Minisite sobre Kapuscinski

El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

Editado por La Oficina del Autor

sábado, 17 de mayo de 2008

Blog de Xavier Velasco

Hocicos arcangélicos

Don Vittorio y el joven Boris difícilmente acaban de aprobar mi afición terca por la musa ausente. No han siquiera empezado, la verdad; ya bastante trabajo me costó que a su paso dejaran de gruñír. Boris pesa algo más de cincuenta kilos, Vittorio poco menos de sesenta. Maestros en el arte de seducir y extorsionar a las visitas, son hostiles sólo con los extraños y los idiotas, y a estos últimos los reconocen a partir del gestos delatores, como empuñar y alzar una escoba en su contra. He visto a dos vecinos y un jardinero lanzar la escoba por los aires y correr literalmente despavoridos luego de pretender intimidar a Don Vittorio, cuyos parientes montañeses tienen por costumbre despedazar lobos y desquiciar osos. Aquí, no obstante tanta y tan resuelta corpulencia, son poco más que arcángeles. Por eso tengo que tragarme la risa cuando alguien me pregunta si me ha costado trabajo educarlos.

¿Yo, educarlos? ¿Qué les puedo enseñar a los tipos más sabios que en vida he conocido? Por lo demás, ambos son refractarios al papelón de alumno aventajado que da autoestima al pastor alemán. Antes que obedecer, opinan con sus actos. Se manifiestan. Y el colmo de esto es que suelen ganarme cuatro de cada cinco de nuestras polémicas. Diríase quen en ciertos puntos son poco razonables porque saben que tienen la razón. No obstante, como todos los grandes seductores, compensan terquedad con gentileza; por eso les aburren las polémicas, pero al fin son inmensamente pacientes para con la pasión controladora que define a mi especie. Su misión es, al cabo, educarme. Por eso a veces no estoy tan seguro de no engrosar las listas de quienes aún viven como hijos de familia: sin ellos, mi vida sería un caos sin figura ni orillas. Basta que un día vayan al peluquero para que cunda aquí un silencio estridente y el monasterio se me vuelva prisión.

Pertenezco a una especie soberbia en su ignorancia. Menospreciamos lo que no entendemos y además exigimos ser entendidos, incluso y sobre todo cuando no nos hacemos entender. Pero Vittorio no tiene prisa: cada vez que me pongo idiota porque supongo que no me ha entendido, él espera a que yo comience a entenderlo. Cuestión de persistir, negándome resuelta y repetidamente su obediencia. Cualquiera entiende, aparte, lo complicado que es hacerse obedecer por un cuerpo de más de cincuenta kilos de peso, cuya intuición e información genética son intrínsecamente superiores. Por eso tanto él como Boris opinan, discretos pero enfáticos, que una musa es tan necesaria en esta casa como una lancha de doble motor, y es así que en ausencia de la etérea de marras se prodigan en mimos, gracias y monerías, como si de esa forma quisieran empujarme al precipicio de la comparación. ¿Explica eso que cada día me simpaticen menos los hoteles, pues en ninguno hay una nariz húmeda que tenga la bondad de despertarlo a uno como la gente?

He llegado a creer que Don Vittorio entiende cada una de mis palabras, y hoy apenas me extraña que Boris esté cerca de aprender a leer el pensamiento, si es que no lo ha venido haciendo desde siempre. El hecho es que conozco realmente poco de ellos, comparado con el ancho dossier de mi persona que los dos alimentan y consultan cada día. Saben todo lo que hice y mucho de lo que haré, incluidos los errores que no los dejaré evitar pero, sabios que son, se sienten cómodos dejándome creer que sé lo que hago y me las arreglo solo: un cuento chino que se viene abajo cuando vamos los tres en un solo auto, yo chofer y ellos dogstars, y así me miro parte de un acorazado de ciento ochenta kilos de carne, hueso y colmillos al que ningún malandro querría importunar. Aun durante las atroces embestidas de la página en blanco, cuando detrás se asoma la sombra de la nada enseñando sus fauces purulentas de hastío, mis dos cómplices le hacen frente con la fiereza de un terminator silvestre. Y de pronto para eso no necesitan más que tumbarse junto, dormírseme en el muslo y dejarme escuchar la querida cadencia de sus resuellos.

Debe de ser terriblemente agotador tener que sostener al mundo entero con menos de sesenta kilos de peso.

[Publicado el 30/8/2007 a las 11:31]

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Museless

Cada vez que a la musa le da por esfumarse sin más explicación, conviene oír a quienes consideran que las musas están sobrevaluadas. Se las espera con místicas ansias, se las recibe con virtual beatitud, se las perdona con cristiana resignación porque después de tanto haberse hecho soñar no son capaces de llevar a cabo una sola tarea práctica. Puede uno morirse de hambre, pena o frío en su impasible presencia, que no habrán de mover un dedo para impedirlo. Son, como los pegasos y los unicornios, esencialmente una especie ingrata y voluble, frente a la cual un gato parecería un perro. Cree uno saber, de muy torpe antemano, todo el bien que la musa le hará a su trabajo, por eso está dispuesto a pagar cualquier precio por retenerla, como a un enervante injertado en combustible. Pues por pagarme el vicio que aquí a diario despliego sería capaz de endeudar de por vida a mis tataranietos y vender a los suyos como esclavos en Júpiter, y las musas lo saben tan de cierto que pueden elevar sus honorarios astronómicamente sin tener que sentarse a negociar. ¿Existe condición negociadora más favorable ante un cliente supersticioso que la de presentarse como talismán?

Las musas son sensibles a los rituales. Igual que sus clientes, creen poco o nada en las casualidades y lo atribuyen todo a las coincidencias. ¿O es acaso casual que estas líneas ocurran precisamente durante un plenilunio, cuando más y mejor le brincotea a uno el animal interno? Momento ideal, por cierto, para tomar al toro por los cuernos y enseñarle a esa vampiresa intrusa quién hace aquí bailar al murciélago. Si a la musa le crecen los colmillos en una noche así, uno tiene de pronto las manos peludas y el hocico babeando para responderle. ¿Qué quiere Vampirella? ¿Mi hemoglobina? Ni siquiera enterrándome un colmillo en la yugular y el otro en la carótida conseguiría mi musa persuadirme de esa fruslería. La sangre que ella busca, etérea al fin, no es otra que mi fe, que al cabo es la moneda corriente de la ficción. Con tal de conseguir la fe de quien me lee soy capaz de saltarle al cuello, encajarle completa mi sed de quimera y esperar que la suya no sea menos ansiosa. Puedo hacerme abismal, y hasta normal; puedo si es necesario confesar la verdad a grito pelado, pero no sin el tanque repleto de una fe francamente fanática. Necesito creer en lo invisible por encima de lo palpable, y para eso las musas son de gran ayuda. “Por algo habrá llegado”, supone uno, y así construye un puente entre su arribo y el mundo imaginario donde vive, con apenas un poco de interés por el resto.

Durante un plenilunio no se es supersticioso impunemente. Se da por hecho, aparte, que toda esa energía selenita no hará menos que exacerbar la vena licantrópica y afilar los colmillos del interesado. Situación que comparto con Boris y Don Vittorio, los dogos pirenáicos cazadores de lobos que cohabitan conmigo y ahora mismo hacen dueto de aullidos en el jardín, mientras yo aquí resisto con mediano decoro la tentación de unírmeles. Por eso al fin sigo elevando el volumen de la música, de modo que la voz de Nina Simone termine de extender la madrugada como se extiende un cheque por todo el crédito del mundo. Y eso es de lo que estamos borrachos ella y yo, nos bañamos en crédito uno al otro, aun (y con más ganas) a costillas del público descrédito. Pero un momento, Boris, Vittorio, Afrodita donde quiera que estés: ¿qué estoy haciendo aquí tratando de explicarlo, si el puro piano atrás de la canción lo relata con lujo de crucifixiones? Wild is the Wind, se llama, y si la canta Nina Simone soy capaz de creer en cualquier cosa, incluso en que la musa volverá con el alba. No para darme ideas, ni ayuda, ni consuelo, sino su puro crédito. Necesito que venga y me diga que cree, no me importa que el resto sean mentiras. Y si hemos de creer el uno en el otro, contra todas las leyes de la realidad, ¿ya que de raro tiene aullar por su retorno?

Anda, Afrodita, ven. Ya no aguanto las ganas de sobrevaluarte. (Siguen aullidos.)

Videos de pie de página

Wild is the Wind, por Nina Simone.

[Publicado el 29/8/2007 a las 11:21]

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Perdón... ¿muerden sus monstruos?

Todo el mundo tiene uno en su casa, cuando menos; la mayoría escondemos, con irregular éxito, un pequeño ejército. Algunos con aspecto preferible y hasta cierto talante seductor, otros tan espantosos como un espejo en high-definition a media travesía de peyote. Cuando alguien —amigo, familiar, amante reincidente— se ufana de realmente conocerlo a uno, da a entender que se ha visto las caras con ellos. Pues al final son ellos, antes que uno, quienes toman las decisiones importantes de una vida que es más suya que de uno. Porque claro, uno es suyo, por más que al mencionarlos anuncie lo contrario, con la incomodidad de quien oculta un par de brontosaurios en el sótano. “Mis monstruos”, presumimos, como si soportarlos y alimentarlos fuera ya un mérito que nos dignificara, o existiera la posibilidad de echarlos a patadas.

—Uno es sus monstruos, Darling. Poco queda en su ausencia que valga la pena, como no sea esa plasta de nata pastosa a la que los aficionados llaman felicidad. Tú que tienes pavor a despertar en un cuarto con las paredes acolchonadas, imagina la pesadilla de abrir un día el ojo y descubrir que todos los monstruos se te fueron. ¿Qué te parecería peor, despertar loco o ñoño? ¿Ir a dar al final de una película de Spielberg o a la mitad de una de Polanski?

—Tal vez me sentiría mejor al principio de una de Woody Allen, pero de nuevo tengo opiniones encontradas. Seguramente hay una mayoría de monstruos que acabará llevándome donde le dé la gana y hará el cargo automático a mi karma. Tú misma eres un monstruo goloso y manipulador. Cada vez que me empeño en complacerte, no hago sino mimar mis zonas más nocivas, pero de lo contrario eres capaz de enviar a una manada de dobermans en mi busca.

—¿Dobermans? Ni cuando era pobre. Para el caso, te mandaría gárgolas y quimeras. Tú también me podrías lanzar una pareja de psicoanalistas que harían lo imposible por sacarme a empujones de tu vida, pero los monstruos siempre dejan resaca. Por alguna razón necesitas volver y probar otra vez mordidas y zarpazos. Necesitas destruir lo que construiste, dinamitar la dicha que conforme se acerca te provoca una náusea inconfesable. Te entregas a tus monstruos para que te hagan todo el daño que necesitas, pobre del terapeuta que se enfrente a tus enemigos íntimos.

—Suele uno parecerse más a sus enemigos que a sus amigos. ¿Cómo podríamos aborrecer sus defectos si no los conociéramos desde adentro? ¿Cómo no reprobarlos, sino para aprobarme a sus costillas? Uno puede tener amigos mediocres, pero en los enemigos eso no se perdona. Ahora bien, si pretendiera declararte la guerra recurriendo a profesionales del ramo, antes que perros y terapeutas de presa te lanzaría todo un task force de exorcistas.

—¿Debo entender eso como un piropo, Azuquítar?

—Entiéndelo como una capitulación. No puede uno pasarse el día combatiendo a los enemigos que más necesita. Podría convencerme de que eres etérea e imaginaria si no supiera que eres animal, como todos los monstruos. Nos olemos, querida Afrodita, igual que tantas bestias sudorosas de miedo y deseo nocturnos. Huelo que estás aquí, como los demás monstruos, sólo para evitarme la pena de ser feliz y la desgracia de sentirme conforme. ¿Quién, que no fuera un enemigo íntimo, querría convertirme en esa porquería narcisista?

—Pensamientos así podrían convertirte en agente de seguros jurídicos automotrices, o en vendedor de biblias a domicilio. Yo era una porquería narcisista, acabé con mis monstruos y mi vida cambió. Llame ahora y fumíguelos en las próximas cinco semanas, garantizado. Nada hay más apestoso, Honey, que la nueva moral de un adicto en retirada.

—¿O sea yo?

—O sea tú sin mí. Tu animal exiliado del mío. Ese cuello sin estos colmillos.

A los monstruos se les combate la vida entera, sólo para al final morir con ellos. No es raro, por lo tanto, que quienes aseguran perseguir la inmortalidad no la quieran tanto para su triste persona como para esos fieros y alebrestados animales sin los cuales todo el camino de la existencia parecería más un túnel recto equipado con rieles, engranes y poleas de simetría asquerosamente impecable. Líbreme, al cabo, el Cielo de tener que vivir entre monstruos domésticos y esperpentos falderos. Si me han de espantar mañana, que me infarten de una vez.

[Publicado el 28/8/2007 a las 13:05]

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Yo no fui, fue Camus

  —¿Qué dices que hice yo, Queridito? ¡Besarte! —siempre he tenido miedo a enloquecer, y eso seguro que ella lo sabe. A menudo me viene la duda de qué haría si un día despertara y ya no distinguiera instinto de paranoia, realidad de invención, Minerva de Afrodita. ¿Seguiría escribiendo con la única intención de convencer a los demás de que estoy bien y me doy cuenta de todo? ¿Como sé que algo así no ha sucedido ya?

  —¿No te das cuenta, Afro, que tú eres uno de los últimos seres sobre la Tierra capaces de dar fe de mi salud mental? ¿Qué hablaría peor de mí, que me juzgaras totalmente loco o que rindieras culto a mi persona? Si te acomoda más jurar que no pasó lo que pasó, no seré yo quien falte a las leyes de la caballería para reivindicar una salud mental que a tu lado me hace tan poca falta…

  —¿Qué quieres que te diga, Dolorcito de Muelas? ¿Que con esas sentidas palabras me vas a hacer llorar? Ya me hiciste chillar, pero de la vergüenza. ¿Quién te crees que eres tú para trapear el piso de este blog con mi reputación profesional? Alberto nunca me habría hecho una cosa de esas. Él sí era un caballero, para que veas.

  —¿Alberto? ¿Cuál Alberto?

  —No sé si alguna vez leíste nuestro difunto contrato, cuya cláusula 247 establece, en la segunda parte del inciso 6, que me toca atender a los nacidos en noviembre 7, justo en medio del signo de Escorpión. Debería estar con Joni, pero es mujer y no me necesita. Desde el día del accidente de Alberto he andado rebotando de un autor a otro, y ahora mira hasta dónde vine a caer.

  —¿”Hasta dónde” soy yo? ¿Quién es Alberto? —sé de quién habla y no le creo nada, por eso necesito que lo diga, para que quede claro que es una embustera.

  —¿Olvidas, Tumor Mío, que te puedo leer el pensamiento como un anuncio a media carretera? ¿Piensas que soy como uno de esos pelmazos que encuentran su lugar en esta vida disparando nombres de pila presuntamente célebres? A Alberto lo has leído con la misma fruición que ingenuamente achacas a mis besos, sólo que para ti no es “Alberto”, sino ya sabes quién.

  —Mira, Afrodita, es mucho más sencillo que me crean que tú me diste un beso a que te crean que un día gobernaste las obsesiones de Albert Camus. ¿Le corregiste El extranjero, por casualidad?

  —Estábamos peleados, en esa época. Le ayudé más con El hombre rebelde.

  —¿Qué es una musa rebelde? Una musa que dice “Yo no fui”...

  —Por menos que eso, uno como Jean-Paul te habría excomulgado, Leprita. Además, tus ironías fáciles distan de cotizar en mi mercado accionario.

  —Ahora dime que fuiste a hacerle la vida imposible a Juan Pablo por puro amor a Alberto.

  —No seas name-dropper, Baby, para ti no se llaman de ese modo. Y para hacerle la vida imposible ya tenía a su mujer, que todas las mañanas le espantaba las musas a escobazos. Ya sabes, las sacerdotisas son peores que las brujas. Por lo menos las brujas se asumen malvadas.

  —¿Y todo esto lo dices sólo para desviar la discusión en torno a tu dudosa honestidad y mi salud mental en tela de juicio?

  —Todo esto lo digo para poner en claro la distancia astronómica entre nuestros conceptos de caballerosidad. El mío se desprende de tu existencialista favorito, el tuyo por lo visto lo aprendiste con la pandilla de Jean Genet.

  —Ya que me faltan sus grandes virtudes, ¿tenía cuando menos monsieur Camus algún defecto que no tenga yo?

  —Uno: era futbolero. Las musas detestamos esa afición tan pinche y tan corriente. Perdona que me enoje, pero no la soporto. Ahora que si me pones a escoger prefiero soportar a once futboleros que a un solo calumniador.

Si ganarle una discusión a un amigo equivale a ganarse un enemigo, derrotar verbalmente a la musa es como enemistarse con uno mismo, y arriesgarse aún más a acabar como Pedro Camacho, el escribidor de Mario Vargas Llosa cuyas radionovelas pierden junto a él la congruencia y al final lo acompañan hasta el reino de los electrochoques. Que es justo el sitio al que, como ya he dicho, tanto temo ir a dar. Caballerosidades aparte, la única locura inaceptable consiste en descreer de las propias ficciones, que sería como entregarse a criar purasangres y apostar en su contra en la carrera. De muy poco me sirve contradecirla, me siento como Sísifo recién llegado a un club de boy scouts. Lástima que los besos de las musas no dejen huella clara sobre la cancha. Pero ello no me impide cada mañana verme llegar al espejo y reconocer ahí al calumniador que la besó. Que me agarren los justos de Camus si miento.

Vídeos de pie de página.

Sobre Albert Camus.

Camus en el fútbol.

[Publicado el 27/8/2007 a las 10:13]

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En las pestañas del huracán / y II

Querido Dean,

Antes de que me juzgues el alunado que temo parecer, déjame que a manera de coartada te dé mis coordenadas sentimentales: recién vuelvo de un concierto de Caetano Veloso. No quiero, pues, distraer esta carta en paparruchas sobre verosimilitud y otras frivolidades racionalistas que por ahora poco nos afectan. Peor, para el caso, hizo quien tuvo la ocurrencia de dar nombre de pila a un huracán, como quien busca vestir al desamparo de despecho. Mas ese no es mi caso, pues he aquí que lejos de albergar inquinas en tu contra, experimento alguna díscola gratitud, como sucede a los que contra todo pronóstico se topan con el sol en medio del chubasco; los que brindan y bailan en la antesala del juicio final; los que se aman a oscuras a espaldas del sepelio. Quiero decir que mientras tú te entretenías jodiéndole la vida a mis semejantes, yo encontraba refugio ventajoso a la sombra de ciertas pestañas, y desde allí pedía que la lluvia siguiera, por favor. Nada que no le hubiera rogado a Caetano.

Amar es desnudarse de los nombres, dice el poema. Tal vez debí empezar por suplicarte que ignorases el nombre por el cual te llamo, así como la personalidad ciclónica que he debido achacarte para poder hablar de estos asuntos, sin tener el mal gusto de abundar en detalles y con ellos romper el hechizo que me tiene escribiendo para ti, que en apariencia no eres más que un nombre sembrador de trastornos y desgracias. Pero si no hay felicidad completa, tampoco a la desdicha se le da el perfeccionismo. Se puede ser inenarrablemente feliz aun en medio de un bombardeo, y hasta diría que en la antesala del patíbulo si pudiera ahora mismo imaginármelo. Quiero decir, ciclón, que así como te ensañas destruyendo casas, ciudades y cosechas, no puedes evitar que al propio tiempo cunda un descontrol capaz de redimirte, así sea por los pocos anchísimos segundos que dura un primer beso bajo la tormenta.

Decía Caetano hace un rato que la expresión “te odio” es la más amorosa que existe, y al final del concierto flotaba un sentimiento decididamente romántico en el coro del público que con cierta dulzura salmodiaba odeio você… odeio você… odeio você. ¿Ahora entiendes por qué te elegí como destinatario? Medio mundo te odia, huracán Dean, pero algunos lo hacemos con dulzura, por eso mientras a otros nunca les hablaría de estas cosas —pues tendría que hacerlo empecinadamente y de cualquier manera sin el menor provecho—, contigo soy capaz de explayarme como quien canta a solas en un peñasco. No sé, pues, si en verdad me dirijo a un huracán o mi interlocutor es la desgracia, la fatalidad, el destino, el demonio o el Dios con el que todos querrían negociar, más de uno airadamente. Pero me has sobornado, quienquiera que seas; o en todo caso depositaste el bálsamo de las caricias allí donde tendrías que haber dejado cicatrices. Sólo podría, al fin, odiarte con cariño.

Es la segunda vez que veo a Caetano, y ha sido cuando menos igual de luminosa que la anterior. Sale uno del Auditorio Nacional con cara de cliente de San Juan Bautista, la sonrisa pintada, los párpados extrañamente húmedos y los dedos tamborileando la canción del leoncito que ha permeado hasta el último ventrículo. Sale uno repentinamente listo para hacerse escuchar por tormentas, tifones, tornados y huracanes, un quehacer que en tamañas circunstancias no es más estrafalario ni menos cotidiano que darle un beso a un perro en la nariz. Que es otra de las cosas que quiere uno hacer al salir de un concierto de Caetano. Puede que el mundo entero se esté cayendo y uno de todas formas insiste en sonreír, se supone que estúpidamente porque nadie más puede ver detrás el pestañeo súbito de la musa que olvida su calidad de musa y fugazmente se hace mujer. ¿Sabes, ciclón furioso, lo que queda de tanta furibundia luego de recibir un beso intempestivo de labios de Afrodita del Carmen Martínez-Goebbels? ¿Te imaginas el ruido que hacen cuando estallan un millón de miedos y contratos atascados de cláusulas e incisos? Entonces no preguntes, que no hablo con ciclones. Perdona la rudeza y la ingratitud, pero estoy demasiado ocupado con la luna para portarme como cualquier lunático.

Videos de pie de página

Caetano Veloso: Odeio.

Caetano Veloso: O Leãozinho.

[Publicado el 24/8/2007 a las 10:46]

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En las pestañas del huracán / I

De niño, en los odiados días escolares, recibía como un festín secreto la noticia de una mañana lluviosa. Algo había en aquellos goterones que relajaba la rigidez de la jaula, o sería tal vez que semejante ambiente de excepción tenía un efecto analgésico sobre el ánimo de mis huesos encerrados. Nada me parecía más odioso, en contraparte, que cargar la mochila con el sol golgotesco de las dos de la tarde, como una cruz camino del cotidiano chasco de llegar a la mesa y quemarme la lengua con la sopa caliente, y encima de eso tener que acabármela. Pero todo se desquiciaba con la lluvia, y ya el tiempo pasado en cautiverio me había enseñado que ese desquiciamiento solía funcionar en mi favor. A los grandes como que les ganaba la prisa, de repente ya no era tan importante que las cosas se hicieran al pie de la letra. Un niño siempre sabe encontrar rendijas en la rutina de un adulto fuera de quicio. Y así es como la lluvia permitía que una mañana en el ergástulo casi se pareciera a un día feliz. Nada divierte tanto a un niño amurallado, cuya noción del tiempo es exponencialmente más ancha, como saberse parte de una rotura de la rutina.

—Déjame adivinar, Cariño: eras de los que hacían la tarea después de las nueve...

—Aproximadamente quince minutos antes de las nueve de la mañana del día siguiente, cuando ya mero había que entregarla. Era otra forma de romper la rutina.

—Y si por suerte era una mañana lluviosa, todo se desquiciaba y había más oportunidades de salirte con la tuya. Muchos llegarían tarde, el profesor entre ellos...

—¿Ya me entiendes? El sol, en cambio, es un verdugo industrioso. Cuando está granizando no te castigan media mañana parado a medio patio, saben que eso a tu edad sería como un premio.

—Lo que aún no terminas de explicarme es por qué ahora recibes con maldiciones, conjuros y blasfemias la llegada de un nuevo huracán, si al final el paisaje lluvioso te va a hacer el favor de recordarte los mejores momentos de tus peores años.

—Los aguaceros me hacen un holgazán. Si fuera profesor, sencillamente me quedaría en la cama, o en todo caso iría a trabajar sin emocionalmente salir de ahí. Ardería en deseos de decretar anarquía general y hacer una fogata con los pupitres...

—¿A media lluvia? ¿Con el avieso fin de incendiar todo el edificio desde adentro o con la idea piadosa de sofocar a muerte a sus ocupantes?

—Una de las claudicaciones que conduce al horror de maldecir lo que antes se adoraba tiene que ver con la costumbre triste de arder siempre en deseos de hacer lo que uno sabe que jamás hará.

—¿Por ejemplo, Querido?

—No me pidas ejemplos, Afrodita del Carmen, que bastantes ideas me da ya tu presencia.

—¿Me estás dando a entender que en ciertas circunstancias, contractualmente inaccesibles, podrías eventualmente celebrar la llegada de la lluvia con el júbilo de un sertanero bahiano?

—¿Qué tienen los contratos de seductores? ¿Por qué hay que firmar uno para sentirse a salvo del granizo? ¿No te da cierta pena comportarte como una virgen casadera?

—Mira, Mi Sol, voy a hacerte el favor de pretender que jamás escuché, ni olí, ni me enteré del asqueroso eructo que acabas de soltar en mi regia presencia. ¿O prefieres que asuma que te tapaste la boca y me pediste perdón de rodillas?

—Sabes bien cuánto me molesta que me eches abogados a la mitad de una conversación.

—¿Me has visto acaso pegando los pedazos de nuestro contrato, o siquiera salvándolos del basurero?

—¿Quieres decir que estás conmigo así, informalmente? ¿Por qué entonces insistes en apelar a documentos rotos?

—Por la misma razón que los adultos evitamos la lluvia. Me siento más segura disparando cláusulas, aunque no haya manera de hacerlas cumplir… —Afrodita da dos pasos atrás, sonríe con inédita timidez, pestañea y se enroca mirando en dirección al piso. Presiento que en cualquier momento va a granizar…

[Publicado el 23/8/2007 a las 11:11]

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Un poco de zoología

La escritura es un bicho asustadizo. Basta un ínfimo cambio en el paisaje para que huya despavorida. Y ahí va uno tras ella, como el protagonista de El túnel, de Sábato. Comprando cada día más complicaciones de las que puede en vida pagarse, cualquier cosa con tal de que regrese el animalito. Y mientras tanto el tiempo se desfasa y la noche se angosta y las horas se encogen y no quiere uno ni empezar a contarlas, no sea que eso también espante al bicho...

  —Ya que estás en el tema del tiempo, Cariño, te agradezco que al fin te hayas deshecho del trozo de salami petrificado que hasta ayer adornaba la alacena.

  —Salami... ¿Cuál salami?

  —No me vas a decir que fueron los perros, se habrían roto las muelas en el intento.

  —Hace dos meses quise darle un pedazo de ese salami a Boris y me gruñó inmediatamente.

  —Ni una hiena indigente se lo habría tragado, Baby. Para eso están las rocas volcánicas, que son más suaves y tienen mejor sabor.

  —Entonces solamente nos queda un sospechoso...

  —Créeme que no era mi intención traer a cuento al ratón que lleva una semana entrando y saliendo de la PC. Que, por cierto, es la mejor razón para que sigas escondido tras las prácticas faldas de la MacBook.

  —No me mires así, y además no le tengo miedo. Es pura antipatía a primera vista. Nos topamos ya un par de veces cara a cara, para tremendo susto de los dos. Puedo, como otras veces, llamar a Himmler & Heidrich Inc., pero quiero evitarme el karma respectivo. Me gustaría creer que va a irse por las buenas.

  —Y para eso pusiste la caja gris con lucecitas verdes que produce sonidos en teoría intolerables para los roedores, pero de hecho odiosos para las visitas, cuyo prurito sensorial va creciendo junto con la sospecha francamente incómoda de ser un poco ratas. De modo que hasta ahora el efecto, me temo, ha sido el opuesto: tus amigos vienen cada día menos y el ratón como nunca está a sus anchas.

  —Es posible que el ruido del aparato surta en él los efectos de cierta música minimalista, que en un principio aturde y a cualquier hora envicia. Por eso me pregunto si soy tan miserable para exterminar a un seguidor potencial de Philip Glass. Y ahí está la neurosis, un día quiero mandarlo fumigar y al siguiente le pongo entero el Einstein on the Beach, por si llega a gustarle.

  —¿Tienes idea del efecto que produce Einstein on the Beach en los seres humanos? Solamente las musas morfinómanas soportan de principio a fin esos cuatro cds, y eso por las virtudes somníferas del piquete.

  —Entiéndeme, Afrodita, si le pongo a Wim Mertens no se va nunca.

  —Yo en su lugar traería a mi familia.

  —Por eso mejor sigo confiando en la cajita gris: si logró hacer huir a mis amigos, algo tendrá que hacer contra el ratón. Cambiando de tema pero hablando de lo mismo, supongo que me sentiría mucho mejor si renovara de una vez el antivirus de la PC, el problema es que no puedo hacerlo desde la Mac.

  —¿Y el antivirus va a ahuyentar al ratón? Mira, Sugar, si ese animal realmente vive dentro de la computadora, tal vez sea suficiente con encenderla. Lo electrocutarías inmediatamente, y de paso podrías desconectar esa caja maldita que ya hasta a mí me trae con los nervios de punta. Tus amigos volverían, por lo menos.

  —¿Quién va a querer entrar en un lugar que apesta a ratón chamuscado? ¿Quién me asegura, aparte, que sus exequias no van a hacerle daño al disco duro? Lo que tú me propones equivale a matar a una taenia solium con nitroglicerina. Además, le causarías un trauma irreparable al otro bicho. Que es del que me ocupaba, hasta que introdujiste el tema repugnante del salami.

  —Pobre animal. Debe de haber una docena de matarratas más ligeros que ese salami. ¿Quieres decir que vamos a esperar hasta que se consume su horrenda muerte por intoxicación para electrocutar el fiambre?

  —Decía, pues, que el de la escritura es un bicho asustadizo, pero ahora que lo pienso puede que no sea más que la taenia solium de las musas.

  —Y ahí está tu tragedia, Amado Mío. La mujer de tu vida lleva una solitaria dentro.

  —¿Debo creer entonces que la mera existencia de tu huésped garantiza el futuro de mi trabajo?

  —Afirmativo, Sweety. Aunque tengas que electrocutar a una estirpe completa de roedores.

Vídeos de pie de página

Glassworks # 1, por Philip Glass.

Fragmento de Train/Spaceship part 1, de Einstein on the Beach, por el Philip Glass Ensemble.

Close Cover, por Wim Mertens.

Struggle for pleasure, por Wim Mertens.

Escena de El vientre del arquitecto, con música de Wim Mertens.

[Publicado el 22/8/2007 a las 10:38]

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Los cuernos informáticos

Una de las ventajas de vivir en México es que aquí las computadoras son mujeres. Para quienes almacenamos fobias no negociables contra el término orden, es gran consuelo no tener que someterse a los caprichos de un ordenador. Que era el caso de HAL, el maligno procesador de 2001 que a muchos nos dejó para siempre aquejados de suspicacia. Ahora bien, se equivoca quien piensa que una computadora hembra es necesariamente más amigable que un ordenador macho. Yo que vivo con dos, cada una orgullosamente incompatible con la otra, puedo decir que entre ambas me desquician la vida un poco más de lo que me la ordenan. Dice el proverbio árabe que quien tiene dos chicas pierde la cabeza, y quien tiene dos casas pierde el alma, pero no ha habido un alma caritativa que lo actualice y nos deje saber qué es lo que pierde el dueño de una Mac y una PC.

  —Pierde el tiempo, Mi Amor. Y eso sí que es fatal, porque al fin puedes hasta vivir más ligero sin cabeza ni alma que te estorben, ¿pero sin tiempo? Wendy Carlos, conocida hace tiempo como Walter y convertida en una laboriosa señora de su casa que programa computadoras y sintetizadores, igual que otras prefieren tejer colchas y carpetas, dice a sus críticos que la llegada de un nuevo procesador a su vida, lejos de facilitarle las cosas, le suma un 14 % de tiempo de trabajo al proyecto. La gente pierde tanto el tiempo peleando por dinero que cuando lo consigue ya no le queda tiempo para gastarlo más que en medicinas. Tú mismo vives, aún en el exilio que compartes conmigo, en permanente angustia por el paso del tiempo. Mira el reloj: son las dos de la tarde y apenas vas en el segundo párrafo. ¿Son esas las ventajas de traerte la MacBook a la cama?

  —Siempre creí que nunca me metería con una Mac. Su misma pulcritud me parecía chocante, sus fanáticos infumables, su personalidad falsamente amigable. De entrada, abominaba la idea de una computadora que me hiciera la vida tan sencilla. Desconfío de los seres serviles, más todavía cuando son robots. Había, por contraparte, una cachondería inexplicable en el cinismo sádico de una y otra PC, quizá precisamente porque me parecían poco confiables, e inclusive traidoras naturales. Se duerme más contento con una callejera conocida que con una virtuosa amurallada.

  —Las Mac no son exactamente serviles, pero ninguna oculta sus propósitos matrimoniales. Mírala aquí, en tu cama. Hace tres meses que en esta casa puede perderse todo menos la MacBook. Y mientras tanto la otra permanece apagada por semanas. ¿Sirve de algo decir que en la Vaio también recibes correo, y que a este paso va a tardarse en llegar el triple que una carta desde el Mato Grosso? ¿Por qué no le haces frente al problema y como un caballero las presentas?

  —¿Comunicarlas? Nunca. Son irreconciliables como la morenaza y la pelirrojota, y si un día se entendieran sería para contagiarse las peores mañas. Además, no sé cuántos días tendría que pasarme aprendiendo a instalarle el Windows a la Mac, cuando precisamente de ahí vengo huyendo. Si alguien se encuentra en el camino a Bill Gates, dígale que hace tiempo no sabe de mí.

  —¿Por qué entonces no vendes la Vaio?

  —Porque a veces con ella me siento extrañamente libre, y porque armado de un buen antivirus me aventuro a recorrer los sitios para forajidos digitales, a lo largo de noches libérrimas en las que nada cunde como el desorden y no hay lenguaje informático que se atreva a ponerme límites racionales...

  —Tranquilo, Mi Rey, no tienes que gritar para que entienda. Ya me di cuenta que la Vaio es tu amante y no quieres que nadie se lo vaya a decir al señor Gates. ¿Tú crees que él no tiene otra MacBook en la cama? ¿Sabes cuánto se excita la gente con esas cosas?

  —Sí, pero no, Afrodita... —intento iluminarla mediante un par de señas que apuntan justamente a este monitor.

  —Vaya, pues, lo que no quieres es que le llegue el chisme a Miss Mac. Mira Querido, si te enteraras sólo de la mitad de lo que ella te sabe, la echarías ahora mismo por la ventana. A menos que esperaras a saberlo todo, y entonces te aventaras junto a ella.

  —¿Debería temerme que estás celosa de mi computadora?

  —De una no, de las dos. Y ellas también están celosas de mí, así que estás en manos de las tres. A ver cómo haces para contentarnos.

[Publicado el 21/8/2007 a las 11:12]

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Los hombres son PC, las mujeres son Mac

Siempre he tenido algo en contra de la palabra orden. Ya sea en su variante femenina, que incita a la obediencia irreflexiva, como en la masculina, que asume al otro como subordinado, el término me es en primer lugar antipático. Especialmente en toda su pureza, la mera idea de una orden o un orden absolutos suena tan escabrosa como los quince yuanes que cobra el gobierno chino a la familia de cada ajusticiado, correspondientes a la bala empleada en el empeño. Y no es que no quiera uno tener su casa, o su escritorio, o al menos su buró en perfecto orden, o siquiera en cualquier especie de orden; tampoco me disgustaría que los meseros trajeran siempre lo que uno ordenó, pero tanto las órdenes como los órdenes presentan toda suerte de fisuras. ¿Para qué, por ejemplo, iba uno a hacer un blog, sino para tratar de abrir una de esas rendijas?

—Mira, Cariño, yo estoy completamente de acuerdo en que un escritorio ordenado es signo claro de una mente enferma, pero de ahí a creer que las horas que pasas buscando cosas que otros encuentran en segundos no afectan gravemente tu salud mental, hay un trecho como el que va del dicho al lecho.

  —De eso se trata, a veces. La razón también sirve para perderla. Juega uno a jugárserla, como cuando de niño se balanceaba colgado de las últimas ramas de los árboles, sobre todo si sus mayores le habían ordenado lo contrario. Como dice la canción de Liliana Felipe: Porque no puede ser sano lo que nunca se ha podrido...

  —Psst, psst, hazme caso, Sweety. ¿Ya te asomaste al refrigerador? Hay más frutas podridas que latas de coca-cola, y eso es tanto como decir que ya no cabe ni una coca-cola. ¿De verdad crees que le haga daño a la novela echar a la basura los duraznos de abril, por decir algo? ¿Perderían intensidad los nuevos párrafos si mínimo una de cada tres veces pagaras el recibo del teléfono antes de que nos corten el servicio? ¿Sabes qué porcentaje de razón se recupera luego de tanto haberla perdido? —se enciende una luz roja intermitente: amenaza la musa con volverse esposa.

  —Sólo recuerda que oficialmente tú no eres tú, sino un disturbio de mi personalidad. Si mi cabeza estuviera en perfecto orden, tus encantos serían invisibles. El solo hecho de sostener ahora mismo una conversación contigo me aparta radicalmente del orden del mundo.

  —Un orden bien imbécil, Schatz, si admites la opinión de una fuereña. ¿O sea que te apartas del orden del mundo cada vez que te paras a hablar con un perro? ¿No es posible tener un pie cómodamente instalado en un mundo y el otro en otro, y ya? ¿Por qué los hombres sólo pueden pensar en una cosa al mismo tiempo? ¿Es problema de hardware o de software?

  —No puedes entenderlo. No es un asunto de configuración, sino de plataforma. Nuestros mutuos sistemas operativos se comunican sólo primitivamente, lo cual no necesariamente es un problema grave. A la gente le basta con eso para aparearse, unirse y procrear.

  —Explícame primero los duraznos de abril.

  —¿Ya entiendes por qué digo que no lo entiendes? A una Mac no le puedes explicar para qué quieres un mouse con dos botones.

  —Que ya en la realidad equivaldría a una rata con cinco patas.

  —Las mujeres preguntan encantadoramente por dónde está el camino, uno tiene antes que eso la dignidad de perderse.

  —Antes de que termine de imponerse la falosofía sobre la razón, y ya que has mencionado el tema de tu personalidad perturbada, Mi Cielo, déjame preguntarte: ¿no será todo este discursillo sobre el orden, las órdenes y tus desórdenes un signo de la angustia de quien vive con una Mac y una PC, cada una peleándose por acaparar sus obsesiones?

  —Súmale a eso una musa, dos cuadernos y un intento de vida personal.

  —A mí tendrías que ponerme de tu lado, Querido. ¿Cómo sabes que no soy yo el orden que te espera al final del desorden?

  —¿Y cómo sé que no obedeces a la orden de ordenarme como a un ordinario?

  —¿Qué tiene tu desorden de extraordinario?

  —Que está secretamente ordenado.

  —De eso ni te preocupes: nadie se va a enterar.

[Publicado el 20/8/2007 a las 09:57]

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La conexión neozelandesa

Afrodita volvió precedida por su habitual puntería: corrían los mejores treinta minutos de la semana cuando se deslizó y acurrucó a mi lado, bajo las sábanas; gesto provocador al cual contraataqué con una larga salva de silencios. Pero era un gran momento y ella así lo entendió, de forma que los dos nos sumergimos en un sigilo a coro tan perfecto que ya sólo fue interrumpido por progresivas risotadas en estéreo. Uno puede aceptar e incluso saborear el llanto sin compañía, pero las carcajadas vale más compartirlas, por aquello del feedback. Siento un respeto limitado por el llanto (arma de chantajistas, frecuentemente), no así por la risa (que es libre y no se deja fingir). Por lo demás, arreglar un entuerto con lagrimitas es empeño tardado, costoso y fatigador, sobre todo si se compara con la eficiencia de un par de carcajadas coincidentes que se retroalimentan mutuamente.

La mejor media hora de la semana la pasamos delante de la televisión, en el silencio ya reverencial de quienes abominan la idea de perderse siquiera dos palabras de Flight of the Conchords, un evento tan raro como la perspectiva de reírse a solas frente a la pantalla y de un momento a otro descubrirse cantando junto a los personajes. Que a todo esto no son personajes, sino músicos reales interpretándose a sí mismos a partir de una idea ficticia, aderezada con un par de canciones por programa: clásicos instantáneos y contagiosos cuyas solas letras hacen especialmente antipática la idea de morirse sin escucharlas. "Eres tan hermosa que podrías ser una mesera; eres tan hermosa que podrías ser una sobrecargo en los sesentas; eres tan hermosa que podrías ser una prostituta de categoría", rezaba el hit romántico del primer capítulo.

Flight of the Conchords es originalmente un dúo de músicos neozelandeses, Jemaine Clement y Bret McKenzie, nominalmente adscritos al folk pero capaces de parodiar cualquier cosa, pertrechados por sendas guitarras, ante un público que apenas tiene tiempo para guardar silencio entre una y otra risa. Partiendo, pues, de su exitosa rutina escénica y radiofónica, Jemaine y Bret se reinventan en dos personajes misérrimos y patéticos que cargan con sus mismos nombres y sobrenombres —Hip-hopopótamo, Ritmoceronte— y sobreviven como virtuales parias en Manhattan, armados de bajísima tecnología y presupuestos rara vez mayores de tres dólares. Vemos así a la banda de dos pasando lista ante una computadora casera de los tardíos setenta o grabando su primer videoclip con la cámara de un teléfono celular. Pero no hay que engañarse: las letras son veneno y los dos que las interpretan son tan buenos cantantes como actores. Perdedores de extremo a extremo de la pista, los personajes de Jemaine y Bret se desquitan de las diarias humillaciones —las mujeres los tratan como a leprosos, no sin motivos amplios y cumplidos— con líneas del más puro nihilismo hi-tech: "Es tan cachonda, la perra, que me está haciendo sexista." "¿No sientes frío allá afuera, Bowie? ¿Empleas tus pezones puntiagudos de antenas telescópicas para transmitir datos a la Tierra?"

—¿Te digo algo, Cariño? —me gusta el nuevo estilo, entre amenazador y complaciente, como es característico en las musas triple A —Hace tiempo que no me hacía fan de nada. Y hace más todavía que la vergüenza ajena no me simpatizaba tanto. Sólo tengo una leve objeción: los pelmazos no son así de encantadores.

Mel, se llama la única fan de la banda de dos. Está casada con otro perdedor, carece de la mínima vida propia y los acosa de esquina en esquina, con una devoción que acusa sueños húmedos monotemáticos. Murray, el manager, otro neozelandés disfuncional, prefiere referirse a ella como Base de Fans, que al menos suena a algo más numeroso. ¿Quién más me garantiza media hora completa de reír, sonreír y canturrear, sin hacer ni pensar otra cosa porque literalmente no se puede? Hasta donde se sabe, Flight of the Conchords tendrá una duración de doce capítulos; nueve de ellos han sido ya estrenados y son de riguroso culto. Solicito, por tanto, a la piadosa muerte que si viene en camino se aguante tres semanas. Noventa minutitos, por vida del Señor.

—Amén, Darling —siempre soñé con una musa encimosa. Al cabo no la quiero por sincera, como por convincente.

Vídeos de pie de página

En concierto

Los humanos están muertos.

Hip-hopopótamo vs. Ritmoceronte.

Piénsalo, piensa, piénsalo.

De la serie

La chica más hermosa de la habitación.

Capítulo uno: Sally.

[Publicado el 17/8/2007 a las 10:00]

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Foto autor

Biografía

Oriundo y reincidente colono de San Ángel, al sur de la ciudad de México. Se inició a edad temprana en la escritura, sin sospechar que el juego llegaría tan lejos, y todavía hoy cree en él como una fechoría intensa y subyugante, comparable a vivir huyendo de la ley a bordo de una Suzuki 1100. Comparte hogar con dos gigantes de los Pirineos; vive un largo romance con la música brasileña; escribe semanalmente en el periódico mexicano Milenio la columna "Pronóstico del clímax". En el presente siglo ha publicado Diablo Guardián, Premio Alfaguara de Novela 2003, El materialismo histérico (fábulas cutrefactas de avidez y revancha), Luna llena en las rocas (crónicas de antronautas y licántropos), y recientemente la novela confesional Este que ves (Alfaguara, 2007), donde hurga en sus raíces narrativas y declara: "Los cobardes no escriben novelas, o cuando menos no deben escribirlas."

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