Minisite sobre Kapuscinski

El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

Editado por La Oficina del Autor

lunes, 12 de mayo de 2008

Blog de Xavier Velasco

La autopsia de San Simón

imagen descriptiva

Una de las grandes ventajas de los muertos es que puede matárseles tantas veces como convenga. En años escolares, cuando aún mi familia tenía la costumbre de visitar semanalmente el camposanto, me gustaba adentrarme entre sepulcros, primero para leer epitafios, más tarde en busca de huesos tirados, que llevaba a mi casa de contrabando y a la escuela como un souvenir exótico. Fémures, húmeros, mandíbulas, clavículas, sabría el diablo de quiénes y de cuándo. Cuando menos pensaba, ya jugaba con otro compañero a los espadazos, armados de sendos fémures que acababan despedazados en el patio, para horror de los más morigerados.

     Ventaja número dos: los fiambres no tienen dueño. Eso lo sabe tanto quien se apropia de sus huesos -ya sea con fines científicos, lúdicos o meramente decorativos- como quien aprovecha para hablar en su nombre. Lo de menos es quién haya sido el sujeto en vida y cuál fuera su forma de pensar, puesto que ya no está para contradecir a quien le cambia el gesto, la figura y el habla. Los muertos son de todos, menos de sí mismos. Llegado el caso, le pertenecen a quien se los encuentra. Si llegamos a hablar de "sus" huesos nos referimos a una procedencia, no a una pertenencia porque un cadáver nada posee. Y es allí donde estriba la tercera ventaja...

     Si queremos que un muerto tenga un collar, bastará con ponérselo en el cuello. Si precisa una historia, podemos inventarla, y si la que ya tiene nos estorba nada impide que la modifiquemos. Con frecuencia, los descendientes suman a la memoria de sus ancestros encantos y virtudes que nadie en vida les conoció. Por no hablar de esos evidentes maleantes metidos a políticos o altos jerifaltes que sólo tienen que estirar la pata para ser ensalzados como grandes filántropos, sin que suela escucharse una sola protesta porque al cabo el maldito ya está muerto, no puede aprovechar el maquillaje. Es sólo el maquillista quien capitaliza: si los muertos nada pueden poseer, todo cuanto uno tenga a bien otorgarles terminará engrosando los propios haberes. Si proclamo que el muerto era un honesto, habrá quien crea que hablo honestamente.

     Cuando el cadáver en cuestión corresponde a un cobarde, nada hay más fácil que promoverlo al rango de héroe. Y si pasa que es héroe o lo parece, lo procedente es darle el upgrade al altar. Bástenos recordar las sinuosas andanzas del coronel Carlos Eugenio de Moori Koenig, tal como lo recrea Tomás Eloy Martínez en Santa Evita, cohabitando con el cadáver de Eva Perón al extremo de un día atreverse a mearlo, sin rozar una línea de su hagiografía. Mientras uno, lector, ya espera sin desearlo, en puro honor al morbo, que el cadáver de Evita realice un milagro, el autor resucita al coronel necrófilo y lo viste de acuerdo al capricho soberano de la novela. Es la mera demencia del uno lo que lleva a creer en la santidad de la otra.

     Luego de varios años de colgar toda suerte de adornos disonantes sobre el cadáver del libertador Simón Bolívar, Hugo Chávez recién ha ordenado que le practiquen una autopsia. A algo menos de 180 años de su muerte. Y es que le urge saber no sólo si en realidad murió de tuberculosis, sino de paso si ésos son sus auténticos restos. Es decir, los de Chávez, que se ha posesionado del cadáver para rehacerlo a su imagen y semejanza, tal vez sin los talentos de Tomás Eloy, pero con la patente ya en la mano. A estas honduras, Simón Bolívar redivivo sería menos bolivariano que el presidente Chávez. Pero ahí está la cuarta ventaja de los cadáveres: carecen de opiniones. Se diría que todo les da igual.

 

     No le gustan a Chávez las opiniones disímbolas, razón más que bastante para asociarse con un cadáver. En Por un puñado de dólares, Clint Eastwood usa los cadáveres de un par de soldados como señuelos contra sus enemigos, y acto seguido les dispara a placer. No pueden delatarlo, ni hacer memoria, ni volver a morirse. Prácticamente le pertenecen, igual que el hueso al niño que lo usa como espada. ¿Qué puede hacer ya el pobre libertador para evitar que un militar necrófago termine por habilitar su calavera como pisapapeles? ¿Qué quedará de su memoria original después de tantas distorsiones, aureolas y milagros ajenos? Mudo en medio de tanta metafísica, por hoy me basta con imaginar la cara de la esposa del forense cuando escuche al marido confesarle que viene de hacerle la autopsia a Simón Bolívar.

[Publicado el 21/12/2007 a las 12:15]

[Enlace permanente] [Imprimir] [8 comentarios] [Enviar a un amigo]

Compartir: añadir a delicious  añadir a digg  añadir a technorati  añadir a yahoo  añadir a meneame 

Donde hubo plumas

imagen descriptiva

Los levantan del suelo, por la noche, literalmente sin decir ni pío. No habrán dado las dos cuando ya los primeros están en el camión, amontonados dentro de jaulas de madera que durante horas viajarán apiladas. En la granja son más de cien mil, distribuidos en gigantescos corrales diseñados para albergar veinte mil pollos cada uno.

     Los hombres del camión han llegado listos para vaciar un corral entero. Los alzan de las patas, aprovechando la somnolencia y el aturdimiento imperantes. Se los van colocando entre los dedos, hasta que cargan cuatro en cada mano. De ocho en ocho, hasta hacer veinte mil. Dos mil quinientos viajes al camión, a lo largo de tres o cuatro horas corridas. Luego viajar al rastro y descargar las jaulas. Vida de cargapollos.

     A los pollos ya no se les cría; se les revoluciona. Del cascarón al rastro, un pollo criado en condiciones normales vive doce semanas. Pero los productores quieren abatir costos, de modo que alimentan a sus pollitos entre ocho y diez veces diarias, a través de unas bandas transportadoras que recorren completo el corral, y cuya sola puesta en marcha les provoca el impulso pavloviano de salivar y volver a comer. Con nueve revolucionadas semanas de vida, los avechuchos lucen tan corpulentos que va siendo hora de llamar al camión...

     Un pollo acostumbrado a comer cada tres horas desecha la comida casi entera, de forma que el granjero se la vuelve a servir. Se engaña así al metabolismo igual que al aparato digestivo, y una vez más se abaten los costos. Cuando alguno se enferma, el granjero lo aísla y llama al veterinario. Hay, detrás del corral, un altero de pollos muertos y moribundos, esperando que llegue el doctor a revisarlos y acaso prevenir a tiempo la epidemia, que tal como su nombre lo indica es una muy costosa calamidad.

     Se sabe que el pollito está enfermo o herido porque sufre el asedio de los otros, que lo agreden a picotazos, y en un descuido acaban devorándoselo. Más que sólo picar, le arrancan pedacitos de carne. Lo mismo pasa si el pollo es distinto, empezando por el color de las plumas. En la granja repleta de pollos blancos, uno gris o café difícilmente llegará a las nueve semanas. Si los cerdos castigan la extranjería, los pollos no perdonan la diferencia.

     Las granjas de postura no son menos espeluznantes. Las gallinas viven en jaulas de metal poco más grandes que ellas, con un agujero en la parte baja, por el cual sale y rueda cada huevo hacia una canal. Aun con las limitaciones de espacio que se le imponen, podría la gallina romper el huevo de un picotazo, si los granjeros no le hubieran cortado el pico. Hay una indignidad grotesca en la visión de todos esos picos sin pico, cacareando impotencia vitalicia.

     (Durante un tiempo cercano a las cuarenta semanas, las gallinas ovulan diariamente, tras lo cual un descanso de varias semanas las haría productivas por unos meses más, pero los contadores aconsejan abatir esos costos y enviarlas de una vez al matadero.)

     Recuerdo que en las fiestas escolares -aborrecía ir, más todavía si ocurrían en el patio del pútrido colegio- había siempre un puesto de concursos donde se daba como premio un pollito vivo. Regresar a la casa con un par de mascotas de días de nacidas diciendo pío-pío parecía un privilegio del destino, hasta que horas o días después se me morían. ¿Qué crees, hijo?, disparaba mi madre, compungida, camino de la casa, y yo sabía ya de lo que hablaba. Si quería, podía enseñarme dónde lo había enterrado...

     Un pollo rostizado se vende por el equivalente a seis latas de Coca-Cola. Vienen todos sin plumas, ni patas, ni cabeza. Son carne a la que sólo diferenciamos por el sabor. La pierna, la pechuga, el muslo. Cuando un niño se enferma del estómago, los padres lo alimentan de pollo cocido. Cuando un niño parece original a los ojos de los demás niños, su suerte se asemeja a la del pollo pardo. ¿Y quién ha oído hablar de un pollo afortunado? La única ventaja de los pollos consiste en no saber que son pollos.

 

[Publicado el 20/12/2007 a las 10:40]

[Etiquetas: pollos]

[Enlace permanente] [Imprimir] [17 comentarios] [Enviar a un amigo]

Compartir: añadir a delicious  añadir a digg  añadir a technorati  añadir a yahoo  añadir a meneame 

La opinión del jamón

imagen descriptiva

Entendí a las personas cuando supe cómo eran los cerdos, aunque eso ya fue mucho tiempo después. Mi abuela me contaba de su muerte espantosa, con el cuerpo ya abierto y todavía chillando. Decía el refrán: A chillidos de puerco, oídos de matancero. Luego supe que chillan desde antes, nada más se dan cuenta que van a matarlos. ¿Quién no, pues? Cuando sea grande -me decía, convencido de que uno muda de tamaño sin cambiar de opinión- voy a dedicarme a visitar carniceros, para pedirles que no vendan carne de puerco. Sabía casi nada sobre cerdos y muy poco de seres humanos.

     No es que haya exactamente cambiado de opiniones, sino que con el tiempo se hicieron flexibles. Fue así como no sólo abandoné la idea de recorrer carnicerías, sino que me hice colaboracionista de los matanceros. Suena fuerte para quien a la fecha nunca ha pisado un rastro, ni hizo más que unos cuantos anuncios para vender pollo, pero así lo sentí la mañana en que nos llevaron a recorrer las granjas.

     El guía nos contó que además de cientos de granjas de pollos y gallinas, la empresa poseía también granjas de cerdos. Otro día, si queríamos, nos llevaría. Tal vez después haríamos anuncios. ¿Y ahí estaría yo, enviando cochinitos al matadero? Todavía horrorizado por la idea, escuché al guía explicar cómo se hace para reducir la mortandad durante la crianza de cerdos: basta con no cambiarlos de corral. Que aquellos que han crecido y vivido juntos sigan así hasta la hora de su muerte atroz. De otro modo, se entabla entre los inquilinos y los recién llegados una rivalidad que comienza a mordidas y termina en tocino prematuro. 

     ¿Quién va a comer primero? ¿Quién va a gozar de los favores de la cochina más apetitosa? ¿Quién va a dormir en el mejor lugar? Me pongo en el lugar del cerdo residente, luego en el del transferido, y entiendo que no hay más salida que la guerra. No necesito hacer un gran esfuerzo para asumir la angustia del animal recién llegado a un corral agreste, cuyos códigos no conoce en absoluto y donde nadie está dispuesto a respetarlo. En la infancia, un mal cambio de escuela podía resultar así de violento. ¿Quién, que ingrese a la cárcel sin dinero, no enfrentará un infierno similar?

     En su Rumble Fish, ñoñamente traducido como La ley de la calle, Francis Ford Coppola cuenta la fábula de un pandillero joven que sólo luego de un viaje a la costa entiende que los peces de pelea no lo son por naturaleza, como por circunstancia. En la pecera luchan, en el río se toleran. El cautiverio los orilla a poseer el espacio. Tratar de avasallar al otro igual que los cuchillos del matancero se imponen sobre las ganas de vivir del cerdo.

     Una de las ventajas de ser gente y no cerdo es que no necesita uno del corral para sacar las uñas como fiera cautiva. Basta con que un prejuicio o un atavismo idiota le tapen los oídos para que ya no escuche ni sus propios chillidos. El matancero levanta el cuchillo con la certeza de pertenecer a una especie superior, pero a juzgar por la evidencia sabe uno ser bastante más bruto que los cerdos, y más cerdo también. Somos, unos y otros, animales conservadores, al menos mientras nos miramos cautivos. "Pese a toda mi rabia sigo siendo una rata en una jaula", chillaba la canción de los Smashing Pumpkins. ¿"Pese a"? ¿Y si fuera por eso?

     Desde aquella mañana reveladora, cada vez que me topo con una situación inusualmente hostil, imagino a mis malquerientes automáticos gruñendo desde el fondo del corral. ¡Oink!, gritan, iracundos, como diciendo "estábamos mejor sin ti". Pero no los escucho, la rabia gratuita me da claustrofobia. Quisieran encerrarme en su corral, para una vez allí arrancarnos pedazos de chamorro a mordidas. Y allí sí que he cambiado de opinioink.

[Publicado el 19/12/2007 a las 11:27]

[Enlace permanente] [Imprimir] [9 comentarios] [Enviar a un amigo]

Compartir: añadir a delicious  añadir a digg  añadir a technorati  añadir a yahoo  añadir a meneame 

Amistades reprobables

imagen descriptiva

The Fratellis: Chelsea Dagger

Cada vez que un maestro nos prevenía contra las malas amistades, yo sentía decenas de miradas encima. Pero no era, como querían los profesores, motivo de vergüenza y preocupación, sino de un sentimiento muy similar al orgulloso desprecio que nos inspira la posible aprobación de quienes encontramos reprobables. Que era el caso de mis maestros de secundaria, cuya animadversión unánime habíame ganado ya una vez el récord escolar de materias reprobadas, consistente en el cien por ciento de ellas, incluyendo moral y educación física -hasta entonces consideradas irreprobables-, además del inglés elemental que ahí enseñaban, francamente difícil de reprobar para un adolescente que ya hablaba inglés. Pero igual lo logré, y a partir de ese punto me ubiqué en mi lugar de mala amistad.

     No fumaba, ni bebía, ni había siquiera visto una droga más fuerte que el valium de mi abuela, pero ya me sabía incapaz de delatar a quienes sí lo hacían. Encontraba un deleite inenarrable en el solo hecho de cruzar las puertas de un billar o comprar, rigurosamente a solas, esas revistas míticas pobladas por la clase de chicas malas y desvergonzadas que una mala amistad se merecía. Y lo cierto es que, pese a ser de papel, aquellas señoritas se quedaban con mis mejores horas. ¿Debía concentrarme en siquiera un mes aprobar Biología, o en atender a mis más elementales intereses biológicos? ¿Cómo explicar lo incompatibles que resultaban ambos empeños, una vez que el asunto cosquilleante de la perpetuación de la especie había monopolizado mis obsesiones?

     Apático. Abúlico. Indolente. En ésas y otras equivalentes calumnias coincidían mis profesores a la hora de quejarse con mi madre, y como francamente me acomodaba más la etiqueta de nihilista que la de depravado, prefería aceptar sus argumentos que combatirlos con la bochornosa verdad, según la cual estaba enamorado de una vecina inalcanzable y encontraba consuelo recurriendo a mis malas amistades de papel. ¿Es decir que además de al holgazán mi madre había traído al mundo al lujurioso y al romántico? No podía ver entonces que el holgazán sólo se salvaría con el auxilio de esos buenos aliados interiores, los únicos capaces de entenderlo y hacerle el día a medias soportable.

     Con el tiempo, ser una mala amistad de mis amigos oficialmente buenos me ha granjeado tanta confianza de su parte que ahora buscan el modo de explicar a sus cónyuges que están conmigo cada vez que se citan con sus secretarias o se embotellan solos en un table dance, mientras las buenas de sus esposas pretenden que les creen para a su vez gozar de otros privilegios, y por su parte la mala amistad se desvela escribiendo para un virginal blog y escuchando un álbum de The Fratellis cuya mera portada delata su carácter licencioso. Los buenos hacen, el malo teoriza. Por eso, entre otras cosas, sé que muy a menudo las malas amistades son mejores amigas de los buenos tratos, y ello explica que desde aquellos años de mudo frenesí mostrase más respeto por el vago que me enseñaba a empuñar con firmeza el taco de billar que por el profesor que me quería ver empezando a aprender inglés de nuevo. ¿Quién, a su vez, me respetaba más?

     -Ten cuidado con esas mujeres, no vayan a hacerte algo -me prevenía mi abuela cuando salía solo y por la noche de su casa, en cuya cercanía se apostaban algunas chicas de la so-called mala vida.

     -¿Con qué dinero? -le respondía entonces, buscando esos regaños de rutina que ella tampoco se tomaba en serio.

     -¿Vas a ir, papacito? -preguntaban las damiselas a mi paso, haciendo gala de ese trato atento que las chicas de bien raramente dominan. Yo soñaba en secreto con tener una amiga del mal llamado gremio horizontal, pero temía que once materias reprobadas no fuesen suficientes para acreditarme ante tamañas malas amistades, cuyas caricias se cotizaban en el equivalente a veinte revistas galantes.

     -Las malas amistades -sentenciaban, girando la cabeza y apretando los labios, esos mismos maestros que antes me habían nombrado El Peor del Instituto. ¿Cuáles podían ser mis malas amistades, si por mi nombramiento académico era el único a salvo de ese peligro? ¿Los inocentes vagos del billar, que no me daban más que consejos técnicos?

     -Si tuvieras algún problema sexual, me puedes preguntar sin ninguna vergüenza -me aconsejó una vez el profesor de matemáticas, con idéntica dosis de vergüenza, luego de prevenirme contra las malas amistades de siempre y reafirmar mi íntima desconfianza en las intachables. "Ten cuidado con gente como tú", parecía recomendarme el profesor. Evidentemente, nada le habría desconsolado más que ver a sus alumnos prevenidos contra gente como él.

-Sagrado Corazón de Jesús... -musitaba el maestro de matemáticas al comenzar la clase.

     -...en vos confío -replicaba el rebaño en voz bien alta, con excepción de algunos reprobables.

[Publicado el 17/12/2007 a las 12:55]

[Enlace permanente] [Imprimir] [17 comentarios] [Enviar a un amigo]

Compartir: añadir a delicious  añadir a digg  añadir a technorati  añadir a yahoo  añadir a meneame 

Atentados entintados

imagen descriptiva

Escribir textos cortos en un procesador se parece a nadar en una alberca olímpica. Sabe uno cuánto avanza, cuál es el camino y en dónde termina. Se nada en línea recta a lo largo de cualquier múltiplo de cincuenta metros. Habrá quien se ahogue, pero no quien se pierda. Incluso leo al pie del archivo que recién he llegado a la palabra número sesenta y ocho, y de antemano sé que muy difícilmente pasaré de ochocientas. Y ya. Me iré a dormir con el trabajo terminado y cierta paz de espíritu, que ya no estará ahí cuando despierte, presa de un cosquilla matinal similar a la que sentía cuando niño durante las vacaciones en la playa. Por la mañana se abren los ojos ya con cierta premura por correr a la playa y meterse en el mar.

Si he de dar mi versión personal del mar, creo que nadar en él se parece a escribir un texto de dimensión incierta con pluma fuente y meses o años por delante. Se avanza lerdamente, o así parece. Hasta donde recuerdo, podía dar decenas de brazadas y patalear rabiosamente hacia adelante, que al detenerme y sacar la cabeza observaba con fatigado desconsuelo que el hotel no se había movido. Nadaba entonces ya sin mirar a la playa, asumiendo que me iba la vida en ello, hasta que un chico rato después llegaba a mi destino con las piernas temblonas por el esfuerzo. En la mañana, cuando me levante, lo haré creyendo que la historia se me ahoga y tengo que nadar para salvarla.

Cuando ese arduo texto que se perpetra durante meses o años pertenece al dominio de la ficción, la sensación es similar a un naufragio. No se sabe hacia dónde nadar, ni hasta cuándo, ni si servirá de algo. La pluma fuente que más me acompaña tiene forma de submarino y en el punto el dibujo de una escafandra. Una carga completa de tinta suele durarle en torno a las seis páginas, tras lo cual es preciso ir en busca del tintero y probar el deleite inenarrable de llenar el depósito hasta el tope. Reconocer el olor de la tinta. Limpiar el punto a mano limpia, mancharse por capricho redentor. Se puede teorizar por una vida en torno a una novela en proceso, que lo único que cuenta son las cuartillas emborronadas. Las manchas, las ampollas, la tinta en la botella, bajando de nivel.

El nivel de la fe no suele subir solo. Por eso, cuando salto de clavado hacia el cuaderno constelado de garrapatas negras, pienso en la pluma como en una máquina de la más alta precisión, y así me aferro a ella como al timón del último Nautilus. No es por casualidad que en las lenguas romance precisamente el término romance sirve como sinónimo de novela, si ya su confección supone la aventura total de lanzarse a salvar lo insalvable. Romance, aventura, lenguaje, travesía: leemos o escribimos novelas para que estas palabras se nos hagan sinónimos. Para creer y, a veces, ser creídos.

Ciertos días, cuando llega la hora de sacar la herramienta de su estuche, recuerdo esas películas donde la cámara se recrea en los preparativos rituales del francotirador. Aunque luego ya el juego se haga más parecido al del cirujano -rompe uno mucho menos de lo que remienda- me divierte pensar en la pluma fuente como un fusil de tinta con mira telescópica. O quizás un arpón submarino a la caza de páginas en blanco. Intentar, atentar, entintar: en este juego, son los tres sinónimos.

[Publicado el 13/12/2007 a las 11:57]

[Enlace permanente] [Imprimir] [14 comentarios] [Enviar a un amigo]

Compartir: añadir a delicious  añadir a digg  añadir a technorati  añadir a yahoo  añadir a meneame 

Síndrome de Bergerac

imagen descriptiva

Tenemos héroes y no los entendemos. No dejamos siquiera que sean quienes son, pues más nos acomoda que se ajusten a nuestra expectativa. Al enemigo, en cambio, se le dedica más respeto y atención, no sea que nos agarre desprevenidos. ¿Qué tiene, pues, de extraño que al momento de presentar batalla nos comportemos antes como el enemigo que como el prócer que oficialmente nos inspira? Deforma uno a sus héroes para poder meterlos en los propios zapatos. ¿Para qué voy a parecerme al héroe, cuando es tan cómodo hacerlo a él a mi exacta medida?

Cuando sin darme cuenta lo adopté como héroe romántico, dejé pasar en él lo que en un enemigo habría advertido al vuelo: primero que romántico, duelista, seductor o poeta, Cyrano de Bergerac es un acomplejado. Y amén de acomplejado es un cobarde. Seguir a un heróe así, me digo ahora, es hacer un enorme favor a tus enemigos, que no tendrán más que asomarse a la ventana para ver el color de tu ataúd. Pero eso no me lo imaginaba cuando creía que amor y escritura se atraían natural e irresistiblemente.

Soñaba así con escribir cartas definitivas, por cuya influencia el alma de la mujer querida caería en mis manos por puro efecto de gravedad. Cartas plenas de urgencia, pavor y sobresalto, que aguardarían en mi cajón durante meses o años antes de osar enviarlas a su destinataria. Al final lo hice menos de lo que lo planeé, con resultados que en su hora oscilaron entre la indiferencia y la catástrofe. Pero eso no fue todo, pues la influencia nefanda del necio narigudo me dió todas las armas para volverme un negro sentimental.

Se ha hecho ya un poco tarde para tratar el tema, borroso a estas alturas, pero luego de tres noches seguidas de bucear en oficios infumables, advierto en cada uno la sombra de unas napias. Hay alguien ahí dentro que le tiene pavor a las apuestas y encuentra confortable perder por elección, con la coartada del romanticismo. Al igual que su héroe pusilánime, no se atreve a apostar por sus pasiones. Al menos no en su nombre, ni a la luz del día.

Había pensado escribir estas líneas disfrazado de negro literario, hablando por los labios de un personaje que, a su vez, trabaja como negro literario. Odio decirlo así, pero es un personaje acomplejado. Su fuerza, incluso, nace de esos complejos. Si lo ponía a escribir en mi lugar, tal vez entendería un poco mejor el oficio frustrante de negro literario, y hasta la poca o nula vergüenza del negrero: ese fantoche guapo que paga, pone su nombre y se lanza a dar pláticas y entrevistas, sin siquiera temor a meter la pata. Pero no ha funcionado, mi personaje sufre de un complejo que de entrada le impide dar la cara en un blog. Mientras yo acabo de entender a mi héroe, sospecho que él prefiere ser negro entre los negros.

Si el auténtico autor es un "negro", ¿cómo cabría entonces llamar al falso? ¿"Blanco" literario? Eso sí que tendría que ocasionar complejos espantosos en el dueño oficial de las regalías. Quiero decir que yo me sentiría un imbécil, y encima de eso un mierda. Me vería en el espejo demasiado barato para creer algún día en mis palabras, y entonces me tendría por gentuza. No digo que así sean necesariamente los blancos literarios, pero mi apuesta está del otro lado de la mesa. Derrotar al Cyrano interior es tan fácil o tan difícil como apostar por la propia nariz, aun y en especial si en el espejo luce podrida y rebosante de mocos.

Una ficción que no osa apostar por sí misma no merece ni el rango de mentira. De ahí que aborrezcamos a esos escarabajos que se confortan remitiendo anónimos. No merecen un papel en la historia. Cualquier día, no obstante, desperta uno allí, convertido en la imagen viva de su peor enemigo. No hay que olvidar que el viejo héroe de la historia es un espadachín osado y avezado, por eso nunca acaba uno de vencerlo. Quiero decir que sabe que fue mi héroe, nunca va a perdonarme que lo haya convertido en mi enemigo, y desde entonces le siga los pasos como a todo villano en forma y regla.

No entiende uno a sus héroes. No queda tiempo, pues.

[Publicado el 12/12/2007 a las 10:13]

[Enlace permanente] [Imprimir] [9 comentarios] [Enviar a un amigo]

Compartir: añadir a delicious  añadir a digg  añadir a technorati  añadir a yahoo  añadir a meneame 

Trabajos indeseables: escribano

imagen descriptiva

Evangelistas en Santo Domingo, México, D.F.

Como todos los hábitos criminales, el de escribano se contrae creyendo que la primera vez será la última. Mientras el publicista se rasca la panza buscando en las alturas tres o cuatro palabras que le paguen el mes en un plumazo, el escribano suda párrafo tras párrafo, sin bono de opinión ni derecho al capricho. Si acaso se le ocurre una extravagancia, capaz de darle al texto un chispazo de ingenio o alguna vida propia, y él se atreve a meterla en la propuesta -en lugar de ignorar por oficio los consejos de un ego sin ciudadanía-, lo probable será que el cliente no pase de ahí sin arrugar el ceño y hacer la corrección que, piensa, corresponde. Por eso jura uno que no volverá a hacerlo... aunque luego se alegre cuando le llaman para hacer el siguiente, como buen esquirol de sí mismo.

Si un publicista llega a cobrar miles de dólares por palabra, el trabajo del escribano se cotiza en palabras por dólar. Por eso, cuando luego de varias horas de pujar por plantar todas las necedades en su sitio, pone el último punto al guión para el video corporativo, le queda al escribano cuando menos la paz espiritual de haber sudado cada renglón del texto. Se siente fuerte, al fin, como el esclavo que logró derribar una secoya con la ayuda de un hacha mellada, pero de paso entiende que esa fortaleza sólo le servirá para seguir ganándose el grillete.

"Evangelistas", se les llama aquí a los escribanos de misivas y documentos diversos que laboran en la Plaza de Santo Domingo, si bien su verdadera fama proviene de la confección desenfrenada de cartas de amor, que sólo el diablo sabe cuántos mexicanitos han ayudado a traer al mundo. ¡Qué no daría un escribano honesto por vivir de narrar sobresaltos del alma y deshilar entuertos románticos! Pero como los escribanos honestos tienen pésima fama entre caseros, usureros y casaderas, no queda más que dar por válidos todos los argumentos del cliente y embarrarlos de una verosimilitud de plástico por la que nadie sino él apuesta. ¿Cómo dijo que quiere que le ponga?

¿Cree todo lo que escucha el auditorio de un video corporativo? Solamente si piensa que le conviene. Y eso es lo que uno tiene que conseguir con las cursilerías que va concatenando. Hay que hablar del progreso, del México pujante del siglo XXI, de la familia y los seres queridos. Y luego de los planes y estímulos y metas y proyectos y oportunidades, ojalá suficientes para que los espectadores hagan como que creen lo que fingen que escuchan, por esa conveniencia relativa, y en tanto inmencionable, que a la hora del cheque nos apandilla a todos en la misma crujía.

Jamás llegué a ver uno solo de los videos que aquellas parrafadas vergonzantes hicieron posibles. En cualquier caso todos se parecían. Eran tan chatos como podían ser, además de corporativamente correctos y con cierta frecuencia reminiscentes de algún aliento rancio de capataz. Si el cliente se gasta todo ese dineral en transmitir a sus empleados unos cuantos mensajes, es porque no le alcanza un memorándum. Y para eso precisa del escribano, que emparenta de lejos con el sicario y remeda un poquito al suicida, pues nada existe como la gritería vana para darse a perder lentamente el eco de la voz. O cuando menos eso es lo que se teme el escribano cada vez que lo alcanza la culpa de saberse poco más que un colaboracionista con pluma.

Aseguran los puros, ciertamente con más inquina que justicia, que el escribano precisa de bajarse los pantalones para cumplir su amargo cometido, como si cada cual pudiera materializar sus deyecciones con las extremidades inferiores a intachable cubierto. ¿Qué hace un escribano para librarse de los espectros chocarreros que su trabajo triste le va heredando? Lo mismito que cuando termina con uno de esos textos engañosos de escasas propiedades nutritivas: levantarse del trono, o en su caso del potro, jalar la cadena y esperar que allá afuera las rosas sigan vivas. No sin antes jurarse que no volverá a hacerlo.

[Publicado el 11/12/2007 a las 08:20]

[Enlace permanente] [Imprimir] [5 comentarios] [Enviar a un amigo]

Compartir: añadir a delicious  añadir a digg  añadir a technorati  añadir a yahoo  añadir a meneame 

Trabajos indeseables: publicista

 

 

Que tire la primera licencia sanitaria quien nunca haya intentado prostituirse. Y claro que se puede, pero es aún más cansado que pelear por dinero. Vende uno lo único que realmente le importa y le pagan con una minoría de papeles a los que encima trata como a sexosiervas. Hace años, cuando alguna señora mojigata hablaba con desdén de "las mujeres de la vida fácil", mi padre la contradecía con un cuestionamiento incontestable: ¿Fácil? ¡A ver, póngase usted!

No evita uno prostituirse porque sea decente, sino porque después sale más caro el caldo que las albóndigas. Hay una perversión autodenigratoria en la manía de menospreciar el propio trabajo, pero asimismo existe algún consuelo en derrochar lo que con él se gana. Durante el tiempo en que me prostituí haciendo comerciales, el dinero se fue siempre más pronto de lo que llegó. Además no cobraba salario, sino indemnización. Como si cada mes me atropellaran, o mi alma trabajara de cobaya en un laboratorio de esclavos freelance. Para ser mercenario, estaba en el hoyo.

No es fácil terminar de corromperse, pero así lo parece. Media un cinismo arduo en el apremio por deshacerse de los propios proyectos para venderle el resto del espíritu al diablo, por eso acaba uno contrayendo otra forma de cara dura, que consiste en fingir un profundo interés en las explicaciones del cliente. Los deja uno hablar y entusiasmarse, luego les dice lo que quieren oír, tan convincentemente como puede porque lo que más le urge es cobrar el dinero que ya se gastó. Cuando al fin está lista la campaña, le aligera pensar que nada es suyo, ni tiene otra importancia que la sobreviviencia. El cliente hace cambios que dan al traste con el concepto entero, pero uno igual se empeña en mostrar entusiasmo porque piensa que así llegará antes el cheque.

Otros se enorgullecen de sus campañas, tanto que las defienden y anhelan ser premiados en Nueva York, pero no era mi caso. Temía hasta la médula convertirme en un publicista exitoso, como se teme emparentar con Don Sata. Incluso hallaba una torcida satisfacción en perder un cliente, cual si al acontecer el desaguisado se abriera una ventana de esperanza. Si ya decidió uno vivir de prostituto por un tiempo, desea al menos no salir triunfante, ir por la calle y escuchar a los hijos de vecino murmurar: "Mira a ese publicista de tercera". Pero el fracaso peca de relativo, siempre llega la hora en que el cheque lo echa todo a perder.

Teóricamente es un oficio divertido, sobre todo si sueña uno con comerciales. Pero hacer comerciales y soñar con novelas es como descubrir los ojos de la ninfa y optar por las legañas de la bruja. Un despropósito ruidoso y preocupante para quien tiene escasa vocación de mercenario y la mala conciencia de sospecharse traidor a su causa. Suponiendo, eso sí, que tras tantos eslóganes malparidos aún quede vivo algo remotamente similar a una causa, un proyecto, una historia impaciente por ser contada.

Mal puedo arrepentirme, sin embargo. No hay mejores aliados para un narrador que los grandes obstáculos en el camino, aunque eso entonces no lo supiera. Prefería flagelarme, asumiendo que apenas un milagro me sacaría de ese trabajo prostibulario en el que me aterraba tanto destacar como encontrar cualquier forma de orgullo. Cada vez que un cliente me exigía cambiar a su gusto un nuevo párrafo, me miraba al espejo como una hetaira complaciente y más pronto que tarde me desentendía, puede que sólo para convencerme de que lo mío era la vida fácil.

Cuando junté la fuerza para salir de allí, me prometí solemnemente que nunca más haría un eslogan para un cliente. De ahí que ahora me sienta insultado cada que alguien me llama publicista, o siquiera ex publicista. ¿Quién, que no fuera un legendario forajido, querría ser por siempre reconocido de acuerdo a sus antecedentes judiciales? Una cosa es ser puta y otra que te reputen por las calles. Con el trabajo que cuesta quemar las naves, o en fin, prender fuego al burdel. Por eso luego digo entre colmillos, no sin algún aliento de beatitud reciente:¡Publicista, tu madre! Con todo mi respeto y un buen sueldo mediante.

 

[Publicado el 10/12/2007 a las 11:39]

[Enlace permanente] [Imprimir] [10 comentarios] [Enviar a un amigo]

Compartir: añadir a delicious  añadir a digg  añadir a technorati  añadir a yahoo  añadir a meneame 

Trabajos indeseables: banquero

 

 

Por más que intento hacer memoria e inventario, no consigo entender qué le veía de divertida a la oficina paterna. Era un sitio tedioso y antipático, en el noveno piso de un banco, donde a cada empleado le tocaba hacer cosas aburridísimas. Salíamos de la casa por ahí de las ocho de la mañana, "para llegar a tiempo a leer el periódico". Me parecía francamente extravagante que el jefe llegara media hora antes que el resto de los empleados de la Subdirección de Análisis Financiero. "Cuando seas grande vas a entenderlo...", me decía él llegando a la oficina, donde nos encerrábamos hasta casi las nueve, hora en la cual oficialmente me convertía en responsabilidad de las secretarias.

"No te muevas de aquí", ordenaba sin muchas esperanzas mi papá, y acto seguido me dejaba a solas en el privado, husmeando entre cajones, cajas y estanterías. Pero como todo era más bien gris -libros, informes, archiveros, memoranda, alteros de papeles con estados financieros ininteligibles-, terminaba escapándome a otras zonas del edificio donde, me temía, tarde o temprano acabaría trabajando. O sería tal vez que necesitaba seguir documentando mi rechazo a un futuro como experto en finanzas. Ya entonces, con diez años, no se me calentaban las monedas en el bolsillo. ¿Cómo iba yo a ser bueno para multiplicar aquello que no me molestaba ni en cuidar?

Hoy, que aún no sé cómo reparar este viejo agujero en la cartera, sigo encontrando alguna lujuria en faltarle al respeto al dinero. Que, dicho sea de paso, nunca se ha distinguido por respetuoso. Se le conoce, de hecho, por discriminante, corruptor y muy posesivo. Defecto, este último, imperdonable en un demonio que nos había prometido la libertad. Me recuerdo escuchando a mi padre hablando hasta el hartazgo de porcentajes, réditos, sobregiros y cientos de millones de pesos que minuto a minuto interrumpían un juego de ajedrez que llegaba a durar la mañana entera. ¿Y eso iba a ser mi vida, contar dinero ajeno? ¿Yo, que ni el mío cuento?

Eso es lo que al dinero más le molesta, que de entrada no acepte hacerme suyo para que él sea mío. Pero cómo, pues, si lo bonito es abusar de él. Derrocharlo de súbito, cuando más necesario se sentía, el cretino; o hasta alcanzarse la quijotería de rechazarlo cuando más se echa en falta, el mezquino. Que me perdonen sus postrados idólatras y lamesuelas, pero al dinero yo lo he visto amancebarse alegremente con gentuza de la más ríspida ralea, y a menudo amafiarse con ellos en pos de toda suerte de ruindades. Por eso, cuando llega, suelo tratarlo mal, para que no se piense indispensable. Una actitud fatal desde el punto de vista financiero, pero apremiante en el plano caballeresco.

Apuesto a que mi padre padece a estas alturas traumitas afines. El punto es que hasta hoy sólo hay un tema en torno al cual no acepta discutir, y éste es el del dinero. No sé si para bien, pero tampoco su hijo lo puede soportar. Finalmente prefiero verme estafado por una rata avarienta que peleando con ella en su territorio. Con lo cansado que es batallar en las cloacas. Cada noche, mi padre regresaba de la oficina echando pestes contra sus malquerientes del día, en aquel edificio donde sólo el servilismo incondicional era recompensado con relativa generosidad. Si es que vale elevar al rango de recompensa una compensación.

No sé si los demás subdirectores -especialmente aquellos llenos del entusiasmo administrativo dosteievskiano- llevarían a sus hijos a la oficina, pero al menos el mío me libró de crecer como un hijo de hetaira corporativa. Cuando llegó el momento de elegir carrera, la de eminencia financiera estaba de antemano descartada. Hacía tiempo ya que mi padre se dedicaba a otros negocios y detestaba a las finanzas junto a mí. Todo lo cual no evita que hasta hoy me provoque un amago de jaqueca la sola posibilidad de analizar un estado de cuenta. Es absurdo, y puede que hasta cursi, pero me hace ilusión ir por la vida como un analfabestia financiero. Qué puede uno ya hacerle, si como a todo el mundo para siempre le aterra lo que más temió ser.

[Publicado el 08/12/2007 a las 11:35]

[Enlace permanente] [Imprimir] [8 comentarios] [Enviar a un amigo]

Compartir: añadir a delicious  añadir a digg  añadir a technorati  añadir a yahoo  añadir a meneame 

Oficina de objetos y sujetos perdidos

imagen descriptiva

Perder la compostura, los estribos, la razón, la inocencia, el estilo, el miedo, la vergüenza, la fe, la admiración, la vertical, el alma, el tiempo, la esperanza, la memoria, el sentido, la cabeza, la honra, la paciencia, las ganas, el cariño, el asco, el rastro, las creencias, las formas, el derecho, la gloria, el piso, el interés, los escrúpulos, la confianza, el rencor, la batalla, el respeto, la Perder la compostura, los estribos, la razón, la inocencia, el estilo, el miedo, la vergüenza, la fe, la admiración, la vertical, el alma, el tiempo, la esperanza, la memoria, el sentido, la cabeza, la honra, la paciencia, las ganas, el cariño, el asco, el rastro, las creencias, las formas, el derecho, la gloria, el piso, el interés, los escrúpulos, la confianza, el rencor, la batalla, el respeto, la discusión, la pasión, la ocasión, la visión, el hilo, la conciencia, el contacto, el pudor, el conocimiento, la curiosidad, la costumbre, el orgullo, el control, la objetividad, la pista, los complejos, la guerra, la estimación, el juicio, el resquemor, la ambición, la partida, la noción de perder.

Perder por condición, por karma, por knock out, por default, por penal, por muerte súbita, por sistema, por distracción, por años, por nada, por torpeza, por no dejar, por puntos, por la fatalidad, por coincidencia, por amor, por capricho, por un pelo, por una nariz, por lógica, por caridad, por suerte, por vanidad, por gusto, por descuido, por azar, por deporte, por regla, por vértigo, por celos, por cansancio, por hoy, por disciplina, por placer, por piedad, por coraje, por vicio, por principio, por trampas, por celos, por temor, porque sí, por idiota, por las prisas, por equis causa, por si las moscas, por amor al arte. Y perder por perder por perder por perder por perder, no faltaba más.

Perder al infinito, en espiral. Aprender a perder, perfeccionarse. Cargarse de razones para seguir perdiendo. Encontrarle a perder el lado romántico. Malograrse en secreto. Flagelarse en público. Boicotear sutilmente todo amago en sentido contrario. Rechazar con vehemencia la humillación de ser rescatado. Encontrar un orgullo en caminar de frente hacia el colapso. Creer al fin que así, perdiendo por perder, se logra cuando menos echarle en cara al mundo su desdén.

El de perder es un vicio sencillo y barato, cuyo torcido sex-appeal es para muchos tan inexplicable como el imán de la ruleta rusa. Perder por darle gusto a Narciso, que cual buen fan perdido se conforma con poco. Perder para poder colgarse la cómoda etiqueta de subterráneo vocacional. Perder sobre la mesa y ganar debajo de ella. Perder y extorsionar, jugar a ser el débil para así cobrar fuerza. Perder por estrategia, con las cartas marcadas. Perder con la avidez del ganador perpetuo. Perder pistola en mano, disparando.

A veces, de mañana, uno debe enfrentarse a un personaje que ha contraído el vicio de perder. Lo cual quiere decir perder con él y, si es posible, rescatarse a tiempo. Pensar: yo soy el narrador, ni modo que me muera a media historia. Usar el propio vicio como salvoconducto. A veces, sin embargo, me pitorreo de él, o hasta de todos ellos. Victimistas de mierda, les digo, pónganse a trabajar. Pero no me hacen caso, insisten en llevarme a su sepelio. Hoy el protagonista se puso en ese plan y lo dejé con la queja en la boca. Tanto trabajo para crear un pícaro y en la primera curva se me convierte en extorsionador moral. Le he dejado bien claro que no negocio con chantajistas, y acto seguido me largué a la calle.

Escaparse de una novela en proceso es tan fácil como vender al amor de tu vida en un mercado de esclavos, pero eso no lo saben los personajes. De pronto necesito que se miren hundidos y a solas, y se aterren. Después correr, nadar, bucear tras ellos, traerlos de regreso e insuflarles aliento a golpes en el tórax. Cuando los veo moverse, respiro junto a ellos. Me entrego entonces a contar o contarme, con mal disimulada desesperación, otro pedazo de su historia perdida. Para ver si así tienen algo que perder.

[Publicado el 06/12/2007 a las 11:57]

[Enlace permanente] [Imprimir] [16 comentarios] [Enviar a un amigo]

Compartir: añadir a delicious  añadir a digg  añadir a technorati  añadir a yahoo  añadir a meneame 

Foto autor

Biografía

Oriundo y reincidente colono de San Ángel, al sur de la ciudad de México. Se inició a edad temprana en la escritura, sin sospechar que el juego llegaría tan lejos, y todavía hoy cree en él como una fechoría intensa y subyugante, comparable a vivir huyendo de la ley a bordo de una Suzuki 1100. Comparte hogar con dos gigantes de los Pirineos; vive un largo romance con la música brasileña; escribe semanalmente en el periódico mexicano Milenio la columna "Pronóstico del clímax". En el presente siglo ha publicado Diablo Guardián, Premio Alfaguara de Novela 2003, El materialismo histérico (fábulas cutrefactas de avidez y revancha), Luna llena en las rocas (crónicas de antronautas y licántropos), y recientemente la novela confesional Este que ves (Alfaguara, 2007), donde hurga en sus raíces narrativas y declara: "Los cobardes no escriben novelas, o cuando menos no deben escribirlas."

© 2005 La Oficina del Autor (Grupo PRISA) | Gran Vía, 32 6ª planta - 28013 Madrid | | Aviso Legal | RSS

Página desarrollada por Tres Tristes Tigres