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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

jueves, 30 de octubre de 2014

 Blog de Vicente Verdú

El valor de lo no visto

Desde la editorial Sexto Piso han dejado caer un libro que es un buen cuarzo facetado  para los que les interesa el arte. Se titula: El robo de la Mona Lisa. Lo que el arte nos impide ver.

He aquí una primera sentencia obvia y mollar: "Las cosas se vuelven más interesantes cuando las hemos perdido". En consecuencia, nunca la  Mona Lisa logró atraer más visitantes que cuando desapareció. Robada por Vincenzo Peruggia, antiguo empleado del Louvre, permaneció   ausente dos años desde  agosto de 1911. Fernando Colomo dedicó mucho tiempo a estudiar este caso y rodó La banda de Picasso que, al fin, sólo admiramos unos cuántos. Recibió el Goya al mejor vestuario y a  la mejor canción original pero allí acabó casi todo. La detención de Picasso y de Apollinaire acusados de ser los ladrones se deshizo en la misma niebla que fatalmente  cubre a numerosas  películas españolas.

Las sospechas sobre Picasso se desvanecieron pero en su caso no eran tan infundadas puesto que él y sus compinches no cesaban de arramblar con esculturas íberas de los sótanos del Louvre. La moda era  tanto robar como  hacer después primitivismo.   

Y la moda, a la vez, fue el gamberrismo que desde Duchamp a Malevich pasando por Leger aprovechó el rapto de la Mona Lisa para ponerle bigotes, rodearla de siete llaves o cubicarla entre collages. Aunque, con todo, lo mejor del escándalo radicaba en que el cuadro no estaba allí. Tan provocadora era su pérdida que el mismo  Kafka y Max Brod viajaron pronto a París para contemplar, en la pared, la mancha dejada por su ausencia. De hecho, nunca antes había cundido el fenómeno del "turismo cultural" que, como se sabe,  busca no la obra de arte en sí sino el suceso de la obra.  Personalmente, la última vez que pasé ante la Mona Lisa se hallaba sobre un paramento a cuya espalda colgaba un deslumbrador retrato de Tiziano. Por este lado no había nadie pero del otro se apiñaba tanta público como en los graves accidentes de tráfico. 

No se veía pues apenas nada de tantos ojos queriendo ver. ¿Pero ver qué? ¿Una obra irrepetible? Los historiadores cuentan que si Peruggia robó el cuadro fue para venderlo a un comerciante argentino, Eduardo Valfierno, que hizo negocio con cinco coleccionistas estadounidenses y otro brasileño endosándoles falsificaciones de Yves Chaudron,  a 300.000 $ la pieza. ¿Es pues la Mona Lisa la Mona Lisa? Casi lo mismo da porque la tecnología es muy  capaz de anular las  diferencias. ¿Entonces? Entonces la religión -como ocurre con el Santo Grial o la Santa Faz, adorados en diferentes parroquias del mundo- acude a salvar el descrédito. La fe hace efecto; la cultura hace culto.

 ¿Damien Hirst y sus tiburones en formol, Piero Manzoni y sus merde d´artista? "Todo lo que escupe el artista es arte" dijo  Schwitters.  Pero hay más. Todo lo que se queda dentro, como hacía Beckett con las frases o Cage con las notas, todo lo que no se dice, ni se oye, ni se ve es, con alta frecuencia, incomparablemente superior a lo escuchado o lo visto.

[Publicado el 29/10/2014 a las 13:50]

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Sentir y sentir

No pocos piensan que saben porque están seguros de lo que sienten. El sesgo soberanista es un ejemplo y los carteles proclaman esta convicción diciendo: "nos sentimos catalanes". Se sienten europeos pero no se sienten españoles. Sin embargo, esto no es de ningún modo saber sino ignorar. Eludir que son españoles de nacimiento.

La idea de que sabemos mucho de algo o de alguien porque los amamos resulta tan elemental como confortadora. Pero ¿sabemos más de la pareja porque la queremos? ¿O la queremos más porque no nos hemos hecho cargo de lo que realmente es?

En la corrupta política de cada día se repite el caso de personas que sintiendo confianza por otra muy cercana se encuentran con el chasco de que eran ni no son de fiar. Los sentían como honrados y los desconocían en su verdad de granujas conspicuos.

El sentimiento tiene muy buena prensa puesto que el corazón, pase lo que pase, parece de mayor nivel humano que los rodeos de la cabeza. A la cabeza, en la convención, se la puede liar pero es el pálpito del corazón quien, supuestamente, acierta. Y claro que no. No hay momento más propicio para constatar que no sabemos nada de nada, ni por vía corporal ni por el sendero de espíritu que en esta Gran Crisis inexplicada. Vamos más o menos a ciegas en casi todo y sin la ayuda de alguna pequeña revelación celestial que desde hace siglos ha fundido sus luces por completo.

Pero ¿y el Papa? ¿No lo sabe todo el Papa, por lo menos, que mantiene conversaciones directas con Dios? Pues tampoco lo sabe y se le ve confundido o incluso se contradice, se corrige y se arrepiente cada dos por tres.

Contar con un medium que nos allanara el camino hacia la verdad sería como una sedosa alfombra de la vida y de la ciencia. Pero ya se ve que no es en absoluto así: la vida va dando carriolas y la ciencia un día dice esto y el siguiente lo contrario. Ahora mismo, hasta el ibuprofeno podría matarnos. Pero ¿qué decir de la sal, el azúcar o el guacamole? Cada uno desde su rincón podría lanzarse sobre las arterias para perjudicarlas y descomponerlas. Para reproducir, de acuerdo con los turbio aires de nuestro tiempo, la corrosión de los conductos orgánicos, representativos, cognoscitivos y preformativos. Para dejarnos pues sin vías transitables. ¿Sin vías o corazones (o cerebelos) de arterias fluidas?

[Publicado el 28/10/2014 a las 10:05]

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La muerte y el mar

Con 84 años cumplidos, François Cheng, de la Academia Francesa, ha publicado Cinq méditations sur la mort (autrement dit sur la vie). Es decir, la muerte puede mirarse desde la vida, que es lo usual o contemplarse desde la muerte que es lo propio de los filósofos provectos. Siendo la muerte nada, la vida es una flor y en tanto se halla enhiesta no habrá por qué lamentarse de nada más, y menos de la nada.

El porvenir es el pasado puesto que siempre la nada es anterior a lo existente. Pero también posterior cuando ya no hay nada y de nada se compone el más allá invisible, intangible e inimaginable e irrecordable que se presenta en el pos mortem. ¿Alguna consolación? No hay consolación para este absurdo que se enrosca en su vicio de matar a los vivos. Pero si no mueren los vivos ¿quién puede entonces vivir la experiencia de morir? Somos amos de la muerte en cuanto criaturas que creamos vidas pero también en cuanto criaturas a las que se les ha dado aliento por las vidas directas que vinieron antes. La vida o la vía. La Voie, la Vía, es un pensamiento chino muy confortante y que Cheng, en cuanto nacido en Oriente, introduce en su manera de pensar y proponer. Formamos parte como de una ancha y larga marea formada por nuestros antecesores y que seguirá en nuestros incontables descendientes. ¿Qué más podríamos pedir? ¿La vida absoluta? ¿El tedio de la eternidad? Poseemos la vida que nos entregan como un brillante testigo en una carrera comunal que da no ya en el mar sino en la marea de otros seres humanos que nos prolongan. Unos nos preceden y otros nos proceden. No morimos en fin en cuanto moléculas sino que nos disolvemos en cuanto eslabones sin tasa en la continuidad del tiempo que desfila desde tiempos inmemoriales a tiempos sin memoria aún. Y sin memoria, sin recuerdos ¿cómo será posible sufrir la ausencia, la pérdida, la nada, la muerte definida, sin previsible fin? 

[Publicado el 27/10/2014 a las 10:05]

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El camelo del trabajo

Las personas de éxito declaran a sus entrevistadores que entre poseer inspiración, suerte o capacidad de trabajo, lo más importante es el trabajo. Se deduce así que para triunfar hay que trabajar como un mulo. No hay secretos ni magias sino laboriosidad.

La idea de ser importante por ser genial no es conveniente difundirla en general ni en sociedad. Se es importante si a lo que pueda llamarse genio se une el trabajo duro. El trabajo lo envuelve y sostiene todo. Todo es un producto fundamentado en el trabajo a la manera de lo que consiguen los músculos de los mulos o las potencias de las máquinas. ¿La suerte? La suerte no existe sino para quien la busca -se dice- o lo que es lo mismo, para quien no ceja trabajosamente en su persecución. ¿El talento? Esto no sería  absolutamente nada puesto que muchas personas de talento no son nada o menos que cero. Para que el talento flote como una excelencia es necesaria una sólida base de trabajo. Una base sólida conseguida acumulando sudor y lágrimas y tesón. Frente al talento el tesón. O, en suma operaciones de acumulación de esfuerzo, esfuerzos cuantitativos para limar, bruñir y dar prestancia al talento oculto.

¿Todo esto es verdad o mera doctrina cristiana? Doctrina cristiana. Los que triunfan sin hacer nada o haciendo poco son como los demonios o como los brujos. Y es a esta clase de personas a las que el mundo  admira. Que en esta semana Marc Márquez haya logrado por segunda  vez ser campeón del mundo con 21 años en GP no puede ser el resultado de un imposible trabajo duradero sino de la mano de el Diablo o de Dios. Estos personajes no son tan sólo individuos (indivisibles) sino que mantienen una invisible vía de sutura con el más allá. Ocurre con los ejemplos de poetas o de escritores o de pintores que son famoso tan jóvenes que parecería algo así como si la fama les ocupara el lugar del alma y de la respiración, su soplo de vida. Junto a ellos no se aprende realmente nada  porque su saber no es un efecto de la aplicación sino de la bendición. ¿Y como entrar en esa cápsula virtual? ¿Cómo deconstruir la bendición, siempre irreal?

Son, de ese modo, más o menos felices pero desde luego forman parte de un grupo sobre el que la fuente celestial gotea azarosamente. Gotea sobre unos y no sobre otros de acuerdo a sus caprichos o su arbitrariedad. A su alrededor millones de obreros se rompen el espinazo en sus faenas rutinarias o innovadoras pero  de ellos nunca, proporcionalmente, brota el triunfador. El trabajo es la ley agotadora y amordazadora. El trabajo es la democracia sin lustre ni milagrosa emoción. El trabajo es su coartada. La coartada para los elegidos que disfrutan y enarbolan el poder. 

[Publicado el 13/10/2014 a las 10:00]

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El ojo

De una parte no queremos que nos vean y de otra nos afanamos por ganar, en la red, visibilidad. El invisible es el que no tiene existencia. O bien quien no tiene nada que enseñar. O bien no presenta nada de interés.

La visibilidad en la red es una segunda forma de identidad natal. Nacemos a la visión de los otros y crecemos en medio de  ella. Engordamos, nos agigantamos o no a ojos del amo, como se dice de uno u otro animal. Crecemos a ojos del Gran Amo, esa abstracción que ha logrado una realidad tan evidente que ha dejado de verse.

Una porción, más o menos vasta, de irrealidad forma ahora parte real de nuestras vidas palpables. Una irrealidad patente en las pantallas (de los bancos, las redes, los registros de la agencia Fiscal). Es una realidad con efectos reales o una irrealidad que gana en efectos  la tangibilidad.

Lo palpable, de hecho, tiende a ser pobre y lo intangible compone el grueso de las grandes fortunas. Somos también más visibles en cuanto gruesos cebados  gracias a los  likes, las visitas, la visibilidad.

La cinta de medir la categoría personal o profesional se halla conformada por una secuencia de fotogramas a la manera de una película de actualidad.

O bien, se es actual en la medida en que nos ven en una película de sesión continua. Se es más o menos visto de acuerdo a la vigencia de nuestra actualidad. Es decir, de nuestra vivencialidad circunstancial. Nuestra muerte aplazando sin cesar su ingreso en la ceguera. El reino de la invisibilidad. 

[Publicado el 09/10/2014 a las 16:03]

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El peluquero

Harto de no saber donde aparcar, dejé el coche en un recodo, muy cerca de Monforte de Lemus, en el Barrio del Pilar. Iba al banco y a Movistar, pero viendo que tenía ya el coche emparejado decidí cortarme el pelo en un establecimiento que estaba por allí. Estaba por allí y no había nadie, ni clientes ni profesionales, como me di cuenta nada más entrar. Un momento después, sin embargo, apareció de entre unas cortinas de hilos con cuentas de cristal un joven que resultó ser marroquí. Y no pude sino ponerme en sus manos. ¿O habría debido  huir?

A fin de cuentas, llegad a una edad, le da a uno lo mismo el corte de pelo acertado, superacertado o regular. Supuse pues que iba a experimentar con parsimonia un episodio de la tercera opción.

 Nunca había tenido la oportunidad de juzgar a un peluquero marroquí pero así como los franceses presumen de este oficio los norteafricanos suelen presentarse con otros menesteres finos que no incluyen desde luego al coiffeur. Injustamente. Este joven peluquero marroquí llevaba 20 años trabajando en la especialidad  y me mostró un diploma que obtuvo con muy alta calificación cuando apenas era un mozo de 16 años. A sus 36, por tanto, se consideraba un maestro. Y así fue. Durante las dos terceras partes del corte no empleó en absoluto las tijeras. Tan largo e intrigante me pareció ese extraño lapso que pensé si definitivamente la faena representaría un prodigio o una tragedia de porte maquinal. Porque máquinas de una y otra morfología, accesorios para rasurar y redondear, navajas de varios portes no dejaba de empelar perol ¿y las tijeras? Pues sólo al fin unas tijeras modestas se ocuparon de pequeños remates una vez que el secador hizo como de comprobante severo  de la armonía general, cabeza y rostro incluidos. ¿Resultado? Resultado insólito. Desde luego no me era fácil reconocerme en el aspecto final pero era imposible reprochar nada  de nada a  la ejecución. Podría asegurar que jamás me cortaron mejor el pelo. ¿Defectos? Todos los defectos - se veía clarísimo- eran atribuibles a las propias de mi cara y mi cabeza pero ni uno solo podía achacarse a  su intervención. Me sentí por ello asombrado y muy confundido. Tanto que esperé que al preguntarle por el precio que se ajustara al nivel de su altísima cualificación. No me contestó enseguida. Me preguntó si yo era jubilado y al decirle que sí, respondió que le diera 5 euros. La tercera parte de lo que he pagado  por ahí. Y, de otra parte, la tarifa que por una vez hallé personalizada acomodada a mi edad y no para depreciarla pos sus muchos años sino, al contrario, para rendirle un honrado tributo.

La peluquería se encuentra en Ginzo de Limia, a la izquierda subiendo desde La Vaguada, centro comercial. No se lo pierdan. No se lo pierdan aquello  que ya hemos perdido la capacidad de gustar de cualquier modo. Aquí, sin embargo, nos gustamos y respetamos porque en el espejo de este joven somos precisamente viejos de honor.   

[Publicado el 08/10/2014 a las 14:46]

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El desorden

¡Un reportaje en TV!, un "Enfoque" se refirió el lunes 6 de octubre a los maniaco- compulsivos que obsesionados por el orden, la limpieza o los procesos de cerrar varias veces la puerta, el gas o las luces al salir de casa y no estar seguro de haber cumplido con la seguridad se martirizan en medio de su incertidumbre. Son, desde luego, manías torturadoras que encima torturan a los demás.

Pero ¿y el desorden? Suele tener más fama el desordenado que el meticuloso porque el primero tiene diagnosticada una enfermedad de derechas mientras que el segundo, anárquico, es un supuesto destructor del cuadro establecido. Claro que no es exactamente así pero el orden posee desacreditada la raíz de la ordenanza y el ordenamiento, la evocación de la ley que encarcela o que somete.

En el otro extremo, el desordenado es un desobediente del mandato, un transgresor de lo correcto, un virtual soldado de la revolución. Pero he aquí mi caso y el de tantos otros que vamos  olvidando y perdiendo cosas y papeles, que despilfarramos horas con nuestro crónico desarreglo y, finalmente, nos sentimos vencidos por la calamidad de la confusión. Desearíamos ser entonces, aún sin exageraciones, suaves  cautivos de la organización.

La ORGANIZACIÓN es una clase de acción, pero suena también a mafia que conspira para deshacerse de los que no se hallan encuadrados en nada definido. La Organización es odiosa pero eficaz y hasta merecería la pena que en determinados supuestos conspirar contra el delito de disidencia que no sería otra cosa que una funesta dispersión del objeto y en consecuencia un extravío en el que uno se consume (literalmente) persiguiéndolo.  El orden conspicuo y espontáneo me es imposible esperarlo de mí y me veo pidiendo ayuda a los más cercanos como un ser desvalido. Como un ser pues desequilibrado (descabalado) que en el otro extremo de los maniaco compulsivos sufre convulsos amagos de su mentecatez. La deficiencia no se haya, pues, solamente, en la mente del muy escrupuloso sino en la descontrolada cabeza del caminante bifurcándose sin disfrutar de una saludable ley.  

[Publicado el 07/10/2014 a las 11:02]

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Freud y tú

La secuela (y la escuela y la espuela) de Freud 75 años después de morir es un acicate para aceptar el fino estambre que separa la ciencia de las artes, la imaginación de la investigación y la literatura, en general, del libro  científico. Nadie ha dado una prueba más rotunda de que todo está lleno de todo y nada es igual si interviene la necedad.

De este modo freudiano se entiende que dividir el conocimiento humano es una disecación del conocimiento, en sentido médico y en sentido taxidermista. El arte en su condición radical no posee otra razón que la recibida del psicoanálisis. ¿La interpretación? Toda interpretación a partir de Freud es una consulta médica de 80 euros a la hora. Lo demás es quincalla de críticos que antes fueron dioses y ahora son "mileuristas". Pero, además, ¿qué otra cosa es la crítica cara sino una observación exquisita  del paciente? Del objeto o del sujeto paciente entregado  al examen para su curación.

¿Una mala crítica? ¿Un mal diagnóstico? Ambos forman parte del mismo proceso de relativa liberación e innovación. Así lo entendió la Viena de entreguerras y tanto en el arte, en el diseño, en la política o en la medicina el método se concentraba en la actitud de esperar y ver.  La modulación de un mueble como la figura de un edificio, como la secuencia de la inquietante enfermedad, requería antes la mirada que la acción.  Antes el pensamiento estático que la dinámica de la actuación.

El mundo se desarrolla como una metamorfosis a la que no se le pueden  urgir  estados sucesivos. La sucesión (o la Secesión, entonces) en el arte y  en la salud necesitaba expresarse antes de ponerse a perorar sobre ellas. Este es, en suma el psicoanálisis y su absoluta metáfora. Nada se halla preescrito sino en el subconsciente que es, en suma, una residencia inaccesible  desde afuera.

 La conversación, el recuerdo, la confesión se encargarán de poner luz al tenebroso  problema que existe para sí. Existe en cuanto sufrimiento y no se libera  sin padecer dolor.

En esta  dureza quirúrgica el doctor sólo interviene en cuanto  su observador. Una observación activa  pero exterior. El mal se cura mediante la segregación. Como, igualmente, el arte se realiza gracias a su capacidad de relación. De ese modo, el mundo puede parecer muy quieto pero reaparece sobre todo como un digno organismo que rechaza la intervención exterior. Hay muchas píldoras y jarabes para buscar la curación pero, en suma, la literatura del psicoanálisis enseña que nos envenenamos de nosotros y no hay mejor remedio que vomitar. La literatura lo ha entendido bien desde sus orígenes.  E incluso se ha puesto pesada realzando esta función. Con perspicacia y pese a los muchos palos recibidos, el psicoanálisis se presenta, 75 años después, no ya como una metodología sino como una ciencia primaria de la vida. Literatura del gran escritor que fue Freud y medicina del médico a palos que fue este gigante canceroso, se unen hoy para hacer del amor o el  odio al padre, de la paz y la guerra consigo mismo, el secreto de nuestro posible e imposible malestar.  

[Publicado el 24/9/2014 a las 13:44]

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Operarios

Los operarios son una clase superior a los obreros pero, al margen de las comparaciones,  ¿no se trata en efecto de una clase superior? Su poder se revela con extraordinaria frecuencia en el frágil seno de la ciudadanía. Son necesarios porque son especialistas pero son además superiores porque bajo su recia capacidad se encuentra el funcionamiento de nuestra cotidianidad. O nuestra vida (cotidiana) que discurre sin cesar.

No saber reparar algo que averiado nos estropea la vida hace caer en la cuenta de lo indefensa que en esencia se halla la ciudadanía  y cómo hemos creado una asistencia imprescindible para sobrevivir, al menos psicológicamente, a nuestra repetida y enfermiza adversidad.

No sale agua del grifo o lo hace caudalosamente, no funciona el televisor  o se dispara su sonido estridente sin que sepamos  la razón. No acertamos a comprender cómo se ha ido la luz y nuestras razonables tentativas abocan  en insistentes fracasos.

Por todas partes el caos nos asalta en pequeñas dosis que tienden inherentemente a crecer y sólo gracias a los operarios, desde el cerrajero al electricista, se hallan en condiciones de reconquistarnos la normalidad. De otro modo esa anormalidad, por pequeña que sea, nos descompone. O bien esa anormalidad es pequeña sólo porque existe el operario ya que de otro modo no podríamos controlar su  agigantamiento.

Y, de otra parte,  nos descomponemos, con toda razón porque nuestro organismo sigue en paralelo  la vida de los objetos. Objetos descompuestos que nos desbaratarán. Objetos rotos que nos mortificarán. El operario brilla entonces como un bendito galeno, nos presta ayuda como un enfermero divino, se hace pleno cargo del problema como un auténtico Dios. ¡Cuántas razones para que nuestros hijos y nietos aprendan mecánica, electromecánica, informática, lampistería, cerrajería y electricidad y, por lo menos, nos socorran si no es que nos salven de la peor muerte! La pérdida de la cosa junto al extravío de la razón.

[Publicado el 23/9/2014 a las 09:55]

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El balcón

Dice Rafael Moneo -y no se pasa de la raya- que lo que pone más a prueba a un arquitecto es la resolución de la fachada. En Murcia, donde Moneo terminó hace unos quince años la ampliación del Ayuntamiento, la ciudad entera cargó en contra o a favor de su desafiante fachada. Una fachada que enfrenta nada menos que a la catedral, la última gran obra del  barroco español, y un monumento al poder de la Iglesia en el siglo XVIII.

El Ayuntamiento de Moneo, con una fachada retablo que refleja la cara de expresa la catedral, se compone como de un teclado de aperturas pétreas entre las que destaca una claramente mayor y que viene a ser el balcón desde donde el alcalde viniera a proclamar sus arengas.

Es este, un balcón vertical, amplio y rectangular que desafía, a la misma altura, el balcón desde donde el famoso cardenal Belluga adoctrinaba a sus feligreses y los condenaba o los bendecía.

Poder eclesiástico frente al poder civil representados en dos balcones de muy diferente morfología: uno abarrotado de barroco y el otro desnudo hasta el hueso de la simplicidad. Los fieles se escandalizaron mucho. Y, acaso más,  porque el reto del balcón principal se desplegaba entre una tribuna y la otra, puesto que un balcón, por encima de su funcionalidad es una importante representación: Púlpito o sede  que da a la calle para observarla, vigilarla o castigarla.

Los hechos callejeros suelen ser obra de truhanes o borrachos mientras en los balcones se asienta la sobriedad del orden y la rectitud superior.

Dos obras literarias, El loco de los balcones de Vargas Llosa y El balcón en  invierno de Luis Landero se hallan actualmente brillando en plena época de la rentré. El curso cultural empieza pues con esta alusión  al elemento arquitectónico que emerge de las fachadas no para incorporarse al gentío sino para sobrevolar sus pasos y sus gestos como si, de nuevo, el muro cortina del movimiento moderno fuera demasiado ciego  para dar cuenta de las conspiraciones y desmanes que pueblan la sociedad. Un balcón ojea como un pájaro. Ve más allá para anotar los pecados y las faltas,  otea como un Dios encimado los humos de la mafia (su origen es italiano), la miseria ciudadana o la corrupción. ¿Vuelve por tanto el balcón a nuestros días?

Rasurado por las fachadas impenetrables o por las terrazas de casas sin abolengo, el balcón devuelve a la fachada sus pechos pugnaces, sus condecoraciones de relieve, su rango de construcción realizada para estar en el aire del mundo y no contaminarse con  él. O dicho de otro modo, el balcón es bastión o bastón simbólico para asomarse al mar de  la vida sin abismarse en él ni perderse en las sucias olas de la muchedumbre.     

[Publicado el 18/9/2014 a las 15:56]

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Foto autor

Biografía

Vicente Verdú nació en Elche en 1942. Escritor y periodista, se doctoró en Ciencias Sociales por la Universidad de la Sorbona y es miembro de la Fundación Nieman de la Universidad de Harvard. Escribe regularmente en el El País, diario en el que ha ocupado los puestos de jefe de Opinión y jefe de Cultura. Entre sus libros se encuentran: Noviazgo y matrimonio en la burguesía española, El fútbol, mitos, ritos y símbolos, El éxito y el fracaso, Nuevos amores, nuevas familias, China superstar, Emociones y Señoras y señores (Premio Espasa de Ensayo). En Anagrama, donde se editó en 1971 su primer libro, Si Usted no hace regalos le asesinarán, se han publicado también los volúmenes de cuentos Héroes y vecinos y Cuentos de matrimonios y los ensayos Días sin fumar (finalista del premio Anagrama de Ensayo 1988) y El planeta americano, con el que obtuvo el Premio Anagrama de Ensayo en 1996. Además ha publicado El estilo del mundo. La vida en el capitalismo de ficción (Anagrama, 2003) y Yo y tú, objetos de lujo (Debate, 2005). Sus libros más reciente son No Ficción (Anagrama, 2008), Passé Composé (Alfaguara, 2008), El capitalismo funeral (Anagrama, 2009) y Apocalipsis Now (Península, 2009)

 

 

 

OBRA PICTÓRICA/ WEB OFICIAL

 

Bibliografía

Enseres domésticos (2014). Anagrama. 

Apolcalipsis Now (2012), Península.

El capitalismo funeral (2009), Anagrama.

Passé Composé (2008), Alfaguara.

No Ficción (2008). Editorial Anagrama 

Yo y tú, objetos de lujo (2005). Editorial Debate

La ciudad inquieta: el urbanismo contemporáneo entre la realidad y el deseo (2005). Fundación Central Hispano

Noviazgo y matrimonio en la sociedad española: 1974-2004 (2004). (Coautor con Alejandra Ferrándiz). Taurus Ediciones

Alberto Schommer, el poeta de la visión (2003). La Fábrica

El estilo del mundo: la vida en el capitalismo de ficción (2003). Editorial Anagrama

Guillermo Vázquez Consuegra: obras y proyectos, 1996-2001 (2001). (Coautor con García-Solera Vera, Javier). Colegio Oficial. Arquitectos Comunidad Valenciana

Cuentos de matrimonios (2000). Editorial Anagrama

Señoras y señores (1998). Espasa-Calpe

El planeta americano (1997). Círculo de Lectores

Nuevos amores, nuevas familias (1992). Tusquets Editores

El éxito y el fracaso (1991). Ediciones Temas de Hoy

Poleo menta (1990). Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert

Días sin fumar (1989). Editorial Anagrama

Héroes y vecinos (1989). Editorial Anagrama

Sentimientos de la vida cotidiana (1984). Ediciones Libertarias

El fútbol, mitos, ritos y símbolos (1981). Alianza Editorial

Las solteronas (1978). Editorial Dopesa

Si Vd. no hace regalos le asesinarán (1972). Editorial Anagrama

La Ausencia (2011). Editorial Esfera de los libros

La hoguera (2012).  Editorial Temas de Hoy. Premio de Hoy 2012.

 

Portada de 'El capitalismo funeral'

 

Enlaces

Entrevista en Canal 2 Andalucía.

 

Reseña en Babelia.

 

Reseña en El País.

 

Reseña en El Cultural de El Mundo.

 

Reseña en El País - País Vasco

 

Entrevista en Periodista Digital

Premios

2006 Premio Escritor del Año (Grupo Conde Nast)

2006 Grand Prix du Livre des Dirigeants

2002 Premio Julio Camba de Periodismo

1998 Premio Espasa de Ensayo

1997 Premio González Ruano de Periodismo

1996 Premio Anagrama de Ensayo

Vídeos asociados

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