Minisite sobre Kapuscinski

El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

Editado por La Oficina del Autor

viernes, 21 de noviembre de 2008

Blog de Xavier Velasco

El difunto del Ferrari

“Muerto de pies a cabeza”, describió alguna vez el corredor inglés David Coulthard a su colega finlandés Kimi Räikkönen, hoy día convertido en el cadáver más veloz del mundo. Y es que estar muerto es una ventaja cuando es preciso pasar de los trescientos kilómetros por hora sin hacer mucho ruido, tal vez aprovechando el barullo infernal que acostumbran armar los vivos con el fin de que nadie se atreva a descartarlos. Durante las recientes semanas, ha habido tanto ruido en torno a los dos grandes rivales y compañeros en la Fórmula Uno que apenas quedó tiempo para considerar al fiambre escandinavo que casi no habla, rara vez sonríe y nunca gesticula. Todavía hace un par de semanas, durante el Gran Premio de China, fue más noticia la renovada cercanía entre los puntajes de Fernando Alonso y Lewis Hamilton que la bandera a cuadros para Räikkönen, quien convenientemente continuó gozando del bajo perfil de las carnes frías.

No había ni que presenciar el famoso comercial de Mercedes Benz —donde se les veía compitiendo ferozmente por ser cada uno el primero en todo— para entender que la bien promovida rivalidad entre el campeón Alonso y el novato Hamilton no pasaba de ser un juego para niños del que cualquier peatón podía hacerse parte. Los seguidores de uno detestaban al otro como si les hubiera despojado de algo, y más que eso como si el resultado final fuese a cambiar sus vidas para siempre. En mi caso simpatizaba con Alonso, por motivos que hasta hoy no aspiro a tener claros, pero el hecho es que no había comenzado la carrera y ya estaba sufriendo de sólo revisar las posiciones de salida. Se decía que Alonso todavía necesitaba de un milagro, y apenas importaba el hecho de Räikkönen precisara de dos.

Emerson Fittipaldi lo vio con claridad: difícilmente Hamilton a sus veintidós años podría con los nervios. ¿Pero Alonso? ¿Cómo iba a sustraerse el campeón del mundo de 2005 y 2006 a esa disyuntiva magnificada día tras día, según la cual no había más que dos grandes opciones? ¿Y quién, sino el piloto muerto de la Ferrari, podía beneficiarse de aquella reducción? Apenas se inició la carrera, dos obvios perdedores se trenzaron en un duelo instantáneo que pronto dejó a uno bien atrás y al otro solo tras el par de ferraris. Cómodamente adscrito a un segundo puesto provisional, el finlandés difunto debió de ser el único en divertirse: nadie lo molestó en los días previos, ni sufrió la presión que terminó bloqueando a sus dos contrincantes, cada uno obsesionado en superar al otro. Y al final le tocó bailar con la más guapa, ya instalado en el primer sitio por cortesía de su compañero de equipo, el brasileño Felipe Massa; los dos lejos de Alonso y lejísimos de Hamilton.

Al final del citado comercial —donde las voces de dos niños fanfarrones competían cantando “todo lo que tú puedas hacer, yo puedo hacerlo mejor”— la entretenida rivalidad entre Alonso y Hamilton culminaba con la aparición inesperada de otro finlandés: Mika Häkkinen, dolor de cabeza de Michael Schumacher y dos veces campeón del mundo. Algo muy similar sucedió durante la carrera de ayer mismo en el circuito de Interlagos: pendientes sin descanso de las ruedas del otro, ninguno vio venir al muerto alegre que en sus narices se iba a llevar el pastel. De manera que a veces no es un eufemismo, ni necesariamente una tragedia, sugerir que alguien “pasó a mejor vida”, pues al cabo la vida será siempre mejor para quienes han conseguido deshacerse del peso —ese sí muerto— de las expectativas ajenas.

La resistible resurrección de Kimi Räikkönen ha traído la paz a tantos aniñados beligerantes, tras un inesperado final feliz donde los favoritos no han salido vivos, luego de tantas muestras de vitalidad vana e improductiva. Al final de la mítica Por un puñado de dólares, Clint Eastwood abandona el pueblo dentro de un ataúd y regresa entre truenos de dinamita, invulnerable cual mesías resurrecto. Pienso entonces en Kimi Räikkönen, virtual hombre sin nombre y no puedo evitar que resuenen los ecos funerarios de cierta pieza triste de Morricone.

Sólo los muertos saben de sus privilegios.

[Publicado el 22/10/2007 a las 10:46]

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Úsese antes de la expresión “je-je”

Si los diminutivos pudieran venderse, una buena campaña publicitaria tendría que poner énfasis en su exclusivo efecto suavizante. Y eso en México todos lo sabemos: sin el auxilio de los diminutivos, hasta una conversación amigable nos suena áspera, mandona, desafiante. “¿Qué le pasa a este güey?”, se interroga uno, dudando ya en cambiar las interrogaciones por interjecciones sólo porque al sujeto no acaban de salirle los diminutivos. “¡Nada más no me grite!”, lo provoca uno, sobre todo si no estaba gritando. Cuando por fin lo haga, tendrá uno los elementos suficientes para enviarlo al carajo, por majadero. Si los diminutivos fueran en realidad objetos de compra-venta, este país sería uno de sus mercados más generosos. Ya imagino el eslogan: Más que un suavizante verbal, una contraseña a la gentileza.

Todavía mejor: una contraseñita. Siempre que un mexicano debe justificarse y no encuentra cómo, echa mano de los diminutivos. “Estoy en una reunioncita”, murmura en el teléfono el estudiante, cuidándose de no delatar la clase de bacanal en que se mira inmerso, y así de paso se disculpa tácitamente, impostando ese falso delirio de pequeñez que dará un leve toque de humildad a su ligereza. Vamos, un toquecito. No se gozan los privilegios de vivir en uno de los países más tolerantes del mundo si no se aprende antes a manejar el sutil abretesésamo de los diminutivos.

A ninguno nos gusta hacer favores, pero es preciso ser un infame para negarle al prójimo un favorcito. A nadie le sobran los momentos, aunque los momentitos están siempre a la mano. El que llega después peca de impuntual, no así quien sólo llega despuesito. Es decir que nuestros diminutivos no están allí para empequeñecer al sustantivo, sino para absolver al verbo. ¿Cómo iba uno a atropellar sucesivamente los derechos del prójimo y salirse una y otra vez con la suya sin el porfavorcito, el compermisito y el nomás un ratito? Uno queda completamente desarmado cuando le anuncian que algo estará listo en un-ra-ti-ti-to, cuya medida equivale a un ratito —esto es, un rato quizás largo y de seguro impune— de dimensiones incomparablemente más inciertas. ¿Para qué entonces agregamos uno o dos nuevos “ti” al diminutivo ratito? Para pedir perdón por anticipado. Cualquiera sabe que un ratitititito es más largo que un rato, y hasta que un ratote. Pero nadie te va a pedir que esperes un ratote. Sería un cinismo, una descortesía y una ordinariez.

Sólo la humildad propia del diminutivo reivindica la impunidad del abusivo. Si un policía nos detiene en un estado etílico lindante con el coma, reconocemos que nos tomamos unas copitas. En una fiestecita. Con unas amiguitas. Luego, cuando el uniformado nos haya recitado la cadena de multas y castigos a los que nos hicimos acreedores, procederemos a suplicarle que nos eche una manita. Porfavorcito, pues. Claro que no trae uno el dinero bastante para salir del trance frente al juez, pero seguro carga una lanita. Y eso lo arregla todo, porque antes que de la cartera del infractor, los policías locales se alimentan de la humildad ajena. Les reconforta ver al ciudadano totalmente rendido a los diminutivos. Es decir, puestecito para negociar.

Miente, no obstante, quien atribuye sólo hipocresía al pago de indulgencias con diminutivos, ya que éstos también sirven para expresar con toda honestidad cierto deseo carnal y al propio tiempo disculparse por cuanto pueda ocurrir a resultas. Ma-ma-ci-ta, rumia y babea el fogoso callejero, con la mandíbula cerrada y la mirada torva, rechinando las muelas de antojo visceral, y aun si la homenajeada tiembla de miedo por el solo talante del troglodita, ambos saben que al fondo de ese diminutivo pringoso late el signo fatal de lo irrefrenable. “¿Qué tanto es un tantito?”, insinúa el agresor, estirando los límites de la tolerancia mediante uno más de esos diminutivos lúbricos que con alguna galanura adicional le ayudarían tal vez a hacerse perdonar. Aunque fuera un tantito.

¡Cinco minutitos!, le imploraba a mi madre mañana con mañana (cuando era chiquito), esperando una gracia de cuando menos quince minutos de verdad. Reloj en mano, me despertaba al cuarto para las siete y me hacía levantarme a las siete en punto, con suerte siete y cinco. Desde entonces entiendo que un minutito vale por un promedio de tres minutos con treinta segundos. Es decir que con la sola aplicación del diminutivo puedo comprar un margen de tolerancia del 250 %. Un tantito, por tanto, es igual a un (1) tanto multiplicado por 3.5. Según los otros, eso es demasiado. Según nosotros, solamente un poquito.

[Publicado el 17/10/2007 a las 11:51]

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Cómo reconocer a un escritor malito

(25 síntomas prácticos) *

1. Profesa el ateísmo con fervor musulmán, rigidez mormona y vanidad católica.

2. Considera sus textos terminados cuando los engalana un lamparón de ron.

3. Sufre cuando lo entrevistan; llora si no lo entrevistan.

4. Encuentra errores en los mejores libros, no sin algún orgullo reconfortante.

5. Es más elocuente cuando habla de lo que no le gusta.

6. Se ve como colega de las putas, por más que él les regale sus libros y ellas insistan en seguir cobrándole.

7. Encuentra una Conspiración de Estado tras el sospechoso hecho de que su mejor texto permanece inédito.

8. Descansa en paz si sabe del sensible deceso de un crítico a su juicio demasiado escéptico.

9. Usa seudónimos para defender y promover su obra en los chatrooms. “Es que este libro me tiene flipao”, escribe en madrileño aspiracional.

10. No es que lleve diez días sin escribir, sino que no ha encontrado la música precisa. ¿Debería volver a la tienda de cds, o esperar a que llegue el paquete por correo?

11. Distribuye entre amores, parientes, amigos y proyectos sus regalías futuras como si fueran las de J.K. Rowling.

12. Odia tener que hacer textos publicitarios; esquiva las miradas cuando viene saliendo de la agencia.

13. Publicarlo: el único camino seguro para salir de su lista negra.

14. Cuando bebé, le arrullaban con Erik Satie; luego creció escuchando a Philip Glass. Cualquier insinuación en torno a una secreta preferencia por José José le parece una infamia.

15. Encuentra algún sadismo revanchista en la buena fortuna de sus ex amigos.

16. Si fuera inquisidor, emèzaría por J.K. Rowling.

17. Instruye a los empleados de la librería sobre cómo exhibir sus libros.

18. Haberlo publicado: el único camino seguro para volver a su lista negra.

19. Abusa de sus invitados mediante la lectura en voz alta de decenas de miles de caracteres hechos en casa.

20. Ama a sus traductores hasta que le traducen el primer libro.

21. Clasifica sus textos de acuerdo al enervante que inflamó su escritura.

22. Sueña que escribe un bestseller de autoayuda; despierta y no se para de la cama durante el resto del día.

23. Se mira traicionado por sus amigos cuando advierte que siguen sin leer alguno de sus libros.

24. Si fuera un asesino serial, empezaría por sus traductores.

25. Diariamente alimenta un blog literario.

* Fuente: un profundo e incriminante examen de conciencia.

[Publicado el 16/10/2007 a las 10:08]

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Cómo reconocer a un lector infernal

(25 síntomas prácticos) *

1. Tiene sueños extraños con cada libro y necesita contarlos.

2. Guarda en su agenda las direcciones y números telefónicos de sus autores más queridos.

3. Jamás perdona que a su pareja le sean indiferentes las líneas que le subyugan.

4. Interrumpe las fiestas para leer en voz alta parrafadas oscuras y profundas.

5. Memoriza las citas que saca de los libros, con los datos exactos de la edición y el número de la página.

6. Regaña a los empleados de la librería si no ofrecen sus títulos favoritos.

7. Si lee a Bernhard o Cioran, lo hace como si fueran manuales de superación personal; eventualmente se elimina solo.

8. Se le ve de rodillas y rezando durante los días previos al Nobel de Literatura.

9. Abunda con generosidad y precisión en cada una de las diferencias entre su novela favorita y la película del mismo nombre.

10. Encuentra coincidencias astrales en el hecho de haber empezado a leer una cierta novela en un determinado día. “No puede ser casual”, añade.

11. Sabe nombres completos de cónyuges e hijos de sus autores más queridos.

12. Escanea capítulos y los envía por correo electrónico.

13. Ha perdido algunas amistades durante discusiones sobre libros.

14. Encuentra emociones vertiginosas en la enumeración de las diferencias entre una edición original y otra corregida y aumentada.

15. Estigmatiza a quienes hablan mal de sus autores más queridos.

16. Si encuentra alguno de sus títulos favoritos en el anaquel, reacomoda los ejemplares sobre la mesa de los más vendidos.

17. Ha ganado numerosas enemistades durante discusiones sobre libros.

18. Experimenta contra los críticos un rencor contenido, listo para brotar como las ronchas fruto del despecho.

19. Encuentra inspirador al personaje Rupert Pupkin en El rey de la comedia.

20. Aborrece las referencias cinematográficas en un blog literario.

21. Escribe furibundas cartas a los críticos... “¡Y usted qué se ha creído, imbecilazo!”

22. Memoriza las referencias literarias en el cine.

23. Emplea sus títulos favoritos como contraseñas en los sitios web.

24. Una vez que se mira decepcionado por ellos, estigmatiza a sus autores más queridos.

25. Diariamente alimenta un blog literario.

* Fuente: un profundo e incriminante examen de conciencia.

[Publicado el 15/10/2007 a las 10:00]

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Peligro: estándares desviados

Pues sí, me contradigo. Creo además que tal es el trabajo del narrador, que a diferencia de políticos e intelectuales reclama su derecho a la incongruencia, ya que sin él difícilmente podría hacer lo suyo. Hay por supuesto quienes tienen por orgullo haber pensado siempre lo mismo, pero algunos creemos que ello implica pensar sólo una vez, y a partir de ese punto ya sólo autocitarse. ¿Qué es cool y qué cursi? Temo que la respuesta a tan vana pregunta es susceptible de modificarse cada cinco minutos, pues nada como el tiempo cambia la forma y percepción de los estándares. Lo que hace pocos años parecía ingenioso no ha tardado en hacerse lugar común, y lo que era meloso cualquier día despierta convertido en clásico. ¿Qué sería de Travolta sin Tarantino? Pero si el tema son los estándares, me permito acudir a uno muy personal, que ante algunos me exhibe como kitsch y a mí me da el placer de desafiarlos: ven a mí, Linda Ronstadt.

Antes de ella, poco o nada sabía de estándares. Tenía un álbum de Billie Holiday, escudado en el dato de que había sido heroinómana y eso la hacía so cool, pero la aparición de Sarah Vaughan y Ella Fitzgerald en mi vida hasta entonces gobernada por Pixies y Banshees, me dejó una profunda comezón por los hermanos Gershwin. Y en eso me topé con For sentimental reasons, aquel álbum donde la linda Linda interpretaba no sólo a George e Ira, sino también a Rodgers y Hart. De los cuales sabía poca cosa, exceptuando que Lorenz Hart había muerto víctima de un alcoholismo tenaz y ambos eran autores de My Funny Valentine, cuya versión en labios de Nico ya desde entonces me sacaba las lágrimas. No bien cayó en mis manos, me fui a vivir al disco de la Ronstadt.

No pude dormir, ni quise dormir, cuando Amor vino y díjome que no debía dormir, rezaba otra canción de Rodgers y Hart, y mientras mis amigos le vendían el alma al grunge, yo me movía de la escena merced a unos audífonos que me llevaban tan lejos de allí que tardaría algunos años en volver. Cierto es que en ese lapso Linda se aprovechó de mí, aunque jamás tanto como yo de ella. Según los oficiosos anticursis que a menudo me criticaban de sólo ver una de las portadas de las tres joyas que la Ronstadt grabó con la orquesta de Nelson Riddle —nunca las escuchaban: alguien podía verlos— me había convertido en poco menos que un degenerado, y muy justo es decir que tales opiniones me honraban y envanecían igual que alguna vez lo habían hecho las de mis mayores ante las epatantes portadas del duque Bowie.

¿Qué necesidad tenía una cultivadora consumada del country de meterse a grabar estándares? La misma que después la llevó a convertirse en una extraordinaria cantante de ranchero, asumiendo en cada aventura riesgos tan grandes como pródigos serían los frutos. ¿Cómo entonces no verse en idéntico trance cuando alguien se extrañaba de que uno considerase tan cool lo que un día, siguiendo a la manada, se atrevió a etiquetar como cursi? Para más y mejor confusión, quienes se miren escandalizados por la osadía retro de la tremenda diva bien harían en asomarse a lo que una ultracool como Amy Winehouse ha hecho con la Ronstadt y su antiquísimo You’re No Good.

Fuera definiciones: ninguna sirve cuando se trata de saltar la barda y averiguar lo que hay del otro lado, no sin la excitación de quien teme ser reprobado por los otros; un premio inmerecido que siempre se agradece, pues tiene la virtud de aumentar el placer de dar el salto. Escribo estas palabras escuchando la voz de Nnenna Freelon cantando una versión de esa misma ‘Round Midnight que en un día dichoso redescubrí por intermedio de la intrépida Linda. Esto es, por estrictas razones sentimentales. Mismas que hasta la fecha me siguen visitando y a veces me convencen de escribir una carta de amor. Que es justamente, creo, lo que acabo de hacer.

[Publicado el 11/10/2007 a las 11:08]

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Otras cursificciones

Sólo hay algo más cursi que ser cursi: dárselas de anticursi. Una postura que protege al adolescente de ventilar aquellos sentimientos que teme le hundirían frente a sus iguales, que presas de las mismas aprensiones han impuesto la dictadura del cool. Ahora bien, todo aquél que haya sido adolescente sabe que no hay etapa menos cool en la vida, pues exige llevar tal cantidad de máscaras y escudos que muy difícilmente se vive a buen resguardo del qué dirán; sobran, aun así, quienes eligen petrificarse allí, envueltos por el cool artificial que permite seguir ondeando a todo trance una falsa bandera de escepticismo que concede al usuario un prestigio de duro en tal modo impostado que bien podría haber salido de un manual de autoayuda para acomplejados.

Casi todos los anticursis son, para escándalo de su fuero interno, meros cursis de armario que viven con los sentimientos emboscados por esa misma férrea autocensura que a los quince les guareció de un seguro ridículo y a partir de los veinte no ha hecho sino instalarles justo ahí, sin que lo adviertan. Pues lo más vergonzoso de ser cursi —peor aún, pretendiendo lo contrario— es que termina uno por enterarse al último, cuando propios y extraños tienen ya los bastantes elementos para pitorrearse. Sólo que ahora no lo harán abiertamente, como en la escuela, sino con la impecable hipocresía de la edad adulta, de modo que el perpetuo adolescente pueda seguir creyendo que los demás le creen que es lo que nunca ha sido.

Así como nadie está a salvo de la cursilería, caer en el prurito de la anticursilería es al menos igual de inevitable. En México y otros países del continente, se dice que tiene uno miedo de quemarse, asumiendo que el mínimo resbalón fatalmente le haría sucumbir a las llamas del público descrédito. De manera que no es la convicción, sino la cobardía lo que motiva al cool a conservarse cool por sobre tentaciones, simpatías y presuntos anhelos. Una actitud a la postre ominosa para quien se ha propuesto incursionar en las artes, que de entrada condenan a la esterilidad a todo aquél que intenta someter a la obra para salvarle el pellejo a su nombre. No lee uno con pasión los libros contenidos, sino los que desvelan los empeños de un alma intensa dispuesta a descubrirse sin poses vanguardoides ni recelos ñoños. Por lo demás, se sabe que quien mucho cuida la retaguardia nunca alcanza a rozar la vanguardia.

Podría pasarme una noche entera malentonando cada una de las canciones cursis que me sé de memoria desde temprana edad, algo que ni bajo amenazas o tortura me habrían convencido de hacer a los dieciséis años. Puedo también citar, como más de un valiente recién lo hizo aquí mismo, las telenovelas que en diferentes épocas me han atrapado en sus melosas garras. “Ando tan a flor de piel que cualquier beso de telenovela me hace llorar”, confiesa la canción de Zeca Baleiro, y al hacerlo devela una verdad punzante para quienes se creen inmunes a la cursilería: sin ella, ningún alma sensible puede decirse bien alimentada. Habría que ver, por tanto, cuántos entre los más feroces anticursis lo son por mera envidia, como cualquier villano telenovelero.

Tal vez lo único en verdad patético de cursis y anticursis sea el recurso de la impostación, pues el kitsch sólo hiede a podrido cuando exhibe su falta de sinceridad, y eso sí que es imperdonable como un beso de Judas Iscariote. Fuera de ahí, no podría por menos de reivindicar mi sagrado derecho a ejercer cuanta cursilería me resulte precisa, toda vez que el estricto e imperturbable cool no conduce sino a la frigidez y al tedio. ¿Quién detenta, por cierto, la autoridad estética para trazar los límites entre cursilería y cinismo? ¿Quién se solazará en la revancha gamberra de burlarse de quienes sollozan de alegría frente a una escena de Eliseo Subiela? Pobre de quien levante la mano: suya será la pena de escupir hacia arriba.

[Publicado el 10/10/2007 a las 10:46]

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El asesino era el productor

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“El buen gusto es la muerte del arte”, opinó alguna vez Octavio Paz, para descanso de legiones de cursis, entre los que se cuenta el autor de estos párrafos. Ahora bien, hay de cursilerías a cursilerías. Ayer mismo trataba el resbaloso tema de los nacionalismos, cuyo carácter kitsch está lejos de ser un secreto (“el narcisismo de las pequeñas diferencias”, lo llama Savater), así como el de las supuestas vergüenzas nacionales, concebibles apenas para quienes experimentan esa hinchazón colectiva del ego que es el supuesto orgullo nacional.

Nunca he participado en la hechura de uno de esos programas, pero igual me incomoda sobremanera cuando algún extranjero toma por referencia las telenovelas mexicanas, cuyo mal gusto cósmico rebasa las fronteras de la cursilería misma, cuando no las de la indignidad. Concebidas y creadas desde la perspectiva cínica de quien cree dirigirse a un público incapaz de razonar, casi todas dibujan un mundo imaginario que jamás ha existido, ni existirá. No conozco a un solo mexicano que hable o se comporte como los de las telenovelas, y a lo mejor por eso me preocupa saber que aquellos episodios viajan por el mundo sugiriendo que en este país somos todos idiotas y ordinarios, nos reímos de chistes malísimos y damos crédito a los engaños baratos.

No obstante lo anterior, lejos de —ellos sí— avergonzarse por tan estridentes malhechuras, los fabricantes de las telenovelas nacionales pretenden que uno se enorgullezca de ellas, con el argumentillo de que son exportadas a remotos confines, e incluso traducidas a decenas de idiomas. Luego de presenciar varios capítulos de algunas producciones colombianas —Betty la fea, Pedro el escamoso— y brasileñas —Señora del destino, Páginas de la vida—, dos de las cuales fueron inmundamente replicadas en México, no tengo más orgullo que el de aplaudir el ingenio extranjero y confirmarme ajeno a la baratura nacional, aun si sus melodramas con frecuencia me hacen reír y su triste sentido del humor insiste en invitarme a sollozar.

Alguna vez, durante una pequeña fiesta en Washington, fui presentado ante el embajador de Estados Unidos en México, quien más pronto que tarde dijo conocer mi reciente novela, y acto seguido aseguró que “la iban a pasar al aire” en su país. “¿Cómo pasas al aire una novela?”, le pregunté, con más malicia que diplomacia, ya divertido por la pata que el pobre hombre acababa de meter, ante la hilaridad de los presentes. Y es que en la práctica son cada día menos quienes distinguen novela de telenovela, y puede que sean varios los estadistas que prefieren a ésta por encima de aquella. Francamente me es mucho más sencillo imaginar a George Bush viendo María Mercedes que leyendo a Paul Auster.

En tanto mexicano, me siento calumniado por las telenovelas de mi país y de entrada les niego la calidad de cursis. Tiene que haber palabras más severas y terminantes para calificar semejante deformación de la realidad y el sentido común, donde no existe el elemento sorpresa ni es concebible ambigüedad alguna. Por no hablar del lenguaje rebuscado y acartonado con el cual los guionistas pretenden una suerte de universalidad de pacotilla que no es de aquí, de allá ni de acullá. Es decir que por más que uno se esfuerza, nada parece más complicado que hallar orgullo propio en el conformismo ajeno. Y en cuanto a la vergüenza personal, ya se sabe que el conformista no la conoce. Su destino es vivir hasta la muerte como un orgullosísimo sinvergüenza.

[Publicado el 09/10/2007 a las 12:15]

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El síndrome Nodoyuna

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Quienes desconfiamos de los nacionalismos, con frecuencia al extremo de carcajearnos a sus pueblerinas costillas, tenemos la ventaja de ser inmunes a las vergüenzas nacionales. Si fuera de otro modo, ahora mismo tendría que soslayar el tema de estas líneas, que a más de uno seguro le incomoda. Afortunadamente, no hay nación que se libre de estos patetismos, de modo que mal hace quien se sonroja por padecer un virus que a todos nos infecta. Aún así se cuentan por millones quienes van por la vida tratando de esquivar el bochorno de ver a sus compatriotas arrastrar la cobija del ridículo frente a los extranjeros, como si ellos pudieran vivir libres de soportar estigmas equivalentes.

Desde muy niño aprendí, gracias a la insistencia de mis mayores, que los políticos de mi país —por años amafiados en el mismo partido— son tan confiables como Pierre Nodoyuna, el villano tramposo de la serie Los autos locos. Y eso, hasta hoy se dice, es un motivo de vergüenza nacional, frecuentemente dramatizado por esos mexicanos que recorren el mundo con la certeza de ser más listos que nadie y adelantarse a todas las previsiones. Para no ir más lejos, la estrella del reciente Maratón de Berlín ha sido un emblemático político mexicano, conocido por marrullero y sintomáticamente prestigioso hacia dentro de su rancio partido.

Además de gobernador del estado de Tabasco, líder nacional del PRI y candidato a la presidencia, Roberto Madrazo se ha distinguido por su empeño como corredor, tal vez la única de las actividades que hasta hace poco tiempo no había sido cuestionada por sus incontables detractores. Pero he aquí que la semana anterior Madrazo resultó ganador absoluto de una de las categorías senior en Berlín, con un tiempo tan espectacular que reducía en una hora su marca anterior. No obstante, pocos días más tarde se sabía la verdad: el corredor se había saltado arteramente un trecho de quince kilómetros, razón más que bastante para quitarle el triunfo y descalificarlo para el año próximo.

La anécdota parecería extraordinaria si no conociera uno a su gentuza, pues cierto es que contamos con una ilimitada cantidad de tramposos de idéntica calaña, y que han sido ellos quienes nos gobernaron por una obscena cantidad de años, valiéndose de no menos burdas artimañas. ¿Tendría uno que ocultar esas cosas, igual que otros ladrones de provecho se cubren la carota ante las cámaras? Hasta donde recuerdo, nunca me he robado una elección, y en cuanto a maratones no soy capaz de correr a lo largo de más de cien metros sin un motivo muy poderoso adelante o atrás de mí —Joss Stone, la policía, qué sé yo—, todo lo cual me deja celebrar el incidente berlinés sin por ello ser víctima de sonrojo alguno.

Recién he visto a Madrazo el maratonista en la televisión: levantaba los brazos entre los alemanes igual que tantas veces hizo lo propio aquí, donde no había jueces habilitados para sancionarlo y exhibirlo. Y ahora, cuando esos jueces al fin existen y sancionan las elecciones debidamente, los cómplices, amigos y correligionarios de Madrazo, enquistados comodamente en el Congreso, se han encargado de inhabilitarlos, sin tantita vergüenza. Es por eso que en vez de avergonzarme por lo que ciertos mexicanos suelen hacer dentro y fuera de mi país, prefiero señalarlos y reírme con quien sea tan amable de acompañarme.

Hasta 1994, el presidente Carlos Salinas de Gortari corría un maratón en su pueblo natal, donde invariablemente llegaba en el primer lugar. No tenía que hacer trampa, pues de cualquier manera no había entre sus esbirros, familiares y amistades quien se atreviera a rebasarlo. ¿Qué tendría de extraño que entre esta clase de personajes abunden los nacionalistas recalcitrantes? ¿Debería abochornarme en consecuencia? Perdón, pero me sigue ganando la risa. Dejo en manos de los nacionalistas a ultranza la dosis de vergüenza que me toca. Disfrútenla hasta el fin, y que les aproveche.

[Publicado el 08/10/2007 a las 12:19]

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Un tal Draco / y II

Conocí a Robi Rosa durante una cena tan extensa como las ¿seis, siete? botellas de tinto que destapamos en un restaurantillo penumbroso de la ciudad de México, equipado con velas idóneas para la ocasión. La idea era llevar a cabo una entrevista con él y los tres músicos que le acompañaban, pero ya antes de la primera copa sabíamos que no habría más registro de sus haceres y decires que la pura memoria del entrevistador. Más todavía, me incomodaba aquel papel de periodista dizque objetivo, luego de que su disco me volara los sesos pocas noches atrás, durante un largo insomnio compulsivo merced a los fantasmas transilvanos que emergían tenaces de los audífonos.

Draco Cornelius Rosa, era su nuevo nombre. Lo había cambiado él mismo en el registro civil, asomaba a su pinta de poeta abismal el orgullo de ahora llevarlo en el pasaporte. Contra lo que el lugar común habría hecho esperar, no era un porfesional de la depresión, sino más bien lo opuesto: un maniático de la vida intensa que sin cansancio llenaba las copas, brindaba con la suya en alto y no perdía oportunidad de celebrar la vida a gestos, manotazos y frases terminantes. Aun si dentro de la mochila sucia traía un ejemplar de Los cantos de Maldoror, costaba algún trabajo ver en ese bohemio impenitente al afligido coautor de La flor del frío. Si L.M. Panero, que por supuesto se contaba entre sus autores de cabecera, hubiera precisado describirlo, probablemente habría echado mano de uno de sus Poemas del manicomio de Mondragón:

  Un loco tocado de la maldición del cielo

  canta humillado en una esquina

  sus canciones hablan de ángeles y cosas

  que cuestan la vida al ojo humano

  la vida se pudre a sus pies como una rosa

  y ya cerca de la tumba, pasa junto a él

  una princesa.

“Tanta es la desesperación en un hombre atormentado, que lo hace camuflarse en la luz entre millones de almas malhumoradas, suspensas en el canto de la lluvia, y pedir, con exclamaciones rotas, asilo en lo sobrenatural”, había escrito sobre sí mismo, y puede que palabras como esas me bastaran para olvidar la idea de la entrevista y seguir sólo el curso de esa noche de vino y carcajadas, como se asiste a la experiencia rara de celebrar la vida hasta la última orilla. De hecho, le gustaban los extremos. Leía sin parar durante días y noches deslumbrados, y si acaso bebía, quería hacerlo hasta alcanzar las puertas del hospital. “A la mierda los deportes”, opinaba, sorprendido y asqueado de que la gente fuera capaz de invertir enormes dosis de atención en un jodido marcador. Mostraba, en cambio, desmedida voracidad por saber algo sobre la vida de Jaime Sabines, otro de sus poetas venerados. Iríamos por la segunda botella cuando el encuentro ya degeneraba en una escandalosa complicidad, salpicada de ese romanticismo tóxico que lleva a los extraños a gastarse la noche brindando por Penélope y hablando del amor.

No esperaba entonces que aquellas desmesuras convocaran turbas. Siguiendo a la mujer que vuela de El lado oscuro del corazón, diría que a las canciones de Draco no hay que guardarlas con la colección de discos, sino en el botiquín. Jamás antes, ni después, asistí a una intensidad sonora como aquélla: de esas que suelen confundir a los distraídos haciéndose pasar por necrofílicas, cuando lo cierto es que son vitales, hondas y terapéuticas como el fruto secreto de un amor prohibido. Y si ahora dedico tantas palabras a ello no es sino por la pura esperanza de que un pequeño puñado de almas propensas a la convulsión pruebe el inmarcesible consuelo de saberse en extraña y entrañable compañía. Que perdonen los siempre equilibrados si de repente nuestra plenitud radica en unas cuantas palabras palpitantes.

Desde esa noche no volví a verlo, mas no por eso dejé de escucharlo. Podría renunciar a la historia completa del rock en español por quedarme con las catorce piezas de Vagabundo, aunque igual me harían falta otras tan memorables como Cruzando puertas. ¿Cómo explicar ahora que todo ese vino bastara sólo a medias para emborracharnos? Afortunadamente no es preciso explicar esa magia, ni la escasa respuesta recibida por Vagabundo en su momento, ni el éxito mundial que le significó a Robi Draco Rosa el lanzamiento de su Livin’ la vida loca. Lo único explicable que me queda es el deseo callado de encontrarme de nuevo con ese personaje, sentarnos a una mesa y escribir juntos una canción que luego me acompañe hasta la tumba. Y ahora, si me permiten, les dejo con Panero, que de esto sabe más que el diablo mismo.

  Rociaremos con vino, orina y sangre

        las iglesias

  regalo de los magos

  y debajo del crucifijo

  aullaremos.

[Publicado el 05/10/2007 a las 11:35]

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Un tal Draco / I

Hay ideas que no pueden sostenerse de día, pero es noche cerrada y de pronto son ellas las que me sostienen. Si quisieras ahora venir y acabar de una vez con mi vida… yo te lo pido blanca mujer, que me lleves a tu eterna guarida, repta aún la canción bajo la piel, como lo ha hecho por años sin que intente ni acepte parar de escucharla. Es uno de esos himnos secretos que se esconden detrás de las sonrisas cotidianas para no develar lo que no deben, como se ocultaría un verso de Panero durante una lección de catecismo. Si fuera mediodía, intentaría tal vez la aritmética básica para que dos más dos me dieran cuatro, y así iría por partes, ordenadamente. Me abstendría, por ejemplo, de soltar aquí mismo, intempestivamente y sin motivo, unos versos de Leopoldo María Panero, pero no es hora de renunciar a nada.

  te mataré mañana cuando la luna salga

  y el primer somormujo me diga su palabra

  y en el pico me traiga la orden de tu muerte

  que será como beso o como acción de gracias

  o como una oración porque el día no salga

  te mataré mañana cuando la luna salga

  y ladre el tercer perro en la hora novena

  en el décimo árbol sin hojas ya ni savia

  que nadie sabe ya por qué está en pie en la tierra

Guardo toneladas de poesía explosiva junto a mi cama y una pistola cargada de miedo bajo mi almohada, dispara otra canción del mismo álbum, en medio de una intensa y cíclica acidez que proscribe la indiferencia de un solo tajo. Son ya más de las tres de la mañana, me sobran las licencias para pasar por alto el tema de estas líneas y liberar a un par de diablos otrora retenidos (me temo que la única manera de abordar nuestro tema es seguir eludiéndolo, y entonces subrayándolo). Qué más da el tema, pues. Vámonos de regreso con Panero para mejor entrar en Vagabundo.

  te mataré mañana cuando caiga la hoja

  decimotercera al suelo de miseria

  y serás tú una hoja o algún tordo pálido

  que vuelve en el secreto remoto de la tarde

  te mataré mañana, y pedirás perdón

  por esa carne obscena, por ese sexo oscuro

  que va a tener por falo el brillo de este hierro

  que va a tener por beso el sepulcro, el olvido

No es la primera vez que intento transmitir esta humedad del alma. Puedo incluso querer o malquerer a una desconocida de acuerdo a su reacción a estos sonidos, que al paso de los años me han dejado la entraña poblada de crecientes plenilunios y las manos peludas como a los de mi especie cuando es hora de aullar a dichoso destiempo. Morir es olvidar, ser olvidado, refugiarse desnudo en el discreto calor de Dios, cita un tal Draco a un tal Sabines y hay un aroma largo de panteón subiendo con el fuego fatuo de la madrugada. (No te quiebres, Panero, que no hemos terminado.)

  te mataré mañana cuando la luna salga

  y verás cómo eres de bella cuando muerta

  toda llena de flores, y los brazos cruzados

  y los labios cerrados como cuando rezabas

  o cuando me implorabas otra vez la palabra

  te mataré mañana cuando la luna salga,

  y así desde aquel cielo que dicen las leyendas

  pedirás ya mañana por mí y mi salvación

(...)

[Publicado el 04/10/2007 a las 11:33]

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Biografía

Oriundo y reincidente colono de San Ángel, al sur de la ciudad de México. Se inició a edad temprana en la escritura, sin sospechar que el juego llegaría tan lejos, y todavía hoy cree en él como una fechoría intensa y subyugante, comparable a vivir huyendo de la ley a bordo de una Suzuki 1100. Comparte hogar con dos gigantes de los Pirineos; vive un largo romance con la música brasileña; escribe semanalmente en el periódico mexicano Milenio la columna "Pronóstico del clímax". En el presente siglo ha publicado Diablo Guardián, Premio Alfaguara de Novela 2003, El materialismo histérico (fábulas cutrefactas de avidez y revancha), Luna llena en las rocas (crónicas de antronautas y licántropos), y recientemente la novela confesional Este que ves (Alfaguara, 2007), donde hurga en sus raíces narrativas y declara: "Los cobardes no escriben novelas, o cuando menos no deben escribirlas."

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