El blog literario latinoamericano
Editado por La Oficina del Autor
domingo, 6 de julio de 2008
De nuevo zambullido en un país que se supone es el mío, recuento cosas que voy a echar de menos. La biblioteca municipal del barrio: hay una en cada quartier con todo lo que un ser humano puede desear. El silencio urbano: ni siquiera en parques repletos de niños se oyen gritos. Muros sin arte callejero o guay. El respeto mutuo, invento supremo de la República: el vecino se excusa al cruzarse contigo por la escalera. El pan: en un radio de 200 metros hay ocho panaderías, y cada una ofrece hasta 20 ingenios. Tanto en la prensa como en la tele muchos periodistas se toman en serio su trabajo y si deben incomodar a un ministro, lo hacen también en la cadena del ministro. La presencia de la literatura en la vida cotidiana, en la política, en las preguntas de los concursos. Los camareros con mandilón. Una arquitectura que no despelleja al paseante. Tampoco la circulación de autos y motos le agrede de muerte. Los benditos castaños. El río y sus puentes. Las librerías abiertas en domingo. Los informativos que no dan deportes. La ausencia de pornochismorreo. La igualdad robusta. Las piedras que han soportado diez revoluciones y cien guerras.
Hay muchas singularidades benéficas. Las hay también maléficas. Los bancos son arcaicos, en algunos ni te cambian si no eres cliente. Los trenes llevan la mitad de los asientos en dirección contraria a la marcha. Los lunes se dedican a la desolación. La autocomplacencia chovinista. El tonillo maullante de ciertas hembras sin embargo adultas. La inexistente separación entre las mesas del restaurante. L'amour. El fariseísmo melifluo a veces baboso. Johnny Hallyday.
Y lo peor es la puerilidad con la que infectan el francés. Copio unas frases de la prensa: "Les socialistes sont en crise de 'leadership'". "Je prends cette candidature comme un 'challenge' ". "Le 'turnover' dans les écoles est tel que...". "Un souffle de vent dérange son 'brushing'". Todas ellas han sido dichas o escritas por gente con carrera universitaria y editadas en los diarios más distinguidos de París.
Artículo publicado en: El Periódico, 16 de junio de 2207.
[Publicado el 18/6/2007 a las 11:01]
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Hasta que hace poco más de un año la muerte lo convirtió en alguien extraño para nosotros aunque seguramente muy próximo a él mismo, apenas cambió. Tenía la serenidad de un buda barbudo a pesar de que sonreía con parsimonia. Lo suyo era más bien una risa íntima, casi siempre burlona, que afloraba como un surtidor, a borbotones, y se apagaba casi de inmediato entre los pelos de su barba canosa. Más gordo o menos flaco, más calvo o por completo, Joaquín Jordá no se ocupó nunca de las cosas insignificantes, de modo que tampoco le daba importancia a su aspecto. En todo caso, a mí siempre me pareció el suyo un porte senatorial, impecable, óptimo. Un gran tipo.
Por ser uno de los hombres más inteligentes que he conocido, viví con él una escena que se grabó a punta seca en mi mala memoria y de vez en cuando regresa para darme esperanza en periodos inciertos o francamente asquerosos. Recibo el recuerdo de Joaquín Jordá con los brazos abiertos en cada ocasión. Como ésta.
Yo diría que su momento de esplendor lo tuvo durante el exilio italiano. Joaquín, un comunista de los años sesenta, había huido de la mediocridad y el asco moral barcelonés, aunque también (pero él nunca lo dijo) de sus colegas del partido, la sección más soporífera del comunismo mundial, para instalarse en una covachuela del Trastévere romano, bien iluminada, cómoda, chiquita, ascética y magnífica. Acompañado por la adorable Carmen Artal, trataba de hacer cine con el apoyo de algunos comunistas italianos muy bien vestidos. No se engañaba. Sabía perfectamente que eran tan cerrados de mollera e incapaces como los españoles, pero Joaquín quería hacer algo, lo que fuera, cualquier cosa que pusiera de manifiesto cómo se disimula y trafica la desgracia de los débiles. No le interesaba exponer el dolor de los humanos en crudo, sino cómo se vende y mercantiliza el dolor bajo el disfraz de la bondad. Para hacerlo estaba dispuesto a aliarse con Satanás. Establecido cerca del Vaticano, tenía alguna posibilidad.
Algo llegó a rodar con los italianos, en efecto, tras aguantar miles de horas de charlatanería (el comunista italiano había heredado la locuacidad oceánica de su clero), como un documental de 1970 titulado Lenin vivo, que no he conseguido ver aunque el título promete. Sin embargo, cuando le visité en su pisito romano estaba preparando, si no recuerdo mal, algo sobre los horrores de Angola en colaboración con los comunistas portugueses, que eran un poco menos sensatos que los italianos, si cabe.
Sin embargo, a Jordá, grande y bonachón, sí, pero moralmente inflexible, no le excitaba el simple documento sobre la explotación o el crimen. No quería hacer un "cine de denuncia" que la mayor parte de las veces acaba siendo un producto mercantil para tranquilizar a la clientela de la bondad. Lo que deseaba era filmar las trampas que hacen de la maldad un producto comerciable. Por esta razón, muchos años más tarde, cuando un periodista le preguntó (típico de becario) si le gustaban los documentales de Michael Moore, le contestó con tono glacial: "No me interesa. Me parece un cine maniqueo y grosero". La mera exposición de la maldad suele ser, en muchas ocasiones, una excusa de la hipocresía para nadar y guardar la ropa, para comerciar y sin embargo "denunciar", es una enfermedad típica de cantantes y actores. A Jordá le interesaban, por el contrario, los procesos de mixtificación, de camuflaje, de ornamentación, que tranquilizan a las conciencias flaqueantes y que permiten ganar dinero con la desgracia ajena.
Consecuente con ello, uno de sus últimos trabajos documentales, titulado De Niños, desmontaba el disparate que periodistas, policía, psicólogos oficiales y parte de la judicatura habían montado en Barcelona con una pretendida "trama depederastia del Raval". En línea con el libro de Arcadi Espada, el documental ponía de manifiesto la suma de intereses políticos y económicos que se escondía tras una denuncia aparentemente justa, benéfica y progresista. No gustó ni un pelo en los despachos del socialismo municipal catalán.
A la gente hay que conocerla en la adversidad. Todos los humanos felices son iguales, pero cada infortunado tiene una historia irrepetible. Jordá mantuvo intacta su lucidez a pesar del mazazo que le cayó encima cuando un infarto cerebral lo dejó mudo, sin memoria para la lectura o la escritura, y sin colores en la visión. En lugar de lamentarse o acobardarse, reaccionó como una fiera y se dispuso a estudiar los tráficos, disimulos y trampas de nuestro propio cerebro y los tratamientos quirúrgicos que ponen en marcha. El resultado fue la escalofriante Monos como Becky, de 1999, sobre las lobotomías que se practicaban en los enfermos mentales más desvalidos y pobres, un asunto que ya había llamado la atención al Kubrick de La naranja mecánica.
Por esas fechas, David Fernández de Castro decidió escribir un libro sobre Jordá y el documental lobotómico y me confiaba, emocionado, su admiración por aquel hombre corpulento, torpe, disminuido, con una visión en grises, dificultades para hablar y escribir, pero con la inteligencia y la pasión intactas. ¡Irreductible esperanza! Su cerebro había sufrido un expolio como el que sufrieron los obreros de Númax presenta, su película más sesentayochista, y él tenía que explicar las causas ocultas del expolio. Las evidentes no era necesario exponerlas, a la vista estaban, pero siempre hay algo que traficar incluso en el interior de nuestro cerebro y nunca falta un traficante dispuesto a comprarle perfume caro a su novia aunque sea exprimiendo nuestro seso. Se puso a buscarlo, y lo encontró.
Como es lógico, aquel hombre que tanta esperanza había puesto en la rebelión de los oprimidos, era demasiado inteligente como para engañarse acerca del fracaso de una ideología que había sido incapaz de prever la colosal transformación del fin de siglo. Y si no había podido predecir el desarrollo mundial del capitalismo, ¿para qué demonios servía una ideología dedicada al análisis del capitalismo y a profetizar su inexorable final? Las viejas herramientas de la tradición comunista eran completamente inútiles en el siglo XXI. Otro becario le preguntó en los últimos años sobre sus esperanzas revolucionarias: "El mundo laboral del obrero industrial ha terminado. Lo colectivo ha perdido importancia". Su pudor le impidió hablar con mayor contundencia del sueño muerto. No por eso, sin embargo, buscó refugio, como tantos comunistas al borde del ataque de nervios, en el nacionalismo periférico. En 2005, al ser inquirido (más becarios) por el Estatuto catalán, respondió con un contundente: "Es un asunto que no me interesa en absoluto".
Ya llego. La escena que me viene a la mala memoria es muy anterior. Quizás fuera en 1973 o 1975. Creo que él estaba por entonces traduciendo algún maravilloso Manganelli de los que publicó Herralde, medalla al mérito. Era en Roma, sin duda, y hablamos muchas horas, caminamos bastante, apenas comimos, bebimos con moderación y también sin moderación, a veces dormíamos pero creo que seguíamos hablando dormidos. Yo le preguntaba (estaba perdiendo la fe) una y otra vez cómo podía mantenerse la esperanza cuando los partidos comunistas europeos eran ruinas habitadas por el poeta Aragon y otros nostálgicos de las polainas y el totalitarismo, cuando la fuerza obrera se había convertido en un gang de sindicatos corruptos, cuando masas de proletarios votaban a Le Pen, cuando en España nadie movía un dedo contra Franco, en fin, la paliza habitual que todos los estudiantes de aquellos años le pegaban a sus maestros.
Acosado por mis preguntas y supongo que sumamente aburrido, Joaquín dio uno de sus famosos resoplidos (no tenía órgano para suspirar) y se quedó mirando al suelo, quieto, inmóvil, en medio del populoso Trastévere. Yo no sabía qué hacer. La gente nos sorteaba como el río las rocas, pero siendo italianos no dejaban de llamarnos cosas feas y hacer misteriosos y temibles signos con los dedos. Al cabo de unos minutos comenzó a hablar en voz muy baja.
"Sí, eso parece, que no hay nada que hacer, que son quimeras, sin embargo, ¿ves esa grieta de ahí, entre las dos baldosas? Un día esa grieta crecerá. Al día siguiente aún crecerá más. Pasarán meses y la grieta se hará enorme. Al principio la gente no prestará atención, luego saltarán por encima, pero llegará un momento en que será tan grande, tan honda, tan terrible, que no tendrán más remedio que hacer algo". Levantó su augusta cabeza y me miró desafiante, los escasos cabellos desordenados y larguísimos formaban una orla sobre su cráneo. "¡No tendrán más remedio que hacer algo o se precipitarán todos ellos en la grieta!". Tuve la sensación de ser un israelita, incluso varios israelitas, delante del profeta Elías minutos antes de ser arrebatado por el carro de fuego. Sus ojos lanzaban hermosos destellos. Luego siguió caminando y yo corrí tras él como un perrillo.
Los días de mayor abatimiento pienso en Joaquín y me digo que tenía toda la razón y que la esperanza es un soberbio animal, da gusto verlo. También es verdad que la grieta ha seguido creciendo y es cada vez más grande. Que la gente se percate y haga algo, es sólo ya cuestión de tiempo. De momento, sin embargo, me parece que el único que se va a caer en ella soy yo.
Artículo publicado en: El País, 11 de junio de 2007.
[Publicado el 13/6/2007 a las 10:00]
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El regreso del nazi vascongado
Algunos de los más ásperos calumniadores de aquellos que desde el principio rechazamos el "diálogo" con ETA y Batasuna deben de estar, en este momento, reciclando sus bolígrafos. Quienes nos oponíamos a una política de apaciguamiento del ultranacionalismo violento no lo ha- cíamos por dureza de corazón o intolerancia, sino por el convencimiento de que cualquier indulgencia con los movimientos totalitarios se acaba volviendo en contra del que tiende la mano. Los nazis muerden todo lo que se les acerca.
Empleo la palabra nazi sin ánimo deprecativo, solo descriptivo. La ideología del ultranacionalismo violento es la de un partido neonazi, aunque se disfrace de izquierda. También decían ser de izquierda Mussolini y la Falange. El nazismo de ETA y Batasuna ha sido extensamente analizado, pero merece la pena insistir: la exaltación de la sangre, la mitificación del territorio, la hipóstasis de la lengua como alma de la nación, la mitologización del Ejército nacional, la asunción del racismo de Sabino Arana como texto sagrado, en fin, todo el folclore étnico con que adornan sus actos públicos, los colocan indudablemente en el campo de la ultraderecha.
Es evidente que en ETA y Batasuna tenemos la peor herencia franquista y que solo han sobrevivido por las atenciones que reciben de los nacionalistas menos extremos. Personajes como Arzalluz han sido esenciales para que ETA y Batasuna medren.
Y recuerde el lector que Otegi ha hablado en las universidades catalanas con el aplauso de las autoridades, mientras a los amenazados de muerte por ETA se les impedía la entrada. Los estudiantes ultranacionalistas y los rectores oportunistas han contribuido a la creación de fascistas universitarios.
Lo más desolador es que quienes rechazamos el diálogo con ETA somos los que creemos en su posible derrota. Nunca una democracia ha sido derrotada, si es una democracia verdadera. Y son los dialogantes los que no creen o no desean la derrota de los nazis. En eso ha consistido el "diálogo": en la renuncia a los fundamentos de la democracia.
Artículo publicado en: El Periódico, 9 de junio de 2007.
[Publicado el 11/6/2007 a las 10:18]
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El candidato no tiene quien le vote
Estuve en Barcelona el pasado domingo para ejercer mi derecho a la abstención. Por la noche celebré la victoria por mayoría absoluta con antiguos votantes del Partido Socialista. Ya no se votan ni a ellos mismos.
Ningún candidato al Ayuntamiento de Barcelona se ha tomado en serio la abstención. Los más cínicos acusan al consejero Joan Saura, director de un área llamada de Participación Ciudadana que nadie sabe para qué sirve. Aunque es evidente que el director del área poca participación ha conseguido, es coherente consigo mismo: dijo que él prefería que los votantes de derechas se quedaran en casa. Cosas de una educación cívica deficiente.
Los más sarcásticos aseguran que la abstención se debe a la colosal satisfacción de los barceloneses. Una befa que no se oía desde los tiempos de Franco. Mis amigos socialistas dicen lo que todo el mundo: que por estos candidatos nadie da un duro. Imma Mayol lo confesó poco antes: son políticos antisistema. Traduzco: contrarios al sistema democrático, porque si no, ya me dirá a qué sistema se refiere.
Puede parecer exagerado que acuse a los políticos barceloneses de poco demócratas, pero lo digo en serio. Es poco democrático el gobierno de un grupo que vive por encima de la ciudadanía y solo se ocupa de ella cada cuatro años. ¿Exageración? Lo sería si les hubiéramos oído reconocer que no tienen ni idea de lo que la gente necesita. Sin embargo, ni uno solo reconoce la menor responsabilidad en el desastre, o sea, en el descrédito de la democracia.
Descrédito supino: las cifras de participación en Catalunya son las más bajas de España, pero las de Barcelona son las más bajas de Catalunya. Y aunque deberían haber figurado en lugar destacado de diarios, televisiones o radios, apenas se han divulgado. Las cifras son estas: se ha abstenido más gente (50,42%) de la que ha votado (49,58%). Y además ha habido un 4% de votos en blanco, es decir, de rechazo frontal a todos los candidatos. Estas cifras son una barbaridad en cualquier ciudad europea. No así en Barcelona, ciudad quizás poco europea.
Artículo publicado en: El Periódico, 2 de junio de 2007.
[Publicado el 04/6/2007 a las 12:08]
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Ayer, 29 de mayo, se presentó en la librería La Central de Barcelona el libro Abierto a todas horas, una selección del blog que aquí todos conocen. Se presentó también el blog de otros dos amigos de El Boomeran(g), Santiago Roncagliolo y Marcelo Figueras. Los introdujo Eduardo Mendoza, el más escéptico de los escritores, acompañado por Basilio Baltasar. Fue muy divertido.
Para mí fue, además, emocionante.
La nebulosa de los que comparten este blog, esos nombres falsos perfectamente verdaderos, de pronto comenzó a tener cuerpo. Hasta ahora era un alma. Una sola. Una voz única, aunque coral. Para los que sean musicales, la voz única y coral era polifónica, pero componía un sólo canto. Ayer ante mis ojos las voces comenzaron a individualizarse como en una película de Harry Potter.
Os parecerá una pedantería, pero ese proceso es el que transformó la ópera a finales del siglo XVIII. La ópera anterior a Mozart no construye personajes individualizados, aunque lleven nombres como Orfeo o Julio Cesar. Las voces no expresan la personalidad, sino el contenido pasional, histórico o ideológico de los personajes. Con Mozart las voces toman cuerpo y se hacen individuales. Don Giovanni puede dudar, puede tener oscuridades en el alma, puede ser "psicológico". Y también la Condesa y Zerlina y Doña Elvira. Todos los personajes adquieren cuerpo individual, contradicción, vida espiritual, carácter.
Ayer, en la presentación del libro, me pareció vivir el paso de Monteverdi a Mozart a velocidad de vértigo. Las voces que conocía como encarnaciones puras de la Idea, de pronto dejaron su parte angélica (o demoníaca) y se hicieron humanas.
Lloré mucho de los ojos.
Una mezcla explosiva de temor y agradecimiento.
Porque ahora sé que sois mortales.
[Publicado el 30/5/2007 a las 12:38]
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Hay una gloriosa corona en torno a París que el turista suele desconocer. Ninguna de sus augustas gemas está a más de hora y media en tren desde la capital. Es posible acceder, visitar y volver, no solo en el mismo día sino en la mitad de una jornada del Louvre, ese estadio para masas agónicas. El viaje tiene la ventaja, además, de permitir un almuerzo en las múltiples terrazas que todos los centros provinciales franceses han ordenado como zona peatonal, modelos de cultura urbana inteligente que uno imagina del todo imposibles en España.
La corona comienza en Saint Denis, donde nació la idea, y sigue por Laon, Chartres, Reims, Amiens, para acabar en la tragedia de Beauvais. En una semana se hace el anillo. Una vez en la vida, merece la pena intentarlo. Porque la idea que expone esa corona es grandiosa y por ella sola casi se justifica Occidente. No excusa las matanzas del siglo XX, solo invita a pensar cómo era Europa en tiempos más compasivos.
La idea se suele llamar arte gótico, pero con eso se dice poca cosa. En realidad, su inventor, el abate Suger de Saint Denis, puso en movimiento la imagen de la vida urbana y de la política moderna, todo ello expresado con una materia sutil: la luz. La pura luminosidad iba a hacer visible una sociedad que ya no era la masa informe de labradores esclavizados, sino eso que en el futuro se llamaría burguesía y cuya obra maestra fue la Revolución Francesa.
La idea comienza a desarrollarse hacia 1140 a pocos kilómetros de París (se llega en metro) y culmina menos de cien años más tarde, cuando la descomunal Saint Pierre de Beauvais queda inconclusa. Durante ese lapso, la luz entra en la catedral para iluminar, no divinidades arcaicas, sino a los nuevos ciudadanos y su libertad nueva. La pesarosa desnudez románica deja paso a esculturas por fin humanas, a vidrieras enjoyadas, inmensas columnas, cánticos, y el fuego del cielo lo alumbra todo en verde, rojo, azul y amarillo.
Esto requiere más espacio. De momento, que sirva de acicate para quien comience el éxodo y deba decidir si mar o montaña.
Artículo publicado en: El Periódico, 26 de mayo de 2007.
[Publicado el 28/5/2007 a las 09:42]
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La sombra de Dios es contrahecha
Algunos de los vicios que alejaron del comunismo a Koestler o Gide se mantienen en la política actual
Revolviendo en los libreros de viejo encontré hace poco una pieza estimable: The God that failed, volumen editado por Richard Crossman en 1950 que contiene seis historias: las de seis conversos al comunismo que acabaron abominando del mismo. ¡Pero vaya conversos! Arthur Koestler, Stephen Spender, Louis Fischer, Richard Wright, André Gide e Ignazio Silone cuentan cómo entraron en el Partido y por qué lo abandonaron. El año de edición, en los comienzos de la guerra fría, lo determinó como "panfleto de la CIA" entre los progres, de modo que solo ahora he podido leerlo sin gafas negras. Es fascinante.
Puede parecer literatura arcaica y en cierto modo lo es, aunque en algunos países se mantenga vivo el comunismo más vetusto, como en Cuba o Corea del Norte. Sin embargo, es una lectura instructiva porque muestra la permanencia de un sistema manipulador y represivo, adaptado al medio actual en partidos como Batasuna y similares. Hay, además, una herencia de totalitarismo inconsciente que permanece intacta en España y Latinoamérica.
Las seis historias son apasionantes. El húngaro apátrida, el señorito anglosajón, el periodista americano, el negro del Misisipí, la máxima celebridad literaria europea (entonces) y uno de los fundadores del Partido Comunista italiano no pueden ser más distintos y, sin embargo, la melodía de su canción es la misma. Aquello que les llevó al Partido fue un acto de generosidad y entrega, el dolor de una injusticia intolerable, el abuso depredador de los poderosos, la hipocresía y el egoísmo de los magnates, la inadmisible miseria de los desvalidos, el cinismo de los políticos, el ascenso del totalitarismo.
Asombrosamente, esos fueron también los motivos que les llevaron a abandonar el Partido y en algunos casos a luchar denodadamente contra su influencia: el cinismo de los estalinistas, la criminalidad del sistema, el totalitarismo soviético, la corrupción de los cuadros, la inmoralidad de los camaradas. Y otro elemento que a veces se olvida: la beocia absoluta del ideario y la ineficacia colosal de su aplicación.
De todos, el mejor armado para explicar la historia es Arthur Koestler, no solo por su calidad literaria (¡qué cursi queda el pobre Gide al lado del perfectamente actual Koestler!), sino sobre todo por la agudeza de su pensamiento. Koestler ha relatado luego sus años comunistas en los volúmenes autobiográficos, pero en este breve relato de apenas 50 páginas hay una frescura, una espontaneidad, admirables. Todavía estaba vivo el dolor de la ruptura, el abatimiento de la decepción. Aún vivían algunos amigos cuyo nombre no podía mencionarse porque seguían en la URSS. Todos ellos acabaron siendo asesinados.
Aunque es imposible dar cuenta de toda la información que ofrece Koestler, hay puntos relevantes para la política actual. El principal es que, como intuyó Dostoievski, no hay fuerza que induzca mayor unidad gregaria que el crimen compartido. Era precisamente el conocimiento de las monstruosidades de Stalin lo que mantenía la cohesión del grupo de cómplices. De no haber habido millones de víctimas, quizá en algún momento se habría podido proceder a la sustitución del tirano, pero los cuadros del Partido sabían que la desaparición de Stalin arrojaba una montaña de cadáveres sobre sus cabezas.
El segundo punto es la fe como estupefaciente del alma atribulada. El sentimiento religioso de los comunistas es asunto conocido. Koestler cree que el comunismo hizo estragos mayores en los países de tradición católica, habituados a la sumisión, que en los de tradición protestante, donde hay más recursos contra la arbitrariedad. No estoy seguro. En la Alemania del norte cundió el comunismo prebélico, aunque es cierto que estaba potenciado por el ascenso de los nazis. El beneficio principal de la fe es que el atribulado puede dormir en paz: hay un Ser Supremo que sabe con toda exactitud lo que debe hacerse. Y solo hay un pensamiento posible: el nuestro. Koestler habla con ironía de la distinción entre "pensamiento mecánico y pensamiento dialéctico" que usaban los jefes de célula para adormecer a los acólitos. Todo lo que proponía el Partido era dialéctico, y cualquier argumento que se apartara un milímetro era mecánico. Sobre todo cuando lo que planteaba el Partido era idéntico a lo que proponían los nazis. El pensamiento de un nazi era mecánico, pero el mismo pensamiento se convertía en dialéctico si lo decía un comunista. Lo único que aterra a quien vive sumido en una fe, dice Koestler, es perderla.
El tercero es la convicción de haber sido iluminado por una verdad oculta que convierte a quienes la ignoran en socialfascistas, pequeño burgueses sin seso, lacayos del imperialismo o cualquier otro calificativo que se le dé al hereje. La bunkerización ideológica, tan feroz entre los etarras, expulsa del grupo a cuantos tengan la pretensión de pensar por sí mismos. Es el filtro que garantiza que todos los camaradas son almas muertas sin cerebro ni voluntad.
Justificar la mentira, la deshonestidad o el crimen, compartir una fe gregaria y estar en posesión de la única verdad me parecen elementos totalitarios que no han variado ni un milímetro desde 1950. Incluso entre tanta gente que se cree demócrata.
Artículo publicado en: El Periódico, 22 de mayo de 2007
[Publicado el 22/5/2007 a las 10:34]
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El tema del traidor y del héroe
La participación de conocidos izquierdistas en el Gobierno de Nicolas Sarkozy produce océanos de bilis en los medios de la izquierda francesa. Cuanto más irreprochable el personaje, más bilis. Quien mayor odio desata es Bernard Kouchner, nuevo ministro de Exteriores: no pueden acusarle de nada. Exasperado, Daniel Cohn-Bendit le tilda de "narcisista", una majadería cuando se aplica al fundador de Médicos sin Fronteras, la única organización de ayuda humanitaria que concita la alabanza universal.
¿Qué está sucediendo en Francia para que las más estimadas piezas de su tablero cultural abandonen a los socialistas? Quizá habría que reflexionar con la debida seriedad sobre la célebre frase de André Glucksmann: "Voto a Sarkozy porque soy de izquierdas". No es una ocurrencia. Ni siquiera para Pascal Bruckner, uno de los pocos izquierdistas notorios que no se ha pasado al enemigo. Tras las elecciones escribió: "Los socialistas parecen decididos a congelar la Historia: han elegido el camino de la inercia". Y luego: "Dos conservadurismos, de derecha y de izquierda, se han unido para frenar cualquier reforma importante". Y la puntilla: "El Partido Socialista debe decidir entre morir para resucitar mejorado o agonizar en el culto del pensamiento muerto".
Es muy singular que ante cualquier novedad la izquierda institucional, la que goza de todos los privilegios del poder, reaccione con pavor y con ataques personales. Hay un miedo en la izquierda, una inseguridad ética, que produce estallidos de cólera en cuanto algo o alguien se aparta unos centímetros de su catecismo. Antes siquiera de reflexionar o analizar, y desde luego mucho antes de argumentar, baja la testuz y embiste al grito de "¡facha!". Este había sido siempre el comportamiento de una derecha analfabeta y goyesca, la derecha de cortijo y sortija. Ahora lo es también de la izquierda establecida y oronda, la izquierda momificada.
No es extraño que, para algunos hombres de acción, como Kouchner, lo significativo no sea ya la izquierda y la derecha, sino la posibilidad real de hacer algo que valga la pena.
Artículo publicado en: El Periódico, 20 de mayo de 2007.
[Publicado el 21/5/2007 a las 10:06]
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El tren para Reims tenía que salir a las once de la mañana, pero el panel anunciaba su anulación. Debíamos cambiar los billetes para tomar el siguiente, a las 12.30 horas. Gran enfado de cientos de personas que trabajan a una hora de París. El panel añadía que la anulación se debía a "movimientos sociales en la zona de Reims". Intrigado por la frasecita acudí a Información, donde, tras una escaramuza cortés, admitieron que estábamos ante una huelga salvaje encubierta. "Un aviso para Sarkozy", dijo mi informador guiñando un ojo.
El nuevo presidente ha anunciado que impondrá servicios mínimos en los sectores estratégicos, algo que existe desde hace años incluso en Italia. Los sindicatos aristocráticos, pilotos de avión, maquinistas de tren, controladores del transporte público, ya están afilando el hacha. Todos aquellos que, con el fin de mantener sus privilegios, no vacilan en utilizar a los trabajadores como rehenes en huelgas que para nada perjudican a los ricos, van a echar un pulso al nuevo presidente. A esta odiosa extorsión la llaman movimientos sociales. Fariseísmo de los portavoces. Es el ambiente de la Gran Bretaña de Margaret Thatcher.
Durante los últimos días, grupos de ultras han destrozado la plaza de la Bastilla, han quemado coches, han arrasado comercios. Una vez más, castigan con su ira a la gente desvalida, a los trabajadores. En aquellos lugares donde han desatado su vesania aparecen pintadas que dicen: "fachos", es decir, nuestro familiar "fachas".
Ellos creen aludir a los votantes de Sarkozy, pero están firmando sus actos. En efecto, los únicos fascistas son ellos, que no dudan en utilizar la violencia contra gente inocente con el único fin de expresar su narcisismo ideológico. Fachas, sin duda. El Partido Socialista los ha condenado, pero los pequeños partidos antiliberales dudan en dar su opinión. Conocemos de memoria esta liturgia de sacristanes.
Va a ser muy difícil enterrar los tópicos revolucionarios de hace medio siglo, pero solo quienes puedan abandonarlos sobrevivirán al siglo XX. Y mira que es fácil...
Artículo publicado en: El Periódico, 12 de mayo de 2007
[Publicado el 13/5/2007 a las 14:00]
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En obediencia al giro cósmico de la rueda de Fortuna cuyos ciclos son imposibles de medir (tantas son las generaciones humanas que los separan), las sociedades opulentas reciben el castigo a su felicidad bajo la forma de terribles catástrofes, pero sólo las opulentas son castigadas, porque las miserables viven la catástrofe todos los días, incluidos los domingos.
En ocasiones, el desastre obedece a razones comprobables. La peste negra arrasó las ciudades más ricas y sabias de Europa, en la Italia norteña, con un bacilo que llegó de oriente en las pulgas de las ratas, un emigrante clandestino escondido en las tripas de un polizonte. El pánico al castigo divino aún perduraba en una película de Elia Kazan con inmigrantes ilegales, peligros de plaga pestífera y ratas similares a sus víctimas.
Otras veces la destrucción llega por obra de un agente discreto, pero se convierte en un pánico general e induce a creer que el Juicio Final está al caer. En estos casos la plaga o el desastre es una metáfora de la culpabilidad: la culpa de ser tan ricos, tan sabios, tan avanzados, tan poderosos o tan guapos. Tal fue el caso de la tuberculosis durante el romanticismo, según el sagaz ensayo de Susan Sontag sobre la enfermedad y sus metáforas. También lo fue, al inicio de su expansión, el sida, aunque rápidamente las comunidades más afectadas supieron introducir racionalidad en el análisis y detener un terror que podía convertirse en muy peligroso.
Durante el largo dominio de la brutal burguesía del Segundo Imperio, ese periodo en el que se amasaron las primeras grandes fortunas plebeyas, gigantescas acumulaciones de capital logradas con el crimen, la estafa, el robo (aunque también la audacia e inteligencia de los burgueses), todo ello acompañado por sangrientas revoluciones y represiones que influirían decisivamente sobre Karl Marx, el castigo divino fue la sífilis y su herencia.
Como la peste en las ratas, la sífilis se ocultaba en la sangre de las prostitutas y fluía por toda actividad sexual que no fuera del gusto de la iglesia y el Estado. Difundido desde la ciencia médica, el pánico a la espiroqueta y a la sexualidad perversa fue tan intenso que duró más de cien años. Todavía en mi bachillerato (Hermanos de La Salle, Barcelona) hube de leer un pasmoso ensayo de Monseñor Thiamer Toth, obispo húngaro, que bajo el título de Juventud y pureza explicaba la lenta liquefacción de la columna vertebral en los masturbadores masculinos.
El horror a la infección degenerativa iba unido a un permanente horror corporal. La burguesía opulenta veía el cuerpo humano como un saco de miasmas, infecciones, putrefacciones y descomposiciones, humores malignos que acababan por ocupar el cerebro. Los locos furiosos, los delirantes, las histéricas, los desenfrenados, eran tenidos por pecadores en la etapa final del vicio.
Todos los escritores del ochocientos narraron el terror a la degeneración de la sociedad burguesa minada por un mal secreto e ignominioso. La sífilis, como los actuales transgénicos, producía una descomposición invisible de los genes que corrompía fatalmente la herencia. Lo cierto es que aquella sociedad era cada día más poderosa, más opulenta y que estaba haciendo del planeta entero su finca privada. No importa: la obcecación por el castigo, la perturbadora presencia de una culpabilidad difusa, imponía en los burgueses imperiales el pavor a la destrucción universal. Es decir, la de su clase social.
No hay nada más asombroso que asistir por vía de novelas o documentos de la época a las onversaciones habituales en aquellos salones. Cada cinco frases aparecía el diagnóstico médico. La medicina era la ciencia dominante y aunque su lenguaje nos parece hoy cosa de sacamuelas, en su momento fue la verdad absoluta. Cuando muere Jules Goncourt, seguramente de sífilis, el parte médico firmado por una eminencia dice que la causa ha sido una "perimeningitis encefálica difusa". Palabras divinas que se acompañan con esta descripción: "Une désagrégation du cerveau à la base du crâne, derrière la tête".
En sus reuniones, Zola, Flaubert, Maupassant, los Goncourt, Daudet, no cesan de hablar de sus enfermedades con un lenguaje aldeano: "una fiebre cerebral", "una tisis de laringe", "un enfriamiento de las meninges". Todos ellos sufren sucesivamente o al tiempo hepatitis, cólicos, gastritis, neuralgias, gripes, comezones, migrañas, rampas, sarpullidos, reumatismos, insomnios o depresiones nerviosas y lo comentan con arrobo, dando un lugar distinguido al aspecto de las deyecciones.
En uno de los mejores estudios que se han escrito jamás sobre la literatura francesa, el soberbio Le pays de la littérature, de Pierre Lepape, figura un delicioso capítulo sobre Zola en donde el autor expone con maestría la presencia majestuosa de los médicos del Segundo Imperio. El prestigio de la medicina era tan elevado y general como el que actualmente pueda tener la ecología. Zola, un decidido partidario de la ciencia y el progreso, quiso acabar de una vez con la poesía y otras pamplinas, para construir una novela científica según el método experimental de Claude Bernard, modelo mayúsculo de los médicos parisienses. El único modo de evitar la destrucción de la raza y el fin del mundo (el suyo), era, decía, exponer científicamente la causa de la decadencia. A ello dedicó los 19 volúmenes de su anatomía patológica de la Francia burguesa.
Esa ciencia literaria, sin embargo, no era sino un disfraz de la moral tradicional. La novela científica exponía la verdad de la degeneración genética francesa y por tanto era la única actividad artística moralmente respetable. El resto era histeria: "Cuando oyen sonar la música, las mujeres lloran. Hoy necesitamos la virilidad de la verdad para alcanzar la gloria futura", dice en su Carta a la juventud. Y con la arrogancia de quien nada sabe de la ciencia, pero se cree un experto, añadía: "Que los poetas sigan haciendo música mientras nosotros trabajamos". La degeneración genética producida por el frenesí sexual, el alcohol y la sífilis eran la causa científica del fin del mundo (del suyo). Poesía tenebrosa inspirada por una culpabilidad flotante. Había ganado demasiado dinero.
Cada sociedad alucina su fin-del-mundo metafórico. Ahora que nuestros cuerpos son una mercancía de lujo, ¿qué culpabilidad tortura a los opulentos, los sabios, los guapos? ¿Qué peste negra va a destruir sus privilegios? Bien podría ser una sífilis de la tierra, el llamado "cambio climático", fenómeno que afecta al planeta desde que existe y que se acelera debido a la imparable e implacable hipertecnificación. La tierra está degenerando, es una bolsa de miasmas, sus casquetes polares están podridos, su atmósfera envenenada, la infección fluye por sus aguas, pronto morirá. En esta leyenda, como en la leyenda de la tuberculosis o de la peste negra, se toma la parte por el todo. Si llegara ese fin-del-mundo sólo afectaría seriamente a una parte discreta de los habitantes del planeta. El resto seguiría como siempre malviviendo, o puede que algo mejor. Hace muchos siglos un meteorito asfixió buena parte de la vida zoológica, pero sólo a los bichos más grandes. Eso no ha impedido la invención del teléfono.
La denuncia de un cambio climático universal y catastrófico cuya causa serían "las naciones ricas" o "los gobiernos reaccionarios" y cuya víctima abarcaría a "todo el planeta" con ese añadido demagógico de "en especial los más pobres" es nuestra leyenda del castigo divino, nuestro mito del fin del mundo (opulento). Habrá víctimas del cambio climático como hubo apestados, tuberculosos y sifilíticos, pero puestos a lo peor, la hecatombe climática, si la hay, dejará con vida y buenas perspectivas a una parte bastante amplia del planeta: la que todos los días vive el fin del mundo sin sentir la menor culpabilidad.
Artículo publicado en: El País, 10 de mayo de 2007
[Publicado el 10/5/2007 a las 17:02]
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Félix de Azúa nació en Barcelona. Licenciado y doctorado en Filosofía, profesor de Estética y colaborador habitual del diario El País, fue conocido gracias a su inclusión en la antología Nueve novísimos poetas españoles. Ha publicado los libros de poemas Cepo para nutria, El velo en el rostro de Agamenón, Lengua de cal y Farra. Su poesía está reunida, hasta 2007, en Última sangre. Ha publicado las novelas Historia de un idiota contada por él mismo, Diario de un hombre humillado (Premio Herralde), Demasiadas preguntas y Momentos decisivos. Su parcela ensayística es amplia y destacada: Baudelaire, Lecturas compulsivas, Diccionario de las Artes, La invención de Caín, Cortocircuitos: imágenes mudas y Esplendor y nada. Los libros recientes son Ovejas negras, La pasión domesticada y Abierto a todas horas. Escritor experto en todos los géneros, su obra se caracteriza por un notable sentido del humor y una profunda capacidad de análisis.
Ensayo
La pasión domesticada (2007). Abada, Madrid.
Ovejas negras (2007), Bruguera, Barcelona.
Cortocircuitos. Imágenes mudas (2004). Abada, Madrid.
La invención de Caín (1999). Alfaguara, Madrid.
Baudelaire y el artista de la vida moderna (reedición) (1999). Anagrama, Barcelona.
Lecturas compulsivas. Una invitación (1998) Anagrama, Barcelona.
Salidas de tono (1996). Anagrama, Barcelona.
Diccionario de las artes (1995). Planeta, Barcelona.
Baudelaire y el artista de la vida moderna (1992). Pamiela, Pamplona.
Venecia (1990). Planeta, Barcelona.
El aprendizaje de la decepción (1989). Pamiela, Pamplona.
La paradoja del primitivo (1983). Seix Barral, Barcelona.
Conocer a Baudelaire y su obra (1978). Dopesa, Barcelona.
Novelas y prosa literaria
Abierto a todas horas (2007). Alfaguara, Madrid.
Esplendor y Nada (2006). Lector, Barcelona.
Momentos decisivos (2000). Anagrama, Barcelona.
Demasiadas preguntas (1994). Anagrama, Barcelona.
Cambio de bandera (1991). Anagrama, Barcelona.
Diario de un hombre humillado (1987). Anagrama, Barcelona.
Historia de un idiota contada por él mismo, o el contenido de la felicidad (1992), Anagrama, Barcelona.
Mansura (1984). Anagrama, Barcelona.
Última lección (1981). Legasa, Madrid.
Las lecciones suspendidas (1978). Alfaguara, Madrid.
Las lecciones de Jena (1972). Barral E., Barcelona.
Relatos
"Quien se vio", Tres cuentos didácticos (1975). La Gaya Ciencia, Barcelona.
"La venganza de la verdad" (1978). Hiperion nº1, Madrid.
"Herédame" (6 y 7 agosto 1985). El País, Madrid.
"El trencadizo", con grabados de Canogar (1989) Antojos, Cuenca.
"La pasajera" (18 nov. 1990). El País, Madrid.
"La resignación de la soberbia", Los pecados capitales (1990). Grijalbo, Barcelona.
El largo viaje del mensajero (1991) Antártida, Barcelona.
Cuentos de cabecera ("La pasajera" y "La segunda cicatriz") (1996). Planeta NH.
"El padre de sus hijos" (1998). Barcelona, un día, Alfaguara, Madrid.
"La verdad está arriba" (1998). Turia, Teruel.
Poesía
Última Sangre. Poesía 1968-2007 (2007). Bruguera, Barcelona.
Poesía 1968 1988 (1989). Hiperion, Madrid.
Farra (1983). Hiperion, Madrid.
Siete poemas de La Farra, con un grabado de A. Saura (1981). Cuenca.
Poesía 1968 78 (1979). Hiperion, Madrid.
Pasar y siete canciones (1977). La Gaya Ciencia, Barcelona.
Lengua de cal (1972). Visor, Madrid.
Edgar en Stéphanie (1971). Lumen, Barcelona.
El velo en el rostro de Agamenon (1970) El Bardo, Barcelona.
Cepo para nutria (1968). Madrid
1987 Premio Anagrama de Novela.
2000 Premio a la cultura "Sebetia-Ter" del Centri di Studi di Arte e Cultura di Napoli".
2001 Premio a la tolerancia de la "Asociación por la Tolerancia", Barcelona.
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