Minisite sobre Kapuscinski

El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

Editado por La Oficina del Autor

sábado, 17 de mayo de 2008

Blog de Xavier Velasco

Etérea remitente / y II

Colega de mis desvelos,

No te voy a decir desde cuándo empecé a merodearte, pero tú sí sabrás desde cuándo te dio por invocarme. No llegué pronto, claro. Quería estar segura de que estabas seguro de lo que pedías. Un trámite enfadoso hasta para nosotras, las etéreas. Siempre que una mujer pregunta "¿estás seguro?" sabe que pierde el tiempo, porque el que obtendrá no es de seguridad, sino de calentura. Ya sé que hay otros más diligentes que yo. Los demonios, digamos, se tardan mucho menos en llegar que una pizza de un solo ingrediente. No los profesionales, ¿verdad? Con esos haces cita y firmas un contrato. Pero también llegan más pronto que yo. Pensarás de seguro que me he dado a desear por estrategia, método respetable y eficaz para quien busca seducir al contrario, pero ése no es mi caso. O en fin, nuestro caso. Lo que yo me he propuesto no es seducirte, aunque sí conquistarte. Y hasta donde yo sé, toda conquista consta de dos pasos: aislar e intoxicar. En orden, o al revés, o a la vez, pero había que hacerlo.

Tú lo has dicho, los vicios son celosos, y yo no prometí ser la excepción. Puedes ir y contarle a quien te quiera que aquello que nos une no es sino un compromiso profesional, pero bien sabes que esto, lo nuestrito, peca de personal, emocional, ideológico, erótico y teocrático, todo en un mismo producto. Cualquier noción menos comprometida de profesionalismo, Queridísimo, me parece un desliz de aficionados, y sábete que a una como yo no le basta con que uno como tú venga y se le aficione. Guarda esa vena de hincha para el próximo estadio. Como ya te lo he dicho, el inicio, desarrollo y mantenimiento de la bonita relación que nos une han dependido sólo de mi capacidad de aislarte e intoxicarte, igual que haría una obsesión invencible. Es decir expansiva, controladora, despótica. ¿Vas a decir ahora que no era así la musa por la que tanto aullaste, como niño que escribe su carta a Santa Claus?

Voy a ahorrarte el bochorno de enlistar a las advenedizas a quienes en mi ausencia habilitaste como seudomusas; tú has visto ya, Cariño, los resultados de tanta temeridad. Me es preciso, eso sí, subrayar que ni tres entre ellas supieron como aislarte e intoxicarte, y eso es gracias a mi arduo trabajo en la penumbra. Pero igual lo sabías, y bien que cooperabas. Años antes de deslumbrarte con mi presencia súbita en tu vida diaria, ya me habías olido el rastro etéreo. Era una obsesión sexy, la nuestra. Lo suficiente cuando menos para sacarte de las mejores fiestas y echar abajo tus romances más sólidos en el nombre del vicio que a muy temprana hora nos hizo cómplices.

He visto por ahí que hay quienes se interesan por mi edad y mi ascendencia, insinuando que tengo los venerables años de Sharon Stone o soy acaso la sobrina perdida del tío Joseph. Si hiciéramos las cuentas escrupulosamente, descubriríamos que la oveja hocicona de la familia viene a ser mi sobrino, o sobrino-nieto, pero considerando el impecable proceso de autorreencarnación de los seres etéreos como yo, sujetos además a la voluntad lúbrica de quien los invoca, habría que ser un depravado total para pensar que paso de los veintiuno. Dime tú quién sería lo bastante observador, o siquiera se tomaría el tiempo necesario para distinguir entre una musa jubilada y una bruja. Y como no se trata de preparar pócimas, sino de ser una misma el veneno, ni de levantar diques, sino de hacerme agua para hacerte isla, necesito ponerme pecaminosa, y a ratos un poquito ilegal. Soy tu ponzoña, Dear. Soy tu almena, tu dique y tus cocodrilos. Tu gran muralla y tu opio. No vine de turista, ni de negocios. Considera a esta carta vanguardia de un ejército enemigo y a tu nombre en la punta de todas mis lanzas.

En cuanto a mi opinión personal, coincide plenamente con la profesional: a partir de esta raya en nuestra historia, el Oriente comienza en tus fronteras. Estarás en mis sueños, Bebé. Y viceversita.

Tuya como una obsesión nocturna,

Afrodita del Carmen M-G

[Publicado el 16/8/2007 a las 10:00]

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Etérea remitente / I

Coleguita My Love,

Te extrañará el tuteo, tanto como toparte aquí con mis palabras. La verdad, no me atrevo a seguir tratándote de usted después de haberme dado esta libertad. Puedes, si te acomoda, entender la presente como otro de mis diarios abusos, pues en el colmo del protagonismo he violado quién sabe cuántas cláusulas del que hasta ayer fue nuestro contrato. Me he puesto en tu lugar, literalmente. Y aquí estoy, donde nadie me llama. Puedes también soltar, como lo hiciste ayer, otra de esas sentencias lapidarias que te permitirá negarme de un plumazo y atribuir cada una de mis palabras al estado febril de tu imaginación. Por eso, y porque cada día tienes la generosa iniciativa de incluir aquí unos cuantos entre mis comentarios —los menos memorables, en mi humilde opinión— te correspondo con una cita extraída directamente de los tuyos:

—Tú cállate, que ni existes —me demoliste la última vez, y lo curioso fue que te hice caso. Me callé, pero pensando sólo en no enturbiar el eco chocarrero que te acompañaría después, como una maldición gitana sembrada en territorio católico, apostólico y chilango. Perdóname, Cariño, pero como te he dicho soy muy profesional, y eso incluye saber cuándo y cómo cobrar el alto costo de una rotura contractual. Digo, no esperarás que yo la pague. ¿Me entiendes o te explico?

Perdona una vez más que me atreva a tanto. Ya sé que es raro y hasta desconcertante que de repente sean tus comentarios los que aparezcan solos, entre guiones, antecedidos por mis parrafadas. Un lector distraído podría figurarse cualquier cosa, y hasta contradecirte y sospechar que existo, más allá de tu autorizado parecer. ¿O será que aún no atinas a enterarte que, existencias aparte, soy infinitamente más verosímil que tú? Pobre de ti, Querido, si fuera de otra forma. Escribir es borrarse por principio. Nadie quiere ver al titiritero, se aterriza en la historia con la ilusión de que cada muñeco tiene voluntad propia y todo lo que pasa está pasando. Si yo no existo, Darling, te borras tú conmigo, porque estás apostando tu vida a la mía. No pretendo, por cierto, tener la razón. Soy una musa, no la necesito. Lo que busco, eso sí, es darte una pequeña muestra de mi arbitrariedad. Aquí la tienes, Baby, es toda tuya: igual que yo, insiste en existir.

Te decía, en fin, lo que ya nadie tiene que decirte: el vicio de escribir tiene que ver con el deleite propio de empequeñecerse igual que un titiritero. Ya lo canta Paquita la del Barrio, si te borras es mejor. Y como tú también existes con insistencia en mi reino, no podía hacer menos que ayudar a borrarte un rato de la escena, antes que abandonarte a tu inexistente suerte. No niego tu derecho a denunciar mis abusos en UNaMuNo; comprobarías entonces que la Unión Nacional de Musas Novelistas tiene la facultad de despedirme, pero tú no. Y eso lo arruina todo, Corazón. De manera que puedes, si te divierte, dejarme sin salario, aunque no sin misión, y convertirme así en tu enemiga entrañable; lo que no está en tus manos es que me vaya. Ni siquiera en las mías, vamos. Echamos a andar una maquinita cuyo funcionamiento comprendemos a medias y cuyo control no podemos ejercer. Sólo nos queda creerla, con la pasión que nunca merecerá la verdad. Ese es nuestro negocio, Queridito. Créeme que estoy bien lejos de Mary Poppins, y deja ya de confundirme con tu hada madrina, que yo con esas perras ni el saludo.

—Tenerte a ti es como vivir con Alf —alcanzaste a bromear, para acabar de hundirte. ¿Sabes qué habría sido de Alf, el programa, sin Alf, el personaje? ¿Creíste que apodarme Alfrodita me iba a minimizar como a las ventanitas del monitor? Pues mírame, Cosita, que me has puesto a escribir en tu lugar. ¿Quieres saber ahora cuáles fueron los trucos que me dejaron llegar hasta acá? Vale la pena, créeme: pura teoría literaria, como para ponerte guapo con un sesudo ensayo. Yo sé que te interesa, no te niegues negándome. Y como dijo Schere, mañana te lo cuento. Hasta entonces, Mi Vida.

Siempre tuya,

  Afrodita del Carmen M-G.

[Publicado el 14/8/2007 a las 10:00]

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El diablo me obligó

"¿Estamos negociando?", pregunta Keanu Reeves en papel de discípulo. "¡Siempre!", le responde Al Pacino con un brillo de azufre en la mirada. Y eso es lo que uno olvida con trágica frecuencia. Nos esmeramos en negociar las nuevas relaciones y damos a las otras por negociadas. Lo cual sin duda explica nuestra sorpresa al advertir un cambio súbito y radical en la relación, mismo que en realidad se vino gestando —debería decir gestionando— a lo largo de todo ese tiempo en el que negociamos sin saberlo, en condiciones consecuentemente desventajosas. Pues resulta que en ese transcurso la otra parte asumió una serie de hechos —probables primero, seguros después— a partir de su personal interpretación de nuestra actitud, no pocas veces hija del complejo y la paranoia, amasios que negocian en lo oscuro aquello que nosotros sólo sabremos cuando sea ya tarde para enmendarlo.

—Nosotros por aquí, nosotros por allá. ¿A qué nutrida turba se refiere, colega? Digo, para ponerle un podio a la altura. ¿No será que se está escondiendo detrás de la manada para no verse orillado a reconocer que, oops!, volvió a cagarla?

No sé cómo empezó, pero esta relación se ha ido envenenando de un modo que Afrodita calificaría de extremadamente productivo, si no estuviera tan entretenida pergeñando sarcasmos en mi contra. Nada como el conflicto, el fastidio, las jetas, los egos arrasados y los tensos silencios para pertrechar las probables narraciones futuras. Como si cada relación destruida fuese una ofrenda al vicio y un altar al oficio. Hay una voluntad oscura y destructiva que se solaza en ir derribando piedra a piedra el santuario que un día pensaste indispensable y hace tiempo que se alza como un obstáculo. A veces, ejercer la fidelidad a uno mismo implica traicionar al resto del mundo. Y lo peor es que sepa tan bien como perder por gusto el coche en el Black Jack. No hay lujo más extremo que arruinarse por el puro gustito de afirmarse.

—¿Negarme es afirmarse, colega? No sé si debería seguir llamando así a un miembro más del gremio de Judas Iscariote.

—En primer lugar, todavía no me has dejado darte un beso. En segundo, el negador es Pedro, no Judas. En tercero, Afrodita, no me atrevo a negarte ni con el pétalo de una amapola. Y este es precisamente el problema, que entre musa y autor hay por lo menos uno desechable. ¿Sabes cómo vienen al mundo los alacranes? Crecen sobre la espalda de la madre, se alimentan de ella y poco a poco van devorándosela. Cuando no puede deshacerse de la crías, y esto lo sé porque de niño tuve a una encerrada en un bote, la madre acaba por exterminarlas. Mi duda es la siguiente: ¿Vas a comerme o voy a matarte?

—¿Estamos negociando?

—¿Y el amor, Afrodita?

—¿Le importa si en lugar de mí le contesta Al Pacino en la misma película? "Sobrevaluado. Bioquímicamente no es distinto a comer grandes grandes cantidades de chocolate."

—O sea que no estamos negociando, sino litigando.

—Ahora le va a responder Norman Mailer: "Una no conoce a un hombre hasta que conoce a diez."

—Norman Mailer no dijo eso.

—¿Le importa si lo dejo en manos de Borges? "Lo que te pasa con un hombre te pasa con todos."

—Estás haciendo trampa, Afrodita...

—...y ya lo decía Faulkner, "entre la pena y la nada, elijo nada de pena".

No es preciso ser musa para echar mano de esta vieja técnica. Se encadenan burradas con objeto de enfurecer al contrario, y esto equivale a echarle pimienta en los ojos. Con las entendederas propiamente cegadas, el pobre polemista no es más peligroso que un becerro astigmático. Se le torea fácil, entre risas, y esto lo hace meter aún más la pata. Entonces ya no es uno, sino él, quien dice las burradas. Todavía mejor: está gritando. Entre más fuerte lo haga, mejor abdicará de la razón que ahora ya no puede reclamar. Y acabará firmando el voucher por el karma completo, no sin antes guardar en sitio seguro la factura por todo el rencor que ahora mismo no puede cobrar y con seguridad causará réditos. El punto es que al final de esta discusión, cuyo destino los dos predecíamos y cuyo contenido he desechado atendiendo a mi honesta sed de revancha, Afrodita se ha ido con todo y equipaje, rompiendo en mil pedazos nuestro contrato.

Desde entonces camino entre cláusulas rotas. Ni para ir por la escoba tengo ánimos. Descubro en este punto que ya estoy negociando la compasión del personal y me levanto en pos de la aspiradora. Cuando Iggy Pop se encerró en un departamento neoyorkino a componer las canciones de su Blah Blah Blah, mataba a los demonios echando mano compulsivamente de esa máquina amiga. No sé qué tal funcione como terapia, pero al menos me encargaré de que no quede ni un inciso en el suelo. Y que me lleve el diablo si estoy negociando.

[Publicado el 13/8/2007 a las 10:00]

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Mi blog cumple 20 años / y VI

El retorno del dragón.

Uno sabe que tiene huesos de novelista cuando un párrafo no le alcanza para nada; y luego, ya por ahí del séptimo, se da cuenta que no puede parar; y al final no le queda más que aceptar que para terminar de contar cualquier cosa precisa de una larga hilera de capítulos. Llevar esa visión al hipertexto no es mucho más imprudente que presentar a dos esquizofrénicos y esperar que por eso se entiendan de maravilla.

—¿O sea usted y yo, colega?

Una vez más, ya en un nuevo siglo, sentí que algo no estaba listo aún. Algo en mí, o quizás en la máquina, o en lo que los ingleses llaman timing. Escéptico hacia las casualidades y un poquito devoto de las coincidencias, descubrí que entre todos mis experimentos virtuales había uno que me satisfacía: mi novela Cecilia en versión shockwave, que es como se conocen las aplicaciones de Director adaptadas para la www. Con no más de cincuenta páginas de longitud, Cecilia sólo había sido publicada por una editorial subterránea —Doble A, se llamaba— propiedad de mi amigo Sergio Monsalvo, cuyas ediciones de 100 ejemplares volaban raudo hacia una lista preestablecida de destinatarios. Mas la historia de marras no era un hipertexto, sino una narración lineal en siete capítulos, y si al final la publicaba allí, en mi sitio, era porque no había dónde más conseguirlo. No quería más ni menos que construir una suerte de libro virtual. Tiempo después, cuando vi por primera vez un e-book, entendí que no había hecho más que inventar a solas el hilo negro.

—¿Y entonces cómo explica su satisfacción?

—De la misma manera que se explica la dicha embriagadora que alza en brazos al ego cuando se mira caer al último villano del videojuego.

—El puro gusto de vencerse a sí mismo...

—...y a los cobardes que se esconden adentro, que ojalá fueran pocos.

—Pobrecito de usted. Deben de ser un gentío espantoso.

Y aquí estoy, en El Boomerang, haciendo justamente lo que había planeado con los faxes, sólo que sin pasarme el día entero enviándolos. Me muerde, en cambio, una preocupación carnívora. Si antes traía el coco sumergido hasta el fondo de una novela en proceso, ahora debo nadar entre dos aguas. Motivo suficiente para pasar el día y la noche alunado, pues ambos animales —la novela, el weblog— son voraces y exigen alimento a cualquier hora. Todavía hace un año me divertía intentando sonsacar a Santiago Roncagliolo justo a la hora en que él, padre amantísimo, tenía que darle de comer al blog; recién ahora cumplo cinco semanas de haber perdido tanto la noción del tiempo como la esperanza de alcanzar la cama antes de que los pájaros comiencen a trinar. Y lo peor es saber que de eso se trata.

—Si el proyecto no cumple con desquiciarle la vida, ni siquiera merece nombrarse proyecto.

Lo que no duele no cura, y uno escribe pensando en curarse. Aunque sea para volverse a contagiar. Llevo cinco semanas enfermo de esto, corriendo el día entero detrás de mi sombra y con cierta frecuencia derrapando en los charcos de adrenalina. Nada de lo que pueda quejarme, si tomamos en cuenta desde cuándo y por cuántos atajos he buscado llegar hasta aquí. La idea, finalmente, es no saber. Avanzar por los párrafos mientras suceden, subir el texto a media madrugada e irse a la cama dándolo todo por acontecido; levantarse pasado el mediodía, tratando a trompicones de ganarle centímetros al caos.

—¿Y todo eso por darle de comer a un par de animalitos?

¿Animalitos? ¡Dragones hambreados! Tengo que alimentar, además, a un rebaño de vicios y monomanías, sin los cuales jamás termina uno de ser uno.

—O dos, que es lo común.

O tres, o cuatro, o siete. Hacerse uno y los otros, como quien juega a ser uno y trino con cuernos. ¿Quién querría tirarse a escribir o leer una historia si no pudiera emplearla en multiplicarse? Dejar que las palabras fluyan a partir de su propia maquinaria, ser testigo y al propio tiempo instigador, lanzar la piedra y esconder la mano sólo para sacar una nueva piedra. Ser leído, entendido, apreciado, insultado, corregido, aumentado, querido o lamentado por cualquiera, y también por cualquier motivo, o por ninguno. La ficción sucediendo aquí delante, borradores que encarnan en sucesos y un secreto guardado entre una tribu heterogénea y multinacional cuyo único vínculo es quizás una suerte de lujuria por las palabras. Lascivia por la vida, que cantaba Iggy Pop sangrando sobre el escenario.

—Here comes Johnny Yen again, with the liquor and drugs, and the flesh machine, he's gonna do another strip tease...

[Publicado el 10/8/2007 a las 11:39]

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Mi blog cumple 20 años / V

El Karate Geek.

Cuando el juego se hace verdadero, bienvenido al laberinto eterno, me perseguía a todas horas la canción. La traía incrustada en la conciencia, como los ecos de un terapeuta con cuernos que blasfema en hip-hop sus profecías. Tras unos cuantos cientos de noches entregadas al solo quehacer de poner los cimientos de mi laberinto, la experimentación periférica seguía creciendo en proporción inversa al proyecto central. A ese paso, primero iba a llegar al castillo el agrimensor K que yo a empezar al fin a pergeñar aquella historia, de la cual no tenía sino un mapa de meandros sin destino. Mi sitio web, en tanto, iba albergando los resultados de esos experimentos, que por lo general consistían en resucitar textos previamente publicados, ahora con formatos y mecanismos que sospechosamente remitían al vetusto Nintendo Entertainment System. El mismo sitio, al principio cargado de animaciones, iba detrás de dos conceptos básicos: The Legend of Zelda y SuperMario Bros. Nada que ya en 1999 no fuese una antigualla; o, como preferí verlo, un clásico.

—Ya que habla de los clásicos, ¿no cree que nos caería bien una notita de pie de página donde se informe que el título de hoy es una cita de la eminente Ph.D. A. del C. Martínez-Goebbels?

—Me he robado palabras de Sor Juana, también llamada "la décima musa", para ponerle nombre a una novela, y le he pagado apenas con un epígrafe. A ti, en cambio, te cito varias veces al día, con tu nombre. ¿Qué número de musa eres, a todo esto? ¿Traes ahí tu credencial del sindicato?

—Pues sí, pero Sor Juana no vivía con usted. Además ya le he dicho, las mujeres son musas de sí mismas. Condición que a menudo las transforma en autogestivas trágicas.

Sor Afrodita. Podría ser el título de una novela erótica. Habría que practicar mucho, eso sí.

—No sé cómo planeaba hacer una novela de sepetecientos capítulos, que sería como encerrarse a tejer una colcha para tapar una alberca olímpica, con tamaña capacidad de dispersión. ¿Qué decía de Zelda y SuperMario?

El proyecto, en el fondo, contenía una sola ambición desmedida: trabajar simultáneamente con ambos hemisferios del cerebro. Un empeño probablemente tan ingrato como forzar a un zurdo a copiar todo un libro con la mano derecha. Y tal vez, por qué no, una quimera necia, como la compulsión que tuerce el sentido común de los cautivos de un videojuego, hasta el punto de hacerles asumir que nada hay en el mundo más importante que continuar jugando. ¿Cómo hacer para conectar en un solo circuito la parte más sensata de sí mismo con la más arbitraria e irracional y hacerlas funcionar en armonía? ¿Estaba procesando las enseñanzas de Borges o bebiendo las pócimas de Borgia? ¿Por qué los pasos dados hacia el proyecto no servían sino para alejarme de él?

—¿Usted habría leído una historia así, colega? ¿Cuánto habría cobrado por llegar al final, si es que había final?

—No había ninguna historia. Llevaba tiempo ya planeándolo todo en el orden inverso, como si pretendiera sabotearlo. Pensaba día y noche en la estructura del laberinto, dibujaba los nodogramas en mi cuaderno, recordando unas veces los mapas del Zelda y otras los infinitos destinos del Dungeons & Dragons. Me había ido construyendo en la cabeza una estructura rígida y simétrica, y ahora pretendía que palabras y personajes se adaptaran a eso. Me entusiasmaba solo calculando el efecto que sufrirían unos y otras al quedar a merced de una cadena de prótesis aleatorias, y hasta ingeniaba guapos eufemismos para añadir ornato a la obsesión. "Forzar al español a copular con los lenguajes electrónicos", escribí por entonces sobre aquel quehacer, sin reparar aún en el disparate: por más que en un principio los cibercódigos deslumbren al recién llegado, hay que ir escandalosamente lejos para atreverse a equiparar un lenguaje de programación con una lengua, y además pretender que se reproduzcan.

—Borges decía que a una isla desierta sería mejor llevarse un libro de matemáticas. ¿Quería usted someter a las simpáticas variables al imperio de las odiosas constantes?

Nadie sabe qué clase de novela va a escribir, ni lo que necesitará en el camino para sobrevivir a la corriente adversa de la realidad. Quien consigue saberlo pasa sin advertirlo de navegante a remero, pues ni la historia ni él pueden ser libres ya. Pero es allí, remando en la penumbra de la galera infame, donde mejor entiende uno que algo tuvo que haber salido mal. Era el año 2000, llevaba desde fines del '98 haciendo sitios web por encargo, tenía un asistente y pensaba en fundar una compañía de multimedia. Despropósitos todos, me temía en el fondo, hasta que una mañana mandé todo al demonio: sentía unos deseos desbocados de echarme bajo de un árbol del jardín y escribir finalmente en mi libreta, con mi pluma fuente. Quería hacer una novela, de las de papel.

—...y descubrió que había perdido tres años.

—Había perdido mucho más que eso, llevaba media vida en busca de la persistencia elemental para un día pasar de las ochenta páginas, pero la golfería siempre me ganaba. Hasta el día en que el HTML y sus secuelas me calzaron el hábito de monje. Sin él, ni tú ni yo estaríamos aquí.

—¿No echó de menos el mecanismo aleatorio?

—Me hizo casi tanta falta como una tabla de logaritmos. Uno puede contar los senderos probables de una historia con miles de nodos y múltiples enlaces, pues al final ese número existe; lo que no puede hacerse es sacar esas cuentas con una novela, natural soberana de las ambigüedades cuyos senderos necesitan ser, desde el mismo lenguaje, infinitos. Tenía ya el principio de una historia. No me quedaba claro hacia dónde iría, pero sabía bien de lo que me escapaba. Tenía que volar del reino de las constantes a la república de las variables, que era como saltar del laberinto hacia el infinito.

—Lo cantaba tal cual Celia Cruz: Los pelos que tiene un buey nadie los puede contar, porque todos los que han muerto no han podido regresar.

[Publicado el 09/8/2007 a las 19:32]

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Mi blog cumple 20 años / IV

La máquina de rayuelas.

Durante varias décadas y en nombre del nacionalismo revolucionario imperante, el gobierno de México ejerció sutilmente la censura a través del control monopólico del papel. Los bytes, no obstante, son incontrolables. No hay cómo racionarlos ni monopolizarlos sin el respaldo paranoico de todo un aparato policiaco estatal, y aun así quedan siempre resquicios por donde los insectos binarios van y vienen sin ser importunados. Los bytes no tienen peso, ni dimensiones físicas, ni límite para reproducirse. Viajan de una máquina a otra —y de ahí, si se quiere, a un millón más— en un proceso equiparable a esa telepatía con la que fantaseaban los niños de antes. Telepatía simultánea, además. Millones de millones de palabras flotando en torno al mismo campo magnético y una mínima terminal nerviosa conectada al teclado en mi escritorio, paralelo a la cama que una noche de downloads arrastré hasta allá.

—Una sola pregunta, coleguita: ¿cuánto medía la fila de cocacolas vacías?

—Digamos que hace tiempo ya no era fila, y ya ves que soy malo para calcular multitudes.

¿Aló? ¿Room Service? Envíeme urgentemente una hielera y una bacinica.

—Quien ha sido atrapado por la fiebre del byte no sale a ver si llueve, llama al perro y se fija si acaso está mojado. Pero igual me hacían falta unos rounds de sombra. Dejar que el ego fuera tundido a golpes por mi mera ignorancia de advenedizo. Tenía que pulirme a solas y en secreto.

—¿Quién se sentía usted, el Karate Geek?

La clave justamente estaba en no sentir. Poder estar doce horas en hilera, y hasta el doble o el triple, construyendo cimientos de no sabía qué. Ni cómo, ni hasta dónde, ni para cuándo. ¿Quería hacer concretamente hiperficción? ¿Iba a comprar entonces una copia de Storyspace, el software de los hiperficcionantes? Sí y no. Tenía en la cabeza una novela compuesta por seis planos simultáneos, cada uno con ciento veinte nodos, o quizás ochenta, intercomunicados por un laberinto de opciones múltiples que restringirían el paso de un plano al otro, de forma que en un mapa habrían parecido una cadena circular de rombos enlazados a derecha e izquierda. Quería hacerlo sin Storyspace.

—Qué ingenioso, colega. Supongo que su invento contendría también algún sistema de alta coerción para obligar a los lectores a seguir adelante hasta la muerte. Lástima que se equivocó de tiempo y de lugar, sería usted el orgullo del doctor Mengele. Schreibt macht Frei, Kollege!

Pocas cosas provocan tanto la libido de un caballero andante como una damisela rejega y retadora. Que era el caso de la computadora. Intimidado al fin por la amenaza de acabar programando una visita larga al reino de las batas blancas, restringí mis esfuerzos como programador al Lingo, el lenguaje-juguete diseñado para dar órdenes precisas al más espectacular de los softwares literarios: Director. Quiero decir que literario no era, estrictamente, pero nada más ver y palpar un par de aplicaciones creadas con él vislumbré lo que entonces, colmado de entusiasmo, creía el único futuro aceptable. En realidad, encontré apenas una posible relación entre el Director y la literatura, y es que ambos permiten realizar cualquier cosa que encuentre cupo en la imaginación. Así que mientras otros pensaban en vistosos teatritos en multimedia, yo me entregué a soñar a ojos insomnes en un libro virtual no-secuencial. Una suerte de trampa en la forma de un juego laberíntico que idealmente provocaría adicción.

—De otra forma, ni usted lo iba a leer. Y por cierto, ¿el Director también le resolvía el problema de la distribución de estupefacientes para su público lector? ¿Cómo iba a financiarlos, si no es indiscreción?

"Estupefacientes literarios", llamaba una de mis amistades virtuales, la estudiosa Susana Pajares Tosca, a los experimentos en hiperficción. Nada más observar el avance de mis ejercicios de aprendizaje (cada libro sobre Director constaba cuando menos de 800 suculentas páginas) perdía de nuevo el sueño haciendo cuentas de todo lo que aún me hacía falta para emprender por fin la aventura electrónica que justificaría esos miles de horas construyendo a mano un castillo que objetivamente no existía en el mundo real. Un afán literario, donde los haya.

—Y ya que habla de hallazgos, déjeme que adivine: le faltaba encontrar la historia entera, con todo y personajes.

—Digamos que tenía una idea general.

—Si todas las ideas generales se hubieran convertido en novelas, tendíamos docenas de Quijotes. Vamos al grano, pues. Caracteres, cuartillas, capítulos... ¿cuántos juntó en total? —privilegio de musa: directo al punto débil.

—Déjame que los cuente, mañana te digo —subterfugio de autor: directo al punto final.

[Publicado el 08/8/2007 a las 09:42]

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Mi blog cumple 20 años / III

Welcome to Science-Fucktion.

  —¿Cuál fue el último libro que le cambió la vida, colega?

  —HTML: The Definitive Guide, por Chuck Musciano y Bill Kennedy. Cuando cayó en mis garras me convertí en el niño que recibe una pista de carreras de autos con cien carriles y un millón de tramos. "Crecer entre las sombras es privilegio de quienes se disponen a conquistar el mundo", asumían los protagonistas de El péndulo de Foucault, y bastaba ese sentimiento dilatado para que las ojeras continuaran creciendo frente al monitor. Vivía, además, lejos de la ciudad, bajo el bosque doméstico mejor conocido como Desierto de los Leones. Cuando menos pensé, ya mis amigos me apodaban The Fool on the Hill.

  —Como quien dice, agarró usted una guía de HTML de manual de autoayuda. Esto podría ser un infomercial. Usted también, cambie su vida hoy; y si nos llama en 20 minutos, le regalamos un manual de hortografía.

Llevaba ya dos meses ahí metido y mi sitio seguía siendo un bodrio, pero no me importaba. Nadie se iba a enterar, además. Conocía esa clase de situación de tiempo atrás, con nueve años de vida y la obsesión, frustrada a cada instante, de escribir una historia más o menos legible. ¿Qué se hace en esos casos? Robar, por supuesto. Va uno y plagia el estilo de cuanto libro consigue entusiasmarle, con resultados muy poco halagüeños, aunque tampoco tanto como para dejar el juego. Aún más descaradamente, merced al caradura cut-and-paste, aprendí a saquear códigos enteros, que ya después iba enchuecando de acuerdo a mis necesidades expresivas.

  —Y si de todos modos iba a acabar robando, ¿qué le costaba aprovechar ese tiempo precioso en aprender a saquear cuentas bancarias, por ejemplo?

  —Tengo un problema con la delincuencia: me dan más ganas de contar el golpe que de llevarlo a cabo.

  —Y si lo lleva a cabo ya no puede contarlo...

  —No sin que den conmigo y me encierren. Según Lord Henry Wotton, el ocurrente falósofo a quien Wilde encomendó echar a perder a Dorian Gray, "uno nunca tendría que hacer nada que no pueda contar en la sobremesa".

  —¿Qué no la sobremesa es el momento ideal para contar mentiras?

  —El punto es que, tal como en su momento lo había hecho el juego de escribir, aprender a entenderse con los códigos exigía cantidades bíblicas de errores, y con ello los miles de horas suficientes para pasarme años ensimismado en la monomanía de construir laberintos invisibles.

El gran pecado de la educación tradicional consiste en castigar el error, ignorando supinamente que sin él no habría progreso humano posible. Luego de varios años de entregar mi trabajo cotidianamente para ser publicado en papel, podía escuchar los rugidos del monstruo controlador que desde mis adentros exigía, por siquiera una vez, contar con un espacio donde no hubiera más errores que los míos. Sólo que a diferencia de la honesta tinta, los códigos permiten efectuar correcciones infinitas. Una página web es como un libro que nunca acaba de salir de la imprenta.

  —O como una mentira infinita.

  —Todo es mentira en el mundo virtual, pero ni tú ni yo estamos facultados para hablar en el nombre de la verdad. Al tiempo que mi parlanchín fuero interno se habituaba a valerse de verbos tan poco elegantes como photoshopear, trimear y copypastear, en el coco ocurría una mutación que tardaría años en acusar: estaba fascinado por la máquina, y más aún por los códigos que controlaban su mecanismo. Soñaba con meandros hipertextuales y nodos salpicados de palabras veloces, cuya escritura se antojaba casi tan suculenta como la construcción del laberinto mismo.

  —¿Va a decirme que el código le parecía más guapo que la palabra? Esa es Alta Traición, colega.

  —No me daba ni cuenta, insisto. Seguía comprando y engullendo libros rebosantes de códigos, ahora para complementar cursos online de Style Sheets, JavaScript, Perl y Arquitectura de la Información.

  —¿Leyó alguna novela en esos días, por casualidad?

  —Rayuela, claro. También Kundera y Borges. Los que más parecían compatibles con la idea de narrar en hipertexto. Buscaba autores que de alguna manera me dieran la razón en el empeño de seguir perdiéndola. Al final, si las cosas iban como debían, terminaría haciendo hiperficción.

  —Hyperfucktion, que le llaman los connoiseurs.

[Publicado el 07/8/2007 a las 10:05]

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Mi blog cumple 20 años / II

Los vértigos binarios.

Hasta 1997, ubicaba los años transcurridos por los amores que los habían poblado. De entonces para acá, la referencia son las computadoras. Sintomáticamente, recién había caído una nueva en mis manos, puntual y solidaria para ofrecerme una ancha terapia de divorcio. Pero me daba miedo el aparato, pues contenía un par de tentaciones complementarias: el modem telefónico y tres meses de conexión gratuita a Internet. Si años atrás mi idea de enviar faxes y diskettes con el propósito de autoeditarme había naufragado en el tema de los costos, la idea de intentarlo en Internet era una comezón con tufo a trampa.

¿A qué le tenía miedo? A la espiral de tiempo que de seguro se abriría ante mí nada más comenzara a contraer el asombrado insomnio que suele someter a los recién caídos en la red. Me habían insistido demasiado en eslóganes patéticos del tipo "la supercarretera de la información", pero ya el sarpullido era muy fuerte. Si la intuición no me decía mentiras, había todo un proyecto editorial esperándome en el ciberespacio. Cuando al fin resolví sacar jugo de los citados meses de conexión gratuita, tardé dos días enteros, con sus debidas noches, en despegarme de la pantalla. A partir de ese punto, ya muy pocas opciones del mundo supuestamente real consiguieron tentarme; por lo demás, la línea telefónica permanentemente ocupada por el modem favorecía poco la vida social.

  —Solo con su obsesión, la noche entera. Que cosa más romántica, colega. Tendríamos que habernos conocido entonces.

Entonces entendí que no había más opción que aprender HTML a cualquier costo. Leí que era un lenguaje de marcas muy sencillo, busqué más y encontré un tutorial cuyo autor me garantizaba que en no más de cinco minutos podía diseñar mi primera página web, con un renglón escrito y una foto. Eché un ojo al reloj y me lancé a intentarlo. Necesitaba sólo una imagen y un editor de texto, nada que rebasara mi estatus infra-tech. Algo menos de cuatro minutos después, ya estaba ahí la página, con el texto centrado, la imagen justo encima y el fondo en color rojo, correspondiente al código hexadecimal #FF0000. Al final de la noche, tenía ya leído y practicado el tutorial entero. Estaba listo para olvidar la cama y seguir adelante, había esperado diez años por esa cita.

  —¿Se sentía el Magallanes del cyberspace?

No sé lo que sentía, pero era fuerte. Llevaba dos semanas encerrado en un vértigo de voracidad, igual que otros se entregan por días a jugar solitario y fingir que trabajan; igual que alguna vez pulsé el botón de pausa en mi vida porque había que rescatar a una princesa; igual que devorarse uno de esos hongos que tanto hacían crecer a SuperMario. Aunque de un día para otro mis expectativas eran zancadilladas por nuevos requisitos para hacerme algo así como un webmaster. Tenía que aprender a procesar imágenes, hacer animaciones y estudiar otros códigos, no únicamente en HTML. Entre tanto, ya había conseguido el terreno para edificar mi sitio, otra vez sin pagar un centavo. Geocities, se llamaba el lugar donde mediante un mecanismo harto simple podía uno subir sus archivos a la red y ver su engendro en línea ipso-facto. Aún no tenía imágenes a modo, pero había la opción de elegir entre algunas fotografías de muestra. Un minuto después, ya estaba ahí la foto de Sharon Stone. Tenía mi propio sitio en Internet.

  —Qué triste situación. Me hace pensar en esos dichosos infelices que compran el portarretratos por la foto de muestra, y luego así lo plantan en su buró. Me voy imaginando el texto del e-mail: Querida Sharon, ¿ya conoces mi website? ¡Pues tiene tu foto!

[Publicado el 06/8/2007 a las 10:50]

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Mi blog cumple 20 años / I

La princesa y el dragón.

Por más que desde el título parezca que deliro, esta historia comienza en 1987. Aquel verano realicé dos hazañas que con el tiempo me cambiarían la vida: 1. Rescaté a una princesa y 2. Fundé una editorial. No obstante las provincias elegidas para la cristalización de sendas proezas —el cosmos chocarrero de la virtualidad, pues lo primero lo logré en el Nintendo y lo segundo en tierras especulativas— cierto es que desde entonces poco o nada permaneció como antes.

El maremoto íntimo ocurrió cuando vi por primera vez a aquel animal negro que escupía papel perfectamente impreso, enviado de sabría el demonio dónde. Sin al menos un crucifijo que plantarle, me atreví a preguntar, con esa timidez que le pega al chilango cada vez que se teme ranchero del mundo, qué clase de reptil eléctrico era ése. Un telefax, me informó con orgullo hi-tech la recepcionista de esa oficina, que ya a mis ojos calificaba para locación probable de Blade Runner II.

  —¿Sueñan las máquinas de fax con impresoras en brama?

Así me pareció, a primera vista. Si me hubiera propuesto tratar de seducirla, seguramente habría acosado menos a la recepcionista, que se aburría ya de aleccionarme. Pero yo precisaba saber más, algo tenía que haber detrás del esperpéntico animal que era capaz de enviar o recibir un documento entero a través de la línea del teléfono. Tan poderosos fueron el asombro y el entusiasmo iniciales que tardé unos minutos en reaccionar: ¿quién más, después de todo, tendría un aparato como ése? ¿Cuántos años faltaban para que lo normal fuera enviarse las cosas por ese telefax que, mínimo en teoría, le cambiaba la vida al mundo entero?

En teoría, seguí craneando hasta la alta madrugada, el telefax es una máquina de publicar. Podía seleccionar a mis lectores y enviarles cada escrito a su casa. Ahora bien, hacía falta ubicarse. En la segunda mitad de los años ochenta la gente no pensaba en recibir papeles raudos a domicilio. Nadie andaba con laptops cargando, y ni aun con teléfonos. El trabajo era estrictamente sedentario y la gente tenía que arreglárselas con veinte o treinta megas en el disco duro. Con alguna paciencia, según me haría saber un vendedor de artículos electrónicos, en cinco años cualquier computadora casera (ya las habría entonces en las casas) recibiría faxes. La idea estaba lista, el mundo no; tenía media década para ponerle ruedas al concepto.

  —¿Qué fue primero, el fax o la rueda? —a Afrodita la mata el low-tech. Si quisiera librarme para siempre de ella, bastaría con hacerme de un tocadiscos.

Para quienes, por mera juventud, son incapaces de imaginar un mundo así de primitivo, he de añadir que ya existía entonces el invento más revolucionario desde la creación de la primera copia fotostática: el cut-and-paste. La posibilidad de reubicar renglones, párrafos y parrafadas, tanto como clonarlos ilimitadamente, alteró para siempre las reglas del juego. De entonces para acá, no recuerdo haber vuelto a conjugar la abominable expresión "pasar en limpio".

  —¿Y la princesa?

  —Ignoro qué fue de ella. Una vez que maté al cuarto dragón del octavo castillo, la dejé sana y salva y regresé a mi vida, invadido de esos curiosos ímpetus que hacen al vencedor de un videojuego vanagloriarse frente al porvenir.

  —Las aventuras de Onán el Bárbaro.

  —Tal vez el pobre Onán se habría hecho de una fama mejor si alguien le hubiera dado otro juguete.

  —Uno con cut-and-paste, salido del Nintendo.

  —Tal cual. ¿Cómo iba a imaginar que al paso de cinco años tendría entre mis manos un animal así?

  —Suena como saltar de niño a púber. Y usted pensaba mandar sus historias... ¿por fax? ¿Una por una?

  —Era lo que había. Pensé también en distribuir diskettes.

  —¿Y a eso le llama usted Fundar Una Editorial?

  —Por supuesto, pero bajo la condición de construirla en el más libre de los territorios.

  —¿O sea en mi mero pueblo?

  —A unas leguas de ahí, todavía en la comarca autónoma de la imaginación. Lo importante no era ver la imprenta, sino saber que ya contaba con ella. Decir: "Un día de éstos voy a publicarme".

  —¿Y si no salía cierto?

  —Los émulos de Onán viven felices sin exigirle a nadie que sus divagaciones se hagan realidad.

  —Como dicen los gringos: Be my guest.

[Publicado el 03/8/2007 a las 09:51]

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La mística del chic

No tuve tiempo de lamentar su muerte. Ya no vivía cuando la conocí, pero antes de ella nadie me dio toda esa dosis de certidumbre en torno al tema de la resurrección de la carne. No se piensa en la muerte, y quizás ni siquiera se la ve posible, cuando se flota dentro de esa voz honda como la medianoche del alma y un instante después alta e ingrávida, toda ella pirotecnia ganosa de infinito. A veces, cuando digo que una mujer puede hacer lo que quiera con su voz, quiero decir que puede hacer lo que quiera conmigo. Privilegio de diva, derecho del devoto. ¿Para qué diablos darse al místico deleite de viajar hacia dentro abordo de la voz de Sarah Vaughan, si no esperando que lo revuelque a uno como, cuando y cuanto se le dilate Su Real Gana?

Invítame a pecar, hazme que olvide penas. No me importa el lugar, llévame a donde quieras —entre sus muy diversos pasatiempos, Afrodita cultiva el de memorizar éxitos de Paquita la del Barrio, que después usa como citas cultas.

No acaba de estar claro qué es la clase, entre otras cosas porque nadie acepta tenerla menos que su plebeyo prójimo, pero a Sarah se le transparenta desde los jadeos. Uno advierte que está frente a una diva cuando asiste a esa rara confluencia de estilo y sinceridad que hace de carne humana piel de gallina. Y si las divas suelen medirse interpretando estándares, Sarah es su propio e inalcanzable estándar. Nadie canta ni cantará como ella Summertime.

—La clase dura apenas lo que tarda su dueño en enterarse. Ahí se rompe el hechizo y el antes refinado se vuelve un palurdazo. Yo diría que la Vaughan jamás lo supo.

Cierta vez, durante el Festival de Montreux, Elis Regina se quedó sin aliento. Fue un titubeo apenas, pero al fin suficiente para hacerla trastabillar a medio concierto. "¿Qué estoy haciendo aquí, yo que soy hija de una lavandera?", se preguntó de pronto y eso la trabó, según confesaría más tarde. ¿Qué de extraño realmente pudo haber en que poco después la reina recobrara inspiración y arrasara literalmente con la noche, si al cabo su misión consistía nada menos que en inventar el chic, con o sin pedigree de princesa? Pero claro, eso ella lo ignoraba monárquicamente.

—¿Elis Regina chic? Sólo que fuera contra toda su voluntad. Caetano decía que era tan talentosa como cursi.

—Según Octavio Paz, el buen gusto es la muerte del arte.

—Octavio Paz no cantaba Corcovado con los brazos girando como hélice, colega —hay días en que Afrodita detesta perder. Ha de ser muy incómodo reconocerse musa y tener que cuadrarse ante una diosa. Peor todavía, ante dos.

Una diva de veras no puede preguntarse qué diablos es la clase, el chic o el estilo, pues ella es las tres cosas a un mismo tiempo. Ella es la voz del tiempo y el llanto de la memoria, la que arde con dulzura y duele delicioso cada vez que sus labios acometen My Funny Valentine, como quien sube al bosque en busca de fantasmas.

—¿Que no esa es la versión de Nico, perdón?

—No todos los fantasmas son necesariamente fantasmagóricos. Los de Sarah Vaughan suelen ser más amigables con el usuario. Pero sí, la versión de Nico lo hace a uno cortarse las venas con Pan Bimbo. Algo así como un éxtasis en los Cárpatos.

—Qué frío, colega. ¿Le importa si ponemos a Sarah Vaughan?

—¿Brazilian Romance, Copacabana o I Love Brazil?

—Yo ya elegí a la diosa, escoja usted el rezo.

—Amén.

Inventario de diosas:

Sarah Vaughan.

Elis Regina.

Nico.

[Publicado el 02/8/2007 a las 12:00]

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Biografía

Oriundo y reincidente colono de San Ángel, al sur de la ciudad de México. Se inició a edad temprana en la escritura, sin sospechar que el juego llegaría tan lejos, y todavía hoy cree en él como una fechoría intensa y subyugante, comparable a vivir huyendo de la ley a bordo de una Suzuki 1100. Comparte hogar con dos gigantes de los Pirineos; vive un largo romance con la música brasileña; escribe semanalmente en el periódico mexicano Milenio la columna "Pronóstico del clímax". En el presente siglo ha publicado Diablo Guardián, Premio Alfaguara de Novela 2003, El materialismo histérico (fábulas cutrefactas de avidez y revancha), Luna llena en las rocas (crónicas de antronautas y licántropos), y recientemente la novela confesional Este que ves (Alfaguara, 2007), donde hurga en sus raíces narrativas y declara: "Los cobardes no escriben novelas, o cuando menos no deben escribirlas."

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