Minisite sobre Kapuscinski

El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

Editado por La Oficina del Autor

viernes, 21 de noviembre de 2008

Blog de Félix de Azúa

Te voy a dar una lección

Los primeros románticos (que eran los buenos) afirmaban que toda gran obra ha de ser necesariamente incompleta, fragmentaria, inacabada. La ambición intelectual y artística ha de ser tan descomunal como para hacer imposible el acabamiento. La obra maestra, como Ícaro, ha de terminar hundiéndose en el mar tras haber divisado la orla del sol.

Así por ejemplo, la filosofía del arte más influyente de todo el pensamiento occidental, la de Hegel, no la escribió Hegel sino uno de sus alumnos, Heinrich Gustav Hotho, el cual reunió los apuntes de clase de los sucesivos cursos (1820, 1823, 1826 y 1829) y los cotejó con los cuadernos y anotaciones que habían quedado de la mano de Hegel. Con todo ello redactó un enorme y valioso compendio que editó tras la muerte del maestro, en 1835, con el título de Estética de Hegel.

El volumen, muy grueso (940 pgs. en la edición de Akal), está formado por un conjunto de textos desigual e inquietante, a veces contradictorio, en ocasiones incongruente. La impresión del lector es similar a la del turista que pasea por el foro romano y va sorteando columnas verdaderas, trozos de escultura, reconstrucciones, imitaciones, sin acabar de distinguir the real thing. Con el agravante de que tiene la sensación de haber pasado varias veces por delante de la misma columna y la misma basílica.

Igual sucede con la reescritura de la Décima de Mahler. Con el tercer acto de Lulú de Alban Berg. Con la conclusión de la soberbia novela The Mistery of Edwin Drood de Dickens. Con el ordenamiento de la La Flauta mágica. Con los poemas de Hölderlin. Como tantas obras excesivas, la Estética de Hegel es un campo de ruinas, un sendero de fragmentos. Eso sí, con cada uno de esos fragmentos podemos edificar palacios.

Durante un siglo y medio, la edición de Hotho fructificó en cerebros distinguidos e hizo brotar de ellos brillantes ideas, o, por lo menos, ideas cargadas de acción. Golpeó con fuerza en los cráneos de Marx, de Luckacs, de Bloch, de Adorno, de Derrida entre otros mil, e hizo saltar chispas y generó incendios quizás incitados por un párrafo que Hegel nunca había escrito.

Así como los musicólogos de 1960 limpiaron a Bach de sus adherencias burguesas y le libraron de aquella grasa wagneriana que lo había convertido en un elefante trompetero, así también los actuales investigadores están reconstruyendo la Estética de Hegel a partir de manuscritos más discretos y fiables que el de Hotho. El verano pasado compré en París el cuaderno de notas de Victor Cousin con el curso de 1823, recién editado por Vrin. Allí aparece de un modo más inmediato la lejana voz de Hegel, aunque con acento francés, lo que siempre le añade un fondo de acordeón.

Mejor todavía: la editorial Abada, con ayuda de la Universidad Autónoma de Madrid, acaba de editar las lecciones de 1826 recogidas por otro alumno, Friedrich Carl Hermann Victor von Kehler. También en estos apuntes la voz del maestro suena más cercana, menos reconstruida, desmaquillada. Pero lo asombroso es que se trata de una edición bilingüe. Un verdadero prodigio de edición.

Casualmente, coincidí con el traductor hace pocos días. Me presentaron al admirable Domingo Hernández Sánchez en un pasillo universitario y me precipité a felicitarle por el tremendo esfuerzo y la muy bella edición. “¡Por fin lo podremos leer en España casi en directo!”, dije con un cierto atropello. “Bueno, en España… y en Alemania. Ésta es la edición crítica en ambos países”, me respondió con modestia, mirándose la punta de los zapatos.

¡Me encanta la gente que conoce perfectamente el valor de su trabajo!

[Publicado el 27/10/2006 a las 10:03]

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El oscuro

Me parece a mi que todos hemos pasado por la misma experiencia cuando leímos La Montaña Mágica de Thomas Mann. Dos grandes maestros se disputan el alma del protagonista, Hans Castorp. Uno es liberal, luminoso, racional, demócrata, partidario de la felicidad y de la armonía social. Se llama Settembrini y es inequívocamente el representante de la cultura latina. El otro es totalitario, opaco, pasional, aristocrático, partidario de apurar el cáliz de Jesucristo y enemigo de la paz social. Se llama Nafta y encarna una tradición germana que acabaría conduciendo al Tercer Reich cuando ni siquiera existía Hitler.

Durante la lectura, todos comprendemos que Hans debería hacer caso a Settembrini, convertirse en su discípulo y tratar de construir un lugar habitable en su Germania natal, un lugar en donde la gente pudiera vivir en paz, amablemente, y elegir a sus representantes. Sin embargo, la atracción de Nafta es irresistible. La potencia lírica de su desesperación, el fervor con el que destruye las esperanzas burguesas, convierte el razonable discurso de Settembrini en un pensamiento en zapatillas. Es evidente que Nafta conduce a la destrucción, al caos, a la guerra, a la supremacía de los Amos, al sufrimiento universal, pero cuando se es joven no se puede uno resistir. Nafta nos captó el alma con su espantosa visión de la nada y nos dejó boquiabiertos ante el agujero espiraloide del caos.

Mann, en un gesto que le honra, no concedió la victoria a Nafta, aunque todos sabemos que Nafta es quien realmente vence. En una de las escenas más estremecedoras de la literatura universal, enfrentados a duelo Settembrini y Nafta, el primero, el liberal, el demócrata, dispara al aire porque no se cree con derecho a matar a nadie. Furioso, enajenado, enloquecido y humillado, Nafta se dispara un tiro en la sien.

De hecho, en efecto, los discípulos de Nafta, los estalinistas, los nazis, los fascistas, acabaron por dispararse un tiro en la sien. Los liberales y demócratas ganaron la guerra sin ensañarse con el enemigo. El historiador E.P.Thompson, consultado por el Foreign Office al término de la guerra sobre el futuro de Alemania, propuso convertir todo el ámbito germano en un inmenso parque natural poblado por pastores. No le hicieron caso. Venció Settembrini.

Según dicen los expertos, el modelo de Nafta fue Lukacs. También podría haber sido Heidegger, el primer Heidegger, el anterior al periodo del Rectorado, si Mann lo hubiera podido profetizar en 1924. Hay algo náftico en Heidegger que con los años se diluiría. En la siempre interesante revista Minerva, del Círculo de Bellas Artes, viene este mes un mano a mano entre Felipe Martínez Marzoa y Arturo Leyte sobre Heidegger. Ambos son expertos en su obra. Ambos forman parte de esa espléndida generación de filósofos españoles que está cruzando el medio siglo.

En su conversación se advierte la incomodidad de tener que enfocar una y otra vez un retrato del autor que ha sido portentosamente manipulado y que debe volverse a enfocar en cada ocasión que se habla de él. La herencia de Nafta dificulta la transmisión. El peso del carácter, de la biografía, de los tiempos atribulados, de su compromiso con el gobierno nazi, pesa enormemente sobre un pensamiento que nada tiene que ver con todo eso. Sin embargo, ambos se esfuerzan por desnaftificarlo, por limpiarlo de sus adherencias políticas, por mostrar su nihilismo sereno, un nihilismo que podría aceptar Settembrini, pero no Nafta.

Sólo de ese modo se comprende que el arquitecto Daniel Libeskind se inspirara en su pensamiento para la construcción del Museo Judío de Berlín. O que Hanna Arendt nunca le reprochara públicamente su pasado nazi. Aunque sí el silencio ominoso sobre el Holocausto. Ese silencio, como el de Jünger, es en verdad terrible. E incomprensible.

[Publicado el 26/10/2006 a las 10:30]

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Por qué le quiero tanto

La publicación de una nueva antología de George Orwell (Matar a un elefante y otros escritos, Turner/Fondo de Cultura), con un sagaz prólogo de Arcadi Espada, nos proporciona la ocasión de declararle nuestro amor. Amamos a Orwell porque es:

A. Un hombre honrado. Y eso quiere decir que uno puede fiarse de él. O lo que es igual: a la hora de ejercer un juicio no distingue entre poderosos y débiles. No se inclina ante el poderoso o ataca en exclusiva al enemigo de “los nuestros”, pero tampoco es zalamero con el débil. Por esta razón fue implacablemente perseguido por los comunistas, una ideología que fundó su poder en mentir   constantemente a los más débiles. Todavía hoy, buena parte de la izquierda paleolítica no lo soporta.

B. Un adulto. Todo lo que escribe da por supuesto que lo va a leer gente normal, preparada, razonablemente informada y autónoma. No hace concesiones paternalistas a la ignorancia, ni tampoco a los acuerdos mafiosos entre masas gregarias. Da por supuesto un alto grado de individualidad en su lector, el cual puede ser conservador, liberal, socialista o comunista, y sin embargo mantener un criterio propio e independiente del partido. En consecuencia, no aburre al lector con la exposición de grandes principios. Va directo al final. Es sobrio.

C. Un escritor que no desea tener “personalidad”. La importancia de lo que nos cuenta está fuera de su persona; está en la vida exterior y no en lo íntimo de su carácter. No quiere ser original, no desea distraer al lector con exhibiciones circenses de bella escritura. No se presenta como un virtuoso con boina de terciopelo rojo. No trata de vender la belleza de su alma. Sus artículos no son gabardinas abiertas que muestran el tamaño de su moralidad. Le importa un bledo lo que el lector piense sobre él. Su intención es que el lector se concentre sobre lo que está escribiendo. Sobre lo que viene al caso.

D. Un buen observador. Siente una profunda curiosidad por las personas que le rodean. No sólo le interesa saber cómo son, sino sobre todo por qué hacen lo que hacen, y cuáles son sus deseos, a veces tan difíciles de expresar. Esa curiosidad va dirigida al personaje singular, al caso individual, a las gentes de una en una. Sólo tras haber observado muchos casos aislados y singulares, puede proponer una generalización. En este punto se comporta al contrario de los actuales periodistas, los cuales primero clasifican al personaje por su generalidad más obvia (“es del PP”, “es conservador”, “es facha”, “es socialista”, “es neocon”, etc.) y sólo luego, si queda espacio, lo singularizan.

E. Una persona respetuosa. Cuando manifiesta sus desacuerdos, lo hace siempre de un modo razonado y buscando la comprensión del adversario. Si no basta con un intento, lo repetirá sin fatiga ni impaciencia. A menos de que constate que su adversario es un ideólogo malintencionado que antepone sus creencias (y seguramente su cartera) a la objetividad. Entonces no duda en usar palabras educadas como “idiota”, “sandio” o “majadero” para despachar al intruso. En el espacio de la discusión no caben los maleantes intelectuales. Curiosamente, los actuales periodistas nunca recurren a palabras como “idiota” etcétera, pero tampoco hacen el menor caso de la argumentación. No le tienen ningún respeto. Respetar el argumento supone, también, poner al adversario en su sitio cuando carece de respuestas. Sacarle los colores.

F. Un ciudadano recto. O lo que viene a ser lo mismo: sabe que entre dos posiciones antagónicas, antitéticas e incompatibles, sólo una de ellas es verdadera. En eso recuerda lo que tantas veces ha repetido Fernando Savater: no es cierto que en democracia deban aceptarse todas las ideas. Sólo hay que admitir las buenas. Aunque pertenezca a la más profunda fe religiosa, la creencia de que hay que humillar y pegar a las mujeres no puede ni siquiera discutirse. Orwell, sin duda, sacrificaba lo que hubiera que sacrificar con tal de dejar bien claro cuál era la postura buena y cuál era la mala. Y lo remarcaba y lo repetía para que no cupiera ninguna duda.

Eso le valió la enemistad absoluta de casi toda la intelectualidad europea el día en que puso a Hitler junto a Stalin como dos modos de lo mismo, y el día en que denunció los asesinatos cometidos por los comunistas catalanes durante la guerra civil. Todavía hoy un libro con el título de Homenaje a Cataluña no ha recibido el más mínimo homenaje por parte de la partitocracia catalana.

Sólo el Ayuntamiento, hace muchos años, le dedicó una plaza, pero es que no lo habían leído. Cuando alguno de ellos lo leyó se quedó horrorizado. Entonces le dieron una calle a Sabino Arana.

[Publicado el 25/10/2006 a las 10:01]

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El rostro impenetrable

Acaece muy rara vez, pero en esta ocasión sucedió tal y como voy a contarlo. Durante unas oposiciones, el tercer candidato eligió como tema de disertación uno de los más intensos y conmovedores de la filosofía. Como es bien sabido, los homínidos se separaron de los simios a medida que desarrollaron su capacidad para simbolizar. Puede decirse que hablamos de “humanos” y no de “simios superiores” cuando encontramos entre los restos de vida primitiva ciertas señales, huellas, inscripciones, algo que nos haga inferir una simbología.

Dicho más rectamente. Hay humanos allí en donde un simio superior se vio en la necesidad de hacer una incisión, dejar una señal, una huella, algo que es, en verdad, un pensamiento transcrito en piedra, en hueso, en madera, algo que va más allá de los miembros del simio, que perdura en un tiempo que no es el biológico. No una “idea” en el sentido moderno, subjetivo y postcartesiano, sino algo así como un grito de ayuda. O quizás una alabanza sin destino.

Este proceso puede situarse en el horizonte del millón de años. En realidad es más reciente, pero podemos admitir la enormidad de esa fecha impensable. El alumno disertaba pues sobre un viejo asunto que desde Hegel hasta los actuales antropólogos genéticos sigue siendo uno de los pilares de nuestras creencias básicas sobre el humano. De pronto, uno de los miembros del tribunal interrumpió al disertando y dijo: “Perdone un momento”. Y se sujetó la cabeza con las manos.

Nunca había yo visto que ningún vocal de tribunal cortara la exposición del opositor, pero nadie dijo nada, sólo miramos en su dirección y esperamos. El profesor, un joven y bien parecido investigador español, comenzó entonces a explicar la siguiente historia.

“Hace un par de años participaba en un congreso de arqueología mesopotámica en Tel Aviv, cuando uno de los congresistas me preguntó si quería ver algo inaudito, un objeto incomprensible e inquietante. Naturalmente asentí y fui conducido hasta uno de los despachos del Museo Arqueológico, seguramente el del investigador israelita, discreto cubículo con mesa, silla y ordenador, iluminado por un haz de luz que se colaba por la claraboya. Una vez allí, el hombre abrió un cajón y sacó un atadijo que comenzó a deshacer de inmediato.

“Una vez desdoblado el pañuelo, apareció un envoltorio de gamuza y dentro del envoltorio una piedra. “Mírela usted y dígame qué ve en ella”, me sugirió el experto. Le di varias vueltas pero no pude reconocer forma alguna, aunque sí unas líneas cortas en fila continua y quizás unas muescas cóncavas en la base. “Nada veo, lo siento”, le dije al devolverle la piedra. El profesor la tomó entonces con sus manos delgadísimas y la colocó suavemente sobre la mesa en la posición correcta y bajo el haz de luz. De inmediato exclamé: “¡Es una calavera!”.

“En efecto, era una calavera, o quizás no, o, mejor dicho, ojalá que no lo fuera, porque, según dijo el israelita, aquella piedra había sido hallada en medio del desierto y no cabía ninguna duda de que alguien la había acarreado hasta allí. La piedra había aparecido en unas oquedades donde seguramente llevaba semienterrada desde hacía siglos. “¿Muchos siglos?”, le pregunté. El profesor no respondió sino que cabeceó consternado.

“Demasiados. Después de hechas las pruebas pertinentes una y otra vez, y otra vez y otra, hemos llegado a la conclusión de que estas incisiones tienen tres millones de años. Entonces no había ni humanos ni homínidos y apenas si podemos registrar restos de algunos simios. No ha sido llevada hasta allí en tiempos modernos. No se ha movido de su lugar. Algún animal la llevó consigo y la dejó caer seguramente al morir. Pero ¿por qué cargó con ella? ¿Qué pudo ver? Aquellos animales no reconocían las representaciones. El peso debió de dificultarle mucho la vida. Quizás acabó con ella. Y lo más pavoroso… ¿quién había hecho aquellas incisiones?”

“Comencé a protestar y a mostrar mi escepticismo. El israelita, con notable modestia, aceptó todo lo que decía y luego cerró el asunto. “¿Sabe usted cuántos años llevamos haciendo y deshaciendo hipótesis? En ningún momento hemos querido publicar nada. Nos tomarían por estúpidos, o por creyentes, o por gente del new age, o por aficionados a la ciencia ficción o a los marcianos. ¿Cree usted que no lo sabemos? Se lo he mostrado para que forme usted parte del pequeño grupo que se asoma al abismo del origen humano y luego calla por compasión”.

El profesor español acabó su relato y guardó silencio. Luego, como si despertara, pidió perdón al opositor y le rogó que reanudara la exposición. “Disculpe mi grosería. Esta historia me ha venido a la memoria de repente, oyéndole, y he querido compartirla con usted. Su disertación me ha gustado mucho. Me ha emocionado. Quizás he callado durante demasiado tiempo. Han sido dos años muy largos”, dijo.

Ahora ya lo sabemos unos cuantos más.

[Publicado el 24/10/2006 a las 09:55]

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Otra repetición

El mayor encanto de las campañas electorales es que mientras duran no es necesario decir lo que pensamos de nuestros representantes: ya se lo dicen ellos solos. Rata de albañal, serpiente bífida, camaleón paranoico, simio cleptómano, lombriz renca. El zoológico se queda corto. Aunque es cierto que ellos no utilizan metáforas; su educación no lo permite.

Se dice (y es cierto) que la profesión de político es de una dureza extrema y por eso, como entre los taxistas, se produce una selección natural del idóneo. Apenas tienen tiempo libre para leer o usar un poco el cerebro, han de pasar cientos de horas comiendo en restaurantes carísimos e indigestos, el 80% de su trabajo consiste en hablar con tipos aún más beocios que ellos mismos, del gigantesco tráfico de dinero del que son responsables solo se quedan una parte mínima (aquel 3%, una limosna), sus apoderados pertenecen al ramo de la construcción que es ganado de pelo duro, han de soportar a los humoristas de la tele, posiblemente los profesionales más zafios de ese bello ente, en fin, un jardín.

En este momento tiene lugar la campaña catalana. Da bastante risa, pero también un aburrimiento de Padre del desierto, la insoportable sensación de dejá vu. Todos los partidos catalanes menos el PP (pero el PP no existe en Cataluña), han decidido que la estampa sentimental de la sociedad catalana, su icono religioso, es la República. Todos los partidos tratan de reconstruir aquel espléndido momento de pistoleros y espadones, idealizado como un calendario de paisajes olotinos. Lo que no saben es que están repitiendo con toda exactitud, en efecto, lo que ya hicieron durante la República. Si leyeran un poco…

He aquí un fragmento que tomo de una carta de Antonio Machado (2 junio 1932) en la que comenta con su acostumbrada lucidez el Estatuto catalán que se había debatido en Consejo de Ministros y que sería aprobado en septiembre del mismo año.

“La cuestión de Cataluña, sobre todo, es muy desagradable. En esto no me doy por sorprendido, porque el mismo día que supe el golpe de mano de los catalanes, lo dije: «los catalanes no nos han ayudado a traer la República, pero ellos serán los que se la lleven». Y en efecto, contra esta República, donde no faltan hombres de buena fe, milita Cataluña. Creo con don Miguel de Unamuno que el estatuto es, en lo referente a Hacienda, un verdadero atraco, y en lo tocante a enseñanza algo verdaderamente intolerable”.

Me parece indicativo del indudable progreso democrático de este país en los últimos años, que si don Antonio expusiera hoy mismo sus opiniones en Gerona o Tarragona, o en las Universidades de Barcelona, sería corrido a pedradas y tachado de fascista. Cientos de periodistas (que dicen amarlo) afirmarían con aplomo que es una criatura de Jiménez Losantos. En la tele catalana varios humoristas lo utilizarían de espantajo para mostrar la estupidez de los paletos españoles. Seguramente Machado preferiría morir, en esta ocasión, algo más lejos de Colliure.

La carta se ha publicado en una nueva revista de la editorial Castalia, la Revista de Erudición y Crítica, la cual, y a pesar de su título, es de interesante lectura. A su director, Pablo Jauralde, además de darle la bienvenida, le pediría un favor: menos imaginación tipográfica. Dado el carácter de la publicación, cuanta más sobriedad, mejor. No lo digo yo, lo decía Hölderlin: la virtud propia de Occidente es la sobriedad, en contraste con el dionisismo oriental.

Y que conste que el dionisismo oriental no es solo de Oriente; incluye, por ejemplo, la costumbre de dejar puestas las fundas de plástico de los sofás recién comprados, porque brillan más que la tapicería. Hábito que algunos mafiosos neoyorkinos comparten con las mejores familias sirias y saudíes.

[Publicado el 23/10/2006 a las 09:58]

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Costumbrismo ontológico

Tremenda fatiga. Llego al hotel a las diez de la noche, tiro los trastos y salgo en busca de algún alimento, cualquier cosa, lo que sea, fideos, donuts, esturión al ajillo, me da lo mismo. No he comido nada desde las ocho de la mañana. Entro casi sin mirar en la primera puerta que encuentro, la Cafetería Bar Iberia Salón Comedor y me asalta una emoción intensa, adolescente.

Suelo de losa verde, apoyadero de mármol plástico imitación jade chino hasta media altura, el resto gris rata, apliques de latón con tulipas translúcidas floreadas, percheros de bola, manteles de papel a cuadros marrones, un aparador lleno de flanes de huevo y periódicos viejos. En la tele retransmiten el partido Real Madrid vs. Steaua de Bucarest. Tomo asiento.

Se acerca un camarero cojo vestido de mandilón con lamparones y chaleco blanco al que falta un botón. Pido dos primeros, ¿es posible?, (no contesta), lentejas y patata con carne, dos clásicos de cuando estudiaba y el mundo iba a ser mucho mejor y lo íbamos a conseguir nosotros. Se va tic toc tic toc.

Un escalofrío de voluptuosidad me recorre el espinazo. Estoy a punto de pedir tinto El Sotillo con La Casera, como mi vecino de mesa, un hombre sin barbilla y nariz pontifical, pero me contengo. En el salón comedor Iberia sólo hay hombres y el más joven tendrá sobre los cincuenta y siete. “¿Y beber?”, dice. Ha vuelto como un aparecido. Me pido una cerveza, pero que no esté muy fría, por favor, hoy he caminado bajo la lluvia y estoy temblando. El cojo me mira con una sabiduría secular, abismal, paleolítica y me trae una cerveza helada. Tiene razón. ¿Cómo se me ocurre pedir estas tonterías?

Cuando el Madrid marca su cuarto gol, todos los comensales dicen: “gol” con una voz neutra, sin expresión, minimalista, como si saludaran a un colega que acaba de entrar, pero todos al mismo tiempo, con una exquisita articulación a capella. Uno de ellos, solista, añade para sí mirando al plato y pinchando una albóndiga: “Muy bonito. Mu-y bo-nito”.

El cojo se acerca a un caballero rebozado en chándal amarillo limón, pelo rapado y gafas culo de vaso y le pregunta con rotunda seriedad: “¿Hace el segundo, guapo?”. El del chándal asiente de mala gana y sorbe la coca-cola de su vaso de tubo. “¿Qué era, el codillo?”. El del chándal levanta la cabeza como si le hubiera picado un áspid y se le queda mirando al camarero de hito en hito y con expresión indignada: “¿Voy yo a comer esa mariconada?”. Y luego, con un gesto de infinita paciencia y venga-ya-que-no-me-molestes-más-en-toda-tu-puta-vida grita: “¡Tráeme el chicharro, no me fastidies!”.

Estos lugares conservan la belleza infinita de una sociedad sana, digna, señorial, inasequible al diseño y en donde los restaurantes son como han de ser y como eran en tiempos de Mesonero Romanos. Ocho euros treinta.

Al salir me cruzo con un punto de enorme caja torácica, coleta, patillas a lo Machaquito, collares de oro y un palillo en la boca. Avanza despacio, no sin cierto contoneo bien estudiado. Al fondo se oye: “¡Cuidao las carteras, que llega el Carota!”. El Carota avanza como un buque oxidado, aún valiente, aún marinero, capaz de cruzarse el Atlántico aunque sea a remo, y sonríe con inmensa satisfacción.

Regreso al hotel totalmente reconciliado con el mundo y con la Creación en general.

[Publicado el 20/10/2006 a las 10:30]

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The city

La exactitud de aquel verso de Josep Carner, “Hoy llueve en todas las estaciones de Francia”, dispara la imagen del meteoro a su extremo dramático, allí donde tienen lugar las despedidas, donde comienza la ausencia, donde siempre llueve.

También en Madrid llueve a cántaros. Cuando llueve, el conductor madrileño se lanza a la ocupación del espacio reservado para el paso de vehículos en dirección perpendicular. Al cabo de pocos minutos, todos los automóviles impiden el paso de todos los automóviles. La ciudad se convierte en un río de hierro.

Fantástica superficie de metales mojados que reflejan las inútiles luces de los semáforos y sobre la que parpadean los azules giratorios de las ambulancias, los verdes policiales, los intermitentes anaranjados del autobús, el rojo vivo de los frenos. Alberto Aguilera es un dragón multicolor.

Comienzan entonces los bocinazos dirigidos contra aquellos que ocupan el espacio de la circulación y a quienes responden los que ocupan el otro espacio de la circulación. No hay espacio para la circulación, pero suena como un fortissimo de Bruckner.

El gran concierto de los bocinazos va dirigido a denostar la pésima educación del otro, su egoísmo infantil, su ceguera, aunque en realidad va dirigido contra uno mismo por haber nacido. Y secundariamente, por estar en Madrid.

Es un coro de lamentos desesperados y agrios, como cráneos que percuten contra un muro. Es el llanto de una población acostumbrada a sufrir asedios, persecuciones, crueles destrucciones, y a la que no le gusta alardear de mártir, aunque sí cantarlo a coro.

Habituados a que los problemas no tengan solución, a la angustia de una ciudad aislada en el altiplano, en cuanto se esponja la circulación, con el corazón ligero y un optimismo incorregible, se lanzan a ocupar cualquier espacio libre como habitantes de frontera. Así olvidan de inmediato que los problemas no tienen solución y ya están ideando algunos nuevos. La frontera ha retrocedido un poco, y el círculo sigue intacto.

Admirable ciudad sin memoria negativa, acostumbrada al castigo de los tiranos, de los dictadores, de los espadones y de los Martes de carnaval, pero considerada por buena parte de sus compatriotas como la causa de toda tiranía, dictadura, satrapía o teocracia que caiga sobre el país.

Ellos, sin embargo, indiferentes al llanto de otras ciudades y regiones opulentas y farisaicas, ciudades y regiones que se aprovechan de la inmensa cantidad de violencia, trabajo, agitación y lucha que tiene lugar en la capital, miran al cielo y se lanzan de nuevo con el coche a otra veloz carrera, empujados por el horror de vivir en el centro de un vacío. Así se precipitan hacia otro atasco que les permita respirar, indignarse, imaginar nuevos problemas y reanudar la sinfonía de bocinazos. Su auténtico himno nacional.

[Publicado el 19/10/2006 a las 10:30]

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Viento del Este

Como todos los profesores de universidad que imparten asignaturas más o menos teóricas, cada año me encuentro con alumnos que preguntan, muy esperanzados, acerca de la Sabiduría Oriental. Las preguntas más frecuentes son:

“Ya, pero eso, ¿no lo habían dicho mucho antes los budistas?”.

Según parece, lo de haberlo dicho “mucho antes” es importante. Ni conciben que pueda haberse dicho algo “mucho antes”, pero muy mal.

O bien:

“A mí me parece que lo que estás contando de Hegel está copiado del Tao”.

Esta frasecita se usa cuando todo es un lío y no me entero de nada señor profesor y se me va la olla, ya lo dice el Tao.

Son dos clásicos, aunque también abunda el de la “unidad sagrada con la naturaleza” de los hindúes. Los “hindúes” suele ser algo muy general, como quien dice “los chinos”.

Siempre me ha llamado la atención que en cambio nadie afirme “eso ya lo dijeron los griegos” o incluso “eso está copiado de Heráclito”. No. Lo oriental es francamente popular, en tanto que lo occidental es para los empollones.

La popularidad del “pensamiento oriental” me parece misteriosa. Supongo que se corresponde con un horóscopo de segundo grado o la quiromancia preuniversitaria. En todo caso, el paso previo a tomarse en serio uno mismo, ejercicio que muy pocos estudiantes logran llevar a cabo en la universidad.

Para combatir la superstición de la Sabiduría Oriental hay dos caminos, poner a los optimistas a estudiar rigurosamente la filosofía oriental hasta que se harten o escriban un libro sobre budismo zen. O bien darles a leer (y a pensar) aquello que Kafka le respondió a Janouch en cierta ocasión.

“Le presté a Kafka una traducción alemana del libro religioso hindú Bhagavadgita.
Kafka dijo:
- Los documentos religiosos hindúes me atraen y me repelen a un tiempo. Al igual que un veneno, en su interior contienen algo tentador y algo repulsivo. Todos estos yoghis y magos no dominan la vida física a través de su amor ferviente a la libertad, sino a través de un odio frío e inconfesado a la vida. La fuente de las prácticas religiosas hindúes es de un pesimismo insondable”
(Gustav Janouch, Conversaciones con Kafka, Destino, p.158)

Así me lo parece. En contra de la creencia juvenil en una mayor integración de los humanos y el cosmos y la naturaleza y la santísima virgen, en la filosofía oriental se respira el terco rechazo de la vida que aún no ha concebido su primera lucha contra la tiranía divina. El sometimiento, la sumisión al Destino, se dan por descontado, son la condición de posibilidad del pensamiento. Para un occidental, esa es una esclavitud inventada por el propio esclavo. La peor de todas.

Lo que Kafka llama “pesimismo oriental” llega hasta la patética Rusia de los zares y burócratas. No hay una sola página de Dostoievsky que no transpire esa dramática (y sublime) esclavitud asumida. Es seguramente la fuente de la increíble fortaleza, el inaudito coraje de aquellos pueblos durante el infierno de la guerra y del estalinismo.

Los adultos pueden estudiar Sabiduría Oriental sin ningún peligro, e incluso copiarla, como hizo Schopenhauer. No así los jóvenes. Es conveniente apartar a los estudiantes de toda contaminación oriental. O que la practiquen los fines de semana, como el éxtasis. Son lo mismo. Pura resignación.

[Publicado el 18/10/2006 a las 10:30]

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Otro clásico

En junio de 1941 el ejército alemán comienza la invasión de la Unión Soviética y sus carros blindados avanzan a velocidad vertiginosa. Stalin no acepta las noticias que van llegando y como un personaje de ópera de Moussorgsky se encierra en los salones del Kremlin, no contesta llamadas y se sumerge en un estado semi catatónico.

Como un zar loco, pasan los días, vuelan los soldados alemanes, pero el sátrapa, con los ojos abiertos como platos, se acurruca en un rincón de las inmensas estancias y balbucea a solas. Los subalternos, con Beria a la cabeza, no se atreven a informarle de que en Kiev han perdido medio millón de hombres.

En octubre los alemanes están a ciento veinte kilómetros de Moscú y en la capital cunde el pánico. El 14 de octubre se dio aviso a las embajadas para que abandonaran la ciudad, ante la inminencia de la invasión. No obstante, esa estación moscovita, entre el otoño y el invierno, es traicionera. A días cálidos y veraniegos pueden suceder otros de lluvias primaverales y luego una súbita congelación invernal. De hecho, eso es lo que sucede.

Los ejércitos alemanes, la 10ª Panzerdivission y la SS Das Reich que estaban preparando el asalto desde Kalinin, se habían detenido en el mismo lugar en donde Napoleón dio la batalla que él creyó decisiva, Borodino. A partir de ese momento, la historia se repite con toda exactitud. El 15 de octubre la ofensiva choca contra el general Georgi Yukov. En el sur, en Rostov, junto al mar de Azov, el mariscal Von Kleist comienza a retroceder. Es que ya ha comenzado su trabajo el General Invierno.

A los días de deshielo siguieron otros de intensa lluvia que provocaba barrizales espesos y profundos en los que los tanques quedaban presos. A continuación se serenaba el cielo y caía como una plaga la congelación. Para cuando comenzó diciembre, los alemanes tenían que encender hogueras bajo los tanques para poder arrancar los motores. En ese momento ya habían perdido la guerra. Era la repetición casi exacta de la derrota de la Grande Armée.

La confianza en el poder aplastante de la técnica, una vez más, había contribuido al desastre estratégico. Lillian Hellman, que trabajaba por entonces de corresponsal en el lado soviético, cuenta que un general la llevó en jeep hasta una de las llanuras donde había tenido lugar la batalla decisiva. El campo estaba cubierto de cadáveres congelados. “¿Qué ve usted?”, le preguntó el general. “Veo alemanes muertos”. “No, no. Fíjese bien”, insistió el ruso. Y como ella no adivinara, el general, con gesto impaciente, estiró de una de las perneras de un cadáver, un trozo de tela rígida como cartón. “¿No lo entiende? ¡Es el uniforme de verano!”. La confianza de Hitler en una victoria relámpago había acabado con su ejército.

De esta campaña no hay mejor narración que la de David Grossman, el insoslayable novelista de Vida y Destino, en los cuadernos de notas recogidos por Antony Beevor (Un escritor en guerra, Editorial Crítica). Él estaba allí, en primera línea. Durante la retirada y ante el silencio del Kremlin, incapaz de aceptar lo que estaba pasando, los periódicos decían cosas singulares. Grossman pone dos ejemplos:

“Cuando comenzaron las llamadas telefónicas desde la frontera a los cuarteles generales informando de que había comenzado la guerra, algunos de ellos recibieron la siguiente respuesta: “No caigan en provocaciones””.

Y cuando ya no podían ocultar más tiempo lo que estaba sucediendo, este espléndido titular: “El enemigo, muy dañado, prosiguió su cobarde avance”.

Parece prensa española actual.

[Publicado el 17/10/2006 a las 10:30]

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La próxima vez...

¿Es posible leer un reportaje del año 1880 como si relatara un suceso contemporáneo? Pues eso es lo que me ha sucedido con las sesenta apasionantes páginas de Los ingleses en Egipto, conjunto de crónicas que Eça de Queirós envió al diario brasileño Gazeta de Notícias en 1882, mientras ejercía de cónsul en Bristol (Cartas de Inglaterra, Editorial Acantilado).

Con una prosa incisiva (no en vano sus novelas son las mejores de la península en el ochocientos, por encima de las de Galdós diría yo), da cuenta de la operación militar británica que supuso el cambio violento del colonialismo europeo hacia el imperialismo agresivo: la destrucción de Alejandría y la conversión de Egipto en un protectorado.

Todo el proceso, fascinante, es un prototipo de las dos guerras de Irak, como si los estrategas de ambos Bush, padre e hijo, hubieran dejado el diseño de la campaña en manos de los servicios de inteligencia británicos, los cuales, unos haraganes redomados como siempre los ha descrito Graham Greene, se limitaron a copiar el programa que había aplicado Gladstone a una situación similar cien años antes.

Hay coincidencias incluso en la acusación de ocultar “armas de destrucción masiva”. Entonces eran “fortines secretos” que amenazaban el libre paso de la armada de Su Majestad. Una patraña tan estúpida como la nuestra, ya que era facilísimo comprobar su falsedad. El funcionariado se renueva, pero sigue siendo incompetente.

Cuando el almirante Beauchamp Seymour comienza a bombardear Alejandría sólo consigue que los ejércitos de Arabi Pachá se retiren al desierto, desde donde no cesarán de hostigar a los cuerpos expedicionarios británicos, y que una población enfurecida arrase la ciudad de Alejandría, la perla comercial inglesa del Mediterráneo.

El comentario de Eça es contundente: “Las bombas del almirante quizás no destruyeran más que algunas casuchas árabes, pero a la falta de previsión del Gobierno (inglés) se debe la ruina de Alejandría”. Véase que el problema moral ni se plantea. El problema de la estupidez es previo.

Allí sonó por vez primera la amenaza de una yihad, un alzamiento en masa del mundo musulmán contra Inglaterra. De antiguo le viene, la animadversión musulmana contra los anglosajones.

Naturalmente, el ataque encubría la dependencia estratégica de los navíos británicos: era imprescindible que dominaran el canal de Suez si querían mantener abierta la ruta de la India. Exactamente como nosotros necesitamos el petróleo si no queremos cerrar todas las rutas. El único modo de evitar guerras en Oriente Medio sería eliminar ese capricho que es el automóvil privado, entre otras cosas. La protesta moral es secundaria.

De modo que un prosista de altura, como Eça, es capaz de mantener con vida un episodio bélico remoto y recordarnos que todo se repite. La famosa frasecita de Marx según la cual la primera vez es un drama y la segunda una comedia, peca de optimista como todo lo suyo. La primera, la segunda, la tercera y seguramente también la undécima, es un drama. Para que se convierta en comedia hay que esperar varios siglos.

Entre los sucesos de 1882 y los de 2002 hay otro elemento común y duradero: la inmensa chapuza de aquellos que sólo confían en el aplastante poder de la técnica. Sin hombres que tomen el territorio y reconstruyan la administración, las invasiones se convierten en una pura carnicería. Sorprendentemente, los seres humanos aún tienen cierta importancia.

[Publicado el 16/10/2006 a las 10:04]

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Biografía

Félix de Azúa nació en Barcelona. Licenciado y doctorado en Filosofía, profesor de Estética y colaborador habitual del diario El País, fue conocido gracias a su inclusión en la antología Nueve novísimos poetas españoles. Ha publicado los libros de poemas Cepo para nutria, El velo en el rostro de Agamenón, Lengua de cal y Farra. Su poesía está reunida, hasta 2007, en Última sangre. Ha publicado las novelas Historia de un idiota contada por él mismo, Diario de un hombre humillado (Premio Herralde), Demasiadas preguntas y Momentos decisivos. Su parcela ensayística es amplia y destacada: Baudelaire, Lecturas compulsivas, Diccionario de las Artes, La invención de Caín, Cortocircuitos: imágenes mudas y Esplendor y nada. Los libros recientes son Ovejas negras, La pasión domesticada y Abierto a todas horas. Escritor experto en todos los géneros, su obra se caracteriza por un notable sentido del humor y una profunda capacidad de análisis.

 

Bibliografía

Ensayo

La pasión domesticada (2007). Abada, Madrid.

Ovejas negras (2007), Bruguera, Barcelona.

Cortocircuitos. Imágenes mudas (2004). Abada, Madrid.

La invención de Caín (1999). Alfaguara, Madrid.

Baudelaire y el artista de la vida moderna (reedición) (1999). Anagrama, Barcelona.

Lecturas compulsivas. Una invitación (1998) Anagrama, Barcelona.

Salidas de tono (1996). Anagrama, Barcelona.

Diccionario de las artes (1995). Planeta, Barcelona.

Baudelaire y el artista de la vida moderna (1992). Pamiela, Pamplona.

Venecia (1990). Planeta, Barcelona.

El aprendizaje de la decepción (1989). Pamiela, Pamplona.

La paradoja del primitivo (1983). Seix Barral, Barcelona.

Conocer a Baudelaire y su obra (1978). Dopesa, Barcelona.

 

Novelas y prosa literaria

Abierto a todas horas (2007). Alfaguara, Madrid.

Esplendor y Nada (2006). Lector, Barcelona.

Momentos decisivos (2000). Anagrama, Barcelona.

Demasiadas preguntas (1994). Anagrama, Barcelona.

Cambio de bandera (1991). Anagrama, Barcelona.

Diario de un hombre humillado (1987). Anagrama, Barcelona.

Historia de un idiota contada por él mismo, o el contenido de la felicidad (1992), Anagrama, Barcelona.

Mansura (1984). Anagrama, Barcelona.

Última lección (1981). Legasa, Madrid.

Las lecciones suspendidas (1978). Alfaguara, Madrid.

Las lecciones de Jena (1972). Barral E., Barcelona.

 

Relatos

"Quien se vio", Tres cuentos didácticos (1975). La Gaya Ciencia, Barcelona.

"La venganza de la verdad" (1978). Hiperion nº1, Madrid.

"Herédame" (6 y 7 agosto 1985). El País, Madrid.

"El trencadizo", con grabados de Canogar (1989) Antojos, Cuenca.

"La pasajera" (18 nov. 1990). El País, Madrid.

"La resignación de la soberbia", Los pecados capitales (1990). Grijalbo, Barcelona.

El largo viaje del mensajero (1991) Antártida, Barcelona.

Cuentos de cabecera ("La pasajera" y "La segunda cicatriz") (1996). Planeta NH.

"El padre de sus hijos" (1998). Barcelona, un día, Alfaguara, Madrid.

"La verdad está arriba" (1998). Turia, Teruel.

 

Poesía

Última Sangre. Poesía 1968-2007 (2007). Bruguera, Barcelona.

Poesía 1968 1988 (1989). Hiperion, Madrid.

Farra (1983). Hiperion, Madrid.

Siete poemas de La Farra, con un grabado de A. Saura (1981). Cuenca.

Poesía 1968 78 (1979). Hiperion, Madrid.

Pasar y siete canciones (1977). La Gaya Ciencia, Barcelona.

Lengua de cal (1972). Visor, Madrid.

Edgar en Stéphanie (1971). Lumen, Barcelona.

El velo en el rostro de Agamenon (1970) El Bardo, Barcelona.

Cepo para nutria (1968). Madrid

Premios

1987 Premio Anagrama de Novela.

2000 Premio a la cultura "Sebetia-Ter" del Centri di Studi di Arte e Cultura di Napoli".

2001 Premio a la tolerancia de la "Asociación por la Tolerancia", Barcelona.

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