El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

Editado por La Oficina del Autor

miércoles, 3 de diciembre de 2008

Blog de Xavier Velasco

Muchos genios, pocas lámparas

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“La mayoría de los escritores”, observó alguna vez Yukio Mishima, de seguro mordiéndose la lengua, “son personas normales que se conducen socialmente como perturbados; y yo, que me comporto como una persona normal, estoy enfermo del alma”. Más allá de lo que el perturbado samurai suicida se atreviese a juzgar normal, sus palabras apuntan hacia miles y miles de trepadores dispuestos a cualquier ridiculez con tal de parecer estrambóticos. No estoy en posición de dudar que la normalidad, tal como uno supone conocerla, apesta más que un camarón rancio, pero afanarse a ultranza en huir de sus garras es un empeño contraproducente. Nada hay más ordinario que un hijo de vecino disfrazado de freak para significarse entre la turba.

Un verdadero freak suele serlo contra sus intenciones. En el fondo, Mishima habría querido ser uno más, pero el monstruo interior no le daba esa opción. Sus manías, complejos y egolatrías varias podían más que la necesidad de discreción propia de los quehaceres narrativos, acaso porque al mismo tiempo albergaba la urgencia, literaria en extremo, de obligar a la vida a asemejarse peligrosamente a la ficción, hasta fundir a la una con la otra sin reversión posible. ¿Se habría cortado las vísceras el autor de Caballos desbocados si hubiese vislumbrado un final preferible, o en su caso tantito menos anormal? Es allí donde empiezo a diferir con tantos burroughcillos, bukowsketes y mishimoides de ocasión, prestos siempre a enfundarse el kimono, aunque no a practicarse el hara-kiri.

En su película Hara-Kiri, Masaki Kobayashi cuenta la historia de Hanshiro Tsugumo, un samurai caído en desgracia que arriba al feudo de Señor Lyi suplicando su apoyo para cortarse el vientre y ser decapitado de acuerdo al ritual clásico del seppuku. Enfrentado al escepticismo de sus anfitriones, que lo confunden con uno de los tantos impostores que van de feudo en feudo amenazando con suicidarse para obtener alguna limosna, Hanshiro es empujado a cumplir con su palabra, y ello desata una gran matazón. Un artista impostor no es muy distinto de un pordiosero camuflado: intenta convencernos de su anormalidad para obtener un crédito que, calcula, lo salvará de ser un ordinario más. ¿Cómo es que nadie todavía se ha ingeniado algún método para obligar al autodestructivo dudoso a pasar por la prueba del ácido?

La colonia Condesa es el barrio de la ciudad de México que alberga por encima de los tres freaks por metro cuadrado, aunque muy pocos puedan comprobar su solvencia como auténticos weirdos. Se diría que basta con cruzar sus fronteras y saludar a un par entre sus personajes típicos, igual que en Disneylandia los niños dan la mano al Pato Donald, para ser parte activa de la rareza dizque reinante. Hay, además, tal cantidad de restaurantes y cantinas ad hoc que hasta el más anodino de los mortales pasa por personaje interesante, cuando menos delante de la aduana tenaz de su autoestima. Más que de simples calles, avenidas, tiendas, galerías de arte y sitios de reunión, la Condesa está llena de pasarelas: cada hijo de vecino es una estrella y el espectáculo jamás termina.

En términos estrictos, no se trata de un rumbo cosmopolita, sino justo al contrario. ¿Dónde, sino en un triste pueblo endogámico se vive obsesionado por la opinión ajena? Pueblerinos del mundo, quienes se ostentan como condesos prototípicos no están menos pendientes del qué dirán que cualquier beata en misa de siete a.m. Y esto lo sé porque, como sucede a tantos hijos de vecino, tengo una incalculable cantidad de amigos residentes o asiduos de aquel rumbo; si bien, fuereño al fin, trato de frecuentarlos en algún territorio neutral donde aún se disfrute del privilegio de pasar por persona común y corriente, más afecta a observar que a ser observada.

“Cuando creces en un pueblito, sabes ya que decreces en un pueblito”, cantaba Reed con Cale acerca de Andy Warhol, quien según Gore Vidal era el único genio con un cociente intelectual de sesenta puntitos. No obstante, en la Condesa abundan hoy quienes creen que el albino de Pittsburgh no está solo.

Lou Reed y John Cale: Small Town.

Hara-Kiri (trailer de la película de 1962).

[Publicado el 27/9/2007 a las 11:05]

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¡Salga usted de ese sarcófago!

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Quienes acostumbramos despertar después de las diez llevamos una injusta relación con el resto del mundo. Cada vez que alguien llama por ahí de las nueve de la madrugada, experimenta uno la poderosa tentación de insultarle, pero es aún más fuerte la modorra que, por cierto, de casi nada vale disimular. ¿Por qué, si lo que quiero es soltar improperios e invectivas terribles, trato de ser amable y sonar casualito? “¿Estabas dormido?”, pregunta desde el remotísimo mundo material la voz impertinente, y uno, que está a milímetros de ultratumba, responde por supuesto -que no, sin siquiera esperanza de obtener algún crédito. No sé dónde está escrito que tendría que ser motivo de vergüenza la costumbre de levantarse tarde, como si ello indicara que el interfecto se pasa los días hurgándose el ombligo bajo una palmera.

En ocasiones se tiene la suerte de que quien llama sea uno de aquellos infelices empleados de telemarketing, que de seguro espera encontrar a la víctima fresca y optimista y no imagina la atrocidad que comete. Apenas los escucho pronunciar mi nombre con ambos apellidos, listos para arrancarse con otra cantaleta robótica, reúno toda la congruencia mental que puedo —una bicoca, en tales circunstancias— y les suelto las peores blasfemias que llegan a mis labios, con prosodia pastosa y sintaxis quebrada, de manera que no consigo importunarlos y en fin, ni interrumpirlos. Solamente el volumen de mis gruñidos permite que el anónimo tunante infiera que lo acabo de mandar a la mierda, pero es seguro que no va a obedecerme: nadie quiere ir tan lejos, tan temprano.

Puedo verlos —incluso con los párpados apretados y la mortaja encima del cráneo— moviendo la cabeza hacia ambos lados y opinando que soy un holgazán. “Por eso está el país como está”, dirán los más patriotas, y lo único cierto es que se están equivocando de país. Ahora mismo son casi las nueve de la mañana en Madrid, sede mundial de El Boomeran(g), y no tengo otra opción que olvidarme que en México van a sonar apenas las dos, porque la idea es que el texto esté listo antes de las diez madrileñas. Es decir que después, cuando al fin duerma, lo haré con la tranquilidad de quien ya pasó el día de hoy por las ocho y las nueve y las diez de la mañana, mientras quienes se dicen madrugadores estarán todavía lejos de pelar ojo.

“Ya sé que crees que comprendes lo que piensas que acabo de decir, pero no estoy seguro de que te hayas dado cuenta que lo que acabas de escuchar no es lo que yo quería decir”, rezaba la leyenda citada por Alfredo Bryce Echenique en una de las crónicas de A vuelo de buen cubero, misma que hasta la fecha empleo de memoria para echar luz en torno a ideas tan confusas como las que dan cuerpo al párrafo anterior. Podría, por supuesto, trabajar en el blog durante la mañana, pero entonces tendría que escribir la novela de noche, ya que la sola idea de juntarlos parece tan ilusa como amistar a dos mastines machos en presencia de alguna hembrita en celo. Y como las novelas suelen ser más pacientes que los blogs, iría terminándola por ahí de la última reelección de Hugo Chávez.

Escribo estas palabras con la decepción propia de un trasnochador frustrado, pues ahora mismo varios de mis amigos brindan juntos en un lejano bar, del que hace rato hube de salir huyendo para venir a darle de comer al blog: antídoto infalible contra la bohemia. Lucifer sabe cuánto me alegraría levantar el auricular a mediodía con voz ronca y aliento de tequila, sin siquiera intentar hacerme el industrioso, pero entonces tendría que lidiar con la mala conciencia de quien se para después de la una sólo para mover la cabeza ante el espejo y probar una inmunda piedad por sí mismo. Y el colmo es que me gusta esta suerte de adrenalina monacal, por más que no consiga olvidar la última llamada de mi mal llamado amigo Ángel —hará una media hora—, insultándome porque me escapé de su fiesta cinco minutos antes de que me presentara a una mujer lo suficientemente encantadora para volver al hogar a la hora que en Madrid la tarde se hace noche.

Ave María Purísima: bendito sea El Boomeran(g). Eso también lo sabe Lucifer.

[Publicado el 26/9/2007 a las 10:59]

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Yo también soy Violetta

“Ni siquiera se me sindicalizan”, respondió alguna vez Juan Villoro a la pregunta de Javier Marías en torno a una hipotética revuelta de personajes. Ahora Marías le confiesa a Juan Cruz que en ese aspecto no tolera rebeliones frente a su voluntad de escritor. “Faltaría más”, agrega. ¿Qué pasa, sin embargo, cuando la historia exige que sus personajes sean voluntariosos y respondones? Cierto es que llega siempre el momento de mostrarles quién manda en el cuaderno, aunque sea para evitar la desbandada, pero de pronto uno disfruta más cuando le contradicen y solos modifican el rumbo de la historia, o hasta su misma forma de ser y estar. Nunca sé si conozco a mis personajes, por eso voy tras ellos presa de la ansiedad de meterme de un brinco en sus zapatos. Elijo, en todo caso, cuáles partes contar y qué rincones deben permanecer ocultos. Pero el hecho es que sí, los prefiero rebeldes.

Por todo lo anterior, aborrezco a los personajes sumisos, y todavía más a los lambiscones. Que por supuesto no es el caso de los de Marías —a menudo implacables como su autor, que corrige el lenguaje pero jamás el curso de la historia—, sino el de los de aquellos novelistas a quienes el exceso de laureles ha acostumbrado a la comodidad. Volviendo al espinoso tema de ayer, los veo rebasados por la patrulla que antes los perseguía y ahora los cuida como a un congresista; nada que no se note cuando uno empieza a recorrer las páginas y en vez de historia se topa al autor, embelesado por la luz del espejo. Los hay incluso que no persiguen más que ser glorificados, de modo que aman u odian a sus críticos de acuerdo a los laureles que les otorgan, y a la hora de concebir personajes se sienten más seguros arrebañándolos. Y ahí sí que no negocio: antes soy mal cuatrero que buen pastor.

Un personaje que hace todo cuanto le ordeno se parece al amigo que nos da la razón de forma sistemática, o a la mujer que por supuesto amor nunca ha osado decirnos que no. ¿Qué otra razón tendría para soportar a tamaños pelmazos, como no fuera la conveniencia de utilizarlos para hacerme la fama de biempensante, procurar el favor de lectores sedientos de complacencia o ganar posiciones de poder político? Toco madera. Me niego a defenderlos o a que me defiendan, mas espero que al menos, ellos sí, sean tan poderosos e impunes como un envenenador invisible. Que digan lo que yo jamás diría y revelen lo que aún desconozco. Que hagan frente a la historia mientras uno se hace humo detrás del escenario, confundido entre putas, menesterosos y ladrones.

En su reciente Piedra de toque, Mario Vargas Llosa habla de Charles Dickens como actor de sus textos, y asegura que él mismo ha sentido también “ese inquietante milagro que es, por un tiempo sin tiempo, encarnar la ficción, ser la ficción”. Lo cual me recordó sus confesiones en torno a la creación de Pantaleón y las visitadoras, la novela que sólo se dejó escribir desde la chusquedad, pues tanto historia como personajes eran naturalmente desternillantes. Personalmente, no conozco osadía preferible a la de convertirse uno mismo en ficción, ser personaje antes que persona y atreverse con él a las más extremas impudicias, para al cabo temerse, con retorcido orgullo, poca cosa en comparación. Escribir para desaparecer: tal es el desafío y el deleite.

Con alguna frecuencia desconcertante, se me aparece alguna lectora de mi Diablo Guardián para usurpar la identidad de la protagonista. “Yo soy Violetta”, dicen, a lo cual les respondo con la misma pregunta defensiva: “¿Y yo qué culpa tengo?”. Pues desde siempre mis personajes favoritos son corpulentos e individualistas, y el hecho es que a Violetta no quise controlarla ni siquiera en los años que dediqué a ser ella y renunciar a mí, que de repente soy tan predecible. Pues era abordo de ella, desde ella, dentro de ella, que podía probar el privilegio de renunciar a toda especie de obediencia y levantarme en armas —sus armas— contra lo que hasta entonces creí ser y querer. Y ahora que ya navego en otra historia y tengo que ser otros, cualquiera excepto yo, me exijo cuando menos ubicarme a su altura y cumplir con el postulado de Javier Cercas en torno a la función del narrador: Lo que importa es pelear, seguir peleando.

[Publicado el 25/9/2007 a las 10:09]

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Arrímense, sirenas

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Uno sabe que estuvo en el infierno cuando la sola idea de dar un paso atrás le provoca un horror a prueba de plegarias. Hay quien piensa que vale ser compasivo para con ciertos monstruos del pasado, pero lo cierto es que éstos desconocen la compasión. En su novela El vuelo de la ceniza, Alonso Cueto cita a un personaje que da cuenta de otro pensando en "corregir al mundo de su presencia". No sé si sea lo ideal apoyarme en las divagaciones siniestras del doctor Boris Gelman, a quien Cueto presenta como un psicópata cobarde, pacato y gazmoño; pero el hecho es que el loco me ha dado ideas, y no puedo por menos de implementarlas.

Cuando llamé a la puerta del nefando cazador de brujas Fray Severo Himmler-Hopkins, sabía que corría el riesgo de despertar engendros peligrosos y puede que invencibles, pero me dominaba un frenesí comparable al que lleva pendiente abajo a los personajes de Howard Phillips Lovecraft, sólo que ahora no pretendía hacerme con los secretos últimos del Necronomicon, sino apenas echar de mi vida a un monstruo pernicioso que en mala hora habíase vestido de musa y hasta fingía irse, para mejor quedarse. A pesar de que creo, con Camus, que en cualquier caso deben ser los medios los que justifiquen al fin, y jamás al contrario, esta vez me aquejaba una rara premura por recibir la bendición del diablo.

Para quien vive de contar historias, sólo hay lugar para una clase de culpa, proveniente de la esterilidad. No escribir a lo largo de un día completo lo deja a uno con la conciencia untada de cochambre; una calamidad contra la cual el blog presenta propiedades analgésicas y enervantes. A la larga, no obstante, la suciedad se va acumulando en el fondo de la marmita y ya no basta el blog para desprenderla. Cuando intenté volver a la novela en ciernes, de espaldas a la ausencia de la falsa musa, su fantasma se alzó, resuelto a interponerse entre el proyecto y mi espada: la queridísima Mont Blanc Nautilus que poco o nada entiende de piedad. Así, con ella en mano, acudí a Fray Severo.

  —Nada me gustaría más que ayudarte, hijo mío, pero antes debes entregarme tu Excalibur —ironizó de entrada el chozno de Matthew Hopkins, rodeado por ese halo de mentirosa devoción que hace tan peligrosos a ciertos clérigos.

¿Qué se hace en estos casos? Lovecraft, que era en el fondo un beato pusilánime, tal vez habría corrido por un crucifijo, pero yo dije que iba a vivir sin apelación. Por eso le encajé la espada en el vientre a Fray Severo, luego al fantasma terco, que había llegado intempestivamente a felicitarme, y acto seguido me moví de la escena, comprendiendo de pronto que en este oficio no hay bendición que sirva, por maldita que pueda parecer. Pues lo que más se quiere y se requiere no es salvarse, sino acceder a la condena plenaria. ¿Había para ello camino más seguro que liquidar tanto a la bruja como a su cazador?

Nada le hace mejor a la escritura como traer una patrulla detrás, de preferencia con la sirena prendida. Cuando los personajes de la novela en proceso me vieron llegar, espada en mano y con una hilera de patrullas en mi rauda procura, lo celebraron disparando misiles al aire; ninguno como ellos entiende el daño que hacen las bendiciones a quien ya se propuso corregir al destino espada en mano. Que corra, pues, la hemoglobina de monstruos y fantasmas. Es momento de acelerar a fondo y atropellar a todo cuanto se interponga. Nada le haría peor a la escritura como ser rebasada por las patrullas y verlas convertidas en escoltas.

Que me reviente un rayo a media tempestad si añoro los avernos de la falsa musa. Atrás, supersticiones agachonas. Vade retro, nostalgia chantajista. Detente, sombra de mi bien esquivo. Por estricta disposición del administrador, a partir de este punto se prohíbe la entrada a las musas, falsas o verdaderas, etéreas o concretas, repelentes o hermosas. Toda infracción será castigada con mínima piedad y extrema sevicia. Y ahora a correr, que ahí vienen las patrullas.

[Publicado el 24/9/2007 a las 10:52]

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Se traspasa musaraña

Creí que al regresar ya no la encontraría, tal vez porque tomé la decisión de creerlo. Javier Marías —cuya aguardada tercera parte de la novela Tu rostro mañana se anuncia ya en El Boomeran(g) y me hace salivar de envidia porque a México no sé cuándo llegará— cuenta que no acostumbra arrepentirse al narrar, y es así que una vez que escribe una página la da por sucedida y no usa la reversa ni para acomodarse. Admirable actitud, que ya en los hechos nos ha dado prodigios del tamaño de Mañana en la batalla piensa en mí. ¿Quién quisiera leer a un narrador indeciso que de entrada se hace trampa a sí mismo? Por eso decidí creer lo que quería, entendiendo con ello que si la realidad osaba contradecirme yo le respondería con el poder de convencimiento que sólo tiene la extrema violencia.

—¿Crees que puedes echarme como si cualquier cosa, canalla infecto? —me mira con los ojos llorosos a propósito, cargada de un amor estrictamente propio y un odio a todas luces calculado.

—Fuera de aquí, Afrodita. Ya te dije bien claro que he resuelto vivir sin apelación.

—¿Vas a cambiar el panorama negro de tu vida patética colgándote de la primera desconocida que te cae en la playa, seguro que por lástima? —ahora es ella quien echa mano de la violencia extrema, lástima que le falte información…

—Mire usted, musa de no sé quién: la persona a la que ha intentado referirse no “me cayó en la playa”, menos aún es una desconocida. Llevo más de tres años de viajar al Brasil con feroz reincidencia no sólo para hincharme los sentidos de ritmo y llenar la maleta de cds, sino antes que eso para cumplir con un papel de súbdito romántico que no estoy obligado a explicarle. Usted, que se ha metido a rincones de mi vida adonde no recuerdo haberla invitado, tendría que entender que las princesas amazónicas no se dan en maceta, cuantimenos salen a cazar hombres en la playa, y si hasta ahora nunca consiguió verla no encuentro explicación más que en su vanidad de dominatrix descontinuada.

—¿Sabes que si me da la gana puedo secarte el alma y evitar para siempre que vuelvas a escribir una línea, cucaracha maloliente? —mientras habla, Afrodita salpica sus palabras de una cierta saliva espumosa que causa escoriaciones leves en mi piel, y al hacerlo su rostro se va desfigurando. Nada hace ver tan fea a una musa como el escepticismo de quien la contempla. Si seguimos así, va a salir de mi vida con la cara invadida de verrugas, montada en una escoba y soltando conjuros anacrónicos.

—Salga usted de mi vida, musaraña mañosa, antes de que me dé por llamar a un exorcista o a un inquisidor. Tengo los números de varios en mi agenda. ¿Ha oído hablar, por ejemplo, del implacable Fray Severo Himmler-Hopkins? —apenas oye el nombre, palidece, y en un descuido empieza a sollozar.

—Nunca creí que fueras capaz de lanzarme de esa manera al limbo, como a cualquier fantasma segundón.

—En realidad pensaba enviarte al infierno, pero si aceptas entrar en razón puede que te consiga otro trabajo...

—Ya te he dicho que sólo puedo trabajar con los que cumplen años el mismo día que tú.

—¿Has leído a David Toscana, Afrodita?

—¿El autor de Santa María del Circo?

—También de El último lector y El ejército iluminado. A estas horas debe de estar volando de Río de Janeiro a Monterrey; hace unos pocos días descubrimos que nuestros cumpleaños coinciden. Justamente me dijo que llegando de vuelta a Monterrey iba a lanzarse a buscar una musa.

—¿Tú me vas a recomendar con él? —una lenta sonrisa de lectora voraz va desplazando al rictus de amargura con el cual hace pocas líneas Afrodita del Carmen pretendía chantajearme como a un politicastro abaratado.

—¿Tú crees que necesitas de recomendaciones? ¿Y si mejor te pones el negligé de encaje con el que tantas veces me encajaste uñas, pupilas y colmillos? —súbitamente pufff: el hechizo se rompe. Queda en su sitio una nube de humo color de rosa.

Respiro de repente una brisa fresquísima, como pasa al principio de un romance hondo. En portugués, por cierto, a la novela se le llama “romance”, y a las telenovelas les dicen “novelas”, aunque ya en español cueste tanto trabajo distinguir la escritura de la novela del ejercicio largo del romance. No sé si he hecho bien: Toscana va a acabar por saber que le he enviado una dominatrix a domicilio. Lástima, porque soy su lector y hasta su amigo. Temo que no me va a volver a hablar.

[Publicado el 21/9/2007 a las 09:53]

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Samba del helicóptero

Nunca había volado en helicóptero, ni imaginado verme cara a cara con el Cristo del Corcovado. Tenía por ahí una fotografía cándida del 2005, justo debajo de la estatua que hace algunas semanas fue electa como una de las siete nuevas maravillas del mundo, aunque entonces había sido un mero fetichismo de turista entusiasta. Pero esta vez fue diferente, tanto así que me atoro desde ahora en el empeño de narrar la experiencia sin traicionarla. Éramos sólo dos pasajeros: la princesa amazónica adelante, al lado del piloto; yo atrás, indeciso entre seguir tomándole la mano y abandonarme al vértigo glorioso de comprobar que nunca vi una ciudad a tal extremo cautivadora. Perdónenme París, Praga, Manhattan, Venecia, Barcelona, San Francisco: esto no puede hacerse con ladrillos.

Escribo desde el aire, por encima de nubes aburridas y rodeado de rostros rutinarios tras diez horas de vuelo, duermevela y una engorrosa conexión panameña. Pero tengo a Jobim metido en los audífonos y eso lo cambia todo, pues abordo de Wave, Tide y Stone Flower vuelvo a aquel helicóptero donde éramos los dos un solo mosco empeñado en robarle un gesto al Cristo, con ese estruendo de hélices que hacía a las palabras aún más prescindibles. Regreso a aquellos diez minutos de ojos saltones, quijadas caídas y exclamaciones meramente guturales, cuando el mundo era todo un solo paisaje y el paisaje era todo un solo asombro. ¿Y si la maravilla no fuera el puro Corcovado, sino aquel espejismo de ciudad que a decir de Carlos Drummond de Andrade estaba desde siempre escrita en el mar?

Si sólo caminar entre Leblon e Ipanema supone contagiarse de un estado de ánimo vecino de la plenitud, contemplar todo junto mientras se flota en el aire implica una intoxicación de los sentidos. Se contiene el aliento, se deja de pensar, se detiene hasta el mismo instinto de conservación en una rauda borrachera de cielo, tierra, viento y agua simultáneos, como si resonaran adentro Agua de beber, Insensatez, Samba de una sola nota, Desafinado, Cariñoso, Aguas de marzo, Samba de Soho, Corcovado, Dindi, Lamento, Capitán Bacardí, Fotografía… y el rugir de las aspas fuese una taquicardia celestial.

No sé si la impresión sea irreal o hiperrealista, mas el solo acto de sentarse a contarla trae de vuelta esos pálpitos incrédulos. Botafogo, Flamengo, Lapa, Copacabana, Gávea, Guanabara, Tijuca, São Conrado, y en medio la laguna Rodrigo de Freitas, nada que pueda uno acabar de creerse desde la perspectiva inenarrable de quien flota en el aire y en el tiempo, recobrando las dimensiones del universo mientras se deja devorar por él y se dice de nuevo que jamás asistió a algo similar. Me gustaría decir que dolió aterrizar, pero había una sensación de vibrante anestesia local recorriendo la piel y los huesos bajo el pasmo de un raro ritual iniciático, como esos sueños tercos de los que ni despierto regresa uno del todo.

—¿Tomaste alguna foto? —pregunté a la princesa amazónica, de vuelta en el funicular, todavía con las rodillas temblonas.

—No —respondió tras una larga pausa de mujer taciturna en trance de perplejidad sostenida—, ni siquiera podía pensar. Estaba tiesa, me comía la emoción, no podía moverme ni para acomodarme en el asiento.

Los boletos del viaje eran sendas tarjetas postales con una panorámica cenital tomada desde el mismo helicóptero, pero no hay una foto ni un video que reproduzca con fidelidad mínima la talla de este asombro con el que nada tienen que ver los aviones, y acaso se parece a la alegría propia de frenar por primera vez una caída libre con la apertura súbita del paracaídas. Se desea reír y llorar al mismo tiempo, y una vez en la tierra gana la urgencia de fundirse en un abrazo donde caben completos la plenitud, el pánico, el azoro y las ganas de abandonar el mundo para nunca salir de Rio de Janeiro. Poco rato más tarde, mientras el coche va rodeando la laguna, me brinca en la cabeza un pedazo de la entrañable letra de Vinicius y no puedo hacer menos que repetir, como un autómata hechizado: No quiero más de ese negocio de ti viviendo sin mí.

Vídeos de pie de página

João y Astrud Gilberto con Stan Getz: Corcovado.

João y Bebel Gilberto: Basta de Saudade.

Tom Jobim y Gal Costa: Corcovado.

 

 

[Publicado el 20/9/2007 a las 13:01]

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Me acuso de haber blogueado / y II

  —¿Qué le vas a ir ver a Barack Obama? —traté por última vez de sonsacar a Roncagliolo, que como yo dormía esa noche en Miami y de seguro se iba a aburrir.

  —No es que lo quiera ver, es que voy a contarlo en el blog —respondió terminante, impelido por una debilidad paternal que hasta esa tarde no le conocía. Tampoco sabía entonces que no puede uno ir por ahí de noctámbulo impenitente cuando no sabe aún qué le dará esa noche de comer al blog. A casi un año de aquel no-suceso, heme aquí alimentando a ese mismo animal, con celo de progenitor primerizo y un extraño entusiasmo que aún no sé explicar.

A otros les gusta hablar de grupos, generaciones y mafias literarias. Con el autor de Abril rojo y otra ciudadana multinacional cuyo nombre me guardo por respeto al suspense, hemos formado alguna suerte de sociedad secreta cuyos fines son hasta hoy antes indecorosos que literarios —es decir, son profundamente literarios— pero quizá ni eso sea suficiente para dejar al blog chillando de hambre mientras uno se funde con la noche cómplice. Ahora mismo me privo de ir al barrio de Lapa, donde habrá de cantar Paulinho Moska, sólo para que el blog no se quede con hambre de aquí a mañana.

Ayer, durante una presentación en Leblon con Claudia Piñeiro, alguien nos preguntó si nuestros libros ayudarían a cambiar a la sociedad, y los dos coincidimos en señalar que con trabajos alcanzarían para modificar nuestras vidas. Pues uno escribe o lee también para eso: le urge que algo cambie desde adentro, así sea por un par de minutos. Y he aquí que la escritura diaria del blog, igual que la novela, no permite seguir con la vida como era, y de hecho coloniza arteramente el coco de quien se ha decidido a practicarla. Si armar una novela nos hace taciturnos, escribir diariamente en una página web exige un compromiso francamente neurótico. ¿Cómo escribir, no obstante, sin alguna neurosis que nos respalde?

Tengo que dejar Rio a media madrugada —de lo contrario ya estaría en Lapa— y lo peor es que Roncagliolo llega mañana. “¡No te largues, haz algo!”, me insistió por escrito, pero lo cierto es que hace una semana que la novela no prueba bocado y eso no puede ya seguir así. Se hace uno la fama de vago y de farol de la calle y a la hora de probarlo se comporta como una carmelita descalza. ¿Qué va a hacer aquel pobre muchacho solo en tierras cariocas, sin un cómplice que le ayude a investigar los efectos de una semana de cachaça diluida en caipirinhas? Me parte el alma, pues, pero es preciso dar de comer a las fieras.

Bien visto, este espacio es también el principio de una suerte de sociedad secreta, sostenida en una complicidad de la que apenas se habla, porque no hay ni con quién. "¿Cómo va el blog?", me pregunta mi padre, sin saber bien a bien sobre qué me pregunta porque nunca en su vida ha blogueado. Y lo cierto es que todo este asunto me intimida, pues me recuerda aquellos momentos infantiles en los que mis mayores me pescaban hablando solo y sentenciaban que iba a volverme loco. ¿Qué hace al fin quien escribe, sino hablar solo? ¿Qué otra prueba tiene uno de que aún no merece la camisa de fuerza, como no sean las notas ligeramente anónimas que aparecen al pie de sus escritos?

Son ya casi las once de la noche y la oficina de los autos rentados va a cerrar a las doce. Tendría que empacar y salir disparado hacia el insigne aeropuerto Jobim, pero me deja con la conciencia intranquila sospechar que la fiera todavía no da cuenta del postre. Dejo para el efecto un par de enlaces, correspondientes al espectáculo que a estas horas tendrá que ir por ahí de la mitad. Ojalá el animal no se quede con hambre...

Vídeos de pie de página

Paulinho Moska: Lágrimas de diamante.

Paulinho Moska con Lô Borges: El tren azul.

[Publicado el 19/9/2007 a las 11:01]

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Me acuso de haber blogueado / I

Todavía no sé qué diablos es un blog. Se parece a escribir en las paredes, sólo que sin paredes, ni restricciones, ni tan siquiera el anonimato del que suele gozar quien escribe un versito obsceno en algún baño. No, al menos, en el caso de quienes tenemos aquí mismo nuestra carota impresa en la pantalla. Hará unos pocos días que una amiga me confesó su deseo secreto de echar a andar un blog, zancadillado por el miedo a desnudarse en él. Que en el fondo es la tentación más grande: escribir confesándose, soltar allí las cosas más privadas, decir lo que uno sólo le diría a un absoluto desconocido en cualquier bar de paso. Incriminarse, a ultranza y sin motivo.

¿Cómo se hace para escribir un blog y aún así preservarse? No tengo la menor idea. En apariencia, el recurso de la ficción sirve para ocultarse y mantenerse a salvo, pero tal ilusión difícilmente dura más allá del tercer párrafo. Puedo ocultar muy bien lo que hice ayer o lo que haré mañana, pero no a los demonios que se agitan detrás de las palabras. Empecé, hace algo más de dos meses, decidido a fundar un espacio independiente de la vida diaria, pero muy pronto me topé con que el animalito padecía una suerte de hambre carnívora que sólo se saciaba con pedazos de mí. Pobre de aquél que crea que se puede escribir impunemente.

Además, nunca está uno solo. Cada día aterrizan los comentarios más inesperados —casi todos lo son, por cierto— y ahí tampoco cabe la impunidad. No puedo responderlos, aun si la tentación llega a ser grande, pues si así fuera acabaría dejando la vida entera aquí. Pero los leo con la voracidad extraña de quien ha cometido una fechoría y regresa al lugar del crimen a ver los resultados de su gracia, y con frecuencia se me quedan bailando entre los pabellones del encéfalo. En ocasiones, cuando no hay comentarios, es el silencio quien alza los brazos, decidido a llamar mi atención.

Quiero insistir: aun sin comprender su naturaleza, intuyo que se trata de un animal, y no dudo que sea el mismo bicho que va tras los asiduos y los hace volver. Es como si nos viéramos a diario en un café, sólo que sin café y, claro, sin mirarnos. De pronto juego a reconocer los estilos mientras tapo los nombres, como los habitués de las cantinas ubican las costumbres de los otros, y ello curiosamente me reconforta, puesto que armar un blog es en el fondo un quehacer solitario que agradece en silencio la compañía. Pero también es una ventana por la cual uno consigue asomarse hacia afuera de los barrotes de la realidad.

Es un quehacer ilógico, el del blog. ¿Qué hago ahora mismo, tres de la madrugada en Rio de Janeiro, a orillas de la cama con el teclado sobre las piernas y una princesa de carne, hueso y alma que rehúsa ser nombrada dormitando a algo más de un metro de distancia? ¿Por qué lo dejo todo, del sueño a los abrazos, por darle de comer a la fiera sin rostro que me apergolla? ¿Debería ir atrás en este par de meses, desnudar a la musa abandonada y arrancarme yo mismo la piel, a ver si el animal nos deja en paz? Pero tampoco quiero que me suelte, ni he de soltarlo yo. Creo, insensatamente, que el vicio de escribir consiste justamente en hacer lo que no se debe, ni se espera, ni se comprende. Uno a veces escribe sólo para saber de qué quiere escribir.

Rara vez sé o decido de qué tratará el blog del día siguiente, igual que en las novelas y los amores uno ignora la ruta y la intención. “¿Cuál es la intencionalidad del autor?”, solían preguntar los maestros en la carrera de Letras, y a uno le daban ganas de sugerir que al tal autor se lo estaba llevando la mierda, o que era ilusamente dichoso, o que —lo más probable— tampoco tenía idea de esa pomposa intencionalidad que tantos falsos doctos le atribuían. Sé, y eso ya es demasiado, que ahora mismo querría ser un anónimo vándalo, colgarme algún seudónimo a la medida y escribir aquí mismo algún versito obsceno, como quien deja un beso “a quien corresponda” y acto seguido escapa del lugar de los hechos. ¿Quién necesita, al fin, saber mucho más que eso?

[Publicado el 18/9/2007 a las 11:00]

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Cada quien su camposanto

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Marco Nanini como Odorico Paraguaçu.

“No te veo madera de político”, me dijo entonces aquel individuo antipático que para todo parecía tener respuesta, y yo lo aborrecí en secreto, como lo habría hecho con cualquiera que me soltara una verdad de ese tamaño. Recuerdo que gustaba de referirse a los más encumbrados funcionarios federales por sus nombres de pila. “Ayer cené con Jorge, mañana tengo que ir al cumpleaños de Carlos”, alardeaba, y a mí me daba náuseas la idea de mirarme en su lugar, tuteándome con esos miserables a los que día con día veía en los periódicos, repartiendo sonrisas entre ávidas y cínicas. ¿Por qué entonces seguía estudiando para político? ¿No era verdad, por cierto, que mi caso resultaba más alarmante que el suyo? El tipo era un fantoche, pero tenía el olfato suficiente para reconocer a un desubicado.

“Cuando termines la carrera, ven a verme para que te presente con mis amigos; ya lo demás correrá por tu cuenta”, me prometió, mas en lugar de hacerme ilusión, su oferta me dio pánico. Sentí de pronto un deseo imperioso de seguir para siempre en la universidad, antes que verme enfrente de los amigos de aquel político al que ni muerto habría tratado de colega. ¿Qué me costaba sonreírle, agradecerle, hacer al menos uno entre sus seductores aspavientos? Me costaba la vida, a lo mejor. ¿Qué tal si de verdad le caía bien y me cumplía aquella espeluznante promesa? ¿Y si me convertía en otro fantoche?

Años después, me topé con El lado oscuro del corazón, la película de Eliseo Subiela donde la muerte sigue al protagonista en la persona de una mujer penumbrosa que insiste en convencerlo de que abandone la escritura y se consiga algún trabajo útil. Entendí entonces la incomodidad que me paralizó cuando el fantoche de marras me prometió una ayuda que parecía más la pena capital: alguien adentro me decía que aquél tenía que ser un emisario de La Muerte Misma, que desde las tinieblas me proponía una cómoda defunción a plazos. Y eso que entonces nada sabía de Odorico Paraguaçu: eminente prefecto de la ciudad imaginaria de Sucupira.

Lo conocí hace unas cuantas horas, en la persona del actor pernambucano Marco Nanini, famoso por su entrega en los escenarios y ahora protagonista de El bien amado. Por eso no era él, sino Odorico mismo quien alzaba las manos y pedía la preferencia de los electores. “Vote por un hombre serio y gane su cementerio”, reza la propaganda del candidato que se gana el cargo mediante la promesa de construir un nuevo panteón. Innumerables carcajadas más tarde, sucede que ha pasado ya un año desde que el camposanto fue terminado y Odorico no puede inaugurarlo porque nadie se ha muerto en Sucupira.

A lo largo del resto de famosa la obra de Dias Gomes, el prefecto concentrará sus esperanzas en la muerte del próximo sucupirano, sin la cual la gran obra de su administración seguirá careciendo de sentido, para deleite de sus opositores. Hasta que sea él mismo quien con su fiambre ocupe la primera tumba. Afortunadamente, la actuación de Nanini es lo bastante espectacular para que uno celebre esas calamidades tan familiares como si nunca las hubiera visto de cerca. Diríase que toda la obra —que hace décadas fuera convertida en una memorable serie televisiva, protagonizada por Paulo Gracindo y musicalizada por Toquinho y Vinicius de Moraes— fue montada sólo para lucir al nuevo protagonista, que hoy por hoy causa sensación en Rio de Janeiro y convoca entre el público al entero Who’s Who del teatro brasileño.

Nadie sabe, se dice, para quién trabaja. Ahora que he recordado a aquel político del que jamás me convertí en colega, no descarto la posibilidad de que fuera un arcángel, destinado a advertirme que de seguir por ese camino siniestro terminaría haciéndome mi propio panteón. De modo que esta noche escribo sospechando que fui un ingrato. Si he sabido, le beso los pies.

[Publicado el 17/9/2007 a las 10:30]

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Quién fuera laringólogo...

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Nadie puede evitarlo. Aun cuando el paisaje poco tiene que ver con la canción, la trae uno tatuada en la conciencia y alguien adentro no se cansa de entonarla. A veces se maldice porque se trata de un sonsonete inmundo, quizás un comercial de detergente o el tema de una telenovela mexicana —vergüenzas nacionales, la mayor parte—, pero con suerte es una gran canción, de esas que no se dejan ignorar. Que es el caso ahora mismo que trato de escribir sin dejar que su ritmo me gobierne; pero ahí está, danzando en la cabeza, y en lugar de seguir adelante con el texto del blog me miro traduciendo línea a línea, con la docilidad que la obsesión reclama y algunas libertades indispensables.

  Mi garganta te extraña cuando no te veo, me viene un deseo loco de gritar. Mi garganta ya araña pintura y azulejos… de tu cuarto, la cocina, la sala de estar.

Creo que me agarró en mitad del vuelo, debo de haber cambiado de hemisferio bajo las órdenes de un vocerrón profundo, grave y hasta rasposo que sólo podía ser el de Ana Carolina. Según la cuenta del iTunes, la canción de Totonho Villeroy me ha pasado encima la modesta friolera de cuarenta y dos veces, más las que no he contado en el coche y la casa, donde ya hasta los canes se la saben. Cualquier día de estos voy a soñar que soy una de las amígdalas en la garganta de Ana Carolina Sousa.

Vengo de madrugada a perturbar tu sueño, como un can sin dueño me pongo a ladrar. Atravieso la almohada, te volteo por el revés, tu cabeza enloquezco y la hago rodar.

Supongo que el oleaje del Ipanema sugeriría una voz suave y seductora como la de, digamos, Bebel Gilberto, pero es verdad que desde la misma letra —potente, pasional y por supuesto cruel cual beso transilvano— Garganta no permite sutilezas: ha sido hecha y cantada para doler como un orgasmo a media pubertad. Por lo demás, quien canta no es carioca sino minera; dueña de una belleza cuyo timbre de voz sugiere ambigüedades que ella no se molesta en negar, sino al contrario. “Me gustan los hombres y las mujeres, ¿y tú qué es lo que prefieres?”, estalla en una canción más reciente, y su garganta no admite reclamaciones.

Sé que no soy santa, a veces voy de caradura, a veces uso la ternura si te quiero conquistar. Pero no soy beata, me crié en las calles y no cambio mi postura para poderte agradar.

Antes de decidirse a vivir de matar a golpes de garganta, Ana Carolina cursaba la carrera de Letras. Nadie que no haya estado en tal situación imagina la libertad que se respira cuando se deja atrás el pizarrón por ir en busca de más anchas ficciones, y esa es otra razón para quererla. O para ir volando en busca del cd y el dvd donde comparte micrófono con la voz todavía más cavernosa de Seu Jorge. Y allí también resuena Garganta, todavía más implacable y desdeñosa de los puntos medios. “Ven conmigo al extremo”, parece sugerir mientras ordena.

Vine a dar a esta ciudad a fuerza de circunstancias, soy así desde la infancia, crecí fuera del hogar. Aprendí a rebelarme sola, y si ahora muevo la cola luego te voy a dejar.

”Ando tan a flor de piel que cualquier beso de telenovela me hace llorar”, canta Zeca Baleiro en Vapor barato, y uno agradece que sea Ana Carolina quien lo tiene temblando a las tres de la madrugada, quizás el mejor tiempo para hablar de tú a tú con algunos fantasmas. No lo puedo evitar, ni me interesa: esta noche, Ana Carolina y su Garganta debutan en El Boomeran(g).

Vídeos de pie de página:

Ana Carolina: Garganta.

Gal Costa y Zeca Baleiro: Vapor barato.

[Publicado el 14/9/2007 a las 10:30]

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Biografía

Oriundo y reincidente colono de San Ángel, al sur de la ciudad de México. Se inició a edad temprana en la escritura, sin sospechar que el juego llegaría tan lejos, y todavía hoy cree en él como una fechoría intensa y subyugante, comparable a vivir huyendo de la ley a bordo de una Suzuki 1100. Comparte hogar con dos gigantes de los Pirineos; vive un largo romance con la música brasileña; escribe semanalmente en el periódico mexicano Milenio la columna "Pronóstico del clímax". En el presente siglo ha publicado Diablo Guardián, Premio Alfaguara de Novela 2003, El materialismo histérico (fábulas cutrefactas de avidez y revancha), Luna llena en las rocas (crónicas de antronautas y licántropos), y recientemente la novela confesional Este que ves (Alfaguara, 2007), donde hurga en sus raíces narrativas y declara: "Los cobardes no escriben novelas, o cuando menos no deben escribirlas."

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