El blog literario latinoamericano
Editado por La Oficina del Autor
miércoles, 3 de diciembre de 2008
Cómo reconocer a un lector infernal
(25 síntomas prácticos) *
1. Tiene sueños extraños con cada libro y necesita contarlos.
2. Guarda en su agenda las direcciones y números telefónicos de sus autores más queridos.
3. Jamás perdona que a su pareja le sean indiferentes las líneas que le subyugan.
4. Interrumpe las fiestas para leer en voz alta parrafadas oscuras y profundas.
5. Memoriza las citas que saca de los libros, con los datos exactos de la edición y el número de la página.
6. Regaña a los empleados de la librería si no ofrecen sus títulos favoritos.
7. Si lee a Bernhard o Cioran, lo hace como si fueran manuales de superación personal; eventualmente se elimina solo.
8. Se le ve de rodillas y rezando durante los días previos al Nobel de Literatura.
9. Abunda con generosidad y precisión en cada una de las diferencias entre su novela favorita y la película del mismo nombre.
10. Encuentra coincidencias astrales en el hecho de haber empezado a leer una cierta novela en un determinado día. “No puede ser casual”, añade.
11. Sabe nombres completos de cónyuges e hijos de sus autores más queridos.
12. Escanea capítulos y los envía por correo electrónico.
13. Ha perdido algunas amistades durante discusiones sobre libros.
14. Encuentra emociones vertiginosas en la enumeración de las diferencias entre una edición original y otra corregida y aumentada.
15. Estigmatiza a quienes hablan mal de sus autores más queridos.
16. Si encuentra alguno de sus títulos favoritos en el anaquel, reacomoda los ejemplares sobre la mesa de los más vendidos.
17. Ha ganado numerosas enemistades durante discusiones sobre libros.
18. Experimenta contra los críticos un rencor contenido, listo para brotar como las ronchas fruto del despecho.
19. Encuentra inspirador al personaje Rupert Pupkin en El rey de la comedia.
20. Aborrece las referencias cinematográficas en un blog literario.
21. Escribe furibundas cartas a los críticos... “¡Y usted qué se ha creído, imbecilazo!”
22. Memoriza las referencias literarias en el cine.
23. Emplea sus títulos favoritos como contraseñas en los sitios web.
24. Una vez que se mira decepcionado por ellos, estigmatiza a sus autores más queridos.
25. Diariamente alimenta un blog literario.
* Fuente: un profundo e incriminante examen de conciencia.
[Publicado el 15/10/2007 a las 10:00]
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Pues sí, me contradigo. Creo además que tal es el trabajo del narrador, que a diferencia de políticos e intelectuales reclama su derecho a la incongruencia, ya que sin él difícilmente podría hacer lo suyo. Hay por supuesto quienes tienen por orgullo haber pensado siempre lo mismo, pero algunos creemos que ello implica pensar sólo una vez, y a partir de ese punto ya sólo autocitarse. ¿Qué es cool y qué cursi? Temo que la respuesta a tan vana pregunta es susceptible de modificarse cada cinco minutos, pues nada como el tiempo cambia la forma y percepción de los estándares. Lo que hace pocos años parecía ingenioso no ha tardado en hacerse lugar común, y lo que era meloso cualquier día despierta convertido en clásico. ¿Qué sería de Travolta sin Tarantino? Pero si el tema son los estándares, me permito acudir a uno muy personal, que ante algunos me exhibe como kitsch y a mí me da el placer de desafiarlos: ven a mí, Linda Ronstadt.
Antes de ella, poco o nada sabía de estándares. Tenía un álbum de Billie Holiday, escudado en el dato de que había sido heroinómana y eso la hacía so cool, pero la aparición de Sarah Vaughan y Ella Fitzgerald en mi vida hasta entonces gobernada por Pixies y Banshees, me dejó una profunda comezón por los hermanos Gershwin. Y en eso me topé con For sentimental reasons, aquel álbum donde la linda Linda interpretaba no sólo a George e Ira, sino también a Rodgers y Hart. De los cuales sabía poca cosa, exceptuando que Lorenz Hart había muerto víctima de un alcoholismo tenaz y ambos eran autores de My Funny Valentine, cuya versión en labios de Nico ya desde entonces me sacaba las lágrimas. No bien cayó en mis manos, me fui a vivir al disco de la Ronstadt.
No pude dormir, ni quise dormir, cuando Amor vino y díjome que no debía dormir, rezaba otra canción de Rodgers y Hart, y mientras mis amigos le vendían el alma al grunge, yo me movía de la escena merced a unos audífonos que me llevaban tan lejos de allí que tardaría algunos años en volver. Cierto es que en ese lapso Linda se aprovechó de mí, aunque jamás tanto como yo de ella. Según los oficiosos anticursis que a menudo me criticaban de sólo ver una de las portadas de las tres joyas que la Ronstadt grabó con la orquesta de Nelson Riddle —nunca las escuchaban: alguien podía verlos— me había convertido en poco menos que un degenerado, y muy justo es decir que tales opiniones me honraban y envanecían igual que alguna vez lo habían hecho las de mis mayores ante las epatantes portadas del duque Bowie.
¿Qué necesidad tenía una cultivadora consumada del country de meterse a grabar estándares? La misma que después la llevó a convertirse en una extraordinaria cantante de ranchero, asumiendo en cada aventura riesgos tan grandes como pródigos serían los frutos. ¿Cómo entonces no verse en idéntico trance cuando alguien se extrañaba de que uno considerase tan cool lo que un día, siguiendo a la manada, se atrevió a etiquetar como cursi? Para más y mejor confusión, quienes se miren escandalizados por la osadía retro de la tremenda diva bien harían en asomarse a lo que una ultracool como Amy Winehouse ha hecho con la Ronstadt y su antiquísimo You’re No Good.
Fuera definiciones: ninguna sirve cuando se trata de saltar la barda y averiguar lo que hay del otro lado, no sin la excitación de quien teme ser reprobado por los otros; un premio inmerecido que siempre se agradece, pues tiene la virtud de aumentar el placer de dar el salto. Escribo estas palabras escuchando la voz de Nnenna Freelon cantando una versión de esa misma ‘Round Midnight que en un día dichoso redescubrí por intermedio de la intrépida Linda. Esto es, por estrictas razones sentimentales. Mismas que hasta la fecha me siguen visitando y a veces me convencen de escribir una carta de amor. Que es justamente, creo, lo que acabo de hacer.
[Publicado el 11/10/2007 a las 11:08]
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Sólo hay algo más cursi que ser cursi: dárselas de anticursi. Una postura que protege al adolescente de ventilar aquellos sentimientos que teme le hundirían frente a sus iguales, que presas de las mismas aprensiones han impuesto la dictadura del cool. Ahora bien, todo aquél que haya sido adolescente sabe que no hay etapa menos cool en la vida, pues exige llevar tal cantidad de máscaras y escudos que muy difícilmente se vive a buen resguardo del qué dirán; sobran, aun así, quienes eligen petrificarse allí, envueltos por el cool artificial que permite seguir ondeando a todo trance una falsa bandera de escepticismo que concede al usuario un prestigio de duro en tal modo impostado que bien podría haber salido de un manual de autoayuda para acomplejados.
Casi todos los anticursis son, para escándalo de su fuero interno, meros cursis de armario que viven con los sentimientos emboscados por esa misma férrea autocensura que a los quince les guareció de un seguro ridículo y a partir de los veinte no ha hecho sino instalarles justo ahí, sin que lo adviertan. Pues lo más vergonzoso de ser cursi —peor aún, pretendiendo lo contrario— es que termina uno por enterarse al último, cuando propios y extraños tienen ya los bastantes elementos para pitorrearse. Sólo que ahora no lo harán abiertamente, como en la escuela, sino con la impecable hipocresía de la edad adulta, de modo que el perpetuo adolescente pueda seguir creyendo que los demás le creen que es lo que nunca ha sido.
Así como nadie está a salvo de la cursilería, caer en el prurito de la anticursilería es al menos igual de inevitable. En México y otros países del continente, se dice que tiene uno miedo de quemarse, asumiendo que el mínimo resbalón fatalmente le haría sucumbir a las llamas del público descrédito. De manera que no es la convicción, sino la cobardía lo que motiva al cool a conservarse cool por sobre tentaciones, simpatías y presuntos anhelos. Una actitud a la postre ominosa para quien se ha propuesto incursionar en las artes, que de entrada condenan a la esterilidad a todo aquél que intenta someter a la obra para salvarle el pellejo a su nombre. No lee uno con pasión los libros contenidos, sino los que desvelan los empeños de un alma intensa dispuesta a descubrirse sin poses vanguardoides ni recelos ñoños. Por lo demás, se sabe que quien mucho cuida la retaguardia nunca alcanza a rozar la vanguardia.
Podría pasarme una noche entera malentonando cada una de las canciones cursis que me sé de memoria desde temprana edad, algo que ni bajo amenazas o tortura me habrían convencido de hacer a los dieciséis años. Puedo también citar, como más de un valiente recién lo hizo aquí mismo, las telenovelas que en diferentes épocas me han atrapado en sus melosas garras. “Ando tan a flor de piel que cualquier beso de telenovela me hace llorar”, confiesa la canción de Zeca Baleiro, y al hacerlo devela una verdad punzante para quienes se creen inmunes a la cursilería: sin ella, ningún alma sensible puede decirse bien alimentada. Habría que ver, por tanto, cuántos entre los más feroces anticursis lo son por mera envidia, como cualquier villano telenovelero.
Tal vez lo único en verdad patético de cursis y anticursis sea el recurso de la impostación, pues el kitsch sólo hiede a podrido cuando exhibe su falta de sinceridad, y eso sí que es imperdonable como un beso de Judas Iscariote. Fuera de ahí, no podría por menos de reivindicar mi sagrado derecho a ejercer cuanta cursilería me resulte precisa, toda vez que el estricto e imperturbable cool no conduce sino a la frigidez y al tedio. ¿Quién detenta, por cierto, la autoridad estética para trazar los límites entre cursilería y cinismo? ¿Quién se solazará en la revancha gamberra de burlarse de quienes sollozan de alegría frente a una escena de Eliseo Subiela? Pobre de quien levante la mano: suya será la pena de escupir hacia arriba.
[Publicado el 10/10/2007 a las 10:46]
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“El buen gusto es la muerte del arte”, opinó alguna vez Octavio Paz, para descanso de legiones de cursis, entre los que se cuenta el autor de estos párrafos. Ahora bien, hay de cursilerías a cursilerías. Ayer mismo trataba el resbaloso tema de los nacionalismos, cuyo carácter kitsch está lejos de ser un secreto (“el narcisismo de las pequeñas diferencias”, lo llama Savater), así como el de las supuestas vergüenzas nacionales, concebibles apenas para quienes experimentan esa hinchazón colectiva del ego que es el supuesto orgullo nacional.
Nunca he participado en la hechura de uno de esos programas, pero igual me incomoda sobremanera cuando algún extranjero toma por referencia las telenovelas mexicanas, cuyo mal gusto cósmico rebasa las fronteras de la cursilería misma, cuando no las de la indignidad. Concebidas y creadas desde la perspectiva cínica de quien cree dirigirse a un público incapaz de razonar, casi todas dibujan un mundo imaginario que jamás ha existido, ni existirá. No conozco a un solo mexicano que hable o se comporte como los de las telenovelas, y a lo mejor por eso me preocupa saber que aquellos episodios viajan por el mundo sugiriendo que en este país somos todos idiotas y ordinarios, nos reímos de chistes malísimos y damos crédito a los engaños baratos.
No obstante lo anterior, lejos de —ellos sí— avergonzarse por tan estridentes malhechuras, los fabricantes de las telenovelas nacionales pretenden que uno se enorgullezca de ellas, con el argumentillo de que son exportadas a remotos confines, e incluso traducidas a decenas de idiomas. Luego de presenciar varios capítulos de algunas producciones colombianas —Betty la fea, Pedro el escamoso— y brasileñas —Señora del destino, Páginas de la vida—, dos de las cuales fueron inmundamente replicadas en México, no tengo más orgullo que el de aplaudir el ingenio extranjero y confirmarme ajeno a la baratura nacional, aun si sus melodramas con frecuencia me hacen reír y su triste sentido del humor insiste en invitarme a sollozar.
Alguna vez, durante una pequeña fiesta en Washington, fui presentado ante el embajador de Estados Unidos en México, quien más pronto que tarde dijo conocer mi reciente novela, y acto seguido aseguró que “la iban a pasar al aire” en su país. “¿Cómo pasas al aire una novela?”, le pregunté, con más malicia que diplomacia, ya divertido por la pata que el pobre hombre acababa de meter, ante la hilaridad de los presentes. Y es que en la práctica son cada día menos quienes distinguen novela de telenovela, y puede que sean varios los estadistas que prefieren a ésta por encima de aquella. Francamente me es mucho más sencillo imaginar a George Bush viendo María Mercedes que leyendo a Paul Auster.
En tanto mexicano, me siento calumniado por las telenovelas de mi país y de entrada les niego la calidad de cursis. Tiene que haber palabras más severas y terminantes para calificar semejante deformación de la realidad y el sentido común, donde no existe el elemento sorpresa ni es concebible ambigüedad alguna. Por no hablar del lenguaje rebuscado y acartonado con el cual los guionistas pretenden una suerte de universalidad de pacotilla que no es de aquí, de allá ni de acullá. Es decir que por más que uno se esfuerza, nada parece más complicado que hallar orgullo propio en el conformismo ajeno. Y en cuanto a la vergüenza personal, ya se sabe que el conformista no la conoce. Su destino es vivir hasta la muerte como un orgullosísimo sinvergüenza.
[Publicado el 09/10/2007 a las 12:15]
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Quienes desconfiamos de los nacionalismos, con frecuencia al extremo de carcajearnos a sus pueblerinas costillas, tenemos la ventaja de ser inmunes a las vergüenzas nacionales. Si fuera de otro modo, ahora mismo tendría que soslayar el tema de estas líneas, que a más de uno seguro le incomoda. Afortunadamente, no hay nación que se libre de estos patetismos, de modo que mal hace quien se sonroja por padecer un virus que a todos nos infecta. Aún así se cuentan por millones quienes van por la vida tratando de esquivar el bochorno de ver a sus compatriotas arrastrar la cobija del ridículo frente a los extranjeros, como si ellos pudieran vivir libres de soportar estigmas equivalentes.
Desde muy niño aprendí, gracias a la insistencia de mis mayores, que los políticos de mi país —por años amafiados en el mismo partido— son tan confiables como Pierre Nodoyuna, el villano tramposo de la serie Los autos locos. Y eso, hasta hoy se dice, es un motivo de vergüenza nacional, frecuentemente dramatizado por esos mexicanos que recorren el mundo con la certeza de ser más listos que nadie y adelantarse a todas las previsiones. Para no ir más lejos, la estrella del reciente Maratón de Berlín ha sido un emblemático político mexicano, conocido por marrullero y sintomáticamente prestigioso hacia dentro de su rancio partido.
Además de gobernador del estado de Tabasco, líder nacional del PRI y candidato a la presidencia, Roberto Madrazo se ha distinguido por su empeño como corredor, tal vez la única de las actividades que hasta hace poco tiempo no había sido cuestionada por sus incontables detractores. Pero he aquí que la semana anterior Madrazo resultó ganador absoluto de una de las categorías senior en Berlín, con un tiempo tan espectacular que reducía en una hora su marca anterior. No obstante, pocos días más tarde se sabía la verdad: el corredor se había saltado arteramente un trecho de quince kilómetros, razón más que bastante para quitarle el triunfo y descalificarlo para el año próximo.
La anécdota parecería extraordinaria si no conociera uno a su gentuza, pues cierto es que contamos con una ilimitada cantidad de tramposos de idéntica calaña, y que han sido ellos quienes nos gobernaron por una obscena cantidad de años, valiéndose de no menos burdas artimañas. ¿Tendría uno que ocultar esas cosas, igual que otros ladrones de provecho se cubren la carota ante las cámaras? Hasta donde recuerdo, nunca me he robado una elección, y en cuanto a maratones no soy capaz de correr a lo largo de más de cien metros sin un motivo muy poderoso adelante o atrás de mí —Joss Stone, la policía, qué sé yo—, todo lo cual me deja celebrar el incidente berlinés sin por ello ser víctima de sonrojo alguno.
Recién he visto a Madrazo el maratonista en la televisión: levantaba los brazos entre los alemanes igual que tantas veces hizo lo propio aquí, donde no había jueces habilitados para sancionarlo y exhibirlo. Y ahora, cuando esos jueces al fin existen y sancionan las elecciones debidamente, los cómplices, amigos y correligionarios de Madrazo, enquistados comodamente en el Congreso, se han encargado de inhabilitarlos, sin tantita vergüenza. Es por eso que en vez de avergonzarme por lo que ciertos mexicanos suelen hacer dentro y fuera de mi país, prefiero señalarlos y reírme con quien sea tan amable de acompañarme.
Hasta 1994, el presidente Carlos Salinas de Gortari corría un maratón en su pueblo natal, donde invariablemente llegaba en el primer lugar. No tenía que hacer trampa, pues de cualquier manera no había entre sus esbirros, familiares y amistades quien se atreviera a rebasarlo. ¿Qué tendría de extraño que entre esta clase de personajes abunden los nacionalistas recalcitrantes? ¿Debería abochornarme en consecuencia? Perdón, pero me sigue ganando la risa. Dejo en manos de los nacionalistas a ultranza la dosis de vergüenza que me toca. Disfrútenla hasta el fin, y que les aproveche.
[Publicado el 08/10/2007 a las 12:19]
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Conocí a Robi Rosa durante una cena tan extensa como las ¿seis, siete? botellas de tinto que destapamos en un restaurantillo penumbroso de la ciudad de México, equipado con velas idóneas para la ocasión. La idea era llevar a cabo una entrevista con él y los tres músicos que le acompañaban, pero ya antes de la primera copa sabíamos que no habría más registro de sus haceres y decires que la pura memoria del entrevistador. Más todavía, me incomodaba aquel papel de periodista dizque objetivo, luego de que su disco me volara los sesos pocas noches atrás, durante un largo insomnio compulsivo merced a los fantasmas transilvanos que emergían tenaces de los audífonos.
Draco Cornelius Rosa, era su nuevo nombre. Lo había cambiado él mismo en el registro civil, asomaba a su pinta de poeta abismal el orgullo de ahora llevarlo en el pasaporte. Contra lo que el lugar común habría hecho esperar, no era un porfesional de la depresión, sino más bien lo opuesto: un maniático de la vida intensa que sin cansancio llenaba las copas, brindaba con la suya en alto y no perdía oportunidad de celebrar la vida a gestos, manotazos y frases terminantes. Aun si dentro de la mochila sucia traía un ejemplar de Los cantos de Maldoror, costaba algún trabajo ver en ese bohemio impenitente al afligido coautor de La flor del frío. Si L.M. Panero, que por supuesto se contaba entre sus autores de cabecera, hubiera precisado describirlo, probablemente habría echado mano de uno de sus Poemas del manicomio de Mondragón:
Un loco tocado de la maldición del cielo
canta humillado en una esquina
sus canciones hablan de ángeles y cosas
que cuestan la vida al ojo humano
la vida se pudre a sus pies como una rosa
y ya cerca de la tumba, pasa junto a él
una princesa.
“Tanta es la desesperación en un hombre atormentado, que lo hace camuflarse en la luz entre millones de almas malhumoradas, suspensas en el canto de la lluvia, y pedir, con exclamaciones rotas, asilo en lo sobrenatural”, había escrito sobre sí mismo, y puede que palabras como esas me bastaran para olvidar la idea de la entrevista y seguir sólo el curso de esa noche de vino y carcajadas, como se asiste a la experiencia rara de celebrar la vida hasta la última orilla. De hecho, le gustaban los extremos. Leía sin parar durante días y noches deslumbrados, y si acaso bebía, quería hacerlo hasta alcanzar las puertas del hospital. “A la mierda los deportes”, opinaba, sorprendido y asqueado de que la gente fuera capaz de invertir enormes dosis de atención en un jodido marcador. Mostraba, en cambio, desmedida voracidad por saber algo sobre la vida de Jaime Sabines, otro de sus poetas venerados. Iríamos por la segunda botella cuando el encuentro ya degeneraba en una escandalosa complicidad, salpicada de ese romanticismo tóxico que lleva a los extraños a gastarse la noche brindando por Penélope y hablando del amor.
No esperaba entonces que aquellas desmesuras convocaran turbas. Siguiendo a la mujer que vuela de El lado oscuro del corazón, diría que a las canciones de Draco no hay que guardarlas con la colección de discos, sino en el botiquín. Jamás antes, ni después, asistí a una intensidad sonora como aquélla: de esas que suelen confundir a los distraídos haciéndose pasar por necrofílicas, cuando lo cierto es que son vitales, hondas y terapéuticas como el fruto secreto de un amor prohibido. Y si ahora dedico tantas palabras a ello no es sino por la pura esperanza de que un pequeño puñado de almas propensas a la convulsión pruebe el inmarcesible consuelo de saberse en extraña y entrañable compañía. Que perdonen los siempre equilibrados si de repente nuestra plenitud radica en unas cuantas palabras palpitantes.
Desde esa noche no volví a verlo, mas no por eso dejé de escucharlo. Podría renunciar a la historia completa del rock en español por quedarme con las catorce piezas de Vagabundo, aunque igual me harían falta otras tan memorables como Cruzando puertas. ¿Cómo explicar ahora que todo ese vino bastara sólo a medias para emborracharnos? Afortunadamente no es preciso explicar esa magia, ni la escasa respuesta recibida por Vagabundo en su momento, ni el éxito mundial que le significó a Robi Draco Rosa el lanzamiento de su Livin’ la vida loca. Lo único explicable que me queda es el deseo callado de encontrarme de nuevo con ese personaje, sentarnos a una mesa y escribir juntos una canción que luego me acompañe hasta la tumba. Y ahora, si me permiten, les dejo con Panero, que de esto sabe más que el diablo mismo.
Rociaremos con vino, orina y sangre
las iglesias
regalo de los magos
y debajo del crucifijo
aullaremos.
[Publicado el 05/10/2007 a las 11:35]
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Hay ideas que no pueden sostenerse de día, pero es noche cerrada y de pronto son ellas las que me sostienen. Si quisieras ahora venir y acabar de una vez con mi vida… yo te lo pido blanca mujer, que me lleves a tu eterna guarida, repta aún la canción bajo la piel, como lo ha hecho por años sin que intente ni acepte parar de escucharla. Es uno de esos himnos secretos que se esconden detrás de las sonrisas cotidianas para no develar lo que no deben, como se ocultaría un verso de Panero durante una lección de catecismo. Si fuera mediodía, intentaría tal vez la aritmética básica para que dos más dos me dieran cuatro, y así iría por partes, ordenadamente. Me abstendría, por ejemplo, de soltar aquí mismo, intempestivamente y sin motivo, unos versos de Leopoldo María Panero, pero no es hora de renunciar a nada.
te mataré mañana cuando la luna salga
y el primer somormujo me diga su palabra
y en el pico me traiga la orden de tu muerte
que será como beso o como acción de gracias
o como una oración porque el día no salga
te mataré mañana cuando la luna salga
y ladre el tercer perro en la hora novena
en el décimo árbol sin hojas ya ni savia
que nadie sabe ya por qué está en pie en la tierra
Guardo toneladas de poesía explosiva junto a mi cama y una pistola cargada de miedo bajo mi almohada, dispara otra canción del mismo álbum, en medio de una intensa y cíclica acidez que proscribe la indiferencia de un solo tajo. Son ya más de las tres de la mañana, me sobran las licencias para pasar por alto el tema de estas líneas y liberar a un par de diablos otrora retenidos (me temo que la única manera de abordar nuestro tema es seguir eludiéndolo, y entonces subrayándolo). Qué más da el tema, pues. Vámonos de regreso con Panero para mejor entrar en Vagabundo.
te mataré mañana cuando caiga la hoja
decimotercera al suelo de miseria
y serás tú una hoja o algún tordo pálido
que vuelve en el secreto remoto de la tarde
te mataré mañana, y pedirás perdón
por esa carne obscena, por ese sexo oscuro
que va a tener por falo el brillo de este hierro
que va a tener por beso el sepulcro, el olvido
No es la primera vez que intento transmitir esta humedad del alma. Puedo incluso querer o malquerer a una desconocida de acuerdo a su reacción a estos sonidos, que al paso de los años me han dejado la entraña poblada de crecientes plenilunios y las manos peludas como a los de mi especie cuando es hora de aullar a dichoso destiempo. Morir es olvidar, ser olvidado, refugiarse desnudo en el discreto calor de Dios, cita un tal Draco a un tal Sabines y hay un aroma largo de panteón subiendo con el fuego fatuo de la madrugada. (No te quiebres, Panero, que no hemos terminado.)
te mataré mañana cuando la luna salga
y verás cómo eres de bella cuando muerta
toda llena de flores, y los brazos cruzados
y los labios cerrados como cuando rezabas
o cuando me implorabas otra vez la palabra
te mataré mañana cuando la luna salga,
y así desde aquel cielo que dicen las leyendas
pedirás ya mañana por mí y mi salvación
(...)
[Publicado el 04/10/2007 a las 11:33]
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Uno siempre recuerda el lugar donde lo agarró por primera vez una cierta canción, aunque esa tarde la ginebra se empeñaba en dificultar las cosas. Claro que para entonces la ginebra ya se había acabado, pero igual menudeaban otros combustibles. Si no recuerdo mal, cosa por lo demás harto improbable, venía en el asiento trasero de un coche con la capota abajo, y eso en principio había parecido atractivo. Era una de esas tardes que traen detrás dos noches sin dormir, o en todo caso durmiendo sólo en breves intervalos. Y como no servía la capota, dudaba ya entre forzar un nuevo cambio de fase o tratar de dormir hecho bola bajo una gabardina. Fue entonces que llegaron las canciones, que en el principio parecían una sola, infinita inyección de estamina.
No había despertado por completo, me sentía cambiar de fase dentro del mismo sueño. ¿Quién cantaba eso? No tenía idea, pero igual ya me había pescado del cogote. Quería solamente seguir adelante, y ello significaba escurrirme hacia dentro de esa canción que era muchas canciones y cada vez sonaba de un modo más extraño y deleitoso. Las letras, además, me parecían osadas y estrambóticas, como si a las palabras se las hubiera elegido por su puro color. ¿Era la música que provocaba esa respuesta, o acaso no pasaba de ser una reacción orgánica a la farra? “Música para pastillas… y mucha cuchillería”, disparaba el cantante con un tono impostado que en dos patadas gobernaba el ambiente.
Aun tomando en cuenta el poder de los combustibles ingeridos y la extensión de la vigilia vigente, la escena sugería una textura irreal, como si de lo áspero de aquel sonido brotara un terciopelo de cierta pacotilla aristocrática, inesperado como la caricia sedosa de alguna bruja hedionda. Un sonido entre sucio, pringoso, metalero y vernáculo, mojado de cerveza, licores infecciosos y besos de noctámbulas sedientas de glamour. Hechas las precisiones de tiempo y espacio, aquella música dotaba a la escena con un aura de ficción literalmente fenomenal. ¿Qué oíamos, por cierto? Tuve que preguntarlo tres veces seguidas. De entonces hasta ahora y casi a cualquier hora, pocos sonidos me cambian el paisaje con la fuerza que lo hacen los cantares brumosos de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota.
Desde entonces sigo la huella de los Redondos como se va tras una ninfa deficitaria. No espero que me nutran, ni que me instruyan, sino exclusivamente que me pongan de vuelta en ese estado emocional donde sax y requinto se ayuntan en idéntica acidez por el puro prurito de estirar el instante. Me miro entonces dentro de una película sin pies ni cabeza donde la piel a veces se confunde con el plástico y las lijas parecen de terciopelo.
Me niego a describirlos, tanto como a ignorarlos. Como muchos, llegué hasta ellos a partir de una joya titulada Oktubre. Alguna vez, de paso por Buenos Aires, con alguna paciencia conseguí todos los demás álbumes. Y la verdad es que hasta los malos me mueven, que es lo que a uno le pasa cuando una parte de sí se ha hecho ciudadana de esos territorios. No puedo, pues, por menos de mostrarlos, como se suele abrir una ventana para dejar entrar no al aire fresco, sino a las vampiresas disponibles, con la carga de bruma que su presencia implica. Se me ha hecho tarde: son ya casi las cinco de la mañana en México, D.F. No es la primera vez que la garganta sucia del Indio Solari montada en ese sax malandro y seductor me hace cambiar de fase y olvidarme de tiempo y espacio, igual que ciertas diosas se olvidan de cobrar por puro amor al lujo.
La ficción sirve para cambiar de vida; la música lo muda a uno de planeta.
De Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota:
Masacre en el puticlub / Blues de la artillería.
[Publicado el 03/10/2007 a las 10:13]
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Octubre debería ser el mes más temido para los escritores prestigiables, pues inminentemente alguno entre ellos será canonizado en vida por la Academia Sueca, y en adelante todo lo que diga cargará con un aura sacramental que muy difícilmente le permitirá confundirse de nuevo entre los mortales, condición esencial para quien vive de contar historias. Uno, claro, se alegra y felicita de que el dueño del nuevo premio Nobel se cuente entre sus favoritos personales, pero hay en ello sentimientos encontrados. He visto a estas alturas a tantos incondicionales de la fama jactarse de estrechar la mano de un Nobel que ya no sé si es premio o maldición. ¿Qué ha ganado la obra de no pocos laureados olvidables que no tuviera ya la de un excluido como Borges? ¿Cuántos de los premiados no volvieron a publicar un solo escrito interesante? ¿Es el Nobel un premio al riesgo literario o una medalla de buena conducta?
Año con año suena entre los probables candidatos el nombre de Mario Vargas Llosa, y es tan obvio que cada nuevo veredicto adverso habla pestes de los que se lo escamotean. Aunque en el fondo habemos quienes preferimos que aquella maldición le toque a alguna vaca sagrada y no a un narrador tan activo y poderoso, pues tememos que tanta distracción mediática le quite al novelista tiempo precioso para hacer lo suyo, que es por tanto lo nuestro. Un temor egoísta y hasta díscolo, sólo justificable por el placer puntual de ser lector voraz de su trabajo, antes que hincha de su mero nombre. Ahora bien, si de buena conducta se tratara —pienso en honestidad intelectual, antes que en mera corrección política—, Vargas Llosa ha hecho gala de una decencia desconocida por numerosos colegas, habituados a tomar posición haciéndose los suecos ante otras reflexiones que aquellas conducentes al estricto cuidado de su imagen. Por lo demás, recuerdo que me carcomió una envidia insalvable cuando leí su desafío a hallar un solo insulto en la totalidad de sus escritos.
¿Qué acabo de escribir? Temo que una burrada. Puesto que existe un trecho insalvable entre decencia y buena conducta, mismo que no quisiera uno ver a sus narradores más queridos atravesar, especialmente cuando —y éste es el caso— sus trabajos levantan ámpula entre quienes reparten bendiciones y asignan o retiran autoridad moral a los mortales. Ya en los primeros años escolares las medallas por buena conducta solían obtenerlas quienes sabían administrar la hipocresía. Luego se los veía ante el pizarrón, anotando los nombres de los mal portados no sin cierta satisfacción rastrera y revanchista. Nadie que haya leído con siquiera la mínima atención a Mario Vargas Llosa podrá decir que escribe para ser aprobado, aunque tampoco lo haga para ganarse el sambenito soso de reprobable a ultranza.
Ignoro qué suceda dentro de la cabeza de un mortal cualquiera después de un año de ser Premio Nobel, pero la sola precisión de las mayúsculas me resulta antipática e incómoda. ¡Cuántos insultos secos no tendrá que callarse el premiado luego de soportar la soledad a la que le condenan las genuflexiones irreflexivas de tantos reverentes instantáneos! “Llámeme Mario”, suplica el autor de La guerra del fin del mundo a quienes se le acercan a pedirle una firma y lo apodan señor, don o maestro; aunque luego haya algunos reverentes reacios a cumplirle ese favor, destinado no tanto a hacer más honda la confianza, como menos atroz esa distancia hueca que a ningún verdadero narrador le conviene.
¿Qué tendría pensar quien es galardonado por la Academia Sueca? Lo saludable sería recordar que se recibe apenas un invento más del hombre que inventó la dinamita. De lo contrario, se corre el riesgo de que tantos honores dinamiten a la persona real que se agazapa tras el personaje público. Un riesgo que quizá no corra Vargas Llosa, habituado a jamás devolver los insultos o ceñirse coronas de cartón, pero igual uno sigue con estos sentimientos encontrados. Celebraré por tanto con el mismo alborozo si este octubre le otorgan el Nobel como si se lo niegan. En lo que a mí, lector, respecta, es desde siempre suyo, con o sin suecos.
[Publicado el 01/10/2007 a las 12:44]
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Desde siempre tengo algo personal contra esos ejercicios universitarios cuya realización obligatoria y supervisada no hace sino dejar algo muy similar a un antecedente criminal en la currícula de tantos forzados entusiastas: las tesis. Cuando me llaman de la editorial para decirme que un estudiante quiere hacer una de ellas basado en mi trabajo, dudo entre revolcarme de risa o retorcerme presa de un pánico instantáneo. No es que hayan sido tantos, pero vamos, bastaría con uno para hacerme correr en sentido contrario a sus intenciones. Quiero decir que acabo de leer las páginas de uno de esos proyectos de tesis y paladeo aún el bochorno profundo, salpicado de ciertos impulsos que no por autodestructivos son menos constructivos.
El estudiante era sin duda un buen tipo, pero apenas abrió la boca observé que sabía demasiado. De muy poco sirvió pretender disuadirlo soltándole mis convicciones íntimas al respecto, pues para entonces ya había escudriñado en escritos tan viejos que ni yo mismo los recordaba. “La nostalgia es un animal estéril”, me comentó hace poco el filoso juglar Jaime López durante una sabrosa tanda de cervezas, pero omitió añadir que es asimismo un bicho artero y falaz. ¿Cómo pude olvidar que tras aquellos datos puntillosos dormitaba tamaña manada de esperpentos, a los que alguna vez me atreví a creer dignos de publicarse? ¿Qué le costaba a mi ego emponzoñado inventarse un seudónimo providencial? Hace un rato, mientras lidiaba con la experiencia traumática de leer las primeras citas textuales de aquellas inmundicias, entendí por primera vez a Stalin. Yo también, si pudiera, me ensañaría con ciertas hemerotecas.
Entre los veinte y los veinticinco años escribí una novela y un librillo de cuentos. La primera, por lógica y ventura, fue del todo ignorada por los jueces de un premio de novela; el segundo recibió el visto bueno en la editorial de la Universidad Veracruzana, mas a la hora de intentar corregirlo entendí que en su caso no había corrección más acertada que enviarlo sin más trámites al bote de la basura, como quien se deshace de un tumor maligno. En cuanto a los artículos, cometidos semanalmente con mucho menos oficio que desparpajo, creí que era bastante con arrumbarlos al fondo de una cómoda vieja y esperar que las ratas hicieran lo suyo. Pero he aquí que el monstruo seguía vivo. Lo he visto, me ha mordido, tiene mi antigua jeta y un aliento infumable.
¿Qué haría uno de ustedes, intrépidos blogueros, si recibiera en sobre cerrado una copia de su primer y acaso último poema de amor, perpetrado en algún vetusto cuaderno escolar, con la amenaza de publicarlo en su página? ¿Cuánto estarían dispuestos a pagar por borrar los vestigios de aquellas hormonas? Había olvidado casi por completo el rubor propio de la cursilería sorprendida in fraganti durante la temprana adolescencia: esos ímpetus negros de desaparecer antes que dar la cara por unos cuantos sentimientos pudendos. Por Dios, ¿qué sinodal que se respete va a conceder valor curricular a aquellos balbuceos tan bienintencionados como malparidos? Perdón por insistir, pero no me he repuesto del golpe bajo. Enséñenme otra tesis y acabaré con tisis.
Una de las funestas consecuencias de la sacralización de la literatura está en el fanatismo fetichista, que consiste en creer —y peor: hacer creer— que todas las palabras de un autor deben ser ventiladas en autopsia pública, pues cada una de ellas podría ser susceptible de arrojar luz sobre el resto de su trabajo. Un afán no del todo diferente de la voracidad del fan por conocer hasta las hemorroides de Britney Spears. Ahora bien, de existir tan privadas tumoraciones, no dudo que serían infinitamente más dignas y decorativas que las palabras muertas e insepultas que en mala hora envié a las rotativas.
¿Qué opinaría un director de tesis si me viera escondiéndome cobardemente tras las faldas de la mejor amiga de Paris Hilton? Yo en su lugar sugeriría al diligente alumno limitarse a resucitar los textos de autores ya difuntos, que cuando menos son naturalmente inmunes al bochorno de verse retratados en paños en tal grado menores. No creo ni un segundo en la posteridad, aunque sí en la paz espiritual de quien logra morirse sin una sola tesis que le eche tierra encima antes de hora. Hoy que tantos elogian las múltiples virtudes del procesador de palabras, sería un acto de justicia poética que se reconociera el valor innegable del incinerador de basura. Vendría bien, incluso, una sesuda tesis al respecto.
[Publicado el 28/9/2007 a las 11:07]
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03/12/2008 05:09
Publicado por: yorkperry
03/12/2008 04:35
Publicado por: SERPIENTE FURIOSA
02/12/2008 23:35
Me parece que no se necesita ser...
Publicado por: Jessica Ruiz
02/12/2008 21:21
Publicado por: Marce
02/12/2008 17:10
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02/12/2008 10:37
Publicado por: vaei
02/12/2008 05:23
Palito Ortega!! jajaja! No hay...
Publicado por: Ana Valesmil
02/12/2008 05:02
Es muy complicado pasar por la...
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02/12/2008 02:25
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02/12/2008 00:59
NA NARA NANA NA... NA NARA NANA...
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