PRISA utiliza cookies propias y de terceros para mejorar tu experiencia de navegación y realizar tareas de analítica. Al continuar con tu navegación entendemos que aceptas nuestra política de cookies.

Cerrar

El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

sábado, 19 de abril de 2014

 Blog de Vicente Verdú

El triunfo de la mundanidad

En 1994 el Metropolitan Museum de Nueva York empezó a servir copas en el balcony que circunda su  atrio principal mientras amenizaba las reuniones con una orquesta de cámara con música de Vivaldi. Casi a la vez amplío, sin embargo, sus atractivos  con unas instalaciones de cocina que permitían celebrar sus bodas a los potentados y recibir a cientos de invitados. El Museo se hizo elegante y mundano, amante de la estética y de las  fiestas sociales.

Poco a poco en otros lugares e Estados Unidos y de Europa se extendió la idea de rebozar las fundaciones e instituciones museísticas con estas amenidades paralelas empezando por sus boutiques o por centros comerciales, como en Louvre, que rodean a los sagrado. La pintura, simultáneamente, en subastas y galerías había pasado de ser una cultura reverencial  para formar parte de la cultura de entretenimiento en sentido amplio. Exquisita y popular a la vez puesto que el museo trabajó para rebajar su solemnidad y hacerse llano o laico. La idea del arte estaba cada vez más secularizada con su  mercantilización en Sothebys´ y Crhisties, para reposar en las cámaras acorazadas de los bancos asiáticos. Ahora es ya un lugar común que el valor de la obra se intercambia con el valor de un cortijo, unos lingotes de oro o un par de yates y helicópteros.

 Los ricos desnudaron de reverencia a la obra maestra y desprendida de todos los ropajes circuló a gran velocidad por el mercado. Con una importante transformación geoestratégica puesto que si el museo o la galería eran recintos estancos, el mercado no conoce fronteras. De ese modo la mezcla de la creación con la producción fue una consecuencia inmediata.

¿Una degeneración? Mejor, una nueva y promiscua generación. Los cuadros ya están en los restaurantes, en los centros comerciales, en las peluquerías o en los bares de copas. Allí donde va la gente va también la obra. Allí donde se vende algo asociado al ocio puede ser buen lugar para vender arte.

Pero ¿qué pasa con los libros o las películas? Cada vez menos gente visita las librerías o asiste a las sesiones de cine pero como prueba de mixtura entre los productos de entretenimiento, hace tiempo que en algunos establecimientos de libros se sirven café o copas y en un comercio estelar de París, Mercí, en el Boulevar Beaumarchais, se expone ropa de casa y ropa de calle,  cacharros de cocina o bicicletas y se pasan de vez en cuando películas cerca de las cajas.  Los televisores hace tiempo que se hallan en las salas de espera de los médicos o los notarios, dentro de cualquier espacio  con  demoras. El entretenimiento es lo opuesto a la meditación  y la lectura solitaria y hacia adentro ha ido girando hacia los clubs de lectores donde se exteriorizan las diferentes emociones.

Todo en fin tiende a reunirse, compartirse y mixtificarse. Ni el arte es arte, ni la novela es novela, ni la librería es sólo  un local especializado en  libros. En un futuro no muy lejano o ya en algunos Estados el consumo de algunas drogas, como el hachís, es vecino al consumo de la pintura o la escritura, el alcohol o la profética poesía de Apollinaire. De esta manera la ciudad tenderá a perder las secciones y ampliar su carácter de  plaza. Una plaza o zoco donde se encuentre de todo a la manera que de todo se encuentra en el bazar de la red y en donde no tiene sentido calificar su oferta con un nombre único.  Todo está en la red y la emoción de participar en ella es como el resultado de haber degustado platos de todas las clases.

 La multiplicidad del mundo no se expresa ya tanto en las diferencias entre un lugar y otros como en las diferencias multiplicadas de cualquier  paraje. El centro comercial sería un paradigma todavía en gestación del centro mundial donde se junte el bien y el mal, lo feo con lo hermoso, la moda con el Desigual  cuyo diseño predice metafóricamente el género impuro de cualquier producto.

Finalmente, si el auge actual de la envolvente gastronomía de fusión no fuera suficientemente aleccionadora, la conjunción de varios idiomas en la enseñanza, las parejas de razas distintas, la bi o trisexualidad, el viaje sin cesar,  la emigración o la corrupción, el crimen de toda especie y las prácticas  de cualquier moral en cualquier solar son la ratificación del fin de la identidad particular, la anulación de la división y el feliz ocaso de la pertenencia.                                            

[Publicado el 10/4/2014 a las 16:15]

[Enlace permanente] [3 comentarios]

Compartir:

Autorretrato

Se dice que el selfie o autorretrato  fotográfico a través del móvil es un signo elocuente  de la actual adoración a la individualidad, el culto al yo y pecados narcisistas por el estilo. Sin embargo si el selfie es complaciente es sólo un gozo instantáneo, una instantánea ¿Qué pensar sin embargo de los autoretratos que han venido realizando los pintores desde Durero a Picasso, desde Van Gogh a Frida Kahlo, desde Velázquez y  Goya a  Bacon. La abstracción acabó, en gran medida, con este tema pictórico porque el artista creyó que en el gestualismo, por ejemplo, ya decía bastante de sí mediante el gesto de la mano. La mano que, a través de la nigromancia ha sido contemplada, a su vez, como el sello singular de la actualidad y destino de una persona. Su foto hecha carne. 

Un selfie es apenas una relativa gota de  amor a sí mismo en el proceloso océano que conlleva pintarse ante un espejo. Prácticamente todos los artistas son exhibicionistas. Prácticamente todos los artistas se aman incluso cuando se suicidan o precisamente porque, sobre todo, se sobrepasan como protagonistas.

El  selfie es una broma pueril pero un autorretrato de artista va completamente en serio. ¿Es un epitafio? ¿Es un manifiesto? ¿Es una mortificación? ¿Es una exaltación? De todo hay y, en cada caso se trata de una promiscua declaración del yo multiplicado por dos.

¿Yo y yo con el espejo? Mucha gente no soportaría mirarse tanto tiempo y tan minuciosamente  en la doble imagen de sí. Porque de hecho el autorretrato  nace de redundar lo visto hasta hacer pacientemente que rezume lo invisible. Es decir, dar arte a la parte que no se ve y hacer que la que se ve se aparte deliberadamente de lo inmediato. 

El selfie no se pregunta qué aspecto retratar. La máquina lo hace todo. El selfie no pretende impresionar  sino solamente impresionarse.  El pintor, sin embargo, de una u otra manera se presenta con la vanidosa pretensión de ser un objeto al que   merece la pena observar, estudiar e inmortalizar dentro de la obra completa.

 Muchos pintores a través del pentimento han corregido sus cuadros o los han terminado sobre otros ya acabados. El lienzo siempre es, en la mítica del oficio, un bien escaso y altamente apreciado. No importa el presupuesto de que se disponga un lienzo es sagrado de modo que dedicarlo a la propia cara es asimilar lo caro (querido) del soporte al valor del porte en un momento dado.

La propagación de la moda del selfie ha llamado la atención de los que ven en ello un solipsismo antisocial pero viene a ser casi lo contrario puesto que la red donde se cuelga es una plaza en la que los individuos se presentan como multitud y la  manada de caras se hace un juego jugando. El autorretrato del artista, por el contrario, llevando consigo ambiciones de comunicación muy singular sobre la personalidad del autor busca  lograr todo lo contrario. El pintor se ama o se odia de tal manera, es decir se considera de tan importancia afectiva como para presentarse como un ser en primer plano. 

¿Estudio psicológico del artista a través del autorretrato?  Perderán casi siempre el tiempo los mejores analistas. El pintor no se autorretrata para ofrecer una información exacta  sino justamente para deformarla.

Desde hace dos siglos el realismo ha dejado de interesar incluso a la realidad que poco a poco ha dejado de cargar con ese peso muerto. No hay ya realidad posible como tampoco ficción interesante. Una y otra se han centrifugado en una evolución que puede resumirse en que el conocimiento no se puede conocer o en que la ciencia no sabe siquiera explicar cabalmente sus mayores hallazgos.

El autorretrato recoge esta simbólicamente esta circunstancia  anticipándose a la evolución del mundo emocional y mental. En cada una de estos serios retratos se abarrota tal cantidad de mentiras, delirios, ambiciones y agonías que la historia del autor, del actor lúcido, sería el emblema de un genoma que sale a relucir precisamente ahora, cuando la época cambia.

El selfie en fin sería y es un dato personal  sin finalidad determinada pero el autorretrato es, ante todo, determinación. La de-terminación del yo mortal pero sin término.  

[Publicado el 09/4/2014 a las 12:19]

[Enlace permanente] [1 comentario]

Compartir:

¿Humor?

El mal humor es un concepto que ha ido haciéndose antiguo. No se puede estar de mal humor. Cabe tener mal carácter pero no ser antipático. La educación o la civilización sería el marco en que el mal humor se hallaría desterrado y, en gran medida, porque el mal humor es un estado que se crea de excrementos espirituales no de una buena o sana razón. Las buenas o bien fundadas razones negativas pueden llevar a la tristeza o la depresión pero no ¿al mal humor? que es cosa de viejos o es cosa de tiempos viejos o es asunto de caracteres revenidos. El anverso del malhumor no es, además, el buen humor que puede resultar cargante, sino el humor que anima a vivir mejor a uno mismo y a los otros de alrededor. El humor es la hermosa columna de humo que nos vitaliza como un sahumerio. Una emanación de bienestar que el malhumor precisamente no conoce ni con señales patentes. Todos los malhumorados, huraños u hostiles son carne de cañón en este momento en que o reímos o lloramos. El término medio como la bebida tibia induce a vomitar.

[Publicado el 08/4/2014 a las 16:09]

[Enlace permanente] [2 comentarios]

Compartir:

Contraer

El verbo "contraer" lleva a una misteriosa cadena de significados. Se "contrae" un matrimonio y se "contrae" una enfermedad y se "contrae" una deuda. La palabra va unida como un estrecho sintagma a su sustantivo inmediato.

 Pero ¿qué más se puede contraer? Se podrían contraer "compromisos", "promesas" y una sucesión de deberes "contraídos" que obviamente nos e "contraen". ¿Nos vemos entonces contrahechos? ¿Nos sentimos entonces reducidos? Lo que se contrae disminuye de tamaño, de longitud de anchura y de altura de modo que la consecuencia vendría a ser que "contrayendo" nos reducimos. Y, en efecto, no queda más remedio que tomarlo así . Pero tomarlo así y aplicarlo literalmente lleva a un descrédito frontal del matrimonio y el amor encerrado en él.

Efectivamente, según los casos, la pareja puede impulsarnos hacia arriba o hacia abajo pero en cualquiera de los dos supuestos se interviene sobre nuestra talla. Si nos achica el emparejamiento, emparejamiento es un menos del más. Si nos aumenta el emparejamiento es un más del menos pero, incluso en este caso, ¿cómo no constatar que lo que se contrajo ha rectificado de hecho nuestra identidad? ¿Para bien? Esto ya no importa. La modificación por sí misma es una ratificación de lo coercitivo que conlleva el verbo "contraer". Haber contraído algo con alguien, con el banco o con la Iglesia, con las leyes o con la moral a partir del yo sin encadenamientos. Así que,  de un modo u otro, la idea de contraer algo remite simultáneamente a la subordinación o a la pérdida de alguna libertad. 

[Publicado el 07/4/2014 a las 16:25]

[Enlace permanente] [3 comentarios]

Compartir:

La limosna al mendigo

El mendigo que nos pide una limosna echado en una acera o acercándose a la ventanilla del coche nos coloca diariamente en un aprieto moral. De una parte entregarle un euro o menos a un pobre no es nada. Pero no siendo nada y siendo él tan pobre ¿cómo es posible negarse a su petición? Objetivamente, la renuncia a ayudarle, y con tan poco, denota una extraordinaria mezquindad y hasta una personalidad acaso miserable. Más miserable incluso que el miserable que viene a implorarnos una limosna y a humillarse integralmente con su cazuela en la mano, su vaso de plástico mugriento o su mano recubierta de suciedad. De miserable a miserable. Uno arruinado por su extrema falta de medios y el otro devastado por su extrema falta de compasión.

 ¿Habrá pues que darle monedas a todo mendigo que nos cruzamos? ¿Y por qué no? La ganancia psíquica de esa acción es incalculable puesto que se trataría de cambiar un euro o menos, un euro o dos por la importante tranquilidad de la conciencia. Sin embargo, no le damos siempre ni siquiera unos céntimos.  ¿Por qué? En una parte porque está uno harto de los pedigüeños que ya son una insufrible plaga social y de otra porque un pobre, por mucha compasión que teóricamente inspire (o precisamente por ello) es un sujeto que no querríamos sentir ni ver. Negarle el euro es pues como neutralizarlo mediante la estratagema psicológica de no tener  en cuenta su petición.

No dar es ignorar el mal que nos plantea y acorrala No darle nada es rehuir el juego en que la conciencia se agita añadiendo más problemas a la  jornada.

Hay mendigos, pero  hacemos como que no existen de hecho y de cohecho gracias a que no los tratamos. He aquí una forma de librarse imaginariamente de su proximidad?  De su proximidad y de su agresivo e acoso. Porque resulta demasiado frecuente que el acoso de la pobre o el pobre revestido de porquería nos procura sigilosamente la coartada de que no damos nada porque no soportamos su monstruosidad. No damos nada porque nos piden demasiado. No damos nada porque encima de insistirnos nos exigen. Y si exigen ¿cómo reconocerles piadosamente su precariedad? La exigencia nos exaspera y la exasperación nos permite creer que en cuanto figuras temibles, los rehuimos cargados de razón. Los mendigos nos importunan, nos molestan, nos atacan y si nos importunan, nos molestan y nos atacan ¿tendríamos encima que darles dinero para que se multiplicaran y siguieran incrementando su asedio más y más?

Esta ecuación maldita viene a ser notablemente frecuente entre los ciudadanos y conductores.  Muchos piensan que hacen el bien no dando nada porque de ese modo se empuja al desvalido a valerse, al perdido a  buscar la vida. Todo ello mediante el trabajo y su redención. De este modo -haya o no trabajo real-  nuestra caridad se pone a salvo o mejor, se convierte, en el bienhechor ejercicio de la donación negativa. Se les niega la limosna y de este modo se les hace el verdadero favor. Ellos lo ignorarán, acaso,  pero no dar es darles más que darles algo. Un euro no lleva a ningún sitio pero al negárselo se convierte en una potencia redentora.   Redención por inhibición. Caridad gracias a la mezquindad. Mezquindad productiva puesto que, al cabo, la economía y el mismo Dios comprenderán su beneficioso  significado. ¿Ni un céntimo al desamparado, pues? Efectivamente. Cuanto más se acentúe su necesidad más probable -se piensa- que podrá reaccionar hacia la prosperidad.  ¿O no? ¿No se hará antes un delincuente? ¿No llegará a suicidarse o a perecer de inanición?

Cuestiones como estas últimas inducen a dar una moneda pero al dar y sentirse satisfechos con la escasa limosna entregada ¿no es demasiada satisfacción? No cabe duda. Y yo, seguramente por esta consideración tan miserable, siempre doy.

[Publicado el 02/4/2014 a las 13:23]

[Enlace permanente] [4 comentarios]

Compartir:

Pensar, enfermar

No hay nada mejor para pensar que estar enfermo. Diría más. No hay modo de pensar sin ponerse enfermo. O un poco más allá. El pensamiento es un producto directamente debido a la falta de salud. O al revés: la buena salud abotarga el pensamiento, lo entibia, lo adormece, lo vela. O salud o pensamiento. O el bienestar o el ser. 

Esta sería la idea ligera del más extremo diagnóstico sobre la condición del ser humano. No hay pensamiento sin sufrimiento. Sólo sabemos pensar bien cuando físicamente nos demediamos. O sólo alcanzamos la sabiduría mediante la avería.

Otra cosa es el baile.

[Publicado el 01/4/2014 a las 13:45]

[Enlace permanente] [9 comentarios]

Compartir:

Hacer un favor

Así como hay personas a las que no les cuesta pedir un favor, otras enfermamos cuando tenemos que hacerlo. ¿Desenvoltura de las primeras? ¿Timidez de las segundas?

El asunto posee una complejidad semejante a los asuntos de la  "inteligencia borrosa". La autoestima ayuda a solicitar algo sin demediarse pero no es suficiente. El complejo de inferioridad tiende a inhibirnos en las demandas pero tampoco es decisivo. Gentes con el complejo de inferioridad bien llevado pueden apoyarse en él para no sentir una insoportable humillación al pedir ayuda. Pero ¿es humillante, entonces, pedir un favor?

Contemplado de quien desde el punto de vista de quien es requerido pueden producirse dos sensaciones. La una es de incomodo y molestia. Pero la otra, sin embargo, es dulce y halagadora. Hacer favores contribuye a la propia satisfacción tanto por empatía con la persona favorecida como por el humano  bienestar que procura ser útil a otro. Más aún. Hay gentes que disfrutan mucho haciendo favores. Personajes que  paradójicamente coinciden a menudo con el miedo a necesitar de ellos. Quien hace favores se ve dinamizado, tonificado. Apartando a la gente mezquina, el resto quiero creer que encuentra una sincera gratificación en ello. Gratifica al demandante cuando recibe el auxilio y gratifica al donante que se ve enaltecido por la posibilidad de responder generosamente  De modo que todo el mundo saldrá beneficiado. Quien puede hacer un favor da señal de poder y se parece en, el extremo, a los reyes o los santos.

Cierto que hay amigos que cuando suena el teléfono llaman sistemáticamente  para pedir algo. Estos tipos son odiosos. Pero, en general, todos necesitamos intercambiarnos ayudas sin que tenga sentido sufrir el menor rubor. ¿De qué viene pues esa vergüenza de algunos peticionarios? Viene, probablemente, de su orgullo. Algo muy diferente, por tanto, de la timidez. Viene, seguramente, de la vanidad y el rubor a mostrarse incompleto. Y, sin embargo, favor por favor, todos nos veríamos favorecidos. ¿Qué hay pues en mí y en otras personas parecidas que hace sufrir tanto cuando pensamos que  molestamos pidiendo? ¿Ignorancia? ¿Pobreza de espíritu? ¿Desconfianza? ¿Temor? Todas son, en fin,  limitaciones. El favor nos esponja personalmente en una y otra dirección,  la autosuficiencia pretendida o enmascarada nos ahoga.

[Publicado el 31/3/2014 a las 12:06]

[Enlace permanente] [5 comentarios]

Compartir:

Parejas que se miran

Hay parejas que atribuyen su larga felicidad a reconocerse como complementarias. De este modo la una suple a la otra y la otra atiende con eficiencia lo que no podría hacer la primera. Se trata de una pareja que si funciona lo hace a la manera industrial, dicho sea en el sentido más noble. Se complementan como piezas que se ensamblan gracias a no ser iguales sino asimétricas. Quedan compactadas gracias a que sus pestañas se engarzan con los vanos que presentan las otras. O también, podría decirse que funcionan a la manera de los polos de las pilas que dan luz en virtud de su opuesta polaridad. Este sería el espléndido amor por diferencia. Un amor difícil porque, al cabo, sólo cuando se estabiliza a lo largo de mucho tiempo permite a uno y a otro disfrutar de modelos distintos e incluso ajenos al propio.

Esta conjunción, corrientemente, es en efecto también de la categoría que echa chispas. Saber interpretar correctamente una formación distinta requiere un arduo y humilde aprendizaje, acaso de resultados tan decepcionantes como demuestran numerosas separaciones de buena gente.

Pero entonces ¿sería mejor ser parecidos? La atracción del parecido es la atracción que simboliza el imán. Nos apegamos tan pronto y espontáneamente al alma gemela.
Aunque, ¿cómo no ver sus pegas, las pegas del raudo apegamiento)? Con facilidad la redundancia anula la sorpresa (ají del amor) y demasiada con asiduidad lo conocido de sobra empuja a la aventura (infiel) que falta. La fidelidad aburre, la repetición puede hacerse fielmente cansina. ¿Dónde está ese otro ser humano que no es así y nos seduce con su rareza? ¿Dónde hallar pronto la gran fiesta erótica de la extrañeza? Sociológicamente, los entendidos dicen que siempre será mejor para perdurar unidos la circunstancia del parecido. La misma raza, el mismo pueblo, el mismo gusto por determinado cine, la misma preferencia por lo dulce o lo salado. Con ello las polémicas se rebajarían mucho y los roces se aliviarían en el día a día.

Hay un libro, sin embargo, La atracción del parecido que tratando tan focalmente esta cuestión acaba por caérsenos de las manos. Lo parecido nos reafirma, convierte la creencia en convicción y el punto de vista personal en ojo divino. Pero ¿será positivo reafirmarse siempre y doblemente? ¿Será una figura de amor o de terror este doble que nos ama?

Afortunadamente no hay dos personas iguales pero en estos extremos de la diferencia o la repetición cabe gozar o sufrir, divertirse por partida doble o divertirse por explosión. Sufrir al transformarse en el cansado ser de uno y uno mismo o padecer, por soledad, la torturadora experiencia de ser (solo) uno.
Una virtud, finalmente, "la empatía", haría las veces de un pegamento hermoso para toda convivencia pero es tan precaria y mágica esta cualidad que todas las parejas, todos los parajes, todos los pasajes tienen, al cabo, que reñir. (Reñir, restañar, restar, reparar, estar, perdonar, olvidar, existir.) He aquí el interminable guión de permanecer aquí amando o todavía vivos.

[Publicado el 28/3/2014 a las 11:56]

[Enlace permanente] [1 comentario]

Compartir:

La sangre

Mi hermano Manolo, que era médico, me decía que las personas mayores tendían a quedarse dormidas en los sillones, viendo la televisión o pasando las páginas de un periódico debido a la disminución del riego sanguíneo en el cerebro. La cabeza peor irrigada tendía a la desecación y  detendría un lapso su quehacer para ayudar a que se remansara poco a poco otro suficiente caudal de sangre.

 De ese modo,  el cerebro podía seguir absorbiendo, aún a pequeñas succiones del creado arroyuelo sanguíneo y con ello podría volver a funcionar como antes. De hecho, pienso ahora que si no me duermo en los divanes me falta poco y caigo en la cuenta que una infinidad de artefactos de nuestro entorno viven y se desarrollan mediante el sutil apoyo de un fluido por sólidos y robustos que parezcan. Por sólidos y robustos que parezcan, necesitan de esa delicada influencia de la liquidez puesto que la vida, al fin y al cabo es un río que, con mayor  o menor caudal, va a  dar en el mar que es el morir. Pero el morir ¿sería entonces una inundación oceánica de la sustancia vital? ¿Moriríamos ahogados y contribuyendo a que nuestras secreciones junto a la de los otros, Dios incluido, se acumularan como en un pantano final y criminal? No debe descartarse. En principio sabemos tan poco de la vida - siendo mortales como somos, deficientes profesionales- que cualquier explicación con encanto  metafórico podría  ser aceptada como un cuento real. Un cuento de oro pero infantil narrado a los ignorantes inocentes que escuchamos atónitos. Escuchamos a los científicos y a los chamanes,  a los curas y a los médicos, a los padres y a los sicarios. La vida pende de modo tan frágil que puede terminar con ella una simple  corriente de aire. De hecho las corrientes de aire son la segunda realidad enfrentada a las corrientes de sangre. Por abajo va la sangre que nos sostiene y por arriba el aire que nos corta el cuello. El aire frío nos corta, la sangre tibia nos prolonga. El aire es tan necesario como peligroso y la sangre es  a la vez, fan festiva como tenebrosa. En esa disyuntiva permanente que facilita nuestra agnosia, el hilo de hemorragia  hace temer lo peor y el hilo de sangre canalizada internamente nos mejora.  La constante recomendación del ejercicio físico se relaciona directamente con esta idea de sacudir la sangre dentro de nuestro frasco corporal y agitar sus acciones protectoras. Lentificada la sangre en la vejez o en el colesterol se muerte poco a poco. Lenta nos adormece pero más lenta aún y agonizamos. 

[Publicado el 26/3/2014 a las 16:50]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

La claraboya

Probablemente si no nos empeñáramos con tal ahínco en ser felices seríamos mucho menos desgraciados. Ni la felicidad continua ni la desgracia persistente tienen nada de entretenido. Más bien la una y la otra sepultan la amena experiencia de vivir. ¿O es que todavía será necesario recordar que la vida es una película. Una película de la vida, la vida de una película. La película de la película en la que tanto como actores y espectadores otros ven y reflejan su guión. Juntos, enredados en las cintas de la filmación reconocemos lo frecuente o incluso asiduo que es el lío de vivir. Basta amar para darse cuenta. No ya odiar. Sino que dentro de ese  sentimiento apaciguador que parece ser el amor anida  una bomba de racimo. El amor es el crimen perfecto lleva por título una actual película francesa.

 No se sabe bien, mirando el anuncio qué quiere decir el título con plena exactitud pero algo nos hace suponer que el autor no andaba descaminado por alguno de los senderos pasionales.  A horcajadas de  la adversidad, del brazo de la desgracia, arrimados a la tristeza. Son amantes difíciles y duros. Frecuentemente hoscos, pero poseen el don de darnos mayor garantía que el amor feliz. De hecho, nada hay más endeble y frágil que el enamoramiento o más quebradizo que la eterna promesa de amor. En el mismo sentido se comporta la boba creencia de que debemos ser felices a toda costa. "He cometido el error de no ser feliz", decía Borges. Pero lo ha dicho mucha más gente. Una multitud que todavía espera la dicha de esta vida no ya de vez en cuando o como accidente sino la dicha como un pródigo maná constante del que se alimentaran nuestros cuerpos y, resplandecientes, se abrazarán  bajo un cielo de cristal. Un cielo que planea y que siempre se halla a punto de quebrársenos encima.

[Publicado el 25/3/2014 a las 10:58]

[Enlace permanente] [3 comentarios]

Compartir:

Foto autor

Biografía

Vicente Verdú nació en Elche en 1942. Escritor y periodista, se doctoró en Ciencias Sociales por la Universidad de la Sorbona y es miembro de la Fundación Nieman de la Universidad de Harvard. Escribe regularmente en el El País, diario en el que ha ocupado los puestos de jefe de Opinión y jefe de Cultura. Entre sus libros se encuentran: Noviazgo y matrimonio en la burguesía española, El fútbol, mitos, ritos y símbolos, El éxito y el fracaso, Nuevos amores, nuevas familias, China superstar, Emociones y Señoras y señores (Premio Espasa de Ensayo). En Anagrama, donde se editó en 1971 su primer libro, Si Usted no hace regalos le asesinarán, se han publicado también los volúmenes de cuentos Héroes y vecinos y Cuentos de matrimonios y los ensayos Días sin fumar (finalista del premio Anagrama de Ensayo 1988) y El planeta americano, con el que obtuvo el Premio Anagrama de Ensayo en 1996. Además ha publicado El estilo del mundo. La vida en el capitalismo de ficción (Anagrama, 2003) y Yo y tú, objetos de lujo (Debate, 2005). Sus libros más reciente son No Ficción (Anagrama, 2008), Passé Composé (Alfaguara, 2008), El capitalismo funeral (Anagrama, 2009) y Apocalipsis Now (Península, 2009)

 

 

 

OBRA PICTÓRICA/ WEB OFICIAL

 

Bibliografía

Apolcalipsis Now (2012), Península.

El capitalismo funeral (2009), Anagrama.

Passé Composé (2008), Alfaguara.

No Ficción (2008). Editorial Anagrama 

Yo y tú, objetos de lujo (2005). Editorial Debate

La ciudad inquieta: el urbanismo contemporáneo entre la realidad y el deseo (2005). Fundación Central Hispano

Noviazgo y matrimonio en la sociedad española: 1974-2004 (2004). (Coautor con Alejandra Ferrándiz). Taurus Ediciones

Alberto Schommer, el poeta de la visión (2003). La Fábrica

El estilo del mundo: la vida en el capitalismo de ficción (2003). Editorial Anagrama

Guillermo Vázquez Consuegra: obras y proyectos, 1996-2001 (2001). (Coautor con García-Solera Vera, Javier). Colegio Oficial. Arquitectos Comunidad Valenciana

Cuentos de matrimonios (2000). Editorial Anagrama

Señoras y señores (1998). Espasa-Calpe

El planeta americano (1997). Círculo de Lectores

Nuevos amores, nuevas familias (1992). Tusquets Editores

El éxito y el fracaso (1991). Ediciones Temas de Hoy

Poleo menta (1990). Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert

Días sin fumar (1989). Editorial Anagrama

Héroes y vecinos (1989). Editorial Anagrama

Sentimientos de la vida cotidiana (1984). Ediciones Libertarias

El fútbol, mitos, ritos y símbolos (1981). Alianza Editorial

Las solteronas (1978). Editorial Dopesa

Si Vd. no hace regalos le asesinarán (1972). Editorial Anagrama

La Ausencia (2011). Editorial Esfera de los libros

La hoguera (2012).  Editorial Temas de Hoy. Premio de Hoy 2012.

 

Portada de 'El capitalismo funeral'

Enlaces

Entrevista en Canal 2 Andalucía.

 

Reseña en Babelia.

 

Reseña en El País.

 

Reseña en El Cultural de El Mundo.

 

Reseña en El País - País Vasco

 

Entrevista en Periodista Digital

Premios

2006 Premio Escritor del Año (Grupo Conde Nast)

2006 Grand Prix du Livre des Dirigeants

2002 Premio Julio Camba de Periodismo

1998 Premio Espasa de Ensayo

1997 Premio González Ruano de Periodismo

1996 Premio Anagrama de Ensayo

Vídeos asociados

Audios asociados

Página diseñada por El Boomeran(g) | © 2014 | c/ Méndez Núñez, 17 - 28014 Madrid | | Aviso Legal | RSS

Página desarrollada por Tres Tristes Tigres