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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

martes, 22 de julio de 2014

 Blog de Vicente Verdú

El infarto

Raro es el sujeto que tras sufrir un infarto de miocardio la sociedad lo considere totalmente inocente. Una gran cantidad de enfermedades graves o mortales son atribuidas no a la desgracia o la fatalidad de las cosas sino a la culpabilidad de la víctima. Víctima y verdugo a la vez porque prácticamente en el caso de los infartos (y más si  sobrevienen a personas relativamente joven) se crea en el alrededor social una crítica masiva a la mala clase de vida que llevaba el infartado. ¿Se merece pues haberse encontrado al borde de perecer o perecido del todo? Esta es, más o menos, la conclusión a que se llega analizando los pormenores que anteceden al minuto del ataque al corazón. El corazón se rompe por haber sido maltratado. Muere por falta de amor.

 

El estrés, el tabaco, el alcohol, los deportes fuertes más allá de una edad son motivos que por  mano del malherido habrían comprometido su vida. El mediomuerto ha sido medioresponsable. O irresponsable completo. El sujeto, aún en la UCI, recibe por tanto, simultáneamente, compasión y acusación. Buen número de infartados como suicidas o tenaces delincuentes que con sus vicios, sus abandonos o sus faltas, en general tienen lo que han merecido. El moribundo se convierte así en un reo. Un reo que en el banquillo da mucho de sí puesto que los de alrededor tienden a pensar que ellos, libres del tabaco y del alcohol,  quedarían libres de sentarse ante el tribunal. Libres de de morir durante un lapso indefinido que no se acortará bruscamente y a despecho de la supuesta serenidad de la voluntad divina. ¿Una voluntad de Dios que premia a los virtuosos,   comen cocina mediterránea y practican pilates o la natación? Más o menos. La vida religiosa adquiere, gracias al frecuente fenómeno del infarto una nueva cara de la clínica secular.  La sanidad es igual a hallarse en gracia, mientras lo insalubre se asocia al desorden moral.  No es necesario ser malvado para merecer un rayo letal y celestial. Basta con darle al whisky, fumar como un carretero y no moverse del sillón. Esta trinidad se convierte en un triángulo que cerca al individuo infecto y lo opone al ojo equilátero del Creador. El individuo se halla  atrapado como en un cepo infernal presto a dispararse un tiro y cortarse la respiración. Simultáneamente cuando esto ocurre, cuando el infarto se conoce,  los demás respiran a fondo y sienten que efectivamente siguen mereciendo algo mejor: un final más dilatado, más acorde con la edad provecta y en perfecta armonía con la Naturaleza y su  Dios. 

[Publicado el 22/7/2014 a las 09:13]

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Copiar

Un frecuente comentario de quienes ven el cuadro es "muy original, me recuerda a Tal". O sea que en qué quedamos. Hemos innovado o no. Somos originales o subordinados, inventores o discípulos de los doctores. Gauguin era uno de los que se indignaban con esta cualificación de la obra. Nunca se es más original que cuando se plagia decía Paul Valèry exagerando la boutade pero en resumen nada se hace desde la nada, por mucho que nadie se crea Dios. Las pinturas de todos se parecen a las pinturas de sus antecesores y, sobre todo, a los de sus más inmediatos antecedentes o a sus coetáneos. El arte anida en el arte. Allí se amamanta, vive entre sus escombros, recupera la basura o el filo de oro. Lo importante es sentirse libre y disfrutar de esa libertad al hacer. Lo que se haga será original. El hecho será, por antonomasia, un acontecimiento.

[Publicado el 17/7/2014 a las 10:16]

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Tiempo diamante

Una coyuntura característica del pintor que está pintando es el temor a equivocarse. Hablo de pintura sin modelo o de la figuración a partir de  una estampa  puesto que aún no siendo la figuración un simple remedo de lo real por lo menos cuenta con un patrón que guía. El pintor mira el patrón y el patrón el devuelve la mirada para que haga con ella a su antojo pero nunca para que cierre del todo los ojos. El pintor abstracto, por el contrario, pinta con los ojos abiertos hacia el lienzo pero no sabe con precisión si el lienzo aprobará o condenará tenebrosamente lo que se le esta ocurriendo. En realidad, todo esta ocurriendo a la vez y a la manera de una composición donde el trazo, el color y la textura van surgiendo en el mismo desarrollo del proceso. Surgen en el proceso pero no surgen siguiendo órdenes firmes o unívocas sino que sobrevienen (a menudo) como una acción sin dirección. La ambivalencia de un color o un gesto pueden ser catastróficos o felicísimos cuando se plasman. ¿Y quién determina el resultado? Sólo lo sentencia el resultado mismo y con el inconveniente de que tan sólo se pronuncia al final.

 

No creo que en las demás artes que se acercan a esta especialidad de la pintura abstracta ocurra igual Cierto que se puede corregir un cuadro, como una partitura o un texto, pero siempre, en el lienzo lo corregido queda enterrado y, aunque no se vea, se comporta como un elemento  sepultado que difícilmente desaparece imaginativamente de allí. En el caso de la escritura, sin embargo, y especialmente en la poesía donde el error es más grave, lo desatinado puede hacerse atinado con mejor criterio y un buen borrador absoluto. En la poesía como demuestra un excelente libro de Luis Iruela titulado Tiempo diamante (Transfinito) la elección definitiva no permite desbarrar en nada. Ni en un color demasiado intenso, ni en una mancha demasiado grande, ni en un tropo abortado a la mitad. La poesía requiere como parte inseparable de su alma, la tersura, la aventura y la victoria conjuntas en su vocación de diamante. Haya diferentes clases de poemas pero esta es la única especie de poesía (la de Valente, la Vallejo, la de Aleixandre, la de Molina, la de Iruela) que, en mi parecer, merece la pena ser leída y asumida. La otra o es prosa o es broza. Dos conceptos que no hacen sino arruinar  el verso y temporalizarlo hacia la vulgaridad.

 

En la pintura, efectivamente, puede que la exigencia sea menor pero por la misma razón nos equivocamos más pintores. En consecuencia, carece de sentido pintar lo que sea con miedo a equivocarse. No sólo, como decía Ràfols Casamada, sería un menos de valentía sino la negación, para sí mismo, de revelarse estilos y aspectos inéditos, secretos que habitan más allá de la ordenada razón. Hay pues que ser valiente ante el lienzo como ante un espejo de sí. El espejo que nos devuelve nuestra limitación y, sin embargo, desde ella construimos obras que nos superan.  ¿Y no será lo mismo siendo poeta? Puede parecer semejante pero es "trascendentalmente" diferente. El poeta se afila necesitadamente hasta hacerse un silbo. El pintor se derrama o no como orquesta. Común a los dos es la diamantina belleza de lo bien logrado. O, también, la lastimosa pena de lo malogrado. Vergüenza de lo malogrado.   

[Publicado el 15/7/2014 a las 08:48]

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Enamorarse

El raro fenómeno del enamoramiento se sostiene no en el amor al otro sino en el súper amor a mí, inesperado y deslumbrante.

Cuando el enamoramiento se halla en su punto más alto los partícipes se sienten cada uno elevados. Encimados uno a uno. Cada cual vale más gracias a estar enamorado porque de ese extraño núcleo se deduce una sustancia dorada para uno y para otro. Para los dos si se suman pero para cada uno si se sacan bien las cuentas del alma. Cada uno aumenta su autoestima gracias a la conquista del otro deseado. Simultáneamente, cada  uno, en solitario, se cree mejor gracias a ser bien amado y especialmente escogido por aquella persona que él (y el tercer observador oculto) cotiza alto. En la reciprocidad cristaliza el enamoramiento, pero no se trata de un imbricamiento único y feliz sino de una fuente que mana felicidad por un par de caños separados.

Cuando el enamoramiento cesa es porque  cesa esa fuente excepcional por alguno de sus caños. Y entonces llega casi enseguida la calderilla. La persona que promovía cooperativamente la riqueza constata que la ubérrima productividad del dúo ha disminuido y, en consecuencia, la unión ha perdido su excelente brillo para cada cual y ha ganado un progresivo óxido que viene a ser la corrosión de la autoestima antes recíproca. El otro vale menos de lo que pensamos a la vez que su pareja pierde valor por cercanía. Ambos se hunden sin remedio en  la triste mediocridad y con el horror de haber saldado la empresa mágica. Somos entonces, en comparación mucho más míseros incluso que antes. Porque no es, en suma, lo importante la quiebra de la relación sino la quiebra de la fortuna individual que aquella arrebata inversión trae acarreada consigo.

[Publicado el 08/7/2014 a las 09:58]

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El cansancio de vivir

Hay días en que no habiendo sucedido nada adverso nos sentimos de mal humor, tristes y casi desesperanzados. Son los días que ponen de manifiesto  el cansancio de vivir.

No significa que estemos pensando en detener la vida o librarse de ella pero sí son síntomas  del permanente peso de vivir y en el que, bajo las normas de acción y vitalismo que nos inculcan, apenas reparamos.  La alegría de vivir es opuesta al pesar de vivir y, sin embargo, celebrar la vida en cualquier momento y aún sin ton ni son no puede ser más irresponsable o grotesco. Si una máquina de gran tonelaje impone con su talla y sus funciones, la máquina de la existencia debe considerarse tanto con asombros como con miedo.  Miedo no sólo a que nos falte sino también al esfuerzo que requiere   su permanencia. La vida nos cae encima como una bendición, supuestamente, pero más allá de que estando vivimos no podamos hacer otra cosa, es posible que en el caso de elección cargar con el peso de  vivir habría requerido una meditación muy honda. Es grave vivir y hay mucha gravedad en su transcurso. Estar de malhumor un día en que no se han registrado desgracias cercanas n es un despilfarro del humor, sino una contribución debida a la vida en sí que es mucho más importante y fatigante que otra cosa.

Tantas recomendaciones sobre el bien que nos proporciona el ejercicio físico no mencionan nunca el bien que la experiencia del cansancio trae consigo. El cuerpo se cansa de correr o de hacer pesas, el cuerpo da muestras de que se agota subiendo una pendiente en bicicleta o nadando hasta la otra punta de  la bahía. Esos cansancios los cargamos sobre el cuerpo y el cuerpo los asume como una consecuencia del tránsito al que le ha tocado realizar. Pero ese tránsito es paralelamente en el humor (dentro del alma) la constante e implacable carrera de la vida. Con sólo pensar en la repetición de cada jornada al levantarse, preparar el desayuno, ducharse, vestirse, acudir al trabajo, almorzar, etc., durante décadas, cualquiera se agota. Día a día la vida va sumando una lámina de plomo a otra y si es cierto que por momentos la pila brilla y nos alegra, otros la pila metálica es mate y nos envejece tanto como nos desconsuela. No hay motivos, nos decimos, para hallarnos decaídos pero es porque nos comportamos simplificadamente o como cronistas  de sucesos. Si no ha pasado nada malo alrededor no habría por qué desfallecer. Lo que pasa, sin embargo, y como una tremenda caravana  es la propia vida que lejos de ser  un soporte por donde pasan los avatares, es el mismo avatar, la película biográfica en pleno proceso de  producción. Y producimos acontecimientos, objetos, relaciones, esforzadas metas pero ante todo nos vemos obligados a producir la vida en donde todo se apoya. ¿Puede asombrarse alguien de sentirse cansado o desalentado por el sólo hecho de vivir?

[Publicado el 07/7/2014 a las 10:10]

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Desaparición

Perdemos un objeto perdido y nos dolemos, pero lo encontramos y no hallamos el mismo grado de alegría que debía corresponderse al  nivel de sufrimiento previo. Los psicólogos dicen, en ocasiones, que un optimismo inherente al ser humano (optimista porque aún sabiendo que muere vive como si tal cosa) le lleva a creer fielmente que hallará lo extraviado y recuperará en su caso el amor perdido. De este modo cuando el hecho feliz del reencuentro se produce ya se había amortizado en parte el júbilo correspondiente. De hecho creemos tanto en que la cosa desaparecida comparecerá que repetimos una y otra vez la búsqueda en el mismo sitio tal como si fuera del todo imposible que nos hubiera abandonado. ¿No será, por el contrario, que la hemos olvidado descuidadamente nosotros y en esto consiste todo? El desafecto del objeto que se pierde quedará así compensado por la culpa del amo que se llama distraído. A fin de cuentas, pues, cuando el objeto reaparece no es sino el efecto de una anécdota pasajera y sin apenas valor y  trascendencia.

Aunque, no obstante, sumidos en la amplia angustia de no dar con lo que poseíamos  vivimos una circunstancia excepcional que fácilmente nos sobrepasa o nos trasciende. Se ha ido esto o aquello, él o ella. Se han ido de nosotros. Se han  apartado de una compañía que les desagradaba u odiaban silenciosamente. Efectivamente, tratándose de sólo cosas  no se les podrá  atribuir una voluntad de decidir pero, de otra parte, siendo nosotros, nuestro yo el implicado ¿cómo no sospechar que en su gesto se expresa -a sabiendas o no- un claro menosprecio? Si no fuera así aparecerían ya o no se habrían marchado. Porque ¿qué otro sólido impulso puede haberlas evaporado? La ligereza con que lo otro nos abandona viene a ser, en definitiva,  el punto más intenso del dolor y de ahí que incluso en algunos objetos muy queridos se clave con mucho ahínco la pena.

La persona que nos deja tiene sus razones para irse de nuestro lado  pero ¿cómo, sin ninguna razón, puede explicarse la malvada conducta de las cosas?

Día a día, cuando menos se espera, un microtraumatismo se suma al anterior y al cabo, una vez muy adoloridos por esta vida, cualquier pequeña adversidad adicional nos hace polvo. El maldito polvo invisible que deja tras de sí, como una estela de desdén, el elemento que se aleja.

[Publicado el 03/7/2014 a las 11:05]

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El baile humano

El ejercicio físico saludable se compone -como dicen los entrenadores- de dos segmentos. Un segmento activo y otro segmento pasivo. No se hace ejercicio activo  sin ton ni son sino que se hace ejercicio para fabricar un estado enérgico que debe asentarse. Es parecido a la cocina. Se trabaja preparando el plato y se reposa ociosamente en su degustación. La combinación de los dos estadios crea la satisfacción.

Cansarse en la natación, por ejemplo, es sólo benefactor si esa fatiga se aprovecha cocinándola ahora lentamente en el descanso solar y de ese periodo se obtiene una adicción de  capacidad.

Nada ingresa adecuadamente en el cuerpo forzándolo sin cesar a penetrar en él. El cese es, precisamente, el catalizador mental para  que el esfuerzo pase de su naturaleza bárbara a la civilizada.

Todo correr es un recurso. Todo reposar es raciocinio. Se inculca la potencia al cuerpo en  dosis regulares cuyo intervalo entre ellas es por sí mismo otra dosis complementaria de la curación.  O bien, la pastilla nos intoxicaría en lugar de tonificarnos si las tomáramos sin parar.  En este caso se comprueba, como en tantos otros de la vida humana, que la ausencia valoriza la presencia y que el concepto de falta es la potenciación de la abundancia. El cuerpo humano como el espíritu humano  se basa en este compás bailable que es a su vez, con su vaivén, la  metáfora de hacer el amor o cultivarlo.  Nos queremos sólo intermitentemente, gracias a Dios, debido a la clase de Creación. Un  amor constante es igual a un empacho mortal. Así como la buena alimentación requiere del buen ayuno, en la industria productiva  todo émbolo (lleno) requiere del cilindro (vacío). No hay entendimiento sin la debida pausa ni lenguaje sin su silencio revelador.  El bien y el mal son, al cabo, la representación de la absorción  y de su vómito, respectivamente. O de otro modo: el bien continuado es al empalago lo que el mal al júbilo de la evacuación.

[Publicado el 02/7/2014 a las 09:56]

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Caras pintadas

Antes que pintar en las cavernas, el hombre primitivo se pintó el cuerpo. Antes de empezar los partidos el hincha enfebrecido se pinta la cara. En una y otra acción no hay nada del body art que creó Javier Martín López ("Chupete") y practicaron  Yves Klein o Bruce Nauman, pero sí pasión de todo el cuerpo.

 Merleau Ponty decía que las expresiones del cuerpo y notablemente del rostro no son signos a interpretar sino la cosa directamente. La ira no se representaría en un gesto sino que "eso", el gesto, sería la misma ira. Del mismo modo, no es que los aficionados se maquillen con los colores del equipo para manifestar su adhesión sino que ello es ya el equipo.

He aquí pues la gran diferencia que el siglo XXI presenta  tanto en los estadios como en las pantallas. Una red social comunica a unos con otros en un gran mural del  espectáculo, la interconexión, el link sin intermediarios parásitos.

No, en fin, a los intermediarios comerciales, no a los intermediarios financieros, no a los representantes políticos. En el fútbol desaparece el hiato  entre el vestuario y la grada, entre el confín del juego y sus afueras. Todos llevamos el mismo uniforme, todos somos el campo.

El campo de la batalla, claro está. Las caras pintadas no representan a un jugador u otro, menos a algún directivo. Son la marca de una mancomunidad a la que pertenecen los jugadores profesionales y los aficionados como componentes del acontecimiento.

No pasaba así hace un par de décadas. Los aficionados clamaban como locos pero siempre desde sus escaños. Ahora el escaño ha desaparecido y los gritos se extienden sobre un espacio que allana el estadio e inunda la ciudad. El fútbol se ha convertido así, como otros grandes deportes, en una sustancia muy conjuntiva que traspasa el carácter de una especialidad  e inunda  países como la fiesta mayor de la supertribu.

Esto, desde luego, cuando se gana. Quien se ha coloreado y ve perder a su equipo pierde nada menos que la cara. Aunque realmente hay dos caras. La cara propia y la de los demás reflejándose como un gigantesco YO  en la victoria y la cara del horror cuando las caras de todos los camaradas perdedores agigantan el horror de la máscara. "La roja" es una gloria o un infierno, según sea resultado.

Pero ¿justo el resultado? Hasta hace poco la idea de justicia en el encuentro daba carácter de tribunal a todas las tribus pero ya las tribus se han convertido en pasión y su razón es como una candente lava. De ahí que, incluso los comentaristas más  cabales dediquen poco tiempo a la justicia o injusticia del resultado. Fútbol es fútbol también en el sentido de un territorio donde se muerde o se pisa el cráneo del rival a la manera en que se comportaban los jugadores pioneros que jugaban pateando una cabeza humana y no un Adidas.

¿Se ha vuelto a la vida salvaje? Claro que no pero la extraordinaria importancia que ha cobrado el fútbol en lo social, lo político o lo simbólico  ha llevado a convertirlo en un sistema donde la vida y la muerte están presentes. Así, en este mundial, hay países que eliminados a la primera viven dentro de un funeral y otros que sobreviviendo a los descartes se sienten como inmortales más allá de la moral o la necesidad.

Hace treinta años no se pintaba nadie ahora pintarse la cara sigue siendo cosa de unos o muchos pero no de todos. Pronto ir sin pintar será un delito  de lesa patria. Un gesto en el que se dibujará la lealtad o la atracción, el amor o la desafección. Porque ¿puede alguien concebir a estas alturas que todavía haya miles de personas a las que no les interesa el encuentro? A la manera de los homófonos o los transexuales, los no amantes del fútbol irán necesitando gradualmente salir del armario y reclamar sus derechos porque ya es norma de la tribu la futbolización. Sumirse en la socialidad pegajosa de una misma faz  cosmética y asociarse íntegramente en el cosmos de la afición.     

[Publicado el 01/7/2014 a las 11:28]

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Un dolor

Como todos sabemos, no se tiene mejor noticia de estar vivo que cuando algo nos duele. Pero, igualmente, aunque el dolor no sea muy vivo, se siente como un aviso de que somos frágiles artefactos. Y lo constatamos con frecuencia cuando al despertarnos no nos encontramos esa mañana del todo bien. No estamos, lo que se dice, "redondos". Lo redondo nos lleva a pasar por el mundo como una bola, siendo la esfera, como todos sabemos, la figura que apenas roza un punto con el plano por el que se desliza.

Todo deslizamiento, en fin, lleva a la displicencia, mientras que el roce escabroso obliga a registrar con daño los suelos por los que discurre nuestro ser o carromato. El carromato del ser.

El carromato del ser, puesto que no contamos con mucho más que un pobre envoltorio para defenderse de los accidentes y no poseemos un funcionamiento muy resistente e insensible a los percances. La vulnerabilidad del ser se aviene con la naturaleza muy delicada de la vida y la debilidad del artefacto en su conjunto tiene que ver tanto con el carácter de su destino mortal como de una sutileza imprescindible para ser sabio. De hecho, la inteligencia es tan admirable por ser tan compleja como inimaginable, inexplicable en su composición de filamentos prácticamente invisibles. Tan imperceptibles orgánicamente que su fallo conduce a la perplejidad y a la difícil reparación de la locura. Sólo el dolor de cabeza o cualquier dolor concreto sintetiza con su aparente solidez el mágico hecho de la existencia. Y no ya de la existencia como una longitud biográfica sino del existir como un éxtasis momentáneo de lo nunca visto.

[Publicado el 30/6/2014 a las 13:59]

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Melancolía y evaporación

La melancolía es una emoción especialmente disolvente. Fluida y alcohólica como es, se infiltra en cualquier articulación del alma y ataca como un  líquido alcohólico los tejidos más dispares por donde escuece.

No hay además métodos fáciles para enjugar su influencia puesto que la melancolía nace de una fuente inmanente y al cabo de un periodo ha empapado la totalidad de los diferentes espacios emotivos. De ahí que frente a  la melancolía logre poco efecto el sentido del humor, que es un secativo, ni tampoco la objetivación que es especialmente apta para quedar apresada en su seno. De hecho la melancolía opera en dos eficientes direcciones. Una hacia el interior donde crea su angustioso charco característico  y hacia el exterior como un glaucoma que anega de niebla la contemplación y, en consecuencia, la posible valoración de todas las circunstancias, incluso las mejores. Anega todas ellas y al humedecerlas las hace siempre valer menos y perder la posible firmeza de su entidad.

Ciertamente le sobrevendrán acontecimientos positivos al melancólico que podrían compensarle de su aflicción pero debido a su mucilaginosa perspectiva  se le presentarán posiblemente muy mojados. Hechos desmedrados por el aguacero melancólico y perjudicados encima  por la composición alcohólica de esa llorosa lluvia. No hay pues otro remedio que esperar a que la situación escampe. Ninguna  melancolía acantona o alivia la anterior, sino que, por el contrario, toda melancolía fluye hacia un nuevo episodio melancólico y la solución no llega sino paradójicamente por la solución. En tanto la melancolía es un disolvente cabe esperar que corroa a toda  materia que se le aproxima pero siendo un disolvente cabe también que termine por corroer su originario corazón.

La muerte de la melancolía llega así bien por la extinción mortal del melancólico, incapaz ya de emitir más triste humedad o por suicidio orgánico de esa emoción que, alcoholizada, pierde el juicio y deriva en su cirrosis polvorienta donde toda gota de líquido desaparece por implacable evaporación.

[Publicado el 25/6/2014 a las 12:20]

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Foto autor

Biografía

Vicente Verdú nació en Elche en 1942. Escritor y periodista, se doctoró en Ciencias Sociales por la Universidad de la Sorbona y es miembro de la Fundación Nieman de la Universidad de Harvard. Escribe regularmente en el El País, diario en el que ha ocupado los puestos de jefe de Opinión y jefe de Cultura. Entre sus libros se encuentran: Noviazgo y matrimonio en la burguesía española, El fútbol, mitos, ritos y símbolos, El éxito y el fracaso, Nuevos amores, nuevas familias, China superstar, Emociones y Señoras y señores (Premio Espasa de Ensayo). En Anagrama, donde se editó en 1971 su primer libro, Si Usted no hace regalos le asesinarán, se han publicado también los volúmenes de cuentos Héroes y vecinos y Cuentos de matrimonios y los ensayos Días sin fumar (finalista del premio Anagrama de Ensayo 1988) y El planeta americano, con el que obtuvo el Premio Anagrama de Ensayo en 1996. Además ha publicado El estilo del mundo. La vida en el capitalismo de ficción (Anagrama, 2003) y Yo y tú, objetos de lujo (Debate, 2005). Sus libros más reciente son No Ficción (Anagrama, 2008), Passé Composé (Alfaguara, 2008), El capitalismo funeral (Anagrama, 2009) y Apocalipsis Now (Península, 2009)

 

 

 

OBRA PICTÓRICA/ WEB OFICIAL

 

Bibliografía

Apolcalipsis Now (2012), Península.

El capitalismo funeral (2009), Anagrama.

Passé Composé (2008), Alfaguara.

No Ficción (2008). Editorial Anagrama 

Yo y tú, objetos de lujo (2005). Editorial Debate

La ciudad inquieta: el urbanismo contemporáneo entre la realidad y el deseo (2005). Fundación Central Hispano

Noviazgo y matrimonio en la sociedad española: 1974-2004 (2004). (Coautor con Alejandra Ferrándiz). Taurus Ediciones

Alberto Schommer, el poeta de la visión (2003). La Fábrica

El estilo del mundo: la vida en el capitalismo de ficción (2003). Editorial Anagrama

Guillermo Vázquez Consuegra: obras y proyectos, 1996-2001 (2001). (Coautor con García-Solera Vera, Javier). Colegio Oficial. Arquitectos Comunidad Valenciana

Cuentos de matrimonios (2000). Editorial Anagrama

Señoras y señores (1998). Espasa-Calpe

El planeta americano (1997). Círculo de Lectores

Nuevos amores, nuevas familias (1992). Tusquets Editores

El éxito y el fracaso (1991). Ediciones Temas de Hoy

Poleo menta (1990). Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert

Días sin fumar (1989). Editorial Anagrama

Héroes y vecinos (1989). Editorial Anagrama

Sentimientos de la vida cotidiana (1984). Ediciones Libertarias

El fútbol, mitos, ritos y símbolos (1981). Alianza Editorial

Las solteronas (1978). Editorial Dopesa

Si Vd. no hace regalos le asesinarán (1972). Editorial Anagrama

La Ausencia (2011). Editorial Esfera de los libros

La hoguera (2012).  Editorial Temas de Hoy. Premio de Hoy 2012.

 

Portada de 'El capitalismo funeral'

Enlaces

Entrevista en Canal 2 Andalucía.

 

Reseña en Babelia.

 

Reseña en El País.

 

Reseña en El Cultural de El Mundo.

 

Reseña en El País - País Vasco

 

Entrevista en Periodista Digital

Premios

2006 Premio Escritor del Año (Grupo Conde Nast)

2006 Grand Prix du Livre des Dirigeants

2002 Premio Julio Camba de Periodismo

1998 Premio Espasa de Ensayo

1997 Premio González Ruano de Periodismo

1996 Premio Anagrama de Ensayo

Vídeos asociados

Audios asociados

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