El blog literario latinoamericano
Editado por La Oficina del Autor
domingo, 6 de julio de 2008
Licencia para matar (lentamente)
Espero que no tarde en traducirse el ensayo de Allan M. Brandt dedicado al mayor asesino en serie que ha conocido occidente. En su The Cigarette Century ("El siglo del cigarrillo") narra la escalofriante historia de una matanza sin duda industrial.
Lo más asombroso no es la docilidad con la que los fumadores se han dejado asesinar, sino cómo fueron seducidos mediante perversas campañas publicitarias.
Fumar cigarrillos, contra lo que puede parecer, no era un hábito masivo a comienzos del siglo XX; fue la Primera Guerra Mundial lo que disparó su consumo al asociar el cigarrillo con la figura romántica del soldado hundido en su trinchera, mirando las estrellas con un pitillo entre los dedos. A la masculinidad, que duraría hasta los vaqueros de Marlboro, se unió muy pronto la hembra sexualmente accesible. Durante la posguerra, Hollywood asoció tercamente el contacto sexual con cigarrillos cuyo humo sellaba el coito.
En 1953 aparecieron los primeros datos científicos sobre el cáncer de pulmón entre fumadores. Las compañías contraatacaron con estudios escritos por prestigiosos mercenarios. En 1962 el informe del comité dirigido por Luther Ferry dio pruebas inequívocas, no sólo de la relación del tabaco con el cáncer, sino de los millones de víctimas que ya había causado. Comenzaron entonces las batallas legales en las que la industria se impuso comprando médicos, abogados, jueces y congresistas. En 1988 fue un estudio gubernamental el que demostró la relación del cigarrillo con millones de muertes y el uso consciente de adictivos para enganchar al cliente por parte de las tabaqueras.
La batalla continúa, pero el público culto de los países ricos ya no se lleva a engaño y las ventas han caído. En consecuencia, las tabaqueras disparan ahora su publicidad hacia los niños y los países del tercer mundo. Tratan de matar a los más débiles e ignorantes.
Lo chocante de este asunto es la indefensión de los ciudadanos ante la publicidad. Si han sido capaces de vendernos nuestro suicidio, ¿qué no podrán vendernos? Por cierto: yo fumo.
Artículo publicado en El Periódico, 22 de diciembre de 2007.
[Publicado el 24/12/2007 a las 09:30]
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Demasiado bonito para ser cierto

Un celebrado psicólogo, Jean Piaget, dedicó muy bellas páginas al asunto de si los niños creen de verdad en los Reyes Magos. Su conclusión era que los niños creen en los Reyes Magos, aunque saben perfectamente que sus padres han comprado los regalos. Esta contradicción sólo aturde a los ciudadanos afectados por una severa racionalidad. Un docto historiador francés, Paul Veyne, dedicó hace años un estudio al mismo tema. Quería averiguar si los griegos creían de verdad en sus mitos. ¿Algún amigo de Platón o de Sócrates podía creer que para copular con Leda había Zeus tomado la forma de un cisne? Su conclusión no difería de la de Piaget: antes de la era moderna, antes del dominio científico y la difusión del espíritu crítico, era cabalmente compatible creer y no creer en algo. Las leyendas tenían su verdad y la geometría otra.
No es tan extraño. En vida suya muchas veces me pregunté (aunque nunca osé planteárselo) si mi abuela creía de verdad en un dios que era, a su vez, tres dioses, uno de los cuales había nacido de una virgen humana y por lo tanto podía morir sin por ello dejar de ser tan inmortal como los otros dos. Supongo yo que todavía queda mucha gente que cree en estas leyendas y que a lo mejor se molesta si alguien dice que se trata de mitos poéticos, fábulas, cuentos. Incluso en personas capaces de usar el teléfono y la calculadora, conducir un automóvil o invertir en fondos de pensiones, persiste esa capacidad que solemos considerar infantil o arcaica y que no tiene dificultad alguna en creer algo increíble. Por supuesto, tampoco ve contradicción en llevar una vida racional, hipertécnica, y asumir disparates. Como usar Internet, pero para consultar el horóscopo.
Ciertamente, es un proceder reservado a un tipo especial de personas: idólatras, primitivas, poéticas. Así que somos injustos cuando tachamos a ciertos políticos profesionales de cínicos. No lo son. Pertenecen a ese envidiable grupo que puede creer ciegamente en algo, sabiendo que es absolutamente falso. Y dormir como excitados infantes en la noche de Reyes.
Artículo publicado en: El Periódico, 15 de diciembre de 2007.
[Publicado el 17/12/2007 a las 11:22]
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¡Hay que ver cómo está el servicio!

Plaza de Lesseps.
Cerca de mi casa, en el cruce de Padua con Balmes, hace más de un año que la estación de los Ferrocarriles de la Generalitat está en obras. Es una estación pequeñita, una de las más pequeñas de la red, una ridiculez de estación, como de casa de muñecas. Y llevan un año. Paso muchos días por allí y nunca hay nadie trabajando. Si uno continúa Balmes abajo llega a una plaza medianeja, la de Molina, que va para tres años en obras. La han cambiado tantas veces que seguramente ya no saben acabarla. Y si tuerce uno a la izquierda para ir a la bella biblioteca de Josep Llinás, llega a una plaza, la de Lesseps, que acumula 20 años en obras. Acaso sean más, porque ya nadie recuerda cuándo comenzaron. He aquí tres menudencias que me regocijan todos los días y que dan una idea de la eficacia del Gobierno catalán en materia de obra pública.
Podría citar 80 casos más, pero es innecesario, no hay vecino de Barcelona que no tenga a dos pasos de su casa una obra en marcha cubierta de telarañas desde hace años. La inoperancia de nuestros responsables recuerda la de los cleptócratas napolitanos. El negocio familiar de un amigo partenopeo es una empresa que instala andamios, telones y carteles donde se lee: "Obra pública financiada con fondos de la UE". Es un decorado. Detrás no hay nada. La mayoría de las obras públicas del Gobierno catalán podrían utilizar los servicios de tan sagaz empresario. Uno llega a creer que la Generalitat y el ayuntamiento han contratado a un puñado de actores vestidos de obreros que van de una zanja a otra en días alternos.
Sin embargo, buena parte de la población está persuadida de que la culpa de tanta inoperancia la tienen "los españoles" (también llamados Madrit) y de que en cuanto seamos independientes, esto será la Suiza levantina. ¿Cómo se ha obtenido tan magnífico lavado de cerebro? No seré yo quien lo diga, pero tengo una muy seria admiración por la clase dirigente de este país. Ha logrado que los políticos locales sean unos perfectos irresponsables. Y que la abstención crezca geométricamente. Éxito pasmoso.
Artículo publicado en El Periódico, 8 de diciembre de 2007.
[Publicado el 10/12/2007 a las 23:12]
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Las señoritas de Aviñó y las de Vargas
El batería, con la oreja tendida hacia el piano y el contrabajo, suda tinta para mantener la pulsación, esa regularidad del ritmo que es el latido cordial de la música, pero Charlie Parker se va por las nubes en un vuelo solitario que pone un aleteo libre, off-beat, al orden del cuarteto. Sus colegas han de obstinarse sobre el ritmo para no liarse con el revoloteo de The Bird y caer en el puro ruido. Si lo consiguen, en los últimos compases Charlie aterrizará sobre el conjunto y la pieza concluirá con un abrazo para el hijo pródigo.
Con esta metáfora describe José Luis Pardo la contribución de los negros americanos, nietos de esclavos, a la sociedad blanca de los años cincuenta, y la irrupción de una música que inesperadamente se iba a convertir en el arco de triunfo de la cultura de masas y que reflejaba en el espejo sonoro la imagen de su propio vuelo marginal, desterrado de la sociedad blanca cuyo grupo rítmico miraba de reojo los acrobáticos vuelos off-beat de la población segregada.
¿Puede escribirse un libro de filosofía a partir de la portada de aquel disco de los Beatles titulado Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band? Tal es la propuesta de Esto no es música (Galaxia Gutenberg), a mi entender la mejor y más rica reflexión que se ha escrito en España sobre la cultura de masas y el triunfo de la cultura democrática más allá del bien y del mal, es decir, más allá de las disputas sobre los valores "técnicos" (en realidad, metafísicos) de la obra de arte. Porque este libro también trata de la inversión que Nietzsche le dio a Platón al ponerlo patas arriba para poder acceder a un juicio sobre los valores éticos "más allá del bien y del mal".
Antecedente: ¿cuál es la garantía del valor de una obra de arte? Desde el paleolítico y hasta la revolución francesa, su valor estaba garantizado por las divinidades a través de sus representantes naturales (o sea, de sangre) en esta tierra. La opinión pública no existía porque no había tal cosa como un público. De una parte estaban los intérpretes del mandato divino, nobles o clérigos, y a su vera los expertos que encargaban o realizaban piezas excepcionales para un escenario único, el palacio, la iglesia, el monasterio. La divinidad sobrevolaba la producción para impedir que emergiera cualquier elemento de ruptura que distrajera al grupo rítmico coronado y sus expertos.
Este acuerdo entre hombres y dioses termina con el nacimiento de una nueva era llamada "burguesa", "democrática" o "tecnológica", en la que el valor de la obra de arte ya no está garantizado por la divinidad. En apenas doscientos años, los expertos asesores de la divinidad son desplazados por la clientela, un océano de gotas indistinguibles, pero caprichosas, a las que hay que adivinar los deseos. En pocos decenios, las masas elegirán alegremente, amoralmente, incluso en ocasiones criminalmente, sus obras de arte, sordos al aullido dolorido de las divinidades muertas.
Ante semejante situación, los herederos de la tradición divina sufrieron un desconcierto notable. En su mayoría se defendieron atacando el arte popular, la cultura de masas, la "industria cultural", como la denomina el muy conservador Th. Adorno, aunque unos pocos comenzaron a ver en ella un instrumento de liberación de los desvalidos, un medio de expresión de los marginados, como el máximo optimista W. Benjamin, aunque, eso sí, contando con el barullo característico de todo lo popular, donde los sacamuelas y los trileros se disfrazan de poeta lírico o de inspirado sinfonista sin que el éxito comercial permita discriminar entre tahúres y ángeles.
Cuando J. L. Pardo estudia la célebre portada de Sgt. Pepper's se introduce en el bullicio de la cultura de masas. En ese zoco, figurado en la portada del disco, se entrecruzan los personajes más contradictorios en despreocupada bacanal de cuerpos y mentes. Las parejas artísticas son escandalosas. Stockhausen con Mae West, Einstein con Marilyn, y Picasso con una pin-up de las que Vargas pintaba para la revista Squire y que los soldados de la guerra de Corea pegaban en sus petates. Esta nivelación, sin embargo, tiene un precedente augusto: el sonido de una trompa venatoria que avisaba de la inminente llegada de una manada de caballos al galope. Cuando Nietzsche vendió sus acciones de Wagner y compró valores baratísimos como Las bodas de Luis Alonso, La Gran Vía y Carmen la de Bizet, estaba apostando por una riqueza nueva que más tarde produciría mercancías como West Side Story, Michael Jackson, García Márquez o la trilogía de El Padrino de Coppola.
Para Nietzsche la cultura de masas no era el equivalente, sino la verdad de la cultura divina. Lo superficial adquiría rango de fondo firme y el fondo firme se transparentaba en las aguas del río masivo.
Pardo pone fecha a la cristalización de la inversión platónica cuando el 24 de enero de 1962 Brian Epstein elevó a los Beatles de The Cavern, su tugurio originario, al mundo solar, en un ascenso semejante al de la mercancía desde los Pasajes hasta los actuales malls. El arte de masas, bastardo representante de la soberanía popular, le había cortado la cabeza al elevado arte nacional de la identidad (página 89) y se había hecho con el poder.
El desarrollo de esta revolución que hizo espectáculo de la siempre precaria soberanía del pueblo (en vuelo libre sobre el doctrinarismo de sus representantes oficiales) ocupa 500 páginas que incluyen imprescindibles capítulos sobre la última camada de la cultura divina, ahora ya oculta bajo los harapos del pueblo. Antiguos arzobispos y marqueses se visten las sayas y calzan las abarcas del populus. En los años sesenta, Bataille, Foucault y Deleuze, así como algo más tarde la recepción americana de Derrida, trataron de salvar la aristocracia cultural disfrazándola de loco, afásico, insensato, asesino serial o sádico sexual. Como si el antiguo escenario principesco pudiera subsistir al sacrificio del significado convertido en un balbuceo, una catarata de significantes libres, renovación del Trauerspiel benjaminiano. La tentativa era desesperada y noble, pero estaba condenada a la nebulosa de lo transitorio y la tesis doctoral.
¿Deplorable? La fenomenal revolución que ha intercambiado el original por el simulacro no puede remediarse mediante la nostalgia melancólica de un regreso a la cultura divina, entre otras razones porque ese resto melancólico hoy vive subvencionado por la administración. La cultura de la aristocracia ilustrada es ya, a su vez, otro simulacro financiado por todas las instituciones del poder. Convertida en un ornamento del Estado, la "alta cultura" enfrenta su agitada ancilaridad burocrática con el coloso de la cultura de masas, el cual, distraído por innumerables demandas, se olvida de destruirla.
Tarde o temprano la vieja cultura principesca reconocerá que tiene su verdad fuera de sí y del mismo modo que Mozart, Beethoven, Stravinsky, Berg y Bela Bartók aún se sujetaban al cordón umbilical de la cultura popular con los bailes de criadas y soldados, las canciones de taberna y cabaret, las novelas del corazón y de princesas, así también los supervivientes de la alta cultura se vestirán de majos y pasarán a codearse con rateros, carteristas y camellos para sobrevivir a su inexorable decadencia.
Pocas veces se han reunido tantas ideas y tanta inteligencia en tan reducido número de páginas. El lector se descubre a sí mismo volando en una especulación libre, mientras el texto de Pardo continúa por abajo con su regular y fascinante cadencia rítmica. Sin duda he traicionado sus ideas, pero tras una segunda lectura confío aterrizar sobre esos compases finales en los que el piano, el contrabajo y la percusión alargan las notas con los ojos cerrados y un cabeceo de placer, buscando remanso para el pájaro loco.
Artículo publicado en: El País, 10 de diciembre de 2007.
[Publicado el 10/12/2007 a las 11:37]
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La verdad es que ha merecido la pena. He tenido que esperar no pocos años, pero por fin un gobierno de izquierdas en España y otro mucho más de izquierdas en Cataluña se pasan el día hablando de negocios. Ningún otro asunto les emociona, no hay cosa alguna que les despierte, sólo la pasta. Una izquierda dice que va a soltar tres millones, la otra izquierda se lo mira de reojo y ríe con sarcasmo mientras marea los cubiletes. ¿Tres millones? ¡Ya serán doce! La izquierda primera abre las palmas, "Hombre por Dios, que sean ocho". Uno se hurga el uñero con la navaja. El otro vigila a los maderos. Así todos los días, insuflando ilusión y entusiasmo.
Esta mañana, por ejemplo, a cambio de salvar el sillón de una ministra que a duras penas sabe hablar, mil billones para los gallegos, un banco para los vascos. En fin, ya digo, me siento solidario. Esa palabra tristemente desacreditada, ahora se llena de sentido gracias a los socialistas y sus socios. El Estado le debe dos mil euros a cada madrileño, dice la prensa de Madrid, mil euros a cada catalán dice la de Barcelona. Ni madrileños ni barceloneses forman parte del Estado, son metafísicos, pero pasan grande necesidad de millones.
Yo, la verdad, me alegro. Sólo cuando los socialistas y sus socios superan en ardor capitalista a los conservadores tenemos la seguridad de que los ricos van a estar contentos. Y eso siempre es bueno. En este país, cuando los ricos se amostazan es mejor hacer las maletas. Que la izquierda sólo hable de dinero, por favor, que se pase el día entero regando millones ora en este saco, ora en aquel pocillo, calculando cuánto vale un voto del Senado o uno de Las Cortes, pero que no se distraiga con soserías como el apocalipsis educativo, las mafias criminales, la gloriosa inepcia de la justicia, la barbarie juvenil, el embrutecimiento publicitario, la malignidad de la televisión, los rapiñadores de Telefónica o los estibadores de ganado de RENFE. Que se dediquen al negocio y nos dejen morir de hambre, si es posible. Al fin y al cabo los salarios no han subido desde 1997. Mata, Nerón, incendia Roma, pero, por favor, no cantes...
Artículo publicado en: El Periódico, 1 de diciembre de 2007.
[Publicado el 03/12/2007 a las 11:49]
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Cien años después de descubierto el continente americano, el mundo comenzó a temblar sacudido por un terremoto. Una violencia huracanada se apoderó de Europa, pero la más destructiva era interior y afectaba al espíritu de los humanos. Habían vivido miles de años confiados en que los Inmortales (fueran los dioses clásicos o el Dios cristiano) intervenían en los asuntos terrestres, pero ahora se estaban despidiendo. Los habitantes del planeta iban a comenzar una experiencia agobiante: la de su soledad cósmica. Soledad tanto más insoportable cuanto que el cosmos crecía de forma desmesurada. Cuanto mayor era el universo astronómico, más cruda nuestra soledad.
Uno de los mejores presagios de que debíamos apañarnos sin ayuda externa fueron los Ensayos de Michel de Montaigne, el diario de alguien que, recluido en la soledad de un castillo, escribe sobre sus temores y temblores persuadido de que todo fluye hacia la nada. Mucho antes de que Marx lo dijera, todo lo sólido parecía diluirse en el aire. La consternación de que no pudiéramos conocer nada estable, permanente o duradero, así como la inconstancia de la verdad, se convertía en asunto de estudio.
Montaigne era experto en asuntos humanos: había sido parlamentario y luego alcalde de Burdeos, ciudad donde las matanzas entre católicos y protestantes, así como la peste negra, habían sido feroces y causado espantosa zozobra. La locura abundaba más que la razón; la crueldad más que la caridad; la ira, la vesania reinaban por doquier. Montaigne decidió retirarse a su castillo para tratar de poner por escrito algunos juicios seguros, algo que pudiera mantenerse a flote en el oleaje de aquella tormenta mundial. Sus Ensayos son, hoy más que nunca, una isla de sensatez a la que acudir cuando el crimen, la imbecilidad y el cinismo se nos hacen insoportables.
Sin embargo, todo está en constante fluir y desvanecerse, así que tampoco los Ensayos se libraron de verse sumidos en un torrente de lava. Desde sus primeras publicaciones, entre 1580 y 1595, lo que había nacido con deseo de permanencia se convirtió en otro fluido cambiante e inseguro. Tras la muerte del autor se editó el texto de su hija adoptiva, Marie de Gournay, pero en 1906 los eruditos prefirieron el llamado "manuscrito de Burdeos" con abundante anotación de Montaigne. Las diferencias eran considerables. Y hace diez años los mismos eruditos, con nombres nuevos, decidieron regresar al texto de Marie de Gournay, convencidos de que el viejo Montaigne había intervenido en aquel último y definitivo escrito. Ahora por fin aparece en El Acantilado la edición española del texto completo.
Como muy bien dice su prologuista, Antoine Compagnon, la paradoja es que será más fácil de leer y entender en español que en francés. La lengua de Montaigne, como él mismo había reconocido, estaba en un momento tan fluyente y convulso como la entera sociedad, de modo que los jóvenes franceses sudan tinta para leerlo. La traducción, en cambio, pone a Montaigne en el siglo XXI. Puede parecer una traición, pero también Borges recomendaba a los jóvenes leer Don Quijote en inglés y luego, ya adultos, si habían logrado hacerse con una cultura lin- güística suficiente, podían acudir al original. La traducción de Jordi Bayod Brau es una delicia y, si queda algo de vida en el cadáver de la cultura oficial, deberían otorgarle el Premio Nacional de Traducción por una tarea gigantesca que ocupa casi 1.800 páginas.
Cuando Mitterrand se sometió al fotógrafo para fijar el retrato oficial del presidente, tomó en sus manos el volumen de Montaigne. Uno se pregunta qué autor clásico podrían sostener en sus manos nuestros representantes. Da miedo pensarlo. Es cierto que Cervantes podría cumplir una función similar, pero eso se debe a la edulcoración de una novela que en realidad es la denuncia más salvaje que se haya hecho sobre la locura de los poderosos y el gregarismo de los súbditos. La narración más corrosiva que se conoce ha sido convertida en un cuento infantil para uso de funcionarios. Y, además, Montaigne no es Cervantes. El primero era todavía un humanista que trataba de salvar algo, aunque fuera mediante aquel escepticismo radical que tanto influyó en Josep Pla, su mejor discípulo moderno. El segundo, un profundo nihilista, persuadido de que la insensatez del mundo no tiene remedio. Por eso, en una de las escenas más conmovedoras de toda la literatura, Don Quijote muere en la cama admitiendo su locura como algo inexorable. En cerrado contraste, los Ensayos concluyen con el espléndido tratado sobre la Experiencia, que comienza así: "Ningún deseo es más natural que el deseo de conocimiento", y se cierra con la inscripción que dedicaron los atenienses a Pompeyo: "Eres dios en la medida en que te reconoces humano".
Nuestra naturaleza (el programa genético, dirían los clérigos) nos obliga a conocer porque nos angustia la ignorancia. No obstante, es esa misma naturaleza la que nos convierte en petulantes endiosados que se ponen por encima de los demás en cuanto creen saber alguna cosa. Contra la jactancia solo hay un remedio: aceptar que somos insignificantes, efímeros, fugaces. Razón por la que es imperioso leer los Ensayos.
Artículo publicado en: El Periódico, 29 de noviembre de 2007
[Publicado el 30/11/2007 a las 14:00]
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Las causas de que Cataluña sea la autonomía peor educada de España, siendo España la nación peor educada de Europa, forman parte de lo más rancio de su clase dirigente. El país es una finca de comerciantes, pequeños industriales, negociantes, ejecutivos ancilares, gente práctica. Aquí la vida intelectual ha tenido siempre un vuelo gallináceo. Obsérvese que todavía se vegeta de lo que hicieron unos burgueses de 1900. Y que el moderno Olimpo internacional catalán se reduce a un músico que tocaba el violonchelo y un pintor balear. No hay más, porque ni siquiera Josep Pla entra en el canon de los comisarios nacionales. Y a Gerhard lo ha editado Caja Madrid. A propósito, comparen la programación de conciertos de Barcelona con la de Madrid. Verán que en Barcelona aún no existe el siglo XX. El siglo XXI comenzará, supongo yo, dentro de diez generaciones.
Los que profesamos en la Universidad estamos abatidos. Es insoportable ver a esos chavales, tan inteligentes como cualquier otro grupo de jóvenes, percatarse del fraude que se ha cometido con ellos. Los años perdidos. La sistemática trivialidad que aquí llaman "educación". La conciencia de que ya es demasiado tarde. Saben que, con alguna excepción, nunca tendrán la formación de sus colegas europeos. Seguirán representando, con griegos y portugueses, a ese invitado a quien todos tratan con aire paternal: el simpático descerebrado que trae las bebidas.
Artículo publicado en: El Periódico, 24 de noviembre de 2007.
[Publicado el 26/11/2007 a las 11:17]
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El pobre animal disimuló el impacto, no quiso dar pruebas de haber sido tocado de muerte. Su jerarquía en la tribu dependía justamente de que le creyeran invulnerable. Nadie habría podido imaginar, sin embargo, que todo su poderío radicaba en un órgano tan delicado. Pero así era. De pronto su jauría y el mundo entero comprendió que su talón de Aquiles era la laringe. Y el disparo, aunque sin premeditación, le había alcanzado precisamente en el lugar exacto del que dependía su poder.
Al principio se contoneó perplejo, como si no creyera lo que había sucedido. En los días siguientes tuvo la reacción habitual de los animales heridos de muerte. Se le oía aullar de dolor y desesperación por toda la selva. Y cuanto más chillaba, más evidente se hacía a los ojos de su jauría que estaba tocado de muerte y que había que ir preparando la sucesión. No porque ya hubiera muerto, ni siquiera porque fuera a morir de inmediato. Este tipo de heridas, llamadas "narcisistas", trabajan lentamente acumulando veneno en torno al tejido dañado hasta hacer insoportable la existencia de quienes conviven con el agonizante. El proceso puede durar años.
Pero es un proceso fatal, imposible de detener, porque lo malo de la herida no es su gravedad sino que una vez ha señalado el lugar más vulnerable de este gran simio, puede repetirse una y otra vez el disparo. La vida del cabecilla se convierte en un infierno porque sabe que en cualquier momento, desde cualquier lugar, hasta un niño puede ahora apuntar y darle. Y que resuene en toda la selva el estruendo mortal: ¡¡¡POR QUÉ NO TE CALLAS!!!

Artículo publicado en: El Periódico, 17 de noviembre de 2007.
[Publicado el 19/11/2007 a las 12:06]
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Murieron armados hasta los dientes

En las desoladas mesetas de Castilla, por sierras andaluzas cortadas a navaja, en el vientre de los bosques gallegos, acurrucados en madrigueras de las marismas ampurdanesas, los guerrilleros de la ofensiva contra el francés comenzaron el siglo XIX respirando pólvora, rumiando algarrobas, sin el menor atisbo de que iba a ser el siglo de la locomotora y el telégrafo. Vivieron en un mundo prehistórico, al borde del canibalismo. Y sin embargo aún podemos admirarles gracias a los relatos históricos o literarios que los pintan como fieras arcaicas, más próximas a Ayax y Aquiles que a los civilizados generales del ejército napoleónico a quienes combatían.
Las guerrillas aparecen en los pueblos pobres, sin ejércitos tecnificados y eficaces. En la España de Goya, el ejército regular y sus generales fueron derrotados por el invasor en una partida de mus. Los guerrilleros se convirtieron en la tortura de aquellos franceses que habían hecho una revolución para liberar a los labriegos, artesanos y demás plebeyos desangrados por la nobleza. Los guerrilleros españoles no podían creer que Napoleón quisiera rescatarlos de las sanguijuelas coronadas. Para ellos había algo previo, más cercano al animal que al humano: la jerarquía natural. De modo que hicieron imposible su propia liberación, pero crearon la primera soberanía popular española.
Como cuentan Rafael Abella y Javier Nart en su recién editado Guerrilleros (Temas de Hoy), el acoso de las partidas y el coraje de las Juntas fundó una patria común de hombres libres cuya expresión admirable fue la Constitución de Cádiz, promulgada por adolescentes. Es muy notable la proclama de la Junta catalana llamando a la liberación de España y a la rebelión de los españoles contra el invasor. Y de la junta Vasca. Y de todas las demás. La soberanía nació del sacrificio popular y el temple liberal de los jóvenes.
Tras la victoria regresó, sin embargo, la vieja Némesis hispana y el infame Fernando VII restauró la tierra de Caín y Abel. Nuestra condena se repite una y otra vez. También ahora.
Artículo publicado en: El Periódico, 10 de noviembre de 2007.
[Publicado el 14/11/2007 a las 10:30]
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Sí, es cierto, la ciudad es ahora un verdadero caos, pero no sólo por los trenes de cercanías. En realidad las cercanías hace decenios que fueron abandonadas por la Generalitat. Cualquier habitante de los múltiples suburbios, pueblos y urbanizaciones que rodean Barcelona puede contar historias terroríficas sobre la conexión con la capital. Esto no es Múnich, ni Milán, ni Toulouse. La Generalitat, obsesionada con sus agonías ideológicas, ha hecho muy poco para que los ciudadanos puedan vivir cómodamente cerca de la capital. En cambio, el resto del territorio, los pueblos y ciudades secundarias, han experimentado un incremento de calidad muy notable. La vieja política de Pujol fue siempre desarrollar todo lo que no fuera Barcelona y reducir la capital, tan híbrida, tan forastera, tan poco nacional, a una ciudad de provincias. Ahora ya es tarde. Cualquiera sabía desde hace años que la vieja ciudad burguesa diseñada para cien familias por las cien familias, era una caja de bombones con aroma belga. Sin embargo, aquellos que osaban decirlo eran inmediatamente tachados de la lista de seres humanos e incluidos en la de enemigos del Régimen. No es fácil ser sincero en este país.
El caos ha traído una exacerbación de la angustia; el fracaso, un incremento de la sensación de impotencia. Nunca como antes los grupos de energúmenos se habían sentido tan justificados y protegidos. Actúan con la convicción de que nadie va a reconvenirles o amonestarles. Su proyecto es crear un ambiente lo más similar posible al del País Vasco, aunque sin mancharse de sangre. Las balas, de momento, sólo se incrustan en fotografías. La táctica pujolista de echar la culpa de todo a los españoles sigue dando frutos. Hace unos días, el anciano político decía que nunca el odio de los españoles contra los catalanes había sido tan fuerte. "Ni en tiempos de Franco", añadía. Era una opinión pasmosa que lleva a preguntarse qué medios de comunicación lee, qué radios oye, qué televisiones mira Jordi Pujol. La exacerbación, la histeria, a veces llamada "crispación", hace mella en los más resentidos. Su hijo, Pujol Ferrusola, que ha heredado la jefatura ideológica del partido (éste sigue siendo un país de empresa familiar), declaraba casi el mismo día que todo nacionalista es independentista "si le queda alguna neurona". No obstante, con lógica daliniana, cuando le preguntaron si creía que Cataluña sería independiente algún día respondió: "No". En todo caso, que Convergencia sea ahora un partido independentista significa un cambio notable en los proyectos de las clases medias y acomodadas de Cataluña, siempre mansas con sus representantes.
La situación se ha estancado en un punto tedioso. Como escribía el notario López Burniol en estas mismas páginas a principios de noviembre, ha llegado el momento de hablar abiertamente con la población sobre la independencia. Lleva toda la razón. No creo que quede otra salida. De una parte, la población está hastiada del despilfarro gigantesco que se comete con la excusa de la "identidad" en detrimento de la vida real; otros ya no pueden soportar más sermones y broncas por no parecer sobradamente catalanes según el modelo de las elites; por fin hay una minoría que se angustia frente a un discurso agotado y teme caer en el abismo. Por esta razón, un partido conservador, católico y burgués como Convergència, ha optado por la vía adolescente. El partido converge hacia Ibarretxe. Ahora son separatistas, aunque mantengan los eufemismos habituales: confederación, asimetría, autodeterminación, soberanismo.El notario López Burniol escribía en su artículo que el primer paso a dar es el de consultar a la población vasca, catalana y gallega sobre este punto. Él añadía a los navarros no sé con qué finalidad, pero está bien, que se incluya quien lo desee. También en esto coincido con él. Sería de desear que se realizara esa consulta bajo un apelativo que justificara su legalidad, con todas las garantías posibles y mediante un periodo de explicación suficientemente largo. Por ejemplo, un año.
Durante ese año los separatistas nos explicarían cómo iba a ser la nueva nación, qué harían con aquellos que desearan seguir siendo españoles, cómo se resolverían los problemas prácticos (propiedades, comunicaciones, fiscalidad, etcétera), qué protección jurídica tendrían los excluidos o sus familias, y cuáles serían las ventajas de semejante paso. Por su lado, los partidarios de continuar con el Estado de las autonomías podrían defender su criterio sobre los efectos de poner fronteras al Ebro. La consulta debería realizarse con todas las garantías, claro está, entre las cuales hay una de difícil negociación: tanto si el resultado es negativo como si es positivo, debería considerarse irreversible.
Yo creo que una consulta semejante puede llevarse a cabo perfectamente en Cataluña y estoy, además, seguro del resultado. Excepto en un porcentaje que no debe de llegar ni al 20% de la población, no creo que ni siquiera los separatistas votaran por la independencia: les crearía problemas. Pero es cosa de averiguarlo. En cambio, dudo de que pudiera llevarse a cabo en el País Vasco. A pesar de los maullidos de Ibarretxe, en su autonomía no hay garantías democráticas para quienes no piensan como él. Mientras muchos de sus oponentes del PSV y del PP hayan de vivir con protección policial, mientras los desdichados políticos que habitan en pueblos con hegemonía fascista no puedan llevar una vida normal, es rigurosamente cínico (o malvado) plantear una consulta a lo Mugabe. Como dice el lehendakari, los vascos y las vascas tienen todo el derecho del mundo a elegir su futuro, por eso justamente lo primero que debería hacer su presidente es garantizarles que lo tienen y que no van a acabar con un tiro en la nuca, expulsados de sus hogares, o molidos a palos.
Desde la experiencia catalana, el discurso nacionalista está acabado, como muestra el continuo incremento de la abstención, y sólo queda el recurso populista a la independencia o la negociación para mantenerse dentro de la actual Constitución de una vez por todas. Prolongar la situación privilegiada de irresponsabilidad de los políticos catalanes sólo trae consigo un deterioro progresivo e imparable de las condiciones vitales de la población. Sobre todo, la del barcelonés, la región más nutrida por las sucesivas inmigraciones que han construido la actual Cataluña. Sin olvidar que de los siete millones de habitantes oficiales de la Comunidad, cuatro viven en ese entorno explotado por los especuladores, desestructurado por los nacionalistas, olvidado por todos los gobiernos y cuyo centro urbano se ha convertido en un campo de concentración del peor turismo europeo.
Como ha sucedido en Québec, donde los nacionalistas han perdido toda credibilidad, lo mejor es, en efecto, consultar a los ciudadanos. Pero dado que los nacionalistas catalanes y vascos no admiten que el resultado de las elecciones democráticas sea el referente de la opinión cívica mayoritaria, vayamos a la consulta popular. Y que gane el menos malo.
Artículo publicado en: El País, 12 de noviembre de 2007.
[Publicado el 12/11/2007 a las 13:02]
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Félix de Azúa nació en Barcelona. Licenciado y doctorado en Filosofía, profesor de Estética y colaborador habitual del diario El País, fue conocido gracias a su inclusión en la antología Nueve novísimos poetas españoles. Ha publicado los libros de poemas Cepo para nutria, El velo en el rostro de Agamenón, Lengua de cal y Farra. Su poesía está reunida, hasta 2007, en Última sangre. Ha publicado las novelas Historia de un idiota contada por él mismo, Diario de un hombre humillado (Premio Herralde), Demasiadas preguntas y Momentos decisivos. Su parcela ensayística es amplia y destacada: Baudelaire, Lecturas compulsivas, Diccionario de las Artes, La invención de Caín, Cortocircuitos: imágenes mudas y Esplendor y nada. Los libros recientes son Ovejas negras, La pasión domesticada y Abierto a todas horas. Escritor experto en todos los géneros, su obra se caracteriza por un notable sentido del humor y una profunda capacidad de análisis.
Ensayo
La pasión domesticada (2007). Abada, Madrid.
Ovejas negras (2007), Bruguera, Barcelona.
Cortocircuitos. Imágenes mudas (2004). Abada, Madrid.
La invención de Caín (1999). Alfaguara, Madrid.
Baudelaire y el artista de la vida moderna (reedición) (1999). Anagrama, Barcelona.
Lecturas compulsivas. Una invitación (1998) Anagrama, Barcelona.
Salidas de tono (1996). Anagrama, Barcelona.
Diccionario de las artes (1995). Planeta, Barcelona.
Baudelaire y el artista de la vida moderna (1992). Pamiela, Pamplona.
Venecia (1990). Planeta, Barcelona.
El aprendizaje de la decepción (1989). Pamiela, Pamplona.
La paradoja del primitivo (1983). Seix Barral, Barcelona.
Conocer a Baudelaire y su obra (1978). Dopesa, Barcelona.
Novelas y prosa literaria
Abierto a todas horas (2007). Alfaguara, Madrid.
Esplendor y Nada (2006). Lector, Barcelona.
Momentos decisivos (2000). Anagrama, Barcelona.
Demasiadas preguntas (1994). Anagrama, Barcelona.
Cambio de bandera (1991). Anagrama, Barcelona.
Diario de un hombre humillado (1987). Anagrama, Barcelona.
Historia de un idiota contada por él mismo, o el contenido de la felicidad (1992), Anagrama, Barcelona.
Mansura (1984). Anagrama, Barcelona.
Última lección (1981). Legasa, Madrid.
Las lecciones suspendidas (1978). Alfaguara, Madrid.
Las lecciones de Jena (1972). Barral E., Barcelona.
Relatos
"Quien se vio", Tres cuentos didácticos (1975). La Gaya Ciencia, Barcelona.
"La venganza de la verdad" (1978). Hiperion nº1, Madrid.
"Herédame" (6 y 7 agosto 1985). El País, Madrid.
"El trencadizo", con grabados de Canogar (1989) Antojos, Cuenca.
"La pasajera" (18 nov. 1990). El País, Madrid.
"La resignación de la soberbia", Los pecados capitales (1990). Grijalbo, Barcelona.
El largo viaje del mensajero (1991) Antártida, Barcelona.
Cuentos de cabecera ("La pasajera" y "La segunda cicatriz") (1996). Planeta NH.
"El padre de sus hijos" (1998). Barcelona, un día, Alfaguara, Madrid.
"La verdad está arriba" (1998). Turia, Teruel.
Poesía
Última Sangre. Poesía 1968-2007 (2007). Bruguera, Barcelona.
Poesía 1968 1988 (1989). Hiperion, Madrid.
Farra (1983). Hiperion, Madrid.
Siete poemas de La Farra, con un grabado de A. Saura (1981). Cuenca.
Poesía 1968 78 (1979). Hiperion, Madrid.
Pasar y siete canciones (1977). La Gaya Ciencia, Barcelona.
Lengua de cal (1972). Visor, Madrid.
Edgar en Stéphanie (1971). Lumen, Barcelona.
El velo en el rostro de Agamenon (1970) El Bardo, Barcelona.
Cepo para nutria (1968). Madrid
1987 Premio Anagrama de Novela.
2000 Premio a la cultura "Sebetia-Ter" del Centri di Studi di Arte e Cultura di Napoli".
2001 Premio a la tolerancia de la "Asociación por la Tolerancia", Barcelona.
05/7/2008 23:44
Publicado por: Ralph Rewes
05/7/2008 19:53
Publicado por: el mismo de antes
05/7/2008 18:15
Es una entrevista a Azua de...
Publicado por: albert
05/7/2008 13:59
Publicado por: josé labayru
05/7/2008 00:52
Publicado por: copia/pega 2
04/7/2008 23:21
Publicado por: Xavier Agenjo
04/7/2008 23:20
Publicado por: Xavier Agenjo
03/7/2008 14:51
Publicado por: tenedordepostre
03/7/2008 13:12
Publicado por: Xavier Palau
03/7/2008 12:22
Publicado por: curriqui de barrio
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