El blog literario latinoamericano
Editado por La Oficina del Autor
lunes, 12 de mayo de 2008

Ingresé al culto cuando ya era tarde, y para colmo lo dejé temprano. Supongo, sin embargo, que cuando lo escuché por primera vez era ya un dylaniano. Casi todo el mundo lo es por estos días, y el que no ya se esfuerza por parecerlo. Su influencia es tan inmensa que me cuesta trabajo pensar en gente inmune a ella, pero aún más difícil parece vivir soportando la cruz de ser Bob Dylan. ¿O es que alguien todavía lo considera persona?
Canta horrible, de pronto, y eso uno lo disfruta especialmente. Desentona a propósito, destroza sus canciones con tal de reventar las expectativas, pero si no lo hiciera no sería Bob Dylan. No saluda a su público, ni lo mima, es como si tuviera el placer de ignorarlo. Nunca, que yo recuerde, lo vi bailar. Hoy mismo, hace unas horas, con trabajos movía la pierna izquierda (las manos en las teclas, tieso, cool como sólo él consigue serlo). Tengo en momentos la impresión de que a gran parte de los que me rodean les interesa menos escucharlo que verlo, y ni siquiera sé si también sea mi caso.
Llegué, de cualquier forma, libre de expectativas. No esperaba siquiera que tocara una sola canción conocida, y si se le ocurría cantar I Want You la distorsionaría tanto que de seguro tardaría media canción en darme cuenta. O tal vez era esa la expectativa, que hiciera estrictamente lo que se le antojara. ¿No era tal la razón que a tantos nos llevó a seguirlo con una preferencia rayana en beatería? Y esta noche, tan lejos ya de aquellas veladoras, ese look de bandido de Las Vegas me parece sublimemente ridículo, y lo sería sin duda si no fuera Bob Dylan quien lo ostenta.
Se dice uno que vino a verlo y oírlo, pero ya entrado en gastos se da cuenta que basta con reconocerlo. La voz, la armónica, la pose, la ronquera, el estilo que casi nadie se ha librado de copiar un poco. Sus palabras barridas que apenas si se entienden, su actitud de lunático soberbio, de profeta undercover y poeta underground, patentada en los años en que ser subterráneo era un grave pecado social y no, como hoy, una medalla al mérito para crápulas wannabe. Lo reconozco para reconocerme, y acto seguido me desconozco porque a ratos me doy permiso de aburrirme, muy dylanianamente.
Ver en estos momentos a Bob Dylan es como darse cita con un amor de la adolescencia. Menudean las señas de identidad, pero ya ni uno ni otro son los que eran. Alguna vez coleccioné versiones de Just Like A Woman, casi todas de Dylan en diversos conciertos, casi ninguna similar entre sí. Y lo más lindo era que la despedazara, nadie nunca lo haría como él, aunque por eso mismo y por más que lo intente su maldición consiste en nunca poder dejar de ser el entrañable monstruo que creó. Dylan: fuimos legión quienes quisimos ser como él y tuvimos la suerte de que fuera imposible. Valdría preguntarse si varios de los tránsfugas del culto no cedimos a la comezón de ir a verlo sólo para acabar de entender que nadie más que Dylan es Dylan. Y en fin, amén.

[Publicado el 28/2/2008 a las 10:04]
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Ciertos juguetes nuevos dan pavor. No olvido las semanas que pasé titubeando frente a mi primera computadora equipada con módem. Venía con un cupón válido por dos meses para conectarse supuestamente gratis a Internet; mismo tiempo que conseguí resistir a la tentación, sabiendo de antemano que era causa perdida. Tanto así que temía fundadamente que la llegada de ese juguete empezaría por sacudir, trastornar y monopolizar mi vida -situación suculenta de por sí- tal vez aun con mayor contundencia de la que alguna vez me tuvo varios meses rebotando entre el Zelda y el Supermario, presa de una obsesión que no dejaba espacio para más. Y así fue, por supuesto. Tardé cinco años en sacudirme del vicio online.
No quiere uno ni imaginar la depresión que le provocaría sentarse un día a hacer cuentas de las horas que se ha pasado virtualmente postrado frente a unos y otros monitores. Por eso ahora miro hacia la guitarra de juguete del Guitar Hero III con un recelo apenas superior al deseo de estrenarla inmediatamente. Uno al fin se conoce, sabe que apenas necesita de un impulso pequeño para caer en picada, obsesión abajo.

Pienso en una película: Hasta el fin del mundo, de Wim Wenders. La mujer que comienza su viaje al ínfinito íntimo saliéndose arbitrariamente de la carretera, y un día se descubre atrapada por el pequeño monitor donde observa sus sueños obsesivos. Wenders, que habíase arriesgado a construir una historia de ciencia-ficción a corto plazo, cometió un solo error: ignorar Internet, aunque no la inminente adicción al monitor. ¿Existe una superstición más obtusa y retrógrada que la de suponer que el mundo entero cabe en un monitor? No obstante, vive uno como si así fuera. Se va de monitor en monitor, en ocasiones con la urgencia patológica que se atribuye al furor uterino, asumiendo que el mundo es quien ha cambiado.
Las víctimas frecuentes del monitor solemos inventarnos los pretextos más estrambóticos, y hasta hacerlos pasar por razonables, para justificar la adquisición de otro juguete. No vayamos más lejos: compré el Nintendo Wii, equipado con un mecanismo que detecta los movimientos corporales, con la excusa de que me serviría al menos para hacer ejercicio. Y ayer mismo, angustiado tal vez por el creciente magnetismo de mi guitarra nueva, corrí a hacerme con el Final Cut Express 4, pretextando que más valía obsesionarme con editar video que desvelarme estúpidamente con el Guitar Hero III.
Normalmente combato esta clase de conductas desordenadas con la compra de alguna novela, que uso como detente durante las horas de alta tentación. Pero no bien el libro me suelta, los monitores pelean entre sí por mi favor, y entonces necesito decidir entre editar imágenes, jugar con el Nintendo, ver un concierto en dvd o buscar una buena película en la programación, asumiendo con ello los diversos grados de culpa que cada una de estas actividades implica, diríase que inversamente proporcionales al tamaño del monitor. No dudo que haya quien se atreva a ver películas en la pantalla de un teléfono celular, pero tampoco me parecería extraño que cualquier día se tirara desde un séptimo piso sin más explicación.
Nunca he simpatizado con esta suerte de argumentación catastrófica, excepto cuando viene esa ola de extraño puritanismo que con cierta frecuencia nos revuelca justo antes de recaer en el vicio de siempre a través de uno nuevo. Que al final es idéntico a los anteriores, si ha de juzgarse por sus puros efectos. Juguetes miserables: piensa uno que son suyos y resulta al revés. Game Over. Game Over. Game Over. Por lo pronto, ya estamos en la última línea. Cambio de monitor.
[Publicado el 26/2/2008 a las 17:58]
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Eclipse total en la mitad del mundo

Supón y haz suponer que ahora es la hora de contar ficciones. Has leído en la página web de la NASA que un eclipse total de luna ocurre solamente durante el plenilunio, una vez que el satélite queda del todo inmerso en la sombra del planeta. Hoy que recién dejaste la mitad de ti en la mitad del mundo te preguntas, aún dentro del avión que te tiene flotando en la zozobra sobre las nubes densas de Brasilia, qué consecuencias tiene un eclipse lunar, como otro se preguntaría cuándo ocurrirá el próximo terremoto. Nada que uno pudiera responder, sensatamente al menos, pero tampoco está el horno para bollos. Hará una media hora, o así te lo parece, que el avión sobrevuela esta ciudad horrendamente geométrica que una vez pretendió parecer del futuro, y de pronto el futuro, tu futuro, ya está en tela de juicio desde que la mujer atrás de ti se abrazó a su marido y empezó a sollozar.
¿Afectan los eclipses lunares a los aviones? La pregunta suena bastante estúpida, pero igual te conforta más que contemplar la tormenta en las ventanillas y seguir dando tumbos con todo y asiento. Van dos intentos de aterrizaje fallidos, cada vez se escucharon suspiros alarmados y se adivina el rechinar de dientes. Asimismo soportas el súbito fastidio de estar sentado a un lado del pasillo, no puedes ni aspirar a asomar la cabeza y comprobar si acaso hay otra cosa que bruma allí debajo. Así estaba la noche en Macapá, tanto como la madrugada en Belem. Es la segunda escala y la lluvia no para, siempre será más cómodo preguntarse si acaso hay algo raro con el eclipse, en lugar de tener que hacerse mala sangre calculando -la paranoia lo hace sin ayuda de nadie- si con este aguacero se puede aterrizar de alguna forma. "Que nadie se preocupe", afirma el capitán por el altavoz, "tenemos todo bajo control". Eso mismo decía la revista de abordo de Varig sobre la compañía, antes de la debacle que casi la borró del mapa. Además, el eclipse terminó. Era la medianoche en Macapá cuando la sombra estaba en su apogeo, de forma que la luna fue desapareciendo hasta volverse sombra entre las sombras.
La señora de atrás ya llora abiertamente, mas casi no la escuchas. Sigues con la cabeza inmersa en la mitad del mundo, cierras los ojos y recorres de nuevo la costera mojada por el Amazonas, la avenida Fab, la Hildemar Maia, los semáforos antes del aeropuerto. Resuena en las paredes del cráneo la canción de Belle & Sebastian que día y noche salía de las bocinas del Toyota Corolla donde todas las tardes mudabas de hemisferio y ya sólo por eso creías acreditar la magia circundante. No debería estarse en la mitad del mundo sin consecuencias, menos aún en medio de un eclipse. Piensas por ocio, de un modo juguetón y ya sólo por eso tranquilizador, que si ahora mismo se cayera el avión, te pescaría la muerte con la cabeza en la mitad del mundo. Cosa linda ha de ser morir imaginando que se vive feliz e intensamente.
El miedo es contagioso, se supone, aunque muy rara vez te lo han ocasionado los aviones y ésta no es la excepción. Es apenas algún desasosiego escurridizo, te incomoda el sollozo que aún repta desde el asiento trasero. Son ya más de las seis de la mañana en el avión de Tam, por la noche estarás en uno de Aeroméxico. Piensas, igual que tantos, que no vas a morirte en un avión. Sería ridículo, te dices luego de los últimos tumbos. Además tienes cosas por hacer. No imaginas la posibilidad de no volver a la mitad del mundo, o la de nunca más ver un eclipse ni fundirte en los ojos astrales de una genuina Princesa Amazónica.
Aterriza el avión en Brasilia, dentro de unos minutos despegará de nuevo, camino de São Paulo. La señora de atrás todavía se abraza a su marido, que la ignora y se esmera en poner cara de tipo duro a toro pasado. Cierras los ojos sólo para instalarte en la imagen vivísima donde vuelves corriendo a la mitad del mundo y la luna persiste en esconderse y el avión no despega y se alarga el eclipse, noche tras noche. Quienes que más saben de esto le llaman saudade.

[Publicado el 22/2/2008 a las 14:22]
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El payador Hugo Gola.
Cierto es que fueron más los buenos que los malos. No quiero ni pensar en esos bestias que a mis padres les repartían reglazos y hasta bofetadas. (Mi padre alguna vez, con diez años, recibió una bien puesta de su profesor, misma que respondió con certera patada en la espinilla y carrera inmediata a la oficina del director, donde obtendría al cabo indulgencia plenaria.) Pasados los tres años en la asquerosa escuela lasallista donde la delación solía ser estimulada y recompensada, sólo padecí ya a uno que otro aburrido e hice cierta amistad con varios de ellos, incluso los que aún me reprobaban.
Me importaban bien poco, para entonces, los números de mi aprovechamiento escolar. Recibía para entonces cada mala nota con el talante de un enemigo de Batman. Ya en la universidad, los mejores maestros solían ser vetados por los alumnos más cuadrados, que preferían tomar el dictado a ser objeto de cuestionamiento alguno. Aunque al final aquella universidad -la Iberoamericana, cuya carrera de Letras tenía apenas unos cuantos matriculados, la mayoría desafectos a la escritura- ofrecía perspectivas inmejorables en los pasillos y la cafetería, donde las musas eran legión y ya eso me bastaba para colmar la vida de intensas perspectivas literarias. Hasta que conocí al poeta Hugo Gola.
Detestaba perderme una sola de sus clases, tanto que hasta dejaba alegremente la cafetería y olvidaba sus musas para acudir puntual a esa vibrante cita que era la clase de Poesía y Poética, misma que Hugo impartía en rigurosas minúsculas, pues detestaba tanto el academicismo que se reía de mi gusto por la poesía de Octavio Paz. ¡Vallejo!, contraatacaba con la sonrisa luminosa y voraz del niño que recién ha descubierto un tesoro debajo de una piedra. Tal era el tono de la clase entera: un hombre deslumbrado que habla, escucha y lee con los ojos de fuego y una sonrisa de amplio escaparate.
Se carcajeaba de esos lectores pudibundos que no se atreven a leer en voz alta, entendía la poesía como música y se refocilaba en sus ecos, resuelto a confundir a la enseñanza con el contagio. Una vez nos sacó de la clase para sentarnos en un jardín, frente al crepúsculo del cual, aseguró, recibiríamos las mejores lecciones de poesía; otra nos desafió a decir el nombre de un árbol cercano, que por supuesto nadie atinó a adivinar. ¿Y así queríamos hacernos poetas?
Algunos nunca lo pretendimos, pero Hugo ya insistía en la necesidad de escribir una prosa preñada de música, y esas solas palabras eran música para los oídos del narrador que yo quería ser. Por eso recibí como un regalo extraordinario su invitación a presentarme en dos de las sesiones de su club de poetas disfrazado de taller literario, que ocurrían de noche, en su casa invadida de payadores -así era como le gustaba llamarnos- a los que repartía consejos entusiastas y deslumbrantes. Fue gracias a su recomendación expresa, luego de que escuchó con atención quirúrgica la lectura de uno de mis embriones de novela, que leí Corrección, de Bernhard. Me haría bien, sentenció con ojo colmilludo, no sé si imaginando que sus observaciones me llevarían a dar tantos virajes como embriones dejé por el camino.
Cierto es que nunca antes me vi tan lejos y tan cerca de hacer literatura. Quedaba la impresión, luego de tantas risas compartidas, de que aquel profesor que parecía todo menos profesor era la encarnación de la escritura. Por eso aquí y ahora lo recuerdo a él, bueno entre buenos, y al hacerlo regresan los demás. El que en muy buena hora sugirió que dejara esa carrera de mierda y abrazara a la vida con todos sus riesgos. La que me soportó por simpatía y me bajó los humos por deber. El que me plantó un siete y me aclaró que merecía el diez, pero no se le daba la gana ponérmelo porque quería verme hacer algo más. Y aquella que, muy niño, me abrazó a medio llanto hasta que una sonrisa triste lo reemplazó. Es para ellos que aquí mismo me robo un trozo de poema de Hugo Gola (cuyo rastro he perdido desde entonces, pero jamás, sin duda, su memoria fresquísima):
y si el vuelo
blanco
fuera la mano de dios
y el mar
su alcoba?

[Publicado el 20/2/2008 a las 17:21]
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Siempre es más fácil imantar lo peor, especialmente cuando está en el recuerdo. Olvida uno lo que le hacía bien, no así las cosas que le fastidiaron, acaso porque aún le habitan en secreto y hasta se han hecho parte de su carácter. Somos antes moldeados por nuestros enemigos que por quienes nos quieren; con frecuencia termina uno por parecerse a lo que más detesta, o a lo que puso enjundia en evadir. Luego lo rememora con aborrecimiento renovado, como si ya con eso lograra exorcizar al demonio que un día se le incrustó en el alma y la manchó de bilis y amargura. Lo de menos es si era para tanto, pues el rencor antiguo no quiere licitud, ni pretende justicia; su función es buscar una revancha íntima que le permita a uno considerarse mejor persona que aquél que le agravió, tal vez nunca a propósito. Como es el caso, a veces, de los profesores.
Con alguna frecuencia me divierto lanzando maldiciones contra esos profesores que parecían deleitarse más en repartir castigos que enseñanzas, e incluso se ufanaban de zorrajar más ceros que ningún otro. El día que uno de ellos me presentó ante dos centenares de alumnos, y luego ante mi madre, como el peor alumno en la historia de su jodida escuela, debí haber entendido que el fracaso era suyo. Aunque ya lo difícil habría sido convencer a mi indignada madre (que me obsequiaba con pellizcos indiscretos en tanto el profesor abundaba en detalles sobre el caso perdido que era yo) de una tesis así de novedosa. Hasta hoy, sin embargo, recuerdo a aquellos profesores lasallistas, que se decían estrictos sólo por disparar los ceros a mansalva, como unos fracasados y unos sinvergüenzas.
"Un escritor conformista muy probablemente es un bandido, y con seguridad es un mal escritor", escribió alguna vez Gabriel García Márquez. Si reemplazamos "escritor" con "profesor", la máxima funciona con igual contundencia. De ahí, quiero pensar, que recuerde más fácil a los bandidos, cuando lo procedente sería mostrar alguna gratitud hacia quienes tomaron como propio el desafío de quitarme lo burro, y quién sabe si no habrán considerado derrotas personales cada uno de aquellos exámenes vacíos de respuestas que los forzaban a plantarme un cero. Que lo eran, al final. De ahí que un profesor que encuentra orgullo personal en reprobar a multitudes de alumnos sea con toda certeza un fracasado supino y debiera ser echado a la calle.
Fracasa siempre quien detesta lo que hace, y a algunos se les nota desde lejos. Podemos verlos siempre en busca de culpables, ávidos de revancha, y es así que de pronto ya no son ellos, sino uno mismo quien se da a enarbolar vicariamente aquellas frustraciones, igual que el exorcista que vuelve en sí con el demonio adentro. ¿Cómo culparlos, tantos años después, por el cochambre que uno mismo se ha esmerado en alimentar? Pienso en esos colegios pedagógicamente correctos donde aún los escuincles endemoniados son tiranuelos cargados de razón y todo adulto es un torturador implícito, entonces me horrorizo más aún ante la perspectiva de soportar a semejantes monstruos autoritarios. Tal vez la gratitud del ex alumno consista solamente en sobrevivir a la clase de horma que le tocó, si de uno u otro modo no hay horma que acomode.
No incurriré, por cierto, en la cursilería de agradecer a aquellos desdeñosos padrastros matinales la cantidad de obstáculos que me impusieron en el camino que hasta acá me trajo, pero si veo las cosas con alguna frialdad no me habría gustado estar en su pellejo. Debieron de sufrir a edad temprana el acoso de profesores seguramente más rígidos que ellos, y quién sabe si no, ya en el trabajo, la presión inclemente de un director malamado, de cuyo veredicto dependería su puesto o su salario. ¿Quién sino uno, al fin, conoció tan de cerca sus debilidades, su mezquindad secreta, su miedo a parecer irrespetables? ¿Cómo saber si la mayor lección en literatura alguna vez recibida consistió en reprobar la materia y darse el lujo de enorgullecerse?
Se cuenta que una vez dos de los integrantes de The Clash se acercaron al viejo gurú Pete Townshend para solicitarle consejo y bendiciones, y él por toda respuesta los envió sin escalas al carajo, arguyendo que su deber moral -esto es, la única forma de gratitud aceptable- no era idolatrarlo, sino escupirle. Vaya, pues, esta escupitina cariñosa para los malos, y dos para los buenos, que bien merecen parrafadas aparte. Ya la canción lo dice: I'm not down.[Publicado el 19/2/2008 a las 20:42]
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Escribir es leer. Leer es escribir. Escribo para complacer al lector que me habita, si bien hay días en que me complace irritarlo. Leo pensando en darle de comer a ese mismo individuo que gusta de escribir. Cuando alguien me pregunta para qué escribo, o para qué leo, siento la tentación de preguntarle para qué diablos ejercita su aparato reproductor. Vamos, que son legión quienes dan cualquier cosa por ejercitarlo, y en el primer descuido zas: se reproducen. Irresponsablemente, casi siempre. Un proceso infinitamente más caro y riesgoso que el de reproducir las ideas, pero difícilmente hay quien se cuestione su validez universal. Nadie se extraña cuando sabe que otros se reproducen, aun a sabiendas de que ciertos zopencos no deberían siquiera intentarlo.
En su abismal Helada -esa novela extensa cuya intensidad dio lugar a no más de dos puntos y aparte- Thomas Bernhard se pregunta, a través de un pintor de lucidez suicida, qué tan ruin y egoísta debe ser una madre para traer a un hijo a este mundo infeliz. ¿Lo dice así, tal cual? No, por supuesto. Lo leí hace ya tiempo y es como lo recuerdo. Seguramente ahora lo estoy reescribiendo, para incomodidad de sus lectores memoriosos, pero insisto: escribir es leer, y viceversa. Escribo para dar inicio a una suerte de juego cuyas secuelas nunca conoceré, pues no sé ni consigo imaginar qué clase de novela se construirá este o aquel lector, que al leer la tendrá que reescribir en la cabeza con una libertad que, como autor, me asusta. Pues el autor, al fin, es el provocador que intempestivamente se mueve de la escena una vez que termina con su parte en la fechoría. La novela ha dejado de ser suya, en adelante sólo vivirá gracias a quien se atreva a interpretarla, y así la reproduzca, deformándola.
Hay, entre la mano que escribe y los ojos que leen y por tanto reescriben, una complicidad equivalente a la de quienes se entregan al ritual prodigioso de la reproducción. Sobra decir que abundan los patanes dispuestos a ayuntarse con quien se deje sólo por deshacerse de sus demasías, pero existen también quienes encuentran mística en el ritual, y tras ella un genuino manantial de conocimientos. Pobre de aquel que logra la estúpida proeza de hacer impunemente el amor, pues me temo que tal cosa equivale a terminar de leer un libro sin jamás enterarse de qué trataba. En tal caso -y hay muchos, sobre todo en los años escolares- sería preferible no haber leído nada, toda vez que al hacerlo no se corrió más riesgo que el de quedarse igual, tantas hojas después. Se lee igual que se ama: con callado apetito de peligros mayores.
Me da un poco de asco leer sin apetito, tanto quizá como dormir a solas en compañía. Cuando se lee un mal libro, o uno bueno a destiempo, colabora uno poco o nada en su reescritura. Recuerdo ciertos textos escolares -asestados por profesores frígidos e incompetentes- cuya lectura rigurosamente obligatoria equivalía a un estupro neuronal. Se dejaba uno hacer, recorriendo las líneas y las páginas como el preso que se entretiene descontando sus días de cautiverio; o ya de plano se iba saltando renglones, hojas y capítulos. Da horror la mera idea de escribir un libro que estuprará al lector y lo forzará a odiarlo.
"Ándale, hijo, baila con tu prima", me empujaba mi madre enfrente de los tíos, cuando lo que realmente deseaba era largarme de una vez por todas de esa boda de mierda y acudir presuroso a la fiesta donde podría bailar con la que me gustaba, no con aquella prima papanatas. Y lo mismo pasaba con los libros que no me seducían. Prefería ganarme un cero en la materia de Literatura con tal de huir del libro obligatorio para refocilarme en la lectura de, digamos, Pantaleón y las visitadoras. Leer sin libertad es amar por la fuerza, que equivale a no hacer lo uno ni lo otro.
Camus se preguntaba la razón por la cual la gente se suicida, pues la sola respuesta habría resuelto la duda elemental de la filosofía. Con él, y en buena medida gracias a él, creo aún que la vida carece de sentido, y esa es la gran razón para vivirla. ¿Por qué leer, entonces? ¿Por qué escribir? Porque hacerlo, de entrada, no tiene sentido; y porque sólo haciéndolo se sabe para qué. Cualquier aventurero respondería lo mismo si alguien le preguntara por qué hace lo que hace. Para saberse libre, pues, para qué más.
[Publicado el 18/2/2008 a las 06:44]
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"¿Estás seguro que eso está en Brasil?", me preguntó el taxista en Rio de Janeiro, camino al aeropuerto. En lugar de respuesta, le entregué una sonrisa tantito más incrédula que la suya. Cuando algún mexicano me pide referencias de Macapá, preciso recurrir a un texto conocido: "Papillón llegaría nadando", les explico, en la esperanza de que al menos sepan ubicar la Guayana Francesa. Aunque lo cierto es que no hay nada cerca, ni siquiera Cayena. Papillón las habría pasado negras para sobrevivir a la travesía por el estado insular de Amapá, donde malaria, dengue, fieras, bichos, piratas, contrabandistas y forajidos se encargan de cubrir la travesía de obstáculos insalvables para las ratas de ciudad.
He venido seis veces, todas volando desde Belem, capital del estado de Pará que para algunos es también inubicable (Roberto Carlos, el futbolista, declaró alguna vez, recién bajado del avión al lado del equipo nacional, que era un honor para él poder jugar en la ciudad que vio nacer a Cristo). Hay quienes llegan navegando el río Amazonas, en barcos más o menos precarios cuyo más grande lujo disponible es una hamaca sobre la cubierta. Por eso, si quisiera morirme sin dejar huella, vendría directo a esta ciudad, me escurriría entre sus calles anchas y su medio millón de habitantes y avanzaría solo selva adentro, donde seguramente sucumbiría entre las fauces de un jacaré o bajo los zarpazos de una familia de onzas, si antes no me derrite el puro calor.
En otras circunstancias evitaría el clima artificial; aquí vivo completamente a su merced. Lamento incluso que no exista un tunel climatizado para llegar del hotel al coche, que se transforma en horno crematorio si se comete la torpeza de estacionarlo al rayo del sol. En tales circunstancias, la mañana y la tarde, con su amplitud oceánica, son de sobra auspiciosas para quien las dedica a leer, escribir y aguardar el arribo del anochecer, con todo y mosquitos. Parecería el infierno, pero hay que estar aquí para empezar a confundirlo con su antípoda. Cortesano de la única Princesa en infinitas leguas a la redonda, preciso de muy pocos adminículos para sobrevivir con la sonrisa puesta y creer firmemente que el paraíso no está ya en la otra esquina, sino frente a la Plaza Floriano Peixoto, entre el lobby, el comedor y la habitación donde ahora mismo me bebo un plato entero del mejor açaí de este país. Pobres de los paulistas, le llaman "açaí" a ese caldo insaboro que en nada se parece a este manjar espeso y deleitoso que baja de la lengua a la garganta en calidad de combustible para gladiadores.

La pluma, la libreta, el libro, el plato ya vacío de açaí, un billete de cinco reales que uso como separador, tales serían mis vestigios postreros si ahora mismo estirase la pata sobre la cama. Efectos personales, que les llaman. O también, por qué no, efectos especiales. Cada uno a su manera contribuye a crear una suerte de hechicería íntima que me deja sobrevolar Macapá con el viento a favor de las ficciones y el lujo de una fresca ligereza que sería impensable bajo ese sol de plomo que vacía las calles del mediodía a las cuatro de la tarde.
Son ya más de las tres de la mañana del día de San Valentín, que en Brasil significa poca cosa y todavía menos en Macapá. Guardo el libro, la pluma y la libreta, tengo sueño a pesar del açaí, pero alcanzo a entender que cuando el furibundo Yahvé decidió castigar a Adán y Eva le bastó con desconectar el aire acondicionado. Ello no sólo explica los alcances de la Divina Ira, sino de paso el mal humor de Caín. Con su permiso, voy a santiguarme. No sea la de malas que me lo desconecten.

[Publicado el 14/2/2008 a las 05:01]
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No es difícil, para un espectador convulso, alimentar cierta debilidad narcisista por los héroes románticos. Piensa uno que en el fondo se les asemeja, apostaría de pronto a que en su sitio haría lo mismo que ellos, pero no porque quiera o lo decida sino por esa senda vertiginosa que le sugiere imperativamente desafiar toda obvia conveniencia, presa del fatalismo redentor que apenas un canalla o un imbécil se atrevería a eludir. Eso es lo que uno cree, con firmeza fanática y ánimo combativo. Por eso cuando asiste a la historia lo hace con más enjundia que curiosidad, resuelto a sucumbir junto a sus héroes antes que conceder lugar al conformismo vergonzoso de procurar refugio en las certezas vanas, que por lo general son casi todas.
A los ojos de un héroe romántico nunca parece demasiado tarde, aunque casi. Por eso tiene prisa, pero también paciencia sin medida. Irá hasta donde tenga que ir por la oportunidad de tirar los dados y jugárselo todo en un solo tiro. "Todo o nada", declara, desde ya despreciando a la medianía puesto que nada en ella le impresiona. Y uno acá en la butaca no hace sino asentir con devoción equivalente y nunca menos sed de pasión. Se desea la luna, o en su defecto se acepta la ruina. No con otra intención hemos desembarcado en un destino incierto y acto seguido incendiado las naves.
No escribo de memoria, ni busco teorizar, aunque aprovecho la oportunidad para echarle una trompetilla a Jean-Luc Godard, cuyo canonizado A bout de souffle me sigue pareciendo abominable desde que vi por primera vez Breathless. Dispárenme, si quieren, pero hasta ahora sigo sin querer nada con aquel Belmondo que agoniza insultando a su postrera amante traicionera. Vi tres veces aquella historia pretenciosa y très cool, al principio buscándole los famosos encantos y ya después sólo por ubicar el origen remoto de mi favorita, donde el protagonista es un ladrón de coches que irrumpe con la ayuda de una ganzúa en el departamento de la heroína, transportando una flor entre los dientes, listo para apostar su resto a ojos cerrados.

Conozco la aversión que a numerosos contemporáneos les inspira la penúltima década del siglo pasado, y a lo mejor por eso se las restriego aquí. Me hace ilusión que algunos me condenen, y si es posible que se escandalicen. Linda palabra: escándalo. Supongo al fin que preferir, por leguas de ventaja irremontable, a un producto ochentero californiano sobre un ícono sacro de la Nouvelle Vague, me ganará un lugar seguro en el infierno, que como bien sabemos está repleto de héroes románticos.
Jesse Lujack, se llama el héroe de la segunda versión de Sin aliento, aunque la policía también lo conoce como Jack Burns. Si el afán fuese disecar la película, podría pasarme párrafos incontables recorriéndola de escena en escena, luego de haberla visto algo así como veinte veces, cuando menos, con los pies hasta el fondo de las botas de Lujack y los ojos en la estudiante de arquitectura que lo sigue en mitad de una fuga romántica al extremo de lo tóxico. De Philip Glass a Chrissie Hynde, y asimismo de Elvis a Jerry Lee Lewis, el héroe de la historia (un Richard Gere sin canas que para bien de todos aún no ha conocido a Julia Roberts) jamás se cansa de doblar la apuesta. Ahora mismo, de noche, con la lluvia selvática estallando allá afuera y el Amazonas rugiendo a unas cuantas decenas de metros, alzo un vaso repleto de cachaça emocional por aquellos que un día se hayan visto en el espejo de Jesse Lujack, seguramente el único héroe romántico capaz de arrodillarse ante el Silver Surfer y hacerle ciertos ascos al mismo William Faulkner, por el pecado de elegir a la pena sobre la nada.

"It's all-or-nothing with me!", sentencia Lujack y alguien adentro de uno aplaude a rabiar. Vamos, Jesse, se dice sin decirse porque de tiempo atrás lo sabe y lo respalda, no te quiebres ahora, que los dados ya ruedan sobre el tapete; que la vida se apuesta de todas maneras y las naves quedaron hechas ceniza; que los héroes románticos desdeñan el peligro y no existe confort que los detenga. "Va mi resto, señoras y señores", le dice uno al espejo retrovisor y acelera dispuesto a morar en el cielo o morir en la raya.
Antes la nada entera que un todo en pedacitos.
[Publicado el 13/2/2008 a las 08:37]
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Lo peor de guarecerse en manías gaznápiras es tener que sacar la cara por ellas, y hacerlo hasta el extremo de enorgullecerse. Sobran quienes se ufanan de ser intolerantes compulsivos, perezosos tenaces o frígidos del alma y reflejarlo en una larga lista de tics hechos en casa, que de acuerdo a una lógica comodina y mediocre resaltan lo que llaman su individualidad. Vamos, no es que se sienta uno libre de todo ello; si consigo advertirlo con facilidad es porque soy también anfitrión de numerosas y muy cretinas supersticiones. Nada desquicia tanto de los otros como que osen tener manías similares. Cosas que uno consigue perdonarse más fácilmente luego de haberlas condenado en el prójimo.
He conocido a tipos que se envanecen de nunca haber leído un libro. No tienen tiempo, dicen, para gastarlo en estupideces. Ya bastante se cansan pensando en el trabajo para tener que hacerlo fuera de él, como si los quehaceres neuronales fuesen un sacrificio y no un placer. Uno de ellos dejó de ser mi amigo el día que lo cité para un café en una librería. "Esos pinches lugares me agreden con su cultura", se excusó, y no pude evitar responderle qué tan beligerante me parecía su pinche ignorancia, cuando tal vez lo único procedente habría sido carcajerme en el auricular. Pero había que golpearlo, no tanto para hacerlo sentir mal como para atacar mis íntimos malestares, pues desde siempre siento que he leído y leeré menos libros de los que debería. Tachar, pues, de ignorante a mi amigo el palurdo me relevaba de la preocupación de temerme mucho menos sabihondo de lo que aquel silvestre imaginó.
Hasta hace poco me ufanaba de beber cuando menos seis Coca-Colas diarias. De otro modo, afirmaba con vanidad vestida de resignación, no puedo ni escribir. Cuando lo único cierto es que para sentarse a empujar las ficciones no se precisa más que un par de cucharadas de osadía y varios kilos de fe en uno mismo. Aquí y ahora, en mitad de la Amazonia, he cambiado las seis Coca-Colas por dos latas al día de Guaraná Antarctica y un poderoso plato de açaí, sin que por ello se me traben los párrafos o la tinta se niegue a fluir. Solía decir, también, que la escritura de una novela me exigía la familiaridad del espacio casero, de manera que sólo en mi hogar y a una hora del día podía hacer lo mío como Dios manda, cual si la Causa Primera No Causada se entretuviera en ordenar estupideces.
¿Cómo he sabido que toda esa teoría de la escritura sedentaria no era más que otra de mis manías idiotas? Desde el momento en que me vi orillado a elegir entre la mujer de mi vida y la novela en turno, que era como tener que decidirse entre llevar adentro corazón o pulmones. Reinaldo Arenas debió escribir tres veces la misma novela, no en un estudio bien acondicionado sino en una mazmorra infame, donde no había pretexto para el conformismo. ¿Y qué decir de esa manía antipática de encerrarme dos horas en un cuarto de hotel antes de proceder a la presentación de un libro? Pues nada, que hasta hoy no consigo quitármela, aun si más de una vez -o más de veinte, para ser sincero- he llegado hasta el escenario sin putísima idea de qué voy a decir, y una vez sometido a la presión del momento el asunto funciona como si hubiera habido un guión escrupuloso.
Detrás de cada manía suele ocultarse algún temor sin nombre. Nada que no sea fácil de ver en los demás y pasar totalmente por alto en uno mismo. Manías que limitan y acomplejan, que se alían con la peor parte de uno sólo para tranquilizar a sus zonas mediocres con la certeza bemba de que nunca ha podido, ni puede, ni podrá: un argumento irrebatible, según quienes envidian en secreto al maniático y prefieren que siga encariñado con sus limitaciones postizas. Claro que es imposible vencerlas a todas, pero de ahí a llevarlas por bandera existe cuando menos tanta distancia como la que separa a la compulsión del deseo. Y ahora, si no les importa, voy a empujarme la primera Coca-Cola de este mes. ¡Bebida inmunda, cuánto la extrañaba!
[Publicado el 12/2/2008 a las 07:35]
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La imagen que antecede a estas palabras -tomada hace unas horas, ya de noche, a no más de cincuenta metros de la línea ecuatorial- corresponde a la última orilla de la ilusión. Cada una de las ciudades brasileñas alberga otras así, por el momento. Son los cadáveres del carnaval, restos de carros alegóricos que agonizan al sol, en los suburbios de cada sambódromo. He volado de Rio de Janeiro a Macapá poco después del Miércoles de Ceniza, cuando del carnaval queda sólo el recuerdo y hay que arrancar de cero con un nuevo año.
Llámenlo fetichismo imberbe o sentimentalismo barato, pero ya desde niño me conmovía la visión de las piñatas rotas en el basurero, con la expresión a medias extinta de una ilusión que ya cesó de ser. Ahora bien, el rostro roto y con el cuello quebrado que encabeza los restos de este carro alegórico -no es alto en realidad, medirá con trabajos cinco o seis metros- parece menos hecho para la fiesta que para su final. Cuesta algo de trabajo imaginar esta expresión como parte del esplendor carnavalesco, incluso acompañada de una legión de jíbaras en paños refulgentes y muy menores. Ignoro, pues, qué tan decorativa sería en su momento, pero sigo pensando que fue construida sólo para ilustrar la melancolía propia del fin de fiesta; o en su caso, quizá, la certidumbre de que toda alegría -más aún si es intensa- encuentra su final en un abismo nunca menos triste y añorante que la imagen de una piñata reventada.
Ahora, mientras escribo, la contemplo a la orilla de la pantalla y no puedo evitar que cada nueva línea se contagie de su extraña saudade selvática. Una técnica vieja, muy socorrida por los novelistas a la hora de recrear un sentimiento ajeno y distante, pues verdad es que ahora y aquí, en la mitad del mundo, el universo entero me parece tan lindo que no entiendo bien a bien la tristeza y necesito de una muñeca rota para evocarla. Nadie duda que la alegría, cuando llega, tiende a ser epidémica, pero ya quiero ver quién le saca la vuelta con éxito al imán del abismo seductor.
"Acabó nuestro carnaval", escribió alguna vez Vinicius de Moraes sobre la melodía de Carlos Lyra en la Marcha del Miércoles de Ceniza, no exactamente en torno al fin de fiesta sino al advenimiento de una dictadura, mas ahora que el gorilato es historia vieja permanece en aquella canción el humor lánguido y remotamente esperanzado propio del día más hueco del Brasil.
"Pero eso ya pasó", reaccioné de repente, ya de vuelta en el coche, con la fotografía triste dentro de la cámara y de nuevo la mano sobre el hombro de la Princesa Amazónica que metía primera, segunda, tercera por la calle bordeada de graderíos que apenas la semana pasada fungía como pista del sambódromo en el único carnaval que sucede entre dos hemisferios. Medio minuto más tarde, fugazmente en América del Norte, la memoria completa del carnaval se había disuelto. Llegando a la luz roja del semáforo, ante el guiño flotante de la luna flaca, miré de nuevo al lado y bastó el beso largo de sus ojos para traer de vuelta al carnaval. "La tristeza no tiene fin, la felicidad sí", sentencia la canción de Tom y Vinicius, pero esta misma noche dos luces verdes me han jurado lo contrario. Y yo les he creo, no faltaba más.

[Publicado el 11/2/2008 a las 07:12]
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12/5/2008 06:26
Publicado por: osiris
11/5/2008 20:06
No tengo una Mac sino una PC y...
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10/5/2008 08:09
sex in the city.. si que fue un...
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10/5/2008 07:17
si los comerciales.. y la eventa...
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Aun no entiendo por que ese...
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