El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

Editado por La Oficina del Autor

miércoles, 3 de diciembre de 2008

Blog de Félix de Azúa

La paloma de Kant

A la salida de una reunión de trabajo, me toma del brazo y nos vamos a la cafetería. Es un brillante arquitecto y quiere contarme su próximo proyecto. Nos instalamos.

Se presenta a un concurso restringido de cinco arquitectos. Como en los chistes antiguos, un japonés, un americano, un español, en fin, lo habitual, pero el proyecto tiene lugar en un lugar imposible: una ciudad nacida y crecida en medio del desierto de un emirato árabe. El no lugar por excelencia, me río yo de Morin.

Se trata de construir un considerable edificio de viviendas en la capital. Si no recuerdo mal, el solar mide unos 50.000 metros cuadrados. Sin embargo, aunque la ciudad tiene calles, no se usan. El calor es tan intenso que incluso para cruzarlas los habitantes de la ciudad usan el coche. No hay vida exterior, el edificio debe contener en su interior la totalidad de la vida.

Me viene a la memoria aquella novela de Galdós, La de Bringas, creo, que toda ella sucede en el interior del Palacio Real de Madrid. Una novela fascinante. Al parecer, todavía en el ochocientos vivían allí dentro cientos de familias y nunca se aventuraban al exterior. Por los pasillos se instalaban los vendedores y comerciantes, en los patios había mercadillos, las señoras paseaban a los niños por los jardines interiores, en algunos saloncillos visitaban los médicos, los ópticos y los callistas, era época de mucho callo. Una ciudad entera vivía dentro de un edificio sin el menor contacto con el bullicio madrileño. Se lo comento por si le sirve de inspiración.

Sí, es algo similar, pero, añade, hay una variante nueva, algo que en tiempos de Galdós habría parecido un milagro y que es más bien de Julio Verne. Para el proyecto mi amigo ha de suponer que la energía es infinita y gratuita. En este país no hay problema con el gas, la electricidad, el petróleo. Calefacciones y aires acondicionados pueden funcionar todo el día sin que represente ninguna contrariedad. Tampoco el agua. Las desalinizadoras producen más agua de la que necesitan los ciudadanos. De hecho, en los baños no hay tapones. Puedes dejar el grifo abierto todo el día y le estás haciendo un favor a la administración que no sabe dónde acumular el agua desalinizada.

Tampoco es un problema el presupuesto. Si el proyecto es convincente, la financiación puede multiplicarse exponencialmente. No hay vida amorosa porque las mujeres viven recluidas y cubiertas de velos, lo cual limita las posibilidades de un intercambio social agradable y rico. En resumidas cuentas, no hay problema alguno que resolver. Ese es el problema. Puede tomarse como modelo una estación espacial, o uno de esos gigantescos cruceros de diez pisos, o los zigurats hoteleros, o las ciudades subterráneas de Capadocia, da lo mismo. El edificio puede tener la forma de un huevo, de un cubo, de una viruta a lo Gehry, de un globo hinchable, de un nautilus, de un laberinto, no importa. El proyecto tiene un grave problema: no presenta ningún problema.

Kant decía que la paloma vuela gracias a que el aire le ofrece resistencia. En un mundo sin ese molesto viento que nos mete arenilla en los ojos, no podrían existir los aviones. Si nada se te opone, no eres nada. Nos construimos gracias a que algo se resiste a nuestra construcción. Y nuestra forma física e intelectual, la de cada uno de nosotros, es el resultado de ese enfrentamiento y de los millones de detalles, variantes y matices con los que tropezamos a lo largo de nuestra existencia. Por eso Hegel tituló el célebre capítulo de su Fenomenología que trata sobre la revolución francesa: “La libertad o el terror”.

Envidio a los arquitectos. Inventaron la cueva troglodítica, la choza y el iglú, la casa y la isba, el templo y la iglesia y la ermita, el palacio y la abadía y la fortaleza, la mansión residencial y el cortijo, la villa veraniega y la dacha, el rascacielos y la torre, el chalet suburbial y las pareadas, yo qué sé… Y todavía pueden inventar modos de habitar en el mundo. Menuda suerte.

[Publicado el 17/11/2006 a las 10:30]

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Refracción luminosa en una mañana de otoño

Iba yo calle Balmes abajo, el sol de las ocho en la frente y el imperativo categórico en mi corazón, cuando vi que subía en dirección opuesta de modo que el encuentro iba a ser inevitable la inconfundible silueta, el cabello negro ala de cuervo, los temibles ojos azul celeste de Teresita Camprubí. ¡Dios mío, no había cambiado nada!

También ella me miraba, pero hacía tantos años que no nos tratábamos que sin duda no podía reconocerme. Recordé que me habían contado algo sobre su matrimonio con un hombre guapo y poderoso, creo que al poco tiempo se trasladaron a vivir a Chicago pero regresaron debido a la súbita enfermedad del marido, la muerte llegó despacio y con recaídas, a los periodos de desesperación le seguían otros de euforia hasta el mazazo del desenlace, la figura de aquel varón atlético convertida en un amasijo de apenas treinta kilos, las palabras finales.

Si no me habían informado mal, pasado un año se había casado de nuevo, para estupor de todo el mundo y alegría de los padres del difunto que aún temían más perderla a ella que a su hijo, con el hermano del fallecido, el cual la había consolado a lo largo de la enfermedad y salvado de un suicidio. Y seguramente por amor al difunto, por ese amor que no podía agotarse de un modo tan impío, se habían casado y compartían amablemente al ausente, sin dramatismos. Un modo de mantenerlo en vida ambos, pues ambos le amaban y le seguían amando.

Inolvidable figura del muerto que debía de estar presente a todas horas, pero sobre todo en las celebraciones familiares, como un invitado más. En fin, la vida de Teresita había dado buen empleo a su belleza y a su inteligencia. Quizás la mujer más brillante de su generación, aquellas audaces muchachas del Sagrado Corazón. Y ahora estábamos a punto de cruzarnos y, como ya sospechaba, no me reconocía, de modo que me detuve ante ella.

“Hola Teresita, soy yo, Azúa, ¿no te acuerdas de mí? Tú no has cambiado nada, sigues igual”.

Algo inquietante, una nube de recelo, un gesto de pánico controlado, le entenebró los ojos enormes y Teresita comenzó a retroceder. Supuse que mi aspecto la estaba obligando a reconocer la implacable usura del tiempo, y que al verme también caían sobre ella todos esos años corrosivos que, sin embargo, no la habían afectado.

“Pero Teresa, si estás igual, si no has cambiado en absoluto…”.

A la desconfianza y al pánico ahora le sucedió una cierta insolencia, ese descaro que tan bien conocía yo y que a veces podían hacerla pasar por arrogante, cuando no era sino la reacción de un animal noble ante el peligro. Entonces habló, irritada, molesta.

“¿Pero cómo sabe usted que me llamo Teresa?”

“¿Cómo no voy a saberlo? ¿No te acuerdas ya de Caldetas, de Lloret, de los guateques en casa de Chufo? Tu familia era muy amiga de la mía, ¡pero si andábamos siempre juntos!”

“¿Guateques? ¿Qué familia?”

“¡Los Camprubí, naturalmente!”

En ese momento a los dos nos iluminó el mismo chispazo. A ella para aliviarla. A mí para derribarme. Ni siquiera su sonrisa logró sostenerme.

“Yo me llamo Teresa Cuevas. Usted debe de referirse a mi madre, Teresa Camprubí”.

Había una cierta compasión en su voz, creo que incluso trataba de ayudarme, así que farfullé lo típico, perdona, os parecéis tanto, es como un milagro, y me fui calle abajo hasta llegar a la Diagonal sin proponérmelo y sin saber a dónde iba. Me quedé allí, sentado en un banco bastantes horas, habría querido quedarme para siempre. Asistir a una resurrección y a una segunda muerte en un minuto.

[Publicado el 16/11/2006 a las 10:30]

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Un artista de la brocha

Con los pisos que uno habita sucede como con el cerebro en el que uno vive, que se gastan y todo el mundo se da cuenta, pero el último en percatarse es el inquilino. Pude comprobarlo el otro día, al ordenar un montón de papeles entre los que venían unos apuntes de seminario.

El 20 de marzo de 1996 había anotado yo, de la boca de Javier Echeverría, que “el nuevo método, la apagoge, reduce problemas complejos a problemas simples, por ejemplo el problema de la duplicación del cubo resuelto mediante las medias proporcionales (figuras mecánicas)”. Juro ante Dios que no tengo ni la menor idea de lo que este párrafo significa, aunque estoy persuadido de que es de primero de bachillerato.

Exagero un poco. Si me pongo, lo descifro, pero lo que me llama la atención es cómo se me ha oscurecido el cerebro en unos diez años. Sin duda, es ello evidente para cualquiera con quien tenga yo trato, pero no lo es para mí. Me miro el cerebro (le envío mensajes positivos) y me parece a mí el mismo de siempre. No lo es, desdichadamente. Desconchados, nidos de roña, telarañas, raspaduras, golpes, en fin, la señales del uso han de darse tanto en el automóvil como en el seso.

Y así pasaba también con la casa donde vivo, que yo la veía como siempre, pero las visitas ponían caras cada vez más horrorizadas. Hasta que un día, al término de unas breves obras, la situación se hizo imposible porque me pareció advertir unas risas mal disimuladas entre gente de alto standing, y eso sí que no. Decidí pintar.

Como si Hermes me hubiera escuchado, pegadas a la anunciadora de la esquina (un mamotreto en el que mi ayuntamiento exhibe carteles diseñados por un lobotomizado con enchufe) venían las sólitas tiritas con un teléfono y el mensaje: “Pintor con antecedentes, para trabajos suntuosos”. Arranqué uno de los apéndices y llamé sin dilación. Quedamos para el presupuesto.

El pintor, hombre de unos treinta y pico de años, debía de creer que a la hora de encargar trabajos artísticos el aspecto es relevante, así que vino vestido de pintor, a saber, con un mono blanco inmaculado, gorra blanca de visera, blancas zapatillas de tenis y una bellísima placa cosida en el pecho con la leyenda: “Per aspera ad astram”.

Aunque, dado su aspecto postinero, ya había decidido contratarle, comenzó la inspección pre-presupuestaria con paso majestuoso. En todas y cada una de las habitaciones su comentario tomaba ricas entonaciones líricas.

-En este hermoso espacio habría que poner dos colores, digo yo. Crema de castaña y humo, por ejemplo, como un antiguo De Soto, ¿me entiende el caballero?

Aunque una y otra vez le decía yo que no, que ni soñarlo, que blanco y se acabó, y eso se repitió sin descanso, él no cejaba.

-¡Ah, un monumento a la moderna higiene! (esto era en el baño, que mide cinco metros cuadrados) Aquí va a permitirme que le demos dos manos, una de azul ultramarino para la estancia misma, y en el techo, azul Inmaculada.

Como yo había agotado ya toda capacidad de negación y creyéndome el artista más empecinado de lo que en realidad soy, se dirigió a Eva teniéndola, pobre ingenuo, por más dúctil y asequible al halago.

-¡Luz, luminosidad, sinónimo de sabiduría, como bien ilustra el epitafio de Goethe, “luz, más luz”, según dijo cuando corrían una cortina! Vamos a usar aquí (era el aseo) un amarillo budista zen cortado de azafrán...

-Blanco.

-¿Blanco, señora?

-Blanco.

Salió de la casa muy disgustado y maltrecho. Al día siguiente me dejó el presupuesto en el buzón y era de varios millones de pesetas. Cuando le llamé para decirle que como mucho doscientas mil me contestó, casi sin pausa, “de acuerdo, había que intentarlo”, y quedamos al otro día para hacer un plan de trabajo y coger las llaves.

Cuando llegó, traía dos ejemplares del “Hola!”.

-Observe, admirado cliente: la gente de mayor alcurnia usa el color, hoy día se usa el color, es algo moderno y democrático, las estrellas de la televisión y del fútbol así como cirujanos mundialmente conocidos, pilotos de Iberia y otros intelectuales solidarios, ponen siempre dos colores en sus salones.

-Blanco, Luís, blanco.

Su rostro indicaba el profundo dolor que le causaba no poder llevar a cabo un trabajo rigurosamente artístico, algo que pudiera competir con las bellezas habitacionales de Joselín de Ubrique. Pensé en el dolor intenso de los arquitectos en su lucha con los clientes, la angustia de los innovadores contra la burguesía, Soutine destruido por la incomprensión y el alcohol, y como siempre, cedí.

-Bueno, pongamos dos colores en el aseo.

No me besó la mano porque la retiré como un resorte. Con un entusiasmo infantil se despidió alzando un brazo, como si saludara a la multitud.

-¡Sabía yo que usted era un hombre adelantado a su tiempo! ¡Tanto libro ha de haber servido para algo!

[Publicado el 15/11/2006 a las 09:56]

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Personalidad sobresaliente

No sé yo cuáles son las condiciones para que se den tipos originales, capaces, además, de llevar a cabo empresas prodigiosas. Lo que desde luego sé es que no se producen en España. Sin duda, el lugar donde mejor crecen es la Gran Bretaña. Quizás la lluvia sea un elemento imprescindible para ese raro cultivo. Nuestra particular aspereza los mata de raíz.

El último personaje español de esa categoría tan británica, que yo recuerde, fue Paco Benet, el hermano de Juan. No sólo tenía una cabeza excepcional, sino que organizó la fuga de los esclavos del Valle de los Caídos contando con dos elementos memorables, un automóvil americano de gran cilindrada y una rubia despampanante, la jovencísima Barbara Probst. Su final, muerto en accidente tras dormirse al volante del jeep mientras cruzaba el desierto iraní (se había casado con una princesa de la familia del Sha), guarda una inquietante similitud con el coronel Lawrence, muerto a lomos de su motocicleta Brough Superior.

Me vino Paco Benet a la memoria tras la lectura de un artículo de Anthony Lane, un homenaje a Patrick Leigh Fermor que publicó el New Yorker de finales de mayo. Fermor es el arquetipo del caballero inglés capaz de las más audaces aventuras, como cruzar a pie la Europa de los años treinta desde Londres hasta Estambul, pero también otras empresas para las que se necesita un arrojo de superior calibre, como secuestrar en 1944 al general Heinrich Kreipe, jefe de operaciones de la Wehrmacht en Creta.

Narra Lane en su artículo una conocida escena del secuestro. Fermor y los partisanos griegos conducían al general por los escarpados montes de la isla hacia un escondrijo, cuando el general dejó escapar un suspiro a la vista de las cumbres nevadas y musitó para sí: “Vides ut alte stet nive candidum/ soracte...”. En ese momento le interrumpió Fermor, y continuó: “...nec jam sustineant onus/ silvae laborantes, geluque etc etc”. Ambos se miraron a los ojos y a partir de ese momento el secuestro continuó del modo más educado posible, “usted primero, mi general”, “no lo quiera Dios, usted primero, estimado agente de los servicios británicos”.

Nuestra tierra, reseca, roqueña, rasposa, no da este tipo de caballeros castrenses, pero algunos da en el género eclesiástico. En una ocasión viví una escena similar, cuando Gil de Biedma, espoleado por un comentario sobre la supresión del griego en el bachillerato, comenzó a recitar las primeras estrofas de Iliada y sin mediar aviso le siguió Pere Gimferrer impertérrito. No dejaron de declamar a coro durante todo el trayecto del taxi, que fue considerable. Ambos rapsodas tenían los ojos cerrados y dirigidos hacia el techo del vehículo. Fue muy hermoso.

Del viaje a pie de Fermor se han traducido los dos volúmenes ingleses: El tiempo de los regalos y Entre los bosques y el agua (en la editorial Península), ambos insuperables. Falta el tercero. Nadie sabe si llegará a escribirlo. Fermor tiene en la actualidad noventa y un años. Las restantes aventuras de Fermor aparecerán en su biografía, anunciada para finales de este año.

[Publicado el 14/11/2006 a las 10:30]

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Disparen sobre el escenarista

Hay que estar en Babia para creer que las artes pueden escapar a la política: nada hay fuera de la política. La vida contemporánea es toda ella un acto político, no porque así lo deseemos los ciudadanos sino porque la política es el mayor espectáculo contemporáneo y vivimos inmersos en ese espectáculo lo queramos o no. Nosotros somos las comparsas y el público. Todo al mismo tiempo. Y encima, pagamos el espectáculo.

Los actores del espectáculo, las figuras, las estrellas, actúan gratis y por lo tanto ocupan una franja horaria enorme. El día en que los diputados, ministros y presidentes cobren por salir en TV o por hacer declaraciones, verán ustedes cómo se termina esta asfixia. Volveremos a vivir pendientes del declinar de las estaciones, del fútbol y la Fórmula 1, de las divas y divos, de lecturas y vinos nuevos, paisajes y paseos, cavilaciones y desconsuelos, pero dejaremos de tener todos los días a sus señorías en la sopa, en la ducha, en la cama y en los sueños parloteando como curillas.

Mientras tanto, la música es otra víctima de la política, como todo lo demás. La cada vez mayor importancia que dan los administradores (nombrados por los políticos) a los escenaristas ha conducido a que las óperas se conviertan en festivales paleovanguardistas muy apreciados por los poderes mediáticos. Sólo así se explica que la directora de la Ópera de Berlín recibiera la bronca que recibió por negarse a estrenar el Idomeneo de Mozart después de recibir amenazas de grupos fascistas islámicos. A nadie se le ocurrió que quizás la culpa era más bien del escenarista, cuya caprichosa decapitación de Jesús, Poseidón, Buda y Mahoma (¡en una ópera del siglo XVIII, qué trivialidad, señor mío!) fue lo que desencadenó las amenazas.

Yo no sabía, y es lo que me hace regresar a este asunto, que el ministerio del interior alemán y la policía de Berlín se habían negado a garantizar la seguridad del público. Me entero gracias a un inteligente artículo de Natalie Krafft, directora de Le Monde de la Musique, quien se pregunta: ¿Qué tenía que haber hecho Kirsten Harms? ¿Estrenar de todos modos, a pesar de las advertencias de la policía, es decir, cargar ella con toda la responsabilidad si se producía un atentado? ¿La directora de un teatro de ópera puede decidir algo semejante?

El arco de descarga es un artilugio eterno: en cuanto aparece un problema todos señalan al que viene detrás, del coronel al recluta. La novedad es que ahora los intocables son los escenaristas, los cuales de reclutas han pasado a coroneles. En el caso del Idomeneo alemán todos han señalado a la directora del teatro como culpable de la suspensión, absolutamente nadie al escenarista. Podría haber echado una mano, ¿verdad?, pero la así llamada libertad creadora le impedía cambiar las cabezas divinas por sombreros, animales totémicos, acciones de Endesa, o cabezas de sátrapa muerto. Total, se trataba de representar el monoteísmo, o algo por el estilo.

La imaginación, la fantasía del escenarista son necesarias, convenientes y a veces indispensables para dar visibilidad a una partitura. Harry Kupfer construyó la imposible espacialidad de Die Soldaten, de Zimmermann, de manera que esa unidad visual diera coherencia a una música desintegrada. La partitura no perdió ni un gramo de vitriolo, pero Kupfer logró que además se viera sin que se te quemaran los ojos.

Algo similar a ese desvío de la responsabilidad se está produciendo también en los colegios e institutos, en donde son los profesores los que deben garantizar el orden público mientras les pegan los alumnos, los padres de los alumnos, la policía, los jueces y un esquimal que pasaba por allí y se puso en la cola. Los pobres maestros han pasado de coroneles a reclutas.

[Publicado el 13/11/2006 a las 09:54]

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No pegar golpe

Ayer fue fiesta en Madrid, de modo que no hubo blog, se me olvidó avisarlo. Estamos tan acostumbrados a las vacaciones y a las fiestas que ni siquiera nos damos cuenta de que semejante jolgorio es un invento de hace cuatro días. Todavía a principios del siglo XX el concepto mismo de “vacaciones” o “fiestas” tenía una carga emocional intensa, era una reivindicación revolucionaria y olía a pólvora. En la actualidad parece un asunto meramente burocrático. Bueno, lo es.

Las fiestas antiguas ordenaban el año de manera que no hubiera despistes. Cuando llegaba la Candelaria había que plantar las habas, la festividad de San Martín era día de matanza y por el Corpus se cosechaban las uvas. Como es evidente, estos ejemplos son un invento, pero la música no.

Hemos olvidado por completo el antiguo calendario porque ya no existen las estaciones y, por así decirlo, las habas se plantan cuando nos da la gana, se mata el cerdo en todo momento y lugar, y las uvas se cosechan en Vitigudino, Cartagena de Indias o Nueva Zelanda según las fechas, de modo que tenemos uvas todo el año. Suprimidas la estaciones, ¿para qué necesitamos un calendario?

La desaparición del calendario estacional ha traído el nuevo calendario de días feriados y recuperables. Es decir, el calendario burocrático. Coincide a veces con el viejo calendario, como en la próxima emigración masiva de la Inmaculada Concepción, tiene narices la fiesta. No obstante, a poco que moleste el santo se traslada de día y se queda sin celebrantes. Me parece estupendo. Que taña el arpa.

Sólo siento que se hayan perdido las viejas formas de la pereza, de la vagancia, de la molicie, de la pigricia, cuando los humanos estábamos más cerca de los animales, es decir, éramos menos animales que en la actualidad. Cuando usábamos las fiestas para no hacer absolutamente nada, en lugar de matarnos a sacrificios deportivos, pintorescos, gastronómicos, automovilísticos y turísticos como en la actualidad.

Me parece emocionante y aún lloro cada vez que veo el cuadro de Millet en el que aparece una pareja de campesinos durmiendo a pierna suelta (buena expresión) a la sombra de un almiar. El cuadro lo copió otro hombre que sabía valorar el ocio porque nunca lo tuvo, Van Gogh, el suicidado por desconfiado. Sus campesinos haciendo la siesta son una de las pinturas más religiosas que conozco, un reposo total inundado de sol y placidez y pinceladas cortadas como tallos de trigo.

Los cuerpos estirados, el sombrero de paja sobre la cara, los brazos bajo la nuca, las piernas enlazadas a la altura de los tobillos… ¡qué espléndida es la posición del holgazán! Es una de esas posturas, como la del niño que se arranca una espina del pie o la muchacha que lava su cabello en el río, que mantienen intacta nuestra dignidad animal.

Si yo fuera artista trabajaría sobre los animales en reposo. Las vacas con las patas dobladas bajo los pechos, los caballos tendidos cuan largos son en la hierba, los patos con la cabeza hundida en el plumón del ala, los gatos desparramados junto al fuego, cuánta confianza, qué serena y magnífica aceptación de la oscuridad.

Buen fin de semana.

[Publicado el 10/11/2006 a las 10:09]

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Divagación otoñal

No creo que puedan citarse párrafos más nobles que aquellos apuntes de Kant, editados con el título de Lógica, en los que describe el cosmos de nuestra conciencia como Newton había descrito el cosmos celeste, es decir, como un entramado de relaciones que con la sutileza de una casi invisible tela de araña representaba un universo geométrico, regulado y armónico, similar al Arte de la Fuga.

La telaraña de Kant, sin embargo, a diferencia de la de Newton, no era la invención de ninguna araña divina, sino de los humanos atrapados por regularidades y repeticiones, leyes, normas, que ningún dios había imaginado en su inacabable ocio. Desde Kant, quedamos presos en una telaraña deshabitada, sin dueño, cuya enigmática presencia como lugar ocupado en exclusiva por los humanos nos obliga a suponer la más temible de las hipótesis, a saber, que la telaraña nos la hemos tendido nosotros mismos.

No obstante, en tiempos de Kant era hermosa y su belleza aún inclinaba más sobre el abismo. Los herederos de Kant ya lo entendieron así: los románticos se complacían en decir que éramos la mosca y la araña simultánea e incomprensiblemente. La telaraña, por lo tanto, nos seduciría como obra nuestra, adecuada a las emociones y sentimientos mortales, pero también porque es nuestra cárcel y de ella jamás podremos escapar. El romanticismo no tiene nada de romántico. Es más bien siniestro.

Que los románticos admiraran la urdimbre de un universo solipsista nos hace sospechar que se admiraban a sí mismos y a esa diabólica voluntad de sentirse presos de sus propias creaciones. O como diría el último romántico, Walter Benjamin, hijos nosotros de nuestra producción y creados por nuestras creaciones. Taimada excusa para acusar de todos nuestros males y alegrías a la inexistencia de la araña.

Durante siglos la telaraña fue descrita desde fuera, como si ocupáramos el imaginario lugar de una araña. Los actuales, sin embargo, la vemos ya desde dentro y al perder la perspectiva plana nos encontramos en un laberinto tridimensional que recorremos haciendo estaciones horrorizadas, allí donde encontramos cadáveres sin sangre envueltos en su sudario, como el gusano de seda en su capullo.

Las estaciones de ese vía crucis histórico (porque la historia es la tercera dimensión del cosmos) nos detiene ante mármoles rotos, desiertos en cuyo vientre de arena se esconden dinastías milenarias, templos vacíos que son ahora refugio de murciélagos, y también naciones, estados, monarquías y teocracias en cuyas ruinas tratamos de desentrañar una orientación, un sentido, un destino, como los antiguos arúspices trataban de encontrar señales en las vísceras sanguinolentas del sacrificio.

[Publicado el 08/11/2006 a las 10:30]

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Après moi le déluge

Muchas son las señales que vamos recibiendo sobre una próxima e inevitable catástrofe universal. El clima está cambiando; naturalmente, a peor. Podría haber sido un cambio que estableciera la primavera perpetua, pero no, lo que trae son glaciaciones. También cambia la temperatura media anual del globo de modo que el desierto, como anunciaba Nietzsche, no hará sino crecer. De nuevo uno se pregunta por qué ese cambio no trae la novedad magnífica de riquísimas tierras en los polos, vírgenes dispuestas a la colonización donde edificar nuevas y cristalinas ciudades. No; solo destrucción y horror.

Nosotros mismos, es innegable, somos testigos del cambio climático. Cuando yo caminaba hacia mi colegio por el Paseo Bonanova, los alcorques estaban llenos de agua helada en torno al tronco de los plátanos. Es imposible no recordar los juegos entre chiquillos con pedazos de hielo de cinco o seis centímetros de grosor. Nunca más los he vuelto a ver. Tampoco las nieves que caían cada año, no ya en Barcelona sino incluso en Londres.

Cuando un antiguo vicepresidente de los EE. UU. (nada tonto, por cierto) se lanza a la campaña de la catástrofe universal es que el asunto va a durar y tiene futuro. Quiero decir que la ausencia de futuro del planeta es una mercancía que tiene mucho futuro en el planeta.

Las asombrosas imágenes de glaciares muertos, de cordilleras de hielo polar derrumbándose entre solfataras de espuma marina, de ríos secos, de antiguas campiñas convertidas en secarrales, aparecen cada día en nuestros medios de comunicación. Bellamente fotografiados, tratados con delicadeza, estos mares desecados donde queda una embarcación hincada en el barro cuarteado, estos lagos malditos en los que ahora habitan peces monstruosos que han devorado la variada y simpática riqueza piscícola, se convierten en ejemplos vivos de lo sublime kantiano: la consideración de nuestra pequeñez y mortalidad.

Quizás por eso no me lo creo.

Leo en El silencio del cuerpo, el sobrecogedor diario de Guido Ceronetti magníficamente traducido por José Angel González Sáinz (¡qué admirable muestra de respeto la de la editorial Acantilado que imprime el nombre del traductor en la portada!), el siguiente pensamiento:

“Pensar en fundar Estados, cuando dentro de unos cincuenta años ya no habrá más que termitas y ratas, y sombras deformes que se deslizarán por grandes cráteres desiertos, sería un proyecto completamente absurdo, si no estuviera predestinado: todos esos nuevos Estados recién fundados tendrían su parte en la fundación, nacidos y vividos ciegos, de esa desolación”.

Este proyecto de hundimiento universal, de arrasamiento del planeta, de aquel becketiano final de partida, ¿no es el colmo del optimismo? ¿Y no está dictado por una vitalidad incombustible? Solo alguien que ama desesperadamente la vida, alguien que goza en todo momento de cada instante de luz, puede desear vehementemente que el mundo se acabe y le dé tiempo de ver el momento de su extinción.

En efecto, no hay nada más doloroso que la consideración de que, una vez muertos, todo va a seguir tan estupendo como hasta ahora. Que nos expulsen de la fiesta es tan desagradable que uno no puede por menos que desear el fin del mundo. Climático o como sea.

[Publicado el 07/11/2006 a las 10:30]

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Genius loci

Cuando los talibanes derribaron los budas gigantes de Afganistán destruyeron dos cosas: un conjunto monumental de cierta importancia religiosa (yo no creo que tuviera valor artístico) y un lugar excepcional para la historia de la esperanza humana (y eso sí era algo propiamente artístico).

En ocasiones, la obra de arte obtiene su valor, no tanto por la perfección del objeto construido cuanto por el lugar donde aparece ese objeto: un lugar que se transforma y deja de ser espacio insignificante para convertirse en fuente de significado. La obra de arte da contenido intelectual al vacío.

A veces, la obra de arte en tanto que objeto puede ser muy poca cosa, como el cirio que arde en la oscuridad de la ermita representando a cada una de las diminutas almas que duermen el sueño eterno. La oscuridad de nuestro destino se construye alrededor de la breve llamita del cirio.

Lo mismo podríamos decir de las ruinas de Palmira, otra construcción que no deslumbra por su excelencia arquitectónica o escultórica, sino por la metamorfosis de los peñascos y arenales en los que aparece, exactamente igual que San Juan de la Peña convierte un descalabrado precipicio en poema. O la portentosa escalinata que baja hasta hundirse en el Ganges. O esos ramos de flores que aparecen en algunas curvas donde un motorista dejó la vida.

La Plaza de Toros de Ronda es uno de esos lugares transfigurados. Situada justo antes de llegar al Puente Nuevo que salta ese precipicio llamado el tajo, se construyó a lo largo del siglo XVIII en arenales sin valor para el cultivo. La ciudad antigua ocupa el portentoso promontorio que da sobre el vacío a cuyos pies se extiende el valle cerrado por la serranía, una de las panorámicas más soberbias de Europa. El puente sobre el tajo atrae la mirada hacia esa caída de cien metros que es uno de los antecedentes de las Elegías de Rilke. Aquí, tras numerosos paseos sobre el abismo, se formó el angel terrible que nos aplastaría si acudiese a nuestra llamada.

La plaza de Ronda es un objeto precioso armado con sillares de piedra acarreados de unas canteras prodigiosamente llamadas del Arroyo del Toro. Los dos niveles de columnas toscanas tienen una escala que le hacen sentir a uno en soledad, como durmiendo. Es un anillo acogedor y amable quizás no muy distinto del de una tumba elegida. Esos terrenos que nadie quería son ahora el corazón de Ronda, el lugar que le da sentido.

La Real Maestranza, representada en la actualidad por Rafael Atienza, ha cuidado del lugar durante tres siglos como si fuera, en efecto, un edificio sagrado. Es la plaza más antigua de España, pero es también la más viviente aunque apenas se use para el juego de los toros. No hay otra plaza en España que tenga esa potencia lírica que permite visitarla con recogimiento, como si uno entrara en la Sainte Chapelle.

En sus espacios adyacentes hay ahora, entre muchos documentos de un tiempo alejadísimo, una colección soberbia, la Real Guarnicionería de la Casa de Orleans. También los caballos se transformaban entonces en piezas de inigualable dignidad, cubiertos por los arneses de ceremonia minuciosamente labrados y preparados por los latoneros, los grabadores, los zurradores y curtidores. Gracias al trabajo de estos artistas, de la gente de oficio, los brutos se transformaban en estatuas animadas. La verdadera escultura ecuestre.

Los lugares se transfiguraban, los animales se transfiguraban, el trabajo de los humanos llenaba de signos el espacio abstracto y los cuerpos sin espíritu. Creo recordar que a esa actividad la llamaba Novalis “moralización de la naturaleza”.

Nosotros, más sabios, ¿verdad?, más justos, más progresistas, hemos restaurado en su estado natural a los animales, es decir, los hemos preparado para la extinción y el zoológico, al tiempo que cubrimos con cubos de hormigón los arenales. Nuestra función consiste, con toda exactitud, en la desmoralización de la naturaleza. Aunque los talibanes nos parezcan gente muy arcaica y maleducada.

[Publicado el 06/11/2006 a las 10:00]

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Excelente resaca

Ayer jueves dos de noviembre, el cielo sobre Grazalema era borrascoso y cambiante, más propio de marzo que de este otoño que cuando comience ya lo habrá atrapado el invierno. Al capricho de un viento aún primaveral, los bultos opalescentes del nubarrón se entreabrían para que los haces de sol iluminaran un puñado de encinas o resbalaran sobre peñascos cubiertos de liquen verdinegro.

Antes, en el camino que viene de Ronda, las figuras fantasmales de unos toros zainos, a cuyos pies ramoneaban ocho o diez cerdos belloteros, se insinuaban entre troncos de un alcornoquero que cubre cientos de hectáreas. Algunos, recién pelados, rojo sangre, daban la impresión de desnudez exagerada del sátiro Marsias colgando cabeza abajo para el despelleje vengativo de una deidad melómana.

En Grazalema caían gotas, pero no desanimaban a los lugareños reunidos en la plaza para la consideración y befa común de los turistas. Ese inglés seco como un alambre, con pantalón corto y gorro de orejeras. La gordísima americana que ha de lanzar los senos por delante para luego adelantar la pierna en un delicado equilibrio de masas. O esos dos bárbaros, ignorantes, incultos capitalinos, que van haciendo preguntas y tomando notas como guardias de tráfico.

“Usted perdone, caballero, ese queso de oveja, ¿es emborrado?”
“¡No va a serlo!”
“¿Y con qué lo emborran?”
Mirada susceptibilísima del natural de la región.
“¿Con qué va a ser? ¡Con cascarilla!”

Naturalmente. ¿Con qué, si no? Un regional no puede concebir que el mundo entero ignore que allí el queso lo emborran con cascarilla. Me siento muy estúpido.

En la cafetería Rumores hay un estruendo ensordecedor. Los colegiales la han elegido para el almuerzo de media mañana y allí arman gresca, ellos con una tortilla de pelo sobre el cráneo rapado, ellas mostrando los temblorosos solomillos. En la barra de azulejo trianero, un par de adultos comentan con esa voz atiplada tan característica de la parte de Ubrique la condición inhabitual del clima. “Ya están todos los membrillos por el suelo”.  Una desolación.

Me pido un mollete caliente. “¿Con qué se lo pongo?”. “¿Qué tienen?”. El tabernero recita pacientemente algo por demás obvio y archisabido. “Pues tenemos zurrapa de lomo, de hígado, de sobrasada, o a la pimienta”.

Es agradable sentirse en casa, pero saberse forastero. Participar de una riqueza que es de todos y para todos. ¿Será esto lo que llaman “españolismo”? ¿No permitir que nadie te excluya de la fiesta? ¿Resistir el puritanismo de los endogámicos? ¿Su estreñimiento intelectual? Es odioso vivir entregado a lo doméstico. Hedor de zapatilla sudada, batín con remiendos en las coderas, tufo de sacristía y humo frío. Vírgenes en hornacinas donde se guarda la trenza de la niña muerta de escarlatina. ¡Artur Mas genuflexo ante la tumba de Wifredo el Velloso!

El miércoles ganaron las elecciones catalanas los amos de la finca. No podía ser de otro modo en un lugar perfectamente humillado por el dinero, pero se les colaron unos tipos descarados sin carnet y sin pedir permiso. Tipos cuyo valor supremo es la vitalidad de lo diverso, de lo múltiple, de lo heterogéneo. Tipos que quieren abrir ventanas en el asfixiante hospital regional. Que corra el aire, que limpie la atmósfera de miasmas, que las momias se pulvericen a la luz del sol.

La casa común no es ese patio de colegio que nos quieren imponer los sirvientes del pasado. La casa común tiene una diagonal de mil kilómetros. Y aún puede crecer.

[Publicado el 03/11/2006 a las 10:30]

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Biografía

Félix de Azúa nació en Barcelona. Licenciado y doctorado en Filosofía, profesor de Estética y colaborador habitual del diario El País, fue conocido gracias a su inclusión en la antología Nueve novísimos poetas españoles. Ha publicado los libros de poemas Cepo para nutria, El velo en el rostro de Agamenón, Lengua de cal y Farra. Su poesía está reunida, hasta 2007, en Última sangre. Ha publicado las novelas Historia de un idiota contada por él mismo, Diario de un hombre humillado (Premio Herralde), Demasiadas preguntas y Momentos decisivos. Su parcela ensayística es amplia y destacada: Baudelaire, Lecturas compulsivas, Diccionario de las Artes, La invención de Caín, Cortocircuitos: imágenes mudas y Esplendor y nada. Los libros recientes son Ovejas negras, La pasión domesticada y Abierto a todas horas. Escritor experto en todos los géneros, su obra se caracteriza por un notable sentido del humor y una profunda capacidad de análisis.

 

Bibliografía

Ensayo

La pasión domesticada (2007). Abada, Madrid.

Ovejas negras (2007), Bruguera, Barcelona.

Cortocircuitos. Imágenes mudas (2004). Abada, Madrid.

La invención de Caín (1999). Alfaguara, Madrid.

Baudelaire y el artista de la vida moderna (reedición) (1999). Anagrama, Barcelona.

Lecturas compulsivas. Una invitación (1998) Anagrama, Barcelona.

Salidas de tono (1996). Anagrama, Barcelona.

Diccionario de las artes (1995). Planeta, Barcelona.

Baudelaire y el artista de la vida moderna (1992). Pamiela, Pamplona.

Venecia (1990). Planeta, Barcelona.

El aprendizaje de la decepción (1989). Pamiela, Pamplona.

La paradoja del primitivo (1983). Seix Barral, Barcelona.

Conocer a Baudelaire y su obra (1978). Dopesa, Barcelona.

 

Novelas y prosa literaria

Abierto a todas horas (2007). Alfaguara, Madrid.

Esplendor y Nada (2006). Lector, Barcelona.

Momentos decisivos (2000). Anagrama, Barcelona.

Demasiadas preguntas (1994). Anagrama, Barcelona.

Cambio de bandera (1991). Anagrama, Barcelona.

Diario de un hombre humillado (1987). Anagrama, Barcelona.

Historia de un idiota contada por él mismo, o el contenido de la felicidad (1992), Anagrama, Barcelona.

Mansura (1984). Anagrama, Barcelona.

Última lección (1981). Legasa, Madrid.

Las lecciones suspendidas (1978). Alfaguara, Madrid.

Las lecciones de Jena (1972). Barral E., Barcelona.

 

Relatos

"Quien se vio", Tres cuentos didácticos (1975). La Gaya Ciencia, Barcelona.

"La venganza de la verdad" (1978). Hiperion nº1, Madrid.

"Herédame" (6 y 7 agosto 1985). El País, Madrid.

"El trencadizo", con grabados de Canogar (1989) Antojos, Cuenca.

"La pasajera" (18 nov. 1990). El País, Madrid.

"La resignación de la soberbia", Los pecados capitales (1990). Grijalbo, Barcelona.

El largo viaje del mensajero (1991) Antártida, Barcelona.

Cuentos de cabecera ("La pasajera" y "La segunda cicatriz") (1996). Planeta NH.

"El padre de sus hijos" (1998). Barcelona, un día, Alfaguara, Madrid.

"La verdad está arriba" (1998). Turia, Teruel.

 

Poesía

Última Sangre. Poesía 1968-2007 (2007). Bruguera, Barcelona.

Poesía 1968 1988 (1989). Hiperion, Madrid.

Farra (1983). Hiperion, Madrid.

Siete poemas de La Farra, con un grabado de A. Saura (1981). Cuenca.

Poesía 1968 78 (1979). Hiperion, Madrid.

Pasar y siete canciones (1977). La Gaya Ciencia, Barcelona.

Lengua de cal (1972). Visor, Madrid.

Edgar en Stéphanie (1971). Lumen, Barcelona.

El velo en el rostro de Agamenon (1970) El Bardo, Barcelona.

Cepo para nutria (1968). Madrid

Premios

1987 Premio Anagrama de Novela.

2000 Premio a la cultura "Sebetia-Ter" del Centri di Studi di Arte e Cultura di Napoli".

2001 Premio a la tolerancia de la "Asociación por la Tolerancia", Barcelona.

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