Minisite sobre Kapuscinski

El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

Editado por La Oficina del Autor

sábado, 17 de mayo de 2008

Blog de Xavier Velasco

De íntimo kodachrome

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Si creyera en aquella burrada de ingenioso barniz según la cual "una imagen dice más que mil palabras", andaría por la vida cargando una cámara. Quien haya pergeñado ese eslogan con ínfulas de proverbio poco o nada sabrá de la delicia que es encerrarse a acomodar un millar de palabras retobonas. Cuando hacía publicidad -si hubiera de elegir una imagen ideal para ilustrar estas tres palabras, usaría la de una sierva sexual en el retiro- solía escuchar máximas de este tipo, con las cuales podía uno salvar o echar abajo una determinada idea. Dos de ellas me gustaban. De hecho, deberían formar parte del catecismo elemental de cualquier escritor o fotógrafo, toda vez que una y otra son aplicables a los dos quehaceres, y a su modo a cualquier tarea estética:

     1. Escribe con imágenes, ilustra con palabras.

     2. Si ya lo has visto antes, no hagas click.

     En mil palabras caben varias decenas de imágenes, y hasta cientos, si se escribe un poema. Palabras de sabores, olores y colores diferentes, de pesos y medidas tan variables como formas habrá de combinarlas, de duración y resonancia configurable de acuerdo a los conjuros exigidos, de hondura elástica y casi siempre alta temperatura (se habla o se escribe, al fin, para romper el hielo). Escribir con imágenes no es trazar dibujitos insulsos -que es como a mí me salen los dibujitos- y acaso explicativos, sino pujar, sudar y desvivirse por el puro deseo de traer a la luz algo que es más que imagen o palabra. Algo que duele o arde o punza o peturba o desvela o o fascina o perfora o somete o hechiza, o todo al mismo tiempo, si es posible. Algo que parece alguien, de repente. Algo que sólo puede existir de una manera exacta, que sin embargo vemos aún borrosa y es preciso encontrarla de entre tantas variables concebibles. Cual si más que una imagen fuera un espíritu y hubiera que llamarlo a puros gritos en medio de una noche chocarrera.

     Se está desamparado entre tantos fantasmas. Afortunadamente, de eso se trataba. Darse a acomodar uno o varios millares de palabras supone una afición al desamparo que bien puede expresarse en otra máxima, por lo común sarcástica y sin embargo cierta y comprobable como las mismas leyes de Newton, sólo que en territorios del placer. Así, lo que en la burocracia nos parece execrable lo exigimos en la literatura:

     3. ¿Para qué hacer las cosas fáciles, cuando podemos hacerlas difíciles?

     No se sienta uno a escribir una historia pensando en resolver sus problemas, sino antes y encima de eso en hacerlos crecer y multiplicarse. Inventarse acertijos que desembocan en nuevos acertijos, y éstos en otros más, de forma que al final se invoca a un extravío similar al de aquellos intrépidos cósmicos que desafiaron a la psilocibina y se preguntan ya, a media turbamulta sensorial, si les será posible regresar. Por eso nos da risa el necio petulante para quien escribir es "cosa fácil", cuando la verdadera gracia de intentarlo está en hacerlo endemoniadamente difícil. No es en la libertad, sino en la restricción donde quien narra encuentra el cuerpo del deleite. La fórmula es antigua, como el deseo: entre menos se pueda, más se querrá.

     No hay palabra que valga por mil imágenes, pero hay varias que se cotizan en un click. Nunca sabemos en dónde buscarlas, aunque de pronto se aparecen solas y uno sencillamente sabe que son ellas, como quien llamó a un alma en la distancia y reconoce ya su inconfundible pálpito. Conjura con plegarias, predica con espectros, pienso en parafrasear, preguntándome si ésta podría ser tal vez la imagen final, cuando de pronto escucho la música secreta de un botón que hizo click.

     Y amén.

[Publicado el 27/3/2008 a las 07:26]

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Tenderly

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El Conejo de Pascua con el Pato Lógico.

Corren tiempos tiernitos, por lo visto. El Comandante en Jefe del Ejército Más Poderoso del Mundo digiere la noticia sobre sus cuatro mil soldados muertos en Irak abrazado a un conejo de peluche. Algo que pocos niños hacen después de cierta edad, menos aún en público o delante de un fotógrafo. Ya con nueve o diez años, una publicidad como esa habría hecho pedazos mi de por sí mermada reputación escolar. Me imagino llegando a clases abrazado a mi conejito de peluche... y saliendo más tarde con los huevos de pascua machacados. Pero eso no le pasa al Presidente Bush, que a falta de un discurso propiamente guerrero lanza contra sus duros enemigos -el eje del mal, ha dicho- un dardo al corazón: Soy tierno.

     Saddam Hussein solía disparar kaláshnikovs a medio balcón. Sus hijitos se divertían ametrallando parvadas enteras de patos. Y así les fue, claro. El mensaje es que de ahora en adelante los niños bravucones no podrán ya abusar de los niños tiernos, y todavía menos de los niños mejor armados que ellos. Que es el caso del hombre del conejito. Cuatro mil muertos y diez mil mutilados o incapacitados son números a la medida del mensaje. O en fin, a la medida del conejo, cuya cabeza es varias veces más voluminosa, y quién sabe si no también más entendida, que la del niño del pelo entrecano. Es tiempo de llorar y patalear, y eventualmente destripar al maldito conejo. Toma, animal imbécil, para que veas quién manda en esta casa. Armar una revuelta planetaria porque no me gustaron los ojos del conejo y además yo quería el del aparador.

     Todos hemos querido abofetear un día a un niño así. Toma, escuincle culero, y si me acusas te saco los ojos. Lecciones provechosas, por supuesto, que sin embargo muchos no hemos sido lo bastante generosos para brindar a tiempo. El mundo, con razón, se escandaliza por los niños maltratados, pero no existe quien alce la voz contra esos bravucones de resortera y chantajistas de conejito que desde muy pequeños se enseñan a manipular arteramente al mundo. ¿Qué iraquí con un mínimo sentido del decoro no habría querido reventarle los belfos a los niños Hussein, que ya entonces vivían acostumbrados a presenciar torturas y ejecuciones?

     -¿No va a querer su cena, niño Jogito?

     -Cállate ya el hocico, criada infeliz, por tu culpa llevo cuatro mil muertos.

     Recuerdo que a partir de los ocho, nueve años, los muñecos de peluche servían para dos cosas: pretender inocencia y desahogar la mala conciencia. Míralo, pobrecito, ¿no te da ternura? Y uno fingía que no escuchaba nada, se aplicaba a adueñarse del papel de estrella frente a un público pleno de gratitud. ¿Quién va a creer que un angelito así pudo haber insultado a la recamarera? ¿No es cierto que la forma en que se abraza al conejito es prueba contundente de su naturaleza angelical? Y adentro de Jogito suenan tambores y clarines victoriosos porque mamá va a terminar echando a esa chismosa a la calle y ni ella misma supo ni mamá va a enterarse que me oriné en su sopa, ja-ja-ja.

     Un niño acostumbrado a vencer en secreto a los adultos es poco menos -a veces poco más- que un Godzilla en potencia. Tal como los políticos manipuladores se valen, de los nazis para acá, de un chamaco para tomarse la foto, los niños consentidos hacen desfachatado uso de la ternura para manipular a sus mayores más maleables. No me consta, por cierto, que la fotografía de George W. Bush abrazando al conejo sea un estricto acto de cinismo, pero prefiero eso a pensar que es sincero, perspectiva esta última que ya de entrada me revuelve el estómago. Todos hemos temido vomitar algún día sobre un niño así.

     You took my lips, you took my love... so tenderly, cantaba Sarah Vaughan desde un piso distinto de la ternura. Ay, la ternura. Podría uno hacer niños a lomos de esa música. Y hasta maleducarlos, no faltaba más.

[Publicado el 25/3/2008 a las 21:21]

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Chatarra para el diván

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El mañana, según Groening.

Lo que bien se aprende, no se olvida, decían en la escuela cada vez que uno argüía que algún conocimiento pertenecía a un curso anterior. El problema, entonces incipiente y hoy escandaloso, está en la cantidad de fruslerías que uno debe aprenderse si pretende seguir tuteando al mundo. Instructivos, manuales, tutoriales y cursos cuya vigencia se desvanece con el arribo del próximo invento. Me amargaría la vida calcular, sólo en el disco duro de mi computadora, cuántos manuales hay cuyo conocimiento me ahorraría esfuerzo y tiempo en el manejo de cada herramienta, aunque sólo por algún corto tiempo. Pero al cabo no sé si sea más amargo resignarse a que nunca va uno a apalabrarse bien con todos sus autómatas, o a continuar atesorando conocimientos chatarra y más pronto que tarde terminar compartiendo su obsolescencia.

     Cada aparato con el que uno se entiende aspira a convertirse en una prótesis. No saber manejarlo tal como lo aconseja el instructivo equivale a ir cojeando por la vida, pero ni los usuarios más ordenados tienen el tiempo y el espacio mental para moverse con gallardía por las decenas de tableros e interfaces con los que hay que entenderse cada día. Al final, descompone uno los juguetes sin saber bien a bien qué fue lo que hizo mal, y eso desde el momento en que desconoce supinamente la utilidad de buena parte de los mandos y botones, de modo que oprimirlos equivale a sumir la tecla random y encomendarse al Espíritu Santo. Imaginemos una mano mecánica que se limita a obedecer las dos terceras partes de las órdenes de su dueño, ¿quién le asegura que cualquier día no va a mirarse abofeteando involuntariamente a un alto jerifalte siciliano?

     Son legión quienes se enorgullecen de sus conocimientos chatarra. Que es como envanecerse por poseer un coche nuevo que tardará unos meses en cubrirse de herrumbre. Pero son igualmente legión los que encuentran orgullo en no saber usar un jodido teléfono. Debe entenderse, piensan, que tras esa renuncia a la destreza técnica se oculta un alma insobornablemente libertaria y no una colección de pavores atávicos, primos hermanos de la idolatría. De modo que no sé ni qué pensar, vivo con sentimientos encontrados respecto a esos tiranos electrónicos que en teoría obedecen a un amo que no acaba de gobernarlos.

     Debe de haber un porcentaje importante de caos personal a partir de esta diaria randomización que tiene a buena parte de la humanidad tomando decisiones meramente fortuitas en torno a actividades elementales, que es como irse a vivir a un casino donde las reglas rara vez son las mismas y el premio máximo es la supervivencia. No poca cosa, finalmente, para quienes nos hemos pasado mañanas, tardes y madrugadas enteras oprimiendo botones diseñados para salvar princesas y masajearse el ego en cada buen intento, pues como cuando niños encontramos inmensos yacimientos de autoestima en el manejo diestro de un par de juguetes. ¿Quién no quiere escuchar de unos labios queridos que es un crack del volante, un gurú cibernáutico, un connoiseur en hi-tech, aunque no sea tan cierto y en fin, más que nada por eso?

     Dreamweaver, Word, Safari, Photoshop, ImageReady, Director, iTunes, DVD Ripper, Sound Forge, TextEdit, iPhoto, Flash, Yummy FTP, Fireworks. Son los que me han venido de inmediato a la mente. Cada uno es un brazo mecánico que se mueve de acuerdo a mi colección personal de conocimientos chatarra y destrezas desechables. Nada que pueda presumir ante nadie, la mayoría de estos programas son juguetes celosos y adictivos, meras prolongaciones del gusto viejo por los videojuegos y las monomanías propias de quien ha contraído el vicio de narrar. Hay oculta una placentera impostura, similar a la de los juegos infantiles, tras el apasionado escozor por los conocimientos chatarra. Se juega y no se juega, se es y no se es, se salva a la princesa cojeando de ambas piernas y se siente uno heroico por eso, como San Juan Autista recién canonizado. To be and not to be, that is the password. *

 

* Escrito tras pasar a duras penas por la lección 14 del libro-curso-juguete Final Cut Express: Movie Making For Everyone (Apple Training Pro Series), por Diana Weynand.

[Publicado el 24/3/2008 a las 09:30]

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Levantamiento de cruz

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Vi la fotografía del ahorcado aún vivo, en manos de los verdugos. Luego otras donde ya se balanceaba, colgado de una enorme grúa. Hasta la fecha encuentro un magnetismo espeluznante en las imágenes de un ajusticiamiento. Contemplar esas instantáneas siniestras donde la maquinaria inapelable asesina en público y con la ley en la mano. ¿Qué ley? La sharia, en este caso. La gran conquista de la revolución iraní. Los condenados cuelgan  en plena calle, mientras abajo y desde los edificios menudean los curiosos que aprovechan para tomar fotos del muerto fresco. Habrá quienes aún lo pescaron convulsionándose, con las facciones de pronto deformadas por la acción de esa soga de color azul, coquetería extraña en un patíbulo. O será que les da igual el color, para un trabajo en tal medida cotidiano.

     Siempre es algún consuelo fantasear sobre los horribles crímenes que el ahorcado tuvo que haber cometido para acabar así. Puede uno hacerse a un lado, entonces. Sentenciar levantando los hombros que el infeliz se ganó su castigo. Pero al fin no sabemos por qué fue, si se le ha condenado por la sharia pudo ser acusado de no creer en Dios. O inclusive de no acreditar a sus representantes en la tierra, que son precisamente los que imponen la sharia. Pudo ser acusado por cualquier cosa, y hasta por ninguna. Su función, al final, es servir como ejemplo. Que la gente lo vea y se asuste y se pasme y se sacie. Mira lo que les pasa a los infieles.

     De acuerdo a los criterios de esos jueces, yo merezco de menos un castigo idéntico. Como lo habría merecido de la Inquisición, si de vivir entonces me hubiesen acusado de herejía. Hay una fiesta secreta y mezquina en torno a cada cuerpo que cuelga o arde o es descuartizado, al público le gusta presenciar acontecimientos inolvidables. Ver que es otro, no uno, el que estira la pata frente a todos, las manos esposadas y los pies descalzos. Fotografiado antes, durante y después del trabajo de la grúa, que alza el cuerpo en lo alto como un trofeo público. Se diría que es el botín de todos. El trofeo de los puros, que de seguro sólo inquietará a los que deben algo y ya tarde o temprano pagarán.

     Soy uno de los tantos que crecieron pensando que el hombre de la cruz murió por sus pecados. Sé desde entonces que en algún punto del planeta hay una cruz que espera por mí, pero es cierto que bien podría ser una soga. Vuelvo a mirar las fotos y experimento el vértigo enfermizo que tantas veces me pescó del cogote en la iglesia. Una fascinación aterrada que luego me ayudaba a fantasear en torno a toda clase de muertes y asesinatos. Por eso pocas veces puedo evitar, durante la horas oceánicas de Semana Santa, practicar el antiguo deporte del cross-lifting. Qué le vamos a hacer, es lo de hoy.

[Publicado el 19/3/2008 a las 22:52]

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El patín del diablo (y otras estrategias monstruicidas)

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De los diablos sabemos que no toleran escuchar su nombre. De los monstruos, que no son tan abstractos para no alborotarse con la luna llena. Los unos son cobardes, los otros animales (y esto último lo certifico en los míos, que son unos cabrones bien hechos). Debe de haber cientos de formas de arrinconarlos, e incluso de meterlos en cintura. Cualquier cosa con tal de no tener que pelear contra unos y otros al mismo tiempo, corriendo incluso el riesgo de que se amafien.

     Pastorear a los monstruos es quizás el trabajo más ingrato en el oficio de la escritura. Ha dicho José Emilio Pacheco que el bloqueo no consiste en no poder escribir, sino en no poder sentarse a escribir. Es decir que los monstruos no se están quietos, finalmente cualquier animalito se harta de que lo traigan dándole vueltas a la noria de la nada. No es socialmente higiénico sacarlos a pasear, pero tampoco es mentalmente sano pasar el día entero jugando al gladiador con ellos. Y aquí es donde interviene el patín del diablo.

     Me gustaría que fuera menos ruidoso, pero al diablo no siempre le gusta ser discreto, menos aún si sale a patinar impulsado por un motor de podadora. Es, visto de muy cerca, la clase de aparato que tendría que avergonzar a quien lo conduce, pero lo cierto es que genera tantas simpatías como extrañezas. Los automovilistas tardan en reponerse de la visión de un cuerpo firme y vertical acercándose por el retrovisor. Nunca muy rápido, con trabajos cuarenta kilómetros por hora. Pero quienes tuvimos un patín del diablo y gastamos decenas de suelas impulsándolo, sabemos lo que vale la idea de volar con él a una velocidad impensable para cualquier juguete doméstico.

     No he olvidado la tarde en que se me ocurrió amarrar a mi chucho -un afgano veloz e impetuoso- al tubo del manubrio del patín del diablo. Pasearía como un rey, sería la envidia de muchos otros niños... Funcionó media cuadra, hasta que el perro vio a una hembra al otro lado de la calle y se soltó corriendo como un caballo flaco. Luego se paró en seco, no bien el patín del diablo y su dueño se estrellaron de frente contra un árbol. Tampoco olvido, aunque esto sucedió hará pocos años, que en mi primera tarde con un patín del diablo motorizado me di de frente contra una reja, de lo cual aún conservo un hueso de la mano ligeramente chueco y salido.

     Recuerdo ambas anécdotas con un cierto deleite, toda vez que una y otra le confieren a mi patín motorizado algo del sex appeal propio de los vehículos autodestructivos. No mucho, pues. Puede que sea el .04 %, pero al menos hasta hoy ha arrasado con varias especies de monstruos. Algo tiene el patín, que revientan después de un rato de ir tras él. Vuelvo entonces a casa libre de alimañas, me atrevería a decir que los he visto desprenderse de mí, no bien sintieron la vibración del manubrio. Estaciono el patín con una excitación similar a la de un día de feria. Recorrer, finalmente, la ciudad de México abordo de un patín motorizado, vale por tres montañas rusas en hilera.

     Aliarse con los diablos para mejor pelear contra los monstruos parece una estrategia comprometida. No sabe uno los cobros que vendrán después, los muchachos del trinche conocen infinitas artimañas, pero a ver quién prefiere vivir montando a pelo al monstruerío en pleno jaripeo de esperpentos. Al fin al mando de la situación, levanto la libreta, tomo la pluma y sin pensarlo más se la clavo en el pecho al demonio que me trajo hasta acá. Perdona la molestia, me disculpo, pero es que tengo que ponerme a trabajar. Digo entonces su nombre y el diablo moribundo se arrastra con premura hacia el infierno que lo parió. Tengo que comenzar de una vez con el párrafo.

[Publicado el 18/3/2008 a las 18:34]

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Materia emocional

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Cuando un camión transporta dinamita, lleva invariablemente un aviso de peligro. Si en un cierto lugar de trabajo se guardan materiales radiactivos, nunca falta uno o varios letreros de advertencia. Si acaso una botella contiene veneno, la calavera en la etiqueta se encargará de hacerlo tan claro como pueda. ¿Quién alerta, no obstante, al dichoso infeliz que en mala hora le tocó hacer lo suyo con trozos de materia emocional? ¿Quién previene a cada uno de los incautos que sin más profilaxis le hacen compañía? 

     Según las estadísticas, existe una dramática incidencia de suicidios entre los dentistas, la más alta entre todas las profesiones. Por más que los villanos se rían a carcajadas en extreme close up, nadie es del todo inmune al contagio del dolor causado. ¿Qué hace un endodoncista luego de abrir canales en siete muelas, llegando cada vez al nervio traicionero cuya mera anestesia se percibe en principio como rauda estocada en la entrepierna? Si uno sale del consultorio deseando sepultar esa hora de vivencias difíciles, el dentista se queda a seguir adelante con la carnicería. A sufrir, que es lo suyo.

     Desde niño creí que ganchos, pinzas, abatelenguas y el resto la parafernalia que se juntaba sobre la charola metálica no podía ser menos que una colección de refinados instrumentos de tortura; hasta que padecí el primer dolor de muelas y me pasé dos noches añorando al dentista con los ojos llorosos. Pensaba, de igual forma, que un narrador tenía el majestuoso poder de hacer sufrir o gozar a los personajes de acuerdo a su capricho más arbitrario, y además con la mano en la cintura; hasta que descubrí que un escritor impune es un tipo aburrido hasta para sí mismo, y que sólo quien tira los dados junto a los personajes puede salvar la historia y el pellejo.

     Trabajar con materia emocional equivale a vivir en un tobogán de espirales violentas e interminables, y lo que es peor: aficionarse a ello. Intenta uno lidiar con el mundo exterior simulando que adentro no pasa nada, al tiempo que pelea cuerpo a cuerpo con los monstruos que intentan salir a empujones. Nadie cuya materia de trabajo sean las emociones intensas y constantes puede evitar que monstruos y demonios se le reproduzcan sin control ni concierto, para luego crecer hasta, eventualmente, usurpar su lugar en el momento más comprometido. Pocas cosas encuentro tan vergonzosas como verme obligado a dar la cara por lo que unos demonios hicieron en mi nombre, con frecuencia impulsados por emociones vicarias y espurias que al volver la cabeza son ya las mías.

 

     Si, tal como sospecho, los personajes de una historia en proceso tienen vida propia y existen más allá de la opinión de quien los trajo al mundo, no dudo que los míos me contemplen con una desconfianza equiparable a la que siente el niño frente al dentista. Es más, yo en su lugar me temería lo peor, miraría a la pluma y al tintero como el paciente que de lejos se asoma a la charola tapizada de tirabuzoncitos cuya misión es arrancar los nervios de cuajo. ¿Qué vas a hacerme ahora?, preguntaría con la voz temblona y las palmas mojadas, maldiciendo la suerte que me llevó vivir en ese mamotreto insoluble -toda novela lo es, mientras no está completa- bajo la férula de un incubador profesional de monstruos y demonios infumables.

     Yo no sé decir qué quiere decir lo que voy a decir, afirma la canción-romance cuya entrada parecería describir el momento en que el narrador enfrenta a los primeros demonios del día y todavía cree, conmovedoramente, que al terminar sabrá lo que estuvo haciendo, cuando los materiales propios de su trabajo apenas le permiten decir cómo se llama, no así dónde termina su existencia y comienza la de sus monstruos y demonios.

     Intenta uno dejarlos en la casa, guardados bajo trancas y cerraduras subsecuentes, pero encuentran la forma de escaparse no bien una emoción intempestiva se cruza en el camino. Y aquí están, recordándome que narrar es un acto de amor con varias endodoncias involucradas y ni una sola gota de anestesia. De aquí a que me lo arranque, pobre de quien me toque el nervio susodicho.

 

[Publicado el 17/3/2008 a las 09:49]

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Hit me with your best shit

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A lo largo de Tu rostro mañana, Javier Marías habla de tres personas que bailan. El narrador los mira desde la ventana, si bien no alcanza a escuchar su música. La escena vuelve cada tarde a mi cabeza desde que comencé a jugar con la guitarra frente a la pantalla, y de paso ante el ventanal que da a la barranca. Al otro lado hay casas, pero se ven distantes. ¿Cien metros, ciento veinte? Podrían ser menos, incluso, pero el astigmatismo no ayuda a establecerlo, menos si se apandilla con la miopía. Veo bien, según yo, pero de lejos como que se emborrona el paisaje. Veo bien las ventanas, y de repente algunas sombras detrás, pero lo cierto es que me importa poco cuanto pueda ocurrir en su interior, y ello me hace creer que a ellos tampoco les interesa lo mío.

     Uno cree, o se consuela creyendo, que los demás están por siempre lejos y en lo suyo. Que comparten incluso sus limitaciones, porque si yo no veo claramente cuanto pasa detrás de sus ventanas tampoco ellos verán tras de la mía. Serán también un poco miopes y astigmáticos, lo pensarán dos veces o cincuenta para operarse los ojos. Podría cerrar la persiana, pero la luz externa me mejora el humor y no me da la gana cerrarla. Vamos, que no tengo ni el tiempo. Miro hacia la pantalla, voy moviendo los dedos al tiempo que las piernas intentan una suerte de balance rítmico, aborrezco de pronto las distracciones. De aquí hasta que termine, maldito el que me llame por teléfono.

     ¿Pueden mirarme los distantes vecinos desde sus ventanales? No es francamente mucho lo que me preocupa, aun con esta guitarra blanca de juguete que muy difícilmente me dará galanura, o al menos gañanura, que también sirve. Los vecinos de al lado, en cambio, deben de estar podridos de escuchar durante horas el mismo sonsonete. Pero no tengo tiempo para pensar en ellos. Todo mi mundo ocurre al centro de la pantalla, donde recibo puntillosas instrucciones en una suerte de clave morse rítmica que me tiene aquí tieso, de pie frente a la tele, con los dedos corriendo tras la voz que de nuevo suplica que le dé con mi mejor golpe.

     Hit me with your best shot, insiste la canción y yo otra vez maldigo mi suerte porque me he equivocado ya más de siete veces y eso me deja una vez más por debajo de la marca de ayer. De repente me duelen las piernas, antes por la tensión que por el cansancio, pero una compulsión conocida me compele a oprimir el botón verde y arrancar otra vez con la canción. Deben de haber ya dado las seis de la tarde, tenía un par de cosas por hacer pero creo que ya no. Antes tengo que cometer menos de siete errores en las 242 notas de la canción. Aquí viene mi best shot.

     No sé si sea realmente más difícil aprender a tocar la guitarra o alcanzar un progreso sensible en el Guitar Hero III, pero entiendo que tomar clases de auténtica guitarra será por fuerza menos entretenido, o no tan compulsivo. Solían decir mis tías que quien aprende a tocar la guitarra siempre será bienvenido en las fiestas, pero es tarde para eso. En las recientes tardes he ido encariñándome con esta guitarrita ridícula cuyos cinco botones de colores me permiten subirme a la canción y me premian con la barata sensación de estar tocando los sonidos que escucho, mientras piernas y brazos se coordinan con ansiedad escrupulosa para evitar otra metida de pata. Me pregunto si no los vecinos al otro lado de la barranca me ven y se divierten haciendo chistes a mis costillas cada vez que termina la canción y levanto una pierna en ademán salvajemente triunfador. Me llamarán tal vez Onán el bárbaro.

 

     En la novela de Javier Marías, el narrador es invitado a unirse a los bailarines. "Ven", le dicen a señas. Dado que el Guitar Hero III trae su público incluido -si el guitarrista se equivoca de más, la gente lo abuchea y le obliga a bajar del escenario-, dudo que invitaría a nadie a venir hasta el escondrijo donde practico un vicio solitario que no me enorgullece, pero igual no le da la gana soltarme. Lleno el tiempo de nada, ya lo sé, pero un imperativo oscuro y terminante sube de las caderas a los dedos como la chispa de una mecha corta para excitar más de una glándula lujuriosa, en tanto el coco exige que termine el solo sin cometer otro pecado de disritmia, y de pronto ya no manejo una guitarra de juguete sino un raro vehículo de placer que me encierra entre cuatro bocinas estruendosas y por mí que se caiga el mundo, mientras tanto. Vicio de mierda, mira a lo que me orillas.

[Publicado el 14/3/2008 a las 18:35]

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Las cuerdas inmarcesibles

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Envidio esas iglesias donde la gente canta y hasta baila gospel, tanto como me habría avergonzado unirme al coro de buenos muchachos que cantaban en misa cada domingo De qué color es la piel de Dios. Aunque también es cierto que aquellas ñoñerías eran preferibles a la liturgia en seco. Me recuerdo llegando a misa de once a lomos de una moto roja marca Islo-Honda, con el motor rugiendo a la altura del Yo pecador, y un minuto después ya en la iglesia, con el casco estudiadamente bajo el brazo. Me veía como uno de esos pandilleros de utilería que al fin de la película resultaban presos, muertos o descalificados por la leyenda que en ciertas ocasiones la censura imponía: Los culpables fueron castigados de acuerdo a las leyes vigentes, o algo así de barato. Espectador escéptico, yo sabía que los malos de moto difícilmente pierden, como no sea por apetito épico.

     Cuatro motocicletas y otros tantos chilazos más tarde, mi asquerosa tendencia a sobrevivir subraya desde entonces hasta hoy un muy dudoso apetito épico. Si he de decir verdad, habíamos entonces algunos repentinos ex niños cuya más honda motivación para poseer una moto era cumplirnos finalmente el sueño de ir por la vida a ciento veinte por hora con una chica guapa pescada del abdomen. Cierto es que casi todas, por decir lo menos, apreciaban primero al aparato que a su dueño, y que de no tenerlo vibrando entre las piernas jamás le habrían dirigido el saludo, pero quince minutos con la ninfa detrás eran ya por sí mismos un largometraje.

     Con el paso de algunos desengaños penosamente idénticos, entendí que esa imagen de malviviente light ya no era suficiente. Comenzaba a sentirme una caricatura de una caricatura, urgía dar un salto cualitativo. Luego de varios meses de ahorrar pesitos escrupulosamente, reuní lo necesario para comprarme una guitarra eléctrica. Roja, como la moto. La experiencia, en principio, fue tan emocionante como gastarme tardes enteras con la guitarra colgada del hombro, sin mejores propósitos que el de irme acostumbrando, y con ese pretexto pasar lista obstinada delante del espejo del baño; o tan frustrante como descubrir que para hacer sonar ese aparato necesitaba de un amplificador.

     -Ya compramos el piano, ¿qué más quieres? Aprende a tocar piano y luego sigues con la guitarra -¿cómo explicar que aquella cariñosa propuesta de mis padres me parecía equivalente a convertirme primero en Richard Clayderman y después en Keith Richards? Una metamorfosis por demás dilatoria e incierta, pues ya sentía fuertes comezones por deslumbrar a las chicas veloces con mi pinta de malo enguitarrado. Armar mi banda, escribir las canciones y lanzar besos largos desde el escenario: tales eran las grandes prioridades, ya después habría tiempo para aprender a tocar la guitarra. Y por qué no, berrear en el micrófono, asumiendo con cierto orgullo punky que es uno más desentonado que el taladro del dentista.

     Mal podría intentar, con menos de quince años, bajarme de la moto para tocar el piano. Se sabe que las chicas veloces no suelen ser sensibles a la delicadeza del tecladista, como al estilo rudo del guarro del requinto. Lo pensé muchas veces, mientras acariciaba trastos y cuerdas y aguardaba el momento de encontrar a los otros prospectos músicos. Nadie, por otra parte, parecía dispuesto a darme clases de guitarra eléctrica. ¿Y si aprendía con una acústica? Ni hablar: iba a sentirme como los monigotes que cantaban en misa. Y yo quería hacer ruido, antes que méritos. Sólo que me seguía faltando el amplificador.

 

     La vendí años después, aceptando por fin que jamás tocaría una nota con ella. Y hoy que miro hacia atrás entiendo que si hubiera buscado un lugar al lado de los ñoños de la iglesia no sólo habría tenido pronto y vibrante acceso al sexo opuesto, sino seguramente me sabría unas cuantas pisadas de guitarra, tal vez no muchas más de las que precisó Sid Vicious en el bajo para hacerse leyenda. Finalmente, para estar en el bando de Sid Vicious no había siquiera que tener guitarra. Y si ahora prefiero envidiar a los fieles del gospel antes que rendir culto al pelmazo de Vicious es porque escucho La Divina Sassy y celebro en mitad de un rapto místico que aquel aprendiz de rufián nunca se haya comprado el amplificador, tanto como lamento su estúpido desdén por el piano. Con su permiso, pues, vuelvo a los cielos: I get misty just holding your hand.

[Publicado el 13/3/2008 a las 10:57]

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Odio de perdedor

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Dice el proverbio que a los amigos se les conoce en la cárcel y en la cama, pero la sola idea tiene un tufo de chantaje evangélico. Porque estuve en la lona y no me levantásteis. Lo cierto es que uno puede perdonarle al amigo que lo deje a su suerte en el pabellón o la crujía, pero no que le enseñe su lado más oscuro por quítame estas pajas. Me explico: antes que en la desgracia suya o mía, he conocido a mis peores amigos en la mesa de juego. Frecuentemente los ajedrecistas se jactan de ser especialmente inteligentes, pero vale la pena preguntarse si es siquiera prudente, ya no digamos hábil, dar tanta información sobre uno mismo. El que lee al jugador lee a la persona. Uno juega y devela su estrategia vital, además de sus fobias, caprichos y complejos menos presentables.

     De niño nunca me interesó ganar, me bastaba con que me hicieran caso. Afortunadamente, no puede uno perder todos los días y seguir lamentándose como si fuera la primera vez, o como si no fuera la constante. Uno va acostumbrándose, hasta desarrollar algún cinismo redentor que le permite sobrellevar derrotas grandes y pequeñas con la resignación del niño acorralado. Después, cuando aprendí a ganar en ciertos juegos propios de los vagos -el poker, la ruleta, el billar, el boliche-, lo hice de todas formas protegido por la cachaza de perdedor indiferente que había desarrollado desde la infancia. Casi diría que perder me divierte tanto como ganar, acaso porque mientras algunos de los otros sacan su lado oscuro, uso mi despreocupación como una atalaya desde la cual me asomo a esos abismos con la fascinación de un entomólogo y el pasmo de un ex amigo en ciernes.

     Los he visto gritar, amenazar y dar patadas al aire por una pinchurrienta mano de poker. Lanzar tablero y piezas al suelo después de un jaque mate. Agujerar la mesa a raquetazos y romper la raqueta contra la pared para vengar un punto de ping-pong. Y ojo: sólo en el primer caso se jugaba dinero, casi siempre poco. Uno empieza a sacar el lado oscuro cuando planta en la mesa una apuesta privada y secreta. El amor propio, por ejemplo. A la gente le gusta poner el amor propio en los dados. Juran que los controlan, mentalmente. Lo echan en cara del perdedor, como parte del pitorreo fanfarrón del que gana y precisa proclamarlo. Insisto en que la gente da mucha información de sí misma cuando juega y apuesta lo que no debe.

     A nadie simpatizan las recriminaciones fáciles de los acomplejados con piel de seda, pero de ellas se aprende lo que ninguna escuela nos enseña. El juego tiene la dudosa virtud de exponer las entrañas de la envidia, el rencor, la desconfianza, el narcisismo y las múltiples clases de mala leche de quienes no lo saben pero juegan a perder, aun si ganan. Pues cada vez lo que está en juego es tanto que no hay manera de cobrar las ganancias. Basta un juego de trivia entre ignorantes fatuos para que el ganador sea en adelante despreciado tanto como los perdedores menospreciados. Por nada, se diría, si al jugar no se hubieran delatado como pastores de tantos demonios.

     Hay un resabio de niñez podrida en esa propensión a tomarse los juegos de mesa o de salón como un indicador de las capacidades personales de cada cual. Hay, también, grandes oportunidades para dar nuevo aliento a las viejas antipatías que resucitan al calor de unos dados adversos. "Siempre me cayó mal el estúpido ése", dirá uno al salir. "Te dije que no sabe ni jugar, el pobre idiota", dirá el otro, a su vez. Y eso lo sé muy bien porque mi juego íntimo, que ahora y aquí ejerzo, suele acarrearme toda suerte de frustraciones, pues como tantos en este oficio temo que si no puedo escribir la novela no sirvo para nada en esta vida. Me odio entonces, como aborrecería uno al tramposo que le quita su casa con cartas marcadas. Me odio tanto que compro un nuevo lote de fichas y pido cartas, listo para perder quinientas veces antes de la primera victoria (igual que perdí un año escolar por jugar al billar, sin por ello aprender bien a bien cómo hacer una carambola de tres bandas).

     Me consuelo pensando que nadie va a enterarse.

 

[Publicado el 07/3/2008 a las 20:03]

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Dispárenle al pajarraco

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Siento una antipatía natural por las armas de fuego. Temo que baste con tener una entre manos para empezar a convertirse en imbécil. Hasta hoy, mi padre se pregunta cómo alguna vez cometió la insensatez de poner en mis manos un rifle de diábolos. Según él, iba a conformarme con disparar a blancos inertes. Un bote, un palo, una diana de papel, nada que se parezca a la emoción que prueba un treceañero cuando le mete al vecinito un diábolo en la nuca. "Y da gracias que no te dejé tuerto", le grité todavía, de pie sobre la barda que dividía a su casa de la mía, mientras él se quejaba entre lágrimas frescas. "Ya me diste en la madre...", repetía, sin aún calibrar las ventajas genuinas de haber volteado a tiempo la cabeza. Pues lo que yo quería era sacarle un ojo.

     Para suerte de todos, el rifle se rompió unos meses después, cuando apenas había enviado a dos vecinos a la enfermería. ¿Cómo explicar esos ataques de furia, durante cuyo incendiario transcurso -les lanzaba asimismo botellas llenas de gasolina y tapadas con un trapo en llamas- no pensaba sino en hacerme respetar? ¿Cómo justificar los ataques de risa que los reemplazaban? De entonces para acá, he entendido que sólo necesito de un arma para ser el idiota de mis pesadillas.

     Varios años después del rifle roto, otro vecino, recién llegado, me presentó a su esposa, y un minuto después sacó la pistola. Una era rubia y vulgar, de falda mínima y chamorros obsequiosos; la otra me pareció espeluznante, no tanto por su amenazador calibre .009 como por el orgullo de niño mimado con que la levantaba su feliz poseedor. "Es un súper juguete", se ufanaba, mirando hacia la rubia y sobando el cañón, mientras yo paladeaba la idea juguetona de meterle una noche un diábolo en la nuca, nada más por mamón.

     Nunca se me ocurrió matar a un pájaro. Los pájaros no me tiraban piedras, como lo hizo el vecino antes del diabolazo, pero ya habría dado cualquier cosa por derribar a un pájaro robotizado. Aún en estos momentos, luego de haberlos visto en un documental, donde sus creadores afirman que serán usados para efectuar labores de espionaje, me pregunto si no tendría que irme consiguiendo un rifle de caza, de manera que cuando vea pasar al primero lo pueda recibir tal como se merece. Imaginemos un cielo ennegrecido por parvadas de animales mecánicos equipados con cámaras de alta precisión. ¿Quién no querría cegar a esos bicharajos entrometidos de un plomazo en el motherboard?

     Un pájaro con cámaras y sensores en lugar de ojos es un robot armado. Puede fisgar y registrar la vida privada de quién le dé la gana al que lo maneja, sin dejar de volar. ¿Cómo evitar que semejante juguete caiga en manos de gente capaz de idiotizarse fácilmente no bien dispone de un pequeño poder? ¿Se toparán siquiera con un mínimo escollo legal los pájaros robóticos para invadir los cielos impunemente? ¿Nos acostumbraremos a verlos como parte regular del paisaje, hasta que los ilegales no sean ya ellos sino nosotros?

     Desde el balcón donde mañana con mañana me siento a escribir -casi siempre entre pájaros de verdad, que raramente cesan de cantar y de pronto se posan en la baranda- me digo que ahora sí debería conseguir un rifle. Hay que estar preparado, insisto, mientras de las bocinas escapa una canción de Vanessa da Mata cuyos ecos pueblan de la escena de otras aves, sin duda preferibles. Tiempo de descartar los demás escenarios y entregarse a volar sin miramientos.

[Publicado el 06/3/2008 a las 17:12]

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Biografía

Oriundo y reincidente colono de San Ángel, al sur de la ciudad de México. Se inició a edad temprana en la escritura, sin sospechar que el juego llegaría tan lejos, y todavía hoy cree en él como una fechoría intensa y subyugante, comparable a vivir huyendo de la ley a bordo de una Suzuki 1100. Comparte hogar con dos gigantes de los Pirineos; vive un largo romance con la música brasileña; escribe semanalmente en el periódico mexicano Milenio la columna "Pronóstico del clímax". En el presente siglo ha publicado Diablo Guardián, Premio Alfaguara de Novela 2003, El materialismo histérico (fábulas cutrefactas de avidez y revancha), Luna llena en las rocas (crónicas de antronautas y licántropos), y recientemente la novela confesional Este que ves (Alfaguara, 2007), donde hurga en sus raíces narrativas y declara: "Los cobardes no escriben novelas, o cuando menos no deben escribirlas."

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