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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

Editado por La Oficina del Autor

viernes, 29 de agosto de 2008

Blog de Félix de Azúa

En ausencia de Félix

[Publicado el 18/12/2006 a las 10:43]

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En ausencia de Félix

[Publicado el 11/12/2006 a las 14:01]

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En ausencia de Félix

[Publicado el 05/12/2006 a las 18:52]

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Y tantos otros que ahora mismo no recuerdo, ya me perdonarán, a todos: el abrazo de los conjurados.

[Publicado el 28/11/2006 a las 09:52]

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És l’hora de l’adéu-siau

Un agudo refrán francés que suelo repetir una y otra vez por su alta graduación metafísica dice: Partir c’est mourir un peu. Mourir c’est partir un peu trop. Lo que traducido de mala manera sería:  «Partir es morir un poco; morir es partir demasiado».

De momento no voy a morir que yo sepa, en fin, si puedo evitarlo, pero sí que voy a partir. O sea, me voy un poco. Será una temporada. Digo yo que estaré ausente cosa de medio año, unos seis meses. Ya me agobia la nostalgia.

Mañana 28 de noviembre se cumplirá un año desde que comencé este blog. Mi propósito era mantener la voz como un tenor wagneriano durante doce meses, o lo que es igual, comprobar que podía escribir todos los días una cantidad apreciable de páginas no del todo triviales, o si triviales por lo menos entretenidas. Un desafío imitado por vía osmótica de los que suele plantearse Clint Eastwood en sus últimas películas, aunque en un terreno infinitamente más fácil. Ya me gustaría a mí poder correr cien metros, incluso tres, como el anciano actor cuando trata de salvar la vida de su presidente.

De mero desafío pronto pasó a obsesión, luego a tertulia insoslayable y finalmente a club de la fraternidad universal. Somos animales sentimentales y como le decía la abuela a mi hermana, el amor nace con el roce, lo que en el caso de mi hermana se ha demostrado rotundamente verdadero para pasmo del orbe y yo lo he comprobado gracias al blog.

Como es lógico, en este momento un tanto embarazoso de la separación vuelve a tomar sentido aquel viejo blog del primero de julio en el que citaba a los periodistas de TVE repitiendo cada vez que abandonaban un marco incomparable: “No es un adiós, es un hasta pronto”. Decía yo entonces que nunca se sabe quién va a regresar, si es que hay regreso, porque no podemos volver a ser lo que hemos sido.

El fluido que nos constituye (un poco de tiempo batido con dos partes de agua) no viene de ningún lugar ni va hacia nada remarcable, pero indudablemente fluye y cambia de aspecto y residencia. Decía Beckett que vivimos en un espacio lo suficientemente amplio como para poder movernos, pero no lo suficiente como para ir a algún sitio. Tan es así que de todos los sitios a los que no podemos ir, el más prohibido es aquel del que partimos. Cuando regrese, si regreso, este lugar no será el mismo lugar. Nuestra orientación, paradójicamente, nos lleva hacia occidente que es donde se pone el sol. Es la dirección equivocada.

En cierta ocasión un sabio dijo que si realmente nos hubiera creado un Dios bondadoso habría planeado la vida del humano totalmente del revés. Habríamos nacido muy viejos y deteriorados. Poco a poco, año tras año, habríamos ido rejuveneciendo hasta llegar a la infancia. Y nuestra muerte no sería sino un plácido regreso al mar eterno de las grandes madres donde dormiríamos mecidos en el líquido amniótico durante toda la eternidad. De haber sido así, en lugar de hacerlo en hospitales y manicomios nos despediríamos de este mundo tumbados en una cunita con sonajeros de colores y esa sonrisa de las criaturas, tan inquietante, tan inesperada, tan imprevisible.

Como nuestro tiempo no es el que imaginaba aquel sabio sino todo lo contrario, ojalá os encuentre por aquí cuando regrese si me toca regresar. Ojalá. Mientras tanto, levanto mi copa por todos los presentes y brindo a la manera de los anarquistas patavinos cuando bebían en homenaje a cuanto hay en el mundo de augusto y temible: Splendore!

[Publicado el 27/11/2006 a las 07:54]

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Lo siento, no estoy, ¡pum!

¿Cuántas veces no habremos visto a un viandante caminando por la ciudad con el portátil pegado a la oreja, la mirada perdida en el infinito y a punto de pisar a un perro? El móvil nos abstrae en un doble sentido; por una parte nos introduce en una burbuja y acabamos dándonos de narices contra una señora, por otra nos aísla de tal modo que peleamos a gritos con la nuestra ante el jolgorio general. Esta invisibilidad ficticia es un fenómeno interesante.

Con frecuencia, lo primero que preguntamos cuando recibimos una llamada de móvil es: “¿Dónde estás?”. Sin una localización parece difícil imaginar a la persona con la que hablamos, un impulso atávico nos obliga a ponerla en un espacio, en un cuadro, en una composición. Si no, parece una voz sin cuerpo, un fantasma.

A diferencia del teléfono fijo, el portátil nos deslocaliza, lo que ha dado lugar a infinidad de chistes y a la reciente película de Scorsese Infiltrados, seguramente financiada por un pool de telefónicas porque los protagonistas no son los humanos sino los teléfonos móviles. Sirva de pista que unos doce humanos mueren asesinados, pero sólo un móvil sufre daños, no irreparables.

Para acabar de completar su red espacio temporal, los portátiles han incorporado una cámara de fotos de manera que podamos demostrar haber estado en un lugar concreto, en el caso de que se nos exija. El móvil/cámara, tal y como se encuentra en este momento, es una de las máquinas más poderosas que ha inventado la democracia para dominar y controlar a sus masas. Es casi imposible escapar a su hechizo.

Desde el comienzo de la sociedad burguesa, revolucionaria o moderna, como se la quiera llamar, estaba presente una finalidad metafísica novedosa: suprimir la hasta entonces inevitable tiranía del espacio y del tiempo, dos constricciones divinas que al mundo feudal le traían sin cuidado. Y para destruir la constricción no había otro remedio que convertir el espacio y el tiempo en mercancías manipulables. Desde el reloj de pulsera hasta los vuelos espaciales, el tiempo se ha ido convirtiendo en una mercancía cada vez más barata y masiva, bien regulada, mejor troceada y espléndidamente empaquetada.

El empaquetado del espacio ha tardado un poco más, pero desde los primeros teléfonos y las radios de galena ya se adivinaba que la situación de cada quisque (estar aquí o allí) iba rápidamente a transformarse en una mercancía al alcance de todo el mundo. La longitud ya lo era gracias a los medios de transporte por carreteras, ríos, mares y vías férreas. El abaratamiento del kilómetro convirtió a las máquinas en mercancía de masa, algo que nunca habían logrado los tiros de sangre. Como complemento, el teléfono hacía desaparecer la dimensión espacial a un precio razonable.

El teléfono/cámara cumple una aspiración nuclear de la nueva sociedad: tener en la mano la llave del tiempo y del espacio sin que nada nos delate. Sólo si lo deseas serás localizado; tú, en cambio, lo oyes todo y lo ves todo esté donde esté lo que quieres ver y oír, al otro lado del mundo, oculto en un subterráneo, entre las nubes. Y lo oyes y lo ves en el mismo instante en que sucede. Además, puedes almacenar documentos que lo prueben.

Sólo queda por resolver ese pequeño inconveniente incomprensible: la posibilidad de asesinar a los señores de la guerra mediante misiles orientados por el móvil puede también democratizarse si se abaratan un par de elementos perfunctorios. Sería una verdadera molestia no saber si vas a saltar por los aires cada vez que abres el móvil. No da tiempo de fotografiarse volando.

[Publicado el 24/11/2006 a las 10:00]

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Reflejo en dos espejos

Durante el año 2004 se publicaron dos novelas sucesivas que tenían por protagonista a Henry James. La primera en ocupar las librerías fue la de Colm Toíbín titulada The Master. La segunda, Author, author, de David Lodge, se editó algo más tarde. Yo las leí según fueron apareciendo y tuve por superior, quizás por muy superior, a la de Toíbín. Luego constaté que así lo juzgaba también el club de críticos anglosajones a los que leo asiduamente.

Toíbín había elegido como asunto, es decir, como excusa para pintar su retrato, las oscuras relaciones de James con algunas mujeres, así como las casi translúcidas que mantuvo con ciertos hombres. El escritor irlandés no reclamaba la homosexualidad para James (habría sido demagógico reivindicar desde la ficción algo que no ha sido probado documentalmente), pero sí alegaba una cierta homofilia muy característica de la era victoriana, acompañada por una frialdad sexual no menos típica.

Lodge, en cambio, había visto a James en otro espejo: cuando el escritor trataba de obtener un éxito de público mediante el teatro. Sin embargo, su pieza Guy Domville fue un fracaso que le hundió en una severa depresión. Durante el tiempo de redacción de su drama, James tuvo como íntimo amigo y confidente a George Du Maurier cuya novela Trilby se convertiría en el mayor éxito de ventas del siglo. A James se le vino el mundo abajo. Una ficción mediocre aparecía a juicio del público y gracias a una crítica totalmente beocia como una obra maestra.

Para acabarlo de arreglar, el éxito teatral de aquella temporada lo obtuvo Oscar Wilde, un personaje que para James era la encarnación viva del mal gusto, la pereza, la ausencia de recursos artísticos y la trivialidad. Dada su alta estima del arte de escribir, Wilde debía de ser a los ojos de James lo que en la actualidad un guionista de series televisivas. James estaba descubriendo, sin saberlo, la democratización de la literatura.

Es muy bello ver dos figuras de James en sendas deformaciones especulares, una sexual y angustiosa (Toíbín es autor de novelas sexualmente angustiosas), otra inquieta por las relaciones entre éxito y calidad (Lodge escribe novelas sobre el éxito y el mundo universitario). Es como si a la actual The Queen de Frears le pudiéramos añadir otra The Queen firmada por Scorsese. Como era de suponer, Frears es partidario de la reina de Inglaterra y desprecia a la insoportable Lady Di. Seguro que Scorsese no lo vería del mismo modo y dedicaría más tiempo a la trama mafiosa de Buckingham.

Me parece indudable que si se exhiben dos retratos de una persona por la que sentimos respeto, amor o curiosidad, querremos verlos ambos. Nos interesan ambas deformaciones. Porque sin deformación no hay arte. Pues bien, Lodge ha publicado hace unos meses The year of Henry James con el exclusivo propósito de mostrar su disgusto por la duplicación. Cree que la aparición del James de Toíbín golpeó el mercado de tal manera que cuando asomó la portada del segundo James ya nadie leyó la solapa. De haber sabido que iba a editarse otra novela sobre el victoriano, confiesa, quizás habría abandonado la suya.

En esta confesión se encuentra la causa del éxito de la novela de Toíbín, y no en haber llegado antes a las librerías. Estoy persuadido de que Toíbín nunca la habría abandonado, aun sabiendo que alguien trabajaba sobre el mismo personaje. La convicción es la razón primera de un buen trabajo artístico y se nota de inmediato. Si puedes abandonar algo que estás escribiendo, no lo dudes, abandónalo. Si no lo haces, será él quien te abandone.

[Publicado el 23/11/2006 a las 10:30]

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Más guerra, es la madera

La notable colección del Reino de Redonda acaba de publicar uno de los clásicos más estimulantes de la moderna historiografía, La caída de Constantinopla, de Steven Runciman. El director de la colección es alguien que sabe de literatura. Más específicamente, alguien que conoce las novelas como el mejor cardiólogo pueda conocer el corazón humano y sus válvulas. En un epílogo que le ha añadido al libro, dice Javier Marías que aún siendo un indudable libro de historia, se lee como la mejor de las novelas. Es totalmente cierto. Es una de las mejores novelas que he leído en mi vida.

Como bien expone Marías, el arte de Runciman, el cual adivina el peligro de novelizar sobre un asunto tan dramático como el derrumbe del imperio oriental, el fin de Bizancio, la desaparición del mundo clásico, le aconseja neutralizar al máximo todos los recursos figurativos y poéticos, de modo que es justamente esa neutralidad, esa desnudez, la prosa sobria y eficaz, lo que otorga una evidente calidad literaria al relato. Y concluye Marías con esta frase:

“Lo literario, la cualidad literaria, a fin de cuentas no reside en el tema ni en el punto de vista ni en la intención de conseguirla ni en la proclamación de su consecución. Una vez más se nos aparece el misterio de la invisibilidad de los confines: podríamos preguntarnos, tal vez, si en realidad los hay”.

Está muy bien dicho. Marías, que por cierto puntúa como yo, con más intención musical que gramatical, se pregunta si deben respetarse unos confines a fin de cuentas invisibles. Si en el panteón literario inglés figura Gibbon, ¿Por qué no Runciman? ¿O acaso es preciso esperar a que la “historia” sea declarada obsoleta para incluirla en la región literaria, como las historias de Herodoto? ¿Debemos esperar a que los libros de Burkhardt o de Michelet sean totalmente superados por historiadores posteriores para incluirlos entre las mejores narraciones del romanticismo?

Cuando yo daba clases de literatura a alumnos ingleses insistía mucho en que, al llegar al siglo XVIII, leyeran sin falta el informe en el expediente de la Ley Agraria, de Jovellanos. A los sensatos estudiantes británicos les parecía una extravagancia que incluyera un texto considerado técnico en un programa literario. Sin embargo, puedo decir sin esnobismo alguno que lo tengo por uno de los mejores textos literarios del XVIII español, junto con la admirable descripción del castillo de Bellver. Confines invisibles.

Observen ustedes con qué arte concluye Runciman su capítulo V.

“A fines de marzo, cuando el ejército turco marchaba por Tracia, Constantino mandó buscar a su secretario Frantzés y le pidió que hiciera un censo de todos los hombres de la ciudad –incluidos los monjes- capaces de portar armas. Cuando Frantzés finalizó su tarea, vio que había únicamente cuatro mil novecientos ochenta y tres griegos útiles y algo menos de dos mil extranjeros. Constantino se quedó aterrado ante la cifra y rogó a Frantzés que no la divulgara. Pero los testigos italianos llegaron a idéntica conclusión. Contra el ejército del sultán de unos ochenta mil hombres y sus hordas de tropas irregulares, la gran ciudad, con sus veintitrés kilómetros de murallas, habría de ser defendida por menos de siete mil hombres”

Y a continuación titula su capítulo VI: “Comienza el asedio”. Es algo estupendo.

Por cierto que algunos lectores del blog habrán observado que el censo se hizo exclusivamente entre hombres, incluidos los monjes, siendo así que las mujeres tenían prohibido participar en la guerra. Por fortuna, un atavismo semejante ha sido ya corregido gracias a la lucha de las feministas contra el poder masculino y en la actualidad muchas mujeres independientes y libres participan en las guerras como soldados profesionales. Y cada vez son más numerosas y aguerridas.

[Publicado el 22/11/2006 a las 09:52]

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Reportaje ingenuo

Sabía yo que aquel iba a ser un entretenido viaje en autobús porque al subir al 58 en la plaza Cataluña, que es final de trayecto, la conductora, una agradable gordita de treinta y tantos años, me saludó con afecto: “!Hola, chato!”. Siendo yo un caballero, respondí: “¡Hola, prenda!” y me senté la mar de contento.

Subió una dama apersonada, de larga melena castaña y traje sastre con cuellecito de visón, y quiso pagar el billete con uno de cien euros. Risas de la conductora: “¿Pero cariño, te crees que esto es el Banco de España y su inmenso caudal? Anda, anda, busca algo más pequeño”. Ante la desolada negativa de la dama (o bien muda, o bien alemana) y la imposibilidad de lanzarla al vacío, le aconsejó quedarse allí de pie hasta reunir el cambio. Y allí se quedó, escuchando los comentarios de la conductora y aguantando los improperios de los que subían, parada tras parada, sobándola apreciativamente.

Cuando íbamos por la calle Aribau hacia el norte, entró un señor cojo. Quizás más bien, renqueante. Estuve a punto de cederle el asiento, pero me retuvo el gesto de ansiedad de la señora sentada frente a mí. Esperé acontecimientos y, en efecto, la señora chistó, dijo “¡Eh!” y “¡Señor, señor!”, hasta que el cojo le hizo caso. Los gestos de la señora señalando su asiento eran casi obscenos, pero salvados por la buena voluntad.

El cojo se acercó a la señora y la retuvo por el hombro con una mano nervuda y poderosa. “No se levante, buena mujer, no es preciso, no soy un tullido”. Iba ya la señora a disculparse cuando ante la estupefacción general porque hablaba muy alto y con una cremosa voz de barítono, el renco le dijo que entendía perfectamente su compasión, que le sucedía con suma frecuencia, que él aceptaba de buen grado la bondad de la gente y muy especialmente de la gente catalana, que le habían cedido asientos en Bilbao, en Cádiz, en Valladolid, en ciudades europeas varias, pero nunca con tan exquisita educación como en Barcelona, pero que nunca los había aceptado no por arrogancia sino por convencimiento. Y luego siguió explicando con minuciosa exactitud su operación de rodilla y las causas de que, aunque renqueaba, no podía ser considerado cojo, “oficialmente cojo”, decía, lo cual es una minusvalía y entra en capítulo distinto de la seguridad social.

Le interrumpió un murmullo general de los viajeros que yo sólo pude entender al volver la cabeza. Todos estaban mirando por la ventanilla con cara expectante. A la derecha y junto a una moto tumbada giraban las alegres luces de dos coches de la policía y una ambulancia, parecía una tómbola. Me preparé anímicamente para ver el muerto, pero nos encontramos con un motorista muy mareado y contuso a quien los agentes, en lugar de multar brutalmente, daban golpecitos en la espalda, palmeaban amorosamente para quitarle el polvo del traje y no le atusaban el pelo porque venía rapado. No con menos cariño he visto almohazar a un caballo.

Dado que la conductora se había detenido a inspeccionar la escena del crimen y bajado del autobús para intercambiar opiniones con la guardia urbana, reemprendimos la marcha un poco más tarde al alegre grito de: “Así es la vida. Que no cunda el pánico. No ha sido nada. Venga, criatura, toma tus cambios, tó liquidao”.

Y entonces, girando un poco la cabeza, se dirigió al operado de la rótula como si fuera su madre: “¡Pero quieres dejar a esa pobre mujer en paz, so tullío!”. El renco salió disparado, pero muy digno, y se apeó en la siguiente no sin antes dirigirse al pasaje con un hermoso envoi: “!Agradezco sus atenciones al pueblo catalán! ¡Nunca os olvidaré!”. Todos respiramos.

Poco después me tocó el turno de abandonar la nave y lo hice a regañadientes porque no es frecuente sentirse como en casa junto a cincuenta personas y a treinta por hora y tras rozar la visión de lo macabro que es nuestro destino. Me faltó un pelo para lanzar otra despedida tan o más verbosa que la del tullido, pero me contuve. Ahora me arrepiento porque no puedo escribirla aquí y era muy buena.

[Publicado el 21/11/2006 a las 09:51]

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Las guerras de Oriente

Si he de ser sincero, no podría explicar los cambios tan acelerados que se han producido en el arte de la guerra estos últimos dos siglos. A veces uno tiene la impresión de que su degeneración data del derrumbe provocado por la carnicería de la Primera Guerra Mundial, rematado por los alemanes durante la Segunda. Una vez reducidos a escombros todos los principios mantenidos a trancas y barrancas por la sociedad estamental, ya fue imposible recuperarlos, de modo que las campañas militares americanas han sido un desastre desde Vietnam hasta Irak, no por falta de capacidad bélica, sino por crasa ignorancia. Que el conocimiento sea un factor esencial en la guerra, me parece un poco desconcertante.

Como en una película a cámara rápida puede uno retroceder a la colonización británica de oriente medio y a la figura del coronel Lawrence como ejemplo supremo para constatar que todavía quedaban soldados capaces de comprender lo que les separaba y unía con los árabes. Gente que nunca emprendería una acción bélica sin conocer antes intensamente el lugar que iban a pisar y la gente con la que se las iban a tener.

Un poco antes, la cinta nos haría ver a Napoleón en 1798, cuando todavía era Bonaparte, durante la campaña de Egipto, una de las primeras invasiones propiamente coloniales. Tomo los datos de Sudhir Hazareesingh. El joven general viajó acompañado por un séquito de ciento sesenta sabios. En los siguientes seis meses organizó los servicios sanitarios, estableció el correo postal, racionalizó el cobro de impuestos, un grupo de geógrafos estableció la primera cartografía del territorio, sus arqueólogos descubrieron la canalización que unía por vía fluvial el Nilo con el Mar Rojo, obra de Ramsés II, los grabadores y dibujantes prepararon los gigantescos álbumes de bajorrelieves con los que todavía trabajó Degas cuando era estudiante de Bellas Artes, y así sucesivamente.

Por cierto que tuve ocasión de ver esos álbumes en la Bodleian gracias a Jean Seznec. Eran tan grandes y pesados que debían manejarlos dos personas. La belleza de las láminas es indescriptible y la línea no había perdido absolutamente ninguna definición, ni se había atenuado el cromatismo. Según me dijo Seznec, sólo se conocen seis ejemplares localizados en bibliotecas públicas. Es posible que queden otros tantos en colecciones privadas.

A pesar de que Bonaparte no pudo mantener tan benéfico principio durante mucho tiempo, desde su llegada había establecido (y así lo escribió a sus colegas revolucionarios de Toulon) que: “Le militaire qui signe une sentence contre une personne incapable de porter les armes est un lâche”. Ciertamente, éste era el Bonaparte que ganó el corazón de Stendhal, no el Emperador que todo el mundo aborreció y que es uno de los inventores de la guerra totalitaria y las masacres de civiles como la de Jafa.

Me parece escandaloso que en esa raquítica alianza de civilizaciones que se ha inventado el gobierno español, sólo aparezcan recomendaciones como la producción de películas con protagonista árabe positivo y otras majaderías. No sólo se acude a lo más ramplón de la cultura occidental, sino que ese plan preparado por cien talentos está escrito desde una evidente, humillante y estúpida conciencia de superioridad sobre aquellos con los que pretende aliarse.

Ese plan ni siquiera es Disney. Es “Garbancito de la Mancha”, aquel intento de españolizar a Disney desde una corrala.

[Publicado el 20/11/2006 a las 10:06]

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Biografía

Félix de Azúa nació en Barcelona. Licenciado y doctorado en Filosofía, profesor de Estética y colaborador habitual del diario El País, fue conocido gracias a su inclusión en la antología Nueve novísimos poetas españoles. Ha publicado los libros de poemas Cepo para nutria, El velo en el rostro de Agamenón, Lengua de cal y Farra. Su poesía está reunida, hasta 2007, en Última sangre. Ha publicado las novelas Historia de un idiota contada por él mismo, Diario de un hombre humillado (Premio Herralde), Demasiadas preguntas y Momentos decisivos. Su parcela ensayística es amplia y destacada: Baudelaire, Lecturas compulsivas, Diccionario de las Artes, La invención de Caín, Cortocircuitos: imágenes mudas y Esplendor y nada. Los libros recientes son Ovejas negras, La pasión domesticada y Abierto a todas horas. Escritor experto en todos los géneros, su obra se caracteriza por un notable sentido del humor y una profunda capacidad de análisis.

 

Bibliografía

Ensayo

La pasión domesticada (2007). Abada, Madrid.

Ovejas negras (2007), Bruguera, Barcelona.

Cortocircuitos. Imágenes mudas (2004). Abada, Madrid.

La invención de Caín (1999). Alfaguara, Madrid.

Baudelaire y el artista de la vida moderna (reedición) (1999). Anagrama, Barcelona.

Lecturas compulsivas. Una invitación (1998) Anagrama, Barcelona.

Salidas de tono (1996). Anagrama, Barcelona.

Diccionario de las artes (1995). Planeta, Barcelona.

Baudelaire y el artista de la vida moderna (1992). Pamiela, Pamplona.

Venecia (1990). Planeta, Barcelona.

El aprendizaje de la decepción (1989). Pamiela, Pamplona.

La paradoja del primitivo (1983). Seix Barral, Barcelona.

Conocer a Baudelaire y su obra (1978). Dopesa, Barcelona.

 

Novelas y prosa literaria

Abierto a todas horas (2007). Alfaguara, Madrid.

Esplendor y Nada (2006). Lector, Barcelona.

Momentos decisivos (2000). Anagrama, Barcelona.

Demasiadas preguntas (1994). Anagrama, Barcelona.

Cambio de bandera (1991). Anagrama, Barcelona.

Diario de un hombre humillado (1987). Anagrama, Barcelona.

Historia de un idiota contada por él mismo, o el contenido de la felicidad (1992), Anagrama, Barcelona.

Mansura (1984). Anagrama, Barcelona.

Última lección (1981). Legasa, Madrid.

Las lecciones suspendidas (1978). Alfaguara, Madrid.

Las lecciones de Jena (1972). Barral E., Barcelona.

 

Relatos

"Quien se vio", Tres cuentos didácticos (1975). La Gaya Ciencia, Barcelona.

"La venganza de la verdad" (1978). Hiperion nº1, Madrid.

"Herédame" (6 y 7 agosto 1985). El País, Madrid.

"El trencadizo", con grabados de Canogar (1989) Antojos, Cuenca.

"La pasajera" (18 nov. 1990). El País, Madrid.

"La resignación de la soberbia", Los pecados capitales (1990). Grijalbo, Barcelona.

El largo viaje del mensajero (1991) Antártida, Barcelona.

Cuentos de cabecera ("La pasajera" y "La segunda cicatriz") (1996). Planeta NH.

"El padre de sus hijos" (1998). Barcelona, un día, Alfaguara, Madrid.

"La verdad está arriba" (1998). Turia, Teruel.

 

Poesía

Última Sangre. Poesía 1968-2007 (2007). Bruguera, Barcelona.

Poesía 1968 1988 (1989). Hiperion, Madrid.

Farra (1983). Hiperion, Madrid.

Siete poemas de La Farra, con un grabado de A. Saura (1981). Cuenca.

Poesía 1968 78 (1979). Hiperion, Madrid.

Pasar y siete canciones (1977). La Gaya Ciencia, Barcelona.

Lengua de cal (1972). Visor, Madrid.

Edgar en Stéphanie (1971). Lumen, Barcelona.

El velo en el rostro de Agamenon (1970) El Bardo, Barcelona.

Cepo para nutria (1968). Madrid

Premios

1987 Premio Anagrama de Novela.

2000 Premio a la cultura "Sebetia-Ter" del Centri di Studi di Arte e Cultura di Napoli".

2001 Premio a la tolerancia de la "Asociación por la Tolerancia", Barcelona.

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