El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

Editado por La Oficina del Autor

miércoles, 3 de diciembre de 2008

Blog de Félix de Azúa

Elogio del manual de autoayuda

Acabo de ver en los telediarios las imágenes del lendakari Ibarretxe entrando en los juzgados arropado por el PNV en pleno y unos cientos de fieles risueños y aplausivos. Gente de edad avanzada, bien trajeados, en fin, burguesía vascongada. El mensaje era: "No hay más justicia que la que dicte el Jefe". Anima mucho. Porque la cuestión no es si debe o no debe ese señor reunirse con quién le dé la gana, sino que está de presidente gracias a un sistema legal que dice no admitir. A mi me alegra tanto como que Imma Mayol esté "contra el sistema", porque eso nos va arrimando al momento más brillante de la historia de España: el del anarquismo. Y yo, como todos los gandules, soy anarquista.

Es conocida aquella escena en la que un filósofo, preguntado sobre si creía en Dios, respondió que no, pero que ya no recordaba por qué. Los creyentes tienen graves problemas para creer que alguien no cree. Y los que no creemos ni en dioses ni en patrias, al final nos olvidamos de las razones por las que consideramos religión y nacionalismo unos sentimientos que jamás deben impregnar la vida pública y aún menos las leyes. Este olvido es, en parte, aburrimiento, porque tratar de razonar con los creyentes es un ejercicio extenuante. Puedes repetir mil veces el razonamiento. Da lo mismo: ante la ausencia de argumentos, el creyente se bunkeriza. Es como aquel falangista con quien dialogaba un progre de la universidad y que acabó aullando con rostro amenazador: "Mira, más vale que te calles porque me estás convenciendo y te voy a dar una hostia".

Como no es fácil recordar los argumentos irrebatibles por los que el nacionalismo es una ideología reaccionaria y nadie de izquierdas puede ser nacionalista, Félix Ovejero, que es rojo, acaba de publicar Contra Cromagnon (Montesinos), una guía que contiene los razonamientos imprescindibles, bien ordenados y a la mano. Hay que llevarlo en el bolsillo y cuando nos topemos con un creyente altivo y pendenciero decirle: "Espera un momento". Y desenfundar el Ovejero. A su sola vista, el creyente huirá espantado.

Artículo publicado en: El Periódico, 3 de febrero de 2007

[Publicado el 05/2/2007 a las 12:07]

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La universidad y el geriátrico

Comienzan a plantearse jubilaciones anticipadas en las universidades catalanas. Un plan que se aplica desde hace años en otras regiones españolas. No todas las universidades lo han aceptado. La mía, por ejemplo, se lo está pensando. Puede parecer un plan para privilegiados. Nada de eso. En la universidad clásica, el contacto entre alumnos y profesores no superaba la barrera de los quince años, la frontera generacional. Los viejos catedráticos se dedicaban a la investigación y supervisaban a los ayudantes. No porque un humano de 60 años carezca de vida intelectual, sino porque tiene demasiada. Es como usar un camión para transportar un paquete de tabaco.

Y hay un segundo problema. Dada la velocidad de cambio de las sociedades mediáticas, el sistema de referencias y valores se transforma de modo inexorable cada quinquenio. Los estudiantes de 20 años son ya viejos para los de 15. Los profesores, en cuyas clases es decisiva la capacidad de hacerse entender y el riesgo de parecer marcianos, tienen serias dificultades para averiguar cuáles son los referentes (familiares, formativos, mediáticos, culturales, lúdicos o religiosos) de los recién llegados. Este conflicto es menor en una clase de química o de estadística, pero es letal en aquello que suelen llamarse "humanidades". Aunque hay matices.

Un amigo mío, profesor de la Politécnica y en una clase técnica, puso una analogía para explicar la ironía de algunas arquitecturas minimalistas: dijo que eran "como películas de Buster Keaton". Notó una inquietud entre los estudiantes. Se miraban unos a otros y trataban de ver cómo había escrito ese raro nombre el compañero. Averiguó, no sin sorpresa, que ni un solo alumno había visto jamás una película de Buster Keaton. Mi amigo tiene 40 años.

Me dirán que es un detalle trivial. No lo es. El conjunto de símbolos que forman nuestra imaginación es nuestra identidad. No hay otra. Eso es lo que somos. El diálogo entre dos memorias sin contacto es un diálogo de sordos. La universidad española se está convirtiendo en un geriátrico para sordos.

Artículo publicado en: El Periódico, 27 de enero de 2007

[Publicado el 29/1/2007 a las 09:00]

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Nuestro ángeles custodios

La primera columna que envié a este diario trataba sobre la okupación de pisos y lo incómodo que debía de sentirse el consejero de gobernación, Joan Saura, aplicando leyes que le disgustan. No podía yo imaginar entonces que el asunto iría subiendo de temperatura hasta que su esposa, la concejala Imma Mayol, propusiera la semana pasada despenalizar la okupación al tiempo que se declaraba “antisistema”. ¡Qué buenos sueldos cobran en Cataluña los antisistema!

En realidad se suele producir una confusión entre lo que escribimos los opinadores y nuestros profundos deseos. Podía parecer que por denunciar las contradicciones entre la política real y la ideología de partido lo que estaba diciendo es que sólo tienen derecho a vivienda los ricos. Ya me gustaría a mí que nadie se quedara sin casa y que ningún ser humano sufriera el invierno en la calle. Pero la cuestión no es esa sino la confusión entre trabajo e ideología.

Es lógico que tanto Joan Saura como su esposa, ambos crecidos políticamente en el colectivismo totalitario, guarden resabios contra la propiedad privada. Es posible que esos resabios sean moralmente admirables, pero su trabajo no consiste en imponer su ideología sino en hacer cumplir la ley. Con el tipo de políticos que han acabado por tomar la escena, a veces se hace difícil clarificar algunos principios democráticos básicos. Por ejemplo: que el ejecutivo ejecuta, pero no legisla. Y que el legislativo legisla, pero no ejecuta. La tremenda chapuza nacional tiende a cruzar legisladores, ejecutivos y jueces, pero nada sería más urgente que clarificar este panorama cuyos embrollos nos acercan cada vez más al modelo italiano.

El clásico reparto de poderes quiere decir que cuando Imma Mayol pide la despenalización de los okupas, siendo así que eso sólo es posible si lo aprueban los legisladores porque es un recorte de las garantías jurídicas del propietario, sus palabras son interpretadas inmediatamente como un alegato a favor de la okupación. Es como si hubiera dicho: “Apoyaremos la okupación hasta que logremos cambiar la ley”. Barcelona, que ya es la capital de un sinfín de grupos la mar de simpáticos pero perfectamente estériles, puede convertirse en el centro mundial de la inseguridad jurídica. Y conste que me encanta la idea.

Lo digo porque la despenalización de los okupas no es sino una posibilidad, simpática, chula, guay, entre muchísimos otros posibles actos de okupación. En mi columna ponía como metáfora la okupación de plumas estilográficas, pero les aseguro que más de una vez y a la vista de los cientos de miles de motocicletas que corren por Barcelona he pensado en proponer un “uso social de la moto”. O sea, despenalizar su okupación. Las motos no deberían permanecer en las aceras quietas como muertas impidiendo el tránsito de los ciudadanos que puedan necesitar en cualquier momento un rápido traslado. ¡Cuántas veces no hemos tropezado con doscientas motos perfectamente inútiles! En esos instantes de conciencia social se me acude que las motos habrían de dejarse abiertas, sin llave de encendido, y que todos deberíamos poder usar la que nos cayera más a mano. ¡Tantas veces hemos tenido que acudir urgentemente a algún lugar de esta ciudad en la que el transporte público es, por decirlo educadamente, una boñiga de vaca y no hemos podido coger la moto que yace sin uso al lado mismo de nuestro portal! Un uso social de la motocicleta debería ser el siguiente paso de Imma Mayol.

Subamos un escalón. Alguien quizás haya reparado en la cantidad enorme, desmesurada, de automóviles que se arrastran por las calles de un modo asombrosamente asocial. En mi barrio, que es un campo de concentración escolar, pasan constantemente unos tremendos cuatro por cuatro ocupados por una señora y una especie de guisante sonriente que desde el asiento trasero agita sus manitas camino de la escuela. ¿No hay en este ámbito una importantísima labor para sosegar la conciencia antisistema de Imma Mayol? ¿Por qué emperrarse en la vivienda? A nadie molesta tener por vecino un piso vacío. Sin la tele a todo trapo, sin las peleas a gritos, sin los tocadiscos de los nenes, sin competidores a la hora de coger el ascensor… En cambio, el uso asocial del automóvil que soportamos actualmente (francamente fascista) crea una mortal nube de veneno, representa un despilfarro monumental, y causa una destrucción de la vida pública, tanto urbana como rural, equivalente a cinco bombas atómicas. Y encima le estamos dando todos los beneficios a las compañías más salvajes del globo, a los consorcios más cínicos y gangsteriles, a los países más tiránicos y genocidas.

Un poco de cabeza, queridos colectivistas de Iniciativa. Empezad por lo que hace más daño: las motos y los automóviles. Dejad para el final lo fácil, esas casas vacías como las que tenéis en Mallorca y en Cadaqués. De todos modos, si os empeñáis en despenalizar a los okupas barceloneses, lo primero será convencer a los legisladores, para lo cual vuestro partido tendrá que incluirlo en su programa para las municipales. Ya estoy viendo el logo: “Barcelona, kapital mundial de la okupación”. Os hacéis con el ayuntamiento en un plis plas.

Artículo publicado en: El periódico, 26 de enero de 2007

[Publicado el 26/1/2007 a las 12:04]

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A ver si me explico

Leí hace poco la entrevista que el director del Institut Ramon Llull, Josep Bargalló, concedió al diario de las clases acomodadas barcelonesas. Era muy interesante. Yo creía que el Llull nació como fotocopia del Instituto Cervantes, pero me equivocaba. Dice Bargalló que el Llull es “el instrumento para que el mundo reconozca la existencia de un país”. Es de agradecer. Tal y como está el mundo le vendrá bien conocer la existencia de un país satisfecho de sí mismo. Servirá de ejemplo.

El problema es que no será fácil que lo reconozcan si atendemos a las explicaciones de su director, porque luego dice: “Hay un proyecto de país por parte del catalanismo político”, y añade: “un país primero necesita serlo y, después, ser reconocido”. De modo que el mundo primero debe reconocernos como proyecto y luego reconocernos. ¿Con qué méritos cuenta Bargalló para lograrlo?: “Mi experiencia de acuerdos con el gobierno del PP en Baleares, el alcalde de Perpiñán, el partido liberal de Andorra y el alcalde de l’Alguer”, dice. “Con Valencia no”, añade compungido. Por algún sitio hay que empezar.

Quizás el problema mayor es que tampoco está claro el proyecto de país que el mundo debe reconocer porque a las preguntas sobre quién se va a llevar la pasta en la Feria de Frankfurt, Bargalló se arma un lío fenomenal. Será difícil que lo entiendan los suecos o los coreanos. Primero dice que “Vázquez Montalbán es cultura catalana, pero pertenece a la literatura castellana” (no hay pasta), Pere Calders cuando escribe en castellano “es cultura mexicana”, toma castaña, pero pertenece a la literatura catalana (hay pasta), y naturalmente Vila Matas o Mendoza se quedan sin la pasta.

No es esto lo más lioso de explicar a un japonés, sino lo de la “cultura” porque Bargalló asegura que lleva a Frankfurt el cuadro flamenco de Miguel Poveda “sin complejos de ningún tipo”. No queda claro si los complejos los tiene él o Poveda, pero los que lo tendrán seguro son los rusos que traten de entender el proyecto de país que propone Bargalló.

Artículo publicado en: El Periódico, 20 de enero de 2007

[Publicado el 20/1/2007 a las 13:16]

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Juego de palabras

Si alguien aún tiene dudas sobre las escasísimas posibilidades de que sirva para algo ese plan inventado por el presidente del gobierno llamado “Alianza de civilizaciones”, hará bien en leer la soberbia autobiografía de Ayaan Hirsi Ali, Mi vida, mi libertad (Galaxia Gutenberg).

Aunque nacida en Somalia, antes de cumplir los dieciséis años Ayaan Hirsi Ali ya había vivido en Etiopía, Kenya y Arabia Saudita debido a la condición de activista político de su padre. En sus desplazamientos conoció con exactitud la situación de las mujeres en los países árabes y en aquellos otros en donde iban tomando el poder los Hermanos Musulmanes. Su relato es sobrecogedor.

Sin la menor duda, para los musulmanes las mujeres son como el campesinado para la aristocracia feudal: una masa amorfa, más próxima al animal que al humano, a la que se explota sin piedad. Dado que en esos países sólo hay dos tipos de hombre, el jefe y el súbdito, las mujeres ocupan el lugar de los esclavos.

Para muchas mujeres las humillaciones, ablaciones, violaciones, asesinatos y explotaciones, resultan soportables porque han asumido el papel de animal sucio y lúbrico que les asigna el Corán. Aceptan los castigos y las agresiones del mismo modo que las bestias que lamen la mano que les da de comer. Pero para una mujer inteligente y valiente como Ayaan Hirsi, eso era imposible. En cuanto llegó a la mayoría de edad escapó del infernal campo de concentración islámico y emigró a Europa.

Su historia posterior parece una novela. Tras estudiar Ciencias Políticas la inmigrante semianalfabeta acabó como diputada del Parlamento holandés. Más tarde fue el objeto de la ira xenófoba de los nacionalistas quienes trataron de quitarle la nacionalidad. Finalmente, tras realizar una película con Theo van Gogh sobre las mujeres musulmanas, éste fue asesinado y ella vive desde entonces con guardaespaldas para protegerse de la vesania islámica.

¿Alianza de Civilizaciones? En absoluto: la lucha de la civilización contra la barbarie. O sea, lo de siempre.

Artículo publicado en: El Periódico el día 13 de enero de 2006

[Publicado el 15/1/2007 a las 09:30]

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Con la música a otra parte

No me canso de contarlo. Hace ya varias décadas, un amigo con quien compartía estudios de filosofía estuvo acudiendo a mi casa durante un par de meses para ayudarme con un texto de Descartes. Solíamos comenzar hacia el mediodía y acabábamos a la happy hour, cuando la copa es un puro esplendor. Andaba yo entonces muy colado por Schubert, de quien sonaba siempre en el tocadiscos alguna de sus sonatas para piano, rectamente calificadas por Brendel de "sonámbulas". Mi amigo nunca había oído otra composición que el "¡Ay de mí!" de los sanfermines, ni se había interesado jamás por la música, de modo que no le molestaba tenerla de fondo. Una vez concluido el trabajo seguimos viéndonos asiduamente.

Cierto día íbamos metidos en un taxi y hablando a gritos los dos al mismo tiempo cuando el conductor encendió la radio para que no le molestáramos. Lo que sonó nos sumió en el silencio. Era el cuarteto D.112 de Schubert, uno de los más infrecuentes. Mi amigo, con un gesto de pánico, gritó señalando al chófer: "¡Esto es Schubert!". Horrorizado, un racionalista como él acababa de descubrir que era posible reconocer un estilo sonoro, una grafía invisible, en un fragmento diminuto y sin haberlo oído nunca antes, como si fuera el binomio de Newton. Hoy es uno de los más brillantes filósofos de la universidad española y un auténtico loco de la ópera.

Que podamos reconocer una figura sonora (me permito esta palabra por su fácil comprensión) y relacionarla o distinguirla de otras es un misterio que ha llamado la atención de los filósofos y psicólogos cognitivos. Distinguir una palabra de otra, un idioma de otro, una imagen de otra, es arduo de explicar, pero mucho más difícil es averiguar en qué consiste esa capacidad innata para retener constructos sonoros en la memoria de modo indeleble. Los niños que apenas balbucean ya adoran la música y cualquier octogenario puede cantar sin fallos de tonalidad una canción aprendida en la infancia, aunque quizás no recuerde ya ni el nombre de sus abuelos. El enigma se multiplica si a esa retentiva le añadimos la capacidad de la música para inducir emociones.

Debo a la generosidad de Fernando Peregrín la información del New York Times en la que se resumen los trabajos de Daniel Levitin, psicólogo cognitivo de la Universidad McGill de Montreal. En su laboratorio sobre percepción musical ha llevado a cabo experimentos que ponen de relieve cuáles son las zonas cerebrales afectadas por la música. La neurociencia y los psicoacústicos proponen explicaciones naturalistas al proceso musical que si bien están en fase de esbozo pueden llegar a dar un apoyo científico a la descripción de las emociones musicales y a explicar, por ejemplo, el éxito de la música tonal. De momento, lo más interesante de los experimentos de Levitin me parece la constatación de la sorprendente fortaleza de la memoria musical. Cientos de cobayas han reconocido composiciones o compositores con tan sólo oír dos notas, medio segundo de música.

¿Cuál es la causa de que algo tan sutil quede archivado en el cerebro como si se tratara de una información esencial para la vida? Los animales (y nosotros en tanto que animales) retienen aquello que es útil para su alimentación, reproducción y supervivencia. ¿Cómo puede ayudarnos a sobrevivir una sinfonía? Steven Pinker lo niega: para él se trata tan sólo de un estímulo placentero y nada más. Levitin, en cambio, lo relaciona con la evolución de los rituales reproductivos. No obstante, si fuera tan sólo un "placer" Pinker debería explicar cómo y con qué finalidad se produce ese placer. En la versión de Levitin, y dado que la música y la danza no deben de tener historias evolutivas muy distintas, nos falta una descripción que permita el tránsito de las ceremonias de la fertilidad a la asombrosa arquitectura de la Misa en Si menor de Bach. En todo caso, según los estudios cognitivos, la música se va perfilando como mucho más que un espectáculo ritualizado o un fenómeno cultural local. Quizás sea más bien algo tan profundamente decisivo para nuestra supervivencia como el propio lenguaje.

Que la música determina nuestras vidas incluso cuando creemos no estar oyendo nada, me parece evidente. Voy a permitirme un capricho melómano para celebrar el año nuevo y ya me perdonarán: hay algo arcaico, atávico, heroico, en el modo de hablar entrecortado, agujereado por silencios tensos, entonado perpetuamente en esdrújulas, del presidente del Gobierno. Es una música tan peculiar que ha contagiado a la vicepresidenta, la cual habla cada vez de un modo más sincopado y espástico. El presidente, además, suele dar el compás con la mano derecha: arriba, abajo, arriba, abajo. También con la izquierda o con ambas, según sea la dinámica del discurso.

Ésta es una música que, como la de Wagner, carece de desarrollo lógico y aunque parece un flujo arrebatado es inmóvil. Su unidad no está construida según la armonía clásica sino mediante la técnica del leit motiv: la paz, la lí-bertad, la démo-cracia, la sóli-daridad. A veces el motivo se dobla: el pró-ceso depaz, la á-lianza de cí-vilizaciones. Entonces intervienen ambas manos, plim, plam, plim, plam. Como en los interminables monólogos de Wotan, el público escucha desconcertado tratando de encontrar un hilo racional, la consecuencia, la finalidad, pero no hay acción, no pasa nada, todo está detenido: los leitmotiv se suceden como una serie de carteles publicitarios sin evolución interna, como un conglomerado de imágenes, que era de lo que Adorno acusaba a Wagner.

El reproche es malévolo porque tanto Adorno como Nietzsche como Thomas Mann acusaron a Wagner de disfrazar mediante un discurso heroico de cartón piedra unas píldoras homeostáticas de voluptuosidad que sólo buscaban el escalofrío de las clases acomodadas. Este tipo de música no persigue el placer del entendimiento sino la pura emoción visceral. En consecuencia, los fieles se estremecen de gozo y los infieles se aburren como setas.

Muy distinta era la música de Aznar, como es lógico. Aquel oratorio sacro cantado por un bajo profundo que proponía caminos de salvación en la lucha contra el paganismo y a favor del triunfo de Roma, se desarrollaba en un escenario barroco y levemente tenebroso, sobre telones de oro con calaveras sonrientes y diversos comparsas llamados El Miércoles de Ceniza o La Venganza de Israel. El caso es que respondemos, lo queramos o no, a la música de los estadistas, a la opera buffa de Berlusconi, a la petite chanson de Ségolène, al Yellow submarine de Blair, a la estridente tenora de Carod, o al fastidioso solo de gaita, sin principio ni fin, de Fraga.

Aquellos cuyo cerebro ha desarrollado las zonas más sensibles a la sonoridad ordenada son quienes, creo yo, más gozan y sufren el discurso público y el arte de los solistas parlamentarios, su inconfundible timbre a veces crispante, a veces solazante, en raras ocasiones sublime, casi siempre estupefaciente. Sin embargo, según están demostrando los científicos antes mencionados, ni los sordos se libran de obedecer al escondido poder de la música.

Artículo publicado en: El País, 12 de enero de 2007

[Publicado el 12/1/2007 a las 11:52]

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Historias endemoniadas

El proceso que llevó a las naciones europeas a colonizar el mundo entero, a descolonizarlo luego y a dominarlo nuevamente mediante una colonización que ya no exige su presencia física en tierras colonizadas, es uno de los más enredados y duros de enjuiciar de toda la historia.

Durante trescientos años el mundo se dividió en parcelas que sirvieron a modo de fincas para la aristocracia metropolitana. Las dos Américas, África, Asia y el Pacífico pasaron a ser propiedad de unos caballeros que vivían a miles de kilómetros. Del mismo modo que esos caballeros explotaban a sus servidores nacionales, también explotaban a los coloniales. La distancia, sin embargo, hizo que la explotación colonial pareciera más perversa que la nacional, de modo que las rebeliones anticoloniales fueron recibidas con alborozo, en tanto que las revoluciones proletarias tuvieron peor prensa y éxito menor.

En la actualidad la explotación capitalista no ha disminuido ni un ápice, las colonias africanas, por ejemplo, siguen siendo tiranizadas por rufianes corruptos y las compañías del primer mundo siguen dominando el mercado del tercero mediante la corrupción. El consuelo de los anticoloniales es que el canalla que ahora asesina y arruina a los nativos es uno de los suyos.

El gran John H. Elliot acaba de publicar una historia monumental de dos de estos imperios coloniales, el anglosajón y el español, la América del Norte y la del Sur, bajo el título de Imperios del Mundo Atlántico (Taurus). La comparación es utilísima. Uno de los imperios dependía de la Corona, todos los indígenas eran súbditos del rey y obedecían a la misma religión. El otro era un imperio comercial y por lo tanto mucho más liberal y heterogéneo. El resultado es que la población indígena pudo sobrevivir y mezclarse en uno de los imperios (el “malo” según la visión romántica), pero fue arrasada o convertida en una curiosidad zoológica en el otro (el “liberal”).

Es difícil decidir quién lo hizo peor, pero Elliot destruye el tópico de la superioridad moral nórdica frente al inhumano verdugo sureño.

[Publicado el 08/1/2007 a las 09:30]

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Sobre dioses y nativos

Hace muchos años los habitantes de la ciudad nigeriana de Ogidi se vieron sorprendidos por una desconcertante petición. Debo decir previamente que Ogidi es una de las múltiples ciudades del pueblo Igbo, un extenso grupo famoso por su espíritu tolerante y levemente escéptico. Los Igbo están siempre dispuestos a llevarse bien con todo el mundo y muy especialmente con sus vecinos. A ese pueblo pertenece uno de los más interesantes escritores africanos, Chinua Achebe, que es quien cuenta la historia.

Y ésta es que un buen día llegaron a la ciudad de Ogidi, donde vivían los padres del escritor, unos emisarios enviados desde otra de las aldeas Igbo. Explicaron que por un cúmulo de desdichas se habían quedado sin asentamiento y pedían permiso a los habitantes de Ogidi para ocupar las tierras circundantes. Como he dicho, los Igbo son acogedores de modo que invitaron a los emigrantes a que ocuparan los terrenos despoblados e incultos que se extendían fuera de Ogidi.

Así lo hicieron los recién llegados, pero al cabo de unos meses, una vez establecidos y acomodados, acudieron de nuevo a los habitantes de Ogidi con una petición desconcertante. Según dijeron, les gustaba mucho estar allí instalados, de manera que ahora preguntaban si no les molestaría enseñarles también a adorar a sus dioses.

Los de Ogidi se reunieron urgentemente en consejo para discutir la propuesta. Los ancianos estaban perplejos. ¿Cómo puede un pueblo perder a sus dioses? ¿Qué les habrá sucedido a estas buenas personas para quedarse sin ellos? Los adultos cavilaban sobre las terribles experiencias que habrían pasado aquellas gentes. Compadecidos, acordaron por unanimidad no preguntarles sobre sus dioses perdidos y concederles dos de sus dioses elegidos entre los mejores, y estos eran Udo y Ogwugwu.

El más viejo de la ciudad, sin embargo, se levantó para reflexionar en voz alta que los dioses, en realidad, no pueden prestarse o regalarse, de modo que lo mejor sería darles a aquellos inmigrantes “el hijo” de Udo y “la hija” de Ogwuwu de quienes nadie había oído hablar hasta aquel momento. Y así se hizo.

Dice Achebe que esta historia muestra el carácter escéptico de su pueblo, incapaz de entender el significado de la palabra “imperialismo”. En lugar de sentirse halagados por la extensión del poder de sus dioses, en lugar de hacer proselitismo, preferían entregarles una descendencia que, por así decirlo, acababa de nacer aquel mismo día.

No es extraño, según Achebe, que fuera justamente el pueblo Igbo el que produjo un mayor número de conversos al cristianismo el día en que se presentó un pastor protestante y con el aplomo que caracteriza a los misioneros anglosajones se plantó en medio de la plaza mayor para asegurar a los Igbo, bajo palabra de honor, que estaban adorando dioses falsos y que él les ofrecía un dios verdadero. Se convirtieron al instante.

Yo diría que el pueblo Igbo es realmente simpático, por lo menos tal y como lo presenta Achebe. No tendría ningún inconveniente en convertirme a su religión. Da la impresión de ser una gente con leves convicciones y muchas ganas de evitarse problemas inútiles. Si tuviera que ser cruel diría que es un pueblo en el que debe de resultar difícil ser un pelmazo. Sencillamente porque nadie les hace caso.

Estos últimos días hay un escándalo tremendo en la prensa barcelonesa, desatado por los profesionales de la lengua catalana en razón de los nuevos ataques que, según dicen, están sufriendo sus dioses. La televisión española quiere suprimir unos programas en catalán que nadie ve y la audacia de los imperialistas es tanta que encima proponen aumentar una hora más de español el bachillerato catalán con lo que llegaría al 10% del total de horas lectivas.

Siempre me ha parecido extravagante que unos catalanes les afeen a otros catalanes que no están hablando como es debido y que han de hablar como está mandado. Precisamente una actitud que ya había tenido lugar en tiempos de Franco, cuando unos catalanes vigilaron que otros catalanes no hablaran en la lengua prohibida por los que mandaban entonces. ¿Se pasarán toda la vida, estos catalanes tan desocupados, ordenando a los catalanes cómo deben hablar los catalanes?

A semejanza de la historia que cuenta Achebe, es posible que los inmigrantes deban conformarse con “los hijos de Udo y Ogwugwu”, pero parece que todos vivieron en paz, unos con los padres y otros con los hijos, sin que empezaran a reprocharse los unos a los otros no ser suficientemente Igbos. En todo caso, lo simpático de los Igbo es que ni se les pasó por la cabeza imponer sus dioses a nadie, ni siquiera a quienes se lo pedían.

Por una razón de peso: los dioses verdaderos no mueren nunca y uno ha de ser muy mezquino para presentar a los dioses de su pueblo como unos ancianos enfermos y tullidos que en cualquier momento la palman. Unos dioses que exigen un enorme esfuerzo, incluso de quienes no creen en ellos, para no caer reducidos a cenizas. Este tipo de dioses, la verdad, no auguran nada bueno para el país.

Sería interesante que durante unos años creyentes e incrédulos dejáramos en paz a los dioses. A lo mejor están más vivos de lo que dicen los sacerdotes, siempre tan celosos de sus intereses.

[Publicado el 05/1/2007 a las 09:24]

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Aviso a los amigos y parientes

Las dotes persuasivas de Basilio Baltasar y la permanencia de asiduos en el blog me inclinan a cometer un acto de obscena vanidad. Para celebrar este 2007 que no ha podido comenzar peor, los de la casa vamos a ir colgando los artículos y demás parafernalia que publique por aquí y por allá, de modo que el bar permanezca abierto para los más jaraneros.

Veréis que en ocasiones son cosillas muy locales y en otras, quizás, material de derribo universitario. Uno nunca sabe si esta noche compartirá su copa con un drag queen o con una directiva de Agbar. Esa es la magia de los bares para trasnochadores, sin duda.

Vuestras críticas han sido un bálsamo del que no puedo prescindir.

¡Esplendor o muerte!

 

ENTREVISTA A FÉLIX DE AZÚA:

a) ¿Qué valor ha tenido la libertad en su experiencia como poeta y novelista? ¿Se ha sentido usted libre en todo momento de presiones externas o internas? ¿Qué ha buscado, insertarse en una tradición o intentar apartarse o ir más allá de ésta?

No creo que exista nadie en el mundo que esté libre de presiones externas o internas. Como escritor nunca he pretendido apartarme de una tradición, ya que no sabría cuál elegir, ni tampoco insertarme. Incluso bajo regímenes abyectos como el franquismo o el estalinismo se pueden escribir espléndidos libros. El último que he leído, por ejemplo, Vida y destino, de Grossman, es una obra maestra que tuvo que esperar a publicarse, pero se publicó. El dolor de Grossman por no ver su obra impresa es un asunto anecdótico, como que su autor no viera nunca editados los Cantos de Maldoror.

b) ¿En qué medida la, digamos, “poética” de sus anteriores obras, la coherencia de la totalidad de su obra creativa, le coarta en sus obras futuras aún por escribir o en proceso de escritura? En relación con sus primeras publicaciones, ¿es posible ser más libre que cuando uno aún no se ha publicado nada, cuando aún no se ha empezado a fijar el estilo y a crear unas expectativas (en el editor, en el público, en uno mismo)?

La cuestión de la “libertad” es irrelevante para la redacción de una obra literaria, como acabo de decir. Y las poéticas no pueden coartar a nadie, ya que son la expresión de ese “alguien”. En todo caso mostrarán una evolución, que es lo propio de todo organismo vivo.

c) Usted se ha significado en los últimos tiempos apoyando la creación de un partido político, que, por cierto, en las últimas elecciones al Parlamento de Cataluña, ha conseguido representación. Se ha hablado de este partido como el de los intelectuales, pues fueron escritores y profesores los que lo auspiciaron. ¿Ese apoyo forma parte de su responsabilidad como intelectual?¿Es producto de una vocación por lo político y los dilemas del poder? ¿Qué le sugiere el concepto de intelectual comprometido?

Se dijo que los fundadores éramos intelectuales, pero yo lo dudo mucho. Unos son periodistas, otros profesores, otros economistas, hay incluso alguno que no ha trabajado en su vida. El concepto de intelectual comprometido me parece paleolítico. Si nos reunimos para ese fin fue porque nos parecía que el ambiente político en Cataluña era irrespirable y más próximo al peronismo que a otra cosa. Una reacción normal en cualquier persona, pero que sólo llevan a cabo unos cuantos, seguramente los que tienen más tiempo libre.

d) ¿Cómo interpreta retrospectivamente su evolución política desde Bandera Roja hasta el apoyo a Ciutadans? Es inevitable mencionar a Sartre en este contexto y su concepto de intelectual comprometido. Sastre era un intelectual cuya máxima, y casi se diría que única, preocupación es acabar con la sociedad de clases y con la injusticia social. ¿Qué queda de este intelectual comprometido? ¿Debemos hablar ahora de intelectuales liberales? ¿Comprometidos con la defensa de las libertades individuales?

La figura de Sartre me es profundamente antipática. No creo que le preocupara en absoluto la sociedad de clases o la justicia social. Si hubiera que poner una etiqueta a lo que hicimos aquellos fundadores sería desde luego algo relacionado con las libertades individuales. Sin embargo, me molesta esa imagen romántica y conservadora de unos “intelectuales” salvando a la especie humana.

e) ¿Revive, por oposición, la noción de compromiso político el actual “relativismo posmoderno”? Según usted, ¿en nombre de qué convicciones fuertes cabe comprometerse hoy?

No sé yo si la palabra “compromiso” tiene ya algún sentido. Cada cual actúa, creo yo, buscando una cierta decencia. Excepto aquellos que hacen profesión de cinismo, claro. El relativismo me parece execrable, pero es tan sólo una corriente académica de algunas facultades americanas dedicadas a la literatura, a las cuales aburre la literatura.

f) Para los literatos esta cuestión puede ser aún más compleja. El mismo caso de Sartre lo es, pues defendía de una parte el compromiso de los escritores, mientras que la otra sostenía que su creación literaria debía ser de algún modo ambigua, no claramente propagandística. Por otra parte, en el libro que Vargas Llosa dedica a José María Arguedas, leemos que la obra de éste pierde en calidad literaria, según VL, a causa de su excesiva implicación política. ¿Cree que es cierto que existe una tensión entre estas dos actividades: la política y la literatura? ¿Puede la literatura hoy –en el pasado quizá los ejemplos sean numerosos- comprometerse con objetivos políticos sin dejar de ser literatura?

Esa función política de los escritores es un asunto circunscrito a la guerra fría. En la actualidad me parece que ya no tiene ningún sentido. Y desde luego, aquellos escritores que más trabajaron al servicio de los partidos políticos, como Bert Brecht, por ejemplo, son los que peor envejecen.

g) Usted ha colaborado en la prensa escrita con artículos de opinión y columnas periódicas, y de un tiempo a esta parte escribe también un blog. ¿Con qué grado de libertad ha ejercido estas tareas? ¿Qué responsabilidad cree que tiene ejerciéndolas? ¿En qué medida esta responsabilidad coarta su libertad a la hora de escribir?

Yo sería partidario de cambiar ese léxico. Lo que hacemos los escritores es trabajar, como cualquier otro ciudadano. Nuestra tarea no tiene mayor importancia que la de un carpintero o un maestro de Instituto. A mi entender, hay que ir vaciando de grandeza y solemnidad un lenguaje que otorgaba grandes responsabilidades (y también mucha vanidad) a unos vulgares trabajadores. Las novelas de Flaubert son corrosivas con la sociedad de su tiempo, pero dudo mucho de que él pensara en un “compromiso”. Las de Malraux son muy mediocres, pero él sí que pensaba en un “compromiso”. Y lo que es peor: Malraux hoy nos parece políticamente reaccionario, por muchas fotos que se hiciera en la guerra de España. En cambio, Flaubert sigue siendo vitriolo.

h) ¿Influyó su experiencia en la Universidad del País Vasco, con Savater, Gómez Pin y otros, en su actitud en relación con la política, de una parte, y con la institución académica, de la otra?

Claro que influyó, pero no más que lavar platos en Londres durante tres años o leer a Hegel durante dos. Sólo me añadió algo que no es fácil de obtener: conocí directamente a los esbirros de ETA de aquella época. Unos auténticos psicóticos. Así pude percatarme de que sólo acabaría el terrorismo cuando estuvieran hartos de matar. Si las actuales negociaciones fracasan será porque hay nuevos patriotas vascos con ganas de asesinar al vecino. Pero eso no puede ser entendido desde la política, sino desde el psicoanálisis.

i) Por lo que se refiere a su actividad docente en la universidad, ¿en qué términos entiende su responsabilidad? ¿Qué uso hace de su libertad de cátedra? ¿No piensa que las críticas que eventualmente pueda hacer al orden establecido, al Estado, por ejemplo, quedan desactivadas siendo usted en cierta medida un representante institucional de este mismo orden?

Pero, ¿hay alguien que critique algo tan abstracto como “el Estado”, o “el orden establecido”?  Me parece que es un lenguaje obsoleto. En mis clases nunca se me ha pasado por la cabeza que podía yo alarmar a nadie, por muchas barbaridades que dijera. A nadie le importa lo que digan los profesores. No es que haya tal cosa como “libertad de cátedra”, es que la universidad es un inmenso aparcamiento de parados, y a nadie le importa lo que se diga en un aparcamiento. Las autoridades universitarias catalanas apenas intervienen, como no sea para premiar a los patriotas. A los demás nos dejan en paz.

j) Hace unos años, usted fue nombrado director del Instituto Cervantes de París. ¿Pudo usted ejercer este cargo con independencia, libre de pleitesías políticas? ¿Cree que un intelectual puede mantener su independencia si acepta cargos oficiales, si trabaja para instituciones del Estado, si es un funcionario, en definitiva?

Sí, lo creo. Es más, la mayor parte de las voces radicales, pertenecen a funcionarios. Incluso podría decirse que ser funcionario conlleva convertirse en un peligroso propagandista de ideas radicales. En el Instituto Cervantes hice lo que pude teniendo en cuenta que trabajaba para la Administración. Lo de la independencia y otras zarandajas es perfectamente secundario cuando de lo que se trata es de establecer contratos de trabajo dignos, conseguir presupuesto para instalar electricidad en un edificio caótico, o lograr que se ponga al teléfono un imbécil gubernamental.

k) ¿Qué importancia le concede usted a la “fuerza” del argumento y de las buenas razones en el debate público en el que participa o puede participar el intelectual? ¿Piensa que, en ocasiones o tal vez siempre, la provocación o la ironía pueden ser más efectivas?

Depende de con quién se hable. Si el interlocutor es razonable, puede argumentarse. Si el interlocutor es un irracional o un sentimental, es inútil razonar, como sucede con los nacionalistas. La provocación y la ironía sólo están justificadas como fórmulas literarias, nunca en una conversación. Es de pésima educación burlarse de alguien que está tratando de hablar contigo.

l) ¿Cree usted que hay alguna diferencia entre la responsabilidad que cabe atribuir a los intelectuales y la que tienen (y deberían ejercer) los ciudadanos en general en las democracias, esto es, la responsabilidad de debatir públicamente sus opiniones y de colaborar a favor del bien común?

No hay ninguna diferencia, por eso el partido que ayudamos a fundar (y que hoy es absolutamente independiente) se llama así: Partido de los Ciudadanos. Por esta razón he insistido a lo largo de la entrevista que es un error idealista considerar que los escritores, artistas o intelectuales tienen mayores responsabilidades que los zapateros o los dueños de una agencia de turismo. Por fortuna, la gente lo va entendiendo y cada vez hace menos caso de los periodistas.

 

Entrevista realizada por Mario Campaña para la revista Guaraguao (nº 23).
Centro de Estudios y Cooperación para América Latina.

[Publicado el 03/1/2007 a las 10:03]

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En ausencia de Félix

Félix de Azúa volverá. Así lo ha prometido. No sólo por haber resuelto con maestría la escritura diaria de un insólito blog literario, sino por la reflexiva adicción que ha provocado en sus lectores. Muchos se muestran ahora dispuestos a evocar la presencia del ausente Azúa y después de acompañarle durante un año quieren mantener vivo el espacio abierto por su blog. Un lugar para discurrir, compartir lo literariamente impecable y hacer más elocuente la discusión que tantas satisfacciones nos da. Bien, que así sea. Mientras esperamos a Félix de Azúa, sigamos cultivando la costumbre de pensar por cuenta propia.

Basilio Baltasar
Editor de El Boomeran(g)
5 diciembre 2006

[Publicado el 03/1/2007 a las 09:59]

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Foto autor

Biografía

Félix de Azúa nació en Barcelona. Licenciado y doctorado en Filosofía, profesor de Estética y colaborador habitual del diario El País, fue conocido gracias a su inclusión en la antología Nueve novísimos poetas españoles. Ha publicado los libros de poemas Cepo para nutria, El velo en el rostro de Agamenón, Lengua de cal y Farra. Su poesía está reunida, hasta 2007, en Última sangre. Ha publicado las novelas Historia de un idiota contada por él mismo, Diario de un hombre humillado (Premio Herralde), Demasiadas preguntas y Momentos decisivos. Su parcela ensayística es amplia y destacada: Baudelaire, Lecturas compulsivas, Diccionario de las Artes, La invención de Caín, Cortocircuitos: imágenes mudas y Esplendor y nada. Los libros recientes son Ovejas negras, La pasión domesticada y Abierto a todas horas. Escritor experto en todos los géneros, su obra se caracteriza por un notable sentido del humor y una profunda capacidad de análisis.

 

Bibliografía

Ensayo

La pasión domesticada (2007). Abada, Madrid.

Ovejas negras (2007), Bruguera, Barcelona.

Cortocircuitos. Imágenes mudas (2004). Abada, Madrid.

La invención de Caín (1999). Alfaguara, Madrid.

Baudelaire y el artista de la vida moderna (reedición) (1999). Anagrama, Barcelona.

Lecturas compulsivas. Una invitación (1998) Anagrama, Barcelona.

Salidas de tono (1996). Anagrama, Barcelona.

Diccionario de las artes (1995). Planeta, Barcelona.

Baudelaire y el artista de la vida moderna (1992). Pamiela, Pamplona.

Venecia (1990). Planeta, Barcelona.

El aprendizaje de la decepción (1989). Pamiela, Pamplona.

La paradoja del primitivo (1983). Seix Barral, Barcelona.

Conocer a Baudelaire y su obra (1978). Dopesa, Barcelona.

 

Novelas y prosa literaria

Abierto a todas horas (2007). Alfaguara, Madrid.

Esplendor y Nada (2006). Lector, Barcelona.

Momentos decisivos (2000). Anagrama, Barcelona.

Demasiadas preguntas (1994). Anagrama, Barcelona.

Cambio de bandera (1991). Anagrama, Barcelona.

Diario de un hombre humillado (1987). Anagrama, Barcelona.

Historia de un idiota contada por él mismo, o el contenido de la felicidad (1992), Anagrama, Barcelona.

Mansura (1984). Anagrama, Barcelona.

Última lección (1981). Legasa, Madrid.

Las lecciones suspendidas (1978). Alfaguara, Madrid.

Las lecciones de Jena (1972). Barral E., Barcelona.

 

Relatos

"Quien se vio", Tres cuentos didácticos (1975). La Gaya Ciencia, Barcelona.

"La venganza de la verdad" (1978). Hiperion nº1, Madrid.

"Herédame" (6 y 7 agosto 1985). El País, Madrid.

"El trencadizo", con grabados de Canogar (1989) Antojos, Cuenca.

"La pasajera" (18 nov. 1990). El País, Madrid.

"La resignación de la soberbia", Los pecados capitales (1990). Grijalbo, Barcelona.

El largo viaje del mensajero (1991) Antártida, Barcelona.

Cuentos de cabecera ("La pasajera" y "La segunda cicatriz") (1996). Planeta NH.

"El padre de sus hijos" (1998). Barcelona, un día, Alfaguara, Madrid.

"La verdad está arriba" (1998). Turia, Teruel.

 

Poesía

Última Sangre. Poesía 1968-2007 (2007). Bruguera, Barcelona.

Poesía 1968 1988 (1989). Hiperion, Madrid.

Farra (1983). Hiperion, Madrid.

Siete poemas de La Farra, con un grabado de A. Saura (1981). Cuenca.

Poesía 1968 78 (1979). Hiperion, Madrid.

Pasar y siete canciones (1977). La Gaya Ciencia, Barcelona.

Lengua de cal (1972). Visor, Madrid.

Edgar en Stéphanie (1971). Lumen, Barcelona.

El velo en el rostro de Agamenon (1970) El Bardo, Barcelona.

Cepo para nutria (1968). Madrid

Premios

1987 Premio Anagrama de Novela.

2000 Premio a la cultura "Sebetia-Ter" del Centri di Studi di Arte e Cultura di Napoli".

2001 Premio a la tolerancia de la "Asociación por la Tolerancia", Barcelona.

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