Digo bien, la Gloria, porque en pocos meses han emanado de Jaime Gil: la biografía de Dalmau, la película de Monleón, la historia de su amistad con Joan Ferraté (Acantilado), sus obras de poesía y prosa en un bello volumen del Círculo de Lectores, y por último la correspondencia (casi) completa muy bien editada por Lumen. Por si fuera poco, en un libro de memorias de J.M. Castellet recientemente publicado en catalán, la inquietante figura del poeta y ejecutivo de Tabacos de Filipinas circula incesantemente por los entresijos de sus coetáneos.
Si Gil de Biedma lo está viendo desde el valle de Josafat seguro que se pregunta "¿y por qué yo?". Es de observar que ningún poeta español, ni siquiera los malos, han tenido semejante tratamiento. Para hacerse una idea: la biografía oficial de García Lorca es de un irlandés (Gibson), no hay biografía de Machado, o de Jiménez, o de Cernuda realmente definitiva. Sus correspondencias duermen el sueño eterno. De los poetas posteriores, ni eso.
¿Por qué Gil de Biedma se está mudando en El Poeta de la postguerra civil? En el soberbio prólogo a la correspondencia de Lumen, Andreu Jaume dice que sus cartas son la autobiografía que siempre quiso escribir Gil de Biedma. Aquel gran lírico y fino letrista (estoy persuadido de que su deseo más profundo era alzarse hasta las sarcásticas canciones de Cole Porter) no valoraba su vida, era demasiado inteligente como para darse importancia, y se suicidó asiduamente. Pero en las cartas y en los diarios juveniles se observa algo inesperado: en contraste con sus amigos y colegas, Gil de Biedma sí creía en la Gloria. Y la Gloria, a diferencia de aquellos que dijeron amarle, le ha sido fiel.
Artículo publicado el domingo 11 de abril de 2010.
[Publicado el 12/4/2010 a las 09:54]
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La modestia de los más grandes
Me lo ha recordado el delicioso libro del gran Giuseppe Tomasi di Lampedusa publicado por Nortesur y que en apenas cien páginas da un retrato exacto, irónico, encantador y sagaz del primer gran ídolo de masas. Hoy puede parecer un disparate que el mundo entero adorara (o bien odiara) a aquel aristócrata cojo y guapo, rico y pobre, inteligente y descerebrado, revolucionario y conservador, seductor de mujeres y seducido por hombres, poeta inmenso y versificador mediocre, aquel nudo de contradicciones que exaltó a la juventud europea y la condujo a los excesos de entonces, que eran tan peligrosos como los nuestros aunque más sanos. El Pete Doherty del romanticismo nos parece hoy un ser tan fabuloso como el ave fénix y sin embargo tenía ya todos los ingredientes de la popularidad mediática.
No obstante, lo que más me ha emocionado del libro ha sido el tono de voz, la presencia casi física del inmenso artista que fue Lampedusa. En 1954, fecha de redacción, le quedaban tres años de vida. No lograría ver editada su obra maestra, El Gatopardo, rechazada por todos los editores italianos. Casi al final de este librito, escribe: "Lo que le haría falta a nuestra sociedad sería un Byron, es decir, un poeta que no fuera esclavo del público ni de los editores". Lo decía como si hablara de algo imposible, pero muy discretamente él lo había realizado, no con la poesía sino con una prosa que es lo más cercano a la poesía de los tiempos prosaicos. Su modestia no le permitía admitir que había escrito, sin esclavitudes editoriales o populistas, la novela decisiva de la Italia moderna. Tan libre como Byron, más sabio.
Artículo publicado el domingo 4 de abril de 2010.
[Publicado el 07/4/2010 a las 09:00]
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Salvarse del expolio por sutileza
Dentro en Alarcón y entre otras monumentales fábricas está la iglesia de Juan el Bautista, bello templo herreriano en cuya nave ha tenido lugar un alto lance artístico este fin de siglo. Lo descubrió ya desafectado Jesús Mateo en 1994 y decidió que él tenía que pintar aquel recinto de proporciones perfectas. El asunto merece una novela, pero lo resumo groseramente. Tras conseguir, no sin esfuerzo, la venia eclesiástica, logró persuadir a un grupo de mecenas y comenzó la obra de reparación y luego de pintura. Tardó seis años en acabarlo, durante los cuales malvivió en cuchitriles y se afanó muerto de frío o de calor. El conjunto suma mil quinientos metros cuadrados de figuras. A medio acabar, en 1997, la UNESCO ya lo declaró de interés artístico mundial. Ha recibido luego mucho reconocimiento, incluida una sinfonía de Eduardo Rincón.
El grupo de mecenas y el propio pintor habían invertido casi dos millones de euros, pero pronto comenzaron a afluir los visitantes que suman hoy varias decenas de miles al año. Eso avivó el amor de la iglesia católica por su templo, ay, tantos siglos olvidado, de modo que decidió apropiarse de las pinturas. Por fortuna Jesús Mateo, que es un artista pero no tiene un pelo de tonto, ya se había asesorado legalmente. El templo es del clero, sí, pero las pinturas son suyas. El argumento jurídico es magnífico y merece ser conocido para futuros pleitos.
Si Mateo hubiera elegido la pintura al fresco habría sido despojado de su obra, pero pintó con acrílicos sobre las capas de imprimación con que se aísla la piedra, de manera que la pintura no penetra en el muro sino que está como suspendida entre el muro y la nada. Eso le ha salvado. Una milésima de milímetro. O sea, Dios.
Artículo publicado el domingo 28 de marzo de 2009.
[Publicado el 05/4/2010 a las 11:02]
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Podríamos decir lo mismo de nosotros, los que vivimos las secuelas de la bomba atómica. Bastó con arrasar Hiroshima y Nagasaki. Nunca más estalló una bomba atómica en lugar habitado, no era necesario. A partir de aquellos dos avisos, la vida de los humanos en la tierra cambió por completo: ahora ya era evidente que podíamos suicidarnos y se cumplía el sueño de un cosmos libre de humanos. Hasta Hiroshima las matanzas sólo podían ser parciales, ahora el Día del Juicio ya no era una figura bíblica. Las consecuencias han sido gigantescas y aún no las conocemos más que por su efecto superficial, ese que suele denominarse "ausencia de Dios", "fin de la historia", "muerte del arte" y otras similares. En un mundo donde es probable la extinción de la especie humana, la vida no puede seguir siendo la misma.
Cuando tiene lugar alguno de estos sucesos que sin escándalo transforman la vida entera del planeta, se producen a gran velocidad y de modo espontáneo lo que los sismólogos llaman "réplicas". Son casi imperceptibles. La artillería que destruye las ciudades fortificadas es la causa de esas tablas flamencas en las que sobre un paisaje idílico de viñedos y pastores aparecen ciudades fabulosas donde apuntan decenas agujas entre muros almenados. El deseo viene al rescate de la vida que desaparece.
Fue la creciente masificación urbana y la entrada de la maquinaria en el agro lo que forzó a los pintores románticos a inventar un paisaje apasionado. En pocos años se pintaron toneladas de tempestades marinas, negruras selváticas, remotas lagunas, arboledas atravesadas por un sol mortecino. No estaban copiando montes, ríos, bosques o prados verdaderos y de singular belleza, sino soñando un modo de vida que estaba muriendo y al que sólo se podía aludir mediante metáforas.
En la soberbia exposición que ha inaugurado el museo del Prado, titulada El arte del Poder, puede vivirse otro ejemplo de metáfora consoladora. Se exponen allí algunas de las más bellas piezas de la Armería Real y los retratos en que figuran al completo o por partes tales armaduras. Son radiantes. La preciosa borgoña de acero y oro que los Negroli construyeron para Carlos V, su celada de parada con el barbote figurando la barba del emperador, la rodela de la Medusa también de los Negroli, oníricas bardas de caballo, sencillos capacetes o armaduras enteras, todas y cada una de las piezas expuestas son magistrales. Sin duda los monarcas pagaron mucho más por ellas que por cualquier tiziano o velázquez y las atesoraron como objetos únicos, preciosos, originales y simbólicos. Es decir, como obras de arte.
Lo más curioso es que ese ingenioso trabajo, esa riqueza de materiales nobles, esa imaginación creativa, no tenía ningún uso de guerra. Hacía ya muchos años que había pasado el tiempo de la caballería acorazada. Las bombardas que decidieron la batalla de Crècy en 1346 o la artillería de Azincourt en 1415 fueron avisos cada vez más sonoros. En el siglo XVI las nuevas armas de fuego perforaban las placas de acero y es en ese momento, justamente, cuando se desarrolla la locura por las armas ornamentales, las corazas de parada, el espectáculo de una caballería fantástica ataviada con armaduras de poema medieval, sin más uso que el artístico, teatral y simbólico. Podríamos decir que formaba parte de la propaganda de los grandes monarcas, pero sería equívoco porque esas maravillosas esculturas del deseo sólo las podían admirar los mismos caballeros que las coleccionaban.
La transformación, sin embargo, a la manera de la artillería destructora de fortalezas urbanas o de la bomba atómica que ha devastado la fe en la inmortalidad humana, trajo también sus réplicas imperceptibles. Una de ellas es la aparición de un retrato ecuestre de suprema grandeza. En su colosal retrato de Carlos V en la batalla de Mühlberg, Tiziano se ve en la necesidad de crear un mundo entero donde acoger a este rey acorazado que aún perteneciendo al desaparecido mundo de la caballería, sigue siendo el más poderoso del mundo. Asombrosamente lo sitúa en un suave prado próximo a un denso roble, paisaje ideal con una luminosidad que tanto puede ser de aurora como de crepúsculo. Quizás en la idea del pintor este fuera el crepúsculo de los luteranos.
Los retratos ecuestres hasta ese momento carecían de mundo propio. El guerrero se alzaba único y feroz mostrando su potencia en una soledad agresiva. El modelo había cristalizado en la Roma imperial y así son las estatuas y retratos del Gattamelata, del Colleone, de Giovanni Acuto, de Paolo Savelli. Pero ahora el guerrero acorazado en su caballo rampante se dispone como una ninfa en el ámbito de una pastoral, de una égloga que pudo firmar Garcilaso, el paisaje que Poussin elevará a categoría de poema.
He aquí que el guerrero se ha transformado muy profundamente. De hecho, su hijo, Felipe II, que durante el aprendizaje vistió y se hizo pintar como caballero acorazado, en cuanto llega al poder absoluto renuncia al sueño de la Tabla Redonda y se hace retratar sobriamente de negro. Podríamos confundirle con un notario de Amberes si no fuera por el Toisón que cuelga de su cuello y el rosario solapado entre los dedos.
He aquí que, como dice Burckhardt, la artillería y las armas de fuego habían democratizado la guerra. El poderoso ya no estaba obligado a soñarse como un caballero medieval, ni siquiera como un condottiero veneciano. La burocracia comenzaba a pesar sobre los hombros del monarca y la valía personal, la fuerza, el vigor, el arrojo, la nobleza animal, tenían menos importancia que la administración del tesoro. "Desde la aparición de las máquinas que mataban a distancia constataron, no sin dolor, que el valor individual era cada vez menos relevante", escribe burlón y melancólico el gran Burckhardt.
En efecto, aquellos que como Carlos el Temerario no se resignaron al impetuoso avance de las máquinas, de los mosquetes, de los arcabuces, de las bombardas, fueron arrasados por los pragmáticos reyes ingleses. La valía individual, esa exhibición del cuerpo del guerrero victorioso que desde Aquiles había marcado a la nobleza de todos los países, era ahora un engorro y una torpeza y una estupidez. Todo lo más se podía tolerar su simulacro en una parada, en un retrato, en un espectáculo, como cuando Felipe II entró en Lisboa ya coronado rey de Portugal y ataviado con unas armas de las que podemos ver en el Prado la sensacional barda del caballo.
Aquiles despreciaba a quienes no combatían con el cuerpo. Los guerreros griegos no concebían otra lucha que la de un cuerpo contra otro cuerpo. Apolo, el dios más perverso del Olimpo, es el que mata de lejos, sea con la peste que asolaba la Tebas de Edipo, sea con las flechas de los arqueros, sus infames protegidos. Si el dios que mata desde lejos puede derribar al noble guerrero con un mísero disparo, entonces hay que representarlo en un prado crepuscular con armas de oro y bronce, melancólica figura de un poema pastoril.
Nosotros, súbditos de un dios que no sólo mata de lejos sino que puede eliminarnos del cosmos, carecemos de representación. En las imágenes de los últimos cincuenta años sólo aparece un niño paralizado de espanto en su cuna, haciendo gestos obscenos y riéndose de sí mismo.
Artículo publicado el sábado 20 de marzo de 2010.
[Publicado el 25/3/2010 a las 09:00]
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En busca del Teotocópulo perdido
Es admirable ver a cientos de miles de turistas escalando o rodando por una montaña rusa hecha a mano, o sea, a pie, agonizando en directo. Sin embargo, si uno tiene pasión por ver lo que El Greco llegó a colocar en aquella ciudad, no tiene más remedio que acudir a verlo en vivo y dejarse los bofes.
Hay allí grecos por todas partes. En las iglesias, en los hospitales, en los palacios, en los conventos, quizás también en alguna casa de huéspedes. Esto es muy chocante porque lo que pintaba el griego sigue siendo anómalo ahora, así que imagínate en la amena sociedad toledana del siglo XVI. Las explicaciones que se pueden leer son siempre escasas. Nada en este mundo puede justificar que los brazos se enrosquen como cuerdas, las piernas cuelguen como congrios y los rostros se aplasten como bandejas. O que los cuerpos luzcan cabecitas de guisante sobre torsos de Maciste. No entonces. Luego sí. En el siglo XX algún pintor, especialmente Soutine, que encima de eslavo era dipsómano, se le acerca con provecho. Deberíamos decretar que El Greco iba de pareja con Picasso. Darle una nueva biografía con nacimiento en Elche en 1891 y muerte en Madrid hacia 1963 y así se le comprendería mucho mejor.
Los del 98 fueron de los primeros en tomar en serio al insólito pintor. Baroja lo puso de paisaje en "Camino de perfección". Varios noventayochistas llegaron a ir en romería pedestre de Madrid a Toledo para rendirle tributo. Supongo que al llegar a la Bisagra ya no podían subir ni una mísera calle y se volvieron a Madrid baldados, pero en carreta.
Lo peor es que a día de hoy no me imagino yo una romería de entusiastas ni por Marcel Duchamp.
Artículo publicado el 21 de marzo de 2010.
[Publicado el 22/3/2010 a las 10:15]
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Odiosas comparaciones de un turista
A lo largo de mi vida he conocido miles de madrileños en curso o en trámite, en estadios más o menos avanzados de ese saber extático. No puedo asegurar, sin embargo, que ninguno haya alcanzado la meta y se pueda decir de él que es un madrileño realizado. En esta disciplina hay que resignarse a conocer suplicantes, pretendientes, postulantes, aspirantes o becarios de la materia, pero jamás al madrileño logrado. Es cierto que hay personajes que, acodados a la barra de la cervecería y moviendo mucho los pies entre cáscaras de gamba, afirman con acento truculento que ellos son madrileños "castizos". Son falsificaciones, muchas de ellas irlandesas.
La razón es que las condiciones resultan insoportables. Tanta exigencia pone cuerpo y espíritu en una tensión que sólo se relaja horas antes de la muerte, cuando uno debe confesar sus mayores fracasos. Son muy pocos quienes reúnen tanta excelencia física e intelectual, lo que no impide que año tras año caigan sobre Madrid cientos de miles de individuos dispuestos a todo. Los rastros del desengaño pueden verse a centenares por las calles de la ciudad. Patética visión la de esos individuos que musitan cantinelas por lo bajo, hacen gestos groseros con súbita ira, o miran tercamente al paseante. Algunos visten jirones del uniforme que, años atrás, tanta ilusión despertaba: bedel, ujier, cartero, párroco, ordenanza... Ni siquiera los más encumbrados están libres de desolación aunque es infrecuente ver en plena calle a desesperados almirantes, prelados o embajadores, ya que suelen aliviar sus penas en establecimientos exclusivos.
Debería escribirse un tratado entero, pero no siendo ello posible resumamos un poco: la primera y más difícil exigencia es la de haber nacido lo más lejos posible de Madrid. Si se ha nacido en Cuenca o en Toledo, el fracaso está asegurado, pero si el aspirante viene de Tenerife, de Vigo o de Olot, alguna posibilidad de llegar a ser madrileño sí tiene, como demostró aquel presidente de la Primera República, el gran Pi Margall, sobre quien los expertos aseguran no tener dudas: llegó a ser madrileño e incluso murió de ello. Tan curiosa peculiaridad se debe a que el nacido en Madrid, apenas librado de la placenta ya abomina de su condición y renuncia a ella con soeces expresiones; maldice la ciudad, sus habitantes, el clima y el cocido. El nacido en Madrid (e incapacitado para ser madrileño), es uno de los tipos más conspicuos del arco antropológico junto con los massai, los nilotas o los maories. Esta condición maldiciente y relapsa del nativo causa estupor en el turista de Barcelona ya que por aquella parte los ciudadanos ostentan un amor mariano por su localidad y van diciendo a todo el que quiera oírles que no hay en el mundo nada semejante y que aquello es la envidia de París. Como es natural, esa libido flotante hace innecesaria la constricción por ley de cualquier desafección o mengua del amor, de modo que allí y de manera espontánea todo el mundo rompe a cantar himnos nacionales en cuanto la autoridad desplaza su augusta mirada sobre ellos. No así en Madrid, donde el nativo suele proferir las mayores intemperancias sobre su destino autonómico y sobre lo municipal como execrable categoría del ser.
Se entiende pues que sean escasísimos los que antes de morir logran decir de sí mismos que han alcanzado a ser y bien pueden asegurar que son madrileños no refractarios o amortizados. También se entiende que los pocos que lo han conseguido no lo manifiesten y resulten, por así decirlo, insondables. Como los samuráis del shogunato Kamakura tras una vida de ascesis su poder físico es tan desmesurado y poseen una tan elevada moralidad que nunca osarían exhibir su fuerza. Antes se dejarían matar.
Contraste grande con el de quienes, como es mi caso, fuimos paridos en ciudades donde basta con nacer en ellas para poseer un estatuto superior al de la mediocre humanidad y convertirse en estrella de la historia sostenible, solidaria y progresista. Además, si uno obedece a la autoridad en cuestiones de atuendo, emoción, envidia, enseñanza, acento, resentimiento, cultura, rencor y diversiones, puede convertirse de inmediato en miembro social distinguido, haya nacido donde haya nacido y aunque se dedique a la ablación de clítoris con martillo. Basta con obedecer. Mira tú que es fácil ser, y cómo se complican la vida los de Madrid para no ser.
Artículo publicado el 17 de marzo de 2010.
[Publicado el 17/3/2010 a las 10:30]
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Hubo cuerpos divinos en La Habana
Durante toda la semana me han destrozado los oídos las loas a los hermanos Castro de un puñado de señoritos mimados. El jueves leí en el diario del bar que el PSOE negaba el derecho de los estudiantes a conocer las matanzas estalinistas, pero en página par venía otro artículo de machaca sobre la memoria histórica. Necesitaba un respiro, así que cuando me dijeron que en el Círculo de Lectores presentaban un nuevo libro de Guillermo Cabrera Infante allí me fui disparado.
No hay voz en el mundo más hermosa que la de Miriam Gómez, viuda del cubano más odiado por la gerontocracia castrista. Una voz que de la tierra mana suculenta, nutritiva, irisada, como la de Kathleen Ferrier. En cuanto comenzó a hablar se me subió el corazón a la boca. El libro, Cuerpos divinos, viene a ser el complemento de Tres tristes tigres porque sucede en ese momento milagroso, cuando por fin cae abatido el viejo tirano, pero aún no se ha impuesto la nueva tiranía. Un instante de frágil felicidad en el que la voluntad de justicia y libertad parece en verdad mover el mundo, la traición se reputa imposible y es inconcebible que alguien se apropie de la revolución para su miserable provecho.
Decía Miriam (y ahí es cuando yo lloraba y no me avergüenza decirlo) que Guillermo comenzó la redacción de este libro en 1962, pero le dolía tanto trabajar sobre aquellos recuerdos de vida urgente que no podía mantener la tensión muchas horas seguidas. Vinieron después los problemas psíquicos, la sordidez de la clínica, la dura y magnífica vida del más grande de los escritores cubanos. Aquel libro le causaba excesivo dolor para escribirlo seguido, pero nunca renunció. Sólo la muerte le obligó a darle fin. Aquí están las más de quinientas páginas con las que Cabrera Infante daba nueva vida a su ciudad, a sus amigos, a la lucha por la libertad. Sin él, La Habana de los gerontes, junto con tantas capitales del crimen, sólo sería un signo de muerte en el mundo. Quienes han asesinado a La Habana odian a Cabrera Infante porque la mantiene con vida después de muerto.
Artículo publicado el domingo 14 de marzo de 2010.
[Publicado el 15/3/2010 a las 09:45]
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Agarrados al amor de las momias
A medida que se perfeccionaba la artillería y el uso de armas de fuego, la nobleza y sus bellos brutos forrados de acero iban siendo discretamente apartados del campo de batalla. En 1415 las bombardas de la batalla de Azincourt dieron la puntilla al cuerpo de nobles caballeros. Sin embargo, si no era imprescindible para la guerra, ¿qué justificación podía tener una caballería aristocrática acorazada? A partir de ese momento se multiplicaron los torneos, los escudos grabados con ninfas y dragones, las espadas floreadas, las bardas de acero plateado y engastes de bronce, los penachos líricos, la espuela de orfebre, las damas despechugadas y algo histéricas atando cintas en las lanzas de sus campeones.
Cuenta Burckhardt que cuando un viajero describía a florentinos o milaneses estos festivales de la Borgoña y Flandes, se caían al suelo de la risa. En efecto, aquellos guerreros de juguete acabarían arrodillados ante los Medici y los Sforza cuya caballería la formaban millones de florines y ducados de oro montados por los mejores ingenieros y pensadores de su tiempo.
Así veo yo, con el añadido de una decadencia insondable, a los nostálgicos de los estados totalitarios del siglo pasado, esos guerreros de juguete que hacen filigranas ante las señoras defendiendo dictaduras del siglo XX. Esta misma semana, un cómico madrileño luchaba como un campeón con el pañuelito de los hermanos Castro atado al puño. Un siniestro puño de juguete que agitaba varonilmente frente al insumiso muerto tras una huelga de hambre. El mequetrefe se pavoneaba ante el cadáver del cubano como un bufón que por complacer a su rey baila sobre la tumba de un inocente asesinado.
Artículo publicado el domingo 8 de marzo de 2010.
[Publicado el 08/3/2010 a las 10:12]
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Hallado en el laberinto del tiempo
Un día ve llegar al Congreso a don Práxedes Mateo Sagasta. "Desciende de la berlina de la Presidencia del Consejo, tirada por dos magníficos caballos, y se queda un momento inmóvil en la acera". Aquellas berlinas que sugieren ministros ingleses bajando del coche con la chistera en la mano y mojando sus botines de polaina en el suelo lluvioso. Los carruajes que usaban los jerarcas para mostrarse en público y sobre los que caían bombas nihilistas, disparos anarquistas. Muchos fueron los hombres de estado y miembros de la realeza que murieron en el carruaje anticipando el asesinato de Kennedy con la pobre Jacqueline reptando agusanada. Son escenas tan eternas como la del niño que se quita una espina del pie.
Luego Martínez, que era un hombre gordo, lustroso, bermejo, se transformó en Azorín y fue perdiendo grasa. Su estilo también se afiló para no abandonar al propietario y de una prosa de latinista lector de Tácito, acabó en una exótica antelación del minimalismo. Entonces fue cuando le conocí y pude asistir a otra escena eterna.
El estudiante y su novia se acercan a la altísima puerta. Pulsa el timbre y abre una muchacha. "¿Cree usted que nos pueda recibir el señor Azorín?", pregunta. Y en efecto les recibe hundido en la enorme cama con dosel. Está en los huesos, acabado, mucho más esquelético que en el retrato de Zuloaga, pero tiene fuerzas para firmar el libro del estudiante mirando fijo a la novia con ojos desorbitados. Bajo la firma añade la fecha, 1º de febrero de 1967. Duró pocas semanas. Debió de ver en Virginia al ángel de la muerte.
Artículo publicado el domingo 28 de febrero de 2010.
[Publicado el 03/3/2010 a las 09:00]
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Hablemos de los grandes hombres de antaño
Frente a este monumento en honor de las muchachas vírgenes, tan poderosas hace unos siglos, hay un bar de vinos que también luce un título ilusoriamente religioso, "La Viña del Señor". Podría parecer que se trata de la sagrada viña en cuyas cepas los monjes cristianos velaban la sangre de Cristo, pero no. El tal "señor" es más terrenamente el señor Parellada, propietario y artista de la cocina con establecimiento a cinco minutos andando.
En esa taberna rica de caldos e inspirada por el efluvio de María del Mar, solíamos juntarnos un grupo de amigos con tanta afición a la tertulia como a la botella. No éramos meros trompetas de serpentina y Asturias patria querida, sino jóvenes vagamente teóricos, muy partidarios de lo que Claudio Rodríguez llamó famosamente el don de la ebriedad. Nos reunimos allí asiduamente hasta que murió nuestro más amado compañero. Luego ya no.
Ayer regresé después de varios años para constatar cómo se desvanecen nuestros pasados rostros y levantar la copa de verdejo a la salud de las vírgenes y el amigo escondido. El líquido, a la luz del sol más uva que pámpano, llamó a la lejanía y volví a verle como si acabara de bajar de su apartamento, un cuchitril de la zona histórica, es decir, ruidosa y sucia, con el perfecto aplomo de la clase social más elevada de España, aquella que Eugenio Trías llamó la lumpenhidalguía. No había cambiado en absoluto. Es privilegio de quienes se ausentan cuando aún no ha acabado la fiesta el de mantenerse intactos e invictos. Tampoco comentó, era demasiado serio para hacerlo, el mazazo de tiempo que había caído sobre mi cabeza. Sólo tomó apoyo en la barra, pidió su verdejo y comenzamos a disputar sin dilación sobre el destino fatal de la poesía. Cada vez que aparecía la palabra "extinción" pedíamos otra botella.
Pensaba yo, mientras le oía afirmar una vez más aquello de que como poeta habita el hombre la tierra (y si no más vale que se ahorque con el cinturón), pensaba, digo, que muy poca gente que nos viera allí sentados con nuestras copas y nuestro blablá se percataría de que yo estaba escuchando a uno de los mejores cerebros de mi generación, y que, como en el poema de Ginsberg, aquel cerebro había sido ya reclamado por la destrucción. Muy pocos. Quizás los seis o siete que nos solíamos reunir. A veces diez. Pero "destrucción" es una palabra que parece dura y es sin embargo blanda, como la poesía de Ginsberg. A este amigo mío no lo ha destruido absolutamente nada. Él no lo habría permitido. Así que, sencillamente, se ausentó. Aunque es cierto que había decidido no dejarse conocer por nadie más que aquellos seis o siete amigos antes mencionados y un coro wagneriano de mujeres gloriosamente polifónicas, de modo que nunca nadie más pudo saber que en aquel bar sostenía en alto la copa un tipo capaz de poner en apuros a Spinoza.
Consecuencia de lo anterior es que no permitía (y es una lección superior a cualquier otra) que nuestra condición efímera y endeble le estropeara la existencia. De modo que jamás aceptó la necesidad, lo que está mandado. Hubo tiempos en los que no tuvo para comer sino lo que ofrecían los frutales del Empordá, sorteando con majestad la escopeta del labriego. O un pez atrapado con alambre torcido en cuya punta había clavado un fósil de flan de huevo. Vivió espléndidamente en una lujosa pobreza.
La última vez que le vi, pocos días antes de que se ausentara, fue en el terrado de su madriguera, sentado como un pontífice en una silla plegable de contenedor. El maligno ya se había apoderado completamente de su hígado y no cabía esperanza alguna. Hablamos de poesía y de que indudablemente el humano como poeta habita la tierra. No apareció la palabra "extinción" en ningún momento. Al caer la tarde se hizo un silencio de adiós y que usted lo pase bien ya nos veremos en el valle de Josafat. Cruzó el cielo color de vino una gaviota poco apresurada. Vi que la miraba con mucha atención, no se le fuera a olvidar. Él vio que yo le veía mirarla. Sonrió. Levantó la copa de verdejo y sonrió. Mantuvo largo rato la sonrisa. Con esa misma sonrisa le veía yo ahora levantar la copa a la sombra del templo de las doncellas, en la viña del Señor, frente a un espectro.
Artículo publicado el miércoles 24 de febrero de 2010.
[Publicado el 01/3/2010 a las 10:02]
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Félix de Azúa nació en Barcelona en 1944. Doctor en Filosofía y catedrático de Estética, es colaborador habitual del diario El País. Ha publicado los libros de poemas Cepo para nutria, El velo en el rostro de Agamenón, Edgar en Stephane, Lengua de cal y Farra. Su poesía está reunida, hasta 2007, en Última sangre. Ha publicado las novelas Las lecciones de Jena, Las lecciones suspendidas, Ultima lección, Mansura, Historia de un idiota contada por él mismo, Diario de un hombre humillado (Premio Herralde), Cambio de bandera, Demasiadas preguntas y Momentos decisivos. Su obra ensayística es amplia: La paradoja del primitivo, El aprendizaje de la decepción, Venecia, Baudelaire y el artista de la vida moderna, Diccionario de las artes, Salidas de tono, Lecturas compulsivas, La invención de Caín, Cortocircuitos: imágenes mudas , Esplendor y nada y La pasión domesticada. Los libros recientes son Ovejas negras, Abierto a todas horas y Autobiografía sin vida (Mondadori, 2010). Escritor experto en todos los géneros, su obra se caracteriza por un notable sentido del humor y una profunda capacidad de análisis.
La nueva edición del Diccionario de las artes (Debate, 2011) se amplía en más de cien páginas y corrige todas las entradas anteriores.
Ensayo
Contre Guernica, Prefacio para Antonio Saura (2008). Archives Antonio Saura, Genève.
La pasión domesticada (2007). Abada, Madrid.
Ovejas negras (2007), Bruguera, Barcelona.
Cortocircuitos. Imágenes mudas (2004). Abada, Madrid.
La invención de Caín (1999). Alfaguara, Madrid.
Baudelaire y el artista de la vida moderna (reedición) (1999). Anagrama, Barcelona.
Lecturas compulsivas. Una invitación (1998) Anagrama, Barcelona.
Salidas de tono (1996). Anagrama, Barcelona.
Diccionario de las artes (1995). Planeta, Barcelona.
Baudelaire y el artista de la vida moderna (1992). Pamiela, Pamplona.
Venecia (1990). Planeta, Barcelona.
El aprendizaje de la decepción (1989). Pamiela, Pamplona.
La paradoja del primitivo (1983). Seix Barral, Barcelona.
Conocer a Baudelaire y su obra (1978). Dopesa, Barcelona.
Novelas y prosa literaria
Autobiografía sin vida (2010). Mondadori, Barcelona.
Abierto a todas horas (2007). Alfaguara, Madrid.
Esplendor y Nada (2006). Lector, Barcelona.
Momentos decisivos (2000). Anagrama, Barcelona.
Demasiadas preguntas (1994). Anagrama, Barcelona.
Cambio de bandera (1991). Anagrama, Barcelona.
Diario de un hombre humillado (1987). Anagrama, Barcelona.
Historia de un idiota contada por él mismo, o el contenido de la felicidad (1992), Anagrama, Barcelona.
Mansura (1984). Anagrama, Barcelona.
Última lección (1981). Legasa, Madrid.
Las lecciones suspendidas (1978). Alfaguara, Madrid.
Las lecciones de Jena (1972). Barral E., Barcelona.
Relatos
"Quien se vio", Tres cuentos didácticos (1975). La Gaya Ciencia, Barcelona.
"La venganza de la verdad" (1978). Hiperion nº1, Madrid.
"Herédame" (6 y 7 agosto 1985). El País, Madrid.
"El trencadizo", con grabados de Canogar (1989) Antojos, Cuenca.
"La pasajera" (18 nov. 1990). El País, Madrid.
"La resignación de la soberbia", Los pecados capitales (1990). Grijalbo, Barcelona.
El largo viaje del mensajero (1991) Antártida, Barcelona.
Cuentos de cabecera ("La pasajera" y "La segunda cicatriz") (1996). Planeta NH.
"El padre de sus hijos" (1998). Barcelona, un día, Alfaguara, Madrid.
"La verdad está arriba" (1998). Turia, Teruel.
Poesía
Última Sangre. Poesía 1968-2007 (2007). Bruguera, Barcelona.
Poesía 1968 1988 (1989). Hiperion, Madrid.
Farra (1983). Hiperion, Madrid.
Siete poemas de La Farra, con un grabado de A. Saura (1981). Cuenca.
Poesía 1968 78 (1979). Hiperion, Madrid.
Pasar y siete canciones (1977). La Gaya Ciencia, Barcelona.
Lengua de cal (1972). Visor, Madrid.
Edgar en Stéphanie (1971). Lumen, Barcelona.
El velo en el rostro de Agamenon (1970) El Bardo, Barcelona.
Cepo para nutria (1968). Madrid
1987 Premio Anagrama de Novela.
2000 Premio a la cultura "Sebetia-Ter" del Centri di Studi di Arte e Cultura di Napoli".
2001 Premio a la tolerancia de la "Asociación por la Tolerancia", Barcelona.
10/2/2012 11:36
Pues habrá que llamar a Clint...
Publicado por: Circe
09/2/2012 20:52
Hablando de Undargarín y demás...
Publicado por: juliano el apostata
09/2/2012 19:19
Publicado por: ¿Es el mismo?
09/2/2012 16:26
Publicado por: BigEd
09/2/2012 11:58
Publicado por: Tipo Material
09/2/2012 11:51
Estado de bienestar o fractura...
Publicado por: si se van fuera los chorizos, en España no quedaría ni dios
09/2/2012 08:47
A ver si quedamos un día de...
Publicado por: miguel
08/2/2012 23:24
O sea, Félix, que a pesar de lo...
Publicado por: juliano el afósfata
08/2/2012 21:45
dice el escohotado que un pastor...
Publicado por: a.
08/2/2012 20:41
No más que para empezar: que...
Publicado por: el emmental
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