Minisite sobre Kapuscinski

El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

Editado por La Oficina del Autor

martes, 13 de mayo de 2008

Blog de Xavier Velasco

Para una arquitectura del destino

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"Estoy completamente a favor de mantener las armas peligrosas más allá del alcance de los idiotas", aseguraba Frank Lloyd Wright, y en seguida proponía: "Empecemos por las máquinas de escribir." Por su parte, mi padre opina que si los idiotas volaran no veríamos la luz del sol. ¿Cómo puede uno estar seguro, al momento de sentarse a escribir, de que no hará el papel de idiota? De ninguna manera; esa es precisamente la gracia de intentarlo. Jugarse la autoestima en cada frase, temer que a la primera línea irregular se vendrá abajo todo el edificio. Un pavor que es directamente proporcional al número de líneas involucrado, que en el caso de una novela de talla mediana sumarían algo menos de diez mil. Más que un asunto de mero lenguaje, un problemón en términos de arquitectura narrativa. Ahora, si como bien decía Lloyd Wright el doctor entierra sus errores y el arquitecto sólo puede recomendar a sus clientes plantar enredaderas, el narrador vive aterrado de morir con la fama de idiota. O sin fama ninguna, que es todavía peor.

     "Encárgate de los lujos, ya las necesidades se harán cargo de sí mismas", aconsejaba Le Corbusier. Y efectivamente, uno se lanza a poner los primeros ladrillos y ya está trabajando en los acabados, sin pensar demasiado en varillas, castillos, cimientos y planos. Es decir, sin pensar conscientemente, o también: pensando con la zona trasera del cerebro. Porque lo cierto es que esa angustia crece y estresa sin que uno se permita acreditarla, entre otras cosas porque no tiene tiempo ni paciencia para enfrentar las ñáñaras de temerse arquitecto fallido. Dedica uno tanto tiempo a los lujos que luego hasta dormido se preocupa por las necesidades. No pocas veces se despierta a media madrugada con alguna cuestión estructural resuelta, y ello es de gran consuelo para quien lleva meses construyendo un pent-house sin haber ni pensado en los cimientos.

     "Buscamos cualquier modo de armonía entre dos intangibles: una forma que aún no hemos diseñado y un contexto que propiamente no podemos describir", decía Christopher Alexander. Afortunadamente, la arquitectura narrativa permite asumir varios de los retos eclécticos que al constructor de un edificio lo enviarían a la ruina o a la cárcel. Puede uno comenzar en cualquier piso, eventualmente los cimientos van creciendo hacia abajo como raíces, mientras que las varillas suelen aparecer de semana en semana, por obra de esa angustia que jamás se da tregua, pues carece de todo plano arquitectónico y duda todo el tiempo si lo que quiere hacer tiene acaso algún nexo con lo que está haciendo. Nada del otro mundo, claro está. Quienes saben de amor ya conocen de sobra esos insomnios.

     Para Nietzsche, la arquitectura es "música congelada". Cuando uno se propone acometer sus primeros proyectos narrativos, cree ingenuamente que con mostrar un par de cuartillas a quien se deje conseguirá librarse del terror al derrumbe que suele acompañar durante todo el camino al sufrido y feliz constructor de ficciones. ¿Cómo explicar qué hacen exactamente todas esas cuartillas en una historia que no ha sido escrita, ni todavía lo bastante pensada para hacerse existir, y de la cual no existe representación gráfica alguna, como no sean los dibujos y mapas rudimentarios que uno se va inventando como puede, aunque sea para no terminar de perderse? El árbol genealógico que une a determinados personajes, el trazo de la distribución de cierta casa que hubo que inventar, y a partir de ahí un mapa de posibilidades. Para suerte de todos, la arquitectura narrativa no busca la comodidad de los residentes. Y es más, prefiere uno que estén incómodos. Esas cosas lubrican la rueda del destino.

     No se enseña la arquitectura narrativa. Parecería que es el sentido común quien nos da sus lecciones principales, pero antes interviene el instinto animal; si bien no deja uno de preguntarse si de acuerdo al común de los mortales su edificio podría tener sentido. Frank Lloyd Wright, que se veía a sí mismo como un honesto arrogante, no quiso dejar dudar a este respecto: Nada hay menos común que el sentido común.

[Publicado el 14/4/2008 a las 14:43]

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Las cenizas del vaquero

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Según cierta estadística, cada día el tabaco mata un promedio de quince mexicanos. Figurémonoslo: quince muertos ayer, quince hoy, quince mañana. Cuatrocientos cincuenta cada mes. Cinco mil ataúdes en menos de un año. Ahora bien, si tomamos en cuenta que el total de los nacidos en México no constituye ni el dos por ciento del grueso de los seres humanos y nos da por multiplicar irresponsable aunque conservadoramente, fantasearemos que el tabaco debe de andar matando por ahí de los mil fumadores diarios; poco más de un millón en tres años. Ignoro cuántas cajetillas de cigarros puedan ser necesarias para ganarse un enfisema pulmonar, pero seguro exceden la capacidad simple de un ataúd. De modo que pensar en la escena dantesca de un millón de ataúdes llenos de cajetillas de cigarros es todavía un cálculo conservador. Ahora hagamos cuentas delirantes en torno al costo de todos esos cigarros...

     Nada de lo anterior supone, sin embargo, que a los ejecutivos de las tabacaleras se les persiga o se les tache de genocidas, aun a sabiendas de que sus productos suelen contener ingredientes pensados para crear y fomentar el consumo adictivo. Uno prefiere creer que esos mil muertos diarios sabían lo que hacían y a lo que se arriesgaban, pues cree de paso que por delante del privilegio de ser cuidado está el santo derecho a cuidarse solo, y eventualmente descuidarse tanto como a uno, soberano de su vida y en tanto de su muerte, se le pegue la nihilista gana. El problema es que tengo mil muertos a mis pies y cada nuevo día habrá mil más. Al mismo tiempo, se incrementan las constantes capturas de negociantes de marihuana, que muy difícilmente alcanza para matar a nadie, y los condenarán a varias decenas de años de cárcel por cometer "delitos contra la salud".

     Si cada día mueren mil fumadores, puede decirse, con la frialdad estólida de la estadística, que poco más de uno se quiebra cada minuto y medio, pero es de sospecharse que ello termine siendo otro poderoso atractivo del tabaco. No está de más pensar que esas espeluznantes advertencias impresas en las cajetillas venden más y mejor de lo que disuaden. ¿O es que el vaquero duro del anuncio, acostumbrado a toda especie de rudezas, va a inmutarse porque un señor de bata le anuncia que su vicio bien puede aniquilarlo? Es mucho más sencillo enseñarse a fumar que aprender a montar vacas salvajes, y al fin la recompensa no parece variar. Se diría que el puro cigarrito hace que todo valga la pena. ¿O no acaso es la vida lo que le da valor a la muerte?

     No sé qué es más tedioso, la arrogancia machista del fumador con aires de vaquero o la histeria del enemigo jurado del tabaco. No sé qué da más asco, el Estado cuidando al fumador o el Estado cobrando impuestos especiales por tratarse de mercancías venenosas. No sé si ser cuidado por el Estado sea mejor que estar entre las garras de las tabacaleras. No sé siquiera qué se sienta fumar o por qué se hace vicio. Sé hacer cuentas y el resultado apunta hacia un negocio de mil muertos por día. Habrá quien diga que es asunto de opinión.

     "De algo tengo que morirme", opinaba mi abuela, que consumía la marca Del Prado. "No sé cómo no pueden dejar el cigarro, yo lo he dejado más de cincuenta veces", alardeó mi padre durante varios años, hasta que abandonó sus Raleigh con filtro. Cuando, con catorce años, me robé de una fiesta una cajetilla de Marlboro y di cuenta de nueve o diez cigarros en hilera, concluí por la jaqueca y el vómito consecuentes que de seguro habría en el camino marcas más atractivas para un suicida joven y entusiasta. Qué sabría yo, Kawasaki, Cessna, Smith & Wesson. Algo espectacular, de preferencia. No se suicida uno todos los días.

[Publicado el 12/4/2008 a las 11:45]

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Mal, gracias, ¿y usted?

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Todos fuimos alguna vez devotos de una pasión así, y hasta en cierto momento encontramos orgullo en que por ello nos pensaran idiotas. Creíamos, y algunos aún creen, que esa suerte de terca languidez en que nos sumergimos por su causa tiene o merece el rango de estado de gracia. De ahí a temerla musa insustituible hay apenas distancia, quizá por esa música de flautas desangradas que con frecuencia repta detrás de ella y le da al día un aire de antesala del patíbulo, ideal para entregarse a los deleites íntimos del automenosprecio. Es chantajista, cruel y atorrante, pero se piensa sexy cuando escucha su nombre entre las otras pasiones tristes.

     La pasión triste se alimenta a menudo de sí misma, toda vez que desea aquello que no puede, ni pudo, ni podría tener. Y si un día lo obtuviera, contra todo pronóstico y a pesar de la lógica del autoboicot, es seguro que haría lo imposible por destruirlo. La idea es apostar a perder, fabricar más de esa tristeza sólida y pesada que permite al usuario apasionarse por lo que le hace daño. Tropezarse, cortarse, lastimarse, luxarse, para que quede claro que es el mal fario quien tiene la culpa. Creer en cualquier cosa menos en uno mismo y aprender a hacer chistes ácidos al respecto, como lo haría quizás un pariente insidioso.

     La pasión triste se parece a un cobertijo repleto de lluvia, impermeable a los días de sol y aun así extremadamente cómodo. Mal podría uno arriesgarse ya a nada cuando desde el principio elimina la posibilidad de ganar y halla en ello coartada para irse tan abajo como pueda. ¿Cómo no va a ser cómodo vivir acurrucado en la certeza de la incomprensión ajena, que es uno de esos sentimientos fáciles que se encuentran por miles a la orilla del río? Desenredarse de una pasión triste significa tener que hacerse cargo de asuntos previamente asignados a la fatalidad.

     Decía Carlos Drummond de Andrade que al fracasado le asiste el derecho de considerar que fue la sociedad quien fracasó. Algo similar piensa el triste apasionado, que encuentra a la alegría de los otros árida y deprimente como la agenda de un condenado. Por eso necesita que lo compadezcan, se ha propuesto llevarlos de paseo por el sótano anímico que tan bien conoce. Se compadece de ellos cuando observa que quieren ayudarle, los muy ingenuos no han considerado que las pasiones tristes se avergüenzan de recorrer cualquier camino que no lleve hacia abajo.

     Cultivar una o más pasiones tristes es asumir el riesgo de acabar coqueteando con el espejo desde la orilla del escenario. Uno a veces se cura de las pasiones tristes sólo para no hacer el papelón, si bien a veces la mejor medicina consiste en aplicar una nutrida salva de soplamocos. Hay quien piensa que son un mal endémico, pues si hoy me burlo de ellas cualquier mañana me veré en sus manos. De otra manera ya me habría quitado esa manía enfermiza de compadecer a los libres de locura igual que a un discapacitado sin terapia.

Imposible seguir: recién amaneció. Sobre el balcón relucen ya los primeros reflejos del sol, habría que ser un infeliz supino para perseverar en la penumbra. Se oye un largo murmullo de pájaros afuera. Una canción-caricia me recuerda que el romanticismo no es una pasión triste.

[Publicado el 10/4/2008 a las 14:47]

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¿De qué se ríe el gordito?

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Hermann Göring, en los inmerecidos zapatos de Mae West

Varias noches después de haberla visto, la escena continúa sobrevolándome. Al principio de una de las sesiones de los juicios de Nuremberg, tras la proyección de ciertas escenas que documentan la anexión de Austria al Tercer Reich, Hermann Göring divierte a Rudolf Hess y Joachim Von Ribbentrop narrando ciertas anécdotas pertinentes que por lo visto son de lo más graciosas. Se les ve muy contentos, carcajeándose juntos a medio juicio. Luego, a medida que avance la proyección y aparezcan algunas de las atrocidades filmadas en los campos de exterminio, la mayor parte de los jerifaltes nazis habrase derrumbado en el banquillo, excepto el propio Göring y Julius Streicher, amigos entusiastas del trabajo sucio. Ya de vuelta en la celda, Göring levantará la voz airadamente por la proyección de "toda esa propaganda". ¿Quién se cree el fiscal que es para echar a perder ese ambientazo?

     Hitler consiguió el puesto de canciller como parte de un colmilludo chantaje que incluyó una segunda condición: Hermann Göring sería jefe de policía. A partir de ese punto, el rollizo implacable de los gustos excéntricos y los lujos exóticos se encargaría de pacificar las zonas conquistadas. Solamente en Berlín, durante los primeros dos días en su puesto, el policía mayor habría hecho arrestar a más de cien mil enemigos reales o potenciales de los nazis, la mayoría de ellos detenidos en sótanos habilitados como mazmorras y cámaras de tortura, donde según se cuenta era común andar entre charcos de sangre y miembros mutilados. ¿Esperaba el jurado de Nuremberg que el fundador del primer campo de concentración se conmoviera viendo una vez más esas atrocidades que con seguridad conocía de memoria?

     Regresé varias veces la grabación. Había algo contagioso en esas carcajadas. Varios entre los peores criminales de la Historia son juzgados por millones de crímenes aberrantes y están ahí, risa y risa delante de las cámaras. Son las estrellas y no lo ignoran, ya varios de los guardias que los cuidan les han pedido autógrafos. "En cincuenta años esta firma va a valer una fortuna", se jacta el gordo, convencido de que tarde o temprano habrá quienes lo reivindiquen como héroe y mártir. ¿De qué pueden reírse varios de los más terminantes promotores del odio criminal durante el juicio que muy probablemente los llevará a la horca? ¿De qué se ríe el nihilismo absoluto? De cualquier cosa, literalmente. Supone uno que al verdadero nihilista tiene que parecerle muy gracioso narrar entre los suyos el último estertor de su mamá. Claro que ya llegados a ese nivel, solamente las bromas en verdad ácidas consiguen el aplauso del selecto público. Göring tiene que estarse luciendo.

     Según demuestran numerosos indicios, Hermann Göring se apoderó de la cápsula de cianuro de potasio con la que consiguió burlar a los verdugos gracias a su amistad con uno de los guardias, que contra el reglamento le ayudó a recobrar varios de sus efectos personales. Tal parece que el gordo sabía administrar tan bien su leyenda como su magnetismo personal, de manera que aun precedido por su fama de homicida masivo podía contar con la admiración fetichista de sus captores. Los habría hecho reír, más de una vez. Querrían atesorar esas anécdotas. Les daría ilusión poder contar después a amigos y parientes que habían tratado personalmente al antiguo Reichsmarschall.

     "Su culpa es única en su enormidad", dictaminó el jurado antes de condenarlo. Él por su parte estaba satisfecho. "Solamente los mártires son declarados héroes", se ufanó días antes de morder la cápsula que sin embargo no lo libró de ser fotografiado ya cadáver, al igual que los otros sentenciados. Pero al final un muerto no es mucho más que un muerto. Las imágenes de un asesino múltiple carcajeándose al lado de sus compinches me siguen pareciendo más perturbadoras. ¿De qué se reía Göring, con esa repelente simpatía digna de un enemigo de Batman? El demonio lo sabe, literalmente.

[Publicado el 09/4/2008 a las 10:54]

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Proceda, Mr. Pro

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Así como la mayoría de los inquilinos de la cárcel jura que es inocente, afuera casi todos aseguramos ser profesionales. Y si no que le prueben a uno lo contrario. Para suerte de pícaros, buscavidas y fantoches, el diccionario ofrece notable manga ancha en alguna de sus definiciones de la palabra 'profesional': Dicho de una persona: Que practica habitualmente una actividad, incluso delictiva, de la cual vive. Una vez aceptada en el club de los pros semejante legión de legiones, el diccionario acaba de premiarlos con la última acepción de la palabra: Persona que ejerce su profesión con relevante capacidad y aplicación.

     No es por error ni azar que el diccionario abre a felones y cacos las puertas del reconocimiento profesional, si ya la policía se encarga de orillarlos a hacer lo suyo con relevante capacidad y aplicación, amén de que muy pocos oficios castigan el error con tal severidad. Si otros toman la senda del profesionalismo por cariño, ambición o desafío, el que roba o estafa lo hace básicamente pensando en evitarse la calamidad de pasarse los próximos quince años encerrado entre puros aficionados. Ser, en este sentido, profesional, es conocer el precio del amateurismo y a partir de ese punto darse a perder el sueño afinando el control de calidad. ¿Qué malandro no busca ejercer un control a prueba de sabuesos sobre todas y cada una de las variables propias de cada lance, si ya todos sabemos que en el arte de sorprender al prójimo no hay constantes que valgan y sus únicas leyes pertenecen al código de Murphy?

     Acción y efecto de profesar, define el diccionario el término ‘profesión'. En lo tocante al verbo ‘profesar', la Academia establece, entre otras acepciones no tan pertinentes, que consiste en "sentir algún afecto, inclinación o interés, y perseverar voluntariamente en ellos". En caso, pues, de duda, bastaría con averiguar si el prospecto de pro en realidad profesa al proceder. Cosa nada difícil, pues la presencia del afecto, la inclinación o el interés suele advertirse pronto, aunque no tanto como su escandalosa ausencia. Por más que los románticos abismales insistan en no ver el desdén del objeto de sus ansias, uno en el fondo sabe quién lo quiere y quién no. Uno prende la tele y advierte, sin tener que aplicarse mayormente, que el monigote que está ahí cantando no lo hace por cariño ni por gusto ni por mínimas ganas de profesar, y acaso, de poder, elegiría estar en otra parte.

     Nada irrita y estorba más al conformismo propio que el profesionalismo ajeno. Y viceversa. Una vez que los sentimientos se involucran en un cierto proyecto, se desarrolla un miedo visceral a fracasar en el querido empeño, hasta el extremo de equipararse involuntariamente al criminal, que tampoco se atreve a contemplar la posibilidad nefasta de ver frustrado el plan. Corrijo: El Plan. Profesar es poner en la mira al desafío soñado, ir hacia allá y prender fuego a las naves. No es que el profesional sepa más que los otros, sino que se ha prohibido fracasar, de modo que lo que uno menos terco juzgaría un fracaso parece, a los ojos obsesos de nuestro personaje, nunca más que una curva en el camino. Que es lo que le sucede al ladrón que ya trae tres patrullas detrás pero conserva viva la certeza de que los aguafiestas de azul van a acabar pelándole los dientes, y eso cuando menos.

     Keith Richards, otro pro con escasas simpatías entre los de uniforme, ha dicho alguna vez que un músico profesional no es el que hace rugir a un estadio repleto, sino el que puede llegar a un restaurante con su guitarra, proceder a lo suyo y lograr que le sirvan un plato de comida. Joderte alegremente por lo que amas, qué otra cosa al final es profesar.

[Publicado el 04/4/2008 a las 12:46]

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El asesino era el diccionario

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Aquél era uno de esos restaurantes cuyo menú destaca por el ingenio de quien lo concibió. Los platillos tenían nombres de novelas y las bebidas de personajes. A cada sugerencia la acompañaba, además, una descripción que habría sido muy divertida de no cojear del único pie del cual un texto literario no puede darse el lujo de estar chueco. La ortografía, claro. Incluso los errores de sintaxis consiguen hacerse pasar por descuidos, y en ciertos casos por vanguardia pura, pero un cajón escrito con ‘g' incinera ipso facto el respeto ajeno. Llamé, pues, al mesero, preocupado por presunta la calidad de unos platillos de ínfulas literarias que se anunciaban con mala ortografía. Diez minutos después, ya tenía a la dueña disculpándose. Yo lo entiendo, añadió, luego de prometer que mandaría imprimir un menú sin errores, duelen los ojos de leer el español así.

     Hasta donde recuerdo, mi mayor mérito académico en la infancia entera fue sacudirme las faltas de ortografía, bajo el atormentado celo de mi madre. Hasta entonces yo no me daba cuenta, ni entendía por qué pedirle a Santa Claus una bisicleta y barios cochesitos podía ocasionarle a mi mamá punzadas en la córneas e insuficiencias crónicas en la autoestima. Hay quien dice que los errores ortográficos no impiden que el mensaje se transmita, pero equivale a pronunciar un discurso con un frijol a medio colmillo. ¿Cuál es, a todo esto, el mérito de quien nos habla sin delatar qué fue lo que comió? Ninguno, por supuesto. La gente espera que uno intente hablar con la boca vacía, de ser posible sin un solo eructo. Detalles que uno aprecia, pero tampoco es cosa de aplaudirlos. Cuando al fin consiguió que no la avergonzara -al menos por escrito, que ya era algo- mi madre conoció no la satisfacción del que se anota un mérito, sino la paz de espíritu de quien al fin cumplió con cierto requisito.

     Complace a los infieles que uno crea con ellos que ser fiel es un mérito, del mismo modo que el mal escritor se solaza escuchando que su última novela está muy bien escrita. A una persona honrada no le cuesta trabajo la honradez, ni espera premios, halagos u ovaciones por ejercer el acto reflejo de la decencia. Nunca he visto que condecoren a un empleado por no robarse nada en cuarenta años. Tampoco sé de un grupo de ladrones que se premie entre sí por no haberse dejado agarrar. Un libro mal escrito se parece a una de esas mentiras mal contadas que  causan extrañeza primero e indignación después -¿cree acaso el narrador que es uno imbécil?-, cuando no indiferencia desde el principio.

     Curiosamente, al narrador sin otro mérito que el cumplimiento estricto del requisito básico no solamente se le perdonan los despropósitos que llevarían a un cirujano a la cárcel, sino que hay quien lo premia y lo cubre de encomios almibarados por ese libro tan bien escrito. Para quienes leemos por placer, un libro mal escrito ni siquiera existe. No se le ve, y de leerlo ni hablar. Pasa lo mismo con cantidad de textos muy bien escritos que no tienen más que eso. O sea nada de nada. Escribir bien no es deslumbrar a punta de palabras, sino hacerse invisible detrás de ellas, y de pronto evitar esa frase tan bien escrita que se bastaría sola para darse un balazo en el centro del crédito. Escribir bien incluye, si se hiciera preciso, la posibilidad de escribir mal. Ojalá que a propósito.

     Está muy bien escrita, me asegura un amigo luego de preguntarle por cierta novela. Por la neutralidad de su tono de voz, que evidencia total ausencia de entusiasmo, creo entender cuál es el mérito del libro de marras: carece de una sola falta de ortografía.

[Publicado el 02/4/2008 a las 10:03]

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Memoria de Isabel

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Mentiría si dijera que éramos muy amigos, pero me quedaría corto si omitiera la mutua simpatía que en más de una ocasión nos llevó a chocar copas, entre risas. Corría el 2003 cuando la conocí, durante una de esas mañanas deslumbrantes en que todo es inédito y parece que el mundo acaba de inventarse. Tenía apenas unas horas en Madrid, seguía pensando y apenas creyendo que un par de meses antes aún me preguntaba cómo hacer para publicar mi novela, y de pronto me veía con el libro en las manos, sentado frente a Isabel Polanco.

     Estaba en todas partes, nada se le escapaba. La recuerdo borrosa de aquel primer día en el que no logré hacer foco en nada porque todos los rostros eran nuevos y cada nueva escena tenía la textura de un sueño sin orillas. Pero al día siguiente ahí estaría, y por la noche igual. Era una de mis cómplices, cómo dudarlo. Tiempo después, ya en México, la encontré en un cocktail y fue como si nos hubiéramos saludado la noche anterior. No se daba importancia, tenía demasiadas ideas entre manos y energía de sobra para echarlas a andar.

     Desde que vi su foto en el periódico no he logrado sacármela de la cabeza, ni tampoco asumir que ya no está. Uno tiende a creer que las mujeres como Isabel van a estar ahí siempre, cuenta con ellas como con el mañana. Releo la noticia del sepelio y me niego a creer que el redactor se refiere a Isabel. Miro otra vez su foto y menos me lo creo. Voy cerrando la boca, los ojos, el periódico. Busco una flor, encuentro un tulipán. En el nombre de aquella complicidad, pido asilo en la tierra del silencio.

[Publicado el 01/4/2008 a las 12:17]

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Del lunes y los otros

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La tarde del domingo seduce a los suicidas y ensombrece a los niños que detestan la escuela. Por oscuros motivos emparentados con el equilibrio cósmico, la mañana del lunes tiene un peso específico mayor sobre los hombros del terrícola promedio. La del jueves es noche de cómplices, nadie quiere contar lo que hizo en esas horas de hedonismo traidor. En un miércoles cabe cualquier cosa, los buenos viernes comienzan en miércoles. Ni el mediodía de un lunes asfixiante pesa tanto como una noche de sábado a solas. El primer lunes de cada año se llega hasta la noche con piolet o muletas. Contra lo que los tristes prefieren asumir, la del domingo suele ser la mejor noche de la semana, sólo que uno la desperdicia durmiendo. Ciertos martes el universo amanece inflado de una rara ligereza. El jueves tiene un magnetismo especial sobre los malamados intrépidos. Aun si nadie lo cree, hay pervertidos que van al supermercado en plena madrugada del sábado. Pocas fiestas ocurren durante la noche del lunes al martes; si alguna se prolonga, nadie la olvidará. Cada tarde de viernes se parece a una fuga masiva, sólo un sino fatal explica que estén todos de vuelta para el lunes. Morir durante el fin de semana supone una salida triunfal, aunque estorbosa para el elenco vivo. Hay quienes creen que las personas felices son aquellas que se desvelan en miércoles. Existe cierta dosis de vanidad hedionda en esa extravagante propensión de los virtuosos a desmañanarse cada día festivo. Por regla general, los lunes de diciembre contienen más pimienta que los viernes de enero. El encuentro casual entre un domingo y un lunes feriado produce la impresión de doble o triple domingo seguida por un martes con sabor de lunes. Los licántropos tímidos experimentan culpa cuando vuelven a casa al comienzo de un martes y encuentran al vecino realizando ejercicios matutinos: Se me murió una tía, declaran con las gafas recién puestas. Si la revisa uno escrupulosamente, descubrirá que en la mañana del viernes caben varios minutos de quince segundos. Matemáticamente es improbable que un lunes pueda ser el mejor día en la vida de nadie, pero a más de uno le ha sucedido y cuentan que creían flotar en uno de esos sábados jupiterianos cuyas noche se extienden igual que las caricias de un fantasma invocado intensamente. Por lo demás, las matemáticas trabajan poco en lunes: las variables tienen su día de asueto y las constantes no se dan abasto (¿será que aquella rara luminosidad que tienen ciertos martes se explica solamente a partir del retorno de las variables a las horas hábiles?). Un suicida que llega vivo al martes probablemente sea un chantajista. Un niño que se finge muy enfermo para no ir a la escuela tiene el poder de transformar al lunes en unas vacaciones de verano. Que los días de la semana tengan su nombre propio e intransferible nos hace inevitablemente supersticiosos. Puede uno llegar lejos con una mujer a la que conoció en viernes, pero sólo hasta ciertas alturas del sábado. Es decir que de haberse conocido en la aridez oceánica de un lunes, seguramente nunca se habrían dejado.

[Publicado el 31/3/2008 a las 12:03]

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Los zapatos del canalla

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Con frecuencia seguramente sintomática, quienes nos olvidamos de nuestros problemas para hundirnos en los de nuestros personajes nos parecemos a las sufridas heroínas de las telenovelas. Por más que echamos mano del buen juicio, terminamos cayendo en las garras de los malos. Les creemos todo lo que nos dicen, aun a sabiendas de que sólo nos quieren porque les somos útiles y cuando puedan van a abandonarnos. Festejamos incluso sus chistes más infames, sin pensar demasiado que mañana podrían hacerlos a nuestras costillas, y por supuesto a nuestras espaldas. Los seguimos de cerca, igual que un cazador de autógrafos, sólo para después asquearnos de ellos y preguntarnos cómo pudimos aguantarlos. ¿Cómo saber, no obstante, qué tan bueno es un personaje bueno cuando no hay un canalla junto al cual medirlo?

     Parte del protocolo de suponerse bueno -decente, dice uno, o piensa, o de menos asume- consiste en azorar y ser azorado con el relato entre alarmante y sardónico de lo que otros se atreven a hacer. Cuando niño, solía investigar el calibre moral de mis fechorías contándole a mi madre que otro, nunca yo, las había cometido. Hay una bienhechora sensación de indulgencia en el repaso de la maldad ajena, con la cual es más fácil ensañarse. Condenar a quien hizo lo que uno hace tiene el efecto de una larga indulgencia sobre el hipocritón que se finge asustado para alumbrar mejor su inocencia. Él sería incapaz de una cosa así.

     Simpatiza uno al fin con los villanos porque nadie sino ellos nos da la sensación de tener en números negros la cuenta kármica. No hay cómo defenderlos, pero lo que ellos buscan es ser temidos y hasta denostados. Si realmente son malos, deberán carcajearse de la alarma que causan sus procederes. En lugar de sufrir hasta las lágrimas, como es seguro que lo merecen, esperan que nosotros sollocemos por ellos, pues incluso los más antipáticos tienen alguna vena seductora. El cinismo seduce a los desprevenidos, quizá por esos aires de libertad extrema que alguien dentro querría compartir y no se atreve.

     Nada hay pues de estrambótico en que los llamados canallas sean ricos en propiedades narrativas, que son precisamente las que procuramos quienes queremos contar sus historias. No basta entonces con creer en ellos, sino que es necesario comprenderlos. Hacerse uno con ellos y peor, acompañarlos. No digo que no sea entretenido convertirse en villano impunemente y más tarde, de noche, recordarlo y reírse de todo lo que uno hizo sin hacerlo, en la persona de ese miserable que es evidentemente capaz de cualquier cosa, menos de osar tentarse el corazón por nadie. Pero pasan los meses y llegan las cuentas y uno es al fin quien tiene que pagarlas, ya se sabe que los villanos esquivan por sistema a los cobradores.

     Cree uno, muy al principio, que el privilegio del narrador está en una supuesta impunidad, pero ello es tanto como suponer que un celador es libre sólo porque no está detrás sino delante de esas mismas rejas. En realidad, creo que simpatizo con mis villanos porque les debo buena parte de la historia, y porque cuando las almas de Dios sólo saben chillar y maldecir su suerte, siempre hay un canallita dispuesto a destrabar la trama entera con el poder de su ingenio torcido. Si ya después me llega la factura, no me queda más que ponerme a mano por los excesos del engendro perverso sin el cual no habría historia, ni ganas de contarla. Y ahora con su permiso, tengo cita con dos perfectos desgraciados. Me urge contar su historia, ponerme en los zapatos de uno y otro. A ver si no contraigo pie de atleta en el alma.

[Publicado el 28/3/2008 a las 18:50]

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De íntimo kodachrome

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Si creyera en aquella burrada de ingenioso barniz según la cual "una imagen dice más que mil palabras", andaría por la vida cargando una cámara. Quien haya pergeñado ese eslogan con ínfulas de proverbio poco o nada sabrá de la delicia que es encerrarse a acomodar un millar de palabras retobonas. Cuando hacía publicidad -si hubiera de elegir una imagen ideal para ilustrar estas tres palabras, usaría la de una sierva sexual en el retiro- solía escuchar máximas de este tipo, con las cuales podía uno salvar o echar abajo una determinada idea. Dos de ellas me gustaban. De hecho, deberían formar parte del catecismo elemental de cualquier escritor o fotógrafo, toda vez que una y otra son aplicables a los dos quehaceres, y a su modo a cualquier tarea estética:

     1. Escribe con imágenes, ilustra con palabras.

     2. Si ya lo has visto antes, no hagas click.

     En mil palabras caben varias decenas de imágenes, y hasta cientos, si se escribe un poema. Palabras de sabores, olores y colores diferentes, de pesos y medidas tan variables como formas habrá de combinarlas, de duración y resonancia configurable de acuerdo a los conjuros exigidos, de hondura elástica y casi siempre alta temperatura (se habla o se escribe, al fin, para romper el hielo). Escribir con imágenes no es trazar dibujitos insulsos -que es como a mí me salen los dibujitos- y acaso explicativos, sino pujar, sudar y desvivirse por el puro deseo de traer a la luz algo que es más que imagen o palabra. Algo que duele o arde o punza o peturba o desvela o o fascina o perfora o somete o hechiza, o todo al mismo tiempo, si es posible. Algo que parece alguien, de repente. Algo que sólo puede existir de una manera exacta, que sin embargo vemos aún borrosa y es preciso encontrarla de entre tantas variables concebibles. Cual si más que una imagen fuera un espíritu y hubiera que llamarlo a puros gritos en medio de una noche chocarrera.

     Se está desamparado entre tantos fantasmas. Afortunadamente, de eso se trataba. Darse a acomodar uno o varios millares de palabras supone una afición al desamparo que bien puede expresarse en otra máxima, por lo común sarcástica y sin embargo cierta y comprobable como las mismas leyes de Newton, sólo que en territorios del placer. Así, lo que en la burocracia nos parece execrable lo exigimos en la literatura:

     3. ¿Para qué hacer las cosas fáciles, cuando podemos hacerlas difíciles?

     No se sienta uno a escribir una historia pensando en resolver sus problemas, sino antes y encima de eso en hacerlos crecer y multiplicarse. Inventarse acertijos que desembocan en nuevos acertijos, y éstos en otros más, de forma que al final se invoca a un extravío similar al de aquellos intrépidos cósmicos que desafiaron a la psilocibina y se preguntan ya, a media turbamulta sensorial, si les será posible regresar. Por eso nos da risa el necio petulante para quien escribir es "cosa fácil", cuando la verdadera gracia de intentarlo está en hacerlo endemoniadamente difícil. No es en la libertad, sino en la restricción donde quien narra encuentra el cuerpo del deleite. La fórmula es antigua, como el deseo: entre menos se pueda, más se querrá.

     No hay palabra que valga por mil imágenes, pero hay varias que se cotizan en un click. Nunca sabemos en dónde buscarlas, aunque de pronto se aparecen solas y uno sencillamente sabe que son ellas, como quien llamó a un alma en la distancia y reconoce ya su inconfundible pálpito. Conjura con plegarias, predica con espectros, pienso en parafrasear, preguntándome si ésta podría ser tal vez la imagen final, cuando de pronto escucho la música secreta de un botón que hizo click.

     Y amén.

[Publicado el 27/3/2008 a las 07:26]

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Biografía

Oriundo y reincidente colono de San Ángel, al sur de la ciudad de México. Se inició a edad temprana en la escritura, sin sospechar que el juego llegaría tan lejos, y todavía hoy cree en él como una fechoría intensa y subyugante, comparable a vivir huyendo de la ley a bordo de una Suzuki 1100. Comparte hogar con dos gigantes de los Pirineos; vive un largo romance con la música brasileña; escribe semanalmente en el periódico mexicano Milenio la columna "Pronóstico del clímax". En el presente siglo ha publicado Diablo Guardián, Premio Alfaguara de Novela 2003, El materialismo histérico (fábulas cutrefactas de avidez y revancha), Luna llena en las rocas (crónicas de antronautas y licántropos), y recientemente la novela confesional Este que ves (Alfaguara, 2007), donde hurga en sus raíces narrativas y declara: "Los cobardes no escriben novelas, o cuando menos no deben escribirlas."

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