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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

viernes, 25 de abril de 2014

 Blog de Vicente Verdú

Mal del yo

Cuando se está mal, no sirve para nada pensar en que muchos otros están peor. La excepcional importancia que posee el yo se demuestra en estos trances sin caridad alguna. Lo que se quiere para mí puede quererse para los demás pero la adversidad que me afecta no se palia porque la padezcan millones de otros semejantes incluso en mayor grado. No hay semejanzas paliativas. El yo se alza como una potencia tan vulnerable como incomparable. Lo mío es único y no intercambiable. No hay pues efecto práctico en las comparaciones.  Lo bueno que me sobreviene pede asustarme pero se asume mejor objetivándolo. No hay objeto posible si se habla de mi sujeto, sujeto al sujeto.

Si lo malo  que me sobreviene me abate no se endereza evocando las sevicias de otros. Yo y yo y yo. Todo parece egoísmo y es, a la vez, tanto solipsismo como penitencia, egolatría y estrangulamiento, dolor que nunca hallará compasión propia a causa de su extremo aislamiento.

[Publicado el 23/4/2014 a las 10:26]

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El insomnio

El insomnio es una forma de intimidad. Forzada intimidad dura y consciente. Una intimidad carcelaria, en efecto, porque frente a lo que el sujeto desea que es desaparecer, el sueño se cierra para dejarlo a solas consigo, solitario a su pesar.

De este modo punitivo  pesa el insomnio. De modo tan proverbial o perverso que no se trata sólo de una falta más en nuestras  deficiencias sino una eficiencia adversa que al yo como un sujeto indigno que no cabe en el candor de  dormir.  De este yo endurecido  u ominoso  llena toda la noche eterna pero no halla sitio en el lugar donde dormir. Su malestar   puede asociarse, por tanto, a no poder entrar en la habitación del sueño merecido, no poder enredarse en ningún cabo  de ese ovillo maternal, no ser querido por ningún abrazo dulcemente oscuro.

 De este modo el sujeto queda estrictamente sujeto a sí. Y precisamente ahora, cuando su aspiración sería perderse en la muchedumbre dormida, es negado por la penetrante lucidez. Su conciencia viva y hasta involuntariamente avivada vence a la deseada inconsciencia o ésta misma se desdeña dentro de sí.  Es por todo ello el insomnio un estado de desamor. La voluntad de entregarse es rechazada, el deseo de rendirse es repelido, la oferta humilde es tachada.  Uno, asolas consigo mismo en el recinto o en la cama es un indeseable ser enhiesto. La noche desbordante de liquidez no dispone de una gota para ahogarnos en ella. 

De este modo, casi todo lo que ocurre en el trance de no poder conciliar el sueño adquiere un carácter hostil, espectral y amenazante. Una significación  que en su temible tenacidad hace fracasar toda forma de  abordarla.

En las vigilias consentidas hay una extraordinaria querencia sobre lo realidad pero en el insomnio es la realidad la que nos hiere irrealmente. Una realidad convertida en piedra y acero ante nuestra voluntad de concordia. Y una realidad, a la vez, tan seca, muda e impenetrable como transparente. El sueño está allí, tan próximo como dentro de la misma casa y dentro de los demás habitantes pero, significativamente, no dentro de mi. En el  sueño se halla el forraje para vivir, al ser insomnes somos  insomnes a la vez que hambrientos vagabundos sin preciso término.

Nos dormimos y quedamos ocasionalmente ausentes de este mundo tanático pero no podemos dormir y padecemos una muerte que no cesa una muerte temática  en la misma área de la vida.

Ciertamente el sueño emascula a todo el mundo, desde rico al pobre, desde el inocente al verdugo,  desde el negrero  al obrero. El sueño traspasa de parte a parte el estatus real para cumplir el simulacro de hacernos iguales mediante el simulacro de no ser nada. Todos bultos.  Todos con la conciencia extirpada, extirpado el estatus, el pensamiento, el intervalo. Todos sumergidos en su estado lleno hasta el borde de un agua inconsciente o subconsciente de parecida naturaleza.

¿Cómo no pensar entonces en que esas noches tortuosas son una señal de distinción? Un daño que sólo merecen los elegidos, un cilicio que únicamente llevan consigo los santos. 

Pero el sueño es también un enser. Un enser de guata, hueco de vida para recuperarla fresca en la existencia aún continuada. Porque he aquí el tormento: el insomnio no durará siempre y cuando cese el sueño vendría a ser como el abatimiento feliz y final del valor. El valor del dolor que el insomnio manifestó sin piedad y en medio de cuyo bocado nos sentimos carne. Macerada o no pero divina.

[Publicado el 22/4/2014 a las 10:08]

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El clavo feliz

Decía García Márquez que "la buena escritura es la única felicidad que se basta a sí misma". Todas las petites phrases  suelen ser falsas por su extremosidad pero sin extremosidad ¿cómo podrían circular de un extremo a otro del tiempo y del mundo? Perdura la mentira si es muy dura. La verdad se deshace como un producto friable apenas pasa una generación. La misma Historia es una gran acumulación de ese polvo que los historiadores tratan de compactar para hacer la obra.

La felicidad de la escritura no se basta a sí misma pero es cierto que es máxima la felicidad que se siente cuando corrigiendo unas pruebas de imprenta, por ejemplo, el autor constata con asombro que ha escrito justamente lo que quería escribir y de un modo tan lúcido que no parece cosa de su mente.  Esa redacción feliz aparece como un dulce de acero y hecho por ensalmo.  Un dulce inocente de una parte y muy severo de otra. Porque cuando una frase o un párrafo no admiten ninguna corrección se alzan a la manera ineludible de la  Naturaleza. Sólo cabe por tanto contemplarla y complacerse en su belleza. Belleza ajena porque por antonomasia la belleza no está aquí. Cada uno es demasiado patoso, farragoso, soberbio o modesto para dar en el clavo de lo bello. O de lo estéticamente feliz. Lo feliz y lo bello llegan  desde el cielo  y a la manera de un martillazo certero. La felicidad que produce ese gran tino se basta, en efecto,  a sí misma porque en ese punto ya no cabe otro clavo ni una mano más. 

[Publicado el 21/4/2014 a las 10:47]

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El triunfo de la mundanidad

En 1994 el Metropolitan Museum de Nueva York empezó a servir copas en el balcony que circunda su  atrio principal mientras amenizaba las reuniones con una orquesta de cámara con música de Vivaldi. Casi a la vez amplío, sin embargo, sus atractivos  con unas instalaciones de cocina que permitían celebrar sus bodas a los potentados y recibir a cientos de invitados. El Museo se hizo elegante y mundano, amante de la estética y de las  fiestas sociales.

Poco a poco en otros lugares e Estados Unidos y de Europa se extendió la idea de rebozar las fundaciones e instituciones museísticas con estas amenidades paralelas empezando por sus boutiques o por centros comerciales, como en Louvre, que rodean a los sagrado. La pintura, simultáneamente, en subastas y galerías había pasado de ser una cultura reverencial  para formar parte de la cultura de entretenimiento en sentido amplio. Exquisita y popular a la vez puesto que el museo trabajó para rebajar su solemnidad y hacerse llano o laico. La idea del arte estaba cada vez más secularizada con su  mercantilización en Sothebys´ y Crhisties, para reposar en las cámaras acorazadas de los bancos asiáticos. Ahora es ya un lugar común que el valor de la obra se intercambia con el valor de un cortijo, unos lingotes de oro o un par de yates y helicópteros.

 Los ricos desnudaron de reverencia a la obra maestra y desprendida de todos los ropajes circuló a gran velocidad por el mercado. Con una importante transformación geoestratégica puesto que si el museo o la galería eran recintos estancos, el mercado no conoce fronteras. De ese modo la mezcla de la creación con la producción fue una consecuencia inmediata.

¿Una degeneración? Mejor, una nueva y promiscua generación. Los cuadros ya están en los restaurantes, en los centros comerciales, en las peluquerías o en los bares de copas. Allí donde va la gente va también la obra. Allí donde se vende algo asociado al ocio puede ser buen lugar para vender arte.

Pero ¿qué pasa con los libros o las películas? Cada vez menos gente visita las librerías o asiste a las sesiones de cine pero como prueba de mixtura entre los productos de entretenimiento, hace tiempo que en algunos establecimientos de libros se sirven café o copas y en un comercio estelar de París, Mercí, en el Boulevar Beaumarchais, se expone ropa de casa y ropa de calle,  cacharros de cocina o bicicletas y se pasan de vez en cuando películas cerca de las cajas.  Los televisores hace tiempo que se hallan en las salas de espera de los médicos o los notarios, dentro de cualquier espacio  con  demoras. El entretenimiento es lo opuesto a la meditación  y la lectura solitaria y hacia adentro ha ido girando hacia los clubs de lectores donde se exteriorizan las diferentes emociones.

Todo en fin tiende a reunirse, compartirse y mixtificarse. Ni el arte es arte, ni la novela es novela, ni la librería es sólo  un local especializado en  libros. En un futuro no muy lejano o ya en algunos Estados el consumo de algunas drogas, como el hachís, es vecino al consumo de la pintura o la escritura, el alcohol o la profética poesía de Apollinaire. De esta manera la ciudad tenderá a perder las secciones y ampliar su carácter de  plaza. Una plaza o zoco donde se encuentre de todo a la manera que de todo se encuentra en el bazar de la red y en donde no tiene sentido calificar su oferta con un nombre único.  Todo está en la red y la emoción de participar en ella es como el resultado de haber degustado platos de todas las clases.

 La multiplicidad del mundo no se expresa ya tanto en las diferencias entre un lugar y otros como en las diferencias multiplicadas de cualquier  paraje. El centro comercial sería un paradigma todavía en gestación del centro mundial donde se junte el bien y el mal, lo feo con lo hermoso, la moda con el Desigual  cuyo diseño predice metafóricamente el género impuro de cualquier producto.

Finalmente, si el auge actual de la envolvente gastronomía de fusión no fuera suficientemente aleccionadora, la conjunción de varios idiomas en la enseñanza, las parejas de razas distintas, la bi o trisexualidad, el viaje sin cesar,  la emigración o la corrupción, el crimen de toda especie y las prácticas  de cualquier moral en cualquier solar son la ratificación del fin de la identidad particular, la anulación de la división y el feliz ocaso de la pertenencia.                                            

[Publicado el 10/4/2014 a las 16:15]

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Autorretrato

Se dice que el selfie o autorretrato  fotográfico a través del móvil es un signo elocuente  de la actual adoración a la individualidad, el culto al yo y pecados narcisistas por el estilo. Sin embargo si el selfie es complaciente es sólo un gozo instantáneo, una instantánea ¿Qué pensar sin embargo de los autoretratos que han venido realizando los pintores desde Durero a Picasso, desde Van Gogh a Frida Kahlo, desde Velázquez y  Goya a  Bacon. La abstracción acabó, en gran medida, con este tema pictórico porque el artista creyó que en el gestualismo, por ejemplo, ya decía bastante de sí mediante el gesto de la mano. La mano que, a través de la nigromancia ha sido contemplada, a su vez, como el sello singular de la actualidad y destino de una persona. Su foto hecha carne. 

Un selfie es apenas una relativa gota de  amor a sí mismo en el proceloso océano que conlleva pintarse ante un espejo. Prácticamente todos los artistas son exhibicionistas. Prácticamente todos los artistas se aman incluso cuando se suicidan o precisamente porque, sobre todo, se sobrepasan como protagonistas.

El  selfie es una broma pueril pero un autorretrato de artista va completamente en serio. ¿Es un epitafio? ¿Es un manifiesto? ¿Es una mortificación? ¿Es una exaltación? De todo hay y, en cada caso se trata de una promiscua declaración del yo multiplicado por dos.

¿Yo y yo con el espejo? Mucha gente no soportaría mirarse tanto tiempo y tan minuciosamente  en la doble imagen de sí. Porque de hecho el autorretrato  nace de redundar lo visto hasta hacer pacientemente que rezume lo invisible. Es decir, dar arte a la parte que no se ve y hacer que la que se ve se aparte deliberadamente de lo inmediato. 

El selfie no se pregunta qué aspecto retratar. La máquina lo hace todo. El selfie no pretende impresionar  sino solamente impresionarse.  El pintor, sin embargo, de una u otra manera se presenta con la vanidosa pretensión de ser un objeto al que   merece la pena observar, estudiar e inmortalizar dentro de la obra completa.

 Muchos pintores a través del pentimento han corregido sus cuadros o los han terminado sobre otros ya acabados. El lienzo siempre es, en la mítica del oficio, un bien escaso y altamente apreciado. No importa el presupuesto de que se disponga un lienzo es sagrado de modo que dedicarlo a la propia cara es asimilar lo caro (querido) del soporte al valor del porte en un momento dado.

La propagación de la moda del selfie ha llamado la atención de los que ven en ello un solipsismo antisocial pero viene a ser casi lo contrario puesto que la red donde se cuelga es una plaza en la que los individuos se presentan como multitud y la  manada de caras se hace un juego jugando. El autorretrato del artista, por el contrario, llevando consigo ambiciones de comunicación muy singular sobre la personalidad del autor busca  lograr todo lo contrario. El pintor se ama o se odia de tal manera, es decir se considera de tan importancia afectiva como para presentarse como un ser en primer plano. 

¿Estudio psicológico del artista a través del autorretrato?  Perderán casi siempre el tiempo los mejores analistas. El pintor no se autorretrata para ofrecer una información exacta  sino justamente para deformarla.

Desde hace dos siglos el realismo ha dejado de interesar incluso a la realidad que poco a poco ha dejado de cargar con ese peso muerto. No hay ya realidad posible como tampoco ficción interesante. Una y otra se han centrifugado en una evolución que puede resumirse en que el conocimiento no se puede conocer o en que la ciencia no sabe siquiera explicar cabalmente sus mayores hallazgos.

El autorretrato recoge esta simbólicamente esta circunstancia  anticipándose a la evolución del mundo emocional y mental. En cada una de estos serios retratos se abarrota tal cantidad de mentiras, delirios, ambiciones y agonías que la historia del autor, del actor lúcido, sería el emblema de un genoma que sale a relucir precisamente ahora, cuando la época cambia.

El selfie en fin sería y es un dato personal  sin finalidad determinada pero el autorretrato es, ante todo, determinación. La de-terminación del yo mortal pero sin término.  

[Publicado el 09/4/2014 a las 12:19]

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¿Humor?

El mal humor es un concepto que ha ido haciéndose antiguo. No se puede estar de mal humor. Cabe tener mal carácter pero no ser antipático. La educación o la civilización sería el marco en que el mal humor se hallaría desterrado y, en gran medida, porque el mal humor es un estado que se crea de excrementos espirituales no de una buena o sana razón. Las buenas o bien fundadas razones negativas pueden llevar a la tristeza o la depresión pero no ¿al mal humor? que es cosa de viejos o es cosa de tiempos viejos o es asunto de caracteres revenidos. El anverso del malhumor no es, además, el buen humor que puede resultar cargante, sino el humor que anima a vivir mejor a uno mismo y a los otros de alrededor. El humor es la hermosa columna de humo que nos vitaliza como un sahumerio. Una emanación de bienestar que el malhumor precisamente no conoce ni con señales patentes. Todos los malhumorados, huraños u hostiles son carne de cañón en este momento en que o reímos o lloramos. El término medio como la bebida tibia induce a vomitar.

[Publicado el 08/4/2014 a las 16:09]

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Contraer

El verbo "contraer" lleva a una misteriosa cadena de significados. Se "contrae" un matrimonio y se "contrae" una enfermedad y se "contrae" una deuda. La palabra va unida como un estrecho sintagma a su sustantivo inmediato.

 Pero ¿qué más se puede contraer? Se podrían contraer "compromisos", "promesas" y una sucesión de deberes "contraídos" que obviamente nos e "contraen". ¿Nos vemos entonces contrahechos? ¿Nos sentimos entonces reducidos? Lo que se contrae disminuye de tamaño, de longitud de anchura y de altura de modo que la consecuencia vendría a ser que "contrayendo" nos reducimos. Y, en efecto, no queda más remedio que tomarlo así . Pero tomarlo así y aplicarlo literalmente lleva a un descrédito frontal del matrimonio y el amor encerrado en él.

Efectivamente, según los casos, la pareja puede impulsarnos hacia arriba o hacia abajo pero en cualquiera de los dos supuestos se interviene sobre nuestra talla. Si nos achica el emparejamiento, emparejamiento es un menos del más. Si nos aumenta el emparejamiento es un más del menos pero, incluso en este caso, ¿cómo no constatar que lo que se contrajo ha rectificado de hecho nuestra identidad? ¿Para bien? Esto ya no importa. La modificación por sí misma es una ratificación de lo coercitivo que conlleva el verbo "contraer". Haber contraído algo con alguien, con el banco o con la Iglesia, con las leyes o con la moral a partir del yo sin encadenamientos. Así que,  de un modo u otro, la idea de contraer algo remite simultáneamente a la subordinación o a la pérdida de alguna libertad. 

[Publicado el 07/4/2014 a las 16:25]

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La limosna al mendigo

El mendigo que nos pide una limosna echado en una acera o acercándose a la ventanilla del coche nos coloca diariamente en un aprieto moral. De una parte entregarle un euro o menos a un pobre no es nada. Pero no siendo nada y siendo él tan pobre ¿cómo es posible negarse a su petición? Objetivamente, la renuncia a ayudarle, y con tan poco, denota una extraordinaria mezquindad y hasta una personalidad acaso miserable. Más miserable incluso que el miserable que viene a implorarnos una limosna y a humillarse integralmente con su cazuela en la mano, su vaso de plástico mugriento o su mano recubierta de suciedad. De miserable a miserable. Uno arruinado por su extrema falta de medios y el otro devastado por su extrema falta de compasión.

 ¿Habrá pues que darle monedas a todo mendigo que nos cruzamos? ¿Y por qué no? La ganancia psíquica de esa acción es incalculable puesto que se trataría de cambiar un euro o menos, un euro o dos por la importante tranquilidad de la conciencia. Sin embargo, no le damos siempre ni siquiera unos céntimos.  ¿Por qué? En una parte porque está uno harto de los pedigüeños que ya son una insufrible plaga social y de otra porque un pobre, por mucha compasión que teóricamente inspire (o precisamente por ello) es un sujeto que no querríamos sentir ni ver. Negarle el euro es pues como neutralizarlo mediante la estratagema psicológica de no tener  en cuenta su petición.

No dar es ignorar el mal que nos plantea y acorrala No darle nada es rehuir el juego en que la conciencia se agita añadiendo más problemas a la  jornada.

Hay mendigos, pero  hacemos como que no existen de hecho y de cohecho gracias a que no los tratamos. He aquí una forma de librarse imaginariamente de su proximidad?  De su proximidad y de su agresivo e acoso. Porque resulta demasiado frecuente que el acoso de la pobre o el pobre revestido de porquería nos procura sigilosamente la coartada de que no damos nada porque no soportamos su monstruosidad. No damos nada porque nos piden demasiado. No damos nada porque encima de insistirnos nos exigen. Y si exigen ¿cómo reconocerles piadosamente su precariedad? La exigencia nos exaspera y la exasperación nos permite creer que en cuanto figuras temibles, los rehuimos cargados de razón. Los mendigos nos importunan, nos molestan, nos atacan y si nos importunan, nos molestan y nos atacan ¿tendríamos encima que darles dinero para que se multiplicaran y siguieran incrementando su asedio más y más?

Esta ecuación maldita viene a ser notablemente frecuente entre los ciudadanos y conductores.  Muchos piensan que hacen el bien no dando nada porque de ese modo se empuja al desvalido a valerse, al perdido a  buscar la vida. Todo ello mediante el trabajo y su redención. De este modo -haya o no trabajo real-  nuestra caridad se pone a salvo o mejor, se convierte, en el bienhechor ejercicio de la donación negativa. Se les niega la limosna y de este modo se les hace el verdadero favor. Ellos lo ignorarán, acaso,  pero no dar es darles más que darles algo. Un euro no lleva a ningún sitio pero al negárselo se convierte en una potencia redentora.   Redención por inhibición. Caridad gracias a la mezquindad. Mezquindad productiva puesto que, al cabo, la economía y el mismo Dios comprenderán su beneficioso  significado. ¿Ni un céntimo al desamparado, pues? Efectivamente. Cuanto más se acentúe su necesidad más probable -se piensa- que podrá reaccionar hacia la prosperidad.  ¿O no? ¿No se hará antes un delincuente? ¿No llegará a suicidarse o a perecer de inanición?

Cuestiones como estas últimas inducen a dar una moneda pero al dar y sentirse satisfechos con la escasa limosna entregada ¿no es demasiada satisfacción? No cabe duda. Y yo, seguramente por esta consideración tan miserable, siempre doy.

[Publicado el 02/4/2014 a las 13:23]

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Pensar, enfermar

No hay nada mejor para pensar que estar enfermo. Diría más. No hay modo de pensar sin ponerse enfermo. O un poco más allá. El pensamiento es un producto directamente debido a la falta de salud. O al revés: la buena salud abotarga el pensamiento, lo entibia, lo adormece, lo vela. O salud o pensamiento. O el bienestar o el ser. 

Esta sería la idea ligera del más extremo diagnóstico sobre la condición del ser humano. No hay pensamiento sin sufrimiento. Sólo sabemos pensar bien cuando físicamente nos demediamos. O sólo alcanzamos la sabiduría mediante la avería.

Otra cosa es el baile.

[Publicado el 01/4/2014 a las 13:45]

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Hacer un favor

Así como hay personas a las que no les cuesta pedir un favor, otras enfermamos cuando tenemos que hacerlo. ¿Desenvoltura de las primeras? ¿Timidez de las segundas?

El asunto posee una complejidad semejante a los asuntos de la  "inteligencia borrosa". La autoestima ayuda a solicitar algo sin demediarse pero no es suficiente. El complejo de inferioridad tiende a inhibirnos en las demandas pero tampoco es decisivo. Gentes con el complejo de inferioridad bien llevado pueden apoyarse en él para no sentir una insoportable humillación al pedir ayuda. Pero ¿es humillante, entonces, pedir un favor?

Contemplado de quien desde el punto de vista de quien es requerido pueden producirse dos sensaciones. La una es de incomodo y molestia. Pero la otra, sin embargo, es dulce y halagadora. Hacer favores contribuye a la propia satisfacción tanto por empatía con la persona favorecida como por el humano  bienestar que procura ser útil a otro. Más aún. Hay gentes que disfrutan mucho haciendo favores. Personajes que  paradójicamente coinciden a menudo con el miedo a necesitar de ellos. Quien hace favores se ve dinamizado, tonificado. Apartando a la gente mezquina, el resto quiero creer que encuentra una sincera gratificación en ello. Gratifica al demandante cuando recibe el auxilio y gratifica al donante que se ve enaltecido por la posibilidad de responder generosamente  De modo que todo el mundo saldrá beneficiado. Quien puede hacer un favor da señal de poder y se parece en, el extremo, a los reyes o los santos.

Cierto que hay amigos que cuando suena el teléfono llaman sistemáticamente  para pedir algo. Estos tipos son odiosos. Pero, en general, todos necesitamos intercambiarnos ayudas sin que tenga sentido sufrir el menor rubor. ¿De qué viene pues esa vergüenza de algunos peticionarios? Viene, probablemente, de su orgullo. Algo muy diferente, por tanto, de la timidez. Viene, seguramente, de la vanidad y el rubor a mostrarse incompleto. Y, sin embargo, favor por favor, todos nos veríamos favorecidos. ¿Qué hay pues en mí y en otras personas parecidas que hace sufrir tanto cuando pensamos que  molestamos pidiendo? ¿Ignorancia? ¿Pobreza de espíritu? ¿Desconfianza? ¿Temor? Todas son, en fin,  limitaciones. El favor nos esponja personalmente en una y otra dirección,  la autosuficiencia pretendida o enmascarada nos ahoga.

[Publicado el 31/3/2014 a las 12:06]

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Foto autor

Biografía

Vicente Verdú nació en Elche en 1942. Escritor y periodista, se doctoró en Ciencias Sociales por la Universidad de la Sorbona y es miembro de la Fundación Nieman de la Universidad de Harvard. Escribe regularmente en el El País, diario en el que ha ocupado los puestos de jefe de Opinión y jefe de Cultura. Entre sus libros se encuentran: Noviazgo y matrimonio en la burguesía española, El fútbol, mitos, ritos y símbolos, El éxito y el fracaso, Nuevos amores, nuevas familias, China superstar, Emociones y Señoras y señores (Premio Espasa de Ensayo). En Anagrama, donde se editó en 1971 su primer libro, Si Usted no hace regalos le asesinarán, se han publicado también los volúmenes de cuentos Héroes y vecinos y Cuentos de matrimonios y los ensayos Días sin fumar (finalista del premio Anagrama de Ensayo 1988) y El planeta americano, con el que obtuvo el Premio Anagrama de Ensayo en 1996. Además ha publicado El estilo del mundo. La vida en el capitalismo de ficción (Anagrama, 2003) y Yo y tú, objetos de lujo (Debate, 2005). Sus libros más reciente son No Ficción (Anagrama, 2008), Passé Composé (Alfaguara, 2008), El capitalismo funeral (Anagrama, 2009) y Apocalipsis Now (Península, 2009)

 

 

 

OBRA PICTÓRICA/ WEB OFICIAL

 

Bibliografía

Apolcalipsis Now (2012), Península.

El capitalismo funeral (2009), Anagrama.

Passé Composé (2008), Alfaguara.

No Ficción (2008). Editorial Anagrama 

Yo y tú, objetos de lujo (2005). Editorial Debate

La ciudad inquieta: el urbanismo contemporáneo entre la realidad y el deseo (2005). Fundación Central Hispano

Noviazgo y matrimonio en la sociedad española: 1974-2004 (2004). (Coautor con Alejandra Ferrándiz). Taurus Ediciones

Alberto Schommer, el poeta de la visión (2003). La Fábrica

El estilo del mundo: la vida en el capitalismo de ficción (2003). Editorial Anagrama

Guillermo Vázquez Consuegra: obras y proyectos, 1996-2001 (2001). (Coautor con García-Solera Vera, Javier). Colegio Oficial. Arquitectos Comunidad Valenciana

Cuentos de matrimonios (2000). Editorial Anagrama

Señoras y señores (1998). Espasa-Calpe

El planeta americano (1997). Círculo de Lectores

Nuevos amores, nuevas familias (1992). Tusquets Editores

El éxito y el fracaso (1991). Ediciones Temas de Hoy

Poleo menta (1990). Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert

Días sin fumar (1989). Editorial Anagrama

Héroes y vecinos (1989). Editorial Anagrama

Sentimientos de la vida cotidiana (1984). Ediciones Libertarias

El fútbol, mitos, ritos y símbolos (1981). Alianza Editorial

Las solteronas (1978). Editorial Dopesa

Si Vd. no hace regalos le asesinarán (1972). Editorial Anagrama

La Ausencia (2011). Editorial Esfera de los libros

La hoguera (2012).  Editorial Temas de Hoy. Premio de Hoy 2012.

 

Portada de 'El capitalismo funeral'

Enlaces

Entrevista en Canal 2 Andalucía.

 

Reseña en Babelia.

 

Reseña en El País.

 

Reseña en El Cultural de El Mundo.

 

Reseña en El País - País Vasco

 

Entrevista en Periodista Digital

Premios

2006 Premio Escritor del Año (Grupo Conde Nast)

2006 Grand Prix du Livre des Dirigeants

2002 Premio Julio Camba de Periodismo

1998 Premio Espasa de Ensayo

1997 Premio González Ruano de Periodismo

1996 Premio Anagrama de Ensayo

Vídeos asociados

Audios asociados

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