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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

martes, 25 de noviembre de 2014

 Blog de Vicente Verdú

Escribir y pintar

Después de unos últimos quince años dedicado intensamente a la pintura, una melancolía física, anegada de cariño, me vuelve la atención a la escritura. Contemplo como Caballero Bonald, Marías, Marsé, Longares, Cercas, Millás, Muñoz Molina, Mendoza, Patricio Pron y tantos otros colegas queridos y admirados, han continuado peleando en serio con el idioma y fraguando historias, dorados niveles de ficción, semificción o investigación con el amor de cuarzo que requiere escribir suficientemente bien.

No sólo por maldad, se alude al dicho de que la letra con sangre entra. La letra, (primero hiriente y después tan benéfica como la morfina),  entra en la carne y en la cabeza, en la respiración y en la mente, entre un laberinto  tan grande y esforzado como impredeciblemente efectivo. Una cosa son las manchas y formas de la pintura -especialmente importantes para en este tiempo- y otra es la  tacha esencial que cada letra y su frase precisas viene a engastarse en el conjunto. A fin de cuentas como decía Sartre un libro -en cuanto objeto- no es sino una confundida sucesión de garabatos y la escritura no llega a ser otra cosa, cuando se miran sus  líneas por encima, que una fila de signos sin cuerpo o corazón hasta que no les prestemos nuestra figura emocional como lectores.

 Ese mundo es magnífico y ese mundo es también endemoniado tan misterioso como  histérico, tan difícil, hostil y cegador como una mística.

Claro está que hay quien se ve ante la página como un nativo flautista que improvisa con milagroso acierto pero el común de mis conocidos, (yo mismo y varios de mis autores preferidos), se baten entre esos signos como ordinarios malabaristas y llegan acaso al corazón de las gentes a través de la magia secreta, incontrolada y asombrosa de los santos.

Bendita literatura. Maldita literatura. Nos corona como seres magníficos con sus muníficos resultados precisos y nos condena con sus ripios caníbales tan acechantes.

Este peligroso y sedicente territorio que he practicado escribiendo obsesivamente (aunque menos estos años del siglo XXI) se alza ante mi como una imagen de la Purísima Concepción en tiempos del Estado de Bienestar. Veo a la pintura en una horizontal  al estilo de la red y a la escritura alzada sobre en una piedra de cuya verticalidad recibimos todavía bendiciones.   De la pintura salgo yo casi siempre envuelto en pieles y racimos inmerecidos. De la segunda termino como despojado- Exhausto como siempre de haber degustado una  verdad celeste que no olvido.

Siempre he sido más de la poesía que de la novela puesto que la primera autoriza menos a andarse por las ramas, se ocupa más de tener una puntería cenital y divaga peor entre mentiras, aun encantadoras y piadosas.

Pero ahora, en este amanecer del sábado 22,  me nace rendir un homenaje a todos los autores de mérito y a su difícil oficio de escribir. Yo quise ser uno de ellos desde que iba a la escuela y ha sido un sueño escribir y publicar tanto como para llegar ese título a mi carnet de identidad. Soy escritor, a fin  de todas las cuentas ahora que deseo ser también pintor, al final de todo.

Tengo una amiga encantadora a la que suelo disuadir de aventurarse en esta maleza de palabras que constituye la escritura larga pero me arrepiento tanto  que seguramente la llame hoy mismo para confesarle que me he precipitado en algunos juicios que descalificaban a ciertos   escritores de éxito, tan honrados como currantes.

Me gusta haber extraído de mí al pintor que fui también desde niño pero como dos gemelos se me aparece ahora la doble cría donde me reconozco. Honor, pues  hoy para los escritores a los que leo con un  sigilosos interés que se parece a la idea de ir buscando la cercanía de su espíritu (aunque haya ciertos caracteres que no trago). Y honor, especialmente hoy para los filósofos a los que voy siguiendo por las tardes alma con alma desde un caudaloso sillón de terciopelo azul.

Finalmente, en correspondencia con la sensación que recibo cuando pongo mi mirada sobre un lienzo blanco (dentro de un hermoso estudio a 20 metros de casa) los  libros admirables que gocé y disfruto se alzan ante mí como la nutrición animal indispensable para ser, a toda costa, un digno ser humano.

[Publicado el 24/11/2014 a las 09:40]

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El final

Al menos que se confíe en la improbable posteridad, todas las vidas se interpretan desde el final. Lo mismo sucede con las películas o las novelas se reinterpretan de acuerdo a como acaba el desenlace. Cualquier narración cobra su auténtico sentido a partir del fin. El principio es sólo una añagaza y el final resulta ser, por antonomasia, la conclusión. El compendio de toda la historia se halla en las últimas líneas del libro, en los últimos años de existencia del artista, en los últimos percances del empresario triunfador. Desde ese resto se levanta la entera y sólida realidad de la construcción siendo lo anterior un teatro removible que sólo se manifiesta como real con su afianzamiento último. Sin un buen final se condenan los fieles más indómitos, con un buen final se salvan los pecadores. De la misma manera, dentro de la civilización cristiana, cada cual parece recibir su merecido o redondear sus méritos en la capacidad para lograr  un buen colofón. El colofón es, por encima de todo, el momento decisivo  del galardón. Cualquier deterioro de ese tiempo final pone en cuestión el valor de lo (supuestamente) realizado antes o lo ilumina con una luz demacrada. El buen final es, en cambio, la gran foto a todo color. Antes, los fotones o los méritos son aún como fulgores accidentales que no terminan de convertirse en auténtico y afianzado esplendor. Ojo pues al final. El cierre de los párpados entre miserias puede arruinarlo o cegarlo todo.   

[Publicado el 20/11/2014 a las 10:31]

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El maltrato

Maltratar a alguien nos denigra, lo merezca esa criatura o no. Efectivamente, el  maltratado, en diferentes casos puede concluir que este duro proceder con él es una injusticia e ira urdiendo alguna próxima venganza que le consuele, aún idealmente al existir. Pero también el maltratado puede hallarse cerca de creerse tratado acaso como merece y de este modo añade a su padecimiento infringido un padecimiento de elaboración propia que le hará ir descendiendo cotas en su autoconsideración y su ocasional felicidad.

Es este, especialmente, el sentimiento declinante de la víctima el más doloroso y aniquilador. Un desprecio, una acusación, una censura van minando al que recibe estas sevicias y, en consecuencia, va reduciendo la  necesaria estima que le permitía subsistir en sociedad.

Pero sendo, sin embargo, un despechado y gradualmente apestado, el maltratado sigue a menudo la ruta de las fieras heridas o golpeadas, fieras golpeadas,  envejecidas o debilitadas que apenas sirven para nada: ni para el espectáculo circense, ni para la labor productiva en el campo, ni siquiera para vivir dignamente consigo.

Estas bestias, quizás hermosas, se desmoronan desde afuera adentro. Estas personas apaleadas se corroen psicológicamente hasta convertirse poco a poco en algo de supuesto menor peso y calidad. De menor valor y mezquina cuantía. Son seres devaluados por el enorme peso de la baja y continua desconsideración y seres sin destino agraz atrapados en la mazmorra que han ido edificándose para vivir de acuerdo a la cotización que, posiblemente a diario, se les atribuye. Seres en fin desgastados, desasidos, raídos,  desmoralizados.

Y así se llega al fin: la inmoralidad del maltratador se traduce en la desmoralización del maltratado y al cabo, uno y otro componen un luctuoso dúo en el que de un lado y otro cunde desahogadamente la invasión del mal.

[Publicado el 07/11/2014 a las 11:04]

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Los demás

Para evitar el sufrimiento, no pocos psicólogos preventivos y lúcidos aconsejan no esperar nada de los demás. Pero de qué o de quién  esperar. ¿De uno mismo? Uno mismo, dejémoslo ahí, es una pesadez. Los demás incluso pesando más, nos quitan con su quehacer un continuo peso de encimas. Su misma tabarra, su mismo error, su mismo peso de más. Todos sus males, aún siendo, graves nos alivian de un malestar que, en otro caso, sería el absoluto malestar de vivir solo. 

[Publicado el 05/11/2014 a las 11:06]

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La culpa

Freud sostenía que el sicoanálisis no se proponía hacer felices a los desdichados ni por supuesto mejorar el sufrimiento inherente al hecho  de vivir. (Ortega decía que existir era la dificultad de ser y el ser esa dificultad de persistir). No se proponía el psicoanálisis, en fin, una ayuda para vivir indoloramente o en armonía sino para tratar de que las cosas no empeoraran con las neurosis individuales que, como moscas venenosas, nos sobrevuelan y defecan en el alma desde que empezamos a pensar o sentir. Estas neurosis son grandes gourmets  del dolor y puesto que se abastecen ávidamente de él en su succión y su deglución acentúan intestinalmente las penas.

Una de esas penas,  muy popular y personal, es el sentimiento de culpa. La culpa está tallada como un hacha o una azada y arrastra tras de sí, al moverse, tiras de carne y de espíritu puro. Hacernos sentir culpable era el objetivo de la religión católica puesto que con ello lograba certeramente que nos mantuviéramos esclavos de la munífica redención divina siempre a punto para perdonar. Fieles, feligreses y convictos culpables de haber pecado, culpables de no haber trabajado más, culpables de no haber felicitado las Pascuas, culpables de haber asesinado al mismo  Cristo, culpables incluso de ser tan culpables como para pretender, encima, vivir tranquilos. ¿Y cómo eliminar esta insistente penalidad? Nadie, entre nosotros, los esclavos, ha sabido  lo suficiente como para brindar una clave que nos libere por completo. La culpa va clavada en el ser como la cruz se clavaba en las espaldas del Nazareno, Inocente supremo al que ni siquiera la penosa subida al calvario le liberó de la cruz. Sólo la muerte alcanzó a hacerlo Dios.

La muerte pues o la exculpación porque entre tanto, ese camino calvariento, cadavérico, es el camino en el que nos empeñamos sin evitar el tremendo peso de la cruz. Y ¿qué hacer entonces a estas alturas de internet? ¿Más penitencia en red? ¿Más obediencia populista, más derramamiento del dolor universal? El truco liberador (nada fácil) sería una nueva prestancia de la conciencia. La altiva conciencia de ser nosotros los fautores de la culpa y no las víctimas de la descerebrada realidad común. De este modo, siendo amos de lo que nos pasa podríamos hacer que nos pasara algo mejor o no tan  punitivo. Pero ¿cómo adquirir esa facultad? Esa facultad corresponde a quienes los demás llamamos, de vez en cuando,  "dueños de sí mismos". Son dueños de sí mismos los famosos que eliminan, al parecer, las moscas venenosas  y disponen, más o menos, los grados del parasitario dolor. En consecuencia, no se  inoculan como autómatas dosis del dolor prefabricado a granel. Dosis de dolor adicional para los más débiles. Dosis de dolor tan insoportable como nutricio para aquellos fracasados que hallan en el dolor su atractivo, sus ventajas, sus dones, sus fulgores y su drogadicción.

 No sucumbir a esos tenebrosos encantos del dolor hacen al ser humano más firme, lúcido y dueño de sí mismo. Conocedor de su compleja plantación porque hay en esa clase de propiedad agrícola de la existencia un estrato irreparable que es el hecho particular de vivir. Se trata del suelo individual de la existencia y de nuestra implantación en ella. Otros brotes neuróticos aparecerán como malas yerbas y, a menudo, nos enmarañan, nos ciegan y nos hacen caer en la desesperación. Nos hacen caer en una u otra profundidad de su ciénaga, en el  mismo pozo  del delirio o el hondón  infame del gozo que celebra el dolor por el dolor. 

La neurastenia, expresada así, es una condición que espantamos con relativa facilidad  pero ¿y las neurosis? Estas se inmiscuyen en el ser como virus incapaces de ser vistos, localizables o determinables en nuestra amargura sin razón. ¿Será entonces el psicoanálisis el remedio? El remedio entonces del psicoanálisis sería la aportación de claridad y de razón. Un  hermoso caer en la cuenta, en lugar de caer en el vientre de la  aflicción inútil. Una aflicción doliente, claro está, pero en muchos casos sobrevenida como un escarchado aderezo que el ser vivo recibe para complacerse, definitivamente, en la mortal desgracia de ser.

[Publicado el 04/11/2014 a las 12:02]

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Aburrimiento

El aburrimiento es, para no pocos filósofos, un paraje de primer nivel. Algo similar a la antesala de un conocimiento del ser que no se obtiene desde ningún otro estado posible. El tedio sería como un escabel o un modesto podio para poderse reconocer en la nada y en la infinitud, en el sinsentido y en el sentido de estar vivo sin  ir a menos ni a más. Acaso un espacio sin ruidos, ni fruslerías, un tiempo sin aparejos ni mediación. El yo aburrido frente al yo abastecido de nada. Un tu a tu sin incidentes ni intersticios. Y ¿qué mejor prueba vital de nuestra insignificancia que el nulo interés de nuestra superpresencia sin amenidad?

O, por el contrario, según los optimistas ¿qué mejor prueba de hallarse feliz con uno mismo que la expresa tangibilidad de nuestra redundancia? Feliz con feliz, como el sabor de lo azucarado más  lo escarchado, de la miel carnal con la propia compota. O, poniéndonos, por el contrario, agrios, se trataría de la suma de la palidez con la palidez. La pila de un ego reflejado sin término. Palpación del ser soltero con la recompensa de darnos vida indefinidamente en la réplica de lo mismo gracias al  pegamento de la presencia suculenta e insípida. Nutrición que se nutre de lo mismo. Sabor que no puede hartarse más y que por virtud del aburrimiento intrínseco se convertiría en un observatorio del ser sin misterio ni médula raquídea. Del ser sin más. No muerto pero en posición de  muerto. No amenazado sino amparado gracias a la nulidad.

 O me confundo: el tedio es un albergue muy exclusivo. La querida morada sin vecinos de toda especie y en donde desaparece por ensalmo, en ese intervalo, tanto la ansiedad  como el miedo a ser desdichado o no.  

[Publicado el 31/10/2014 a las 09:50]

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El valor de lo no visto

Desde la editorial Sexto Piso han dejado caer un libro que es un buen cuarzo facetado  para los que les interesa el arte. Se titula: El robo de la Mona Lisa. Lo que el arte nos impide ver.

He aquí una primera sentencia obvia y mollar: "Las cosas se vuelven más interesantes cuando las hemos perdido". En consecuencia, nunca la  Mona Lisa logró atraer más visitantes que cuando desapareció. Robada por Vincenzo Peruggia, antiguo empleado del Louvre, permaneció   ausente dos años desde  agosto de 1911. Fernando Colomo dedicó mucho tiempo a estudiar este caso y rodó La banda de Picasso que, al fin, sólo admiramos unos cuántos. Recibió el Goya al mejor vestuario y a  la mejor canción original pero allí acabó casi todo. La detención de Picasso y de Apollinaire acusados de ser los ladrones se deshizo en la misma niebla que fatalmente  cubre a numerosas  películas españolas.

Las sospechas sobre Picasso se desvanecieron pero en su caso no eran tan infundadas puesto que él y sus compinches no cesaban de arramblar con esculturas íberas de los sótanos del Louvre. La moda era  tanto robar como  hacer después primitivismo.   

Y la moda, a la vez, fue el gamberrismo que desde Duchamp a Malevich pasando por Leger aprovechó el rapto de la Mona Lisa para ponerle bigotes, rodearla de siete llaves o cubicarla entre collages. Aunque, con todo, lo mejor del escándalo radicaba en que el cuadro no estaba allí. Tan provocadora era su pérdida que el mismo  Kafka y Max Brod viajaron pronto a París para contemplar, en la pared, la mancha dejada por su ausencia. De hecho, nunca antes había cundido el fenómeno del "turismo cultural" que, como se sabe,  busca no la obra de arte en sí sino el suceso de la obra.  Personalmente, la última vez que pasé ante la Mona Lisa se hallaba sobre un paramento a cuya espalda colgaba un deslumbrador retrato de Tiziano. Por este lado no había nadie pero del otro se apiñaba tanta público como en los graves accidentes de tráfico. 

No se veía pues apenas nada de tantos ojos queriendo ver. ¿Pero ver qué? ¿Una obra irrepetible? Los historiadores cuentan que si Peruggia robó el cuadro fue para venderlo a un comerciante argentino, Eduardo Valfierno, que hizo negocio con cinco coleccionistas estadounidenses y otro brasileño endosándoles falsificaciones de Yves Chaudron,  a 300.000 $ la pieza. ¿Es pues la Mona Lisa la Mona Lisa? Casi lo mismo da porque la tecnología es muy  capaz de anular las  diferencias. ¿Entonces? Entonces la religión -como ocurre con el Santo Grial o la Santa Faz, adorados en diferentes parroquias del mundo- acude a salvar el descrédito. La fe hace efecto; la cultura hace culto.

 ¿Damien Hirst y sus tiburones en formol, Piero Manzoni y sus merde d´artista? "Todo lo que escupe el artista es arte" dijo  Schwitters.  Pero hay más. Todo lo que se queda dentro, como hacía Beckett con las frases o Cage con las notas, todo lo que no se dice, ni se oye, ni se ve es, con alta frecuencia, incomparablemente superior a lo escuchado o lo visto.

[Publicado el 29/10/2014 a las 13:50]

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Sentir y sentir

No pocos piensan que saben porque están seguros de lo que sienten. El sesgo soberanista es un ejemplo y los carteles proclaman esta convicción diciendo: "nos sentimos catalanes". Se sienten europeos pero no se sienten españoles. Sin embargo, esto no es de ningún modo saber sino ignorar. Eludir que son españoles de nacimiento.

La idea de que sabemos mucho de algo o de alguien porque los amamos resulta tan elemental como confortadora. Pero ¿sabemos más de la pareja porque la queremos? ¿O la queremos más porque no nos hemos hecho cargo de lo que realmente es?

En la corrupta política de cada día se repite el caso de personas que sintiendo confianza por otra muy cercana se encuentran con el chasco de que eran ni no son de fiar. Los sentían como honrados y los desconocían en su verdad de granujas conspicuos.

El sentimiento tiene muy buena prensa puesto que el corazón, pase lo que pase, parece de mayor nivel humano que los rodeos de la cabeza. A la cabeza, en la convención, se la puede liar pero es el pálpito del corazón quien, supuestamente, acierta. Y claro que no. No hay momento más propicio para constatar que no sabemos nada de nada, ni por vía corporal ni por el sendero de espíritu que en esta Gran Crisis inexplicada. Vamos más o menos a ciegas en casi todo y sin la ayuda de alguna pequeña revelación celestial que desde hace siglos ha fundido sus luces por completo.

Pero ¿y el Papa? ¿No lo sabe todo el Papa, por lo menos, que mantiene conversaciones directas con Dios? Pues tampoco lo sabe y se le ve confundido o incluso se contradice, se corrige y se arrepiente cada dos por tres.

Contar con un medium que nos allanara el camino hacia la verdad sería como una sedosa alfombra de la vida y de la ciencia. Pero ya se ve que no es en absoluto así: la vida va dando carriolas y la ciencia un día dice esto y el siguiente lo contrario. Ahora mismo, hasta el ibuprofeno podría matarnos. Pero ¿qué decir de la sal, el azúcar o el guacamole? Cada uno desde su rincón podría lanzarse sobre las arterias para perjudicarlas y descomponerlas. Para reproducir, de acuerdo con los turbio aires de nuestro tiempo, la corrosión de los conductos orgánicos, representativos, cognoscitivos y preformativos. Para dejarnos pues sin vías transitables. ¿Sin vías o corazones (o cerebelos) de arterias fluidas?

[Publicado el 28/10/2014 a las 10:05]

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La muerte y el mar

Con 84 años cumplidos, François Cheng, de la Academia Francesa, ha publicado Cinq méditations sur la mort (autrement dit sur la vie). Es decir, la muerte puede mirarse desde la vida, que es lo usual o contemplarse desde la muerte que es lo propio de los filósofos provectos. Siendo la muerte nada, la vida es una flor y en tanto se halla enhiesta no habrá por qué lamentarse de nada más, y menos de la nada.

El porvenir es el pasado puesto que siempre la nada es anterior a lo existente. Pero también posterior cuando ya no hay nada y de nada se compone el más allá invisible, intangible e inimaginable e irrecordable que se presenta en el pos mortem. ¿Alguna consolación? No hay consolación para este absurdo que se enrosca en su vicio de matar a los vivos. Pero si no mueren los vivos ¿quién puede entonces vivir la experiencia de morir? Somos amos de la muerte en cuanto criaturas que creamos vidas pero también en cuanto criaturas a las que se les ha dado aliento por las vidas directas que vinieron antes. La vida o la vía. La Voie, la Vía, es un pensamiento chino muy confortante y que Cheng, en cuanto nacido en Oriente, introduce en su manera de pensar y proponer. Formamos parte como de una ancha y larga marea formada por nuestros antecesores y que seguirá en nuestros incontables descendientes. ¿Qué más podríamos pedir? ¿La vida absoluta? ¿El tedio de la eternidad? Poseemos la vida que nos entregan como un brillante testigo en una carrera comunal que da no ya en el mar sino en la marea de otros seres humanos que nos prolongan. Unos nos preceden y otros nos proceden. No morimos en fin en cuanto moléculas sino que nos disolvemos en cuanto eslabones sin tasa en la continuidad del tiempo que desfila desde tiempos inmemoriales a tiempos sin memoria aún. Y sin memoria, sin recuerdos ¿cómo será posible sufrir la ausencia, la pérdida, la nada, la muerte definida, sin previsible fin? 

[Publicado el 27/10/2014 a las 10:05]

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El camelo del trabajo

Las personas de éxito declaran a sus entrevistadores que entre poseer inspiración, suerte o capacidad de trabajo, lo más importante es el trabajo. Se deduce así que para triunfar hay que trabajar como un mulo. No hay secretos ni magias sino laboriosidad.

La idea de ser importante por ser genial no es conveniente difundirla en general ni en sociedad. Se es importante si a lo que pueda llamarse genio se une el trabajo duro. El trabajo lo envuelve y sostiene todo. Todo es un producto fundamentado en el trabajo a la manera de lo que consiguen los músculos de los mulos o las potencias de las máquinas. ¿La suerte? La suerte no existe sino para quien la busca -se dice- o lo que es lo mismo, para quien no ceja trabajosamente en su persecución. ¿El talento? Esto no sería  absolutamente nada puesto que muchas personas de talento no son nada o menos que cero. Para que el talento flote como una excelencia es necesaria una sólida base de trabajo. Una base sólida conseguida acumulando sudor y lágrimas y tesón. Frente al talento el tesón. O, en suma operaciones de acumulación de esfuerzo, esfuerzos cuantitativos para limar, bruñir y dar prestancia al talento oculto.

¿Todo esto es verdad o mera doctrina cristiana? Doctrina cristiana. Los que triunfan sin hacer nada o haciendo poco son como los demonios o como los brujos. Y es a esta clase de personas a las que el mundo  admira. Que en esta semana Marc Márquez haya logrado por segunda  vez ser campeón del mundo con 21 años en GP no puede ser el resultado de un imposible trabajo duradero sino de la mano de el Diablo o de Dios. Estos personajes no son tan sólo individuos (indivisibles) sino que mantienen una invisible vía de sutura con el más allá. Ocurre con los ejemplos de poetas o de escritores o de pintores que son famoso tan jóvenes que parecería algo así como si la fama les ocupara el lugar del alma y de la respiración, su soplo de vida. Junto a ellos no se aprende realmente nada  porque su saber no es un efecto de la aplicación sino de la bendición. ¿Y como entrar en esa cápsula virtual? ¿Cómo deconstruir la bendición, siempre irreal?

Son, de ese modo, más o menos felices pero desde luego forman parte de un grupo sobre el que la fuente celestial gotea azarosamente. Gotea sobre unos y no sobre otros de acuerdo a sus caprichos o su arbitrariedad. A su alrededor millones de obreros se rompen el espinazo en sus faenas rutinarias o innovadoras pero  de ellos nunca, proporcionalmente, brota el triunfador. El trabajo es la ley agotadora y amordazadora. El trabajo es la democracia sin lustre ni milagrosa emoción. El trabajo es su coartada. La coartada para los elegidos que disfrutan y enarbolan el poder. 

[Publicado el 13/10/2014 a las 10:00]

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Foto autor

Biografía

Vicente Verdú nació en Elche en 1942. Escritor y periodista, se doctoró en Ciencias Sociales por la Universidad de la Sorbona y es miembro de la Fundación Nieman de la Universidad de Harvard. Escribe regularmente en el El País, diario en el que ha ocupado los puestos de jefe de Opinión y jefe de Cultura. Entre sus libros se encuentran: Noviazgo y matrimonio en la burguesía española, El fútbol, mitos, ritos y símbolos, El éxito y el fracaso, Nuevos amores, nuevas familias, China superstar, Emociones y Señoras y señores (Premio Espasa de Ensayo). En Anagrama, donde se editó en 1971 su primer libro, Si Usted no hace regalos le asesinarán, se han publicado también los volúmenes de cuentos Héroes y vecinos y Cuentos de matrimonios y los ensayos Días sin fumar (finalista del premio Anagrama de Ensayo 1988) y El planeta americano, con el que obtuvo el Premio Anagrama de Ensayo en 1996. Además ha publicado El estilo del mundo. La vida en el capitalismo de ficción (Anagrama, 2003) y Yo y tú, objetos de lujo (Debate, 2005). Sus libros más reciente son No Ficción (Anagrama, 2008), Passé Composé (Alfaguara, 2008), El capitalismo funeral (Anagrama, 2009) y Apocalipsis Now (Península, 2009)

 

 

 

OBRA PICTÓRICA/ WEB OFICIAL

 

Bibliografía

Enseres domésticos (2014). Anagrama. 

Apolcalipsis Now (2012), Península.

El capitalismo funeral (2009), Anagrama.

Passé Composé (2008), Alfaguara.

No Ficción (2008). Editorial Anagrama 

Yo y tú, objetos de lujo (2005). Editorial Debate

La ciudad inquieta: el urbanismo contemporáneo entre la realidad y el deseo (2005). Fundación Central Hispano

Noviazgo y matrimonio en la sociedad española: 1974-2004 (2004). (Coautor con Alejandra Ferrándiz). Taurus Ediciones

Alberto Schommer, el poeta de la visión (2003). La Fábrica

El estilo del mundo: la vida en el capitalismo de ficción (2003). Editorial Anagrama

Guillermo Vázquez Consuegra: obras y proyectos, 1996-2001 (2001). (Coautor con García-Solera Vera, Javier). Colegio Oficial. Arquitectos Comunidad Valenciana

Cuentos de matrimonios (2000). Editorial Anagrama

Señoras y señores (1998). Espasa-Calpe

El planeta americano (1997). Círculo de Lectores

Nuevos amores, nuevas familias (1992). Tusquets Editores

El éxito y el fracaso (1991). Ediciones Temas de Hoy

Poleo menta (1990). Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert

Días sin fumar (1989). Editorial Anagrama

Héroes y vecinos (1989). Editorial Anagrama

Sentimientos de la vida cotidiana (1984). Ediciones Libertarias

El fútbol, mitos, ritos y símbolos (1981). Alianza Editorial

Las solteronas (1978). Editorial Dopesa

Si Vd. no hace regalos le asesinarán (1972). Editorial Anagrama

La Ausencia (2011). Editorial Esfera de los libros

La hoguera (2012).  Editorial Temas de Hoy. Premio de Hoy 2012.

 

Portada de 'El capitalismo funeral'

 

Enlaces

Entrevista en Canal 2 Andalucía.

 

Reseña en Babelia.

 

Reseña en El País.

 

Reseña en El Cultural de El Mundo.

 

Reseña en El País - País Vasco

 

Entrevista en Periodista Digital

Premios

2006 Premio Escritor del Año (Grupo Conde Nast)

2006 Grand Prix du Livre des Dirigeants

2002 Premio Julio Camba de Periodismo

1998 Premio Espasa de Ensayo

1997 Premio González Ruano de Periodismo

1996 Premio Anagrama de Ensayo

Vídeos asociados

Audios asociados

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