Minisite sobre Kapuscinski

El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

Editado por La Oficina del Autor

sábado, 17 de mayo de 2008

Blog de Xavier Velasco

El afán de ser fan

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Gafas utilizadas por John Lennon.

Es un hecho: el fan justifica las mierdas. Lo sé porque lo he sido media vida, y con cierta frecuencia me da por reincidir con desenfreno de recién llegado, afortunadamente por poco tiempo. Hay quienes se lo toman tan en serio que hacen de su existencia un apostolado y de su viejo gusto cruzada vitalicia, de forma que se obligan a cumplir setenta años ensalzando la misma inmundicia; que es en lo que una idea se convierte luego de congelarla indefinidamente. Por más que esas costumbres las haya contraído durante la temprana adolescencia, cuando la admiración degeneraba en culto por estricta exigencia hormonal, creo aún que el idilio con un libro, una canción, una película, o hasta una colección de baratijas, es prueba irrefutable de una vida interior desmesurada. 

Nunca sé si realmente vale tanto la pena el objeto del nuevo fanatismo, pero esa precisión ningún fan se la exige con rigor verdadero. Diría incluso que la gracia del caso está en hacer la apuesta por el caballo flaco, pues evidentemente lo que tanto me gusta parecerá más mío si los otros lo encuentran intolerable. "He ahí una causa", dice para sí mismo el fan en ciernes cuando se sabe a solas con su preferencia y resuelve que es tiempo de extenderla, invadido por una mística oficiosa que cada día tendrá menos que ver con el objeto y enredará al sujeto en un largo romance con su ombligo. 

Un legítimo fan es aquel que se atreve a enamorarse a muerte de una hija de vecino sin más información que un par de coincidencias musicales -o literarias, cinematográficas, religiosas, televisivas, políticas- que para él por supuesto lo son todo en la vida. Por eso, entre otras cosas, hallo más disfrutable ser un fan ilegítimo y traidor que un temible cruzado vitalicio. He sido fan de músicos, cineastas, poetas, novelistas, aunque también de actrices, tenistas y vecinas, así como de personajes de ficción y variedad de objetos inanimados, cual sería el caso del par de calcetines que trato de no usar para que no se gasten. Nada que dure más allá de un par de horas, días o semanas de feliz autocomplacencia irreflexiva. Se es fan también, a veces, para pagarse el lujo de habitar una cierta ficción donde hay menos razones que artículos de fe. 

Cuando un fan le confiesa a un famoso cantante que posee todos sus discos y sigue puntillosamente sus huellas por el mundo, encuentra razonable que el interpelado se mire un poco en deuda con él, igual que el niño enamorado de su maestra supone que aprenderse la lección de memoria es el mero comienzo de una gesta romántica inminente. Pues poca cosa son las cuitas solitarias del fanático si se comparan con sus expectativas, nunca menos extensas que la vida misma. ¿Cómo entender que quien ha recibido nuestra vida en ofrenda prefiera sin embargo continuar a solas con la suya? ¿Cómo se hace para considerar desconocido a quien hemos seguido durante años, aunque no nos conozca, ni se entere de nada, ni le importe? 

Ser fan de alguien o algo es todo lo contrario de haberlo sido. Se experimenta un hondo pudor retrospectivo cuando alguien tiene la crueldad (envidiosa, tal vez) de recordarle todo lo que un día hizo (en vano, para colmo) por alcanzar lo que hoy parece una abstracción. Alguna vez, durante un concierto de no me acuerdo quién, el baterista echó las baquetas al aire, y una de ellas vino a dar a mi mano, aunque no sólo a ella. Diez segundos más tarde, forcejeaba sobre el piso enlodado con el dueño de la otra mano, empeñados los dos en dejar ahí la vida por una baqueta. Cuando miré hacia arriba, una mujer muy guapa me miraba perpleja, no sin un dejo de piedad indulgente. Solté ya la baqueta, me recompuse a medias y esquivé la mirada de la chica, que con toda justicia me consideraría un tremendo pelmazo. ¿Qué diablos habría hecho con el souvenir, de habérselo ganado al otro zopenco? Hasta hoy no tengo idea, ni la tendré, pero sigo encontrando sustitutos para aquella baqueta que muy probablemente ya dejó de existir. 

¿A dónde van las fotos, los carteles, las libretas de autógrafos, los álbumes? Van adentro, se entiende. Están conmigo ahora, como ayer y mañana. Son míos solamente, igual que los orgullos olvidados y la vergüenza que los reemplazó. Son causa y consecuencia, memoria y desapego, infancia traicionada y adolescencia viva, pero ya no me obligo a justificarlos, toda vez que ellos me justifican a mí, pues de ellos estoy hecho, y a la distancia no parecen mucho más insensatos que un puñado de amores mal correspondidos. Sin los cuales, por cierto, no estaríamos aquí.

[Publicado el 20/11/2007 a las 11:49]

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Comezón a deshoras

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The Flaming Lips en vivo en Oklahoma City.

Veo con cierta curiosidad morbosa a las almas en pena que van de madrugada al supermercado. Se los ve pellizcando mangos y melones, con la paciencia de quien ha rebasado la frontera de las tres y ya sabe que poco o nada dormirá esa noche. Llega uno corriendo por la comida para perros, la bolsa de hielos o los vasos desechables y los ve ahí, translúcidos en esa sigilosa cotidianidad que acaso entrañe un germen de misantropía. Ahora bien, no digo esto a la sombra protectora de un metabolismo irreprochablemente diurno, sino al contrario: creo que la noche es demasiado incitante para desperdiciarla manoseando melones sin metáfora. ¿Quién quisiera encontrarse a la chica de sus sueños sopesando pedazos de pollo crudo a la hora en que tendría que abrazar a la almohada y entregarse a soñar con él?

Lo cierto es que ahora mismo pasan ya de las cinco y no sólo estoy lejos de la almohada, sino además recién llego de hacer algunas compras, sin el inconveniente de tener que moverme del monitor. A veces, cuando no consigo conciliar el sueño por causa de algún frívolo entusiasmo -como sería el caso de una canción cuyo estribillo arrastro desde hace días-, tardo poco en saltar hacia el teclado e ir en busca de información al respecto, misma que se bifurca repetidamente, hasta al final llevarme a una tienda virtual donde recorreré muestrarios de canciones con la avidez que a otros les merecen mangos, pollos y papayas. Y es, pues, de ahí que vengo, presa del entusiasmo nocturnal que me tiene a estas horas comprobando los datos del envío del dvd que acabo de comprar desde mi terminal: The Flaming Lips en vivo en el zoológico de Oklahoma City.

No es cualquier compra, pues. Vi el concierto hace un par de semanas y tuve que esperar un largo rato para hacer regresar la quijada a su sitio. Habría ido ahora mismo al supermercado por él, de enterarme que ahí podía encontrarlo; ya sabemos cuan pródiga es la noche en urgencias y comezones intempestivas. Tal vez si en este punto pudiera ser fisgado por un par de clientes nocturnos del supermercado, provocaría en ellos morbo, extrañeza y hasta piedad, solo en la cama con la computadora encima de las piernas, quizá los ojos rojos y el gesto de avidez vital en el semblante. Algo nos dice, y contra ello no hay defensa porque ocurre en el feudo mentiroso del sentido común, que todo aquel que no duerme de noche pertenece a la estirpe de los monstruos

Se acepta que la vida, y con ella la historia de cada quien, es un tiempo que transcurre de día, cuando menos en su versión oficial.Merced, pues, al vacío que provoca este pacto social, el territorio soberano de la noche es asimismo espacio privilegiado para tomar distancia de la vida diaria y poder observarla con la justeza diáfana que nos merecen los asuntos ajenos. Puede que sea por eso que me horroriza ver a un pobre mortal perdiéndose a) La recompensa del sueño, o b) Los deleites de la vigilia, frente al pollo y la fruta del día siguiente. Como si para ellos la vida fuese mera energía continua, indiferente al paso del sol y la luna. Algo seguramente debe estar mal en ellos y nosotros, que nos vemos con mutuo espanto, quizá porque es de noche y hacen falta adefesios para darle cuerpo y a estas horas los monstruos son siempre los de enfrente.

Llego al último párrafo con el día corriendo detrás. Si no termino pronto, brillará el sol cuando caiga en la almohada y no podré engañarme con el cuento de que después de todo no me acosté tan tarde. Tal vez coincida entonces con el vecino que se acuesta y se levanta temprano, no pocas veces con la sospecha de que el raro de enfrente se trae algo muy turbio entre las garras. Gente rara, ya sabes. Los típicos que van de noche al súper.

[Publicado el 16/11/2007 a las 10:32]

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Maldita epitafitis

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Tumba de Oscar Wilde.

Acepto que el problema podría comenzar a partir de unos cuantos modales adquiridos. Desde muy niño supe que no debía pintar en muebles y paredes, ya que esas eran mañas de presidiario. Cuando lo hice, siempre bajo la protección del anonimato, bien cuidé que ninguno pudiera verme, toda vez que la fama de carne de prisión es fatal para la reputación de un niño. Dada la situación, escribíamos en lugares poco respetados -baños, pupitres, bardas, cuadernos ajenos- donde las palabrotas se amontonaban con anónima y libertaria algarabía. "Puto el que lo lea", garabateaba el más inspirado, en la certeza de haber recién causado un daño irreversible a sus innumerables lectores potenciales. Nunca escribí, no obstante, en los muros y muebles de mi casa, consciente de la clase de zurra que me habría tocado en consecuencia.

Ciertos lugares exigían mayor protocolo. Me aterraba por eso encontrar que había irredentos capaces de escribir en las bancas de la iglesia, pues de seguro sus malos modales serían castigados con un boleto de ida hacia el infierno. En el panteón también había pintas, casi siempre de corazones con flechas y nombres o iniciales, en cuyo caso yo creía que el encargado de la reprimenda tendría que ser el espíritu del muerto; motivo suficiente para guardar decoro irreprochable durante la visita semanal que mis padres hacían al camposanto donde habían guardado la zalea de tres de mis abuelos. Según mi madre, cada uno podía mirarme por dentro y por fuera, más todavía si estaba al pie del túmulo. De ahí que mis modales panteoneros fuesen generalmente irreprochables. Antes muerto -debí de pensar- que comportarme como un presidiario en la última morada de mis ancestros.

Conocí el cementerio de Père-Lachaise en el verano de 2003. Había comprado un mapa con la ubicación detallada de las tumbas de artistas ilustres: Apollinaire, Chopin, Balzac, Proust, Ingres, Piaf, La Fontaine, Nerval, Musset, Eluard... Nada del otro mundo, al fin -como no tuviera uno buena disposición para el fetichismo, que afortunadamente era mi caso- hasta que apareció la de Oscar Wilde, soberbiamente tapizada de besos. ¿Qué mejor cosa podía ser la mentada posteridad que una tumba besada y sólo besada por millares de anónimos, a más de una centuria del deceso? Había una suerte de justicia poética en el pacto secreto que unía a los visitantes a esa tumba más viva que muerta, donde el rojo-naranja del lapiz labial desvanecía los grises otrora imperantes. Habría que ser, pensé al dejar la tumba, un zopenco silvestre para no sentir ganas de acercarse al trabajo de un inquilino así reverenciado.

Volví hace dos semanas y me dio rabia. Una vez que el secreto se ha extendido y la tumba de Wilde es ahora ícono parisino, no han faltado los presidiarios del espíritu resueltos a gritar lo que ninguno pedimos oír. ¿Quién le explica a cada uno de los palurdos que hoy escriben sandeces en la tumba de Wilde que el complot de los besos era infinitamente más elocuente que sus seudoconsignas de ocasión? ¿Quién se siente capaz de sumar una dosis extraordinaria de ingenio a la obra del agudísimo inquilino? ¿No fue precisamente el cretinismo imperante lo que llevó a Oscar Wilde a la cárcel de Reading, luego de destacarse durante todo el juicio como el dueño natural de la última palabra?

Dudo mucho que el habitante de la tumba más besada del mundo aprobaría el saldo de esta reciente fiebre de epitafitis, donde curiosamente son los analfabetos quienes escriben. Funcionales, que luego se les llama. O analfabestias, que les decimos aquí, abusando de tantas bestias que por supuesto nunca se atreverían a añadir epitafios no solicitados en la tumba del hombre que escribió en vida varios de los mejores concebibles. ¿Sería pedir mucho a los profanadores del crayón que escribieran de menos las frases del autor, toda vez que su estética de mingitorio difícilmente les permite distinguir elocuencia de redundancia, y aun de rebuznancia? No sé, pues, si sea cosa de modales, pero creo preciso defender a los besos del asedio procaz de las consignas. Qué más puedo decir, son los modales que aprendí de niño.

[Publicado el 16/11/2007 a las 10:28]

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Vade retro, Mr. Spielberg

Hank Moody es un escritor neoyorkino con un libro exitoso: A todos nos odia Dios. Su miseria comienza cuando vende a Hollywood los derechos de la novela, se muda a Los Angeles y su mundo se viene abajo, con todo y familia. Al cabo, el título de la película reflejará la dimensión del fraude: Una cosita loca llamada amor. Hank tiene, además, un defecto congénito: dice siempre lo que está pensando. No miente. Por eso todo el mundo se entera de que está bloqueado, y para demostrarse lo contrario no tiene más que un blog, además de una hilera de animosas señoras y señoritas dispuestas a llevarlo del dicho al lecho por quítame estas pajas.

Californication, se llama la serie, y con cierta frecuencia me espeluzna. Que no es precisamente el efecto buscado en una comedia libertina, pero hay algo que asusta en el Porsche convertible de Hank Moody, uno de cuyos faros es quebrado por un marido afrentado justo al principio del primer capítulo, y seguirá así de episodio en episodio. Que es más o menos como suelen quedar las novelas luego de pasar por una adaptación cinematográfica. Por eso entiendo a Hank más de lo que quisiera. Cuando alguien se propone fastidiarme la digestión, no tiene más que hablar sobre la posibilidad de que una novela mía vaya a dar al cine. Francamente, preferiría que me escupieran en la sopa. Cuando menos tendría la opción de no comérmela.

No tuve que esperar a Californication para temer a las adaptaciones cinematográficas como a los alacranes con alas. Desde siempre me gusta el coqueteo entre el cine y la literatura, busco más las películas que se acercan a la literatura, y aprecio especialmente la narración cinematográfica en una buena novela, pero de ahí a la promiscuidad hay distancia. No consigo entender qué necesidad tiene una novela de que la filmen. Vamos, que es como si tengo una linda hijita de tres o cuatro años y un extraño se acerca a proponerme que la embalsamemos, para así preservar intacta su inocente belleza. ¿Esperaría que le festejara la broma, que le tomara la palabra, o mínimo que me abstuviera de sacarle los ojos in situ?

En otros tiempos, las personas de armas tomar llevaban espada o pistola al cinto; hoy llevan una cámara. Si yo pudiera ser un personaje de novela, temería a las cámaras como al napalm en aerosol. ¿Qué haría la pobre de Emma Bovary, soñadora y palurda, frente a una horda de paparazzi carnívoros? No me lo digan: yo también sospecho que dejaría corta a Britney Spears. ¿Quién imagina a un equipo de doscientas personas perdiendo el sueño y la salud por dar con la palabra o la imagen precisa? Solamente pensar en la legión de gente involucrada para la producción de una sola película me provoca una suerte de jaqueca espiritual; misma que contraería irremisiblemente si hubiera de adaptar una novela al cine. Que es algo así como darse a arreglarla sin que esté descompuesta.

Borges decía que para medir la importancia de un libro, es preciso esperar cincuenta años. Tiempo muy razonable para un libro, pero impensable para una película, que en el mejor de los casos llevaría para entonces varias adaptaciones sucesivas. Caducan pronto, las películas. A los veinte, treinta años hay que hacerlas de nuevo. Solamente las joyas no se oxidan, y aun así habría que ver qué película vive la mitad de los años que ha vivido el Quijote.

Personalmente, confío más en la imprenta. Usa pocos efectos especiales y sigue estrictamente lo indicado en el guión. No encuentro la necesidad de que alguien venga y me filme las palabras, que hasta hoy han vivido muy tranquilas sin preocuparse por su fotogenia. Y lo mismo me pasa con ciertos libros por los que siento algún apego especial. Por principio, no me interesa verlos en otra pantalla que la que viene gratis con el libro. Sé que Visconti, Kubrick, Pasolini y muchos otros más me contradicen ultraviolentamente, pero al cabo estoy más del lado de Hank Moody. Sigo temiendo que basta una adaptación para hacer de una intensa novela un Porsche tuerto.

[Publicado el 14/11/2007 a las 14:11]

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Shopping esquizoide

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En primer plano está Julio César, tras él dos centuriones y a su derecha Cleopatra: rey, alfiles y reina. Los caballos son leones, las torres torres y los peones águilas. Del otro lado hay jabalíes en lugar de caballos, gallos por peones, menhires por torres, y en el papel de alfiles los héroes de la historia: Astérix y Obélix. Es decir que si juega uno del lado de los galos, poca cosa le queda al perder los alfiles. Y si lo hace moviendo a los romanos, se verá un tanto débil y ridículo frente a la proverbial apostura de los irreductibles guerreros galos. Cleopatra misma, con todo y el tigre, se mira disminuida frente a la contundencia de Klarabella, que ya viene hacia ella con el rodillo alzado en la diestra. El mismo Julio César parece poco menos que el mayordomo del jefe Abraracúrcix. Así las cosas, parecería improbable jugar al ajedrez en este tablero y aspirar a cualquier forma de equilibrio. Si se me encomendara ponerle algún nombre, no dudaría en bautizarlo como Astérix bipolar.

Hay juegos que uno compra para jamás jugarlos, y éste debe ser de ésos. Por principio de cuentas, cualquier intento de abstracción apunta hacia un fatal despropósito. No es lo mismo cambiar de blancas a negras y ceder solamente el turno de salida, que dejar a los galos vencedores para amafiarse con los romanos patéticos. Tratar de jugar bien sobre este tablero exige, más que la poción mágica del druida Panoramix, un tratamiento a base de litio que disimule el salto entre ambas personalidades. Solamente pasar de gallo a águila, de león a jabalí o de torre a menhir debe ya de entrañar peliagudos desórdenes logísticos en la mentalidad competitiva. Sólo a un inconsecuente con ketchup en las venas puede darle lo mismo jugar acá o allá, pues lo que aquí se juega no es propiamente ajedrez, sino algo mucho menos estratégico e inevitablemente corpóreo. Juega uno a ser Astérix y ridiculizar al invasor, o bien pelea del lado de los romanos y termina entendiendo a Mussolini.

Según Chico Buarque, cuando se juega un partido amistoso ganar es grosería. Si hubiera de jugar este ajedrez con las piezas romanas, no podría por menos de perder a propósito. Entregar a Cleopatra, sacrificar leones y centuriones, jugarme a César en idus de marzo, gritar “¿Tú también, Obélix?” antes de recibir el jaque inapelable. O acaso, como el ajedrecista de La tabla de Flandes, jugaría de forma tal que ninguno pudiera dar el mate. Ahora bien, si he comprado este juego es porque no necesita de mí. Cada mañana puedo mover las piezas de manera que sigan jugando solas, puesto que antes que piezas son personajes, y más que facultades ostentan actitudes. No me interesa, pues, ganar un juego, sino asistir al juego de generar historias en un mundo de sesenta y cuatro cuadros.

No es muy difícil suponer que el ajedrecista de La tabla de Flandes es en realidad un contador de historias, de ahí que le interesen todos los jaques, menos el mate; igual que se prefiere la seducción sobre la conquista. Los soldados romanos conquistan con la agresividad de un jaque del pastor, los guerreros galos seducen con la elegancia de un enroque veloz. Basta así con mover una pieza dos cuadros más allá para que el drama cambie de signo y destino: hay una nueva historia sobre el tablero.

De niño me gustaba creer que los objetos tenían vida propia, así como pasiones, fobias y preferencias; lo cual me permitía habilitar como juguete a un salero, un trapeador o un trozo de tela. Con el respaldo de esos años de práctica, me cuesta casi nada suponer que este ajedrez se juega solo y el dueño es con trabajos un espectador. Ahora que veo la imagen con mayor atención, no sé si sea del todo casual que Obélix mire justamente hacia la nariz de Cleopatra. Hasta donde recuerdo, yo no lo puse así para la foto.

[Publicado el 13/11/2007 a las 10:30]

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Shopping emocional

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Aun cuando no esté mirando hacia allá, uno puede saber que está siendo observado. Y por supuesto los objetos miran con la fijeza del perro sobre el glotón, más todavía si tienen un estante desde el cual agazaparse. “¡Llévame!”, le suplica la figura, y uno intenta ignorarla pero no logra ni quitarle la vista de encima. “¿Qué me ves?”, debería preguntarle, pero se calla porque ya sospecha que aquel objeto sabe demasiado. Por eso le deslumbra desde el ángulo exacto, diríase que con la mueca precisa porque sin duda ha visto de que pie cojea y es de ahí que se apresta a zarandearlo.

He mirado al objeto fulminado por un apego instantáneo, al punto de creer que algún presunto azar objetivo nos ha reunido justamente en este día, a esta hora y en esta tienda. Momento de dudar, observarlo de nuevo, buscarle alguna falla que me libre del compromiso íntimo de comprarlo. Y cargarlo, y cuidarlo, y empacarlo. Pero no lo consigo, de modo que me escudo en el precio: me parece muy caro, y si costara la mitad me parecería entonces demasiado barato. Por no dejar, pregunto al vendedor hasta qué hora estará abierta la tienda y él responde con cierto aburrimiento. Cuántos otros no saldrán de ahí para siempre tras hacerle la misma pregunta. Pero el objeto sabe que volveré, desesperado de ser ya tan suyo sin intentar siquiera hacerlo mío. Y no es más que un objeto, pero alguien dentro anhela darle valor de sujeto.

Lejos ya de la tienda, el objeto regresa como un fantasma, me sigue por el puente como un asaltante, hasta hacerme volver sobre mis pasos como quien lucha ya contra los inminentes diablos del arrepentimiento y recuerda que aún es tiempo de conjurarlos. Porque más que a un objeto he visto a un personaje y me resisto a irme sin él. No sabría decir si lo necesito, pero no puedo verlo sin entenderlo, y eso ya crea una complicidad. Quiero decir que llevo tres años dándole vueltas a un personaje que está encerrado en una casa vacía y sé por qué pero no para qué, y algo me dice que la figura en el estante lo ha comprendido mejor que yo: un hombre todo vestido de negro intenta hacer entrar un corazón gigante por una puerta demasiado estrecha. Siempre que ha de contar una emoción, el empeño del narrador es similar. La glándula no pasa por la puerta, hay que empujar con fuerza y contra todo pronóstico.

Regreso y ahí está, esperándome. Como un niño a las puertas de la escuela. Tengo hambre, papá. Lo reviso otra vez, con cínico deseo. De pronto me parece hasta barato. Pregunto al vendedor si lo puede empacar por mí, de forma que no vaya a hacerse preciso matar a un maletero en el camino a casa. Y es así como días después lo desempaco y vuelvo a ver al sísifo romántico que en vez de cargar piedras empuja corazones: un trabajo sin duda más riesgoso pero bastante menos idiota. Observo la figura y sé que muy probablemente encierra una tragedia, y quién sabría si no una tragicomedia, pues se entiende que un corazón de ese tamaño no pasaría jamás por una puerta así de estrecha. Pero hago una novela y tengo que intentarlo.

Hay un romanticismo tétrico tras este objeto, supongo que por eso le he tomado la foto a media penumbra. Además, no puede uno ir por la calle empujando un corazón en pleno mediodía, la gente se malquista con esos espectáculos. ¿Qué hará el hombre si logra hacer que el corazón cruce la puerta? Quiero creer que ahí empieza la historia. Es posible que haya comprado el objeto sólo para robarle esa historia, y acaso acompañarla de una canción de los Flaming Lips que con suerte me ayudaría otro poco a empujar a la glándula rejega. Un trabajo de locos, pero hay objetos que saben hacerlo.

[Publicado el 12/11/2007 a las 11:41]

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Pagaría por tiritar

Todo viaje supone un acto violento, acaso más aun cuando interviene la higiene chapucera de los aeropuertos, donde rara vez hace frío o calor y a nadie importa mucho si es de día o de noche. Adoraría poder ir y volver entre París y Praga sobre cuatro ruedas, pero las compañías arrendadoras no permiten cruzar en sus vehículos las antiguas fronteras de la cortina de hierro, con excepción tal vez de lo que fue la Alemania soviética. “El oriente comienza en Polonia”, solía decir Hitler con su enjundia palurda, y por lo visto no hemos terminado de contradecirlo. Ahí están los neonazis checos, programando una marcha para el próximo domingo y resueltos a recorrer el barrio judío, no exactamente para pedir perdón de rodillas, como esos pordioseros praguenses que se tumban a la mitad de la calle con la cara mirando hacia el piso y ambas manos alzando un bote con monedas.

Nadie ha pujado tanto como los checos por conservarse occidental. Si Kundera acabó escribiendo en francés, sus compatriotas jóvenes se han aferrado al inglés como a una ventana con vista al universo. Todavía hace cuatro años sentí que descubría una joya escondida, y ahora no tengo duda de que vengo saliendo de una ciudad enteramente cosmopolita. Pero extraño las ruedas, y hasta lamento haberme dejado vencer por el frío, quebrantando con ello la decisión romántica de rentar una bicicleta, aunque hallando consuelo en la ilusión de volver otra vez durante algún verano. No quiere uno acabar de dejar Praga, pues por más que se le hayan hinchado los pies recorriéndola le queda la impresión de que mucho ha faltado. Nada que no suceda en Londres, París o Nueva York, aunque el punto es que salgo de Praga hacia París con tan poco entusiasmo que sería feliz de pedirle al taxista que diera marcha atrás y me librara de la Ciudad Luz para dejarme en esta capital de sombras a seguir viendo descender el nivel de mercurio en el termómetro.

Otros, más previsores, llaman al aeropuerto para saber si el vuelo saldrá a tiempo, pero a uno lo domina la inquietud de la puntualidad, que en su caso es batalla perdida de antemano. El resultado es que sigo tendido en el piso, sin frío ni calor pero aún tenso, rodeado por una cuarteta de bultos que aún no sé si podré subir al avión, mirando la pantalla donde se anuncia una hora de retraso que bien pude pasar con guantes, orejeras y gorro, en una deliciosa última caminata por los meandros en torno a San Wenceslao. Lo dicho: dejar Praga parece nada menos que una atrocidad. Debe de haber adentro del cerebro un hooligan decidido a sacarme a empujones de aquí. Y lo peor es que va a conseguirlo. Sin frío, sin calor, aunque no sin Kundera y su Jaromil: “La ternura es un intento de crear un ámbito artificial en el que pueda tener validez el compromiso de comportarnos con nuestro prójimo como si fuera un niño”.

[Publicado el 08/11/2007 a las 11:43]

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Territorio de duendes

La ciudad es pequeña, pero lo suficientemente intrincada como para que pasen días y uno siga extraviándose en sus calles, sin jamás terminar de perderse porque cada retruécano parece al mismo tiempo un rincón familiar y un hallazgo pasmante. De ahí que andar sin rumbo por las calles de Praga sea en sí una forma de llevar derrotero. Hay, me atrevo a decir, una pentagrama implícito en este diseño, de forma que perderse y reencontrarse supone interpretar entre los adoquines una cierta sonata circular, que sin embargo nunca es la misma.

Hace frío, además. Un ingrediente poderosamente romántico que me remite a aquellos días de la infancia en los que felizmente no salía el sol (tan despiadado, a veces) y uno encontraba en ello las condiciones óptimas para nombrar uno a uno a sus duendes. Qué no habría dado entonces por ir solo de lado a lado del puente constelado de esculturas dolientes, lanzando vaho al aire y un poquito danzando, sin más explicación que la alegría de ser, estar y respirar. En otra circunstancia y latitud, me quejaría de los tumultos de turistas a los que hay que eludir sin cesar para no detenerse, mas los duendes también parecen legión, y hoy por hoy ellos siguen llevando la batuta. Puedo eludirlo todo, a excepción del contagio.

Praga es una ciudad tóxicamente viva. Voy de nuevo camino al Puente Carlos por las escalinatas que bajan del castillo y por puro capricho me desvío hacia los callejones de Malá Strana, olvidando de puro hipnotizado que hace pocos minutos me dolían los pies de tanto andar. Como si sólo así pudiera devolverle a la ciudad un poco de la dulce melancolía con que me premia esquina tras esquina. Quítenle, si es preciso, cada uno de los imanes turísticos que se han sumado en los últimos años y seguirá atrayendo incondicionales, puede que todavía con mayor magnetismo. No sé si es el encuentro de su negrura mística con los colores múltiples de sus fachadas, o el contraste entre los asombros forasteros con la mansa hermosura de las praguenses, ¿tanto que va uno por ahí resistiendo el deseo recurrente de proponerle matrimonio a la próxima?, pero es verdad que semejante humor despierta una impetuosa avidez de romance. Ay del pobre infeliz que ceda al guiño fácil del amor tarifado, aquí donde la intensidad es tanta y tan profunda que no faltan las ganas de echar al corazón por la ventana.

Flota una sensación de irrealidad en el ambiente, tal cual sucede siempre que los sentidos y el espíritu son alzados en vilo por los mismos vapores. Especialmente ahora que el invierno se acerca y la temperatura baja día con día: duele pensar que no estará uno aquí cuando llegue la nieve y el hechizo se meta hasta los huesos; arde tanta belleza cuando basta con verla y aspirarla para empezar de pronto a predecir la nostalgia inminente que llegará tras ella. Piensa uno en el tiempo y suplica que pase un poco más lento, pero la noche cae no bien suenan las cinco de la tarde, y no queda otra opción que abrazarse a las sombras como más tarde habrán de hacerlo las parejas de enamorados en el puente, recordando quizás que el amor nunca es menos terrible que la belleza, y que los dos son trágicos por vocación.

Habrá quien pida un poco de mesura, pero por más que busco en mi equipaje no encuentro un solo gramo. Trato de recordar las líneas de Kundera sobre la ternura en La vida está en otra parte, pero llegan de golpe y en tumulto, como haciéndose parte de un paisaje que la sensatez no puede abarcar. Que otros sean sensatos, mientras tanto. Yo, como Jaromil, voy entre brumas tras la huella tenaz de la ternura, que lo que es hoy está en todas partes.

[Publicado el 07/11/2007 a las 10:41]

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Interludio praguense

Creo solemnemente —y la solemnidad es la coartada ideal— que una vida intensa es el mejor antídoto contra el síndrome de la página en blanco, igual que una ración de besos apasionados protege al organismo de los tumores fruto de la amargura. Luego de cuatro años de haber puesto pie en ella por primera vez, he vuelto a la ciudad hechicera que el primer día me hizo literalmente saltar de alegría, rodeado de belleza melancólica: Praga. Podría describir ahora experiencias, imágenes e incluso algunos sueños vividos a partir de aquel contacto, pero temo que así daría al traste con parte del segundo, que está pasando aquí y ahora, y eso me temo que es pecado capital. Dejo, pues, sitio amplio para la vida intensa que en estas calles se antoja inevitable. Y que mañana El Boomeran(g) vuele de nuevo.

[Publicado el 05/11/2007 a las 11:09]

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Astérix en Disneylandia

Al anunciar el lanzamiento de la serie Futurama, Matt Groening decidió apostar fuerte. “Cuando menos dará para un parque temático”, declaró a la revista Wired el legítimo padre de Homero Simpson, seguramente presa de la misma lógica que años antes le llevó a creer que sería Bart, antes que Homero, quien alcanzara fama planetaria. Pero el futuro casi nunca es como lo pintan, amén de que no siempre se antoja ir hacia allá. ¿Qué tendría que haber en un parque temático dedicado a Futurama que no decepcionase a sus visitantes? Y he ahí el problema con los parques temáticos, que en esencia son todos iguales, amén de requerir cantidades industriales de niños para operar como una verdadera fábrica de dinero.

“Niños, propios o disecados”, reza el viejo refrán, que según la opinión de varios terminantes incluye especialmente a los adultos prestos a aniñarse a la menor provocación. Es tarde, sin embargo, para disecarme. Nada más poner pie en el Parque Astérix, treinta kilómetros al norte de París, me toma por asalto una comezón que temo comparable a la de aquellos galos irreductibles que resisten ahora y siempre al invasor, al punto de creer que lo que Julio César hizo durante los primeros años de la era cristiana es nada comparado con lo que Mickey Mouse ha hecho durante el último medio siglo. No muy lejos de aquí, Eurodisney ataca por cielo, mar y tierra, y ello es otra razón para pelear.

Quienes hasta hoy somos adeptos entusiastas a las andanzas de los galos irreductibles, encontramos en ellos un humorismo fino del que Disney, Inc. parece entender poco, aun si más de una vez sus guionistas han llegado a copiarlo desfachatadamente. Nada parece ser lo suficientemente grave en Astérix para desbaratar la sonrisa de sus lectores, empezando por las peleas bíblicas que entablan sus protagonistas contra los invasores romanos, en las cuales jamás ha habido un solo muerto, y menos una gota de sangre. Proliferan, en cambio, los hematomas, y ello da a los guerreros un especial placer en partirle la crisma al enemigo, al cual derrotarán inopinadamente, con o sin la poción mágica del druida Panoramix. Y ahí está la cuestión, basta que un seguidor del trabajo de Uderzo y Goscinny toque el tema de Astérix o Lucky Luke para que en su cabeza crezca un parque temático y no pare de hablar sobre el apasionante asunto.

Dormir en el Hotel de los tres buhos, justo al lado del parque temático, es hacerse un poquito a la idea de que se ha penetrado en la historieta. Camina uno entre niños armados con cascos, espadas y escudos que corretean por cada rincón, y más que verdaderos deseos de disecarlos se sienten ganas de alcanzar de regreso su tamaño y lanzarse a pelear por Tutatis y Belenos. En especial si viene uno del parque y trae cargando un par de kilos de mercancía cuya compra no supo ni quiso resistir. ¿Cómo va uno a dejar en el estante el juego de ajedrez donde ya no pelean blancas contra negras, sino galos irreductibles versus romanos arrogantes? ¿Quién, que se haya metido en la historieta, querría salir de ahí sin una camiseta de Obélix?

Por más montañas rusas que ostente, un parque dedicado a Astérix siempre se quedará corto frente a las aventuras que lo inspiran, pero de pronto a uno le basta con los guiños, que aquí son pródigos y cariñosos. Territorio fanático, se entiende, pero es lo que se espera a partir de la recreación de un mundillo ilustrado con atención estricta a los detalles (¿cómo, de otra manera, podrían hacer frente a Mickey Mouse?) Es verdad que una visita entera al parque de Astérix no logra superar a un solo capítulo de la serie, básicamente porque el trabajo de Uderzo y Goscinny peca de insuperable, pero uno se contenta con estar ahí, envidiando su infancia, pujando inútilmente por recobrarla, quemándose los euros en chucherías tan inútiles como tentadoras y yendo como un niño por la aldea que tantas veces visitó en el papel.

Es posible que todos los parques temáticos sean la misma cosa, y que baste poner a Homero en el sitio de Mickey para que Disneyland se torne Simpsonworld, pues finalmente es uno quien pone de su parte para hacer que el engaño gane cuerpo y espíritu. Perpetro, en todo caso, estas palabras por el puro placer de resistir ahora y siempre al invasor, y con el solo miedo de que el cielo me caiga encima. Tómenlo como un guiño, galos honorarios.

[Publicado el 02/11/2007 a las 11:57]

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Biografía

Oriundo y reincidente colono de San Ángel, al sur de la ciudad de México. Se inició a edad temprana en la escritura, sin sospechar que el juego llegaría tan lejos, y todavía hoy cree en él como una fechoría intensa y subyugante, comparable a vivir huyendo de la ley a bordo de una Suzuki 1100. Comparte hogar con dos gigantes de los Pirineos; vive un largo romance con la música brasileña; escribe semanalmente en el periódico mexicano Milenio la columna "Pronóstico del clímax". En el presente siglo ha publicado Diablo Guardián, Premio Alfaguara de Novela 2003, El materialismo histérico (fábulas cutrefactas de avidez y revancha), Luna llena en las rocas (crónicas de antronautas y licántropos), y recientemente la novela confesional Este que ves (Alfaguara, 2007), donde hurga en sus raíces narrativas y declara: "Los cobardes no escriben novelas, o cuando menos no deben escribirlas."

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