El blog literario latinoamericano
Editado por La Oficina del Autor
sábado, 17 de mayo de 2008
El anuncio en el lobby del hotel Windsor Barra es tentador como un secreto a medias: Flamengo vs. Cruzeiro, miércoles por la noche en Maracaná. Se ofrece un recorrido en autobús, especial para aquellos turistas que temen al entorno del estadio. “Una zona muy pobre y peligrosa”, nos previene asimismo el anuncio. Por sólo ciento cuarenta reales —algo más de cincuenta euros u ochocientos pesos mexicanos— uno puede mezclarse con la plebe y volver sano y salvo al hotel. Toda una aventura, pero sin aventura.
Afortunadamente traigo un pequeño Chevrolet rentado, de modo que me lanzo hacia el estadio con la emoción bullendo en cada acelerón. Hay un placer nervioso y terminante tras la idea de entrar en la boca de lobo sin experiencia previa, ni compañía, ni ayuda. Una hora más tarde, ya pasadas las ocho, avanzo lerdamente en torno del estadio, esquivando peatones con playeras de franjas rojinegras y preguntándome dónde dejaré el coche, hasta que un ángel disfrazado de acomodador me ofrece por diez reales un sitio en una esquina. Diez minutos después, un boleto de veinticinco reales me pone en la sección blanca del estadio, que a decir de más de uno es la preferible. No soy fan futbolero, pero sí fetichista y esto es Maracaná. Traduzco: Qué emoción…
La primera impresión es poco menos que ensordecedora. Somos, según informará más tarde la pizarra, algo menos de diecisiete mil espectadores, pero el clamor cundido de batucadas semeja el de una Copa Mundial. ¿Dónde está, pues, el resto de los treinta y cinco millones de torcedores del Flamengo? Seguramente ante el televisor, ya que ahora mismo arranca, en Estados Unidos, un partido amistoso entre México y Brasil. Nada que los locales quieran perderse, de modo que a Maracaná sólo llegan los hinchas duros del Flamengo, más una minoría que está con el Cruzeiro y con muchos trabajos se hace oír.
Perderse de verdad entre la turba no es cosa fácil para un recién llegado a Rio, cuya piel entre blanca y amarilla constata su encerrada extranjería, pero igual vale la pena intentarlo. Hasta que a un policía se le ocurre llamarme la atención en inglés. Stand back, please!, me pide cuando ve que me asomo hacia el túnel. De manera que se jodió la estrategia: no vengo en autobús ni traigo cámara, pero alguien dentro grita que soy turista. Todo lo cual no impide que salte con el gentío cuando Leo Moura anota el primer gol y los presentes gritan, cantan, bailan. Flamengo 1, Cruzeiro 0.
Detrás de mí hay un hombre al lado de su nieto. Mientras aquél no cesa de vociferar, entre desesperado y furioso, cada vez que el Flamengo pierde la pelota, éste mira a la cancha enfurruñado, si bien de pronto grita más que el abuelo, uno y otro soltando porras y caralhos. (Los miro de reojo, sorbiendo la cerveza de marca Itaipava con la cual me propongo integrarme al gentío sin que me encuentren cara de gringo.) Llega el segundo gol en los pies de Rodrigo de Souza y la celebración arranca en serio. Gritos, cantos, aplausos desmedidos: ya es el segundo tiempo, quedan treinta minutos para sacar provecho de esos reales. Hasta que entra el primer gol del equipo de Minas Gerais y el silencio —roto sólo por los tambores de guerra locales— se ensancha en la tribuna.
Obina, llaman todos a Manuel de Brito Filho, que con el tercer gol pone al Flamengo a salvo y devuelve el festín a los presentes (abuelo y nieto saltan, se abrazan y por fin sonríen). Diez minutos más tarde, terminado el partido, recibo el primer gol: la grúa se ha llevado mi carro y el "acomodador" ya desapareció. ¿Quién más, sino un turista con pinta angloparlante, convoca el interés de los malandros y encima los confunde con angelitos? Luego de interrogar a cuatro vendedores y un par de policías, subo a un taxi soltando carajos mexicanos y pido que me lleve a la comisaría.
—¿Mexicano? —pregunta el delegado, luego de confirmarme que sólo hasta mañana me darán el coche, si es que ellos fueron quienes se lo llevaron, y al instante me informa que el juego con Brasil está empatado a uno.
—No es mi día —me digo en voz bien baja, y media hora más tarde el taxista confirma mi sospecha: el equipo de México perdió 3 - 1. De vuelta en el hotel, alcanzo a consolarme recordando que tengo a quienes contarle mi estúpida aventura aventurera. Recuerdo entonces al niño furioso que sufría el partido al lado del abuelo y repito con ellos, a la distancia: Porra! Caralho! Puta que pariu!
Vídeo de pie de página:
Chico Buarque: Homenagem ao malandro.
[Publicado el 13/9/2007 a las 10:30]
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No es difícil prendarse del Brasil, menos aún de Río de Janeiro. Ahora, mientras cruzo el ecuador despavoridamente hacia la vida real que tanto he desdeñado, alimento en silencio la comezón de atisbar el reloj, restar una vez más las horas que aún faltan y preguntarme si mañana habrá sol, pues muy pocos paisajes hay tan poco terapéuticos como el del cielo encapotado sobre Copacabana. Enciendo el aparato y voy directo a la canción de Adriana Calcanhoto: Cariocas são bonitos, cariocas são bacanas, cariocas são sacanas, cariocas são dourados, cariocas são modernos, cariocas são espertos, cariocas são diretos, cariocas não gostan de dias nublados...
Recuerdo a los cariocas taciturnos —nueve meses atrás, en los primeros días de 2007— bajo esas nubes grises tercas en desafiar a su cool proverbial. ¿Quién podía seguir siendo bacana y sacana —esto es, chévere y pícaro— bajo esos nubarrones totalitarios? Cuando uno llega a Río de Janeiro con la cabeza plena de fantasmas, nada hay como la carretera amarilla para desintegrarlos: esa franja pintada sobre el mar, de la playa hasta el sol, cuyo resplandor es implacable remedio contra el estrés urbano que en Río apenas se conoce. No fue sino hasta el seis de enero cuando, ya noche, brilló el sol, durante un concierto de Chico Buarque en el Canecão que me sacó las lágrimas encima de una de esas sonrisas indelebles que no quieren tener principio ni final.
Hay una mutación intempestiva entre el tiempo de Río y el del resto del mundo. Pobre de aquél que llega cargando con su histeria y pretende volcarla sobre los cariocas, cuya naturaleza es impermeable a tempestades neuróticas por razones tan obvias como la escandalosa belleza circundante, y de hecho imperante, como si los locales resintieran el compromiso de hacer personalmente juego con el paisaje. ¿Quién, que no se deteste a sí mismo con enjundia de citadino sufridor, querría quedarse fuera de tal ficción? Tal vez a eso he venido, a veces uno sólo hace las cosas para saber por qué deseaba hacerlas.
No basta con hacer que la ficción se asemeje a la realidad; es preciso, antes de eso, que la realidad burda se vista de ficción. Que la vida parezca más grande que la vida y lo que era improbable se mire inminente, aunque luego paguemos con sangre la factura. Y es justo lo que ahora trato de evitar, por la cómoda vía del crédito infinito. A fin de cuentas es uno mexicano, y como tal se obliga a creer de forma ilimitada en el mañana como el hada que todo lo resolverá. “Ya veremos”, decimos, y así el rollo se arregla hasta nuevo aviso. Total, si nada sale siempre queda la posibilidad de huir graciosamente de la escena con otro subterfugio similar. En términos globalizados, decide uno irse por cigarros a Hong Kong.
“Ahí te dejo con el piso limpio, con la mesa puesta, con la cama hecha y ese tu jarrón… qué aburrida vida, me voy a Hong Kong”, sentencia la canción de Jaime López, con la complicidad del legendario Piporro, y sus ecos me siguen avión abajo, ya en la fila que desemboca en la caseta del oficial de migración, a quien no se le ocurre preguntarme si por casualidad vengo huyendo de algo, de alguien o del espejo. Han dado ya las nueve de la noche en el aeropuerto Antonio Carlos Jobim y afuera Río late con ofertas de olvido terapéutico que nadie en sus cabales rehusaría.
Ahora bien, nadie puede saber cuándo precisamente se halla en sus cabales y a partir de qué instante se apartará de ahí. Esa tendría que ser la rendija por la que astutamente se cuelan las ficciones, igual que el polizonte aborda el barco rumbo a Hong Kong. Lástima que en Hong Kong no haya Ipanema.
Vídeos de pie de página:
Jaime López con Eulalio González, el Piporro: Por cigarros a Hong Kong.
[Publicado el 12/9/2007 a las 11:13]
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Afrodita soñada,
Cuando tus ojos caigan en estas líneas ya no estaré a tu lado, y ni siquiera cerca de ti. Creerás tal vez que soy un pusilánime y hasta me llamarás “cobarde” a la distancia, que de cualquier manera no te escribo para justificarme. Soy, propia y formalmente, un fugitivo. Huyo de tus encantos, eso es cierto, mas no porque me acose el miedo a ti, sino a los adefesios que juntos engendramos.
Temo profundamente a la realidad en que se ha convertido nuestra ficción, y todavía más que eso me intimida y me aterra la idea de mirar agonizar al fuego que hasta ayer mismo nos acercaba: un paisaje que está a la vuelta de la esquina y al cual no quiero ver ni en la imaginación. Por eso corro, Afro. Pienso en aquellos lúcidos judíos alemanes que dejaron Berlín antes del ’36, o en esos berlineses que pudieron cruzar la cortina de hierro antes de que les levantaran el muro. ¿Exagero, quizás? Un poco, por supuesto; apenas lo bastante para recordarte que todo aquél que huye busca la libertad, con coartada o sin ella.
Si he de soltar verdad, no tengo más coartada que tus ojos. Sería tan osado como romántico quedarme aquí, a tu lado, pretendiendo que no ha pasado nada y bebiendo —como los tigres del poema— sueño en esos ojos, pero sigo con esta idea terca de matarte. Tú, que al igual que yo practicas un oficio carnicero, sabes bien que las rosas no florecen al pie del patíbulo.
Las rosas, dice la vieja canción de Cartola, exhalan el perfume que roban de ti, y eso es tan peligroso que tengo que matarte y sepultarte antes de que ese aroma me envenene y no me atreva más a hacer lo que tengo que hacer. ¿Recuerdas la primera entrega de este blog, cuando aún no llegabas y yo peleaba solo con mis personajes, hasta el extremo de amenazarlos de muerte? Pues tal cual, Afrodita. A diferencia de la realidad, donde el asesinato es visto con horror y repugnancia, en el terreno que tú y yo frecuentamos se trata de un asunto sanitario.
Antes, cuando a falta de musa profesional habilitaba a una y otra amateur, matarlas era cosa más o menos sencilla. Y ellas ni se enteraban, puesto que a sus espaldas las había convertido en etéreas y mis cuchillos nunca llegaban a su piel. Una vez que dejaban de moverse en mi cráneo, podía tranquilamente toparlas en la calle y saludarlas con respeto distante, igual que algunos píos se santiguan cuando pasan de largo ante un camposanto. ¿Sirve de algo añadir que huyo de ti guardando luto riguroso?
No espero que me creas esto último, pero tampoco voy a ocultarme. Ahora, mientras lees, voy volando camino a Panamá y dos horas después tomaré un nuevo avión hacia Río de Janeiro, que es la ciudad ideal para quitarse duelos y congojas. Nunca creí del todo que hubieras trabajado con ese “Alberto” que a decir tuyo se apellidaba Camus, pero es sólo verdad que su fantasma se alza entre nosotros y ha llegado el momento de recurrir a él: yo también necesito saber si es posible vivir sin apelación. Y hace tiempo, Afrodita, que no puedo hacer nada que me importe sin apelar a ti. Por eso necesito decir “no”.
Te aclaro que no voy tras La Felicidad, un concepto que encuentro ñoño, rebuscado y, como dirías tú, improductivo. Creo, junto a legiones de condenados a muerte, que la felicidad consiste en existir, y lo demás es puro Corín Tellado. ¿Volveremos a vernos? Eso tú lo sabrás mejor que yo, pero mientras ocurre tu resurrección yo echaré carretadas de tierra sobre tu fosa, como lo haría con cualquier personaje cuya vida ha dejado de tener sentido.
Hay quienes, no sin cierta festiva procacidad, llaman “matar” al acto de amar. En nuestro caso el término es exacto: hemos matado juntos al misterio, y algo así, en nuestro reino, carece de perdón. Por eso te suplico que a tu vez me asesines y me entierres, pero antes que llevarme rosas a la tumba dejes ahí un modesto ramo de mandrágoras. Hasta donde yo sé, son las únicas flores que consiguen crecer al pie de los patíbulos.
Justo antes de morir guillotinado, Dantón pidió al verdugo que alzara su cabeza en alto frente al pueblo. “Vale la pena”, remató. Ahora mismo, Afrodita, levanto tu cabeza con la sangre escurriendo y me pongo en el sitio de Robespierre, que no tardó en correr la misma suerte. Más que como un adiós, entiéndelo como un pacto suicida. Descansa en paz, mi amor, que yo te enterraré en el Ipanema.
Vídeos de pie de página:
Shirley Carvalho: Las rosas no hablan.
Ney Matogrosso: Rosa de Hiroshima.
Alcione con Waldemar Bastos: Las rosas no hablan.
[Publicado el 11/9/2007 a las 11:30]
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En portugués, la palabra sobremesa significa postre. Algo que casi a todo el mundo le gusta, si bien no siempre hay tiempo, presupuesto y salud para gozarlo. En español, en cambio, es un término ambiguo, pues alude a ese tiempo de nadie cuya extensión ninguno conoce de antemano, y que bien puede ser deleite o martirio, según la compañía, la ocasión, el humor, el licor. En México, las sobremesas llegan a durar horas, y algunas hay que invaden el día siguiente. No pocas entre las mejores fiestas arrancan a partir de una sobremesa incontrolable que asciende felizmente a bacanal. Debe de haber legiones de personas que fueron engendradas a partir de uno de esos nunca mejor llamados postres, donde en cuestión de horas ocurre el espectacular salto cualitativo entre la sobremesa y la sobrecama.
—¿Todavía me quieres… asesinar? —lo dice entre sonriendo y ronroneando, con la almohada apretada entre ambas manos, acaso decidida a asfixiar a mi tímido canalla interior.
—No hasta mañana, al menos —contra lo que uno cree en la adolescencia, la sobrecama puede no ser tan confortable como se habría esperado durante las etapas previas al gran encontronazo. Según Bataille, el erotismo dura mientras vive el tabú que le dio aliento, pero este asunto es algo más complicado. Hay una desazón flotando en el ambiente, como lo hacía la bruma final de Casablanca. Un tufillo de triunfo percudido que no tiene que ver con las dudas que asaltan al conquistador, sino con la zozobra propia del conquistado.
—¿No fuiste tú, Querido, quien me advirtió una vez que aceptaría todo menos desembocar en una situación scherezadiana? ¿Necesito dictarte tres páginas por noche para que no me lances al patíbulo? —ahora me mira con los ojos gatunos de quien a duras penas consigue dominar el impulso de arrancarme el pellejo de un zarpazo.
—Fue una provocación desesperada. Tal vez lo que buscaba era precisamente lo que decía querer evitar. Uno sueña con musas para compensarse porque, ay, no consigue dormir junto a ellas.
—¿Ahora vas a salirme con que tienes sueño, Darling? —la tigresa da un paso táctico hacia atrás, recapacita y vuelve al ronroneo. Conoce su poder y mi debilidad, sabe que tras el miedo de estar donde estoy se oculta ya el deseo de nunca más estar en otra parte.
—¿Estás segura que eres musa, Afrodita? ¿Cómo sé que no trato con una bruja mal camuflada? —hay algo que no encaja en esta escena. Es como si me visitara un arcángel con cuernos, un demonio con arpa, una creatura rica en capacidades nunca especificadas en el manual.
—De todos los posibles sentimientos humanos, hay uno especialmente repugnante, y es el que ahora te tiene pescado del cogote. La culpa, ¿no es verdad? Le estás poniendo astas a tu cuaderno, ¡conmigo!, y eso te martiriza como a cualquier beatito pueblerino —ahora sube la voz, toma distancia, sus ojos lanzan dardos envenenados que no puedo esquivar, ni me interesa.
Al fin se hace el silencio. Una oportunidad para reflexionar que ninguno aprovechará porque de pronto no son ya reflexiones, sino meras flexiones lo que nos interesa. Hemos caído en un remolino cuya fuerza centrípeta flexibiliza todo cuanto era rígido, y viceversa. Por eso ahora me mira así, rígidamente, y tampoco puede uno esquivar el rigor del deseo cuando cada una de las verjas otrora infranqueables parece suplicarle: ¡Sáltame una vez más! O en fin, eso es lo que prefiero pensar. Me acomoda creer que ella es la araña y yo caí en su red, como cualquier mosquito rinconero. Y de repente no quiero otra cosa que estrecharla y pedirle que me chupe la sangre hasta secarme, pero ella y yo sabemos que ciertas cosas jamás se piden y esa es la mejor forma de exigirlas.
—¿Y esa cara de postre, Darling? ¿Quieres pastel de queso, tarta de zarzamora o fresas con crema? —quiero todo, y lo sabe, por eso me contempla y baja la mirada, como anunciando la interrupción del coloquio en favor de una comunicación más entusiasta. Que equivale a dejar la sobremesa para pedir de nuevo que traigan el menú.
—¿Y si te pido un exquisito Strudel de gasolina a la ponzoña? —alguien dentro de mí suplica que me aisle y me intoxique como sólo ella sabe...
—¿Frío, tibio o caliente, Mi Amor? —…y que nadie me culpe si mañana no hay blog.
[Publicado el 10/9/2007 a las 10:11]
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Amok, se nombra el libro que ha llevado a la cárcel al novelista polaco Krystian Bala, recientemente condenado a 25 años de riguroso encierro por el secuestro, tortura y homicidio de Dariusz Janiszewski, publicista y amigo de su ex esposa, hasta su intempestiva desaparición en el otoño de 2000. Publicada en abril de 2003, Amok ocurre entre París y México, sitios en los que el narrador —un traductor profundamente afecto a los lances de alcoba— abusa del alcohol y el sexo extremo durante sucesivas conquistas, hasta que acuchilla a una de sus amantes, tras atarle las manos a la espalda y amarrarle un lazo en el cuello. Que fue precisamente lo que le sucedió al difunto Janiszewski, antes de que su cuerpo fuera extraído así —maniatado, con el lazo al pescuezo— por unos pescadores de las aguas del río Oder.
En su momento, Amok gozó de un cierto éxito local, pero eso a Krystian Bala no le bastó. Ansiaba, por lo visto, una dosis extrema de crédito, de modo que en un viaje por Japón, Singapur y Corea del Sur envió sendos e-mails a un canal de televisión polaco donde recién se había transmitido la historia del asesinato irresoluto; en ellos subrayaba la “genialidad” del autor y daba algunas pistas juguetonas que a la postre sirvieron para instruir el sumario, junto al dato mezquino de que fue el mismo Bala quien remató el teléfono del muerto en una subasta online; más la anónima sugerencia que condujo a fiscales y detectives a leer la novela y atar cabo tras cabo, como quien sigue una línea punteada. Y ahí está Bala al fin: dueño de todo el crédito, mundialmente famoso a sus 34 años gracias a una novela jamás traducida y acaso predecible como su autor.
Dudo entonces que Krystian Bala —cuyo orgullo de matón parece superar al de narrador— haya escrito una obra maestra, para lo cual tendría que haber hecho algo más que confesarse, pero igual adivino que el muy zopenco se equivocó de víctima. ¿Qué podía ganarse con masacrar al modelo y refundir al escritor en la cárcel? ¿No habría sido más sencillo y económico terminar antes con la vida de la musa y entregarse a escribir sin apelación? Ahora bien, pocos quehaceres hay tan laboriosos, y encima ingratos, como el de asesinar a una musa. No es, contra lo que cualquiera pensaría, un quehacer propio de carniceros, sino una estricta labor de la relojería. Si a otros hay que salir a acuchillarlos y es preciso tomar las más extremas precauciones para eludir el pago por el desaguisado, en esta situación no hay ni que levantar el cuchillo, pero es trabajo fino y toma tiempo.
De “patológicamente celoso” calificó el juez al retorcido Bala, apuntando hacia su más grande problema: carece, el infeliz, de la mínima idea sobre cómo dar cuenta de un fantasma. Si no pudo con el fantasma de la ex, menos iba a enfrentarse a esa musa resuelta a desgraciarle la existencia por una fama efímera y, ay, extraliteraria. Habituados a reencarnar y resucitar a la primera provocación, a más tardar, los seres fantasmales no suelen andar sueltos, sino que viven cómodamente instalados en la cabeza de quien los invoca. Y es ahí donde hay que cazarlos, no en casa del amante de la ex.
No es lícito, cuantimenos necesario, matar dos veces a la misma persona. ¿Quién, que ya se haya despachado al fantasma de su antípoda, va a ir a perder el tiempo apuñalando al original de carne y hueso? La idea parece casi tan idiota como hacerse homicida y autobiógrafo en virtualmente un solo movimiento, vulnerando con ello el primer mandamiento del narrador, que consiste en sobrevivir a la experiencia para poder contarla. Y Bala no lo ha hecho, aunque lo crea. Si matar a un fantasma con los filos helados del olvido deja marcas mortuorias permanentes en el ejecutor, imaginemos las heridas terminales impresas en el alma de quien ha fabricado un genuino cadáver.
—¿Me llamabas, Cariño? ¿Me extrañaste? —lo dicho: musas y fantasmas regresan de la tumba en menos tiempo del que toma enjuagar el cuchillo. Queda mucho trabajo por hacer. Afortunadamente, mañana es sábado: sobra tiempo para ir a comprar una pala.
[Publicado el 07/9/2007 a las 11:41]
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Nunca entendí muy bien de qué diablos hablaba aquella canción, pero igual era una de mis favoritas. No sabía por entonces que su autor acostumbraba garabatear decenas de líneas más o menos conexas, recortarlas una por una y acomodarlas de forma tramposa para darle sentido a la canción, o en su caso para que no lo hubiera en absoluto, y eso ya habría sido un manifiesto estético. Pero al fin eso era, no en balde aún hoy sigue creciendo la legión de los que en su nombre tomamos los hábitos. Alguna pieza interna debe de haberse roto la noche que Five Years me voló la cabeza, porque ya nada volvió a ser como antes. Si ahora mismo enfrentara a un jurado por abrir un boquete en la realidad y negarme a seguir sus instructivos, culparía directamente a David Bowie y aportaría como prueba fehaciente The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars.
Según confesaría Bowie años más tarde, todo el Ziggy Stardust, de Five Years a Rock’n´Roll Suicide era una pura abstracción falsificada: plástico vil. Lo cual no hace sino llevar más agua fresca al molino de su creador, pues por un lado ya quiero ver quién más puede hacer eso con el plástico, y por el otro habría que preguntarse si el término creador viene a cuento en el caso de quien no quiere ocultar su orgullo de falsificador. ¿Es realmente Five Years la descripción de un sueño, como le contó Bowie a la conductora Dinah Shore? No hay forma de saberlo, puesto que amén de amar la falsificación, el interfecto suele divertirse declarando mentiras y verdades alternadas, no pocas veces sobre el mismo tema.
“Y hacía frío, y llovió, y me sentí un actor”, relataba Five Years y uno ya se miraba sobre el escenario, jugando como Bowie a ser otro, y otro dentro de ese otro, afiliado a la idea romántica de que quien juega debe jugárselo todo, comenzando por la identidad. Creo desde entonces que escribir es actuar, meterse en otra carne aunque sea de plástico, parirse y permitirse cualquier cosa sin otro límite que una verosimilitud configurable. Mentir para poder decir la verdad, cualquiera que ésta sea y dondequiera que esté cocinándose. ¿A quién le importa al cabo la verdad, si nadie está seguro de conocerla?
Conozco cada una de las palabras del álbum tal como la maestra de catecismo esperaba que me supiera el Santo Rosario. Cada vez que las canturreo, a solas y en voz baja por mera gratitud hacia el autor, es como si estuviera recitando una declaración de principios, a través de la cual me comprometo a prestar cuerpo y espíritu a cada uno de mis engendros, por más que los deteste, o los admire, o los entienda a medias, y si acaso dan asco nada he de querer tanto como ser repugnante y provocar náuseas. Los verdaderos personajes no se dejan crear —viven, como quería Camus, sin apelación, y uno elige creer que existen desde siempre— pero de pronto aceptan ser falsificados.
(“Falsear o adulterar algo”, ilustra el diccionario en torno el verbo falsificar, y añade: “Fabricar algo falso o falto de ley”. ¿Y qué pasa cuando uno se preocupa asimismo por fabricar la ley? ¿A partir de qué punto una falsificación triunfante se convierte en genuina? ¿Y si mejor empleáramos el verbo forjar, que por igual permite referirnos a ensoñaciones, embustes o artes manuales varias?)
Al forjador de Ziggy Stardust le parece curioso que los villamelones todavía lo apoden “Camaleón”, cuando estos animales cambian de aspecto buscando asemejarse al paisaje, y él se ha desvivido por intentar lo opuesto. Lo mismo pasa con los falsificadores, pero es que así son las artes manuales: empieza uno imitando a la realidad vil y termina eludiéndola, por mentirosa. Con lo cual se condena a vivir saltando entre las dos, con el obvio propósito de hacerlas confundibles entre sí, pues una vez que abrió el boquete en el muro ya no se resigna uno a vivir sin ventana. Y si es de plástico, mejor todavía.
Vídeos de pie de página (Five Years en 5 tomas):
Bowie aprendiéndose su canción, circa 1972.
[Publicado el 06/9/2007 a las 10:50]
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A todas las novelas suele sobrarles cuando menos un par de palabras, correspondientes al nombre y apellido del autor. Sé que hay quienes se sientan a escribirlas sólo por hacer ver su ilustre apelativo en la portada, pero quien se ha comprometido con el juego sabe que éste tiene que ver con dejar el menor número posible de pistas que conduzcan hacia el perpetrador. Una novela es una fechoría, y éstas naturalmente abominan del crédito. Uno escribe a hurtadillas de la propia historia, asumiéndose malhechor y empleando todos los recursos a la mano para no dejar rastros y ni siquiera olores.
“¿Quién escupió en mi saco”, gruñía el profesor, y el orgulloso autor del atentado tenía que resistir la tentación de hacer saber a todos de su hazaña, so pena de tornarla imperfecta y sumarla a la lista de las indiscreciones imbéciles. Esto lo sé desde el día en que, con catorce años, se me ocurrió la gesta de pintar en uno de los muros de la escuela una torpe caricatura del director, seguida del apodo y el nombre entre paréntesis, por si quedaba duda; a lo cual un segundo infractor, cómplice risueñísimo, añadió la chispeante palabra puto. Ansioso de prestigio entre mis mal llamados compañeros, no tardé en ostentarme como uno de los dos autores del desaguisado que diez minutos más tarde tenía a la escuela entera alborotada, y al día siguiente a los culpables de pie ante un director afrentado, furioso y decidido a escarmentarles con el peso específico de sus complejos. Y todo por haber cometido el pecado mayor del contador de historias, que consiste en sacrificar el misterio en aras de un prestigio caro e inútil.
A los catorce años, la opinión de los profesores sobre mi vocación se hallaba dividida: unos creían que tenía madera de asaltabancos, otros me aseguraban un futuro como repartidor de comida rápida. ¿Y qué querían que hiciera? ¿Decirles que detrás de ese alumno retraído, indolente y abúlico se agitaba un espíritu preñado de cosquillas hormonales y quimeras románticas que su podrida fábrica de carne de cañón sólo podía tornar más apremiantes? ¿Confesarles que luego de haber quebrado todas las marcas previas en materias reprobadas ya casi nada me quitaba el sueño, excepto los desdenes de esa vecina cuyo espectro terco me quitaba la fuerza para todo lo que no fuera matarla imaginariamente de amor? ¿Qué sesuda materia escolar podía competir con el alto misterio de enamorarse a espaldas del universo?
Rara es la actividad personal que concentra el poder de quien la realiza tanto como la fechoría, pues de su buena hechura pende la libertad de quien la comete. Eso es lo que uno busca: salir impune. Por eso borra escrupulosamente cada uno de los rastros posibles, ya que podría bastar el más pequeño para hacer del lector entusiasta un inspector de aduanas. Y ya se sabe cuánto joden a un personaje los interrogatorios de un lector escéptico, de pronto comparables a los celos de una heredera malamada. Por eso insisto: más valdría no dejar ni el nombre.
Llegar a ser el peor alumno de la escuela me permitió crecer en la penumbra, disfrutando de la amplia libertad de movimientos que la fortuna brinda a los apestados sociales. Podía escribir la historia que me diera la gana, mientras no fuera en las paredes de la escuela, o dondequiera que pudiese ser vista. Podía encerrarme tarde con tarde a fingir que estudiaba y entregarme a seguir adelante con esa historia de amor tan perfecta que sólo me precisaba a mí. Podía hacer mi propia película porno con el puro recuerdo de las musas que le había arrancado a una y otra revista sólo-para-caballeros. Pero eso sí: nadie podía saberlo. Hasta mi colección de musas empelotadas estaba oculta dentro de un cuaderno de apuntes que tuve que robarme para, en caso de inspección, respaldar mi inocencia con un nombre ajeno.
Hay quienes piensan que una novela existe para demostrar lo mucho que sabe y lo bonito que escribe su autor. A otros, sin embargo, nos gustaría probar que ni siquiera estuvimos ahí, y que de hecho no hay escritura alguna, pues la mejor historia es aquella que tiene la tinta transparente. ¿Musa? No la conozco. ¿Novela? ¿Cuál novela? Yo sólo vine a entregar una pizza. Son ciento ochenta pesos, más la propina.
[Publicado el 05/9/2007 a las 12:56]
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La escritura conoce dos supersticiones funestas: la musa indispensable y el bloqueo invencible. “Tengo el dedo en el gatillo, pero no sé en quién creer”, canta Bruce Springsteen en la televisión y de nuevo me digo que si quiero escribir tendría por lo menos que apagar la tele, pero hay algo que me hace conservarla prendida. Es como un mecanismo de autodefensa que lo protege a uno de enfrentarse al león, y que cuando por fin apague la tele me llevará a dar una vuelta a la cocina, o a abrir un libro, o a preguntarme qué clase de música necesito para sentarme de una vez a escribir. La palabra bloqueo me pone los pelos de punta, ahora mismo toco madera para no contraer esa superstición barata, que es el mejor pretexto para oficializar la esterilidad.
“¿Y qué tal si lo que hago para sobrevivir mata las cosas que amo?”, prosigue el Boss, y entonces sí que apago la tele. Son ganas de joder, me digo. Pero si los ladrones y las putas igual matan lo que aman y nunca se bloquean, ¿por qué a los narradores, colegas naturales de éstas y aquellos, tendría que pasarles diferente? Escribir una historia se parece a asaltar un banco y enfrentar toda suerte de eventualidades. Va uno huyendo de todos sus monstruos, más los demonios que la historia engendra, sin saber hacia dónde ni por qué, o ya en el mejor caso creyendo erróneamente que sabe algo. ¿Para qué escribiría, si tanto conociera?
Uno jamás de queja de bloqueo cuando encuentra algo nuevo de qué escribir. Algo que no conoce, ni acaba de entender, ni sabe bien a bien por qué persigue, pero están esas chispas insinuándose como una marquesina secreta. Hay el placer profundo de una profanación en el acto para otros irresponsable de abordar ciertos temas desde la novatez. Ser deslumbrado por cotidianidades extranjeras y narrarlo de pronto con las manos temblonas es un poco volver a nacer y dejar la constancia en un acto reflejo injertado en impulso consciente. Cuando eso pasa, monstruos y demonios se quedan tan atrás en mi persecución que hasta me doy el lujo de meter reversa y hacerles señas puercas para provocarlos. No tiene tanta gracia ir desafiando el reglamento de tránsito si no se escucha alguna sirena detrás.
Según afirma la canción de Thelonius Monk y Cootie Williams —con el seguro aval de legiones de licántropos—, uno puede gozar de la tarde y flagelarse un poco durante la cena, pero los pelos brotan por ahí de la media noche. “Sentí pelos”, decimos los mexicanos para dar pleno énfasis al susto por el que acabamos de pasar. ¿Y qué se busca al arrimarse a una ficción, sino sentir siquiera algunos de esos pelos que de noche nos sacan a la bestia sedienta de pasiones inmencionables? Ahora bien, si tomamos en cuenta que las musas son al fin animales, como bien lo demuestran los ímpetus selváticos de la mía, ¿quién no se explica que las musas acudan no al llamado del narrador que durante el tal bloqueo jura precisarlas, como al aullido de la bestia intempestiva que recién despertó y ya pide sangre?
Así como el efecto de los estupefacientes parece facilitar el arribo de la musa, cuando en realidad lo dificulta, la musa no hace más sencillo el trabajo, ni abre por sí misma las puertas y ventanas selladas de la historia, sino que pone cuantas piedras puede en el camino. ¿Por qué? Porque sabe que a uno le gustan los problemas, de otra manera no participaría de este juego que consiste en joder al menos una vida de verdad para arreglar algunas cuantas de mentiras. Uno quiere partrullas veloces y policías diestros que le obliguen a pensar rápido y volar en consecuencia. ¿Bloqueo? ¿Quién es el papanatas que va a bloquearse con el botín encima y la policía atrás?
Se escribe contra todos, empezando por uno mismo y terminando en esa bruja vestida de musa que insiste en apostar contra quien la invocó. Existen miles de conjuros efectivos para llamar a una musa, pero no hay uno solo que permita ahuyentarla, ni existe garantía de que no será bruja disfrazada, ni hay método científico que lleve a distinguir unas de otras. De todas las supersticiones disponibles, elijo sólo aquellas generosas que me confirman en mis prejuicios. Hace un rato dejé de esperar a la musa y he salido a cazarla con una escopeta. Un poco más de fe y mañana cenamos Afrodita a la plancha.
Videos de pie de página:
Bruce Springsteen, She's The One.
The Jeff Beck Group, Ain't Superstitious.
Ella Fitzgerald, 'Round Midnight.
[Publicado el 04/9/2007 a las 17:23]
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Queridísimo cliente,
Escribo la presente desde un punto lo bastante lejano para que nadie ose imaginar que soy yo quien remite, de modo que si intentas atribuirme estas líneas no sólo te será imposible incriminarme, sino que encima de eso despertarás sospechas ominosas en torno a tu reciente salud mental. Sin la cual, a propósito, difícilmente podríamos tú y yo entrar en lo nuestro, pero debes saber que necesitas límites. No puedo permitirte ir por la vida como un ejemplo de equilibrio emocional e higiene irreprochable en materia de pensamiento, palabra, obra y emisión. Me darías un asco terrible, Darling. No lo tomes a mal, pero prefiero verte solo y desesperado mordisqueando la pata de la cama por mí que a mi lado, panzón y satisfecho.
Odio tener que comenzar así lo que debió haber sido una postal ligera y afectuosa, pero he de recordarte que mi misión no es darte afecto, ni aligerar tus hombros de pesadumbre alguna, sino concretamente escatimarte ambos servicios. Sé que hay mujeres que entregan su vida por un hombre y le hacen mucho bien, pero no hay bien que pueda ser apreciado si antes no se conoce la desdicha que yo te dosifico. Eso hacemos las musas: proveer insatisfacción y amargura, a partir de un borroso espejismo de empatía. ¿Recuerdas a cada una de esas chicas amables que con palabras lindas te dijeron que no? Pues yo soy todas ellas en una. Soy la que se acostó con todos tus amigos excepto tú, que eras un caballero. Soy la que nunca quiso bailar contigo y la que casi se dejaba besar, pero sólo para encelar a otro menos patentemente enamorado. Soy esa que detestas y aquella que aún extrañas, la mejor y la peor bajo la misma piel. Así que ya lo sabes, entre más me maldigas, más me estarás rezando.
“Miénteme más, muñeca”, titulaste la última entrega, y entendí que era a mí a quien invocabas. Perdona si exagero, pero había un tonito de rencor en esas líneas que muy difícilmente me iba a pasar de noche. Lo sabías, ¿no es cierto? Sería también por eso que me diste la espalda durante el texto entero, en un acto evidente de desesperación que a la distancia me pareció patético. ¿Recuerdas todavía lo que te dije en mi carta anterior? ¿Y después de eso crees que, cerca o lejos de ti, podría darme el lujo de quitarte de encima la mira y el cañón?
Entiendo que me taches de mentirosa. Supones que me empeño en negar que un día, no sé cuándo, me arrebataste Un Beso Inolvidable, y lo único que yo realmente niego es recordarlo. Es posible, Mi Vida, que así haya sucedido, pero esas cosas se me olvidan más pronto que el rostro de un taxista a media noche, aun si a la mañana siguiente despertó el pobre diablo junto a mí. ¿Entiendes ya quién soy, Amor Mío? ¿Te das cuenta que a cada nueva decepción te obligas a justificarme de modo más abyecto y lastimero, sin que yo colabore con al menos un guiño que te reconforte, porque soy algo así como una perra en celo que tiene el corazón en la entrepierna? ¿Sabes siquiera a qué me dedicaba justo antes de firmar contrato contigo?
No sé si ahora recuerdes la mentirota que escribiste sobre tus canes y yo, acto vil que ya un buen samaritano te advirtió cuánto me lastimaría. ¿Desde cuando me gruñen Boris o Don Vittorio, rata pestilente? ¿Basta con que me ausente un par de días para que me calumnies con esa saña de eunuco despechado? ¿Querías mentiras, Mi Amor? Búscalas, entonces. Te he espolvoreado algunas en esta carta. Encuéntralas y táchalas, por falsas, o en su defecto cólmate el coco de fantasmas. Lo que te haga sentir más miserable será lo que te ponga a trabajar y eche a andar ese humor negro y psicótico sin el cual esta vida sería repugnantemente satisfactoria y no tendrías ni que voltear a verme. Menos con esos ojos que me agarran de almuerzo incluso y más aún cuando no estoy. Te envío un besito, Baby. Póntelo donde más cosquillas sientas. Con cariñito,
Tu Afro.
[Publicado el 03/9/2007 a las 10:40]
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A veces, la afición a la ficción da principio temprano y en la cama, cuando uno pone precio a su disposición al sueño. Me duermo, negociamos, pero sólo si me cuentas un cuento. Y a mi padre, que además de narrarlos le divierte alargarlos, mi chantaje nocturno le daba la oportunidad de contarme de nuevo, cada vez más extensa y rica en vericuetos, a lo largo de varias noches encantadas, la historia de Pinocchio. Un niño de madera que yo encontraba muy parecido a mí, aunque un pelito más desobediente y mentiroso, y esto último me reconfortaba casi tanto como saber que al final no sólo se salvaba, sino que se volvía un niño de carne y hueso. Todo gracias a los esfuerzos de Gepetto, su padre, constructor y eventual compañero de aventuras.
¿Crecería mi nariz como la de Pinocchio si me excedía pergeñando patrañas? Lo pensaba al principio, pero un par de años de experimentación me enseñaron que las mentiras, aun vertidas en cantidades bíblicas, no dejaban la menor huella en el semblante, ni podían convertirme en muñeco de palo, a condición de que las fabricara bajo un estricto control de calidad. Debió de ser a partir de ese punto que comencé a mirarme más en el espejo de Gepetto —el primer mentiroso— con la ventaja de que en adelante me ahorraría los cargos de conciencia y echaría a patadas a ese grillo metiche y mojigato que, como fui descubriendo, poco o nada entendía del sentido profundo de la historia. No es que Pinocchio deje de decir mentiras, sino que al fin aprende a pergeñarlas. No vuelven a agarrarlo en contradicciones, y esa capacidad es la que lo hace humano. Ahora bien, no estoy especulando: algo así me pasó conforme mis mentiras fueron ganando verosimilitud y solidez, de modo que a partir de cierta especialización fui expropiando la impunidad indispensable para gozar de los derechos y privilegios sólo accesibles a un niño bueno. ¿Has entendido ya, grillo mediocre?
La historia de Pinocchio intimidó mis planes de recorrer el mundo, pero la de Gepetto terminó estimulando la tentación de inventar otros. Es decir, otros mundos y otros pinocchios, que ojalá construyeran universos y personajes a su vez. Qué cosa fastidiosa es condenarse a la lectura de una de esas novelas formalmente correctas donde los personajes —evidentes trepadores literarios— se desviven por quedar bien con el autor. ¿Cómo iba a conocer Gepetto el interior del fascinante vientre de una ballena, sino merced a los buenos oficios del prototipo de embusterito de palo que con tanta ilusión había cortado, armado y claveteado? Antes que el narrador lleve a los personajes a buen o mal puerto, ellos deben lanzarlo al vientre de la ballena, mentirle sin medida y orillarlo a salvarles el pellejo, no a través de librarles de la muerte, sino de la vergüenza de ser imposibles. ¿Quién salva a quién, al fin?
Rescatar a un protagonista, y por ende a una historia, implica no poder ni querer esquivar su suerte. Por el contrario, busca uno compartirla. Y si ese personaje se mete en problemas, nada procura uno con mayor ahínco que entramparse de idéntica manera. ¿Cómo iba mi protagonista a meterse a putear a destajo, si no me sentenciaba yo también a hacer publicidad freelance, con la sonrisa puesta a regañadientes? ¿Cómo iba a ella a poder sobrevivir entre tantos machitos calentones si no aprendía yo a ordeñarle la cuenta bancaria a Mr. Client? Y ahora hay tardes que olvido bajarme de la historia y me salgo a la calle metido en la embrionaria humanidad de alguno de los personajes de la historia en proceso. Una cosa patética, porque igual que a Pinocchio de pequeño les fallan las mentiras, tienen la identidad borrosa, la memoria a medio llenar, y aparte a sus coartadas les falta lubricante. Por eso tiene uno la impresión de que al hablar les crece la nariz, los colmillos, el culo, cuando apenas ocurre que se les ha encogido el camouflage. Pero no me doy cuenta sino hasta muy tarde, cuando ya innumerables visitantes del centro comercial me han esquivado presas de un repelús como el que tendría que despertar en los honestos niños mentirosos un muñeco de palo embrujado con la nariz creciendo como un tumor karmático. Pobres tipos, no quieren aceptar que estamos todos dentro de la ballena y sólo la ficción puede salvarnos.
[Publicado el 31/8/2007 a las 11:16]
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17/5/2008 01:47
Contestando a lo que dice rana,...
Publicado por: Dèmina Demiana
16/5/2008 20:24
Pues yo no puedo leer tu blogg...
Publicado por: Kiddo
16/5/2008 18:18
Publicado por: Zarema
16/5/2008 18:06
Dicen que Dios los hace, y ellos...
Publicado por: rana
16/5/2008 18:02
Publicado por: Fátima
16/5/2008 16:59
Yum-Yumbina.......Cuantas y de a...
Publicado por: Lilith
16/5/2008 16:52
Publicado por: Víctor
16/5/2008 05:18
Publicado por: ¨Goofy¨
16/5/2008 02:46
Publicado por: arros
16/5/2008 01:22
Oye por cierto, no quieres ser...
Publicado por: Dulce Geisha
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