Las pinzas son, necesariamente, para extraer algo más o menos intrincado, sea por su posición, sea por su confusa y difícil distinción entre elementos parecidos o de la misma especie.
En esencia la pinza, al actuar, debe guiarse por el amo que dirime primero y al que debe obedecer estrictamente después. De este modo escogerá lo que ha de ser extraído, arrancado, eliminado y se lanzará sobre su presa con el carácter unívoco de un ataque feroz.
Quietas, a solas, descuidadas, las pinzas se observan como objetos más inútiles que cualquier otro adminículo similar pero es porque ningún otro instrumento que no sea las pinzas reproduce con mayor vehemencia la tensión de hallarse preparada para intervenir y porque, en efecto, esta postura en tensión, sostenida indefinidamente, transmite una sensación entre el ridículo y la desazón.
Siempre listas para funcionar, prestas en todo momento para recibir la orden del amo, su vida soporta una enorme cantidad de horas en guardia, siempre más que cualquier otro vecino de su cajón o de su estuche. No son por ello herramientas calificables de segundo orden.
Por el contrario, las pinzas realizan un trabajo que ninguna otra pieza iguala ni remeda con una mínima precisión. Tratándose, además de la depilación de las cejas, por ejemplo, su intervención comporta una enorme responsabilidad porque no se trata solamente de amputar sino que su aplicación conlleva diseñar, dibujar, perfilar el ojo.
Nadie, con suficiente criterio, puede ser capaz de menospreciar unas buenas pinzas. Poseen, sin duda, el crédito superior de la sanidad pero esa aura benéfica que se acentúa por el brillante prestigio de la alta cirugía persiste cuando las pinzas son capaces de extraer una astilla o un indeseable vello dentro del espacio casero.
Llegar a ese perfecto resultado que procura el uso de las pinzas es imposible mediante el recurso a otros medios que no son ellas. Las pinzas son, por excelencia, una unidad irrepetible e irreplicable. Forma parte de la suprema clase de objetos que el paso de la historia no ha alterado su diseño y la razón sencilla es que ningún otro concepto logró superar su originaria composición y prestación. De este modo, no tener unas pinzas en casa equivale a una gran carencia y, a menudo, a una falta desoladora.
Podrá discutirse que esa gran desolación no proviene directamente de las pinzas ausentes pero la impotencia que efectivamente crea su falta lleva a la desesperación. Contra la fealdad de un vello en un patente lugar del rostro, contra el martirio de una espina en un dedo, contra el desasimiento que sufren no pocas mujeres deseando la depilación, las pinzas dan una respuesta eficaz y completa.
Y tanto más cuanto de mayor calidad son. O mejor: así como puede pensarse en ahorrar respecto a unas tijeras, unos coloretes o un rimel, la pinza no admite ninguna mezquindad. Justamente su necesidad de precisión, su tino y su eficiencia se hallan directamente asociadas con arrancar ese vello y no otro, deshacer esa excrecencia y no otra, acertar sin error en el cubículo de la astilla y morder el extraño elemento de que se trate con un vigor igual al de una dentellada que jamás pierde la presa a la que ha orientado su ataque. Las pinzas mejores forman parte del ajuar real. O no hay ajuar real sino imaginario si las pinzas, por caras que parezcan, no forman parte de él.
[Publicado el 04/3/2010 a las 09:00]
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¿Ascenso a los cielos? ¿Descenso a los infiernos? ¿Alta y baja jerarquía social? Tanto en Las Meninas como en Las Hilanderas, Velázquez se vale de unos cuantos peldaños para significar, en el primer cuadro, la menor importancia del oficio de pintor y, en el segundo, de la diferencia entre un nivel y otro de los escalones que marcan la diferencia temporal (y cualitativa) entre la cota superior, relacionada con la eterna fábula de Aracne y el quehacer contemporáneo.
Igualmente, en el teatro la diferencia de alturas entre el patio de butacas y el plano del escenario expresa la gran distancia entre el tiempo real de los espectadores y el tiempo de ficción liberado de lo cotidiano.
En los palacios, en los tronos, en los sitiales papales, una sucesión de escalones representativos marca la jerarquía entre la autoridad y la plebe, lo sagrado y lo profano. Así, casi todos los elementos arquitectónicos, por no decir todos ellos, incluyen una ideología o conllevan un concepto del orden social, de la vida, la moral y sus poderes.
En el presente, la escalera de nuestro hogar como la silla, la mesa o el vaso se han funcionalizado al extremo de ir apagando sus significados pero hasta el barroco estuvo muy presente la simbología formal que señalaba los fondos éticos y sus diferentes espasmos por categorías.
Mi buen amigo Juan Antonio Ramírez, fallecido en 2009, escribió en una exposición sobre "El Espacio Privado", donde participamos juntos con Fernández Galiano de comisario, que la escalera más famosa del arte contemporáneo sería la de Marcel Duchamp, Nu descendant un escalier (1912), que apenas significaba nada del pasado monárquico o , mejor, lo tenía en cuenta para ironizar sobre su decadencia.
Prácticamente, todas las casas que tienen hoy una escalera relevante son viejas construcciones campesinas o dúplex suburbanos. En ambos casos, la función de la escalera mata su significación y su despechada incomodidad a su gloria.
Sin embargo, en las pocas viviendas de grandes ciudades donde todavía no han instalado ascensor y los cuatro o cinco pisos hay que subirlos andando, se asume, por excepcional, una importancia simbólica a la escalada. Se trata en esos supuestos no tanto de situarse por encima de los demás como de emplazarse, a la misma o parecida altura, en las afueras de su mundo simbólico. La larga escalera es incómoda, fastidiosa, disuasoria, pero todas estas condiciones contribuyen a otorgarle, aún penosamente, una cualidad distintiva y a concederle una identidad y argumento diferenciales.
Sólo los jóvenes o muy jóvenes desheredados aceptan un quinto piso sin ascensor pero también pintores, escultores, escritores, artistas en general admiten la circunstancia de un estudio encimado, conquistado a pie, como un importante carácter de martirio para su trabajo.
Efectivamente cuesta llegar hasta allí pero ¿cómo no hacer coincidir este esfuerzo muscular y bronquial extraordinarios con alguna obra fuera de lo más común? Al fin de la escala el cuarto aparece como una planicie conquistada a través de un esfuerzo sacrificial donde la obra tiende de manera natural a convertirse en sagrada.
Nada garantiza por su altura un resultado mejor o excelente pero ¿quién podría negar que el esfuerzo suplementario y voluntario, asumido en la elaboración de una obra de arte, es un elemento de valor añadido y de fervorosa perfección ?
Prácticamente todos los efectos que se reciben de seguir los pasos del creador hasta su desvencijado estudio anormalmente elevado llevan a pensar que su trabajo posee una característica no común y acaso, tan rara y elevada o esforzada, como extraordinaria.
De este modo, en los dúplex o triplex, comunes en el extrarradio los propietarios tratan de demostrar ante la visita una agilidad gimnástica inusual y en prueba no sólo de que esa diferencia de niveles viene a ser un inconveniente trivial sino que, sobre todo, la exposición de su superior forma física los capacita tanto para desacreditar a los de vulgar propiedad horizontal como a los de supuesta graduación mercantil más elevada.
Esto dicho, la escalera posee además unos factores oníricos que refuerzan su influyente lado irracional. Con o sin el uso de la escalera para acceder al piso, la escalera forma parte del profundo sentir de la vivienda.
El ascensor nos sube y nos baja automáticamente, en ausencia de memoria, sin necesidad de pensamiento mediador, pero la escalera nos salva o nos condena estructuralmente. El ascensor pertenece al universo de las máquinas y su acción se agrega como una prótesis imaginaria, lo menos cabal o textual de nuestras vidas. La escalera, sin embargo, se halla inscrita en la escritura y en el subconsciente alfabético, con una intensidad además simbólica que nos lleva la muerte o nos hace escapar simbólicamente de ella.
Simbólica y fugazmente porque, de una u otra manera, la escalera siempre desciende, o sólo asciende, cuando la vida fulgurante e imaginaria nos supera. En términos de edificación personal, en términos de un mundo constructivo, la escalera nos hunde.
Todas las escaleras de hoy tienden más hacia el sótano que hacia al ático. O de otra manera: el ático pertenece a la infancia del amor romántico mientras el sótano es el depósito fundamental de nuestra edad, el peso de nuestra historia y nuestra habitación en llamas o sombras frías.
Se trata en esencia de lo mismo: caemos por la escalera. Siempre hacia abajo. Morimos para siempre a un nivel que, ya sea la tumba o en el nicho, el enterrador se mueve en una escalera por donde su terminal y funeraria maniobra baja.
[Publicado el 03/3/2010 a las 09:00]
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En el asunto de las ventanas, desde el arquitecto, al historiador, desde la novelista al sociólogo, aparece machaconamente la dialéctica entre el interior y el exterior. O lo que es lo mismo, la manida idea de que si de un lado la ventana procura que el exterior ingrese en casa, de otro la casa se abalanza y succiona el mundo del exterior.
La aparición del cristal mantuvo sin cesar este diálogo del adentro y el afuera. Lo mantuvo noche y día, con lluvia o con nieve, con viento o con frío y, de este modo, reforzó la metáfora de la ventana como un suerte de ojo que miraba cuanto acontecía más allá y se miraba interiormente como se supone que podría hacer mitológicamente el ojo.
Ni el ojo ni la ventana cumplen realmente la función de automirarse pero es cierto que ambos delegan esta importante tarea a quien nos observa la mirada o quien escudriña a través del ventanal. En la expresión de sus ojos llegaremos a alcanzar una aproximación de lo que han descubierto en nuestro adentro.
Pero ¿descubrir qué? La intimidad, evidentemente que se da por recubierta, y más concretamente la identidad femenina puesto que el ojo ha sido por antonomasia el ojo masculino de Dios: las mujeres vistieron de rojo o amarillo para ser vistas con facilidad mientras la indumentaria masculina se camufló de gris o de azul (el color del aire o del cielo) como manera de ver sin ser visto.
Las mujeres hasta hace poco no miraban (o sólo miraban a medias, tras el abananico, tras las cortinas, tras los visillos) mientras los hombres tenían por misión avistar y cazar". La insolencia de algunas mujeres que se asomaban a las ventanas llevó a calificarlas de "ventaneras" (o chicas licenciosas) tal como aparecen pintadas en el cuadro de Murillo, Gallegas en la ventana (c. 1660).
Tras la ventana sucede la intimidad y quién sabe si se arrastra al presentarse en su alfeizar. La intimidad se abulta tras las cortinas especialmente de noche cuando la casa parece iluminada a retazos a través de esas aperturas que, aún medio celadas, delatan una incierta vida secreta en su interior. Esta es la máxima categoría de la ventana en cuanto signo: la parcial donación de intimidad o el indicio, medio oteado medio inventado, que hace presentir. Hace presentir algo sin llegar del todo a paladearlo o conocerlo, hace grande que la imaginación se agite y lleva a olfatear posibles secretos que en la casa se guardan.
Unos secretos que no consisten sino en el ovillo de una intimidad más o menos intuida y de cuyo argumento hay modelos y modelos repetidos. Aunque repetidos tan sólo, en un modo grosero de mirar, porque en cualquier galería de fotografías dedicadas a familias reunidas ante el televisor o la mesa de comer se observará siempre una sorprendente cantidad de diferencias según sea la calaña, o el cuarto, el carácter, el vestuario, la fisognomía, la educación, la iluminación, los cuadros, los colores y la infinita interrelación de los numerosos componentes.
La intimidad siempre es menos que un gran espectáculo pero mantiene el vivaz interés de su interminable taxonomía y agudiza, en fin, la morbosidad que vela la ventana.
Carmen Martín Gaite escribió Entre visillos mirando por la ventana en la dirección de adentro a afuera. La mujer que miraba aspiraba a no ser vista ni importaba su consistencia real más allá de la penetración en que se empeñaban sus ojos.
El mundo visto desde una mujer que no era vista. Siempre a la manera de un panóptico (el panóptico del histórico carcelero masculino) y con la condición de que ese artefacto está desaparecido. De este modo la secuencia discurre ante un objetivo que objetivamente graba.
La Muchacha en la ventana (1925) de Salvador Dalí retrata a una mujer en la ventana abocada hacia el mar y el protagonista del cuadro es tanto ella como la ventana: no la marina, los barcos de vela o los pormenores de la costa. La ventana o ella no poseen otra función que identificarse con la nueva mirada de esa mujer vermeeriana. Una mujer de interior que en ese cuadro, a diferencia de las protagonistas de Vermeer (presente en Dalí) se asoma. Y ¿quién duda de que "asomarse" pertenece a la mística de la feminidad?
Asomándose al mundo, las mujeres feminizan el mundo. Desde la oscuridad o el anonimato a la exterioridad y su vistoso color. La ventana es un tránsito pero se trata, sobre todo, en la historia de la casa de un símbolo constructivo administrado por las manos femeninas como guardián de la intimidad y su regular servicio de higiene o, directamente, graduando sus rendijas en los momentos necesarios para dosificar la luz.
Asomarse a la ventana comporta aceptar la vista pública y de ahí, también, que hasta mediados del siglo XX la ventana abierta evocara tanto un gesto de desparpajo o comunicación vecinal como un audaz ofrecimiento. .
La ventana es redundandemente indiscreta. Se introduce en las maniobras ocultas de los demás y se abre, inevitablemente, a la interpretación de los otros. De este modo, entre el placer de observar y el tedio de no ver nada nuevo la ventana bascula entre el yo y los demás, la vida y la muerte. Entre la estética de una multitud acaso extraña y amenazante y el orden de la habitación que, a nuestras espaldas, nos calma resguardándonos.
[Publicado el 02/3/2010 a las 09:00]
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La segunda razón para tener plantas en casa es que las plantas, con sus hojas verdes y sus floraciones estacionales, hacen del hogar un recinto más cambiante y festivo, más cromático, ameno, estremecedor o vivo. No todo han de ser materiales elaborados y rígidos en el ámbito doméstico sino que las plantas, en cuanto seres vivos, se ondulan a su modo, se doblan en espirales espontáneas, se manifiestan con un gambito o se desperezan de un modo dulce y cierto que no se espera de ningún otro elemento de la casa, exceptuando algunas elegantes mascotas.
Finalmente, pero no definitivamente, la tercera razón para situar una muestra del mundo vegetal junto al mundo animal, propio de los habitantes fatigados o dolientes de la vivienda, radica en la imaginaria conexión entre dos mundos que, los propietarios establecen, entre el interior civilizatorio del habitat humano y el exterior supuestamente libre y espontáneo. De un lado, la vida de los habitantes, regida por normas sociales y morales y, de otro, la vida de las plantas cuyas leyes proceden de una ordenación indescifrable tanto más cósmica o ahistórica, como divina o primordial.
Desde este punto de vista, más o menos cosmológico, la vida de la planta halla dentro del mediocre escenario familiar la categoría de un prodigio y de este modo, como un enser sin parangón, desarrolla su misterio y su belleza ante los ojos propios y de las visitas.
Las plantas, en fin, no pertenecen a nuestra naturaleza sino que son, por definición, la misma Naturaleza. Somos, acaso, seres del mismo mundo adánico pero su carácter nos parece, sin cuestión, más invariable y puro que el nuestro. En buena medida es esencialmente así porque, desde luego no hablan contra Dios ni se rebelan, no discuten ni ironizan, no poseen ideologías determinadas y pueden establecerse, sin discriminación, en el hogar de cualquiera.
Son a la vez tan amables a primera vista porque no apenas son caras en los correspondientes viveros y porque para alimentarlas o mantenerlas en plenitud biológica su requerimiento roza la nada.
Piden tan solo lo indispensable y se autoproponen (los autoproponemos) como seres mudos pero no inmóviles ni sordos para que fantaseemos nosotros acerca de una psicológica relación recíproca de cuya conversación crece una compañía tan íntima y generosa que nada puede superar su calidad de discreción y cariño secreto.
No todo el mundo tiene plantas en la casa pero siguiendo esta reflexión puede parecernos extraño que numerosos seres humanos puedan optar por prescindir de ellas al lado. Y, sin embargo, no pocos ciudadanos, cultivados o no, sensibles o duros de corazón, consideran que introducir macetas en el hogar constituye una inconveniencia, un desatino o una banal perturbación. Las plantas, se dicen, son para vivir entre las plantas, abiertas a la luz, expuestas al fío, la nieve, la lluvia o el viento naturales, nada de imponerles e imponernos la cohabitación doméstica.
Encerrar plantas en casa sería, de acuerdo a esta dirección mental, un procedimiento de esclavitud en cuyo seno anida una inspiración siniestra. Potos que cuelgan sobre los estantes de una librería, palmeras de rincón, azaleas u orquídeas sobre la mesa del café. ¿Cómo no sentir que estas plantas son alienígenos habitantes en la coherente vida doméstica? Tremendos ejemplos de la opresión sobre todo lo que vive en el interior del hogar empezando, desde luego, por la domesticación las personas y siguiendo por los perros, los canarios o los gatos. Una escala que llega al supremo colofón de la esclavitud con el sometimiento de las plantas, impotentes para oponer la menor resistencia, presas de sus raíces en cualquier recipiente y transportables con la misma facilidad que un objeto inerte. Están vivas, pero secretamente. Respiran o se alimentan pero en el completo silencio. No conocen más resistencia a su transporte indiscriminado que la respuesta de su muerte. Y es así, de hecho, la única forma en que hablan contra el propósito de encerrarlas en una habitación funeral. Su única palabra es caer muerta.
¿Intercambio de mensajes? ¿Diálogo entre el poseedor y su planta? La planta enclaustrada en el hogar sólo trata de sobrevivir y es en ese movimiento donde pretendemos ver que "personalmente" nos habla. A las plantas, se dice, hay que hablarles para que mejoren pero las plantas, ciertamente, no tienen nada que decir a nadie de nuestra especie y sí en cambio, por su propio código, tienen que valerse de la luz, succionar el agua o los nutrientes que sin conciencia cabal de su vida y su querer, amorosamente les proporcionan.
Pero ellas tratan, sólo y absolutamente, de sobrevivir, solo de sobrevivir con el máximo grado de salud y es, en este movimiento hacia la máxima pervivencia gloriosa, que creemos hallar una efusiva correspondencia a nuestros cuidados.
Aquello que en ellas no es otra cosa que un triunfante movimiento liberador de las circunstancias opresoras lo interpretamos nosotros como una generosa respuesta a nuestras atenciones. Y, sin embargo, su vida y la nuestra, dentro del carcelario espacio doméstico, nunca podrán conectar con alborozo. Sencillamente, porque para ellas no hay nada de propio y de natural en ese lugar y para nosotros nada puede verse más desconsolador que encerrarse en un salón con un ficus.
Corrientemente el amantes de las plantas domésticas presupone que esos seres vivos, a los que adora, duermen y despiertan con él, lo reconocen y lo distinguen, les ofrecen sus colores o sus brillos y les agradecen dichosamente cuanto hacen por ellos.
Pero no debe descartarse, sin embargo, que esta creencia no sea otra cosa que una transferencia psicológica y que los diálogos imaginarios, mudos o no, sean formas contemporáneas del imborrable pensamiento mágico.
La planta no habla y se habla, entonces, por ella, la planta presta un signo de interpretación cuando se expande lozana o cuando poco a poco se marchita y en esa dicotomía se dialoga extensamente con ella. En ningún caso, probablemente, su expresión vaya dirigida al amo sino su propio yo, tan narciso en la planta, o a su especie tan biológicamente entrelazada.
En uno de los supuestos, cuando la planta florece lanza un mensaje de fertilidad a las plantas solidarias y libres de su especie. En el segundo caso, cuando la planta se mustia y angosta, lanza un mensaje funeral a su mundo colectivo y a través del modo inconfundible en que los vegetales mueren. Ni en la tragedia ni en el desconsuelo de los seres humanos sino mediante el tedio y la indigencia de las plantas moribundas e irreversiblemente secas.
[Publicado el 01/3/2010 a las 14:05]
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Hay, desde luego, esposos que se dejan elegir las corbatas por ellas o incluso les ruegan que lo hagan pero estos tipos pertenecen a una especie casi acabada, ignorante de la importancia de la estética en la imagen de los hombres y de la importancia que conlleva la corbata, expuesta como una banderola de lo que vendrá después.
Se podría adivinar el gusto o el no gusto de cada caballero a partir de sus corbatas y en consecuencia ¿cómo no tenerlas en consideración?. La tendencia creciente a prescindir de ellas, incluso en fiestas u oficinas, anula un notable factor de identidad y de anticipación de la propia persona que, gracias a una bonita corbata, desplegaba buenas impresiones en el contacto social. Y especialmente en aquellos ámbitos -cada vez más amplios- en los que no es lo mismo lo feo que lo bello, lo elegante que lo común, lo exquisito que lo vulgar.
Muchos hombres todavía se ponen la corbata con esmero ante el espejo pero sin añadir a esta acción práctica el haber elegido la corbata con primor Estas gentes que ponen poca lo ninguna atención en las corbatas, las usan como obligados instrumentos y a su pesar, son, a menudo, quienes contemplando el lugar del armario donde las corbatas penden sólo reciben de ellas una confusa o nula evocación.
Las corbatas sin embargo, en la vida de cualquier varón son hitos muy elocuentes de épocas, historias, amores y trabajos pasados. En el dibujo, el color o el estampado o la forma de la corbata puede revivirse el tiempo al que se refiere y de qué modo con ella al cuello entrábamos y salíamos de la oficina, íbamos de fiesta o establecíamos relaciones de amor o de dolor. Ninguna prenda textil es en el hombre es más elocuente puesto que ni los trajes, las americanas o los pantalones dicen demasiado de cada uno siendo como son los grandes almacenes y comercios en general (de imaginación muy restringida) quienes en previsión de la abulia viriloide recortan el muestrario y las capacidades de disfrute en la elección. Quizás tan sólo los zapatos -y los relojes, ahora- se escogen con atención particular pero aparte de ellos el resto de la colección que forma el vestido masculino es la aburrida colección que decide la mayoría de los fabricantes.
Cuando no, como se dice, la prenda particular ( desde los calzoncillos a las camisas y las corbtasa) que escoge la propia esposa que al salir para otra cosa recuerda que el marido necesita esto o aquello a la manera de uno de sus niños que aún no ha cumplido la edad para elegir.
Es cierto que la atención del hombre a su aspecto ha crecido ya mucho y que, por ejemplo, el mercado de la cosmética tiene puestas sus mayores expectativas en los productos de toda la gama orientados a ellos pero, aún así, la corbata continúa siendo un asunto sin redención o emancipación plena. Es, de hecho, muy corriente en encontrar a escritores, pintores y profesionales en general cuya profesión se relaciona estrechamente con la estética llevar unas corbatas insufribles. Tan birrias en los mayores de cincuenta años que el asunto es de una gravedad tan espectacular como representativa de la ocultación del hombre como espectáculo.
Todo lo que en la mujer ha sido natural y elemental en el aspecto exhicionista, en el hombre -sin importar lo pública que sea su función- ha desdeñado construir su imagen, su presencia social como espectáculo. Las mismas circunstancias de la presente sociedad del espectáculo han aliviado esta desidia arcana perto no necesariamente pera conducir a la elección de corbatas distinguidas, bonitas o elegantes. Más aún: puede decirse que tras la fiebre de la moda y el diseño en los años ochenta y parte de los noventa, las colecciones de los grandes modistos, desde Armani a Valentino de Ralph Lauren a Hugo Boss han acomodado sus novedades a la pobre exigencia en la demanda y, movidos por el negocio a granel, han dejado medio paralizada la creatividad.
Como consecuencia, cada vez se ha ven ido haciendo más arduo en el siglo XXI la personalización estética mediante la personalidad de una corbata y muchos que incluso portan marcas muy caras han vuelto a sumirse en el sombrío mundo de hace treinta años o más.
El reloj de pulsera ha ocupado, sin duda, el máximo punto de la personalización. El reloj, la joya por excelencia del hombre, ha ganado enorme interés en las compras masculinas con y sin encanto. Sólo con motivo de acontecimientos destacados la mujer regala un reloj al hombre. Sigue ocurriendo así pero se halla en ascenso el orgullo masculino por mostrar su muñeca ceñida y marcada con un objeto propio y, en parte, a la manera que actualmente se entiende el tatuaje.
Antes los objetos (y las esposas) caían sobre la indumentaria del hombre. Ahora, el reloj y tanto más cuanto más joven es el caballero, refleja el capricho, la debilidad, la particular esencia masculino/femenina que ahora acompaña al aura del hombre.
Pero ¿la corbata? la corbata continúa blandiéndose entre la coerción social y la menesterosidad del gusto. No es extraño que tantas gentes del mundo masculino hayan celebrado el desuso de la corbata como una gran liberación. No la liberación de un dogal molesto sino la exoneración de un ejercicio del gusto estético para el que no le formaron ni en la escuela ni en la universidad ni en el master.
[Publicado el 26/2/2010 a las 09:00]
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De la sal, empleada como dinero que todo lo socorre, se llega a la sal que cauteriza las heridas, mata la infección y auxilia la continuidad de la vida. Por la conquista de la sal se desencadenaron guerras que, sin embargo, no estallaron por la conquista del azúcar. El azúcar es del orden de lo blando y la sal de lo más duro.
El azúcar, que tanto complace al paladar del bebé contrasta con el gesto que el mismo bebé muestra rechazando el sabor salado. Tanto la sal como el azúcar puede matar a través de su incursión en la sangre, tanto una como otra son productos asociables con riesgos coronarios pero, al primer golpe, sin reflexión, la sal connota con la muerte y el azúcar con la felicidad.
No es exacta la asociación pero se mantiene como una ecuación imperante. El azúcar desarrolla el peligro de graves enfermedades que, aún pasando por la diabetes y otras dolencias ocultas, desemboca siempre en una obesidad mórbida. El azúcar como una bomba: bomba y bombones de azúcar, bolas de anís hay azúcar, fantásticos planetas dulces para el gozo de los niños.
La sal, en cambio no sólo parece más adulta y vieja sino más radical y severa. Con su efecto se devastan los campos, con su poder se deshace la nieve, por su carácter (anti-infantil) se comprende la infertilidad.
Sin embargo, del azúcar proviene el insoportable hedor dulzón que despide el cadáver mientras de la sal nace el dictado bíblico para animar el espíritu la Tierra, el don del bautizo, la idea de purificación antropológica.
Por otro lado, precisamente dentro de la salazón se conservan los alimentos, mientras el azúcar los agria y descompone.
El azúcar es tan ambivalente como la sal, pero además mientras la sal es eminentemente femenina, el azúcar es bisexual: posee en su imaginario el cuerpo oblongo y la confusión morfológica de los cuerpos del hombre y la mujer. Mediante su sabor el ánimo se ensalza pero su demasiado consumo lleva el ensalzamiento a la degeneración y el placer consabido a la inmovilidad de la carne.
Aunque de otro modo, de esta ambivalencia tampoco se libra la sal, aunque sexualmente no sea equívoca. Si los cristales de azúcar propician una interpretación mágica, con los cristales de la sal sucede lo mismo. Las montañas de sal son en la realidad como espejismo y de hecho muchos reales espejismos se forman con refracciones de sal.
La sal promete bíblicamente la difusión del mensaje salvífico en el mundo y el azúcar, pareciendo más mundana es también bíblicamente la que dala nutrición decisiva al maná.
Dentro del hogar sal y azúcar se separan en los armarios para no caer en la confusión en el momento de cocinar pero necesariamente el uso equivocado de uno u otra refrendan la extraña relación que las comunica. La sal es incuestionablemente femenina aunque sea el azúcar la que posee atributos más propiamente maternales. La leche materna es dulce y si no lo fuera en suficiente grado podría alarmar. En cambio, la sal no es concebible sin el fractal inmutable de su sabor neto.
Lo salado no admite grados de salinidad en origen. Desde una partícula a una montaña todo es salado. En cambio, lo dulce puede ser un más o un menos de melosidad puesto que la dulzura no llega exclusivamente del azúcar puro y se camufla mejor en una larga serie de artículos.
Con todo caso, si la confusión de su identidad se manifiesta tan expresivamente en el paladar es porque se asemejan demasiado y el engaño hace maldecir la befa de sus muchas igualdades organolépticas.
¿Una casualidad, esta burla corriente y doméstica entre azúcar y sal?
Algo nos hacer adivinar que azúcar y sal se contemplan entre sí, y sin pausa, como irreconciliables signos del bien y del mal, de la bondad o la indulgencia de un lado, frente a la crueldad y la intransigencia de otro.
En la casa, un extremo ideal de la serie alimenticia empieza en la sal y termina en el azúcar. Igual que en el ritual de la mesa, la comida empieza con el protagonismo, más o menos acusado de la sal, y finaliza con el colofón del dulce.
En esa escala no se discurre cuantitativamente, no se cuenta de menos a más o viceversa, sino que siendo la secuencia cualitativa, no hay cuentas. Se asiste así, como en todo el mundo del gusto, a una nueva idea del mundo, no numérica, no jerárquica. Ni el azúcar es superior a la sal ni la sal superior al azúcar.
En la cultura del gusto no interviene la fiducia del valor. Todos los elementos forman una congregación de la que se compone el sabor a partir de un sinfín de cuadros distintos. En consecuencia, tanto la sal como el azúcar ocupan un puesto que ni siquiera podría entenderse del todo a través de una oposición convencional. Hay que servirse de metáforas, historias y mitos para hablar de sus sentidos, y de los nuestros. Siendo el sentido propio tan proclive a celebrar lo dulce como lo salado, el almíbar y la salmuera. Pero sobre todo se erigen en pilares de nuestros deseos cuando efectivamente faltan. Cuando, en su ausencia, lo soso y lo amargo depauperan la degustación y rebajan el mismo interés de la existencia.
[Publicado el 24/2/2010 a las 09:00]
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De fiebres azules, rojas, moradas, está el mundo constantemente lleno y el organismo absoluto de la especie guarda dentro de su misma funda primordial y más minuciosmente en la vena sumida en sangre una suerte de fluido reptil que ondula al compás del riego y por momentos, incluso sin causa conocida, se inflama o se dilata, se hincha su crúor dentro del conducto y, por derivación, atesta los canales, crea un atosigamiento que aturde, debilita, agota y la casa, donde hay un lecho propio, se ofrece como el estuche perfecto, el pulmón de amor y acero, para recibir apropiadamente esa indebida mutación.
Sin duda, la fiebre en cuanto el ser independiente que emerge con debilidad o con fuerza en cualquier lugar, sea en el trabajo o en la fiesta, en un lugar cerrado o a cielo abierto. De por sí la fiebre cuenta con un cobijo natural en la sima de la sangre y sus peripecia, sus encabritamientos o sus dislates son imposibles de seguir, imposibles de describir atinadamente en el momento de su aparición pero incluso puede tardar en revelar su condición a través de la mera temperatura patológica.
En el hospital, en el centro médico toman la fiebre y tratan de bajarla hasta su nivel de normalidad pero es, sobre todo, dentro de la casa donde el enfebrecido desea ser tratado y comprendido que es el principio de su bienestar.
El tratamiento casero de la fiebre es el mejor tratamiento posible, la confusión del mal con el bien, del malestar con el confort, el desasosiego con el consumo de cariño doméstico. Dentro de las maniobras que desencadena la fiebre en casa el mal que se intenta combatir no es por tanto un mal a secas sino un mal ambiguo en donde diferentes componentes se amalgaman. La fiebre en cuanto mal no es tan sólo adversidad sino un umbral que se traspasa para ser más querido, recibir una atención y, finalmente, ser encamado con un mimo insólito y sólo, a fin de cuentas, porque la temperatura ha encendido en algunos grados la piel y esa calentura, en efecto, le procure un brillo diamantino al posible enfermo.
De hecho es así como se ven los ojos del que padece fiebre, ojos que brillan más y miran como poseídos de una nueva mirada que si sigue dirigiéndose hacia fuera denota también una experiencia interior, tal como si el fulgor procediera de haberse acercado al fuego del sistema vascular enfebrecido donde al aproximarse a podido distinguir, aún brevemente, el secreto maldito y vital de la sangre y regresar después a la superficie con los ojos bruñidos quizás por la erosión de calor.
La fiebre que viene de no se sabe dónde nos conduce anhelantemente a la casa donde efectivamente el ardor del cuerpo se aviene con el calor del hogar y el grado de tristeza que la fiebre induce impulsa a hallar consuelo en el forro del hogar. La fiebre acaso no baje enseguida pero entre los tabiques conocidos y el movimiento familiar a la fiebre se la rodea de una normalidad, una rutina y una tibieza doméstica que acaso influye en su control piadoso.
En el termómetro se lee el techo bajo el cual vive la salud, la despreocupación o el éxito del no pasa nada. Por encima de esa raya empieza a serpentear la fiebre y sus inquietudes nerviosas. Efectivamente hay diagnósticos puros que atribuyen la fiebre a disfunciones neurológicas pero, en general, toda patología sobre la que la fiebre cabalga es prácticamente inseparable de la desazón que el cuerpo siente sobre su propio estado.
El cuerpo se inquieta desde un interior invisible a partir del cual sólo emerge el signo de la fiebre, una información de otra parte tan simple y objetiva como indescifrable.
En la patente simplicidad de esta medida anómala se dibuja, cara a cara, la anómala simplicidad de la existencia doméstica. Todavía sin sobresaltos, la fiebre pide instalarse en la trinchera de la casa, recibir el agua y las medicinas de casa, quedarse hasta morir en casa y morir si es preciso con el paciente entre su estuoso abrazo.
[Publicado el 22/2/2010 a las 09:30]
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Esta apremiante necesidad, traducida en una presión muy próxima, obedece desde luego a la inevitable proporción del espacio casero, reducido y común. La repetida presencia de unos y otros cruzándose en los pasillos, su simultáneo uso de cajones de donde extraer o depositar algunas cosas, la forzosa l circunstancia de coexistir en habitaciones como la cocina o el salón, introduce una suerte de maldición ambiental sobre la misma naturaleza del conflicto que arrastra casi a la tortura a los miembros afectados y que conduce tarde o temprano, por mero agotamiento biológico a una reconciliación de supervivencia.
Bien, la reconciliación ha tenido lugar y se ha sellado con besos y abrazos, alguna lágrima, algún susurro de excusas y perdón pero todo ello se hallaba de antemano escrito punto por punto y cualquiera de ellos asumen que no había otro modo de hacer.
Disgustarse con otro huésped del hogar exige, para seguir alentando en el hogar que la avería interpersonal se resuelva cuanto antes porque el funcionamiento de las personas, su circulación y uso de espacios dentro de ese angosto paquebote impone, aún dolorosamente, que el doloroso enfrentamiento no se haga de pie.
Uno y otro se ven de un lado asaltados por la insoportable estampa y a la vez encarcelados allí sin que en el horizonte se vislumbre otra opción. Casi siempre, las tentaciones de huida, de echarse a la calle o echarse al mar, acompañan a los conflictos de mayor calado pero, después, o el intento no se cumple o el regreso taciturno añade una doble carga a la aceptación de que no se puede vivir fuera de allí.
El adentro de allí no cabe definirlo como un espacio carcelario pero ¿qué duda cabe que se manifiesta de similar manera cuando la enemistad entre uno y otro estalla y la convivencia ata. Lo racional sería afrontar el conflicto y disolver cuanto antes ese disgusto, la mala interpretación, la contestación destemplada, la infidelidad, la atracción y casi enseguida hacer las paces para restablecer el delicado equilibrio del hogar. Sin embargo, hacer las paces enseguida, deprisa y corriendo, no resuelve la esencia del problema puesto que si el problema se arregla de inmediato o con toda facilidad el problema parece barato y su valor va tendiendo a cero.
Para que el problema alcance gravedad y se reconozca que el agravio ha sido lo bastante grande debe hacerse notar en tiempo y gestualidad su notable de importancia. De ese conflicto importante participa tanto el supuesto verdugo como su supuesta víctima, el eventual actor de buena fe fe y el otro que no supo o no quiso verla para que, en medio de esta áspera tristeza, que va corroyendo el sentimiento de ambos, el tiempo opere como un lenitivo, un tedioso atenúante, una duración cuya considerable longitud en el plazo represente, a su modo, la intensidad de la ofensa.
Ambos pues, contra lo más útil o razonable, dejarán pasar un tiempo suficiente de dolor para que su tormento pueda crecer hasta ocupar como límite máximo el completo aforo del recinto. A partir de ahí el malquistamiento se debilita como consecuencia de la imposibilidad de seguir respirándolo. Con ello algún indicio de reconciliación empieza a percibirse en la base de la circunstancia y no porque se haya entendido al otro y se vuelva hacia atrás ya persuadido de que la ofensa carece de demasiada importancia sino porque la coerción del escenario disminuye la posibilidad de seguir expandiéndose y, se mire como se mire, no sólo los amores crecen con la distancia, las enemistades sólo crecen aparentemente en la medida en que disponen de un espacio suficiente para enarbolarse. No contando con ese espacio magno la enemistad se asfixia o se agota y, una de dos: o se disipa o se convierte en un odio feroz que lleva, como en las cárceles al suicidio o al asesinato.
Por lo general, sin embargo, en vista de las limitaciones más comunes, la convivencia se recupera dentro del piso ya que no puede escenificarse en mansiones de varias alas. La enemistad sin resolver, pero callada, se ve obligada a mantenerse en una cota de vuelo rasante que si, en momentos encarnizado se adorna de gritos, por lo general se mantiene en una seudonivelación silenciosa que es lo característico de la vida doméstica- El tratamiento relativamente silencioso del horror y sus complementos. Juntos y tratando de no activar la espoleta que mantiene al otro junto, domido y quieto al otro lado del tabique o de la cama.
[Publicado el 19/2/2010 a las 09:00]
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Primero la cama de matrimonio se acoge como un amor que no tiene horario y dura las veinticuatro horas, después como un refugio a dos que preserva de las amenazas exteriores, más tarde como un estar siempre en el sereno bienestar juntos y, finalmente, con el malestar que aporta la tabarra de no poder separarse ni cuando se va a dormir.
Dentro de esta suerte de lecho de Procusto en donde, efectivamente, hay que ajustar las proporciones de uno y otro cuerpo, va desperdiciándose la sal del erotismo, la sorpresa del asalto al otro y la ocasional lubricia de alguna concupiscencia.
La cama de matrimonio, muy pronto, es tan sólo una cama para dormir pero como fue también, como se pregonaba, la cama donde se consuma el matrimonio por fácil derivación el matrimonio se cónsume. Primero poco a poco, en las dosis decayentes de la cópula reglamentaria, y solo a solo, cada cual, con la necesidad de repensar solitariamente sus vidas, sus días, sus quehaceres y su libertad sin ninguna presencia atosigante, echada al lado.
La idea de los esposorios se corresponde naturalmente con el consecuente presidio de la cama donde cada cual tiene su lado asignado siempre, respira fuerte o ronca, despide flatulencias o eructos, emite suspiros misteriosos de desesperación, cansancio o desaliento. Tal serie de eventos unidos a no pocas inconveniencias de movilidad, a roces indeseables y obligaciones inducidas, van minando la funcionalidad primera de la conyugalidad y su inseparable mescolanza.
El amor de la conyugalidad que si de por sí va decayendo en una espiral incesante en la cama la decadencia se palpa con una evidencia casi omnímoda y a través de una intensidad que, de otra parte, obedece a la decepción del gozo. Puesto que si esa cama de a dos estuvo proyectada para la unión sin tasa y para la reproducción sin reglas, pronto llega a través de la realidad y sus repeticiones la fatiga, el tedio y el ocaso.
Muchos adulterios son producto del deseo incontrolable de probar con otra persona pero, también, en una cama distinta, Una cama extraña y liberada del horario perpetuo. Un lecho que vive independiente de su cauce "natural" o permanente y lleva a la incertidumbre de su desarrollo y su colofón final que en la cama de matrimonio, tras una noche indiferente, amanece a la luz reiterando una misma edición del despertar en cuyo calco va troquelándose la vida y acabándose con el desgaste de la edad convertido el cuerpo allí en una suerte de dunas. Dos dunas vecinas que siendo como relojes de arena, cada cual mantiene, difícilmente su volumen contra el viento, el accidente o el doliente pasar de los días.
No pocos matrimonios escogen tener dos camas muy pronto después de haber experimentado la demoledora acción el lecho indiviso pero muchos otros, antes de llegar a ese trance, encargan ya dos camas separadas y cuanto más separadas mejor para iniciar la más laxa vida de casados. Separadas incluso hasta la distancia de habitaciones diferentes y estancas porque desaparecido ese calor estabulario se conservan mejor los sabores de la piel, la emoción y la minería.
La cama de matrimonio
El artefacto más demoledor y in superablemente eficaz para la destrucción del amor en el matrimonio es la cama de matrimonio. Este instrumento, nacido de la tradición religiosa dirigida a hacer una carne y una sangre de las dos carnes y sangres tiene como resultado hacer desdeñables uno y otro componente y llegar así a la consiguiente disminución de la atracción carnal y la rápida eliminación de sus concupiscencias.
Primero la cama de matrimonio se acoge como un amor que no tiene horario y dura las veinticuatro horas, después como un refugio a dos que preserva de las amenazas exteriores, más tarde como un estar siempre en el sereno bienestar juntos y, finalmente, con el malestar que aporta la tabarra de no poder separarse ni cuando se va a dormir.
Dentro de esta suerte de lecho de Procusto en donde, efectivamente, hay que ajustar las proporciones de uno y otro cuerpo, va desperdiciándose la sal del erotismo, la sorpresa del asalto al otro y la ocasional lubricia de alguna concupiscencia.
La cama de matrimonio, muy pronto, es tan sólo una cama para dormir pero como fue también, como se pregonaba, la cama donde se consuma el matrimonio por fácil derivación el matrimonio se cónsume. Primero poco a poco, en las dosis decayentes de la cópula reglamentaria, y solo a solo, cada cual, con la necesidad de repensar solitariamente sus vidas, sus días, sus quehaceres y su libertad sin ninguna presencia atosigante, echada al lado.
La idea de los esposorios se corresponde naturalmente con el consecuente presidio de la cama donde cada cual tiene su lado asignado siempre, respira fuerte o ronca, despide flatulencias o eructos, emite suspiros misteriosos de desesperación, cansancio o desaliento. Tal serie de eventos unidos a no pocas inconveniencias de movilidad, a roces indeseables y obligaciones inducidas, van minando la funcionalidad primera de la conyugalidad y su inseparable mescolanza.
El amor de la conyugalidad que si de por sí va decayendo en una espiral incesante en la cama la decadencia se palpa con una evidencia casi omnímoda y a través de una intensidad que, de otra parte, obedece a la decepción del gozo. Puesto que si esa cama de a dos estuvo proyectada para la unión sin tasa y para la reproducción sin reglas, pronto llega a través de la realidad y sus repeticiones la fatiga, el tedio y el ocaso.
Muchos adulterios son producto del deseo incontrolable de probar con otra persona pero, también, en una cama distinta, Una cama extraña y liberada del horario perpetuo. Un lecho que vive independiente de su cauce "natural" o permanente y lleva a la incertidumbre de su desarrollo y su colofón final que en la cama de matrimonio, tras una noche indiferente, amanece a la luz reiterando una misma edición del despertar en cuyo calco va troquelándose la vida y acabándose con el desgaste de la edad convertido el cuerpo allí en una suerte de dunas. Dos dunas vecinas que siendo como relojes de arena, cada cual mantiene, difícilmente su volumen contra el viento, el accidente o el doliente pasar de los días.
No pocos matrimonios escogen tener dos camas muy pronto después de haber experimentado la demoledora acción el lecho indiviso pero muchos otros, antes de llegar a ese trance, encargan ya dos camas separadas y cuanto más separadas mejor para iniciar la más laxa vida de casados. Separadas incluso hasta la distancia de habitaciones diferentes y estancas porque desaparecido ese calor estabulario se conservan mejor los sabores de la piel, la emoción y la minería.
[Publicado el 18/2/2010 a las 09:00]
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No es fácil saber qué es peor: si sufrir una gotera del vecino de arriba o producirla al de abajo. En el primero de los casos, algún sujeto desconocido, nunca visto, ignorado, ajeno a nuestra vida, permite que algo de su húmeda intimidad rezume por el techo y hasta el suelo de nuestro cuarto. Puede que se trate tan sólo de agua pero esa agua es su agua personal, el agua que le pertenece y Dios sabe qué puede hacer con ella. Que venga además a gotear sobre nuestro piso y descaradamente demuestra una insolencia del vecino en cuestión que, aún aventurando su catadura, debe poseer al menos dos rasgos negativos: uno de ellos es el no tener en cuenta el bienestar o la calma de los demás y otro, peor, es su habitar, probablemente, en completo abandono y sobre nuestras cabeza.
De las dos maneras el vecino es odioso. Y tanto más cuanto debemos, a la fuerza, mantener una conversación con él respecto al problema lo que, ineludiblemente, conlleva subir las escaleras y pulsar su timbre, esperar que la puerta se abra y que de repente enmarcado en el dintel aparezca con relieve, patentemente, un impensable personaje pidiéndonos cuentas por la visita,
Nosotros, ciertamente, vanos a pedirle cuentas pero siendo a la vez nosotros unos extraños que llaman puerta la interrogación recae pesadamente sobre nuestra inexplicada presencia. ¿Qué hacer? El expediente de la gotera que pronto alcanza otros terrenos procedimentales complejos requiere que, con la mayor prontitud, se relate al vecino que un punto de su conducción hidráulica gotea sobre nuestro hogar y ya se ha formado un charco de modo que hemos necesitado colocar incluso un cubo para recoger el agua que se derrama. ¿Un cubo? El vecino puede pensar que exageramos ladinamente pero incluso si no exageramos la visita intempestiva y nuestra descripción ingrata, le hace pensar en una sucesión de gestiones intempestivas, insoportables e inoportunas, para llegar finalmente a terminar el proceso que logre repararla.
Nosotros no podemos aparecer como culpables de aquello ¿pero cómo dudar que, deseándolo o no, le estamos fastidiando? ¿Una gotera yo? Cualquiera tiende a apartar de sí el cargo de haber ocasionado una gotera porque algo como esto, en lo en absoluto se interviene, en absoluto se pretende molestar y en absoluto puede hacerse algo previo ¿cómo puede generar esta vergonzosa culpa, del todo irremediable? Culpables y enjuiciados sin causa. Reos de una rara agresión y condenados a desmontar la rutina de la vida diaria como desmedida consecuencia de un mínimo a accidente.
Un vecino y otro se enfrentan recíprocamente en virtud de este menudo percance que a ninguno, en verdad, pertenece pero que, a la vez, empieza a crear un recelo mutuo, a pesar de todo. El damnificado recela de la prontitud con que el vecino de arriba se aplicará a solventar el problema generado su hogar y este vecino piensa, respecto al de abajo, que su queja tan inoportuna como tan molesta no debería manifestarse sino con humildad puesto que a fin de cuentas su casa no sabido soportar el equilibrio constructivo. La simetría entre ambos en cuanto víctimas enlazadas por el mismo accidente se rompe con facilidad hasta que no se llega con la máxima delicadeza a un balance entre el daño que sufre uno l uno y la objetiva responsabilidad de otro.
Para este equilibrio que puede ser el principio de una posterior relación simpática es preciso que quien carga con la gotera sea comprensivo con el desconcierto y la desazón del otro. Y que este otro, el dueño del hogar causante, sea plenamente consciente del perjuicio que ha causado su fuga. Cuando este equilibrio se logra llega de inmediato una suerte de serenidad celestial que reduce simbólicamente el estrago pero en tanto no se consigue este armisticio o los altibajos con el fontanero y la compañía de seguros se prolongan el malestar de la gotera puede llegar a convertirse en el centro de una conversación rabiosa, tanto en el piso de abajo como en el de arriba.
De hecho, resolver el problema constructivo requiere poco tiempo en la gran mayoría de los casos pero la insufrible llamada a la compañía de seguros, la comparecencia inmediata o no del perito, su diagnóstico ambivalente respecto a la responsabilidad particular o de la comunidad puede ocupar varias jornadas entre reiterados debates y aplazamientos.
No se sabe qué es, desde luego, mejor. Si ser el damnificado o el damnificante porque esa duración carga de culpabilidad al vecino de arriba y de malestar al de abajo. Y queda todavía tener en cuenta la repercusión sobre cada una de las familias y sus respectivas diatribas, especialmente en la de abajo donde desde el esposo o la esposa a la chica de servicio se lamen tan de vivir en esas condiciones un día más otro porque aunque el estrago sea pequeño cae sobre la normalidad como un peso notorio, gota a gota en una representación obstinada y torturante del tiempo que pasa dura y húmedamente para todos.
[Publicado el 17/2/2010 a las 09:00]
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Vicente Verdú nació en Elche en 1942. Escritor y periodista, se doctoró en Ciencias Sociales por la Universidad de la Sorbona y es miembro de la Fundación Nieman de la Universidad de Harvard. Escribe regularmente en el El País, diario en el que ha ocupado los puestos de jefe de Opinión y jefe de Cultura. Entre sus libros se encuentran: Noviazgo y matrimonio en la burguesía española, El fútbol, mitos, ritos y símbolos, El éxito y el fracaso, Nuevos amores, nuevas familias, China superstar, Emociones y Señoras y señores (Premio Espasa de Ensayo). En Anagrama, donde se editó en 1971 su primer libro, Si Usted no hace regalos le asesinarán, se han publicado también los volúmenes de cuentos Héroes y vecinos y Cuentos de matrimonios y los ensayos Días sin fumar (finalista del premio Anagrama de Ensayo 1988) y El planeta americano, con el que obtuvo el Premio Anagrama de Ensayo en 1996. Además ha publicado El estilo del mundo. La vida en el capitalismo de ficción (Anagrama, 2003) y Yo y tú, objetos de lujo (Debate, 2005). Sus libros más reciente son No Ficción (Anagrama, 2008), Passé Composé (Alfaguara, 2008) y El capitalismo funeral (Anagrama, 2009).
Galería de cuadros del autor
El capitalismo funeral (2009), Anagrama.
Passé Composé (2008), Alfaguara.
No Ficción (2008). Editorial Anagrama
Yo y tú, objetos de lujo (2005). Editorial Debate
La ciudad inquieta: el urbanismo contemporáneo entre la realidad y el deseo (2005). Fundación Central Hispano
Noviazgo y matrimonio en la sociedad española: 1974-2004 (2004). (Coautor con Alejandra Ferrándiz). Taurus Ediciones
Alberto Schommer, el poeta de la visión (2003). La Fábrica
El estilo del mundo: la vida en el capitalismo de ficción (2003). Editorial Anagrama
Guillermo Vázquez Consuegra: obras y proyectos, 1996-2001 (2001). (Coautor con García-Solera Vera, Javier). Colegio Oficial. Arquitectos Comunidad Valenciana
Cuentos de matrimonios (2000). Editorial Anagrama
Señoras y señores (1998). Espasa-Calpe
El planeta americano (1997). Círculo de Lectores
Nuevos amores, nuevas familias (1992). Tusquets Editores
El éxito y el fracaso (1991). Ediciones Temas de Hoy
Poleo menta (1990). Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert
Días sin fumar (1989). Editorial Anagrama
Héroes y vecinos (1989). Editorial Anagrama
Sentimientos de la vida cotidiana (1984). Ediciones Libertarias
El fútbol, mitos, ritos y símbolos (1981). Alianza Editorial
Las solteronas (1978). Editorial Dopesa
Si Vd. no hace regalos le asesinarán (1972). Editorial Anagrama

Entrevista en Canal 2 Andalucía.
Reseña en Babelia.
Reseña en El País.
Reseña en El Cultural de El Mundo.
Reseña en El País - País Vasco
Entrevista en Periodista Digital
2006 Premio Escritor del Año (Grupo Conde Nast)
2006 Grand Prix du Livre des Dirigeants
2002 Premio Julio Camba de Periodismo
1998 Premio Espasa de Ensayo
1997 Premio González Ruano de Periodismo
1996 Premio Anagrama de Ensayo
20/3/2010 10:01
COMENTARIO CENSURADO por IVAN...
Publicado por: Javier
19/3/2010 12:14
Publicado por: Félix
19/3/2010 11:59
Publicado por: Félix
19/3/2010 11:45
Es preciso acicalarse aunque...
Publicado por: Félix
19/3/2010 10:27
Publicado por: Félix
19/3/2010 10:24
Publicado por: Félix
19/3/2010 10:12
Publicado por: Félix
18/3/2010 18:50
http://www.elpais.com/articulo/c...
Publicado por: y el artículo
18/3/2010 17:44
Publicado por: thyssen
17/3/2010 19:00
Publicado por: Martina
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