El blog literario latinoamericano
Editado por La Oficina del Autor
miércoles, 3 de diciembre de 2008
Trabajos indeseables: banquero

Por más que intento hacer memoria e inventario, no consigo entender qué le veía de divertida a la oficina paterna. Era un sitio tedioso y antipático, en el noveno piso de un banco, donde a cada empleado le tocaba hacer cosas aburridísimas. Salíamos de la casa por ahí de las ocho de la mañana, "para llegar a tiempo a leer el periódico". Me parecía francamente extravagante que el jefe llegara media hora antes que el resto de los empleados de la Subdirección de Análisis Financiero. "Cuando seas grande vas a entenderlo...", me decía él llegando a la oficina, donde nos encerrábamos hasta casi las nueve, hora en la cual oficialmente me convertía en responsabilidad de las secretarias.
"No te muevas de aquí", ordenaba sin muchas esperanzas mi papá, y acto seguido me dejaba a solas en el privado, husmeando entre cajones, cajas y estanterías. Pero como todo era más bien gris -libros, informes, archiveros, memoranda, alteros de papeles con estados financieros ininteligibles-, terminaba escapándome a otras zonas del edificio donde, me temía, tarde o temprano acabaría trabajando. O sería tal vez que necesitaba seguir documentando mi rechazo a un futuro como experto en finanzas. Ya entonces, con diez años, no se me calentaban las monedas en el bolsillo. ¿Cómo iba yo a ser bueno para multiplicar aquello que no me molestaba ni en cuidar?
Hoy, que aún no sé cómo reparar este viejo agujero en la cartera, sigo encontrando alguna lujuria en faltarle al respeto al dinero. Que, dicho sea de paso, nunca se ha distinguido por respetuoso. Se le conoce, de hecho, por discriminante, corruptor y muy posesivo. Defecto, este último, imperdonable en un demonio que nos había prometido la libertad. Me recuerdo escuchando a mi padre hablando hasta el hartazgo de porcentajes, réditos, sobregiros y cientos de millones de pesos que minuto a minuto interrumpían un juego de ajedrez que llegaba a durar la mañana entera. ¿Y eso iba a ser mi vida, contar dinero ajeno? ¿Yo, que ni el mío cuento?
Eso es lo que al dinero más le molesta, que de entrada no acepte hacerme suyo para que él sea mío. Pero cómo, pues, si lo bonito es abusar de él. Derrocharlo de súbito, cuando más necesario se sentía, el cretino; o hasta alcanzarse la quijotería de rechazarlo cuando más se echa en falta, el mezquino. Que me perdonen sus postrados idólatras y lamesuelas, pero al dinero yo lo he visto amancebarse alegremente con gentuza de la más ríspida ralea, y a menudo amafiarse con ellos en pos de toda suerte de ruindades. Por eso, cuando llega, suelo tratarlo mal, para que no se piense indispensable. Una actitud fatal desde el punto de vista financiero, pero apremiante en el plano caballeresco.
Apuesto a que mi padre padece a estas alturas traumitas afines. El punto es que hasta hoy sólo hay un tema en torno al cual no acepta discutir, y éste es el del dinero. No sé si para bien, pero tampoco su hijo lo puede soportar. Finalmente prefiero verme estafado por una rata avarienta que peleando con ella en su territorio. Con lo cansado que es batallar en las cloacas. Cada noche, mi padre regresaba de la oficina echando pestes contra sus malquerientes del día, en aquel edificio donde sólo el servilismo incondicional era recompensado con relativa generosidad. Si es que vale elevar al rango de recompensa una compensación.
No sé si los demás subdirectores -especialmente aquellos llenos del entusiasmo administrativo dosteievskiano- llevarían a sus hijos a la oficina, pero al menos el mío me libró de crecer como un hijo de hetaira corporativa. Cuando llegó el momento de elegir carrera, la de eminencia financiera estaba de antemano descartada. Hacía tiempo ya que mi padre se dedicaba a otros negocios y detestaba a las finanzas junto a mí. Todo lo cual no evita que hasta hoy me provoque un amago de jaqueca la sola posibilidad de analizar un estado de cuenta. Es absurdo, y puede que hasta cursi, pero me hace ilusión ir por la vida como un analfabestia financiero. Qué puede uno ya hacerle, si como a todo el mundo para siempre le aterra lo que más temió ser.
[Publicado el 08/12/2007 a las 11:35]
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Oficina de objetos y sujetos perdidos

Perder la compostura, los estribos, la razón, la inocencia, el estilo, el miedo, la vergüenza, la fe, la admiración, la vertical, el alma, el tiempo, la esperanza, la memoria, el sentido, la cabeza, la honra, la paciencia, las ganas, el cariño, el asco, el rastro, las creencias, las formas, el derecho, la gloria, el piso, el interés, los escrúpulos, la confianza, el rencor, la batalla, el respeto, la Perder la compostura, los estribos, la razón, la inocencia, el estilo, el miedo, la vergüenza, la fe, la admiración, la vertical, el alma, el tiempo, la esperanza, la memoria, el sentido, la cabeza, la honra, la paciencia, las ganas, el cariño, el asco, el rastro, las creencias, las formas, el derecho, la gloria, el piso, el interés, los escrúpulos, la confianza, el rencor, la batalla, el respeto, la discusión, la pasión, la ocasión, la visión, el hilo, la conciencia, el contacto, el pudor, el conocimiento, la curiosidad, la costumbre, el orgullo, el control, la objetividad, la pista, los complejos, la guerra, la estimación, el juicio, el resquemor, la ambición, la partida, la noción de perder.
Perder por condición, por karma, por knock out, por default, por penal, por muerte súbita, por sistema, por distracción, por años, por nada, por torpeza, por no dejar, por puntos, por la fatalidad, por coincidencia, por amor, por capricho, por un pelo, por una nariz, por lógica, por caridad, por suerte, por vanidad, por gusto, por descuido, por azar, por deporte, por regla, por vértigo, por celos, por cansancio, por hoy, por disciplina, por placer, por piedad, por coraje, por vicio, por principio, por trampas, por celos, por temor, porque sí, por idiota, por las prisas, por equis causa, por si las moscas, por amor al arte. Y perder por perder por perder por perder por perder, no faltaba más.
Perder al infinito, en espiral. Aprender a perder, perfeccionarse. Cargarse de razones para seguir perdiendo. Encontrarle a perder el lado romántico. Malograrse en secreto. Flagelarse en público. Boicotear sutilmente todo amago en sentido contrario. Rechazar con vehemencia la humillación de ser rescatado. Encontrar un orgullo en caminar de frente hacia el colapso. Creer al fin que así, perdiendo por perder, se logra cuando menos echarle en cara al mundo su desdén.
El de perder es un vicio sencillo y barato, cuyo torcido sex-appeal es para muchos tan inexplicable como el imán de la ruleta rusa. Perder por darle gusto a Narciso, que cual buen fan perdido se conforma con poco. Perder para poder colgarse la cómoda etiqueta de subterráneo vocacional. Perder sobre la mesa y ganar debajo de ella. Perder y extorsionar, jugar a ser el débil para así cobrar fuerza. Perder por estrategia, con las cartas marcadas. Perder con la avidez del ganador perpetuo. Perder pistola en mano, disparando.
A veces, de mañana, uno debe enfrentarse a un personaje que ha contraído el vicio de perder. Lo cual quiere decir perder con él y, si es posible, rescatarse a tiempo. Pensar: yo soy el narrador, ni modo que me muera a media historia. Usar el propio vicio como salvoconducto. A veces, sin embargo, me pitorreo de él, o hasta de todos ellos. Victimistas de mierda, les digo, pónganse a trabajar. Pero no me hacen caso, insisten en llevarme a su sepelio. Hoy el protagonista se puso en ese plan y lo dejé con la queja en la boca. Tanto trabajo para crear un pícaro y en la primera curva se me convierte en extorsionador moral. Le he dejado bien claro que no negocio con chantajistas, y acto seguido me largué a la calle.
Escaparse de una novela en proceso es tan fácil como vender al amor de tu vida en un mercado de esclavos, pero eso no lo saben los personajes. De pronto necesito que se miren hundidos y a solas, y se aterren. Después correr, nadar, bucear tras ellos, traerlos de regreso e insuflarles aliento a golpes en el tórax. Cuando los veo moverse, respiro junto a ellos. Me entrego entonces a contar o contarme, con mal disimulada desesperación, otro pedazo de su historia perdida. Para ver si así tienen algo que perder.
[Publicado el 06/12/2007 a las 11:57]
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De noche es más sencillo destruir, como que uno se arrima fácilmente a los límites. Ya solamente el timbre del teléfono -inesperado después de las once, extravagante pasadas las tres, asesino a partir de las cinco- constituye un evento perturbador, por no hablar de cada una de las especies, casi todas escasamente fotogénicas y de hecho espantosas, que tradicionalmente merodean la noche, cuando las sombras crecen y cualquier ratoncillo nos arrebata el sueño. Lo abstracto cobra forma y dimensión, lo concreto se pierde entre las sombras. Las librerías deberían incluir un estante dedicado a la escritura nocturna. Cualquiera sabe para qué quiere un libro hecho de noche. Dirían las abuelas: para nada bueno.
De día se da uno lujo de albergar toda suerte de ideas constructivas; de noche, en cambio, las guapas son las abismales. Ideas crudas y ácidas, que no obstante a la vuelta de algunas horas de sueño quedarán listas para cocinarse al sol. Pero uno a veces las consume de noche, al tanto de que entonces son tóxicas y contraproducentes. Puedo ejercer algún control dictatorial sobre las parrafadas diurnas -que suelen ser alegres, despreocupadas y optimistas- que las nocturnas nunca aceptarían, toda vez que son broncas y voluntariosas como un toro reacio a ser cabalgado.
Puedo contar con la lealtad del mediodía y esperar razonablemente un cierto porcentaje a mi favor de mañanas y tardes soleadas, pero la noche suele mudar de opinión. Hoy se alía con el romance, mañana con el desengaño, la semana que viene con el dolor de muelas. Pero uno así la quiere, y hasta se cuelga de ella para apelar a instancias tan remotas como las invocadas por Rita Ribeiro con tal de contraer el sortilegio ansiado y lanzarse a escribir macumba abajo, abriendo de repente las puertas que no debe por el puro placer de desafiarse.
Las palabras no suelen ser inocentes, ni inofensivas. Menos aún cuando las pronunciamos bajo el sortilegio ancho de la noche, creyendo ingenuamente que su huella se borrará con el arribo protector del alba. Menudean los guiños de la luna que el sol es incapaz de descifrar, tanto como esos ecos que se nos alejan con el solo propósito de regresar después, como el vampiro vuelve por el cuello querido. "Oigo ruidos", solía gritar de niño, a media madrugada, cuando me despertaba temiendo que viniera el hombre lobo por mí. Hoy día escribo alimentando la esperanza de que disculpe aquellos despropósitos y acuda a los llamados de mis palabras. Con lo ocupado que andará, el pobre.
[Publicado el 05/12/2007 a las 15:55]
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Hace unos días recibí de regalo, como parte de cierta promoción navideña, una bonita caja de herramientas. Como a veces sucede en estos casos, alcancé a ver en ello una señal. Si no entendía mal, tenía ante mí la oportunidad de poner algo de orden en la casa. Empeño comparable a conseguir que una gallina ponga huevos de tortuga, pero uno se entusiasma con esas cosas. Cuando menos podría colgar un par de cuadros, pero claro, había que encontrar antes los clavos. Del taladro ni hablar, cada vez que lo uso hago de la pared un paredón. Si expidieran licencias para usar herramientas y mediara un examen para obtenerlas, algunos seguiríamos apretando tornillos con monedas.
Todavía no logro entender qué clase de tranquilidad me da poseer un taladro, ni cuándo o cómo voy un día a usar las decenas de herramientas que vienen con la caja. Lo ideal sería quizás que no usara ninguna, pues cuando menos una de cada dos veces termino destruyendo aquello que me había propuesto componer. Ya a los catorce años, cada vez que tenía que cambiar la llanta de la moto, terminaba con dos o tres piezas sobrantes, mismas que iba guardando en una caja, por lo que se pudiera ofrecer. Hasta el día en que no supe reinstalar los frenos y terminé estrellado en la puerta de un coche.
Siempre admiré a los niños que eran capaces de armar y pintar pieza por pieza cochecitos y aviones de plástico, y hasta llegué a compadecer a los ingenuos que me regalaban modelos para armar, mismos que con alguna suerte armaba mi padre, que a pinzas y taladros les habla en su idioma. Lo intenté algunas veces, con dos resultados, a saber: piezas perdidas y mal pegadas, niño mareado y vomitando. Me enfermaba el olor del pegamento, no servía para vicioso precoz. Y si llegaba a abrir un frasco de pintura, de seguro la alfombra jamás lo olvidaría.
Preferiría no relatar ahora los estropicios ocasionados con la ayuda de mi juego de química, una vez que aprendí que el azufre mezclado con carbón y clorato de potasio podía convertirse en pólvora. Baste decir que esos antecedentes me previenen contra el manejo de cualquier sustancia que no sea la tinta o una herramienta diferente a la pluma fuente. Y de armas ni hablemos, podría suicidarme con una pistola de aire, o cortarme una vena mientras parto el queso. No digo que no pueda llegar a hacerlo bien, pero temo que me interesa poco. Siempre admiré a los niños que se interesaban por lo que había dentro de una televisión, aunque tampoco tanto para ser uno de ellos. Lo mío es trasroscar tornillos y armar cortos circuitos.
Si tan sólo supiera manejar el cautín como muevo el control remoto de un videojuego, ya me habría aventurado a soldar el toallero del baño, pero la sola idea de manejar una herramienta cuya punta está al rojo vivo me hace temer la posibilidad de salir tuerto del osado lance. Pero se ven tan bien las herramientas, nuevecitas, formadas dentro de la caja, que de pronto regresa aquel mensaje redentor, según el cual podría, si me diera la gana, montar en la pared una estantería. Sin que quedara chueca, ni se cayera nada que estuviera encima. Esto es, sin que nadie pudiera darse cuenta que era yo quien la había instalado. Poseer una caja de herramientas es una forma de creer a ciegas que puedo hacer lo que jamás haré.
Podría conectar una televisión a doce diferentes aparatos, mientras no sea preciso agujerar la pared. A veces, mientras duermo, sueño que toda la maquinaria del mundo está en manos de gente con mis habilidades mecánicas. Nada explica, por tanto, que siga funcionando, ni garantiza que lo hará mañana. Cirujanos que operan igual que yo atornillo, rascacielos construidos con mi destreza al mando del taladro, pirómanos metidos a bomberos. ¿Quién me asegura que no está todo así? Despierto y ahí está la caja de herramientas. Algo me dice que mientras esté nueva el mundo seguirá en su lugar.
[Publicado el 04/12/2007 a las 17:26]
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Al inicio de un lunes abstinente
Paso los días posteriores a la FIL entre la catatonia y la catalepsia. Duele verse de vuelta en la rutina, sin el tremendo lobby por escenario y aquel guión divertido que tomaba lo excepcional por cotidiano. Bajo, pues, hasta la cocina, como quien hace un esfuerzo titánico, bendiciendo a los canes porque sin ellos no tendría a quién saludar. Los saludo de beso, además, como corresponde a las familias plenamente funcionales. Afortunadamente no vamos a misa.
Conozco dos maneras de salir de este estado lamentable. Una es vivir activamente un gran romance, la otra consiste en sentarse a escribir. Y en fin, que aquí estoy ya, cuesta arriba del limbo hacia la realidad de las palabras. Ante los numerosos problemas técnicos que suponía declarar al Hilton de Guadalajara república independiente y soberana, me exilio de regreso en la recámara por cuyo balcón entra ese sol invernal que suele quemar más de lo que calienta. ¿Quién dijo que un huraño regular no podía sufrir los rigores del síndrome de abstinencia social?
Vivo en un espacio del más puro desinterés social, e incluso de interés antisocial. Mi ventana mira hacia una barranca de la cual sólo suelen venir el canto de los pájaros, el zumbido del viento y los ladridos de los perros vecinos, que noche a noche se confabulan con los de aquí para brindar cantatas destempladas y entrañables. La calle está detrás de una doble reja, por la que sólo pasan vecinos, invitados y repartidores. Equivale a vivir escondido, agazapado en una orilla de la realidad desde la cual parece aún más necesario reinventarla. Que es lo que estoy tratando de hacer aquí, en Tetelpan, San Ángel, ciudad de México, al comienzo de un lunes sin tequilas ni piñas coladas ni carcajadas largas a deshoras.
Cinco de la mañana del lunes. Según parece, Chávez y su SS-XXI perdieron en las urnas una suerte de intento de fujimorazo. Con todo ese armamento a su disposición, bien podría despertarse tentado a dar el fidelazo final. De repente, los lunes se parecen a una emisión de ocho horas de Aló Presidente. Largos, huecos, tiránicos, imponen el imperio del cuartel sobre la libertad de los instintos. Si un jueves cualquier cosa puede pasar, el lunes sólo importa lo que debe pasar. Ahora mismo, no pocos infelices prenden la luz y dejan las sábanas calientes con el humor del presidente Chávez luego del referendo perdido. Quién tuviera una fábrica de Kaláshnikovs...
Hay un cierto placer voluntarioso en la manía de escribir a deshoras. Es como darle un golpe de estado al lunes, subvirtiendo de entrada la rutina con la que pretendía extorsionarme. "La columna diaria es la tumba del novelista", me advirtió hace unos días Arturo Pérez-Reverte, y le he dicho que me defiendo de eso habitando esta especie de doble vida que me tiene de noche en un hogar y de mañana en otro, sin llegar más allá del balcón (cuando ya pega el sol y al fin trabajo a mano, como en los días de escuela).
No es fácil, sin embargo, despertar al novelista, que encuentra toda suerte de pretextos para tenderse tieso, la pluma en una mano y el cuaderno en la otra, frente al sol. Entre la catatonia y la catalepsia. Supongo que así me veían los profesores cada vez que me daba por fugarme virtualmente del aula sin siquiera el pretexto de estar escribiendo. El novelista no despierta; resucita. Y eso cuesta trabajo, finalmente.
Lo resucité el sábado, a empujones. Contaba ya con el poder corruptor de Guadalajara, de modo que empujé con todas mis fuerzas para pasar de la segunda página. Y tal vez todo esto no sea sino el manifiesto del novelista, que desde su trinchera matinal reafirma a gritos la resurrección de su carne. Sé que este blog sería más alegre si me entregara a la vida social, pero he aquí que el narrador ha vuelto de la tumba para imponer el putsch que le devuelve poderes especiales sobre mis actos por tiempo indefinido. Las seis de la mañana: de aquí al próximo ocaso, el inquilino transilvano reclama su sarcófago. Blog out.
[Publicado el 03/12/2007 a las 15:49]
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Élmer Mendoza.
Seguramente por la dureza de sus personajes, algunos de ellos de pútrida entraña, Élmer Mendoza se ha hecho con una extraña imagen de forajido. Pero es exactamente lo opuesto. Soy incapaz de imaginar a uno solo de sus personajes duros mostrando una sonrisa en tal extremo franca. Vamos, que yo le compraría un carro usado con los ojos cerrados, y no dudo que me lo entregaría con el tanque lleno.
Hace algo menos de un par de semanas vi a Elmer en Los Mochis, Sinaloa, y me dejó una mosca en la oreja. Había sometido, me contó, su novela al premio Tusquets, que se fallaría aquí, en Guadalajara. Y ahora hace un par de días que me enteré de la noticia: la novela Quién quiere vivir para siempre, de Elmer Mendoza, se había llevado el premio. Por la noche, cuando por fin pude felicitarlo, la sonrisa le había crecido inusitadamente. Se le veía flotar cual si, más que la Virgen, le hablara Janis Joplin al oído.
Habrá quien crea que es precisa mucha ingenuidad para meter una novela negra a concursar a un premio literario, pero la ingenuidad de Elmer cuenta a su vez con un músculo narrativo macizo y poderoso. He llegado a pensar que no se da cuenta, o que no quiere dársela, pero como lector suyo que soy no me queda sino suponerle un colmillo cuando menos equivalente al de mi favorito entre sus personajes, que es el matón de Un asesino solitario. No es que Elmer sea ingenuo, es que es buena persona y no lo oculta, ni le preocupa. Sabe su juego, y la prueba es que allá, en su Sinaloa, los mismos tipos duros lo respetan. Acaso porque tiene en sus manos su memoria.
Celebro que Elmer me haya hecho su cómplice, pues ello me permite hacer mía la ingenuidad de creer que acabo de ganarme el premio junto a sus detectives, que según me ha contado son un hombre y una mujer... Ladies & Gentlemen, creo que huele a zaga.
[Publicado el 30/11/2007 a las 13:36]
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Hay cierta atrocidad autodestructiva en el acto de racionalizar los propios sentimientos, y el punto es que este libro se ha metido allí. Uno lo sabe casi desde el inicio, nada más recibir las primeras descargas de artillería poética. Duele este libro, pero es de esos dolores que traen su propio bálsamo en el paquete, además de aliviar dolencias más antiguas. Por eso hoy, que me tocaba acompañar a su autor, terminé de leerlo veinticinco minutos antes de la presentación.
No quería arriesgarme a pensarlo demasiado, prefería llegar al evento aún bajo el efecto de sus últimas líneas. No sin antes salir de la tina, secarme brazos, piernas, ojos sobre todo, y volar hacia el salón de la Feria donde estaría con Juan Cruz Ruiz para hablar de Ojalá octubre. Cuando llegó la hora, crucé la calle con una línea de la madre de Juan dándome vueltas en la cabeza: "La risa es el llanto bien llevado".
Lo pienso una vez más: preferiría no comenzar así. Recuerdo otra: "El éxito, cuando se cuenta, se parece a la mezquindad". Pero igual no es la idea. Tengo aún fresca la memoria de la carne de gallina, con el libro temblándome en las manos, y ahí vuelve a la memoria Paco, padre de Juan, que no podía pagarse una apuesta en la lotería, pero de todas formas iba y anotaba los números que le atraían, sólo para reconfortarse después al comprobar que no habían salido premiados. He ahí, pues, el llanto bien llevado. Y el lujo de todo esto es que aún soy presa de sortilegio poético y tengo allí al autor para extenderlo.
Suele ser una mezcla entrañable la de ternura y amargura. Pienso en los neorrealistas italianos. El Juanillo de Ojalá octubre bien podría ser primo hermano del niño de Ladrones de bicicletas. Pero lo pienso ahora, cuando ya es muy tarde. Pasa así cuando hablamos, no cuando escribimos. Se habla siempre de más o de menos. Y ahora que lo pienso, tampoco he dicho que éste es uno de esos libros cuyo final le deja a uno en la orfandad. Es posible que me haya tardado mucho más de lo necesario en leerlo porque la lentitud era mi único recurso para habitar más tiempo ese mundo donde "es tan alto el sol y tan pequeña la mano que lo quiere tocar". Con cierta recurrencia me venía a la memoria la imagen de Juanillo y Paco viendo el juego de fútbol desde las plataneras, ahí donde la amargura es menos amarga desde el momento en que no tiene nombre. Mal podía amargar a Juanillo la pobreza, cuando nunca había visto la riqueza, ni le habían presentado a la envidia, conocía el rostro de la humillación.
"A él le parecía imposible que las piedras siguieran viviendo cuando ya no estaban los hombres que las habían descubierto", dice Juan de su padre, mientras observa que inexorablemente va convirtiéndose en alguien muy parecido a él, y al cabo casi todo terminará heredándolo, acaso con la misma transparencia que al narrar le permite compartir lo entrañable. "Mientras dura tú no tienes aún la energía sentimental de devolver la sonrisa. A ese efecto que jamás se produce a tiempo las palabras luego lo llaman ternura." Amargura y ternura, emborracharse de ambas, leer y regresar y volver a leer, como si cada letra tuviese ya un volumen. Soltar el libro un rato, dormirse y despertar en Tenerife, deseando que sea octubre aún en noviembre.
[Publicado el 28/11/2007 a las 14:18]
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Gabriel García Márquez besa la mano a Álvaro Mutis en la Feria del Libro de Guadalajara.
Hace diecinueve horas que abrí los ojos, a regañadientes porque llevaba apenas cuatro de dormir y ya cruzaba el túnel negro que separa a la fiesta de la resaca. ¿O será que las une? Había que empezar temprano con la promoción: cita a las ocho treinta en una estación de radio. Dormito en el trayecto, en la sala de espera y ante el micrófono, al tiempo el corresponsal termina con alguna noticia previa. Luego, al salir, me enteraré que uno de los hombres de la estación le ha dicho a Miriam, que es la santa que me acompaña en estos menesteres, que el entrevistado se estaba durmiendo. "No", ha respondido ella, querúbica, "lo que pasa es que está pensando". De regreso, la risa me mantiene despierto. Me pregunto qué habría dicho Miriam si hubiera comenzado a roncar. "Es que así ruge él antes de las entrevistas."
La FIL de Guadalajara es el mejor ejemplo de que el placer y el trabajo son no únicamente compatibles, sino complementarios y hasta cómplices. Luego de un desayuno con poderes balsámicos, hay que correr de vuelta hacia la promoción, pero ya a esas alturas se ha juntado una buena reserva de adrenalina, bajo cuyos auspicios termino de una vez de cambiar fase y gozo ya de una exquisita euforia que en adelante sólo sabrá crecer. Una comida en Tlaquepaque, por ahí de las dos y media, contribuirá a la excitación nerviosa con antojitos, cerveza y ríos de tequila. Una comida estrictamente mexicana; es decir, de cuatro horas de duración. Esta vez entre cantos, gritos y mariachis.
El resto de la tarde y el principio de la noche se van entre presentaciones de libros y cocteles. De repente consigo escapar al cuarto y duermo diez minutos terapéuticos. Pienso: ¿y el blog? No hay tiempo, todavía. Cada año, el lunes se reserva para ir a bailar salsa en el Veracruz, donde el tequila sigue corriendo sin diques. Pero estoy en mis cinco. He evitado el exceso con el mismo rigor que me abrazo a la consistencia. Al volver al hotel, pasadas ya las tres de la mañana (las diez en Madrid, se me está haciendo tarde), advierto que no tengo ni sueño, y menos lo tendré cuando remate el post, lo suba y me recueste a escuchar música, tal vez no exactamente para deleite de mis vecinos.
Hace un año, las noches eran aún más extensas. Había abierto un club en mi habitación, a diario frecuentado por Santiago Roncagliolo e Imma Turbau. De pronto casi nos amanecía entre música y risotadas. Cada noche, también, nos sorprendía el aguante del matrimonio Saramago, que intentaba dormir en el cuarto de enfrente, sin siquiera un amago de queja. Cosas que sólo pasan en la FIL, por eso no se debe dormir mucho. Quiere uno estar despierto veinticuatro horas, a sabiendas de que durante todas ellas hay cantidad de cosas por hacer. Con suerte, este año conseguiremos desvelar a Rubem Fonseca (tampoco logro imaginármelo llamando a la administración para quejarse).
Hace dos años, la concurrencia era más tupida y los donativos increíblemente generosos. No puedo hacer aquí una lista de la cantidad de donativos en especie que llegaron en manos de los visitantes, pero verdad es que imperó la abundancia. "Haz algo, por favor, que no quiero irme nunca de este lugar", me suplicaba Ronca el último día, con el físico destrozado pero el espíritu ejemplarmente en pie. Odia uno tener que largarse de aquí, no faltan ganas de secuestrar el Hilton a punta de pistola por tres semanas más, derogando cansancios y desafiando momios. ¿Aló, urgencias? Necesitamos ciento quince ambulancias y veinte equipos de terapia intensiva.
Adoro los efectos de la adrenalina. De pronto hace pensar que es uno inmortal. Me enferma, en cambio, el regreso a la vida citadina, cuyos primeros días pasaré tendido, no sé si descansando o aceptando la pérdida. Pero hoy empieza el martes, me quedan aún tres días de intensidad irreductible, donde cada ficción se hace realidad por pura voluntad mayoritaria. Por otra parte, son ya las cuatro y media. Y nada, que me faltan las ganas de dormir. Tiempo de sumergirse en un disco de Wim Mertens y esperar tres o cuatro horas de sueño. Ya lo dice el refrán: a descansar, los muertos.
[Publicado el 27/11/2007 a las 12:15]
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Según los entendidos, la Feria Internacional del Libro en Guadalajara es la segunda del mundo, después de la de Frankfurt. Lo malo de esto es que los entendidos rara vez saben dónde están parados, pues lo cierto es que no parece haber mejor ni más grande parque de diversiones que éste. El solo hecho de llegar, estar, irse y no verse orillado a pagar una fortuna por esto es ya una razón para ejercitar el auspicioso músculo de la fe.
Según los entendidos, México es un país de gente que no lee. Pero los entendidos son con frecuencia brutos, y hasta a veces palurdos camuflados por ese sambenito de "entendidos" que les permite no entender nada de nada y aún así opinar en torno a todo. No sé realmente cuántos lectores hay en este país, pero la conferencia de Carlos Fuentes de la que recién salgo me permite creer, una vez más, que todo este país no es sino una invención de la literatura.
"El lector conoce el futuro, el escritor no", ha dicho Fuentes durante una de las conferencias más lúcidas y entrañables que le he visto. "Dudemos para saber, sepamos para dudar", añadió, al tiempo que viajaba del día hacia la noche de la creación literaria. Y uno al fin se maldice por no poder guardar cada palabra, grabarla, transcribirla, atesorarla. Entonces me recuerdo en los años escolares, huyendo de la jaula para asistir a una de esas conferencias que me dejaban creer que todo el despropósito de ser un narrador podía, con alguna suerte, alcanzar un sentido y un destino.
Nunca vi a Carlos Fuentes como un escritor, sino como uno de esos superhéroes que arreglaban el mundo de un plumazo. Pues creo, desde entonces y hasta siempre, que al mundo se le arregla con palabras. "Un libro nos rescata del silencio para instalarnos en el diálogo", ha dicho Fuentes casi al final de su intervención, antes de que a gran parte de los presentes nos dolieran las manos de tanto aplaudir.
Estoy aún al principio del festín. Son las tres de la madrugada en Guadalajara y todavía me pregunto cómo es que no me cobran una fortuna por estar aquí. De niño, siempre quise llegar en Disneylandia. Hoy que lo he conseguido, sé al fin que Mickey Mouse no es como lo pintaban. Disneylandia es un libro, cien libros, todos los libros, y hoy por hoy está aquí, en Guadalajara. Que se acabe el tequila si digo mentiras.
[Publicado el 26/11/2007 a las 11:27]
[Etiquetas: Feria del libro, Guadalajara, Carlos Fuentes]
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Algo sobre supuración personal
"Envidia de la buena", suelen decir que sienten quienes no quieren ser tachados de envidiosos. Pues he aquí que la envidia se asemeja conspicuamente a los tumores, entre los cuales figuran asimismo los malignos, los levemente malignos y los benignos. Así como de pronto un viento del norte nos pega a media espalda para dejarnos chuecos y dolientes por varios días, cualquier momento es bueno para que de la nada nos brote un grano extraño, que además es notorio y provoca un creciente escozor. ¿De la nada, he dicho? Eso es lo que argüiríamos, si alguien nos preguntara por el origen del grano en cuestión, como si se tratara de alguna enfermedad non sancta. Quién va a querer, al fin, confesar que el origen de ese tumor no es otra cosa que el bienestar ajeno.
Escribió Gore Vidal: "Cada vez que un amigo tiene éxito, muero un poco". El tumor de la envidia es maligno cuando inspira deseos de destruir al envidiado, o a su buena fortuna, y levemente maligno si nada más invoca sentimientos autodestructivos. Ciertamente, clasificar la envidia sólo en buena, medio mala y mala es como dividir al mundo entero entre los hinchas de tres equipos locales. Entrando ya en materia, valdría recordar que los tumores sólo se clasifican a partir de las células que los componen, y la envidia -enfermedad secreta e inadmisible en quien la padece- es un mal recurrente y contagioso que permea de forma distinta en cada cual. En ciertas situaciones se mitiga con unas pocas lágrimas, en otras se alimenta de derrames biliares en cadena. Y todo el mundo sabe que la bilis tiene la facultad de convertir a un simple granito de frustración en un absceso de envidia podrida.
Una de las razones por las cuales a la gente le enferma que la tachen de envidiosa es que no hay dos envidias iguales. Nunca será lo mismo, además, la envidia de uno -que percibe pequeña, inocentona- a la de los demás -una inquina fascista, trepadora, psicótica-; tendemos a creer que los defectos propios no son notorios, nunca faltan los padres que castigan en sus hijos las mañas que ellos mismos les heredaron. Lacera a la autoestima reconocer en carne propia la presencia del grano de la envidia, pues llega uno a temer que sea privativo de perdedores, limosneros y carne de cañón irrescatable. Envidiar a los otros, y arriesgarse con ello a que lo adviertan y acaso lo disfruten, es humillarse a tiempo para presidir todo un coro de menosprecio en su contra.
Conmueve que haya todavía quienes piensan que la envidia es patrimonio de los pobres, cuando en los ricos es aún más dañina, y para colmo absurda. A la envidia le gusta ser absurda, pues ello la hace inmune al sentido común y la inteligencia. ¿Quién, sino un heredero ocioso y tarambana, entregado al agotador quehacer de estimular minuto a minuto el desprecio y la envidia de sus semejantes, tiene el tiempo bastante para darse a envidiar todo lo que no puede comprar con su dinero? Por lo demás, la envidia del goloso hace palidecer a la del miserable, ya que mientras aquel identifica a plenitud lo que quiere y no puede conseguir, éste tiene una idea borrosa de la vida del rico, que por lo general es aburridísima, si bien muy confortable y hasta un tanto adictiva. Pero ser envidiado, aun saboreando el mezquino deleite de saberse envidiable, a nadie libra de a su vez envidiar. Cree uno que transpira, y está supurando.
Hace unos días que un video recorre la red: Paris Hilton entrevistada en la tina, llenas las dos de espuma. No hay mucho que admirar, pero serán legiones los envidiosos que la odien por ser tan fastuosamente aburrida. Y yo creo que la pobre mujer debe de padecer secretos brotes de envidia galopante y cancerígena cada vez que ve a un pobre diablo entusiasmado por cualquier fruslería, como sería el caso de dormir con su amiga Britney Spears o acompañarla a ella dentro de la tina, mirarse en el espejo y pensarse envidiable. Esto al fin nos recuerda que en la envidia también existen jerarquías, y que las hay de pronto tan baratas que francamente llaman a la misericordia. Debe de haber docenas de presos y pordioseros a los que envidio más que a Paris Hilton, que desde su reveladora entrevista en la tina me ha despertado cierta compasión de la buena; la pobrecilla es pobre y no se ha dado cuenta. Como no se la dan quienes día con día se empobrecen envidiándola.
Sale cara la envidia, pero está de moda. Y ni modo, a la gente le gusta darse sus lujos.
[Publicado el 23/11/2007 a las 15:25]
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03/12/2008 05:09
Publicado por: yorkperry
03/12/2008 04:35
Publicado por: SERPIENTE FURIOSA
02/12/2008 23:35
Me parece que no se necesita ser...
Publicado por: Jessica Ruiz
02/12/2008 21:21
Publicado por: Marce
02/12/2008 17:10
Publicado por: Johanna
02/12/2008 10:37
Publicado por: vaei
02/12/2008 05:23
Palito Ortega!! jajaja! No hay...
Publicado por: Ana Valesmil
02/12/2008 05:02
Es muy complicado pasar por la...
Publicado por: Luis
02/12/2008 02:25
Publicado por: diana
02/12/2008 00:59
NA NARA NANA NA... NA NARA NANA...
Publicado por: Ana María
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