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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

domingo, 2 de agosto de 2015

 Blog de Vicente Verdú

La vida como argumento

La mayor parte de las personas de éxito llegaron a él por el camino menos pensado y a propósito de una circunstancia impronosticable. Si se va a ver, parece existir una correlación entre el éxito y la explosión de la sorpresa, entre la bomba y  la condecoración.

Un factor, en todo caso,  nunca falta y es la tenacidad con la que empeñaron sus fuerzas los que fueran bendecidos más tarde con la  gloria. Si se va a ver, parece desfilar una correspondencia entre la extenuante  abnegación y la recompensa. O, todavía peor, podría acaso producirse una decepcionante vinculación entre la vulgar cabezonería y sacar después la cabeza. Algún dicho popular difunde esta obstinación como la marca blanca para triunfar pero cómo persistir sin descanso en algo que no da razonablemente su fruto? ¿Qué desequilibrio psicológico domina al pertinaz? Los artistas geniales dicen unos y otros ( este verano Schopenhauer me lo repite a mí)   deben disponer de una notable  ración de locura. Sólo se puede ser un loco -pero no un empresario- si invirtiendo energía y fondos en un proyecto ese propósito nos desalienta demasiado y no digamos  demasiado tiempo. Un galán sería un patán si tras un rosario de repetidos rechazos por parte de la amada se propusiera  conquistarla a la fuerza. ¿A la fuerza? ¿Por el camino de nuestra inquebrantable voluntad perruna?

Francamente, si las metas soñadas se lograran gracias a una repetición sin plazo ni medida alguna, muchos morirían exhaustos  y, sin duda, descerebrados. Aunque así parece ser esta tremenda ecuación. Quienes posen  buena estrella no siempre la disfrutan a toda luz y ni  siquiera parpadeando sus vatios. Ahora bien,  en la norma moral, el mandato eficaz sería aquel que establece que  gracias a frotar y frotar el destino terminará indefectiblemente brillando. ¿Verdadero? ¿Falso? Nadie lo sabe con certeza, Pero, a fin de cuentas, si se a a ver la vida cuenta tan poco en la eternidad  que lo mismo da confiarla por entero a un gran proyecto único que dilapidarla en mil  partículas sin cuento. Sin cuento duro. Sin importante  argumento dentro.  

[Publicado el 30/7/2015 a las 11:42]

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Hablar

No se debe hablar demasiado cuando el otro relata sus penas. Lo amoroso es callar. El silencio del que escucha conlleva aprecio, interés y cordialidad. El corazón donde cabe una cama más.

[Publicado el 24/7/2015 a las 09:30]

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Intuir, dijo ella

El conocimiento, como dice Schopenhauer, llega con la intuición y, después, ya veremos. El enamoramiento es una prueba. No un accidente sino una esencia. Nos enamoramos de golpe y de ese insobornable impulso provienen, para bien o para mal, las consecuencias de la película vital.

La razón es como una gallina de corral. No decepciona su comportamiento pero con su doméstica versión nos aburriríamos. La razón (gallina de corral) nace de la necesidad de controlar las pasiones pero ¿por qué meterlas en un recinto acotado?

Una regla social muy prominente induce a comportarse así. A proceder y a pensar mediante el corral del intelecto. Pero ¿qué es el intelecto sino una inclinación del alma hacia su degradación? Todas las civilizaciones que han perdurado desarrollaron sus principios de acuerdo a una razón superior. Y la máxima razón, al cabo, es Dios convertido en Biblia y sagrada Constitución. Las  civilizaciones, sin embargo,  que nos fascinan vencieron y murieron jóvenes gozando  de la intuición. Fueron creadoras, artistas descarriladas pero ofrecieron a la Historia la esperanza de lo mejor de lo mejor. No hay ser humano que no termine  encadenado si adora el principio de la razón. La Ilustración es decadencia. El neoclasicismo es nostalgia. Lo perdido en el proceso es la pasión. Todos vamos hacia el barranco de la muerte pero ¿cómo no abominar de su lógica o de su triste explicación?       

[Publicado el 23/7/2015 a las 10:59]

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El instante

Se nos martillea ahora incesantemente con el lema de vivir al instante.Este sería el lema de la felicidad en tiempos tan cambiadizos como los actuales, pero no hay un consejo más necio. Sólo los animales son capaces de vivir al instante. O, mejor, son incapaces de vivir otra cosa que no sea la propensión del instante. Un ser humano, para bien o para mal, no es, sin embargo, tan reducido ni tan mansurrón. Haga lo que haga, se proponga el carpe diem o la disciplina de vivir sólo el presente su vida pasa por su mente como una película incontrolable y muy complicada. Los recuerdos, los proyectos, las ilusiones y las decepciones, los temores y las esperanzas nos convierten, queriéndolo o no, en un ovillo eléctrico con una abundante provisión de polos. Se desee o no, vivimos pensando y sintiendo, intuyendo y deduciendo. ¿Quién le ha de poner límites a ese altercado humano y permanente? Vivir humánamente es, de otra parte y como poco, sentir que la vida se acabará algún día. Mientras los animales sólo tienen experiencia de la muerte cuando mueren, nosotros pobres estibadores llevamos la muerte a cuestas. Con lo cual no cesamos de recordar nuestro destino. O bien, para no parecer trágicos, apenas paramos de enrollarnos con unas y otras circunstancias envolventes, personales, relacionales, irracionales, culpables. ¿Vivir sólo el momento? ¿Agarrarse al mismo instante? Si esto fuera posible, Dios no lo quiera, en un frenopático o en un campo santo.

[Publicado el 22/7/2015 a las 09:50]

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La desinpiración

Muy parecido al aburrimiento es el lapso en que al artista no se le ocurre nada. Es inútil tratar de combatir el tedio mediante ejercicios dirigidos puesto que el tedio se aposenta en el interior como un monarca y exige para sí el invisible  comestible de nada. Pero, de otro lado, la falta de inspiración, ese periodo en que el artista se cree abandonado  y despedido  de su función, se manifiesta  también como una etapa de enorme arraigo.  No es fácil desplazar o superar el tedio ni el vacío de la inspiración. Si todo aquello que nos distrae es algo, la nada es nada. ¿Cómo atraparla y transformarla en algo? Si la creación posee una autonomía casi ingobernable, su falta crea parajes autónomos e imposibles de administrar. ¿Quedarse, por tanto, quieto y a la espera? 

Ciertamente: ni la quietud o la desesperanza son actitudes opuestas a la rendición. Al contrario de lo que parezca, tanto el aburrimiento como la desaparición de  las ideas pertenecen a una biología peculiar que si hace al sujeto quedar en suspenso lo deja también "de-sujetado". Libre más que atascado. Basta haber experimentado alguna de estas tesituras, aparentemente muertas, para comprender el altísimo valor que en la vida ocupa la nada. Tiempos e intervalos empantanados, colección de pantanos en cuyo siempre estará se buceando lo mejor.  

[Publicado el 20/7/2015 a las 11:00]

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Amor y experiencia

No estoy seguro de saber explicarlo y encima no tengo demasiadas ganas para elucubrar con detenimiento. Mi proposición es ésta: la experiencia lleva al amor y el amor halla su mayor bienestar en la experiencia. No sabemos qué es el amor y apenas podemos concretar el grado de la experiencia. No sabemos de qué experiencia hablamos ni qué suerte de amor se introduce en esta afirmación. Es, sin embargo,cierta la intuición y su consecuente verdad a falta de pruebas. La experiencia ama a las personas y ama a las máquinas, ama al oficio y a sus oficiantes. Es, en definitiva, sin habernos dado cuenta, una fuente de saber y de amor, que se intercambian. Amoroso. Una ignorada afección.

[Publicado el 15/7/2015 a las 09:45]

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¿Hacia un libro decadente?

Si escribo un nuevo libro será, muy probablemente sobre la decadencia. Es de lo que sé y voy sabiendo cada vez más, pero también de lo que más conviene a mis emociones y a mis curiosidades. Si algo emprende una carrera próspera, sea la bolsa o las ventas de Larsen, de Auster o de Muñoz Molina, dejan de interesarme por el solo hecho de que se va de mis gastadas manos. La novela -género que detesto en su convención- se aleja tanto de mi como yo la contemplo como un signo al que no deseo incorporarme, hoy menos que ayer. La vida es un compendio cerrado e imposible de recuperar etapas y prácticas pasadas. Yo amo y amaré el tenis, pero ya no puedo jugar ni siquiera dobles y sus golpes resuenan como un pasado muy feliz que, irremediablemente no volverá. Sonido de golpes como besos son hoy un género ajeno que contemplo alejado en la televisión. Somos, fuimos, nos revelamos, nos amamos y nos identificamos, más o menos, con una época que por fuerza se ha agusanado y a nadie interesa su condición. Nosotros mismos la contemplamos como un pretérito sin redención. Pretérito de arena que vuela fácilmente como en el Sahara o en Maspalomas, con el sol iluminando fieramente su desaparición. El tiempo pasa y nos lleva consigo cónsul embate pero no lo hace a la vez con todas las circunstancias que nos hicieron felices y vivaces. La trayectoria exige prescindir de objetos inservibles y pesados, rudimentarios y anacrónicos, cargados de una piel con escamas y excrecencias aburridas. De otra parte, aun intentando nadar, nos estancaríamos como feos bactracios en esas  balsas donde al agua putrefacta se añaden plantas turbias como helechos o filamentos que disuaden los ojos.

Un viejo estanque es el pasado donde antes, en vez de su pestilente agua turbia, había una pista de baile y resonaban las músicas de moda. También lucían sobre esa plataforma los cutis de las chicas que tanto nos atraían y que ahora  sus vestidos de flores serían ropas de payasos escogidas en un guardarropía de alcanfor. Esta es pues una parte de la existencia de nosotros los mayores, demasiado mayores, para infiltrarnos en las redes, los bites, las it girls o en las rendijas que se hacen amenidades increíbles, sólo para nosotros que, a nuestro pesar, seguimos creyendo en el pecado y su transgresión.

La decadencia poseyó siempre un gran contenido romántico. Lo poseyó al menos hasta ahora. Pero no hay que mostrarse seguros. El pasado es hoy, ante todo, obsolescencia. No hay ya demasiada legitimidad para complacerse en la decadencia porque ni llegamos a oponer nuestros gustos al gusto de ahora ni conocemos a quienes van formando un mundo distinto ni nos hacemos cargo de cómo vivir en la actualidad.

¿La novedad? He aquí el término asesino. No estamos para celebrar las novedades que, por su naturaleza, nos parecen como poco estrafalarias y, al cabo,  nos perjudican incluso el tracto intestinal. La novedad nos parece es ahora una pieza tan ligera como metabólicamente pesada y esta contradicción se resuelve en el hecho de que ni apreciamos en sus estamos preparados para apreciar la liviandad como para metabolizar su extrañeza. He aquí el asunto de mi próximo libro si es que logro librarme  de la muerte antes de empezarlo o de llevarlo al final. La decadencia, en fin, ha dejado de tener aquel encanto decadente al estilo de las doradas películas que Burt Lancaster interpretaba con Visconti en su madurez fuera Condidencia o El gatopardo. Aquella decadencia daba pie a una obra de arte. Pero ahora, aún siendo tan pronunciadas como antes las pérdidas las trasformaciones, me falta la convicción poética para imbuirlas de toda razón. Pero ya se verá. Ahora prefiero pintar que escribir aunque advierto que mientras pinto voy escribiendo una historia de cine que pugna con el manifiesto de la muerte, antes de llegar.   

[Publicado el 14/7/2015 a las 09:30]

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Krahe

La muerte de Javier Krahe puede que en nada se parezca a la mía en cuanto al modo -aunque nadie los sabe. pero tiene mucho que ver con el concepto. ¿Morir hallándose en la cima de un premio Nobel o morir escondido en las entrañas o morir paseando por la superficie como un recorrido por la superficie que llega a dejar de ser. Es decir, más o menos, haciendo lo mejor que uno puede felizmente dar de sí y, a al vez, recelosos con Edmundo por no haber conseguido un  relumbre planetario. En esta franja de morir sin la asistencia pulmonar de la fama ni el prestigio literario para el hígado desfila la clase de su muerte y la mía. No importa el cuándo. Un día para unos y  días mas tarde para otro. La concepción, sin embargo, es la misma. No morimos por empacho ni por menesterosidad. Ni por orgullo ni por humillación. Morimos como  ciudadanos que, como él dice,  desearon explorar lo mejor de sí  y la  agradable comunicación con los demás.  Cuando los periódicos lo califican hoy de "bueno", buena gente,  no es sino toda la verdad.  Quisieron destacar siendo buenos como un deber de una enorme gratitud por vivir, componer o escribir. Muy vivida pero, por ello, glorificada.

 

[Publicado el 13/7/2015 a las 10:47]

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Amigos que piden y amigos que dan

Unos amigos poseen una nativa o perfeccionada capacidad de pedir. Otros son más cautelosos. Finalmente, otros, los terceros, nunca nos solicitan nada. De las tres clases nos surtimos unos y otros y a ellas respondemos mediante los diferentes grados socorristas de nuestro yo.

Hay gentes a las que les gusta hacer favores. No son pocos, pero algunos se sienten especialmente felices cuando ayudan a quien lo requiere. Esta especie es particularmente olisqueada por los grandes peticionarios (a veces hasta pedradores) y se  da el caso de que cuando suena el teléfono  es alguno de ellos, de antemano se sabe que llaman invariablemente para pedir. Ni para dar una noticia, ni para ofrecer nada, por banal que sea. Sólo para pedir. Se hacen así muy característicos y pelmas. Se hacen temibles. 

Pero, en el otro extremo, se encuentran quienes temen molestar pidiendo la menor ayuda y se arruinan en silencio y soledad sintiendo que los demás se hallan demasiado ocupados y de espaldas a al déficit que padecemos, aún circunstancialmente.

El caso de quien hace con gusto favores y teme demandarlos a los demás abunda más de lo que imaginamos y en ese vulgar montón me encuentro yo. Admiro tanto la facilidad con la que me reclaman y concedo, a menudo, tan felizmente apoyos que, simultáneamente, me pregunto por qué me es tan difícil recabarlos a mí. En esta tesitura padezco inevitablemente un desconcierto (y desencaje)  social pero también personal. Si un grupo disfruta haciendo favores (porque tiene buen corazón, porque aumenta su autoestima, porque ve crecer su autoridad, etc) otro, en el extremo opuesto, se pudre en el vertedero de su extraña  timidez. O de su orgullo. Porque no pedir puede ser una actitud equivalente a declarar implícitamente  que nos bastamos a nosotros mismos. Ahora bien, no siendo realmente así de ningún modo, el padecimiento o el "quebranto" está garantizado. No pedimos para evitar ser rechazados, no pedimos para eludir la exhibición  de nuestra necesidad. Y he aquí donde la aparente humildad se confunde con la superlativa  soberbia.

Visto desde afuera, observada esta interacción desde una distancia discreta, ¿no concluiremos  que todos necesitamos (llamando o en silencio) de todos y, en conjunto, el grupo humano no es sino la formación vivencial y natural de esa asistencia (en enchufes, préstamos, confidencias, afectos) que de no fluir acabaría cuarteando la convivencia y acentuando la triste sequedad del rincón.

 

[Publicado el 03/7/2015 a las 11:16]

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La señal de la cruz

Algunos de nosotros, formados en la "cultura del esfuerzo", en la "cultura de la culpa" y en la amenaza del pecado mortal, sentimos el infierno alrededor si no laboramos,  nos esforzamos, nos fatigamos y nos ocupamos productivamente sin fin. La mejora no se haya para nosotros, neuróticos del sentido del deber o en hacer más y mejor sin sentirse jamás satisfechos, sino en la virtud de la laxitud. Nos enseñaron y fuimos decididos a aprender disciplina y abnegación para saber vivir. Quedó, por tanto, anulada la permisión para disfrutar sin remilgos y procurarse tanto el reposo como el placer. No hacer se parecía a un mundo  sin nombre en el que desapareceríamos con solo aproximarnos a él. Para ser identificado y condonado era necesario hacer. Desde los curas del colegio hasta las lecciones de Carlos Marx el lema resultaba ser el mismo: somos lo que hacemos. No hacemos y, en consecuencia, no somos. ¿Un verano? Esta estación era por antonomasia el tiempo de la máxima tentación puesto que una batería de circunstancias empujaban al ocio y con él al agujero del yo. El ocio era opio y perdición. Se perdía el objeto  de vivir y, lo que es lo mismo, la vía hacia la salvación. Los veranos probablemente nos condenarían si no redoblábamos la guardia. Siempre alerta a los encantos  de la canción del verano y la malicia de la hamacas frente a la voluptuosidad del mar. ¿Exagero? Me ofrezco a ser analizado o psicoanalizado o despiezado. Dentro de mi como de tantos otros tontos adictos a cumplir con la "cultura del esfuerzo" se hallaría  una especie de grueso filamento central que no es sino la metáfora de las bombillas de tugsteno. Dan luz gracias al sacrificio que ofrecen para que la electricidad las lleve al rojo vivo y sólo mediante esa abnegación, su incandescencia  de luz. Nada verdaderamente luminoso llegaría sin sufrir. Y, por el contrario, casi todo lo ominoso se correspondería con permitirse ser  feliz. He aquí el panorama al que conducía sin falta la tan añorada "cultura del esfuerzo". La señal de la cruz. 

 

[Publicado el 01/7/2015 a las 10:04]

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Foto autor

Biografía

Vicente Verdú nació en Elche en 1942. Escritor y periodista, se doctoró en Ciencias Sociales por la Universidad de la Sorbona y es miembro de la Fundación Nieman de la Universidad de Harvard. Escribe regularmente en el El País, diario en el que ha ocupado los puestos de jefe de Opinión y jefe de Cultura. Entre sus libros se encuentran: Noviazgo y matrimonio en la burguesía española, El fútbol, mitos, ritos y símbolos, El éxito y el fracaso, Nuevos amores, nuevas familias, China superstar, Emociones y Señoras y señores (Premio Espasa de Ensayo). En Anagrama, donde se editó en 1971 su primer libro, Si Usted no hace regalos le asesinarán, se han publicado también los volúmenes de cuentos Héroes y vecinos y Cuentos de matrimonios y los ensayos Días sin fumar (finalista del premio Anagrama de Ensayo 1988) y El planeta americano, con el que obtuvo el Premio Anagrama de Ensayo en 1996. Además ha publicado El estilo del mundo. La vida en el capitalismo de ficción (Anagrama, 2003) y Yo y tú, objetos de lujo (Debate, 2005). Sus libros más reciente son No Ficción (Anagrama, 2008), Passé Composé (Alfaguara, 2008), El capitalismo funeral (Anagrama, 2009) y Apocalipsis Now (Península, 2009)

 

 

 

OBRA PICTÓRICA/ WEB OFICIAL

 

Bibliografía

Enseres domésticos (2014). Anagrama. 

Apolcalipsis Now (2012), Península.

El capitalismo funeral (2009), Anagrama.

Passé Composé (2008), Alfaguara.

No Ficción (2008). Editorial Anagrama 

Yo y tú, objetos de lujo (2005). Editorial Debate

La ciudad inquieta: el urbanismo contemporáneo entre la realidad y el deseo (2005). Fundación Central Hispano

Noviazgo y matrimonio en la sociedad española: 1974-2004 (2004). (Coautor con Alejandra Ferrándiz). Taurus Ediciones

Alberto Schommer, el poeta de la visión (2003). La Fábrica

El estilo del mundo: la vida en el capitalismo de ficción (2003). Editorial Anagrama

Guillermo Vázquez Consuegra: obras y proyectos, 1996-2001 (2001). (Coautor con García-Solera Vera, Javier). Colegio Oficial. Arquitectos Comunidad Valenciana

Cuentos de matrimonios (2000). Editorial Anagrama

Señoras y señores (1998). Espasa-Calpe

El planeta americano (1997). Círculo de Lectores

Nuevos amores, nuevas familias (1992). Tusquets Editores

El éxito y el fracaso (1991). Ediciones Temas de Hoy

Poleo menta (1990). Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert

Días sin fumar (1989). Editorial Anagrama

Héroes y vecinos (1989). Editorial Anagrama

Sentimientos de la vida cotidiana (1984). Ediciones Libertarias

El fútbol, mitos, ritos y símbolos (1981). Alianza Editorial

Las solteronas (1978). Editorial Dopesa

Si Vd. no hace regalos le asesinarán (1972). Editorial Anagrama

La Ausencia (2011). Editorial Esfera de los libros

La hoguera (2012).  Editorial Temas de Hoy. Premio de Hoy 2012.

 

Portada de 'El capitalismo funeral'

 

Enlaces

Entrevista en Canal 2 Andalucía.

 

Reseña en Babelia.

 

Reseña en El País.

 

Reseña en El Cultural de El Mundo.

 

Reseña en El País - País Vasco

 

Entrevista en Periodista Digital

Premios

2012 Premio de Hoy de Ensayo 

2006 Premio Escritor del Año (Grupo Conde Nast)

2006 Grand Prix du Livre des Dirigeants

2002 Premio Julio Camba de Periodismo

1998 Premio Espasa de Ensayo

1997 Premio González Ruano de Periodismo

1996 Premio Anagrama de Ensayo

Vídeos asociados

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