El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

viernes, 10 de febrero de 2012

 Blog de Félix de Azúa

Música para indigentes

Era a la caída de una tarde otoñal y estábamos en un hayedo no muy apartado de la frontera de Irún, bañados por esa luminosidad bermeja que disuelve las formas y convoca fantasmas, apariciones, brujerías. Llevábamos atornillados los auriculares y cada uno escuchaba lo suyo. Yo veía con toda nitidez saltar por entre los troncos un grupo de gnomos y ninfas silvanos, pero es que lo mío eran unos cuartetos de Mendelsohn pura estampa de märchen. En cambio Ferrán, que llevaba puesto un Beethoven terminal, el Op.130 con su tremenda secuela, parecía enroscarse en el tronco de las hayas como la serpiente del Edén, seguramente siguiendo el desarrollo de la Gran Fuga.

Cuando amainó el torbellino y nos quitamos los cascos comentó que el siglo XX iba a quedar como el más bárbaro y criminal de todos los siglos, pero también como el que inventó un aparatito para llevar la música metida en el cerebro y que sólo por eso ya le debíamos agradecimiento perenne. Es cierto. Eso de que puedas pasear entre el ruido y la furia mientras por tus sesos fluyen los dorados ríos de Debussy o las añagazas nocturnas de Bartók, es supremo.

Leo ahora, en el Diapason de este mes, que el CD corre serio peligro porque se ha inventado un sistema que mejora ampliamente la audición. La cada vez más liviana desmaterialización del sonido en conserva ahora ya no precisa de ningún soporte físico. El nuevo sistema es un interfaz audionumérico y el modelo con el que se hizo la prueba es un AirStream de HD Audio-Micromega.

En pocas palabras el sistema transmite vía WiFi los ficheros sonoros desde el ordenador hasta la cadena de alta fidelidad. Al parecer la calidad del sonido es cinco veces superior a la del mejor Compacto (de 44'1 a 192 kHz, para quienes lo entiendan). Si a esto le añadimos que muchas de las mejores orquestas del mundo ya no graban discos sino que cuelgan sus conciertos en red para que te los bajes previo pago (menor al de un disco), el sistema tiene posibilidades de ofrecer un sonido de máxima calidad a un precio más barato. Y esto es imbatible.

El director de la revista, Emmanuel Dupuy, comenta que a pesar de todo muchos aficionados no podrán jamás prescindir de algo tan arqueológico como el libreto, la letra, el texto, e incluso las fotos que vienen con el compacto. De ser cierto, estoy persuadido de que los ficheros de AirStream añadirán un cuadernillo imprimible.

Comparado con el vinilo, el compacto parece aún sujeto a la nostalgia: sus libretos recuerdan vagamente a aquellos preciosos sobres de cartón de espléndido diseño con los textos impresos en contraportada o en hojas internas. El compacto no se ha arrancado a la memoria del vinilo. Es algo así como los pabellones de hierro y cristal que durante unos años marcaron el medio camino entre los pasajes comerciales del siglo XIX y las futuras grandes superficies translúcidas del siglo XX. ¿Llegan ya los Mies van der Rohe del sonido?

Estamos en tránsito, como siempre, pero ahora es tan rápido que nos da tiempo para ser nuestros propios sucesores. O supervivientes.

 

***

 

PS/ Me dicen que hay entre quienes escriben en este blog un par de anglófilos, seguramente irlandeses y posiblemente el mismo. Tengo una duda que no logro despejar: ¿alguien sabe el significado del calificativo "gugga" en el Londres de 1940? Les quedaría muy agradecido si me lo aclararan.

[Publicado el 05/10/2010 a las 09:00]

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Mesa de Félix de Azúa con Beat Wyss en Santiago de Compostela

El 19 de octubre tengo una mesa en Santiago de Compostela sobre el tema general de los "caminos". Comparto mesa con un filósofo notable, Beat Wyss, lo que me da mucha alegría. Este es el texto que se difunde en la publicidad del acto organizado por el Xacobeo.

Ante la perspectiva de los infinitos caminos se encuentra uno como la araña centrada en una tela sin límites. ¿Qué pieza ha de caer? Si la extensión puede ampliarse hasta el infinito la pieza no puede ser de este mundo.

Por esta razón he elegido un camino muy celebrado en la literatura europea: el que define la arquitectura entera de la Recherche du Temps Perdu, de Proust. En ésta, una de las tres más grandes novelas jamás escritas, se define el tiempo perdido y encontrado mediante una metáfora que aparece en el comienzo mismo del texto. También allí hay un centro en el que se sitúa Marcel, protagonista y narrador, del que parten dos caminos. A simple vista parecen sendas opuestas que conducen a lugares distintos. El lector comprende, al poco de avanzar la lectura, que en realidad esos caminos definen dos mundos incompatibles, el de la vida privada y el de la vida pública, el del amor y el de la gloria, el de los sentimientos y el de la historia.

Las tres mil páginas de la narración proustiana se encierran en ese contendor colosal formado por dos caminos. La sorpresa del lector (y del narrador) es que ambos caminos son el mismo. Esta aparente paradoja sitúa la Recherche en su más alta ambición porque la coincidencia de los caminos nos enfrenta con la meta final de todo camino: la aniquilación y la igualación que fundamentan nuestra existencia como mortales. No importa el camino que elijas, al final siempre nos espera la Amarilla. Las tres mil páginas de Proust, sin embargo, son un intento desesperado y glorioso de engañar a Madame.

[Publicado el 30/9/2010 a las 13:04]

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No hay quien se escape

Leo en un TLS de julio que Beckett está siendo nacionalizado por las fuerzas vivas irlandesas como si fuera una empresa ferroviaria. Durante un siglo los nacionalistas de la Verde Erin ni siquiera se dieron por enterados de que Beckett era tan irlandés como el IRA y arrugaban la nariz si se le mencionaba en público. Ahora esos mismos patriotas consideran que es una pena dejar de cobrar entrada por las visitas. Las ruinas de Joyce no dan más de sí. Ya muy pocos turistas compran ceniceros Dedalus, jarras de cerveza Ulises o camisetas Bloom. Con un poco de suerte los próximos se lanzarán sobre los paraguas Godot.

Antes le odiaban. Ahora creen que es un fiambre con posibilidades. La política tiene estas veleidades. No importa que Beckett detestara "la estrechez mental de la Irlanda independiente", que tuviera "una total aversión a cualquier discurso nacionalista", que fuera "incapaz de entender el concepto de El Pueblo Irlandés" (Mark Nixon), que jamás mostrara la menor simpatía por el gaélico, que lo principal de su obra hubiera sido escrito en francés o que mostrara sin recato el tedio que le causaba cuanto le recordaba a Irlanda. Nada puede detener a un nacionalista dispuesto a hacer negocio: en 2006 acuñaron un euro con su persona y en 2009 le dedicaron un puente en Dublín. Total, ya nadie lo lee...

La infección, como es lógico, comienza siempre en las esferas ilustradas. He aquí los cinco estudios que han aparecido en los últimos meses sobre tan relevante cuestión:

 

-Beckett and Ireland (S.Kennedy)

-Beckett and contemporary Irish writing (S.Watt)

-Samuel Beckett and the postcolonial novel (P.Bizby)

-Samuel Beckett and the problem of irishness (E.Morin)

-Samuel Beckett (A.Gibson)

 

Es como el chiste aquel de nuestra infancia que terminaba la lista de libros científicos sobre los paquidermos con "El elefante y el problema catalán".

Los irlandeses, sin embargo, siempre llevan encima más copas que nadie: me parece extraordinario lo de Beckett y la novela poscolonial. Irlanda es a Zimbabue lo que Beckett es a Mugabe. ¿O a Isabel II?

En el proceso poscolonial las antiguas colonias sufren una irresistible pulsión imperial y reclaman todo lo que es suyo, o sea, todo. El pobre Beckett metido en el agujero de "Fin de partida" no puede defenderse, está condenado: acabará convertido en otro valor de la bolsa cultural nacionalista.

Tumbado en la oscuridad que tanto amó, como desde el cubo de basura que en su teatro era el mundo, seguro que se ríe y luego tose y se atraganta y se sujeta las costillas muy dolorido y blasfema y acaba bostezando.

[Publicado el 27/9/2010 a las 11:34]

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Entrevista en la revista 'Milenio'

Esta es la entrevista que apareció hace unos días en la publicación mejicana "Milenio" (formato digital). La entrevistadora es Nieves Martín.

"Las iglesias no son religión, son espectáculos y negocios"

Autobiografía sin vida es el libro más reciente del escritor barcelonés, quien aborda la historia del hombre a través del arte, de las imágenes que lo han acompañado en el transcurso del tiempo.

El autor de El aprendizaje de la decepción habla de su nuevo libro, una memoria visual llena de imágenes poderosas, como la del crucifijo: "enigmática, terrible, daba mucho miedo", dice el filósofo que en esta charla, entre otras cuestiones, también alude a las imágenes que ven los jóvenes ahora y al futuro de la prensa impresa, "que tarde o temprano será sustituida por periódicos digitales".

Autobiografía sin vida parece una contradicción.

Es una autobiografía que trata de explicarme a mí mismo a través de una serie de signos, de representaciones que me han marcado.

¿Es una memoria más visual que literaria?

Sí, en ella lo que domina son las artes visuales y sigue una cronología: empieza en las cuevas paleolíticas -las de Chauvet-Pont d'Arc con sus caballos bellísimos-, luego vienen Grecia, el cristianismo, el gótico... es como una historia del arte que termina en la Documenta de Kassel en 1972.

¿Desde que nacemos estamos poseídos por un escenario de signos visibles?

Pienso que sí. En el inicio del libro están las cabezas de caballos de Chauvet, cuando las vi inmediatamente pensé: las debieron ver los niños que nacían y crecían en el interior de aquellas cuevas; me imaginaba aquellas oscuridades iluminadas por el fuego, los resplandores, y me preguntaba: cuando aquellos niños salían de las cuevas y se cruzaban con los caballos, ¿cuáles consideraban que eran los verdaderos, los que estaban viendo en ese momento o los pintados en las cuevas? ¿Cuáles fueron las imágenes que yo vi y me determinaron sin que yo lo supiera? ¿Qué imágenes fueron aquellas que luego me hicieron comprender la vida tal y como la he comprendido?

Algunas de esas imágenes son especialmente poderosas, como el crucifijo en la España del siglo XX.

Claro. Esa es una experiencia de mi generación y de casi todas las generaciones anteriores a la mía, pero ya no es la de los jóvenes. En aquel momento, desde muy pequeñitos, veíamos esa cruz, esa cosa misteriosa, enigmática, terrible, daba mucho miedo, la teníamos siempre presente y estaba unida a todo lo que era -en el caso de mi generación- la España de Franco. Para nosotros era imposible ver la cruz de otra manera. Y toda nuestra vida está vista a través del crucifijo, una vida crucificada. Los chavales ahora no, es difícil que vean un crucifijo, sobre todo en la España contemporánea, se han eliminado por la laicidad. Pero, en cambio, tienen cuatro años y ya están jugando con el play station, y toda su vida estará determinada por una pantalla; no lo saben pero se les nota, están constantemente fotografiando las cosas, si no las tienen fotografiadas no saben que han tenido esta experiencia.

¿Nos damos cuenta de un determinismo visual que antes no habíamos advertido?

La intención del libro es ésa. Para mí fue un descubrimiento -a lo mejor he descubierto el Misisipi. Hasta que empecé esta introspección, yo no sabía hasta qué punto tengo que interpretar el mundo a través del español, de mi lengua, de la misma manera que lo interpreto a través de una serie de imágenes que componen mi lengua visual. La hipótesis es que a todos nos pasa lo mismo, que todo el mundo puede hacer un ejercicio de introspección, y metiéndose en sí mismo decir: bueno, vamos a ver cuáles son las imágenes que a mí me han marcado, de qué manera veo yo el mundo.

En su libro, después de hablar del último dios, el cristiano, de la derrota de todos los dioses, habla del nuevo Templo, el de Lo inevitable, el Ananké de los griegos.

Nuestro mundo empieza en la Revolución francesa. La nuestra es la sociedad de los burgueses revolucionarios, ahora ya quedan muy pocos y sobre todo en los países del tercer mundo; los países más civilizados son masa pura, proletariado puro, democracia total, no hay diferenciación de clases. En España, por ejemplo, todavía hay una burguesía ilustrada que tiene el poder, que lo controla todo, y que impone su ideología. A partir de Hiroshima, de la bomba atómica y de la posibilidad de destrucción total que nosotros vivimos muy directamente -yo recuerdo el día de la crisis de los misiles de Cuba-, interiorizamos lo inevitable, en ese momento todo cambió. Por decirlo de una forma rápida: nosotros estamos viviendo una nueva era, no una nueva época. Es una diferencia muy grande, es la diferencia entre el paleolítico y el neolítico.

 

En Autobiografía sin vida también habla de la transparencia religiosa, de la claridad de los templos góticos frente a la oscuridad románica. Hoy se sigue pidiendo transparencia, digamos a la Iglesia católica en los casos de pederastia.

Pero eso ya no es religión. La religión se terminó con la Revolución francesa, lo que queda son iglesias instituidas, un poco de la misma manera que los partidos no son organizaciones políticas, sino empresas económicas, y no se puede decir que la política es lo que hacen los partidos, la política la hacemos usted y yo, los ciudadanos, los partidos no hacen política, hacen negocio. Con la religión es lo mismo. Hay quien cree en la religión pero las iglesias ya no son religión, son espectáculos religiosos, económicos, que a veces son muy poderosos, pero no son religión. Religiones quedan todavía, pero en lugares poco recomendables, como los países islámicos donde la legislación todavía obedece la ley de Dios. En Israel también, las leyes del estado ultra moderno están naturalmente ordenadas según la teología hebrea, no pueden saltarse la ley religiosa. En nuestras sociedades no, afortunadamente la ley de carreteras o de sanidad no depende de Dios. Es en ese sentido que digo que la religión ha desaparecido. Entonces quedan sólo el arte y la ciencia. La ciencia no explica pero describe. El arte sí que explica. Y lo que está sucediendo, a mi entender, es que la ciencia está sustituyendo a la religión, como única verdad verdadera y el arte está robándole herramientas y mecanismos a la ciencia. Cada vez el arte actual es más técnico, en el sentido de que utiliza más técnicas, los que lo practican tienen que tener saberes técnicos. Hay muchísimos artistas actuales que vienen de la ciencia, se está produciendo una transformación que a mí me apasiona, que es típica de un principio de era. Se están trastocando los pilares de nuestra civilización, todo se mueve, la sensación es de caos, de desorden, a todos nos da miedo, pero es excitante.

Entre los hitos artístico-visuales, hay un lugar destacado para Goya.

En Goya se da ese primer paso interesantísimo hacia la representación inmediata del horror. El arte anterior no lo representaba. Delacroix, por ejemplo, tiene un cuadro que es la representación de una matanza, se llama La masacre de Quíos, una ciudad en la que entraron los turcos y mataron a todo el mundo: veinte mil cadáveres, pero la representación de Delacroix no produce ningún horror, es muy hermosa. Goya es el primero que introduce el horror dentro de la representación, pero ojo que esto es arte y en el arte el horror puede estar presente, pero ha de estar siempre en forma afirmativa, que no deprima, que no sea una foto de Auschwitz, que te hace odiar al género humano. Me refiero a las fotografías documentales, que no son nada artísticas, que hicieron los ejércitos norteamericano y soviético cuando entraron en aquellos campos y se encontraron aquella barbaridad.

José Antonio Fortes, en su libro Intelectuales de consumo, denuncia el uso de los intelectuales, los poetas incluidos, por parte del poder, desde 1982 hasta nuestros días, recordando el arte y Estado franquista.

Sí, pero dese usted cuenta que la mayor parte de los poetas utilizados por el poder no son poetas, son simulacros, imitaciones. Un poeta no se deja utilizar. Mejor dicho, a lo mejor querría ser utilizado el pobre, aunque sólo fuera para comer caliente, pero es imposible utilizar un poeta. Los poetas te meten en unos líos horrorosos. Tú llevas a un poeta a ponerle una condecoración y te puede llegar hecho un asco, ponerse a gritar, querer pellizcarle el culo a la ministra, los poetas son imposibles.

En el último capítulo de su libro, "Un final de novela", dice que la literatura es "una mercancía de fluctuante valor que se puede luego monetarizar en los múltiples canales religiosos de la democracia popular: radio, tele, cine". No menciona la prensa.

No la he mencionado porque tiendo a pensar que la prensa es algo así como el arte en mayúsculas, una cosa del pasado, un residuo del siglo XIX. Y tiene los años contados, desgraciadamente, porque yo adoro los periódicos. Todas las empresas que fabrican diarios sufren pérdidas enormes y los periódicos están siendo utilizados de la manera más desvergonzada por el poder político, justamente aprovechándose de la crisis económica.

[Publicado el 23/9/2010 a las 09:00]

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Un recuerdo que he olvidado

No recuerdo dónde leí hace poco, seguramente en una antología con el lomo pelado, una de esas que hace veinte años compré en la estación ferroviaria de Oxford, pero que nunca leí porque en el trayecto me encontré con otro profesor del departamento, Eric Leery-Stout, un hombre resabiado, de malévolo ingenio, y ya no dejamos de hablar sobre la escasa sutileza de los colegas hasta llegar a Victoria Station, pero era un cuento americano (que era americano lo recuerdo perfectamente) en el que alguien recordaba a aquella chica con carita de muñeca, muy atenta con todo el mundo en la ventanilla de la universidad, pero con una pierna más corta que la otra, a la que su padre acompañaba cada año al baile de Primavera o de Fin de Curso (eso no lo recuerdo) y se sentaban ambos en un banco, junto a la pared, y allí estaban toda la noche mirando con una expresión de atenta curiosidad a la gente y a las parejas que bailaban, e intercambiaban a veces comentarios sobre alguna de las preciosas muchachas vestidas con ligeros trajes azules y amarillos, o los movimientos tan torpes como encantadores de los chicos más deportivos de las clases superiores, y así transcurría la velada hasta que poco a poco la sala iba quedando vacía de modo que se levantaban sonrientes, el padre estiraba un poco los brazos como a veces hacen los perros, y aunque jamás, en siete años que viví allí, nunca nadie, jamás, jamás, la invitó a bailar, salían comentando jovialmente lo bien que lo habían pasado y lo bonitas que eran estas fiestas y lo amables y guapos que eran los jóvenes del instituto y qué buena noche hace, qué te parece, ¿vamos caminando hasta casa?, ¿te ves con ánimo?, ¡qué dices, papá!, pero ¿acaso me tomas por una inválida?, ¡cariño, si yo soy el tullido...!, y oía sus risas tan bien entonadas como los dúos de la radio alejándose hacia la oscuridad, mientras la noche se cerraba sobre el pueblo como un enorme manto de olvido y caía luego sobre mi de repente.

[Publicado el 20/9/2010 a las 09:00]

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El crepúsculo de una casta

No sé yo lo que tiene el verano que inclina a leer memorias, biografías, diarios y epistolarios, como si fuera aquel un tiempo suspendido, semanas sin transcurso real, exentas, edénicas, y que por tanto pueden dedicarse a explorar el tiempo perdido. Las vidas escritas en primera persona tienen una fuerza dramática superior a las novelas, si bien carecen de su grandeza. Y aunque sabemos que están infectadas de mentiras y dobleces, creemos poder desvelarlas como quien mira por el ojo de la cerradura y aunque solo ve una falda por el suelo y una jeringa rota no le hace falta más para imaginar la escena.

    Este verano me tocaron los años 1953/1974 de la vida del diarista más famosos de la Gran Bretaña y casi desconocido fuera de ella, James Lees-Milne (1908/1997). Creo que la totalidad suma ya ocho o nueve volúmenes, he perdido la cuenta, pero a mi entender estos dos, A Mingled Measure y Ancient as the Hills, son muy sobresalientes.

Comenzaré por curarme en salud y afirmar que no recomiendo a nadie su lectura. Lees-Milne es un personaje desagradable, de una inmoralidad abyecta; mejor dicho, de una moralidad repugnante. Un tipo altanero, cobarde, racista, fatuo, reptilmente monárquico y vaticanista. Y sin embargo es la voz mejor cualificada para mostrarnos la decadencia y desaparición de una clase social que había dominado el mundo desde el siglo XVII y convertido las Islas en fincas de recreo para su uso exclusivo.

He escrito "clase social", pero sería mejor hablar de casta porque es un conglomerado de vieja y nueva aristocracia, nobleza burocrática, ricos con relaciones (nunca nuevos ricos), algunos intelectuales y artistas bien conectados, en fin, aquella gente que aún en 1974 se distinguía del resto de la población por su manera de pronunciar Hartfordsheer. La plebe dice Hart-ford-sheer, pero la casta lo pronuncia con un compacto jadeo esdrújulo, según le explica Lees-Milne a una periodista curiosa.

Por estos diarios desfila la totalidad de la excentricidad británica (buena y mala) que tanto fascina a los anglófilos, desde las apabullantes hermanas Mitford hasta Cyril Connolly, de la reina Isabel a Cecil Beaton, de los Sitwell a los Strachey, de Francis Haskell a Oswald Mosley, de Lucien Freud a Vaugham Williams, los Huxley, los Nicolson, los Churchill, los Pope-Henesy, los Sackville-West, en fin la suma de un mundo que era entonces todavía el Primero y que se ha esfumado para dejar todo el escenario a los Beckham.

Junto a ellos, aunque sin mezclarse, los últimos realmente grandes: los terratenientes, los lores de sangre, los Hanover, los Estuardo, la aristocracia más densa y poderosa que aún quedaba en el planeta. Así como el joven Marcel de La Recherche admira a las rancias familias del "lado Guermantes", así Lees-Milne admiraba perversamente aquel residuo del Medievo europeo, seguramente porque él mismo, hijo de un fabricante, no pertenecía a ninguna familia de la nobleza, aunque las imitaba muy bien.

Lo sugestivo de estos diarios son, claro está, no tanto las abundantísimas anécdotas y chismes (a veces macabros, casi siempre sexuales), cuanto la imagen general de un espeso bosque que va quedando sin hojas, luego sin ramas y finalmente sólo con el tronco quemado por los rayos, el sol, la lluvia, los parásitos y el viento. Es el bosque de la upper-upper class británica, talada en veinte años y reducida a un cementerio de madera podrida. Lo que los franceses lograron en un solo año con la ayuda de la guillotina hubo de hacerlo mucho más lentamente Gran Bretaña con la ayuda del alcohol, el sexo, la ruina económica, las drogas, la desesperación, los gobiernos socialistas, la debilidad mental y la esterilidad.

Es evidente que aquel fragmento social inglés, a diferencia, por ejemplo, de su correspondiente italiano, no pudo adaptarse a la sociedad de masas y procedió a autodestruirse como un armiño amenazado por la suciedad. Aunque hoy nos parezca ridículo, vivían espantados ante la posibilidad de una guerra civil y el triunfo del estalinismo. En una entrada (7 febrero 1974) escribe Lees-Milne: "Norah Smallwood descubrió que habían contratado un Comunista en la sección de paquetería de su editorial (Chatto & Windus) (...) Para librarse de él se vieron obligados a cerrar la sección entera y despedirlos a todos. Dijo que no había más posibilidad si querían evitar conflictos con los sindicatos". Muchos de ellos, empezando por las niñas Mitford, habían sido simpatizantes de Hitler, cuando no directamente nazis como los duques de Windsor. Y todavía en estos años Setenta el paradigma político de Lees-Milne era un dictador portugués: "De hecho Salazar es el modelo de cómo debe ser un autócrata: religioso, libre de todo exhibicionismo, tradicional, intelectual, y sin embargo, duro". Aterrorizados e incapaces de aceptar lo que ellos llamaban "la vulgaridad", es decir, la sociedad de masas, se encerraron en sus mansiones y dedicaron sus últimos años a morir indecentemente.

La muerte es el personaje más importante de estos libros. La casta que había comandado las dos guerras mundiales y dado sobradas muestras de coraje (el porcentaje de bajas entre alumnos de Colleges elitistas fue superior a cualquier otro corte social), había llegado al agotamiento. La generación de Lees-Milne, nacida con el siglo XX, tenía entre los setenta y los ochenta años de edad cuando llegan las fechas de estos diarios. Y mueren por racimos. Hay entradas, como la del 1º de enero de 1974, que dan escalofríos: "Uno de los años más triste de mi vida", dice, y sigue luego la lista de los muertos: Maisie Cox, Henry Yorke, Hamish Erskine, Angus Menzies, Nancy Mitford, Joanie Harford, Ralph Jarvis, William Plomer, Bob Gathorne-Hardy, Don Nicolas. Fueron más: en su lista sólo figuran quienes podían ser reconocidos por los happy few. Y acaba el párrafo con un gesto típico de su casta: "Y mis amados Chuff y Pop". Sus lebreles. Como él mismo cuenta, tras la muerte de la madre de Martin Charteris, éste recibió una carta de pésame de la Reina: un folio escrito a máquina, pero cuando murió su perro labrador la Reina le escribió tres páginas a mano.

Lo chocante no es sólo la altísima mortalidad, sino que casi todos mueren destrozados física y anímicamente. Unos hinchados como pellejos que apenas pueden moverse, destruido el cerebro, sucios, cubiertos de harapos, en su mayoría alcohólicos, hombres y mujeres, en algún caso, viviendo entre sus propia heces. A todos visita Lees-Milne y de todos da una imagen despiadada, pero certera. Con razón estos diarios sólo se han publicado treinta años después de escritos, cuando no quedaba ya ni un heredero capaz de protestar.

Baste un solo ejemplo entre mil: "También estaba allí Stephen Spender. Ha perdido por completo su antigua apostura (...) y ahora parece un flan que se derrumba. Es obtuso, desaseado, viste fatal, es desgarbado de cuerpo y comportamiento (...) Hablamos sobre los Mitford y califica a Decca (Jessica) de puta comunista. Debería yo haberle dicho que también él era un perro comunista hace unos años". Es difícil a veces no reconocer el lúgubre tono de voz de Proust en Le Temps retrouvé, cuando en el baile de la princesa Guermantes reencuentra a sus viejos amigos convertidos en grotescos monigotes cadavéricos.

La razón por la que Lees-Milne pudo conocer a tal cantidad de gente normalmente inaccesible era su profesión: apasionado por la arquitectura tradicional de las Islas, fue el mayor experto en los palacios y mansiones rurales que salpican la campiña inglesa con una riqueza que sólo puede ostentar un país que no ha sido invadido desde la Edad Media. Él fue uno de los pilares de esa institución admirable que es el National Trust, refugio de las enormes casas solariegas imposibles de mantener privadamente, incorporadas al patrimonio estatal y abiertas al público. Sus diarios están atestados de información sobre el inmenso dominio arquitectónico británico.

Es instructivo advertir que aquel Estado tan odiado por Lees-Milne y su casta logró salvar las mansiones y los parques, pero a ellos, a sus propietarios, no los pudo salvar nadie.

Artículo publicado el 13 de septiembre de 2010.

[Publicado el 13/9/2010 a las 11:41]

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Sobre las imágenes

Viven los peces en el agua sin saber que permanecerán sumergidos eternamente y que nada hay para ellos fuera del agua como no sea su destrucción. Así nosotros vivimos en el tiempo sin percatarnos, aunque a diferencia de los peces sabemos que fuera del tiempo se extiende para los humanos el desierto de la nada.

 

Las cosas que nos rodean, no menos que nuestros cuerpos, son agregaciones temporales. Tendemos a ver las cosas, los objetos y a nosotros mismos, como si fuéramos sólidos, pero es sólo un hábito adquirido en el repetido fluir que llamamos "vida": el roce, el choque, el cruce y el uso con entes y personas. En realidad sabemos que todo está en constante transformación, que seremos polvo antes de cien años y que los montes tardarán más, pero también acabarán por desintegrarse. Incluso los mares se desecarán y el sol se apagará. Lo olvidamos, nos forzamos a no pensar en ello, sería insufrible tenerlo siempre presente, pero lo sabemos.

    Las cosas, todo lo que nos rodea, son conglomerados temporales, frágiles agregados reunidos por campos magnéticos; moléculas y partículas en constante mudanza. Ese árbol es un amasijo de energías con diferentes grados de cohesión, también el pájaro que posa en una de las ramas, también las plumas del pájaro y cada uno de los diminutos pinceles que forman las plumas. Los átomos se condensan en nubes fluyentes que, como las del cielo, cambian y toman aspectos variables, más o menos grises, blancas, negras, violáceas, algodonosas, estriadas, aborregadas. Esas formas cambiantes tienen a veces un poderoso atractivo y de común acuerdo les damos un nombre y así parece que se detienen ante los ojos. En las nubes veo puertos, montes, lagos, volcanes, o bien grullas, leones, rostros humanos.

    Alguna de esas formaciones es más duradera que las otras según el tiempo que nos da forma. Así, por ejemplo, dimos en ver ese puñado de estrellas que es como un carro tirado por bueyes, o como una osa con sus oseznos, o unos hermanos siameses, o una muchacha con el cántaro apoyado en la cadera. Los signos del zodíaco, las constelaciones, las figuras astrológicas permanecen a lo largo de los siglos porque las variaciones visibles de las estrellas son muy lentas para nosotros (aunque rápidas para las piedras) y podemos seguir reconociendo el carro y el escorpión y la balanza de generación en generación. No así las nubes. No así los humanos que muy deprisa nos deshacemos como hilachas de nube.

    Lo más inquietante es que aunque se producen cambios y transformaciones constantes y la nube que fue Zeus pasó luego a ser una liebre, el conjunto de todos los cambios no significa nada, no da lugar a una historia coherente. Las variaciones, las invenciones, la fábula de las nubes y de los hombres carece de sentido, no va a ninguna parte, no tiene destino.

Durante siglos los humanos hemos intentado descubrir la dirección de la historia, el sentido de nuestra vida en el mundo, incluso el del mundo mismo. Nos hemos empeñado en juntar sucesos y darles una dirección, como si pudiéramos forzar el sentido del tiempo y decir "vamos hacia allá y los que lleguen vivirán en un mundo mejor". Pero ahora ya no tenemos fuerzas para seguir inventando futuros, destinos, finalidades y progresos. Ya sabemos que no hay sentido ninguno en el fluir temporal. Somos como las nubes que pasan. El cosmos mismo es una nube pasajera, tiempo que se deshilacha.

    Atemorizados, o a lo mejor simplemente curiosos por conocer la causa de tantos cambios inútiles, la razón que subyace a esta historia sin sentido, hemos inventado millones de leyendas sobre dioses, héroes, guerreros, magos, santos, sabios, humanos. A veces los dioses tenían forma animal, a veces fluían como ríos, a veces se nos asemejaban. Los héroes tenían cuerpos voluptuosos o forzudos, o eran ascetas esqueléticos, o niños recién paridos. Los mitos han tenido miles de protagonistas. Sabemos, sin embargo, que son ficciones para propiciar el sueño o para aliviar el tedio que es la forma suprema del temor a morir en la ignorancia.

    También hemos dibujado o pintado o esculpido figuras y leyendas que daban cuenta de esos mitos. En momentos muy delicados de nuestro paso por la tierra hemos ilustrado hipótesis que ni siquiera se podían escribir o narrar, como si el sentido del cosmos sólo pudiera comunicarse mediante formas visibles. Estos signos privilegiados nos poseen desde el nacimiento y hay niños que nacen con un bailarín de ocho brazos en la imaginación y otros con un muñeco de nariz grotescamente larga. Estos signos nos determinan con tanta fuerza como el lenguaje al que somos arrojados y en el que cumpliremos condena, porque la imaginación es sólo el lado amable de la memoria. Las imágenes y las palabras nos permiten mantener la convicción de que somos la misma persona a los diez años y a los setenta, aunque nuestro cuerpo sea violentamente distinto.

    Quiéraslo o no, tú conocerás el mundo por medio de los signos que recibiste al nacer. Los signos pintados, escritos, esculpidos, compuestos. Y esos signos carecen de relación con nada en verdad permanente, porque nada hay permanente. Son figuraciones, inventos, dibujos esbozados sobre nubes pasajeras. El dibujo de un caballo, por ejemplo, es al caballo verdadero lo que la Vía Láctea es a la leche nutricia de Letona. No se cabalga sobre un caballo pintado; un recién nacido muere si le damos de mamar la Vía Láctea. Nuestro nombre, como se dijo del poeta, está escrito sobre las aguas.

    Eso somos, un puñado de palabras, un montón de imágenes que se mantienen levemente unidas, siempre amenazadas por el sinsentido de la siguiente transformación. Ayer yo era un pastor, pero hoy las ovejas ramonean sobre mi piel: soy la tierra del valle.

    Aprender a conocer nuestras imágenes, así como aprendemos a conocer nuestras palabras, "ese es el único argumento de la obra".

 

(Prólogo desechado para Autobiografía sin vida

[Publicado el 06/9/2010 a las 17:28]

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Liquidación de temporada

Hoy llegó el temido septiembre con jirones de nube blanda sobre el Tibidabo. La irrupción de este mes, asignado al planeta Venus y de grave amenaza para las dolencias renales, me sigue produciendo un pavor atávico que viene de cuando el verano se caía a pedazos y amenazaba un nuevo curso. Lúgubres pozas infantiles de las que se alza la memoria invertebrada, la anélida memoria de las torturas, los fracasos, las humillaciones, la imposibilidad de entender porqué los frailes formaban aquel muro de cemento contra el que te estrellabas irremediablemente aunque sólo trataras de sortearlo. Vuelve en septiembre el hedor de las cocinas frías, los inacabables pasillos desnudos, las aulas de vidrios empañados, los patios sin vegetación.

    El colegio tenía una entrada noble, un extenso parque que daba al paseo burgués jalonado al tresbolillo con chalecitos ajardinados, pero los alumnos entrábamos por la puerta trasera como borregos en aprisco, un portón de hierro al final de un callejón en pendiente que moría en tierra sin asfaltar. Años más tarde la Orden vendió medio parque y allí alzó un edificio para nuevos ricos. El parque es ahora la entrada de coches, con su aduana y sus guardias de seguridad barbudos, rapados y con piercing. Quieren dar miedo.

    Veo en los informativos que el comienzo del curso se ha dulcificado y ahora los niños acuden con cierta alegría bullanguera, excepto los más pequeños, siempre en primer plano porque los periodistas no pueden evitar la atracción de un rostro deformado por el dolor y bañado en lágrimas. El espectáculo del sufrimiento es siempre bien cotizado. A su alrededor los adultos ríen como si oyeran los ladridos de una foca. Siento simpatía por ese niño escarnecido ante una gente segura de que el dolor infantil es cosa de risa.

    No era así entonces, no había alegría alguna ni en pequeños ni en mayores. Cada año vivías un minúsculo momento de emoción cuando te adscribían al pupitre y constatabas que los nuevos compañeros no pertenecían a las más temidas mafias, pero de inmediato, como en el servicio militar, comenzaban los rumores. "Nos ha tocado el Hermano Clemente", y todos nos sentíamos reducidos a ceniza porque era notorio su sadismo y el reflejo mortal de sus gafas oscuras. "Tenemos al Julio en Historia". Y pensábamos, "bueno, no es de lo peor". El Julio era casi humano y quizás por eso acabó encerrado en una prisión religiosa del Pirineo. "Este año han puesto al Hitler de Prefecto". Y eso sí que era insoportable, la autoridad en manos de un psicópata.

    Luego te ibas acomodando, como los cerdos en el camión, haciéndote hueco a empujones. Sorteabas como podías al Clemente, el Hitler tenía un desplome mental a medio trimestre y desaparecía. Los chulos de la clase te perdonaban la vida y torturaban a los más pequeños. Nos habituábamos, qué remedio. Acabábamos formando nuestras propias bandas, a veces muy agresivas, a veces incluso vencedoras y más detestadas que las anteriores. Así reptábamos, creciendo en virtud y conocimiento, hasta la llegada de los vencejos, otro momento espeluznante. ¡Ah, la memoria histórica! ¡La verdadera!

    Hoy empieza el curso en esta provincia. Tenemos de Prefecto al Montilla, pero por fortuna durará poco, le han despedido. Los chulos de la clase parece que se van con él, contentos con lo que ya han robado. Probablemente quedaremos en manos de los Hermanos Julios, que son píos, pero no unos salvajes como los de ahora.

Septiembre me da pánico, aunque supongo que hay mucha gente contenta. A lo mejor creen que los Hermanos Julios les van a poner buenas notas. Aún no saben que en este Colegio sólo medran los delincuentes.

[Publicado el 01/9/2010 a las 16:43]

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Vacaciones de verano

Vamos todos, y yo el primero, por la senda del trabajoso ocio estival, así que les dejo en paz durante este mes de agosto. Sin embargo, me gustará ver colgada durante treinta días la carta del ilustrado alemán J.G. von Herder que me ha enviado el poeta Juan Barja para consolarme de la monomanía catalana. Espero que les guste y aprecien el tipo de monstruo sobre el que algunos hemos estado alertando durante años, con la agradable consecuencia de recibir palizas por todas partes. Ahora ya es tarde. El monstruo lo controla todo.

Los secesionistas catalanes decían que Aznar fue quien más independentistas creaba con su intransigencia, pero como ya suponíamos los que trabajamos en Cataluña, el que más independentistas ha generado ha sido Zapatero con su insensatez. Fue contundente opinión de Carlo Cipolla que entre la maldad y la estupidez hay que elegir siempre la maldad; es menos dañina.

Esta es la carta:

Por desgracia, sabemos que en el mundo pocas cosas hay más contagiosas que la locura. Debemos investigar la verdad laboriosamente y mediante razones, pero aceptamos la locura sin apenas percatarnos y sólo por imitación o por efecto de la sociabilidad cuando convivimos con un loco y participamos de buena fe en la parte cuerda de sus ideas.

La locura se contagia igual que el bostezo, de la misma manera que los rasgos físicos o los estados de ánimo pasan de unos a otros, como una cuerda responde y corresponde a otra armónicamente. Si añadimos a esto el cuidadoso esfuerzo que lleva a cabo el loco para confiarnos sus opiniones predilectas como si se tratara de un tesoro, y si encima el loco sabe comportarse educadamente, ¿quién no compartirá con toda inocencia la locura de un amigo simplemente por complacerle y luego aceptará y transmitirá a otros esa creencia?

Los seres humanos vivimos unidos gracias a nuestra buena fe y gracias a ella hemos aprendido, si no todo lo que sabemos, sí lo más provechoso. Además, ¿no suele decirse que los locos no mienten? La locura, en tanto que es locura, necesita participar en sociedad, la locura se crece en sociedad dado que en sí misma no tiene ni base ni certeza. Para alcanzar sus propósitos se sirve hasta de la peor de las sociedades.

    La locura nacional es todavía más terrible. Lo que ha echado raíces en una nación, lo que un pueblo aprecia y reconoce, ¿cómo no va a ser verdadero? ¿Quién podría dudarlo? El lenguaje, las leyes, la educación, la manera cotidiana de vivir, todo lo consolida e insiste en lo mismo. Aquel que no comparta la locura nacional es un idiota, un enemigo, un hereje, un extranjero. Si además, como suele suceder, esa locura es cómoda o beneficiosa para grupos sociales concretos, muy especialmente los más distinguidos, o incluso beneficiosa para todos (según suele decir la locura misma), si la han cantado los poetas y la han publicado los filósofos, y, en fin, si la opinión popular proclama que justamente esa locura es la gloria total de la nación, ¿quién les llevaría la contraria? ¿Quién no optaría, aunque sólo fuera por cortesía, a sumarse a ella?

Incluso las dudas que podría provocar una locura contraria no hacen sino consolidar la ya aceptada pues los caracteres de los pueblos, las sectas, los estamentos y las gentes chocan unos con otros y por eso las personas buscan un acuerdo común. De este modo la locura se convierte en el auténtico escudo nacional, así como en blasón estamental o estandarte gremial, según los casos.

En verdad que es terrible cómo se aferra la locura a las palabras tan pronto como queda impresa en ellas con toda su fuerza. Un reputado jurista llegó a decir que hay un conjunto de imágenes dañinas unido a la palabra «sangre»: «limpieza de sangre», «justicia de sangre», «sed de sangre»... A las palabras «herencia», "posesión", «propiedad» les sucede lo mismo. Palabras y signos que no tenían en sí ningún significado fueron adoptados por los partidos políticos y con una locura contagiosa trastornaron mentes, destruyeron amistades y familias, asesinaron personas y arrasaron países y naciones. La historia está llena de esos nombres demoníacos y podríamos escribir con ellos un diccionario de la locura que daría cuenta de los más veloces cambios y los más drásticos contrastes.

(De la recopilación de cartas herderianas Briefe zur Beförderung der Humanität 1794, 4ª parte, carta 46. Ésta carta fue seleccionada por Walter Benjamin y Willy Haas para su inclusión en una antología de textos de la ilustración y el romanticismo que se publicó en Die Literarische Welt en su número de mayo de 1932, como advertencia ante las amenazas del nacionalismo y el fascismo.)

[Publicado el 04/8/2010 a las 09:00]

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Nueva consideración de los insectos

Una amiga me prestó las voluminosas memorias de Bernd Heinrich tituladas The Snoring Bird: My family's journey through a century of biology, en las que, en efecto, se cuenta la historia de una familia de zoólogos durante más de un siglo. Dos generaciones de Heinrich, linaje de origen germano-polaco originario de una zona de la Prusia Oriental que a principios del siglo XX pertenecía a Polonia, se dedicaron como profesionales a la búsqueda de nuevas especies vivientes, tanto en Europa como en Asia, América y África. Los museos alemanes y americanos están repletos de ejemplares cazados y disecados por los Heinrich.

Por razones comerciales el grueso de su trabajo estuvo dedicado a los pájaros y los pequeños mamíferos, pero la pasión familiar predominante (y de la que son autoridad mundial) eran unos insectos llamados en inglés Ichneumon (no se corresponde con el español "Icneumón" que designa a una variedad de mangosta), pequeño himenóptero parecido a la avispa de los que identificaron miles de especies que llevan su nombre latinizado. La característica más simpática de este bicho es que pone sus huevos en el cuerpo de otros insectos, de los cuales se alimentan luego las larvas. Sin embargo, el libro también podría haberse titulado: "Del naturalismo a la biología".

    Hace tiempo que insisto sobre los cambios que tuvieron lugar a mediados del siglo pasado, oscuras mutaciones que causaron lo que a mi modo de ver no puede llamarse cambio de época sino de era. Nada sabemos de "nuestra" era, excepto que es el inicio de la expansión global del dominio técnico y que ese dominio no es, en absoluto, un proyecto humano ni está bajo nuestro control. El libro de Heinrich ilustra sobre otra crisis interesante. Al describir una expedición a Tanzania en los años 1961/62 dice lo siguiente:

    "Aquella no sólo iba a ser nuestra última expedición, sino la última de las expediciones zoológicas clásicas, el final de una tradición que venía de cien años atrás a través de la época Victoriana, conducida por figuras como Darwin, Wallace, Humbolt, Audubon. Este viejo campo de trabajo estaba siendo barrido por la biología moderna. En pocos años ya no habría más pájaros por descubrir excepto mediante los nuevos métodos de análisis del ADN sobre ejemplares ya recogidos en los museos. Iba a suceder algo inimaginable: la gente dejaría de comentar y discutir el descubrimiento de nuevas especies. En cambio, ya no se hablaría de otra cosa que de la destrucción ecológica y la extinción de especies bien conocidas a escala global".

    Así pues, todavía en 1960 el mundo se veía como una extensión inacabada, una inmensa reserva de riquezas ocultas que aún podían descubrirse para aumentar nuestro saber, nuestro placer y nuestros recursos. Y de pronto, en muy pocos años, el discurso se transformó en su contrario y apareció el terror del avaro ante la pérdida de su fortuna. El mundo pasó a ser un lugar limitado y sus riquezas ya no crecían sino que menguaban. Comenzó entonces el conservacionismo a ultranza de cualquier elemento del que temiéramos su desaparición. No sólo ballenas y tortugas sino también lenguas, costumbres atávicas, edificios, fiestas arcaicas, cataluñas, escocias y flandes. Todo debe ser protegido, todo corre peligro de extinción.

    Es muy posible que ese movimiento de repliegue y temor, la indudable reacción encogida de las últimas décadas, esté justificado por una ruina verdadera que de pronto se hace patente y paraliza el ánimo explorador y aventurero, una destrucción tan general que todo el mundo corre a refugiarse en el laboratorio de su casa antes de que el hacha caiga sobre su cabeza. No obstante, la realidad de la ruina, su presencia social, no ha tenido lugar hasta 2008. Hay algo que no cuadra. ¿Cuándo comenzó el pánico y de qué manera se ha ido expandiendo?

    Es sorprendente que los más afectados por el terror sean justamente los occidentales que se supone son los más fuertes y por lo tanto quienes menos han de sufrir la destrucción. En contraste, chinos e indios no tienen la menor conciencia de estar arrasando el planeta sino que más bien se alegran como críos cada vez que incrementan en mil toneladas por segundo su producción de CO2.

¿Son ellos los peores destructores? ¿O son tan ignorantes que no tienen conciencia del destrozo? ¿O acaso la pobreza impide comprender los problemas universales? ¿O quizás creen que ahora les toca a ellos acabar la tarea de arrasamiento global? ¿O será que no tienen una disposición del ánimo que les incline al catastrofismo?

La peor de las hipótesis: que alcanzado un grado muy agudo de riqueza se produzca una contracción destructiva por autorregulación. Y que nosotros seamos los que han alcanzado ese grado suicida de riqueza que supone nuestra desaparición.

¿Somos como el macho de la Mantis que una vez ha fecundado a la hembra se deja devorar para garantizar la supervivencia del que ha de nacer? ¿O como el Ichneumon que vive del cadáver que lo acoge? ¿Y cuál es nuestro cadáver?

[Publicado el 02/8/2010 a las 09:00]

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Biografía

Félix de Azúa nació en Barcelona en 1944. Doctor en Filosofía y catedrático de Estética, es colaborador habitual del diario El País. Ha publicado los libros de poemas Cepo para nutria, El velo en el rostro de Agamenón, Edgar en Stephane, Lengua de cal y Farra. Su poesía está reunida, hasta 2007, en Última sangre. Ha publicado las novelas Las lecciones de Jena, Las lecciones suspendidas, Ultima lección, Mansura, Historia de un idiota contada por él mismo, Diario de un hombre humillado (Premio Herralde), Cambio de bandera, Demasiadas preguntas y Momentos decisivos. Su obra ensayística es amplia: La paradoja del primitivo, El aprendizaje de la decepción, Venecia, Baudelaire y el artista de la vida moderna, Diccionario de las artes, Salidas de tono, Lecturas compulsivas, La invención de Caín, Cortocircuitos: imágenes mudas , Esplendor y nada y La pasión domesticada. Los libros recientes son Ovejas negras, Abierto a todas horas y Autobiografía sin vida (Mondadori, 2010). Escritor experto en todos los géneros, su obra se caracteriza por un notable sentido del humor y una profunda capacidad de análisis.

 

Bibliografía

La nueva edición del Diccionario de las artes (Debate, 2011) se amplía en más de cien páginas y corrige todas las entradas anteriores.

 

 

 

 

 

Ensayo

Contre Guernica, Prefacio para Antonio Saura (2008). Archives Antonio Saura, Genève.

 La pasión domesticada (2007). Abada, Madrid.

Ovejas negras (2007), Bruguera, Barcelona.

Cortocircuitos. Imágenes mudas (2004). Abada, Madrid.

La invención de Caín (1999). Alfaguara, Madrid.

Baudelaire y el artista de la vida moderna (reedición) (1999). Anagrama, Barcelona.

Lecturas compulsivas. Una invitación (1998) Anagrama, Barcelona.

Salidas de tono (1996). Anagrama, Barcelona.

Diccionario de las artes (1995). Planeta, Barcelona.

Baudelaire y el artista de la vida moderna (1992). Pamiela, Pamplona.

Venecia (1990). Planeta, Barcelona.

El aprendizaje de la decepción (1989). Pamiela, Pamplona.

La paradoja del primitivo (1983). Seix Barral, Barcelona.

Conocer a Baudelaire y su obra (1978). Dopesa, Barcelona.

 

Novelas y prosa literaria

Autobiografía sin vida (2010). Mondadori, Barcelona.

Abierto a todas horas (2007). Alfaguara, Madrid.

Esplendor y Nada (2006). Lector, Barcelona.

Momentos decisivos (2000). Anagrama, Barcelona.

Demasiadas preguntas (1994). Anagrama, Barcelona.

Cambio de bandera (1991). Anagrama, Barcelona.

Diario de un hombre humillado (1987). Anagrama, Barcelona.

Historia de un idiota contada por él mismo, o el contenido de la felicidad (1992), Anagrama, Barcelona.

Mansura (1984). Anagrama, Barcelona.

Última lección (1981). Legasa, Madrid.

Las lecciones suspendidas (1978). Alfaguara, Madrid.

Las lecciones de Jena (1972). Barral E., Barcelona.

 

Relatos

"Quien se vio", Tres cuentos didácticos (1975). La Gaya Ciencia, Barcelona.

"La venganza de la verdad" (1978). Hiperion nº1, Madrid.

"Herédame" (6 y 7 agosto 1985). El País, Madrid.

"El trencadizo", con grabados de Canogar (1989) Antojos, Cuenca.

"La pasajera" (18 nov. 1990). El País, Madrid.

"La resignación de la soberbia", Los pecados capitales (1990). Grijalbo, Barcelona.

El largo viaje del mensajero (1991) Antártida, Barcelona.

Cuentos de cabecera ("La pasajera" y "La segunda cicatriz") (1996). Planeta NH.

"El padre de sus hijos" (1998). Barcelona, un día, Alfaguara, Madrid.

"La verdad está arriba" (1998). Turia, Teruel.

 

Poesía

Última Sangre. Poesía 1968-2007 (2007). Bruguera, Barcelona.

Poesía 1968 1988 (1989). Hiperion, Madrid.

Farra (1983). Hiperion, Madrid.

Siete poemas de La Farra, con un grabado de A. Saura (1981). Cuenca.

Poesía 1968 78 (1979). Hiperion, Madrid.

Pasar y siete canciones (1977). La Gaya Ciencia, Barcelona.

Lengua de cal (1972). Visor, Madrid.

Edgar en Stéphanie (1971). Lumen, Barcelona.

El velo en el rostro de Agamenon (1970) El Bardo, Barcelona.

Cepo para nutria (1968). Madrid

Premios

1987 Premio Anagrama de Novela.

2000 Premio a la cultura "Sebetia-Ter" del Centri di Studi di Arte e Cultura di Napoli".

2001 Premio a la tolerancia de la "Asociación por la Tolerancia", Barcelona.

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