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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

Editado por La Oficina del Autor

sábado, 5 de julio de 2008

Blog de Félix de Azúa

Origen de nuestros ojos

Vivir sin admiración, sin que algún objeto nos inspire un culto de dulía, es como vivir en blanco y negro. Los que admiran son retribuidos por su admiración y suele ser gente de corazón ligero. Hacía treinta años que no volvía sobre Victor Hugo, uno de los más olvidados novelistas del siglo XIX. Me empujó al regreso el admirable ensayo de Mario Vargas Llosa sobre Los Miserables recientemente traducido al inglés. No obstante, quise regresar por el principio y abrí con frío escepticismo la novela "mala" de Hugo, Notre-Dame de París. ¡Cielo santo, qué vuelo estratosférico! En el teatro del romanticismo, Dickens y Balzac ocupan el palco real. Esquinado en el gallinero proletario, a Victor Hugo se le pide silencio y que no moleste. Sin embargo, es demasiado grande: como un gigante torpe, en cuanto se mueve descalabra tres estatuas de escayola narrativa y hace añicos dos arañas de cristal de poesía lírica. Hugo, hélas!

El argumento de la novela es un disparate que se reparten un monstruo jorobado, un cura alquimista, una gitana casi impúber y un caballero más puro que Parsifal. Una majadería, pero ¿a quién le importa? Con esos mimbres ridículos Hugo construye un edificio literario cuya ambición no es otra que la de competir nada menos que con el célebre templo del que toma su nombre. En un capítulo de delirante especulación, Hugo expone una teoría que sin él saberlo estaba trabajando por aquellas fechas el iluminado Friedrich Hegel. En ese fragmento sobrenatural el novelista pone ante los ojos del lector la totalidad del saber humano esculpido en piedra, desde los menhires hasta las catedrales góticas, y muestra cómo a partir del siglo XV esa catástrofe llamada "la imprenta" iba a destruir la arquitectura. Los conocimientos humanos ya no se atesorarían en la piedra, sino en los libros, que son más duraderos y baratos.

Lo de menos en ese capítulo es la exactitud histórica. Lo grandioso es la visión, el ímpetu poético, la descomunal ambición de competir con los constructores de Notre-Dame. Con una fuerza hercúlea que hoy no podemos ni soñar, Hugo se enfrenta a lo más grandioso que conoce para ofrecer su alternativa sobre papel.

Comenzó a escribir la novela en julio de 1830, pero hubo de interrumpirla por un par de sucesos molestos. Primero la Revolución, luego el nacimiento de su hija Adèle. Hugo se metió de cabeza en el caos revolucionario, anduvo arriba y abajo por un París cubierto de cadáveres y colaboró con los rebeldes mientras ayudaba a su mujer en el posparto y también al mefítico amante de su mujer, Sainte-Beuve, muy afectado. Aún le quedaba tiempo para navegar por los remolinos del estreno, unos meses atrás, de Hernani y el escándalo universal que había montado. De paso, aprovechó para cambiar de domicilio porque con la nueva hija ya no cabían en casa. Bueno, pues para enero había terminado la novela. ¡Ochocientas páginas! En la actualidad, sólo el cambio de domicilio ya habría paralizado al más dotado de nuestros escritores.

Cuando abres tu corazón y admiras, te invade cordialmente el objeto admirado. Entonces ya no es el entero cuerpo lo que te deslumbra, sino cada detalle. Así por ejemplo, ese capítulo III que luce título en español macarrónico, "Besos para golpes", y que presenta a la gitana Esmeralda. Estamos en invierno, es de noche, arden las hogueras en la Place de Grève donde se han reunido los más feroces malhechores parisinos. Se les ve desde arriba, formando un círculo de hogueras en cuyo centro baila la gitanilla de pies diminutos, "totalmente andaluces" según afirma Hugo con aplomo. La vemos bailar, por así decirlo, desde la grúa, pero la cámara desciende cuando en uno de sus pases se le suelta el prendedor y la cabellera se expande con vuelo de mantón. La cámara entonces recorre los rostros boquiabiertos de los patibularios, pero se detiene en un personaje atravesado al que se acerca en un close up. Rostro inquietante cuya ambigua sonrisa hiela la sangre y nos augura que ese personaje va a jugar un papel decisivo en el destino de la niña.

Volvemos al plano general para ver a Esmeralda exhibiendo las dotes circenses de su cabra adivina, pero de nuevo nos arrastra una panorámica circular del público, como las de M el vampiro de Fritz Lang, seguida por un primer plano del siniestro individuo que ahora grita: "¡Sacrilegio! ¡Profanación!". La cámara regresa a una Esmeralda paralizada de terror, con los ojos desorbitados y una mano alzada como para protegerse de un golpe, puro Lillian Gish. Parece calcado de Eisenstein o de Griffith, pero faltaban cien años para que se inventaran ambos modelos de montaje.

Es en verdad misterioso que el romanticismo avanzara por escrito la esencia de la técnica visual cinematográfica. En otro capítulo deslumbrante de la tercera parte, "París a vuelo de pájaro", Hugo nos ofrece una panorámica aérea de París, como si nos hubiéramos subido al globo en el que Daumier dibujó a Nadar. Con una diferencia notable: las primeras fotos aéreas de París no se verían hasta treinta años más tarde. La ciudad, que sólo había interesado a Balzac (un poco más tarde a Dickens) en su horizontalidad, tomaba de pronto una tercera dimensión que no se realizaría plenamente hasta la invención de la fotografía y los primeros bombardeos aéreos.

Estas intuiciones imaginativas son puro zeitgeist y surgen en los talentos más despiertos de cada tiempo. Por aquellas mismas fechas, en 1834, vivía exiliado en París el duque de Rivas y entretenía su forzado ocio redactando un enorme poema, El moro expósito, tanto más bello cuanto más desatendido por los actuales lectores. Si alguien se detiene en esas páginas soberbias encontrará también allí secuencias a la Eisenstein. Véase esta estampa del malvado Rui-Velázquez, germen de Iván el Terrible con música de Prokofiev: "Éste, delgado y alto (...) enjuto y macilento, demostraba / temores, dudas e inquietudes grandes; / y cruzados los brazos sobre el pecho, y embozado en su manto, a desiguales / pasos la sala toda recorría / formando en suelo y muro una gigante / sombra que era mayor o más pequeña / al venir a la luz o al retirarse". Esa sombra animada, esa sombra que crece y mengua, como el baile de Esmeralda, es ya puro cine.

Sería agradecido averiguar lo que podríamos llamar el componente atómico de la imagen popular, el alfabeto del arte de masas que se encuentra ínsito en las novelas y los poemas del romanticismo, pero también en las óperas de Wagner y Puccini, en las sinfonías de Mahler y de Strauss, en la pintura de Goya y Delacroix. Un repertorio que se diría inventado por los fotógrafos y cineastas de principios del siglo XX cuando en realidad pertenece a un fondo mucho más ignoto del que todavía siguen brotando por mil fuentes imágenes lingüísticas, musicales y visuales que encantan la imaginación popular. Una enigmática sima de figuras radicalmente distintas del depósito clásico, anterior al barroco, cuando el soporte del saber era la piedra y los humanos grabábamos nuestros conocimientos en monumentos más frágiles que el papel.

Artículo publicado en: El País, 10 de febrero de 2008.

[Publicado el 11/2/2008 a las 10:02]

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Incorrectísima propuesta artística

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Si alguien se toma el trabajo de mirar el diseño del futuro túnel que atravesará la ciudad de Barcelona por el Ensanche con el fin de que el AVE tenga no sólo orificio de entrada sino también de salida, observará que dibuja una delicada herradura al llegar a los cimientos de la Sagrada Familia. Con extrema educación, el túnel se retrasa unos metros para no poner en peligro el tremendo adminículo. Lo tengo por un error y propongo que se unan todos los ciudadanos que así lo consideren y hagan llegar su voz a quien corresponda. El túnel debería pasar lo más cerca posible, por ver de dar con este templo en el suelo de una vez.

Comprendo que no es una propuesta fácil de colar, pero considérese que cuando comencé a trabajar en la Escuela de Arquitectura de esta noble ciudad, hará unos veinte años, los más afamados cerebros exigían la demolición inmediata. El éxito del mamotreto es reciente, desde que comenzó a dar dinero, pero cuando no lo daba expertos como Oriol Bohigas escribían que, tras la ampliación, era el peor edificio de Gaudí, ensuciaba la imagen del artista y sólo le gustaba a la gente de misa diaria. ¡Y eso era antes de que los propietarios le añadieran la cavernosa obra de Subirachs!

Uno de los mejores críticos artísticos del mundo y autor de un gran libro sobre Barcelona, Robert Hughes, también desea su derribo en todas las entrevistas que concede, pero ya George Orwell, en su homenaje a Cataluña, se lamentaba de que entre los muchos templos quemados por los revolucionarios durante nuestra tan añorada república no figurara el destacado capricho.

Si el túnel del AVE pasara un poco mas cerca, a lo mejor teníamos la suerte de hundir todo lo añadido por los papistas en este desdichado siglo, con los monigotes incluidos. Quedaría lo que en verdad puede decirse que es de Gaudí, o sea, las viejas torres, las cuales, un poco arregladitas, darían para un hotel, una discoteca y un par de restaurantes a la Adrià. De ese modo los japoneses podrían seguir usándolo y todos saldríamos ganando. Se admiten adhesiones.

Artículo publicado en: El Periódico, 2 de febrero de 2008.

[Publicado el 04/2/2008 a las 11:34]

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De sabios es rectificar y rectifico

Perdonen que hable de mí mismo. Quizás recuerden que estuve a punto de diñarla por causa de una obra pública chapucera que había dejado un tramo mortal en medio de una carretera recién asfaltada. Echaba yo la culpa a la Generalitat y sin embargo el asunto es más insólito y aún manifiesta cierto desorden superior. Véase.

Alertado por mi artículo, el conseller de obra pública, Joaquim Nadal, que es un lince, ni corto ni perezoso tomó su automóvil y se fue a mirar si era verdad lo que decía aquel ximplet. Vio que era verdad. En la vía aullaban trescientos metros de hoyos y socavones, una guillotina en la cinta de liso asfalto. ¿Cómo podía ser aquello posible? Pues porque ese minúsculo fragmento no pertenece a la Generalitat sino al ayuntamiento de Serra de D'Aro. Por aquel pedacito habían cruzado durante siglos, primero mulas y luego tractores buscando campos donde hincar el arado. El mínimo paso tenía derecho de pernada en el diminuto municipio ampurdanés.

/upload/fotos/blogs_entradas/asfaltar3_med.jpgNadal, hombre de acción, habló con los munícipes, los cuales adujeron que no era asunto suyo si alguien se desnucaba en aquel palmo y que no iban a poner un céntimo. Sin duda el conseller podría haber esperado a que un loquitonto de moto y botellón se rompiera la crisma una noche sin luna. Porque ya no pasan por ahí mulas o borricos sino motos, coches, camionazos y hormigoneras. Los tiempos cambian y las propiedades, por estúpidas que sean, permanecen. Como es de razón, Nadal mandó asfaltar de inmediato el trozo criminal a costa del erario. Hoy he vuelto a pasar, como dice la canción, por aquel camino negro y era ya una carretera perfecta.

Y ahora, la conclusión. ¿Cómo puede ser que las comunicaciones de un país más o menos moderno continúen legalmente como en tiempos de Indíbil y Mandonio? ¿No es de todo punto imprescindible que la red viaria se unifique en un ejecutivo centralizado? ¿O acaso la reacción que nos encadena al pasado histórico ha de mantener privilegios medievales? Es como si por las vías del AVE cruzara de vez en cuando una trocha de cabras. Glorioso.

Artículo publicado en: El Periódico, 26 de enero de 2008.

[Publicado el 30/1/2008 a las 07:45]

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La muerte de Venecia

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Venecia.

La actual Venecia es un fósil salvado milagrosamente, un insecto prehistórico conservado en una gota de ámbar. Es imposible comprender su importancia histórica, cuando durante la edad media y el renacimiento recaudaba un 30% más que la corona de Francia, doblaba el presupuesto de Inglaterra y su renta era 16 veces superior a la media continental. ¿Tanto poder en una ciudad de apenas 100.000 habitantes?

Venecia ha sido dos cosas: una ciudad (la Dominante) y una República (la Serenísima). Su territorio no era terrestre sino marítimo. Durante siglos, el dominio del mar ha sido mucho más importante que el terrestre. El imperio de Alejandro se sustentaba sobre una corona de puertos fortificados; también el imperio romano, el de Felipe II, el de Luis XV y el de la corona británica. El imperio marítimo de Venecia incluía aún en 1790, en la más absoluta decadencia, hasta tres millones de súbditos directos.

Sin embargo, a medida que se desarrollaba la artillería crecían en importancia las posesiones terrestres. Lo cual lleva aparejada la creación de poderosos ejércitos de infantería. Venecia nunca dio importancia a su expansión militar terrestre, aunque sus colonias comerciales en la península llegaban hasta Milán. Sus ciudades, Crema, Treviso, Vicenza, Verona, Brescia, Padua, nunca fueron integradas en un sistema estatal, no supo crear un ejército de tierra y fue decayendo a medida que los ejércitos terrestres se perfeccionaban y los mercenarios eran más caros, hasta morir a manos del mayor ejército del mundo, la Grand Armée de Napoleón. Las aguas que la habían convertido en un imperio acabaron por ahogarla.

El declive, por lo tanto, comenzó con la construcción, hacia el siglo XVI, de las modernas naciones europeas inseparables de un poderoso ejército de tierra. Y el desastre era ya inevitable en el siglo XVIII cuando las naciones se convirtieron en estados nacionales. La última expedición a Inglaterra, compuesta por nueve embarcaciones atiborradas de riquezas, partió en 1702. Sólo llegaron dos de las naves. Fue la última gran expedición veneciana. A partir de ese momento sus naves quedaron varadas y comenzaron a pudrirse.

Conferencia con motivo de la exposición "El arte de los siglos XVII y XVIII en Venecia". Barcelona, 14 de enero de 2008.


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[Publicado el 27/1/2008 a las 16:44]

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La absorbente Liga de fútbol

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El aficionado está de suerte. A pocos meses del final de la Liga que tendrá lugar en marzo, todo está aún por decidir. Los dos grandes equipos nacionales, el Recreativo Castizo (también llamado "el Obispero") y el Atlético Guay (apodado "la Pánfila") están empatados a puntos en la clasificación. Dos filosofías de juego, dos ideas del deporte y dos negocios sucios muy diferenciados tratan de imponerse y no dejan pasar día sin robarse los titulares mediáticos.

La Pánfila tenía esta semana un partido de exhibición contra un equipo internacional en el que figuraban jeques árabes, presidentes caucásicos y varios capos. Todos esperábamos ablaciones públicas, reparto de alijos, muestra de armas químicas, pero la mitad de los invitados estaba en la cárcel y la otra mitad en los montes de Afganistán y no pudieron acudir. Con un equipo tan mermado, la exhibición quedó gris.

No pudo aprovechar la ocasión el Obispero. En una audaz maniobra, su capitán, el polivalente Rajoy, fichó a uno de los grandes guardametas del fútbol nacional, el temido Pizarro, elevado a la fama tras su encontronazo con un agresivo ariete Pánfilo que trató de comprarle la camiseta por una décima parte de su valor. El brillo de la operación, sin embargo, se vio ensombrecido por la lesión de su delantero centro, Gallardón, cuyo nombre ya lo dice todo, el cual tuvo que ser sustituido por la aguerrida Aguirre, cuyo juego es eficaz como extrema derecha, pero que no da juego en el centro del campo.

Los equipos menores, muy alejados, sólo aportan sus tradicionales activos. El equipo vasco ("RH muy negativo") y el catalán ("tots som Josep Lluis") han vestido a sus jugadores con el clásico atuendo de los coros y danzas, pero eso no parece animar ni siquiera a sus fanáticos seguidores.

Ha sido una semana homérica que hace suponer una final apoteósica. Excelente compensación por el aburrimiento supino de las elecciones generales, enfangadas en una disputa sobre si el Real Madrid chupa más del presupuesto que el Barça. Los estadios están llenos y las urnas vacías. Albricias.

Artículo publicado en El Periódico, 19 de enero de 2008.

[Publicado el 21/1/2008 a las 15:42]

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El hombre que quiso ser dios

La primera noticia la tuve en el colegio y entonces le llamábamos Alejandro El Maño, aunque nos gustaba más su caballo Bucéfalo, de nombre irresistible. Muchos años más tarde me percataría de que Alejandro de Macedonia era uno de los escasísimos humanos que han sido modelos de virtud durante veinte siglos. Junto con Julio César, Jesús de Nazaret y quizás Napoleón, millones de mortales vieron en ellos un espejo de conducta. El espejo se rompió a partir del Congreso de Viena y hoy es considerado incorrecto.

/upload/fotos/blogs_entradas/alejandro_magno_med.jpgLa desmesurada aventura de este joven nacido trescientos cincuenta y seis años antes que Jesucristo y muerto a los treinta y tres (hoy por fin asequible en la espléndida biografía de Robin Lane Fox que ha publicado Acantilado), es la colosal carrera de alguien que quiso ser Aquiles y acabó convertido en un dios viviente. La obsesión homérica estuvo presente desde su primera incursión militar, cuando Alejandro, tras desembarcar en Asia menor, abandonó a sus perplejos generales para acercarse a Troya, muchos kilómetros al sur de la ruta invasora, con la intención de competir con su novio Hefestion en una carrera alrededor de la tumba de Aquiles. Allí, en la antigua Ilion convertida en una aldea que Schliemann aún lograría desenterrar, se encontró con el primer signo celeste: los lugareños le entregaron el escudo y la armadura de Aquiles que habían ocultado durante siglos y de los que no se separaría ni siquiera durante la guerra de la India. Que Alejandro tomara a Aquiles como modelo, así como Julio César o Napoleón se miraran en Alejandro, establece una continuidad de la heroicidad épica que sólo sucumbirá con la aparición de la sociedad burguesa, incompatible con la figura del guerrero. El héroe, como un Fénix, renacía con cada renovación de la sociedad.

La identificación, sin embargo, chocaba con un problema. Aquiles era hijo de Tetis, una divinidad marina, y Alejandro era hijo de Olimpia, una tarasca macedonia. De modo que, tras la decisiva victoria de Isos, abandonó de nuevo a su ejército y se desvió en una peligrosa aventura a través de quinientos kilómetros de desierto para consultar el oráculo de Zeus Amón en el oasis de Siwa, último santuario de habla griega fronterizo con Libia. Como ya sospechaba, el augusto dios africano le confirmó que no era hijo de Filipo sino de Zeus en persona. Calmada su inquietud pudo entonces emprender el mas largo, doloroso y disparatado viaje que jamás se ha conocido. De Persépolis a Afganistán, del Mar Caspio al Ganges, del Indo al infierno de Makran, el nuevo Aquiles condujo el mayor ejército que se haya visto por rutas que incluían el ascenso a picos de cinco mil metros o la travesía de desiertos que los tecnificados ejércitos del Imperio Británico no pudieron superar en el siglo XIX. Sin duda, aquel muchacho alucinado deseaba alcanzar el lugar donde terminaba la Tierra, el llamado Mar Exterior, cinturón de agua que rodeaba al mundo. Llegó hasta divisar el Índico, pero tuvo que renunciar al abismo por la llorosa súplica de sus soldados, agotados tras años de guerra, enfermedad, hambre, calor, frío y soledad. Muy contrariado, regresó a la capital de su imperio asiático.

De los dos grandes contrincantes de Alejandro en esta epopeya, el rey Darío de Persia y el rey Poros de la India, el segundo es el más admirable ya que el pobre persa no hizo sino huir una y otra vez en lugar de morir decentemente hasta que le asesinaron sus propios (y escasos) cortesanos. Escena terrible cuando Alejandro encuentra la carreta donde yace el cadáver del último aqueménida atado con cadenas de oro y abandonado en un desolado barranco del actual Damghán. No así Poros, gigantesco y gallardo, que peleó sobre su elefante hasta que una lanza le atravesó el pecho. Derrotado, aún le quedó ánimo para instruir al joven guerrero, el cuál no sabía como debía tratarse al emperador de la India en semejante circunstancia./upload/fotos/blogs_entradas/ciudades_conquistadas_por_alejandro_magno_med.gif

Una vez conquistada la totalidad del mundo conocido (menos Arabia, su frustrado proyecto), Alejandro fue víctima de la terrible hybris, la locura que abate a todos los que osan traspasar la mesura humana y que ya había matado a Aquiles ante las murallas de Troya. Esta reputada enfermedad divina produce una euforia enloquecida durante unos meses de frenética actividad y luego fulmina al héroe. La muerte de Alejandro, tras las célebres orgías de Babilonia, fue tan inesperada que hasta el día de hoy se atribuye a una conspiración de sus generales, mentira que se repetirá con Napoleón. Lo más probable, sin embargo, es que muriera de malaria. Sólo hay un dato inquietante. Se había traído de la India al gimnosofista Cálamo que a todos gustaba mucho porque dormía y meditaba sobre una sola pierna y que le aconsejaba en los momentos decisivos. Cuando desde el Punjab llegaron a Persépolis, el gimnosofista pidió permiso para morir porque estaba cansado y deseaba cambiar de envoltura carnal. Impasible ante las protestas de su heroico discípulo, ardió en una pira entonando atinados cantos, no sin antes despedirse de Alejandro con este saludo: "Nos veremos en Babilonia". Tras varios meses de disimulo y aunque dio muchos rodeos, ofuscado por las burlas de su gente Alejandro no tuvo más remedio que entrar de nuevo en la ciudad de Babel.

Durante el último año recibió el tratamiento que sólo se le concede a los dioses, un ritual que heredarían los césares romanos, los papas de Roma y en forma atenuada los monarcas Franceses. Sin embargo, este dios que iba a morir ponía de manifiesto, no tanto que los humanos pudieran ser dioses (ya se habían dado casos), cuanto que los dioses pudieran ser mortales. Esa sería la tarea que culminaría con éxito otro sucesor de Alejandro, Jesús de Nazaret, no ya héroe de la guerra corporal, sino de la guerra espiritual, cuando matara en la cruz al último dios celeste e inaugurara la inmortalidad de los humanos.

Nuestros actuales jefes político mediáticos rechazan contundentemente a los héroes guerreros de la civilización occidental. La minúscula moral de la vida gregaria no puede soportar ni siquiera al último dios muerto, porque incluso una vez muerto sobresale demasiado desde la altura de la cruz. A pesar de ello, el populus indócil sigue amando a los héroes épicos aunque sea bajo una figuración degenerada: los gangsters de Coppola y de Los Soprano, los vengadores justicieros como Bruce Willis, Clint Eastwood o Mel Gibson. En sus formas más domesticadas, los arqueólogos luchadores (Indiana Jones), los espías eróticos (James Bond) o los hijos de Hércules maltratados por la oligarquía (Silvester Stallone o el replicante de Blade Runner) y tantos otros. Porque, es indudable, necesitamos héroes pigmeos para podernos sentir gigantes éticos.

Artículo publicado en El País, el 13 de enero de 2008.

[Publicado el 16/1/2008 a las 09:15]

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El corazón de la bondad

Veinte críos de ambos sexos atacan a una mujer indefensa. La golpean, la humillan y graban su proeza con el móvil. Mientras dura la tortura, la mujer oye que lo van a colgar en Internet, que son menores y que a ver si se atreve a pegarles. Estos salvajes son racionales: saben que son intocables. Su placer sádico es el principio narcisista que mantiene unido al grupo. Entre ellos y el resto de los humanos hay un abismo. Estos menores lo ignoran, pero están actuando como terroristas a quienes protege un poder legal. Saben que buena parte del conjunto llamado "democrático" les apadrina. Saben también que la mujer está inerme, sin posibilidad de defensa, pero que un sector respetable de la sociedad "comprende" a los terroristas y a los niños feroces.

El suceso pone de manifiesto el más viejo enigma de la humanidad. ¿Somos bestias salvajes que sólo un proceso represivo convierte en humanos, como creía Hobbes? ¿O somos humanos justamente porque tenemos una moral instintiva, innata, "natural", que nos diferencia de las bestias, como creía Kant? ¿Hay que juzgar a esos salvajes y a los terroristas como animales que han racionalizado su bestialidad, los unos con el móvil, los otros con Sabino Arana? ¿O como seres humanos que aplican la moral del narcisismo fascista, la del verdugo que se cree superior a sus víctimas?

No es un debate trivial. Algunos darwinistas, como Marc Hauser, creen en una moral "instintiva" que compartimos con algunos animales. Los relativistas multiculturales creen que la moral es una fantasía variable, producto de la utilidad social y por lo tanto sin fundamento. Otros, como Rawls, se encuentran en un punto intermedio según el cual la satisfacción "natural" de actuar rectamente tiene un fundamento social, la funcionalidad del bien común.

En todo caso, los niños salvajes y los terroristas tiene en común un rasgo que comparten con lo más inmoral del mundo político y mediático: la convicción de que no deben responder de sus actos ante la sociedad. La creencia de que sólo responden ante la tribu. Y que la tribu les protege.

Artículo publicado en El Periódico, el 12 de enero de 2008.

[Publicado el 14/1/2008 a las 10:58]

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Obra pública: peligro de muerte

Era noche cerrada cuando tomé la carreterilla que lleva de Serra de D'Aro a Fontanilles. La habían asfaltado hacía pocas semanas, después de varios años con tremendos baches y agujeros que la habían convertido en una prueba de slalom para los conductores y una trampa mortal para motoristas. Me quedé perplejo cuando oí el topetazo de las ruedas. Por la mañana comprobé que habían dejado unos doscientos metros tal y como estaban antes, sin asfaltar. Entras en la carretera desde la rotonda con la suavidad del asfalto nuevo, vienen luego los baches satánicos, y si vives vuelve la lisura. ¿Por qué insólita razón ha quedado allí ese tramo mortífero? La inventiva de la Generalitat es inescrutable. Luego vi tres coches aparcados y sus conductores inspeccionando los neumáticos. Habían caído en los socavones dispuestos a traición por los estrategas del tripartito.

/upload/fotos/blogs_entradas/pinchazo_med.gifAl día siguiente me puse en camino hacia Barcelona y a la altura de La Selva reventó una rueda. Hice las consabidas eses, pasé rozando un camionazo y salvé la vida de milagro. Por fortuna, el RACC, la única institución eficaz que queda en Cataluña, me auxilió al cabo de una hora. En efecto, se había rasgado la cámara en uno de los pérfidos socavones.

Las estadísticas de muertos en carretera son siempre arrojadas contra los conductores. No dudo de que haya mucho bárbaro al volante, pero todavía no he oído a ningún irresponsable de Tráfico comentar la chapuza de las carreteras y autopistas, la barbarie gubernamental. Sin embargo, una parte sustancial de los muertos son víctimas de la inepcia de la administración.

Cuando hubo pasado el peligro y me vi a salvo en el arcén recordé la reacción habitual por estos pagos: "¡Qué bestias! ¡Por poco me mato! ¡¡Independencia!!". Sublime ideal. Los irresponsables regionales imitan a sus clones estatales. La incompetencia no se distribuye por autonomías sino según la densidad del funcionariado. Aquí es indudable que hemos alcanzado el grado de ineptitud idóneo: doscientos mil funcionarios. Ya somos una nación. Ya podemos morir por la patria.

Artículo publicado en El Periódico, el 5 de enero de 2008.

[Publicado el 08/1/2008 a las 09:15]

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Diciembre. Los estragos de la edad

Eran otros tiempos, o sea, los mismos de ahora. Ante la creciente obsesión de André Gide por ser celebrado entre los jóvenes, dijo André Malraux que había que ser un insensato para buscar la aprobación de los menores. El encanallado escritor tenía como orgullo ser elogiado sólo por gente adulta, en cuestiones como la literatura o la política que exigen juicios certeros.

Desde entonces la angustia por la aprobación de los jóvenes ha crecido exponencialmente. Casi la totalidad de la publicidad y de la política busca cómplices en ese estrato social, por otra parte menguante. Bien es cierto que cuando Malraux manifestaba su displicencia hacia los inmaduros, el borde de la edad de la razón estaba en los veinte años. Hoy roza ya los cuarenta. Nuestros jóvenes han envejecido mucho.

La progresiva importancia del adjetivo "joven" en la vida diaria es seguramente una hipocresía; lo cierto es que son la zona peor tratada e incluso peor que en tiempos de Malraux. Encerrados en un campo de concentración electrónico, sólo pueden ejercer como compradores compulsivos de aparatos, mientras se les mantiene en una semiesclavitud laboral. Ninguna subvención o beneficencia administrativa podrá resolver el problema mayor: la prohibición de acceder a la responsabilidad. En el trabajo, en la vida social, en la formación educativa, en las formas mayores de la libertad, los jóvenes son subalternos. Basta repasar los suplementos "juveniles" de los grandes periódicos nacionales para constatar que se les condena a la estupidez, aunque, eso sí, a cambio de una excelente oferta sexual.

/upload/fotos/blogs_entradas/on_chesil_beach_med.jpgEl proceso de este trueque ("tú te quedas con el monopolio del sexo y a cambio vives como un esclavo") es relativamente reciente, debe de tener unos cuarenta años. Antes de la célebre mutación llamada abusivamente "Mayo del 68", el estrato juvenil accedía muy pronto a trabajos de cierta responsabilidad, a parcelas propias de emancipación y a la famosa respetabilidad que era la garantía de unos ingresos estables. A cambio, el sexo casi siempre estaba condicionado a la integración social por medio del matrimonio. Este es el asunto que trata Ian McEwan, uno de los mejores narradores vivos, en su última novela, On Chesil Beach, que supongo traducirá muy pronto su siempre atento editor español, Jorge Herralde.

La novela desconcertará a la gente que no tiene la menor idea de cómo era la vida de los jóvenes hace medio siglo. E inevitablemente producirá una avalancha de exhibicionismo del tipo: "Pues a mi nunca me pasó nada semejante". Porque el asunto del relato es el fracaso sexual de una pareja de jóvenes ingleses en el primer día de su matrimonio. Ambos pertenecen a la clase media, alta la muchacha, baja el chico, y no han tenido acceso a la más mínima información seria sobre las relaciones sexuales. Él sólo conoce bromas chocarreras de vestuario de gimnasio y algo de pornografía. Ella ni siquiera esa primitiva iniciación.

El encuentro entre dos personas que se aman y se necesitan, pero son incapaces de ordenar los pasos ineludibles para un apareamiento sin dolor o humillación, está tratado con sencillez, mucha ternura y sobre todo mediante una exacta medición de los tiempos, los espacios dedicados a la colisión y los antecedentes, el cuidadoso rechazo de toda morbosidad. Es un relato tan pudoroso que podrían leerlo los niños de secundaria y les aprovecharía mucho más que esos cursillos en los que la exactitud anatómica sustituye a la comprensión profunda de la sexualidad.

El novelista inglés expone con sutileza que el motivo principal del fracaso no es la inexperiencia o el encontronazo entre una mujer asustada y un hombre inexperto, ni siquiera el posible conflicto físico entre un eyaculador precoz y una chica de sensualidad nula, sino la imposibilidad de explicarse entre sí, la ausencia de un espacio lingüístico en el que puedan darse a conocer el uno al otro, porque ni siquiera ellos mismos saben lo que les está sucediendo o cómo compartirlo con el otro para que le excuse y acoja. Ese terrible principio según el cual uno es siempre culpable (terrible porque es verdadero) cae sobre ellos como un hachazo.

Cuando no se puede compartir un fiasco, suele convertirse en objeto arrojadizo, como hemos comprobado a lo largo de esta tediosa legislatura. También los jóvenes, como nuestros políticos, impotentes ante su afasia, no tienen otro escape que acusarse mutuamente de una incompetencia sexual que en realidad es trivial. La novela concluye con una coda desesperada. Ambas vidas quedarán para siempre marcadas por esa primera y decisiva decepción.

El caso que expone McEwan debe de ser ya relativamente infrecuente. Quiero creer que los jóvenes actuales llegan con cierta información básica a su primera cópula y están habituados a hablar de estos asuntos sin darles demasiada importancia. Es una formidable descarga de agobio para esa iniciación siempre agónica, aunque ya tenga carácter público y se muestre tenazmente en las docenas de pantallas que constituyen la actual escuela juvenil. Dudo, sin embargo, de que haya mejorado la capacidad de hablar con la pareja cuando estalla el fracaso. Me temo que las acusaciones mutuas y la culpabilización siguen siendo la única salida. Porque la culpa es eterna, aunque no haya falta.

[Publicado el 04/1/2008 a las 20:32]

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El último que nos quedaba

Cuando murió Ernst Jünger no sólo desapareció un escritor sino un modo de concebir la escritura. Aunque murió en 1998, con él se quebraba el último brote del siglo XIX. La muerte de Julien Gracq, hace pocos días, entierra la última pluma del siglo XX.

Puede parecer exagerado, pero no lo es. Téngase en cuenta que hacia 1970 la "literatura" aún era un club de poetas. Si alguien se refería al arte de escribir, todos entendían que hablaba de Rilke, de Eliot o de Machado. La novela sólo era "literaria" cuando se aproximaba a las intenciones de la poesía, como en el caso de Joyce, de Faulkner, de Benet o de Manganelli. La poesía ha desaparecido hace decenios; ahora le toca desaparecer a aquella novela que aún medía sus armas con la poesía.

Esta desaparición no es una muerte en el sentido escandaloso que a veces se le da, sino una exclusión del ámbito social, de las tertulias, de los usos cultos, de la vida en común. Jordi Llovet lo decía sobriamente en El País del pasado día 27: "La literatura tendrá un papel cada vez más pequeño en el terreno de la verdadera socialización". Era su homenaje al último literato vivo del siglo XX.

/upload/fotos/blogs_entradas/gracq_a_lo_largo....jpgLo más curioso de Julien Gracq, sin embargo, es que tampoco el respeto enorme que suscitaba entre los entendidos tuvo una consagración académica: sus libros no se ajustaban a lo que se espera de un escritor supremo. Las novelas eran oscuras y de poco fruto fuera de la tesis doctoral. El teatro, irrepresentable. Lo excelente eran unos cientos de fragmentos inconexos que en cinco líneas o dos páginas enunciaban juicios, recuerdos, reflexiones, exabruptos, historias, reunidos en libros con nombres tan opacos como "Letrinas", "Leyendo y escribiendo" o "A lo largo del camino" (Acantilado).

Lo que en un clásico habría sido obra menor era en Gracq obra mayor. Lo que antaño ni se habría publicado, era lo más relevante del arte de Gracq. Como si habiendo intuido el próximo fin de su cultura hubiera dejado tan sólo un manojo de epitafios irónicos, ruinas dispersas sobre las que reposa una figura acodada al cayado.

Artículo publicado en: El Periódico, 29 de diciembre de 2007.

[Publicado el 31/12/2007 a las 12:27]

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Biografía

Félix de Azúa nació en Barcelona. Licenciado y doctorado en Filosofía, profesor de Estética y colaborador habitual del diario El País, fue conocido gracias a su inclusión en la antología Nueve novísimos poetas españoles. Ha publicado los libros de poemas Cepo para nutria, El velo en el rostro de Agamenón, Lengua de cal y Farra. Su poesía está reunida, hasta 2007, en Última sangre. Ha publicado las novelas Historia de un idiota contada por él mismo, Diario de un hombre humillado (Premio Herralde), Demasiadas preguntas y Momentos decisivos. Su parcela ensayística es amplia y destacada: Baudelaire, Lecturas compulsivas, Diccionario de las Artes, La invención de Caín, Cortocircuitos: imágenes mudas y Esplendor y nada. Los libros recientes son Ovejas negras, La pasión domesticada y Abierto a todas horas. Escritor experto en todos los géneros, su obra se caracteriza por un notable sentido del humor y una profunda capacidad de análisis.

 

Bibliografía

Ensayo

La pasión domesticada (2007). Abada, Madrid.

Ovejas negras (2007), Bruguera, Barcelona.

Cortocircuitos. Imágenes mudas (2004). Abada, Madrid.

La invención de Caín (1999). Alfaguara, Madrid.

Baudelaire y el artista de la vida moderna (reedición) (1999). Anagrama, Barcelona.

Lecturas compulsivas. Una invitación (1998) Anagrama, Barcelona.

Salidas de tono (1996). Anagrama, Barcelona.

Diccionario de las artes (1995). Planeta, Barcelona.

Baudelaire y el artista de la vida moderna (1992). Pamiela, Pamplona.

Venecia (1990). Planeta, Barcelona.

El aprendizaje de la decepción (1989). Pamiela, Pamplona.

La paradoja del primitivo (1983). Seix Barral, Barcelona.

Conocer a Baudelaire y su obra (1978). Dopesa, Barcelona.

 

Novelas y prosa literaria

Abierto a todas horas (2007). Alfaguara, Madrid.

Esplendor y Nada (2006). Lector, Barcelona.

Momentos decisivos (2000). Anagrama, Barcelona.

Demasiadas preguntas (1994). Anagrama, Barcelona.

Cambio de bandera (1991). Anagrama, Barcelona.

Diario de un hombre humillado (1987). Anagrama, Barcelona.

Historia de un idiota contada por él mismo, o el contenido de la felicidad (1992), Anagrama, Barcelona.

Mansura (1984). Anagrama, Barcelona.

Última lección (1981). Legasa, Madrid.

Las lecciones suspendidas (1978). Alfaguara, Madrid.

Las lecciones de Jena (1972). Barral E., Barcelona.

 

Relatos

"Quien se vio", Tres cuentos didácticos (1975). La Gaya Ciencia, Barcelona.

"La venganza de la verdad" (1978). Hiperion nº1, Madrid.

"Herédame" (6 y 7 agosto 1985). El País, Madrid.

"El trencadizo", con grabados de Canogar (1989) Antojos, Cuenca.

"La pasajera" (18 nov. 1990). El País, Madrid.

"La resignación de la soberbia", Los pecados capitales (1990). Grijalbo, Barcelona.

El largo viaje del mensajero (1991) Antártida, Barcelona.

Cuentos de cabecera ("La pasajera" y "La segunda cicatriz") (1996). Planeta NH.

"El padre de sus hijos" (1998). Barcelona, un día, Alfaguara, Madrid.

"La verdad está arriba" (1998). Turia, Teruel.

 

Poesía

Última Sangre. Poesía 1968-2007 (2007). Bruguera, Barcelona.

Poesía 1968 1988 (1989). Hiperion, Madrid.

Farra (1983). Hiperion, Madrid.

Siete poemas de La Farra, con un grabado de A. Saura (1981). Cuenca.

Poesía 1968 78 (1979). Hiperion, Madrid.

Pasar y siete canciones (1977). La Gaya Ciencia, Barcelona.

Lengua de cal (1972). Visor, Madrid.

Edgar en Stéphanie (1971). Lumen, Barcelona.

El velo en el rostro de Agamenon (1970) El Bardo, Barcelona.

Cepo para nutria (1968). Madrid

Premios

1987 Premio Anagrama de Novela.

2000 Premio a la cultura "Sebetia-Ter" del Centri di Studi di Arte e Cultura di Napoli".

2001 Premio a la tolerancia de la "Asociación por la Tolerancia", Barcelona.

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