El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

martes, 9 de febrero de 2010

 Blog de Vicente Verdú

Desnudarse

Cuando el día acaba, la cama nos espera. Disciplinadamente,  la cama nos espera desde la mañana en que alguien la ha preparado para el momento de la noche.

Durante el transcurso del día la cama se encuentra siempre a disposición para unos u otros usos muy diversos pero, institucionalmente, la cama se hace activa al ir a dormir en ella, mientras durante el día -salvo excepciones- se mantiene quieta. No se diría paralítica o paralizada puesto que los pliegues, los relieves de las telas, los volúmenes de la almohada o su grosor integral, trasfieren a los sentidos la percepción de unas manos han contribuido a dejarla como está y todavía se suman para que respire como una entidad viva y mullida.

 Diferentes muebles, y especialmente los  enfundados o "vestidos", causan n una sensación similar. Se presentan  quietos y como aguardando al usuario pero aún hallándose en esta actitud podría pensarse que se remueven, reacomodan o laten en silencio y  para sí.

 Incluso es posible, en el interior de la casa desierta, que estos muebles posean un pequeño grupo de pensamientos más o menos elementales y rutinarios  entre los que se cuentan necesariamente los asociables a su  constante tiempo de espera.

La cama nos aguarda y por la noche el huésped inicia en sus entornos la rutina de ir quitándose obligadamente las ropas. Quitarse las ropas ante la cama o en sus proximidades,  entre el dormitorio y el cuarto de baño, por ejemplo, significa el repaso cotidiano de una secuencia de desasimiento que se corresponde, de otro lado y después con ponerse  el camisón y el pijama. Venimos de un espacio alejado  y tras vivir un intervalo intramuros alrededor del televisor, los niños y la cena, nos preparamos para incorporarnos a  la cama que  representa, en realidad, el tercer espacio determinante del día. La intimidad dentro de la intimidad, la extrema individualidad en la individualidad. El huésped y la cama duermen dentro de la soledad y ¿quién cuestionaría que gracias a su influencia?

De la compañía a la soledad, del movimiento al reposo, de la vigilia al sueño a través de una escenificación del desprendimiento público y el revestimiento con las ropas de alcoba. Elocuentemente, nos despojamos  de las vestimentas con las que nos presentamos en público y nos disfrazamos con los hábitos de la soledad en donde hallamos (o no) el tiempo del sueño. Las prendas que a lo largo del día fueron impregnándose de los olores y avatares, de la lluvia, los alientos o el viento,  no se meten en la cama porque, a fuerza de experimentar la vicisitud, mancharse de ellas, sentir en ellas, no es pertinente embutirse  entre las sábanas con ellas. Son físicamente capaces de juntarse con la cama pero siempre que esto sucede se denota una situación de menesterosidad, peligro o amenaza que convierte a la cama en refugio y a ellas en material anónimo o subordinado. Sólo el proyecto de acostarse así, sin desvestirse del día, hace pensar en una urgencia donde se une la inquietud con el descanso, la obligación con la dejación, el día incesante con la noche sin muros y en una forzada reunión que, en consecuencia,  conduciría a un doloroso desorden.

La cama nos espera, precisamente, aliviados de la mayor consternación posible y si se ofrece como una cámara de descompresión su colaboración empieza reclamando el abandono del traje o el vestido, el reloj y los abalorios, la cartera y la calderilla.

De este modo, más o menos  desasido se llega a través de la blancura de las sábanas a la navegación sin luces de la noche.  Echar lastre por la borda, pesar menos antes de ir a dormir y descargarse de las ropas que encierran objetos pesados traza las líneas de un ritual que exime provisionalmente del mundo para entregarse sin al viaje de la cama.

Mueble  preparado desde la mañana en espera del momento en que nos deconstruimos como seres sociales y nos simplificamos, ante la noche encamada y migratoria a bordo del lecho. Lecho de agua o de aire, corriente circunstancial a la que nos lanzamos cotidianamente tras habernos desnudado y, en la esperanza, de lavarnos o reestrenarnos a través de sus lienzos blancos.  "¿Al cine? Al cine de las sábanas blancas es donde vas a ir", nos decían los padres cuando nos resistíamos a meternos en la cama. Un cine donde, en memoria de la infancia, nos volvemos personajes de dos dimensiones, exonerados de aquella tercera dimensión abandonada junto a las ropas del día, cosidas para el  mundo exterior que nos asalta o  nos insulta o nos conlleva.

[Publicado el 09/2/2010 a las 11:00]

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La pantalla de Onetti

El cine es tan omnímodo que, no contento con plasmar fílmicamente las ciudades de nuestros sueños realizados (París, Venecia, Sevilla o Benarés), también se mete en los espacios urbanos nunca trazados ni habitados más que en la mente de un escritor. Y así hemos visto en la gran pantalla el ‘faulkneriano' condado de Yoknapatawpha, el Wessex de Hardy, el Malgudi de Narayan, la Región de Benet y  -pese a la negativa de García Márquez a dejar adaptar ‘Cien años de soledad'- un Macondo sin mitología telúrica en las películas que Francesco Rosi extrajo de ‘Crónica de una muerte anunciada' y Arturo Ripstein, con mucho más acierto, de ‘El coronel no tiene quien le escriba'. Ahora se acaba de estrenar ‘Mal día para pescar', opera prima del joven cineasta uruguayo afincado en España desde 1999 Álvaro Brechner, y el vértigo que un seguidor fiel de esos novelistas ha sentido más de una vez al ver en movimiento y color, ayudado por el sonido Dolby, calles precisas, paisajes reiterados, edificios y rótulos viarios de unos territorios que antes poseían exclusivamente autor y lectores vuelve a repetirse, con su mezcla de inquieta desconfianza y curiosidad mórbida.

     No es la primera ocasión en que la Santa María de Juan Carlos Onetti llega al cine, aunque reconozco desconocer la adaptación de ‘El infierno tan temido' hecha en 1980 por el argentino Raúl de la Torre y la de ‘El astillero' que su compatriota David Lypszyc firmó en el año 2000. A favor inicial de Brechner está la elección de base literaria para su film, pues el relato ‘Jacob y el otro' (1961) es una de las piezas magistrales de la narrativa breve de Onetti. Brechner, que ha escrito el guión colaborando con el protagonista y co-productor Gary Piquer, se mantiene fiel a la peripecia y el ‘tempo' del original, introduce como prólogo lo que en el cuento era el punto de vista en primera persona del Doctor, y dibuja ambientes y personajes con eficacia y, en diversos momentos, con belleza: el arranque de las marismas, los autobuses de línea con aves de corral deambulando entre los viajeros, y, sobre todo, el hotelucho en el que el Campeón Mundial de Lucha de Todos los Pesos Jacob van Oppen y su representante el príncipe Orsini se hospedan al llegar al pueblo.

     La Santa María de Brechner es verosímil sin dejar de resultar delicadamente artificiosa, y está muy bien iluminada por el director de fotografía Álvaro Gutierrez, que encuentra una paleta muy sugestiva, sobre todo en los interiores, que pueden ser densos y fríos, como en las escenas de las oficinas del periódico local El Liberal, o deliberadamente subidos de color en las habitaciones del hotel y en los camerinos desastrados del Teatro Apolo donde se celebrará la pelea del desafío urdido con tanto engaño por Orsini. El espectador se impacienta cuando, una vez establecido el marco idóneo y las líneas de resistencia dramáticas, Brechner enfoca su cámara a los protagonistas de la historia. No hay, me parece, ninguna mala interpretación en ‘Mal día para pescar', pero tampoco, por desgracia, ningún perfil o voz o alma que mantenga la condición memorable de ‘Jacob y el otro'.

     El gigantón brutal e inocente que es el púgil ya en decadencia Jacon van Oppen lo interpreta el finlandés Jouko Ahola, que, más allá de su físico desmesurado, poco aporta al rol. Tampoco la más curtida actriz Antonella Costa enriquece el sinuoso papel de Adriana, la novia embarazada del contendiente local en la pelea, el llamado Turco. La pérdida mayor, pues mayor era el reto, corresponde al Orsini de Gary Piquer, un actor catalán de ascendencia escocesa y probada calidad (por ejemplo en ‘El último viaje de Robert Rylands', película de Gracia Querejeta inspirada en ‘Todas las almas' de Javier Marías) que aquí no logra dotar a su personaje del carácter enrevesado y astuto, y a la vez histriónico, que Onetti imaginó y así definió: "había nacido para convencer [...] para imponer cuotas de dicha a todo el mundo posible". Del Orsini del film desaparece la borrosa italianidad, y con ella las resonancias de una personalidad y un modo de expresión descrito en el cuento como "un sonido inubicable, un amistoso contacto con la complicada extensión del mundo".

     Que en una adaptación literaria al cine se pierdan las filigranas verbales de procedencia es natural, y puede llegar a ser doloroso en el caso de un estilista tan certero como Onetti. Pero Brechner tiene voluntad de estilo, y eso es de agradecer en un arte que cada vez más, hoy día, renuncia a ella en aras de la supuesta transparencia. Lo que sorprende es el final del film, desprovisto de la extrema crueldad que la reacción de Adriana a la derrota de su novio tenía y daba tanto sentido al relato. Con todo, uno sale del cine contento de haberle visto la cara, y parte de su trasfondo, a Santa María.

[Publicado el 08/2/2010 a las 13:52]

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El cuarto de baño

Así como la cocina es la sala de máquinas donde se pasa de la barbarie a la civilización, de lo crudo a lo cocido, el cuarto de baño es la factoría donde se imparte salud contra la enfermedad, lo limpio contra lo sucio, lo puro frente a la tacha. Curiosamente, en los hospitales, suelen mandar a los recién operados, todavía doloridos y descompuestos, a que tomen una ducha:: "se sentirán mejor", dicen.

Lo dicen y aciertan, la ducha arrastra de la superficie la infección pero también la mugre de la tristeza enferma. Con esa  ducha se ingresa en un universo imposible de prever y entre la ceguera y el latigazo térmico el cuerpo cruza una tonante lucha. La lucha que caracteriza el cabal proceder del agua tanto para sanar como para matar, para hacer cantar o sumirse hondamente en el ahogo.

El agua discurre también en el fregadero pero su naturaleza es de otro orden muy  ajeno. El agua de la cocina  es un agua fabril que interviene para cambiar las cosas, la segunda, el agua del baño, es una agua fabril que actúa  para cambiar a las personas.

Ambas puede cruzarse en sus ocupaciones  de limpieza pero la clase de nitidez  que procura el agua del baño pertenece, además, al sistema general del aseo, del atildamiento y, finalmente, de la estética esencial. Una estética que cumple con una histórica proximidad ética, manifestada en lo puro, lo pulcro, lo inmaculado.

Hace poco más de un siglo que el cuarto de baño fue ascendiendo de categoría dentro del hogar burgués, al punto, que el precio de las viviendas ha llegado a fijarse mediante una ratio que depende de los metros cuadrados del cuarto de baño.

Ninguna vivienda suntuosa puede ahora asociarse sino con un gran cuarto de baño. El origen del placer de la bañera, las inversiones en pórfidos y otro que correspondían a los baños romanos, se encuentra en el sueño de los baños modernos, alicatados como de un brillo que repele tanto la excrecencia como la dependencia externa. El cuarto de baño viene a ser de este modo como un recinto excepcional en el interior de la casa, cuarto para sí mismo, dotado de cerraduras y espejos narcisistas, lugar de la mayor intimidad del yo que se observa, se corrige, se acicala.

Sin importar sus dimensiones, el cuarto de baño, es en por su excepcionalidad y por su capacidad de librarnos  del contexto o recabarnos para el  propio yo, un medio de placer privado o una sala de pecado privadísimo que llevará incluso a la extrema voluptuosidad del suicidio.

 Un suicidio,  con o sin sangre, perfectamente acorde con esa morgue doméstica, entre la finitud y la trascendencia, entre el relámpago y el diablo.

Si su composición no se parece a ninguna pieza más del hogar pero, además, su inspiración radicalmente heterogénea (mezcla del "retrete" y la "bañera") tiende hacia el vértice piramidal del culto al agua.

El cuarto de baño actual, redentor del ominoso retrete, se expresa a través de la tina del ocio- del ocio de la tina- en una dosis inmensurada de placidez pero, igualmente, el agua que lo colma posee, en cuanto agua natural y corriente,  el solvente olvido del tiempo.

Tomar contacto con el agua en el lavabo o en el mar, con los ojos cerrados o abiertos, traslada a una idea de absoluto en donde, inmediatamente, se deshace  la temporalidad y sus grumos.

Así los momentos que se viven en la  ducha bajo el vigor del agua o entregados a su dulce maternidad en la bañera propician la intuición de una disolución salvífica, incombatible y eterna.  Pérdida feliz del yo agresor que se amansa y deslíe en la corriente mientras  nos libera de sus pesos, sus disgustos, sus hedores.

De esta manera puede decirse, con honor, que el cuarto de baño, realizado a nuestro gusto mundano puede servir también como una cámara de desrealización y fuga del mundo. El agua mana sobre la rugosidad de nuestra superficie y arrastra su bardoma. Incide en la memoria de la piel y puede permearla hasta fundir la profundidad de su invasión con la extrema claridad de su materia.

Material líquido, vida liquidada. Vida desaparecida en la luz del agua: luz que se despliega con la magna cadencia del agua o agua que sigue la inteligente velocidad de la luz para transformar la pugna de la materia y el tiempo, el pecado y el cielo, la vigilia o el duro deber de vivir y de morir en el acontecer y en su portento.

[Publicado el 08/2/2010 a las 13:47]

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Las visitas

Entre recibir o no recibir en casa se intercala, de todos modos, una variable inquietud. La casa es sustantivamente para la estabilidad, la conservación o la estabulación.

 ¿Una visita? Se trate de parientes o amigos, seres humanos con o sin mascotas,  su introducción en el mundo hogareño constituye  una rara inoculación, casi siempre consternadora.

 Muy bien que tras la terminación  de la visita entre besos y abrazos de  despedida, un balsámico silencio casi ancestral vuelva al salón en señal de haber superado el trance.  Muy bien que esas personas más o menos ajenas o próximas hayan consentido en acercar nuestras vidas, sus nuevas o antiguas noticias y, al final, del conjunto hablado y sentido se haya compuesto una solidaridad imprevista y confortadora.

El acto de visitación que se desarrolla  bien deja tras de sí una secuencia fresca y dichosa y de la visita que sale mal, no merece la pena hablar puesto que corrobora la aciaga perspectiva de abrir la puerta a cuerpos y circunstancias incontroladas y necesariamente desazonantes.

Siempre, en cualquiera de los supuestos, ser visitado conlleva una rara perturbación y de hecho, las personas al envejecer y debilitarse van reduciendo el número de encuentros con los demás, por la misma razón de la energía que se requiere y la fatiga con inevitablemente se deriva.

 No sólo no abrir las puertas a las personas de afuera sino impedir que el significado interior se altere por efecto de elementos externos, indeterminables en sí, es una querencia que aumenta con los años del hogar y de sus huéspedes.

La edad, especialmente en los varones, hace crecer una orientación centrípeta en todo su ser a  la manera de un lento torbellino que tiende a arroparse en sí mismo, como en un movimiento de metamorfosis que convierte la actividad anterior en un lienzo y la movilidad en el amor a la parálisis. Toda experiencia de esta lentitud final, cada vez más encharcada de luto, induce a protegerse,  cuidarse de tropiezos y averías que acaso una visita podría traer desde el paisaje exterior, incluido el paisaje impreso en la propia visita.

  Correlato de todos estos mundos adultos, , donde la morosidad y el torpor aumenta, es el modelo de la  casa adulta, tan madura en  la decoración, desgastada en la tapicería como sobrecargada de objetos. Un universo tan manoseado y abigarrado que tanto la novedad como el volumen de la visita se acogen entre el temor a cualquier percance y el miedo al insoportable abigarramiento.

 Más que amigos y amigas que, en la juventud, se comportan como compañeros del juego o piezas del juego mismo, en la vejez, amigos y amigas, son en cuanto visitadores bultos que, tarde o temprano sobre los que tarde o temprano se preferirá su ausencia.

 Ante estos encuentros lentificados, espesos y semienfermizos se resiste la quebrada salud de la vivienda y, en definitiva, el delicado estado de su composición y el difícil equilibrio de su supervivencia.
La ausencia, en cambio, se convierte así -como nunca antes- en la forma privilegiada de la presencia.

La vinculación al presente de cada jornada va pareciendo más y más aburrida mientras el lazo con cualquier forma de  ausencia cobra un valor biológico y brillante en casi todo. Por esa circunstancia, la edad va coleccionando y puntuando  aquellos factores que, más o menos,  se relacionan con el vacío, la lejanía o  la pérdida de manera que la más apreciada compañía termine siendo la habitación de la soledad. ¿Cómo pedir que haya pues contento en el momento de recibir? ¿En la coyuntura de ver presentes, ásperos de realidad, a  los que endulzaba la memoria desde su lontananza  y con quiénes nos abrazábamos tanto en la pureza del silencio como en el ilimitado amor de su transparencia?

[Publicado el 05/2/2010 a las 10:59]

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Los muebles

Los muebles tomados en su conjunto forman una primera población o población autóctona que ocupa, a su manera fundacional, la casa. El mobiliario forma por sí mismo, aparte de sus usos y prestaciones, un sistema autónomo que opera antes de que se hospede nadie y sigue operando, también, cuando la casa se desaloja, sea temporal o definitivamente.

Los muebles se comportan, como los demás objetos, menos como bultos esclavizados por la propiedad que como figuras de un cosmos encriptado. Cada pieza del amueblamiento se relaciona así antes y mejor con otras  piezas del amueblamiento que con el carácter del usuario.

 Más aún, la principal condición que define al mobiliario no es la prestación de servicio sino que como, puede apreciarse con frecuencia  determinados muebles adquieren pronto o tarde un rango simbólico de tanta prestancia que jamás se somete a ninguna superioridad a lo largo de  su existencia. Pero igualmente, incluso muebles considerados inferiores a primera vista defienden su independencia con toda energía, tan radical como convincente.

Se vive con los muebles y no sirviéndose de ellos puesto que tanto los seres humanos como sus enseres comparten la escena como una reunión de dos  mundos constituidos.. En los casos más extremos, ni el muerto es capaz de absorber la personalidad de la cama por larga que fuera su agonía ni el sillón de orejas llega a ser una pieza que evoca, más allá de un intervalo,  el aliento del huésped.

 Cada mueble puede presentar un aire servicial como, en general, los demás objetos domésticos, pero al igual que sucede con el personal de servicio, odian secretamente a quien se aprovecha de ellos. De otra parte, los muebles de una habitación no se configuraron, desde el Gótico, como piezas únicas o aisladas sino que nacieron en racimo para armonizarse entre ellas a la manera de una plantación originaria y autónoma. El habitante llegaba después.

La mayoría de los muebles remedan desde hace tres siglos determinados rasgos antropológicos y hacen burla de ellos sea mediante las patas retorcidas, las asas imposibles, los cabezales deformados. Y de ahí también la facilidad con la que en los dibujos animados o las obras surrealistas jugaron con las patas o las piernas, los espejos y los rostros, sus brazos y los  brazos.

En estos y otros muchos supuestos el mueble ridiculiza la vana prepotencia a la que se siente sometido y caricaturiza con sus piruetas la figura del proclamado amo. Pero del mueble no es siquiera amo el ebanista puesto que pronto en su fabricación el material adquiere otra vida diferente a la madera y escapa de sus amorosas manos. Adquiere una vida tan intensa que la visita a una casa poblada de muebles pero  desierta de personas se escuchan voces y mensajes turbadores, todos ellos correspondientes a un universo pavoroso. Los muebles nos rodean y callados, expuestos a la observación, nos desazonan más que nos sosiegan.

La  necesidad que se tiene de ellos contrasta con los tiempos medievales en que su  patente ausencia comunicaba con dios y la buena conciencia. En el pensamiento mágico el vacío, el cielo despejado,  convoca el prodigio mientras la habitación sobrecargada, la visión barroca lleva a la representación demoniaca o infernal.  Imposible imaginar un milagro entre un cuarto de piezas (estilo "remordimiento") y, sin embargo, el aura  divina cae sobre un solar despojado.

 El confort del mueble burgués, temeroso de la muerte,  contrasta con el confort medieval y su hálito de fácil pasaje entre la nada y el infinito. Una habitación medieval parece acabada aunque no contenga mobiliario alguno. Está vacía pero, absoluto, parece incompleta o desnuda. Se trate de una catedral, un refectorio o un dormitorio, las  proporciones, las formas, los materiales dan plenos poderes a la arquitectura. 

Con esta misma inspiración. la arquitectura puritana y pura de la Bauhaus  simplificó el mobiliarios y diseñó el estar con elementos leves o ayunos. En  la metáfora de la casa como útero o cobijo, la plétora de elementos remite a los pecados de gula. Pero también el pecado alcanzaba a la pretensión de ostentación, acumulación de tesoros o muebles suntuosos que despertaran la envidia de otros mientras simbolizaban la fuerza del poder mercantil.

La casa saludable de principios del siglo XIX respetaría la virtud de la higiene. Una virtud que emparentada con la medicina no agotaría ahí su significado. Los principios del concepto de higiene introducían, junto al aire fresco, una vigorosa libertad que deshacía penumbras y disciplinas morales. El interior se abría al exterior mientras quebraba su orden carcelario. El  mueble oscuro y recargado pasaba a ser más liviano y claro porque, en conjunto, la liberación individual requería también la liberación de los enseres. ¿A qué otra cosa no alude el "armario" sino al "almario", y la consolación  a, la consola ¿O cómo no constatar la asociación, de un lado, entre muebles pesados y periodos de  economías estables y, de otro, muebles desmontables  y economías volátiles?   

[Publicado el 04/2/2010 a las 10:40]

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El dolor de cabeza

Dependiendo de las jaquecas que sufre el padre o la madre, especialmente, los hogares podrían dividirse en dos. Aquellos que conocen y practican el ritual funerario que desencadena la migraña y los que no viven esta clase de jornadas sacrosantas en las que el suplicio, siempre invisible, evoca los días de la pasión de algún personaje de elevada relevancia.

El dolor de cabeza representa, por su localización por su incomunicabilidad y por sus extrañas causas, el dolor humano de mayor indocilidad y empaque. De hecho parece que ese dolor de antemano escoge  a personas  delicadas y de una inteligencia peculiar. No duele quizás la inteligencia misma  pero ¿quién puede dudar que esa materia debe intervenir de algún modo en la diagnosis? A mayor profundidad o incertidumbre de la inteligencia conflictiva, mayor profundidad y enrarecimiento del dolor. A mayor extensión craneal del pensamiento mayor propensión a sufrir la ansiedad de su advenimiento.  Pero también, será cooperadora una especial  delicadeza del espíritu, junto a una sutileza neuronal originaria, obviamente frágil, para justificar su aterrizaje.

 No en cualquier espacio, no en cualquier clase del  solar,  toma cuerpo o se empadrona el dolor de cabeza. Tampoco se conocen casos egregios de que esa clase de malestar se deposite sobre los más tontos o demasiado ignorantes.

Todo dolor de cabeza y tanto cuanto más fuerte y regular es, impulsa el progreso intelectual de la historia. Es parte central de la cultura/culta y ¿quién podría negar que la más venerada de todas ellas, la cultura de los mártires, los locos, los prisioneros de un mal que ningún especialista sana?

Efectivamente, casi todas las dolencias crónicas procuran  mucho carácter y se acogen, socialmente, como un extraño galardón en la existencia del paciente. Puede pasarse por este mundo sin padecer un dolor crónico y de hecho la medicina se esfuerza para que incluso, en el filo de la muerte, no duela nada pero este confort es también una manera de borrar importantes argumentos,  referidos tanto a la cosmología del dolor puro como de sus afluentes. Quien siente dolor mira más lejos y desde mayor profundidad de acuerdo con el dictamen romántico que aún persiste en nosotros.

 A quien le duele de forma crónica una parte del cuerpo soporta una forma de estigma cuya singularidad lo distingue del montón acaso indoloro o sin marca. Lo lacerante, lo incurable, lo insufrible concede un aura asociable a  la dorada penitencia que cualquier mesías experimentó para cumplir la magnitud de su empeño.

Entre todos esos estigmas la jaqueca es topológica y simbólicamente el dolor perfecto para creerse más. Es un dolor que no mata, sólo invalida para mostrarse como un cuerpo donde estalla la cabeza. Pero no destruye, realmente, sólo irradia hacia sí siendo únicamente el que es en su exasperación máxima. Con su dominio  no desea extraer provecho alguno, ni dañar siquiera el funcionamiento siguiente.

Se conforma con estar a la manera en que lo hacen los seres superiores cuando se revelan luminosamente. Consternan al receptor y esa consternación es el absoluto de su meta.

En los hogares donde llega con regularidad  el dolor de cabeza se preparan de antemano los analgésicos, el grado de luz, los hielos o la colonia en las sienes para cumplir con detalle el tratamiento. Se recibe el dolor y el hogar se dispone para prestarle un acomodo confortable y acaso lenitivo. Este dolor llega y se va hasta el próximo día, es un dolor que desaparece y regresa al domicilio del cuerpo. Al hogar que ese cuerpo propenso representa y donde se hospeda  como en una fonda que califica y marca. Así, como el Mal del mundo, este dolor transmigra pero a diferencia del mal universal, inhumano, arbitrario y delictivo, el dolor de cabeza enumera a sus pupilos, vigila sus pasos y decide el momento crucial para asestar su golpe de tormento y de  prestigio. 

[Publicado el 03/2/2010 a las 09:53]

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Las zapatillas

Muchas personas confiesas, sin intención de exagerar, que uno de sus mayores placeres consiste en llegar a casa y ponerse las zapatillas.

 Aún no hallándose dentro de  esta población tan dichosa en zapatillas, su confort es  fácil de entender tanto como atendiendo al  deleite que procura el afectuoso contacto del fieltro, elegido para lograr este efecto, como analizando la inmediata puerilización de los deseos que facilita el andar sin coerción.

De hecho, la zapatilla viene a ser la antagonista de lo disciplinario, el quehacer y el deber. De ese modo se calza pacífica y pasivamente al pie.

Frente al zapato que tampoco le queda otra opción que calzar el pie cuando se le manda, la zapatilla no discute esa opción. La  obediencia del zapato es rebelde o  fundamentalmente indócil puesto que su estado perfecto no es la vida en casa sino que su rango natural se cumple en  la escena pública y mediante alguna ocupación, productiva  o eficaz. El zapato lleva de aquí para allá y luce en uno u otro lugar pero la zapatilla es intrínsecamente casera y desprovisto de cualquier ocupación fabril.

Los zapatos se exhiben en los comercios como objetos que brillan en sí mientras que las zapatillas aluden inevitablemente a un ser humano opaco y de cuya condición se deduce el no hacer, no hacer incondicional.

 El zapato es colectivo, urbano y callejero pero la zapatilla es privada, individual y habitacional. Una clase de ser interior que, no poseyendo un interior impositivo, acaba pronto en la desganada oferta de  bienestar gratuito y holgazán. Las zapatillas, en efecto, no son, en nada, objetos y es  la pasividad que despide, tan espontánea y espesa la que, sin pretenderlo, se ablanda el  lugar donde se encuentren y su  manso paso a lo largo del recorrido que pisan.

No son por tanto calzado  en ningún sentido estricto porque estructuralmente se hallan diseñadas en las afueras semánticas de la estructuración. El zapato marca el pie y busca,  en la mayor parte de los supuestos, transmitir alguna determinación.

La zapatilla, por el contrario, es lo opuesto a toda convicción humana o trascendente, personal o social. Su talante -sin sujeto dentro- la asocia a los  diálogos sin objetivo o, precisamente, a esa clase de conversación  familiar que al fin del día intercambia palabras resabidas y se refiere sólo a problemas  rutinarios y de ínfimo valor.

  La zapatilla conlleva morfológicamete una declaración disolutoria o una  disolución declarativa. No se relaciona con pugna alguna ni con el menor residuo de confrontación, dialéctica o no.

Existe como un animal del que fueron condonadas todos los factores  de enfrentamiento y de este modo subordinado y ciego, desganado y ablativo  se ofrece a nuestra floja voluntad. Más bien nuestra voluntad es, por la misma desidia, la misma que la suya en el momento en que el pie se adentra en su organismo y la moviliza como el cuerpo y el alma que rellena un vacío sin la menor ansiedad.

Probablemente, el bienestar que procuran las zapatillas del que sus usuarios obtienen la recompensa mayor, procede de ellas y ellos juntos no son ya seres en sí, no son juntos seres para la muerte sino seres para la inacción y en el punto G de la ausencia del deseo. Ellas son tan sólo para hacer gozar el deseo cero y esa oquedad donde se hace posible la integridad del gozo sin posesor.

Ciertamente el zapato se beneficia del movimiento que le permite pasear, exhibirse,  participar de los actos mercantiles y la vida erótica, pero la zapatilla se halla eximida de todo ello. No es más que un regazo liberado de toda obligación, al punto que al  calzarlas somos infundidos de su inocencia sin pasión, ni obligación, sin objetivo ni causa. No hay más que inarticulación en el cuerpo de la zapatilla a la manera en que acaso un amable muñeco de trapo. Pero la zapatilla es, además femenina, una mujer pura, una mujer que ni es amante, ni es madre, ni es esposa, ni es abuela, sólo amor. El absoluto de su concavidad donde el pie, como basamento del cuerpo, se acoge trasmite la sensación de un sosiego cósmico y acaso el impulso para poder volar.

[Publicado el 02/2/2010 a las 09:00]

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El calcetín y la media

A despecho de no pocos fetichistas, el pie suele ser una unidad adjunta a lo peor. Carece de rango para dignificar su dolor cuando lo padece, sea de la clase que sea y en lo mejor sólo una hipérbole poética o una mística especializada, en sahumerios y cristologías, le ha procurado estatus.

Cuando el pie emerge de su obligada ocultación no histórica pero ya casi permanente, enseguida brinda lívidas noticias de ultratumba. Una gramática de huesos y anfractuosidades que todavía no han abandonado la geología se aunan a su herencia paleolítica. tal como Tàpies interpreta.

El calcañar, el empeine, el túmulo a menudo tumefacto del tobillo, el racimo vermicular en la corriente venosa más su tremenda culminación en el cartucho de los dedos,  enfatizan su ser sin expresión, con parentesco en las diferentes fisonomías de la piedra. Si los amantes se centran de vez en cuando en el argumento de los pies, lo hacen recreándose en su necedad radical y su aspecto tan burdo que invita a maniobras que ronda tanto el satanismo como la perversión asociada al trato con la esclavitud.

El pie soporta, se humilla, no rebasa el nivel del suelo.  ¿Para qué disimular su proximidad con la pezuña y su comportamiento animal sin viso alguno de inteligencia? El calcetín viene a encubrir esta pieza casi prehistórica a la manera que se hace con un oprobio o una tara, de manera que jamás el calcetín supera su carácter obtuso o rudimentario.

En los desarrollos de la moda, con frecuencia tan morosos en el universo masculino, el calcetín fino y elástico que imitaba el lujo sexual de la media vino a adherirse a la brusca orografía del pie masculino como una capa que sí estaba concebida, supuestamente, para mejorar la apariencia, acabó convirtiéndose en el decepcionante vendaje  de una piel, seguramente dañada, erosionada, encallecida, imperfecta y enferma.

Mientras una mujer, por beneficio de sus medias, puede hacer de sus movimientos al calzarlas o descalzarlas una ceremonia erótica tan catalogada como eficiente, el hombre maniobrando con el calcetín potencia  una estampa de menesterosidad o de disfunción eréctil.

Manifiestamente, el calcetín provoca en el orden de lo masculino un indefectible descenso de valor, una baja tan grande de su estima que cualquier contacto con ellos se realiza sumariamente, con intención de acabar pronto, mientras la media solicita, por el contrario, un trato despacioso en cuya solemnidad se destila su atracción y por poca destreza que se ponga en su manejo.

La media en sí es un estilo mientras que el calcetín, en sí, es una pieza átona, sin ideas ni sugerencias: una marca residual proveniente de un presidio ancestral del que todavía no se ha liberado el cuerpo y la antropología de los varones.

  Como consecuencia, una sucesión de sentimientos desalentadores se congregan en torno a los calcetines, dentro y fuera de ellos, en su envés y en su revés insoportable. La media tiende  río continuo, una velocidad que se ignora hasta dónde llevará pero el calcetín secciona y diseca el apéndice del pie como un órgano en torno a la muerte o el castigo. Porque ¿qué podrá hallarse bajo esa funda inanimada o y mortuoria?

La imaginación persigue con la mayor atención el itinerario de la media, se apega a sus curiosas oscilaciones, sus frunces surgidos en el jarrete o  su extrema tensión  esclareciendo la transparencia de la rótula, pero en el calcetín toda opacidad produce ahogo y cualquier pequeña transparencia, a su vez, aboca a la angustia.

En cada hueco del calcetín anida un halo aciago, una lavaza impura que comienza a absorberse por los pies y asciende hasta encharcar al cuerpo entero. Se muere por los pies o los pies son, por anticipado, la proa de una sentencia terrible  en el desfile de los féretros calzados.

De hecho, el efecto del calcetín lleva su expresión letal tan lejos que, paradójicamente, será preciso desnudarse el pie para desmentir el pronóstico de una patología inconfesable. Las medias han sido concebidas para deslizar mentiras sobre superficies brillantes pero el calcetín es el redoble de la calamidad sobre lo peor de lo verdadero, la máscara insuficiente sobre la pobreza o su estulticia.

 Permanecer con las medias puestas hasta el momento de hacer el amor acentúa el deseo pero manteniendo los calcetines puestos, el hombre, tan sólo por ello, desmejora su galanteo.

En el juego amoroso es indispensable pues apartar los calcetines  enseguida  puesto que  prácticamente en ningún caso la mujer ha palpitado ante ellos. Más bien el calcetín despierta en ella su maternidad serena, su antigüedad y su prevalencia de madre sobre la idea de amante, el predominio de la estampa vistiendo al hijo  sobre la de reconocer al hombre como un ser ajeno, apartado de su propia concepción y, en consecuencia, relativamente secreto.

En la vida de los varones y tras sobrepasar el periodo en que la madre actúa, le lleva hacia pensamientos taciturnos.  El calcetín es, en sí, taciturno y esta condición empieza en el mismo momento de realizar su compra. Así, a diferencia de las mujeres que eligen las medias con profesionalidad de meretrices, las constatan sobre la mano abierta, calibran su color y su efecto estético entre los dedos tensos y erectos, el hombre llega al calcetín sin aliciente alguno. Adquiere la prenda cumpliendo un deber puesto que no encuentra indicado llevar zapatos sin una protección reglamentaria.

La media ensalza la pierna pero con el calcetín el hombre oscurece deliberadamente el porte de su extremidad a la que anula más que resalta, que amputa más que ama y que lleva en frecuentes ocasiones como una pieza sin sentido, fuera de los placeres de la intersexualidad y castigada por la inequidad de la cultura.   

[Publicado el 29/1/2010 a las 12:53]

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El correo

De ser una ilusión felicísima, el correo ha pasado a ser un tostón. Aquélla luz que el hogar recibía desde la lejanía y allí mandaba sus noticias como desde una vida que interesaba saber al receptor, las cartas han sido colonizadas por los bancos y el mail por los spams que van sumándose hasta ahogar la curiosidad del corazón.

Con todo, el correo y sus circunstancias mantiene un halo que no damos enteramente por perdido y la carta auténtica, que tanto tarda en llegar, no se descarta por completo.

Una vez al año quizás, una vez cada año y medio en el buzón se encuentra un sobre escrito a mano y adentro puede ser que sólo una hoja o una cartulina que lleva la caligrafía de una amistad. ¿Un amigo? ¿Un antiguo amante? La esperanza de que el amante perdido reaparezca va desvaneciéndose con los años pero incluso en plena y bullente juventud el móvil y sus mensajes cortos hacen las veces del papel escrito y el sobre se representa sucintamente en un espasmo sonoro que sacude al aparato receptor.

Todo le mundo postal de la antigua era,  ha sido, en fin,  tan reemplazado por otros medios que siendo pesimista se diría que ha sido "arrasado" y no siendo melancólica se diría que "actualizado". Esa actualización del contacto -interpersonal o no- se apoya radicalmente  en la actualidad. No hay ya pasado en el SMS puesto que en un soplo hace el trayecto y tanto como dura el mismo suspiro de quien nos evoca se tiene delante su  evocación. Es, contemplado así, más poético y feliz que nunca porque no cabe aberraciones temporales en la transmisión.

 La carta fue efectivamente un tesoro acorde con los tiempos de la lentitud pero actualmente ¿quién podría decir que en el largo plazo de su viaje los sentimientos  no han virado hacia no se sabe qué, hacia no se sabe quién? La carta, como consecuencia de su andar moroso, debía poseer una notable garantía de durabilidad, el sello de la permanencia.

Carta que brindaba información sobre el estado del corazón  o sobre la vida ordinaria que si lograba prestigio o reverencia era a causa de su solidez.  Ninguna experiencia de la casa y la familia, de las labores y de los amores, se podría considerar verdadera sin su peso y su pesadez. 

Al contrario de ahora cuando la repetición o su monotonía  aumenta el recelo de su verdad. O dicho de otro modo, toda buena rutina que en el pasado no era sino un afianzamiento del anillo conyugal o familiar, es ahora una metáfora de la sierra o su erosión circular. La peor de las caducidades en las cosas puesto que no hay dedicación más aborrecible e improductiva que dar vueltas y vueltas a lo mismo, señal de que la neurosis se ha adueñado de nosotros y está perjudicando la salud.

Se considera tan tedioso como odioso aquello que se realiza  una y otra vez y ,sin embargo, se tiene por positivo lo voluble  porque así resultará más divertido.  La paradoja pues de que lo igual ya no se resiste y lo cambiante se ama, acaba reflejándose en el vacío postal del buzón puesto que el buzón, literalmente alude a algo que se sumerge -como el buzo- y se deposita en el fondo sin ninguna volubilidad.

 Las cartas vienen de lejos y transmiten duración. Siempre será necesario interpretarlas andando hacia atrás el tiempo y componiendo la escena ya pasada y pretérita en la que fueron redactadas. Igualmente, quien las escribe ha de prever la longitud del plazo que necesitarán para alcanzar su destino y, por lo tanto, no deben componerse superficialmente sino asegurando su concepto implícito para que pueda durar. No son así los mail que se dicen y se desdicen que se emocionan en emoticones que llegan volando y salen del mismo modo,  sin necesidad de pensar.

¿Se ha perdido hogar con ello? Efectivamente el hogar ha dejado de ser esa sólida dirección donde se mantenía de por vida el domicilio. Hoy la casa, el empleo,  la creencia o el amor son tan cambiantes que tienden a serlo aún más, son tan portátiles que tiende a sortear el estancamiento del buzón y sustituirlo para esto y otras actividades más por el ordenador portátil, lap-top, apoyado sobre las piernas que viajan y no cesan de moverse de aquí para allá. 

[Publicado el 28/1/2010 a las 09:00]

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El aceite

Determinadas materias primas nos quieren. Nos quieren más de lo que las queremos e incluso que comprendamos el porqué de su obstinada adhesión. El caso proverbial que en este aspecto representan las grasas, desde el óleo  a la mantequilla, desde el cabello de ángel al caramelo es su elocuente expresión. Pero también los dulces, en cuanto grasas, representan a productos que si bien amamos,  aborrecemos al mismo tiempo. O, una primera mitad de la vida los queremos sin reservas, inspirados por la infancia y la otra los miramos con recelo a partir de las severas  prescripciones contra el sobrepeso, la diabetes y la obesidad.

De entre toda esta enorme familia de sustancias pringosas, deseosas de impregnarnos en uno u otro grado a pesar de nuestra renuencia o nuestra oposición, el aceite se erige como el rey más elegante del catálogo. Entre  los dulces el almíbar sería el item que llevara el lábaro pero entre las grasas el aceite luminoso y  refinado ocuparía sin discusión alguna el liderato. Posee el aceite todo el amor de la parentela que pringa  pero no incluye la molesta condición de lo pegajoso que resulta ser, por obvias razones, lo más difícil de liberar con el desdén.

 El aceite, pringa sin asquear, se apega sin demencia y siempre anticipa con su fluidez, su color y su textura una conducta que se avendrá a razón.  Dentro de sus muchas  variedades, más o menos ácidas, más o menos densas, más o menos puras, el aceite siempre conlleva ese punto molesto que no desaparace sino con el jabón pero también una dosis de envoltura sedosa y peculiar que lame las heridas y lubrica la piel.

 De este modo, el aceite doméstico ocupa un lugar insustituible dentro y fuera de la cocina porque su acción, más allá de su quehacer entre los alimentos, alcanza un carácter simbólico que procede desde los tiempos remotos hasta la Biblia y la tercera revolución industrial.

 De hecho ninguna máquina, casi ningún aparato inventado, ha progresado sin la presencia del aceite, en una u otra formación, bajo una u otra visibilidad. El coche y el lubricante, el reloj y su gota de aceite, prácticamente todo movimiento de  cualquier mecanismo se sirven de su efecto benefactor. Observable o no discurre por todas las junturas mecánicas que de este pueden giran sobre sí o impulsan mediante engrana jes y  copulación, la marcha y la bendición de sus resultados.  De hecho, el aceite, constituye un elemento propicio para ser bendecido y prestar bendición.

 Perfumado o no, se incluye en la liturgia del bautismo y en el de los santos óleos de la muerte como en dos momentos decisivos en los que es necesario facilitar el tránsito, cruces de la máxima envergadura histórica y humana.

Las ruedas del carro y  las articulaciones de los demás animales, el funcionamiento de las naves espaciales o de los juguetes requieren de la grasa u otras vidas del aceite. Más aún: el aceite es vida. Mana la grasa de la placenta y de la leche materna y forma parte del culto a la muerte que dialoga con  el sebo de las velas y se complace en los deleites del  embalsamiento.

En casa, el aceite siempre parece vivo y despierto. Y en punto. El vino puede agriarse pero el aceite raramente llega a hacerse rancio y, aún desde esa gangrena, sigue brindando sus propiedades de lubricación.  En el pelo o en  el coito, en  la ensalada o en los grandes quemados, el aceite preside una innumerable cantidad de momentos en nuestra vida, es lubricia y es purga, es luz y tortura, veneno y medicina. En otros pueblos será la mantequilla o la manteca, aceites enjugados, quienes cumplirán este papel central pero el aceite, sin falta, promueve el movimiento vital de modo que sin él las fricciones sueltan chispas y, al cabo, la vida, secretamente, se convierte, aún más, en un áspero camino,  una senda de arena donde el sol ha convertido la mancha en tara y el brillo en mordedura. 

[Publicado el 27/1/2010 a las 09:00]

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Biografía

Vicente Verdú nació en Elche en 1942. Escritor y periodista, se doctoró en Ciencias Sociales por la Universidad de la Sorbona y es miembro de la Fundación Nieman de la Universidad de Harvard. Escribe regularmente en el El País, diario en el que ha ocupado los puestos de jefe de Opinión y jefe de Cultura. Entre sus libros se encuentran: Noviazgo y matrimonio en la burguesía española, El fútbol, mitos, ritos y símbolos, El éxito y el fracaso, Nuevos amores, nuevas familias, China superstar, Emociones y Señoras y señores (Premio Espasa de Ensayo). En Anagrama, donde se editó en 1971 su primer libro, Si Usted no hace regalos le asesinarán, se han publicado también los volúmenes de cuentos Héroes y vecinos y Cuentos de matrimonios y los ensayos Días sin fumar (finalista del premio Anagrama de Ensayo 1988) y El planeta americano, con el que obtuvo el Premio Anagrama de Ensayo en 1996. Además ha publicado El estilo del mundo. La vida en el capitalismo de ficción (Anagrama, 2003) y Yo y tú, objetos de lujo (Debate, 2005). Sus libros más reciente son No Ficción (Anagrama, 2008), Passé Composé (Alfaguara, 2008) y El capitalismo funeral (Anagrama, 2009).

 

Galería de cuadros del autor

 

Bibliografía

El capitalismo funeral (2009), Anagrama.

Passé Composé (2008), Alfaguara.

No Ficción (2008). Editorial Anagrama 

Yo y tú, objetos de lujo (2005). Editorial Debate

La ciudad inquieta: el urbanismo contemporáneo entre la realidad y el deseo (2005). Fundación Central Hispano

Noviazgo y matrimonio en la sociedad española: 1974-2004 (2004). (Coautor con Alejandra Ferrándiz). Taurus Ediciones

Alberto Schommer, el poeta de la visión (2003). La Fábrica

El estilo del mundo: la vida en el capitalismo de ficción (2003). Editorial Anagrama

Guillermo Vázquez Consuegra: obras y proyectos, 1996-2001 (2001). (Coautor con García-Solera Vera, Javier). Colegio Oficial. Arquitectos Comunidad Valenciana

Cuentos de matrimonios (2000). Editorial Anagrama

Señoras y señores (1998). Espasa-Calpe

El planeta americano (1997). Círculo de Lectores

Nuevos amores, nuevas familias (1992). Tusquets Editores

El éxito y el fracaso (1991). Ediciones Temas de Hoy

Poleo menta (1990). Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert

Días sin fumar (1989). Editorial Anagrama

Héroes y vecinos (1989). Editorial Anagrama

Sentimientos de la vida cotidiana (1984). Ediciones Libertarias

El fútbol, mitos, ritos y símbolos (1981). Alianza Editorial

Las solteronas (1978). Editorial Dopesa

Si Vd. no hace regalos le asesinarán (1972). Editorial Anagrama

 

Portada de 'El capitalismo funeral'

Enlaces

Entrevista en Canal 2 Andalucía.

 

Reseña en Babelia.

 

Reseña en El País.

 

Reseña en El Cultural de El Mundo.

 

Reseña en El País - País Vasco

 

Entrevista en Periodista Digital

Premios

2006 Premio Escritor del Año (Grupo Conde Nast)

2006 Grand Prix du Livre des Dirigeants

2002 Premio Julio Camba de Periodismo

1998 Premio Espasa de Ensayo

1997 Premio González Ruano de Periodismo

1996 Premio Anagrama de Ensayo

Vídeos asociados

Audios asociados

Obras asociadas

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