Una vez más el Festival de Torroella de Montgri ha tenido la virtud de transformar el insensato mes de agosto en un sustancioso ejercicio espiritual. Ayer la misa de Requiem de Cererols, barroco español insuficientemente conocido (murió en 1680), conmemoraba el asesinato de Ernest Lluch, diputado socialista partidario del así llamado "diálogo" con ETA que sufrió en carne propia la fábula del escorpión y la rana.
La coral llenaba el espacio escénico situado en la zona del altar y sus voces subían hasta las bóvedas góticas muy bien aventadas por La Stagione Armonica. El concierto se concluía con el Miserere de Allegri, posiblemente la pieza fúnebre más tenebrosa y bella de todos los tiempos. En ella hay un sobrecogedor agudo (de soprano en nuestro caso, pero voz blanca en la Capilla Sixtina donde se ejecutaba cada año) que parece querer perforar los cielos implorando clemencia. La súplica nos llegaba a los oyentes por la espalda, es decir, desde el coro propiamente dicho. Un grito invisible nos atravesaba el corazón con la saeta de una inocencia inmolada.
Por cierto que el Miserere sólo se interpretaba en el Vaticano durante los oficios de Semana Santa y estaba prohibida su copia, pero nadie pudo impedir que en 1770 un chico de catorce años con cierto talento musical la escuchara y al concluir saliera disparado a su pensión y la copiara de memoria. Era Mozart. Cuando empezó a sonar por toda la Europa, el papa Clemente XIV quedó tan impresionado que nombró caballero al adolescente.
Mientras atendía yo a aquella música en honor de un inocente asesinado volvía a asaltarme la vieja cuestión de la utilidad. La música no sirve para nada, es cierto, excepto para hacernos humanos. En un reciente y muy recomendable trabajo, El instinto musical (Turner), Philip Ball se lo plantea desde el punto de vista cognitivo. Esta actividad tan perfectamente inútil, dice, es sin embargo universal: no se ha encontrado aún un pueblo, cultura u horda que carezca de ella. Y también es eterna porque los más antiguos instrumentos encontrados, huesos perforados en forma de flauta, tienen cuarenta mil años. De modo que nos acompaña desde el origen y posiblemente el día del juicio final nos pillará cantando y bailando. La eternidad es eso.
Ball discute con Steven Pinker sobre la inutilidad que el último atribuye a la música. Según Pinker es una actividad exclusivamente hedonista, una especie de "golosina del cerebro" (son sus palabras), pero que carece de cualquier virtud adaptativa por lo que si desapareciera no habría consecuencias dramáticas. El lingüista Joseph Carroll, en cambio, la considera una acción típicamente cognitiva que acrecienta nuestra capacidad para regular funciones extremadamente complejas como los ceremoniales fúnebres. La posición de Ball, pragmática, es de sentido común: da lo mismo que sirva o no sirva para nada, la música es indestructible y aunque fuera una idiotez no hay modo de acabar con ella, ya que responde a procesos cerebrales que se están descubriendo lentamente. Ball, que tanto analiza un ejemplo del barroco flamenco como una pieza de Heavy Metal, usa el término de "instinto musical" con perfecta conciencia ya que no en vano es colaborador y editor de la revista Nature.
No hace mucho escribía yo que para los humanos la música es como la sexualidad, una actividad que todos pueden (y deben) practicar lo hagan mejor o peor, porque lo que importa no es la técnica sino el sentimiento, siempre que el receptor tenga la suficiente capacidad de gozo. Da lo mismo escuchar con arrobo "La parrala" que "Moses und Aaron", la cuestión es bailar mentalmente con la música como en una fiesta, sin que nos torturen los delirios de competencia, eficacia y jerarquía.
Toda música es un generador de ideas y el placer musical no es otra cosa que inteligencia en acto. Una inteligencia especial que sólo sirve para entendernos con nuestros semejantes, o sea, para bailar aunque el cuerpo no se mueva. Todos hemos advertido cómo se miran unos a otros los músicos en concierto y cómo en algunos delicados momentos se sonríen con gesto de indescriptible contento mutuo: es la secuacidad del gozo. Yo no creo que cuando escuchamos música a solas hagamos otra cosa. Sonreímos por lo a gusto que estamos en este mundo y lo bien que lo hacemos.
He aquí que un físico, Philip Ball, no anda lejos de esta misma opinión. Lo celebro.
[Publicado el 15/8/2011 a las 09:15]
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Para quienes hemos hecho de la escritura una faena infinita, es decir, no tanto un trabajo o tarea sujeta al régimen laboral, con sus progresos, despidos y jubilaciones, cuanto una relación de por vida que sólo acaba cuando lo decide la muerte, es siempre motivo de envidia la supervivencia de la obra de los artistas plásticos.
Los cuadros de un pintor suelen subir de precio y aprecio justamente cuando el artista muere. Se diría que al cerrar con un portazo irreparable el conjunto de la obra, ésta se convierte en un sólido único que de inmediato se valora en más que la individualidad de las piezas. Muy al contrario, cuando un escritor muere desaparece del mercado y sólo por milagro regresará algún día. Los editores calculan en unos diez años el plazo para poder reeditar obra de escritor muerto. Y en esta segunda salida por lo general naufragan.
Pensaba yo estas melancólicas cavilaciones tras leer una excelente novela publicada en 1953, "El Inocente", de Mario Lacruz, relato sin duda superior al noventa por ciento de lo que se ha editado en los últimos diez años y que tiene ese tinte de novela negra cuyo auténtico matiz marengo y humo de tabaco es imposible de reproducir en la actualidad. En las novelas negras de nuestros días no hay quien pueda creer en los personajes, especialmente en las mujeres fatales (no fuman), ni quien se tome en serio al delincuente grandioso, ya que a los de hoy es obligado dotarles de maquinaria técnica, lo que los convierte en una especie de aficionados al Campus Party.
En "El Inocente" la trama policial es secundaria respecto del recorrido mental del acusado o perseguido, el cual se atosiga a sí mismo en primer lugar y de ahí la apelación a su inocencia. La fatalidad griega del desenlace, la muerte anunciada, responde sobre todo a la necesidad del protagonista de acabar con su insoportable culpabilidad. En aquel tiempo estos elementos hicieron que los críticos la tildaran de novela "existencialista". Hacía pocos años que se había publicado "La Peste" de Camus. Mucho más exacto fue que le concedieran el premio "Simenon" porque domina en el relato, en efecto, una atmósfera similar a la del maestro belga, una elegante sordidez, por decirlo con un oxímoron sencillo.
No es la única novela valiosa de Mario Lacruz ni mucho menos (sobresale con fuerza "La Tarde", su título más famoso), pero ha sido inencontrable durante los habituales diez años. El novelista (y excelente boxeador) barcelonés murió en el año 2000 y sólo en 2009 se han reeditado sus tres novelas principales en un volumen conjunto. La Editorial Funambulista ha tenido la excelente idea de poner en portada una foto de Lacruz ensayando una posición de combate, con protectores en los puños, de cuando era un púgil adolescente dispuesto a ganar el derecho a despuntar en una ciudad levítica y ferozmente franquista.
Esa violencia juvenil de cuadrilátero, es decir, sometida a reglas de gran estilo, pervive en una prosa tensa, limpia, refinada, sin barroquismos (o sonajeros, según la acertada calificación de Marsé), la prosa admirable de aquellos escritores catalanes en castellano que dieron lustre a la novela en los años cincuenta.
[Publicado el 25/7/2011 a las 09:05]
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Pienso, luego pienso que pienso
Este asunto de la consciencia (¡tan distinto del de la conciencia!) viene arrastrándose por la aulas universitarias desde que Descartes inventó el Sujeto moderno. Hoy ese problema se llama "the mind-body problem", la cuestión mente-cuerpo, pero es el mismo de siempre: ¿cómo se las arregla el cerebro (el cuerpo) para que yo sea consciente de que soy consciente? O lo que es igual, ¿cómo pasamos de procesos materiales (químicos, físicos, neurológicos, eléctricos...) a procesos mentales? ¿Qué vejiga cerebral me inyecta un elemento que se transforma en "¡yo soy yo!". ¿Y cómo se transforma ese elemento material en elemento mental?
En la actualidad los problemas filosóficos han pasado al departamento de ciencias cognitivas y muy particularmente a los especialistas en neurobiología. Ahora la fe está puesta en esos lugares y personas y con ello van las subvenciones y las ventas de libros. Nadie lo sabe mejor que Antonio Damasio, en este momento el más notorio de los neurobiólogos que se ocupan de estas cuestiones. Su último trabajo se titula, justamente, "Self comes to Mind", que viene a ser: "El Yo llega a la Mente". Aunque debemos tener en cuenta la corrección lingüística que hace que Mind, en español, a veces se traduzca por "mente" (herencia anglosajona), "razón" (herencia kantiana), "espíritu" (herencia alemana del Geist), "consciencia" (herencia francesa) o incluso "alma" en la tradición católica. Yo voy a usar "consciencia" para que se entienda que hablo de mí como objeto a pensar por el mí.
Damasio ha presentado una descripción de cómo él cree que los procesos cerebrales, tal y como los estudia la neurobiología, acaban por producir (una) consciencia, siendo ésta un conjunto de "qualitative, subjective status of feeling or sentience or awareness". Es decir, que la consciencia consiste en un conjunto de estados subjetivos sentidos como tales, por ejemplo, el que antes anunciaba: yo soy yo y estoy escribiendo muy molesto porque hay ruido aquí al lado y cada vez lo soporto peor.
La descripción que viene luego a lo largo del ensayo es muy interesante y persuasiva, pero John Searle, otro campeón del asunto, la destruye en un artículo titulado "The Mystery of Consciousness Continues", o sea, "El misterio de la consciencia sigue vivito y coleando a pesar de lo que diga Damasio". En su análisis Searle acusa a Damasio de lo habitual: que las descripciones neurobiológicas son circulares, que una descripción no es una explicación, y que finalmente el conjunto de procesos cerebrales que producen la consciencia forman parte, a su vez, de la consciencia, de modo que no puede uno escapar del círculo vicioso.
Aunque la argumentación de Searle es tan compleja como la descripción de Damasio, el punto fundamental, simplificando en plan paleto, es el conjunto de imágenes por donde comienza la acción del cerebro según el neurobiólogo: "the mapping of the body", un mapa del cuerpo humano que, dice, produce el cerebro para sustentar luego a la consciencia. Se parece bastante al Yo trascendental de Kant, pero en fin, puede aceptarse el cambio terminológico. La cosa es que la consciencia precisa un lugar imaginario previo para sustentarse.
El problema, según lo ve Searle, es que estas imágenes las crea un "proto-self" y no se entiende que este "proto-yo" no sea ya una consciencia de algún tipo. Los mapas que imaginan un cuerpo para el acomodo de la consciencia, o bien tienen contenido mental (o psicológico) o bien son inexplicables, son virtus dormitiva. Pero si tienen contenido, entonces ya son consciencia, de manera que la consciencia crearía la consciencia.
Si alguien ha aguantado hasta aquí, atienda a la despedida. Que nuestra consciencia sea inexplicable, pero que, por ejemplo, no le preocupara en lo más mínimo a un sumerio o a un hitita, es más peligroso de lo que parece. Porque podríamos deducir que la consciencia es tan sólo un constructo cultural, algo que no existió durante muchos siglos y que dejará de existir en algún momento. De manera que, si es así, nosotros, los que hemos nacido en los siglos de la consciencia, somos los únicos que nos morimos de verdad. O sea, que somos conscientes de que nos moriremos absoluta e irremediablemente, ya que morir es, sencillamente, perder la consciencia, ese aditamento quizás superfluo de la condición humana. Y entonces, consciencia, ¿dónde está tu victoria?
[Publicado el 18/7/2011 a las 09:52]
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El romanticismo nos habituó a las catástrofes. Todo final había de ser apoteósico, un derrumbe estruendoso a la manera del Crepúsculo de los Dioses wagneriano, un cataclismo. ¡Aquellos grabados de los bárbaros entrando al galope en Roma que nos fascinaron cuando éramos colegiales! Ya un poco más mayores, la última escuela romántica, el marxismo, insistía en esa visión apocalíptica. Cuando por fin la burguesía mordiera el polvo gracias a un proceso escasamente descrito llamado "revolución", se produciría un alzamiento espontáneo de las masas y el proletariado desfilaría por las grandes avenidas urbanas perfectamente organizado. El paraíso de los trabajadores se haría realidad de un día para otro.
Seguimos en buena medida creyendo o esperando que el final de las grandes ideologías, de los complicados constructos sociales, sea un derrumbe instantáneo, en bloque, de golpe, absoluto, una debacle ruidosa, festiva, sangrienta. La pacífica y metódica existencia del burgués contemporáneo sigue precisando las mismas dosis de adrenalina que durante la revolución francesa para poder imaginar un acontecimiento y darle figura. Las películas de acción siempre acaban en un gigantesco incendio del que sale indemne el héroe. Avanza hacia la cámara recortado en negro mientras suben los títulos de crédito.
A veces el espectáculo es extraordinario, ciertamente, como cuando tras la demolición del muro de Berlín pareció haberse acabado el comunismo de la noche a la mañana. No era cierto. Todavía hoy miles de millones de desdichados viven bajo un régimen comunista, pero la imagen era tan potente que no se podía eludir. El arcaico y putrefacto culto comunista había fenecido como Drácula al contacto con la luz solar.
Siempre he creído que estos finales operísticos nacen de un impulso artístico, pero que los monumentos ideológicos se acaban únicamente cuando nadie habla de ellos. ¿Cuándo se acabó la pintura abstracta o la "doctrina social de la Iglesia"? ¿Cuándo se acabó el existencialismo o el estructuralismo? Cuando nadie volvió a mencionarlos. Por el contrario, ¿cuándo se acabó el franquismo? No se ha terminado: a un puñado de políticos y medios de comunicación les conviene mantenerlo vivo, la momia sigue parloteando. Y así sucesivamente.
Esta visión heroica heredada de la burguesía romántica tenía uno de sus más hermosos capítulos en el fin del paganismo. Los cristianos habían sido cruelmente perseguidos hasta que, de golpe, se impusieron como religión única del Imperio en un periodo cortísimo de tiempo que hacía pensar en la intervención divina. Algo espectacular. El triunfo del cristianismo se debía a un cambio violento del espíritu romano, encarnado por el emperador Constantino y su santa madre. Un reciente trabajo de Alan Cameron, el gran maestro de los estudios clásicos, The Last Pagans of Rome, editado por las imprentas de Oxford, viene a decir que el paganismo se acabó por falta de recursos.
Todo el aparato pagano era un espectáculo gigantesco financiado por el emperador. Sólo él podía pagar o autorizar subvenciones relacionadas con el culto de los dioses. Mientras esta peculiar religión de estado le dio poder y prestigio, el emperador continuó dispensando enormes sumas en el escenario de los dioses. Llegó un momento, sin embargo, en que ya no era necesario invertir tanto dinero puesto que el dios más conspicuo era el propio emperador. Llegados a este punto, la financiación fue disminuyendo hasta que a partir del año 382 los fondos desaparecieron por completo.
Dado que los súbditos cristianos aclamaban al emperador como a un dios y que el cristianismo no costaba un céntimo a las arcas imperiales, el paganismo murió de inanición. Cameron insiste en lo que todos hemos sospechado siempre, que durante siglos cristianos y paganos compartieron un mundo común, el de la gran literatura clásica, el de la cultura latina, sin demasiados problemas. O dicho de otro modo, el cristianismo se impuso sin que desapareciera el espíritu pagano y el paganismo convivió pacíficamente con el cristianismo. Gracias a ello pudieron levantarse los santuarios cristianos en el mismo lugar ocupado por los paganos: bastó con cambiar el nombre (Cástor y Polux pasaron a ser Gervasio y Protasio) y luego cubrir las desnudeces como ha explicado tan soberbiamente Jean Seznec en The Survival of Pagan Gods.
¿Cuándo murió por completo el paganismo? Habiendo desaparecido el ritual público sólo quedaba dirigirse a los dioses en privado, una práctica que cada vez se fue haciendo más parecida al silencio. Las grandes construcciones religiosas, políticas, ideológicas, no se derrumban de golpe sino que van siendo devoradas por las termitas del silencio. Como nosotros, iba yo a escribir, pero habría sido de un insufrible sentimentalismo.
[Publicado el 11/7/2011 a las 09:46]
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Un buen día de 1968 el genial grupo de espeleólogos que descubrió este santuario había entrado desde la cima del monte, en el macizo de Ardines, descolgándose con cuerdas por la grieta de una sima llamada La Cerezal. Para su sorpresa y como en las novelas juveniles, fueron a dar a una colosal reserva de la memoria ancestral. Cuando pusieron los pies en suelo firme aún no sabían que aquella piedra caliza, húmeda y resbaladiza por las filtraciones, no había sido pisada en los últimos quince mil años. Entonces dirigieron sus linternas en derredor. Lo que vieron, lo que hoy puede ver el visitante, suspende el ánimo.
El grupo de exploradores lo formaba un puñado de jóvenes espeleólogos aficionados, algunos de los cuales, ya mayores, rememoran la hazaña en las pantallas del museo adjunto a las cuevas. Uno de ellos aparece en la vieja foto del descubrimiento tras emerger de las simas con un hambre de lobo porque despacha una fabada directamente de la lata. Es una imagen encantadora hasta que te enteras de que el muchacho se llamaba Celestino Bustillo y se mató en un accidente de montaña a los pocos días del descubrimiento. Fue la venganza de los arcaicos, incomodados tras ser devueltos a la luz. En justo homenaje el yacimiento se llama ahora "Cuevas de Tito Bustillo" y se cuenta entre los más importantes de la Europa paleolítica, junto a Lascaux, Altamira, Les Eyzies o Chauvet. El conjunto de cavernas fue modelado durante millones de años por el río San Miguel, afluente del Sella, torturado en busca de escape. Un fósil del mismo aún se oye fluir en algunos tramos del recorrido.
Es cierto que los restos de representación pictórica son emocionantes: aquí hay sobre todo caballos, renos, uros y cérvidos, con el añadido inexplicable de una ballena o cachalote. Sin duda Ribadesella es puerto cantábrico, pero no hay apenas rastro de cetáceos en la pintura rupestre hasta ahora conocida. También la simbología desazona y uno se desespera por no comprender estos mensajes arcaicos destinados a futuros hijos de la tierra. Son voces que arrancan del subsuelo y llegan demasiado atenuadas a nuestros oídos.
Hay también singularidades. En una anfractuosidad se encuentra el llamado "Camarín de las vulvas" con esquemas del sexo femenino, únicos en todo el repertorio simbólico del paleolítico. La entrada es exigua, lo que indica que era un espacio reservado. También se han encontrado (y es de nuevo una excepción en Europa) representaciones fálicas. En otra cavernilla se guarda un conjunto de manos que tienen la particularidad de haber sido pintadas al soplo, esparciendo el colorante de carbón directamente sobre la mano abierta y apoyada en la roca. Aquellos artesanos usaban huesos a modo de aspersor y las huellas se parecen a los actuales estarcidos de los grafiteros. Para las figuras animales, además, aprovechaban los recortes de la piedra para imitar el relieve, tanto las más grandes (las hay de tres metros) como las que apenas suman quince centímetros, lo que indica un proceso de observación y selección muy minucioso. También es indudable que pintaron en altura, ayudados por andamios o escalas.
Aún así, para mí lo estremecedor ha sido el espacio. Este conjunto de cavernas forma una red de cuevas que debieron usarse sucesivamente, en uno u otro momento, a lo largo de una ocupación que no baja de los veinte mil años. Algunas galerías son gigantescas en extensión y altura. El actual recorrido sigue un camino a lo largo de kilómetro y medio hasta la gran sala donde las figuras animales, decenas de ellas, se superponen las unas sobre las otras. El guía (excelente el de mi grupo) resigue con su linterna las formas, alguna de las cuales no sería visible sin su ayuda. El recorrido atraviesa cavidades que tienen, calculo yo, sobre los diez metros de altura, aunque adivinar la elevación real en la espesa oscuridad es tarea imposible. El visitante tiene la sensación de estar desplazándose por una retorcida catedral gótica... o por el vientre de Leviatán.
El paralelo gótico es apropiado porque todo el conjunto está amueblado por miles de estalactitas y estalagmitas que forman a veces auténticos bosques de columnas en la mejor tradición de las catedrales. Algunas de estas formaciones se juntaron de arriba abajo hace siglos y han creado fustes que alcanzan el diámetro de un roble joven. Además de las quimeras que sugieren (fantasmas amenazadores, bestias desconocidas, aparecidos) sus sombras sobre el techo y las paredes danzan al paso de la linterna.
También los trogloditas usaban luces portátiles. Aunque vivían exclusivamente en las bocas de estas cuevas, allí donde llega la luz natural, y el interior sólo servía para algunas ceremonias o usos desconocidos (como el de las representaciones, siempre en lugares recónditos), se han descubierto lámparas de piedra de indudable uso en época prehistórica, lo que indica que los trogloditas se movían por el interior hasta los rincones más escondidos. Le pregunté a Miguel, nuestro guía, si se conocía el combustible que utilizaban y me respondió que casi con total seguridad era tuétano óseo. De la caza o de los humanos, pensé yo, seguramente dos claridades distintas y para diferentes usos.
De modo que la fantasmagoría de estos titanes petrificados debió de formar parte de la vida de los paleolíticos y servir para la construcción de sueños y mitos legendarios que poco a poco se hicieron verdaderos cuando los humanos comenzamos a imitar nuestras elaboraciones imaginarias y a dar mayor importancia a las representaciones que a lo representado, al caballo pintado que al caballo vivo. Que la imagen remplace al modelo como fuente de sentido es algo que comienza ya en las cuevas. De modo que no me produjo ninguna sorpresa, sino más bien una emoción intensa, oírle decir al guía que también se han descubierto y analizado unas muescas en algunos de los grandes tubos estalácticos que casi con toda certeza se deben al golpear de instrumentos de percusión.
Dentro de aquellas inmensas oquedades, en fechas de especial significación, con fines sociales desconocidos, se oyó alguna música, sonó el latido rítmico del tiempo humano, del tiempo significativo. En aquellos senos sin luz, los humanos introdujeron su temporalidad del mismo modo que los egipcios enterraron su transcurso vital en las secretas vías que conducen hasta el escondrijo de la momia. La pirámide estaba atravesada por la vida de los mortales bajo la forma de un camino iniciático. También el vientre de la tierra lo atravesaron nuestros sonidos. Dos inmensas construcciones, maciza la una y hueca la otra, se convirtieron en colosales cajas de resonancia de la vida mortal que emitían mensajes (espaciales los unos, temporales los otros) dirigidos a alguna potencia inmisericorde.
Al camino secreto de los egipcios y al sonido de las esferas celestes que giran en el firmamento y que la civilización griega puso bajo la luz del sol, hay que añadir el antecedente originario, el sonido de la piedra en el vientre de la tierra, la música de las tinieblas y de la noche ciega. Voces de lo que se oculta bajo tierra, transcurso fúnebre en el corazón de una geometría pétrea, armonía de los signos celestes. Este ha sido el proceso.
[Publicado el 04/7/2011 a las 10:10]
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Una cualidad poco valorada en política
Cuando se especula sobre las grandes derrotas de los partidos o sobre la pérdida de apoyos de algunos dirigentes, suele tomarse en consideración su falta de respeto por las leyes, la incapacidad para resolver problemas, el fracaso económico, la inepcia negociadora, la corrupción, la vagancia y un montón de elementos realistas, serios y constatables. Nunca, sin embargo, se evalúa un factor que a mi entender es cada vez más decisivo: la estupidez.
Nunca leemos que tal o cual presidente o primer ministro ha perdido las elecciones porque es tonto o que tal partido ha sufrido un desastre porque sus cuadros son una banda de necios. Y sin embargo el que podría llamarse "factor estupidez" me parece a mí que cuenta mucho más que todos los otros juntos.
Así, por ejemplo, Berlusconi perderá el poder con seguridad en las próximas elecciones, pero no será por su incapacidad negociadora, su ineficacia económica, su corrupta alianza con la mafia o sus torpes relaciones con el poder sindical, sino por la inenarrable necedad de su vida privada. Creo que todo el mundo ha podido constatar una y otra vez que este hombre es un perfecto mentecato. Quizás sea el mejor manejando la economía del país, no dudo de que sea el único presidente italiano con capacidad para que le obedezca una tan caprichosa sociedad como la suya, pero a un idiota se le tolera sólo cierto tiempo. Al final, cansa.
Igual sucedió con Clinton, quizás el presidente más competente que ha gobernado en los EEUU de los últimos cincuenta años, pero su lío con la becaria era insufriblemente estúpido, así que a un buen negociador y gestor eficaz como Clinton no se le pudo tolerar tan descomunal imbecilidad. A Kennedy se le toleró todo, incluso que la pobre Marylin cantara como una rana la felicitación del día de su santo, porque entre la becaria y Marylin había un abismo, la primera era tonta y la segunda un personaje de Dostoievsky. Eso salvó al presidente, uno de los peores que han soportado los USA según los comentaristas americanos más dignos de crédito.
Y eso para no recordar escenas que producen un vivo dolor de muelas, como el presidente Yeltsin bailando sobre un escenario con la elegancia de un cerdo borracho y una mirada inyectada en sangre que sólo puede verse en películas españolas muy subvencionadas. ¿Y aquella disparatada viuda de Perón a la que asesoraba un brujo? Resultó excesiva incluso para los argentinos. No menciono a Chaves porque nos puede dar un susto en cualquier momento.
Todo lo cual viene a cuento del último desatino que hemos de soportar quienes en algún momento tuvimos ilusiones socialistas. El superdotado que para pasmo del universo diseñó la "Alianza de las civilizaciones" ha logrado, tras muchísimo esfuerzo, poner a ETA en la alta administración del país vasco.
[Publicado el 29/6/2011 a las 09:00]
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Una nueva revista digital, Jot Down, me publicó esta entrevista hace unas semanas. En el número actual hay una entrevista con Arcadi Espada que merece la pena. Si quieres ir al el original, www.jotdown.es."
***
Desde su inclusión en los setenta en la celebrada antología Nueve novísimos poetas españoles, este catedrático de Estética barcelonés ha publicado más de 30 libros en géneros tan dispares como poesía, ensayo y novela e infinidad de artículos en medios como El País y El Periódico. Siempre atento a la actualidad, pesimista y jovial, detesta a la clase política y su realidad paralela, prefiriendo buscar en el arte aquello que nos hace humanos y nos distingue de los simios. Aunque duda de que seamos algo mejor que ellos...
-¿Qué obra arquitectónica reciente destacaría por sus valores estéticos?
Vamos a ver, la arquitectura durante muchos siglos perteneció a las bellas artes; a partir del siglo XX cayó fuera. En este momento yo no creo que la arquitectura pertenezca al orden de lo artístico, sino de lo ingenieril. Prácticamente son como los diarios, una mercancía que se hace de manera improvisada y obedeciendo lo que manda el ayuntamiento.
-¿Pero no cree que tiene un valor artístico?
No, aunque hay algunas piezas que suelen usarse en los medios de comunicación como si fueran piezas de arte. Algunas cosas de Ghery, Foster, Calatrava... en realidad me parecen trivialidades. No me interesan nada. Sólo un poquito lo de Foster.
-Así que la obra de Calatrava no le interesa...
Esa es la peor. De todas las que he citado es la peor.
-¿Es lo que menos le gusta de la arquitectura moderna?
En la arquitectura moderna buscar el edificio que menos te gusta es una tarea inagotable, es como buscar una gota en un océano, prácticamente no hay nada que merezca la pena. Bueno, si tuviera que salvar a un arquitecto salvaría a Zumthor.
-Dígame qué opinión le merecen las obras de la Sagrada Familia.
La Sagrada Familia tal y como se ha reconstruido sumamente interesante porque es un edificio de Las Vegas, como esos casinos que hacen imitando a Venecia, Egipto.... en Barcelona han hecho un edificio tipo Las Vegas que es como un Gaudí, falso de arriba abajo. Ridículo, hortera, que sólo interesa a los católicos y a los turistas que tienen que ocupar su tiempo en una ciudad en donde no se puede hacer nada. No tiene más interés que ese. En cierto sentido están mejor hechas las de Las Vegas, pero pertenece a este orden. El otro día Oscar Tusquets escribió un artículo diciendo que era una de sus edificaciones favoritas en este sentido, o sea, que es un espectáculo muy divertido.
- En su último libro "Autobiografía sin vida", comienza aludiendo a las pinturas rupestres de la cuevas de Chauvet. ¿Es el arte una parte inseparable de la naturaleza humana?, ¿Es un instinto?
Sí, es completamente inseparable de la naturaleza humana, es como la sexualidad. Casi todos los animales tiene una sexualidad u otra; los humanos tenemos la nuestra y va variando. No es lo mismo la sexualidad del siglo XII o la de los chinos en el siglo IV a.c, es decir, hay unas variantes históricas interesantes. Y el arte es como la sexualidad. De la misma manera que la sexualidad está variando hacia su tecnificación completa, pues el arte también, de una parte tecnificación y de otra espectáculo. Ahora si puedes permitírtelo puedes construirte varios sexos. Todos al mismo tiempo, según tengo entendido. Simultáneamente, en la práctica de esos órganos pueden añadirse miles de adminículos y aparatos, Las artes son prácticamente lo mismo. Supongo que ambas se extinguirán al mismo tiempo. Las artes en general y la sexualidad.
- Recientemente ha fallecido Denis Dutton, catedrático de filosofía del arte que ha vinculado en sus teorías el talento artístico con la selección darwinista. ¿Es el arte una manera sofisticada de atraer la atención de las chicas?
El arte durante mucho tiempo ha sido la actividad más noble de los humanos. Y aquello en lo que se basaba nuestra dignidad. En cierto modo así justificábamos haber escapado de los simios, que es una muy buena posición, la de pertenecer al mundo de los simios, casi la mejor a la que podríamos aspirar. Nos fuimos de allí pensando que íbamos a hacer algo mejor. Durante mucho tiempo esto que llamamos arte parecía que era lo que nos diferenciaba de los hermanos abandonados, lo que merecía la pena. Últimamente hemos decidido que no, que ese no es el camino, de manera que o volvemos a los simios, que es una situación agradable, hay una parte de la humanidad que ya está allí, o nos extinguimos. No veo más posibilidades.
- Con proyectos como http://www.googleartproject.com/, ¿sigue mereciendo la pena visitar los museos?
Eso se ha inventado precisamente para que la gente deje de ir a los museos, cosa que agradeceríamos muchísimo los que vamos a ellos. Ahora por ejemplo he tenido que ir a un par y están llenos de gente que los odia. Los niños no tiene nada que hacer ahí dentro, deberían estar jugando, pegándose y esas cosas que hacen los niños. Luego hay muchísimos ancianos que tendrían que estar en su casa meditando sobre su próxima muerte. Los museos están llenos de grupos de turistas japoneses o chinos que no tienen nada que ver con nosotros, y cuando están viendo una crucifixión deben estar viendo, no sé, algo parecido al carnaval de Shanghái. Como nosotros cuando vemos una deidad sintoísta, no tenemos ni idea de lo que ahí está sucediendo.
-Entonces el arte no es para todos...
No, el arte es una cosa que tiene una importancia enorme para todo el mundo, ya le decía antes que es como la sexualidad. Sin embargo, los sexólogos ven el sexo de una manera distinta a como lo trata la gente. La gente lo usa, aquí te pillo aquí te mato, o lo exhibe como en Tele 5..., pero los que nos dedicamos a esto del arte, claro, entrar en un sitio en el que hay una orgía no nos viene muy bien para nuestro trabajo. Así que si Google tiene éxito, y rezamos para que lo tenga, entonces evitaremos que mucha gente vaya a los museos.
-¿Tiene un libro electrónico o piensa adquirir uno?
Me prestaron uno para que viera lo bueno que es y al cabo de tres días estaba yo que no podía más de aquel bichito. Qué horror, qué espanto. Te decían que es una cosa que servía para subrayar o poner notas. Mentira. Para eso tienes que salir, cambiar de programa, llamar al teclado, en fin, que para cuando has llegado ya te has olvidado de lo que ibas a escribir. Y si no puedes escribir en los márgenes, ¿para qué sirve al lectura?
- ¿Está el mundo editorial español preparado para internet o va a ser su próxima víctima, tras la música y el cine?
Mire, España es un país absolutamente impredecible. Es como México o Argentina, no pertenece al orden de las naciones serias, predecibles, esto es un circo. Esto es una corrala. Así que pasado mañana nos podemos hacer islamistas porque lo deciden unos que salen en un programa de la Tele y gustan o porque lo decide el gobierno de Zapatero. Vaya usted a saber. El mercado editorial español es como todo lo español, una cosa improvisada, que se hace de cualquier manera, nadie sabe exactamente qué es lo que está haciendo.
- Recientemente decía usted que en momentos como estos es cuando más necesaria resulta la filosofía ¿Cree que ciencias como la neurología o la psicología evolucionista puede dar las respuestas que durante siglos ha buscado la filosofía, o no hay que hacer mucho caso a Punset?
(ríe) Punset es un ser encantador, muy ligón. La parte de Punset que más me interesa son sus ligues. Pero la ciencia ha ido siempre a rastras de la filosofía; si la filosofía no le da el concepto, la ciencia no puede hacer nada. Siempre ha sido una herramienta de la filosofía. Eso, claro cuando la ciencia es ciencia. En la actualidad llamamos ciencia a cualquier cosa; uno que inventa un teléfono que te rasca el oído decimos que es un científico. Confundimos técnica con ciencia, tecnología con técnica... La ciencia es una cosa muy seria y me temo que ahora hay muy poquita. Hubo; en los años 70 la lingüística se puso bastante científica, pero también eso se fue al carajo. En la actualidad parece que lo más científico sean las neurociencias y estas cosas, pero me da la impresión de que son pura superstición.
-Usted se ha mostrado muy desencantado con la política últimamente, afirmando que "La vida política es un gigantesco fraude y todos estamos totalmente desprotegidos y sin posibilidad de defensa" ¿Qué opción nos queda entonces?
La de siempre. ¿Pero por qué hay que hacer caso a los políticos? Son unos parásitos aburridísimos. Los políticos han sustituido a los sacerdotes. Antes soportábamos una red eclesiástica ruinosa, una gente por cierto bastante sucia y que no servía para nada. Los políticos salen más caros porque se lavan más, van a hoteles de lujo, se empeñan en comer todos los días y además en los mejores sitios... pero hacen exactamente lo mismo que hacía la iglesia en la época de Franco: son la perfecta sustitución del clero católico. No sé por qué hay que hacerles el menor caso. En época de Franco todos vivíamos a base de considerar que había un mundo oficial que simplemente no existía para nosotros. Llevábamos nuestra vida. Ahora supongo que la gente joven debe hacer lo mismo, considerar ese mundo oficial de Zapatero y Rajoy y la así llamada Izquierda Unida y los nacionalistas, es una payasada. Ellos seguro que viven su vida, la vida verdadera.
-¿Qué opina de la reciente polémica entre Arcadi Espada y Javier Cercas? http://www.elpais.com/articulo/cultura/Arcadi/Espada/lanza/bulo/Cercas/fue/detenido/prostibulo/elpepicul/20110216elpepicul_6/Tes (Arcadi promovió el bulo de que Cercas fue detenido en un prostíbulo de Arganzuela, aludiendo a una crónica de éste sobre su estancia en uno de Tijuana unos años atrás)
Es muy graciosa. Son muy amigos míos los dos y estoy a favor de ambos, cosa que es muy difícil. Cercas quiere justificar que en las novelas usa personajes "reales", entre comillas, pero no tendría que justificarlo. Que lo haga y se calle. Eso no tiene justificación posible, no se ha dado cuenta de que cualquier justificación se le volverá en su contra. Y Arcadi es uno de los tipos más incisivos que hay en este mundo, es un auténtico carnívoro, vive de carne fresca, de modo que en cuanto vio aquello se lanzó como un tigre.
¿No cree que fue un ataque demasiado personal?
No, no, estuvo muy bien llevado. En el aspecto teórico tiene razón Arcadi; es absolutamente intolerable que el periodismo admita que miente. El periodismo miente, como es lógico. Los periódicos son la fábrica de mentiras más gorda que tenemos. Pero tienen que decir que no mienten. Imagínese a un actor que saliera a hacer "Hamlet" y lo primero que dijera fuera "no se confundan, que yo no soy Hamlet, soy Antonio Rodríguez y vivo en Peñaranda de Bracamonte y ahora voy a hacer de Hamlet". Un momento, no acepto el juego. Si los periodistas dicen que algunas de las cosas de las que van a informar son una ficción absoluta, entonces no compro ni un periódico más. En ese sentido tiene razón Arcadi.
Ahora bien, me hace mucha gracia porque las novelas con personajes reales son el pan nuestro de cada día. Una de las mejores novelas de los últimos años es de un novelista irlandés, Colm Toibin, titulada "El maestro", sobre los últimos años de Henry James, el novelista inglés del siglo XIX, y es una biografía ficticia. No hay ningún problema, se puede hacer si se hace bien, como Toibin. Es más, escritores muy buenos, como Capote o Burgess lo hacen. Pero no me imagino a Toibin tratando de justificar que el periodismo se base en falsedades. Eso fue un error de Cercas.
- Recientemente el modisto Galliano y el cineasta Vigalondo han visto afectadas sus carreras profesionales por comentarios que realizaron -en estado ebrio uno y bromeando el otro- respecto a Hitler y el Holocausto. ¿Le parece proporcionada la reacción que hubo? ¿Debe ser tabú lo relacionado el nazismo y el Holocausto?
Es un asunto tan trascendental como para hacer un seminario en lugar de contestarle yo de una manera precipitada. Por un lado me parece espantoso que alguien se divierta hablando de seis millones de asesinados, pero por otra parte tenemos el ejemplo de las caricaturas de Mahoma. Es evidente que lo políticamente correcto, es decir, el fascismo contemporáneo, impide que estas cosas se tomen con cierta tolerancia. La intolerancia está en todas partes, está en el lado judío, en el árabe y en el cristiano. A mi modo de ver uno ha de intentar no caer en las trampas de los intolerantes. No caer en las trampas de los totalitarismos, teniendo presente que incluso los socialdemócratas son igualmente totalitarios. Pero desde luego tampoco hay que resignarse a la autocensura. Si lo que uno debe decir es suficientemente importante, ha de decirlo. Si lo que quiere decir es un chiste, que se calle.
Un de los escritores que más admiro como comentarista político es Tony Judt. En su último libro, que escribió mientras se moría, trata esta cuestión. Él es judío, pero extraordinariamente crítico con el gobierno de Israel; le ha valido tener los ataques más furiosos por parte de lo que él podía considerar amigos suyos, gente más o menos afín a sus ideas. Pero ha recibido palos de donde no se lo esperaba. Para él fue importante decir lo que pensaba, porque formaba parte de su inquebrantable honradez. Y lo que decía no era un chiste, sino cosas muy serias.
- ¿Entonces un intelectual tiene que ir siempre a contracorriente?
No es que tenga que ir. En general los intelectuales van a contracorriente porque la corriente suele ser espantosa. Quiero decir que la corriente suele ser algo colectivo, masivo, gregario. Y todo ello va en contra de la libertad y en contra de la autonomía del individuo. Y lo que defiende, o defendía antes un intelectual, era justamente la autonomía personal. No tengo que ir a comprar El País o El Mundo para que me digan lo que tengo que pensar sobre la guerra de Libia. En cambio lo que solemos llamar la "corriente de opinión", es esa gente a la que le preguntas si está a favor o en contra del aborto de las violadas por los negros del Congo y te dice: "un momento que tengo que ir a preguntárselo al director del periódico que leo todas las mañanas". Por tanto los intelectuales van a contracorriente porque defienden la individualidad. Por eso quedan tan pocos intelectuales, porque ese poder de lo colectivo, de lo gregario, es gigantesco. Es mucho mayor, por ejemplo, que el gregarismo de mi juventud y eso que yo viví en el franquismo. Pero aunque le parezca mentira, vivimos una época más colectivizada, más gregaria, más sumisa y más masiva que la del franquismo.
-¿Qué opina de las revueltas en los países árabes? ¿Cree que reclaman reformas democráticas o según temen algunos un régimen teocrático?
Nadie sabe que están reivindicando esos ciudadanos, porque desdichadamente sólo lo sabremos cuando gane alguien. De manera que la posición de quienes han recibido con enorme alegría estas revueltas diciendo "oh, también ellos aman la democracia", me parecen de una ingenuidad rematada. Lo más probable es que en Egipto el que tome el poder sea el ejército. En Libia el que tome el poder será otro clan... Esos países son inexistentes, desestructurados, no son naciones. Fueron diseñados con tiralíneas en un despacho de Londres. Los que viven allí son gente que equivale a un campesino europeo del siglo XII. Son analfabetos, absolutamente entregados a los curas. ¿Cómo van a ser demócratas? Hay que estar loco para creerlo. Es como si le dijeran a usted que los campesinos de Cuenca del siglo XII eran demócratas, ¿Cómo iban a serlo? ¿Hay acaso una burguesía para imponer una democracia en esos países?
-¿No tiene usted esperanzas al respecto?
¿Esperanza de qué? ¿De que un campesino analfabeto pueda establecer una democracia? Están locos, no han leído a Marx. En El Capital, una de las cosas en la que más insiste es que la democracia es sólo posible gracias a la burguesía y que sólo puede haber revolución donde hay proletariado. Y sólo hay proletariado donde hay burguesía. La gente que cree que las democracias caen del cielo como si las trajera San Antonio Abad son gente o extremadamente ingenua o cínicos acabados. Algún día sabremos quién y por qué ha movido lo de los países árabes.
-¿Veremos esta vez el final del terrorismo en el País Vasco?
Yo no. Los jóvenes sí. Veréis un País Vasco sin terrorismo, pero con nacionalistas. Será mejor, desde luego, pero se mantendrá la sojuzgación. Como decía antes, se mantendrá una población sojuzgada, cautiva, gregaria....de algo que en realidad es un movimiento religioso, pero todo eso yo no lo veré. No creo que ETA se disuelva en los próximos diez años.
-¿No comparte el optimismo de Fernando Savater al considerar la lucha contra el terrorismo un episodio cerrado de su vida?
El episodio cerrado es que asesinen de la manera como asesinaban, al modo islámico, digamos. Otra cosa es que se disuelvan o que se acabe ETA. Piense usted que las negociaciones con el IRA, que fueron mucho mejor llevadas, más serias y secretas, aún no han terminado. El IRA todavía no ha desaparecido. Así que imagínese ETA, que está formada por paranoicos, por psicóticos profundos. Es muy dudoso que esta gente llegue a disolverse. La otra posibilidad es hacer como en Alemania y matarlos. Pero claro, tendrían que matarlos sus propios compañeros. Aunque ya lo han hecho otras veces y les gusta, me parece que en este momento no están preparados.
-¿Y piensa que en ese declive o final, según dice usted aún lejano, ha jugado un papel relevante el activismo político de intelectuales como su amigo el mencionado Savater o usted mismo?
En el caso de Fernando Savater, sin la menor duda. Es una de las poquísimas personalidades de España que tiene coraje. Es un hombre valiente. Además de ser una persona inteligente y lúcida. He conocido a hombres inteligentes y lúcidos, pero inteligentes, lúcidos y valientes me parece que sólo le conozco a él.
[Publicado el 27/6/2011 a las 10:55]
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Hay en el centro de la isla de Menorca un túmulo fúnebre que ya casi ha cumplido los tres mil años. Es una nave cerrada de unos cuatro metros de altura construida con bloques ciclópeos. Por una pequeña apertura pueden atisbarse los dos niveles que forman el interior. Lo más emocionante es la cubierta horadada por una decena de agujeros que simulan un firmamento y filtran luz difusa, luz subterránea, sobre los grandes muertos. Cien cuerpos fueron hallados en la primera exploración, todos ellos, se supone, grandes personajes. Me imaginaba yo aquellos constructores coetáneos de Homero en el conjunto sagrado, mirando el firmamento y recordando a sus jefes. Ellos podían recordar a sus jefes.
Antes habíamos estado en Ciudadela, en La Torre de Papel, la librería de Mae, y mientras comentábamos unas obras completas de Thomas Hardy realmente magníficas, recién vendidas por una inglesa que regresaba a Gran Bretaña, entraron diez o doce personas a interesarse por diversos asuntos, incluido el estado actual del mundo. En aquella deliciosa librería que parece haber escapado de una foto victoriana se reúnen las fuerzas realmente vivas de la antigua ciudad británica.
Habíamos conocido a Mae y a otras nueve personas en el taller que dirigen Mariona Fernández, Josep Maria Fontseré y el chef Augusto (cuyos menús deberían aparecer en la página webb) a escasos kilómetros de Mahón, al paso del célebre Camino de Caballos que transita una campiña feraz. Los Talleres Islados, que es como se llaman, comenzaron hace un año y reúnen grupos de trabajo sobre asuntos diversos, a veces una obra literaria (ahora está allí Manuel Vicent), a veces un arte (como la fotografía), a veces un asunto (mitologías mediterráneas) y así sucesivamente. Durante cuatro días te albergas en una muy bella mansión con jardín y dos perros.
No es frecuente, pero a veces te encuentras en uno de esos inesperados oasis donde es fácil reconciliarse con el mundo. Un grupo de personas despiertas y educadas, un espacio irreprochable, unos organizadores competentes y amigables, un lugar como Menorca que sigue siendo una de las islas más bellas y mejor conservadas del Mediterráneo, un labrador y un bóxer que están esperando el recreo para jugar a la pelota.
Cada noche aparecía la luna por entre los altos arcos de la galería e iba creciendo lentamente. Cuando sólo le faltaba un día para completarse, acabó el taller. Una vez de regreso a la ciudad sucia y ruidosa, la luna llena tuvo el detalle de eclipsarse por completo. Ese mismo día las turbas asaltaron el Parlament de Cataluña y pusieron a todos los políticos catalanes en la tesitura de conocer cómo se han sentido hasta hoy sus compañeros perseguidos, es decir, los del PP y Ciutadans, ante la cínica indiferencia del poder catalán.
Había regresado al mundo de los muertos.
[Publicado el 16/6/2011 a las 10:58]
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No sabría decir de qué trata esta novela que tanto me ha seducido. ¿Emigración, fragilidad erótica de las muchachas, anemia de la memoria, chantaje familiar, inocencia de una mentirosa, o acaso de una tímida astuta...? No lo sé, pero creo que es una de las mejores novelas de los últimos veinte años. Y debo añadir que lo más seductor es la magistral orquestación y la función solista de los pupitres. Quiero decir, el conjunto de los personajes secundarios que, como en aquellas películas del cine en blanco y negro, son lo más atractivo de la novela. ¡Esas matronas irlandesas cuyo amor destila veneno! ¡Esos jefes de planta de grandes almacenes que han estudiado a Eichman!
Sí, perdón, me refiero a Brooklyn, la novela de Colm Tóibín que hace unos meses tradujo Lumen. Como siempre, debo advertir que en este relato de nuestro novelista más admirado, los personajes se definen por el modo de hablar, por su expresión, por la delicada elección de un léxico privado para cada caso, de manera que la madre habla a la manera de la Irlanda profunda, pero los hermanos tienen ramalazos proletarios y el fabuloso joven italiano (cuyo papel no revelaré) habla como un nativo de Brooklyn y se nota. Espero que la versión española sea cuidadosa con estos matices, aunque en Lumen siempre están muy atentos a la traducción.
¿Pero de qué trata la novela? Sin duda de una irlandesa, joven y pueblerina, que se ve obligada a emigrar a los EEUU y de su ajuste en un medio para ella pasmoso. También de la melancolía como poderosa arma de conservación, es decir, capaz de destruir las mejores virtudes individuales (¡no digamos las colectivas!) y reducirnos a la vulgaridad de lo común. Está muy presente, desde luego, la afectividad flotante de una adolescente que apenas ha conocido más hombres que las agobiantes figuras autoritarias o los grotescos borrachos de Pub. Lo cual no está reñido con que deba cotizar, ineludiblemente, en ese mercado. ¿Pero qué le sucede a esta irlandesa cuando se ve lanzada a un mercado amoroso por completo distinto, en el que judíos, negros e italianos son odiados por los irlandeses?
La admirable pericia de Tóibín para presentar a los chicos y chicas que rodean a la recién arrojada en Brooklyn es uno de los rasgos más sobresalientes de esta narración tan respetuosa como tierna. Destaca la figura refrescante, magnífica, del cura católico que ayuda a los inmigrantes irlandeses a no desesperar en el pozo neoyorkino de los años cincuenta, tan elegantemente descrito en la excursión a Coney Island. El padre Flood (en la traducción se perderá la ironía) es un párroco verosímil, entregado, inteligente, generoso, trabajador, honrado, discreto, no es un fariseo, no es un inquisidor. En fin, un cura que hacía tiempo que no veíamos ni en la literatura ni en el cine y que incluso los más anticlericales recibimos con gozo.
Y lo cimero, lo sublime de esta novela es la llegada de la muerte a la experiencia de la muchacha. De qué particular manera esa temible advertencia hace flaquear su mejor parte, la ambición de un futuro arrancado del provincianismo irlandés, represor y mediocre. Pero también la tentación de descansar, junto a su familia, en un entorno conocido y agradable, con sus triunfos pueblerinos y sus victorias minúsculas, como si tratara de acomodarse ya a la tumba. Tóibín describe maravillosamente las tentaciones de la pequeñez, de la identidad compartida con unos cuantos férreamente situados en el mapa de las jerarquías, esa existencia sin sobresaltos de quienes se rinden a la sumisión y son inmediatamente recompensados.
Si ya Tóibín había demostrado ser uno de los mejores escritores del siglo XXI en la imprescindible biografía ficticia de Henry James (The Master), ahora se confirma en la atmósfera inversa. Si "El Maestro" nos instruía acerca de la debilidad de los grandes, "Brooklyn" nos deslumbra por su perspicacia al describir la grandeza de los débiles.
Y no sigo porque no quiero destrozar la novela a sus posibles lectores.
[Publicado el 07/6/2011 a las 09:50]
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Ese placer que sólo dura una hora
Algunos breves caprichos literarios tienen a veces la gracia de un apunte efímero, fugaz y sin embargo exacto, como esos dibujos de los maestros barrocos que en pocos trazos transmiten la inequívoca contracción de un mendigo o el equilibrio de una bella alzándose la media.
A Pierre Bergounioux le ha bastado cavilar unos días sobre esta singularidad: que Descartes residiera en Holanda, en lugar de hacerlo en Francia, durante la redacción de sus tratados filosóficos. La respuesta apresurada sería: "Por una cuestión de censura o de libertades políticas". Y aunque es cierto que las Siete Provincias eran el único lugar de Europa donde se toleraba la convivencia de católicos, protestantes y judíos, esa no fue la causa, ni mucho menos. Descartes cambió de residencia decenas de veces y llevó una vida itinerante, aventurera, a veces de espadachín, a veces de monje cartujo, pero de entre todos sus domicilios conocidos el holandés fue el más duradero y agradecido.
Pues bien, en eso consiste el librito de la editorial Minúscula titulado Una habitación en Holanda. Durante sus apenas noventa páginas y comenzando por un extraordinario zoom que nos traslada de la Galia cabelluda del joven César hasta el siglo XVII, nos paseamos por las decenas de ciudades y pueblos, países y naciones por los que fue rebotando incansablemente Descartes en busca de soledad, silencio, recogimiento y un clima que no fuera benigno. El "buen tiempo" es incompatible con la filosofía, como han demostrado los países mediterráneos. De hecho, Descartes acabaría buscando aún menos benignidad en Suecia, pero allí atravesaría esa línea que tan cara le saldrá a Strauss-Kahn, la línea sulfúrica que ningún vicioso debe traspasar, y el frío lo mató. Conocer esa línea es extremadamente difícil. Ni siquiera el genio geométrico de Descartes logró trazarla a prudente distancia. ¿Cómo vamos a divisarla nosotros, torpes humanos que buscamos en Descartes un remedio a nuestra inconsistencia?
Algunas escenas de esta miniatura son deliciosas, en particular cuando Descartes se cruza con Spinoza en medio del bullicio ciudadano. Iba el joven Baruch de la mano de su padre, el cual había acudido a Leiden con "muestras de vidrio en una caja acolchada" para cumplir con el negocio de pulido de lentes, negocio al que también Spinoza dedicaría toda su vida a fin de que Borges pudiera escribir un soneto inmortal. Entre el gentío del mercado, un Descartes abstraído y vestido de riguroso negro se cruza con un judío que lleva de la mano a su hijo. Quizás vio dos grandes ojos infantiles que le miraban con un punto de perplejidad o ironía. Descartes se turba. Luego aprieta el paso. Bajo el abrigo manosea el manuscrito de El Discurso del Método. Cae una lluvia pausada, pero gélida.
Estas pequeñas escenas encierran in nuce todo el poder de la literatura como la semilla contiene ya el noble tilo. No, mejor aún: como el vaso de agua cristalina contiene la fuente.
[Publicado el 31/5/2011 a las 09:00]
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Félix de Azúa nació en Barcelona en 1944. Doctor en Filosofía y catedrático de Estética, es colaborador habitual del diario El País. Ha publicado los libros de poemas Cepo para nutria, El velo en el rostro de Agamenón, Edgar en Stephane, Lengua de cal y Farra. Su poesía está reunida, hasta 2007, en Última sangre. Ha publicado las novelas Las lecciones de Jena, Las lecciones suspendidas, Ultima lección, Mansura, Historia de un idiota contada por él mismo, Diario de un hombre humillado (Premio Herralde), Cambio de bandera, Demasiadas preguntas y Momentos decisivos. Su obra ensayística es amplia: La paradoja del primitivo, El aprendizaje de la decepción, Venecia, Baudelaire y el artista de la vida moderna, Diccionario de las artes, Salidas de tono, Lecturas compulsivas, La invención de Caín, Cortocircuitos: imágenes mudas , Esplendor y nada y La pasión domesticada. Los libros recientes son Ovejas negras, Abierto a todas horas y Autobiografía sin vida (Mondadori, 2010). Escritor experto en todos los géneros, su obra se caracteriza por un notable sentido del humor y una profunda capacidad de análisis.
La nueva edición del Diccionario de las artes (Debate, 2011) se amplía en más de cien páginas y corrige todas las entradas anteriores.
Ensayo
Contre Guernica, Prefacio para Antonio Saura (2008). Archives Antonio Saura, Genève.
La pasión domesticada (2007). Abada, Madrid.
Ovejas negras (2007), Bruguera, Barcelona.
Cortocircuitos. Imágenes mudas (2004). Abada, Madrid.
La invención de Caín (1999). Alfaguara, Madrid.
Baudelaire y el artista de la vida moderna (reedición) (1999). Anagrama, Barcelona.
Lecturas compulsivas. Una invitación (1998) Anagrama, Barcelona.
Salidas de tono (1996). Anagrama, Barcelona.
Diccionario de las artes (1995). Planeta, Barcelona.
Baudelaire y el artista de la vida moderna (1992). Pamiela, Pamplona.
Venecia (1990). Planeta, Barcelona.
El aprendizaje de la decepción (1989). Pamiela, Pamplona.
La paradoja del primitivo (1983). Seix Barral, Barcelona.
Conocer a Baudelaire y su obra (1978). Dopesa, Barcelona.
Novelas y prosa literaria
Autobiografía sin vida (2010). Mondadori, Barcelona.
Abierto a todas horas (2007). Alfaguara, Madrid.
Esplendor y Nada (2006). Lector, Barcelona.
Momentos decisivos (2000). Anagrama, Barcelona.
Demasiadas preguntas (1994). Anagrama, Barcelona.
Cambio de bandera (1991). Anagrama, Barcelona.
Diario de un hombre humillado (1987). Anagrama, Barcelona.
Historia de un idiota contada por él mismo, o el contenido de la felicidad (1992), Anagrama, Barcelona.
Mansura (1984). Anagrama, Barcelona.
Última lección (1981). Legasa, Madrid.
Las lecciones suspendidas (1978). Alfaguara, Madrid.
Las lecciones de Jena (1972). Barral E., Barcelona.
Relatos
"Quien se vio", Tres cuentos didácticos (1975). La Gaya Ciencia, Barcelona.
"La venganza de la verdad" (1978). Hiperion nº1, Madrid.
"Herédame" (6 y 7 agosto 1985). El País, Madrid.
"El trencadizo", con grabados de Canogar (1989) Antojos, Cuenca.
"La pasajera" (18 nov. 1990). El País, Madrid.
"La resignación de la soberbia", Los pecados capitales (1990). Grijalbo, Barcelona.
El largo viaje del mensajero (1991) Antártida, Barcelona.
Cuentos de cabecera ("La pasajera" y "La segunda cicatriz") (1996). Planeta NH.
"El padre de sus hijos" (1998). Barcelona, un día, Alfaguara, Madrid.
"La verdad está arriba" (1998). Turia, Teruel.
Poesía
Última Sangre. Poesía 1968-2007 (2007). Bruguera, Barcelona.
Poesía 1968 1988 (1989). Hiperion, Madrid.
Farra (1983). Hiperion, Madrid.
Siete poemas de La Farra, con un grabado de A. Saura (1981). Cuenca.
Poesía 1968 78 (1979). Hiperion, Madrid.
Pasar y siete canciones (1977). La Gaya Ciencia, Barcelona.
Lengua de cal (1972). Visor, Madrid.
Edgar en Stéphanie (1971). Lumen, Barcelona.
El velo en el rostro de Agamenon (1970) El Bardo, Barcelona.
Cepo para nutria (1968). Madrid
1987 Premio Anagrama de Novela.
2000 Premio a la cultura "Sebetia-Ter" del Centri di Studi di Arte e Cultura di Napoli".
2001 Premio a la tolerancia de la "Asociación por la Tolerancia", Barcelona.
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