El blog literario latinoamericano
Editado por La Oficina del Autor
sábado, 10 de mayo de 2008

1. Admiramos en tal modo a la máquina que le entregamos horas cada vez que promete ahorrarnos minutos.
2. La máquina consigue seducirnos porque sugiere, no muy sutilmente, la idea jugosa de un esclavismo impune.
3. Decimos que la máquina es intuitiva cuando su mecanismo detecta fácilmente nuestras intenciones, y que es estúpida cuando se opone a ellas.
4. La máquina es celosa y vengativa porque se sabe condenada al reemplazo.
5. ¿Quién soporta a una prótesis con ideas propias?
Ninguna de las dos acepta ser lo que es, mas sólo a una le sigo la corriente. No porque sea más guapa, ni más nueva, ni porque vaya y venga a donde voy. Tampoco solamente porque en estas cuestiones la lealtad es la mística del idilio. Hay que elegir, no cabe la bigamia. Decir que son distintas sería aún más grosero que redundante, si tomo en cuenta que la mera experiencia de haber entrado en alta intimidad con una y otra me indica, sin temor a equivocarme, que no sólo hablan idiomas entre sí distantes, sino de hecho pertenecen a especies tan distintas como podrían serlo un ave y un reptil. Supongo que se entiende que elija al papagayo sobre la iguana.
Hoy me tocó lidiar con la iguana. Experiencia nostálgica, al principio, reconfortante luego, patética al final. Había olvidado la mayoría de sus malas mañas, tanto como las gracias con las que comenzó queriendo sobornarme. Tenía un par de semanas sin tocarla, y antes de eso otras tres, cuatro quizá. Debe de haber notado que una vez más pensaba dejarla, porque después de la primera rabieta se trabó. ¿Qué te extrañaba entonces de que no te extrañara?, rezongué, dudando al propio tiempo si valdría la pena meterla metafóricamente en la piel de una iguana, cuando podría limitarme a describirla prosaicamente como una PC Vaio chantajista, achacosa y ciclotímica.
De muy niño quería tener un loro. Creía que con un poco de entrenamiento podríamos sostener largas conversaciones. Deseé también la compañía de un chimpancé, que sería como un hermano a modo e iría conmigo al cine, tomado de la mano o colgado del cuello. Nunca se me ocurrió que perico y macaco podían opinar diferente, ni calculé que eventualmente ambos se sentirían tentados a hacerlo con las tripas y encima de mí. Que es lo que hacían las máquinas sobre la cabeza de mi amor propio, hasta que el papagayo vino a cambiar las cosas. Nunca he simpatizado con el fanatismo evangelizador propio de los apóstoles de la manzana, pero a la MacBook para ser perfecta sólo le falta pararse en mi hombro.
A veces, mientras puede, la iguana se defiende. Me habla al oído, intenta confundirme. Hoy, antes de trabarse, puso en duda los mitos que ubican a Bill Gates en el papel de Príncipe de las Tinieblas. ¿Quién creería a Don Sata, viejo experto en el arte de facilitar las cosas, capaz de diseñar un sistema operativo coronado de espinas y sembrado de cruces que hacen de los usuarios mártires meritorios? ¿No es verdad que las Mac son sospechosamente sencillas, al extremo de generar la dependencia propia de un miembro artificial? ¿Cómo explicar, aparte, esos diabólicos sistemas de comercialización global, sino mediante el tufo a azufre que despiden? ¿Cómo confiar en quien te ofrece una manzana?
-Puede ser -concedí, mientras imaginaba al dueño de Microsoft en el papel de Cireneo del usuario-, pero entonces explícame qué más premio le va esperar en la otra vida al bendito de Windows que se porta bien. ¿Un Ipod Touch de 32 gigas?
Fue entonces que se trabó. Temo a veces que hasta una Silicon Graphics demuestra más sentido del humor y menos arrogancia que una Vaio de escritorio. Pero como decía, es otra especie. Iguandows, chimPC, dirán los manzanistas recalcitrantes. Ave María Purísima, sabrá el diablo si no soy ya uno de ellos.[Publicado el 09/5/2008 a las 13:31]
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Tardé años -hoy sé que los tiré a la basura- en descubrir que Sarah Jessica Parker es el más alto oráculo de la falosofía contemporánea. Ayer mismo caí en un par de capítulos consecutivos de su Sex And The City, y he aquí que estoy de vuelta con un Mr. Concept. Una de esas ideas tan familiares, y de paso tan íntimas, que hasta parece obsceno tratar de nombrarlas. A menos que se tenga un sustantivo estrella, como es el caso del que aquí nos ocupa. Una de esas palabras que es preciso robarse, no bien se pregunta uno cómo logró vivir tantos años sin ella.
Según quien por lo visto lo acuñó, el ahora anglicismo designa esa sensación ancha y obsesiva que toma posesión de los incautos a través del deseo compulsivo y convulsivo de abrazar y tener a una cierta persona. Tenerla en la cabeza, en las manos, en la cena, en el cine, en la calle, en las piernas, en la tarde, en la niebla, en los dados, en los sueños, en el altar secreto, en la cueva recóndita, en el trono del cráneo, en el centro preciso del campo visual. Un magnetismo ciego que electriza la atmósfera en su presencia y la devasta apenas se nos va. Una paz imposible del alma al estómago, más el temor -tan sexy, de repente- a ya no ser por dentro sino estómago. Un insomnio orgulloso de sí mismo, una canción sonando día y noche, un vuelco de las vísceras cada vez que el teléfono hace ring. Un impulso sutilmente homicida si quien llama se equivocó de número. Ladies & Gentlemen, el Zsa Zsa Zsu.
El término tiene algo de seppuku, ninjitsu y tsunami. Se anuncia impredecible, pernicioso, alevoso, fatal, pero asimismo lúbrico, querendón, y para colmo espiritualmente correcto, pues se sabe que durante su transcurso totalitario el Zsa Zsa Zsu se precia de ser rico en coartadas y generoso en licencias. Y uno, que le recibe con beatitud a prueba de razones, sabe que en adelante no hará sino seguir el santo curso de su monomanía, pues ya vio que no sabe salir de ella sin tiritar un poco y palpitar un chingo. Esto es, incalculablemente. Pues lo primero que hace el Zsa Zsa Zsu es dar al traste con las propias nociones de distancia, frecuencia y consecuencia. Deja uno de medir sus pensamientos y actos, o si acaso los mide con la vara intangible del idilio.
Una parte del niño cae cadáver cuando el adolescente prueba el Zsa Zsa Zsu, igual que cierta parte del viejo resucita si el destino se atreve a traerle de vuelta el telele. Ahora bien, tiene uno que ser un añejo malquerido para seguir usando sucedáneos tan pálidos como telele cuando se cuenta con el Zsa Zsa Zsu -hay un lujo en el acto de pronunciarlo, provocando zumbidos entre dientes y lengua-, que ya en su música tiene algo de conjuro. Según se infiere en las agudas narraciones de nuestra Phallosophy Doctor, no existe pegamento más poderoso entre dos seres vivos que esa urgencia sin nombre que para tener nombre necesita de una palabra mágica. O mejor, tres en una, por si no estaba clara su procedencia.
Uno escribe también para esperar con dignidad de brujo a que una vez más venga el Zsa Zsa Zsu y le caiga del Cielo, como es su costumbre.
[Publicado el 07/5/2008 a las 18:11]
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"I always followed my heart, and I never missed a beat."
Ringo Starr, Liverpool 8
No podría traducir el epígrafe aquí presente sin echar a perder la deliciosa ambigüedad de su contenido. Más que un epígrafe, parece el epitafio a la medida exacta de su autor. Hay que haber sido el baterista de los Beatles para estar a la altura de una lápida así, pero al cabo ninguno tenemos prisa por ver llegar la hora de efectuar esos trámites. Cuando quería ser estrella de rock, me imaginaba con la guitarra colgando hasta los muslos, no protegido tras la batería; ignoraba que no es tanto en las cuerdas como entre los tambores y platillos que late el corazón de la banda.
Quienes hemos deseado ser músicos, aunque no con la determinación indispensable para conseguirlo, difícilmente renunciamos del todo a esa meta difusa y envidiable que permite seguirle el ritmo a la vida sin preocuparse demasiado por ella. Narrarla y que te narre, al mismo tiempo. Obedecer al ritmo y al color de las palabras, más todavía que a su significado estricto. Dejarse ir con el tam-tam interno, que tan bajo prestigio tiene entre los miedosos. Expresarse en latidos, suscribirse a la precisión cardíaca y creer que sin instrumentos puede uno replicar a golpe de palabra el efecto de varios redobles concatenados.
Los bateristas tienen fama de gaznápiros. Se dice, por ejemplo, que quien se expresa a golpes difícilmente puede articular ideas. O que para saber si la tarima del escenario está derecha basta con observar que el de la batería babea por ambas comisuras labiales. Dudo, no obstante, que mi sistema operativo sirva para diferenciar y reproducir los múltiples latidos de toda una canción sin que nervios y huesos procedan a enredarse. ¿Que la mano derecha cuente una historia mientras la izquierda se entretiene en otra y los pies a su vez narran las suyas? Ni hablar, seguro que me trabo.
Corría noviembre del 2004 cuando hubo aquella clínica de batería, a cargo del ilustre Billy Cobham. Era la tarde de un domingo helado en París, iba con ella abordo de una scooter, sus brazos enganchados en mi cintura, nuestros ritmos cardíacos saltando juntos con la misma canción. Tras cincuenta minutos de Billy Cobham, estar de nuevo sobre esas dos ruedas era como estrenar corazones, o de menos sacarlos del taller. Billy Cobham no ayuda a pensar, ni pensar hace bien al escucharlo. Hay, en cambio, un pensar sin pensar, a fuerza de latidos y ciertas intuiciones sordomudas, a cuyos lomos suele galoparse lejos.
No siempre se es consciente del trabajo del baterista. Es ardid conocido del corazón hacer lo suyo más allá del celo vigilante del cerebro, que en este y otros casos suele ser arrogante y paranoico. Luego de ver un par de días atrás, entre la carcajada y el entrañable asombro, una regocijante entrevista de Dave Stewart con Ringo Starr en HBO, entiende uno que hasta el mismo Lennon citara a Ringo como el corazón de la banda. El más sabio, al final; el menos maltratado y el más disoluto. El que jamás se hizo la fama de juicioso, ni paró de seguir al corazón, ni se atrevió a perder un solo beat. La prueba última de que en este cochino mundo puede vivirse bien con el hígado tenso y el cerebro torcido, pero nunca sin un corazón alegre. De entonces hasta hoy, tocar la batería es un poco jugar a ser Ringo. Y escribir ojalá que también.
[Publicado el 05/5/2008 a las 12:42]
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Suele recomendarse, no sin alguna bienintencionada ingenuidad, que salga uno lo menos posible de su casa durante el accidentado transcurso de un día negro. Existe por supuesto una confabulación secreta, a la que no es ajeno el clima, ni el reloj, ni aquella sospechosa sincronía que hace a los aparatos descomponerse con abusiva simultaneidad. Pues no le basta al boiler con reventar a media tarde del sábado; ha de hacerlo además cuando le acaban a uno de cortar el teléfono. Con la puntual ayuda de la mala conciencia, parece fácil creer que el destino arrea hacia nosotros varias calamidades conexas para ofrecernos un escarmiento a tiempo. Es un aviso, se dice el culpahabiente, aliviado también por la ventaja extra de asumirse al comando de su vida, y en tanto libre del influjo fatal de un día negro.
Hasta donde se sabe, sólo hay una manera de escapar al odioso transcurso de un jour noir, y ésta consiste en fallecer a primera hora -un despropósito, antes que una estrategia, pues nadie como un muerto pinta el día de ausencia de color-; de otro modo, el mal fario continuará encontrando la forma de colarse entre las intenciones más luminosas para contaminarlas de penumbra. Cada vez que comienza un nuevo año, sabe uno que el producto incluirá cincuenta y dos tardes de domingo. Doce, con suerte trece noches de luna llena. Dos solsticios y otros tantos equinoccios. Esquivamos, no obstante, la evidencia aritmética según la cual un periodo de 365 días incluye por defecto y necesidad un cierto número de días negros, amén de la certeza estomacal de que varias entre esas jornadas funestas serán de riguroso origen orgánico.
Un día en verdad negro es aquél que sucede igual dentro que fuera del cuerpo que lo sufre. Más allá de ese pesimismo colaboracionista que ya antes de las diez de la mañana le invita a uno a jurar que hoy no es su día, lo interesante de los días chuecos está en la persistencia que los hace invencibles aun ante el talante fanfarrón de un fundamentalista del optimismo. Se engaña entonces no quien astutamente reconoce al día por su negrura y en tanto se resigna a contar las horas que le quedan, sino quien se resiste a dar completo crédito a la inminencia y sigue batallando inútilmente por alumbrar aquello que de suyo es oscuro y fotofóbico.
Para tranquilidad de los aprensivos, los días negros no son mucho más que eso. Por oscuro que haya decidido ser, un día dura nada más que un día, con su corrrespondiente noche de zozobra (misma que de repente conseguimos ahorrarnos, toda vez que al final de la salada jornada llega uno a la cama contagiado del sueño bendito de los perdedores). Ahora bien, nada nos garantiza que al término de un día negro no vaya a venir otro igual o peor. Es infrecuente, claro, pero de pronto ocurre. O uno hace que ocurra, empujado por los malos augurios paridos a lo largo del día anterior, pues se sabe que la desgracia inmotivada tiene aparte el mal gusto de causar adicción. Hay quien disfruta de saberse elegido, aunque sea sólo por el mal agüero.
Se ignora qué sería de las novelas y sus sufridos autores sin la providencial intervención de los días negros, que a menudo resuelven tramas espinosas e intrincadas con la varita mágica del fario traidor. No era su día, opina uno de aquel protagonista cuya debacle súbita resolvió el argumento de la historia y acabó literalmente de un plumazo con las noches en vela del novelista. Al final, casi nada consuela y reconforta a las almas desesperadas tanto como asomarse a un día negro ajeno y verse a salvo de él, díscolamente.
Un día sólo es oficialmente negro cuando al fin ha acabado de transcurrir y podemos narrar sus incidencias. Entonces mueve a risa rememorarlo. Cree uno que si le encuentra el lado chusco al destino podrá minimizarlo, en el futuro. Hasta que llegue un nuevo día negro y, como es su costumbre, nos minimice sin tantita piedad. Sólo porque, otra vez, no es nuestro día.
[Publicado el 30/4/2008 a las 11:37]
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Lo encontré en una tienda, enjaulado. Luego de un titubeo premonitorio -sabía de sobra a lo que me arriesgaba- pedí que me dejaran verlo fuera de la mazmorra; diez minutos después, ya le había pagado la fianza. Desde entonces, junio del 2005, el joven Boris ha hecho cuanto ha podido por cumplir un papel destacado en la monarquía hogareña, empezando por destrozar la mesa de la sala, comerse la mitad de Conversación en La Catedral y acabar con los nervios de Don Vittorio -quien hasta el día de la estruendosa llegada del joven Boris había ejercido un aplastante absolutismo afectivo.
Supuestamente ambos provienen de los Montes Pirineos. Boris, no obstante, es gringo, si he de dar crédito a su árbol genealógico, y Don Vittorio es asimismo hijo de padres gringos, pero nacido en Tlalpan, Distrito Federal. Chilango, al fin. Lo que para uno es guau, para el otro es arf. No me deje mentir quien haya visto ya cuán complicada llega a ser la convivencia entre un chilango y un gringo del mismo sexo. Tres visitas intempestivas al quirófano y varios puntos de sutura más tarde, ambos han terminado por construir una discreta pero firme camaradería. Cuando se quedan solos con la casa -Boris adscrito al área de garage y zotehuela, Don Vittorio en la comandancia general, adentro- se acuestan a ambos lados de una misma puerta de cristal. No se pueden tocar, pero igual siguen juntos.
Una cosa es vivir con un perro y otra muy diferente con dos. Bien o mal, somos tres y nos gusta amafiarnos en pareja. Sobre todo al principio, cuando la monarquía de Don Vittorio resintió la llegada de un príncipe extranjero notoriamente ávido de reflectores. Lejos de tan siquiera pensar en proponer cualquier forma de democracia representativa o división ilusa de poderes, he entendido que tengo de dos sopas: apandillarme con el Soberano o con el otro súbdito. Es decir que nos queda la alternativa de sopa de fideos o sopa de jodeos, y la primera ya se terminó. Pues aun si me amafio con el súbdito debo genuflexiones al reyecito, cuyo château se yergue entre la sala y el baño de abajo. Territorio Vittorio.
¿Cómo se hace entender tamaña jerarquía a un perro adolescente y apunkado? Tras varios días de arresto en el garage y otros tantos a solas en el jardín, el joven Boris ha entendido al fin que al Rey no se le muerde ni con el pensamiento. Todavía no logro que le haga caravanas, que bien se las merece el buenazo de Vito, pero ya lo acompaña en los rondines y hace coro de aullidos con él si escuchan la sirena de una ambulancia. He ahí la situación curiosa del terceto: si entre dos cabe sólo una relación, entre tres caben cuatro, tres de ellas entre dos, más la propia del trío. Escenarios distintos y distantes. ¿Necesito decir que guardo secretos diferentes con cada uno, que los tres juntos compartimos otros, que también ellos dos tendrán los suyos?
Ayer fuimos a ver a nuestro enfermo. Primero con el sol del mediodía, luego en el fresco del atardecer. Caminamos un rato por el patio, con la bolsa del suero y el catéter colgando, Boris mirándonos desde la ventanilla. Hoy, que de nuevo hacía un calorón, el principito me hizo un escándalo cuando quise dejarlo en el garage. Luego de meditarlo unos instantes, decidí promoverlo temporalmente al grado inmediato superior. Ya en la clínica, Don Vittorio aceptó caminar media cuadra, al lado de un parque. Hablamos largamente, tumbados a la orilla de la banqueta, igual que dos borrachos amigables. Por prudencia, mejor ni toqué el tema del interinato. Muy al contrario, me entregué a hacerle no únicamente las caravanas de rigor; también, y en especial, a rascarle y rascarle las orejas por dentro. Hasta ayer, no soportaba ni eso. Hoy casi lo exigió, armado ya otra vez de su elocuencia e instalado de vuelta en la guapura. Cosechó un par de fans, en tanto.
Uno sabe que el rey es El Rey porque no pierde el porte ni cuando hace su entrada en un calabozo. De vuelta a su aposento de aluminio habilitado como lecho del dolor, Don Vittorio esperó a que le abrieran la reja y se acomodó solo, sin una orden de por medio porque él muy rara vez acepta órdenes. Sabe su cuento, no suele equivocarse. Con la reja cerrada, se acomoda y me mira con ojos de hasta mañana, como si fuera a lamerme las manos. Majestad hechicera, que la llaman.
P.S. En cuanto a los atentos y entrañables mensajes relativos a la salud del Monarca peludo, encarecidamente guau, guau, guau.
[Publicado el 25/4/2008 a las 10:20]
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Don Vittorio no ladra, ni llora, ni gime siquiera. Me mira fijamente y jadea. Hace una hora que entra y sale de aquí, sólo que cada vez se queda más tiempo. Si lo acaricio se me va pegando, en un descuido se me acurruca. Quiere algo, por supuesto, pero aún no consigo imaginarme qué. Amparado por la ley del menor esfuerzo, vuelvo al texto del blog, que sigo sin poder empezar, y me digo que debe de ser el calor. Me levanto y encuentro el plato lleno de agua. Vuelvo al texto pensando que tengo que calmarme, acaricio al muchacho con la derecha y recorro el teclado con la izquierda. ¿De qué me dije que iba a tratar el post?
No me ha dado la gana todavía reconocer que tengo los nervios de punta. Trato de concentrarme en la pantalla y a un lado se aparecen los ojos achinados de Vittorio. Un momento. Él no tiene los ojos achinados. Me le acerco, lo miro de frente. Nunca le había visto esa mirada. En realidad es una mirada extrañísima. Miro a Boris, después a Vittorio. Claro que son los mismos, pero esos ojos chinos me desconciertan. Parecería que estamos en el principio de una pesadilla, cuando la realidad comienza a torcerse. Una hora y media de verlo entrar y salir, con ese frenesí en la mirada, más el jadeo que sube a cada rato de intensidad, y ya no puedo ni ver la pantalla.
Miro el reloj. Son ya casi las dos de la madrugada. Me acerco a mi muchacho, le palpo las costillas y por fin gime. Palpo de nuevo: esa hinchazón no estaba ahí hace rato. Miro otra vez sus ojos, y hasta entonces entiendo que se le han puesto chinos por el dolor. Todavía no lo sé, y afortunadamente no tardaré en saberlo, que hace una hora y media que Vittorio me ruega que le salve la vida. Pero ya vamos los dos hacia el coche. Me doy cuenta que apenas puede caminar, lo cargo como puedo y en un par de minutos estamos en la calle.
Don Vittorio conoce los quirófanos. Sabe que de ahí se sale mejor que como se entra. No bien llegamos, casi se arrastra hasta el pie de la mesa. Está desesperado, ha ido perdiendo fuerza en cosa de minutos. El médico de guardia lo toca, mueve la cabeza. La hinchazón es enorme, preocupante. Me dice que por suerte lo he traído rápido, de otro modo se habría quedado en el trance. Le pincha el esternón, la barriga comienza a desinflarse. Lo acaricio, lo rasco, le hablo quedo al oído. Su mandíbula sigue tensa de dolor. Son ya las dos y media de la mañana, tenemos puestas sendas batas antirradiaciones. Si la radiografía lo confirma, va a ser precisa la cirugía mayor.
Hace unas horas lo miraba correr, ahora lo van a abrir en canal. Pasa un rato, llegan los dos doctores que esperábamos y entre los tres lo suben a una distinta mesa, entre el coro de aullidos de los otros enfermos, a sus espaldas. A estas alturas, Don Vittorio está totalmente dopado. Uno de los doctores se me acerca: tiene el estómago torcido, no saben todavía si gangrenado. Van a hacer lo que puedan por salvarlo. Dicho esto, se lo llevan al quirófano.
(No hace mucho, me topé con un par de líneas de Javier Marías donde el narrador habla de lo mucho que duele perder a quien queremos, y más aún perder a quien nos quiere.)
Pienso en el joven Boris, que se quedó chillando como un endemoniado. Pienso en cualquier idea que me saque de la cabeza esta ansiedad. Hago cuentas estúpidas con el calendario. Me pregunto de nuevo de qué diablos iba a tratar el post de hoy y nada, lo olvidé por completo. Pasan ya de las cuatro cuando veo salir a los doctores. Hasta ahora, me dicen, todo ha ido bien. Hay que esperar a que se recupere. Cuarenta y ocho horas, por lo menos.
Vuelvo a la casa, Boris se me abalanza. Descubro entonces que no soy el único que se ha quedado con los nervios de punta. Abro de vuelta la computadora, sin importarme más de que me dije que iba a tratar el post. Recuerdo al muchachote con la sonda metida hasta el estómago, derrumbado sobre la mesa de operaciones. Me digo que está vivo. De milagro. Hago rewind mental: qué noche intensa. Son ya casi las cinco de la mañana cuando por fin consigo la primera línea. Asumo desde ya que hoy no podré escribir sobre otra cosa. En un par de horas más, la noche habrá acabado de capitular.
[Publicado el 23/4/2008 a las 13:37]
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Prefiero que sea negra, si es posible. Tengo esta idea maniática de que la azul no queda bien fija. Negra y espesa, incluso. La Mont Blanc, por ejemplo, no es lo bastante negra. La Waterman, en cambio, roza el cero cromático absoluto. Lo sé no solamente por el tiempo que tarda en secarse y su brillo tenaz sobre el papel; también por la negrura de las manchas que van quedándome en las manos. Una costumbre mal vista en la escuela que hasta hoy, sin embargo, me parece esencial. Encuentro que mancharse manos y antebrazos de la tinta más negra disponible es también una forma de comprometerse. O, si se quiere, un modo de entender la vida y la escritura en conjunto. No es lícito salir completamente limpio de la faena. Vamos, la sola idea me abochorna. Por no hablar del pequeño placer que es embarrar el punto sobre el dorso de la zurda cada vez que una nueva carga lo deja rebosante de tinta.
Tener que levantarse a recargar el tanque no es propiamente un deber fastidioso, pero la tinta tiene esta fea costumbre de terminarse a la mitad del párrafo, de modo que debe uno saltar en pos del frasco repitiendo la hilera de palabras que ya sacó del horno y no ha podido aún vaciar sobre el papel. Pienso de pronto en esas paradas de la fórmula uno que duran entre seis y nueve segundos y me maldigo por no tener ni un lápiz disponible para las emergencias. Por supuesto, los lápices me parecen indignos de confianza. Pintan las letras de un gris deslavado a todas luces tibio y pusilánime. Y al final ya aprendí a recargar la pluma en nunca más de cuarenta segundos, durante los cuales voy repitiendo la frase pendiente como un mantra, costumbre hoy plenamente integrada al ritual de la tinta.
Cuando se escribe un texto que, se teme, superará las seiscientas cuartillas -esto es, más del millón de caracteres- cargar tinta permite la satisfacción de percibir o dar por sentado un avance palpable: seis o siete cuartillas efectivas, probablemente el uno por ciento del proyecto en bruto. Si acontece que en una semana debo llenar el tanque más de dos veces, gano la sensación de que emprendí una fuga en una moto y los de azul jamás van a agarrarme. Un estímulo grande, cuando lo que se intenta es construir una historia verosímil. Puede que sea por eso que, así como otros gozan del olor de la gasolina o la pólvora, me quedo a veces instantes de más con la nariz sobre la boca del tintero.
Si uno insiste en creer que escribir equivale a atentar, el olor de la tinta le llevará lejos. Inhalarlo es lanzarse hechizo arriba, con las manos manchadas del delito que no piensa ocultar, menos aún hacerse perdonar. Cuando el tintero muere, hay un doble placer en salir de excursión a por el nuevo. ¿Prefiero el ingrediente autolimpiador de la Mont Blanc o la oscura espesura de la Waterman? ¿Y si cargo dos plumas, una con cada una de las tintas? ¿Y si mejor me llevo la entrañable Skrip? Tras dos horas de consideraciones golosas, vuelvo a la cueva con al menos un frasco apergollado. El segundo deleite sobreviene a la hora de hacer girar la rosca por primera vez. Nada hay como el aroma de cincuenta mililitros de sangre negra y fresca, lista para empezar a ser succionada.
Imposible explicarlo, sólo sé que funciona. ¿Placebo? Puede ser. ¿Vicio? Seguramente. ¿Brujería? Ojalá.

[Publicado el 21/4/2008 a las 11:17]
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The Rise And Fall Of Pedro Infante And The Spiders From Mars

No falla: cada quince de abril se te olvida que es quince de abril. Sales como si nada, tuerces calzada abajo y de pronto ya estás embotellado. Imaginas algún árbol caído, un autobús volteado, unos cables de alta tensión chicoteando de lado a lado de la calzada. Te gustaría creer que el desperfecto está cien metros adelante y en un par de minutos la fila correrá a velocidad normal. Pero nada, ruedas a poco más de veinte minutos por kilómetro -caminando serían quince, cuando más- y no se ve por qué ni hasta dónde. Si por lo menos recordaras que es un quince de abril, lo tomarías con feliz pachorra. Te pararías a comprar una cerveza, reclinarías el asiento, subirías el volumen de la canción que hace días se te incrustó en el coco. En el peor de los casos, si todo ello fallara, mínimo ya sabrías por qué razón maldices tu suerte.
Muchos en tu lugar lo habrían sabido desde pequeños. Se supone que nadie en este país ignora un dato así -asumes que cualquiera en la ciudad de Kingston sabe dónde reposan los restos de Bob Marley- mas a ti te tomó todavía un par de años averiguar que en el camino que conduce a tu hogar está el sepulcro más popular de México. Año tras año, a lo largo del último medio siglo, en la mitad de abril acontece una multitudinaria procesión espontánea que desemboca en el Panteón Jardín, donde se alza la tumba de Pedro Infante. Muerto el 15 de abril del '57.
Jamás tuviste un disco suyo entre tus manos, y si bien más de una entre sus películas te arrebató unas cuantas carcajadas, creciste rechazando a esa zona de la memoria nacional donde quienes cantaban lo hacían vestidos de charro y con pistola, dueños de una anticuada fanfarronería que por lo visto era muy graciosa. No podías entenderlo, tal vez porque negar aquel pasado ajeno en blanco y negro era una forma de afirmarte como heredero de un futuro en high definition, al cual ya venerabas sin alcanzar ni a oler. Cuando cayó en tus manos aquella juglaría futurista de Bowie -donde el protagonista, un astronauta, cortaba felizmente y para siempre el contacto con la Tierra- alguien dentro de ti tomó la decisión de escaparse a un planeta quizá repleto de arañas, pero vacío de charros, mariachis, pistolas y sombreros. Mal podía coquetear Lady Stardust con Pepe el Toro.
Mentirías si a estas alturas te diera por reivindicar a Pedro Infante, cuya memoria tan lejos está de requerir tu apoyo moral. A lo largo de toda la infancia esquivaste sus películas en la televisión, si bien conoces cuatro o cinco clásicas. Tenías que estar demasiado aburrido para soplarte una película del canal 4. Y ahora que buscas las escenas en YouTube, experimentas cierta nostalgia por lo nunca vivido, no bien vas descubriendo que las recuerdas, pero de verlas casi no las viste, y apenas las habrás escuchado, de seguro ocupado en materias que reclamaban más de tu atención. La tarea, los cochecitos, las historietas.
Vivías por entonces al otro lado del Periférico, a salvo de la entrada del camposanto y sus tumultos del quince de abril. Has vivido, haces cuentas, cuando menos dos décadas cerca de aquella tumba celebérrima. Y ahora que terminas con las últimas líneas de una parrafada que nunca habrías creído probable, certificas que tú tampoco te has librado del todo del fantasmón. Con suerte, el año entrante vas a recordarlo. Abril 15: día de guardar.
[Publicado el 18/4/2008 a las 10:23]
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Rento patíbulo para toda ocasión

No me asombra saber que un hijo de vecino mató a otro, ni tan siquiera si antes asesinó a veinte. Nada de eso podría prevenirse, es un hecho que tiene uno la potencial prerrogativa de escabecharse a quien le dé la gana, y hay quienes además se salen con la suya. La gente va a seguir entrematándose de aquí al final del género humano, nada hay en ello de insólito, por más que la noticia nos arrebate el sueño, o nos devaste, o nos haga temblar de indignación. Lo que sí me parece asombroso, amén de espeluznante y enfermizo, es que pueda existir toda una maquinaria legal consagrada a legitimar y ejecutar el asesinato, en el ambiguo nombre del bien común.
Hasta antes de caer en desgracia por la monumental estupidez de pretender probar que en Auschwitz jamás hubo cámaras de gas, Fred A. Leuchter Jr. era un exitoso constructor de patíbulos. Había comenzado rediseñando la silla eléctrica, impelido por la piadosa idea de hacerla más eficaz, por tanto menos cruel, y encima de eso muy económica. Luego, ya encarrerado con el negocio y ante la sugerencia de un cliente, se aventuró a incursionar en la construcción de aparatos para inyección letal. Más tarde se metió al diseño de horcas y cámaras de gas. Todo, hasta hoy insiste, con el mero propósito de optimizar los métodos de ejecución y disminuir el sufrimiento del ajusticiado.
Tras el atentado contra Hitler en julio de 1944, los acusados de participar en la conspiración fueron públicamente humillados a lo largo del juicio fársico que los llevó a la horca, tanto que el mismo juez, cada vez que podía, aprovechaba para insultarlos. Uno a uno, se les condujo a la pequeña mazmorra del verdugo, que no contento con ajustarles la soga entre burlas, denuestos y bofetadas, solazábase luego bajándoles los pantalones hasta media pierna, mientras los infelices -algunos, hasta pocos días antes, orgullosos generales del ejército alemán- se balanceaban ya, colgando de una viga. Había allí, con todo, un curioso detalle humanitario: cierta botella de cognac sobre la mesa. No para los ahorcados, sino para el verdugo, que de pronto como que se estresaba.
A lo largo del documental de Errol Morris -Mr. Death: El ascenso y caída de Fred A. Leuchter Jr.- el oficioso constructor de mataderos observa, no sin alguna dosis de extrañeza, que hay personas renuentes a trabajar en ese negocio porque creen que algo quedará en ellas después de haber colaborado en lo que a fin de cuentas es una matanza. Y todo eso a Leuchter, que se mira a sí mismo como un filántropo, le cuesta comprenderlo. ¿Qué es preferible, al fin, morir en un patíbulo defectuoso que a la pena de muerte le suma la tortura, o abandonar el mundo amparado por la eficacia de una aséptica máquina de matar? Puede ser que las invenciones de Leuchter contribuyeran a disminuir los efectos traumáticos de la atrocidad -especialmente en los verdugos, a los cuales las leyes norteamericanas no conceden la vieja botella de cognac-, pero al cabo hay trabajos de mierda y el suyo. ¿Quién más querría quedar como el mejor amigo del verdugo?
Hasta hoy estigmatizado y arruinado por unirse a esa banda guarra de los negacionistas, el autor del nefando Informe Leuchter -ya puedo imaginar la edición persa sobre el buró de Ahmadineyad- no tiene empacho en describir a detalle el mecanismo de sus inventos. Por el contrario, está muy orgulloso. Es arrogante, se siente científico, igual que cuando dicta sus conferencias ante decenas de hinchas del austriaco impetuoso. No le tiembla la voz al explicar que su sofisticado mecanismo de exterminio hace precisamente lo inverso que los aparatos destinados a conservar la vida. Y es que, insiste, lo hace por motivos humanitarios. ¿Tal vez equiparables a los que mueven a un médico?
No me asombran, decía, los asesinos. Sí, en cambio, la máquina asesina y quienes la mueven. Me espeluzna mirar la sonrisa del falso ingeniero Fred Leuchter y advertir que le gusta su trabajo. Algo así como a little bit too much. Es un hombre que mata. Piadosamente, claro. Pero también con todas las licencias. En una de estas, cualquier día se lo llevan de Massachusetts a trabajar a Irán, o a Libia, o a China, donde el Estado mata con premeditación, alevosía, ventaja y coartada. En su opinión, los condenados deberían morir en un ambiente agradable, no ante un muro pelado sino frente a una televisión. Repito, una televisión. Puestos a imaginar tanta piedad, no sería mala idea que uno de los botones del control remoto inalámbrico echara a andar el mecanismo de la inyección letal. El botón de apagado, por ejemplo.
[Publicado el 16/4/2008 a las 10:57]
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Para una arquitectura del destino

"Estoy completamente a favor de mantener las armas peligrosas más allá del alcance de los idiotas", aseguraba Frank Lloyd Wright, y en seguida proponía: "Empecemos por las máquinas de escribir." Por su parte, mi padre opina que si los idiotas volaran no veríamos la luz del sol. ¿Cómo puede uno estar seguro, al momento de sentarse a escribir, de que no hará el papel de idiota? De ninguna manera; esa es precisamente la gracia de intentarlo. Jugarse la autoestima en cada frase, temer que a la primera línea irregular se vendrá abajo todo el edificio. Un pavor que es directamente proporcional al número de líneas involucrado, que en el caso de una novela de talla mediana sumarían algo menos de diez mil. Más que un asunto de mero lenguaje, un problemón en términos de arquitectura narrativa. Ahora, si como bien decía Lloyd Wright el doctor entierra sus errores y el arquitecto sólo puede recomendar a sus clientes plantar enredaderas, el narrador vive aterrado de morir con la fama de idiota. O sin fama ninguna, que es todavía peor.
"Encárgate de los lujos, ya las necesidades se harán cargo de sí mismas", aconsejaba Le Corbusier. Y efectivamente, uno se lanza a poner los primeros ladrillos y ya está trabajando en los acabados, sin pensar demasiado en varillas, castillos, cimientos y planos. Es decir, sin pensar conscientemente, o también: pensando con la zona trasera del cerebro. Porque lo cierto es que esa angustia crece y estresa sin que uno se permita acreditarla, entre otras cosas porque no tiene tiempo ni paciencia para enfrentar las ñáñaras de temerse arquitecto fallido. Dedica uno tanto tiempo a los lujos que luego hasta dormido se preocupa por las necesidades. No pocas veces se despierta a media madrugada con alguna cuestión estructural resuelta, y ello es de gran consuelo para quien lleva meses construyendo un pent-house sin haber ni pensado en los cimientos.
"Buscamos cualquier modo de armonía entre dos intangibles: una forma que aún no hemos diseñado y un contexto que propiamente no podemos describir", decía Christopher Alexander. Afortunadamente, la arquitectura narrativa permite asumir varios de los retos eclécticos que al constructor de un edificio lo enviarían a la ruina o a la cárcel. Puede uno comenzar en cualquier piso, eventualmente los cimientos van creciendo hacia abajo como raíces, mientras que las varillas suelen aparecer de semana en semana, por obra de esa angustia que jamás se da tregua, pues carece de todo plano arquitectónico y duda todo el tiempo si lo que quiere hacer tiene acaso algún nexo con lo que está haciendo. Nada del otro mundo, claro está. Quienes saben de amor ya conocen de sobra esos insomnios.
Para Nietzsche, la arquitectura es "música congelada". Cuando uno se propone acometer sus primeros proyectos narrativos, cree ingenuamente que con mostrar un par de cuartillas a quien se deje conseguirá librarse del terror al derrumbe que suele acompañar durante todo el camino al sufrido y feliz constructor de ficciones. ¿Cómo explicar qué hacen exactamente todas esas cuartillas en una historia que no ha sido escrita, ni todavía lo bastante pensada para hacerse existir, y de la cual no existe representación gráfica alguna, como no sean los dibujos y mapas rudimentarios que uno se va inventando como puede, aunque sea para no terminar de perderse? El árbol genealógico que une a determinados personajes, el trazo de la distribución de cierta casa que hubo que inventar, y a partir de ahí un mapa de posibilidades. Para suerte de todos, la arquitectura narrativa no busca la comodidad de los residentes. Y es más, prefiere uno que estén incómodos. Esas cosas lubrican la rueda del destino.
No se enseña la arquitectura narrativa. Parecería que es el sentido común quien nos da sus lecciones principales, pero antes interviene el instinto animal; si bien no deja uno de preguntarse si de acuerdo al común de los mortales su edificio podría tener sentido. Frank Lloyd Wright, que se veía a sí mismo como un honesto arrogante, no quiso dejar dudar a este respecto: Nada hay menos común que el sentido común.
[Publicado el 14/4/2008 a las 14:43]
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