Los hijos son tiranos. No siempre, puesto que morirían como moscas de su propia tiranidad, pero sí lo son durante una fase larga de la adolescencia, y antes y un poco después de ella. Así como las mujeres, pese a la igualación, disponen en su época joven de un formidable "poder sexual", los hijos, pese a su afán de independencia, ejercen con un formidable poder filial.
El padre ya no manda, no desea mandar para evitar descalificarse en el feo ejercicio de autoridad, mientras el hijo, paralelamente se cualifica en el papel de amo de la relación.
Desorientados, presas de la confusión entre el amor y el deber, entre la paternidad y la responsabilidad, millones de padres del mundo occidental balbucean sobre conceptos y estrategias para hacerse querer y respetar. Pero ¿y si los hijos, en este momento de la evolución, no aman ni respetan tanto a los padres como antes y si, en cambio, los gobiernan mediante un surtido de inauditas estratagemas muy difíciles de desarmar?
Pero, también, ¿han elegido este papel los hijos o han ocupado el territorio que los padres abandonaron, avergonzados de su autoridad ¿Se ha desplazado en fin, la antigua tiranía de los padres a la tiranía delos hijos como si esta relación no fuera posible sin una factura dictadorial? No es descartable, puesto que si de la tiranía paterna acababa derivándose una feliz emancipación del descendiente, de la tiranía filial se deduce una soleada liberación de la paternidad. Una liberación hasta ahora desconocida insólita puesto que la historia a sostenido el inquebrantable, interminable, indesmayable, amor de los padres por los hijos u viceversa pero ¿por qué no moderar esta férrea ligazón que tantas tragedias conlleva? En una y otra dirección el adolescente tirano del siglo XX o el tirano padre burgués del siglo XX general, a través de su respectiva subversión, dos movimientos de libertad personal. El hijo desprendido de aquella terrible imposición del padre que tanto condicionaba el porvenir, y el padre desprendido ahora de la esclavitud que le impone el hijo y que ha hecho tanto llorar.
[Publicado el 03/7/2009 a las 09:00]
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De expresarse sobre un determinado asunto de una manera serena a gozar, voluptuosamente, de una abordaje violento discurre un mundo. El tajante reproche al otro, el extremo juicio sobre uno mismo, la precipitada decisión de ruptura o de inmersión, tatúan decisivamente el futuro. Entre la actuación de una mente más o menos fría a la de otra en plena ignición se despliegan consecuencias tan dispares como irremediables.
La fuerza de la agresividad agresiva contribuirá a abrir o abatir portones que permanecían cerrados pero también, inesperadamente, el tren de la agresividad sobrevenido de un viejo rencor, el súbito sufrimiento de una injusticia o la insoportable torpeza del prójimo llevan, a través de la reacción violenta, a desbaratar el panorama precedente, partirlo en pedazos y arrojarnos, acaso, en un imprevisible vertedero. La ira ciega los ojos. Los ojos que la ira ciega son incapaces de vislumbrar el extraño abismo del porvenir y el porvenir se transforma en un presente activo que se nos echa encima como una fiera nacida de los nuevos espacios sin control. Porque qué violencia de alguna calidad estimable, qué fiera, admite control. Pero, a la vez, amando la embriaguez de la cólera, ¿cómo compaginar el vivo sabor de lo violento con el posterior paladar de lo cabal? La violencia se desborda y en sus manos, generalmente, deformadas por el fuego, el objeto se hace trizas. El conflicto se complica de este modo aún más puesto que ninguna violencia contribuye a desalojar una tara sino que se alía naturalmente con la turbulencia y nos embolica, nos hace ser la desdichada música rota, la materia en pedazos, de todos los episodios que vivimos con permanente dolor.
[Publicado el 01/7/2009 a las 10:05]
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Queridos amigos blogueros: nunca antes me he dirigido directamente a vosotros pero he caído últimamente en la cuenta que tanto las opiniones positivas o negativas respecto a mis textos o sobre los textos del grupo, son, trabadas entre sí, una buenísima manera de construir un discurso complejo al que recientemente me he referido en El capitalismo funeral y que considero tanto un presagio, ya en marcha, de la formación general del conocimiento como la fundamentación parcial de un nuevo mundo. Con esta idea tras andar alrededor de un año tanteando con el tema de la AUSENCIA, me gustaría ahora seguir adelante con la atención a vuestras sugerencias y comentarios, directos o indirectos.
La idea central de este libro sería el diagnóstico de estos años como una época notablemente despojada de asideros y referencias fuertes, a la manera rotunda de hace menos de un siglo. Por supuesto pienso en las ideologías políticas ya desvanecidas pero también en la desaparición de los padres/padres, de las reglas rígidas, de los valores firmes y de tantos conceptos sean referidos a la moda, al arte, la fe o el sexo.
El lunes pasado, el comentario que hablaba de Lacan y su tesis en torno a "la mujer no existe" me hizo pensar en "desvanecimientos" estructurales que no se recobrarán. El desmayo de la cultura del libro, la borrosa idea de lo democrático, la creciente eliminación del intermediario intelectual o comercial, la abolición del lider, etcétera, son algunos ejemplos. En Estados Unidos compré hace diez años un libro de fotos centrado en los años cincuenta que se titulaba "Going, going...gone". Algo parecido a lo que ahora vamos contemplando, las cosas -muchas de ellas de importancia y otras más, simples cachivaches, aparatos o ambientes- se van, se van...se han ido.
El vacío es el gran tema para cualquier ensayo. No quisiera repetir un libro del tipo La era del vacío a lo Lipovetski. No habrá planteamiento moral ni descalificación de la banalidad, ¡ejercicios tan banales!
Me importa más el interior desasimiento que se registra en estos tiempos y que ilustra de una manera fuerte los desasimientos amorosos, en la pareja, en la familia, en las relaciones de amistad, en el trabajo o incluso en militancias políticas o religiosas. Pero además vivido fatalmente y sin sollozar por ello. El lazo se afloja y la vinculación se pierde o se debilita sustantivamente. La pérdida queda como la impronta de una época que estando dejar de ser aún no ha encontrado su sustitución en otra. Seguro que un nuevo modelo se está formando (como he tratado de exponer en Yo y tú, objetos de lujo y en El capitalismo funeral) pero el hiato existe, la oquedad es hoy, la ausencia es la protagonista y la eliminación de compromisos entrañables son el aire de la época. ¿Un aire que huele a nuevo, o un aire inodoro que tiende a una figurada esencia cero?
[Publicado el 26/6/2009 a las 10:21]
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La desaparición de alternativas al sistema social y político, tras el fracaso comunista, abrió una escena desencantada donde si todo era un mismo sistema el sistema gobernaría absolutamente los asideros por los que guiarse, discurrir o discutir. La religión en crisis, las utopías evaporadas, los valores extraviados, las jerarquías abatidas, la autoridad refutada, los padres, maestros y políticos desnortados, las instituciones desacreditadas y, además, el mismo crédito en su punto cero, han compuesto un círculo vano o una oquedad que recalca la proclamada falta de valores y prejuicios, la patraña del arte, el fin de la lealtad y el empleo fijo, el arrasamiento general de casi cualquier afianzamiento y, en consecuencia, el predominio del vacío, la vanidad y el concepto posmodern.
El posmodernismo fue así, desde finales de los años setenta, como la palabra ambigua que tapaba el desorden y designaba lo que en verdad no significaba nada tras el ambiguo fin de la modernidad. El fin de la modernidad y con ella la firmeza de las convicciones, la importancia de la política y la fe en la producción. Todo el arsenal de conceptos y referencias alternativas había quedado aparatosamente abatido con la caída del muro de Berlín y, en su lugar, sólo aparecía un solar. ¿Para levantar una nueva torre, un nuevo proyecto central? Nada de nada. Un gran solar destinado para especular. Especular o crear mediante un delirio de imágenes repetidas, reflejándose entre sí, el colapso de lo mismo en lo mismo, la Gran Crisis de época, no sólo financiera, sino la Gran Crisis del destino despojado de destino, alzándose el futuro como una figura sin rostro, donde se fundía el no saber qué hacer con el no saber en qué creer, "Otro mundo es posible". Otro mundo que ahora gana prestigio gracias a su ausencia. Su ausencia es la máxima atracción de su presencia sin realidad. No habiendo nada aquí, es probable que no haya tampoco nada allí pero la dificultad de comprobación del vacío es tanto mayor cuanto más lejos se sitúa y el acuciante anhelo de alguna perspectiva cabal hace ver en la ausencia la promesa de toda salvación. Una ausencia vivida en el desmoranamiento del mundo que nos dejó exangües o faltos de liquidez y de recursos sanos y una ausencia del recambio que puede o no llegar a ser. La vana espacialidad por la que discurrimos ahora sería igual a un mundo que perdida su sustantividad vive en una contingencia, grave o banal, arbitraria en fin, balanceándose en el olor de la ausencia. Una ausencia que, de seguir imperando terminará por ahogar cualquier vestigio de fe o provocará al fin un vómito por el que el cuerpo deducirá de su ya insoportable angustia el impulso para rehacer la calidad del menú.
[Publicado el 24/6/2009 a las 09:00]
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De los tiempos en que apenas se viajaba y hacer turismo daba lustre, el Caribe obtuvo su mitología central. Paraíso y Caribe se intercambiaban en un sinfín de postales con arenas blancas y aguas de color turquesa y esmeralda, suaves palmeras cocoteras y guirnaldas de flores por doquier. La experiencia ha mostrado, sin embargo, contra la belleza de esas fotos, la insoportable humedad fundida a cuarenta grados, los vientos casi incesantes que ciegan los ojos de arena purísima y las aguas esmeraldas donde apenas se nade o practique snorting la piel arde hasta temperaturas superiores a las de la gripe A.
El Caribe es una opción, cada vez más incómoda, sumada, de otro lado al jet lag. Frente a ello, las Islas Canarias, a dos horas o dos horas y media desde Madrid, con temperaturas y precios de dimensión humana es la alternativa que muchos peninsulares escogen atinadamente ahora. Son los viajeros más listos. Y, a la vez, quienes, como turistas, podrán escoger en una isla, como Lanzarote, una amenidad que multiplica por mil las delicias del coco-loco y la piña colada. Lanzarote es la gran opción y si no me he atrevido nunca a aconsejar destinos fijos no me resisto a la comparación. Pocos paisanos tan amables como los canarios, más emblemáticos del slow-food o el all slow pero también, sin duda, no se hallará un paisaje más protegido, mejor conservado y más volcánicamente impactante en toda España que el proporcionado por Lanzarote. Sea en la playa y en el interior, con coche, con camello, con bicicleta o paseando alrededor.
[Publicado el 22/6/2009 a las 11:22]
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En el libro que vengo leyendo, Confesiones de un burgués, de Sándor Márai, vuelve el asunto de experimentar dolor, ser desdichado o infeliz para convertirse en un verdadero creador. La idea de que la Creación por antonomasia es obra de un Dios que llega hasta el lacerante sacrificio de su Hijo para alcanzar la salvación humana, ha trufado también la creencia de que no se puede ser artista siendo feliz ni sin dolerte algo. Sándor Márai lo dice del mismo modo que todos aprendimos esta sentencia en nuestra juventud de escritores: "Si fueras feliz, ¿qué necesidad tendrías de escribir?" Escribir, componer música, pintar, lograr la gran obra de arte echa sus raíces en una desventura u otra. Unos escritores o músicos fueron tuberculosos, otros morían intoxicados por el alcohol, casi todos padecían los desgarros de alguna profunda herida psíquica, tan incurable como altamente productiva. El dolor brindaba importantes réditos mientras el placer arruinaba. De ese modo, se decía de la historia de algunos hombres que aquélla mujer a la que amó apasionadamente le llevó a la ruina. La mujer y el deleite constituían un grave peligro para la creación. Por el contrario, el malestar procuraba inspiración, la desesperación daba alas. ¿Puede seguir sosteniéndose algo así? Los creativos de la publicidad han sido los primeros ejemplos de una época donde el buen humor ayuda a triunfar y el bienestar del alma, en general, ayuda a conocer y comunicarse mejor. ¿Un cambio de época? No cabe duda. Un cambio de época que significa un cambio de valores y, en consecuencia, otra consideración de lo malo y lo mejor. El artista doliente hacía espectáculo de su interesante experiencia sacrificial, "divinizada". Pero hacer hoy cultivo y exposición del dolor ni seduce a los demás ni mucho menos se espera que el artista, hallándose en penosas condiciones, pueda rendir apropiadamente. A la idea religiosa de la creación a través de casi morir corporalmente en el intento, sucede la idea deportiva de la creación a partir de conseguir las mayores prestaciones en su proyecto.
[Publicado el 19/6/2009 a las 11:51]
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Una visión reduccionista del universo -dice Stuart Kauffman, experto en teoría de la complejidad- es la que se deduce de Laplace. matemático francés de los tiempos de Napoleón, quien dijo que si un sistema de cómputo tuviese la información sobre la posición, la velocidad y la masa de todas las partículas del universo, aplicando las leyes de Newton se podría calcular todo el futuro, así como todo el pasado, del universo. Esto conlleva la idea de que todo lo que sucede en el universo es descriptible por las leyes naturales, que lo real son las partículas en movimiento y que todo lo demás son ilusiones.
Lo demás son ilusiones equivale aquí a decir, en los términos de esta teoría, que puede prescindirse de ellas. Y esta es también la obstinada tendencia de la teoría económica no ya de los tiempos napoleónicos sino de la más rabiosa actualidad que continúa empeñada en explicar la Gran Crisis a partir de factores descriptibles, cuantificables. Lo indescriptible lo ilusorio, ilusionante, ilusionista, constituye sin embargo, al menos un elemento tan importante como lo enumerable y narrable, el silencio es tan valioso como la palabra y la vida tácita (y amorosa) de los animales, las plantas o las estrellas tan clamorosa como las explosiones, las bancarrotas, los estruendos calculables. Kauffman sugiere además que no sólo las interrelaciones entre las partes de un conjunto son tanto o más decisivas que la cada una de las partes para explorar su personalidad, sino que cada parte interrelaciona también consigo misma, ensimismada o narcisista, puesto que nada en el cosmos de no sea material vivo. Cada cual es lo que es, indudablemente, en relación con los demás, la interrelación lo identifica, pero más acá de los demás el yo se comporta sin cesar como un ser que se desdobla o se dobla, que duplica, se multiplica, se censura o se exalta, que se extraña o se entraña a sí mismo.
El relato de la existencia se parece así cada vez más a los mejores videojuegos y los mejores videojuegos al dinámico relato de la existencia. Toda metafísica invisible e indescriptible, pasará por experimentos biológicos, bioquímicos, electrónicos que arrojarán resultados imposibles de interpretar con corrección racional puesto que esta corrección implicaría una detención de la observación, una disecación de lo observable cuando lo observable no para nunca, vuela para introducirse en nosotros y nosotros en ello. Nosotros ante nuestra propia observación nos transformamos. De ahí que todo sujeto que reflexiona sobre sí, no siendo obsesivo, evoluciona pasa de un estadio a otro y crea con sus estaciones y pasajes nuevos instrumentos ópticos: una óptica variable coincidente con la perspectiva que va y viene de una a otra ilusión en danza con el punto de vista.
[Publicado el 17/6/2009 a las 10:57]
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La cuantificación ha marcado el desarrollo de la civilización. Y de la barbarie. Esta Gran Crisis se apoya en una estampa compuesta por una aglomeración de cifras sobre el paro, la deuda, la morosidad, la caída del PIB, la reducción del comercio, el cierre de empresas, el déficit público, las reducidas cotizaciones bursátiles y así hasta un empachoso y tupido panorama que como una costra de la decadencia, una purulencia de la piel, recubre la contemporaneidad. De esa superficie poblada por la contabilidad y el recuento, herida por las variaciones de los índices y las cuantificaciones negativas se obtiene el rostro de la época. La Crisis se representa en ese rostro progresivamente demacrado en cuyo aspecto se plasma el rostro del terror. Pero se trata, todavía, de una formación cuantitativa. El espanto que provoca en los economistas y políticos pasa a través de los despachos y los expertos institucionales para hacerse, aún, diagnóstico cuantitativo y predicción cuantitativa cuya significación sólo entienden acaso un grupo de especialistas que hablan por televisión. Este proceso cuantitativo, invariablemente sensacionalista, no ha cesado de discurrir en estos meses y a la vez que agrava sus relieves, coloniza la máxima ocupación de la verdad. De hecho, prácticamente la suprema Verdad actual posee la naturaleza de la crisis. Los rasgos emocionales, genéticos u organolépticos poseen un mismo sabor.
Una amargura general satura la época y la sociedad se reconoce a sí misma encuentra con su organismo enfermo, su mente embotada y la náusea reapareciendo una y otra vez. Tiempo aciago. ¿Son las cifras -tan temibles como abstractas- las que han generado este malestar global? Las cifras, sus números vermiculares actúan al modo de bacilos que penetran los cuerpos y extienden sus dominios por cualquier punto de lo social? Y ¿no será, a su vez, la misma Gripe A, la primera patología médica que en términos de pandemia se corresponda cono la patología económica a través del bucle que la ignominia de las cifras ha imbuido en lo social y el malestar consecuente ha recaído sobre cada salud del ciudadano?
Un aro mortífero anilla nuestro presente. Todos nos vemos ceñidos por una perniciosa conjura que sobrevino de la noche a la mañana, a partir de la angustia de los activos tóxicos, los bonos-basura o las miasmas de las hipotecas subprime. Algo tiene que pasar comentaba la multitud cuando asistía y participaba en el delirio de la especulación pero, a la vez, en ese periodo, la vida no dejaba de prosperar y, en consecuencia, de dejar ver la destrucción. Mientras la economía navegaba en alcohol y la especulación brillaba, era imposible avistar un tenebroso porvenir. Algo tenía que pasar, nos decíamos, pero su conocimiento real se presentaba imposible puesto que, en el delirio, la realidad se borra y, propio de la borrachera es el buen humor. El mal aspira espontáneamente al bien, el dolor busca alcanzar el placer, pero el placer rehuye el dolor y el bien aparta de sí, para ser efectivo, las menores huellas de la adversidad. Frente a las cifras exultantes ¿cómo contar la hecatombe? Todos intuíamos que iba a pasar algo pero aquel mismo pensamiento que flotaba en la abundancia se oponía a toda falta de liquidez. Llegado lo peor, súbitamente, el mundo trata de vomitar su locura. He aquí la angustiosa fase de la depresión.[Publicado el 15/6/2009 a las 09:24]
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[Publicado el 12/6/2009 a las 09:50]
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En ocasiones uno se siente triste, mohíno o de malhumor sin saber bien de dónde ese malestar procede. No parece cosa del cuerpo que se presenta silencioso en dolor ni se avista tampoco una adversidad presente o futura cuyas circunstanciase tiñan el misterioso y desdichado estado del ánimo.
Se trataría más bien de efectos provenientes del cuerpo a la manera de una sustancia fisiológica que surge y se expande respondiendo, acaso, a maniobras internas y exclusivas del organismo que, como artefacto, posee su vida propia y, en este caso, su peripecia se trasparenta involuntariamente en una marejada de malhumor.
De esto, que viene y va, aprendemos desde luego que el espíritu inteligente, por muy dueño de sí que se crea, viene ligado a un complejo enredo subyacente que, a su modo, en casos como éste, emite carbonillas, hace ruido, se contorsiona o bufa tan sólo para sí. No para transmitir señales de importancia hacia la mente que todo lo gobierna e interpreta, sino signos sin destino, sabores y sensaciones que no buscan la utilización del receptor sino que pretenden fisiológicamente deshacerse de su peso. ¿Mal humor improcedente? Mal humor sin la causalidad del mal sino tan sólo como una humareda del alma autónoma que, de la pena al gozo y del gozo a la pena, retiene en sus entresijos residuos tristes (otras veces felices), que elimina de vez en cuando, a su antojo, incontrolablemente, de acuerdo con sus independientes necesidades de funcionamiento, saneamiento y rehabilitación.
[Publicado el 10/6/2009 a las 09:00]
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Vicente Verdú nació en Elche en 1942. Escritor y periodista, se doctoró en Ciencias Sociales por la Universidad de la Sorbona y es miembro de la Fundación Nieman de la Universidad de Harvard. Escribe regularmente en el El País, diario en el que ha ocupado los puestos de Jefe de Opinión y Jefe de Cultura. Entre sus libros se encuentran: Noviazgo y matrimonio en la burguesía española, El fútbol, mitos, ritos y símbolos, El éxito y el fracaso, Nuevos amores, nuevas familias, China superstar, Emociones y Señoras y señores (Premio Espasa de Ensayo). En Anagrama, donde se editó en 1971 su primer libro, Si Usted no hace regalos le asesinarán, se han publicado también los volúmenes de cuentos Héroes y vecinos y Cuentos de matrimonios y los ensayos Días sin fumar (finalista del premio Anagrama de Ensayo 1988) y El planeta americano, con el que obtuvo el Premio Anagrama de Ensayo en 1996. Además ha publicado El estilo del mundo. La vida en el capitalismo de ficción (Anagrama, 2003) y Yo y tú, objetos de lujo (Debate, 2005). Sus libros más reciente son No Ficción (Anagrama, 2008) y Passé Composé (Alfaguara, 2008).
El capitalismo funeral (2009), Anagrama.
Passé Composé (2008), Alfaguara.
No Ficción (2008). Editorial Anagrama
Yo y tú, objetos de lujo (2005). Editorial Debate
La ciudad inquieta: el urbanismo contemporáneo entre la realidad y el deseo (2005). Fundación Central Hispano
Noviazgo y matrimonio en la sociedad española: 1974-2004 (2004). (Coautor con Alejandra Ferrándiz). Taurus Ediciones
Alberto Schommer, el poeta de la visión (2003). La Fábrica
El estilo del mundo: la vida en el capitalismo de ficción (2003). Editorial Anagrama
Guillermo Vázquez Consuegra: obras y proyectos, 1996-2001 (2001). (Coautor con García-Solera Vera, Javier). Colegio Oficial. Arquitectos Comunidad Valenciana
Cuentos de matrimonios (2000). Editorial Anagrama
Señoras y señores (1998). Espasa-Calpe
El planeta americano (1997). Círculo de Lectores
Nuevos amores, nuevas familias (1992). Tusquets Editores
El éxito y el fracaso (1991). Ediciones Temas de Hoy
Poleo menta (1990). Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert
Días sin fumar (1989). Editorial Anagrama
Héroes y vecinos (1989). Editorial Anagrama
Sentimientos de la vida cotidiana (1984). Ediciones Libertarias
El fútbol, mitos, ritos y símbolos (1981). Alianza Editorial
Las solteronas (1978). Editorial Dopesa
Si Vd. no hace regalos le asesinarán (1972). Editorial Anagrama

Entrevista en Canal 2 Andalucía.
Reseña en Babelia.
Reseña en El País.
Reseña en El Cultural de El Mundo.
Reseña en El País - País Vasco
Entrevista en Periodista Digital
2006 Premio Escritor del Año (Grupo Conde Nast)
2006 Grand Prix du Livre des Dirigeants
2002 Premio Julio Camba de Periodismo
1998 Premio Espasa de Ensayo
1997 Premio González Ruano de Periodismo
1996 Premio Anagrama de Ensayo
03/7/2009 22:53
Publicado por: Enea
03/7/2009 22:36
Publicado por: Enea
03/7/2009 22:27
y se llaman derechos humanos,...
Publicado por: Enea
03/7/2009 22:16
Publicado por: Enea
03/7/2009 21:14
Publicado por: mar
03/7/2009 21:08
Publicado por: Fran
03/7/2009 20:53
Mar, me encantan tus palabras y...
Publicado por: Asun
03/7/2009 20:38
Publicado por: mar
03/7/2009 19:10
Parece ineluctable la existencia...
Publicado por: Asun
03/7/2009 14:38
Publicado por: mar
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