lado mortuorio de una humanidad sin impresión. Son ellas, sin embargo, las fotos de impresión, impresas en los intervalos que no salen en los diarios ni en las noticias de la televisión, intervalos donde anidan pasiones sin porvenir, el porvenir sin pasiones y las pasiones sin transporte hacia delante o hacia atrás.
La aportación de Jordi Bernadó es, al fin, tan insignificante para la clase académica o política, que podría haberse ahorrado el trabajo de viajar, dilucidar, escoger, esperar, centrar y disparar. Sin esa documentación habríamos vivido igualmente felices. Pero algo, inesperado, se forma al contemplar este mundo, tan ingenuo como desamparado, tan dichoso como inocente, tan alegre como mediocre, tan desgraciado como cantante y tan pobre como satisfecho. En suma, tan existente como muerto para la propaganda oficial.
Tan enterrado, en definitiva, que podría continuar latente en este mundo si no fuera por tipos como Jordi Bernadó, que sin asco alguno, provisto de una suprema capacidad de alerta que le impide dormirse ajeno a la pesadilla, común más o menos envuelta en la valeriana o el Orfidal.
Pero hay más. Si se alude al sueño, esta obra gráfica de Bernadó representa la ensoñación más activa. Es verdad que en algunas fotos aparecen personas que actúan o se mueven un poco, pero, en general, su acción viene a ser lo de menos. Lo prevalente en los escenarios que se muestran aquí a la manera de actas son escenas de la soledad absoluta. El son mismo de su clamante soledad.
De hecho, no hay prácticamente nadie, no hay persona alguna en el espacio que plasma la foto. Y, de hecho, no existe interlocutor con quien conversar sobre ese espacio que se presenta a solas, como encargado en exclusiva de expresar su amor o su desolación.
Frente a la personalidad de su creador, pleno de calor humano, sus paisajes desolados, mudos y fríos son los que dicen cualquier cosa más allá de la palabra, más allá del aullido o de la voz. El lema de un cartel, el reclamo de un anuncio, el título de una tienda o el abandonado grafiti sobre un muro son los mensajeros de su circunstancia helada y de su tiempo inmemorial. No por casualidad, el grupo más abastecido de figuras humanas es el grupo de figuras de cera, porque, en realidad, lo que se da a conocer no es el mundo vivo preparado para desaparecer, a la manera de un carnaval, entre la sonrisa y la astracanada, entre la creencia y su pobre fe. En realidad, vivimos o dormimos para que, en alguna ocasión, someramente, nos zampemos una paella gigante en el mismo restaurante Viva España y la misma digestión pesada nos lleve a la madre que nos parió.
[Publicado el 14/8/2011 a las 15:11]
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Ha llegado un momento en que no parecen "los mercados", sean lo que sean, los mayores responsables de nuestra agonía sino aquellas instancias que sabiendo lo que son los mercados, dónde se encuentran y quiénes los dirigen, se cruzan de brazos día tras día.
¿O es que vamos a ser aniquilados por unas fuerzas que ni siquiera nos permite entender la razón? ¿Es que vamos a ser decapitados por las cabezas de lista a quienes votamos?
Si no se consultara el calendario podría decirse que nos hallamos en plena Edad Media, con sus dragones, sus gigantes y sus fatalismos criminales. Una conjura de fuerzas del mal nos sobrevuelan como una peste que contagia al mundo y ante la cual, como entonces, no hay recursos farmacéuticos para lograr la curación.
Moriremos pues de atraso ante la máxima prosperidad de los especuladores. Serán quemados nuestros restos en una pira de la que se derivará una energía que a buen seguro seguirá fortaleciendo la llama de la especulación. ¿Muerte por abrasamiento? ¿Muerte por falta de liquidez? ¿Muerte seca? ¿Muerte por inanición? ¿Muerte por ignorancia e inacción?
[Publicado el 12/7/2011 a las 11:26]
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Cy Twombly: de la pizarra al cielo
El inconveniente absoluto que presenta Cy Twombly a los copistas es que puede copiarse demasiado fácil y bien. El inconveniente insuperable para los imitadores es que en absoluto se puede imitar. Un twombly copiado, falsificado o imitado se convierte de inmediato en otro twombly que el coleccionista no adquirirá por miedo al indefectible timo.
No importa que el original del artista se componga de óleos y acrílicos, grafitos y carbones, tintas chinas, acuarelas, pigmentos naturales, tizas o ceras. Por muchos elementos que se agrupen en la composición, el cuadro está limpio de la cabeza a los pies.
El imitador se acerca a él, lo observa a un palmo y con frecuencia no llega a ver nada que procure pista alguna sobre su creación. Hay trazos desordenados, dibujos como garabatos de preescolar, manchas irregulares procedentes de no haberse lavado bien las manos. Para que todos estos factores, y algunos más, formen una mística expresiva parece necesario que esta virtud se halle por adelantado cultivada en una excepcional concavidad del gusto.
Gracias al artículo que ayer publicó aquí Francisco Calvo Serraller en la página de Obituarios, supe algo más de Twombly. Pero acaso, como ocurre con las muchachas que nos gustan al pasar fugazmente por la acera, habría preferido no saber tanto de sus padres y parientes en la familia de la pintura.
Todo lo que el crítico y catedrático atribuye al legado de muchos grandes maestros y, particularmente, a las influencias de Tiziano y Tintoretto, recibidas con motivo de su larga, marginal e ingrata estancia en Italia, son más velos que velas, más sombras que luces para poderme explicar yo mismo su estilo, que, si de una parte parece inocente, de otra alude a los trazos últimos de un ahogado, señales de socorro ante la imposibilidad de gritar dentro del mar.
Conocí a Cy Twombly en el Pompidou hace decenios y nunca, paradójicamente, se ha despintado su no pintura de la memoria. Sería ya entonces un pintor importante para algunos y con el amparo de haber formado parte del grupo de los expresionistas abstractos norteamericanos, con Rauschenberg como amigo íntimo. Tan íntimos y tan distintos, tan acalorado expresionista uno y tan silente, el otro.
De ese silencio, Twombly no obtuvo sino desventajas comerciales y más si, como era el caso, resultaba fácil ignorar el susurro o la delgadez de su voz. Luego, sin embargo, ya reconocido, engordó como un financiero y ya lo exponían por todas partes, desde el MoMA al Louvre.
Recuerdo su presencia reciente (otoño de 2008) en las salas ampliadas del Museo del Prado en torno a la batalla de Lepanto, o cualquier otra hazaña parecida y contada a los niños por encima y en la pizarra de una clase elemental. Pero ni los niños llegaban a imitarle porque efectivamente no se pinta así sin la conciencia maleada, ni se mira así sin tener educación superior. O eso parece, casi siempre.
Otra exposición en fin que recuerdo en Madrid fue la que se exhibió a lo grande, como indica Serraller, en los palacios de Velázquez y Cristal del Retiro, el mismo año en que EL PAÍS celebró allí su primera década en esos lugares.
De las demás muestras en España no puede olvidarse nunca la que vino a inaugurar, junto a otros cinco artistas gigantes, el Centro de Arte Reina Sofía de Madrid. A propósito, ¿el Reina Sofía? ¿Alguien ha oído hablar de ese gran museo a lo largo de muchos meses bajo el reinado de su actual director? ¿Lo han volado? ¿Se ha ido volando? ¿Está ya en las mismas nubes su responsable culto, exigente y superior?
[Publicado el 07/7/2011 a las 11:55]
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La verdadera amistad es amor propio de segunda mano. Lo he leído en alguna parte y, al principio, no se hace entender del todo. Lo que viene después es de pensar en esta sentencia es la memoria de algún amigo, el amigo íntimo y leal, que ayudará a gozar de lo bueno conjuntamente sin la espina de la envidia y que cuando llegue la adversidad no sólo se pondrá de nuestra parte y aumentará la resistencia a la contrariedad sino que sabrá ayudarnos a relativizarla.
No hay mejor instrumento de consuelo que la capacidad para relativizar. Casi cualquier cosa no extremada posee el lenitivo de no haber llegado al límite de lo peor. Todo lo malo es verdaderamente cuando llega a ser incomparable. Incomparable es igual a inconsolable.
Y, al revés, el mal se atenúa se va disolviendo y hasta evaporándose cuando se coloca humildemente al lado de una gravedad superior. Todos los problemas con posible solución, solución tarde o temprano, fácil o difícil, forman parte de una misma zoología donde la especie humana preexiste, tose y se peina. Orgánicamente cualquier conflicto con vademécum termina en el pulmón de la negociación. Todo dolor, aun siendo crónico pero que no asesino induce a una crónica negociación con él. Estos ásperos muros de la vida, adustos y hostiles, forman, aun siendo enemigos, parte legítima de la vida. La vida se construye fatalmente con sus materiales, se sostiene con sus contrafuertes, se alza con sus arbotantes y agujas por pesadas y agudas que parezcan. La pena, el fracaso, la decepción son parte del oficio de la construcción. Sólo la muerte nos derrumba en un solar, la dura tierra de la desolación.
[Publicado el 05/7/2011 a las 09:00]
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Este pintor ha llegado a la madurez personal y profesional hecho casi un santo, honesto, humilde, autoexigente, ejemplar ante cualquier espectador devoto. No es raro, pues, que ante un personaje así, venido como del más allá, sus exposiciones tarden tanto tiempo en llegar y su actual presencia en el Museo Thyssen, tras 20 años oculto, se convierta en el gran acontecimiento del año. Hileras de feligreses convencidos de su milagrosa mano que nunca falla esperan en la cola persuadidos de su incomparable bondad. Y, efectivamente, Antonio López da lo que se espera que dé. Tanto como una panadería honrada, igual a sí misma, iguala siempre el saber y el sabor de la hogaza.
Merced a tanta tautología y taumaturgia juntas y presididas por el cuadro de la Gran Vía, Antonio López podría haber desaparecido ya y seguir muy presente su estela. O estar presente y haber desaparecido como autor, puesto que este equívoco entre el ser y no estar acaso haya sido su aura más productiva. Un López o un Erice demasiado presentes habrían quizás perjudicado sus famas, pero en la ausencia Antonio López se ha abrillantado y criogenizado. O ¿qué otra cosa distinta a la petrificación del hielo puede sentirse ante la actual antológica del pintor?
La casi totalidad de las figuras, las flores o las habitaciones, los colores o las expresiones, las texturas y los encuadres, son como secuencias de una muerte cenital, igual y segura de sí misma. Pero ni siquiera su imperfectibilidad ha matado los temas como suele ocurrir con los virtuosos de cualquier oficio que no dejan defecto alguno para la respiración del ser, sino que, en este caso, se trata de cadáveres deliberadamente causados por el pintor que, a fuerza de dibujar extraordinariamente ("inhumanamente"), ha creado muertos exactos y bajo el grafito.
De principio a fin, la exposición despierta admiración entre los rendidos visitantes y se debe, probablemente, entre otras cosas, a que mediante la multitud es posible contemplar a los muertos sin dolor alguno, tal como en un muy concurrido entierro. Estas figuras pintadas o esculpidas se portan, además, no como seres humanos fallecidos antes o a mitad del cuadro, sino seres humanos pintados directamente sin vida. ¿Zombis? ¿Difuntos a los que se les ha extirpado el alma?
No es fácil para cualquier autor tan dotado para su propio oficio como es el caso de Antonio López, aprovechar las holguras entre la representación y la realidad. Su virtuosismo cierra casi todas las juntas y la consecuencia es perder la voluble experiencia humana del intervalo.
De hecho, viene a ser tan exacto en sus dibujos que el dibujo no necesita pedirle cuentas a su ejecutor, ni necesita siquiera nombrarlo. La mano, en fin, no puede dibujar nada mejor para comprobar su deficiencia.
Dibuja tan bien Antonio López que incluso el escaso color de algunos de sus cuadros viene a ser como un incomodo, y no se diga nada cuando el color, en las flores o en algunas tablas, trata de hacerse importante.
Como parece patente a lo largo de la muestra, la máxima felicidad de este pintor es el dibujo limpio y en cuya prodigiosa precisión el lápiz se convierte en estilete. Solo el vacío o el blanco antes del trazo parece ser superior a su verdad. No pintar, no decir, no estar. ¿Una vida? La mayor parte de los cuadros y esculturas expuestos en la Thyssen son criaturas muertas, hijas de largas y meticulosas sesiones de taxidermista.
Así, bajo la excepcionalidad de su mano y el gran tino de su mirada, cunde la coloración blanquecina de la muerte. Muerte de losas y azulejos, muerte de nevera o de cuerpos tendidos hacia la autopsia inmediata, Cuerpos y paisajes helados que, al cabo, no tienen nada más que decir porque allí, a plena luz, se halla todo expreso, deliberadamente luminosos y transparente en el interior de una barra de hielo.
[Publicado el 01/7/2011 a las 10:52]
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Vicente Verdú nació en Elche en 1942. Escritor y periodista, se doctoró en Ciencias Sociales por la Universidad de la Sorbona y es miembro de la Fundación Nieman de la Universidad de Harvard. Escribe regularmente en el El País, diario en el que ha ocupado los puestos de jefe de Opinión y jefe de Cultura. Entre sus libros se encuentran: Noviazgo y matrimonio en la burguesía española, El fútbol, mitos, ritos y símbolos, El éxito y el fracaso, Nuevos amores, nuevas familias, China superstar, Emociones y Señoras y señores (Premio Espasa de Ensayo). En Anagrama, donde se editó en 1971 su primer libro, Si Usted no hace regalos le asesinarán, se han publicado también los volúmenes de cuentos Héroes y vecinos y Cuentos de matrimonios y los ensayos Días sin fumar (finalista del premio Anagrama de Ensayo 1988) y El planeta americano, con el que obtuvo el Premio Anagrama de Ensayo en 1996. Además ha publicado El estilo del mundo. La vida en el capitalismo de ficción (Anagrama, 2003) y Yo y tú, objetos de lujo (Debate, 2005). Sus libros más reciente son No Ficción (Anagrama, 2008), Passé Composé (Alfaguara, 2008) y El capitalismo funeral (Anagrama, 2009).
Galería de cuadros del autor
El capitalismo funeral (2009), Anagrama.
Passé Composé (2008), Alfaguara.
No Ficción (2008). Editorial Anagrama
Yo y tú, objetos de lujo (2005). Editorial Debate
La ciudad inquieta: el urbanismo contemporáneo entre la realidad y el deseo (2005). Fundación Central Hispano
Noviazgo y matrimonio en la sociedad española: 1974-2004 (2004). (Coautor con Alejandra Ferrándiz). Taurus Ediciones
Alberto Schommer, el poeta de la visión (2003). La Fábrica
El estilo del mundo: la vida en el capitalismo de ficción (2003). Editorial Anagrama
Guillermo Vázquez Consuegra: obras y proyectos, 1996-2001 (2001). (Coautor con García-Solera Vera, Javier). Colegio Oficial. Arquitectos Comunidad Valenciana
Cuentos de matrimonios (2000). Editorial Anagrama
Señoras y señores (1998). Espasa-Calpe
El planeta americano (1997). Círculo de Lectores
Nuevos amores, nuevas familias (1992). Tusquets Editores
El éxito y el fracaso (1991). Ediciones Temas de Hoy
Poleo menta (1990). Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert
Días sin fumar (1989). Editorial Anagrama
Héroes y vecinos (1989). Editorial Anagrama
Sentimientos de la vida cotidiana (1984). Ediciones Libertarias
El fútbol, mitos, ritos y símbolos (1981). Alianza Editorial
Las solteronas (1978). Editorial Dopesa
Si Vd. no hace regalos le asesinarán (1972). Editorial Anagrama
La Ausencia (2011) Editorial Esfera de los libros

Entrevista en Canal 2 Andalucía.
Reseña en Babelia.
Reseña en El País.
Reseña en El Cultural de El Mundo.
Reseña en El País - País Vasco
Entrevista en Periodista Digital
2006 Premio Escritor del Año (Grupo Conde Nast)
2006 Grand Prix du Livre des Dirigeants
2002 Premio Julio Camba de Periodismo
1998 Premio Espasa de Ensayo
1997 Premio González Ruano de Periodismo
1996 Premio Anagrama de Ensayo
10/2/2012 11:23
sr. verdu;me encanta leer sus...
Publicado por: PJ
10/2/2012 10:27
La technologie et la science...
Publicado por: Pauline
08/2/2012 13:45
Publicado por: Un bárbaro
06/2/2012 12:08
El problema del Poder es ese,...
Publicado por: pepedamian
03/2/2012 18:31
Sartre se quedó en el discurso...
Publicado por: Un bárbaro
03/2/2012 13:24
Sobre el comentario de "z" y la...
Publicado por: pepe
02/2/2012 22:27
Publicado por: z
02/2/2012 14:24
De acuerdo con lo de la opinión...
Publicado por: Un bárbaro
02/2/2012 12:22
"El bien o el mal" ... Tal vez...
Publicado por: pepedamian
02/2/2012 10:51
Publicado por: la primera
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