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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

lunes, 26 de octubre de 2020

 Félix de Azúa

La flauta

Eligió un día festivo, cuando todos estaban celebrando oficios eclesiales, para volver con su flauta solo que esta vez a quien se llevó fue a los niños.
 

En una populosa ciudad del sur se produjo, para espanto de la población, una invasión de ratas. Estaban por todas partes y mordían. Los poderes públicos se agitaron para encontrar al célebre flautista ratero, un músico que con su instrumento las hechizaba y se iban tras él. Lo encontraron y contrataron, pero el flautista dijo que solo aceptaría si prometían, una vez resuelta la epidemia, formar un Gobierno justo y benéfico. Así lo prometieron.

El flautista comenzó a tocar su instrumento y las ratas salieron de todos sus escondrijos y comenzaron a seguirle encantadas. El flautista las llevó hasta un precipicio por el que cayeron todas y murieron. Volvió entonces el músico al pueblo y exigió que cumplieran su palabra las autoridades, pero estas le dieron una botella de vino, le invitaron al fútbol, le presentaron a una corista de la tele, pero el músico insistía en su exigencia. Al final lo sacaron a patadas de la ciudad.

El flautista eligió un día festivo, cuando todos estaban celebrando oficios eclesiales, para volver con su flauta, solo que esta vez a quien se llevó fue a los niños, que le siguieron cantando y riendo. Caminaron hasta la montaña y allí los guardó en una cueva secreta. Cuando los gobernantes se percataron de lo que había sucedido fueron a buscar de nuevo al músico y con llantos y plegarias le rogaron que devolviera a los niños. También le entregaron una nueva Constitución democrática y benéfica. El flautista accedió y los condujo hasta la cueva. Sonó de nuevo la flauta, pero ante el pasmo de los gobernantes comenzaron a salir de la cueva innúmeros ancianos cantando La Marsellesa.

Este sábado los niños podrán sacar a pasear a sus abuelos, los padres ganarán intimidad y los gobernantes se palparán el billetero.

[Publicado el 28/4/2020 a las 14:13]

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'Ego te absolvo'


¿Sirve de algo la corrección política cuando llegan los problemas reales?
  
Durante unos años parecía que se había resquebrajado la fortaleza forrada con negras sotanas de la moral inviolable. Por primera vez en siglos los españoles podíamos examinar nuestra conciencia y tomar decisiones sin miedo al manotazo del clero. Fueron los felices años de la Transición, cuando en verdad creíamos que ya éramos capaces de usar nuestro libre albedrío y decidir en razón, como los adultos anglosajones y germanos. Había caído el muro de incienso de la Contrarreforma.
 

Era un espejismo. De inmediato se ha vuelto a levantar el fortín, sólo que ahora no está formado por una muralla de sotanas sino por otros atuendos no menos uniformados: coletas, rastas, jerséis de la abuela, toda suerte de disfraces que gritan: "Yo soy un moralista que odia la moral del Estado". Bien es verdad que ese nuevo búnker de la superioridad moral también ha entrado en el Estado y ha comenzado a caer en las inevitables corruptelas y chanchullos. Como los obispos que predicaban castidad y pobreza mientras su vida privada era un escándalo de riquezas y sometimientos, también ahora los moralistas se desmienten una y otra vez a medida que van siendo más ricos y poderosos.

Pero ese no es el asunto que nos ocupa hoy. Dejemos que los nuevos capellanes se corrompan debidamente. Pero sería bueno que explicaran por qué ordenan que nos portemos a su gusto con el lenguaje, con el sexo, con los animales, con el clima... ¿Por qué hemos de ser más virtuosos y no más inteligentes, por ejemplo? ¿Qué ganamos con sus principios morales? ¿Qué clase de humano quieren producir? La Iglesia vivía de abstracciones: bondad, caridad, santidad, amor. ¿Sirve de algo la corrección política cuando llegan los problemas reales? ¿O es otra elegancia burguesa?

[Publicado el 21/4/2020 a las 17:16]

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Infantes


Permítanme un ruego a las autoridades. Ya sé que no les he tratado con reverencia, pero estoy dispuestos a olvidarme de todo si liberan a los críos
 

Dos están siendo los actores más dignos de este drama. Los trabajadores de la sanidad que se han entregado a su tarea, pero van más allá hasta poner en peligro sus vidas. Es la primera vez que vivo algo así en este país: un grupo numeroso de españoles que se está dejando la piel por cuidar a los demás. Y los segundos en dignidad son sus complementarios a los que se suele llamar "nuestros mayores" con esa cursi corrección política que corrompe la verdad. Los "mayores" somos los viejos de toda la vida, los ancianos, y ningún viejo prefiere que se le llame "mayor", ni lo agradece. Los viejos nos portamos casi tan bien como aquellos que nos cuidan porque no molestamos. Si hay que morir se muere, pero sin discursitos.

Hay un tercer personaje del que se habla menos y son los niños. Es en verdad chocante que aguanten con notable sosiego un encierro que en su caso es perfectamente insólito. Muchos adultos se han visto confinados y no sólo los prisioneros, también, por ejemplo, enfermos como los tísicos. Pero el confinamiento de los niños tiene algo de inicuo y contra natura. ¿Qué hacen sin el sol, sin el aire, sin los árboles, sin el agua y sin los juegos? Obligados a compartir dos meses de encierro con sus padres, por buenos que sean, hacen de la suya una situación agobiante, sobre todo sabiendo que los críos son quienes menos peligro corren. Los viejos nos morimos en cuanto nos roza el virus, pero los niños lo aguantan a cuerpo gentil. Hay pocos casos de infección infantil.

Así que permítanme un ruego a las autoridades. Ya sé que no les he tratado con reverencia, pero estoy dispuesto a olvidarme de todo si liberan a los críos. También para los ancianos será un prodigio verlos desde nuestras ventanas correr de nuevo por el mundo afirmando su perduración.

[Publicado el 14/4/2020 a las 14:07]

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Lo próximo


Habrá que pensar en otro tipo de Gobierno. Hace años que algunos pedimos uno de concentración nacional que recosa los costurones que ahora son ya insoportables
 

No hay que echar gasolina al fuego, sobre todo porque ya se encargan de echarla los propios bomberos. El caso es que con un Gobierno tan caótico y trapacero como el que tenemos, mientras hace buen tiempo no molestan mucho, pero cuando llega la tormenta nos hunden. No creo que haya habido alguien más triste que el ministro que nos envió Iceta y que da idea de lo que es un gran político socialcatalanista, gracias Iceta. Con ministros así no hace falta echar gasolina.

¿Recuerdan el chiste de la señora que alecciona a su hija que va a casarse al día siguiente? Hija mía, le dice, prepárate, mañana te verás aplastada por 80 kilos de carne jadeante que te asfixiará... ¡y esa es la parte buena! Por eso digo que no hay que echar gasolina, porque la de ahora es la parte buena. La mala vendrá cuando se acabe el encierro (si se acaba) y nos encontremos con un país arrasado y una población sumamente amostazada. Y entonces, ¿qué? Sin duda, habrá que pensar en otro tipo de Gobierno. Hace años que algunos pedimos uno de concentración nacional que recosa los costurones que ahora son ya insoportables, como que haya 17 sanidades distintas o que un empleado del Estado, el tal Torra, se dedique a insultar, calumniar y difundir mentiras por todos los foros europeos a los que aún le dejan entrar y siga cobrando de nuestros impuestos.

Si, como se vaticina, llegaremos a superar los cinco millones de parados es evidente que no hay partido en España que pueda ponerle remedio o freno. Y mucho menos con la clase política que a base de trepar se ha hecho con el control de los partidos en plan empresa de contratación. Un Gobierno de técnicos, por favor, con mucha experiencia y ninguna ideología.

O bien, a esperar las hogueras chavistas, nacionalistas y peronistas.

[Publicado el 07/4/2020 a las 09:18]

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Lección en casa


¿Salimos al mundo o seguimos arreglando la casa? ¿Empuñamos nuestra condición o reparamos un grifo? Cuando acabe la plaga y nos hallemos en un mundo arrasado, ¿Kafka o Abraham?
 

Roberto Calasso me revela que en una carta de Kafka a Klopstock (junio 1921) el escritor le da un giro al dilema de Abraham y se pregunta cómo pudo tomar a Isaac en prenda para el sacrificio, dice, "a la manera de un camarero que recoge unas toallas". Kafka imagina a un Abraham que no consigue salir hacia la colina para degollar a Isaac porque siempre tiene cosas que resolver en la casa. Ahora una ventana, luego una tomatera. No logra convertirse en patriarca: la indecisión le impide obedecer. Es un Bartleby.

Parece un esbozo de El castillo que quedó tan inacabado como el Abraham imaginario, pero en la carta usa una frase, "poner a punto la casa", que no figura en el Génesis. Viene de Isaías, cuando el profeta anuncia su muerte a Ezequiel. "Pon a punto tu casa porque morirás y no vivirás más", le dice. Kafka traslada (¿adrede, sin conciencia?) la frase de un libro a otro para que coincida con su Abraham indeciso y hacendoso, tan cabezudamente ocupado con las cosas de la casa que no tiene tiempo para degollar a Isaac.

Es una alabanza de la atonía ante la Ley. Siempre distraídos con las tareas de la casa (un dinero, un hijo, un libro, un fornicio, un partido), olvidamos que la muerte se cierne y de ese modo evitamos tomarnos en serio como carne mortal. Son tiempos de coronavirus y estamos cerrados en la casa donde seguimos poniendo las cosas a punto, en tanto que fuera aúlla la huracanada voz que exige sacrificios y muertes girando sobre nuestro terrado. La actual es una situación excepcional, pero nos ilumina sobre la vida llamada "normal". Si esta vuelve, ¿salimos al mundo o seguimos arreglando la casa? ¿Empuñamos nuestra condición o reparamos un grifo? Cuando acabe la plaga y nos hallemos en un mundo arrasado, ¿Kafka o Abraham?

[Publicado el 31/3/2020 a las 09:23]

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Infectos


Leyendo, pensando, iremos cebando el antivirus que se ha de merendar a nuestros parásitos.
 

No puedo entender cómo un Gobierno que es incapaz de dar mascarillas a su personal sanitario vaya a ser capaz de cualquier otra cosa. La inutilidad de estos rancios ideólogos del chavismo, del peronismo y del nacionalismo pone en peligro incluso a la gente que les votó. Tomen nota. Aún es posible que haya otras elecciones en este siglo.

Tiempo tendremos para apretar las tuercas a los responsables de tanta miseria, pero de momento sepa usted que su casa es el único Gobierno que le protege. Leí el otro día el caso de una familia con 12 hijos, una especie de familia J. S. Bach, aunque sin instrumentos musicales, por suerte para los vecinos. Aparte de los muertos, estas son las verdaderas víctimas de la epidemia. Los demás la pasaremos con nuestra ocupación favorita. Por ejemplo, la lectura.

Como es mi obligación, les recomiendo una novela aparecida estos mismos días y que les puede entretener una semana entera. Hay que ayudar a los editores. Se trata de La gran fortuna (Asteroide), escrita por Olivia Manning a partir de sus recuerdos como residente de la Bucarest anterior a la guerra mundial, junto a su marido funcionario del British Council, en los meses previos a la victoria nazi. Un relato muy británico, un Graham Greene sin soplo teológico, o lo que es igual, lúcido, ácido, pero comprensivo hacia un país arrasado tras los crímenes de la Guardia de Hierro y de los comunistas. Es un veraz retrato de personajes atrapados en un rincón de Europa bajo una amenaza bastante más macabra que la nuestra.

Y para cavilar, añádanle, por favor, Sobrevivir al naufragio, de Félix Ovejero (Pagina Indómita), la voz más inteligente de la izquierda verdadera. Así iremos cebando el antivirus que se ha de merendar a nuestros parásitos.

[Publicado el 24/3/2020 a las 14:50]

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Otros virus


Adorno no pudo adivinar que la ultraderecha se disfrazaría de tal manera que sería adoptada por una izquierda oportunista
 

El filósofo judío alemán Theodor W. Adorno es uno de los más estudiados del siglo XX. Cometió serios errores debido a un marxismo algo cerril, pero acertó en otros ámbitos. En 1967, alarmado por la emergencia de los partidos neonazis, dio una conferencia sobre los rasgos básicos de la ultraderecha. La conferencia se ha traducido en Taurus (Rasgos) y es de aplicación actual.

Los rasgos pueden glosarse en algunos apartados, el primero y más importante es el nacionalismo como reacción a la integración en bloques de poder más fuertes que hacen peligrar la "identidad nacional". La frase clave era "Alemania tiene que volver a salir a flote", en la que lo notable es "volver". Es una reacción, dice Adorno, de burgueses atemorizados, de tenderos, campesinos y provincianos amenazados por la gran ciudad. Hoy también incluiría a los oligarcas. Tienen dos enemigos, los inmigrantes (los "charnegos") y los traidores (los "botiflers"), según denominan a todos cuantos no se someten a su voluntad.

La propaganda es la sustancia misma de su ideología, "una curiosa unión de eficacia técnica y psicosis", dice Adorno como si adivinara el uso que darán a los medios de comunicación. Porque la verdad debe ponerse al servicio de la falsedad sin el menor recato y lanzar las mentiras más brutales ("Cervantes era catalán") como recreo de masas fanatizadas y sordas a cualquier sensatez.

Adorno intuía rasgos novedosos en la ultraderecha de su tiempo y anotaba el control indecente de la "cultura" con altos sueldos para sus mercenarios. Lo que no pudo adivinar es que, a la manera del fascismo italiano, esta ultraderecha se disfrazaría de tal manera que sería adoptada por una izquierda oportunista y perfectamente huérfana de principios.

[Publicado el 17/3/2020 a las 11:11]

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El infierno


Roth, que se suicidó con alcohol en 1939, escribió poco antes: "(Alemania) es el séptimo círculo del Infierno cuya filial en la tierra se conoce con el nombre de Tercer Reich". Y está volviendo

La Europa Central de entreguerras era un hervidero de culturas, razas, religiones, etnias, lenguas y naciones. Casi toda la literatura allí escrita entre 1920 y 1940 tiene un interés añadido: el de observar un mundo que sería devastado por los totalitarios nazis y comunistas. Leer a Joseph Roth, el mejor testigo de esos años convulsos, es como asistir a una visita guiada por un mundo arrasado. Su reciente Años de hotel (Acantilado), en soberbia versión de Miguel Sáenz, reúne más de 60 estampas de aquellas sociedades que, impotentes, iban de cabeza al abismo.

El valor documental de Roth es enorme, pero el valor literario lo supera. Su ojo no pierde escena y dentro de cada escena registra el detalle único. Ve subir a un barco a los judíos que escapan de Bremen hacia el exilio. El policía que controla los pasaportes posee "redondas mejillas sonrosadas que parecen iluminadas por dentro, como si tuvieran en la boca uno de esos farolillos de las fiestas veraniegas". ¡Qué artículo sobre los emigrados zaristas! ¡O los de la salvaje Albania! Hoteles, hoteles, cientos de hoteles por los que paseó su implacable mirada. Así nos descubre e ilumina docenas de personajes y situaciones con una agudeza y una piedad inmensas. A medida que avanza la década de los veinte el aire se oscurece. Cuando llegamos a los treinta se tiñe de rojo.

Roth se exilió a París en 1933. El mejor periodista de Alemania no soportaba la dictadura: "Es sabido que la prensa alemana ya no se dedica a publicar lo que ocurre, sino a ocultarlo". Era nuestra actual posverdad. Roth, que se suicidó con alcohol en 1939, escribió poco antes: "(Alemania) es el séptimo círculo del infierno cuya filial en la tierra se conoce con el nombre de Tercer Reich". Y está volviendo.

[Publicado el 10/3/2020 a las 10:20]

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Orientarse


Durante siglos las artes fueron un índice de por dónde podía divisarse un futuro mejor
 

Si me hubiera cabido, habría titulado la columna: "¿Por dónde se va al futuro?", pero no cabe y además es una ingenuidad. Al futuro llegaremos todos, lo queramos o no. Era una pregunta retórica, en realidad lo que preguntaba era si alguien avistaba algún signo de que el futuro vaya a tener mejor cara que el presente. ¿Hay remedio para tanta ruina moral y mental?

Durante siglos las artes fueron un índice de por dónde podía divisarse un futuro mejor. Los humanos trabajaban para imponer sus formas más esperanzadoras a la tediosa actualidad. Los historiadores podían orientarse observando esos signos. Veían cómo surgió el arte cristiano con sus basílicas cubiertas de mosaicos dorados que poco más tarde se renovarían como monasterios y conventos rodeados de viñedos feudales. Pero muy pronto empiezan a elevarse las torres en aguja y a hacerse transparentes los muros de las catedrales, aunque luego se retuercen y convulsionan las figuras, las columnas, los espacios del barroco. En fin, así se hizo siempre y ya en el siglo XX los sólidos transparentes de Mies o los rascacielos gritaban el comienzo de una nueva era llena de energía y esperanza. Todavía se podía observar la aceleración del tiempo, por ejemplo, comparando una ópera de Alban Berg y otra de Verdi, una novela de Dickens y otra de Faulkner, los historiadores indagaban el significado de los cambios formales, de la afirmación.

Yo miro a los años que he vivido y apenas veo signos nuevos, sólo actualidades repetidas una y otra vez. Ninguna forma nueva señala con energía hacia el futuro. Los últimos fueron Losirascibles, hace 70 años, que ahora se exponen en la Fundación Juan March de Madrid. Luego vino la melancolía conceptual y la diversión mil veces repetidas. El tedio.

[Publicado el 03/3/2020 a las 15:07]

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Yo no soy yo


Únicamente el tiempo es capaz de agotar a los nacionalistas cuando su obsesión cambia de rumbo e inventa otro enemigo
 

El nacionalismo es una ideología venenosa que como el gas mostaza provoca ceguera y se expande a enorme velocidad. Su fuerza tiene un fundamento religioso: propone la supremacía de una minoría social elegida por Dios y agraviada por los hombres. Así que se presenta con la frase fatal: "No me dejan ser lo que soy". Ese agravio necesita un agraviante, de modo que todo nacionalismo se levanta sobre un malvado que debe ser abatido. Que sea o no culpable del agravio no es importante. Lo relevante es determinarlo con precisión: judíos, moros, españoles, machos, inmigrantes, charnegos, fachas, es el monstruo de los mil nombres inventados por el nacionalismo.

No puede combatirse el nacionalismo mediante el diálogo o la reflexión razonable, como no puede razonarse con el creyente religioso. Solo se le puede contener mediante el ahogo económico para limitar su poder destructivo. Únicamente el tiempo es capaz de agotar a los nacionalistas cuando su obsesión cambia de rumbo e inventa otro enemigo.

Lo grave es que el nacionalismo responde a una ruina identitaria y las catástrofes de la identidad no tienen arreglo si el individuo no se supera a sí mismo. Los nuestros son tiempos de agravio permanente porque son tiempos de nula identidad. Quienes exigen el reconocimiento de una identidad sexual, nacional, lingüística, animalista, religiosa, de género o de clase solo pueden crecer allí donde alguna gente se siente anulada por el mando global. Y eso no tiene remedio porque, aunque se les diga que su identidad es solo lo que ya son, ellos creen que eso no es nada. Por tanto, son insaciables. Si lograran lo que exigen, se quedarían de nuevo a solas ante la nada de su ser, pero cada concesión es una señal de que Dios los ama. El bucle.

[Publicado el 25/2/2020 a las 14:24]

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Foto autor

Biografía

Félix de Azúa nació en Barcelona en 1944. Doctor en Filosofía y catedrático de Estética, es colaborador habitual del diario El País. Ha publicado los libros de poemas Cepo para nutria, El velo en el rostro de Agamenón, Edgar en Stephane, Lengua de cal y Farra. Su poesía está reunida, hasta 2007, en Última sangre. Ha publicado las novelas Las lecciones de Jena, Las lecciones suspendidas, Ultima lección, Mansura, Historia de un idiota contada por él mismo, Diario de un hombre humillado (Premio Herralde), Cambio de bandera, Demasiadas preguntas y Momentos decisivos. Su obra ensayística es amplia: La paradoja del primitivo, El aprendizaje de la decepción, Venecia, Baudelaire y el artista de la vida moderna, Diccionario de las artes, Salidas de tono, Lecturas compulsivas, La invención de Caín, Cortocircuitos: imágenes mudas, Esplendor y nada y La pasión domesticada. Los libros recientes son Ovejas negras, Abierto a todas horasAutobiografía sin vida (Mondadori, 2010) y Autobiografía de papel (Mondadori, 2013)Una edición ampliada y corregida de La invención de Caín ha sido publicada por la editorial Debate en 2015; Génesis (Literatura Random House, 2015). Nuevas lecturas compulsivas (Círculo de Tiza, 2017) y Volver la mirada, Ensayos sobre arte (Debate, 2019) son sus últimos libros.  Escritor experto en todos los géneros, su obra se caracteriza por un notable sentido del humor y una profunda capacidad de análisis. 

En junio de 2015, fue elegido miembro de la Real Academia Española para ocupar el sillón "H".

 

Bibliografía

 

 

 

 




 

Ensayo

Volver la mirada (2019). Debate, España.

Nuevas lecturas compulsivas (2017). Círculo de Tiza, España. 

La invención de Caín (2015). Mondadori, Barcelona. 

Contra Jeremías (2013). Mondadori, Barcelona.

Contre Guernica, Prefacio para Antonio Saura (2008). Archives Antonio Saura, Genève.

 La pasión domesticada (2007). Abada, Madrid.

Ovejas negras (2007), Bruguera, Barcelona.

Cortocircuitos. Imágenes mudas (2004). Abada, Madrid.

La invención de Caín (1999). Alfaguara, Madrid.

Baudelaire y el artista de la vida moderna (reedición) (1999). Anagrama, Barcelona.

Lecturas compulsivas. Una invitación (1998) Anagrama, Barcelona.

Salidas de tono (1996). Anagrama, Barcelona.

Diccionario de las artes (1995). Planeta, Barcelona.

Baudelaire y el artista de la vida moderna (1992). Pamiela, Pamplona.

Venecia (1990). Planeta, Barcelona.

El aprendizaje de la decepción (1989). Pamiela, Pamplona.

La paradoja del primitivo (1983). Seix Barral, Barcelona.

Conocer a Baudelaire y su obra (1978). Dopesa, Barcelona.

 

Novelas y prosa literaria

Tercer acto (2020) Literatura Random House, Madrid. 

Génesis (2015). Literatura Random House, Madrid. 

Autobiografía de papel (2013). Mondadori, Barcelona. 

Autobiografía sin vida (2010). Mondadori, Barcelona.

Abierto a todas horas (2007). Alfaguara, Madrid.

Esplendor y Nada (2006). Lector, Barcelona.

Momentos decisivos (2000). Anagrama, Barcelona.

Demasiadas preguntas (1994). Anagrama, Barcelona.

Cambio de bandera (1991). Anagrama, Barcelona.

Diario de un hombre humillado (1987). Anagrama, Barcelona.

Historia de un idiota contada por él mismo, o el contenido de la felicidad (1992), Anagrama, Barcelona.

Mansura (1984). Anagrama, Barcelona.

Última lección (1981). Legasa, Madrid.

Las lecciones suspendidas (1978). Alfaguara, Madrid.

Las lecciones de Jena (1972). Barral E., Barcelona.

 

Relatos

"Quien se vio", Tres cuentos didácticos (1975). La Gaya Ciencia, Barcelona.

"La venganza de la verdad" (1978). Hiperion nº1, Madrid.

"Herédame" (6 y 7 agosto 1985). El País, Madrid.

"El trencadizo", con grabados de Canogar (1989) Antojos, Cuenca.

"La pasajera" (18 nov. 1990). El País, Madrid.

"La resignación de la soberbia", Los pecados capitales (1990). Grijalbo, Barcelona.

El largo viaje del mensajero (1991) Antártida, Barcelona.

Cuentos de cabecera ("La pasajera" y "La segunda cicatriz") (1996). Planeta NH.

"El padre de sus hijos" (1998). Barcelona, un día, Alfaguara, Madrid.

"La verdad está arriba" (1998). Turia, Teruel.

 

Poesía

Última Sangre. Poesía 1968-2007 (2007). Bruguera, Barcelona.

Poesía 1968 1988 (1989). Hiperion, Madrid.

Farra (1983). Hiperion, Madrid.

Siete poemas de La Farra, con un grabado de A. Saura (1981). Cuenca.

Poesía 1968 78 (1979). Hiperion, Madrid.

Pasar y siete canciones (1977). La Gaya Ciencia, Barcelona.

Lengua de cal (1972). Visor, Madrid.

Edgar en Stéphanie (1971). Lumen, Barcelona.

El velo en el rostro de Agamenon (1970) El Bardo, Barcelona.

Cepo para nutria (1968). Madrid

Premios

1987 Premio Anagrama de Novela.

2000 Premio a la cultura "Sebetia-Ter" del Centri di Studi di Arte e Cultura di Napoli".

2001 Premio a la tolerancia de la "Asociación por la Tolerancia", Barcelona.

2011 Premio González-Ruano de Periodismo

2014 Premio Internacional de Ensayo José Caballero Bonald

2015 Premio Francisco Cerecedo de la Asociación de Periodistas Europeos 

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